Sección de Psiquiatría.
Presidente: Dr. W. Aldren Turner, C.B.
El sentimiento de inferioridad y el afán de reconocimiento.
Por Alfred Adler.
(Traducido [al inglés] por Walter Béran Wolfe, doctor en medicina)
I. La situación en la primera infancia.
Reconocemos el hecho de que los niños a quienes la Naturaleza ha tratado como a hijastros tienen una actitud ante la vida y ante sus semejantes completamente distinta de la de aquellos a quienes se les concedieron pronto las alegrías de la existencia. Puede formularse como ley fundamental que los niños que vienen al mundo con defectos orgánicos se ven envueltos desde muy pronto en una lucha con los hechos de la existencia que conduce demasiado pronto a la supresión de su sentimiento de comunidad. Tales niños están continuamente ocupados de sí mismos y de la impresión que causan en los demás, en lugar de interesarse por adaptarse a sus semejantes. Lo que vale para los defectos orgánicos vale igualmente para cualquier desventaja social o económica que se manifieste como una carga adicional capaz de producir una actitud hostil hacia el ambiente. La tendencia decisiva queda determinada a edad temprana, y tales niños tienen la intuición, ya a los dos años, de que de algún modo no están tan bien equipados para la lucha como sus compañeros de juego, y sienten que no pueden fiarse de sí mismos en los juegos y pasatiempos comunes. Como consecuencia de privaciones pasadas han adquirido un sentimiento de abandono, que se expresa en su tendencia a mantenerse en una actitud de expectación angustiada. Hay que recordar que todo niño ocupa en la vida una posición inferior y que, si no fuera por cierta cantidad de sentimiento de comunidad por parte de su ambiente, sería incapaz de una existencia independiente. Se comprende que al comienzo de toda vida haya de haber un sentimiento de inferioridad más o menos profundo. Este nace de la debilidad y el desvalimiento de los niños, que tienen alguna conciencia de su incapacidad para afrontar solos los problemas de la existencia. Este sentimiento de inferioridad es la fuerza impulsora, el punto de partida del que nace todo afán infantil. Determina cómo, y si, este niño en particular alcanza paz y seguridad en la vida, determina la meta misma de su existencia y prepara el camino por el que esa meta puede alcanzarse. La base de su educabilidad está en esta actitud, en esta situación peculiar en que se encuentra todo niño, situación muy estrechamente ligada a sus posibilidades orgánicas. Esta educabilidad, general como lo es el sentimiento de inferioridad, puede quedar destruida por dos factores: 1) un sentimiento de inferioridad exagerado, intensificado, no resuelto, y 2) una meta que exige no solo seguridad, paz y equilibrio social, sino poder sobre su ambiente, es decir, dominio sobre sus semejantes. Los niños que tienen una meta así son fáciles de reconocer y se convierten en niños «difíciles», 1) porque interpretan toda experiencia como una derrota y 2) porque siempre se consideran abandonados y discriminados tanto por la Naturaleza como por los hombres. Basta considerar estos factores para ver con qué facilidad puede producirse en la vida de un niño un desarrollo torcido, insuficiente, plagado de errores.
Todo niño corre el peligro de un desarrollo así, porque en un momento u otro se encuentra en una situación precaria.
Un niño que se encuentra en un ambiente de adultos está predispuesto a considerarse débil, pequeño e incapaz de vivir solo, y en tal situación es del todo incapaz de confiar en sí mismo para realizar pequeñas tareas que nosotros lo creeríamos capaz de cumplir sin cometer errores ni mostrar torpeza. En este punto empiezan la mayoría de nuestros errores educativos, y al exigirle más de lo que puede hacer, se le impone la idea de su propio desvalimiento. A algunos niños se les hace sentir conscientemente su pequeñez y su desvalimiento. Hay, además, niños a los que se considera meras muñecas animadas, y otros a los que se tiene por una propiedad valiosa que hay que vigilar con cuidado. Por último, están aquellos a quienes se hace sentir que son una carga humana inútil. Una combinación de estas actitudes por parte de los padres y de los adultos lleva por lo general al niño a creer que solo puede lograr dos cosas: agradar o desagradar a los mayores. El tipo de sentimiento de inferioridad que produce semejante actitud de los padres puede intensificarse aún por otras características peculiares de nuestra civilización. A esta categoría pertenece la costumbre de no tomar en serio a los niños, y el niño tiene la impresión de que no es nadie y no tiene derechos, de que hay que verlo pero no oírlo, de que debe ser cortés y estarse callado, etc. Hay muchísimos niños que crecen con el temor constante de que se rían de ellos. Esto de reírse de los niños es casi criminal; conserva su efecto en el alma del niño y, al llegar a la vida adulta, se traslada a hábitos y acciones. A menudo se reconoce a un adulto del que sus padres se reían continuamente cuando era niño; tales individuos no pueden librarse del miedo a hacer el ridículo ni siquiera al llegar a la madurez. Otro aspecto de esta cuestión de no tomar en serio a los niños es la costumbre de decirles mentiras palpables, con el resultado de que el niño empieza a dudar no solo de su ambiente inmediato, sino también a poner en duda la seriedad y la realidad de la vida.
Se han registrado casos de niños que se reían continuamente en la escuela, al parecer sin motivo, y que, al preguntárseles, reconocieron que creían que la escuela era una broma de sus padres que no valía la pena tomar en serio.
II. La compensación del sentimiento de inferioridad; el afán de reconocimiento y de superioridad.
Es el sentimiento de inferioridad, de insuficiencia, de inseguridad el que determina la meta de la existencia de un individuo. La tendencia a destacarse, a atraer la atención de los padres, se hace sentir en los primeros días de la vida. Son los primeros indicios del despertar del afán de reconocimiento, que se desarrolla bajo la influencia concomitante del sentimiento de inferioridad y se propone una meta en la que el individuo domina aparentemente su entorno.
El grado y la calidad del sentimiento de comunidad contribuyen también a determinar la meta de dominio. No podemos juzgar a ningún individuo, sea niño o adulto, sin comparar su meta de dominio con la cantidad de su sentimiento de comunidad. Su meta está determinada de tal modo que su consecución promete la posibilidad, o bien de un sentimiento de superioridad, o al menos de una elevación de la personalidad hasta un grado tal que la vida parezca digna de vivirse. Es esta meta la que da valor a nuestras sensaciones, la que enlaza y coordina nuestros sentimientos, la que modela nuestra imaginación, guía nuestras fuerzas creadoras y determina lo que hemos de recordar y lo que debemos olvidar. Podemos comprender cuán relativo es el valor de todas nuestras sensaciones, sentimientos, afectos e imaginación cuando advertimos que ni siquiera nuestras sensaciones son magnitudes absolutas. Todas están influidas por el afán de una meta determinada, de modo que nuestras mismas percepciones están prejuzgadas y siempre elegidas, por así decir, con una secreta mira al fin último hacia el que tiende la personalidad.
Nos orientamos según un punto fijo que hemos creado artificialmente y que no existe en la realidad. Esta suposición, necesaria por la insuficiencia de nuestro modo psíquico de expresión, es muy semejante a las ficciones que se usan en otras ciencias, como la división de la Tierra en meridianos: estos no existen realmente, pero son suposiciones útiles. En el caso de todas las ficciones psíquicas hemos de postular lo siguiente: suponemos un punto fijo aunque una observación atenta nos obliga a admitir que no existe. El propósito de esta suposición es simplemente orientarnos en el caos de la existencia, para poder llegar a cierta apercepción de los valores relativos. La ventaja es que, una vez supuesto ese punto fijo, podemos clasificar respecto de él cada sensación y cada sentimiento.
La psicología individual crea, pues, para sí un sistema y un método heurísticos: considera la conducta humana, y procura comprenderla, como si fuera posible producir un estado de cosas final a partir de un conjunto de posibilidades heredadas que tienden todas hacia una meta determinada. Nuestra experiencia, sin embargo, nos ha mostrado que la suposición de un afán dirigido a una meta es algo más que una ficción cómoda. Se ha mostrado en lo fundamental ampliamente coincidente con los hechos reales, ya se encuentren estos en la vida consciente o en la inconsciente. El afán dirigido a una meta, la finalidad de la vida psíquica, no es solo nuestra actitud filosófica, sino realmente un hecho fundamental.
Cuando nos preguntamos cómo podemos, en el caso del niño, abordar y resolver mejor la cuestión de suprimir ese afán de poder que es un mal destacado de nuestra civilización, nos encontramos con la dificultad de hacernos entender. Pues esta tendencia se manifiesta en la vida del niño mucho antes del momento en que es posible empezar a intentar mejorarla y aclararla. Sin embargo, nuestra convivencia con el niño, cuando aparecen por primera vez tales tendencias, nos da la ocasión de desarrollar su sentimiento de comunidad de modo que su afán de poder personal se convierta en un factor desdeñable.
Otra dificultad reside en que ni siquiera los niños expresan abiertamente su afán de poder, sino que lo ocultan bajo la apariencia de la dulzura. Esconden sus aspiraciones como tras un velo y esperan así, modestamente, escapar a que se les descubra. Su afán de poder desinhibido, en busca de apoyo, es capaz de producir una degeneración en su desarrollo psíquico, con el resultado de que, en su afán exagerado de seguridad y de fuerza, el valor se convierte en descaro, la obediencia en cobardía, la dulzura degenera en sutil perfidia, y el resultado final es que todo sentimiento o expresión natural lleva consigo una segunda intención hipócrita cuyo fin último es el sometimiento del entorno.
La educación consciente actúa sobre el niño con el deseo, consciente o inconsciente, de sacarlo de su inseguridad, de instruirlo en la técnica de la vida, de darle conocimientos y una comprensión educada y de dotarlo de un sentimiento de comunidad hacia sus semejantes. Todas estas medidas, vengan de donde vengan, han de entenderse como intentos de dar al niño en crecimiento nuevos caminos para librarse de su inseguridad y de su sentimiento de inferioridad. Lo que ocurre en el alma del niño durante este proceso hemos de juzgarlo por sus rasgos de carácter, que son el espejo de la actividad de su alma.
La importancia del sentimiento de inseguridad y de inferioridad depende en gran medida de la interpretación que le da el niño; el grado objetivo de inferioridad es importante, desde luego, y se hace sentir. No hay que esperar que un niño posea en esta situación la estimación correcta de sí mismo, como tampoco se espera que la posean los adultos. Aquí las dificultades crecen rápidamente, pues un niño crecerá en una situación tan complicada que los errores sobre el grado de su inferioridad son absolutamente inevitables, mientras que otro niño será más capaz de interpretar su situación. Pero, en conjunto, la interpretación que el niño tiene de su sentimiento de inferioridad varía de un día a otro hasta que por fin se consolida y se expresa como una autoestimación definida. Según esta autoestimación cristalizada, las tendencias compensatorias que el niño crea para que lo saquen de su inferioridad se dirigirán hacia una u otra meta.
El mecanismo del afán de compensación, por medio del cual el alma procura neutralizar el torturante sentimiento de inferioridad, tiene su analogía en el mundo orgánico. Es un hecho bien conocido que aquellos órganos de nuestro cuerpo que son esenciales para la vida producen un crecimiento y una función excesivos cuando, por un daño a su estado normal, disminuye su rendimiento. Así, en las dificultades de la circulación, el corazón se agranda y se hace más poderoso, pareciendo extraer su nueva fuerza de todo el cuerpo, hasta llegar a un estado en que es más poderoso que un corazón normal. De modo semejante, el alma, bajo la presión del sentimiento de inferioridad, del pensamiento torturante de que el individuo es pequeño y desvalido, intenta con todas sus fuerzas hacerse dueña de este «complejo de inferioridad».
Cuando el sentimiento de inferioridad está muy intensificado, hasta el punto de que el niño cree que nunca podrá compensar su debilidad, surge el peligro de que, en su afán de compensación, no se contente con un simple equilibrio de fuerzas, sino que aspire a una sobrecompensación y pretenda inclinar la balanza a su favor.
Este afán de poder y de dominio puede exagerarse e intensificarse hasta un grado que autorice a llamarlo patológico. Las relaciones ordinarias de la vida nunca satisfarán a tales niños, y sus movimientos, según su meta, llegarán a adoptar cierto gesto grandioso. Procuran asegurar su posición en la vida con esfuerzos extraordinarios, con mayor prisa e impaciencia, con impulsos más intensos y sin consideración por nadie. A causa de estos movimientos exagerados hacia su exagerada meta de dominio, tales niños se hacen más notorios, y sus ataques a la vida de los demás hacen necesarias medidas de defensa contra su actividad. Están contra el mundo y el mundo está contra ellos, y este antagonismo no se da necesariamente en el mal sentido de la palabra. Un niño así puede expresar su afán de poder de un modo que durante mucho tiempo no choque con la sociedad, y su ambición puede no considerarse un rasgo anormal. Pero si examinamos con cuidado sus logros y realizaciones, encontraremos que, en su mayor parte, la sociedad en general no se beneficia de sus triunfos, porque su ambición es una ambición social1 y siempre los pondrá en el camino de otros seres humanos como elementos perturbadores. Poco a poco aparecerán otros rasgos que mostrarán un color más antisocial, si consideramos a un individuo en toda su relación con sus semejantes. En primer plano de estas manifestaciones encontramos el orgullo, la vanidad y el afán de vencer a todos sin reparar en los medios, y este afán puede manifestarse sutilmente en la exaltación relativa del individuo por medio de la degradación de todos aquellos con quienes entra en contacto; lo único importante es la distancia que lo separa de sus semejantes. Semejante actitud no solo es incómoda para sus prójimos, sino también muy incómoda para el propio individuo, porque lo pone en contacto continuo con el lado oscuro de la vida y le impide experimentar felicidad alguna.
Mediante el afán exagerado de poder con el que estos niños procuran asegurarse un lugar por encima de su entorno, se colocan pronto en una posición de resistencia frente a las tareas y deberes ordinarios de la vida cotidiana. Compárese a un individuo así, «hambriento de poder», con el ser social ideal, y, tras alguna experiencia, se podrá precisar, por así decir, su índice social, es decir, el grado en que se ha apartado de sus semejantes.
El conocedor de la naturaleza humana, al observar a uno de estos individuos, reconocerá en seguida que aquí debe de haber habido algunas dificultades en la evolución de la vida psíquica, igual que tiene los ojos abiertos a cualquier deficiencia o inferioridad física. Si tenemos presente este hecho, no dañaremos el sentimiento de comunidad del individuo, puesto que nosotros mismos hemos desarrollado un sentimiento de comunidad adecuado, y solo con esta actitud podemos ayudarlo. Teniendo esto presente, no debemos reprochar al portador de un defecto psíquico o de un rasgo de carácter desagradable su actitud de indignación. Al contrario, hemos de reconocerle el derecho a indignarse hasta el último límite, y hemos de ser conscientes de que participamos de la culpa común de su situación. Compartimos la culpa porque también nosotros hemos tomado parte en las insuficientes precauciones contra la miseria social que la ha producido. Si nos atenemos a este punto de vista, podremos lograr una mejora, y solo así podemos acercarnos a un individuo así, no como a un paria degradado y sin valor, sino como a un semejante. Con esta actitud hacia nuestro paciente, hemos de rodearlo de una atmósfera en la que encuentre que hay posibilidades de sentirse igual a cualquier otro ser humano de su entorno. Basta recordar lo desagradable que puede resultarnos la vista de un individuo cuyas inferioridades orgánicas o corporales son visibles exteriormente para juzgar cuánta educación necesitamos nosotros mismos para llegar a una valoración absolutamente justa de nuestro sentimiento de comunidad, y para juzgar también cuánto debe nuestra civilización a un individuo así. Se da por supuesto que los individuos que vienen al mundo con defectos orgánicos sienten la existencia como una carga desde sus primeros días, un sufrimiento que a la mayoría de nosotros se nos ahorra. Se encuentran así en una posición de pesimismo respecto de toda la estructura de la existencia. Los niños que tienen defectos orgánicos menos visibles, pero en los que el sentimiento de inferioridad se ha intensificado, por la causa que sea, con razón o sin ella, se encuentran en una situación muy semejante. Ese sentimiento de inferioridad puede intensificarse artificialmente hasta tal punto —por ejemplo, por una presión educativa excesiva durante el periodo crítico— que el resultado sea exactamente el mismo que si el niño hubiera venido al mundo gravemente lisiado. Nunca se libran de la espina que se les clavó en el costado en los primeros días de su existencia, y la frialdad que han experimentado les impide acercarse a sus semejantes, con el resultado de que se creen en un mundo desprovisto de amor y de afecto con el que no tienen punto de contacto.
Por ejemplo: un paciente llamaba especialmente la atención porque nos hablaba continuamente de su gran sentido del deber y de la importancia de todas sus acciones. Vivía con su mujer en la peor relación posible; tanto él como ella eran individuos que medían al milímetro el valor de cualquier acontecimiento como medio para someter a la otra parte. El resultado se veía en continuas riñas, reproches e insultos, en el curso de los cuales los dos habían acabado completamente distanciados. Este individuo conservaba, desde luego, una pequeña parte de su sentimiento de comunidad hacia sus semejantes, pero incluso esa parte quedaba suprimida por su afán de superioridad, al menos en lo que se refería a su mujer y a sus amigos.
Por la historia de su vida supimos lo siguiente. Hasta los diecisiete años estuvo prácticamente sin desarrollar físicamente. Su voz era todavía la de un niño, no tenía vello en la cara ni en el cuerpo, y era uno de los más pequeños de los muchachos con los que se trataba. Ahora, a los treinta y seis años, su aspecto exterior es normal y del todo masculino; la Naturaleza parece haberse puesto al día y haber completado todo lo que apenas había empezado a formar cuando él tenía diecisiete años. Pero durante ocho años sufrió por este fallo del desarrollo, y no tenía ningún motivo para esperar que la Naturaleza compensara alguna vez aquel tiempo baldío. Durante todo ese periodo le torturó la idea de que siempre seguiría siendo un «niño», y ya podían notarse los comienzos de sus rasgos actuales. Se comportaba como si fuera muy importante y como si cada acción tuviera el máximo peso. Cada movimiento servía para ponerlo en el centro de la atención. Con el tiempo adquirió los rasgos que vemos hoy en él. Durante su vida conyugal se ocupaba continuamente de inculcar a su mujer que en realidad era más grande y más importante de lo que ella creía, y ella se ocupaba continuamente de mostrarle que sus afirmaciones sobre su valor eran falsas. En estas circunstancias, difícilmente podía esperarse que su matrimonio (cuando ya durante el noviazgo los dos habían mostrado signos de ruptura) se desarrollara favorablemente, y el final fue un cataclismo social. En este punto, sin embargo, el paciente acudió al médico, pues la disolución de su matrimonio solo había servido para acentuar la ruina de su ya maltrecha autoestima. Para lograr la curación, lo primero que tenía que aprender del médico era a conocer la naturaleza humana y a calibrar el alcance del error que había cometido en la vida. Y este error, esta valoración equivocada de su inferioridad, había teñido toda su vida hasta el momento en que acudió al tratamiento.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes de PubMed Central: Alfred Adler, «The Feeling of Inferiority and the Striving for Recognition», trad. de Walter Béran Wolfe, Proceedings of the Royal Society of Medicine 20 (1927), Section of Psychiatry, págs. 1881-1886 (sesión del 10 de mayo de 1927). El texto corresponde en lo esencial al capítulo V de la primera parte de Menschenkenntnis (1927), «Minderwertigkeitsgefühl und Geltungsstreben». Los comentarios p. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español de la versión inglesa, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en secciones, la paginación original y las comillas del original. Social feeling se traduce «sentimiento de comunidad»; striving for power, «afán de poder»; extra-compensation, «sobrecompensación», según el glosario del archivo. Striving for recognition, equivalente inglés de Geltungsstreben (que el glosario traduce «afán de notoriedad»), se traduce aquí «afán de reconocimiento» para respetar el título inglés. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Así en el texto inglés («a social one»); probablemente errata por asocial, que es lo que exige el sentido. (N. del T.) ↩