CAPÍTULO 21
LA PSICOLOGÍA INDIVIDUAL1
Alfred Adler
Viena
El punto de partida de esta línea de investigación me parece estar dado en un trabajo titulado «Der Aggressionstrieb im Leben und in der Neurose» [El instinto de agresión en la vida y en la neurosis], publicado en 1906 en un volumen colectivo, Heilen und Bilden (1).2 Ya entonces sostenía una viva controversia con la escuela freudiana y, en oposición a ella, dediqué mi atención en aquel trabajo a la relación del niño y del adulto con las exigencias del mundo exterior. Intenté presentar, aunque de manera muy insuficiente, las múltiples formas de ataque y defensa, de modificación del yo y del entorno, que lleva a cabo la mente humana, y emprendí el paso trascendental de rechazar como falaz la etiología sexual de los fenómenos psíquicos. De un modo vago veía ya entonces que la vida instintiva del hombre sufre variaciones y distorsiones, recortes y exageraciones, en relación con la clase y el grado de su fuerza agresiva. De acuerdo con la perspectiva actual de la psicología individual, diría más bien: en relación con el modo en que se ha desarrollado en la infancia la capacidad de cooperación. La escuela freudiana, que por entonces era pura psicología sexual, aceptó sin reserva alguna esta teoría de los instintos primitivos, como algunos de sus partidarios admiten de buen grado.
Yo mismo estaba demasiado hondamente interesado en el problema de qué determinaba las diversas formas de ataque al mundo exterior. A partir de mis propias observaciones, y apoyado en las de autores más antiguos, guiado también quizá por el concepto de un locus minoris resistentiae, llegué a la idea de que los órganos inferiores podían ser responsables del sentimiento de inferioridad psíquica, y en el año 1907 consigné mis estudios sobre el tema en un volumen titulado Studie über Minderwertigkeit der Organe und die seelische Kompensation [Estudio sobre la inferioridad de los órganos y la compensación psíquica] (2). El propósito de la obra era mostrar que los niños nacidos con debilidades orgánicas hereditarias no solo presentan una necesidad física de compensar el defecto y tienden a sobrecompensarlo, sino que también todo el sistema nervioso puede participar en esa compensación; en especial la mente, como factor de la vida, puede experimentar una exageración llamativa en la dirección de la función defectuosa (respirar, comer, ver, oír, hablar, moverse, sentir o incluso pensar), de modo que esa función sobreacentuada puede convertirse en el resorte principal de la vida, en la medida en que se produzca una «compensación lograda». Este incremento compensatorio, que, como mostré en el libro citado, ha originado y proseguido el desarrollo de un género humano dotado de órganos inferiores, puede en los casos favorables afectar también a las glándulas endocrinas, como he señalado, y se refleja regularmente en el estado de las glándulas sexuales, en su inferioridad y en su compensa- ción, hecho que me pareció sugerir alguna relación entre los rasgos individuales y la herencia física. El vínculo entre la inferioridad orgánica y los efectos psíquicos, que hasta hoy no puede explicarse de ningún otro modo, sino solo suponerse, se me hizo evidente en la vivencia que la mente tiene del órgano inferior, por la cual queda sumida en un sentimiento constante de inferioridad. Así pude introducir el cuerpo y su grado de excelencia como factor del desarrollo mental.
Los expertos no dejarán de ver que toda nuestra psiquiatría ha tendido en esta dirección, en parte ya antes de aquella época y de manera del todo definida después. Los trabajos de Kretschmer, Jaensch y muchos otros descansan sobre la misma base. Pero se contentan con considerar las cantidades psíquicas negativas como epifenómenos congénitos de la inferioridad orgánica física, sin tener en cuenta que es la vivencia inmediata de la deficiencia física la clave de los fallos del rendimiento, en cuanto las exigencias del mundo exterior y la fuerza creadora del niño lo llevan por callejones «equivocados» y le imponen un interés unilateral. Lo que allí traté como fracaso se me apareció más tarde como un recorte prematuro de la facultad de cooperación, del impulso social, y como un interés enormemente acrecentado por el propio yo.
Este trabajo proporcionaba también una prueba de la inferioridad orgánica. Como pruebas de inferioridad menciona el desarrollo insuficiente de la forma física, de los reflejos, de las funciones, o el retraso de estas. Se consideraba asimismo el desarrollo defectuoso de los nervios relacionados con el órgano y de los centros cerebrales implicados. Pero siempre se insistía, como factor decisivo, en la clase de compensación que en circunstancias favorables se produciría en cualquiera de estas partes. Un valioso subproducto de este estudio, y que todavía no ha sido suficientemente apreciado, fue el descubrimiento del significado del nevo como indicio de que el desarrollo embrionario en ese punto o en ese segmento no había sido del todo logrado. Schmidt, Eppinger y otros han encontrado acertada esta idea en muchos aspectos. Confío en que también en el estudio del cáncer, como sugerí en aquel contexto, el nevo segmentario proporcionará algún día una pista para la etiología del carcinoma.
Al intentar así salvar el abismo entre el desarrollo físico y el mental mediante una teoría que en cierta medida reivindicaba la doctrina de la herencia, no dejé de observar expresamente en algún lugar que las tensiones engendradas por la relación entre el órgano congénitamente inferior y las exigencias del mundo exterior, aunque eran desde luego mayores que las relativas a órganos aproximadamente normales, quedaban no obstante mitigadas en cierto grado por la variabilidad de las exigencias del mundo, de modo que en realidad había que considerarlas meramente relativas. Rechacé la idea del carácter hereditario de los rasgos psicológicos, al referir su origen a las diversas intensidades de las funciones orgánicas en cada individuo. Después añadí a esto el hecho de que los niños, en los casos de desarrollo anormal, carecen de toda guía, de modo que su actividad (agresión) puede desarrollarse de maneras imprevisibles. Los órganos inferiores ofrecen una tentación, pero en modo alguno una necesidad, de neurosis u otros fracasos psíquicos. Con ello establecí sobre una base perfectamente sólida el problema de la educa- ción de tales niños, con la profilaxis como meta. Así, la historia familiar, con todos sus factores positivos y negativos, se convirtió en un índice de las graves dificultades que cabía esperar y combatir en la primera infancia. Como dije entonces, una actitud hostil hacia el mundo podía ser el resultado de tensiones excesivas que tenían que expresarse de algún modo en rasgos de carácter específicos.
De este modo me vi ante el problema del carácter. Sobre este tema había habido no pocas especulaciones nebulosas. El carácter se consideraba casi universalmente una entidad congénita. Mi convicción de que la doctrina de los rasgos psíquicos congénitos era errónea me ayudó considerablemente. Llegué a comprender que los caracteres eran líneas directrices, actitudes dispuestas para la solución de los problemas de la vida. La idea de un «arreglo» de todas las actividades psíquicas se me hizo cada vez más convincente. Con ello había alcanzado el terreno que hasta hoy ha sido el fundamento de la psicología individual: la convicción de que todos los fenómenos psíquicos se originan en la fuerza creadora particular del individuo y son expresiones de su personalidad.
Pero ¿quién es esa fuerza impulsora que está detrás de la personalidad? ¿Y por qué encontramos sobre todo individuos cuya construcción psicológica no ha sido lograda? ¿Será que, después de todo, ciertos impulsos congénitamente defectuosos, es decir, debilidades congénitas, decidían el destino de nuestro desarrollo mental, como suponían casi todos los psiquiatras? ¿Se debe a un origen divino que un individuo, que el género humano, pueda progresar en absoluto?
Pero me había dado cuenta de que los niños nacidos con órganos defectuosos o afectados por lesiones en los primeros años de la vida se extravían en la miseria de su existencia, se desprecian constantemente y, por lo común, para compensar esa deficiencia, se comportan toda su vida de manera distinta de lo que cabría esperar de las personas normales. Di un paso más y descubrí que los niños pueden ser puestos artificialmente en el mismo aprieto que si sus órganos fueran defectuosos. Si en la vida muy temprana les hacemos el trabajo tan duro que ni siquiera sus órganos relativamente normales están a la altura, se encuentran en la misma angustia que los de físico defectuoso, y desde el mismo estado insoportable de tensión darán respuestas erróneas en cuanto la vida someta a prueba su preparación. Así encontré otras dos categorías de niños propensos a desarrollar un sentimiento de inferioridad anormal: los niños mimados y los niños odiados.
A este período de mi completa separación del punto de vista de Freud y de absoluta independencia de pensamiento pertenecen trabajos como Die seelische Wurzel der Trigeminusneuralgie [La raíz psíquica de la neuralgia del trigémino] (3), en el que intenté mostrar cómo, además de los casos de origen orgánico, había también algunos en los que un aumento parcial excesivo de la presión sanguínea, causado por emociones como la ira, puede, bajo la influencia de fuertes sentimientos de inferioridad, dar lugar a alteraciones físicas. Siguió un estudio decisivo para el desarrollo de la psicología individual, titulado Das Problem der Distanz [El problema de la distancia], en el que demostré que todo individuo, en razón de su grado de sentimiento de inferioridad, vacila ante la solución de uno de los tres grandes problemas de la vida, se detiene o da un rodeo, y mantiene su actitud en un estado de tensión exagerada mediante síntomas psicológicos. Como los tres grandes problemas de la vida, a los que todo el mundo tiene que responder de algún modo con su actitud, nombré: a) la sociedad, b) la profesión, c) el amor. Vino luego un trabajo sobre Das Unbewusste [Lo inconsciente], en el que intenté probar que, examinadas a fondo, no aparece ninguna oposición entre lo consciente y lo inconsciente, que ambos cooperan para un fin superior, que nuestros pensamientos y sentimientos se hacen conscientes en cuanto nos enfrentamos a una dificultad, e inconscientes en cuanto lo exige el valor de nuestra personalidad. Al mismo tiempo intenté exponer que aquello de lo que otros autores se habían servido para sus explicaciones con el nombre de conflicto, sentimiento de culpa o ambivalencia debía considerarse síntoma de una actitud vacilante, con el fin de eludir la solución de uno de los problemas de la vida. La ambivalencia y la polaridad de los rasgos emocionales o morales se presentan como un intento de solución múltiple o de rechazo de un problema.
Este y algunos otros trabajos de la época de la emancipación de la psicología individual se han publicado en un volumen titulado Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual] (6). Fue también la época en que nuestro gran Stanley Hall se apartó de Freud y se puso del lado de los partidarios de la psicología individual, junto con muchos otros estudiosos americanos que popularizaron los «complejos de inferioridad y de superioridad» por todo su país.
Nunca he dejado de llamar la atención sobre el hecho de que todo el género humano está dotado de órganos deficientes, deficientes para hacer frente a la naturaleza; que, en consecuencia, todo el género está obligado a buscar siempre el camino que lo lleve a alguna clase de armonía con las exigencias de la vida, y que en ese camino cometemos errores muy parecidos a los que podemos observar en los niños mimados o descuidados. He citado especialmente un caso en que los errores de nuestra civilización pueden influir en el desarrollo de un individuo, y es el de la infravaloración de la mujer en nuestra sociedad. Del sentimiento de la inferioridad femenina, que posee la mayoría de las personas, hombres y mujeres por igual, ambos sexos han derivado un deseo exacerbado de masculinidad, un complejo de superioridad a menudo sumamente dañino, una voluntad de vencer todas las dificultades de la vida a la manera masculina, a la que he llamado protesta masculina.
Empecé entonces a ver con claridad en todo fenómeno psíquico el afán de superioridad. Corre paralelo al crecimiento físico. Es una necesidad intrínseca de la vida misma. Está en la raíz de todas las soluciones de los problemas de la vida y se manifiesta en el modo en que afrontamos esos problemas. Todas nuestras funciones siguen su dirección; con acierto o sin él, tienden a la conquista, a la seguridad, al acrecentamiento. El impulso de menos a más no tiene fin. El empuje de «abajo» hacia «arriba» no cesa nunca. Cualesquiera que sean las premisas que sueñen todos nuestros filósofos y psicólogos —conservación de sí, principio del placer, equilibración—, todas no son sino representaciones vagas, intentos de expresar el gran impulso ascendente. La historia del género humano apunta en la misma dirección. Querer, pensar, hablar, buscar el reposo, el placer, aprender, comprender, el trabajo y el amor, denotan la esencia de esta eterna melodía. Ya se piense o se actúe con más o menos sensatez, uno se mueve siempre por las líneas de esa tendencia ascendente. En nuestras concepciones acertadas y erróneas de la vida y de sus pro- blemas, en la solución lograda o fallida de cualquier cuestión, este afán de perfección actúa ininterrumpidamente. E incluso allí donde la necedad y la imbecilidad, la inexperiencia, parecen desmentir la existencia de cualquier afán de vencer un defecto, o tienden a menospreciarlo, la voluntad de vencer está realmente en acción. De esta red, que en último análisis está dada sencillamente con la relación «hombre-cosmos», nadie puede esperar escapar. Pues aunque alguien quisiera escapar, más aún, aunque pudiera escapar, seguiría encontrándose en el sistema general, tendiendo «hacia arriba» desde «abajo». Esto no solo fija una categoría fundamental del pensamiento, la estructura de nuestra razón, sino que, lo que es más, da el hecho fundamental de nuestra vida.
El origen de la humanidad y el comienzo siempre repetido de la vida infantil lo inculcan en cada acto psíquico: «¡Logra! ¡Levántate! ¡Vence!». Este sentimiento no falta nunca, este anhelo de abolir toda imperfección. En la búsqueda de alivio, en la lucha fáustica contra las fuerzas de la naturaleza, resuena siempre el acorde fundamental: «No te dejaré si no me bendices».3 La búsqueda incansable de la verdad, el anhelo nunca satisfecho de resolver los problemas de la vida, pertenecen a esta ansia de alguna clase de perfección.
Esto se me apareció entonces como la ley fundamental de toda expresión anímica: que la melodía total se encuentra de nuevo en cada una de sus partes, como máximo común divisor, en todo afán individual de poder, de victoria sobre las dificultades de la vida.
Y con ello reconocí otra premisa de mi proceder científico, que coincidía con las formulaciones de filósofos anteriores, pero chocaba con el punto de vista de la psicología moderna: la unidad de la personalidad. Esta, sin embargo, no era una mera premisa, sino que podía demostrarse en cierta medida. Como dijo Kant, nunca podemos comprender a una persona si no presuponemos su unidad. La psicología individual puede añadir ahora: esta unidad que debemos presuponer es obra del individuo, que tiene que proseguir siempre por el camino que una vez encontró hacia la victoria.
Estas fueron las consideraciones que me llevaron a la convicción de que temprano en la vida, en los primeros cuatro o cinco años, se fija una meta para la necesidad y el impulso del desarrollo psíquico, una meta hacia la que confluyen todas sus corrientes. Tal meta no solo tiene la función de determinar una dirección, de prometer seguridad, poder, perfección, sino que es también de su esencia, y de la esencia de la mente, que esa meta trascendental despierte sentimientos y emociones por lo que les promete. Así el individuo mitiga su sentimiento de debilidad anticipando su redención.
También aquí vemos la falta de sentido de los rasgos psíquicos congénitos. No es que podamos negarlos. No tenemos manera posible de llegar a ellos. Quien quisiera sacar conclusiones de los resultados simplifica demasiado las cosas. Pasa por alto las mil y una influencias posteriores al nacimiento y no ve la fuerza que reside en la necesidad de adquirir una meta.
La fijación de una meta impone la unidad de la personalidad, en cuanto arrastra la corriente de toda la actividad anímica en su dirección definida. Producto ella misma del sentimiento de inferioridad común y fundamental —un sentimiento de- rivado de una debilidad auténtica, no de comparación alguna con los demás—, la meta de victoria obliga a su vez a orientar hacia ella todas las fuerzas y posibilidades. Así, toda fase de la actividad psíquica puede verse dentro de un mismo marco, como si fuera el final de una fase anterior y el comienzo de otra siguiente. Esta fue otra contribución de la psicología individual a la psicología moderna en general: insistir absolutamente en que el finalismo es indispensable para comprender todos los fenómenos psicológicos. Ya no podían servir de principios explicativos las causas, las fuerzas, los instintos, los impulsos y cosas semejantes, sino solo la meta final. No las vivencias, los traumas, los mecanismos del desarrollo sexual podían darnos una explicación, sino la perspectiva desde la que se habían considerado, el modo individual de verlos, que subordina toda la vida a la meta última.
Esta meta final, abstracta en su propósito de asegurar la superioridad, ficticia en su tarea de vencer todas las dificultades de la vida, tiene ahora que aparecer en forma concreta para cumplir su tarea en la realidad. Divinidad en el sentido más amplio, la imaginación infantil la apercibe, bajo las exigencias de la dura realidad, como victoria sobre los hombres, sobre empresas difíciles, sobre limitaciones sociales o naturales. Aparece en la actitud de cada uno hacia los demás, hacia su profesión, hacia el otro sexo. Así encontramos propósitos concretos singulares, como: actuar como miembro de la comunidad o dominarla, alcanzar seguridad y triunfo en la carrera elegida, acercarse al otro sexo o evitarlo. En estos propósitos especiales podemos rastrear siempre qué clase de sentido ha encontrado el individuo en su existencia y cómo se propone realizarlo.
Si, pues, la meta final establecida en la primera infancia ejerce tal influencia, para bien o para mal, sobre el desarrollo de las fuerzas psíquicas dadas, nuestra pregunta siguiente tiene que ser: ¿cuáles son las fuentes de la individualidad que encontramos en las metas finales? ¿No podríamos introducir aquí con todo derecho otro factor causal? ¿Qué produce las diferencias de las actitudes individuales, si una y la misma meta de superioridad mueve a todos?
A propósito de esta última pregunta, permítaseme señalar que nuestro lenguaje humano es incapaz de expresar todas las cualidades contenidas en una meta de superioridad y sus innumerables diferencias. Seguridad, poder, perfección, deificación, superioridad, victoria, etc., no son sino pobres intentos de iluminar sus infinitas variantes. Solo después de haber comprendido las expresiones parciales que produce la meta final estamos en condiciones de determinar diferencias específicas.
Si hay algún factor causal en el mecanismo psíquico, es el sentimiento de inferioridad común y a menudo excesivo. Pero este estado de ánimo continuo solo es activador, un impulso, y no revela el camino hacia la compensación y la sobrecompensación. Bajo la presión de los primeros años de la vida no hay ninguna clase de reflexión filosófica. Solo hay impresiones, sentimientos y el deseo de renovar los placenteros y excluir los dolorosos. Para ello se movilizan todas las energías, hasta que resulta algún movimiento. Ahora bien, el entrenamiento o el movimiento de cualquier clase obliga a establecer un fin. No hay movimiento sin fin. Y así, de este modo, queda fijada una meta final que promete satisfacción. Quizá, si se quisieran formular hipótesis, podría añadirse: así como el cuerpo se aproxima a una forma ideal que está puesta con el plasma germinal, así también la mente, como parte de la vida total. Es en todo caso perfectamente evidente que el alma (la mente, das seelische Organ) presenta una tendencia sistemática definida.
De la época de estas formulaciones de la psicología individual data mi libro Über den nervösen Charakter [El carácter nervioso] (7), que introdujo en la psicología el finalismo con especial énfasis. Al mismo tiempo seguí rastreando la relación entre la inferioridad orgánica y sus consecuencias psicológicas, tratando de mostrar cómo en tales casos la meta de la vida ha de buscarse en el tipo de sobrecompensación y en los errores consiguientes. Entre esos errores mencioné en particular la protesta masculina, desarrollada bajo la presión de una civilización que todavía no se ha liberado de su sobrevaloración del principio masculino ni del abuso de los puntos de vista antitéticos. La imperfección de los modos infantiles de realizar el ideal ficticio se mencionaba también allí como la causa principal de las diferencias en el estilo de vida: el carácter imprevisible de la expresión infantil, que se mueve siempre en el reino incontrolable del error.
Para entonces el sistema de la psicología individual estaba lo bastante asentado como para aplicarse a ciertos problemas especiales. Zum Problem der Homosexualität [Sobre el problema de la homosexualidad] (8) presentó esa perversión como una construcción neurótica hecha erróneamente a partir de impresiones de la primera infancia, y consignó investigaciones y hallazgos que se publican con mayor extensión en el Handbuch der normalen und pathologischen Physiologie [Manual de fisiología normal y patológica] (9). La inseguridad en el papel sexual, la sobrevaloración del otro sexo, el miedo a él y el ansia de éxitos fáciles e irresponsables resultaron ser los factores que predisponen, pero en modo alguno obligan. La inseguridad en la solución del problema erótico y el miedo al fracaso en este terreno conducen a un funcionamiento erróneo o anormal.
Vi entonces con creciente claridad el modo en que podían comprenderse las variedades del fracaso. En todo fracaso humano, en el extravío de los niños, en la neurosis y la neuropsicosis, en el delito, el suicidio, el alcoholismo, el morfinismo, el cocainismo, en la perversión sexual, de hecho en todos los síntomas nerviosos, podemos leer la falta del grado adecuado de sentimiento de comunidad. En toda mi obra anterior había empleado como consideración principal la idea de la actitud del individuo hacia la sociedad. Las exigencias de la sociedad, no como de una institución estable, sino como de una masa viva, que tiende y busca la victoria, estuvieron siempre presentes en mi pensamiento. La concordancia total de este afán y la influencia que tiene que ejercer sobre cada individuo había sido siempre uno de mis temas principales. Ahora alcancé algo más de claridad en la cuestión. Como quiera que juzguemos a las personas, sea lo que sea lo que intentemos comprender de ellas, aquello a lo que apuntamos cuando educamos, curamos, mejoramos, condenamos, lo fundamos siempre en el mismo principio: ¡sentimiento de comunidad!, ¡cooperación! Todo lo que estimamos valioso, bueno, justo y normal, lo estimamos sencillamente en la medida en que es «virtud» desde el punto de vista de una sociedad ideal. El individuo, situado en una comunidad que solo puede conservarse como sociedad humana mediante la cooperación, se convierte en parte de este gran todo por la división del trabajo impuesta socialmente, por la unión con un miembro del otro sexo, y encuentra su tarea prescrita por esa sociedad. Y no solo su tarea, sino también su preparación y su capacidad para cumplirla.
El hecho dado inequívocamente de nuestra inferioridad orgánica sobre la faz de esta tierra hace necesaria la solidaridad social. La necesidad de proteger a las mujeres durante el embarazo y el parto, el prolongado desvalimiento de la infancia, obtienen la ayuda de los demás. La preparación del niño para una civilización y un trabajo complicados, pero protectores y por tanto necesarios, requiere la cooperación de la sociedad. La necesidad de seguridad en nuestra existencia personal conduce automáticamente a una modificación cultural de nuestros impulsos y emociones y de nuestra actitud individual en la amistad, el trato social y el amor. La vida social del hombre emana inevitablemente de la relación hombre-cosmos y hace de cada persona una criatura y un creador de la sociedad.
Es una carga gratuita para la ciencia preguntar si el instinto social es congénito o adquirido, tan gratuita como la cuestión de los instintos congénitos de cualquier clase. Solo podemos ver los resultados de una evolución. Y si se nos ha de permitir alguna pregunta acerca de los comienzos de esa evolución, es solo esta: si puede desarrollarse algo para lo que no estén dadas de algún modo posibilidades antes del nacimiento. Esa posibilidad existe en el caso de los seres humanos, como podemos ver por los resultados del desarrollo. El hecho de que nuestros órganos de los sentidos se comporten como se comportan, de que por medio de ellos podamos adquirir impresiones del mundo exterior y combinarlas física y mentalmente en nosotros, muestra nuestra conexión con el cosmos. Ese rasgo lo tenemos en común con todos los seres vivos. Lo que distingue al hombre de los demás organismos, sin embargo, es que tiene que concebir su meta de superioridad en sentido social, como parte de un logro total. Las razones de ello residen sin duda en la mayor necesidad del individuo humano y en la consiguiente mayor movilidad de su cuerpo y de su mente, que lo obliga a encontrar un punto de apoyo firme en el caos de la vida, un «¡dadme dónde apoyarme!».4
Pero a causa de esta sociabilidad forzosa, nuestra vida solo presenta problemas que requieren para su solución capacidad de cooperación. Oír, ver o hablar «correctamente» significa perderse por completo en otro o en una situación, identificarse con él o con ella. La capacidad de identificación, la única que nos hace capaces de amistad, de amor humano, de compasión, de profesión y de amor, es la base del sentimiento de comunidad y solo puede practicarse y ejercitarse en unión con otros. En esta asimilación intencionada de otra persona o de una situación no dada inmediatamente reside todo el sentido de la comprensión. Y en el curso de esta identificación somos capaces de evocar toda clase de sentimientos, emociones y afectos, como los que experimentamos no solo en sueños, sino también en la vida de vigilia, en la neurosis y en la psicosis. Es siempre el estilo de vida fijado, los ideales últimos, lo que domina y selecciona. El estilo de vida es lo que convierte nuestras vivencias en razones de nuestra actitud, lo que evoca esos sentimientos y determina las conclusiones de acuerdo con sus propios fines. Nuestra misma identificación con el ideal último nos hace optimistas, pesimistas, vacilantes, audaces, egoístas o altruistas.
Las tareas que se presentan a un individuo, así como los medios para cumplirlas, se conciben y formulan dentro del marco de la sociedad. Nadie, a menos que esté privado de sus facultades mentales, puede escapar de ese marco. Solo dentro de este marco es posible la psicología. Aun si añadimos, para nuestra época, las ayudas de la civilización y el modelo socialmente determinado de nuestros ejemplos, seguimos encontrándonos ante las mismas condiciones ineludibles.
Desde este punto de observación podemos mirar atrás. Hasta donde podemos determinarlo razonablemente, parece que después del cuarto o quinto año de vida el estilo de vida ha quedado formado como un prototipo, con su manera particular de apoderarse de la vida, su estrategia para conquistarla, su grado de capacidad de cooperación. Estos fundamentos de todo desarrollo individual no cambian, a menos que el sujeto reconozca y corrija algunos errores perjudiciales de construcción. Quien no ha adquirido en la infancia el grado necesario de sentimiento de comunidad no lo tendrá más tarde en la vida, salvo en las condiciones especiales antes mencionadas. Ninguna cantidad de experiencias amargas puede cambiar su estilo de vida mientras no haya alcanzado la comprensión. Toda la obra de la educación, de la curación y del progreso humano solo puede avanzar por la vía de una mejor comprensión.
Queda solo una pregunta: ¿qué influencias son perjudiciales y cuáles beneficiosas en la determinación de las diferencias del estilo de vida, es decir, de la capacidad de cooperación?
Aquí tocamos, en suma, la cuestión de la preparación para la cooperación. Es evidente, desde luego, que las deficiencias de esta se hacen más claramente visibles cuando se somete a prueba la capacidad de cooperación del individuo. Como he mostrado más arriba, la vida no nos ahorra esas pruebas y ensayos previos. Estamos siempre a prueba: en el desarrollo de nuestros órganos de los sentidos, en nuestra actitud hacia los demás, en nuestra comprensión de los demás, en nuestra moral, nuestra filosofía de la vida, nuestra posición política, nuestra actitud hacia el bienestar de los demás, hacia el amor y el matrimonio, en nuestros juicios estéticos, en toda nuestra conducta. Mientras uno no es sometido a ninguna prueba, mientras está libre de pruebas y problemas, puede dudarse de su condición de miembro de la comunidad. Pero en cuanto una persona se ve asediada por algún problema de la existencia, que, como he demostrado, implica siempre capacidad de cooperación, se pondrá infaliblemente de manifiesto —como en un examen de geografía— hasta dónde llega su preparación para la cooperación.
La primera situación social que se presenta al niño es su relación con la madre, desde el primer día. Por la habilidad educativa de esta se despierta por primera vez el interés del niño por otra persona. Si ella sabe entrenar ese interés en la dirección de la cooperación, todas las capacidades congénitas y adquiridas del niño convergerán en la dirección del sentimiento de comunidad. Si ata al niño exclusivamente a sí misma, la vida tendrá para él el significado de que hay que excluir en lo posible a todas las demás personas. Su posición en el mundo se hace con ello difícil, tan difícil como la de los niños defectuosos o descuidados. Todos estos crecen en un mundo hostil y desarrollan un grado bajo de sentido de cooperación. A menudo resulta en tales casos un completo fracaso en la adaptación al padre, a los hermanos o a personas más alejadas. Si el padre no logra penetrar en el círculo de interés del niño, o si por una rivalidad exagerada quedan excluidos los hermanos, o si a causa de alguna deficiencia o prejuicio social el entorno más lejano queda fuera de su esfera, el niño encontrará graves dificultades para adquirir un sano sentimiento de comunidad. En todos los casos de fracaso posterior en la vida podrá observarse claramente que tienen su raíz en este período temprano de la infancia. La cuestión de la responsabilidad habrá de dejarse naturalmente de lado en este punto, pues el deudor no puede pagar lo que se le exige.
Nuestros hallazgos acerca de estos errores y deducciones erróneas de la primera infancia, reunidos a partir de la contemplación de este complejo de relaciones que revela la psicología individual, son sumamente abundantes. Están consignados en muchos artículos de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, en mi Understanding Human Nature [Conocimiento del hombre] (10), en Individualpsychologie in der Schule [La psicología individual en la escuela] (11) y en Science of Living [La ciencia de vivir] (12). Estas obras tratan de los problemas del extravío, de la neurosis y la psicosis, de la criminalidad, el suicidio, la embriaguez y la perversión sexual. Los problemas de la sociedad, la profesión y el amor se han incluido en el ámbito de estos estudios. En Die Technik der Individualpsychologie [La técnica de la psicología individual] (13) he publicado una exposición detallada de un caso de neurosis de angustia y obsesiva.
La psicología individual considera que la esencia de la terapia consiste en hacer al paciente consciente de su falta de capacidad de cooperación y en convencerlo de que esa falta se origina en desajustes de la primera infancia. Lo que ocurre durante este proceso no es poca cosa: su capacidad de cooperación se acrecienta por la colaboración con el médico. Su «complejo de inferioridad» se revela erróneo. Se despiertan el valor y el optimismo. Y el «sentido de la vida» se le aparece como el hecho de que hay que dar a la vida un sentido adecuado.
Este tipo de tratamiento puede empezarse en cualquier punto de la vida anímica. Se me han acreditado, entre otros, los tres puntos de partida siguientes: a) inferir algo de la situación del paciente a partir de su lugar en el orden de nacimientos, pues cada hijo sucesivo suele tener una posición algo distinta de los demás; b) inferir de sus recuerdos infantiles más tempranos algún interés dominante del individuo, pues la tendencia creadora de la imaginación produce siempre fragmentos del ideal de vida (Lebensstil); c) aplicar la interpretación individualpsicológica a la vida onírica del paciente, por la que puede descubrirse de qué manera particular el paciente, guiado por el ideal de su estilo de vida, evoca emociones y sensaciones contrarias al sentido común, a fin de poder llevar a cabo con más éxito su estilo de vida.
Si se cree haber descubierto la línea directriz de la vida del paciente, queda por comprobar ese descubrimiento mediante un gran número de gestos expresivos suyos. Solo una coincidencia perfecta del todo y de todas las partes da derecho a decir: comprendo. Y entonces el propio examinador tendrá siempre el sentimiento de que, si hubiera crecido con los mismos malentendidos, si hubiera abrigado el mismo ideal, tenido las mismas nociones sobre el sentido de la vida, si hubiera adquirido un grado igualmente bajo de sentimiento de comunidad, habría actuado y vivido de una manera «casi» semejante.
REFERENCIAS
- Adler, A. Der Aggressionstrieb im Leben und in der Neurose. En Heilen und Bilden. (3.ª ed.) Múnich: Bergmann, 1906.
- ———. Studie über Minderwertigkeit der Organe und die seelische Kompensation. (2.ª ed.) Múnich: Bergmann, 1907. vii + 92 págs.
- ———. Die seelische Wurzel der Trigeminusneuralgie.
- ———. Das Problem der Distanz.
- ———. Das Unbewusste.
- ———. Praxis und Theorie der Individualpsychologie. (2.ª ed.) Múnich: Bergmann, 1924. v + 527 págs. The practice and theory of individual psychology. Nueva York: Harcourt, Brace, 1924.
- ———. Ueber den nervösen Charakter: Grundzüge einer vergleichenden Individualpsychologie und Psychotherapie. Wiesbaden: Bergmann, 1912. vii + 196 págs. The neurotic constitution: outlines of a comparative individualistic psychology and psychotherapy. (Trad. de B. Glueck y J. E. Lind.) Nueva York: Moffat, Yard, 1917. xxiii + 456 págs.
- ———. Zum Problem der Homosexualität. Múnich: Reinhardt, 1917. (Agotado.)
- ———. Handbuch der normalen und pathologischen Physiologie. Berlín: Springer.
- ———. Menschenkenntnis. (2.ª ed.) Leipzig: Hirzel, 1928. vii + 230 págs. Understanding human nature. (Trad. de W. B. Wolfe.) Nueva York: Greenberg, 1927. xiii + 286 págs.
- ———. Individualpsychologie in der Schule. Leipzig: Hirzel.
- ———. Science of living. Nueva York: Greenberg, 1929.
- ———. Die Technik der Individualpsychologie. I. Die Kunst, eine Lebens- und Krankengeschichte zu lesen. Múnich: Bergmann, 1928. iv + 146 págs. The case of Miss R. Nueva York: Greenberg, 1929.
- ———. Problems of neurosis. Londres: Kegan Paul, 1929.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el ejemplar digitalizado en Internet Archive (psychologiesof1900murc): Alfred Adler, «Individual Psychology», en Carl Murchison (ed.), Psychologies of 1930, Worcester (Massachusetts), Clark University Press, 1930, cap. 21, págs. 395-405.
Traducción: traducción íntegra al español del texto inglés, que es a su vez traducción de Susanne Langer de un original alemán de Adler no publicado. Se conservan las cursivas, las divisiones y la lista de referencias. Tanto social feeling como social sense (versiones inglesas de Gemeinschaftsgefühl) se traducen «sentimiento de comunidad»; social impulse, «impulso social»; social instinct, «instinto social»; striving for superiority, «afán de superioridad»; style of life, «estilo de vida»; guiding threads, «líneas directrices»; arrangement, «arreglo»; hesitant attitude, «actitud vacilante». Los títulos alemanes citados se dan con traducción entre corchetes la primera vez.
Presentado en alemán y traducido al inglés para la Clark University Press por Susanne Langer. ↩
El impreso dice «Die Aggressionstrieb» (por Der); en la ref. 3, «Wirzel» por Wurzel, y en la ref. 13, «Die Kuntz» por Die Kunst: se corrigen en la traducción. El artículo sobre el instinto de agresión apareció en 1908 (Fortschritte der Medizin) y se reimprimió en Heilen und Bilden (1914); la fecha de 1906 es la que da el texto. (N. del T.) ↩
Génesis 32, 26 (palabras de Jacob en su lucha con el ángel). (N. del T.) ↩
En griego en el original, con acentuación defectuosa: δὸς ποῦ στῶ, «dame dónde apoyarme», palabras atribuidas a Arquímedes («dadme un punto de apoyo y moveré el mundo»). (N. del T.) ↩