Resultados individualpsicológicos acerca de los trastornos del sueño.1
Por el Dr. Alfred Adler, Viena.
Un paciente que padecía desde hacía tiempo ataques de desmayo periódicos, mediante los cuales —como resultó del análisis— había de garantizársele el dominio sobre la familia, en particular sobre la madre, presentó durante dos noches seguidas despertares con angustia e insomnio que duraban hasta las 3. La situación del paciente era, en pocas palabras, la siguiente: en los próximos días debía emprender con su padre y su madre un viaje a Karlsbad, cuando el padre, por dificultades imprevistas, tuvo que aplazar el viaje 14 días. La noche siguiente a esta decisión el paciente se despertó con angustia, llamó a la habitación a su enfermera, que dormía al lado, y a instancias de esta acudió también pronto —como el paciente podía suponer— la madre. El paciente pidió bromuro, que había tomado durante bastante tiempo en un tratamiento anterior; tras haber estado despierto de la 1 a las 3, volvió a dormirse. Lo mismo se repitió al día siguiente. La primera noche le vino a la memoria una máquina de escribir; la segunda noche, además, la ciudad de Görz, Budweis y Gojau. Esta última la tenía por una ciudad, pero no recordaba dónde estaba. Antes había tenido un sueño del siguiente contenido: «Me parecía como si hubiéramos recibido una noticia de Karlsbad de que el hermano predilecto de mi madre había muerto allí. Me puse de luto y presumía de ello». La resolución de este sueño mostró que abrigaba el deseo de que el hermano predilecto —su hermano, que era el predilecto de su madre— muriera. Pero el traslado de la escena a Karlsbad apunta al padre, al que parece venerar idolátricamente y al que, sin embargo, desea la muerte, solo para tener para sí solo a la madre, a la que no ama. Y sin embargo, este enigma se deja comprender si se sabe que la posesión de la madre se le ha convertido en objeto de lucha, en símbolo de su dominio y de su capacidad para vivir; que desde hace muchos años cree conseguir en el dominio de la madre todo lo que no tiene, y quizá tampoco puede tener; que capta cada postergación que siente en la imagen de como si le hubieran robado a la madre. Puesto que el dominio de la madre —falta aquí todo motivo sexual— se le había convertido en símbolo de su dominio, vive en el delirio —apenas puede llamarse de otro modo— de que con la posesión de la madre podría llegar a ser soberano, emperador, Dios.
La máquina de escribir de los pensamientos de su noche de insomnio es propiedad de su hermano, que se la niega aunque él quiera usarla para hacer prácticas. Más aún, cuando el hermano viajó una vez a París, se llevó la máquina, exactamente igual que hace poco se llevó a la madre cuando fue a buscar una vivienda de veraneo. La equiparación de la máquina de escribir y de la madre viene dada, además de por el privilegio del hermano, por una comparación groseramente sexual.
No quiero afirmar que para desencadenar un ataque hagan falta siempre varias ocasiones acumuladas en el sentido de un rebajamiento; en la mayoría de los casos esta suposición resulta justificada, lo que a menudo dificulta también la visión de conjunto y la comprensión de la conexión de los ataques con sus causas desencadenantes. En nuestro caso encontramos: 1, la expectativa defraudada, el impedimento del viaje, y 2, el viaje de la madre con el hermano: dos ocasiones cuya conexión interna (como dirigidas contra la superioridad del paciente sobre el hermano predilecto) es evidente. Con ello sabemos también de qué clase le parece la preferencia por el hermano y cómo reacciona con agresión y deseos de muerte contra el hermano.
Con sus ataques anteriores, semejantes a la epilepsia, conseguía en los casos de postergación que su madre se volviera cada vez más hacia él, para, eso sí, abandonar poco después de nuevo al desagradable sujeto. Estos ataques parecen atenuados en la actualidad gracias a la comprensión del proceso patológico. Con los ataques nocturnos, acompañados de angustia, consigue lo mismo. ¡Y aún más! Su madre tiene que acudir de noche a su habitación y quedarse allí todo el tiempo que su ánimo ofendido tenga a bien. Esto significan sus pensamientos sobre la máquina de escribir, y además su angustia y el arreglo del insomnio.
Que su actitud se dirigía a atraer a los demás hacia sí se desprende también de la pequeña circunstancia de que al día siguiente pidió que también yo fuera a verle, en lugar de tener que venir él a verme a mí como de costumbre.
Otra pregunta justificada es entonces esta: ¿por qué recurrió al arreglo de la angustia? ¿Y cómo llegó a la construcción del insomnio?
La primera respuesta podemos sacarla del material del análisis de la personalidad. En la infancia solo tenía miedo de la locomotora y de su silbido, y utilizaba este miedo para obligar a la madre a acercarse a él, para refugiarse en su regazo. Por lo demás había sido siempre un chico valiente. Hay, pues, motivos para suponer que su angustia nocturna estaba relacionada con una locomotora. ¿No hemos oído que quería viajar a Karlsbad y que el hermano se había ido con la madre en tren?
La segunda noche de insomnio le vinieron a la mente, además de la máquina de escribir, Görz, en Istria, y Gojau, una ciudad cerca de Budweis, según resultó. En Görz había estado una vez, cuando viajaba de Venecia a Karlsbad para reunirse con su madre. Llegó entonces a la 1 de la madrugada a Budweis, tuvo que esperar 2 horas en la estación y siguió viaje a las 3, esta vez en un coche cama, donde se durmió, pues, a las 3. Ahora bien, este lapso de la 1 a las 3 de la madrugada era también el que había pasado con angustia en las 2 noches de insomnio. Con otras palabras: sus dos ataques eran repeticiones de su viaje a Karlsbad, y mostraba así que se había apoderado de él un estado como si ya no pudiera esperar a viajar solo con su madre a Karlsbad. Esta impaciencia se manifestaba también en su continua queja del calor, con la que parecía decir claramente: ¡tengo que irme ya de Viena!
De un lugar llamado «Gojau» al principio no podía acordarse. Cuando lo buscó, encontró que era un lugar unido a Budweis por un ramal poco frecuentado. Al doctor v. Maday le debo la indicación de la idea de muerte que aflora aquí de nuevo: este ramal termina en la estación de «Schwarzes Kreuz» [Cruz Negra].
Su despertar a la 1, es decir, a la misma hora en que esperaba insomne en Budweis el tren a Karlsbad, indica con seguridad que el paciente, durante el sueño, hacía en su mente el viaje a Karlsbad que ya había emprendido una vez sin la madre, pero que esta vez trataba de imponer su ideal de la personalidad mediante el arreglo infantil de la angustia, en conexión planificada con el insomnio: la madre tenía que acudir a su habitación. Su situación psíquica actual dice: si no tuviera que esperar (a la sumisión de la madre, a la muerte del hermano, del padre), podría viajar, como mi hermano, solo con la madre. Su deseo de ser preferido como en la infancia, cuando ella le tapaba los oídos al silbar la locomotora, recurre por eso a un recuerdo de cómo entonces, también en relación con Karlsbad, tuvo que quedarse insomne, porque mediante la angustia y el insomnio puede dominar a la madre, quizá moverla todavía al viaje.
Entre otras cosas, este caso pudo enseñarnos que las metas directrices de la idea de la personalidad no descansan tampoco durante el sueño; que pasan, por así decirlo, a actitudes corporales para rastrear, de manera preparatoria, también durante el sueño, el camino hacia el cumplimiento de la idea directriz.2 Como siempre en los estadios de mayor inseguridad, esta previsión se produce conforme a las experiencias, y con buen motivo se recurre a los recuerdos más abstractos, más próximos al núcleo de la idea, porque valen como advertencias o como acicate, no tanto por su eficacia verdadera en los peligros como porque parecen los más adecuados a toda la personalidad. Pero de algún modo tienen que poder desplegar también una eficacia real, porque de otro modo pronto se abandonarían. Ahora bien, esta valoración subjetiva no necesita en absoluto tener validez objetiva. El arreglo neurótico que se produce solo tiene que estar en el camino hacia la meta final ficticia del nervioso. En el caso anterior basta con que el paciente vea subir con ello su cotización en el marco de su entorno. Ha obligado a la madre, contra su voluntad, a ponerse a su servicio: esta es la representación realizada actual de su antigua idea de divinidad o, como en este caso, de su antiguo delirio imperial. (Desde aquí comprendemos también las ideas delirantes de los epilépticos y de otros psicóticos, que con tanta frecuencia quieren ser emperadores, como abstracciones más fuertes conforme a la ficción directriz originaria.)
El caso siguiente puede enseñarnos que también la vanidad insatisfecha puede llevar al insomnio por una tensión más fuerte de la función del pensamiento. A Milcíades no le dejaban dormir los laureles de Temístocles3, y en efecto el insomnio por ambición insatisfecha no es raro.
Espero que este caso no pierda interés si comunico que en él un médico se sometió a sí mismo a un análisis. Dio motivo a este análisis el siguiente suceso, que el autor cuenta de este modo:
«Con ocasión del terrible naufragio del Titanic pude observar claramente en mí mismo la conmoción. En mis horas libres me encontraba a menudo conversando sobre la catástrofe, y sobre todo era una pregunta la que yo retomaba una y otra vez: si no se habría podido encontrar, a pesar de todo, un medio para salvar a los que se hundían.
Una noche me despierto. Como buen psicólogo, me hago la pregunta: ¿por qué yo, que suelo dormir bien, me he despertado esta vez? No encontré ninguna respuesta satisfactoria; antes bien, poco después me sorprendí reflexionando afanosamente cómo se habría podido salvar a los que se hundían con el Titanic. Poco después —eran las 3— me dormí.
La noche siguiente me desperté de nuevo. Miré el reloj: eran las dos y media. Fugazmente me vinieron a la mente las demás teorías del insomnio; entre otras cosas, recordé también la opinión de un autor según la cual, una vez acostumbrado uno a despertarse durante el sueño, fácilmente vuelve a despertarse a la misma hora. Pero de pronto supe intuitivamente qué pasaba con mi despertar. A las dos y media se había hundido el Titanic. Yo había hecho la travesía en sueños, me había identificado con la terrible situación del naufragio y me había despertado, pues, ya dos noches, a la hora en que se hundió el barco.
También la segunda noche mis pensamientos tomaron la dirección de encontrar un medio por el que uno pudiera salvarse en semejante situación, a sí mismo y a los demás. Casi al mismo tiempo adiviné que aquí actuaba el intento preventivo y preparatorio de un aseguramiento, destinado a servir por igual a la prudencia y a la ambición. Comprendí también sin más que el viaje a América —una vieja meta de mis anhelos— simbolizaba de manera ingeniosa la lucha por mi representación científica. Y lo mismo que en la vigilia, así hacía también en el sueño. Andaba en busca de un medio de salvación, y producía la situación más palpable para armarme y movilizarme para la defensa: ¡identificación con el peligro más grave, y reflexión!
Fácil era también comprender que esta manera de reaccionar ante los peligros que amenazaban a mi persona y a mis allegados tenía que ser mi actitud personal. Y pronto encontré la conexión.
Yo soy médico. Forma parte, pues, de mis obligaciones encontrar un remedio contra la muerte. Pero con ello me hallaba ya en terreno conocido. La lucha contra la muerte figuraba, en efecto, entre los impulsos más fuertes de mi elección de profesión4. Como tantos otros médicos, también yo me hice médico para vencer a la muerte.
De la historia de mi infancia recuerdo varios sucesos en los que la muerte me pareció cercana. Así, a raíz de un raquitismo, además de una dificultad de movimiento, había contraído esa forma atenuada de espasmo de glotis que más tarde, como médico, encontré a menudo en los niños: al llorar se produce un cierre de la glotis, de modo que un estado de ahogo y afonía interrumpe el llanto, hasta que, al ceder el espasmo, el llanto prosigue. El estado de ahogo que entonces se produce es sumamente desagradable, como sé por mi recuerdo; yo no debía de tener aún dos años. El miedo exagerado de mis padres y la preocupación del médico de cabecera no se me habían escapado y me llenaban, aparte de lo penoso del ahogo, de un sentimiento que hoy calificaría de sentimiento de desasosiego y de inseguridad. Recuerdo además que un día, poco después de uno de esos accesos de sofoco, me puse a pensar cómo podría, puesto que hasta entonces ningún remedio había surtido efecto, librarme de aquel molesto padecimiento. Por qué camino llegué a ello, si la sugerencia vino de fuera o si urdí yo solo la idea, no sabría decirlo: decidí dejar por completo de llorar, y cada vez que sentía el primer impulso de llanto me daba una sacudida, me contenía, y el sofoco desaparecía. Había encontrado un remedio contra el padecimiento, quizá también contra el miedo a la muerte.
Poco tiempo después, cuando yo había cumplido tres años, se me murió un hermano menor. Creo haber comprendido el significado de la muerte; estuve con él casi hasta su fin, y cuando me enviaron a casa de mi abuelo supe que no volvería a ver al niño, que lo enterrarían en el cementerio. Mi madre vino a recogerme después del entierro para llevarme a casa. Estaba muy triste y llorosa, pero sonrió un poco cuando mi abuelo, para consolarla, le dijo unas palabras en broma que probablemente debían remitirla a la bendición de más hijos. Durante mucho tiempo no pude perdonar a mi madre aquella sonrisa, y de este rencor puedo concluir, sin duda, que yo era muy consciente del espanto de la muerte.
A los cuatro años caí dos veces bajo un coche. Solo recuerdo que me desperté con dolores en un diván, sin saber cómo había llegado allí. Debí, pues, de desmayarme.
A los cinco años enfermé de una pulmonía y el médico me desahució. Un segundo médico propuso, sin embargo, un tratamiento, y en pocos días estuve sano. En la alegría por mi curación se habló todavía durante mucho tiempo del peligro de muerte en que al parecer me había encontrado; desde entonces recuerdo haberme imaginado siempre mi futuro como médico, es decir, me fijé una meta de la que podía esperar que pusiera fin a mi angustia infantil, a mi miedo a la muerte. Está claro que esperé de esta elección de profesión más de lo que podía dar: vencer a la muerte, al miedo a la muerte, eso no habría debido esperarlo en realidad de obras humanas, sino solo de obras divinas. Pero la realidad obliga a actuar. Y así me vi forzado, en el cambio de forma de la ficción directriz, a modificar mi meta hasta que pareció satisfacer a la realidad. Así llegué a la elección de la profesión médica, para vencer a la muerte y al miedo a la muerte.5
Por la fantasía de elección de profesión de un muchacho algo retrasado, que se había formado sobre impresiones semejantes —muerte de una hermana y enfermedades en la primera infancia, trato con la muerte—, supe que aquel muchacho había decidido hacerse sepulturero para, como él decía, enterrar a los demás y no ser enterrado él mismo. El pensamiento rígidamente antitético de este muchacho, más tarde neurótico —arriba o abajo, activo o pasivo, martillo o yunque, flectere si nequeo superos, Acheronta movebo!6—, no admitió posibilidades intermedias; su pueril ficción salvadora derivó, en lo accesorio, hacia lo contrario.
De aquella época de mi elección de profesión, hacia los cinco años, data la siguiente vivencia: el padre de un compañero de juegos me preguntó qué quería ser. Respondí: «¡Doctor!». El hombre, que quizá había tenido malas experiencias con los médicos, replicó: «¡Entonces habría que colgarte enseguida de la farola más próxima!». Naturalmente —precisamente a causa de mi idea reguladora— esta observación me dejó del todo indiferente. Creo que pensé entonces que quería ser un buen médico, al que nadie tuviera por qué ser hostil.
Poco después entré en la escuela primaria. Mi recuerdo me decía que, camino de la escuela, tenía que atravesar un cementerio. Cada vez sentía miedo, y veía con gran desagrado cómo los demás niños recorrían tranquilamente el camino del cementerio, mientras yo ponía un pie delante del otro con angustia y horror. Aparte de lo insoportable de la angustia, me atormentaba la idea de ser inferior a los demás en valor. Un día tomé la resolución de acabar con aquel miedo a la muerte. Como medio volví a elegir el endurecimiento. (¡Cercanía de la muerte!) Me quedé un trecho por detrás de los otros niños, dejé la cartera en el suelo junto a la tapia del cementerio y crucé el cementerio corriendo, de ida y vuelta, una docena de veces, hasta que creí haberme hecho dueño del miedo. Creo que después recorrí el camino sin angustia.
Treinta años más tarde me encontré con un antiguo compañero de escuela, con quien intercambié recuerdos de la escuela primaria. Se me ocurrió que aquel cementerio ya no existía, y pregunté qué había sido del cementerio que tantas molestias me había causado. Mi antiguo compañero, que había vivido en aquel barrio más tiempo que yo, me respondió sorprendido que en el camino de nuestra escuela nunca había habido un cementerio. Entonces reconocí que la historia del cementerio era un ropaje poético de mi anhelo de vencer el miedo a la muerte. Debía mostrarme, como en otras situaciones de la vida, que se podía vencer a la muerte y al miedo a la muerte, que tenía que haber un remedio, y esto actuaba como una vigorosa exhortación de que yo podría lograr encontrar, en situaciones difíciles de la vida, semejante remedio contra la muerte. Así luché contra mi miedo infantil, así me hice médico y así sigo cavilando todavía hoy sobre problemas que me atraen conforme a esta peculiaridad psíquica, como sucedió en grado eminente con la catástrofe del Titanic.7
Sí, mi ambición está tan fijada por esta ficción directriz, la de vencer a la muerte, que otras metas apenas pueden espolearla. Más bien puede dar fácilmente la impresión de que en la mayoría de las relaciones de la vida me faltara ambición. La explicación de esta double vie8, de esta escisión de la personalidad, como la llamarían los autores, está en que la ambición no representa más que un medio, no un fin, de modo que unas veces se la utiliza y otras se la deja a un lado, según que la meta que se tiene presente se alcance más fácilmente con este rasgo de carácter o sin él.»
Este pequeño análisis, que se hizo mientras se redactaba mi libro, nos muestra la misma dinámica que he descubierto en la psique sana y en la enferma. El despertar nocturno resulta ser un símbolo, una comparación de la vida, en la que se reflejan el pasado (inseguridad), el presente (peligro frente a hombres sin escrúpulos), el futuro (búsqueda de un remedio) y la meta directriz (ser el vencedor de la muerte).
El dormir puede considerarse como una abstracción. Su finalidad sería dar descanso al pensamiento de vigilia, al pensamiento consciente socialmente necesario y, por tanto, socialmente adaptado, y a la vez también a los órganos de los sentidos, que median socialmente y van más allá de la propia esfera corporal. En el dormir, la vida corporal y anímica queda entregada a las disposiciones ya hechas de la psique, que proceden de tiempos anteriores y fueron ejercitadas. Estas recogen los movimientos anímicos del día anterior y los llevan adelante hacia la meta indicada en ellos. Restos de procesos de pensamiento conscientes, el sueño, reflejan de manera alucinatoria estos movimientos anímicos en curso. Pero el sueño, que solo acompaña y nunca causa la acción como pensamiento onírico —para lo cual sería casi siempre inadecuado por su modo de expresión demasiado abstracto y fragmentario—, no tiene la tarea de ser comprensible. Allí donde se vuelve comprensible, donde prepara acciones o parece prepararlas, donde impulsa, disuade o amonesta, ha entrado en él una tendencia preparada individualmente. Lo mismo donde se recuerda o se olvida, pudiendo el recuerdo o el olvido corresponder a la misma tendencia.
La perturbación del dormir obedece a la misma tendencia. El insomnio se protege como prueba de enfermedad, como en nuestro primer caso, en cuanto resulta ser el medio más útil para imponer la propia superioridad, la propia voluntad. Las quejas de tales pacientes, en aparente contradicción con nuestra exposición, solo sirven para hacer subir la cotización de este síntoma. El despertar se produce en estos casos por un arreglo planificado, aunque haya permanecido inconsciente, por susto, dolor o por un acto de arbitrariedad subyacente que no se reconoce. Los sueños que lo acompañan indican a menudo, en analogías, la fuente de la que la tendencia neurótica ha sacado deliberadamente, o ha reforzado falseándola, la sensación de inquietud ante un problema inminente. Que los sueños pueden ser en ello irrelevantes o faltar lo muestra el segundo caso descrito. Según el material allí expuesto, podríamos considerar su insomnio pasajero en el sentido de una gran confianza en sí mismo, para la que el pensamiento en vigilia significa una instancia infalible. La ausencia de sueños en las cuatro noches no tiene —según indica— nada de extraño. Desde que está algo familiarizado con las cuestiones de la interpretación de los sueños, los sueños se le han vuelto sumamente raros, probablemente porque han perdido valor e importancia por la mayor disposición a la acción de nuestro colega.
En el primer caso se reconoce claramente la peligrosa dirección de llegar, en el daño a sí mismo (neurosis epiléptica), hasta la muerte, para hacer realidad una idea vaga. El insomnio pasajero aparece como una etapa en este camino, lo mismo que los antiguos ataques de pérdida del conocimiento, que habían ido acompañados de fuertes lesiones traumáticas. El curso de este caso no es lo bastante transparente, pero no debe callarse, como indicación del papel de la epilepsia genuina y de la epilepsia afectiva. En el tratamiento psicoterapéutico los ataques resultaron interpretables, pudieron predecirse y atenuarse, quizá también restringirse. Antes, los ataques, que se presentaban aproximadamente cada 14 días, no se habían producido mientras estuvo un mes en observación para decidir sobre una trepanación. En mi tratamiento, pues, solo se había conseguido una atenuación de los ataques y, además, un modo de ser más libre y un carácter más tratable. Poco antes de que abandonara mi tratamiento por su propia voluntad y por obcecación, pude mostrar al paciente que trabajaba con intención inconsciente en una perturbación de la función gástrica. Unos días después enfermó de una ictericia prolongada. No dispongo de más hallazgos por observación propia. Supe de segunda mano que en lo sucesivo tuvo varias veces ataques de ira, que presentó delirios de corta duración en los que representaba el papel de emperador (tal como yo lo había conocido por sus fantasías inconscientes como su símbolo de superioridad), y que en un breve ataque de ira, no en un status epilepticus, habría muerto de insuficiencia cardíaca aproximadamente medio año después de terminar mi tratamiento.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de Fortschritte der Medizin 31 (1913), n.º 34, 21 de agosto de 1913, págs. 925-933 (Internet Archive). El autoanálisis del «médico» (págs. 928-931) se reimprimió como extracto en Heilen und Bilden (1914) con el título «Ein Beitrag zur Psychologie der ärztlichen Berufswahl» [Contribución a la psicología de la elección de la profesión médica], que tiene su propia página en este archivo; la traducción de ese pasaje sigue aquí la publicada allí, ajustada al texto de 1913. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Adler lo reimprimió en Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual], Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XIII, págs. 119-126; allí lleva la indicación (1912.) (reimpresión no cotejada); véase la página del libro.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor y la paginación original. Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (Arrangement, arreglo; Persönlichkeitsideal, ideal de la personalidad; leitende Fiktion, ficción directriz; Sicherung, aseguramiento). Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
Conferencia pronunciada el 30 de mayo de 1912. ↩
Adler, Über den nervösen Charakter [Sobre el carácter nervioso], J. F. Bergmann, Wiesbaden 1912, y «Traum und Traumdeutung» [Sueño e interpretación de los sueños], Oesterr. Ärztezeitung 1913. ↩
Plutarco, Vida de Temístocles, 3: es Temístocles quien decía que no le dejaban dormir los trofeos de Milcíades; Adler invierte los nombres. (N. del T.) ↩
Véase en la colección de próxima aparición «Arzt und Erzieher» [Médico y educador], Múnich, E. Reinhardt, Dr. Kramer, «Ueber Berufswahl» [Sobre la elección de profesión]. ↩
Sobre el significado de la muerte para el filosofar, véase P. Schrecker, Bergsons Persönlichkeitsphilosophie [La filosofía de la personalidad de Bergson], E. Reinhardt, Múnich 1912. ↩
«Si no puedo doblegar a los dioses de arriba, moveré el Aqueronte» (Virgilio, Eneida, VII, 312); Freud la había puesto como lema de La interpretación de los sueños (1900). (N. del T.) ↩
Otro modo de vencer el miedo a la muerte en el «Siegfried» de Wagner: «Por el fin de los dioses no me aflige la angustia, desde que mi deseo lo quiere». Sobre este mecanismo psíquico, que he descrito como característico de la neurosis obsesiva (ficción del libre albedrío, sustitución de una coacción ajena por la propia, etc.), véase también Furtmüller, «Ethik u. Psychanalyse» [sic; Ética y psicoanálisis], E. Reichardt [sic], Múnich 1912. ↩
En francés en el original: «doble vida». (N. del T.) ↩