Fracasos en la escuela.
Causas frecuentes del descarrío.
Los fracasos educativos pesan sobre la familia y sobre la escuela. ¿Debe la escuela poner las cosas fáciles o difíciles a los niños, debe ser una preparación para la vida y no arredrarse ante la dureza? Son problemas que se nos imponen una y otra vez, día tras día. Los mejores de nuestros compañeros de escuela no cumplieron lo que prometían; no estuvieron a la altura de las penas y amarguras de la vida cotidiana. A otros, en cambio, que salieron de la escuela amedrentados y atrofiados por los severos «domadores», el libre desarrollo los llevó a éxitos insospechados. Los errores educativos se vengan en la humanidad; en ella son más difíciles de reparar que en las plantitas maltratadas. El descarrío y la miseria son los frutos que han cultivado hombres equivocados.
De una influencia hasta ahora poco atendida, pero psicológicamente muy evidente, informa el Dr. Alfred Adler en el número de octubre de Soziale Arbeit [El trabajo social] (editorial Wilhelm Braumüller), en un artículo titulado «¿Dónde debe empezar la lucha contra el descarrío?». Responde a ello: El descarrío empieza con los fracasos en la escuela. Este hecho llamativo se desconoce por completo, hasta hoy, en su significación. Se considera sin duda equivalente que un niño, por un lado, se descarríe y, por otro, descuide las tareas de la escuela, y se pasa por alto en silencio, como algo evidente, que los niños malogrados esquiven la escuela. Pero ¿qué impresión causaría que se revelara que los niños se descarrían porque huyen de sus tareas? Quien en el cuarto de los niños, en la familia, no es ganado para la sociedad y para la colaboración, se encontrará en adelante en caminos antisociales. Si la escuela tampoco puede redimirlo, si más bien le dificulta, a sabiendas o sin saberlo, la vuelta a la colaboración, favorece sus preparativos para el descarrío. Se hace cómplice cuando facilita al niño el apartarse de la colaboración. Al niño le quedan entonces solo pocas posibilidades. Entre ellas, el descarrío es la más a mano y la más tentadora.
La tarea de la escuela sería, por tanto, cuidar de que los niños no retrocedan ante las exigencias que se les presentan. Ya esto es una tarea que exige para su solución una plena comprensión individualpsicológica. Pues la desviación (Ausbiegung)1 del niño, para despacharse sin tropiezos y sin gran esfuerzo, tendría que reconocerse desde el comienzo y tratarse con arte. Con malas notas y castigos no se puede nada con este tipo de niños, que se inclina al descarrío.
Se trata de un gran número de niños cuya primera infancia transcurre en una situación desfavorable. Por la presión del entorno, también en forma de mimo, su afán de notoriedad se excita en alto grado, de modo que se encuentran ante las tareas de su pequeña vida con impaciencia y con un temor interior. Se derrumban, se vuelven perezosos e indolentes cuando tropiezan con dificultades, buscan escapatorias o se vuelven huraños y tímidos. Ven siempre la imagen del mundo sombría y pesimista, encuentran con dificultad el acceso a los compañeros y a los adultos, están siempre en lucha con su entorno, una lucha que a menudo transcurre en silencio y a escondidas, piensan siempre solo en sí mismos y no en los demás y están llenos de un sentimiento permanente de hostilidad, que suponen también en los demás. Su susceptibilidad, a menudo sustraída a la percepción de los demás, está siempre llevada al extremo. Su anhelo va hacia la satisfacción de una vanidad absolutamente insaciable, un problema casi siempre insoluble, que los obliga a evitar los caminos normales. Cuando se les oponen dificultades como las que la escuela ofrece regularmente, se llega a la desviación.
Entre ellos hay muchos que se encuentran así en posesión de una actividad que queda libre. Empujados por su vanidad, se lanzan por los caminos del descarrío, siempre a la misma distancia de sus verdaderas tareas. El tiempo vacío, la propia complacencia en sí mismos y el ansia de conquistar la admiración de los que piensan como ellos los empujan al acto prohibido. Valor y fuerza les dan la conciencia de su astucia y su malicia ejercitadas y el recuerdo de sus fechorías que quedaron sin descubrir.
Se comprenderá ahora cómo, por todas las razones y relaciones mencionadas, en nuestra civilización le corresponde a la escuela la tarea de extirpar los daños de la educación familiar, y sobre todo de no llevarlos a su consumación. Con esta constatación queda demostrada inequívocamente la importancia de la psicología individual para la formación de los maestros, junto con la ineludible obligación de la escuela de ocupar el lugar que le corresponde en la lucha contra el descarrío.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre la imagen de la página en ANNO (Österreichische Nationalbibliothek): noticia sin firma «Mißerfolge in der Schule. Häufige Ursachen der Verwahrlosung», Neues Wiener Abendblatt (edición de tarde del Neues Wiener Tagblatt), Viena, n.º 280, 12 de octubre de 1921, p. 4. El artículo original de Adler apareció en Soziale Arbeit (Viena, Braumüller), cuaderno de octubre de 1921, que no se ha podido consultar. Texto parcial: el primer párrafo y la frase de presentación del segundo son del periódico; desde «El descarrío empieza con los fracasos en la escuela» la noticia reproduce sin comillas lo que parece el texto mismo de Adler o un extracto literal de él, con omisiones que no pueden precisarse y sin que pueda descartarse algún retoque de la redacción. Véase el pie de la versión original.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, los titulillos del periódico y las cursivas, que reproducen el espaciado del original. Verwahrlosung, verwahrlosen se traducen «descarrío, descarriarse», según el glosario del archivo; Ausbiegung, «desviación»; Geltungsstreben, «afán de notoriedad»; Verzärtelung, «mimo»; Mitarbeit, «colaboración»; Empfindlichkeit, «susceptibilidad»; freibleibende Aktivität, «actividad que queda libre».
Ausbiegung: en Adler, el apartarse del camino recto ante una tarea, el rodeo con que se la esquiva. (N. del T.) ↩