IV.
Un sueño inventado1.
Contribución al mecanismo de la mentira en la neurosis
por el Dr. Alfred Adler (Viena).
Entre los autores antiguos a los que ocupó el problema de la histeria, casi todos destacaron el carácter mentiroso de sus enfermos. Casi con demasiada fuerza, me parece, si saco las conclusiones de mi material. Detrás está siempre la clara intención de humillar al médico, de elevarse por encima de él. Lo que regularmente aplaza el final de la cura psicoanalítica, lo insoportable del pensamiento de que el médico pudiera darse importancia si la curación tiene éxito, se abre paso también en algún caso durante una cura inacabada o después de ella, con la misma intención de rebajar al médico, de ponerlo en ridículo. Esta conducta recuerda la rebelión de los ilotas. Entre personas que se sienten de igual rango, semejante avidez de ver sometido al otro quedaría excluida. Pero para el neurótico, como he expuesto repetidas veces, toda clase de relación personal, un encuentro casual, la vida en sociedad, un examen, la relación con sus allegados, el amor, se convierte en lucha. No es de extrañar que el instinto de agresión del neurótico alcance en todos los casos también la relación con el médico y la convierta en una lucha. En ello puede salir a relucir ocasionalmente toda clase de rencor, insubordinación, obstinación, reserva, reproches rebuscados, comparaciones obstinadas con otros médicos y cosas semejantes. Una forma de esta posición agresiva es la mentira.
Más de un neurótico llega ya al médico con este ánimo de lucha. «No creo, desde luego, que pueda curarme, pero quiero intentarlo una vez más». Así o de modo parecido suena la amable forma en que a veces se presenta un paciente. En otros pacientes este instinto de agresión crece lenta pero constantemente frente al médico. Se reconoce sin dificultad que, a medida que mejoran los síntomas neuróticos, una posición agresiva del paciente que existía desde siempre se dirige contra el médico, como antes contra otros, sin que el paciente conociera esta actitud hostil.
¿En torno a qué gira la lucha del neurótico? Sea cual sea el contenido, puede resolverse en la oposición de «arriba y abajo», y el paciente, mediante cada uno de sus síntomas, masoquistas o sádicos, mediante la angustia o la compulsión, mediante la depresión o la exaltación afectiva, se pone en situación de hacerse valer. Más aún, incluso el estado afectivo de la duda, lindante con el de la vacilación, de la indecisión, apunta en primer lugar a una meta exaltada y dotada de un valor excesivo, y debe preservar de desengaños. La protesta masculina llena al neurótico, que busca zafarse del sentimiento de inferioridad, y para ello todo medio le parece sagrado. Uno de estos medios de estar por encima del otro es la mentira.2
Que todos los niños mienten pasajeramente para darse importancia, para escapar de un castigo y de un ridículo humillantes, es un hecho conocido. Una fijación en la mentira y la doblez parece producirse por una obstinación moderada o cuando hay una merma considerable del instinto de agresión, de modo análogo al nacimiento de la tendencia masoquista: agacharse para después quedar encima. Una actitud fuertemente orientada a la obstinación impide que surja la tendencia a mentir.
Así ocurría, en realidad, en el caso que tengo presente. Una muchacha de 20 años vino a tratarse conmigo por enuresis y por embadurnarse con heces. Ante esto se piensa primero en defectos mentales, pero la inteligencia de la muchacha resultó completamente normal. En cuanto a la caracterología, que es lo primero que hay que considerar para establecer la enfermedad neurótica3, pronto aparecieron los hallazgos que yo he exigido como necesarios: «hipersensibilidad, sentimiento de inseguridad y de inferioridad y tendencias a la seguridad, en este caso una desconfianza siempre al acecho, con la que la paciente buscaba protegerse del rebajamiento y del ridículo.
Con ello estaban relacionados rasgos de ambición, pedantería y cualidades de carácter que pueden resumirse en la fórmula: querer ser siempre la primera y no dejar valer a los demás. Una obstinación enorme, irritada constantemente por la madre, igual de obstinada, hacía difícil todo trato con la muchacha. Cuando en la escuela iban a dejarla castigada después de clase, saltó desde el segundo piso al suelo y se produjo una fractura de la columna vertebral. — Al principio intentó perturbar la cura con presunción y arrogancia, pero pronto se calmó y al cabo de algún tiempo se plegó bastante bien, de modo que el psicoanálisis hizo buenos progresos.
Quien recuerde mis trabajos comprenderá que entendí los rasgos mencionados como manifestaciones de la protesta masculina exagerada, como la conducta de una persona que se defiende de ser considerada femenina. Los detalles más finos de esta actitud convulsivamente masculina salieron pronto a la luz. Menciono aquí solo algunos.
Un sueño que se repetía a menudo se refiere al comercio sexual con un hombre que yace debajo de ella. Puedo calificar este sueño, muy frecuente en las muchachas, o sustituido por sueños de la misma orientación (el hombre con ropas de mujer, castración del hombre, etc.), de típico de la actitud masculina. La paciente expresa aquí en jerga sexual lo que mueve toda su vida: la avidez de estar arriba. — El hermano mayor de la paciente desempeñó en ello un papel funesto. Era el preferido de la madre y podía permitirse muchas cosas que a la muchacha se le reprochaban severamente. Así suele ocurrir, en efecto, donde niños y niñas crecen juntos. Entre otras cosas, al chico no se le reprendía cuando se ensuciaba la ropa interior con heces, mientras que la muchacha se llevaba golpes e insultos, a menudo en presencia de extraños y del servicio4. Este hermano le daba en muchas cosas meta y dirección, y también intentaba superarlo en inteligencia y en fuerza. En estos deseos intervenían además cadenas de pensamientos como que él no debería haber sido el primero, sino haberle cedido a ella, la segunda, su lugar. Pronto se le ocurrió la idea de que lo preferían a él porque era un chico. — Su intención se dirigía en realidad a desbancarlo ante la madre. Sobre ella quería influir, y dominar a la madre se le convirtió en el ideal del triunfo masculino. — La madre, regida por una actitud semejante, no conocía a su vez otra meta que rebajar a la hija, de modo que toda la vida de la muchacha estuvo llena de luchas encarnizadas, silenciosas y ruidosas, contra la madre. El primer sueño dio como resultado una fantasía de Blancanieves. — En suma, la aspiración de la muchacha tiende a desempeñar el papel del padre. No aparecieron impulsos sexuales hacia el padre. No se deja besar por él en la boca, como tampoco por otros hombres, en recuerdo del miedo de su infancia a poder tener hijos por el beso, que luego le saldrían por la boca5.
Un sueño en el que va sentada al revés en un caballo muestra una fantasía de felación unida a una actitud masculina: si he de ser mujer, quiero dominar, estar encima. (Hermafrodita psíquico con meta final masculina.)
Una acción compulsiva, la de enderezar y desplazar todos los objetos que estaban o colgaban «torcidos», pudo explicarse por su deseo de ser un hombre y de poseer un miembro que colgara derecho y pudiera desplazarse. Este síntoma, nada raro, sirve, pues, a una tendencia a la seguridad y se encuentra en las líneas de la protesta masculina.
El sentido de la enuresis era análogo al de mis otros casos de enuréticos. El ataque se presentaba siempre después de un rebajamiento profundamente sentido y alternaba con hurgarse el ano, embadurnarse con heces o dolores de cabeza. Los sueños enuréticos de tiempos pasados daban una aclaración inequívoca: por lo general, en el sueño la orina se derramaba en forma de surtidor, es decir, como solo le es posible al hombre. Ya he señalado esta delación psíquica en los sueños de las muchachas enuréticas, así como el «orinar haciendo figuras». Más tarde la enuresis simbolizó la obstinación masculina contra la madre. O bien intentaba, mediante el arreglo de la pereza o de la angustia, obligar a la madre a asistirla, a despertarla o a acompañarla al retrete.
Si la enuresis era así, desde su fijación como síntoma neurótico, un símbolo de la tendencia masculina, desde hacía algunos años se le había añadido un considerable agravamiento, desde que la muchacha se acercaba a la edad de casarse. Fácilmente se imagina uno cuán escasa era su aptitud para esposa y madre. No obstante, aparecían a menudo pensamientos de boda. También hubo toda una serie de coqueteos y flirteos pasajeros, con la intención de burlarse de los hombres. Llamativo era el deseo de tener muchos hijos, sobre todo porque estaba mitigado por el miedo de que pudieran heredar la enuresis. Como era de baja estatura, deseaba un hombre muy alto. Y agrandaba aún esta dificultad teniendo a los hombres, casi sin excepción, por infectados. Las enfermedades contagiosas, y las posibilidades de envenenamiento (relación con la fantasía de fecundación por vía alimenticia antes mencionada), podían asustarla enormemente. El miedo de que un novio pudiera enterarse de sus defectos, y además un temor de haberse podido lesionar el himen, completaban el artificioso tejido de las tendencias a la seguridad, de modo que un pensamiento sincero de casarse no entraba en serio en consideración. La mentira inconsciente de sus ganas de casarse saltaba ya a la vista si se recordaba su obstinado aferrarse a la enuresis y al embadurnamiento con heces, hasta el punto de que la madre juró un día que en esas circunstancias la muchacha no conseguiría nunca un marido. Es sin duda la refinada malicia de algunos neuróticos no dejar que sus allegados, que juran sin sentido, cometan perjurio, tanto más cuanto que esto, como en nuestro caso, favorecía tan considerablemente la actitud inconsciente6.
Una aclaración interesante obtuve respecto del hurgarse el ano. Sensaciones de cosquilleo, lombrices, hemorroides y fisuras me hicieron reconocer la inferioridad orgánica congénita. A ello se sumaba un error aparecido temprano, el del ano como órgano sexual y del parto. Se había provocado estreñimientos intencionadamente porque temía que pudieran salirle niños por el ano7. Sobre la estructura del órgano sexual femenino estaba llamativamente mal informada. Recuerda que durante años, poco antes de dormirse, se hurgaba con el dedo en un orificio de la nariz y quería convencerse siempre de que no tenía un segundo orificio nasal.
El mismo fin persigue su hurgarse en el ano, que solo se produce siempre en la duermevela. Intenta mantener la ficción de que solo tiene un orificio.
El embadurnarse con heces enlaza con la expresión dialectal anschmieren («untar», y en sentido figurado «engañar»)8. Anschmieren a una muchacha significa tomarle el pelo, mentirle. Nuestra paciente, que oyó a menudo la expresión en su infancia, la tomó al pie de la letra y desarrolló una tercera fantasía sexual: untar a una muchacha con una pomada significaría tener comercio sexual con ella. En la duermevela es ella el hombre que «unta». Por lo demás, ya desde muy temprano tenía una inclinación a «untar», es decir, a mentir. Durante un tiempo simuló convulsiones, otra vez se hizo la sorda, siempre con la esperanza de demostrar que era la superior. En medio de estas aclaraciones cae el sueño siguiente: «Estoy mucho rato delante del espejo. Me llama la atención mi nariz, que contemplo con atención y con cariño. De repente empiezo a reírme con fuerza y me río hasta que me despierto.»
«Estoy mucho rato delante del espejo». A esto se le ocurre que antes nunca le había parecido necesario el espejo, que tampoco se miraba nunca en él. Su madre la obligaba a hacerlo, y ahora es al revés: se queda cada vez tanto rato delante del espejo que la madre se pone furiosa. (Actitud de obstinación para poner a la madre en ridículo mediante la obediencia, como más arriba a propósito del juramento.)9 — Además resuena el motivo de Blancanieves. Pregunta10 si es fea. La reducción de estos pensamientos dice: quiero estar por encima de la madre.
«Me llama la atención mi nariz, que contemplo con atención y con cariño.» La nariz, o mejor dicho el orificio nasal, nos es conocida por el material. Se le ocurre también lo de hurgarse la nariz. Una ocurrencia se refiere a que la nariz es la parte del cuerpo que más sobresale, y derecha. Aquí se impone a partir del material la resolución de la acción compulsiva, la oposición entre derecho y torcido. También en esto resuena claramente la fantasía de poseer un pene.
«De repente empiezo a reírme con fuerza...». La víspera había ocurrido lo siguiente: el hermano de la paciente había mantenido por poco tiempo una relación con una muchacha, en cuyas distintas fases la paciente estaba iniciada. Cuando quiso romper con la muchacha, pidió a la hermana que le comunicara su ruptura, cosa que ella hizo por teléfono. Al hacerlo notó que la muchacha, sin habla y evidentemente desconcertada, hacía una pausa, y estalló en una carcajada incontenible, «como hacía siempre que podía tomarle el pelo a alguien». — La risa en el sueño significaba, pues: «le tomo el pelo a alguien» (sc. a una muchacha).
Como este anschmieren —el embadurnar con heces11— era uno de sus síntomas, mi interés quedó particularmente prendido en él. La interpretación dio: I. Quiero estar por encima de la madre. — II. Me alegro de ser un hombre. III. Unto a las muchachas. — La situación patógena infantil tuvo que ser, pues: quiero ser así de superior a la madre, ensuciarla como el padre.
Cuando en la interpretación llegamos a reconocer una dinámica psíquica igual que en los demás síntomas, la paciente se levantó de un salto, alegre, y exclamó: «¿Lo ve? Eso no era ningún sueño, sino una invención».
Lo que quería era tomarme el pelo también a mí, es decir, soportaba el pensamiento de una superioridad del otro tan poco como todos los demás neuróticos, y quería rebajarme, convertirme en mujer, tal como lo entendía su fantasía infantil. — Le expliqué, sin enfadarme, cómo estaban las cosas, y desde entonces fue un verdadero modelo en la cura.
«Lo íntimo y fiel solo está en lo hondo»12. En lo inconsciente no hay mentira. Solo la conciencia la elabora, como protesta masculina de una psique que se siente femenina, pero que espera escapar de la derrota mediante la mentira.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número completo del Zentralblatt für Psychoanalyse 1 (1910/11), H. 3 (diciembre de 1910), págs. 103-108, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división del original, las notas del autor (numeradas aquí de forma continua) y las cursivas, que reproducen el espaciado; las adiciones del traductor van entre corchetes. Weib se traduce por «mujer» y Herabsetzung por «rebajamiento». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Conferencia pronunciada en la «Sociedad Psicoanalítica de Viena» el 19-X-1910. ↩
En general, el neurótico muestra una fuerte aversión a mentir, porque, igual que Kant, sostiene que la mentira conduce a un rebajamiento del valor de la personalidad. Si a pesar de ello miente, necesita atenuantes desmedidos o se ayuda con la amnesia. ↩
En estos casos hay que pensar siempre en la complicación, rara por cierto, de un defecto orgánico del cierre de la vejiga. Sobre la relación entre inferioridad orgánica y neurosis, véase Adler, Studie über Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos] (apéndice: «Schicksale der Enuretiker» [Destinos de los enuréticos]) y «Myelodysplasie oder Organminderwertigkeit» [¿Mielodisplasia o inferioridad orgánica?], Wiener med. Wochenschrift, 1909, n.º 45. En el presente caso hablaba también en contra de un defecto orgánico la alternancia de los fenómenos enuréticos. ↩
Tanto la enuresis inicial como la dificultad para poner en orden la función intestinal apuntan a una inferioridad congénita del aparato urinario e intestinal. Se podía comprobar también en el hermano y en la madre. La fijación de tales fenómenos de inferioridad se produce habitualmente en la actitud de obstinación (protesta masculina), como he subrayado repetidas veces también a propósito de los trastornos de la alimentación y del sueño. — ↩
Véanse los exorcismos de los posesos, en los que pequeños diablos huyen por la boca. ↩
Wulffen, en su Sexualverbrecher [El delincuente sexual], califica a la mujer en general de delincuente sexual. En efecto, en toda mujer está desarrollada la protesta masculina y la hace interiormente no libre. La generalización de Wulffen es una licencia poética, un pars pro toto: la criminalidad es una forma de la protesta masculina, pero sus diversas formas no son equivalentes de la criminalidad. ↩
Con más claridad aún que en el análisis de Freud del pequeño Hans, en mi caso el deseo de ser un hombre se desprende de las fantasías de heces y de parto por el ano. ↩
Anschmieren: literalmente «untar, embadurnar»; en el habla coloquial austriaca, «engañar, tomar el pelo», sobre todo «engañar a una muchacha». El juego de palabras, base de la interpretación, no tiene equivalente en español: se traduce según el contexto por «untar» o «tomar el pelo». (N. del T.) ↩
Una toma de posición semejante, que se encuentra a menudo en los neuróticos, no merece en serio el nombre de obediencia. Sirve para poner en ridículo a una autoridad, rebajarla y elevarse por encima de ella. ↩
Así, sin sujeto expreso, en el original: se sobrentiende que, como en el cuento de Blancanieves, la paciente le pregunta al espejo si es fea. (N. del T.) ↩
Una degradación semejante parece buscarse en la costumbre de los ladrones del grumus merdae, según la cual el delincuente deja un montón de excrementos en el lugar de su robo. Hellwig (citado por Wulffen, Der Sexualverbrecher) habla de ladrones que se masturban después de hacer su trabajo. Esto muestra con más claridad aún la protesta masculina, el símbolo de la superioridad frente al robado, sometido como una mujer. ↩
«Traulich und treu ist's nur in der Tiefe»: verso de los cantos finales de las hijas del Rin en El oro del Rin de Wagner. (N. del T.) ↩