Este artículo debería haberse escrito hace años.
Quizá habría ahorrado más de una discusión superflua.
Pues desde hace mucho tiempo vivo la experiencia (que otros oradores viven igualmente) de que en casi cada asamblea interviene un partidario convencido, hoy seguramente siempre un camarada del KPD, y declara categóricamente: lo que el ponente dice, quiere y hace está bien y es hermoso en sí. Pero en el fondo todo eso no sirve de nada. Primero tienen que haber mejorado las condiciones; entonces también los hombres mejorarán. Condiciones nuevas solo las conseguiremos única y exclusivamente mediante la revolución. Todo lo demás es derroche de tiempo y de fuerzas, distracción, oportunismo, contrarrevolución.
Esta cantinela corriente encuentra casi siempre plena aprobación entre quienes han pasado por la escuela tradicional del modo de pensar de partido. Corresponde, en efecto, al esquema habitual de la concepción materialista de la historia, desfigurada por los partidos hasta convertirla en un mecanismo espantoso. Pero es del todo acientífica en el sentido del marxismo; y encierra además el gran peligro de criar un fatalismo que no puede sino paralizar la lucha de clases.
Por eso invita cada vez a una discusión de fondo.
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Primero tienen que cambiar las condiciones...
Las «condiciones» (Verhältnisse) no son cosas perceptibles por los sentidos; no son objetos tangibles que puedan medirse, pesarse, repartirse, traerse o llevarse; no son objetos fuera de nosotros. Tampoco son poderes misteriosos por encima de las nubes; ni instancias que determinan nuestro destino, ni fuerzas metafísicas de algún tipo en una esfera o región mística.
Las «condiciones» son, como dice muy acertadamente la palabra, relaciones (Beziehungen), vínculos, ordenamientos según los cuales se regulan los modos de conducta (Verhaltungsweisen) de los hombres.1
Hubo un tiempo en que la ciencia se dirigía exclusiva o principalmente a averiguar la relación de los hombres con Dios. La vida económica y social del hombre de entonces estaba regulada por la relación de feudo. El campesino y el artesano estaban atados, por medio de la gleba que habían recibido en préstamo a cambio de un censo, al poder superior del señor de la tierra. Así, también su relación con Dios se presentaba en su conciencia como una especie de relación feudal. El cielo es la verdadera patria. La vida en la tierra es solo un servicio de vasallaje. Dios es el señor supremo de la tierra. La teología revestía científicamente estas ideas y daba con ello razón de la relación del hombre con Dios.
Después vino el capitalismo. El empresario estaba menos interesado en las delicias futuras de un más allá lejano que en las perspectivas de beneficio de un más acá cercano. Necesitaba hierro, carbón, algodón, máquinas, productos químicos para poder lanzar mercancías al mercado. Necesitaba, pues, física, química, técnica, matemáticas. Le importaba obtener conocimiento sobre su relación con la naturaleza. Así, las ciencias naturales se convirtieron en el eje de toda la orientación científica de la era burguesa.
El proletariado con conciencia de clase aspira al socialismo. Es decir: a una nueva regulación de las relaciones de los hombres con el trabajo, con los medios de trabajo y con el producto del trabajo. El trabajo mismo es, como la economía, el valor de cambio, el capital, la sociedad, la cultura, etc., expresión de una relación. Todas las relaciones de los hombres entre sí, dice Marx, son el reflejo de las relaciones que tienen unos con otros en el proceso de producción. En el socialismo se trata, pues, de las relaciones de hombre a hombre. Dar razón de ellas es tarea de la ciencia social (sociología, marxismo).
Las condiciones que creemos que deben cambiar son, por tanto: relaciones de propiedad, relaciones de producción, relaciones de distribución, condiciones de alimentación, de administración, relaciones sociales, condiciones culturales, condiciones de instrucción.
Todo relaciones de hombre a hombre.
En el mundo feudal aún no se veía la relación social del hombre, sino solo su relación celestial, religiosa. Pero uno de los términos de la relación era el hombre.
En el mundo capitalista, la relación con la naturaleza tampoco se establece sino con ayuda del hombre. Él no es en modo alguno ajeno a ella.
¡Y no digamos en el mundo del pensamiento proletario! Ahí el hombre pone los dos términos de la relación. Pues esta ya no se llama hombre-Dios, ni tampoco hombre-naturaleza, sino hombre-hombre. Las condiciones tienen que cambiar... ¿Qué significa, pues, esto?
Significa: las relaciones de hombre a hombre en el marco del orden económico y social tienen que cambiar.
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El hombre vive las relaciones a través de su conciencia.
También aquí la lengua es una intérprete clara: Bewußtsein, ser que se ha hecho consciente.2
El proletario solo se siente en su relación con la clase proletaria cuando ha despertado a la conciencia de clase.
La conciencia, pues, lo despierta como miembro de la clase, como luchador de clase.
Sin conciencia de clase no existen para él ni la clase ni la lucha de clases.
Igual que sin conciencia no existirían para él ni pasado ni futuro, ni historia ni desarrollo, ni capitalismo ni socialismo.
Las condiciones en que vive se le convierten en vivencia real únicamente a través de su conciencia.
Los cambios de las condiciones solo adquieren significado histórico cuando, y solo cuando, se han convertido en contenido de conciencia.
Solo a través de la conciencia humana adquieren las llamadas condiciones fuerza formadora de historia.
Solo el hombre que las vive conscientemente las pone al servicio del desarrollo.
No hay ningún lugar fuera de la conciencia humana del que parta o en el que se lleve a cabo el cambio. Lo lleva a cabo el hombre mismo.
Es el hombre quien cambia las condiciones.
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Naturalmente, no las cambia arbitrariamente. Su voluntad está ligada a las necesidades que condicionan su vivencia. Está determinada.
Pero, a pesar de todo, es el hombre quien cambia las condiciones.
Cada nueva vivencia de la conciencia se le convierte en impulso de un nuevo querer.
Cuantas más vivencias nuevas entran en el círculo de la conciencia, tanto más dominada queda la voluntad por lo nuevo. Finalmente aparecen exigencias, postulados, fines como expresión de la voluntad recién formada. La manifestación más fuerte de la voluntad es el hecho.
Ningún hecho nuevo sin voluntad nueva. Y ninguna voluntad nueva sin una nueva vivencia de la conciencia que la preceda.
El hecho revolucionario solo es concebible como resultado de la conciencia revolucionada.
Sin cerebros revolucionarios no hay revolución.
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Cada nuevo hecho, cada nueva vivencia, proporciona naturalmente en seguida un nuevo contenido de conciencia, crea una nueva situación psíquica.
Sus reflejos aparecen en el cerebro humano.
Es el ser el que así determina nuestra conciencia. Esta idea fundamental de Marx es del todo válida.
Pero Marx nunca afirmó que el factor económico fuera el único determinante. Quien defiende esta interpretación convierte aquella tesis, según Engels, en una «frase vacía, abstracta, absurda». Las teorías políticas, jurídicas y filosóficas, las concepciones religiosas y su desarrollo ulterior, los conocimientos científicos y pedagógicos, etc., influyen igualmente en el curso de las luchas históricas «y determinan en muchos casos de manera preponderante su forma».3
A Marx solo le importaba establecer el ser socioeconómico como instancia última de la conciencia. La relación recíproca entre ser y conciencia, entre hechos de la vida y conocimientos, nunca la puso en duda.
Llegamos, pues, al resultado: los hombres hacen la historia y son hechos por ella. El ser determina la conciencia y es determinado por ella. Las condiciones cambian a los hombres y son cambiadas por ellos. La revolución de los cerebros conduce al hecho revolucionario, y el hecho revolucionario tiene por consecuencia la ulterior revolución de los cerebros. Pensado siempre como proceso recíproco, como juego de acción y reacción en el fluir del movimiento.
Como proceso dialéctico.
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Nuestro modo de pensar anterior, heredado de la lógica burguesa, nos induce siempre a plantear la pregunta: ¿qué es lo correcto, que las condiciones cambian a los hombres o al revés? ¿O lo uno o lo otro? Tenemos que aprender a pensar dialécticamente; entonces la respuesta es: ¡tanto lo uno como lo otro! La historia, dice Marx en La sagrada familia, no hace nada, «no posee ninguna riqueza inmensa», «no libra ninguna batalla». Es más bien el hombre, el hombre real, vivo, quien hace, posee y lucha todo eso; no es la «historia» la que utiliza al hombre como medio para realizar sus fines (como si fuera una persona aparte), sino que ella no es nada más que la actividad del hombre que persigue sus fines.4
Es un fatalismo sin salida esperar a la revolución para recibir entonces de golpe, deus ex machina (¡el dios de la máquina!), hombres nuevos con ideas nuevas.
Esta fe infantil en la gran revolución que resuelve todas las dificultades de un golpe de varita mágica es un residuo del romanticismo revolucionario burgués de la época de las barricadas, que ve todavía en la revolución un acto explosivo, un putsch o un golpe de Estado, y no lo que realmente es hoy: un enorme y vasto proceso histórico, un trozo de historia vivido y movido por hombres en un juego recíproco de mil formas entre potencias y posiciones.
Este proceso lo vivimos únicamente por medio de nuestra conciencia. El filisteo lo vive como el fin del mundo; el proletario, como la resurrección del mundo. Según se esté equipado con un aparato de pensar viejo o nuevo. El filisteo es determinado por su vivencia psíquica a actuar de forma contrarrevolucionaria. Al obrero con conciencia de clase le da motivo para participar en la lucha revolucionaria. Para cada uno, la directriz de su conducta viene de la conciencia.
Pues es en su conciencia (o digamos mejor, sin ser dualistas, en su alma) donde el hombre vive las condiciones.
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A un sabio rabino le preguntaron: ¿De dónde viene la gallina?
Respuesta: Del huevo.
¿Y de dónde viene el huevo?
Respuesta: De la gallina.
Quiere decir:
Las condiciones hacen al hombre, pero el hombre hace las condiciones.
El hombre es a la vez sujeto y objeto.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Otto Rühle, «Andere Verhältnisse und andere Menschen», Die Aktion, 15.º año, cuaderno 7/8, 18 de abril de 1925, col. 173-176, según la transcripción de Thomas Schmidt para el Marxists’ Internet Archive; no se ha podido cotejar con un facsímil de la revista.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas de la transcripción y la separación en apartados con asteriscos. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Juego de palabras intraducible: Verhältnisse («condiciones, circunstancias», pero también «relaciones») y Verhaltungsweisen («modos de conducta») comparten raíz con verhalten («comportarse») y Verhältnis («relación»). Según el contexto se traduce «condiciones» o «relaciones». (N. del T.) ↩
Bewußtsein («conciencia») se forma con bewußt («consciente») y Sein («ser»). (N. del T.) ↩
Carta de Engels a Joseph Bloch del 21-22 de septiembre de 1890; Rühle la cita libremente. (N. del T.) ↩
Marx y Engels, Die heilige Familie (1845), cap. VI. Se traduce del texto citado por Rühle. (N. del T.) ↩