Observaciones en la discusión de la conferencia del profesor Max Adler en la Asociación de Psicología Individual1

I.

Dr. Alfred Adler (Viena):

Los que estamos aquí reunidos podemos decir, con ocasión de la conferencia del profesor Max Adler, que, por mucho que nos levante el ánimo que la crítica del conocimiento y la sociología aprueben nuestras concepciones fundamentales, nos parece que el conferenciante, juzgando desde lo alto del trono de la filosofía, que todo lo domina, no ha valorado del todo bien el estado de nuestros conocimientos ni el carácter científico de nuestras concepciones. Hasta ahora no ha sido nuestra intención, ni tampoco nuestra tarea, establecer el lugar de la psicología individual dentro de las ciencias del espíritu y su relación con la filosofía, aunque hemos considerado esta exigencia futura deseable, provechosa e inofensiva. W. Stern en Hamburgo, Alois Fischer en Múnich, Alexander Neuer y Cäsar Russo en Viena han hecho meritorios intentos en este sentido. La aprobación general y el lavado de culpas que nos dispensa el señor conferenciante pueden llenarnos de satisfacción. Solo las amonestaciones que la acompañan, sus advertencias supuestamente necesarias, las calificaciones que nos pone antes de pronunciar su profesión de acuerdo, me parecen demasiado severas.

Si comparamos con el punto de vista expuesto la idea fundamental de la psicología individual que aquí viene al caso, la que atraviesa toda su doctrina, la afirmación del sentimiento de comunidad innato; si señalamos, para ser breves, los significados sociales, subrayados una y otra vez, de todos los fenómenos anímicos, normales y patológicos; si recordamos el punto de partida de todas nuestras consideraciones sobre las formas de expresión humanas: «en el concepto de "hombre" está contenido el de "semejante"», no es demasiado atrevido afirmar que las exposiciones de Max Adler nos han hecho avanzar, a lo sumo, en la comprensión de que tampoco desde el punto de vista de la teoría del conocimiento puede objetarse nada a nuestra doctrina. Nos alegramos de que nuestros críticos coincidan con nosotros. Pero tendríamos que negarnos a hacer, en lugar de psicología individual, teoría del conocimiento. Desde el punto de vista de la crítica del conocimiento podríamos tener razón o no tenerla. El conferenciante nos da la razón. Quien quiera puede ver, en una breve descripción del prólogo a Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual], si ciertos reparos del señor conferenciante no eran exagerados o si de verdad necesitábamos sus serias amonestaciones. En ese lugar se dice: «Más difícil nos resultará aclarar la contribución general (subrayado solo ahora) del sentimiento de comunidad (a la línea de movimiento del afán humano). Pues aquí chocamos con la conciencia moral del individuo. Este soporta mucho mejor que se le demuestre que, como todos los demás, aspira al brillo y a la superioridad, que la verdad inmortal de que también a él lo envuelve el lazo de la pertenencia humana común y de que lo encubre astutamente ante sí mismo y ante los demás. Su corporeidad lo remite a la asociación; el lenguaje, la moral, la estética y la razón tienden a la validez universal, la presuponen (solo ahora impreso en espaciado); el amor, el trabajo y la solidaridad humana son las exigencias reales de la convivencia humana. Contra estas realidades indestructibles arremete y se enfurece el afán de poder personal, o busca rodearlas astutamente. Pero en esta lucha incesante se manifiesta el reconocimiento del sentimiento de comunidad». Y: «Lo que los guías de la humanidad habían concebido como la acción de Dios, del destino, de la idea, de la base económica, nos lo muestra la psicología individual como la configuración, ávida de poder, de una ley formal: la lógica inmanente de la convivencia humana».

¡Basta ya! Originariamente demostramos, a partir de los fracasos de destinos humanos, que su causa era el extravío del sentimiento de comunidad. Tenemos por acertada la fórmula del filisteo moral: «¡La honradez es lo que más dura!»; tenemos por acertado aquello de «¡Más bienaventurado es dar que recibir!» —por doloroso que pueda sonar— desde el punto de vista de la comprensión individualpsicológica, por razones de conocimiento del hombre y de la lógica inmanente de la convivencia humana; pero para ello nunca hemos echado mano de los argumentos de la moral corriente, porque teníamos que cultivar investigaciones científicas. Más aún: toda nuestra labor sería superflua si no hubiéramos tenido que ofrecer a nuestros discípulos más que las sentencias morales que conocen desde hace tiempo. Sostenemos más bien el punto de vista de que lo que hay de duradero y eterno en la moral humana puede, y a menudo debe, ser corroborado, afianzado y hecho comprensible desde la psicología individual. Y subrayamos una y otra vez que no hay ninguna realización valiosa que sea valiosa por otra razón que por ser útil para la colectividad. Por eso nos deja fríos el reproche de utilitarismo. Pues la ventaja aparente y pasajera del individuo se disuelve ante la visión de conjunto de la psicología individual, desde que pudimos mostrar que la acompañan los tormentos neuróticos, que rebajan el sentimiento de la propia valía (Weinmann)2 e impiden una convivencia alegre.

Este sentido —elevar el nivel anímico— y esta enseñanza —hacerse útil— están en toda gran realización. La psicología individual intenta hacer patentes y más eficaces esas fuerzas, a menudo incomprendidas, pero a menudo afectivas e impulsoras —las inconscientes, diría Freud—. Pero con esta tarea se propone también como meta no forjar nuevas armas para una casta de eruditos, sino servir a la colectividad. Si quiere reforzar el contacto entre los semejantes, tiene que convertirse en patrimonio común. Si quiere desterrar del mundo la neurosis y elevar la conciencia de sí del individuo y de la sociedad, tiene que entregar todo su saber y todo su poder a la colectividad. Abre al médico un campo de actividad nuevo e inmenso, pero también tiene que ponerse al servicio del educador, de los padres, de la escuela, y no debe darles fragmentos sueltos, como tampoco a los pacientes, sino procurar lograr una comprensión plena. La delimitación de la intervención médica no es difícil de establecer. El médico desempeñará siempre el papel principal en los trastornos nerviosos, pero casi siempre, cuando solo se trate de cuestiones educativas, tendrá que confiar en el pedagogo formado en la psicología individual, el cual, a su vez, reservará estrictamente al médico el terreno médico. Pero en ningún caso es admisible querer conceder al educador, a los padres o al paciente un conocimiento menor que al médico o al filósofo.

El estudio de Marx me parece sumamente valioso. Quizá como ninguna otra obra, la suya es apta para aguzar la mirada para las conexiones. Y coincido con el conferenciante en que sus ideas brotaron del más fuerte sentimiento de comunidad y pueden conducir al más fuerte sentimiento de comunidad. Pero tengo que ir más allá y subrayar que la obra científica de Marx ofrece en muchos aspectos, aunque en otro terreno, una maravillosa visión de conjunto, cercana a la de la psicología individual porque, como esta, considera la toma de posición y la meta final, y valora según ellas el sentido de los fenómenos externos. Claro que no debemos olvidar por ello que estas realizaciones se encuentran también en otras partes, sobre todo en las obras de los poetas y en las religiones.

Que Max Adler haya reconocido y descrito desde hace mucho la importancia de las tendencias sociales en las formas de expresión humanas es para nosotros un enriquecimiento grato y valioso de la historia de la evolución de la psicología individual. Anhelamos conocer a todos nuestros antepasados y apreciar su contribución como se merece. Consideramos que la tarea más importante es la unión de todas las fuerzas que aspiran a lo mismo. Sobre los perturbadores y los que se oponen, que dicte sentencia el futuro.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del cuaderno digitalizado en Internet Archive: Alfred Adler, «Diskussionsbemerkungen zum Vortrage des Prof. Max Adler im Verein für Individualpsychologie», I, Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año 3, n.º 5 (Viena, septiembre de 1925), págs. 221-223. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado o el subrayado del original) y la paginación original. Los proverbios alemanes se dan con su equivalente español (Geben ist seliger denn nehmen: Hechos 20, 35). Las equivalencias fijas de los términos de la psicología individual se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Max Adler (1873-1937), filósofo y sociólogo, profesor de la Universidad de Viena y uno de los principales teóricos del austromarxismo, de orientación neokantiana; no tenía parentesco con Alfred Adler. En su conferencia sostenía que la psicología individual solo puede extraer todas sus consecuencias en el sentido del socialismo. (N. del T.) ↩

  2. Kurt Weinmann, psiquiatra de Múnich, que estudió las oscilaciones del sentimiento de la propia valía (Selbstwertgefühl). (N. del T.) ↩