IV.
Sifilidofobia.
Contribución al significado de las fobias y de la hipocondría en la dinámica de la neurosis.
Por el Dr. Alfred Adler, Viena.
Rara vez se me presenta un caso de neurosis que no deje traslucir de forma marcada líneas de pensamiento propias del miedo a la sífilis. Unas veces este síntoma está en primer plano y a menudo es el único por el que el paciente acude al médico; otras se entreteje de las maneras más diversas con un sinnúmero de otros síntomas. En su mayoría son pacientes que todavía no han pasado ninguna infección. Pero también neuróticos antes infectados muestran a veces una fobia de este tipo, aunque con más frecuencia la sustituyen por el miedo a la gonorrea, a las ladillas y a los parásitos, o a la tabes y la parálisis, o tiemblan por el destino de sus hijos, que aún tardarán mucho en nacer. Siempre se adhiere un interés enorme al complejo de la sífilis; persiguen este tema de palabra y por escrito, y no pocas veces se encuentra también que esta atención se manifiesta en dibujos y pinturas.
Que los fóbicos y los hipocondríacos son precavidos sería una verdad de Perogrullo, y no valdría la pena hablar de ello si no compartieran este rasgo de carácter con todo neurótico. Un análisis detenido de estos estados puede enseñar fácilmente a cualquiera que los síntomas fóbicos e hipocondríacos poseen una aptitud excelente para asegurar a su portador frente a un peligro, más aún, que la precaución en nuestro sentido parece casi superflua, ya que puede ser sustituida por completo por la fobia.
Así surgen aquellos cuadros cuya resolución y comprensión plantean tan grandes exigencias al neurólogo. Como la fobia nace de la tendencia a la seguridad y protege al paciente más que suficientemente, este bien puede permitirse el lujo de cometer imprudencias. En efecto, todo sifilidófobo puede aportar pruebas de lo imprudente que es capaz de ser. Steckel [sic] ha señalado brevemente esta «bipolaridad» en sus Nervöse Angstzustände [Estados nerviosos de angustia] (Urban y Schwarzenberg, Berlín y Viena, 1908). Pero con ello ni siquiera se insinúa aún la conexión psíquica de esta «ambivalencia voluntaria», como diría Bleuler. Reside en la dinámica del hermafroditismo psíquico con subsiguiente protesta masculina, y la instancia controladora, por así decir espectadora («sen- timental», en el sentido de Schiller),1 de la vida anímica neurótica cae bajo la impresión: «¡Tan imprudente puedo ser! ¡No conozco límites! ¡Así que cuidado!». Este es el impulso anímico apremiante del fóbico, que este hace surgir regularmente, ya sea que recuerde imprudencias cualesquiera, ya sea que, lo cual resulta sin duda más significativo, las arregle.
A este arreglo neurótico pertenece, por ejemplo, la aversión permanente u ocasional a las medidas de protección. Como explicación de esta «ligereza» se oyen siempre los mismos aparentes despropósitos: «¡Las medidas de protección no sirven para nada!». — O bien: «No soy capaz de usar un condón». Y otras cosas por el estilo.
No se trata de negar que estas objeciones del neurótico aparentemente ligero tengan cierta justificación. ¡Pero esta justificación debería valer para todos! Y, en efecto, se convence uno fácilmente de que el sifilidófobo de esta categoría también puede obrar de otro modo, de que también es capaz de emplear medidas de protección.
En esta conducta reside el mismo sentido que he descrito repetidamente en mis trabajos anteriores (en esta revista y en la «Disposición a la neurosis», Jahrbuch Bleuler-Freud, 1910): el paciente juega con el peligro, corre tras sus bofetadas, solo para envolverse tanto más firmemente en su red de seguridad, para ponerse ante el alma con toda crudeza los peligros del mundo exterior y su propia inferioridad. Un paciente que vino a tratarse conmigo por otros síntomas nerviosos poco después de contraer la lúes expresó esta relación con las palabras: «Solo desde que he enfermado de lúes me siento aliviado de mi neurosis. ¡Hace diez años que esperaba esta infección con miedo y angustia!».
La mayoría de los sifilidófobos, sin embargo, avanzan con su tendencia a la seguridad directamente contra el peligro de infección. Se aseguran en todos los terrenos, próximos o remotos, relacionados con la posibilidad de infección; evitan incluso los contactos, beber de vasos ajenos, se apartan de las reuniones y solo pueden usar su propio retrete. Al círculo más amplio de sus salvaguardias pertenecen la masturbación, la eyaculación precoz, las poluciones y la impotencia psíquica. También ciertos rasgos de carácter se refuerzan sin medida. Así la avaricia. Con ello el camino hacia la mujer se les hace sumamente difícil. Su estética y sus principios éticos alcanzan una medida inquietante; sus ojos, oídos y narices olfatean por todas partes inmundicia y defectos. Las muchachas sifilidófobas coquetean a menudo sin cesar, pero retroceden ante el amor y el matrimonio como los pacientes masculinos. Por el olor, por la falta de limpieza, por la inconstancia, la mendacidad —porque los hombres no llegan puros al matrimonio—: así rezan los correspondientes intentos de explicación. No raras veces se oye a muchachas el temor de ser infectadas por el marido en el matrimonio. Otras salvaguardias de tales mujeres son la frigidez, y de tales hombres y mujeres, la homosexualidad y las perversiones.2
Cuando en el análisis se ha llegado hasta estas conexiones y el paciente entiende su miedo a la sífilis como una forma de cubrirse las espaldas, como una excitación alucinatoria que casi le pone ante los ojos la última consecuencia de un paso irreflexivo, a saber, la inminente aparición de la infección,3 la sifilidofobia remite en muchos casos. Una curación radical de la neurosis —y en muchos casos hay que llegar hasta el final del esclarecimiento— exige una comprensión más profunda de los hechos e impulsos fundamentales inconscientes. Los resultados finales de un análisis así son los siguientes:
La sifilidofobia nunca es la única forma de salvaguardia, sino que coopera regularmente con todas o la mayoría de las tendencias neuróticas a la seguridad. (Véase sobre el carácter neurótico los cuadernos 1 y 2 de este Zentralblatt: «El tratamiento psíquico de la neuralgia del trigémino».)
Todas las tendencias a la seguridad se inician con el fenómeno de las expectativas angustiosas.
La expectativa angustiosa resulta del sentimiento de inferioridad y de inseguridad, que se adquiere en la etapa de la infancia por la inferioridad orgánica y por el miedo a un papel permanentemente femenino, y que en el desarrollo posterior se retiene en su mayor parte en lo inconsciente.
He expuesto las formas de esta dinámica neurótica en mis contribuciones a esta revista; se refieren a los diversos intentos de una protesta masculina frente a la sensación de un papel femenino y remiten a una oposición que se expresa, literal y figuradamente, en las relaciones de «abajo y arriba».
Entre las tendencias a la seguridad destaca con especial claridad en los sifilidófobos el miedo a la mujer. En los antecedentes se encuentran madres o padres fuertes, de índole masculina, cuya talla sobrehumana ha pesado sobre el niño y ha sido en parte culpable de su neurosis. Los hijos degenerados de hombres geniales constituyen el caso de manual. El neurótico se ayuda con la desvalorización del hombre y de la mujer para escapar al sentimiento de su propia inferioridad.
Con igual claridad aparece un afán de limpieza llamativamente exagerado, que también reside en la tendencia a la seguridad y se manifiesta a menudo en la compulsión de lavarse, el miedo a las manchas, la suciedad y el polvo. Que con ello se dé a las funciones intestinales y urinarias un carácter francamente ritual, apareciendo no raras veces el estreñimiento como signo del afán de limpieza, está en la misma línea. Son frecuentes las manifestaciones de inferioridad orgánica del aparato intestinal y urinario (hemorroides, fisuras, hipospadias, enuresis y enfermedades de ambos aparatos en los antecedentes), y sus expresiones se conservan en el recuerdo como huellas aterradoras.
La actividad de la fantasía rodea continuamente —en correspondencia con la atención despertada y orientada tempranamente— los problemas de la enfermedad, de la muerte, del embarazo y del parto (también en los hombres), se adhiere a erupciones, manchas, hinchazones, y los emplea de modo simbólico, lo mismo que las líneas de pensamiento sobre la castración y la pequeñez del pene. La sensación de una masculinidad no alcanzada, que nunca puede completarse del todo, provoca compensatoriamente exageraciones desmedidas de impulsos dominantes, sádicos y eróticos.
Una desconfianza sumamente agudizada, el afán perpetuo de descubrir defectos en los demás, está en conexión con la tendencia a la desvalorización (véanse los cuadernos 5 y 6 de este Zentralblatt: «Contribución a la doctrina de la resistencia») e impide toda relación amistosa y erótica duradera. Otra dificultad vital la crea la duda heredada de la infancia, nacida originariamente del sentimiento de inferioridad, la forma más destacada de la inseguridad originaria.
De vivencias como las que están al alcance de cualquiera, los sifilidófobos sacan su convicción de su erotismo que todo lo desborda. Esta convicción pesa sobre sus decisiones, provoca la fobia y la intensifica continuamente. Si esta no basta del todo para asegurar al paciente, se llega a la impotencia psíquica o a otras salvaguardias. No pocas veces se añaden otras fobias, como la agorafobia, la eritrofobia, etc., y otros fenómenos histéricos, neurasténicos y obsesivos, que incapacitan al paciente para la vida social a fin de protegerlo del amor y del matrimonio. Una vez observé una combinación con estornudos espasmódicos, en la que el paciente se comportaba como el protagonista de Auch Einer [También uno] de Vischer,4 sin haber conocido esa novela.
Las muchachas sifilidófobas se muestran plenamente en la actitud masculina. (Véase mi trabajo en el cuaderno 4 de esta revista.) La desvalorización del hombre alcanza en ellas la misma intensidad que la de las mujeres en los fóbicos masculinos.
El significado de la fobia como salvaguardia se aclara por completo en aquellos casos en que el paciente, por lo general cuando ha de tomarse en serio el casarse, nota falsamente en sí un exantema o, más a menudo, un flujo gonorreico, y emprende la huida. A menudo se comprueban signos de inferioridad orgánica, como conductos parauretrales, fimosis, pene pequeño, criptorquidia o testículos pequeños, labios menores agrandados.
El análisis da, como tantas veces en la psicología de las neurosis, una explicación diametralmente opuesta al punto de vista del paciente. El paciente declara que teme la lúes y que por eso se guarda del comercio sexual. Nosotros podemos demostrarle: teme a la mujer (o, en su caso, al hombre) y por eso arregla la sifilofobia. Siempre se impone la tendencia a la lucha contra el otro sexo, y puede rastrearse hasta la más temprana infancia. Ya he señalado el uso literario y científico de este problema (Schopenhauer, Strindberg, Moe- bius, Fliess, Weininger) y solo quiero llamar brevemente la atención sobre la ubicuidad de esta fobia a la mujer en la poesía y en la pintura. Por la nitidez con que plantea el problema me ha llamado además la atención el poeta Georg Engel (Die Furcht vor der Frau [El miedo a la mujer] y Der Reiter auf dem Regenbogen [El jinete sobre el arco iris]), así como el trabajo, rico en ideas, de Philipp Frey, Der Kampf der Geschlechter [La lucha de los sexos].5
Schopenhauer se expresa así en los Aforismos sobre la sabiduría de la vida: «Juntos (el principio caballeresco del honor y la enfermedad venérea) han envenenado el νεικος και φιλια [odio y amor] de la vida. La enfermedad venérea, en efecto, extiende su influencia mucho más lejos de lo que podría parecer a primera vista, pues esta no es en modo alguno solo física, sino también moral. Desde que el carcaj de Amor lleva también flechas envenenadas, ha entrado en la relación de los sexos entre sí un elemento extraño, hostil, incluso diabólico, a consecuencia del cual la atraviesa una desconfianza sombría y temerosa; y la influencia indirecta de un cambio así en el fundamento de toda comunidad humana se extiende, más o menos, también a las demás relaciones sociales; — —». No hacemos agravio al ojo escrutador del gran filósofo si relacionamos también su relación «hostil» con la mujer con su impulso hostil originario contra su madre fuerte. Que Schopenhauer responde también en los demás puntos a nuestra descripción del sifilidófobo es cosa sabida por todos. Quiero destacar su temblor y su asombro ante el poder del instinto sexual, su hipersensibilidad, su desconfianza y su muy marcada tendencia a la desvalorización del hombre y de la mujer. No en vano puso a su perro el nombre de «Mensch» [Hombre]. Su negación de la vida es negación del instinto sexual en el mismo sentido que la sifilidofobia. El motivo es el mismo que en nuestros neuróticos: la lucha contra la mujer fuerte, el miedo a la mujer, el miedo a quedar «abajo». — August Strindberg, uno de los más fuertes protestatarios masculinos, escribe en el Libro del amor sobre las armas del amor: «¿Con qué armas puede defender mejor la mujer su pequeña persona, para no quedar debajo de él y perderse?». Remito al respecto al miedo neurótico de los hombres a la mujer que está «arriba», y al deseo secreto de todas las mujeres nerviosas de estar arriba, de lo que ya se ha hablado a menudo en estas páginas.
Quiero mencionar todavía una serie de pinturas que han brotado de la misma dinámica psíquica. El impulso que se hace visible en ellas remite tan claramente al miedo a la mujer que no nos extrañará volver a encontrar todos los problemas del fóbico expuestos arriba. Más claramente en las representaciones simbólicas y estilizadas. Un sinnúmero de obras, a menudo de las más espléndidas, siguen el motivo de Campaspe,6 de Dalila o de Salomé y, a una consideración superficial, a menudo solo representan el triunfo abstracto o el poder del amor; o bien el problema está reducido hasta el punto de que solo las medidas espaciales (mujer grande — hombre pequeño, la mujer arriba — el hombre abajo) indican el miedo a la mujer.
Es fácil adivinar que el motivo de la Virgen se presta muy bien a ello. Entre las reacciones a este miedo originario tampoco falta la desvalorización de la mujer en el arte, ejercido predominantemente por hombres.7 Pero lo decisivo es que, como en el fóbico, pueden establecerse series enteras de cuadros, tomados de uno o de varios artistas, que presentan casi todas las tendencias a la seguridad indicadas arriba. Muy llamativa es la amplia producción de estos problemas en Rops, y la identidad con los problemas del neurótico no necesita más prueba si recomendamos a la consideración los siguientes cuadros: «La dame au pantin», «Sphinx», «Pornokrates», «Cocottocratie», «Alcohólica», Mors syphilitica. Suena como el texto de estos cuadros, y describe la sensación del sifilidófobo, cuando Baudelaire proclama: «No puedo imaginarme una belleza sin una desgracia unida a ella». Y en Las flores del mal:8
Caminas sobre muertos, Belleza, y te burlas de ellos;
el espanto has elegido como tu adorno más hermoso,
te cuelgas como alhaja preferida el crimen y el horror,
que, ostentoso y reluciente, nos habla de tu orgullo.
Eres el instante que, ondeando, se nos escapa volando;
eres la llama, tal como crepita y se apaga.
El hombre que, ardiente, abraza un hermoso cuerpo de mujer
es igual al moribundo que abraza su propia tumba.9
El artista está hecho, como ya se ha destacado a menudo de modo semejante, de una materia emparentada con la del neurótico. Su inseguridad, derivada de lo orgánico, lo acompaña durante toda la vida; nunca y en ninguna parte se siente del todo en casa; su vacilación ante la acción, ante el examen, el miedo escénico y el miedo a no llegar al final son una salvaguardia llevada demasiado lejos, igual que el retroceso del neurótico en su vértigo de las alturas o en su agorafobia, igual que su temblor ante el triunfo masculino más fuerte, ante el amor. No es la altura lo que asusta, sino la profundidad, y mientras su avidez lo arrastra hacia «arriba», tiembla ante el «abajo». La sifilidofobia es un pequeño fragmento de la tendencia a la seguridad que ha de proteger del «abajo» y por eso lo pinta con tintes espantosos.10
En la práctica se presentan, según mi experiencia, sobre todo cuadros como los siguientes, que a la luz de lo anterior son fáciles de penetrar:
I. Un fabricante recién casado, que vive con su esposa en feliz matrimonio, viene con la queja de que desde hace unos días le atormenta sin interrupción el miedo a contraer la lúes. No puede dormir ni trabajar; teme dormir en el lecho conyugal, besar a su mujer o usar su cuarto de baño, para no poner también en peligro a su esposa. Al preguntarle con más detalle resulta que, poco antes de estallar su fobia, había besado a una muchacha desconocida en el tren. La curación se produjo tras dos conversaciones en las que se le hizo ver al paciente que con la sifilidofobia quería asegurarse frente a nuevas escapadas. — La disposición, probablemente, apenas habrá sido influida por ello. —
II. Sueño de una cura más larga de un estudiante de medicina que padecía representaciones obsesivas y poluciones frecuentes.
«Soñé que estaba presente en el sitio de Viena por los turcos y esperaba la derrota y la huida de los turcos. En el sueño sabía a qué hora tenían que aparecer los turcos derrotados en escena; lo había leído, en efecto. Para hacer algo más, tomé un fusil y quise capturar, con ayuda de algunos compañeros, a Kara Mustafá en su huida. A la hora fijada apareció Kara Mustafá con varios otros sobre caballos negros. Mis compañeros salieron corriendo. Me vi solo frente a un poder gigantesco, quise también darme a la fuga y recibí un disparo en la médula espinal. Sentí cómo me moría».
La interpretación da, como intento de pensar por anticipado en el sueño, pensamientos sobre la adquisición de una lúes y su desenlace, tabes y muerte. Las ocurrencias versaron sobre turcos, media luna, demi-monde (Halbwelt).11 Lo que el soñante, un joven estudiante de medicina, conocía por el libro se refería al momento de la aparición del exantema. El jinete sobre el caballo negro («Es el sombrío Tánatos») es la muerte. El disparo en la espalda significa, además de la tabes, sufrir un papel femenino frente a un hombre (¡un agujero más!), frente a lo cual el intento de protesta masculina está en el gesto de empuñar el fusil. Finalmente, la protesta masculina se impone dando el rodeo de la precaución: ¡lejos de las prostitutas! Es decir, lejos de aquellas mujeres que eran casi las únicas que entraban en consideración para el paciente. Y otro pensamiento de protesta: ¡muchas mujeres, turcos, harén! — Una tendencia a la seguridad semejante muestra el segundo sueño que analicé en «Sueños de una prostituta» (Zeitschrift für Sexualwissenschaft, 1908, cuaderno 2). También Lenau trata el mismo problema del mismo modo en su «Advertencia en sueños»:
«Ya no se ve casa alguna;
con mirada muy turbada
solo ve tumbas en torno
y graves cruces que asienten.
Entonces ella se vuelve a la luz de la luna
para su curación de tormento:
con rostro gris y desvaído
lo abraza — la corrupción». —
Prescindo aquí de análisis más detallados. Donde un paciente muestra sifilidofobia, puede tenerse la seguridad de que detrás se hallará el miedo a la mujer, o en su caso al hombre, y la mayoría de las veces a ambos.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número completo del Zentralblatt für Psychoanalyse 1 (1910/11), H. 9, págs. 400-406, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. Reimpreso en Geschlecht und Gesellschaft 8 (1912/13), H. 2. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Adler lo reimprimió en Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual], Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XI, págs. 106-112; allí lleva la indicación (1911) (reimpresión no cotejada); véase la página del libro.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original, las notas del autor y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Alusión a la oposición de Schiller entre poesía «ingenua» y «sentimental» (Über naive und sentimentalische Dichtung), en la que lo «sentimental» designa la conciencia reflexiva que se contempla a sí misma. (N. del T.) ↩
En la perversión, como ya he expuesto a menudo en otro contexto, puede descubrirse un doble modo psíquico. 1. La perversión, por lo general masoquismo, para encadenar a la pareja mediante la propia sumisión. Es decir, seudomasoquismo. O bien 2. la perversión como grado extremo de sumisión, para librarse de la pareja, para asustarse y huir de otras parejas, de la unión conyugal, etc. A continuación —como desquite— a menudo manifestaciones y fantasías sádicas, o asco. ↩
Las excitaciones alucinatorias que se apoderan de la última consecuencia y anticipan el resultado final de una infección bajo la forma de tabes, parálisis, dolor de cabeza y falta de memoria constituyen a menudo el estado hipocondríaco. ↩
Friedrich Theodor Vischer, Auch Einer (1879), cuyo protagonista padece ataques de estornudos y libra una guerra cómica contra «la perfidia del objeto». (N. del T.) ↩
Wiener Verlag, 1904. ↩
Campaspe, la amante de Alejandro, cabalgando sobre Aristóteles. ↩
Aquí reside evidentemente una de las causas de la superioridad del hombre en el arte: que el problema quizá de mayor alcance de la pintura y la escultura procede de los impulsos psíquicos del hombre. ↩
Se traducen los versos alemanes que cita Adler (versión de la «Hymne à la Beauté» de Baudelaire), no el original francés. (N. del T.) ↩
Véanse las consideraciones correspondientes en Gustave Kahn, Das Weib in der Karikatur Frankreichs [La mujer en la caricatura de Francia] (H. Schmidt, Stuttgart), de las que se han tomado también estos versos. ↩
Un neurótico mostraba una marcada aversión a la pintura. La motivaba así: «La pintura pone una encima de otra todas las cosas que van una al lado de otra». ↩
Juego de asociaciones: Halbmond (media luna) – Halbwelt (demimonde, el mundo de la prostitución elegante). (N. del T.) ↩