¿Cómo alimentamos a nuestros hijos?

Indicaciones de un médico.

Como hoy se admite por todas partes, el peligro más amenazador para el desarrollo del niño está en la pobreza de quienes lo alimentan. Hasta qué punto se manifiesta esto en la gran mortandad de lactantes no vamos a desarrollarlo aquí. Para los pequeños que sobreviven queda todavía bastante desdicha y miseria, y la dorada juventud de la vida se compone para muchos niños de una serie de privaciones y de escenas tristes, piedras angulares de una existencia malograda.

También el problema de la crianza de los niños resulta ser, ante todo, como tantas otras cuestiones de la higiene popular, un problema social. Uno de sus capítulos, la alimentación de los niños sanos, nos obliga a tener en cuenta tanto la cantidad como la calidad del alimento, la constitución de los órganos digestivos infantiles y de sus auxiliares, los dientes, etc. El éxito de la alimentación se expresa con la mayor claridad en un aumento regular de peso.

Una importancia muy especial tiene en la vida del niño la leche. La superioridad de la leche materna sobre la de vaca para el lactante es enorme. Pasado el periodo de lactancia, la leche de vaca sigue siendo el componente más valioso de la alimentación infantil. Hervir la leche protege del contagio por gérmenes patógenos, como los que no pocas veces se encuentran en la leche cruda. Los agentes contagiosos del tifus, la escarlatina, la tuberculosis, las bacterias de la putrefacción y de la suciedad, que en el intestino infantil pueden causar fácilmente estragos, se eliminan con seguridad hirviendo la leche. La llamada «leche recién ordeñada» goza injustamente de buena fama. Antes bien, debe equipararse a la leche cruda. Las grandes lecherías instaladas con arreglo a la higiene son con mucho preferibles a las pequeñas explotaciones mal vigiladas. La preferencia, frecuente, por la leche tomada siempre de la misma vaca carece por completo de fundamento mientras no se tenga la garantía de que precisamente esa vaca está sana. En la mayoría de los casos es preferible la leche mezclada. Hay que fijarse especialmente en que la leche sea buena. La leche mala se reconoce por su aspecto mucoso y filamentoso, por la coloración roja, por el moteado azul o por su sabor amargo y áspero. Un enrojecimiento vivo del papel de tornasol azul sumergido en ella, o la falta total de coloración azul del papel de tornasol rojo, delatan claramente que la leche está alterada, lo mismo que si se corta al hervirla poco después de comprarla. Un alimento así debe rechazarse siempre, porque sus propiedades nocivas no se pierden ni siquiera con la cocción. Del contenido normal de grasa de la leche ha de cuidar la policía de mercados. A la mayoría de los niños les sienta de maravilla conservar hasta los seis u ocho años un litro de leche como base de su alimentación diaria. Para mejorar el sabor puede convenir, según el caso, añadir cacao, un poco de café, té o alguno de los sucedáneos de café de malta.

Hacia la mitad del segundo año de vida se puede añadir a la dieta del niño un poco de carne. Como en todas las novedades de la dieta, hay que proceder paso a paso, comprobando siempre si el nuevo alimento le sienta bien al niño. Con la carne llega a la mesa infantil un elemento completamente nuevo, un alimento que, aun bien preparado, exige más de la dentadura, del estómago y del intestino del niño. Por eso es necesario darle la carne bien cocida, sin condimentos, libre de venas, tendones y astillas de hueso y, al principio, también de grasa visible, exhortándole repetidamente a masticar bien. En caso de indisposición, cuando el rendimiento del aparato digestivo, como el de todos los demás órganos, se vuelve deficiente, conviene suprimir la carne, como cualquier otro alimento de difícil digestión, y limitarse a la leche hasta que el médico haya dado las indicaciones oportunas. Un prejuicio muy extendido consiste en menospreciar la carne cocida del caldo. A esto hay que observar que esta casi iguala en valor nutritivo a la carne asada, y que por su más fácil digestión merece normalmente la preferencia. Distinguir entre carne blanca y carne oscura no tiene fundamento. Comer carne cruda no ofrece ventaja alguna y sí, con frecuencia, inconvenientes particulares. El principal peligro de ingerir carne cruda es la infección por lombrices. En digestibilidad, ni siquiera raspada es superior a la carne cocida y bien desmenuzada, y al cabo de algún tiempo se produce casi siempre aversión, incluso asco, hacia ella.

En lugar de carne, en los años posteriores de la infancia, más o menos desde el tercer año, puede incluirse de vez en cuando embutido en el menú. Si ya al comprar carne hay que fijarse cuidadosamente en su buena calidad y frescura y, ante un olor algo sospechoso o un aspecto descolorido —la coloración roja suele ser inofensiva y se debe a haber estado en hielo—, rechazar enérgicamente la pieza y dejar de comprar en tal establecimiento, esto vale en grado mucho mayor para el embutido. Sobre todo en verano este alimento está muy expuesto a echarse a perder, por lo que la prohibición de comer embutido durante la estación calurosa tiene pleno sentido. Además del jamón, para los niños se preferirán sobre todo los embutidos que contengan principalmente carne, poca grasa y pocas especias o ninguna. Al comprar asegúrese uno de que recibe la mercancía de una empresa irreprochablemente limpia y acreditada. Evítense con cuidado las empresas sucias, fraudulentas y explotadoras. Porque lo que ya se ha hecho en materia de adulteración de embutidos es tan desvergonzado y miserable que supera toda imaginación humana.

Entre los alimentos líquidos, junto a la leche, desempeña un papel importante el caldo de carne. Su valor nutritivo es escaso: se limita casi exclusivamente a las trazas de grasa que contiene. Algo más nutritivas son las llamadas sopas falsas.1 En cambio, las sales extraídas de la carne y la sal de cocina añadida a la sopa son casi imprescindibles para la formación y el funcionamiento del organismo. El caldo de carne solo, obtenido de carne y huesos, puede darse con provecho ya durante el periodo de lactancia. Más tarde la sopa se hace más nutritiva añadiéndole harina, pasta, sémola, arroz, tuétano, huevos y cosas semejantes. Es importante el efecto aperitivo de la sopa. Hay que tener presente, sin embargo, que añadir especias a la sopa o a otros platos, en especial pimienta y pimentón, así como cebolla y ajo, es decididamente condenable en los primeros años de la infancia, porque ejercen una irritación indebida sobre el estómago, el intestino y los riñones.

Del beber agua hay que decir que, si se dispone de agua sana de manantial de montaña,2 se puede empezar pronto. Lo mejor es dar al lactante, más o menos desde el cuarto mes, un sorbo de agua fresca poco antes de salir de casa. Esta costumbre de beber agua antes de salir de casa debe mantenerse hasta bien entrada la infancia, porque endurece la faringe y las amígdalas y las protege de la sequedad en la calle. Así se crea cierta protección contra las infecciones de garganta. Poco después de la lactancia hay que dar al niño un poco de agua tras los alimentos sólidos; más tarde se le puede dar tranquilamente un vasito de agua en la mano después de comer, y también entre comidas si lo pide. Restringir o prohibir beber agua no está justificado y solo aumenta el deseo de agua del niño. Igualmente infundada es la prohibición, frecuente, de beber agua después de comer fruta o de tomar platos ácidos, café, etc., si se dispone de agua de manantial. A lo sumo, después de comer grasa de difícil digestión, grasa de oca u otras grasas animales, o carne mezclada con ellas, convendría desaconsejar beber agua fría. Una vieja controversia gira en torno a beber con el cuerpo acalorado. A los niños físicamente sanos se les puede dejar beber tranquilamente; solo a los niños de pulmones sospechosos hay que guardarlos del acaloramiento y de beber precipitadamente después.

Breve pero encarecidamente, añadamos aquí que el alcohol, en cualquiera de sus formas, perjudica a los niños, y por eso hay que mantenerlo lejos de ellos.

Como alimento bueno, aunque por desgracia no tolerado a la larga, debe mencionarse aquí la miel líquida, excelente para un uso temporal en caso de digestión perezosa y en niños débiles.

De todas las clases de grasa, que deben considerarse los alimentos más concentrados, la más conveniente para el niño es la mantequilla de explotaciones dirigidas con criterios higiénicos, y para alimentarle mejor puede dársele poco después de la lactancia sobre panecillo o en platos de harina y de leche. Las demás grasas es mejor no emplearlas en la preparación de las comidas hasta el segundo año. La mantequilla y la grasa rancias son causa frecuente de trastornos de estómago.

Un alimento ideal lo tenemos en los huevos de gallina. Contienen albúmina y grasa en forma bastante concentrada y, crudos o pasados por agua, se toleran fácilmente. Sobre todo la yema, que debe administrarse en pequeñas dosis, a cucharaditas, ya desde el sexto mes, tiene gran importancia para la formación de la sangre por su contenido en hierro. No pocas veces se observa cómo niños pálidos y débiles prosperan solo con añadir algo de yema a su alimentación. Es posible que en ello tenga gran importancia la lecitina que contiene el huevo. Lo seguro es que sin yema de huevo difícilmente puede componerse una dieta suficientemente rica en hierro para la primera infancia. Pero mientras no se esté seguro del niño, la madre debe probar antes cada huevo para comprobar si está en perfecto estado y fresco, lo que vale muy especialmente para los meses de invierno.

Parecida importancia tienen las verduras de hoja por su contenido en hierro. La más digerible de ellas, la espinaca, debe darse en pequeña cantidad ya hacia el final de la lactancia, más o menos en el octavo mes. Para la primera infancia téngase presente: todas las verduras irritan el intestino por sus considerables componentes indigeribles, y por eso deben darse hasta el cuarto año en puré o convenientemente desmenuzadas. El valor nutritivo de las verduras es casi siempre muy escaso, pero puede aumentarse convenientemente añadiéndoles grasa y harina. Mayor es el valor nutritivo de la patata y de las legumbres. Si se sirven enteras, deben estar bien cocidas y el niño debe masticarlas.

En un segundo artículo se tratará de la importancia para la alimentación de las sustancias que, por su contenido en hidratos de carbono, adquieren mayor valor también después del periodo de lactancia.

Aladin.3

¿Cómo alimentamos a nuestros hijos?

De un médico.

II.

En el primer artículo pasamos revista a todos los alimentos que son importantes por su contenido en albúmina y grasa o por su significación especial para el organismo. Hoy queremos ocuparnos de las sustancias que, por su contenido en hidratos de carbono, adquieren mayor valor sobre todo después del periodo de lactancia y lo conservan también para los adultos hasta la más avanzada vejez. Los representantes de este grupo son el azúcar y la harina, que el organismo transforma en azúcar.

Aparte del azúcar, que como excelente alimento se nos presenta desde el primer día de la vida del niño en la leche y más tarde, ocasionalmente, en la miel, el tiempo de la dieta rica en hidratos de carbono comienza al final del periodo de lactancia. Aquí entran, con todo derecho, las papillas más claras y más espesas, gachas4 cocidas con leche, harinas diversas, sémola, bizcocho tostado rallado, panecillo, etc. Para aumentar el valor nutritivo puede añadirse azúcar; solo hay que vigilar siempre que el niño no se harte del azúcar y rechace por ello todo el plato.

A medida que al niño le salen los dientes, uno puede atreverse a darle en la mano productos de panadería más consistentes. Al principio han de elegirse clases que se ablanden fácilmente en la boca, como el bizcocho tostado o los bizcochos («Bischkoten»); más tarde, un Kipfel5 tierno, un trocito de bollo o de panecillo. Ahora es el momento de acostumbrar al niño a masticar bien. Los niños se dejan guiar fácilmente si la madre les enseña a masticar haciéndolo ella con frecuencia, y conservarán también en adelante la costumbre de masticar bien. Hay que tener muy presente el peligro de que al niño se le vaya un bocado grande a la garganta, y al principio los productos de panadería consistentes solo deben dársele bajo la vigilancia de una persona adulta. Si a pesar de todo ocurre que un bocado se le va a la garganta, cosa que se manifiesta inmediatamente por las arcadas del niño, casi siempre basta un golpe ligero en la espalda para expulsar el bocado de la garganta. En casos de peligro apremiante, cuando, pese al golpe en la espalda, pese a la tos y a las arcadas del niño, la asfixia se hace más evidente, la persona que lo cuida debe introducir sin vacilar el dedo índice en la garganta, lo bastante hondo, deslizándolo junto al bocado por un lado, y sacar el bocado con el índice doblado: un acto de auxilio urgentísimo al que, con un cuidado esmerado y una buena educación del niño en la masticación, casi nunca habrá que llegar. Cuando el niño crece, la masticación concienzuda sigue siendo una exigencia importante en la comida. «Bien masticado, medio digerido», dice con razón el refrán, y hay que añadir que entonces no solo se libra el aparato digestivo de la irritación nociva de trozos grandes y a menudo indigeribles, sino que el valor nutritivo íntegro de los alimentos solo beneficia al organismo cuando la comida llega al estómago bien triturada e insalivada. Los niños que comen deprisa nunca engordan como es debido y padecen con especial frecuencia catarros intestinales, lo que se hace notar claramente sobre todo en verano, cuando engullen la fruta con prisa.

Claro que para masticar bien hacen falta, además de buena voluntad, buenos dientes. La limpieza diaria de los dientes con agua y un cepillo blando debe inculcarse al niño con férrea constancia si se quiere librarlo de dientes cariados. Una mala costumbre muy fea, que todavía se encuentra aquí y allá entre las niñeras, es la de realizar el acto de masticar en su propia boca y dar al niño el alimento premasticado. Apenas hace falta decir que esta costumbre repugnante tiene que redundar en perjuicio del niño. La cavidad bucal del adulto pulula de bacterias, que de este modo pasan al niño y solo en él pueden desplegar su efecto nocivo. La tuberculosis y la sífilis, pero también la difteria y las enfermedades gastrointestinales, pueden transmitirse de este modo al niño. — La transmisibilidad de los gérmenes patógenos es también la razón por la que debe prohibirse con la mayor severidad besar a los niños en la boca. Es evidente que el beso de personas aquejadas de enfermedades contagiosas, aunque se dé en la frente o en la mejilla del niño, puede tener consecuencias nocivas para su salud.

El niño necesita masticar en grado muy especial en cuanto se le dan productos de panadería más duros, pan o dulces de masa cocidos al horno. No habrá, pues, que darle demasiado pronto alimentos de este tipo; habitualmente y en mayores cantidades, solo a partir del tercer año. Con respecto al pan negro hay que tener en cuenta que deja más residuos indigeribles que el panecillo, y que da lugar más fácilmente a fermentaciones en el tubo intestinal. Hacia la mitad del segundo año se puede recurrir también a porciones, al principio pequeñas y más tarde mayores, de platos de leche más espesos: arroz con leche bien cocido, fideos con leche, etc. A ellos siguen los soufflés6 y toda la gran serie de los platos de harina. Con los dulces de levadura, en cambio, y con los platos de harina especialmente grasos o duros, hay que esperar hasta asegurarse de que el estómago del niño es lo bastante resistente a todos los demás alimentos, lo que suele ocurrir casi siempre hacia el final del cuarto año. — Los bocados calientes dañan los dientes y el estómago; una vez enfriados, los platos grasos pueden volverse nocivos después.7

Antes de dejar este tema, mencionemos todavía un abuso grosero y muy extendido que perjudica muchas veces el desarrollo de los niños. Casi por todas partes se ve a los niños pequeños con un trozo de pan o de bollo en la boca. La madre solícita cree a menudo que no puede cuidar mejor de su hijo que dándole algo de comer en cada ocasión. Esos niños pierden tarde o temprano el apetito, y muchas veces cuesta trabajo volver a encauzar la alimentación. Cuando uno se encuentra con un niño por lo demás sano pero con poco apetito, puede afirmar casi con seguridad que se le dan bollos a escondidas fuera de las comidas regulares. Cierto que la culpa es casi con la misma frecuencia de la falta de un cuidado suficiente que de la madre mal orientada. Cuando el niño ha de quedarse solo, cuando grita, cuando se ha caído, cuando sale de casa, en la habitación o en la calle, enseguida se le da un trozo de bollo, y no pocas veces porquerías polvorientas y pasadas, de tiendas de comestibles o de puestos al aire libre. Y el niño le coge el gusto, lo pide constantemente, pero se sienta a la mesa sin ganas.

De acuerdo con nuestras costumbres de vida, al final de la lactancia fijamos cinco comidas, dos mayores y tres menores, a intervalos adecuados. Cada una de estas comidas debe tener lugar a una hora fija. Con las manos limpias, las uñas limpias y — la nariz limpia, así ha de sentarse el niño a la mesa. Los alimentos caídos al suelo deben retirarse. Así se acostumbra al niño con la mayor seguridad a hacer lo mismo más tarde, cuando nadie le vigile. La importancia higiénica de esta medida es clara. Ni con el amor más escrupuloso a la limpieza es posible mantener el suelo o la alfombra, por no hablar del zaguán y de la calle, libres de gérmenes nocivos. Limpiar los alimentos así ensuciados no cambia en nada su nocividad: son y siguen siendo peligrosos para la salud y en algún caso pueden causar graves daños. Lo mismo vale para el ensuciamiento del chupete («Zuzel»),8 en conjunto condenable, del lactante, que últimamente se está sustituyendo por la tetina de goma, más adecuada. Es una escena cotidiana: al niño se le cae el chupete, la niñera lo recoge, lo frota un par de veces en su falda y se lo vuelve a meter al niño en la boca. Este abuso es tan grave que en realidad habría que combatirlo con amenaza de sanción.

El mismo principio de un marcado sentido de la limpieza debe guiarnos en cuanto el niño empieza a comer fruta. Como alimento, la fruta no tiene gran valor: como material nutritivo solo ofrece al organismo azúcar. Más importante es su contenido en ácidos vegetales y sales, entre las que se encuentran también sales de hierro. Su buen sabor depende de su contenido en aceites esenciales. Con razón gozan las frutas de gran prestigio por su efecto favorable a la digestión, y como contribuyen a la formación de la sangre por su contenido en hierro y a la formación de los órganos mediante otras sales, conviene empezar pronto, más o menos desde el octavo mes, a darles fruta.

Claro que al principio solo debe darse poca, y esa poca, raspada, en zumo exprimido o cocida. Como regla, téngase presente dar la fruta solo al final de la comida, y únicamente por excepción entre comidas. Más adelante en la infancia, cuando se puede dejar que los dientes del niño desmenucen la fruta, procúrese siempre, sin embargo, que se quiten con seguridad las pepitas y el corazón, porque a veces pueden causar grandes daños. Naturalmente, la fruta tiene que estar fresca, madura, bien limpia y libre de la piel dura e indigerible. La piel de las grosellas espinosas o de las uvas deben escupirla los niños pequeños, porque incluso en niños mayores o en adultos irrita y daña a veces el intestino.

A la costumbre de los niños pequeños de llevarse a la boca todos los objetos que caen en sus manos hay que oponerse desde pronto. En ningún caso se le den al niño para jugar juguetes sucios o piedras sucias, porque apenas puede evitarse que se lleve a la boca las manos así ensuciadas. De ahí también el especial hincapié que hay que hacer en lavarse las manos regularmente antes de comer.

Antes de cerrar el tema de la profilaxis de la alimentación en la infancia, tenemos que mencionar las enfermedades causadas por lombrices, que se producen regularmente por vía alimentaria y se delatan por molestias más o menos grandes. En nuestras regiones los gusanos intestinales llegan al intestino humano porque sus huevos se tragan con el alimento. Uno puede, pues, protegerse fácilmente de este contagio. La tenia puede evitarse si en la alimentación se evitan la carne y el tocino de cerdo crudos, la carne de vaca cruda o a medio cocer y el pescado crudo o poco ahumado. Los huevos de las lombrices intestinales y de los oxiuros llegan al intestino humano con verduras o fruta sucias y allí se desarrollan. Los niños que tienen oxiuros albergan en la suciedad de sus dedos, sobre todo de sus uñas, huevos de oxiuros con los que se contagian una y otra vez a sí mismos y a sus compañeros. Cocer bien la carne, limpiar cuidadosamente la fruta y la verdura y mantener limpias las manos y las uñas protege con seguridad de las lombrices.

En el cuidado metódico de la alimentación infantil no debe faltar la variedad en el menú. El gran número de platos de harina y de leche, verduras, sopas y clases de fruta da para ello medios suficientes.

A estas y otras disposiciones profilácticas semejantes se oponen dos grandes obstáculos. Uno es la miseria de masas, que impide una alimentación racional de los hijos del pueblo. O faltan los medios para procurarse el alimento debido, o la carga de preocupaciones y la fatiga del trabajo del día privan al niño del cuidado y la vigilancia de los padres. De las filas de estos niños de la miseria muchos no encuentran el camino hacia las edades más avanzadas. Y los que lo encuentran llevan heridas en el alma y en el cuerpo. Enfermedad, consunción, vejez prematura, muerte temprana son a menudo el final. El segundo obstáculo para una alimentación racional de los niños son la ignorancia y la superstición. Las ideas fundamentales de la ciencia de la nutrición han cambiado sustancialmente respecto de antes. Las experiencias de una madre aislada, por innegables que sean, son demasiado escasas para valer para toda la alimentación infantil. La última palabra la tiene la ciencia, que examina sin prejuicios todas las experiencias y conserva las buenas. Así pues, hay que escuchar a la ciencia, ¡pero también ella tiene que hacerse oír! Y si el cuidado y la curación del niño enfermo solo pueden ser tarea del médico competente, las nociones fundamentales sobre la vida y las condiciones de existencia de los niños sanos deben llegar al pueblo, forman parte de los elementos más importantes de la cultura popular general.

Por desgracia, de esto todavía se nota poco. El Estado capitalista descuida, como tantas veces, su deber y solo de vez en cuando piensa en la generación que crece. Con tanto mayor celo tenemos que trabajar nosotros, que miramos al futuro, para mantener sano de espíritu y de cuerpo al pueblo del futuro, a nuestros hijos. El cuidado de los niños, la mejora de su suerte material, la eliminación de la ignorancia y el fomento de la cultura popular en el terreno de la crianza de los niños es una de las tareas difíciles de la socialdemocracia, pero también una de sus posiciones más firmes. La tabla siguiente, que no debería faltar en ninguna familia, da aproximadamente el peso de los niños sanos. Las cifras mayores se refieren a los niños, las menores a las niñas. Las desviaciones apreciables hacia abajo indican siempre un desarrollo deficiente, cuya causa ha de buscarse en una alimentación deficiente o en una salud deficiente.

EdadPeso medio
Al final del 1.er mes. . . . . .3800 gramos
» » 2.º ». . . . . .4500 »
» » 3.er ». . . . . .5100 »
» » 4.º ». . . . . .5700 »
» » 5.º ». . . . . .6300 »
» » 6.º ». . . . . .7000 »
» » 7.º ». . . . . .7500 »
» » 8.º ». . . . . .7900 »
» » 9.º ». . . . . .8300 »
» » 10.º ». . . . . .8500 »
» » 11.º ». . . . . .8800 »
» » 12.º ». . . . . .9000 »
EdadPeso medio
Al final del 1.er año. . . . . .8 a 10 kilogramos
» » 2.º ». . . . . .10 » 12 »
» » 3.er ». . . . . .11½ » 13½ »
» » 4.º ». . . . . .13½ » 15½ »
» » 5.º ». . . . . .15 » 17 »
» » 6.º ». . . . . .16 » 18 »
» » 7.º ». . . . . .18 » 20 »
» » 8.º ». . . . . .20½ » 22½ »
» » 9.º ». . . . . .22½ » 24½ »
» » 10.º ». . . . . .24½ » 26½ »
» » 11.º ». . . . . .27 » 29 »
» » 12.º ». . . . . .29½ » 31½ »
» » 13.er ». . . . . .32 » 34 »
» » 14.º ». . . . . .36 » 38 »
» » 15.º ». . . . . .40 » 42 »

Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes de página de ANNO (Österreichische Nationalbibliothek, aze/19021228/8 y aze/19021230/5-6): Arbeiter-Zeitung (Viena), n.º 354, 28 de diciembre de 1902, pág. 8 (I, firmado «Aladin»), y 30 de diciembre de 1902, págs. 5-6 (II, «De un médico», sin firma). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las tablas, las cifras sin convertir y las cursivas (que reproducen el espaciado del original). Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Falsche Suppen: sopas sin carne, hechas con harina tostada, sémola, pan o verduras, que imitan el caldo de carne. (N. del T.) ↩

  2. Hochquellenwasser: agua de manantiales alpinos traída a Viena por la Primera Conducción de Aguas de Manantial de Montaña (I. Wiener Hochquellenwasserleitung, 1873). (N. del T.) ↩

  3. Sobre la atribución: «Aladin» es un seudónimo, y ninguna de estas piezas lleva el nombre de Adler. La atribución la propuso Reinhard Schiferer (1995) y la han aceptado las ediciones de referencia: el tomo 7 de la Alfred Adler Studienausgabe recoge «Das empfohlene Treiberlein» (1897) como su texto más temprano conocido, junto con «Eine Lehrkanzel für soziale Medizin» (Ärztliche Standeszeitung, 1902, también firmado «Aladin»), que figura asimismo en las Collected Clinical Works. Habla también a favor la afinidad de los temas con lo que Adler firmaba con su nombre en esos años: medicina social, alimentación obrera, mortalidad infantil y crítica de la medicina de beneficencia. No conocemos, en cambio, ninguna prueba documental (una carta, un registro de colaboradores de la redacción) que la confirme; por eso se acepta aquí con reserva. ↩

  4. Papperl: en el habla vienesa, papilla o comida infantil. (N. del T.) ↩

  5. Kipfel: bollo vienés en forma de media luna; Wecken, bollo alargado; Bischkoten (de Biskotten), bizcochos de soletilla. (N. del T.) ↩

  6. Aufläufe: platos dulces o salados gratinados al horno, a base de harina, sémola o arroz con huevo; Mehlspeisen, en Austria, los platos dulces de harina. Germspeisen: dulces de masa de levadura (Germ, en austriaco). (N. del T.) ↩

  7. El original dice literalmente «abgekühlt können fette Speisen nachträglich werden», frase a la que parece faltar una palabra (probablemente schädlich, «nocivos»); se traduce según ese sentido probable. (N. del T.) ↩

  8. Zuzel: en el habla vienesa, chupete de trapo relleno que se daba al lactante. (N. del T.) ↩