OTTO RÜHLE

EDUCACIÓN PARA EL SOCIALISMO

UN MANIFIESTO

VERLAG GESELLSCHAFT UND ERZIEHUNG G. M. B. H. BERLÍN 1919

EDUCACIÓN PARA EL SOCIALISMO

El capitalismo ha arrojado a la humanidad a un sistema de servidumbre indigna y atormentadora. Con peso de quintales grava sobre la criatura que se llama imagen de Dios el yugo de la explotación económica, que nunca fue tan opresivo como hoy. Y con mil brazos la aprisionan los lazos y grilletes de las coacciones sociales, políticas y jurídicas que la casta dominante ha creado para proteger sus intereses y mantener su orden rapaz y violento.

El socialismo hará saltar los cimientos de la economía capitalista de explotación y desatará los grilletes de la dominación por la fuerza. Lo que está derribado, atado e impotente, él lo levantará y lo hará libre. ¡El socialismo es la libertad!

Eduquemos a la juventud para la libertad, para que tome conciencia de la dignidad de la humanidad libre y pueda sentirse portadora del futuro. Para que de sus filas salgan valientes luchadores por lo venidero y el socialismo se haga realidad. Libre de la presión de las autoridades celestiales y terrenales, de las nieblas de la tradición religiosa y de las anteojeras de una ciencia de oropel esclavizada por el capitalismo. Libre de las estrecheces de la moral convencional y de los prejuicios e irreflexiones de lo heredado, de lo acostumbrado, de lo humano, demasiado humano.1 Libre en el pensar, el querer y el realizar. ¡Ser libre es socialismo!

EDUCACIÓN PARA LA LIBERTAD

La libertad es la primera consigna del socialismo. La libertad, el primer principio de la educación socialista. El individuo ha de conquistar la libertad intelectual y moral como bien personal, para que reconozca la grandeza y la necesidad de la evolución histórica universal y de su meta, y luche de buen grado y con entrega por la liberación social y económica de la humanidad.

La libertad no es desenfreno ni arbitrariedad, ningún más allá de los miramientos, los deberes y las leyes. Tiene su límite seguro en la libertad, con iguales derechos, de los demás y en los intereses superiores de la comunidad social. Es tanto asunto del ser interior como de la forma exterior. La libertad que viene de fuera quiere ser sostenida desde dentro. Hay que vivirla, o no se la tiene. Por eso la libertad es en primer lugar conocimiento, y la verdadera liberación, un proceso psíquico.

Antes que nada viene la liberación en el terreno religioso. La naturalidad y la regularidad del acontecer del mundo y de la evolución de la humanidad eran para los hombres de tiempos pasados un misterio profundo e impenetrable. El espíritu que busca e investiga, al que el entendimiento dejaba sin respuesta satisfactoria ante mil preguntas, se refugió en la fantasía, que le ofrecía en mitos y milagros una solución de los enigmas. Entonces, con los anhelos y las esperanzas de una perpleja necesidad de redención y los estremecimientos de una fe devota, se tejió una seductora trama de representaciones y sentimientos religiosos que apresó a los hombres y ya no los soltó. Es verdad que al final se abrió al ojo humano la vida interior de la naturaleza y se descubrieron las leyes del devenir; pero por mucho que la ciencia desdivinizara el orbe y deshiciera y dispersara en nada el juego de las fantasías religiosas, la clase dominante, que había derivado de la existencia de autoridades celestiales la santidad e intangibilidad de su propia autoridad, mantuvo con todos sus medios de poder la tradición religiosa. Y todavía hoy la educación religiosa, el anclaje de la vida del pensamiento, del mundo de los sentimientos y de la formación moral en representaciones y razonamientos religiosos, es el fundamento más seguro para que perduren la falta de libertad intelectual y psíquica de un lado y la dominación intelectual y psíquica del otro. Mientras los hijos de los poseedores crecen en el espíritu de la concepción moderna del mundo, familiarizados con los resultados de la investigación científico-natural y tocados por el soplo liberador de los estudios de crítica de la religión, a los hijos de los pobres se los sigue encerrando en la estrechez antediluviana de la imagen del mundo del Antiguo Testamento, se los extravía intelectualmente con milagros, apariciones de espíritus y otras monstruosidades y se los carga con un lastre aplastante de doctrinas de fe y de costumbres

de lo más contrarias a la razón y contradictorias. Esto es atrofia sistemática del espíritu, corrupción del pensamiento, devastación de la memoria, cultivo del embrutecimiento. Esto es educación sistemática para la falta de libertad intelectual y psíquica.

Liberar el espíritu infantil de la violencia que le hace el adiestramiento religioso, de las ideas obsesivas del modo de pensar religioso y de las sugestiones paralizantes de la concepción religiosa del mundo es uno de los primeros mandamientos de la educación socialista.

Esta exigencia no expresa un desprecio hostil a la religión, ni está en contradicción con el principio socialista de la tolerancia en todas las cuestiones religiosas. Sería convertir una virtud en un vicio practicar la tolerancia en el sentido de que las conquistas y los resultados de investigación de la ciencia se callen y se les escamoteen a las masas solo para conservar lo anticuado y lo que se ha vuelto insostenible por dentro. Es cierto que no ha de reinar una destrucción brutal, pero sí la claridad y la libertad; y entonces la victoria será sin duda, no de los milagros bíblicos de la creación, sino de la lógica de la idea de evolución.

La ciencia, claro está, tal como la recibimos de manos de la erudición burguesa, también tiene sus peligros para la educación socialista. No hay ciencia objetiva, del todo libre de tendencia y situada por encima de los partidos y las disputas de opinión. Los hechos son los hechos, sin duda; pero los hechos solos, en su sucesión y su yuxtaposición, no constituyen la esencia de la ciencia. Lo que importa es su conexión y su enlace interno, el modo en que se los integra y se los ilumina. Ahí está el meollo de la cuestión. La concepción materialista de la historia enseña el conocimiento fundamental de que la ciencia, el arte, la ética, en suma, todas las ideologías, no surgen del aire, ni son tampoco productos de nuestra razón, de nuestra sagacidad y nuestro ingenio, sino que es el ser social el que da origen a la conciencia y del que esta depende en su contenido y su alcance. Pero el ser social —la vida de los hombres en sus mil formas de irradiación y de manifestación— está condicionado por el modo de producción y de economía en que viven los hombres en cada época; dicho más sencillamente: por la manera en que

los hombres trabajan, comen, beben, habitan y se visten. Toda la vida intelectual no es, pues, más que un reflejo de lo que da contenido, forma y carácter a la vida económica y social. Ahora bien, lo que importa es cómo vemos la vida intelectual, cómo llega a nuestra conciencia y cómo reaccionamos interiormente ante ella. En la época del capitalismo, la sociedad humana se divide en dos clases: poseedores y desposeídos. Cada una de estas clases es, por su esencia, por su cualidad, lo que ha llegado a ser por sus condiciones económicas. Las condiciones de su devenir son distintas para cada una según su participación en la producción, la distribución y el consumo; cada una se ha adaptado de otro modo al medio y se ha integrado de otro modo en la vida social. Cada una tiene su propia relación con el todo. Pero como esta relación se regula en la conciencia mediante el sistema nervioso central del individuo, en este tiene que pintarse también el mundo en que vive y el mundo de su clase tal como se ha producido la adaptación y como está constituida la relación, es decir, tal como está condicionada su existencia histórica. Así como el bastidor que en el organismo económico se ha interpuesto entre el hombre y la naturaleza le vuelve al burgués y al proletario un lado distinto, así también existen para ambos ideologías distintas: la ciencia, el arte, la ética, etc., de la burguesía no pueden ser nunca a la vez la ciencia, el arte, la ética, etc., del proletariado. Sin duda la cultura del proletariado hará suya más de una conquista del mundo cultural burgués, pero al mismo tiempo cambiará su relación con ellas. Se producirá una transmutación de los valores2 en el sentido de que los bienes culturales de la época capitalista —medio de goce para unos pocos y de dominio sobre muchos— se conviertan en factores y fuerzas motrices de la evolución y de la liberación. Ese proceso de transmutación ya está en marcha: problemas científico-naturales, históricos, filosóficos, pedagógicos y artísticos se sitúan bajo luces del todo nuevas, se ponen en relaciones nuevas, se hacen fecundos para nuevas realizaciones. Si dejamos que los niños sigan caminando por las sendas de la sabiduría escolar aprobada y sancionada por el Estado, alimentados con los tesoros intelectuales de ayer y anteayer, enseñados por gentes que ven la tarea de su vida en la justificación científica del sistema capitalista, entonces el Estado

verá crecer en ellos súbditos dóciles, y el empresariado, fuerzas de trabajo dispuestas y objetos de explotación. Pero si les enseñamos a mirar la ciencia burguesa con desconfianza y con ojo crítico, si les abrimos la comprensión de la idea de evolución y de la consecuencia natural de todo acontecer, si les mostramos las fuerzas que impulsan y mueven la historia, si les infundimos respeto ante todo lo que ha llegado a ser orgánicamente y ante todo ser vivo, si iluminamos el papel que cada uno, también el más pequeño de nosotros, tiene que desempeñar en el infinito juego de intercambio de fuerzas de la sociedad, y si dirigimos su mirada a la sublime meta final del gran proceso de transformación, que le hace señas a la humanidad combatiente con mil promesas, entonces no educaremos siervos humildes y bestias de carga atormentadas, sino ciudadanos libres y luchadores entusiastas, no lapas pegadas al orden actual, sino ejecutores de una voluntad histórica y creadores de un nuevo orden de cosas... ¡socialistas!

Libre de la carga de las tradiciones que han perdido su valor, libre de las barreras de concepciones del mundo anticuadas, libre del sentimiento abrumador de embotamiento y vacío que engendran la ignorancia y la falta de instrucción, libre de los prejuicios y reparos mezquinos con que el que no es libre, el eternamente sometido a los esbirros, se enfrenta a todo lo nuevo y grande, libre, enteramente libre, crecerá una generación que se alzará combatiendo y convertirá su saber en querer y su ansia de libertad en hechos de libertad: una generación a la que pertenecerá el futuro.

El capitalismo ha quitado a los millones que soportan la pesada carga de su yugo la independencia que era el orgullo y la fuerza de su existencia. Echó al campesino de su terruño y al artesano de su taller. Les quitó uno tras otro la propiedad, la clientela y el oficio, la herramienta y el derecho a decidir por sí mismos. Fragmentó el proceso de trabajo en manipulaciones y rebajó al obrero a pieza de una gran máquina. Renunció a la habilidad, el gusto, la competencia y el don de invención del individuo, apagó las individualidades y pasó por encima de las personalidades. En la producción en masa,

en el régimen fabril, en la mecanización sin fin, toda peculiaridad e independencia se hundió sin remedio.

El socialismo devolverá al individuo su derecho a existir al liberar sus valores, desplegar sus capacidades y poner su saber hacer al servicio del interés común. El cuidado del bienestar social del conjunto dará al individuo que obra y aspira el más libre campo de acción y posibilidades insospechadas de desarrollarse plenamente. ¡El socialismo es la independencia!

Eduquemos a la juventud para la independencia, para que ejercite y ponga a prueba sus fuerzas y dotes, aprenda a usarlas consciente y libremente, para que temple su voluntad y sea capaz de convertirla en el acto liberador cuando lo mande la necesidad de la hora. ¡Fuera la presión del fanatismo de la autoridad paterna, fuera los grilletes de las pedantes exigencias de obediencia, fuera los patrones y las espalderas de alambre de la insoportable corrección! ¡Independencia en el pensar, el querer y el realizar! ¡Ser independiente es socialismo!

EDUCACIÓN PARA LA INDEPENDENCIA

Del derecho a la libertad nace el deber del dominio de sí mismo. Porque si la libertad no ha de convertirse en arbitrariedad, sino encontrar un límite en la legítima libertad de los demás y en los intereses superiores del conjunto, el individuo tiene que ser capaz de reconocer y respetar ese límite. Tiene que tener en su poder su pensar, su querer y su obrar, tiene que saber dominarse. La libertad es, pues, dominio de sí mismo, carácter, personalidad.

El dominio de sí mismo no puede desarrollarse en el niño, cuya educación significa el ascenso a la verdadera humanización, mientras pese sobre él la presión de una voluntad ajena. Toda voluntad ajena estrecha, paraliza y debilita la propia. Ya se haga valer en forma de tutela, de ayuda y de servicio, ya se presente como coacción y exigencia de subordinación y obediencia. Solo la independencia trae consigo el dominio de sí mismo. Por eso la educación para la independencia es el presupuesto más importante de la educación para la libertad y una parte indispensable de la educación para el socialismo.

Educar a los niños sigue significando para la mayoría de los padres nada más que inculcarles obediencia. La cadena de la servidumbre se arrastra a través de los siglos. El señor feudal necesitaba campesinos sujetos a la prestación personal; con palos y disciplina severa los doblaba y los estiraba como quería. La Iglesia necesitaba creyentes entregados a Dios y dispuestos al sacrificio; con el amedrentamiento de las almas, la penitencia y el castigo hacía dóciles a las masas. Los señores de las ciudades necesitaban súbditos que pagaran tributo y burgueses sumisos; con un régimen rígido y la fuerza de los alguaciles enseñaban subordinación a la canalla. El capitalista necesita esclavos asalariados; el militarismo, carne de cañón; el Estado, contribuyentes: con obediencia, sojuzgamiento de la voluntad y disciplina se logra el fin. La falta de libertad y de voluntad prosperan mejor donde triunfa la obediencia. Así pues: obediencia a los padres, al maestro, al patrón del aprendiz, al jefe, al guardia, al suboficial, al cura, a la autoridad, al rey... obediencia, siempre obediencia...

Nosotros, los socialistas, no queremos ser ni campesinos siervos ni ovejas obedientes de la Iglesia, ni criados serviciales ni súbditos sin convicciones, ni bestias de trabajo esclavizadas por el capitalismo ni carne de cañón adiestrada por el militarismo. Queremos ser hombres libres, propios, orgullosos, que no necesiten obedecer a nadie más que a sí mismos, que no sirvan a nadie más que a su causa, a su movimiento; que no se plieguen a ninguna voluntad ajena, sino solo a la voluntad y al interés de la comunidad. Ante este hecho, que encierra todo un mundo nuevo, pregúntate a ti mismo: ¿qué pinta la obediencia en este mundo nuevo?

Pero ¿no tenemos también nosotros, los portadores de lo nuevo, los conquistadores de lo venidero, obediencia y disciplina en nuestras filas y asociaciones? Sin duda, pero de otra clase. La prestamos voluntariamente; corresponde a nuestra comprensión de su necesidad por el bien del todo. El interés de la comunidad está por encima del interés propio: este conocimiento democrático elemental nos enseña sin más la subordinación debida. Sin resistencia, sin dolor, sin el sentimiento de la humillación. Al contrario: la conciencia de ser útil al todo plegándose a lo que el todo necesita da satisfacción, alegría y orgullo.

Esta obediencia tiene también su legitimidad en la educación socialista, porque es un medio de la educación para la independencia, para la democracia.

El niño se convierte por su nacimiento en miembro de una comunidad, la de la familia; en ella reina un orden de vida determinado, y la sucesión de quehaceres y prestaciones se cumple con cierta regularidad, tal como corresponde a las necesidades. Cada uno tiene que someterse a las leyes no escritas, también el pequeño ser humano; tiene que integrarse, acostumbrarse. Un razonamiento en regla, en el que una conducción prudente y una suave coacción suplen la comprensión que falta y la decisión aún sin desarrollar, lo toma a su escuela. La buena habituación, apoyada por el buen ejemplo, pone un fundamento tan seguro y sólido para una buena educación que más tarde la exigencia de obediencia se vuelve casi superflua por sí misma. Es asombroso lo dóciles, bien dispuestos y bondadosos que pueden educarse los niños solo con ayuda de estos sencillos medios. Pero si a pesar de todo hace falta obediencia, no se exija una obediencia ciega y servil. A un perro se le puede exigir que obedezca a la voz, pero no a un ser humano. El niño debe saber por qué debe obedecer. La comprensión debe ayudarle a ser obediente. A partir de la cosa misma debe entender la necesidad de la obediencia. Nada de promesas, nada de amenazas: con eso se echa a perder al niño. Ni la perspectiva de unos caramelos ni la certeza de futuros palos le transmiten al niño la comprensión que necesita para prestar la obediencia deseada: que en ese caso es objetivamente necesario obedecer. Y si el niño no obedece, bien, que cargue entonces con las consecuencias de su desobediencia. El que anda trasteando en la estufa se quema los dedos. El que corre por charcos y zanjas tiene que quedarse en la cama hasta que la ropa esté seca. El que duerme demasiado llega tarde a la escuela y es castigado. El que rompe a propósito pantalones y medias tiene que aprender a remendar y zurcir. Casi siempre son lecciones más saludables que las riñas y los golpes. Ayudan además a la reflexión y la previsión, a querer el bien y al sentimiento de responsabilidad; enderezan y hacen independiente. En eso está su valor educativo.

A nuestros padres y madres la presunción de la autoridad paterna se les ha metido todavía demasiado hondo en la sangre; siempre tienen que sentirse superiores y dominadores del niño y no quieren reconocer a ningún precio un derecho del niño a decidir por sí mismo y a la independencia. Ellos mismos han pasado por una escuela de servidumbre y viven en un orden social que es servil;

así no alcanzan a comprender la exigencia de que padres e hijos se encuentren frente a frente como libres e iguales. Que la eterna obediencia adormece el pensamiento del niño, atrofia el sentimiento de responsabilidad, aniquila la independencia; más aún, que también en la desobediencia hay valores pedagógicos y que la desobediencia puede ser señal de fuerza y de personalidad propia: nada de esto les ha llegado nunca a la conciencia.

Quieren el bien del niño, sin duda; pero la bondad y el amor, en exceso o mal dispuestos, pueden ser tan perniciosos para el niño como la severidad y la obediencia de cadáver.3 Al pequeño se lo lleva de la mano y se lo sirve, se lo mima y se lo vigila, se lo lava y se lo conduce, y con ello se lo desalienta de todas las maneras imaginables, se lo detiene en sus decisiones, se le pone trabas a su voluntad, se le oprime su independencia. Observo a un niño de año y medio que tiene un ansia indomable de correr, de agarrar, de hacer cosas; pero dondequiera que va y está, dondequiera que quiere mover los dedos y probar sus fuerzas, allí está la madre para obligarlo y atormentarlo hasta que se deje llevar, servir y tutelar. Cada uno de sus intentos de sacudirse el molesto yugo de la voluntad ajena recibe por respuesta un empeño tanto más celoso en doblegarlo bajo ese yugo. En casa y en la calle, en el juego y en el paseo, en la risa como en el llanto, por todas partes lo rodean esa vigilancia y ese cuidado maternos bienintencionados y, sin embargo, tan profundamente equivocados; lo acosa y lo molesta esa educación para la dependencia, no querida y, sin embargo, tan sistemática.

Tenemos que llevar a los niños a que anden y salten sin ayuda, suban y bajen la escalera, recojan los objetos que se han caído al suelo, vayan a buscar y recojan sus juguetes, hablen bien y claro y expresen sus deseos sin preguntas ni ruegos. Lo antes posible tienen que aprender a lavarse y peinarse, a vestirse y desvestirse, a sonarse la nariz y atarse el lazo de la trenza, a ponerse los zapatos y coserse un botón. Su instinto de actividad quiere ser estimulado y desarrollado, no sofocado; su afán de independencia necesita satisfacción y éxito, no intervenciones paralizantes. Por cómodo que le resulte a la madre echar mano deprisa y hacer ella misma la tarea, es perjudicial para el niño, porque así se le pone trabas a su independencia en el ejercicio, la prueba y el libre

despliegue. «El gran señor que tiene demasiados criados no solo se vuelve cada vez más dependiente de ellos, hasta que al final es de hecho su esclavo, sino que además la inactividad le debilita cada vez más los músculos, hasta que al final pierden su capacidad natural de actividad. Y el espíritu de un hombre que no adquiere por su propio esfuerzo lo que necesita, sino que se lo exige a otros, se vuelve torpe y perezoso» (Montessori).4

Muchas veces la educación para la dependencia no nace ni de una severidad excesiva ni de una ternura excesiva: es sencillamente consecuencia de pura irreflexión y de mala costumbre. Que el niño camine despacio o deprisa, a nuestra derecha o a nuestra izquierda, por la acera o por la calzada, al sol o a la sombra, que vaya sentado o de pie en el tranvía, que quiera ponerse medias cortas o largas, que coma poco o mucho al mediodía, que prefiera ponerse delantales blancos, rojos o azules: todo eso es, al fin y al cabo, asunto suyo. Pero no, las madres quieren decidirlo ellas. Por eso dan en cada hora por lo menos sesenta órdenes. ¿Por qué quieren decidir ellas y no el niño? En el fondo ni ellas mismas lo saben: porque están acostumbradas, porque así se hace, porque de niñas también tuvieron que obedecer a su madre, porque... pues sí, porque el niño no necesita tener voluntad...

Pero el niño debe tener voluntad, debe llegar a ser independiente, fuerte y libre. El capitalismo necesitaba hombres sin voluntad y de voluntad débil, perezosos de pensamiento, dependientes, de carácter débil. Pero el socialismo necesita luchadores por la libertad, hombres con voluntad y energía, personalidades independientes, propias, de carácter, que marchen animosos y seguros de la victoria hacia un futuro luminoso.

El capitalismo ha enredado a la humanidad en una tupida trama de engaño, hipocresía y mentira. Ha desdivinizado la naturaleza, porque quería convertir sus tesoros en ganancia, y finge devoción para domar a las masas. Ha cortado la cabeza a reyes y se entusiasma por la monarquía en cuanto sus intereses lo exigen. En torbellinos de levantamientos revolucionarios ha disuelto y revuelto todas las relaciones venerables por su antigüedad, y se lamenta de la falta de piedad

y de la indisciplina del pueblo. Hace del amor, del honor y de la fama una mercancía venal que se compra con dinero, y se miente a sí mismo y a los demás en la cara asegurando que posee ideales que le elevan el corazón.

El socialismo, al superar el capitalismo, pondrá fin también a sus ideologías mentirosas. Enseñará a reconocer y juzgar lo natural como naturaleza, dejará que lo verdadero sea verdadero, marcará a fuego lo falso como falso y lo rechazará. El socialismo es la verdad.

Eduquemos a la juventud para la verdad, para que vaya por el mundo con ojos claros, mire con lucidez, reconozca la pureza y se entusiasme por lo bueno, grande y noble. ¡Pongamos fin a la repugnante grosería de nuestra mentirosa moral sexual mediante la educación sexual! ¡Acabemos con las mentiras históricas en las cabezas de la juventud! Pura y verdadera sea la morada de la educación, como morada de una humanización mejor. ¡Verdad en el pensar, el querer y el realizar! ¡Ser verdadero es socialismo!

EDUCACIÓN PARA LA VERDAD

La verdad es libertad interior. Por eso la educación para el socialismo, que empieza con la libertad y culmina en la libertad, tiene que ser al mismo tiempo educación para la verdad.

La verdad absoluta es una ficción, como todo lo absoluto. El carácter condicionado de todos los fenómenos de nuestra existencia obliga también aquí a lo relativo. En su forma de aplicación práctica, esto dice: pon de acuerdo tu pensar, tu hablar y tu obrar en alcance y contenido; deja que dentro de los límites de tu conocimiento y tu convicción todo sea claro, abierto y sincero. En esta veracidad subjetiva, que es fiel a sí misma, que no conoce contradicciones ni segundas intenciones, que no tolera encubrimientos ni dobleces, está el triunfo de la verdad, que hace libre por dentro.

Nuestra educación tradicional está llena de faltas de veracidad, porque es el producto de su época falta de veracidad. La oposición de las concepciones del mundo, como consecuencia y expresión de las oposiciones sociales de clase, encuentra su paralelo en la moral de clase, que reclama para la propiedad todo el optimismo de la afirmación de la vida y para la carencia de propiedad tiene preparado, en cambio, el pesimismo de la negación de la vida. No

sin motivo la ética del cristianismo, apartada del mundo y servil, constituye el medio de educación preferido para las masas, mientras la casta de los señores se adhiere a la moral de señores y del superhombre de Nietzsche. No sin motivo tampoco el espíritu frailuno de esta ética cristiano-pesimista arremete contra la alegría de vivir de lo desnudo, contra la afirmación de la vida en lo sexual, contra la manifestación de una actividad vital creadora tan fuerte como la que encuentra en el acto de la procreación su expresión más gozosa y enérgica. Pese a una práctica de siglos, el celo fanático de los predicadores de penitencia arremete en vano, ya solo porque la naturaleza humana, más fuerte, hace valer una y otra vez sus derechos. Entonces la sociedad burguesa se conforma con un compromiso: si no puede cambiar nada del hecho mismo, toma la apariencia por el hecho. La consecuencia es un sistema de hipocresía, una trama de falsedad, un bastidor de engaño, de mentira, de fariseísmo, con el que se pretende tapar los abismos de la doble moral sexual. En nuestro orden social, tan rico en carencias y quiebras culturales, no hay ningún terreno donde el embrutecimiento moral sea tan grande, la barbarie tan espantosa, la hipocresía tan desvergonzada y provocadora como en el terreno de la vida y la moral sexuales.

Desde aquí se extiende una atmósfera malsana sobre la educación. Cuando el pequeño ser humano desea que le expliquen de dónde vienen los hombres, se le cuenta la necia fábula de la cigüeña. Cuando, al contemplar su cuerpo, la mirada roza los órganos sexuales y suscita preguntas cándidas y deseosas de saber, la mojigatería atareada se pone enseguida manos a la obra para tapar y encubrir. Cuando niños y niñas se juntan en amistad natural para jugar y ocuparse en algo, llega el burocratismo husmeador, que en todas partes olfatea inmundicia, y levanta entre los sexos una barrera que dificulta la comprensión mutua y más tarde intensifica de forma antinatural las tensiones sexuales por el fuerte atractivo de lo desacostumbrado. Cuando la pureza desnuda de nobles obras de arte quiere encantar y elevar el sentido y el alma de la juventud, los dedos intrusos de celosos guardianes de la virtud ensucian lo sagrado y despiertan en los ánimos jóvenes conflictos inquietantes. Cuando por fin se hace oír la voz de la sangre y el que no tiene consejo ni experiencia pide aclaración y consejo, se le despacha con ambigüedades y

chistes obscenos, se le enseña a ver a la mujer como objeto de placer y se le abandona a su suerte. Así se acumulan y se suman las situaciones de miseria que causa una moral sexual desorientada y falta de veracidad, hasta formar una única gran calamidad pedagógica cuya víctima es la juventud.

Es una importante misión cultural la que se le ha encomendado a la educación socialista: superar esta calamidad. El socialismo como concepción del mundo representa el principio de la afirmación de la vida. Todo lo que crea con fuerza vital hacia lo venidero, lo que construye con alegría de obrar hacia el futuro, se une en él en una armonía de alegría de vivir, en una corriente desbordante de la más vigorosa y victoriosa voluntad de vivir. Donde la ética cristiana niega y rechaza, él responde con un sí orgulloso y seguro de sí; donde ella tapa con mojigatería, él arranca con desenvoltura el velo; donde ella busca lo oculto con farisaico girar de ojos, él proclama en voz alta el evangelio de lo natural y sale erguido a la claridad de la verdad. Al conducir el cuerpo del niño a la pureza, la fuerza y la salud, la educación socialista crea el presupuesto físico para una concepción pura y natural de lo sexual; al situar la valoración social y moral de los sexos bajo la luz de una nueva iluminación cultural, ofrece para ello también una nueva base psíquica. Y al unir la educación silenciosa del ejemplo de los adultos con la enseñanza elocuente de la palabra que esclarece, llena con la luz del conocimiento el sombrío terreno que hoy solo alberga sombras fugaces, y endereza con la bebida fortificante y vivificante de la verdad la voluntad juvenil vacilante, que hoy se ve zarandeada de acá para allá entre deseos y enigmas.

Pero no solo la verdad sexual, sino también la histórica encuentra en el socialismo a quien la profese, la sostenga y la lleve a cabo.

El empeño de la clase burguesa de poner desde la niñez a la descendencia del pueblo al servicio de su egoísta política de intereses le hace manejar la enseñanza de la historia en las escuelas como instrumento de una agitación política manifiesta. Despreocupada de los mandamientos de la verdad de los hechos históricos, y a pesar de la contradicción que se abre entre su actuación y su exigencia de una enseñanza de la juventud apolítica, no retrocede ni ante viles falsificaciones de la historia5

ni ante feroces instigaciones políticas. A las dinastías, representantes forzosos y señores protectores del sistema capitalista de explotación y servidumbre, se las envuelve en el humo de los sacrificios de un culto bizantino, y a sus respectivos titulares se los acerca a la simpatía del vulgo con un insulso batiburrillo de leyendas y anécdotas. Las guerras y las batallas se celebran como hazañas de la historia universal, con la falta de escrúpulos de una manipulación de la historia oficialmente ordenada y furiosamente patriotera y con la poesía grandilocuente de los bardos de las asociaciones de veteranos, mientras que todas las aspiraciones progresistas y liberales, o incluso los levantamientos revolucionarios, sin la seriedad ni la disposición de querer comprenderlos históricamente, se persiguen con el odio venenoso de los amenazados en lo económico y se ensucian con la calumnia maligna de la baja sed de venganza. El movimiento socialdemócrata, por último, se despacha —fiel a la instrucción de aquel «real decreto» del 1 de mayo de 1889—6 como «contrario a los mandamientos divinos y a la moral cristiana, irrealizable en la realidad y en sus consecuencias igualmente pernicioso para el individuo y para el conjunto», con el gesto arrogante de una superioridad que ningún conocimiento de la materia empaña. ¡Y no digamos la última guerra! ¡Qué marea de lodo de instigación al odio entre los pueblos y de sed de matanza ha traído sobre la juventud, cómo han hecho estragos entre la nueva generación de nuestra nación las epidemias que ha desencadenado, de la mentira histórica, el engaño político, la embriaguez patriótica y el embrutecimiento moral! Si Goethe dijo de la historia que tiene de bueno que despierta entusiasmo,7 la clase dominante cree tener que considerar y reclamar como tarea y fin de la historia que produzca a toda costa entusiasmo, patriotismo, bizantinismo y eduque a la juventud para ser súbditos con mentalidad de lacayos, panegiristas, escuderos y defensores del orden querido por Dios. A toda costa: sobre todo a costa de la verdad histórica.

La educación socialista tiene que ejercer ante todo una crítica implacable de la falta de veracidad de la enseñanza de la historia dominante, para contrarrestar eficazmente su influencia peligrosa y paralizante. Pero luego tiene que procurar que la verdad histórica cognoscible y conocida llegue a imponerse y a ser reconocida. Estará en condiciones de hacerlo si, partiendo

del terreno de la concepción materialista de la historia, disuelve la maraña y el amontonamiento de fechas, frases y anécdotas en la corriente viva de una evolución consecuente que, movida por fuerzas económicas y expresada en la multiforme manifestación de la vida social, sigue sus propias leyes; si pone los actos de los poderosos y las ideas de los grandes espíritus en relación objetiva con los presupuestos sociales del ámbito social de cada caso y con las necesidades reales de su tiempo; si hace ver el conjunto del acontecer histórico como un crecimiento orgánico y lleva a la conciencia la solidaridad de todos los intereses humanos que de ahí resulta. Para ello hará falta una transmutación de valores, pero ya se está produciendo. La ciencia socialista, que a partir del conglomerado de la erudición interesada y la cultura utilitaria burguesas forma creaciones libres del espíritu, no lastrada por el peso terrenal de una banal servidumbre a los intereses, quitará también a la historiografía la intención de las ansias dinásticas de dominio y el sello de los instintos capitalistas de sojuzgamiento. Liberará las enseñanzas que el estudio de la historia transmite a las generaciones que crecen de las cadenas de las dependencias queridas por Dios y les prestará las alas de largo vuelo de la liberación querida por los hombres. Alumbrará con la antorcha victoriosa de la verdad la angustiosa oscuridad de los laberintos históricos y mostrará a las miradas que buscan, de los que caminan sin esperanza, la alta y venturosa meta de la liberación de la humanidad.

El capitalismo ha criado en el interior de los hombres el egoísmo como un mal ardiente, ha traído una época del egoísmo más desenfrenado. El yo ocupa el primer plano del pensar y el aspirar humanos: el yo del enriquecimiento, el yo del dominio, el yo del goce y la bienaventuranza. Toda la moral práctica culmina en la puesta en práctica del principio vil y antisocial de que cada uno es para sí mismo el más próximo de los prójimos. Todas las hermosas y sublimes enseñanzas del Nazareno sobre la ayuda fraterna y el amor al prójimo, santificadas según la letra, se han venido miserablemente abajo en la realidad del individualismo capitalista.

El socialismo pondrá el interés de la sociedad por encima del interés del individuo, la voluntad general por encima de la voluntad individual, el bien común por encima del bien particular. Solo con el todo y por el todo encontrará el individuo su cuenta en sus asuntos individuales. Todos para uno, uno para todos: individuo y sociedad se encuentran en solidaria unanimidad. ¡El socialismo es la solidaridad!

Eduquemos a los niños para la solidaridad, para que desde pequeños se sientan unidos como hermanos, pertenecientes a una gran familia, llamados y destinados a un gran todo. Fuera queden la separación de clases, el egoísmo, la envidia y la exageración mezquina. En su lugar, ayude uno al otro, apréciele y quiérale, sea para él amigo, consejero, valedor. El sentimiento de pertenencia común, avivado en los corazones y los cerebros jóvenes, se afianza en lazos de fraternidad, se fortalece en murallas de solidaridad, en la falange invencible de la lucha por una alta meta de la humanidad. ¡Solidaridad en el pensar, el querer y el realizar! ¡Ser solidario es socialismo!

EDUCACIÓN PARA LA SOLIDARIDAD

Con la propiedad privada, el matrimonio monógamo, la economía doméstica individual y el disfrute individual del producto del trabajo estaban dadas la necesidad y, a la vez, la base real de una educación individualista. Cuanto más afianzó, acuñó y aguzó el capitalismo el principio del individualismo en el terreno económico y en la estructura del orden social, tanto más claramente se marcaron en el rostro de la ciencia los rasgos individualistas, hasta que al final se juntaron y cerraron en la máscara característica. El individualismo dominó desde entonces la ideología social de la burguesía. La filosofía, la ética y la pedagogía se esforzaron afanosamente en configurar y desarrollar la educación según los principios del individualismo, en ajustar su eficacia a los fines de este, en justificar su esencia por las necesidades sociales. La época del individualismo tiene su educación individualista.

«Es mi hijo, con él puedo hacer lo que quiera.» ¿Qué podría expresar de manera más desnuda, brutal y certera el rasgo fundamental de la relación entre el niño, los padres y la sociedad en nuestra época burguesa e individualista

que esta frase altanera tantas veces oída? ¡Mi hijo! Es mi hijo el que nace, se alimenta, se cuida, se educa; mi hijo, al que formo como ser humano; mi hijo, el que ha de abrirse camino en la vida; mi hijo, el que un día ha de cosechar los frutos de su educación, su instrucción, su humanización. No tu hijo, solo niño, el niño de la colectividad, que está ahí por el bien del todo; no: mi hijo, mi propiedad privada, mi placer privado, mi... yo.

En esta esfera transcurre la primera infancia del niño. Luego viene la escuela. Pero también allí el individualismo lleva el timón. Difícilmente puede haber algo más antisocial que una vida escolar y de clase como esa. Allí cada uno trabaja y se esfuerza solo para sí, nadie crea y vive para el otro. La ambición del individuo se azuza sistemáticamente, el egoísmo prospera en cultivo puro. También la falta de amor y la soberbia; el que rinde mucho puede, más aún, debe sentirse por encima del que rinde menos, aunque para las fuerzas más débiles de este sea un rendimiento mayor. Así como está prohibido ayudar al débil soplándole o echándole una mano, está permitido burlarse de la debilidad del otro. Hay que haber oído, escribe Gansberg,8 la risa estúpida que estalla en una clase bien adiestrada cuando algún espíritu flojo lee en voz alta una redacción con faltas gramaticales. Los alumnos acechan formalmente esas exterioridades; más aún, se ríen incluso de ingenuidades y rarezas de esa redacción, aunque den el mejor testimonio de la originalidad, la fidelidad a la verdad y las ganas de contar del pequeño lector. En esta atmósfera no solo se envenenan la frescura y la espontaneidad, se sepultan profundidades y se derrochan fuerzas: también se mata el sentimiento de lo común, se socava la confianza en la comunidad, se paraliza la voluntad de colaborar, se aniquila la solidaridad de los intereses.

A la clase burguesa no le importa nada esta solidaridad; la aborrece como antesala del socialismo.

Tanto más viva y fuertemente interesa a la clase proletaria. Ve en la solidaridad el fundamento de su ética; el presupuesto ideal fundamental del despliegue de su poder económico y político y, con ello, de su lucha y su victoria; el ancho y macizo zócalo sobre el que se asienta la diosa de la libertad. Sin solidaridad no hay liberación.

El socialismo no vive por individuos sueltos, en el individuo. Presupone las masas, la sociedad, el todo. Societas: la sociedad. Y el lazo que los une a todos es la solidaridad. La educación para el socialismo tiene que ser necesariamente educación para la solidaridad.

Si enseñamos al niño ya en la edad más tierna, con nuestro ejemplo y con la palabra que instruye, a reconocer que el círculo familiar no se mantiene unido solo por el azar de los lazos de sangre, sino también por la práctica consciente y amistosa del respeto y el amor mutuos, del entendimiento y la ayuda, en la que no hay ni envidia ni riña, ni delación ni falta de compañerismo, y que está siempre animada por el afán de lo común, la voluntad de unión y la necesidad de armonía, entonces estamos en el comienzo de la educación para la solidaridad.

Si ayudamos con energía y alegría a que el espíritu de este bello hábito se propague desde el corazón y el ánimo de los niños a la calle, al vecindario, a la escuela, a que se avive y se despliegue en el juego infantil, en pequeñas excursiones y fiestas, en el cumplimiento de los deberes domésticos y en los trabajos para la escuela, siempre uniendo y vinculando, intercambiando fuerzas y ganando fuerzas nuevas de la unión, entonces hacemos progresos en la educación para la solidaridad.

Si en casos de necesidad mostramos nuestra disposición a ayudar, nuestra capacidad de sacrificio por los demás, sin pedir agradecimiento y sin ambición ni jactancia; si nos rebelamos contra la injusticia aunque no nos afecte precisamente a nosotros; si nos unimos a nuestros compañeros de clase para luchar contra la explotación y la opresión, la brutalidad y la incultura, y dejamos que en todo ello tomen parte ya los pequeños con sus corazones atentos y sus ojos que preguntan, entonces plantamos hondo en su interior impresiones imborrables para la educación para la solidaridad.

Si dirigimos ya la mirada de la juventud a la inmensa importancia del trabajo humano, esa fuente de bendiciones de los pueblos y seno materno de toda cultura; si le inculcamos la conciencia del orgullo y la dignidad del obrero, que crea todos los valores y lleva sobre su espalda encorvada todas las cargas y magnificencias del orbe; si le abrimos la comprensión de la legitimidad de las pretensiones a tener derechos allí donde con diligencia y constancia

se cumplen deberes y se hacen sacrificios, entonces nadie podrá ya poner en duda el éxito de semejante educación para la solidaridad.

La escuela tiene en su mano culminar la obra digna y eficazmente: mediante la educación por el trabajo y la escuela unificada.

La escuela libresca (Lernschule)9 corresponde a la época individualista: la medida de lo poseído en saberes y conocimientos determina la competencia y la utilidad personales. La escuela del trabajo (Arbeitsschule) presupone el socialismo: la capacidad de rendimiento decide sobre la utilidad del individuo y el lugar de su integración en la estructura del todo. La escuela libresca estira y recorta al hombre según un esquema oficialmente prescrito y lo provee de títulos habilitantes y diplomas. La escuela del trabajo deja crecer al hombre desde el fondo de sus propias fuerzas y dotes, peculiar e independiente, y conquistar el campo de actividad hacia el que se siente atraído y llamado interiormente. La escuela libresca pone en la meta de su carrera el éxito personal, riquezas y honores, como recompensa por el tiempo, las fatigas y los gastos empleados: el interés de una inversión de capital desembolsada. La escuela del trabajo tiene por efecto la desembocadura de todas las fuerzas despertadas y educadas, cuya capacidad de rendimiento descansa en el trabajo de milenios y de millones de hombres, en la suma total de todos los agentes socialmente aprovechables, que solo pueden seguir obrando de manera duradera en el intercambio continuo de sus potencias y en la constante solidaridad de la voluntad. Si en la escuela libresca están guardados los intereses intelectuales del presente capitalista, en la lucha por la escuela del trabajo se agitan los intereses intelectuales y culturales del socialismo, orientados a lo venidero.

En el progreso de la escuela de clase a la escuela unificada (Einheitsschule) se refleja la misma evolución. La escuela de clase corresponde al Estado de clase y a la sociedad de clases: para los ricos, el palacio resplandeciente; para la pobreza, el corral miserable. La ciencia se ha convertido en una mercancía; la escuela, en una tienda de ultramarinos: el que tiene dinero se compra la instrucción a la medida, por varas y según calidad. No solo el honor y la fama, el amor y la felicidad: también el saber y la instrucción se reducen a un único presupuesto: al pago al contado.

Con la sociedad de clases desaparece la razón de ser de la escuela de clase. La solidaridad del futuro socialista envía ya

al presente sus exigencias en el terreno de la organización escolar: la exigencia de la escuela unificada como «una escuela de todos los que llevan rostro humano, para todo lo que es humano».10 Aquí, sin que se pregunte por su origen, su pertenencia, su fortuna ni su recomendación, podrán subir todos los peldaños de la formación intelectual aquellos a quienes la bondadosa naturaleza puso en la cuna talentos y dotes; toda altura y claridad les estará abierta, y el querubín ya no estará con la espada amenazadoramente llameante ante la puerta que lleva al árbol de la ciencia. La unidad del camino de la formación irá acompañada de la gratuidad de los materiales de aprendizaje y de enseñanza, del sustento, de la provisión material. Plena libertad para cada fuerza, cada impulso, cada esperanza, porque el todo gana infinitamente con la riqueza de cada fuerza, las creaciones de cada impulso, los dones de cada esperanza.

Así, la educación para la solidaridad, al poner la mira en el enriquecimiento y la felicidad de la humanidad entera como meta última y suprema de la actividad cultural, se derrama como la bendición de un cuerno de la abundancia mágico, inagotable, pródigo, cubriéndolo todo... Fuerzas insospechadas se desprenden de lo hondo y emergen a la luz, millones de espíritus y de manos se mueven hacia la obra y construyen el templo de una nueva cultura, tesoros incalculables del espíritu y del alma se extienden ante miradas embriagadas y saludan con júbilo la época del socialismo.

Libertad, independencia, verdad, solidaridad: estos son los cimientos y los pilares de la educación para el socialismo. En ellos están las esperanzas de futuro de nuestra generación, sobre ellos se alzan los muros de la cultura venidera, por encima de ellos se extienden los salones de la felicidad futura.

Todavía nos pertenece la juventud en primer lugar a nosotros, al proletariado. Todavía crece bajo nuestros ojos y nuestras manos, antes de tener que ponerse bajo la influencia de la clase burguesa. Todavía somos sus primeros educadores.

Eduquémosla en el espíritu del socialismo, libre, independiente, verdadera y solidaria, como seres humanos y luchadores, pensando, queriendo, obrando, y entonces...

¡DICHOSO TÚ, QUE ERES UN NIETO!11


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la Deutsche Nationalbibliothek digitalizado en su visor (bookviewer 101433280X): Otto Rühle, Erziehung zum Sozialismus. Ein Manifest, Berlín, Verlag Gesellschaft und Erziehung, 1919, 22 págs., cotejado con la 3.ª edición (11.º-15.º millar, Berlín-Fichtenau, 1920; bookviewer 1031692088), de texto idéntico salvo la corrección de una errata (pág. 15, véase la nota t5) y detalles ortográficos. Hubo además una 2.ª edición (5.º-10.º millar) en 1919, no consultada. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español de la primera edición (1919), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en apartados, los títulos en mayúsculas, las cursivas del original y la paginación; Erziehung zur… se traduce «educación para…», Selbständigkeit «independencia» (y Unselbständigkeit «dependencia»), y los tipos de escuela según el glosario del archivo (escuela libresca, escuela del trabajo, escuela de clase, escuela unificada). Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. «Menschlich-Allzumenschlichen»: alusión a Menschliches, Allzumenschliches [Humano, demasiado humano] (1878) de Nietzsche. (N. del T.) ↩

  2. Umwertung der Werte: fórmula de Nietzsche («transmutación [o inversión] de todos los valores»), que Rühle aplica aquí y en la pág. 17 a la apropiación proletaria de la cultura burguesa. (N. del T.) ↩

  3. Kadavergehorsam: obediencia absoluta, por alusión a la fórmula perinde ac cadaver («como un cadáver») de las constituciones de los jesuitas; en la Alemania guillermina se aplicaba sobre todo a la disciplina militar. (N. del T.) ↩

  4. Cita de Maria Montessori, probablemente según la traducción alemana de Il metodo della pedagogia scientifica (1909), Selbsttätige Erziehung im frühen Kindesalter (1913); se traduce del alemán que da Rühle. (N. del T.) ↩

  5. El original dice Geschichtsforschungen («investigaciones históricas»), errata corregida en la 3.ª edición (1920) en Geschichtsfälschungen («falsificaciones de la historia»), que es lo que se traduce. (N. del T.) ↩

  6. Orden de gabinete de Guillermo II del 1 de mayo de 1889, que encargaba a la escuela, y en particular a la enseñanza de la religión y de la historia patria, combatir las ideas socialdemócratas. Allerhöchster Erlass era la denominación oficial de las disposiciones del emperador. (N. del T.) ↩

  7. Goethe, Maximen und Reflexionen: «Das Beste, was wir von der Geschichte haben, ist der Enthusiasmus, den sie erregt» («Lo mejor que tenemos de la historia es el entusiasmo que despierta»). (N. del T.) ↩

  8. Fritz Gansberg (1871-1950), maestro de Bremen, uno de los principales autores de la reforma pedagógica alemana (pedagogía de la vivencia y de la redacción libre). No se ha localizado el pasaje que Rühle parafrasea. (N. del T.) ↩

  9. Lernschule (literalmente, «escuela de aprender»): la escuela tradicional de memorización y transmisión de conocimientos, a la que la reforma pedagógica (Kerschensteiner, Gaudig) oponía la Arbeitsschule, «escuela del trabajo» o de la actividad, basada en el trabajo manual y la actividad propia del alumno. La Einheitsschule, «escuela unificada», era la reivindicación socialista y reformista de un sistema escolar único para todos los niños, sin separación por clases desde la primera enseñanza. (N. del T.) ↩

  10. Cita no identificada; recuerda el ideal pansófico de Comenio de enseñar «todo a todos» (omnes omnia). (N. del T.) ↩

  11. Inversión del verso de Mefistófeles en el Fausto de Goethe (primera parte, escena del estudiante): «Weh dir, daß du ein Enkel bist!» («¡Ay de ti, que eres un nieto!»), dicho de las leyes heredadas que pesan sobre las generaciones posteriores. (N. del T.) ↩