Sentimientos y emociones desde el punto de vista de la psicología individual

Alfred Adler, Viena

Es evidente que el estilo de vida no gobierna por sí solo al individuo. Las actitudes no crean por sí solas los síntomas, ni construyen por sí solas toda la neurosis como salvaguardia para no seguir adelante. A ello hay que añadir también los sentimientos, que no estorban las aspiraciones de la persona en el lado inútil.

Esta es una concepción nueva en psicología, y se presenta en contradicción con otras concepciones. La psicología individual no considera la parte de la mente y la del psiquismo como separadas, sino más bien como un todo. Lo que vemos desde este punto de vista ya no es fisiológico ni biológico, y no puede explicarse mediante un examen químico o técnico. Damos por supuestos todos los resultados fisiológicos correctos, pero nos interesa más la meta. Lo que nos interesa no es que la angustia influya en el sistema nervioso simpático y en el parasimpático, sino cuál es el fin y el propósito.

Nos interesa mucho dónde ha surgido un sentimiento, pero nos referimos a las raíces psíquicas más que a las corporales, que tienden hacia la totalidad. No creemos que la angustia surja de la represión de la sexualidad ni como consecuencia del nacimiento1. No nos interesan tales explicaciones, pero sabemos y comprendemos que un niño acostumbrado a que lo acompañe la madre utiliza la angustia —sea cual sea su origen— para alcanzar su meta de superioridad, para dominar a la madre. En esto no nos ocupamos de describir la ira, pero tenemos experiencia suficiente para ver que la ira es un medio de vencer a una persona o una situación. Creemos que solo este punto de vista es psicológico, y no otros, como la descripción de sentimientos, emociones y afectos, o como, por ejemplo, el de los instintos heredados. Puede darse por sentado que toda capacidad corporal y mental ha de tener un material heredado, pero lo que vemos en la mente y el psiquismo es el uso de ese material hacia una meta determinada.

En todos los casos que hemos descrito hasta ahora hemos visto que los sentimientos y las emociones crecían en la dirección y en el grado que eran esenciales para alcanzar la meta neurótica. La angustia, la tristeza y todos los rasgos de carácter han seguido el camino que podíamos predecir, y siempre han concordado con el estilo de vida. Hemos visto también que los sueños tienen un propósito semejante, el de disponer los sentimientos, y que están influidos por la meta neurótica. Nos dan una notable visión del taller del alma. Una persona que alcanza su meta de superioridad por medio de la tristeza no puede estar alegre y satisfecha con el logro. Solo puede ser feliz cuando es desdichada. Podemos observar también que los sentimientos aparecen y desaparecen cuando se necesitan. El paciente que sufre de agorafobia pierde el sentimiento de angustia cuando está en casa o cuando domina a otra persona. Llegamos a la conclusión de que todos los pacientes neuróticos excluyen todas las partes de la vida en las que no se sienten bien y lo bastante fuertes para ser el vencedor.

El carácter está mucho más fijado. Por ejemplo, un cobarde es siempre un cobarde, aunque muestre arrogancia (frente a una persona más débil) o valor cuando está protegido. Si cierra la puerta con tres cerraduras, se protege con perros guardianes, armas y policías, e insiste en que es muy valiente, nadie podría demostrar en él un sentimiento de angustia. Pero que es cobarde de carácter lo prueba el hecho de que buscara protección.

En el terreno de la sexualidad y el amor ocurre algo semejante. Los sentimientos que les pertenecen aparecen siempre que una persona desea acercarse a su meta sexual. Su atención y su concentración tienden a excluir las contradicciones y las tareas en conflicto, y evocan así los sentimientos y las funciones adecuados. La falta de estos sentimientos y funciones —como la impotencia, la eyaculación precoz, las perversiones, la frigidez— se establece siempre por no excluir otras tareas y por las contradicciones. Tales anomalías están siempre influidas por una meta neurótica de superioridad y un estilo de vida equivocado. En estos casos encontramos siempre la tendencia a esperar y no dar. Hay una falta de sentimiento de comunidad, de valor y de actividad optimista.

Como hemos mostrado, el sentimiento de comunidad es de la mayor importancia en el tratamiento y en la educación. Este sentimiento es el complemento inevitable de las debilidades orgánicas de los seres humanos. Desde el lado biológico no podemos pensar en un ser humano sin pensar en el sentimiento de comunidad. El animal recién nacido necesita ser sostenido durante cierto tiempo, como el niño humano. El animal preñado necesita muchos cuidados antes, durante y después del parto, como la mujer. La humanidad no podría subsistir sin cooperación y cultura social. Esta cultura exige esfuerzos comunes para la educación. Para resolver las tres cuestiones de la vida es necesario, como hemos visto, desarrollar suficiente sentimiento de comunidad. Hasta donde podemos ver, solo son innatas las posibilidades de desarrollo del sentimiento de comunidad.

No sirve de nada confiar en los instintos sociales, porque pueden destruirse o aumentarse. El factor más importante en el desarrollo del sentimiento de comunidad es, como hemos mostrado, la madre. En su madre todo niño tiene su primer contacto con un semejante digno de confianza. Este es el primer cambio en la conducta del niño y la primera expresión indirecta de sus deseos y de sus impulsos orgánicos. Su interés abarca a sí mismo y a su madre. La meta de todas sus aspiraciones es, como antes, superar las dificultades de la vida y alcanzar la superioridad.

Podemos suponer que un ser tan desvalido que aspira a la satisfacción tiene un sentimiento de inferioridad. Este sentimiento de inferioridad se convierte más tarde en el estímulo que lleva a todos los individuos, niños o adultos, a disponer sus actos de tal modo que lleguen a una meta de superioridad.

La primera concreción de esta meta es la madre que mima. Esta meta no puede fijarse de modo permanente. Por eso la madre debe intentar en esta fase dar libertad al niño, para que pueda establecer un estilo de vida que le permita buscar la superioridad en el lado útil. La madre tiene que ejercer entonces una segunda función, que es extender el interés del niño a otras personas y situaciones. De este modo hace al niño independiente, de manera que se sienta parte de todo su entorno y en su casa en el mundo. De este modo la madre crea inevitablemente, en conexión con este sentimiento de comunidad, independencia, confianza en sí mismo y valor. La meta de un niño así será llegar a ser un semejante: un amigo, un trabajador útil, un verdadero compañero en el amor. Ocupe el lugar que ocupe, el grado de su sentimiento de comunidad, de su valor y de su actividad optimista estará influido por su meta de ser superior como semejante en el lado útil de la vida. Nunca insistiremos bastante en que todos los sentimientos de un individuo dependen del contenido de sentimiento de comunidad que haya en su meta individual de superioridad.

Podemos comprender ahora por qué todas las acciones en el lado inútil de la vida de los niños difíciles, los neuróticos, los delincuentes, los suicidas, los perversos sexuales y las prostitutas se deben a una falta de sentimiento de comunidad, de valor y de confianza en sí mismos. Lo comprenderemos mejor cuando nos demos cuenta de que todas las cuestiones de la vida son sociales: el jardín de infancia, la escuela, la camaradería, la profesión, el amor, el matrimonio. Todas estas cuestiones exigen un sentimiento de comunidad bien entrenado y automatizado. Por ejemplo, si un muchacho aterrorizado por la enfermedad y la muerte desea superar ese terror haciéndose médico, ha elegido una meta más social que otro muchacho, en la misma situación, que desea hacerse sepulturero.

Un grado más bajo de este sentimiento de comunidad automatizado equivale a un interés excesivo por uno mismo. Por eso podemos añadir en este punto —lo que ya hemos señalado antes— que, por regla general, encontramos este grado más bajo de sentimiento de comunidad en individuos con un gran sentimiento de inferioridad, y que aparece en el estilo de vida de los niños mimados o de los niños odiados con órganos imperfectos. Podemos concluir también que los sentimientos están siempre en conexión con el todo. Nunca son expresiones independientes ni nunca son por sí mismos verdaderos argumentos para la acción. Sin embargo, siempre se utilizarán de este modo e influirán de vez en cuando en nuestras decisiones secundarias.

El factor aislado más importante de la psicología individual es lo que hemos llamado sentimiento de inferioridad. Constituye el fondo de todos nuestros estudios. Este sentimiento de inferioridad solo podemos averiguarlo a partir de los actos de un individuo. Al comienzo de la vida es muy variado, pues vemos muchas expresiones suyas encaminadas a superar los impulsos y el sentimiento mismo.

Por estas expresiones descubrimos que están relacionadas con la fuerza o la debilidad de los órganos y con el entorno. Ambos reaccionan uno sobre otro e influyen en el grado del sentimiento. Lo notable es que de esto no son responsables ni el material heredado ni el milieu2; ni tampoco es el resultado de los dos juntos. El grado del sentimiento de inferioridad se debe a ambos más la reacción del niño. No podemos esperar que un niño, normal o anormal, reaccione a un estímulo de una manera absolutamente correcta. La materia viva, a diferencia de la materia muerta, reacciona siempre de un modo más o menos equivocado.

Al estudiar a los niños en sus primeros años descubrimos tres tipos:

  1. Niños con órganos imperfectos. Necesitan más tiempo y más esfuerzo que otros para integrarse.

  2. Niños mimados. No tienen libertad para funcionar solos y se desarrollan en la dirección de desear siempre que se los sostenga. Por esta conducta se ven atacados por todas partes, caen en un entorno hostil y están, por tanto, sometidos a tensión.

  3. Niños odiados (ilegítimos, no deseados, feos, lisiados). Tienen las mismas dificultades que el segundo tipo, pero sin la ayuda de una persona que los sostenga.

Al cabo de algún tiempo estos esfuerzos tensos, estos intereses y esta atención particulares se vuelven mecánicos, y esta máquina viviente tiene su propio plan de vida sobre cómo resolver las tres cuestiones de la vida. La tensión da a estos niños un impulso mayor y los obliga a buscar una meta de seguridad y superioridad más alta que la media.

Una vez establecida esta meta, los rasgos de carácter, las actitudes y los sentimientos quedan fijados y concuerdan plenamente con el propósito de alcanzarla. Las impresiones, las percepciones y las expresiones se seleccionan ahora y se ven en esta perspectiva a través de una mente prevenida. Un individuo así examina todo lo que vive por todos los lados hasta que puede asimilarlo a su estilo de vida. Esto equivale al modo en que desea resolver los tres problemas de la vida. Como estos tres tipos tienen un sentimiento de inferioridad mayor, tienen menos sentimiento de comunidad y un interés visible mayor por sí mismos. Llegamos así a la conclusión de que el sentimiento de inferioridad y el sentimiento de comunidad están relacionados con el plan de vida y le pertenecen, y tienen que concordar con él.

No es una contradicción que la visión superficial no lo parezca. Conocí una vez a una anciana muy rica que dominaba a toda su familia. No tenía ningún interés por la sociedad y solo trataba con sus propios parientes. Tenía gran fama de mujer benéfica. Este sentimiento de compasión no parece concordar con su vida insocial. Un día la visité y la encontré llorando. Delante de ella había un anciano que lloraba. Le pregunté: «¿Por qué llora usted?». Me contestó: «Mire a este pobre anciano. Tiene cinco hijos que se mueren de hambre. No puede pagar el alquiler y tendrá que dejar su casa si no paga las diez libras que debe. Yo solo puedo darle cinco». Le respondí: «No debe llorar; permítame añadir a su gran donativo mi pequeño donativo de cinco libras». Me dio las gracias y dijo: «Siempre he sabido que es usted un buen hombre». Le respondí: «Oh, solo soy la cuarta parte de bueno que usted». Como vemos, este sentimiento de compasión y de tristeza solo concordaba con su deseo de sentirse superior a aquel pobre hombre.

Si juzgamos un sentimiento separado de las demás expresiones y del estilo de vida, solo reconocemos los factores fisiológicos. Para una comprensión psicológica tenemos que conocer la meta hacia la que corren los sentimientos.

Un paciente mío, el segundo hijo varón de una familia, desarrolló un sentimiento de culpa. El padre era muy honrado, y también lo era el hermano mayor. El hermano mayor era muy querido, y el segundo se esforzaba por superarlo, como es habitual en los segundos hijos. Tenía siete años cuando engañó a su maestro en la escuela diciéndole que había hecho solo una tarea, aunque se la había hecho su hermano. Después de ocultar su sentimiento de culpa durante tres años, mi paciente fue a ver al maestro y le contó cómo había mentido. El maestro no hizo más que reírse de él. Fue a su padre y habló con él del asunto con gran tristeza. Al padre le complació este amor a la verdad, y elogió y consoló a su hijo. Pero el muchacho se sentía siempre abatido, pensando, en su neurosis obsesiva, que era un mentiroso, a pesar de haber sido perdonado.

Consideradas las circunstancias, no podemos evitar la impresión de que este muchacho quería demostrar su gran integridad acusándose de semejante pequeñez. La elevada atmósfera moral de la casa le dio el impulso de sobresalir en integridad, porque se sentía inferior a su hermano en los estudios y en atractivo.

Más tarde sufrió otros autorreproches de pecador, porque se masturbaba y no era del todo honrado en sus estudios. Este sentimiento aumentaba siempre antes de un examen. Como vemos, al avanzar iba acumulando dificultades, de modo que se sentía mucho más cargado que su hermano y tenía así una excusa para no ser superior.

Al dejar la universidad pensaba dedicarse a un trabajo técnico. Pero su neurosis obsesiva aumentó tanto que se pasaba el día rezando a Dios para que lo perdonara, y así no podía trabajar. Lo internaron en un manicomio, donde se le consideró incurable. Cuando mejoró, salió del manicomio y pidió permiso para que se le readmitiera si sufría una recaída. Cambió de profesión y estudió historia del arte. Antes de tener que examinarse de esta materia, visitó una iglesia. Era día de fiesta y la iglesia estaba muy llena. Se postró y gritó: «¡Soy el mayor pecador!». Así fue el centro de la atención.

Volvió al manicomio, donde permaneció mucho tiempo. Un día se presentó desnudo a la comida. Era un hombre bien formado y en este punto podía competir con su hermano y con otros.

Su sentimiento de culpa era un medio de parecer más honrado que los demás, pero en el lado inútil de la vida. Su huida de los exámenes y de las profesiones era una señal de cobardía y de un sentimiento de inferioridad demasiado grande. Por estas razones excluía deliberadamente todas las actividades en las que temía una derrota. Su postración en la iglesia y su escandalosa entrada en el comedor eran también expresiones baratas de su afán de superioridad.

Concluimos con razón que del mismo modo sus sentimientos de culpa significaban también un esfuerzo por ser superior.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de Martin L. Reymert (ed.), Feelings and Emotions: The Wittenberg Symposium, Worcester (Massachusetts), Clark University Press, 1928, cap. 27, págs. 316-321 (ejemplar digitalizado en archive.org), cotejada con la imagen. Los comentarios p. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Social feeling se traduce siempre por «sentimiento de comunidad», como el Gemeinschaftsgefühl de los textos alemanes. Se conservan las cursivas y la paginación del original. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Alusiones a la teoría freudiana de la angustia como libido reprimida y a la del «trauma del nacimiento» de Otto Rank (Das Trauma der Geburt, 1924). (N. del T.) ↩

  2. En francés en el original: «medio, entorno». (N. del T.) ↩