¿Qué es la psicología individual?

Los tres frentes de batalla de la vida.

Por el Dr. Alfred Adler.

(De una conversación.)

Proseguimos a continuación nuestra serie de artículos sobre problemas de la psicología individual.

II.

Si se enciende una vela y se la deja arder hasta el final, ya no se la ve. Sin embargo, la materia de que se compone la vela no se ha perdido, sino que solo ha adoptado otra forma. Lo sabemos por la física, que nos ha enseñado que nada, ni el más mínimo átomo, puede perderse en este mundo y que en el universo las energías no hacen más que cambiar constantemente de forma. En física se llama a esto la ley de la compensación. Que en la naturaleza muerta tenga lugar un equilibrio, una compensación, nos parece ya algo evidente.

Lo maravilloso es que en la naturaleza viva, por ejemplo en el organismo del cuerpo humano, no se produce solo una compensación, sino incluso un exceso de compensación, una sobrecompensación. En efecto, si en un organismo cualquiera hay un daño, se produce una reparación. Pero esta reparación va mucho más allá de los límites del daño.

Un ejemplo lo ilustrará: consideremos primero el Estado, en el que se cometen tantos o cuantos delitos. Para impedir esos delitos, el Estado pone exactamente tantos policías como hace falta para evitarlos. Ni uno más. El organismo humano lo hace de otro modo. Cuando sustancias nocivas, cuando delincuentes penetran en el organismo, el cuerpo no produce solo tantos guardias como son necesarios para evitar un daño, sino millones y billones de guardias más. En biología se ha aprovechado prácticamente este conocimiento, y la vacunación se basa en esta experiencia. En la vacunación, en efecto, se introducen en el cuerpo sustancias nocivas, y el organismo reacciona con una sobrecompensación. Produce una cantidad enorme de sustancias protectoras que no solo combaten esas sustancias nocivas introducidas por la vacuna, sino que capacitan además al organismo para eliminar en el futuro los venenos que penetren en él. Así pues, el organismo no solo produce, sino que sobreproduce, y de este modo inmuniza al cuerpo.

La psicología individual aplica este principio y dice: si alguien viene al mundo con una inferioridad orgánica, ese daño, esa carencia, puede sobrecompensarse, tanto psíquica como físicamente. Y ahora viene lo importante: esta sobrecompensación puede producirse hacia el bien o hacia el mal. Supongamos que alguien tartamudea. La reacción puede ser doble. O bien su defecto le estorba tanto que de antemano arroja la toalla, no hace nada, no rinde nada, se escabulle en todas partes. La consecuencia será que no resultará especialmente simpático, lo cual a su vez le llevará probablemente a adoptar rasgos hostiles a los hombres. Se volverá pérfido, taimado, perezoso. Pero también puede ocurrir que no se deje intimidar por su defecto. Al contrario, intentará superar el daño. Se meterá una piedra en la boca, irá con la piedra en la boca a la orilla del mar y pronunciará allí discursos que dominen el estruendo de las olas, como hizo Demóstenes, que quizá, precisamente porque tartamudeaba, llegó a ser el mayor orador de Grecia. Porque a una persona normal no se le ocurrirá ponerse a la orilla del mar con una piedra en la boca a pronunciar discursos. En ambos casos, tanto en el del escurridizo mencionado en primer lugar como en el de Demóstenes, se produjeron sobrecompensaciones. Aquí hacia el bien, allí hacia el mal.

Por eso dice la psicología individual: nadie tiene derecho a excusarse en su inferioridad orgánica, en su joroba, en su corazón débil, en su estómago, o en su talento, o en su falta de talento, etcétera, porque el hombre entero, la totalidad del organismo, tiene la capacidad de sobrecompensar.

No hay que escudarse en el destino.

Para sustraerse a su tarea, los hombres se escudan de buena gana en las cosas más diversas: en Dios, en el destino, en la naturaleza, en el medio, en la herencia, en la educación, en la pobreza, en todo aquello a lo que puedan echar mano y que les sirva de excusa para su cobardía. Y cuando ya no se les ocurre nada, hablan de la mala suerte que supuestamente los persigue. Pero la psicología individual no admite excusas, y esa es probablemente la razón principal de que tenga tantos adversarios. En el fondo, la psicología individual significa también la traducción y la aplicación práctica de la fisiología del idealismo1. Cada persona tiene su propia inclinación, su impulso, su temperamento. Si quisiéramos confiar en que cada persona actúa según su inclinación, su impulso, su temperamento, no habría ética. Hay que cumplir, pues, en todo momento con el propio deber, tanto si ese deber contraría la inclinación como si no. Este es el contenido más profundo de la ética de Kant. En teoría se la admira con veneración. Pero en la práctica se la ha rechazado casi siempre por demasiado severa. Pues bien, en la psicología individual se halla la fundamentación práctica de este sistema: nadie tiene derecho a excusas, porque todo el mundo puede hacerlo todo.

Ahora bien, la psicología individual conoce tres tareas principales que el hombre tiene que resolver: la sociedad, la profesión, el matrimonio. Estas tareas no se han realizado nunca. No existe un orden social ideal, y quienes creen lo contrario lo sitúan en el pasado y dicen que en el paraíso existió ese estado ideal y que hemos perdido el paraíso. Pero el estado ideal no puede realizarse ni en el Estado, ni en la profesión, ni en el matrimonio. El estado ideal solo vive en nuestras ideas.

El miedo al rendimiento.

Tampoco existe un hombre absolutamente normal, sano e ideal. Y el hombre, como sabemos, echa mano a menudo de excusas para disimular su miedo a rendir, su huida ante las tareas. Pero la psicología individual prohíbe esas excusas que impiden acercarse al estado ideal. Porque en todas las circunstancias de la vida se le presentan al hombre situaciones que habría que mejorar, que podrían configurarse de manera todavía más ideal. No admite, pues, ninguna excusa: ni la naturaleza, ni el alcohol, ni el medio, ni descender de un delincuente, y dice: la naturaleza es solo una dificultad dada entre mil dificultades dadas, y todas estas dificultades solo están ahí para ser superadas con optimismo, no para servir de excusa. También el matrimonio, la profesión y la sociedad, e incluso la vida entera, están llenos de dificultades que hay que superar con optimismo. Porque el verdadero idealista tiene que ser un optimista. Es cierto que hay también un idealismo patológico. Es aquel idealismo que lo ve todo de color de rosa porque no quiere verlo de otro modo y que, por miedo, practica la política del avestruz.

Esta clase de optimismo es exactamente tan enfermiza como el pesimismo que dice: la vida entera no merece la pena vivirse, porque no hay ningún ideal realizado. ¿Para qué casarse? No hay matrimonio ideal. ¿Para qué vivir en sociedad? No hay sociedad ideal. ¿Y para qué abrazar una profesión? Mejor será tumbarse en el diván y fumar cigarrillos. Este pesimismo es exactamente tan patológico como el optimismo acrítico. Pero la psicología individual exige un optimismo crítico. No vivimos en ningún paraíso, sino en situaciones y circunstancias que tenemos que cambiar porque queremos cambiarlas. No hay ninguna cuestión de la vida de la que pueda decirse que está resuelta en sentido ideal, y de ninguna cuestión puede afirmarse que esté resuelta de tal modo que no sea deseable ningún cambio. Hay que superar, pues, las dificultades que a uno se le oponen: ese es el problema principal. Aprendamos, pues, a superarlas, y aprendamos también a conocer el éxito, que eleva y anima a apartar las dificultades siguientes, quizá ya mayores. Así se templa uno para la vida y la domina de forma duradera.

Contemos todavía una fábula que ilustra mejor que nada la esencia de la psicología individual y lo que esta quiere: dos ranas, una optimista y otra pesimista, caen en un tonel de leche. Las dos patalean un rato, pero la pesimista no ve ninguna posibilidad de salvación, estira desalentada las cuatro patas y se hunde. La optimista, en cambio, no pierde la esperanza, sigue pataleando sin descanso, patalea toda la noche y —¡hete aquí!— a la mañana siguiente está salvada. Con su pataleo ha batido parte de la leche hasta convertirla en mantequilla, sobre la que ahora se sienta, contenta y orgullosa de su éxito.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre la imagen de la página en ANNO (Österreichische Nationalbibliothek, ANNO_nfp19290804, Bild 22): «Was ist Individualpsychologie? Die drei Kriegsschauplätze des Lebens. Von Dr. Alfred Adler. (Aus einem Gespräch.)», Neue Freie Presse, Viena, n.º 23307, 4 de agosto de 1929, pág. 22. Es el segundo de los cuatro artículos de la serie (I: 28-7-1929; III: 11-8-1929; IV: 18-8-1929).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026), con el titular, el subtítulo y la división del original. Las cursivas reproducen el espaciado (Sperrdruck) del original. Ueberkompensation se traduce «sobrecompensación»; Organminderwertigkeit, «inferioridad orgánica»; sich ausreden auf, «excusarse, escudarse en»; Kriegsschauplätze, «frentes de batalla» (literalmente, «teatros de guerra»).

  1. Así en el original, «Physiologie des Idealismus»; quizá errata por «Philosophie des Idealismus» («filosofía del idealismo»), lo que encajaría con la mención inmediata de la ética de Kant. (N. del T.) ↩