Pong:
Caza de avispas
En cuanto nos sentamos por la mañana a la mesa en la terraza o en el jardín para desayunar, acuden las avispas. Zumban en círculo alrededor de nuestras cabezas, se enredan en nuestro pelo y se posan en las rebanadas con mantequilla, los azucareros, los tarros de mermelada y de miel. En la comida, en la merienda y otra vez por la noche se repite este juego.
Un señor gordo y colérico se ha levantado de un salto y da golpes furiosos a su alrededor con la servilleta. «¿Ya empezamos otra vez?», grita excitado. «¡Estas malditas avispas! ¡Son una verdadera plaga! ¡Hay que exterminarlas, aniquilarlas, matarlas a todas! Si no, no hay paz.»
Un segundo señor, en la mesa de al lado, mira asombrado y divertido. Con toda calma dice: «A mí las avispas no me molestan. Forman parte de las vacaciones de verano. Y están en cada local, en cada pensión. Si uno no les hace mayor caso y no se deja alterar por ellas, se las arregla con ellas bastante bien. Al fin y al cabo, también ellas quieren vivir.»
«¡Permítame, caballero!», salta el gordo. «Las avispas son unos bichos antipáticos, insoportables. Son alborotadoras, pesadas, ladronas. ¿A quién sirven? A nadie. ¿Para qué están? Solo para fastidiarnos. ¡Mírelas! ¡Qué impertinencia! ¡Qué voracidad! Y encima son un peligro público por sus picaduras. ¡Habría que matarlas a todas!»
«Dios mío», responde el señor tranquilo de la mesa de al lado, «son como las ha hecho la naturaleza. Y se comportan como corresponde a las avispas. Cuando las observo, me parece que su laboriosidad es ejemplar, su diligencia insuperable, su valor admirable, su constancia sin igual. Además son de hermosa figura, delicadas y gráciles de cuerpo, encantadoras de color. Y si se las dejara en paz, seguro que no estarían tan nerviosas, temblonas y malignas.»
«¡Déjese de cumplidos y sentimentalismos!», lo rechaza indignado el gordo. «Esos bichos quieren robar y picar. Es el único fin de su vida. Pero eso no les da derecho a vivir. No tengo ganas de ser su víctima. Avispa es avispa. Y donde uno se la encuentre, hay que matarla. ¡Esa es mi opinión!»
Se marcha a toda prisa. Se pasa el día entero buscando avisperos. En el primero que encuentra mete furioso el bastón. Las avispas salen en un enjambre espeso y lo ahuyentan. En el segundo avispero echa agua. Pero también allí los animales amenazados se le echan encima en masa. Sobre el tercer avispero enciende fuego. Muchas caen en las brasas y perecen. Pero las que vuelven se lanzan contra el sacrílego y lo ponen en fuga. Discurre una y otra vez nuevos métodos de exterminio. Pero no consigue dominar a los animales. «Todo es inútil», le dice el señor tranquilo, que se lo encuentra en plena obra destructora; «con las avispas no podrá usted. ¡La naturaleza quiere que vivan y sigan viviendo!» «¡Ya le demostraré que puedo con ellas!», grita el gordo. «¡Hay que matarlas a todas!»
Por la noche aparece completamente agotado en la galería y se deja caer en la tumbona. Al instante lo rodean las avispas. «¡Todavía me van a matar del disgusto estas bestias!», suspira. «Ya no salgo de la excitación. Ni baño, ni natación, ni paseo... ¡siempre estas avispas! Ni siquiera he leído el periódico.» Y coge el diario y se enfrasca en él.
Al cabo de un rato se vuelve hacia el señor de la mesa de al lado: «¿Qué me dice usted de esta política que hace Alemania? ¡Esa gente del gobierno está dejada de la mano de Dios! Todavía nada más que hostigamiento de los judíos... Personas completamente inofensivas son expulsadas y arruinadas solo porque son judías. ¡Que las dejen en paz! Ay... ¿cuándo se gobernará por fin el mundo con razón?»
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): «Pong», «Wespenjagd», Prager Tagblatt, 58.º año, n.º 199, 26 de agosto de 1933, pág. 3 (ANNO / Österreichische Nationalbibliothek, ANNO_ptb19330826, imagen 3). Atribución a Otto Rühle según Stecklina (2002).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Judenhetze se traduce «hostigamiento de los judíos».