VI.
Sobre la actitud masculina en las neuróticas.
Por el Dr. Alfred Adler, Viena.
En una serie de trabajos sobre el mecanismo de la neurosis he descrito un hallazgo unitario que debe considerarse el motor principal de la enfermedad neurótica: la protesta masculina contra los impulsos y sensaciones femeninos o que parecen femeninos. El punto de partida de la disposición neurótica es una situación infantil patógena en la que se manifiesta la configuración más simple de este juego de fuerzas: por un lado, la incertidumbre sobre el futuro papel sexual; por otro, tendencias reforzadas a desempeñar, con los medios disponibles, un papel masculino (dominante, activo, cruel).
Aparte de la seguridad con que en general puede demostrarse en el neurótico este apartamiento de sus líneas femeninas y el refuerzo de las masculinas, en sus actos, deseos y sueños, tampoco es de extrañar, por lo demás, que la fase en que el niño encuentra su sexo transcurra entre fuertes excitaciones. Muchos pacientes refieren extrañas confusiones que duraron hasta los últimos años de la infancia. Otros llevan consigo toda la vida rasgos de carácter tan marcados de la protesta masculina exagerada que su inserción en el nivel social, sea en la profesión, en la familia, en el amor y el matrimonio, fracasa por ello. Pero todos, y en las neuróticas este testimonio salta a la vista con más claridad, declaran con firmeza que siempre anhelaron, y dieron expresión de diversas maneras a este deseo, ser un hombre entero. Por mis hallazgos considero plenamente fundada la afirmación de que lo que en estas observaciones de nuestros neuróticos irrumpe en la conciencia con bastante poca fuerza impone, con la mayor parte de su fuerza, desde lo inconsciente, los síntomas neuróticos, los actos y los sueños del neurótico. En lo que sigue quiero presentar algunos fragmentos de análisis actuales y anteriores que nos permitan abarcar, como desde una atalaya, la actitud masculina de las neuróticas.
Caso I. — Tendencia a sustituir la falta de masculinidad por la inteligencia, la astucia y el coraje.
Una paciente de 24 años, que padecía dolor de cabeza, insomnio y violentísimos accesos de ira, dirigidos sobre todo contra la madre, cuenta las siguientes vivencias: Una tarde iba camino de casa cuando le llamó la atención una escena: un hombre insultaba a una prostituta porque esta lo había abordado. Otros hombres trataban de apaciguarlo. Entonces la paciente sintió un deseo irresistible de inmiscuirse y explicar al exaltado lo necio de su proceder. El análisis dio por resultado que quería actuar como un hombre, pasar por encima de su papel femenino, que le imponía reserva.
Ese mismo día ocurrió que asistió como oyente a un examen. El examinador, un caballero culto e ingenioso, pero que actuaba en la protesta masculina, se burló a placer de las candidatas e incluso dejó caer repetidas veces comentarios sobre «gansas». Nuestra paciente se levantó furiosa, abandonó la sala de examen y pasó el resto del día ocupada en pensar cómo quería engañar al señor profesor en el examen. La noche transcurrió en vela. Solo hacia la mañana se durmió. Entonces tuvo el siguiente sueño:
«Estaba envuelta de pies a cabeza en velos. Entonces llegó un hombre viejo y lo reprendió como inútil: de todos modos se podía ver a través de los velos.»
El hombre viejo tiene los rasgos de un conocido patólogo de Alemania y es, como subraya la paciente, una figura constante de sus sueños. Además se le ocurren algunas personas, sobre todo aquel examinador severo pero ingenioso. Como lazo común destaca en todos ellos una inteligencia sobresaliente. La expresión «de todos modos se podía ver a través de los velos» procede de la cura. —
«Envuelta de pies a cabeza en velos.» — Piensa en el aparente contraste, en la Venus de Milo. El día anterior había hablado de ella y la había alabado como obra de arte. Otros pensamientos enlazaron, como era fácil prever, con la actitud púdica de la diosa de los Médicis y con la falta de miembros de la Venus de Milo.
Una tercera línea de pensamiento puso en duda las palabras del viejo. ¿No se podría, después de todo, cubrir una desnudez con una cantidad de velos, como en el caso de las bailarinas? —
No necesito explicar que la tendencia de la soñadora iba encaminada a ocultar su sexo. La posición de la mano en la Venus de Médicis y la falta de miembros en la Venus de Milo expresan con suficiente claridad el deseo de mi paciente, descubierto ya mucho antes: soy una mujer y quiero ser un hombre.
Las dos vivencias del día, el insomnio, el deseo de comportarse como un hombre en la escena de la calle, de someter al severo profesor y de embaucarme a mí con encubrimientos, constituyen una parte del continuo cuyo contenido forma la neurosis de esta muchacha. En el sueño resuena suavemente la duda de si la transformación tendrá éxito. Si se reduce esta duda a la situación infantil patógena, allí debe corresponder a una incertidumbre primitiva, la incertidumbre respecto al futuro papel sexual. A una fase así se vincula más tarde la caracterología neurótica, que se compone de rasgos de apariencia masculina y de tendencias a la seguridad, estas últimas erigidas contra el peligro de caer en lo femenino, de quedar abajo.
Caso II. — Educación por una madre neurótica. El miedo a parir como causa de errores educativos.
Una mujer de 38 años, que estaba en tratamiento por frecuentes ataques de angustia, palpitaciones que se presentaban por accesos, una presión dolorosa en el pecho y «dolores de apendicitis», mostraba una extraña relación con su única hija, una niña de 10 años. La vigilaba paso a paso, estaba siempre descontenta de sus progresos y le ponía reparos sin cesar a la niña, algo retrasada pero por lo demás bien dispuesta. No pasaba un día sin excitación; a menudo unos golpes ponían fin a una controversia insignificante entre madre e hija, o se llamaba al padre a hacer de juez. La niña había caído poco a poco en la actitud inconsciente de obstinación y obstruía, como siempre ocurre en tales casos, al comer, vestirse, acostarse, lavarse y estudiar1.
Los primeros ataques habían aparecido a los 19 años, poco después de que la paciente se prometiera en secreto con su actual marido. El noviazgo duró 8 años, sufrió muchas contrariedades por parte de la familia y trajo consigo un sinnúmero de excitaciones frustradas. Poco después de la boda desaparecieron los ataques, para reaparecer al poco del nacimiento de la hija. Por entonces el marido había pasado al coitus interruptus. Cuando un médico le advirtió de su nocividad y atribuyó a él los ataques de la mujer, recurrió a otros medios preventivos. El éxito fue asombroso: los ataques cesaron durante un tiempo. De repente volvieron a presentarse, sin que se hubiera cambiado el régimen sexual, y desde hacía 3 años resistían a toda terapia. La satisfacción sexual se producía con regularidad.
Si existiera una neurosis actual pura, una neurosis de angustia, este habría sido su cuadro, hasta hace 3 años. En el análisis se puso de manifiesto su contenido psíquico y su estructura histérica. Los caracteres de protesta masculina aparecieron con nitidez: obstinación, hipersensibilidad, afán de dominio, ambición, mientras que el sentimiento de inferioridad se mantenía vivo mediante la ficción de unas tendencias libidinosas extraordinariamente fuertes. Estas tendencias libidinosas existían desde los 8 años, mantenían siempre despierto el miedo a caer y tener un hijo, y llenaban a la paciente de angustia ante el papel femenino. Cuando conoció a su marido, y durante su largo noviazgo, se creó con esta angustia, al arreglarla de modo inconsciente (alucinatorio), una salvaguardia fiable, a la que se sumaron además dolores de pecho y de vientre, para hacer imposible un trato ilícito. Su fantasía inconsciente le presentaba su propia imagen como la de una muchacha apasionada y a la vez de voluntad débil, una criatura depravada que seguía ciegamente su instinto sexual, y contra esta ficción de una feminidad lasciva se había defendido siempre con angustia y con la neurosis. Esta lucha contra las líneas femeninas transcurría en lo inconsciente, pero desde la primera infancia dejaba un sedimento en la conciencia: el deseo consciente de ser un hombre. — Cada vez que la situación se ponía más tensa —ya fuera porque el coitus interruptus, que le parecía arriesgado, hacía temer un embarazo, ya porque una situación económica desfavorable, como en los últimos 3 años, le hacía valorar más ese peligro—, reaccionaba con sus ataques contra su papel femenino y, con ello, contra su marido. Por las noches venían ataques que lo perturbaban en su bien merecido descanso: debían hacerle ver lo desagradable que sería que por la noche lo despertaran los gritos de un niño. También podía sustraerse al marido en cualquier momento, o recordarle con un ataque de ahogo la amenazadora perspectiva de una tuberculosis tras un embarazo. Podía evitar la vida social y atar a su marido a la casa en la medida en que le convenía, y obligaba al marido, algo brusco, a subordinarse a ella en muchos aspectos.
Pero como resultado más significativo de este análisis quiero destacar cómo su procedimiento educativo quisquilloso y atormentador servía a su tendencia inconsciente. Con su prisa, con su continua inquietud y su ajetreo, demostraba que una sola hija le daba ya demasiado trabajo. Y su entorno tenía sin duda la impresión acertada cuando decía regularmente: «Gracias a Dios que solo tienes una». Perseguía a la niña paso a paso, la corregía sin interrupción, pasaba de un arrebato a otro, evitaba cuidadosamente que la niña se juntara con otros niños, y proporcionaba a esta conducta, nacida de la actitud inconsciente, una representación lógica: ¡la niña no debía llegar a ser como su madre, no debía masturbarse precozmente como ella!
Otras madres, con la misma actitud, actúan a menudo de otra manera, pero con la misma tendencia: no se separan de la criatura ni de día ni de noche. La miman sin interrupción, están siempre ocupadas con ella y no pocas veces perturban su descanso nocturno con medidas superfluas. Observan sin cesar su alimentación, su función excretora, la pesan, la miden y le toman la temperatura. Si la criatura enferma, entonces es cuando empieza de verdad la obra dañina de la madre. «La razón se vuelve sinrazón; el beneficio, tormento».2 Hasta que la criatura empieza poco a poco a sentir su fuerza y pone las riendas a la madre, hasta que en todas las pequeñas relaciones del cuarto de los niños percibe una intención de sometimiento, contra la que se rebela con una obstinación permanente.
Los sueños de esta paciente daban regularmente un fragmento de este conjunto de impulsos psíquicos y dejaban ver con claridad la dinámica neurótica, el hermafroditismo psíquico seguido de protesta masculina. El simbolismo de «abajo y arriba» volvía con bastante frecuencia. Uno de estos sueños decía:
«Huyo de dos leopardos y trepo a un armario. Me despierto con angustia.»
La interpretación dio por resultado líneas de pensamiento relativas a un segundo hijo, ante las que ella huye hacia arriba, al papel masculino. Idéntico a esto es su síntoma neurótico principal, la angustia, que le sirve de salvaguardia principal contra la tarea femenina de parir. —
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número completo del Zentralblatt für Psychoanalyse 1 (1910/11), H. 4 (enero de 1911), págs. 174-178, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Adler lo reimprimió en Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual], Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. IX, págs. 76-99 (reimpresión no cotejada); véase la página del libro.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división del original, la nota del autor y las cursivas, que reproducen el espaciado; las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Friedjung ha expuesto en una interesante estadística los destinos del «hijo único» y acusa allí en primer lugar a causas psíquicas: mimo excesivo, temerosidad, etc. Nuestro caso, como otros semejantes, puede tanto apoyar como ampliar esta tesis. Descubre la causa quizá más importante de una educación desasosegada y eternamente quisquillosa: el miedo de la madre a un nuevo parto. El cuidado exagerado de día y de noche debe servir de prueba de «que ya con un hijo no hay quien aguante». A ello se sumó que el terreno para el desarrollo neurótico de madre e hija estaba preparado por una inferioridad orgánica múltiple. Ambas habían sido muy débiles en la primera infancia. A la madre la menstruación no le llegó hasta los 18 años, el parto de la hija fue extraordinariamente difícil por debilidad de las contracciones y la atonía consiguiente (inferioridad genital), y poco después del alumbramiento apareció un largo catarro de los vértices pulmonares (inferioridad respiratoria). Un hermano padecía un pólipo de laringe; el padre murió de pulmonía. La hija había padecido una nefritis escarlatinosa con uremia (inferioridad renal) y más tarde corea (inferioridad cerebral), y se mostraba mentalmente retrasada. También el médico de cabecera desaconsejó un nuevo embarazo. Así nos reflejan las neurosis de las pacientes, en todos los casos, la convulsión que sacude a nuestra cultura: el horror de la mujer ante lo femenino, su miedo infantil al acto del parto que le aguarda. — ↩
Goethe, Fausto I, escena del estudiante («Vernunft wird Unsinn, Wohltat Plage»). (N. del T.) ↩