Basta con hacerse mayor para volverse más indulgente; no veo cometer ninguna falta que no haya cometido yo también.
J. W. v. Goethe.
Niños sin vigilancia.
Donde la madre falta en el hogar, los niños están sin vigilancia, sin cuidados y sin educación. Por lo menos sin el cuidado adecuado que suele dar una madre. El capitalismo, que al organizar la fábrica arrancó primero al padre del taller, ha ido disolviendo poco a poco toda la familia proletaria; hoy también la madre está en alguna fábrica y teje o hila o borda, o quizá trabaja duramente en los campos y las mieses. Los niños mayores están igualmente uncidos al yugo del trabajo, como recaderos y criaditas, como jóvenes esclavos de toda clase. Solo quedan los pequeños y los más pequeños, en cuartos fríos o en la calle, sin madre, sin vigilancia ni educación: niños sin vigilancia…
Cuatro millones de mujeres casadas o que lo han estado trabajan por un salario en Alemania, según el último censo oficial. 132 000 mujeres casadas tenían, además de su ocupación principal, otra secundaria, sin contar la profesión «natural» de madre, ama de casa y cuidadora de los hijos. Estos seres, los más atormentados de todos, que tienen que llevar una carga de trabajo triple y cuádruple y arrastrar entre preocupaciones y prisas una lamentable existencia de bestias de carga, se agolpan a las puertas de las fábricas no por aversión a los deberes de ama de casa y de madre, no por afán de ganar un sobresueldo para lujos y diversiones, sino por la más amarga necesidad. Su jornada empieza con el trabajo de la casa antes del trabajo en la fábrica, se llena en las pausas de la fábrica con trabajo de la casa y termina a altas horas de la noche con trabajo de la casa, que convierte también el domingo en día laborable. Y, a pesar de todo, cuatro millones de madres con trabajo asalariado no significa otra cosa sino que por lo menos el doble o el triple de niños no tienen madre, que les falta la cuidadora y la niñera, la compañera de juegos y la educadora, que no tienen un hogar acogedor con juego y compañía, con una estufa caliente, ropa limpia, comidas regulares y ayuda en las mil pequeñas y grandes penas que agitan y oprimen un corazón infantil.
En 1907 había en Berlín unas 166 000 a 170 000 esposas y trabajadoras a domicilio con trabajo asalariado, además de todo un ejército de asistentas, repartidoras de periódicos, etc., que pasan parte del día fuera de casa; por lo menos igual de grande es el número de niños cuya vigilancia es dudosa o a los que les falta comprobadamente toda vigilancia. En los distritos de inspección industrial de Hildesheim y Lüneburg, según averiguaciones oficiales, el 20 por ciento de los niños aún no escolarizados y el 54 por ciento de los escolarizados hijos de mujeres que trabajaban en fábricas estaban sin vigilancia alguna durante las horas de trabajo de la madre. Según informes anteriores de la inspección industrial, en Liegnitz el 13,1 por ciento, en Kassel el 17,4, en Magdeburgo el 18,2 y en Darmstadt el 26,6 por ciento de los hijos de obreras fabriles corrían la misma suerte. Con el aumento del trabajo asalariado femenino (¡de 1895 a 1907, un 104 por ciento!), y sobre todo con el del trabajo asalariado de las mujeres casadas (¡un 94 por ciento!), empeora naturalmente el grado de vigilancia y cuidado de los niños. En Crimmitschau el doctor Feld comprobó en 1904 que el 30,9 por ciento de todos los hijos de obreras estaban sin ninguna vigilancia ni cuidado, de ellos el 5,8 por ciento de menos de un año de edad. Desde entonces la situación también ha empeorado aquí, no mejorado.
Para ofrecer a los niños sin vigilancia al menos un sustituto parcial de los beneficios educativos que la casa paterna les niega, y tiene que negarles, se han creado, siguiendo el ejemplo de Francia y Suecia, hogares infantiles (Kinderhorte).1 El profesor Schmidt-Schwarzenberg fundó en 1871 el primer hogar en Erlangen; en 1878 siguió Augsburgo, más tarde Múnich, Fürth y otras ciudades. Baviera fue especialmente pionera; Prusia la siguió después de que en 1883 un decreto ministerial recomendara a la atención e imitación los buenos resultados de los hogares bávaros. En 1910, en la primera conferencia de hogares infantiles, todas las asociaciones de hogares se unieron en una federación. Una estadística elaborada en 1912 sobre los hogares infantiles y establecimientos afines en Alemania (sin las guarderías ni las escuelas de párvulos) muestra que en Alemania existen, en 256 localidades, 1245 hogares, creados por 561 corporaciones. En estos hogares se acoge a unos 84 000 niños. A Prusia corresponden 631 hogares; a Baviera, 187; Wurtemberg, 45; Sajonia, 121; Baden, 49; Hesse, 21; Estados de Turingia, 22; Brunswick, 27; Hamburgo, 55; Bremen, 17, y Alsacia-Lorena, 50. De 48 municipios de más de 100 000 habitantes, solo cuatro ciudades carecen de hogar: Wilmersdorf, Gelsenkirchen, Hamborn y Mülheim del Ruhr. Titulares de los 1245 hogares infantiles alemanes son 40 administraciones municipales, 21 parroquias católicas y 14 evangélicas, diez empresas fabriles, dos administraciones de fincas, dos fundaciones ducales y 472 asociaciones. Las subvenciones ascendieron solo a 2700 marcos de fondos estatales y a 333 145 marcos de fondos municipales. En la mayoría de los hogares había comedores, que daban a los niños comida o merienda o ambas cosas. Cobran cuota 671 hogares; las cuotas oscilan entre 5 pfennig y 1 marco semanales. La recaudación de las cuotas no guarda casi en ningún caso
relación con los gastos de mantenimiento de los hogares. La *ocupación* de los niños consiste en deberes escolares, trabajos manuales, labores o tareas domésticas, jardinería y juego. 234 hogares abren en todas las vacaciones, 119 en parte de ellas, 304 cierran en todas las vacaciones. 588 hogares no dieron datos sobre esta cuestión.Se puede estar plenamente de acuerdo con el principio de los hogares infantiles («sirven para acoger durante las horas sin escuela a niños de la clase trabajadora que no pueden ser suficientemente vigilados y educados en la casa paterna, para protegerlos del descarrío, de la ociosidad y de la seducción, y para acostumbrarlos a hacer puntualmente sus deberes escolares y a emplear con sensatez su tiempo libre», Adele Schreiber) y afirmar, sin embargo, que, tanto por su número como por su organización y sus resultados, quedan muy por detrás de lo que exige en este sentido, en gastos de protección y asistencia, la preocupación por el bien de la juventud. Su desarrollo debería hacerse más o menos de modo que se aproximaran poco a poco al hogar infantil de día, tal como lo ha reclamado Hulda Maurenbrecher siguiendo el ideal educativo de las Comunidades Escolares Libres. «La escuela», escribe en su libro Wachstum und Schöpfung [Crecimiento y creación] (E. Reinhardt, Múnich), «tiene que tener a los niños más tiempo cada día bajo su cuidado y tiene que incorporar las vacaciones al curso escolar y llenarlas. La escuela se convierte en hogar de día para los niños, primero para los que de otro modo estarían abandonados, y un día para todos. Como hogar de día no les da solo más enseñanza —y también esta tendrá que cambiar por completo de aspecto—, sino también alimentación, deporte, juego, lectura: en una palabra, también la parte de la educación que los padres no pueden dar… Los dirigentes y colaboradores responsables de esta escuela, hombres y mujeres por igual, son: organizadores, psicólogos, profesores especialistas, artistas de toda clase, cuidadores de la cultura física, fisiólogos, médicos, técnicos para los talleres, y una mentalidad cultural rigurosa y orientada hacia delante. El hogar de día se ampliaría hacia abajo con el moderno jardín de infancia laico y hacia arriba con la escuela profesional, que cada cual elige según sus dotes».
Todo ello, naturalmente, no sin acortar la jornada de trabajo de los padres y mejorar sus condiciones de trabajo, de vivienda y de vida; es decir, no sin una política social a fondo, no sin un socialismo exterior e interior. Entonces la convivencia y la vida en común de padres e hijos, una vez terminado el tiempo de trabajo y de escuela, serán más largas, más hermosas y educativamente más fecundas; entonces «tendremos una armonía feliz y grata para ambas partes entre la vida laboral de los padres y la vida escolar de los hijos»; entonces ya no habrá niños sin vigilancia, desatendidos y desamparados.
Mujeres como jurados en los tribunales de menores.
El proyecto de ley sobre el procedimiento penal contra jóvenes, presentado al Reichstag en noviembre de 1912 y que —tras haber pasado la primera lectura y las deliberaciones de la comisión— aún espera su aprobación definitiva, exigía en su § 2 que «como jurados (Schöffen)2 de los tribunales de menores se nombre a personas especialmente experimentadas en la educación de la juventud». Esta exigencia se derivaba como consecuencia simple y lógica del carácter y la tendencia de la ley, que parte del reconocimiento de que, en los delitos de jóvenes debidos a una educación deficiente y cuyo autor está todavía en edad educable, «se sirve mejor a los intereses de la colectividad y al propio joven mediante la intervención del Estado en la educación que mediante el castigo». Educación en lugar de castigo: en esto descansa toda la idea de los tribunales de menores; en esto reside la justificación de su creación y la importancia de su acción.
Pero ¿quién sería más apto para la educación de la juventud que la mujer, la madre, a la que toda la pedagogía burguesa alaba como educadora nata, «como sol central de la escuela materna»? ¿No demuestra la mujer a diario y de mil maneras, en la familia, en el círculo de los niños, pero también fuera de su actividad doméstica —con su colaboración en las tareas de la instrucción y el bienestar públicos—, que está familiarizada con las cuestiones de la educación, que sabe apreciar su seriedad y su importancia, y que tiene éxito en su labor educativa? En el hogar proletario la madre es casi exclusivamente el elemento que educa. El hombre, ocupado fuera de casa de la mañana a la noche, apenas ve a los hijos, no los conoce, no sabe tratarlos y, por estas circunstancias, no suele estar dispuesto para la labor educativa. Pero la madre, que vivió con el niño ya antes de que naciera, que tiene a sus pequeños a su alrededor cada día, los observa y los guía, los cuida y los protege, juega y habla con ellos, vive y se funde con ellos espiritual y anímicamente: la madre es la educadora llamada a ello, la educadora nata de la juventud.
¿Y qué dice a esto la ley? El proyecto pide como jurados de menores «personas especialmente experimentadas en la educación». Por supuesto, también mujeres, dijeron los socialdemócratas. Totalmente de acuerdo, declararon los progresistas. Y también los nacionalliberales dieron a entender que estaban convencidos de «que la mujer hace algo bueno en este campo y que —mejor que un hombre— comprende la psique del niño, por lo que, como jurado, sobre todo al juzgar a muchachas, haría su tarea mejor que un hombre». Solo el Centro y los conservadores —junto con el gobierno— se mostraron contrarios. En la comisión, una propuesta de los progresistas dio ocasión de llevar a la práctica la simpatía por las mujeres jurados. En primera lectura se formó una mayoría de los partidos de izquierda; en segunda lectura, según antigua tradición y costumbre, los nacionalliberales se echaron atrás. Con ello quedó liquidada la idea de las mujeres jurados de menores. En una ley en la que se trata declaradamente de sustituir las penas por la educación, la valiosa e importante vocación educativa de la mujer ha de quedar ahora excluida por principio.
Esta decisión es tanto más incomprensible e incita tanto más a la protesta cuanto que se escuda en las razones más endebles y ridículas.
Se ha dicho que la mujer es más accesible que el hombre a las emociones; que su naturaleza determina lo blando, lo suave, lo delicado. Pero juzgar es un oficio rudo, duro y severo. Por eso la mujer no sirve para ejercerlo.
Concedido que juzgar es una cosa severa y dura; al menos en la teoría. En la práctica, solo cuando se trata de pecadores de prensa socialdemócratas, de obreros en huelga y de ladronzuelos, a los que según la vieja costumbre se ahorca sin piedad. Pero cuando ante el tribunal comparecen príncipes perjuros, fábricas de cañones que espían o estudiantes del cuerpo Borussia de Bonn,3 jueces y tribunales pueden mostrar una indulgencia y una consideración francamente conmovedoras. Además, en los tribunales de menores la severidad ha de sustituirse en general por la indulgencia, en lugar del castigo ha de imponerse la educación; y precisamente para ello son menos aptos los hombres, que según la afirmación conservadora tienen un carácter rudo y duro, mientras que la mujer, con su natural dulzura y bondad de corazón, estaría perfectamente en su sitio.
No menos que el oficio de juez, el servicio militar y de guerra es sin duda un oficio rudo. Y, sin embargo, vemos que reinas y princesas —sin encontrar objeción conservadora— son jefes de regimiento, visten uniforme, pasan revista a desfiles, etc. Aquí la delicada naturaleza femenina parece llevarse muy bien con un cargo rudo. Y si los señores de la derecha han declarado que tienen «demasiada veneración, respeto y amabilidad hacia las damas para exigirles el ejercicio de un cargo tan duro», hay que responderles: para demostrar que esa declaración no es solo una frase hipócrita, los señores habrían tenido hace tiempo ocasión de hacer uso de su veneración y amabilidad también con las mujeres que, para enriquecer a esos mismos «caballeros», tienen que penar y matarse en los campos de remolacha y de cereal, en las tejerías, las minas y las fábricas, y con las que se emplean las formas más brutales y groseras de explotación.
Las mujeres, además, se ríen de la caballerosidad y la amabilidad de los conservadores; en innumerables instancias y peticiones se han dirigido al Reichstag y han *exigido* enérgicamente su admisión al cargo de jurado. Para justificar esta exigencia pueden remitirse a los resultados que han obtenido como visitadoras de pobres y de huérfanos, asistentes sociales y tutoras, directoras de hogares infantiles, centrales de asistencia, etc., como inspectoras de trabajo, maestras y en otros oficios, que exigían en alto grado no solo dulzura y paciencia, sino también seriedad y energía, reflexión fría y acción enérgica. El propio proyecto de ley quiere que las mujeres colaboren en la *asistencia a los tribunales de menores* y les da derecho a actuar como *asesoras*: son tareas que, en cuanto a seriedad, resolución y claro sentido del derecho, que decide sin falsa blandura, superan con mucho las exigencias del cargo de jurado. El proyecto quiere además *maestros* como jurados; pero las *maestras* —con la misma formación y práctica, las mismas experiencias y el mismo conocimiento de la vida anímica infantil y de las condiciones de vida de las que procede el niño— *no* han de poder ser admitidas como jurados.Que la mujer haya estado y siga estando excluida del cargo de jurado constituye de por sí una grave injusticia, que carece de todo fundamento y justificación legal; no se basa en la Ley de Organización de los Tribunales, sino que existe solo como derecho consuetudinario. Con la ley de tribunales de menores habría ocasión de reparar la injusticia al menos en parte; y además en un terreno en el que también en otros aspectos se abandonan las formas rígidas y tradicionales del derecho penal y de la práctica de los tribunales penales, en el que hasta la ejecución de las penas se adapta a los sentimientos y necesidades de los nuevos tiempos, a las nuevas condiciones. Si no por consideración a las mujeres, sí por consideración a la juventud, a la que han de beneficiar las ventajas de la nueva ley.
El abastecimiento de leche.
El alimento natural de los recién nacidos y los lactantes es la leche del pecho materno. Donde falta, tiene que sustituirla la leche animal; en primer lugar la de vaca, que se da diluida y endulzada, y además la de burra, cabra y oveja. Para los niños y los debilitados, la leche tiene especial importancia como alimento y fortificante. Los enfermos la toman como cura, y también los sanos, los adultos, aprecian un trago de leche como refresco sabroso y reconfortante. Aunque la alimentación no puede mantenerse de forma duradera solo con leche, esta desempeña un papel importante en la economía de la naturaleza y de los hombres. Sin ella faltarían en nuestra mesa la nata, la mantequilla y el queso, y la industria alimentaria se vería privada de una de sus materias primas más importantes.
La cantidad de leche de vaca producida cada año en el Imperio alemán se calcula en unos 25½ millones de litros,4 con un valor de unos 2100 millones de marcos. El valor de la leche y los productos lácteos importados además del extranjero asciende a unos 50-70 millones de marcos anuales. Las cifras averiguadas en 1906 por la Sociedad Agrícola Alemana son algo más altas aún; esta calculó el valor de la producción de leche en 2642 millones de marcos. Lo que significa esta suma puede medirse si se piensa que la cosecha total de cereales panificables (trigo y centeno) de ese mismo año se valoró en 2253 millones de marcos; la de patata, en 876 millones; la producción de azúcar, en 418; la de alcohol, en 94; la de la industria cervecera, en 1120, y la de la industria siderúrgica y metalúrgica, en 264 millones de marcos.
El consumo de leche varía según las regiones del Imperio. Según Clevisch, correspondían por habitante y año en Berlín 106,5 litros; en Altona, 114,7; en Múnich, 131,1; en Colonia, 131,4; en Hamburgo, 137,5; en Fráncfort del Meno, 159,9; en Friburgo de Brisgovia, 181,1 litros. Las familias acomodadas gastan por término medio en leche el 2-2,5 por ciento de todos sus gastos; las de pocos recursos, el 4,6 por ciento (el 10,1 por ciento de los gastos en alimentación). El consumo de leche aumenta en términos absolutos en las familias a medida que crece su bienestar. Los gastos en leche son tres veces mayores que en patatas, cuatro veces mayores que en café y sucedáneos del café, y dos tercios de los gastos en pan; las familias obreras con muchos hijos gastan a menudo tanto en leche como en vivienda.
El abastecimiento de leche del campo se hace sobre todo con producción propia; el de las grandes ciudades, mediante aportes de fuera. Cuanto mayor es la ciudad, mayor es el aporte. Una investigación de Beuckemann, que abarcó diez ciudades de cada tamaño, dio el siguiente resultado:
Ciudades, por día, en porcentajes
| de más de 250 000 hab. | de más de 100 000 hab. | de más de 50 000 hab. | ciudades pequeñas | |
|---|---|---|---|---|
| Producción propia | 11,8 | 14 | 12,5 | 24,2 |
| Aporte en carro | 28,9 | 42 | 63,9 | 55 |
| Ferrocarril y barco | 52,2 | 44 | 23 | 20,8 |
Este abastecimiento de leche no siempre es higiénicamente irreprochable: en primer lugar, porque la leche, como apenas ningún otro alimento o producto de consumo, sufre fácil y rápidamente alteraciones y pierde calidad en el camino de la producción al consumo; en segundo lugar, porque, sobre todo en el comercio al por menor, nunca puede evitarse del todo el peligro de suciedad y de aguado. A ello se añade que el control legal y policial de la venta de leche es todavía del todo insuficiente; falta por completo un control veterinario que empiece ya en el lugar de producción.
Para remediar estas deficiencias y, al mismo tiempo, abaratar el precio de la leche sin perjudicar a los productores, se propone crear centrales lecheras, lecherías u oficinas de la leche municipales, que habrían de centralizar el tráfico de la leche —de modo semejante a los mataderos para el de la carne— y cuya administración estaría formada por médicos, químicos, veterinarios, agricultores, expertos en lechería, lecheros y funcionarios municipales. En el Primer Congreso de Ciudades Alemanas, en Dresde, en 1903, el alcalde Adickes (Fráncfort del Meno), y en la 31.ª asamblea de la Asociación de Higiene Pública, Krupper (Colonia), se pronunciaron favorablemente sobre el abastecimiento de leche mediante lecherías municipales. Según otras propuestas, cooperativas de venta de leche subvencionadas por los municipios deberían organizar de manera unitaria el abastecimiento de leche y llevarlo a cabo de forma higiénicamente irreprochable. Ensayos prácticos, con el mejor resultado, han mostrado además que también las cooperativas de consumo (Zúrich, Essen, Augsburgo, etc.) son especialmente adecuadas para una regulación satisfactoria del tráfico y la venta de leche. Por último, una legislación lechera del Imperio, junto con la creación de un instituto científico de industria lechera, debería procurar la solución definitiva de la cuestión de la leche, que se ha vuelto candente tanto en lo sanitario como en lo económico.
Los agrarios, cuyo interés se dirige solo al beneficio, se resisten a estos esfuerzos y procuran frustrarlos. Su objetivo es el monopolio del comercio de la leche en manos de los productores; como medio para alcanzarlo, propagan con celo en las asociaciones campesinas la concesión administrativa del comercio de la leche. Incomprensiblemente, también los lecheros se han dejado ganar en parte para este bonito plan. Se dejan convencer de que la concesión significaría una limitación de la competencia, de la que cabría esperar subidas del precio de la leche y mayores ingresos para el comercio lechero; pero no piensan que la concesión los pone en mayor medida en dependencia de los productores agrarios, que, para coronar su codicia, reclaman en su «arancel sin lagunas» un alto arancel sobre la leche, que convertiría los precios de la leche en precios de usura. La consecuencia sería un descenso del consumo de leche, en perjuicio de la salud de la población, en perjuicio material de los lecheros, pero en provecho de los junkers. Hay que trabajar con toda energía para que el plan de los salteadores agrarios fracase y la alimentación popular disponga de buena leche en cantidad suficiente y a buen precio.
Trato con los niños.
¡Cuenta cuentos a los niños!
Papá Noel ha dejado un libro de cuentos en la mesa de los regalos.5 Los niños lo tendrán; pero habría estado mejor destinado a los padres. Los cuentos no quieren tanto que los lean los niños como que los cuenten los padres. Si por la noche, cuando los pequeños están acostados, puedes librarte un cuarto de hora, toma el libro, escoge un cuento bonito y apréndetelo de memoria; mañana o pasado mañana, cuando lleguen las íntimas horas del crepúsculo, te sientas junto a la estufa caliente, y mientras por la puertecilla brilla el resplandor rojo del fuego y crepitan los leños, cuentas a la pequeña pandilla que escucha atenta lo que has leído. No sospechas qué hora tan preciosa, tan solemnemente hermosa regalas a tus hijos, una hora que brillará a lo largo de toda su vida y hasta la vejez extenderá un resplandor poético sobre su juventud. Tus hijos quizá tengan luego poca alegría en la vida; las preocupaciones y la lucha serán su destino. Correrán tras el trabajo y lucharán por un salario mísero, tendrán que cocinar y lavar y criar hijos, y vivirán eternamente de esperanzas defraudadas, como tú. Dales para ese tiempo sin alegría ni poesía un pedacito de dicha juvenil para el camino, regálales una hora deliciosa cuyo recuerdo feliz centellee en la noche y la miseria de sus años: cuéntales cuentos, da alas a su fantasía, llena su corazón y sus sentidos de deseos y anhelos, de luces y de colores alegres. Y si ya no te desenvuelves bien en el mundo de los cuentos, pues bien, un par de historias inventadas por ti sobre el viento, la lluvia y las nubes, sobre las flores y cómo celebran sus fiestas, y sobre los animales y cómo se van a dormir, también sirven. Cuenta, cuenta… mira, los pequeños ya están esperando…
Responsable de la redacción: Otto Rühle, Dresde-Hellerau.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Das proletarische Kind. Erziehungs-Beilage, enero de 1914, suplemento mensual editado por Otto Rühle para varios diarios socialdemócratas, según la edición de la Arbeiter-Zeitung (Essen), año 8, n.º 6, ULB Bonn / zeit.punkt NRW. Piezas sin firma, atribuidas a Rühle como editor responsable (Stecklina 2002); se omiten, como en el original del archivo, los extractos firmados de Maurenbrecher, Prüfer y Korn y el anuncio del folleto de Rühle.
Traducción: traducción íntegra al español de las piezas sin firma, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Erziehungs-Beilage = «Suplemento de educación»; Umgang mit Kindern = «Trato con los niños»; Kinderhort = «hogar infantil»; Schöffe = «jurado»; Jugendgericht = «tribunal de menores». Las citas de Goethe, Adele Schreiber, Hulda Maurenbrecher, del proyecto de ley y de los debates parlamentarios se traducen del texto alemán del suplemento. Las cursivas reproducen el espaciado del original.
Kinderhort («hogar infantil»): establecimiento de día que acogía a los escolares fuera del horario lectivo, distinto de la guardería (Bewahranstalt) y de la escuela de párvulos. (N. del T.) ↩
Schöffe: juez lego que forma tribunal junto con el juez profesional en los tribunales de escabinos alemanes. (N. del T.) ↩
Alusiones a escándalos de la época: el proceso Krupp de 1913 por soborno de funcionarios para obtener información militar, y las agresiones de miembros de la corporación estudiantil Borussia de Bonn, castigadas con penas leves. (N. del T.) ↩
Así en el original; la cifra correcta es probablemente de 25½ miles de millones de litros, como sugiere el valor indicado. (N. del T.) ↩
Weihnachtsmann: la figura que trae los regalos de Navidad en Alemania. (N. del T.) ↩