La otra cara
Un estudio de psicología de las masas sobre la culpa del pueblo
por el Dr. Alfred Adler médico de enfermedades nerviosas en Viena
Viena 1919 Editorial de Leopold Heidrich
Cuando, en la capital del difunto imperio de los Habsburgo, uno encaminaba sus pasos hacia el Hofburg a las doce del mediodía, le salían al encuentro los sones atrevidos de las marchas militares austriacas. Una muchedumbre acompañaba allí a la guardia del palacio que entraba de servicio.1 Burgueses y plebe, muchachas, hombres y niños marchaban con ademanes orgullosos y a compás hasta el patio del viejo palacio y contemplaban con expectación el relevo de la guardia. Y cuando el tambor mayor alzaba el bastón, no solo alzaban ellos la cabeza, sino que también sus corazones latían al paso de la marcha.
A diario se le había machacado a este pueblo en las escuelas, hasta metérsela en el cerebro, la veneración de la casa reinante. Todas las canciones de su infancia le halagaban los oídos con tonos maravillosos en alabanza de la monarquía en su conjunto. Obras de historia falseadas se jactaban de la gloria guerrera de la patria común y de sus caudillos archiducales y aristocráticos, y seducían el alma de los muchachos para que buscaran delicias místicas en la matanza de la guerra y en las batallas.
Desde los púlpitos, millares de lenguas elocuentes predicaban sin descanso la beatitud de la servidumbre y la obediencia de esclavos. Cada cátedra iniciaba al dócil alumno en el arte de la reverencia.
En las sociedades pacifistas bostezaba el aburrimiento; ninguna cabeza, ningún aliento popular encendía un movimiento contrario.
Periódicos y revistas, políticos y partidos se disputaban el favor de los poderosos. El arte buscaba empleos del Estado o acechaba la entrada al Hofburgtheater.
Quien iba a parar a la política acababa en un empleo de partido. Y los propios partidos se mantenían en condiciones de ser llamados al ministerio, aun cuando se mostraban hostiles al gobierno. A menudo se mostraban hostiles al gobierno para llegar a ser llamados al ministerio. Las relaciones y el cortejo de la corte limaban todo gesto de oposición. La organización se convertía así en parálisis del impulso revolucionario, y las personalidades enérgicas parecían, al lado de los políticos pulidos, cabezas duras, o acababan derrochando su fuego en los locales de las oficinas del partido.
Durante decenios duró este adiestramiento de un pueblo blando, que lo educó en la inseguridad de sí mismo y en la obediencia a los superiores.
Entonces vino la guerra y nadie sabía de dónde. Según todas las reglas de un arte bélico bien probado, le echaron al pueblo un paño opaco sobre la cabeza. De nuevo resonaron los metales militares, bandas a sueldo recorrían las calles, espadachines de palabra medio idiotas2 pronunciaban discursos punzantes que les habían soplado, en los que se hablaba mucho de la nobleza propia y de la vileza de los demás, y también de una guerra muy corta y de una victoria brillante. El pueblo creyó ver una luz a través del espeso velo, pero por lo pronto solo sentía su impotencia.
Entonces empezó el Estado Mayor con sus noticias falsas. Aparecen pozos envenenados, puentes volados en plena retaguardia, fieles habitantes de la frontera muertos entre tormentos. Las violaciones, los saqueos e incendios, las crucifixiones, las quemas, las perfidias desvergonzadas, el empleo de armas mortíferas prohibidas, todo a cargo de los enemigos, no tenían fin. Luego empezó la caza de espías.
En cada compartimento del tranvía, en las puertas de los vagones de ferrocarril, en cada urinario colgaban las advertencias contra los espías. Continuamente se oía hablar de detenciones y de traición. El pueblo perdió del todo la cabeza, nadie se fiaba de nadie. Quien todavía hubiera dicho de buena gana una palabra libre, se la callaba, por miedo a toparse con un espía o con un delator.
La censura tendió una red de hierro sobre la ciudad y el campo. Los rumores de condenas a muerte en el frente por inofensivas observaciones críticas en cartas a casa convirtieron el escribir cartas en un asunto angustioso.
Por todas partes se oía hablar de condenas a muerte y de detenciones; toda palabra crítica, aun dicha con la mejor intención, parecía amenazada, o lo estaba, por consecuencias imprevisibles. Las negativas en el servicio o la réplica a las órdenes acarreaban los castigos más graves. Los casos de ejecución inmediata por grados leves de insubordinación se multiplicaban y mantenían a la población en continua agitación.
En vano buscaba el pueblo con la mirada una salvación. La ciudad la esperaba del campo, que por lo general se contentaba con retener los víveres para apresurar así el fin de la guerra, que contra lo esperado se había vuelto larga; el campo contaba con levantamientos en la ciudad. Los periodistas, y lo que Austria-Hungría ofrecía en escritores, intentaban, casi siempre en vano, llevar a la multitud planes descabellados y entusiasmo por la guerra y por los caudillos. Los enemigos de la guerra que había entre ellos y en los partidos populares se mostraron débiles, y además la clausura violenta del parlamento les había cortado toda posibilidad de acción. Pronto abandonaron la carrera y se mantuvieron dentro de los límites de la censura, en muchos casos sentaron sus reales en el Cuartel de Prensa de Guerra y en el Archivo de Guerra,3 o huyeron al extranjero. También de las naciones no alemanas, que se sentían oprimidas en su nacionalidad, cabía esperar tan poca resistencia que incluso diputados contrarios a la guerra reprocharon al conde Stürgkh que, con la clausura del parlamento, había ahogado el entusiasmo bélico que con seguridad cabía esperar de las naciones eslavas.4 Con lo que más contaba el pueblo era con la resistencia de los checos, que por desgracia habían aplazado el momento de su alzamiento hasta cuatro años y medio después del estallido de la guerra, y que ni siquiera en los días de Brest-Litovsk se agitaron, cuando los obreros de la actual Austria alemana quisieron, por su cuenta y sin sus dirigentes, poner fin a la cosa.5
Sin interrupción rodaban trenes cargados de material humano hacia el campo de batalla. Los que les hacían señas con la mano y los saludaban dándoles ánimos lo hacían como quien intenta consolar con buenas palabras a los condenados a muerte. Y los que saludaban y daban las gracias desde los vagones para caballos habían conservado su compostura y su arrogancia, y no en último término por orgullo. En las inscripciones y dibujos de los vagones, que al comienzo de la guerra debían espolear el valor decaído de la masa, hacía muecas la musa del Estado Mayor. Y lo mismo en los partes diarios del ejército y en las crónicas de guerra de los diarios.
Quien, por relaciones, soborno o por motivos más o menos inconsistentes, podía esquivar la miseria de la guerra, no reparaba en sacrificios. Muchas instancias, del sargento para arriba, sucumbieron a tales ataques concéntricos. También de los médicos y de las damas distinguidas vestidas de enfermeras se decía a menudo abiertamente que ejercían su cargo alternando la benignidad y el rigor. Por otra parte, un ejército de médicos, arribistas probados, se puso de buen grado a disposición del militarismo, y se colocaron como las ametralladoras detrás de los hombres «con ganas de guerra». Se quedaron en el país, se ganaban honradamente la vida y solo se interesaban por ascensos, condecoraciones y una sonrisa amable de los superiores. Poseídos por las furias del delirio de grandeza, que ellos tomaban por patriotismo y entusiasmo bélico, muchos de ellos descubrieron torturas y tormentos de siglos pasados para fustigar, mediante un «mínimo de comodidad», a semejantes que se derrumbaban y empujarlos a la muerte.6 No solo el frente: también la retaguardia amenazaba con la muerte y la perdición.
Reconocimientos de reclutas repetidos una y otra vez escupían sin cesar nuevos cuerpos humanos a la boca de los cañones. Las objeciones contra la aptitud para el servicio se escuchaban con burla y escarnio. Pronto no hubo dolencia que valiera a los ojos de generales escogidos a propósito y de coroneles bigotudos, ni objeción de médicos de reclutamiento honrados que a aquellos les pareciera fundada. El pueblo veía a los muchos lisiados declarados aptos y se estremecía. Una lucha callada, incansable, encarnizada, se libraba entre el pueblo y las comisiones de reclutamiento, entre la masa y los médicos. Se pasaba revista a las comisiones de reconocimiento, se procuraba evitar las severas y se agolpaba la gente ante las benévolas. Se asediaba a los médicos para conseguir un certificado eficaz y con él un juicio más benigno, y uno podía encontrarse a personas con estudios universitarios de asistentes de oficiales, y a grandes comerciantes y fabricantes, a veces, de peones en un almacén militar. Grandes campañas de exenciones7 favorecían la liberación de hombres con capital o con padrinos. Las oficinas competentes no podían salvarse de las innumerables presiones. Con frecuencia tenían ante sí, como tarea más ardua, sacar a tales recomendados de la alambrada de sus «relaciones». Se tenía por una vergüenza no tener relaciones y someterse sin lucha a las disposiciones de las autoridades militares, una vergüenza que solo le cuadraba de verdad al pobre diablo del pueblo. Este, a su vez, no tardó en entender la broma e intentó por todos los medios escabullirse del servicio en el frente, para lo cual habían de ayudarle dolencias reales, imaginarias o simuladas. Con ello se tropezaba de nuevo con el frente bien trabado de los médicos, que, en parte por una inquebrantable fiebre militarista y en parte por miedo a ser destinados ellos mismos, alimentaban el frente con sanos y enfermos, sin retroceder ante los medios más punibles. Pero hasta el final de la guerra hubo personas que se sometían a las más terribles curas de hambre para volverse inútiles; otras, ya de suyo menos aptas, caían en un sueño que duraba meses, se fingían mudas o sordas, y miles perdían la capacidad de andar o caían en un temblor convulsivo y declaraban así, a quien sabía entender, su aversión a la guerra. A los observadores perspicaces tampoco se les escapaba que en la selección se trataba con toda la indulgencia posible a la nación propia y con más dureza a la ajena, del mismo modo que la superioridad procuró siempre revolver las naciones de tal manera que la decisión sobre su aptitud para el servicio quedara en manos de oficiales y médicos extraños. Alrededor del pueblo, pobre y desesperado, se erguían los horrores de la muerte, de la cárcel, de los pabellones de enfermedades nerviosas; en ninguna parte surgía un salvador para la multitud, y su tormento mudo quedaba sin ser oído en el estruendo de los coribantes8 pagados y sobornados. Luego vino el hambre y las colas interminables de mujeres y niños desesperados que, días y noches enteros, bajo la lluvia y la nieve, aguardaban ante las tiendas ávidas de botín. ¡Qué podía valer la voluntad de este rebaño de esclavos cuando se trataba de la guerra o de la paz!
Este pueblo, siempre religioso, perdió toda fe. Quien sabía leer en el alma de estas personas veía su desesperación estremecedora y su angustiosa desesperanza. El acto de Friedrich Adler9 despertó por todas partes un entusiasmo callado. Este dio paso de nuevo a una resignación muda cuando todo siguió en calma. Solo en la oscuridad de la noche podían oírse a veces susurros rebeldes, y al final del cuarto año de guerra el nombre de Wilson resonaba en todos los labios como un grito de socorro contenido.
Cada vez con más fuerza estrangulaban el Estado Mayor y los que se lucraban con la guerra. El odio del pueblo creció hasta lo desmesurado y hasta el día de hoy no ha perdido nada de su acritud. Donde más claramente se expresó, ya al comienzo de la guerra, la desgana por el oficio de las armas fue en la deserción en masa y el paso al enemigo, que constituían una preocupación constante de los jefes del ejército. En vano se recurría entonces al tan apreciado arranque patriótico, en vano a las fórmulas de conjuro, laicas y eclesiásticas, en todas las lenguas de la monarquía. Ya en la primera retirada de Rusia se dejaron caer tantos en manos del enemigo que, según dicen, para escarmiento se dio una orden, susurrada de boca en boca, de fusilar a dos hombres de cada regimiento de entre los rezagados. La policía de campaña hacía la rebusca. Por lo demás, se recurría a ametralladoras a la espalda de las tropas cuando en algún lugar faltaba ardor combativo. A diario se informaba de atrocidades que el enemigo cometía con los prisioneros, y sin embargo el número de los hechos prisioneros por el enemigo crecía. ¿Quién puede extrañarse de que la mayoría de ellos fueran eslavos e italianos? Podían hablar con el enemigo, esperar indicios de una acogida fraternal o contar con la disposición amistosa de la Entente. Pero ¿qué esperaba a los alemanes, a los húngaros? ¿Es de verdad digno de mención que se mantuvieran más firmes?
En los puestos más altos y en los más bajos había eslavos de sobra que cumplían su servicio con gusto y con afecto. Un médico de regimiento checo respondió a la pregunta por los enfermos de la tropa: «¡Nuestros medicamentos son los culatazos!». Un médico mayor checo impidió el destino de otro checo alegando que era del «Sokol»10 y, por tanto, políticamente poco fiable. La presión de los numerosos superiores eslavos se hacía sentir en la misma medida que la de los demás. Para quien no tenía prejuicios no había diferencias en el rechazo de la guerra; a lo sumo eran distintos los métodos. Tampoco las animosidades entre los soldados por motivos nacionales salían a la luz sino raras veces. Todos sentían el mismo dolor, todos se saludaban en silencio como prisioneros de la guerra, de la que no eran culpables. Con la mirada turbia buscaba cada uno la orilla salvadora, mientras la galera avanzaba perezosa por las aguas turbias. Gritos dementes rasgaban el aire. A uno, un dios (que más a menudo de lo que se cree está con los locos) le había inspirado la palabra que gritaba sin descanso a médicos y enfermeros: «¡Dejadme! ¡Tengo que redimir a la humanidad! ¡Porque he bebido en el Monte Santo el cáliz del sufrimiento!».11 Una vergüenza cobarde impedía todavía a los sanos sumarse a su grito. En el frente y en la retaguardia se encontraba a todas las naciones de la monarquía pacíficamente y en buena armonía, absortas en el comercio de mercancías.
Este es el verdadero retrato del alma de un pueblo al que se quiere cargar, ante los contemporáneos y ante la historia, con la culpa del espantoso crimen. Pero ¿cómo fue que ninguno de los oficiales y médicos que reconocían a los reclutas creyó en la voluntad de guerra? ¿Que, por el contrario, cada uno de ellos daba por supuesto inquebrantablemente el más violento rechazo del servicio militar y lo constataba, que incluso los médicos recurrían a los medios coercitivos más brutales porque en cada enfermo sospechaban un emboscado? ¿Que un sinnúmero de órdenes llamara la atención sobre las deserciones, que los tribunales militares no buscaran nunca otra cosa que el escarmiento?
Encerrado entre poderes inconcebibles, a este pueblo azuzado, esclavizado, vergonzosamente maltratado, no le quedó más que aquel medio de resistencia que en casos semejantes se impone siempre a una masa fragmentada y llena de desconfianza: la resistencia pasiva secreta. De ella adolecía todo el ejército. Las entregas de la ciudad, de los Länder y de los municipios rurales se hacían con desidia. El equipamiento, la formación de marcha y la reorganización, los transportes y el traslado de los soldados convalecientes se hacían con la mayor impuntualidad. Sobre el despilfarro y la dilapidación de los víveres, sobre la falta de los refuerzos y suministros a tiempo, se oían siempre las cosas más sorprendentes. Para todo acto de resistencia abierta le faltaba a este pueblo, al que se le había echado una manta sobre la cabeza, el lazo unificador de la confianza mutua, un sentimiento de comunidad fuerte y ejercitado. Como ninguna de las muchas naciones de la antigua monarquía lo poseía, en ninguna nación se llegó a revueltas unitarias y abiertas, con la excepción del levantamiento de enero de la clase obrera austroalemana, que se deshizo en nada sin culpa de esta masa resuelta.
Cuando llegó el hundimiento, el pueblo exultó en la plena conciencia de su libertad reconquistada. Recorrió las calles de Viena como un vencedor. Su verdadero enemigo, el Estado Mayor, los explotadores y las clases dominantes, había sucumbido. Y ahora la ola rueda cada vez más hacia la izquierda. El pueblo sufrió su derrota en julio de 1914. Su contribución de guerra había sido dura y cruel; su esclavitud había durado cuatro años y medio. ¡Ahora era libre!
¿Libre? Ya se anuncian otros opresores. Un segundo, un tercer vencedor está dispuesto para sojuzgar a un pueblo por medio de otro. Para el conocedor de las alturas y simas de la tragicomedia humana es una tarea agradecida recordar a los muchos esbirros que hoy, en los países no alemanes de la antigua monarquía, desfilan con el traje de fiesta del vencedor y que hace poco aún prestaban a los antiguos detentadores del poder de este Estado desmoronado toda clase de servicios para elevar las ganas de guerra. Por mencionar un solo ejemplo: la mayor parte de las tristemente célebres torturas eléctricas con corriente de alta intensidad las tendrá en su haber, aunque bajo patrocinio «científico», un médico militar polaco.12 Cuando una vez llegó del frente una consulta extrañada de por qué un hombre con enfermedad de Basedow13 y tuberculosis pulmonar había sido enviado al frente por orden de un comandante eslavo, y eso pese a que su dolencia constaba expresamente, hubo que dar por orden la respuesta: «porque, según la experiencia, tales casos se recuperaban más fácilmente en el frente».
Ahora los detentadores del poder de las Potencias Centrales han tenido que capitular ante los gobiernos de la Entente. Ahora el pueblo, hondamente sojuzgado e ignominiosamente maltratado, habría podido respirar. Ahora habrían tenido que rendir cuentas todos los que empujaron a la guerra a un pueblo ignorante, desgarrado en doce tribus y sin guía. Los gobiernos y sus secuaces, los seductores del pueblo, los verdugos de las naciones propias y ajenas y de los prisioneros, los que se lucraban con la guerra y los explotadores del pueblo, los jueces, médicos y superiores militares sobornados con honores, títulos y dinero, y los sádicos, tendrían que rendir cuentas ante la humanidad profanada, indemnizar los daños y tomar parte en la reconstrucción de los lugares destruidos. Y lo mismo los poetas de la guerra, los gacetilleros y los escritores que nunca representaron la opinión del pueblo, al que no conocían, sino la del Estado Mayor, en la medida en que no obraron por demencia, sino por motivos egoístas, para hacer negocio, para quedar exentos o para encontrar refugio en el Cuartel de Prensa de Guerra y en el Archivo de Guerra. Tampoco habría que olvidar a los pastores de almas ni a aquellos hombres de la «ciencia» que hasta las últimas semanas ahogaron con sus voces el grito de dolor de los pueblos y reclamaron la paz victoriosa. ¡Fuera toda falsa vergüenza! Quien ha visto y comprendido a este pueblo amordazado, herido en lo más hondo de su dignidad humana, que fue llevado al matadero, no se cansará de gritar al mundo: ¡este pueblo era menor de edad y se le mantuvo en la minoría de edad con todos los medios de la astucia y la violencia! No conocía medios de defensa, no tenía guías cuya voz hubiera podido escuchar. Su derrota se consumó ya al comienzo de la guerra, y ha pagado a sus propios gobernantes una contribución de guerra como nunca se había oído: se ha derramado la sangre más preciosa, el hambre y la enfermedad asoman con sus muecas en los rostros, las almas de los niños están envenenadas sin remedio, la agricultura y la industria yacen en barbecho.
Ahora, cuando el pueblo ha de llegar a la mayoría de edad, cuando solo una poderosa corriente de sentimientos de comunidad que despiertan puede traer la salvación, cuando la dignidad humana nuevamente despierta clama por el castigo de los verdaderos culpables para recobrar la confianza en la humanidad, ahora nos amenaza el gobierno de la Entente con una nueva servidumbre y sigue torturando al pueblo recién torturado.
«¿De verdad es así, austriacos, que el gobierno os ha oprimido por completo? ¿Y de verdad no podíais moveros? ¡Oh, entonces permitid que también nosotros os oprimamos un poco!». Bajo esta luz ha de aparecérsenos hoy la conducta de los gobernantes occidentales.
«¡Pero los voluntarios de guerra!», se me objetará. Pues bien, quiero mostrar que precisamente en este punto la argumentación se inclina a nuestro favor. Creo haber visto y examinado todas sus variedades. Cuando, poco después de comenzar la guerra, intercedí en favor de médicos de cierta edad que se habían alistado voluntariamente, para impedir su traslado en masa, se me respondió con una carcajada burlona: «¿Cree usted que no sabemos que esos solo se han alistado voluntarios porque esperaban librarse así de un traslado?». Yo solo pude replicar que los médicos que no se habían alistado tenían la misma esperanza. La mayoría de los voluntarios, tanto de tropa como oficiales, tenían ya al presentarse un puesto o un arma en el punto de mira, y al principio tuvieron también ventajas nada desdeñables. En su apuro buscaban el menor de dos males.
Junto a ellos había, ciertamente, un grupo más pequeño de aventureros que en su insensatez habían contado con una guerra muy corta y alegre y se presentaron para el frente. Mayor era el número de los descarriados que escogieron este camino para huir de los sinsabores de su hogar, de su profesión y de otras cuestiones apremiantes. Allí se incorporaban hijos que vivían en discordia con sus padres, que se iban al frente como quien se suicida. Luego, maridos que obraban por rabia contra una vida malograda. «Cinco veces me he ido voluntario al frente y cinco veces me han devuelto para observar mi estado mental», se me quejaba un capitán de caballería con dos balazos en el cráneo, que, antiguo oficial en activo, se había incorporado al comienzo de la guerra desde América, donde había llevado una vida desenfrenada.
Pero la mayoría de ellos, y también la mayor parte de todos los que conservaron el empuje y la compostura, no eran otra cosa que víctimas de una falsa vergüenza. Quien quisiera juzgar solo por los hurras y los vivas, por los discursos fanfarrones y las cancioncillas arrogantes, o incluso por el afán de distinguirse, como no pocas veces se veía al comienzo de la guerra, entendería poco de personas. Encerrados, con la manta sobre la cabeza, así oímos todos la llamada inexorable a morir. No había salida en ninguna parte, nada podía salvar de la bala del preboste.14 Entonces hicieron lo que, en semejante situación, al menos alivia el alma oprimida: ¡hicieron de la necesidad virtud! En el caos que se abría ante ellos, se agarraron a la llamada que partía del Estado Mayor y, todavía resistiéndose, ya se tambaleaban en la dirección que les señalaba la orden. Y de repente les pareció como si hubieran lanzado ellos mismos la llamada. Entonces se hizo más luz en su alma. Habían encontrado la salida anhelada. Ya no eran perros azotados a los que se entregaba contra su voluntad a la lluvia de balas; no: ¡eran héroes, defensores de la patria y de su honor! Ellos mismos habían lanzado la llamada, y así partían como paladines del derecho a la lucha santa. Lo que todavía habría impedido al individuo derramar la sangre de sus hermanos, el santo temor ante el homicidio, se desvaneció en la embriaguez del sentimiento de sí mismo recobrado y en el sentimiento de irresponsabilidad que se presenta en los movimientos de masas. En esta liberación anímica del sentimiento de la más honda humillación y degradación humanas, en este intento convulsivo de reencontrarse a sí mismos, eludieron tímidamente reconocer que no eran más que míseras víctimas de las ansias de poder ajenas, y prefirieron soñar con hazañas queridas y buscadas por ellos mismos. A comienzos del año 1917 logré revelar este proceso anímico a un pequeño círculo del público. Escribí entonces en la Internationale Rundschau (Zúrich, editorial Rascher) aproximadamente lo siguiente:15 quien nos dice, solo que con otras palabras, lo que también podemos sacar del reglamento militar, tiene que retirarse. Porque nunca podrá decirnos nada nuevo sobre la guerra. Se ha tragado al dios del Estado Mayor, y ahora este habla por su boca. Pero no se ha transformado así por simpatía ni por apetencias guerreras, sino que, cuando se vio esclavizado, retorciéndose mancillado en el suelo, y en la angustia de su corazón había perdido toda orientación, cuando se vio en la más honda vergüenza despojado de toda libertad y de los derechos humanos, entonces, para ganar un asidero cualquiera, se agarró a la consigna del opresor todopoderoso e hizo como si él mismo hubiera dado la consigna de la guerra. Ahora tenía al menos un asidero y se había librado de la vergüenza y del sentimiento de su miseria.
En el ejército, y entre los médicos, los voluntarios de guerra no disfrutaron mucho tiempo de su aureola. Pronto se encontraron entre ellos los soldados más reacios. Pronto se dejó de esperar descubrir en ellos méritos, porque con demasiada frecuencia se les oía hacer valer su alistamiento voluntario cuando se trataba de permisos, destinos, empleos en el servicio y declaraciones de enfermedad. Claro que no todos acertaban con tanta habilidad como el voluntario pequeño y de pelo negro que, tras unos días de servicio en el frente, simuló una neurosis de temblor y, para obtener un permiso, se volvió a presentar enseguida para el frente. Mientras se deliberaba sobre su dictamen, saltó sobre la mesa, bailó ante las narices de la comisión y aseguró sin cesar que al comienzo de la guerra se había alistado voluntario. El dictamen fue: permiso prolongado y empleo en la retaguardia por conducta llamativa. Que también hubo entre ellos almas nobles lo mostró otro hombre que, curado de una herida de bala, iba a recibir un permiso antes de reincorporarse. Rechazó la hoja de permiso con estas palabras: «Ahora no es momento para semejante engaño. De verdad que no me importa la guerra, de esa estamos ya todos hartos. Pero no soy capaz de dejar solos en el frente a mis amigos y camaradas».
Sobre la culpa de este pueblo solo podría juzgar quien ha estado en medio de él. ¡Cuánto más benignamente hay que juzgar, por ejemplo, a estos voluntarios de guerra que a un erudito que todavía seis semanas antes del hundimiento reclamaba con celo una paz victoriosa «porque, si no, no podríamos dominar la tuberculosis»!
¡No! Quien ha estado en medio de él absolverá a este pueblo de toda culpa por la guerra. Era menor de edad, no tenía líneas directrices ni guías. Fue arrastrado, empujado, llevado al matadero. Nadie le dijo la verdad. Sus escritores y gacetilleros estaban bajo el hechizo o a sueldo del poder militar. Desde la vergüenza de su deshonra intentó salvarse bajo la bandera de su opresor. Por vergüenza de su deshonra pasada y presente sigue hoy callando. Si hay hombres que han de prestar servicios de esclavos, que han de pasar hambre, hacer trabajos forzados, pagar y expiar, que se pida cuentas a todos los que idearon y llevaron a cabo esta obra infernal y tomaron parte en ella con premeditación. Pero al pueblo se le debe una reparación pública. Pasemos a deliberar cómo se le pueden resarcir sus daños.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la University of California digitalizado en archive.org (Adler_1919_Die_andere_Seite) y corregida con las imágenes de cada página: Alfred Adler, Die andere Seite. Eine massenpsychologische Studie über die Schuld des Volkes, Viena, Verlag von Leopold Heidrich, 1919, 16 págs. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español de la primera y única edición en vida del autor (1919), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, la cursiva (que reproduce el espaciado del original) y la paginación original. Gemeinschaftsgefühl se traduce siempre «sentimiento de comunidad», y Volk, «pueblo»; unmündig / mündig se vierte «menor de edad» / «llegar a la mayoría de edad» para conservar la imagen jurídica del original. Las adiciones del traductor van entre corchetes y las notas del traductor se señalan «(N. del T.)».
El Hofburg es el palacio imperial de Viena; el relevo diario de la Burgwache (guardia del palacio), con música militar, atraía a mucho público. (N. del T.) ↩
Klopffechter: propiamente, espadachín de feria; en sentido figurado, el polemista o agitador a sueldo. (N. del T.) ↩
El Kriegspressequartier (Cuartel de Prensa de Guerra) era la oficina de propaganda del ejército austrohúngaro, a la que estaban adscritos periodistas, escritores y pintores; en el Kriegsarchiv (Archivo de Guerra) sirvieron también muchos escritores durante la guerra. Ambos destinos libraban del frente. (N. del T.) ↩
El conde Karl Stürgkh, primer ministro austriaco, mantuvo cerrado el Consejo del Imperio (Reichsrat) desde marzo de 1914 y gobernó por decreto durante la guerra. (N. del T.) ↩
Los checos proclamaron su independencia el 28 de octubre de 1918. En enero de 1918, durante las negociaciones de paz de Brest-Litovsk con la Rusia soviética, una huelga general de masas (la «huelga de enero») estalló en Austria contra la guerra y el hambre, en buena parte al margen de la dirección socialdemócrata; es el «levantamiento de enero» que Adler menciona más adelante (pág. 10). (N. del T.) ↩
Alusión a los tratamientos coercitivos de las «neurosis de guerra», en especial las descargas eléctricas dolorosas (véase la pág. 10), con las que se pretendía hacer el hospital más penoso que el frente. (N. del T.) ↩
Enthebung: en la Austria de la guerra, exención temporal del servicio militar concedida a hombres considerados indispensables en la economía o la administración. (N. del T.) ↩
Los coribantes eran los sacerdotes de Cibeles, que celebraban sus ritos con danzas frenéticas, tambores y címbalos. (N. del T.) ↩
El 21 de octubre de 1916, el socialdemócrata Friedrich Adler (sin parentesco con el autor) mató a tiros al primer ministro Stürgkh en protesta contra la guerra y el régimen de excepción. (N. del T.) ↩
El Sokol («halcón») era una asociación gimnástica checa de orientación nacional, sospechosa para las autoridades militares austriacas. (N. del T.) ↩
El Monte Santo (en esloveno Sveta Gora), junto a Gorizia, fue escenario de combates encarnizados en el frente del Isonzo. (N. del T.) ↩
am Kerbholz haben: literalmente, tenerlo apuntado en la tarja; tener sobre la conciencia una culpa. (N. del T.) ↩
Glotzaugenkrankheit: literalmente, «enfermedad de los ojos saltones», denominación popular de la enfermedad de Basedow (bocio exoftálmico). (N. del T.) ↩
Profos: oficial encargado de la policía y de la justicia penal en el ejército; aquí, el que fusila a los desertores. (N. del T.) ↩
Se trata, al parecer, de la breve pieza «Ein Psychiater über die Kriegspsychose», firmada «A. A.», que se publicó en la Internationale Rundschau el 25 de julio de 1918 (véase en este archivo); la fecha de 1917 que da Adler no concuerda con la de esa publicación. (N. del T.) ↩