I

Viajé ilegalmente a Rusia. El asunto fue difícil y peligroso, pero salió bien. El 16 de junio pisé suelo ruso; el 19 estaba en Moscú.

La partida de Alemania había sido precipitada. En abril, por invitación de Moscú, el KAPD1 había enviado a dos camaradas como negociadores ante el Comité Ejecutivo, para deliberar sobre la adhesión del KAPD a la III Internacional. Se decía entonces que los dos camaradas habían sido detenidos en Estonia en el viaje de vuelta. Había, pues, que reanudar enseguida las negociaciones y llevarlas a término, y eventualmente informar todavía al KAPD antes del congreso, para recibir de él instrucciones para el congreso. Todo con la mayor prisa, porque el congreso debía empezar ya el 15 de junio.

Llegado a Rusia, comprobé con alegría que la noticia de la detención de nuestros camaradas era falsa. Habían regresado por Múrmansk y estaban, pues, ya en Noruega, camino de Alemania.

Supe además que el congreso no empezaría el 15 de junio, sino el 15 de julio.

Menos gratas fueron las demás comprobaciones. Mi primera conversación con Radek2 fue una discusión sobre el fondo. Durante horas. En parte muy violenta. Cada frase de Radek era una frase de la Rote Fahne. Cada argumento, un argumento espartaquista. Y es que Radek es el amo y señor del KPD. El Dr. Levi y consortes son sus dóciles loros. No tienen opinión propia y Moscú les paga.

Pedí a Radek que me entregara la Carta Abierta dirigida al KAPD3. Me lo prometió, pero no cumplió su palabra. Se lo recordé repetidas veces y se lo hice recordar; pero no la obtuve. Cuando más tarde oí que también los dos camaradas que habían actuado como negociadores no habían recibido la Carta Abierta hasta el último momento antes de su partida, comprendí psicológicamente la conducta de Radek. Él, el más astuto de los astutos y el más falto de escrúpulos de todos los que no los tienen, sintió, ante las pérfidas mentiras e insolencias de que rebosa literalmente la Carta Abierta, algo así como vergüenza, de modo que rehuía tener que dar cuenta y razón cara a cara a los insultados y calumniados.

Los métodos a que me vi entregado en Moscú me causaron la más viva repugnancia. Mirara donde mirara: maniobras políticas entre bastidores, calculadas para el farol, que tapaban el fondo oportunista con chillones decorados revolucionarios. De buena gana me habría marchado de nuevo. Pero decidí quedarme hasta que hubiera llegado el segundo delegado, el camarada Merges, de Brunswick4.

Aproveché el tiempo para hacer estudios.

Primero recorrí Moscú, casi siempre sin guía oficial, para ver también lo que no estaba destinado desde arriba a ser visitado. Luego hice un gran viaje en automóvil a Kashira y un viaje a Nizhni Nóvgorod, Kazán, Simbirsk, Samara, Sarátov, Tambov, Tula, etc.; conocí, pues, los lugares más importantes de la Rusia central. Me dio una abundancia de impresiones, más desagradables que agradables. Rusia sufre en todos sus miembros, de todas las enfermedades. ¡Cómo podría ser de otro modo! Mucho podría contarse, pero el ejemplo de los Crispien y Dittmann5 no me incita a imitarlo. Pues ¿a quién se sirve con ello? Solo a los adversarios del comunismo. Todas estas carencias y males no son, sin embargo, una prueba contra el comunismo. A lo sumo contra el método y la

táctica aplicados por Rusia para realizar el comunismo. Pero sobre eso hay que discutir de otro modo con los camaradas rusos.

II

La táctica rusa es la táctica de la organización autoritaria. El principio del centralismo en que se basa ha sido desarrollado por los bolcheviques con tal consecuencia, y llevado finalmente a tal extremo, que ha conducido al supercentralismo. Los bolcheviques no lo han hecho por arrogancia ni por gusto de experimentar. A ello los ha obligado la revolución. Si hoy los representantes de la organización de partido alemana se indignan y se santiguan ante los fenómenos dictatoriales y terroristas de Rusia, les es fácil hablar. Si estuvieran en el lugar del gobierno soviético, tendrían que obrar exactamente igual.

El centralismo es el principio de organización de la era burguesa capitalista. Con él puede construirse el Estado burgués y la economía capitalista. Pero no el Estado proletario ni la economía socialista. Estos exigen el sistema de consejos.

Para el KAPD, a diferencia de Moscú, la revolución no es asunto de partido; el partido no es una organización autoritaria de arriba abajo, el dirigente no es un superior militar, la masa no es un ejército condenado a la obediencia de cadáver6, la dictadura no es el despotismo de una camarilla de dirigentes, el comunismo no es un trampolín para el ascenso de una nueva burguesía soviética. Para el KAPD, la revolución es asunto de toda la clase proletaria, dentro de la cual el partido comunista solo forma la vanguardia más madura y resuelta. La elevación y el desarrollo de las masas hasta la madurez política de esa vanguardia no los espera de la tutela de los dirigentes, de la disciplina ni de la reglamentación. Al contrario: en un proletariado avanzado como el alemán, esos métodos producen exactamente el resultado opuesto. Ahogan la iniciativa, paralizan la actividad revolucionaria, merman la capacidad de golpe, reducen el sentimiento de responsabilidad. Aquí se trata de desatar la iniciativa de las masas, liberarlas de la autoridad, desarrollar su conciencia de sí, educar su actividad propia y aumentar así su participación en la revolución. Cada combatiente tiene que saber y sentir por qué lucha, para qué lucha, para quién lucha. Cada uno tiene que convertirse en su conciencia en un portador vivo de la lucha revolucionaria y en un miembro creador de la construcción comunista. Pero la libertad necesaria para ello no se gana nunca en el sistema coercitivo del centralismo, en las cadenas de la dominación burocrático-militar, bajo la presión de una dictadura de dirigentes y sus inevitables fenómenos concomitantes: arbitrariedad, culto a la persona, autoridad, corrupción, violencia. Por eso: transformación del concepto de partido en un concepto federativo de comunidad en el sentido de la idea de los consejos. Por eso: sustitución del vínculo y la coacción exteriores por la disposición y la buena voluntad interiores. Por eso: elevación del comunismo desde la palabrería demagógica de la frase de papel a la altura de una vivencia del hombre entero, que le llegue a lo más íntimo y lo colme.

El KAPD ha llegado a esta concepción suya por el simple reconocimiento de un hecho muy evidente: que cada país y cada pueblo, porque tienen su economía particular, su estructura social, su tradición, su grado de madurez del proletariado, es decir, sus presupuestos y condiciones revolucionarios particulares, tienen que tener también sus propias leyes revolucionarias, sus métodos, sus ritmos de desarrollo y sus formas de manifestarse. Rusia no es

Alemania, la política rusa no es la política alemana, la revolución rusa no es la revolución alemana. Por eso tampoco la táctica de la revolución rusa puede ser la de la revolución alemana. Ya puede Lenin demostrar cien veces que la táctica de los bolcheviques ha dado brillantes pruebas en la revolución rusa: no por ello será, ni de lejos, la táctica correcta de la revolución alemana. Todo intento de imponernos esa táctica tiene que provocar la más resuelta resistencia.

Moscú hace este intento terrorista. Quiere elevar su principio a principio de la revolución mundial. El KPD es su agente. Trabaja por encargo ruso y según el esquema ruso. Es el gramófono de Moscú. Como el KAPD no se presta a ese papel de eunuco, sino que tiene opinión propia, se le persigue con un odio mortal. Basta leer los ataques injuriosos, las calumnias y sospechas venenosas con que se nos combate, sin consideración a la situación revolucionaria en que nos encontramos ni al efecto que esa mala práctica tiene que provocar en nuestros adversarios burgueses. El Dr. Levi y Heckert7 tienen que arrojar contra nosotros toda la basura que Radek y Zinóviev les ponen en la mano. Para eso se les paga a esos mozos. Pero como el KAPD, pese a todo, no se dejó doblegar, el congreso de la III Internacional debía condenarlo a plegarse a la orden de Moscú. Todo estaba magníficamente preparado. La guillotina estaba alzada. Radek comprobaba sonriente el filo de la cuchilla. Y ya el alto tribunal adoptaba su pose. Iba a ser una gran escena. Así lo había pensado el Comité Ejecutivo. Demasiado bonito para hacerse realidad.

III

Cuando volví del Volga, el camarada Merges había llegado a Moscú.

Ese mismo día se celebró una sesión del Comité Ejecutivo de la III Internacional. No estábamos invitados. En nuestra ausencia se discutió la moción Meyer (KPD)8 de negarnos la admisión al congreso. La moción fue rechazada. Entonces se nos llamó a la sesión y se tuvo la gracia de concedernos voz consultiva en el congreso.

En esa sesión vimos las tesis que iban a presentarse al congreso. Estaban pensadas como base de las resoluciones del congreso, del que Radek, con sus maneras jactanciosas, me había dicho ya antes que lo tenía en el bolsillo. «¡En el bolsillo!»

Las tesis... ¿no eran viejas conocidas? En efecto. Reconocimos en ellas las tesis de Heidelberg9, de sobra conocidas. Solo estaban presentadas con algo más de amplitud, peinadas de forma algo más teórica, elevadas algo más hacia lo centralista y dictatorial. De tesis de la política divisionista espartaquista se habían convertido en tesis de la política de fuerza rusa, y ahora debían convertirse en tesis de la violación internacional según el método ruso.

Sacrificamos una noche a su estudio y por la mañana sabíamos lo que teníamos que hacer.

Fuimos a ver a Radek y le planteamos la pregunta de si la expulsión de Laufenberg, Wolfheim y Rühle exigida en la Carta Abierta (que seguía sin habérsenos entregado) era un ultimátum y si el Comité Ejecutivo insistía en que se cumpliera esa exigencia antes de admitir al KAPD en la III Internacional. Radek intentó toda clase de subterfugios, pero exigimos una respuesta clara y rotunda. Entonces Radek declaró:

Al Comité Ejecutivo le bastaría con que el KAPD prometiera librarse, más adelante, en la ocasión oportuna, de Laufenberg y Wolfheim. De mi expulsión ya no se habló. Esta curiosa transigencia en exigencias que se habían planteado en tono altisonante como conditio sine qua non nos dio que pensar. Entonces quisimos saber qué exigencia del Comité Ejecutivo era definitiva para la admisión del KAP en la III Internacional. Radek declaró: tenéis que declarar en nombre de vuestro partido, antes de que empiece el congreso, que el KAPD quiere someterse a todas las resoluciones; entonces recibiréis voto decisivo en el congreso; entonces nada se opondrá ya a vuestra admisión en la III Internacional.

¿Oíamos bien? Declarar de antemano, con toda solemnidad, que queríamos someternos a las resoluciones del congreso, que todavía no conocíamos en absoluto... ¿Sería un chiste a lo Radek?

No: iba en serio.

¿Y si el congreso decidía la disolución del KAPD? ... Bromas aparte: tenía de verdad esa intención.

Con ello Radek quedaba desenmascarado.

Pero ¿qué decían las tesis?

Pues bien. 1. Los comunistas están obligados a crearse una organización rígidamente centralista, férrea, militar, dictatorial. 2. Los comunistas están obligados a participar en las elecciones parlamentarias y a entrar en el parlamento, para hacer allí un nuevo tipo de trabajo parlamentario revolucionario. 3. Los comunistas están obligados a permanecer en los sindicatos, para ayudar a la revolución a triunfar en esas instituciones, que hay que remodelar en sentido revolucionario. Estas tres exigencias las conocíamos desde Heidelberg. Pero sigamos: 4. Todo partido adherido a la III Internacional tiene que llamarse Partido Comunista, y 5. En cada país solo puede existir un Partido Comunista; por consiguiente... sí, por consiguiente el KAPD tiene que renunciar a su independencia y disolverse en el KPD10.

Así pues, bromas aparte: el congreso debía dictar en efecto la sentencia de muerte del KAPD, y nosotros, los delegados del KAPD, debíamos recibir para ello voto decisivo, es decir, se nos iba a permitir ayudar a dictar la sentencia de muerte si antes declarábamos que el KAPD quería someterse sin resistencia a la sentencia dictada.

¿Puede haber mayor comedia política? ¿O mayor perfidia?

Nos reímos de Radek en su cara y le preguntamos si estaba loco.

Un partido que se ha separado del KPD a causa de las tesis de Heidelberg, que se ha constituido sobre nuevas bases y se ha dado una nueva estructura en lo organizativo, una nueva orientación en lo táctico y un nuevo programa en lo teórico, que se sostiene vigoroso sobre sus propios pies, concentra en sí todas las fuerzas activas de la revolución alemana y supera con mucho al KPD en número de afiliados, un partido así se niega, puede negarse, más aún, tiene que negarse a entrar otra vez en una discusión sobre la cuestión de su derecho a existir. Así como el niño no puede volver al seno de su madre, el KAPD no vuelve al KPD. Discutir sobre ello siquiera con una palabra es un disparate, es una insulsez, es una chiquillada política.

Así que dejamos plantado a Radek con la soga del verdugo que pensaba echar al cuello del KAPD y seguimos nuestro camino. No teníamos ganas de seguir quebrándonos la cabeza inútilmente en esa atmósfera de engaño político y

de estafa, de artes de escenografía diplomática y de componendas oportunistas, de falta de escrúpulos moral y de taimada frialdad sonriente.

En un congreso que se celebraba tan lejos, tan apartado de todo comunismo, no se nos había perdido nada, absolutamente nada.

Por eso declaramos: «Renunciamos, agradecidos, a participar en el congreso. Estamos decididos a volver a casa para recomendar al KAPD una actitud de espera hasta que haya surgido una Internacional verdaderamente revolucionaria a la que pueda adherirse. Adiö!»11

IV

Nuestra decisión tuvo un efecto sorprendente.

Si hasta entonces se nos había tratado como a hijos malogrados, cuyas fechorías no causan a los pobres padres más que preocupación y disgusto y a los que lo mejor es poner de una vez bien sobre las rodillas, ahora de pronto se empezó a ceder. La vara blandida amenazadoramente desapareció detrás del espejo, y del cajón se sacó el azúcar. Se empezó a cortejarnos con palabras fraternales, como deberían ser habituales entre comunistas, y con las formas de la buena voluntad para un entendimiento objetivo. Hasta Radek adoptó buenos modales. Negociaba con objetividad y despotricaba de lo lindo contra... el KPD, al que llamaba «una banda podrida y cobarde» a la que iba a meter prisa, etc. Tuvimos largas y detenidas conversaciones con él, con Zinóviev, con Bujarin y, en el último momento, todavía una discusión decidida con Lenin. El gran respeto y la alta admiración que sentimos por él, y que esa discusión no ha hecho sino aumentar, no nos han impedido decirle nuestra opinión a la manera bien alemana. Le hemos declarado que consideramos un escándalo y un crimen contra la revolución alemana que, en un momento en que habría que escribir cien folletos contra el oportunismo, él encuentre tiempo y se sienta movido a redactar un folleto precisamente contra el KAPD, el partido activo y más consecuente de la revolución alemana12, folleto que ahora, como sus otros escritos de los últimos tiempos, utiliza toda la contrarrevolución como arsenal, no para corregir nuestra táctica supuestamente errónea en interés de la revolución, sino para matar a golpes de argumentos y citas de Lenin cualquier actividad de las masas que se manifieste. Le hemos demostrado que está informado de forma absolutamente falsa sobre la situación alemana y que sus argumentos a favor del aprovechamiento revolucionario de los parlamentos y de los sindicatos solo resultan ridículos para los obreros alemanes. Por último, no le hemos dejado la menor duda de que el KAPD, así como rechaza toda ayuda material de Moscú, tampoco tolera en absoluto ninguna injerencia de Moscú en su política.

Las conversaciones nos dejaron la sensación de que los camaradas rusos empezaban a comprender qué error había sido tensar demasiado la cuerda. Pues, al fin y al cabo, la Internacional, es decir, en primer lugar Rusia, necesita más al KAPD que el KAPD a la Internacional. Por eso nuestra decisión les resultó muy desagradable, y buscaron una compensación. Cuando ya estábamos en Petrogrado, de regreso, el Comité Ejecutivo nos hizo llegar una nueva invitación al congreso, con la declaración de que se concedía al KAPD (aunque no había cumplido ni prometido cumplir ninguna de las draconianas condiciones de la Carta Abierta) el derecho de voto decisivo en el congreso. ¡Un cebo demasiado burdo! En el fondo,

daba completamente igual que el KAPD asistiera a la ejecución que se le preparaba en Moscú con voz consultiva o con voto decisivo. Así que dimos las gracias una vez más y regresamos a Alemania.

El curso del congreso ha dado la razón a nuestra táctica. Las resoluciones adoptadas en las cuestiones que nos afectan (construcción del partido, parlamentarismo, política sindical) documentan el oportunismo más descarado. Son resoluciones en el sentido del ala derecha del USP, resoluciones que suponen una violencia incluso para las concepciones de Däumig, Curt Geyer, Koenen13, etc., en la cuestión parlamentaria y sindical. Pero ¿debe y puede el KAPD situarse con el USP en el mismo terreno de las mismas resoluciones del congreso? Hay que responder que sí a esta pregunta y pensar hasta el final sus consecuencias para medir toda la monstruosidad y la imposibilidad absoluta de una adhesión del KAPD a esta III Internacional.

Con esto no se dice que queramos oponernos a una unificación organizativa de los obreros comunistas y a una unión internacional del proletariado revolucionario. ¡En absoluto! Solo pensamos que la pertenencia a una Internacional verdaderamente revolucionaria no se decide por resoluciones de congreso de papel ni por el favor de las instancias. Se decide por sí misma por la voluntad de lucha y la actividad revolucionaria de las masas en la hora de la decisión. Es obra del gran proceso de depuración y maduración de la revolución, que elimina todo lo que es a medias y falso y solo deja valer lo auténtico y entero. El KAPD puede esperar esa decisión con confianza, porque se mostrará a la altura de la tarea histórica que le aguarda.

Cuando me despedí de Lenin, le dije: «Ojalá el próximo congreso de la III Internacional pueda celebrarse en Alemania. Para entonces os habremos dado la prueba concreta de que teníamos razón. Entonces tendréis que corregir vuestro punto de vista». A lo que Lenin respondió riendo: «Si es así, seremos los últimos en oponernos a una corrección».

¡Ojalá sea así! ¡Así será!


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de Die Aktion, 10.º año, cuaderno 39/40, comienzos de octubre de 1920, col. 553-559 (volumen digitalizado por Google del ejemplar de la University of California; Internet Archive, DieAktion10jg1920). En la col. 553 precede el final de un texto ajeno sobre la Central del KPD, que no se traduce.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan los apartados con números romanos, la división en párrafos y las cursivas (que reproducen el espaciado del original). Exekutive = «el Comité Ejecutivo» (de la Internacional Comunista); Leitsätze = «tesis»; beratende / beschließende Stimme = «voz consultiva / voto decisivo»; Rätesystem = «sistema de consejos»; Führer = «dirigente»; Selbstbewußtsein = «conciencia de sí»; Selbsttätigkeit = «actividad propia». Los nombres rusos se transcriben en su forma española usual; los alemanes, como los da el autor («Wolfheim», por Fritz Wolffheim). Los comentarios Sp. n del código marcan el comienzo de cada columna del original.

  1. KAPD: Partido Comunista Obrero de Alemania (Kommunistische Arbeiter-Partei Deutschlands), fundado en abril de 1920 por la oposición de izquierda expulsada del KPD. Los dos negociadores enviados en abril fueron Jan Appel y Franz Jung. (N. del T.) ↩

  2. Karl Radek (1885-1939), secretario del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y su principal experto en asuntos alemanes. (N. del T.) ↩

  3. La «Carta abierta a los miembros del Partido Comunista Obrero Alemán» del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (junio de 1920), que condicionaba la admisión del KAPD a la expulsión de Laufenberg, Wolffheim y Rühle. (N. del T.) ↩

  4. August Merges (1870-1945), del KAPD de Brunswick, segundo delegado del partido. (N. del T.) ↩

  5. Arthur Crispien y Wilhelm Dittmann, dirigentes del USPD que viajaron a Moscú para el congreso y a su regreso publicaron informes muy críticos sobre la situación rusa. (N. del T.) ↩

  6. Kadavergehorsam: obediencia ciega, con alusión al perinde ac cadaver de las constituciones jesuitas. (N. del T.) ↩

  7. Fritz Heckert (1884-1936), miembro de la Central del KPD. Grigori Zinóviev (1883-1936) presidía el Comité Ejecutivo de la Internacional. (N. del T.) ↩

  8. Ernst Meyer (1887-1930), delegado del KPD en el congreso. (N. del T.) ↩

  9. Las tesis aprobadas en el II Congreso del KPD (Heidelberg, octubre de 1919), que imponían la participación en elecciones y sindicatos y llevaron a la expulsión de la oposición de izquierda. (N. del T.) ↩

  10. En el original, «K[…]P»: una mancha de tinta tapa una letra; el sentido pide «KPD». Rühle resume aquí, con intención polémica, las condiciones de admisión que el congreso aprobaría (las llamadas «21 condiciones»). (N. del T.) ↩

  11. Así en el original, en forma española germanizada («adiós»). (N. del T.) ↩

  12. Lenin, La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo (1920), que criticaba la posición del KAPD sobre el parlamento y los sindicatos. (N. del T.) ↩

  13. Ernst Däumig, Curt Geyer y Wilhelm Koenen, dirigentes del ala izquierda del USPD, partidarios de la adhesión a la III Internacional. (N. del T.) ↩