Obstinación y obediencia.
Por el Dr. Alfred Adler (1910).
Desde que poseemos en la psicología individual un medio auxiliar tan valioso para comprender los cuadros psíquicos y los caracteres a partir de su desarrollo en la primera infancia, se muestra con plena claridad la importancia fundamental de la pedagogía para el desarrollo de una vida anímica sana. Cada análisis ilumina relaciones entre las influencias educativas y la aparición de fenómenos nerviosos. No dudo de que esta dirección de la investigación llevará a una extraordinaria profundización de la pedagogía, del mismo modo que, a la inversa, toma de las experiencias seguras de la ciencia de la educación sus pruebas y ayudas más valiosas. La mayoría de los trabajos de psicología individual escritos hasta ahora lo están, naturalmente, desde el punto de vista del arte médico. Con todo, tienen en cuenta tantas cuestiones educativas, o las ponen hasta tal punto en primer plano, que puede uno atreverse a presentarlos como muestra a quienes no son médicos, sobre todo a padres, maestros y psicólogos.
Lo que de modo muy especial hace apta la psicología individual para el desarrollo de la pedagogía es la concepción que de ella resulta acerca de la esencia del carácter. Aquí solo puedo comunicar los resultados de una larga serie de experiencias, sobre todo de hallazgos propios, de los que se desprende que determinados rasgos de carácter pueden derivarse en línea recta de un sistema orgánico y corresponden al instinto ligado a él. Así, del órgano de la vista y de su instinto procede la curiosidad visual y, más tarde, el afán de saber; del órgano de la nutrición, el carácter de la glotonería, después el de la envidia por la comida y, en cuanto entra en acción el equivalente dinero, el de la avaricia. De la piel y de sus zonas de naturaleza especial proceden determinadas inclinaciones duraderas al contacto y a la obtención de placer sensual. Los órganos de secreción, a los que en un principio solo va unida la tendencia a la evacuación, colaboran al comienzo con iguales derechos en la vida instintiva, hasta que por fin, con el abandono de los modos de funcionar de los órganos que son casi todavía prenatales, se produce un cambio, iniciado por una fuerte subordinación de toda la vida instintiva al fin de evitar el displacer, hacia el final de la lactancia. El niño se ha vuelto consciente y aprovecha su conciencia orientando su vida y su actividad a la obtención de placer. En la historia de la cultura, como en el desarrollo del individuo, se muestra la misma sucesión de etapas: en general se prefieren y se fijan los modos de satisfacción que corresponden a la vez a varios instintos orgánicos o que evitan el displacer. El alimento no solo debe tener cualidades de sabor agradables, sino también dar placer a la vista y al olfato. El vestido debe proteger la piel de las excitaciones desagradables, del frío y de la humedad, y a la vez ser grato a la vista. El comportamiento del niño en esta etapa del desarrollo es completamente egoísta, orientado solo a la obtención de placer; solo su vida instintiva está determinada en su expansión por una colaboración más íntima, por el entrecruzamiento de los instintos y su inhibición mutua ocasional, por la experiencia propia y por la enseñanza. Con todo, ya se pueden reconocer diferencias, esbozos de peculiaridad y de formación de la manera de pensar. Unas veces es el instinto de mirar, otras el de comer u otro instinto el eje principal de la vida anímica; otras veces las debilidades o las ventajas características de un instinto (el del oído, el de mirar, el del olfato) destacan con tanta claridad que sale a la luz un cuadro de carácter bien delimitado. Todas estas peculiaridades, como también la torpeza, la falta de habilidad, la pereza, la viveza llamativa o la propensión a quejarse, proceden en línea recta de inferioridades orgánicas, están relacionadas con sensibilidades orgánicas, con sensaciones sensoriales muy marcadas o debilitadas, y llaman la atención, por la distinta expansión y satisfacción de los instintos, como rasgos de carácter originarios e innatos, cuyo material se transforma más tarde en una personalidad unitaria.
Pues en esta preparación anímica inciden entonces los efectos del entorno y de las condiciones sociales. De la mayor trascendencia son las influencias de la vida familiar. Traen consigo nuevas limitaciones de la expansión de los instintos, y la orientación del niño a la obtención de placer entra en contradicción con ellas. Aquí están las raíces de la obstinación corriente, por así decir fisiológica, de la infancia. El niño ha de aprender a insertarse en el funcionamiento de la cultura y a abandonar su inclinación lúdica a la libre actividad de los órganos. Esta transformación solo se logra con facilidad si el niño acepta, en lugar de la satisfacción originaria de los instintos, un sustitutivo: el amor de su entorno o una satisfacción de su ambición. Entonces puede esperar sin impacientarse la satisfacción de sus instintos; la inserción se ha logrado y el niño está orientado a la obediencia. En caso contrario, se resiste a la armonía de la vida familiar, se niega a obedecer, sigue sus propios caminos, que a menudo lo llevan muy lejos de la meta de la educación, se resiste a la obligación de comer y de lavarse, opone resistencia activa y pasiva al irse a dormir, más tarde también al estudiar, y no pocas veces también al hacer sus necesidades. O el niño se vuelve irascible, envidioso, lleno de impaciencia, y turba la paz de la casa con una obstinación callada o ruidosa. Con todo, en esta etapa del desarrollo no son más que indicios, que sin embargo, en determinadas condiciones, se van marcando cada vez más, hasta convertirse en el rasgo de carácter dominante, que a menudo llega a ser el destino de la persona y de su entorno.
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Entre las condiciones que refuerzan el carácter de la obstinación he encontrado principalmente dos, que deciden el curso de las cosas. La primera: los niños que, a consecuencia de una inferioridad orgánica congénita, son débiles, torpes, enfermizos, atrasados en el crecimiento, feos o deformes, o tienen algún defecto infantil, adquieren con mucha facilidad, a partir de sus relaciones con el entorno, un sentimiento de inferioridad que los oprime gravemente y que procuran superar por todos los medios. Creo que también aquí puedo hablar de una actitud anormal, cuyos rasgos de carácter se ordenan en torno a este sentimiento de inferioridad, pero además, casi siempre con mucha mayor claridad, en torno a la tendencia reforzada a atacar al mundo exterior que de él se sigue (según la ley de la dialéctica). Al sentimiento de inferioridad corresponden rasgos como el miedo, la duda, la inseguridad, la timidez, la cobardía y rasgos reforzados de necesidad de apoyo y de obediencia sumisa. Junto a ellos se encuentran fantasías, e incluso deseos, que pueden resumirse como ideas de pequeñez o impulsos masoquistas. Por encima de este tejido de rasgos de carácter se encuentran regularmente —con intención de rechazo y de compensación— el descaro, el valor y la temeridad, la inclinación a la rebeldía, la terquedad y la obstinación, acompañados de fantasías y deseos de desempeñar un papel de héroe, de guerrero, de bandolero, en suma, de ideas de grandeza e impulsos sádicos. — El sentimiento de inferioridad culmina por fin en un sentimiento de postergación que nunca falla y siempre es exagerado, y la fantasía de Cenicienta está lista, lista también con su anhelante espera de la redención y del triunfo. A esto pertenecen también las frecuentes fantasías de los niños sobre su secreta ascendencia principesca y su destierro pasajero de la casa paterna «verdadera». Pero la realidad se burla de la inocencia del cuento. Toda la vida instintiva del niño se exacerba y se vuelve prepotente; ante el menor perjuicio se hacen oír pensamientos de venganza y deseos de muerte contra la propia persona y contra el entorno, los defectos infantiles y los malos hábitos se mantienen con obstinación, y la precocidad sexual, el deseo sexual, brota del alma infantil solo para ser como los adultos, los de pleno valor. El grande, el que todo lo puede y todo lo tiene, es el padre, o quien hace sus veces: la madre, un hermano mayor, el maestro. Se convierte en el adversario al que hay que combatir; el niño se vuelve ciego y sordo a su dirección, desconoce todas las buenas intenciones, se vuelve desconfiado y extremadamente perspicaz frente a todos los perjuicios que vienen de él; en suma, está orientado a la obstinación, pero precisamente con ello se ha hecho por completo dependiente de la opinión y de la actitud de los demás.
O bien el niño, por su disposición y por sus experiencias de la vida, ha perdido su tendencia agresiva, ha escarmentado y se ha vuelto «listo», y busca alcanzar la satisfacción de sus instintos y su triunfo final mediante una conducta pasiva, mediante la sumisión, mediante una obediencia sincera o insincera. Cierto que a veces se aviva la llama del odio, a menudo solo en los sueños y en los síntomas nerviosos, señal para el entendido de que el terreno está socavado y es apto para la neurosis o para acciones prohibidas, si el niño no se muestra capaz de rendimientos triunfales o de la indolencia. Si predomina la orientación a la obediencia y a la sumisión, los allegados no pocas veces se felicitan por su niño modelo, sin sospechar que la vida, el amor, la profesión pueden, en los casos desfavorables, provocar con suma facilidad la decadencia, el hundimiento en la nerviosidad.
En los dos grupos principales de rasgos de carácter vemos, pues, el efecto de actitudes erróneas cuya significación compensatoria, como he mostrado yo el primero, consiste en la aniquilación del sentimiento de inferioridad mediante una protesta compensadora y mediante fantasías de grandeza. En la mayoría de los casos se encuentran casos mixtos, de modo que los rasgos de obediencia y de obstinación corren paralelos, mientras una fuerte hipersensibilidad hace responder a toda apariencia de perjuicio con impulsos defensivos en el pensamiento, en la fantasía o en la acción. Para este gran número de niños, de los que en el caso desfavorable salen personas nerviosas, podemos sentar la afirmación de que no soportan su obedecer, o en el mejor de los casos solo cuando encuentran un sustitutivo en el amor o en la satisfacción de la ambición.
La segunda de las condiciones que refuerzan la orientación a la obstinación la he demostrado en la inseguridad subjetiva del niño en cuestión acerca de su papel sexual. Esta condición no está en modo alguno aislada, sino que se enlaza estrechamente con la anterior. La búsqueda del papel sexual empieza por lo común hacia el cuarto año de vida. El afán de saber del niño experimenta entonces un fuerte aumento. La falta de educación sexual se hace sentir al niño precisamente en este punto. Ignorando la significación de los órganos sexuales, el niño busca la diferencia de los sexos en el vestido, en el pelo, en las cualidades corporales y mentales, y con ello se extravía muchas veces. Algunos abusos afianzan este error. Así la inclinación de algunos padres a hacer llevar a los niños varones, pasado el cuarto año, vestidos de niña con anchas fajas y encajes, o incluso pulseras y collares, inclinación que se basa en una actitud errónea de la madre, que había deseado una niña. También el llevar el pelo largo, un mayor desarrollo de los pechos, el color pálido de la cara y las malformaciones de los genitales pueden hacer inseguro al niño en la concepción de su papel sexual. Más aún: incluso cuando el niño ha reconocido la diferencia de los órganos sexuales en su significación para el papel sexual, queda a menudo un resto de inseguridad, porque de pronto, o provocados por amenazas de los padres, se le ocurren pensamientos sobre cambios de los órganos sexuales. En las niñas, esta inseguridad se refuerza a menudo por un aspecto de muchacho o por una conducta así, y en ello pesan mucho las observaciones correspondientes del entorno («esta no es una niña»). A esto se añade todavía el cáncer de nuestra cultura, la excesiva primacía de la masculinidad. Entra entonces en acción la misma fuerza que antes, solo que desmesuradamente reforzada. Todos los niños que han estado así en duda acerca de su papel sexual exageran las cualidades que les parecen masculinas, y en primer lugar la obstinación. La obediencia, la sumisión, el ser débil, pequeño, tonto, pasivo, se sienten como rasgos femeninos, pues el padre, que sigue siendo la norma masculina, muestra por regla general las cualidades opuestas. La victoria se concibe como masculina, la derrota como femenina, y un apremio y una búsqueda precipitados de la protesta masculina refuerzan de manera sobresaliente la orientación a la obstinación, y la refuerzan porque al punto de partida de esta influencia, el sentimiento de inferioridad, se añade ahora un particular sentimiento de minoría1, en la posibilidad considerada de volverse como una mujer. Y volverse mujer significa para este tipo de niños, con su sentimiento de postergación y de perjuicio, la perspectiva de penas y dolores incesantes, de persecuciones y derrotas. Así procuran compensar en lo anímico lo que acaso echan en falta en lo corporal, y aumentan su protesta masculina y con ello su obstinación a menudo hasta lo desmesurado. Cuántas veces fracasa entonces la mejor educación, lo sabe todo educador. Las palabras, las enseñanzas, los ejemplos casi nunca llegan hasta el fondo último de estos rasgos de carácter, el sentimiento de un supuesto hermafroditismo. Quieren saberlo todo mejor, se aferran a la idea de su singularidad, no toleran a nadie por encima de ellos y no quieren dejarse enseñar por nada. Con ello salen a menudo a la luz instintos criminales, egoísmo, inclinación a la mentira, al robo. También aquí puede el amor, y desde luego no el odio ni el castigo, obrar una mejora; más aún, estos niños proporcionan a veces, con su perpetua avidez de triunfo, el material del que en la vida posterior, en condiciones favorables, salen los grandes hombres, los artistas y los poetas. — Pero para los demás —y solo estos pueden ser objeto de la pedagogía—, para los niños que sufren daño por la actitud errónea, hay que afirmar que solo la psicología individual es capaz de producir un cambio. Pues el punto de partida, la actitud errónea, y la meta final, la protesta masculina, están sustraídos a la conciencia, y toda la serie de efectos se desarrolla de forma compulsiva en lo inconsciente.
Expongamos aquí dos historias clínicas que muestran la orientación originaria a la obstinación y a la obediencia.
El primer paciente, un estudiante de medicina de 26 años, se quejaba de molestias nerviosas (ataques de angustia, miedo a los exámenes, dolores de cabeza, incapacidad para leer). Puedo pasar por alto aquí el examen de estos estados, indicando que todos servían a una intención inconsciente: la de aportar la prueba de que al paciente le estaban cerradas todas las perspectivas de ir solo por la vida. La causa última real, inconsciente para el paciente, que exigía esta prueba se halló en su descontento con el matrimonio que había contraído contra la voluntad de su padre. Si no podía realizar solo actos vitales, también quedaba excluida la separación de su mujer. Cada vez que creía tener motivo para apartarse de ella, se lo impedía la vieja actitud de obstinación contra el padre. Su obstinación podía seguirse hasta la primera infancia y mostraba la estructura descrita más arriba. Había sido un niño excesivamente gordo y torpe, objeto de burla y de risa de todo su entorno, y con mucha frecuencia se repetían las comparaciones con una mujer embarazada. Su inseguridad en la concepción de su papel sexual se acrecentó todavía considerablemente cuando una institutriz lo amenazó con que se convertiría en niña si se tocaba de forma impúdica.
Tampoco en este caso faltaban postergaciones supuestas o reales, de modo que el terreno estaba suficientemente preparado para empujar al muchacho, desde su sentimiento de inferioridad, a una obstinación inflexible y a una ambición desmedida. En todas partes quería ser el primero, el más listo, el más destacado. No nos asombrará que por este camino llegara a altos valores morales; quería distinguirse también por un inquebrantable amor a la verdad, pureza de costumbres y un gran saber. Por otra parte, no faltaban en absoluto rasgos de tipo perjudicial: se volvió ávido de dominio, terco, engreído y propenso a menospreciar el saber y la experiencia de los demás. Muy pronto dio el paso de casarse, para encontrar en esa relación el triunfo de su masculinidad. Cuanto más trataba su padre, con buenas razones, de disuadirlo, con tanta mayor obstinación insistía él en su plan, que poco después llevó a cabo. Como la mujer no se sometió en la medida que habría correspondido a sus expectativas inconscientes, y como, a causa de su continua desconfianza y de sus reproches, le hacía frente con una rebeldía cada vez mayor, evidentemente para demostrar su «masculinidad», él se vio ante una derrota que lo habría mostrado ante el mundo, ante su padre y ante su mujer como inferior, es decir, como «femenino» (no masculino). Demasiado obstinado para llegar a captar conscientemente esta situación, encontró la salida en la enfermedad e intentó protegerse así del redespertar de los viejos y dolorosos recuerdos de burla y humillación. El esclarecimiento de estos estados consiguió que el paciente renunciara a la aparente ventaja de su enfermedad y quisiera, sin preocuparse de la opinión de su entorno, poner orden con resolución en sus asuntos domésticos.
Un segundo caso se refiere a una paciente, funcionaria, de 34 años, que vino a tratarse por estados de excitación, palpitaciones nerviosas y gritos nocturnos. La ventaja de esta forma de enfermedad estaba en que la paciente pasaba a ser el centro de atención de su entorno, solo salía acompañada de su hermana y quedaba dispensada de todas las obligaciones sociales. La intención inconfesada era sustraerse a todos los planes de boda. De niña mostró pronto un aspecto de muchacho, una conducta revoltosa y defectos infantiles como mojar la cama y chuparse el dedo. Solo se movía en círculos de muchachos, en cuyas peleas y juegos crueles hallaba placer. En la pubertad, su conducta agresiva la puso alguna vez en peligro de perderse. Este peligro y las intimidaciones de la madre hicieron que la muchacha, mal informada en materia sexual, empezara a temer por su «papel masculino». Sus experiencias personales sobre las relaciones conyugales tampoco eran como para hacerle simpático el papel de mujer. En su entorno veía siempre tratada a la esposa como un ser inferior y oprimido, y temía caer en la misma suerte. Así creció su aversión al matrimonio hasta tal grado que prefirió ir por la vida como persona enferma, no apta para el matrimonio. Con las palpitaciones se demostraba a sí misma y a los demás que, como enferma del corazón, tenía que evitar el peligro de un embarazo; la huida de la sociedad y el miedo a salir sola a la calle debían servir para impedir que conociera a hombres. En este caso, la aversión a asumir la tarea femenina natural llevó a la paciente a seguir con exagerada obediencia las intimidaciones de la madre, frente a la cual en otras cosas se había mostrado siempre obstinada y rebelde. La orientación a la obediencia servía al mismo fin que su obstinación: el mantenimiento de un carácter aparentemente masculino. Más adelante sigue una buena descripción de su infancia de muchacho. (Véase «Recuerdos de infancia»2.)
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He intentado mostrar a grandes rasgos que los rasgos de carácter de la obstinación y de la obediencia descansan en actitudes inconscientes y erróneas del niño3, y puedo añadir ahora que los medios educativos de la casa y de la escuela no pueden con ellos mientras no sean capaces de corregir la actitud errónea. ¿Cuáles son, pues, las exigencias que el médico de los nervios puede plantear al pedagogo?
En primer lugar, las de naturaleza preventiva. La educación debe quitar al niño la posibilidad de que surja en él —sea por su debilidad, por su pequeñez o por su ignorancia— un sentimiento de inferioridad4. Los niños enfermos y débiles deben ser curados y fortalecidos lo más rápidamente posible. Donde esto quede excluido incluso mediante medidas sociales, el plan de educación ha de dirigirse especialmente a llevar al niño a un juicio independiente, a hacerlo más independiente de la opinión de los demás y a proponerle metas sustitutivas. La inseguridad sobre el papel sexual es un estado extraordinariamente dañino y debe erradicarse desde el principio mediante una enseñanza y una actitud encaminadas a ello.
La equiparación de la mujer es una exigencia pedagógica muy urgente. Las observaciones o los modos de obrar despectivos que ponen en duda el valor de la mujer en general envenenan el ánimo del niño y obligan a los niños y a las niñas a darse tempranamente la falsa apariencia de una masculinidad exagerada. No se eduque para la obediencia si se quiere evitar la orientación a la obstinación.
La actitud errónea de obstinación o de obediencia es fácil de percibir siguiendo la descripción anterior. Cuando se trata con un niño así, la pregunta por su destino posterior obliga a tomar determinadas medidas. También hay que tener en cuenta el peligro de una enfermedad nerviosa. En la escuela se delatan a veces porque se quedan sentados soñadores o embotados, se asustan y tiemblan o se ruborizan cuando se los llama, y ponen «mala cara» siempre o solo en los exámenes. Si se ríen de ellos o se los castiga, se produce una reacción inesperadamente violenta. A veces son modelos de docilidad en la escuela, pero tiranos atormentadores en casa5. Se comprende fácilmente que no se debe ni excitar la obstinación ni ahondar la obediencia, como suele ocurrir a menudo cuando en el primer caso se intenta poner en ridículo la impotencia del niño, y en el segundo se le promete una recompensa segura que la vida, al fin y al cabo, no da. Pero allí donde se encuentra la obediencia solo por la obediencia, debe su origen, como en algunas prácticas religiosas, a la más profunda contrición, a un sentimiento de inferioridad prepotente, y se acerca a la manía masoquista de pequeñez, para celebrar triunfos secretos. Si se logra demostrar al niño su actitud anormal y mostrarle cómo desvalorizar sus valoraciones erróneas de la significación propia y ajena, masculina y femenina, hacerle comprender el mecanismo compulsivo que lleva de la bisexualidad psíquica a la protesta masculina exacerbada, y descubrir su obstinación o su obediencia como situadas en estas líneas, la partida está ganada. El niño se vuelve interiormente libre y exteriormente independiente, y puede ya, con toda su fuerza, que ya no está atada, decidirse a pensar y obrar por sí mismo.
Si con ello cae también un buen trozo de fe en la autoridad —¡y también el niño obstinado solo se obstina contra la autoridad!—, no lo lamentaremos. Vamos, en efecto, hacia una época en la que cada cual, independiente y libre, ya no al servicio de una persona sino al servicio de una idea común, ocupará su puesto con iguales derechos, al servicio de la idea del progreso físico y espiritual.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de Heilen und Bilden. Ärztlich-pädagogische Arbeiten des Vereins für Individualpsychologie, ed. de Alfred Adler y Carl Furtmüller, Múnich, Ernst Reinhardt, 1914, págs. 84-93, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. La primera publicación, en las Monatshefte für Pädagogik und Schulpolitik [Cuadernos mensuales de pedagogía y política escolar] (Viena) 2 (1910), págs. 321-328, no ha podido consultarse. Las notas del autor, numeradas por página en el original, van aquí numeradas de forma continua. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, los separadores, la paginación original, las notas del autor y las cursivas, que reproducen el espaciado del original. Trotz se traduce «obstinación» (y trotzig, «obstinado»); Einstellung «actitud» y, en la locución auf … eingestellt sein, «estar orientado a»; Trieb «instinto»; Minderwertigkeitsgefühl «sentimiento de inferioridad»; männlicher Protest «protesta masculina»; Zurückgesetztheit «postergación». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
«Minderheitsgefühl», así en el impreso; quizá errata por «Minderwertigkeitsgefühl» (sentimiento de inferioridad), pero el sentido de «minoría», de estar en el lado menor y postergado, también es posible. (N. del T.) ↩
«Kindheitserinnerungen einer ehemals Nervösen» [Recuerdos de infancia de una antigua nerviosa], capítulo anónimo del mismo volumen Heilen und Bilden (págs. 380-389). La remisión es de la edición de 1914. (N. del T.) ↩
Von Kries fue el primero que señaló el «mecanismo de la actitud» (Einstellungsmechanismus). ↩
Desde este punto de vista, el sistema de las «clases de apoyo» (Förderklassen)6 parece peligroso, porque no puede menos de exacerbar al máximo la protesta masculina, mientras que en la escuela es imposible ponerle un límite adecuado. Lo que un niño pueda ganar con el fomento queda más que contrarrestado por el daño de la mayoría, por el aumento de su obstinación y de su amargura. ↩
Creo que deberían delatarse con la mayor claridad en las redacciones libres o de tema elegido por ellos mismos, en las que no se les sugiere demasiado el tema, presentando, por ejemplo, problemas o soluciones de problemas en el sentido de los impulsos expuestos más arriba. Habría toda clase de motivos para estar agradecidos a los maestros por observaciones de este tipo. Agradezco aquí al señor profesor Oppenheim, a la señora Dra. Furtmüller, al señor y a la señora Dr. Kramer y a otros la amable realización de esta sugerencia, que se expone más adelante. ↩