LA PSICOLOGÍA INDIVIDUAL1

UN NUEVO CAMINO PARA COMPRENDER LA NATURALEZA HUMANA

Por el DR. ALFRED ADLER
Viena

Los psicólogos que han hecho objeciones al sistema de la psicología individual las han basado sobre todo en puntos secundarios respecto de los temas principales. Estos críticos han creído en su mayoría que las investigaciones de los psicólogos individuales se agotan por completo en los términos «el sentimiento de inferioridad», «el afán de poder» y «los diversos tipos de compensación». Creen que esto es todo lo que nuestra ciencia tiene que ofrecer; pero en ello se equivocan gravemente.

El tema de la Quinta Sinfonía de Beethoven se expone en los primeros compases, pero llamar a esos pocos compases la Quinta Sinfonía de Beethoven es una injusticia evidente para con el compositor. La Quinta Sinfonía es mucho más. Es una actividad creadora basada en esos pocos compases, pero su belleza y su valor como obra de arte dependen de sus variaciones y complejidades y de la técnica con que el compositor ha elaborado su material. Ciertamente, todo el sistema de la psicología individual se funda en el reconocimiento del papel que desempeña el sentimiento de inferioridad en la economía de la naturaleza humana, y en el hecho de que casi todos los esfuerzos humanos pueden considerarse manifestaciones particulares del afán de poder que de él se sigue; pero la psicología individual ha ido mucho más allá. Ha descubierto también la melodía, las armonías y el contrapunto de la vida humana. Ha desarrollado una nueva concepción del alma humana y ha mostrado que el curso de cualquier vida individual se parece mucho al de una sinfonía. La vida de cada hombre se basa en uno o dos temas bastante sencillos, pues hay una melodía de fondo que colorea todo el tejido de su existencia. Instintos, hábitos, reflejos, tropismos, propensiones, posibilidades: no son sino las notas con que se construye la melodía. Su valor, su significado, se juzgan mejor no cuando los separamos de la composición de la que forman parte integrante, sino cuando los examinamos en su contexto y en su relación con la melodía de fondo.

Desde nuestro punto de vista, y en este sentido, consideramos al individuo como una especie de artista. Se convierte en creador, porque su tarea es construir una sinfonía, es decir, su vida, sobre la base de sus aptitudes y capacidades heredadas. Así como toda obra musical es una unidad dominada por un tema sencillo, así la vida de todo individuo es una unidad, expresada en un patrón de conducta coloreado por el tema sencillo del afán de compensar inferioridades heredadas o interpretadas.

Esta unidad de la personalidad es la clave de la psicología individual; es la premisa y el supuesto fundamental y necesario en que se basan nuestras investigaciones. Estas investigaciones no tendrían valor si pudiera probarse que hay, quizá, dos almas, o incluso más, en un individuo. Este supuesto de la unidad de la personalidad ha demostrado su valía por la comprensión que nos ha dado de la dinámica de la conducta humana. Es tan necesario para la psicología como el supuesto del átomo para la física, o los números para las matemáticas.

Si no hubiera unidad en el alma del hombre, todo esfuerzo por hallar una explicación de su conducta estaría condenado al fracaso. Tampoco hemos sido los primeros en descubrir esta unidad. Grandes espíritus del pasado han sido nobles testigos de la justeza de esta concepción. Muchos filósofos anteriores han intuido esta unidad; y Kant, en particular, demostró la unidad del alma humana, aunque la abordó desde un punto de vista no psicológico. Quedaba para la psicología individual, sin embargo, establecer esta unidad desde un punto de vista psicológico.

Hay, desde luego, filósofos que niegan esta doctrina e intentan comprender los fenómenos aislados de la vida anímica sin recurrir a un tema unificador. Tales filósofos nos parecen comparables a críticos musicales que extraen un acorde de una composición, lo examinan, lo analizan y tratan de sacar de él un valor. Su crítica de la composición ha de tener sin duda escaso valor, pues el sentido o el valor de un acorde aislado solo puede hallarse, evidentemente, examinándolo en su lugar obligado dentro de la melodía, sabiendo lo que le ha precedido y lo que ha de seguir. Semejante análisis de elementos aislados equivale a extraer un solo fotograma de una película cinematográfica e intentar comprender la historia. Evidentemente, también este es un procedimiento sin valor.

La unidad del alma y del carácter ha sido reconocida por poetas y dramaturgos desde los días de Sófocles. Es un principio dramático bien conocido que un personaje debe estar trazado de tal modo que su aparición en escena en el primer acto haga plausibles el clímax y el desenlace de la obra. Sin esta unidad no hay buen drama.

El niño viene al mundo con cierto número de tropismos, reflejos, instintos, potencialidades y posibilidades de acción. Muy pronto tiene que dar a todos estos movimientos un tema unificador, un leitmotiv, y tiene que aprender a subordinar cada movimiento a alguna idea temática. Esta idea puede expresarse parcialmente con las frases «el impulso de autoconservación», «el afán de poder» o «el afán de independencia», pero en todos los casos representa un afán de seguridad.

Podemos decir así que el alma dirige nuestros movimientos hacia la totalidad, hacia una mayor fuerza, hacia más poder, hacia una mayor actividad, hacia cualquier exageración de los movimientos que parezca ofrecer al individuo cierta medida de seguridad. Este movimiento de lo incompleto hacia la totalidad, de la debilidad al poder, de abajo arriba, es característico no solo del niño individual, sino de toda la humanidad. Este movimiento, que se origina en cierta insatisfacción profunda, se expresa en un afán incesante de sobrecompensación y de alcanzar una meta definitivamente segura. La actividad del niño se dirige constantemente hacia una localización semejante del yo en la seguridad. Esta meta subordina la orientación total de sus energías; y quien lo observe más de cerca verá que la unidad de la personalidad está en constante flujo, intentando constantemente definir una situación más completamente segura respecto de los tres grandes problemas de la vida.

¿Podemos estar seguros de que todo es movimiento, de que el alma es un movimiento y de que todo este movimiento se dirige hacia una meta? Un árbol de raíces profundas apenas necesita alma, pues por su misma naturaleza no puede siquiera intentar la defensa, el ataque o el cambio de ambiente. Pero en un animal que se mueve libremente, los centros motores y la actividad psíquica tienen que estar conectados de forma innata. Los antiguos teólogos hablaban del alma como de una pequeña entidad que habitaba aparte en el cuerpo humano y escapaba de la carne con la descomposición de la muerte. Los psicólogos de antes creían en un paralelismo psicofísico. La psicología individual, en cambio, sostiene que alma y cuerpo son uno; que el alma es, por así decirlo, simplemente un aspecto de la actividad de un organismo que se mueve. Hemos desechado las viejas nociones del alma y hablamos más bien de la neutralidad psicofísica del cuerpo.

Puesto que en el ser humano todo movimiento sirve únicamente para asegurarse una posición más segura en su ambiente, podemos concluir que el alma humana es un órgano de ataque y de defensa. La gran estrategia del individuo subordina la actividad del alma del mismo modo que las grandes necesidades del cuerpo subordinan la actividad de los órganos particulares, como el corazón, el hígado y el estómago. En otras palabras, esta gran estrategia del individuo dicta un plan de campaña, un patrón de conducta, que dé por resultado la seguridad y la satisfacción en la lucha por la existencia. En este patrón de conducta mayor tiene que incorporarse toda actividad (e incluso todo síntoma de enfermedad); ninguna acción, ninguna escaramuza, ningún atrincheramiento se produce fuera del plan de campaña unitario.

Para la psicología, este es un punto de vista de la mayor importancia. Quien no pueda aceptar esta premisa principal difícilmente podrá seguir nuestras conclusiones sobre los diversos factores de nuestra vida psíquica; ni podrá entender que un movimiento expresado en un síntoma tiene que indicar alguna situación en la totalidad de nuestra vida psíquica. Porque este síntoma solo se vuelve comprensible en su contexto, solo cuando el movimiento psíquico aislado se ve como un aspecto parcial de un ser humano, como la culminación de un movimiento anterior y el comienzo de uno posterior.

Toda actividad que observamos en la vida psíquica de un individuo es, por tanto, una preparación para una actividad posterior; en todas las manifestaciones psíquicas están presentes tendencias determinadas, cuyo objeto y cuya meta tenemos que descubrir antes de poder esperar comprenderlas como fenómenos singulares. Los rasgos de carácter pueden, por tanto, significar algo muy distinto de su valor comúnmente aceptado, pues en individuos diferentes pueden ser expresión de tendencias totalmente dispares. Concluimos, pues, que no hay rasgos de carácter como tales, sino solo un aparato para lograr la seguridad que se vale de cualquier material que tenga a mano y se aplica a la solución del problema inmediato.

Conocemos a personas que tienen miedo de dar un paso en la calle, que se encierran en una habitación y entonces pierden el miedo. No podemos entender este síntoma como una cosa en sí. Hemos observado en la conducta de los niños angustiados que su angustia muestra siempre una tendencia determinada; no es solo angustia en el sentido corriente de la palabra. El grito de socorro de tales niños parece siempre atarlos a algún adulto de su entorno. Cuando el niño empieza a llorar al dejarlo su madre, se angustia y se niega a dejarse llevar por otros, estas manifestaciones nos dan una visión de la personalidad total que es más significativa que cualquier interpretación de estas manifestaciones como fenómenos aislados.

Todos los rasgos de carácter, se llamen como se llamen, tienen en sí esta tendencia a acercarse a una meta única; pero pronto aprenderemos que rara vez avanzan en línea recta hacia esa meta unitaria, sino que muestran peculiaridades e individualidades que también son importantes cuando tratamos de valorar una personalidad. Es necesario conocer el patrón de conducta completo de un individuo antes de poder sacar conclusiones sobre las manifestaciones aisladas de su vida psíquica. Podemos observar, por ejemplo, que mientras un individuo se acerca a su meta de manera franca y directa, sin evasivas y con pocas concesiones, un segundo individuo que se acerca a una meta semejante intenta un rodeo dondequiera que presume que las dificultades le cerrarán el paso; y un tercero, a su vez, se acerca a la misma meta por un camino tan tortuoso que nunca llega ni remotamente a su objetivo.

Pero no es en absoluto fortuito que el individuo elija uno u otro de estos caminos. No podemos darnos por satisfechos con la observación de que un individuo afronta sus dificultades con valor y trata de superarlas de manera directa, o de que otro, al crearse metas sustitutivas, pierde por completo de vista su propósito original. Al contrario, tenemos que suponer que la predisposición a tal estilo de vida y de conducta tiene importantes precedentes en la historia anterior del individuo; no es una circunstancia fortuita, sino una personalidad característica lo que determina la acción. Y más aún: siempre encontraremos a este individuo haciendo movimientos acertados o equivocados semejantes en otras situaciones.

¿No son conclusiones muy atrevidas? No: no podemos juzgar de otro modo si consideramos cada síntoma en su verdadero valor. En las neurosis observamos constantemente pacientes que se habían mecido en un optimismo injustificable, pero que han caído en la duda y la desesperación ante una pequeña dificultad real. Hay muchísimas personas que, enfrentadas a un problema, se expresan en tantos movimientos angustiados y son presa de tal terror y aturdimiento que la solución de sus problemas se hace imposible. Sobre todo en las neurosis obsesivas encontramos individuos intensamente ocupados en toda clase de actividades ajenas al caso, que no pueden reportar beneficio alguno ni a ellos mismos ni a nadie. Podemos comprenderlos, sin embargo, si consideramos sus actividades como expresión de una tendencia. Sabemos que son individuos que tratan de eludir la solución normal de sus problemas vitales; individuos inestables, desalentados, pesimistas que dudan de sí mismos y se hacen reproches. Para tales individuos es necesario desplegar su actividad no en la pista principal, sino en las barracas de feria de la vida. Esta es la esencia misma de la neurosis.

Siempre que encontramos a un individuo desviado hacia una actividad inútil, podemos estar seguros de que hay alguna razón de fondo que lo impulsa a evitar las relaciones humanas que para la gran masa de los seres humanos son obvias y se explican por sí mismas. Nuestra tarea como psicólogos es ahora mostrar dónde se originan rasgos de carácter como la cobardía y la duda. Y tenemos que mostrar también cómo estas características están condicionadas por una meta que colorea todo el patrón de conducta de tal individuo, por un ideal que permanece continuamente ante sus ojos.

¿Cómo examinaremos la evolución del carácter neurótico? Si nos remontamos a los primeros días de la infancia, podemos afirmar con cierto grado de certeza que la personalidad neurótica, su meta común, su expresión típica, está ya muy bien cristalizada en el segundo año de vida. Es extraordinariamente importante darse cuenta de que esta personalidad unitaria existe completamente al margen de toda conciencia y de toda autocrítica. Está condicionada por situaciones que no duran siempre y que, observadas con imparcialidad, parecen del todo insignificantes. Pero el niño no interpreta las situaciones como un observador imparcial, sino a la luz de su propia debilidad e inseguridad. Sucede así que incidentes que los adultos consideran triviales son muy sobrevalorados por el niño. Ocurre muy a menudo que la interpretación que el niño hace de un ambiente es absolutamente errónea y está en contradicción directa con los hechos reales. Como psicólogos, pues, tenemos la tarea, primero, de comprender el patrón de conducta total y, segundo, de eliminar los errores de interpretación que pueden ser sus elementos más esenciales.

Como educadores, abordamos a todo niño difícil con esta premisa: he aquí un patrón de conducta fundado en errores de interpretación de los que este niño no puede en modo alguno ser considerado responsable, puesto que ningún educador le ha aclarado nunca esos errores. De nada sirve castigar los malos rasgos de carácter, las travesuras infantiles y las diabluras; ni es necesario guerrear con un niño por sus pequeños delitos. El patrón de conducta no puede cambiarse así; la meta final no se alcanza así; el niño no reconocerá sus errores y será incapaz de corregirse. Al contrario, cada nueva dificultad, cada batalla con los adultos de su entorno, no hará sino aumentar su desesperanza de adaptarse alguna vez adecuadamente a la vida en comunidad. Esto suena a esquema demasiado gráfico, pero no podemos alcanzar de otro modo un punto de vista que nos permita abarcar este vasto campo. Tenemos que servirnos de una base esquemática como ficción útil sobre la cual construir un sistema de psicología.

La psicología individual ha construido un sistema de conceptos parciales semejante a una red. Con ella podemos abarcar todas las actividades humanas; pero se entiende por sí mismo que esta red solo es válida para nuestra civilización y nuestra cultura. En el futuro se resolverán otros problemas con otras técnicas. Para comprender esta red, examinemos los retos que todo ser humano ha de afrontar en la vida. Encontramos que hay tres problemas, tres cuestiones en la vida, a los que pueden subordinarse todos los demás problemas de la existencia humana. Estos tres problemas nunca existen como entidades separadas, sino solo en relación unos con otros.

La primera de estas grandes cuestiones de la vida es la de la relación de un hombre con otro, el problema de la sociedad y de la vida en comunidad. Que nadie piense que esto no le concierne; es un problema que tienen que resolver incluso quienes intentan eludirlo. Un hombre indica cuál es su posición respecto de sus semejantes tanto cuando elude por completo la cuestión social como cuando la resuelve.

La cuestión social está en proceso de evolución. Las concepciones de hoy son solo puntos concretos de una corriente cuyas orillas no somos capaces de definir con claridad. Pero no nos ocupamos de valores absolutos; solo nos interesa liberar todas las fuerzas para el progreso.

Las cuestiones de la amistad, del compañerismo, de la camaradería, de la comunidad, son cuestiones que conciernen a todos los seres humanos, a todas las sociedades humanas. Y la posibilidad de resolver estos problemas es inherente a todo ser humano. El concepto «hombre» lleva consigo ese quantum de sentimiento de comunidad que es necesario para la solución adecuada de este problema. No podemos imaginar a un ser humano que esté completamente solo, completamente libre de toda responsabilidad hacia otros seres humanos. Ni siquiera Robinson Crusoe escapó en su isla desierta a estas relaciones, porque, aun en esa situación insólita, actuaba como si hubiera otros seres humanos presentes.

Quien se interese por investigar el origen de este sentimiento de comunidad que atrae a un hombre hacia otro tiene que acudir al estudio de la biología. Los biólogos nos enseñan que dondequiera que aparece un organismo que, como individuo, es incapaz de sostener con éxito la lucha por la existencia, este busca la seguridad en el rebaño, en el grupo, en la vida en comunidad. Un león, quizá, o un gorila, puede vivir solo; pero los organismos más débiles se reúnen en grupos y logran una fuerza nueva mediante la cooperación de muchos individuos, y sustituyen una debilidad inherente por la fuerza de la organización. Entre los organismos que la naturaleza ha tratado como una madrastra, el hombre ocupa el primer lugar. Está muy mal equipado para la lucha por la existencia. Más que ningún otro organismo, tiene que fabricarse nuevas herramientas, nuevos instrumentos y nuevas defensas para evitar su extinción. Toda la cultura del hombre forma parte de este afán de seguridad y es, por tanto, un producto de su desvalimiento innato.

Todas las capacidades que más valoramos en el hombre surgen de esta conexión con otros seres humanos a la que hemos llamado sentimiento de comunidad. De la necesidad surgen todas esas fuerzas psíquicas, como el lenguaje y la lógica, cuyo único propósito es unir más estrechamente a los seres humanos y cuya existencia depende por entero de la necesidad que los seres humanos tienen de comunicarse entre sí. La naturaleza misma del hombre exige que forje continuamente nuevas cadenas, nuevos lazos, que le permitan entrar en una vida en comunidad más estrecha con sus semejantes. La razón es sin duda uno de estos lazos; y este aspecto de la razón lo sugieren incluso en nuestra lengua las palabras common sense.2 Y así también la ética y la moral son instrumentos de seguridad que serían del todo impensables fuera de la necesidad que tiene el hombre de preservar su vida en comunidad.

Las potencialidades de un individuo están determinadas en gran medida por su conexión con la vida en comunidad de sus semejantes. El corolario también ha de ser cierto: donde el lazo entre el individuo y sus semejantes ha sido dañado o completamente abolido, el campo de sus actividades tiene que sufrir también en consecuencia. Todas las potencialidades humanas se ven, desde el punto de vista de la psicología individual, como funciones del sentimiento de comunidad y de la actividad en comunidad. Tomemos, por ejemplo, a un niño que teme a todo adulto, que ve en cualquier otro individuo un enemigo, e imaginemos cómo será su lenguaje. Faltará aquí el lazo sin trabas entre hombre y hombre, y el lenguaje del niño estará coloreado por su actitud esencial hacia la sociedad. En lugar de hablar con normalidad, un niño así tartamudeará, balbucirá o no hablará en absoluto. Su acercamiento a los demás hombres, su lazo con ellos y, en consecuencia, su lenguaje quedarán fundamentalmente paralizados por la actitud esencial de miedo y desconfianza.

El desarrollo de la razón y del entendimiento tiene que seguir por fuerza la misma regla. Imaginemos a otro niño en quien el sentimiento de comunidad ha sido socavado. Puesto en la escuela, obligado a hacer tareas sin haber tenido la necesaria introducción preparatoria a la vida en comunidad, parecerá «tonto», «retrasado», «sin talento» e incapaz de realizar las sencillas tareas de concentración y de memoria que casi cualquier otro niño encontrará fáciles. Concluimos, pues, que el «talento» y la «capacidad de adaptación» no se heredan, sino que son producto de una temprana familiaridad con los fenómenos de la vida social y en comunidad. Este punto es de la mayor importancia para el educador. Si consideramos en cuántos casos no se presta absolutamente ninguna atención a la preparación para la vida en comunidad antes de la edad escolar, es fácil entender por qué la entrada en la escuela representa tan a menudo una adaptación difícil. Esta falta de preparación se manifestará por signos perfectamente evidentes, que por lo general seguirán caracterizando la conducta del individuo cada vez que tenga que afrontar una situación difícil en su vida posterior. Y en un niño así esperaríamos encontrar lagunas en el desarrollo del «sentido común», de la capacidad de razonar, del lenguaje, de la moral, de los afectos y de la sensibilidad.

Todo individuo ha de tener, desde luego, algún sentimiento de inferioridad ante la naturaleza, ante las dificultades de la vida, ante las tareas de la adaptación a la comunidad y ante la fugacidad de todo lo mortal. Ser hombre es tener un sentimiento de inferioridad. Esto no es una desgracia. Es más bien una suerte para nosotros, como seres humanos, tener este sentimiento, pues es el acicate que nos estimula a una nueva evolución y a nuevas técnicas para adquirir más seguridad. Lo que el hombre es, es el resultado de su afán inextirpable de superar sus deficiencias.

Pero, por otra parte, este sentimiento de inferioridad puede exagerarse en grado enorme por diversas circunstancias. Los factores de seguridad que un niño asustado exige para darse por satisfecho no se encuentran en esta tierra. En el caso de los sentimientos de inferioridad exagerados tenemos que vérnoslas con individuos que se consideran tan débiles que plantean condiciones de seguridad imposibles, que nunca pueden cumplirse.

Los niños en quienes el sentido de su propia fuerza ha sido dañado, cuya estima de sí mismos ha sido socavada, cuya independencia ha sido quebrantada por una educación equivocada, muestran un sentimiento de inferioridad anormal. La preparación de estos niños para las dificultades de la vida ha sido mala. Pronto se hará evidente que han sido insuficientemente instruidos y que tendrán que repetir parte de su aprendizaje para mejorar su preparación en lo posible.

¿Quién es el agente más razonable y adecuado por cuyo cuidado puede prepararse al niño para resolver este primer problema de la vida? Naturalmente, la madre. La capacidad de adaptarse a la sociedad es inherente a todo niño, y es tarea de la madre mostrarle la relación adecuada entre el «yo» y el «tú». Es tarea suya probar al niño la existencia de otro individuo enteramente digno de confianza, habituarlo al doble concepto «yo-tú». Por su relación con la madre, el niño aprende por primera vez los procesos de la vida en comunidad; se acostumbra a otro ser humano.

Esta función de la madre da buen fruto cuando se ejerce de tal modo que no se deslicen errores de interpretación en la mente del niño. Desde el punto de vista de la preparación para la vida posterior, es inadecuado que la conexión con la madre sea tan estrecha que el niño quede despojado de toda capacidad de adaptarse a un tercer individuo, incluso a su padre. La experiencia normal de la madre como el primer individuo digno de confianza fuera del «yo» degenera entonces en un parasitismo patológico. La madre se convierte en el «único» otro individuo, y el niño queda mimado e incapacitado para cualquier adaptación futura a una vida en comunidad.3 Un niño así no tiene sitio en su cosmos para otros individuos. Todo su esfuerzo se dirige a estar siempre con su madre. Que sea animoso o valiente, en sentido social, es improbable, puesto que necesita a un segundo individuo, su madre, como condición necesaria de vida. Este anhelo de tener a otro individuo cerca se manifiesta como cobardía social. Tales niños no estarán en condiciones de dar por sí mismos cuenta correcta de su desaliento. Tenderán siempre las manos hacia su madre e indicarán su dependencia con este gesto sencillo. Durmiendo, el gesto es idéntico; y mediante el arreglo de los terrores nocturnos se asegura la atención de la madre incluso durante la noche.

Parece innecesario referirse por extenso a las opiniones de aquellos autores que buscan una conexión sexual entre madre e hijo en tales situaciones. Se entiende por sí mismo que el momento sexual ha de desempeñar cierto papel en una relación tan estrecha que el niño no puede concebir la existencia de ningún otro individuo fuera de su madre.

Hasta aquí el primer problema de la vida. Pasamos ahora a considerar la segunda cuestión, la de la ocupación. He aquí el reto: «¿Cómo te harás útil?». Y nadie puede eludir este reto, como tampoco puede eludir el primero. Puede que haya otro planeta en el que el trabajo sea innecesario, pero nuestra conexión con esta pobre corteza terrestre hace del trabajo una virtud y una necesidad que se entienden por sí mismas. Todas nuestras virtudes surgen de necesidades internas, de la solución correcta de nuestros problemas vitales; y no hay otra medida de valor que la que surge de la relación social. El mantenimiento del grupo es tarea de cada individuo y es, al fin y al cabo, la base de su desarrollo.

También respecto de este segundo problema encontraremos que el niño mal preparado cae en dificultades por errores de su educación. Su sentimiento de inferioridad puede haber sido acrecentado temporalmente por los esfuerzos desacertados de los adultos. Despojado de todo sentimiento de su propio valor como personalidad, al negársele el derecho a pensar, a hablar, a actuar en presencia de otros, el niño ve destrozada por sus experiencias la conciencia de su yo. Es notable que tanto los niños mimados como los niños brutalmente maltratados no se sienten, cuando son mayores, a la altura de la cuestión de la ocupación. El sentimiento de comunidad, del que cada individuo saca su sentimiento de valor personal, nunca se ha cultivado en tales niños; no han aprendido lo que es la vida en comunidad. Nosotros, como educadores, tenemos que llevar a estos niños a alguna clase de comunidad; tenemos que impedir que sigan aislándose. Esto no debe limitarse a comunidades de niños, sino extenderse también a comunidades de adultos. Tienen que experimentar el mundo in parvo.4 Son los niños bien preparados para la vida en comunidad los que resultan ser los «talentosos» y los «buenos alumnos»; mientras que los niños mal preparados se encuentran en la sombra.

Y luego la tercera cuestión, la cuestión del amor. La solución de este problema está implícita en las otras dos, ya que intervienen principios idénticos. Hay dos sexos. Pasar por alto este hecho es muy difícil; y no nos asombrará encontrar que quienes logran pasarlo por alto aducen toda clase de justificaciones muy ingeniosas de su punto de vista. Como nuestra vida es una vida de cooperación en comunidad, nuestras capacidades y fuerzas para el amor están condicionadas por nuestros contactos sociales. En una palabra, nuestras vidas solo pueden ser fecundas si las consideramos aspectos parciales de la vida mayor de la comunidad. No podemos existir solos.

La solución del problema del amor es análoga a la de las otras dos cuestiones. Dondequiera que encontremos una evasión, una desviación en este problema, podremos hallar las causas que han contribuido a ello en la historia anterior. Por ejemplo, en la historia temprana de todo homosexual podemos encontrar indicios que apuntan a la constelación homosexual final. La homosexualidad es una solución errónea del problema erótico. Es un error creer que se debe a una degeneración congénita o hereditaria. Podemos encontrar errores de desarrollo idénticos respecto de las otras dos cuestiones, errores que solo han sido fomentados por equivocaciones del ambiente.

Homosexuales son aquellos que están «interesados» por el mismo sexo. Podría parecer que es solo «interés», pero en realidad es mucho más. En el caso de un individuo normal cuyo «interés» se dirige al otro sexo, este «interés» no es un fenómeno aislado, sino que está ligado a otras numerosas tendencias, afanes, impulsos y preparativos, y a un amplio entrenamiento cuyo propósito general es la solución adecuada del reto de la existencia. Nos vemos así obligados a interpretar el «interés» del homosexual como algo más que una mera atención exagerada hacia el mismo sexo, y a ver en él un entrenamiento intensivo y profundo, cuya causa y cuyo propósito tenemos que examinar.

En el caso de los homosexuales podemos determinar casi siempre que se trata de individuos que en su infancia sintieron un miedo excesivo al progenitor del sexo opuesto; por ejemplo, muchachos que crecen a la sombra de madres muy severas. Tales muchachos ven en el progenitor temido el epítome del sexo femenino y transfieren el miedo al progenitor a todo ese sexo. Al mismo tiempo, encontramos que esas madres cumplieron de manera muy deficiente su papel de agentes de la transmisión del sentimiento de comunidad al niño. El resultado es un patrón de conducta y de comportamiento ni recto ni adecuado, porque se ha descuidado la gran necesidad de conciencia social y de comunidad.

Tenemos que repetir constantemente que en la base de una preparación inadecuada para la vida hay siempre errores del ambiente. Esta insuficiencia se siente por lo general por primera vez cuando el individuo se enfrenta a uno de sus problemas vitales. Además del entrenamiento inadecuado, hay también una inseguridad y una angustia que hacen las dificultades tanto mayores. Tales individuos, sean niños difíciles, delincuentes, neuróticos o perversos sexuales, siempre han puesto un término prematuro a su actividad en algún punto del camino hacia la solución de sus grandes problemas, y se han ocupado en las barracas de feria de la vida. Es como si no pudieran llegar a las trincheras de primera línea de la vida, sino que se vieran forzados por alguna necesidad interna a «atrincherarse» a cierta distancia de la línea de fuego. No se sienten a la altura de los grandes problemas de la vida porque el riesgo de una derrota inminente les parece demasiado grande.

No es fácil entender las acciones de tales individuos; sus artimañas son muy capaces de transformar un fenómeno en su exacto contrario. Vemos, por ejemplo, a un individuo que aspira continuamente al amor, cuya actividad entera se dirige a consumar una relación amorosa, y que sin embargo frustra sus propios fines por el modo en que aborda el problema. Otro busca curar su neurosis con enorme prisa, y su disposición a aceptar todo lo que dice el médico es asombrosa. Pero precisamente por su impaciencia por llegar a una curación inmediata no la elabora, y así se queda corto respecto de su meta. Los niños difíciles, del mismo modo, reconocen sus defectos y se quejan de ellos, pero no hacen ningún esfuerzo por cambiarlos. Esto lo entendemos cuando admitimos que la dinámica de la personalidad unitaria ha permanecido simplemente velada para el individuo.

Consideremos, por ejemplo, al niño perezoso. La pereza no es una virtud; el individuo perezoso se mantiene apartado de la comunidad y del trabajo en común, y por eso es incapaz de realizar su propio trabajo. Por esta razón combatimos la pereza. Pero guerrear contra ella escogiendo aspectos o fenómenos aislados y tratando de eliminarlos es un procedimiento de lo más inadecuado. Cuando traen a un niño perezoso a nuestros consultorios de orientación educativa, el padre o el maestro suele tener la misma fórmula: «Intentamos curarlo con bondad, y no dio resultado; e intentamos curarlo con castigos, también sin éxito». Nosotros no recomendamos ninguno de estos dos caminos. Nos asombra continuamente que los maestros esperen que un niño que ha oído la misma fórmula una y otra vez reaccione a los poderes mágicos particulares de este abracadabra pedagógico, o caiga vencido por las fuerzas encantadas de sus palabras de amonestación.

Cuando investigamos la historia del niño perezoso cuya última travesura ha intentado el maestro exorcizar con exhortaciones, ruegos o castigos, encontramos que este fenómeno final es la flor de un largo desarrollo y el producto de complicadas fuerzas antecedentes. Un niño perezoso es siempre un niño que ha perdido la fe en sí mismo; es un niño que esconde su rostro angustiado tras el camuflaje de la pereza. Seguro tras esta pantalla, atrincherado tras este baluarte que le ha deparado una situación de seguridad inexpugnable, no podemos esperar que abandone de buena gana su defensa contra la vida y salga a campo abierto, al riesgo de la batalla. La pereza es solo un aspecto de la personalidad unitaria; solo puede valorarse en su contexto y solo cuando se conocen sus causas y sus fines.

Otro rasgo infantil que resulta de una preparación inadecuada es la mentira. Hagámonos la pregunta: «¿En qué circunstancias me convertiría yo en un niño mentiroso? Si me encontrara frente a una situación que amenazara mi tranquilidad, una situación ante la cual me sintiera demasiado débil, ¿no me valdría de vez en cuando de la mentira como defensa oportuna?». Y de pronto vemos la mentira infantil como un mecanismo de defensa, no como un fenómeno aislado, solitario y asocial.

La mentira puede verse también como parte de un gran movimiento en dirección a la superioridad y el dominio. La tendencia a alcanzar una posición dominante se hace muy marcada en algunos individuos. A menudo encontramos niños que mienten no porque sientan la amenaza de un peligro que los asalta, sino porque quieren ser más de lo que son, porque de su inseguridad interior, de su sentimiento interior de no valer nada, nace la necesidad de aparentar más de lo que son. Este sentimiento infantil de no valer nada no es sino otro ejemplo de rasgos que se forman muy pronto pero que desempeñan un papel esencial en toda la vida.

Y ahora podemos explicar por qué nuestra experiencia nos sirve de tan poco, por qué aprendemos realmente tan poco de ella. Solo el individuo excepcional aprende de sus experiencias. La personalidad unitaria reconstituye, reconfigura y asimila toda experiencia hasta que encaja en el patrón de conducta del individuo, hasta que se le ha prestado el color que el individuo desea. La unidad de la personalidad funciona como Procusto y su lecho. Las experiencias que no encajan en el patrón determinado en la infancia se estiran o se cortan hasta que encajan. Esto es análogo a la digestión y asimilación de un bistec, que los jugos digestivos descomponen en los aminoácidos que lo componen, quitando aquí una molécula y añadiendo allá otra, hasta que coincide con la fórmula proteica del hombre, y entonces se asimila y se emplea para construir la estructura de la personalidad física.

Tomemos a un niño consentido y mimado cuyo propósito en la vida es llevar una existencia atada a las faldas de su madre, e imaginemos cómo se comportará en la escuela. Un niño así llorará, se portará mal, vomitará y gimoteará, todo ello con el pensamiento: «¡Si al menos estuviera otra vez en casa!». Abordará sus problemas escolares solo con desafecto y resistencia. Algún maestro lo tachará de tonto o de falto de talento, y se añadirá otro peso a su ya pesada carga. Le dan unas malas notas, y esto refuerza su presunción: «La escuela no es un buen sitio para mí». Todas las experiencias posteriores de este tipo lo confirman en su punto de vista prejuzgado. Castíguese al niño en esta coyuntura, y el único efecto será provocar un: «¡Ya lo decía yo! ¡Este no es mi sitio!». Si, por el contrario, la maestra es extraordinariamente amable, el niño tendrá un nuevo puntal en que apoyarse, porque pensará: «¡Se parece tanto a mi madre... se porta igual que mi madre!». Pero aun así es muy difícil reproducir en el aula una situación análoga a su situación con la madre. La escuela tiene otras reglas, plantea otros retos que el cuarto de los niños. El niño sufre agudamente la presión de no ser comprendido. En consecuencia, entra en la vida esperando solo experiencias desagradables, habiendo perdido todo sentido de su valor personal y toda confianza en su capacidad de hacer frente a los asuntos de la existencia. Lo vemos estremecerse ante cada decisión, retirarse de toda ocupación que lo ponga en contacto con la vida. ¡Ha sufrido ya tanto a manos del mundo, sus esperanzas se han visto tantas veces arruinadas por realidades crueles!

¿Cuál es el resultado del contacto de tal patrón de conducta con las realidades de nuestra civilización? El hombre puede haber resuelto excelentemente su problema del trabajo, pero no tener amigos, no saber nada de los demás seres humanos y apenas haber desarrollado su vida erótica. ¿Es esto realmente una solución del problema de la vida, no hacer otra cosa que trabajar desde la madrugada hasta medianoche? ¿Es esto realmente en beneficio de la humanidad? Una tremenda actividad profesional no es más que un triste compromiso ante la incapacidad de afrontar los problemas completos de la existencia; representa una huida de la vida más que una solución de su reto. Este tipo no es desconocido, y poetas y novelistas lo han comprendido bien. Scrooge es su ejemplo perfecto.5

Apliquemos ahora los métodos de la psicología individual al caso de un hombre de treinta años, acusado de abusar delictivamente de niños pequeños para satisfacer sus apetitos sexuales sádicos. Nos interesa sobre todo comprender por qué serie de circunstancias este hombre se vio forzado a resolver su problema erótico de esta manera perversa. Lo veremos primero tal como era en el punto en que su desarrollo había llegado a su término prematuro. No tenía amigos ni trabajo. Vivía del producto de ocasionales especulaciones descabelladas en la Bolsa, a las que se entregaba esporádicamente pero que solo retenían su atención por un tiempo. Pasaba la vida sentado en cafés, leyendo periódicos y acechando una posible ocasión de satisfacer sus apetitos. Nunca leía un libro, no iba al teatro; los detestaba. Su porte y su habla eran característicos e iluminaban claramente la unidad de su personalidad. Su gesto más característico (y todo su cuerpo hablaba con este único gesto) era un movimiento despectivo de la mano de arriba hacia un lado, como diciendo: «Nada importa; nada cuenta». Se le dijera lo que se le dijera, fuera cual fuera el tema de conversación, repetía siempre este simple gesto. Y este gesto se reflejaba en su escritura, que también reflejaba su personalidad y mostraba el mismo movimiento. Al final de cada frase había el mismo rasgo despectivo, que mostraba su desprecio por todo lo humano.

Si investigamos ahora los cargos por los que fue llevado ante la justicia, encontramos el mismo motivo que marcaba el resto de su vida coloreando sus actos delictivos. Así como menospreciaba todo esfuerzo humano, intentó resolver su problema erótico despreciando, degradando y dañando al objeto sexual, eludiendo con el mismo gesto su responsabilidad como ser humano. Todo esto es mucho más que decir simplemente: «He aquí un ser humano con un complejo de inferioridad, que aspira al poder». Es, desde luego, ambas cosas, pero mucho más además. No es evidentemente lógico que elija exhibir su poder solo sobre los cuerpos indefensos de niños; pero que haya escogido precisamente estas víctimas indefensas para ser el vencedor indiscutido puede entenderse también como afán de poder. ¿Son aquí culpables a la vez el sentimiento de inferioridad y el afán de poder? Tenemos que preguntarnos: «¿Cómo se desarrolló esto? ¿Dónde empezó el error?».

Veamos las circunstancias de su juventud. Su padre era un hombre muy débil y apacible, pero su madre era la encarnación viva de la actitud despectiva de nuestro paciente. Toda su vida era un gesto de desprecio. Toda su presión se dirigía hacia su hijo, que trataba de escapar de ella con todos los artificios posibles. Terminó sus estudios con excelentes resultados, pero su madre siempre encontraba algo que reprocharle. Era un excelente pianista y un buen músico, pero eso no le bastaba a ella. Durante la guerra quiso ir a casa de permiso. Su madre le escribió: «Tu primo ya es teniente, y tú no eres más que cabo. ¡No vengas a casa antes de ser también teniente!».

El pobre niño había sido pronto víctima de la tendencia de ella a degradar a todo el mundo. Ella era, desde luego, del todo incapaz de inculcarle ese sentimiento de comunidad cuya transmisión es la función primordial de la madre. Y así nuestro paciente llegó también a esa actitud de «nada importa»; se volvió espiritual y físicamente incapaz de afrontar la competencia de la vida.

El impulso sexual apareció en él, como en muchos niños, a edad temprana. Cuando su madre advirtió actividades sexuales en su hijo de tres años, su ira fue ilimitada, y persiguió y atormentó al niño sin cesar. Él empezó a practicar en secreto los actos a los que sabía que su madre se oponía violentamente. En esa actividad secreta adquirió, en el curso del ejercicio de su sexualidad infantil, el sentimiento de que él era el más fuerte, de que con este recurso había vencido por fin a su madre. Y tal fue la historia de todo su desarrollo: guerra secreta contra su madre regañona y aparentemente inatacable.

Su padre, en cambio, era muy apacible, siempre tomaba partido por el muchacho y le cumplía todos los deseos. ¿Por qué no consiguió encaminar al muchacho por la buena senda? La razón está en que la amargura de su guerra con la madre requería todos sus esfuerzos y toda su defensa. Cada bondad que recibía de su padre se convertía en un indicio más de la maldad del trato de su madre. Donde uno de los padres es débil y el otro obstinado, la guerra contra el fuerte se libra con tanta mayor amargura.

Desde nuestro punto de vista, la solución inadecuada del problema erótico de este joven no tiene un interés exclusivo, ya que podemos aprender más sobre él considerando su personalidad total y reconstruyendo a partir de ella la forma que ha de tomar su vida erótica. Basta referirse al hecho de que era un hombre solitario, excéntrico, aislado, y que desde sus primeros días había desarrollado una vida erótica apropiada a este patrón de conducta. Habría permanecido en este patrón de conducta si la ocasión no le hubiera presentado otro factor.

Este muchacho, que se enfrentaba al mundo con angustia y hostilidad, encontró muy pronto su mayor interés en los cuentos de hadas y en las novelas. De todas las historias que había conocido en su juventud, consideraba que el colmo de la maldad humana se manifestaba en Moloc, a quien se ofrecían niños en sacrificio. Su interés por la leyenda de Moloc era doble. En primer lugar, la inhumanidad esencial de su propia conducta lo llevó a interesarse por el desarrollo histórico y la organización de la crueldad. Y, por otro lado, se identificaba con el papel de uno de aquellos niños sacrificados, diciéndose: «¡También yo soy uno de esos sacrificados!». La espantosa tortura psíquica que imaginaba como suerte de un niño así despertaba en él un sentimiento correspondiente de angustia.

Pero ¿cómo lo llevó esto a convertirse en sádico? Pertenece a ese grupo de individuos que transfieren todas las experiencias de angustia a la esfera sexual. La angustia es una experiencia humana común, pero sus manifestaciones son variadas. La angustia se manifiesta a menudo en trastornos del corazón, y se evidencia en palpitaciones, dolor o una sensación de opresión precordial. Otros individuos, pertenecientes a un tipo distinto, manifiestan su miedo erizándoseles el pelo. Otro tipo se marea, tiembla y siente náuseas, refiriendo el afecto de angustia enteramente al tubo gastrointestinal. Se han descrito otros tipos en los que predominan los síntomas motores o respiratorios. Y está el amplio tipo en el que el aparato sexual desempeña un papel simpático; y nuestro caso pertenece a este grupo.

Los errores educativos implicados en este caso se han hecho evidentes con nuestro análisis. Este individuo basó toda su vida en dos interpretaciones erróneas. Su primer gran error fue aplicar categóricamente a toda la humanidad, sin más crítica ni investigación, las consecuencias que sacó de sus experiencias con su madre. El segundo error fue que no reconoció que la conducta de su madre era patológica en sus manifestaciones, y creyó que, puesto que su madre era una mujer, todas las mujeres debían de ser semejantes, y que tal conducta era una característica inalterable de la condición femenina. Desde su tercer año empezó un período de entrenamiento en el que dirigió toda su atención a las actividades que parecían darle más fácilmente un sentimiento de poder, de seguridad y de dominio. Creció aislado, sin experiencias con otros niños, y solo conservó conciencia de aquellas impresiones que caracterizaban su vida y su sufrimiento como hijo único de su madre psicópata.

Las soluciones incompletas y patológicas de los problemas eróticos de este hombre eran muy semejantes a sus soluciones patológicas de los demás problemas de su existencia. Degradaba el amor como menospreciaba cualquier otra actividad en comunidad. Esta tendencia a menospreciar toda actividad humana se ajustaba perfectamente a sus primeras impresiones de la humanidad. Se convirtió en sádico porque este tipo de victoria sobre individuos más débiles encajaba en su patrón de conducta. Su impulso de hacerse poderoso se expresaba en el sometimiento de otros; su perversión está claramente marcada por este designio.

Si alguien preguntara si toda la conducta de este hombre no era producto de su sexualidad, tendríamos que repetir todo este artículo como respuesta. Hemos mostrado ya que tal punto de vista es inadecuado e injustificable. La personalidad total de este individuo mostraba una construcción unitaria característica; cada parte de él se dirigía hacia la meta de la personalidad total; y el tipo de su sexualidad no era, por tanto, más que un eco de todo su ser.

Con esta exposición, al menos, hemos iniciado nuestra tesis. Si hemos logrado interesar al lector en este tipo de investigación psicológica, habremos hecho bien. La tarea mucho más difícil le concierne ahora a él. Sobre esta sencilla melodía tiene que construir una sinfonía mayor en el círculo inmediato de sus amigos y vecinos.

Tratar al paciente neurótico, aumentar nuestro conocimiento de la naturaleza humana, intensificar nuestra comprensión de los problemas del individuo y ampliar en cada hombre la comprensión de la dinámica de ser un ser humano: esa es la meta de la psicología individual. La relación del hombre con el hombre cambiaría radicalmente si pudiéramos conocer a nuestro semejante no como un misterioso agregado de fuerzas desconocidas y poderes no medidos al que hay que acercarse con cautela y a la defensiva, sino como un ser humano como nosotros, que aspira, igual que nosotros, a cierta medida de seguridad.

Nos ocupamos de una filosofía, de un punto de vista cósmico estrechamente ligado a las realidades de la vida, dirigido a comprender la dinámica de la formación del carácter, cuyo propósito es facilitar a los seres humanos ser humanos y resolver con valor los tres grandes problemas de la existencia.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número completo de Psyche (Londres) 7 (1927), n.º 4 (abril), págs. 46-63, digitalizado en Internet Archive, y cotejada con las imágenes de página. El texto inglés es una versión adaptada y traducida por Walter Béran Wolfe; no se ha identificado el original alemán exacto.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Según el glosario del archivo, social feeling y community sense se traducen «sentimiento de comunidad», striving for power «afán de poder», style of life «estilo de vida», courage «valor» y problem child «niño difícil»; behaviour pattern, término de la versión de Wolfe, se traduce «patrón de conducta». Se conservan las divisiones en párrafos y la paginación del original; las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Este artículo ha sido adaptado y traducido por Walter Béran Wolfe, M.D., F.R.S.M. ↩

  2. «Sentido común»; literalmente, «sentido común, compartido». El juego de palabras con common («común») se pierde en parte en español, aunque el término castellano conserva la idea. (N. del T.) ↩

  3. Spoiled significa a la vez «mimado» y «estropeado, echado a perder»; el original juega con los dos sentidos. (N. del T.) ↩

  4. En latín en el original: «en pequeño». (N. del T.) ↩

  5. Ebenezer Scrooge, el avaro protagonista de A Christmas Carol [Canción de Navidad] (1843), de Charles Dickens. (N. del T.) ↩