Psicología y medicina.1

Por el Dr. Alfred Adler.

¡Distinguidos asistentes! De camino hacia aquí, mientras repasaba un poco el material que hoy he de presentarles, me asusté literalmente de la enorme extensión de todo lo que, en rigor, habría que decir sobre el tema «Psicología y medicina». Mi susto no disminuyó hasta que me enteré del anuncio de sus próximas conferencias y del curso «Introducción a los métodos de la psicoterapia», con lo cual se me ahorra una gran parte de lo que tendría que decir. Así pues, no me queda más que destacar algunos problemas de este campo e informarles un poco de cómo un psicólogo individual, que es práctico, teórico, psicólogo y médico, ha aguzado su mirada para estas cosas. Haré bien en decir también algo sobre cómo me imagino a un médico psicólogo del presente o del futuro. No ofreceré una descripción artística, que sería más bien obra de un poeta, sino que solo quiero destacar algunos puntos que han dado buen resultado en mi vida y en mi práctica. No se puede dudar de que los enormes esfuerzos psicológicos del presente abren al médico un amplio campo, y si hoy la posición del médico ha alcanzado social y científicamente un nivel más alto, lo debe sin duda, y no en último término, a una mejor comprensión psicológica de la vida del individuo y de la masa. Y, en efecto, no creo que en el futuro pueda levantarse una clientela sin conocimiento del hombre. No se podrá imponer ni elevar el prestigio de un médico si a su formación técnica no se añade la formación psicológica. Si nos preguntamos cuáles han sido hasta ahora los caminos para introducir al estudiante en este campo importante —importante no solo para él, para poder sostenerse y ampliar su clientela, sino en medida aún mayor para el paciente—, tengo que decir: hasta donde alcanzo a ver, la formación en esta materia sigue estando hoy muy descuidada. No faltan, desde luego, indicaciones, recordatorios, exhortaciones de todo tipo, y los buenos maestros no escatiman buenas enseñanzas. Pero, por lo que veo, no se da demasiada importancia a enseñar, a instruir cómo debe comportarse el joven médico, cuando empieza a ejercer, frente al ser humano, frente al paciente. Habrá que darse cuenta de que la comprensión psicológica es de enorme importancia en cada caso concreto. Si antes dije que el conocimiento psicológico ha abierto al médico un amplio campo, puedo decir también que la confianza del pueblo en el médico se basa en su comprensión psicológica, y que quienes descuiden este campo estarán en desventaja; con lo cual no desconozco que, en el estado actual de nuestra cultura y con el deficiente conocimiento del hombre, también encuentra a veces aceptación quien procede de un modo psicológicamente equivocado. Me parece también que todo pesimismo, negativismo, etc., perjudica tanto al médico como al paciente. Desde luego, hemos de preguntarnos de dónde procede ese pesimismo. Yo no me contentaría con señalar que la escuela de Viena en general tiene fama de nihilismo, de pesimismo2, sino que creo más bien que se trata de médicos que también en el resto de su vida son pesimistas. De mi propia vida puedo deducir que el optimismo activo, que en mi vida desempeña también un papel en otros terrenos, me ha ayudado igualmente en este. Basta que piensen en las miradas angustiadas con que los enfermos están literalmente pendientes de sus labios, y comprenderán que una palabra valiente y animosa tiene un alcance enorme. Puedo decir con toda modestia que la psicoterapia ha logrado en este sentido algo extraordinario. Es cierto que a menudo un no médico consigue una mejoría de los padecimientos de los pacientes que raya en lo milagroso. Tampoco podemos relegar todas estas cosas al terreno de la histeria. Ante todo debemos preguntarnos por qué el médico no habría de conseguir también tales proezas. Hasta donde hemos podido investigar este fenómeno, la explicación ha estado siempre en que esas personas aportaban al menos una cosa: un optimismo indestructible que se transmitía al enfermo. Quizá pueda destacar también que una relación de camaradería entre médico y enfermo me parece extraordinariamente importante, no solo porque concuerda con las concepciones fundamentales de la psicología individual, sino también desde el punto de vista del common sense3, desde el del paciente, que no quiere sentirse objeto. No podemos presentarnos como magos, hechiceros y cosas por el estilo, sino solo como semejantes, como amigos, de manera que, aun cuando tengamos que formular un reproche o dar una prescripción, no dejemos sobre todo que surja el sentimiento de inferioridad. Especialmente con los pacientes nerviosos, en los que vemos una y otra vez ese afán desenfrenado y exacerbado de valer y de superioridad, es improcedente engañar al enfermo con faroles, cogerlo por sorpresa o presentarse como omnipotente, aunque los enfermos parezcan sugestionables. Hay, sí, personas que se dejan sugestionar fácilmente, pero no es que eso signifique un punto de reposo en la vida anímica del interesado; al contrario, precisamente ahí se inicia una fermentación ácida, en la que el paciente vuelve a aspirar a la superioridad. Esto nos lo ahorramos si atribuimos al paciente la tarea de acabar con sus síntomas, de modo que ustedes solo le indiquen el camino que, según su convicción, habría que seguir. Quisiera decir también que he conservado siempre la calma, incluso ante las dificultades que se me oponían, porque me acordaba siempre del principio de no fundar mi causa en nada4. Especialmente con los pacientes nerviosos hay que tener presente que no se trata de aumentar la propia fama, sino de situarse amistosamente frente al enfermo. El segundo principio es el de una intransigencia amable. Es decir: no les sirve de nada hacer concesiones. Lo que importa es exponer con calma su punto de vista. Sobre todo en la psicoterapia, donde todas las exigencias de la práctica médica se agudizan al máximo, se llega literalmente a una prueba de si el médico se comporta correctamente. Así volvemos al punto de vista que sostuvo en su día Virchow: que algún día los médicos habrán de ser los guías de los pueblos. Los psicólogos individuales sabemos que, aun cuando este ideal no se realizara nunca, ganamos con él una meta directriz. «Curarle», digo a mis pacientes, «solo puedo hacerlo con la verdad hasta la que yo mismo he llegado». Lo mejor es hablar con el paciente nervioso como con una persona amiga, a la que no se quiere imponer nuevas cargas ni arrancar promesas, sino aliviar su suerte. Esto se ve con especial claridad en el melancólico. Le digo, por ejemplo: «Haga usted solo lo que le resulte agradable». Con cierta seguridad llega la respuesta: «¡Es que nada me resulta agradable!». «Entonces haga al menos», sigo diciendo, «lo que no le resulte desagradable». Como ven, empleamos un método indirecto, el de la discusión. Levantamos poco a poco el velo que oculta las conexiones, pero es el paciente mismo quien ha de dirigir el proceso. No debe echar toda la carga sobre el médico.

Paso ahora a la segunda parte de mi exposición, que entra más en el terreno científico, a saber, a la pregunta: ¿hasta qué punto influyen los padecimientos corporales en el desarrollo anímico? En este punto, como saben, la psicología individual está especialmente bien fundada. Cómo vive el niño sus órganos inferiores es una de las cuestiones fundamentales de la psicología individual, lo mismo que el modo en que el influjo de lo corporal dirige el desarrollo de lo anímico. Al hacerlo tropezamos con un hecho que ha marcado con su sello toda nuestra doctrina: que de un órgano deficiente no podemos sacar conclusiones concluyentes. Podemos conjeturar, podemos comprender, pero nunca diremos que tenga que producirse forzosamente un efecto anímico muy determinado. Si, por ejemplo, un niño padece una inferioridad del tracto gastrointestinal, de los órganos de los sentidos o del sistema endocrino, nunca podremos establecer con seguridad qué resultados se derivarán de ello, aunque esos efectos nos parezcan comprensibles. Esto solo se entiende, creo, cuando se sabe que en esta correlación, en lo que se refiere al influjo sobre el desarrollo de lo anímico, no se trata de leyes naturales, sino de una realización creadora, constructiva, de la vida anímica; no de una reacción, de un reflejo, de una suma de reflejos, sino de una realización artística. En este sentido podemos decir que toda configuración de lo anímico, todo estilo de vida que encontramos, es una realización artística, lleva un sello individual. Estas realizaciones no se producen según la ley de causa y efecto, según el principio de causalidad, sino como consecuencia de una aspiración, de una actitud ante las cuestiones que conciernen a cada individuo. Si consideramos cómo vive un niño su cuerpo, cómo lo siente, vemos ya que nos encontramos en el gran reino de los errores y deficiencias de la vida anímica: que las consecuencias son del todo imprevisibles, porque aquí no se da un efecto, sino que este proceso se desarrolla dentro de una aspiración hacia una meta que, en general, es una meta de superioridad, de perfección. Solo ha de señalarse que el efecto específico de venenos específicos o los cambios específicos en la secreción de las glándulas pertenecen al terreno de la enfermedad y no al de lo neurótico. De lo contrario, sería el mismo error que si quisiéramos tratar la parálisis progresiva como una neurosis. Aquí hay enfermedad, y si podemos eliminar el agente patógeno con antídotos, eso no es comparable, naturalmente, con lo que vemos en la neurosis, donde una concepción errónea del valor del propio yo lleva a vacilar, a detenerse. Por mucho que estos fenómenos se parezcan, la diferencia psicológica es enorme. Queda todavía abierta una pregunta importante, a saber: por qué reaparecen tan a menudo, en ciertas formas de tales tipos, deficiencias en la constitución de los órganos, en la estructura de la herencia. Hasta nuestras discusiones, la concepción dominante, tácita o abiertamente, era que las alteraciones de lo orgánico, sobre todo en el sistema endocrino, tenían que producir tales configuraciones. Con ello se pasaba por alto un punto de vista que me parece de la mayor importancia. A saber: cuando niños con órganos hereditariamente inferiores son colocados en una situación aproximadamente normal, que no es adecuada para ellos, en la que se intenta hacerlos avanzar con los medios normales de la educación, que no son adecuados para ellos, no se puede decir que solo los órganos inferiores, las glándulas deficientes, sean culpables de los fracasos. Podemos verlo en la terapia: para tales niños o adultos hay que encontrar un método propio. No es admisible aplicar un método uniforme a una diversidad tan extraordinaria de puntos de partida. No tenemos derecho a pasar por alto que muchos de ellos, si se les aplicara un método adecuado, no llegarían a producir ciertos errores. Como ven, hay para nosotros un sinnúmero de cuestiones sin resolver que sin duda habrán de ocuparnos en el próximo futuro. Y como hemos extendido el campo de la capacidad médica psicoterapéutica también a la educación, como examinamos y tratamos desde nuestro punto de vista también a niños difíciles de educar, a delincuentes, etc., es evidente que tenemos derecho a inferir de una forma de vida fallida otras. Esto nos ha facilitado enormemente la tarea: 1.º, porque pudimos contar con la unidad del estilo de vida, porque no caemos en el error de creer que pueda haber en el individuo movimientos anímicos que se contradigan entre sí; 2.º, porque pudimos sacar conclusiones de un error sobre otro. Si consideramos, por ejemplo, un caso de la práctica educativa como el siguiente, podemos sacar conclusiones que tienen ya importancia en el terreno de la neurosis o de la psicosis. Se trata de un muchacho de doce años, segundogénito, que da a su padre, un maestro, toda clase de dificultades. Pasa por un niño echado a perder, al que se amenaza con el reformatorio. Llevarlo a cabo le resulta especialmente difícil a un maestro, por diversas razones. No es raro que en los hijos de pedagogos se produzcan fracasos de este tipo. Este muchacho enfermó de tuberculosis de la articulación de la cadera. Tuvo que estar inmóvil durante años, enyesado, y ser atendido en todos los sentidos. Cuando pudo volver a levantarse y moverse, era el mejor niño de la familia. Estoy convencido de que, si se hubiera dado el caso inverso, que también se da —cuando un niño bueno se vuelve muy ineducable tras una enfermedad, por ejemplo tras una encefalitis, una escarlatina, una tos ferina—, al médico le resultaría muy difícil sustraerse a la impresión de que la enfermedad es la causa de esos fracasos. Pues bien, aquí tienen ustedes el caso inverso. No creo que nadie vaya a afirmar que por medio de enfermedades, toxinas, etc., se puedan adquirir también virtudes.

Quisiera tocar ahora otro campo, que en mis trabajos me toca mucho más de cerca, a saber: hasta qué punto los procesos anímicos pueden influir en el cuerpo. Son cuestiones antiguas, sobre las que apenas se atreve uno a decir nada nuevo. Sin embargo, quizá se consiga avanzar algunos pasos, y si no se pierde de vista que todos los movimientos anímicos tienen lugar en el cuerpo, una profundización medianamente lograda en las conexiones entre cuerpo y alma quizá nos lleve más lejos en algunos aspectos. Así, por ejemplo, si consideramos que ciertos afectos influyen muy fuertemente en el cuerpo, en forma aguda y crónica. La psicología individual ha señalado siempre que ciertas formas de cefalea y migraña, también la neuralgia del trigémino, y casos que hoy se cuentan entre las epilepsias, están sin duda bajo el influjo del afecto de la ira. Naturalmente, esto solo le llamará la atención a quien se acerque a estas cosas como médico con formación psicológica y tenga interés en esclarecer las conexiones. Si alguien se resiste a ello, su interés está tan restringido que ni siquiera repara en las circunstancias concomitantes correspondientes. No veo un solo caso de migraña en que no encuentre una situación en la que pudiera imaginarme que un ataque de ira estaría en su lugar. Esto vale también para otras enfermedades en las que hay de antemano alteraciones orgánicas. Piensen, por ejemplo, en el simple hecho de que a algunas personas, cuando están furiosas, se les hinchan las venas de la frente de un modo muy distinto que a otras, que adquieren una expresión completamente cambiada. Esto debería bastar para sugerir la conclusión que hemos sacado los psicólogos individuales: que también se ven afectadas las alteraciones más profundas, por ejemplo la circulación en el cerebro, en los vasos situados más hondo. Puedo subrayar también que los psicólogos individuales nos situamos plenamente en el terreno de la patología y no hacemos más que tener en cuenta sus hechos fundamentales. Desde luego, no siempre podemos establecer con seguridad dónde está el punto de ataque del padecimiento; como otras disciplinas, tenemos que conformarnos de momento con suposiciones plausibles; pero es extraordinariamente obvio suponer que en la neuralgia del trigémino ciertas asimetrías de los conductos por los que pasa el V par craneal, y también asimetrías de las arterias y venas, todas estas ocasiones, inferioridades orgánicas, conducen en caso de ira a fenómenos de presión alterados, que pueden provocar también una irritación duradera, un dolor duradero. No hay contradicción en decir que el paciente, que se encontraba perfectamente, sufre de pronto dolores de cabeza en relación con estos fenómenos. Excluyo naturalmente, una vez más, los casos en que hay defectos anatómicos groseros. Hay sin duda personas en las que la ira afecta al tracto digestivo, que vomitan cuando se enfurecen. Tampoco puede descartarse que los afectos influyan de algún modo en las glándulas endocrinas y conduzcan a fenómenos patológicos. Sé que un investigador ruso y también uno norteamericano están en camino de establecer estas conexiones, y creen haber encontrado ciertas toxinas. Este hecho se hace más claro si consideramos el terreno de la angustia. La angustia desempeña, de una u otra forma, un papel especial en la neurosis. Es, en efecto, la expresión más frecuente del sentimiento de inferioridad. Es un intento del pusilánime de llegar a una meta de superioridad. Es una función inteligente y, según los distintos tipos, ocupará un lugar distinto en el conjunto de los fenómenos. En mi opinión, no se dice nada con remitirse al simpático o al parasimpático. Son solo vías de conducción. Hay una inferioridad orgánica congénita cuando los erectores pili, las glándulas sudoríparas, el corazón, el tracto digestivo, la vejiga, los órganos sexuales, etc., resultan especialmente afectados en caso de angustia. Quizá este último tipo esté mucho más extendido de lo que sabemos. Quizá precisamente la conexión entre angustia y órganos sexuales sea tan frecuente que algunos autores que pertenecen a este tipo preferirían morir antes que entender esta conexión solo como una variante5. Que la tristeza lleva de algún modo al adelgazamiento es seguro, aunque todavía no sepamos cómo se produce, ya que la disminución de la ingesta no puede ser en absoluto la única razón. Así que también aquí es obvio pensar en ataques que influyen en el cuerpo de tal manera que se produce una pérdida de peso. No quiero extender demasiado este capítulo, sino más bien llamar su atención sobre una circunstancia que contribuye a hacer comprensible cómo en algunas personas se producen alteraciones corporales que en otras no aparecen. Ya se ha rozado el punto de vista de que podría tratarse de tipos determinados. Queda por considerar otra posibilidad: el entrenamiento. A quien se haya ocupado más de cerca de los fenómenos del entrenamiento en lo anímico nunca le resultará difícil sacar de ello ciertas conclusiones. Han pasado inadvertidos, por ejemplo, ciertos hechos, como el modo en que una persona puede entrenar siempre su estado de ánimo. Basta con que anoten los pensamientos y sueños de un melancólico y tendrán una hermosa ocasión de ver cómo alguien se entrena constantemente en la tristeza y la desazón. A quien atiende solo a los factores somáticos se le escapa la maravillosa y artística construcción de este entrenamiento. Si consideran un sueño en el que se pierde algo, está claro que ese sueño puede provocar y fijar un estado de ánimo que influye en la conducta del día siguiente. Todos los fracasos que conocemos (neurosis, suicidio, delincuencia, etc.) han sido sin duda entrenados durante mucho tiempo antes. Este entrenamiento puede demostrarse y puede aclararnos hacia dónde apunta el paciente desde hace mucho tiempo y cómo intenta alcanzar esa meta. Para terminar, quizá pueda describir, a fin de explicar este entrenamiento, una neurosis obsesiva. Pienso en un hombre de cuarenta y cinco años que desempeña un buen papel en la vida y ha llegado a tener prestigio, pero que se queja de que siempre que sube al primer, segundo o tercer piso siente el impulso obsesivo de tirarse abajo. Esta idea torturante lo persigue desde su pubertad. En sí mismo, este impulso obsesivo, frecuente también en otros casos, no sería tan llamativo. Pero si han hecho suyo uno de los principios técnicos de la psicología individual, según el cual, para comprender un síntoma, primero se pregunta: ¿qué resulta en esta ocasión?, la respuesta clara es que esta persona se ve obstaculizada en su aspiración. Lleva, en efecto, una carga. Sufre también de la conciencia de estos impulsos. En segundo lugar, si quieren comprender un síntoma, tienen que despojarlo de su contenido y mirar solo el movimiento que se produce. Admitirán entonces que solo puede tener el impulso de caer abajo quien tiene la sensación de estar arriba. Es lo mismo que en los sueños de caída, que solo pueden concretarse si el soñador, según su premisa, se encuentra arriba. Hasta aquí podemos llegar ya con una consideración superficial de las cosas. Pero todavía no sabemos qué sentido da el paciente a cargarse de esta manera. Que no es una persona valerosa se desprende del contenido: tiene miedo de su impulso. Podemos suponer también que no confía mucho en sí mismo cuando está solo, que fue un niño mimado. Esto también se confirma. Era el más pequeño. Cuenta ahora que toda su vida ha tenido miedo de toda clase de cosas. Lo que eso significa para una vida humana está claro, pero ustedes ven el entrenamiento. Ha tanteado el mundo en busca de las posibilidades que le eran peligrosas. Es comprensible que tales personas hayan de tener el rasgo de carácter de la prudencia y que refuercen cada vez más tales rasgos. Pero queremos ver cuál es el núcleo de su estilo de vida. Querríamos conocer la forma originaria de este niño mimado, y para ello nos ayuda el examen del importante terreno de los primeros recuerdos de infancia. Hemos podido comprobar que en estos recuerdos se encuentra siempre una parte, un rasgo de la forma originaria del estilo de vida. Que sean recuerdos auténticos o no es indiferente. Uno de los recuerdos de nuestro paciente dice así: Cuando a los seis años tenía que ir a la escuela, tenía un miedo espantoso, tanto más cuanto que allí un chico quería pegarme. Pero en el último momento me abalancé sobre él y lo tiré al suelo. Nos favorece la circunstancia de saber que el estilo de vida de una persona queda fijado ya en el cuarto o quinto año de vida y solo se deja cambiar bajo ciertos influjos. Así podemos comparar esta forma originaria con lo que tenemos delante. Apunta a una persona que vence su miedo, que, mirando siempre a su angustia, recorre sin embargo el mundo con el sentimiento de quien la supera. Esto concuerda también con la neurosis obsesiva actual: nunca se ha tirado abajo. Siempre ha vencido. De ahí procede su tranquilidad: que, como en la infancia, puede con el peligro que lo amenaza. Como no siempre tiene a mano tales peligros, se los inventa y actúa como los niños que se absorben en un juego, de modo que ven, por ejemplo, a otro niño como un indio y quieren combatirlo, y viven en la ilusión de ser héroes cuando llevan un sable de madera y un casco de papel. Encontramos aquí exactamente la misma ilusión, aunque solo se nos ofrezca una parte. La parte práctica no nos la ofrece. Que también es vencedor no debe revelarlo; de lo contrario desaparece la carga y ya no podría jugar este juego de parecer gravemente cargado. De ello podemos sacar también la conclusión sobre lo que se llama consciente o inconsciente, de los que la psicología individual afirma que no presentan ninguna diferencia en la dirección de su meta. Solo el neurótico subraya en tan alto grado la contraposición. Nuestro paciente, por ejemplo, vive en la contraposición vencedor-vencido.

Quisiera terminar ya, pero no sin mostrar que también en este caso sencillo ven ustedes el entrenamiento para adoptar una posición de vencedor. Este hombre ha llegado lejos, pero ha hecho mucho más. Ha ido por la vida con la angustia de cometer un suicidio, y no solo eso: todo lo que ha conseguido hasta ahora no expresa lo que habría podido conseguir si no tuviera que llevar esa carga. Es un tipo peculiar en la neurosis, que no es tan fácilmente accesible como otros en los que el afán de notoriedad sale claramente a la luz. Pero el afán de notoriedad lo entenderán siempre como factor positivo para la comprensión de la vida anímica. Eso es lo que quería señalar a propósito de los efectos de los estados corporales y anímicos que se muestran en el entrenamiento.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la Wiener medizinische Wochenschrift 78 (1928), n.º 22, 26 de mayo de 1928, págs. 697-700 (ANNO / Österreichische Nationalbibliothek), cotejada con la imagen. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación. La nota numerada es de la redacción de la revista; las notas con «t» son del traductor.

  1. Conferencia pronunciada en el marco de la Asociación Académica de Psicología Médica (Akademischer Verein für medizinische Psychologie), el 20 de octubre de 1927. ↩

  2. Alusión al llamado «nihilismo terapéutico» atribuido a la escuela médica de Viena del siglo XIX (Skoda, Rokitansky), más atenta al diagnóstico y a la anatomía patológica que a la terapia. (N. del T.) ↩

  3. En inglés en el original: «sentido común». (N. del T.) ↩

  4. «Ich hab' mein' Sach' auf nichts gestellt»: primer verso del poema de Goethe Vanitas! vanitatum vanitas!, proverbial en alemán para expresar el desapego de quien no fía su causa a nada externo. (N. del T.) ↩

  5. Alusión polémica a Freud y al psicoanálisis, que derivaba la angustia de la libido reprimida. (N. del T.) ↩