Los peligros del aislamiento

por el Dr. Alfred Adler, Viena.

Solo se puede conocer el modo de ser de un hombre y el sentido de su vida a partir de su conexión con los demás hombres y de las respuestas que da a las preguntas que la sociedad hace ineludibles. El valor y la significación de un pensamiento, de un acto, de una obra genial residen siempre únicamente en su contribución al progreso de la colectividad. Todas las grandes creaciones del alma individual y del alma de las masas, leyes, religiones, obras de la ciencia y del arte, han sacado su sentido y su derecho únicamente de su utilidad, duradera o pasajera, para la colectividad.

Frente a la naturaleza, el hombre ha sido tratado como por una madrastra. Ni siquiera nuestra cultura actual, con todos sus auxilios, está aún lo bastante desarrollada para permitir gozar de una existencia sin cuidados. El pleito que la naturaleza nos entabla es duro e implacable. La tensión en que nos pone, y la fugacidad de todo lo terreno, y además el desamparo de nuestros primeros años, engendran en toda alma un estado de ánimo de inseguridad e inferioridad, del que se desarrolla forzosamente el afán de mejorar la condición humana.

El camino para aliviar la inseguridad infantil está prescrito de manera bastante inequívoca por la lógica de los hechos. Conduce a la comunidad humana. El apoyo en los demás y el sentimiento de pertenencia humana son capaces de conjurar la inseguridad del niño. Por eso es tarea de la educación favorecer el proceso de «echar raíces» y despertar el sentimiento de tener patria en esta tierra.

Gran número de criaturas humanas crecen sin haber echado raíces. Se mueven como extraños entre los demás y se excluyen de las tareas comunes. Las variantes son innumerables. Todos ellos, sin excepción, han errado su problema de aritmética. Como uno de esos problemas, también la vida de cada individuo lleva en sí su solución, su verdad absoluta, solo que difícilmente podemos calcularla, y es imposible calcularla del todo. Todo error considerable cae bajo la crítica y el castigo de la naturaleza y del mundo exterior y estorba la inserción en el conjunto y en sus tareas. Por un triple vínculo estamos unidos a la comunidad, y de tres maneras tenemos que tener en cuenta ese vínculo: en la sociedad, en la profesión y en el amor.

La obra que se nos ha encomendado presupone una afirmación de la comunidad. En consecuencia, los preparativos para la vida tienen que hacerse ya en la infancia. El niño no debe crecer como un extraño en su entorno; tiene que adquirir la fe en su capacidad de rendimiento, tiene que conocer la fiabilidad de su entorno y comprender que su desarrollo en la dirección de la comunidad es valioso y justo.

Este desarrollo hacia el semejante puede verse fácilmente impedido por las dificultades de nuestra vida terrena. Entonces se encuentran siempre causas que están en la primera infancia. No son de naturaleza objetiva, aunque sean comprensibles. Se producen por la visión inmadura y errónea del niño: unas veces son debilidades orgánicas, enfermedades y padecimientos, que, aunque con el tiempo se puedan remediar, conducen a una temprana e imborrable impresión de hostilidad de la vida; otras veces, sensaciones justificadas o injustificadas de falta de cariño, con el mismo resultado. También el mimo conduce a un apego excesivo al círculo más estrecho y crea una inseguridad paralizante frente a todo lo nuevo.

A los tres tipos puede ocurrirles fácilmente que se encuentren como en tierra enemiga y pierdan el contacto1 con la vida.

Semejante actitud ante la vida va unida inevitablemente a una mayor atención a la propia persona, a una actitud combativa y a una hostil falta de consideración para con los demás. Solo cuando se ha comprendido toda la técnica de la vida egocéntrica, con toda su inseguridad frente al futuro, con su falta de confianza en la propia fuerza en cuanto esta prescinde de todos los artificios y trucos, con su desvalorización de la felicidad y del destino ajenos, con su estrangulamiento del sentimiento de comunidad y su vanidoso afán de acrecentar el propio poder por caminos contrarios a la cultura, se comprende el aislamiento de tales almas y su extravío en la neurosis, en la fantasía, y, cuando conservan alguna actividad, en el descarrío (Verwahrlosung),2 en el delito, en el suicidio.

La desviación, la deserción del camino de la comunidad se manifiesta tempranamente de múltiples maneras. Pero quizá ninguno de los extravíos de la primera infancia es tanto causa y efecto a la vez como el aislamiento, sea perceptible exterior o anímicamente. Hace imposible la preparación correcta para una vida en comunidad. Sin duda se subestima todavía hoy la necesidad de esa preparación. Es condición previa para el trato con las personas, para la elección de profesión y la destreza profesional, para la formación de los sentimientos morales y estéticos, para la adaptación a circunstancias nuevas, para la formación de las funciones lógicas y lingüísticas y para el establecimiento irreprochable de relaciones de amistad y de amor. Es también condición previa de la tolerancia frente a las dificultades y derrotas en la casa, en la escuela y en el mundo.

Pero la preparación correcta para la vida solo es posible en sociedad, del mismo modo que a nadar solo se aprende en el agua. Los pequeños pero tan importantes tecnicismos de la postura de los brazos, de las piernas, las formas de expresión del lenguaje, el curso del pensamiento, la posición de la vida afectiva y emocional y la satisfacción de los instintos solo pueden aprenderse de manera adecuada a la sociedad dentro de la sociedad. Por eso es necesario exponer al niño lo antes posible, con todas las precauciones convenientes, a las exigencias del círculo más amplio posible, e impedir también que su alma se aísle en él.

En la práctica de la vida, esta exigencia tendrá que configurarse de modo que ya dentro de la familia no se perturbe la unión del niño con los miembros de la familia, ni por falta de cariño ni por un apego unilateral a uno de los padres. También las desavenencias entre los padres, las riñas y disputas impiden el contacto, lo mismo que la presión de una autoridad impuesta. La coacción, las regañinas y los obstáculos a un desarrollo independiente conducen igualmente a la inseguridad y al desaliento del niño y perturban su disposición a unirse a los demás. La tendencia de la familia a aislarse y el desaliento de la madre o del padre, también el que le infundan miedo ante el futuro, quitan fácilmente al niño la fe en sí mismo y menoscaban su capacidad de contacto. Este desaliento puede apoderarse de clases, naciones o estados enteros.

El cuadro del niño aislado no siempre es fácil de reconocer. La importancia del aislamiento se desconoce casi siempre. Estos niños huraños, tímidos, retraídos, que no tienen amigos, o solo amigos que se dejan dominar por ellos, que a menudo leen libros sin cesar y se recrean en ensueños diurnos, no siempre son fáciles de ganar para la colaboración y la solidaridad humana. Su vanidad y su susceptibilidad son espantosamente grandes y los hacen inútiles para jugar con otros. Solo muestran valor en la fantasía o como por ostentación. Ante pequeñas dificultades o fracasos ponen pies en polvorosa al instante y caen fácilmente en el desaliento. A menudo se encuentran excusas, mentiras y pretextos como signo de su mala adaptación a las exigencias de la comunidad, y también sentimientos de extrañeza, un descontento que corroe, impaciencia y falta de comprensión por el prójimo. Su vida nos parece tan extraña como ellos se sienten extraños en esta tierra, con su mezquina vanidad, como si se creyeran hechos solo para esferas más altas.

En sus antecedentes se encuentra siempre que han ligado su vida, su pensamiento y su inclinación a una sola persona. Toda la forma de expresión de su vida demuestra que quieren siempre apoderarse de esa persona —casi siempre la madre, más raramente el padre, que se presta peor a ello, o una persona que los cuida— y disponer de ella. Todo su afán de notoriedad y todo su sentimiento de comunidad se extienden a esa única figura. A todos los demás los rechazan con signos de la mayor desconfianza, con miedo o con altanería. En todas las funciones corporales y mentales tratan de forzar la participación de su acompañante; para ello son obedientes y están al acecho de cualquier seña, o bien rehúsan con obstinación abierta o encubierta toda adaptación al orden social. En ambos casos consiguen que uno se ocupe de ellos ininterrumpidamente.

Como de este modo se impide todo desarrollo independiente, las consecuencias suelen ser extraordinariamente graves. Todo cambio de situación —el jardín de infancia, el trato nuevo con niños y adultos, la escuela, el extranjero— sufre un rechazo temeroso u obstinado. Más aún: la comida, el vestirse, el acostarse, el lavarse, pero sobre todo el atender y el aprender por sí mismos son siempre ocasiones para poner a su servicio a la persona correspondiente. Tampoco el descanso nocturno es un final apacible: lo perturban los gritos nocturnos, la enuresis, el sueño inquieto, y a menudo se restablece la conexión buscada en cuanto el niño, mediante el arreglo de la angustia, obliga a la madre a llevárselo a su cama. Es fácil advertir que con este método de vida toda enfermedad se aprovecha en el mismo sentido, que el niño hace de una enfermedad real o fingida un privilegio para asegurarse a esa única persona y quedar libre de todas las exigencias que requerirían otros vínculos.3

Además de las molestias y dificultades diarias y continuas que estos niños causan, los veremos en desventaja en todas las funciones corporales y mentales. Su apoyo en una segunda persona los ha dispensado de toda preparación, y todos esos mil pequeños y finos tecnicismos de las manos, de los dedos, de los pies, de las piernas, de toda la musculatura, pero también de la expresión verbal, del desarrollo lógico de sus pensamientos, de la conexión con las personas y las tareas, de la atención y de la concentración, no han llegado a ser suyos. En la escuela, en el trabajo, en la vida, se dan tácitamente por supuestas todas estas preparaciones. Así, estos niños se quedan rezagados. Cada situación nueva los amenaza con nuevas dificultades y nuevas decepciones. Cada derrota les quita un trozo de su valor, hasta que se retiran ofendidos, desalentados, amargados, para acabar en el aislamiento del que salieron. Tachados de incapaces, de bichos raros, no resisten ninguna prueba; al contrario, cada nueva prueba los hace retroceder de nuevo. Donde mejor encajan todavía es en tareas que requieren la menor preparación posible o en las que la preparación puede recuperarse fácilmente.

Viven sin cesar en un enigmático estado de expectativa. Como en la infancia, lo esperan todo de otro, de una casualidad, de un golpe de suerte repentino, de la Providencia, de un milagro. Siempre quisieran prescindir de su propia cooperación y colaboración. A veces, cuando este estado de ánimo se intensifica, se sienten predestinados, como si fueran elegidos, únicos, escogidos y seguros de la victoria final. Las decepciones que sufren cada vez las atribuyen siempre a su «mala suerte», o se las achacan a otros, tranquilos y sin afecto, como si ya contaran con la injusticia de este mundo, o con violentas salidas críticas y acusaciones contra la humanidad entera. Mientras el desaliento no ha avanzado demasiado, se consuelan con el futuro o buscan campos de actividad pequeños, accesorios, casi siempre sin valor, a veces extravagantes, que cultivan lejos de toda crítica humana. Más tarde abandonan en desbandada cualquier círculo que haya herido su vanidad, cambian de profesión, de residencia, de entorno, hasta que, del todo desalentados, se retiran como bichos raros a una ratonera y allí, en el retiro, se entregan a sus rarezas.

Mientras siguen intentando, a su manera, cumplir con las exigencias de la vida, nunca ponen manos a la obra sin razones en contra, sin excusa, sin duda, sin pesimismo. Tratan de eludir toda prueba. De sus recuerdos y experiencias solo les vienen a la conciencia los malos. Se presentan ante el examinador vacilantes y con media fuerza, y casi siempre despiertan un prejuicio desfavorable. A menudo los persigue la burla de sus compañeros, y como les falta toda preparación para afirmarse por sí mismos, son víctimas de cualquier ataque, justo o injusto. Si se contempla su vida y sus destinos, se comprende su desaliento, aunque no se lo pueda aprobar, y se ve su vanidad ajena al mundo, aunque no se la pueda justificar.

Inseguros en todas las situaciones de la vida, apenas son capaces tampoco de resolver su problema erótico. Si son hombres, renuncian a cortejar, esperan con desconfianza la redención y, aun en el caso más favorable, retroceden ante la decisión. Acumulan además toda clase de dificultades, descubren numerosos obstáculos y caen a menudo en la manía de una supuesta homosexualidad, y creen haber encontrado así una roca salvadora para escapar de una solución normal. Siempre se alzan amenazadores ante ellos su amor propio y su vanidad, y los hacen retroceder para prevenir una temida derrota. Las muchachas, a su vez, que han crecido en el aislamiento, pronto se hartan de su papel de mujer, intentan durante un tiempo hacer de hombre, en las formas más diversas, y acaban a menudo en un carácter de solterona o en un matrimonio malhumorado y descontento. Todas las numerosas variantes de este tipo están, por tanto, al borde del peligro de un exterminio definitivo de esta tierra, y a veces lo propician también por medio del suicidio y de graves psicosis, signo bien visible de lo poco que su especie, que en realidad es una mala costumbre,4 se adapta a esta tierra y a la lógica de la convivencia humana.

Quien quiera hacerse una imagen sencilla pero clara de los peligros del aislamiento puede estudiarlos, en pequeña parte, en las personas que se han quedado sordas desde hace tiempo. Las consecuencias no son tan graves como en el aislamiento temprano del niño, pues estos empobrecidos pueden, a pesar de todo, sacar de la reserva de su capacidad de contacto y de sus preparaciones de la época en que estaban sanos. Con todo, pronto se notará que hablan con más torpeza, que mutilan algunas sílabas y que pasan la vida con creciente desconfianza y con una inclinación cada vez mayor al aislamiento, y no pocas veces acaban como bichos raros.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del texto alemán publicado en The Call of Education. Psycho-Pedagogical Journal. International Organ of the Montessori Movement, ed. de Maria Montessori, vol. I, n.º 2 (1924), págs. 120-127 (ejemplar digitalizado en archive.org). La primera publicación, de 1923 (según Adlerpedia, en Die Bereitschaft, Viena; también en el Zentralblatt für Vormundschaftswesen, Jugendgerichte und Fürsorgeerziehung 15, 1923), no se ha podido consultar. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan los párrafos, la nota del autor y la paginación de la revista; las erratas del impreso se traducen según su lectura correcta. Gemeinschaftsgefühl se traduce siempre «sentimiento de comunidad»; Geltungsstreben, «afán de notoriedad»; Mitmenschlichkeit, «solidaridad humana», y Verzärtelung, «mimo», según el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. El impreso dice «Kontrakt» (contrato), errata evidente por «Kontakt»; la versión inglesa de la misma revista dice «contact». Las demás erratas del impreso se señalan en la versión original. (N. del T.) ↩

  2. Verwahrlosung: abandono material y moral del niño o del joven, que lo arrastra a la vagancia o a la pequeña delincuencia; se traduce por «descarrío», para distinguirlo del abandono (Vernachlässigung) por parte de los padres. (N. del T.) ↩

  3. Exposiciones detalladas de estos fracasos se encuentran en Adler, Ueber den nervösen Charakter [El carácter nervioso], 3.ª ed.; íd., Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual], 2.ª ed.; íd., Furtmüller y Wexberg, Heilen und Bilden [Curar y educar], 2.ª ed. (editorial Bergmann, Múnich), y en la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie [Revista internacional de psicología individual] (editorial Perles, Viena I, y editorial Kegan Paul, Londres EC4). ↩

  4. Juego de palabras intraducible: «ihre Art, die eigentlich eine Unart ist»; Art es «especie, manera de ser» y Unart, «mala costumbre, mala crianza». (N. del T.) ↩