El niño proletario

El niño proletario

Otto Rühle

Una monografía

Albert Langen, Múnich

A la nueva generación

Índice

Introducción, págs. 1-4

La investigación de la trayectoria de la juventud burguesa. — Medio y desarrollo. — Otras relaciones de clase, otras condiciones de desarrollo. — El niño proletario. — Primer ensayo de una monografía. — Tarea de este libro.

La clase proletaria, págs. 5-13

El maestro gremial medieval. — Su posición en la economía de su tiempo. — Los descubrimientos de ultramar. — Revolución de la vida económica por el comercio mundial. — El capital comercial. — Estancamientos en el abastecimiento de mercancías. — El comerciante se convierte en productor de mercancías. — Comienzo de la era capitalista. — Trabajo a domicilio, cooperación, manufactura. — Pérdida de la independencia social y profesional del artesano. — Pérdida del oficio y de los medios de producción. — La máquina. — Despertar del sentimiento de clase. — Conciencia de clase. — Elevación desde lo hondo de la miseria social. — El poder colectivo de la autoayuda organizada. — La lucha de clases. — El proletariado moderno.

La familia proletaria, págs. 14-41

La forma de vida de la burguesía. Arraigo en el suelo y sedentarismo. — Oficio, industria, cargo. — Seguridad y holgura de la existencia. — Vínculo familiar y valores afectivos. — Dignidades y prestigio social. — La dorada vejez.

La forma de vida del proletariado. Falta de raíces sociales. — Extraño en el lugar y en la tierra. — Carencia de bienes y de oficio. — Trabajo de esclavo en la fábrica. — La espada de Damocles del paro. — Naturaleza de domingo por la tarde. — La idea de la vejez.

La familia como institución social.

El idilio pequeñoburgués. Comunidad de sustento, de vivienda, de vida y de educación. — Escuela materna. — Semillero de toda cultura. — Preparación para la misión del matrimonio.

La destrucción del idilio. El capitalismo. — Ruptura de los «sagrados lazos». — Marx. — Cáscara sin almendra. — Una generación sin comunidad familiar. — Proporción del proletariado en la nación. — Proletarios de pura sangre. — Otros elementos proletarios.

La familia proletaria.

El padre. — Comienzo temprano del trabajo. — Sin mesa común. — Larga jornada de trabajo. — Mala retribución. — Desnutrición. — Paro. — Migraciones interiores. — Cuentas domésticas. — La miseria de los proletarios del campo.

La madre. — Mujeres que trabajan por un salario. — Mano de obra dócil y barata. — Madres en la fábrica y en el trabajo a domicilio. — Profesión y maternidad. — Trabajo asalariado y cuidado de los hijos. — Peligros del hogar sin madre. — El niño abandonado a su soledad.

La vivienda. — Viviendas insalubres y superpobladas. — Cuarteles de alquiler, casas traseras, patios. — Sombart y Naumann sobre la miseria de la vivienda.

El niño proletario, págs. 42-259

La fatalidad de su origen. Padres degenerados y enfermos. — El germen de la consunción como única herencia. — Fuerza vital y lucha por la existencia. — Hambre en el seno materno. — Ninguna consideración con la embarazada. — Del puesto de trabajo al puerperio. — Sorprendida por el parto. — Los hijos son bendición de Dios. — La suerte más dura. — Muerte del fruto antes del nacimiento. — Venenos industriales y el envenenamiento de los no nacidos. — Estragos en la salud y en la fuerza de la mujer por partos prematuros y abortos. — Madres enfermizas y descendencia enfermiza. — Criaturas debilitadas, raquíticas, inferiores. — Candidatos a la muerte.

La muerte del biberón. Nueva matanza de los inocentes de Belén. — Cifras estadísticas. — Un niño muerto y 17 lactantes muertos. — Trabajo remunerado de la mujer y mortalidad infantil. — Sajonia, país capitalista modelo. — Tragedias familiares. — Marx y ejemplos de Inglaterra. — La mortalidad de lactantes en las zonas rurales. — El hijo de los ricos goza de miramientos. — Cuanto mayor la pobreza, mayor la mortalidad. — Pruebas estadísticas. — Tampoco el pecho materno cambia mucho las cosas. — Alimentación artificial y cifras de mortalidad. — Una lucha por la existencia 350 veces más dura para el niño proletario. — Aire y sol. — Calles de distinta edificación y las cifras de la mortalidad de lactantes. — Natalidad y mortalidad infantil. — La investigación del Dr. Hamburger.

El estigma del nacimiento ilegítimo. «Hijos de ramera». — Una moral popular que hace pagar a los inocentes. — Aumento de los nacimientos ilegítimos. — La ilegitimidad como causa de desventaja social. — Mortinatos ilegítimos. — Gran mortalidad de los lactantes ilegítimos. — La desfavorable situación social de las madres solteras. — Madres de crianza y «fabricantes de ángeles». — La crianza mercenaria de niños en las grandes ciudades. — Resultado pésimo en la asistencia a los huérfanos. — Graves acusaciones sociales. — Supuesta inferioridad de los ilegítimos. — Selección natural. — Las investigaciones de Spann. — Elevada proporción del servicio doméstico en la maternidad ilegítima. — ¡Mejor para el niño que la madre muera! — Infanticidio refinado y años de agonía. — La sociedad niega ayuda y protección. — Los ilegítimos como carga y peligro social. — Vida corta y tumba temprana.

En el desamparo del hogar sin madre. La fábula del paraíso de la infancia. — El jardín asolado del niño proletario. — Investigaciones del Dr. Feld. — Hijos de obreras de fábrica de Crimmitzschau. — ¡Lactantes sin cuidado ni atención alguna! — Para los demás, ni hogar ni educación. — Niños de la calle. — El número de mujeres que trabajan por un salario en Alemania y de sus hijos desatendidos. — De la cuarta a la sexta parte de todos los hijos de obreras en la desolación del hogar sin madre. — La madre tras la jornada. — El niñito en la casa cuna.

La merma física y mental. Los enanos y los atrofiados. — Mediciones de talla y comprobaciones de peso. — Axel Key, sus predecesores y sus sucesores. — Los niños proletarios son más ligeros, más pequeños y de desarrollo más pobre que los hijos de la burguesía. — Diferencia de 1-2 años de crecimiento. — Investigaciones en Freiberg, Leipzig, Viena, Dresde, Berlín y Glasgow. — Paralelismo entre el desarrollo corporal y las condiciones materiales.

Reconocimientos médico-escolares. — El estado de salud de la juventud de la escuela popular, triste más allá de todo lo concebible. — Fuerza vital debilitada y resistencia disminuida. — Un alumno de la escuela media, de 5 a 10 veces más robusto que un alumno de la escuela popular. — Los que empiezan la escuela. — Los rechazados. — Los insuficientemente alimentados. — Miseria física sin fin.

La pobreza como causa de enfermedad. — Enfermedades del oído y trastornos de la audición (prof. Rabe y prof. Ostmann). — Tartamudez (Klenke y Berkhan). — Sordomudez (Brauckmann). — Ceguera. — Dientes. — Inferioridad física y desventaja de las condiciones externas (Dr. Seiffert).

La tuberculosis, enfermedad proletaria. — Aumento de la mortalidad entre los niños proletarios. — Estadística. — Elevada morbilidad. — La investigación de Düsseldorf. — La tuberculosis como enfermedad de la vivienda. — Falta de camas. — Cuadros de miseria. — Focos de la tuberculosis. — La escrofulosis como forma primaria normal. — Del 85 al 95 % de todas las escuelas populares predispuestas a la tuberculosis.1

Niños lisiados. — El censo de 1907. — Falta de establecimientos. — Elevada proporción del proletariado. — La frecuencia de lisiados como secuela de la industria. — Accidentes. — Trabajo infantil y peligro de quedar lisiado.

Débiles mentales e idiotas. — Los datos de Damaschke. — Pruebas estadísticas. — Asistencia médica y pedagógica. — Escuelas auxiliares. — El niño débil mental en la escuela popular. — Una enseñanza equivocada como factor desencadenante. — Palizas en la escuela. — Causas sociales. — Padres tísicos, inferiores, alcohólicos. — Historiales clínicos de niños débiles mentales. — Situaciones de penuria social. — El Dr. Wegner sobre la miseria de los débiles mentales en Turingia. — Alcoholismo e hijos engendrados en la embriaguez. —

«Pomada blanca». La conciencia admonitoria de la sociedad. — El cosquilleo de hacer el bien. — Fiestas de beneficencia y días de la flor. — Entre bastidores de la beneficencia. — Peligros morales y sociales de la manía benéfica.

Jardines de infancia y hogares infantiles. — Gotas sobre piedra ardiente.

Comidas escolares. — La crueldad de obligar a aprender a niños hambrientos. — Encuesta de la Oficina Central de Bienestar Popular. — 179000 niños sin comida caliente en invierno. — 22000 se acuestan con hambre. — 300000 de mala constitución. — Investigaciones del Dr. Bernhard en Berlín. — Encuestas de la Asociación de Cocinas Populares Infantiles. — 14000 niños van a la escuela en Berlín sin desayunar. — Beneficencia privada. — Instalaciones de comedor. — Queda mucho por hacer. — Organización generosa de las comidas escolares en el extranjero.

Enfermedades escolares. — Deber de la escuela y descuido del deber. — Defectos de la organización y del método. — Investigación de las enfermedades escolares. — Desviación de la columna. — Miopía. — Tartamudez y baile de San Vito. — «Pomada blanca».

La barbarie del trabajo infantil. Capitalismo y máquina. — Comienzo de la explotación infantil. — Los años 1820-1840. — La primera ley de protección de la infancia. — La autoayuda de la clase obrera. — 70 años de lucha. — La ley de protección de la infancia de 1903/1908. — Informes de las inspecciones industriales. — Resultado de la estadística profesional e industrial de 1895. — La encuesta de 1898 — Sajonia a la cabeza. — Tipo de ocupación de los niños. — La encuesta del magisterio. — ¡Hasta un 80 % de niños que trabajan! — Jornadas y rendimientos monstruosos. — Limosnas por salario. — La explotación en la agricultura. — La escuela es cosa secundaria. — Los funestos efectos del trabajo remunerado sobre los niños. — Una ley de protección agujereada. — Todavía una explotación espantosa. — Lisiados del trabajo. — Mercados de niños. — Un recorrido por el horror.

La proverbial desdicha de la escuela popular. El derecho a la instrucción. — La escuela, una institución de clase. — Quien tiene dinero puede comprarse instrucción. — Ricos desembolsos para las escuelas secundarias. — La escuela popular, Cenicienta. — Pobre articulación en estructura y organización. — Escasez de maestros. — Más de 3 millones de niños atendidos en su enseñanza según los principios de la administración de beneficencia. — La pobreza es servidumbre. — La aniquilación de la independencia intelectual y moral del niño. — Escuela de adiestramiento y amaestramiento del espíritu. — La enseñanza de la religión y la peste de las sentencias. — La religión protesta contra el adiestramiento religioso. — Falsificaciones de la historia y tendencias patrioteras. — El castigo de palos.

Caminos hacia el vicio. La calle como hogar del niño proletario. — Escuela de la inmoralidad. — La prostitución como fenómeno de clase. — Su silueta histórica. — Las hijas a medio madurar del proletariado. — Seducciones y estímulos sensuales de la gran ciudad. — El grito de pan. — Miseria de la vivienda y plaga de los huéspedes de cama. — Contacto con la prostitución. — Condiciones en que duermen los escolares. — La estrechez del espacio y la falta de camas matan el pudor. — Seducción por maestros, eclesiásticos y otras personas. — ¡El castigo corporal, un peligro sexual! — Trata de niños. — La hermana Arend, asistente de policía en Stuttgart. — Una carta que dice mucho. — La estadística prusiana de asistencia. — La encuesta de Gerling. — Miradas a los abismos. — Alcoholismo e inmoralidad. — Prostitución por tradición social. — La penuria moral de las criadas. — El contingente de las obreras de fábrica. — La miseria social, siempre la causa principal. — El final: el correccional.

Maltratados por la asistencia. El espíritu de Pestalozzi en la asistencia. — ¡Abandonad toda esperanza! — Situación jurídica anterior. — La ley de educación tutelar de 1901 en Prusia. — Motivos de internamiento del niño proletario. — La proporción del proletariado. — Oficios en peligro. — Cómo cumple el artesanado su deber de educar a los aprendices. — Muchachas del servicio doméstico. — Condición mental y criminalidad de los pupilos de la educación tutelar. — Situación económica de los padres. — El medio familiar. — Principios de la educación en establecimiento. — El pupilo es un penado. — Especial falta de amor en el trato de las muchachas moralmente en peligro. — Mano de obra barata para los agrarios. — Horrores inhumanos tras los muros de los establecimientos. — La Blohmesche Wildnis. — El infierno de Mieltschin. — Otras atrocidades. — Explotación inaudita. — Los datos de Agahd. — Pocas excepciones gratas.

En la noche de la mazmorra. El niño y el juez penal. — Estadística criminal de los menores. — Mendel, Liszt y Wulffen sobre el sistema penal actual. — Defectos y propuestas de reforma. — «Los de abajo, en el pueblo, también son personas con sentimientos y dolores». — Delitos cometidos por niños. — Imputabilidad penal y psique infantil. — Causas sociales. — Trabajo remunerado y criminalidad. — Desatención intelectual y frecuencia de las penas. — Pruebas estadísticas. — La lista de libros del asesino de 17 años. — La impotencia de la sociedad. — Crueldades cometidas con niños en la cárcel. — Donde empieza el funcionario, termina el hombre. — La ejecución de las penas de menores en América. — Stammer sobre los reformatories. — El proceso de Plötzensee y sus revelaciones.

El fin en la desesperación. Tragedias infantiles y actos de desesperación. — La horrible contradicción. — Aumento de los suicidios de menores. — Trasfondo económico y relaciones sociales. — Estadística. — Edad. — Motivos. — Sajonia, con la cifra más alta de suicidios infantiles. — Miseria del trabajo remunerado. — Fanatismo sectario. — Suicidios de escolares. — Miedo al castigo. — La vara en la escuela. — Forel y Gurlitt sobre la escuela y los suicidios infantiles. — La bondadosa madre tierra.

Conclusión, págs. 259-262

La nidada abandona el nido paterno. — El joven obrero. — En la lucha por el salario y el pan. — Graves peligros y daños. — Sombrío presentimiento y dolorosa certeza. — Humillación y levantamiento. — El movimiento proletario.

Introducción

La literatura es rica en obras que informan sobre las condiciones de desarrollo del ser humano en formación y sobre todas las fases del desarrollo que las generaciones recorren en eterno rejuvenecimiento.

Pero la exposición, por amplios que sean los círculos que trace su observación, solo tiene siempre a la vista a los hijos de la clase burguesa.

Que otras relaciones de clase producen también otras condiciones de existencia y de desarrollo, que, por tanto, la trayectoria de la juventud proletaria tiene otros supuestos por fundamento, se cumple según otras leyes y recibe de otras influencias y otros poderes sus impulsos motores y sus orientaciones, es algo que hasta ahora o bien ha escapado por completo a la comprensión de los investigadores, o bien no les ha parecido digno de una consideración y una valoración especiales.

Hasta donde alcanzo a abarcar la literatura, solo Sombart, en su pequeño y fino estudio sobre el proletariado (Die Gesellschaft, tomo I)2, al tratar de la familia proletaria se ha acordado también del niño proletario. Su obrita, igualmente atractiva desde el punto de vista estético que desde el psicosocial, no solo dio el impulso para el presente trabajo, sino que también ha arrojado aquí y allá luces y colores de su brillante exposición sobre el sombrío escenario de este libro. Tomada en sí misma, está lejos de pretender ser, ni siquiera en la medida más modesta, una monografía del niño proletario.

Así, el niño proletario sigue esperando a su descubridor y biógrafo científico.

Pero cuanto más independiente, consciente de sí e insoslayable entra el proletariado en el círculo de los factores culturales que imprimen su sello a la sociedad de nuestros días, tanto más resueltamente exige el desarrollo del niño proletario una investigación y un esclarecimiento que hagan justicia a su peculiaridad.

Sobre la base de numerosos trabajos previos y recurriendo en parte a publicaciones anteriores, hoy agotadas, se ha hecho aquí —por primera vez, según creo— el intento de dar una exposición de conjunto de los hechos, las circunstancias y las condiciones que se refieren al desarrollo del niño proletario.

Un intento, porque el libro está pensado ante todo solo como una colección de contribuciones a una monografía del niño proletario.

Un breve esbozo histórico, que trata de recoger en la más pequeña superficie de espejo los momentos característicos del nacimiento de la clase proletaria, y un apunte fugaz, que se agota en los contornos decisivos, de la familia proletaria preceden al trabajo propiamente dicho. Han de transmitir una idea aproximada del medio del que procede el niño proletario y desde cuyo fondo su destino se abre con más docilidad y con menos reservas a la comprensión del investigador y del observador.

Una exposición de la materia sin lagunas, equilibrada, rigurosamente unitaria y cerrada en sí misma no era todavía factible por ahora. Solo será posible cuando, al elaborar el material, ya no haya que habérselas con cifras y hechos obtenidos ocasionalmente y por azar, sino con resultados alcanzados mediante un trabajo de investigación concebido con plan y con amplitud de miras y llevado a cabo con rigor científico, que puedan comprobarse en todo momento en cuanto a su seguridad y solidez y respondan así a todas las condiciones del método exacto.

Que el destino del niño proletario se presente al observador desde este libro como un cuadro pintado en colores sombríos y horribles no es culpa del autor ni resulta de una intención preconcebida. Para mí, el primer y más serio deber fue este: registrar los hechos sin embellecimiento y sin exageración, puramente según su contenido real, y ponerlos en relación viva con los complejos económicos y sociales de los que proceden y en los que se insertan orgánicamente.

Es un viaje a través de desiertos, abismos y pantanos lo que se refleja en este libro; un mundo de dolor y de tormento que se despliega ante miradas horrorizadas.

Y el fin del libro es: dar noticia, abrir los ojos y aguzar las conciencias. Han de inflamarse los corazones y disponerse las manos para la acción.

La clase proletaria

El proletariado moderno es el hijo legítimo de dos épocas económicas. Tiene por padre al feudalismo en decadencia y por madre al capitalismo en ascenso. Su nacimiento cae hacia mediados del siglo XV.

Hasta entonces, el maestro artesano medieval había abastecido de mercancías el mercado limitado por el término municipal. En el círculo de sus oficiales, que formaban parte de la familia y a todos los cuales, tarde o temprano, les aguardaba la independencia profesional, había llevado la producción —un patriarca en su pequeño reino—. La compra de las materias primas, la fabricación y la venta de las mercancías, todo estaba en su mano. La formación gremial y el aislamiento de cada ciudad lo ponían en condiciones de satisfacer plenamente las exigencias de los consumidores. El producto de su trabajo bastaba para dejarle disfrutar del cálido bienestar de cierta holgura. Su afán de actividad apenas iba, o no iba en absoluto, más allá del círculo económico cerrado por la muralla de la ciudad.

Entonces la aparición del comercio mundial trajo un importante punto de inflexión.

Desde la invención de la brújula, la navegación se había desprendido de las costas y había buscado y encontrado nuevos caminos sobre el ancho océano. El comercio había experimentado un auge formidable. El afán de metales preciosos que, acuñados en monedas, habían de dar alas al intercambio de mercancías y acelerar el pulso perezoso de la vida mercantil dirigió la mirada hacia los legendarios países del oro de Oriente. Y, aguijoneado y fustigado por la codicia de riquezas, el comerciante navegante penetró en las tierras extrañas, las saqueó, hizo de sus habitantes esclavos y mendigos y llevó a la patria ríos de plata y oro.

Nació el capital mercantil y revolucionó toda la vida económica y social.

Despertaron entonces mil necesidades nuevas que pedían ser satisfechas. En las casas de los patricios, en los palacios de la burguesía enriquecida, las exigencias de la vida crecieron hasta lo desmesurado. Se pedían mercancías y más mercancías; el gusto, la moda, el afán de lujo y el derroche desataron una emulación desenfrenada. Y en la tierra nueva de unas formas y relaciones de vida transformadas floreció con exuberancia una multitud de concepciones e ideas nuevas que derribaron el viejo modo de pensar y pusieron patas arriba el bien ordenado relicario de las tradiciones sagradas.

Al maestro artesano, al que el orden estrecho y severo del gremio impedía adaptar en cada momento la dimensión de su taller y el número de sus oficiales a las necesidades del mercado, y al que, con la creciente venta de mercancías, faltaba sobre todo materia prima suficiente, el desarrollo económico pronto lo desbordó. El mercado de mercancías se vio abandonado por la capacidad productiva del artesanado.

Entonces el comerciante ocupó el lugar del maestro artesano. En su mano, el dinero desarrolló la maravillosa facultad de engendrar más dinero. Que fuera tanto más rico cuanto más dinero poseía, esa cualidad la compartía con el artesano y con todo el mundo. Pero que, si poseía dinero, tuviera todas las probabilidades de hacerse aún más rico solo por la fuerza creadora de valor del dinero, ese era su privilegio como capitalista, su ventaja económica sobre el artesano. Rico, más rico, cada vez más rico: ¡qué perspectivas insospechadas se abrían ante él! Con el poder irresistible de una sugestión de masas obraba el dinero sobre los hombres, y su brillo hacía surgir ante sus miradas asombradas fabulosas esperanzas de futuro.

Como un conquistador avanzó el capitalismo por el mundo. Al principio, ciertamente, el gremio tenía aún fuerza bastante para disputarle cada palmo de terreno. Se permitía al capitalista comprar las mercancías y lanzarlas al mercado. Pero no podía someter a su poder la fuerza de trabajo de los artesanos. Solo se le toleraba como Verleger3 de los productos artesanos. Pronto, sin embargo, adelantó materias primas al maestro artesano y adquirió con ello el derecho a disponer de la mercancía. El maestro gremial se convirtió en asalariado; la base de la independencia social se le hundió bajo los pies. Con todo, le quedaba la independencia del productor. Su personalidad, su oficio y sus medios de producción formaban una unidad; iban juntos como el caracol y su concha.

Entonces el capitalismo estrechó la red de amplias mallas de la producción doméstica y obtuvo, como formación concentrada, la cooperación. Se suprimió el aislamiento del taller; el tropel de trabajadores fue reunido en un campo de trabajo común y puesto bajo el mando del capitalista. La combinación de los trabajos progresó hasta la combinación de los trabajadores. Un éxito que el artesano pagó con la pérdida de su propio lugar de trabajo. Todavía en 1770 un capitalista de buen corazón había recomendado en Inglaterra para los paupers una «casa del terror» en la que se cumplirían doce horas de trabajos forzados; pocos años después la casa existía: se llamaba fábrica. Y el ideal del buen hombre, cuenta Marx, palideció ante la realidad.4

Pero el artesano degradado a esclavo de fábrica seguía siendo, si ya no un productor independiente, sí un productor individual y dueño de sus propias herramientas. La mercancía que salía de su mano llevaba el sello de su personalidad y era el reflejo de su ser.

Entonces el capitalista organizó la manufactura. El proceso de trabajo, concentrado hasta entonces en la labor de una sola fuerza productiva, fue repartido entre muchas manos mediante su descomposición y división en numerosas operaciones parciales. Y el artesano, arrancado de la armoniosa unidad de su trabajo profesional, fue despedazado en un hombre parcial cuya entera existencia laboral se agotaba en la repetición millonaria de un único gesto que había de ejecutarse con cruel monotonía. La deformación física y el embrutecimiento mental, unidos al empeoramiento social de la existencia, aparecieron como consecuencias del trabajo parcial y de la unilateralidad profesional. Sin embargo, por poco envidiable que fuera la suerte del obrero de manufactura, por mucho que el pobre —mutilado, animalizado y empobrecido— solo pudiera ya emplear su fuerza de trabajo y alcanzar la conciencia de la unidad productiva dentro de la estructura cerrada de la comunidad de trabajo, no estaba aún vendido en cuerpo y alma al capitalismo. Todavía poseía y dominaba la herramienta; todavía la producción de la mercancía descansaba en él, en el hombre vivo, y el éxito del trabajo en la seguridad de su mano, la agudeza de su ojo, el servicio dócil y diestro de su cerebro.

Si se libró así de la decadencia más profunda de su señorío artesano porque el desarrollo no se lo quitó todo, no le quitó también lo último, precisamente lo que ese desarrollo trajo de nuevo se convirtió en su peor fatalidad: la competencia de los obreros no cualificados.

Desde antiguo el artesanado había tenido el suelo de oro.5 La producción de mercancías había sido durante siglos asunto exclusivo del artesanado. En la industria gremial como más tarde también en la fábrica. Chapuceros e intrusos,6 no cualificados y mano de obra femenina no se habían tolerado. En la escala social, el obrero cualificado estaba siempre por lo menos un peldaño por encima del no cualificado.

Entonces, de pronto, el advenedizo, el no cualificado, llamó a las puertas de la fábrica pidiendo entrada para poder trabajar junto al cualificado. Y sucedió lo inaudito: el capitalista le abrió. Cuanto más desplegada y acabada estaba la manufactura, tanto más simples resultaban los gestos, que, fáciles y rápidos de aprender, no requerían en modo alguno un conocimiento preciso del oficio respectivo. Entonces acudieron en tropel los campesinos empobrecidos y su descendencia hambrienta, cuyos terrones y bienes habían caído en manos de la codicia de insaciables junkers y curas, hacia las ciudades y las regiones industriales, se apiñaron en las fábricas y ofrecieron en venta al capitalista su fuerza de trabajo. En tropel llevaron también existencias pequeñoburguesas en bancarrota, arruinadas por el capitalismo y sin otra posibilidad de sostenerse, su mercancía fuerza de trabajo a vender en el mercado de trabajo. Verdaderas riadas de proletarios se derramaron desde estos dos depósitos casi inagotables, la agricultura y la pequeña burguesía, en la ancha vorágine del desarrollo capitalista.

En el remolino de esta lucha por la existencia tan nueva como desesperada, el artesano de antaño perdió su último asidero cuando apareció la máquina y con ella se abrió al capitalismo el camino hacia una marcha triunfal insospechada. Esta herramienta gigantesca y costosa resultó desde el principio accesible solo a las potencias financieras del capitalismo. Ahora el monstruo jadeante y resoplante se desperezaba, a menudo en dimensiones colosales, en las salas y naves, se encargaba de la producción de mercancías, determinaba el ritmo del trabajo, el método de fabricación, la cadencia del movimiento, la cantidad de los productos. Martilleaba y aserraba, hilaba y tejía, troquelaba y taladraba. Martilleaba como veinte, treinta herreros y tejía como un tejedor centuplicado. Se había convertido en el productor de mercancías, sin vida, sí, y sin embargo animada en grado sumo. El ser humano vivo, despojado de todos los medios de producción y desplazado de la primera fila del proceso productivo, descendió a apéndice muerto de la máquina, a esclavo sin voluntad de su voluntad de hierro. ¡Y ay de él si no obedecía como el rayo! Señora cruel, no solo arrojaba sin piedad a la calle, presa del hambre, al sobrante que su fuerza de trabajo potenciada hacía prescindible: no, trituraba también al torpe, despedazaba al lento o, con brazo poderoso, dejaba lisiado al descuidado. Más aún. Como una epidemia asesina asoló la salud y la fuerza vital de innumerables mujeres y madres. Como un Moloch de fauces abiertas devoró hecatombes enteras de niños en flor que los esbirros del capitalismo —la codicia de ganancia y la miseria— le empujaban sin compasión a la boca.

En la era de la máquina, el capitalismo vivió su auge más brillante y fructífero. Al mismo tiempo, como reverso de la medalla, el proletariado se hundió en la más desoladora miseria material.

¿Quién no recuerda con horror los cuadros siniestramente sombríos que despliega Engels en su libro sobre la situación de las clases trabajadoras en Inglaterra?7

¿O los indecibles sufrimientos de los que Villermé da cuenta en su obra sobre los proletarios textiles franceses?8

¿Quién no se estremece ante los gemidos y lamentos de la necesidad que en Los tejedores de Hauptmann se condensan en acusaciones conmovedoras?9

¿Qué corazón quedaría indiferente al leer los informes de Thun sobre el espantoso descarrío del proletariado del Bajo Rin en los primeros tiempos del capitalismo?10

Jornadas desmesuradamente largas, desnutrición, debilidad crónica, deformaciones y malformaciones de todo tipo, tifus del hambre, trabajo nocturno, falta de vivienda, alcoholismo, desenfreno sexual, trabajo infantil en proporciones monstruosas, paro, ignorancia y brutalidad, atrofia y amargura de la vida afectiva: siempre y en todas partes la misma canción espeluznante... «Los primeros tiempos del proletariado son una rama descendente del desarrollo, un proceso de descomposición de todas las viejas tradiciones, ideales y valores morales».

A la sima siguió un ascenso lento y paulatino. El ojo de las masas se desacostumbró de la sorda ceguera ante la necesidad de su existencia. Primero apocado y furtivo, luego cada vez más claro y pronunciado, se avivó el sentimiento de clase, que en tiempos de necesidad insoportable se descargaba en estallidos desesperados y exaltaciones apasionadas. Por último se formó, en formas cada vez más claras, la conciencia orgullosa y alegre de la unanimidad proletaria, la solidaridad viva de la clase, que, en la entrega abnegada a la poderosa idea de la emancipación del proletariado por sus propias fuerzas, veía la meta y el cumplimiento de su destino histórico. Y el poder colectivo de la autoayuda organizada conjuró al menos los más terribles de los horrores sociales que rodean de llamas y amenazas el camino de dolor del proletariado.

Pero todavía caminan millones por las hondonadas y los abismos espantosos de la miseria. Y todavía ascienden millones desde el oscuro seno de esa miseria a una existencia sin sol.

La familia proletaria

La forma de vida del proletariado moderno es completamente distinta de la de la burguesía.

Está sujeta a otras leyes, descansa en otros supuestos y se desarrolla en otras líneas y formas. Tiene su propio contenido, su propio rostro, su propio ritmo.

Para el elemento burgués fue característico desde antiguo que la existencia social tuviera sus fuertes raíces en el arraigo de los sujetos económicos en el suelo. La expresión concreta, por así decirlo, de ese arraigo era el sedentarismo. El pequeñoburgués poseía siempre casa y hacienda; aun el más pobre disponía todavía de un pedacito de tierra, una casucha, unos pocos animales, «una pequeñez a la que podía entregar todo su corazón». No pocas veces los títulos de propiedad habían pasado de los antepasados, a través de muchas generaciones, al propietario actual. Del mismo modo, el oficio y la industria formaban a menudo una parte de la tradición familiar. Daban a su hombre un sustento honrado y holgado, le conferían respeto y dignidad social y le aseguraban en la lucha por la existencia una posición firme. El cumplimiento diario del deber recibía un agradable condimento de la conciencia de crear y acrecentar lo propio, así como de la ventaja de la libertad individual de movimientos que resultaba de la propiedad y la independencia. El vínculo familiar, con relaciones estrechas y cordiales, cuidaba de que el caudal de valores afectivos no se agotara. Y tras los años de trabajo y fatiga aguardaba una apacible vida de rentista, un cómodo descanso en el retiro,11 que doraba la vejez en el círculo de los hijos y los nietos.

Con esta armoniosa regularidad transcurre todavía la vida en cuanto se trata de elementos campesinos y burgueses: gentes del campo, maestros artesanos, burgueses.

¡Qué distinta es la situación del proletario!

Su existencia carece por completo de arraigo en el suelo y de raíces. Casi siempre es un forastero en el lugar y la comarca donde vive y trabaja. Un día apareció, arrastrado por una ola que lo depositó aquí; un día volverá a irse. «Su patria es el mundo. Es un hombre de todas partes. Ha perdido el olor de la tierra, se ha despojado de lo concreto. Apenas conserva todavía su habla particular. Y también esa la pierde». (Sombart)12 No tiene casa, ni hacienda; a menudo ni siquiera un hogar propio. Sus enseres caben en una carretilla, quizá incluso en un mísero hatillo que se lleva al hombro colgado de un palo. Pared con pared con cien familias, en cuarteles de alquiler (Mietskasernen)13 que se alzan hasta el cielo, en calles desnudas y desoladas cuyo nombre le es indiferente, se aloja.

Es pobre del todo, vive al día, de la mano a la boca. No ejerce un oficio determinado que pudiera satisfacerle. Si de verdad aprendió un oficio, no puede ejercerlo porque le faltan los medios para establecerse por su cuenta. Así que se desloma y trabaja a jornal en la fábrica. En la repetición mil veces reiterada de gestos mecánicos, cuya cruel monotonía rompe todos los lazos afectivos, se agota su fuerza. Y lo más opresivo para él no son todavía el salario mezquino, la larga jornada y la bajeza social de su posición. Mucho peor es la inseguridad de la existencia. Cada día, cada hora depende del azar; es juguete del capricho de su superior. Como una espada de Damocles colgada de un hilo delgado pende sobre él el destino del paro. Si le alcanza, tiene que seguir caminando. Dejar la calle, el lugar, el país. Este eterno cambio de lugar de trabajo destruye todo comienzo de consolidación material e ideal. Los pocos enseres se arruinan, los escasos ahorros se consumen, nuevos gastos son inevitables. Tres mudanzas, dice el refrán, valen tanto como un incendio. No pueden nacer amistades duraderas; los lazos del parentesco se aflojan cada vez más. El árbol genealógico termina casi siempre ya en el padre, a lo sumo en el abuelo. «La gente pobre no tiene antepasados». Las relaciones con la naturaleza se agotan en las impresiones fugaces que proporciona un paseo dominical más allá de la periferia del arrabal. «El proletario no tiene costumbres particulares, como no tiene trajes particulares, ni canciones regionales ni platos regionales; todas sus costumbres y usos son costumbres y usos de todas partes; también en esto es el hijo de todas partes de los nuevos tiempos». (Sombart.) Se siente sin patria, sin sosiego, desheredado, estafado en su dicha, abandonado de Dios y del mundo. Su vida se pinta gris sobre gris. Ninguna perspectiva de que mejore; de que al menos los hijos lleguen algún día a estar mejor. Ningún rayo de esperanza en esta desolación de la existencia. Ningún fin del tormento. Ay, y lo más terrible... la idea de la vejez...

La familia

Es evidente que, bajo condiciones de existencia y relaciones de vida tan nuevas, que se formaron para millones, bajo la confluencia de tantos factores sociales transformados de raíz, la familia como institución social tenía que experimentar una fuerte transformación y revaloración.

Cuanto más se imponía la clase proletaria y desarrollaba su peculiaridad social con una independencia cada vez más expresiva, tanto más se daban los supuestos para el nacimiento de la familia proletaria, que pronto dejó de ser idéntica a la familia burguesa. Aunque se aferrara todavía a la forma exterior que se había hecho tradicional, el contenido anterior se fue perdiendo lenta pero imparablemente.


La familia, tal como la formaron el campesinado y la burguesía en el ámbito cultural de Europa occidental en el curso de los milenios, significa, si queremos seguir las deducciones de Sombart, una comunidad triple. Como comunidad de sustento abarcaba —y, en lo que toca a la clase burguesa, abarca todavía hoy— la base material, las fuentes de la existencia económica. Como comunidad de vivienda daba a la solidaridad de sus miembros, fundada en los lazos de sangre, una expresión visible y eficaz hacia fuera. Como comunidad de vida y de educación constituía el seno de la humanización social, intelectual y anímica en general. La escuela materna es para todos los pedagogos burgueses el punto de partida natural y evidente de toda labor de educación e instrucción, de cualquier clase que sea; y todo lo honrado, capaz, noble y grande que jamás haya obrado en el mundo debe su origen, según la concepción burguesa, al semillero de toda cultura social, la familia. «Solo en la vida de familia», dice Niemeyer, que hace unos cien años, como director de las Fundaciones Francke de Halle del Saale, representaba la pedagogía de su tiempo,14 «pueden recibirse ciertas impresiones y despertarse ciertos sentimientos que es de desear, puesto que son los humanos, que arraiguen hondo y cobren fuerza en todo pecho humano: el amor a los padres, el amor entre hermanos, el sentido de la dicha doméstica, la participación en todo lo que concierne a la casa». En la familia, en efecto, «se han domado los instintos groseros y han nacido los tiernos impulsos del corazón. El desinterés como la disposición al sacrificio, la veneración como la ternura, la confianza mutua como el sentido del deber, en suma, todo lo que hace al hombre capaz, al hombre bueno, ha nacido en la comunidad de vida de la familia». (Sombart)

Que en la época burguesa se tenía conciencia del alto valor moral y de la gran importancia social de la familia lo enseña, y no en último lugar, la seria e insistente preparación que toda familia joven recibía para su vocación cultural. El futuro padre, antes de poder fundar un hogar propio, tenía que recorrer una larga y concienzuda escuela de disciplina moral bajo la dirección y la vigilancia de hombres maduros y experimentados. La futura madre recibía, en el círculo de la casa paterna o de una casa ajena, mediante la observación y la participación activa en las tareas y obligaciones domésticas, al menos las nociones elementales de una educación, si bien artesanal, adecuada y práctica. Cuando luego se contraía el matrimonio y llegaban los hijos, la casa estaba ordenada, el nido agradablemente caldeado, la cuna preparada. Y bajo las manos solícitas del padre y los ojos protectores de la madre crecía y florecía la joven prole.

El desarrollo ha despojado a ese hermoso ideal de todo su brillo y color. No solo es que la propia familia burguesa se vea cada vez más arrastrada a la decadencia interna por la acción de tendencias destructivas: mucho más importante y evidente es que en el proletariado el carácter del matrimonio ha cambiado de raíz. Aquí el capitalismo ha hecho estragos como un destructor sin miramientos. Ha, por decirlo con Marx, «desgarrado el velo de conmovedor sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, ahogado la nostalgia pequeñoburguesa en las aguas heladas del cálculo egoísta, disuelto la dignidad personal en el valor de cambio».15 Los «sagrados lazos de la familia» se han roto. El matrimonio en el viejo sentido burgués está aniquilado. Subsiste, sí, exteriormente, pero solo como recipiente sin su antiguo contenido, como cáscara sin almendra. Como mínimo, la almendra ha perdido su sustancia material, su dulzor y su sabor ideales, su fuerza germinal cultural. Tenemos que admitir el hecho, calificado de monstruoso por sociólogos burgueses: que en el proletariado crece una generación para la cual la comunidad familiar ya prácticamente no existe, cuyos miembros tampoco conocen ya, o casi no conocen, esa cohesión que ha sobrevivido a los milenios.


El representante típico de la clase proletaria de hoy —el proletario de pura sangre de Sombart— es el obrero fabril moderno. En la vida económica alemana predomina la producción industrial sobre la agrícola; de cada 1000 personas adultas, 563,6 viven de la industria, el comercio y el transporte, y solo 286,5 de la agricultura. Pero los obreros fabriles constituyen solo el contingente proletario en sentido estricto. En círculos cada vez más amplios se agitan junto a ellos, en el mismo terreno, otras numerosas existencias y grupos de existencias de la más diversa índole. A todos los caracteriza la carencia de bienes, y la circunstancia de que todos tienen que vivir de la venta y el producto de su mercancía fuerza de trabajo los une en el gran ejército de la clase proletaria. Que la existencia de cada cual beba un poco más abundantemente de la fuente de la ganancia, o gire eternamente en torno al tormento del hambre desnuda, no cambia en nada el hecho mismo. La venta de la fuerza de trabajo, y que con el producto de esa venta haya que costear el nivel de vida, determina la existencia proletaria. Cuanto más se ha impuesto el desarrollo capitalista, mayor es la proporción del proletariado en la nación. En el Imperio Alemán, donde en los últimos decenios el capitalismo ha crecido exuberante, puede considerarse, con un cálculo y una estimación prudentes, que al menos el 70 % de la población, unos 46 de 65 millones, son elementos proletarios.

El padre

La tradición, despertada y alimentada por el dominio de la propiedad privada, de ver en el padre la cabeza de la familia se mantiene todavía en las concepciones del proletariado, apoyada por instituciones políticas y jurídicas, por el poder de la costumbre y el hábito y por la inercia de la masa. Las condiciones de trabajo e ingresos del padre determinan en primer término la estructura económica y el carácter social de la familia. Pero estas condiciones de trabajo e ingresos giran sobre un doble eje: larga jornada y salario mezquino.

En lo más hondo del alba deja el proletario de fábrica su cama y su vivienda. Su jornada empieza muy temprano. «Entre niños dormidos, a la luz del candil, se ha vestido como ha podido, luego se ha echado de un trago un sorbo de café, quizá ni siquiera eso, y ya corre a los brazos del gigantesco Moloch, la fábrica, cuyo silbato estridente anuncia a las seis que la vida individual de sus moradores ha cesado durante once o doce horas, que el dominio del capital sobre el cuerpo y el alma ha vuelto a empezar por ese día». La larga jornada entera lo mantiene lejos de los suyos. Apenas puede arañar y arrebatar a mediodía un breve y fugaz rato con ellos. En innumerables casos ni siquiera entonces ve a su mujer y a sus hijos. Se come en la cantina, en la sala de máquinas, en la caseta de obra o en un cobertizo; con bastante frecuencia tiene que tomar su mísera comida en un banco de paseo, en un montón de virutas o sobre la tierra desnuda. La sopa espesa en la tartera, un trozo de pan, un pedazo de embutido, un sorbo de café o de cerveza. Luego un cuartito de hora de sueño. Llama el silbato de la fábrica. Otra vez trabajo hasta que llega la noche. Por fin, a las seis, a las siete, a las ocho, fin de la jornada. Muerto de cansancio, molido y quebrantado, el cuerpo extenuado se arrastra hasta la vivienda. Los niños están hace rato en la cama; cómo han pasado el día, ¿quién iba a romperse ahora todavía la cabeza con eso? De su trabajo no han visto nada; él mismo ha realizado todas sus tareas solo mecánicamente, sin participación interior ni alegría. Así como él quedó vacío y frío en ellas, no pudo hacer fluir hacia ellos ningún calor vivificante, ninguna influencia educativa. Además, el trabajo corporal monótono y pesado ha vuelto también perezosos los pensamientos. Consumida la escasa cena, quizá una pipita le procure todavía algún placer. El obrero organizado e instruido lee todavía su periódico, más raramente un libro, siempre que no le esperen sesiones o asambleas. Entonces vuelve a casa ya muy entrada la noche. Unas pocas horas cortas de sueño de plomo —en el cuarto estrecho y en mal aire—, hasta que demasiado pronto vuelve a llamar el duro deber. Y así día tras día, semana tras semana, año tras año... Cuando hace años un periódico de Chemnitz preguntó a sus lectores qué harían si les tocara el premio gordo, de los medios obreros llegó repetidamente la respuesta: ¡Ante todo, dormir a fondo de una vez!

La política social alemana no conoce ninguna limitación legal de la jornada de trabajo para los obreros varones adultos, como la que existe de manera más o menos completa en Inglaterra, Norteamérica, Francia, Suiza, Austria e incluso en Rusia. Solo en las industrias peligrosas para la salud puede el Consejo Federal intervenir con medidas de protección en caso de jornadas excesivas. En una encuesta realizada en 1897, 54 de 76 funcionarios de la inspección industrial consideraron necesaria esta protección en 127 industrias. Pero los gobiernos no han hecho prácticamente nada. El proletario alemán sigue entregado sin protección a cualquier explotación, por larga que sea. Todavía pasa 20 y más horas seguidas ante hornos de panadería ardientes, 24 y más horas ante calderas de vapor, 30, 32 y hasta 36 horas en el vaho asfixiante de las fábricas de azúcar. Mientras los pies vacilantes lo sostengan y no le abandonen todas las fuerzas, tiene que aguantar.

Esta explotación abusiva de la fuerza de trabajo humana, elevada a sistema, no se compensa ni se equilibra en modo alguno con una retribución correspondiente. Al contrario: un juego interesante, pero cruel, de leyes económicas hace bajar el precio del trabajo tanto más cuanto más se alarga la fatiga de la jornada. Los salarios de la clase obrera alemana están calculados en general de tal modo que solo permiten de manera sumamente insuficiente reponer la fuerza de trabajo gastada cada día, y conducen así a la desnutrición y con ella a la desvalorización de la fuerza de trabajo. Téngase presente que, de los más de 14 millones de personas sujetas al impuesto prusiano sobre la renta, casi el 85 % tenía una renta anual inferior a 1500 marcos, y más del 51 % de la población prusiana una renta anual de menos de 900 marcos. Lo que esto significa se reconoce sin dificultad si se echa una mirada a las exigencias mínimas de un nivel de vida normal fijadas por la Oficina Imperial de Sanidad. Según ellas, las necesidades alimenticias de un adulto con un trabajo mediano pueden cubrirse con un gasto diario de 60 pfennigs, cálculo que coincide también con otras tasaciones y asimismo con la experiencia de los abastecimientos masivos, la alimentación en establecimientos, etc. Como por término medio las familias obreras constan de 3½ adultos, una familia tendría que gastar al año 766 marcos en alimentación. Si se supone que la familia obrera pudiera gastar en alimentos el 60 % de sus ingresos, esos ingresos tendrían que ascender por lo menos a 1277 marcos. Y si se toman como base del cálculo las raciones de la marina alemana, una familia de cinco miembros tendría que poder gastar 1047 marcos solo en alimentación. Según la más reciente estadística prusiana del impuesto sobre la renta, sin embargo, la renta media del 75 % de todos los contribuyentes era de solo 1380 marcos. Estas cifras prueban que en cerca de dos tercios de la población existe una desnutrición inequívoca.

También las estadísticas salariales de categorías obreras concretas muestran que los salarios quedan con frecuencia considerablemente por debajo del mínimo de subsistencia. Así, en 1907 los mineros ganaban en el Alto Harz 834 marcos, en Renania 860 marcos, en la Baja Silesia 990 marcos, en la Alta Silesia 1003 marcos, en Mansfeld 1078 marcos, en Halle 1094 marcos, en Siegen-Nassau 1151 marcos, en la cuenca del Sarre 1185 marcos. El jornal medio pagado en 1907 a los empleados, artesanos y obreros de la explotación de los ferrocarriles del Estado prusiano y hesiano era de 3,18 marcos, lo que con 300 días laborables da 948 marcos. En Núremberg los carpinteros recibían jornales de 3,87 marcos por término medio, los carreteros salarios semanales de 24 marcos. En Krupp, en Essen, el jornal medio era en 1906 de 5,35 marcos; en una fábrica de locomotoras de Múnich, ese mismo año, de 4,84 marcos.

Digna de atención es todavía una cifra procedente de los resultados del seguro de 1900. Según ella, en ese año —como comunicó la Oficina Imperial de Seguros— 6½ millones de asegurados tenían una renta media anual de 735 marcos.

El efecto de todos estos cálculos y pruebas es siempre el mismo: el proletariado se ve obligado a restringir al extremo sus necesidades, a la carencia y la necesidad, incluso a la privación y a menudo a una desnutrición permanente. Hasta Schmoller, de juicio tan prudente, dice sobre el nivel salarial del obrero alemán: «Ganancias anuales de 600-1200 marcos para el hombre, y de 1000-1500 marcos para la familia cuando trabajan varios de sus miembros, pueden valer sin duda como expresión media de los salarios industriales actuales»; y tiene que admitir que esos ingresos son, para toda una familia, «verdaderamente lamentables».16

Y todavía se deja por completo sin considerar que el obrero solo raras veces tiene una ocasión de trabajo continua e ininterrumpida. No solo se ve obligado a interrumpir el trabajo para cumplir determinadas obligaciones (ejercicios militares) o en caso de enfermedad, etc.; también, cuando hay estancamientos en la empresa, crisis y malas coyunturas, se ve expuesto al peligro de ser arrojado a la calle en cualquier momento. A ello se añade que la máquina hace prescindible cada vez más mano de obra, desplaza de las empresas a cada vez más personas que tienen que ganar dinero porque quieren vivir. Pero no tener trabajo significa no tener salario, ni pan, ni posibilidad de existir. En Alemania, en el censo del 14 de junio de 1895, se registraron 143166 personas que podían y querían trabajar, pero que estaban condenadas al paro por el absurdo del sistema económico capitalista. Ese mismo año, el 2 de diciembre, el número de parados había subido a 479000, aunque el año registró una buena marcha de los negocios. Así, cientos de miles de personas honradas y laboriosas quedaban entregadas sin culpa alguna al hambre y la necesidad, y todavía hoy, cada día, ciudades como Berlín presentan incluso en tiempos de alta coyuntura un exceso de oferta de al menos 50000 trabajadores para los que la sociedad no tiene empleo. Según la estadística de las bolsas de trabajo alemanas, en 1909 correspondían por término medio a cada 100 puestos vacantes 151 ofertas, en noviembre de 1908 incluso 210,6, en diciembre 200,6.

Además de los altibajos de la coyuntura, otros muchos factores obligan al proletario a interrumpir el trabajo, a periodos de paro más largos o más cortos, a emigrar a otros lugares de trabajo. La fluctuación anual en los sindicatos deja ver solo aproximadamente la enorme magnitud de estas migraciones interiores, y sin embargo ascendía en los encuadernadores a tres cuartos, en los obreros de fábrica, del campo y peones a dos tercios, en los carpinteros de armar a cuatro quintos y en los tipógrafos a cinco sextos del número de afiliados. En la cuenca del Ruhr hubo en 1906, por cada 100 mineros, una entrada media del 57 % y una salida del 49 %; en algunos casos, sin embargo, por ejemplo en Radbod, hubo también entradas de hasta el 129 % y salidas de hasta el 94 %. En una ciudad como Lübeck, con 4000 miembros de la Asociación Socialdemócrata, se hacen necesarios cada año 15-1600 cambios de inscripción por traslado, cambio de vivienda, etc. Según la estadística de los institutos del seguro de invalidez, sobre la base del canje de las tarjetas de cotización,17 la emigración en 1909 fue de 101066 personas en Silesia, 75500 en Prusia Oriental, 74325 en Posen, 65480 en Prusia Occidental, 54380 en Baviera, 51600 en Anhalt; la inmigración, de 119930 en Berlín, 115150 en Brandeburgo, 96050 en la provincia del Rin, 56900 en las ciudades hanseáticas, 38000 en Westfalia. El movimiento migratorio total (entradas y salidas) supuso 245950 personas para Berlín y 199490 para el reino de Sajonia. En los años 1895 a 1900 emigraron, sobre todo del Este a Renania, Westfalia y Hesse-Nassau, unas 371000 personas. Solo de las aldeas de Pomerania se han marchado al Oeste en el curso de los últimos diez años más de 156000 personas para buscar trabajo y existencia en las regiones industriales y las grandes ciudades. Se ha calculado que cada año unos cuatro millones de personas cambian de domicilio.

Todos estos hechos exigen la más seria atención, por una parte cuando se trata de averiguar las condiciones de ingresos y de existencia de las capas proletarias, y por otra también cuando se trata de apreciar en todos sus aspectos las condiciones de vida y de educación a que está expuesto el niño proletario.

Un pueblo sin patria, arrastrado por una ola tan pronto aquí como allá, empujado por la tormenta tan pronto en esta como en aquella dirección, sin raíces ni suelo donde echarlas, eternamente de camino, en salas de espera sucias, en vagones de cuarta clase aún más sucios, cargado con todos sus bártulos, acosado, cansado, desesperado: ¡¿cómo va a ser posible y dar fruto la educación de la descendencia, que tiene que seguir sin plan y nerviosa todas esas peregrinaciones?!


Hace algunos años, el gobierno del Reich y, al mismo tiempo, también la Federación Alemana de Obreros Metalúrgicos repartieron libros de cuentas domésticas para obtener, a partir de comprobaciones concretas reales, una idea de las condiciones salariales y de existencia de la clase obrera. La renta media del obrero alemán averiguada de este modo por la Oficina Imperial de Estadística asciende a 1835 marcos; la averiguada por la Federación de Obreros Metalúrgicos, a 1856 marcos. Pero esta suma solo pudo obtenerse recurriendo a las horas extraordinarias y al trabajo de mujeres y niños. Allí donde todo el nivel de vida de la familia descansaba únicamente en los ingresos del hombre, se registraron ingresos de hasta solo 780 marcos al año. También aquí, pues, el hecho de que la familia proletaria está condenada en infinidad de casos a la desnutrición crónica.

Por parte interesada se suele señalar que en los últimos años los salarios de los obreros han experimentado una mejora, en parte considerable. Eso no se negará para una parte de la clase obrera, pero solo para una parte. Ahora bien, hay que considerar también el reverso de la medalla: que en no pocas ramas profesionales ha habido un descenso realmente espantoso de los salarios. Así, para citar aquí un solo ejemplo, del 31 de diciembre de 1907 al 31 de diciembre de 1910, según publicaciones de la Bergarbeiter-Zeitung [Periódico de los Mineros], los salarios bajaron en todas las cuencas mineras alemanas —con excepción de la minería de sal de Halle y Clausthal y de la cuenca de minería metálica de Mansfeld— hasta tal punto que en total los mineros perdieron en esos tres años, por reducciones salariales directas, la enorme suma de 148852448 marcos, sin contar las pérdidas que sufrieron las plantillas por los numerosos turnos de paro forzoso. Cómo repercuten tales descensos salariales en los ingresos de cada uno lo muestran las nóminas de los mineros cualificados de la cuenca carbonífera del Ruhr, donde en 1907 un minero ganaba 1871 marcos, pero en 1909 ya solo 1555 marcos, lo que equivale a un descenso del 17 %. En otras partes, con todo, los salarios subieron. Así, en la industria metalúrgica, de 1903 a 1907, un 17,88 %. También una estadística salarial levantada por la caja local de enfermedad de Dresde y reconocida por la Oficina Imperial de Estadística, que abarca a 62645 miembros varones, registró un aumento general del salario medio del 18,4 % durante los últimos diez años. Pero en el mismo tiempo los alimentos se encarecieron —tomando como base los registros de la Oficina de Estadística de la ciudad de Dresde— un 17,5 %. Además, la vivienda, el vestido, los medios de instrucción, etc., se han encarecido en parte de manera muy considerable. Así pues, la situación económica del proletariado no ha mejorado en modo alguno; algunos grupos, al contrario, están aún más agobiados que antes.

Especialmente tristes, y aun verdaderamente lastimosas, son las condiciones de ingresos de los proletarios del campo. A partir de las rentas que se conceden a las viudas de obreros accidentados pueden calcularse los salarios pagados a los obreros. En Prusia Oriental, una viuda así recibe 72 marcos al año. Eso corresponde a un salario de 360 marcos, que el marido percibía como ganancia anual completa. En Prusia Occidental la renta de viudedad es de 73 marcos, la ganancia anual del marido, por tanto, de 365 marcos. En Silesia baja hasta 348, en algunos casos incluso hasta 320 marcos (distritos de Breslavia y Oppeln). En todo el Reich la ganancia anual del obrero agrícola es de 433 marcos.

Si estos desdichados proletarios del hambre no quieren llevar una existencia que ponga su suerte muy por debajo de la de un animal (para la alimentación y el cuidado de un caballo de posta el fisco desembolsa al año 720 marcos), la mujer y los hijos tienen que poner sin reservas todas sus fuerzas al servicio del sustento. Pero también el hogar del proletario de fábrica depende de la contribución de la mujer al salario.

La madre

El hermoso idilio del hogar entrañable, con la madre solícita en el centro del círculo familiar —«Y dentro gobierna la casta ama de casa, la madre de los hijos, y reina sabiamente en el círculo doméstico»—,18 está destruido. El capitalismo ha azotado a la familia proletaria con las varas del hambre y la privación hasta que el ama de casa abandonó hogar e hijo y se le ofreció como objeto de explotación. Ahora mueve sus manos en la industria, en los oficios, en el comercio, en la agricultura. Pagando tributo y sirviendo junto al hombre, hila y teje paño, hace vestidos, zapatos, sombreros, plumas, cintas y encajes, encuaderna libros y lía cigarros, cose guantes y trenza cestos, pinta porcelana, peina cabezas de muñeca, trabaja la madera, el metal, el papel, la piedra y la tierra para hacer todas las mercancías imaginables, está ante las máquinas y lleva mortero en las obras, y hasta pavimenta calles, atiza fuegos de fundición y baja a las minas. De 5541517 mujeres que trabajaban por un salario en 1882, la cifra ha subido a 6578550 en 1895 y a 9492881 en 1907. Eso significa un aumento del 44,4 %,19 desde 1882 casi una duplicación. Mientras que de los hombres no llegan a dos tercios (61,01 %) los que están en la vida profesional, de las mujeres ejerce una profesión más de la cuarta parte (26,4 %).

«Cuanto menos habilidad y fuerza exige el trabajo manual, es decir, cuanto más se desarrolla la industria moderna, tanto más es desplazado el trabajo de los hombres por el de las mujeres. Las diferencias de sexo y de edad no tienen ya validez social alguna para la clase obrera. Ya no hay más que instrumentos de trabajo, que cuestan más o menos según la edad y el sexo». (Marx.)20

Investigaciones especiales han mostrado que las mujeres asumen en todas partes el trabajo peor pagado y son empujadas a las condiciones de trabajo más desfavorables, de las que huyen los hombres para mejorar sus condiciones de vida. En 1887 el salario medio de los hombres era de 589,32 marcos, el de las mujeres de 224,26 marcos; en 1904 el de los hombres de 981,38 marcos, el de las mujeres de 321,85 marcos; en 1909 el de los hombres de 1146,22 marcos, el de las mujeres de 369,18 marcos. Más de la mitad de todas las mujeres que trabajan pertenecen a la agricultura; a ella corresponde también la mayor parte del fuerte aumento del trabajo femenino desde 1895. Según informó un orador en el congreso sindical de Dresde, en una finca que pertenece a Guillermo II las obreras reciben 40 pfennigs con una jornada diaria de 14 a 17 horas. Los hombres han abandonado el trabajo agrícola mal pagado, con su larga jornada, para encontrar acomodo en las ciudades y en la industria; su lugar lo ha ocupado la mano de obra femenina, más barata y más dócil. En términos relativos, la proporción del trabajo femenino creció en segundo lugar en el comercio y el transporte. Los principales dominios del trabajo femenino industrial siguen siendo la industria textil, la de la alimentación y la de los estimulantes, así como los oficios del vestido y de la limpieza. También el trabajo a domicilio pone en movimiento a muchas trabajadoras. El último censo constata: un fuerte aumento del trabajo remunerado femenino en general, un aumento especialmente fuerte del trabajo remunerado femenino en la agricultura, un fuerte aumento del trabajo remunerado de las mujeres casadas, frente al cual hay una disminución del excedente de mujeres.

Las condiciones salariales ofrecen en todas partes un cuadro vergonzoso. Ya se trate de una encajera de bolillos de los Montes Metálicos o de una bordadora en oro de Alsacia, de una obrera de abalorios de vidrio o de muñecas de Turingia o de una costurera de ropa blanca de Westfalia, de una confeccionadora de abrigos de Berlín o de una obrera de flores artificiales de Sebnitz, todas llevan su ganancia, con un trabajo agotador de 12 a 14 horas diarias, a menudo de 16 a 18, a no más de 2-300 marcos al año. Limosnas en lugar de salario. Una dádiva, donde un trabajo honrado y penoso debería asegurar una existencia, ¡ay!, tan modesta.

No es difícil comprender que el trabajo femenino, en su forma actual, encierra graves peligros sociales. Casi la mitad de las mujeres que trabajan por un salario (46,2 %), es decir, cerca de cuatro millones, están casadas y son por tanto administradoras de un hogar propio. Para ellas el trabajo remunerado significa un doble yugo: trabajo doméstico y trabajo asalariado. «Con la jornada hoy habitual, con la dureza y la intensidad del trabajo, en muchos casos ya el trabajo remunerado solo es una sobrecarga para la mujer; lo mismo vale en muchos miles de casos para el trabajo doméstico de la mujer obrera, que tiene que renunciar a todas las conquistas técnicas de la época moderna, que para el hogar burgués son desde hace mucho una instalación evidente, que tampoco puede mandar blanquear la ropa, limpiar las ventanas, sacudir las alfombras, sino que tiene que ordenar con su propia mano los mil quehaceres del hogar y del cuidado y la atención de los niños». Si la mujer tiene que llevar la doble carga del trabajo, cada una de las cuales significa ya por sí sola un exceso para ella, se le quita al hogar su pilar más importante. Pese a esfuerzos sobrehumanos, el abandono del hogar, la desintegración de la vida familiar son inevitables. En el trabajo a domicilio no es mejor. Todo el día la mujer está encadenada como una esclava a la máquina o a la mesa de trabajo. La vivienda se convierte así en taller. Junto a la cuna traquetea el telar. Con el vaho de las comidas se mezclan el polvo del trabajo y el sudor de los cuerpos sin asear. A menudo vivienda, taller, cocina y dormitorio son una y la misma habitación. El oficio y el hogar se avienen tan poco entre sí como el trabajo asalariado y el doméstico.

Pero el problema más difícil y de más graves consecuencias es profesión y maternidad, trabajo asalariado y cuidado de los hijos. Encierra los mayores peligros para la madre, el niño y la sociedad. Ya sea que influencias perniciosas debiliten y enfermen al niño ya en el seno materno; ya sea que el recién nacido tenga que verse privado del todo o en gran parte del cuidado y la atención necesarios; ya sea, además, que al niño que crece le falten educación y guía hacia el bien. El final es la ruina física y moral. La madre casi nunca está ciega ante los peligros. Procura preservar de ellos a los hijos, y el amor, el miedo y la preocupación le ponen a menudo en la mano los medios más desesperados. Ata a los pequeños en la camita, los sienta en el suelo, los encierra hasta su regreso. Pero ¡cuántas veces ocurren entonces esos horribles accidentes de los que informan a diario los periódicos!: el niño se enreda en almohadas y mantas y se asfixia; se cae desgraciadamente de la cama; se acerca demasiado a la estufa y se quema; se escalda con agua caliente o cae en una tina de lavar; trepa y sale por la ventana y se rompe la nuca.

Pero aun cuando no ocurran casos tan espantosos, madres e hijos son harto dignos de lástima. Pues en la desolación del hogar sin madre ninguna educación puede prosperar y dar fruto. Fuera temprano, apenas en casa a mediodía, de vuelta solo al anochecer: ¡cómo iba la madre atormentada a encontrar sosiego y ocasión para observar el carácter de los hijos, explorar sus necesidades intelectuales y anímicas y fecundar su desarrollo con la cordialidad del trato! Así como al hogar le falta el fuego, a la poca vida de familia le falta el sol cálido del amor. Una suerte si los más pequeños encuentran acogida durante el día en un jardín de infancia o en una casa cuna. Si no, tienen que pasar el tiempo en casa de una vecina o crecen bajo la influencia, casi siempre perjudicial, de abuelas atrasadas y malhumoradas. Los mayores o están ya también trabajando o en la escuela. En las horas libres la calle es su mundo. Su madre ya es una buena madre si mantiene a los pequeños limpios y en orden, les da suficiente de comer, no los apalea demasiado en su nerviosismo o su embotamiento y no los manda a mendigar. Solo en los casos más raros logra hacerse amiga de los hijos que crecen. Ninguna semilla sembrada por su mano echa raíces en los corazones jóvenes. La calle tiene que llevar a cabo la educación. «El destino del proletario está a punto de consumarse: solo el niño de la calle es el heredero legítimo de todas las generaciones futuras de este pueblo sin patria».

La vivienda

La desolación del medio en que crece es, con todo, susceptible aún de un agravamiento. Nace de la indecible miseria de la vivienda que padece el proletariado.

Según las exigencias de la higiene, la superficie mínima de suelo debe ser de 16-20 m² para una sala de estar y de 20-25 m² para un dormitorio. La encuesta de vivienda de la caja local de enfermedad de comerciantes, mercaderes y farmacéuticos de Berlín comprobó en 1909 que en las viviendas de 4197 miembros varones y 3992 mujeres no se alcanzaba. Y se trataba aquí de profesiones en condiciones sociales acomodadas. ¡Qué conclusiones no podrán sacarse de este resultado sobre la calamidad de la vivienda en el proletariado! Como mínimo, todos los sótanos y buhardillas no responden a las exigencias de la higiene; y ahí entran ya en consideración cientos de miles y millones que tienen que buscar cobijo en esos agujeros y cuchitriles. En el año 1900 vivían en Berlín 91000 personas en sótanos, en Hamburgo 43000, en Breslavia 15000, en Altona 12000. Una encuesta de vivienda de la caja local de enfermedad de Leipzig de 1904 dio como resultado que el 50,5 % de los hombres y el 53,6 % de las mujeres vivían en viviendas de menos de 15 m² de superficie. Si se toma como altura mínima necesaria de las habitaciones 2,85 m, el 35,9 % de los hombres y el 43,2 % de las mujeres habitaban viviendas insalubres. En el 9,2 % de los hombres y el 12,3 % de las mujeres la altura de la vivienda era incluso inferior a 2,50 m. El reglamento de policía de la construcción de Berlín exige para las habitaciones una altura mínima de 2,80 m. Según la citada encuesta de la caja de enfermedad de los comerciantes de 1909, las viviendas de 1626 hombres y 1471 mujeres no alcanzaban esa exigencia. 62 hombres y 57 mujeres vivían en cuartos de menos de 2,35 m de altura. En 44 personas las habitaciones solo tenían 1,55 m de alto, en 10 personas solo 1,60 m. En Múnich, en 1907, más del 25 % de todas las viviendas eran las llamadas viviendas compartidas, en las que se alojaban 105510 personas. Nada menos que 14990 cuartos recibían solo luz indirecta. En 4455 casos un retrete tenía que bastar para cinco o más viviendas. Solo el 61,2 % de las viviendas tenía un vestíbulo cerrado. «¿Quién creería», pregunta Sombart, «que entre nosotros, hoy en día, un buen número de personas acampa en viviendas que no tienen ni una sola habitación con calefacción? Y sin embargo la estadística nos enseña que las hay en Berlín más de 15000, en Barmen más de 8000, etc. En la mayoría de las grandes ciudades alemanas la mitad, o casi la mitad, de todas las personas viven en viviendas que no tienen más de una habitación. De cada 1000 habitantes, en efecto, en Barmen 490, Berlín 430, Breslavia 409, Chemnitz 551, Dresde 374, Görlitz 462, Halle 429, Königsberg de Prusia 505, Magdeburgo 454, Plauen del Vogtland 641. Más de dos habitaciones, cabe suponer, solo las habita un porcentaje insignificante de la población trabajadora».

La estadística oficial llama superpoblada a una vivienda cuando en una habitación con calefacción viven 6 o más personas, o en dos habitaciones con calefacción 11 o más. Pese a esta manga ancha en la interpretación del concepto de superpoblación, el censo de vivienda y población de 1900 llegó a los siguientes resultados monstruosos:

Berlín28227 viv. superpobl.= 60,2 % de todas las v.21
Breslavia7156 „ „= 70,9 % „ „
Hannover3387 „ „= 65,4 % „ „
Magdeburgo4570 „ „= 85,9 % „ „
Charlottenburg1770 „ „= 40,5 % „ „
Königsberg5426 „ „= 151,1 % „ „
Halle3465 „ „= 98,4 % „ „
Barmen4567 „ „= 143,4 % „ „
Posen3048 „ „= 126,2 % „ „
Rixdorf1926 „ „= 85,9 % „ „

Si se toman como mínimo de espacio de aire por persona 10 m³, en Múnich, en 1904, estaban hacinadas 850 viviendas con 5254 personas; con 15 m³ por persona, 6124 personas con 34438 personas.22 De los dormitorios resultaron hacinados, con 10 m³ por persona, 11029 cuartos en los que dormían 39919 personas, y con 15 m³ por persona, 42121 cuartos que servían de lugar para dormir a 128691 personas.

Hay que tener en cuenta, además, que la mayoría de estas viviendas están en grandes cuarteles de alquiler que llegan al cielo, en casas traseras y en patios; que a veces cientos de inquilinos viven bajo el mismo techo, pueblan las mismas escaleras y pasillos, cruzan el mismo portal. Revuelto en infinita variedad, un caos de personas vive pared con pared una vida que varía con una variedad igualmente infinita. Ruido, riñas, polvo, desasosiego, hedor, suciedad llenan todos los cuartos y accesos. Allí se vive y se cocina, se lava y se plancha; «por las ventanas abiertas entran todo el chismorreo, toda la riña, todo el traqueteo, zumbido, ronroneo y runrún de las máquinas de coser y de zapatería, todo el griterío de los niños, todo el estruendo de la maquinaria de la fábrica del patio, todo el vaho y el olor de las 40 o 50 cocinas con su olor a sebo y su rancidez; no puede abrirse ninguna puerta sin que penetren miradas curiosas, envidiosas o maliciosas; aquí el hogar tiene que aparecer como un infierno, la taberna y el burdel como un cielo; el presidio y el manicomio apenas pueden infundir ya espanto». (Sombart) De los 14 000 millones que 9 millones de trabajadores y trabajadoras de la industria alemana ganan como salario o sueldo, cada año se gastan 2000 millones en alquileres. ¿Qué se ofrece a cambio?, preguntó en el 2.º Congreso Alemán de la Vivienda, en 1911, en Leipzig, el pastor Naumann, y contestó: «Esos dos mil millones reunidos con tanto esfuerzo se vuelven a gastar del modo menos sistemático posible. El cuidado de cualquier animal doméstico, el cultivo de cualquier planta ornamental se lleva con más método que el cultivo de la importante planta hombre. Somos tan listos que sabemos que en el bosque no debe superarse cierta densidad de arbolado. Pero en los asentamientos humanos hace tiempo que hemos superado el máximo conveniente de densidad. Sin duda, nuestras ciudades actuales presentan enormes progresos frente a las ciudades medievales. Pero también hemos dado enormes pasos atrás. ¿Qué tenemos hoy en las ciudades? Solo placeres de cuartel, solo piedra y calle y orden y regla una y otra vez. El mundo natural está muy lejos, ahí fuera; en todo caso puede visitarse alguna vez, ocasionalmente, una tarde de domingo».23


El medio en que despierta y se desarrolla la existencia del niño proletario lleva muchos nombres. Se llama privación, hogar sin madre, miseria de la vivienda; con bastante frecuencia, todo a la vez.

El suelo educativo que daba fuerza y firmeza a las raíces de la existencia burguesa se ha empobrecido y vuelto arena para la descendencia proletaria. La familia ya no puede cumplir su misión cultural con el ser humano en formación.

Solo puede, como mediadora, transmitir al niño proletario el destino de miseria de la clase proletaria. Puede convertir la fatalidad social de millones en fatalidad social del individuo. En infinitas variaciones y matices. Y en infinita multiplicación.

El niño proletario

La fatalidad de su origen

La fatalidad de su origen se convierte para el niño proletario en la fatalidad de su vida. Ya con su existencia prenatal se cierran los primeros eslabones de la cadena interminable de sus sufrimientos.

El cuerpo del padre, marcado por la degeneración de la raza con los estigmas de la inferioridad, duramente castigado por el exceso de trabajo y la desnutrición, quizá debilitado hasta la enfermedad por la nerviosidad profesional o también por el alcoholismo, y el cuerpo de la madre, no menos degenerado, marcado con los estigmas de la miseria de la extracción proletaria, agotado por numerosos puerperios, — ¿qué otra herencia podrán dar al vástago que está por nacer sino el germen de una temprana consunción y el derecho a un rinconcito en el florido camposanto? El mínimo de fuerza vital con que ha de librarse la lucha por la existencia condiciona de antemano un fiasco y no significa otra cosa que la predestinación a la miseria humana en todas sus formas.

Es un hecho terrible por su crueldad y estremecedor que el niño proletario tenga que pasar hambre ya en el seno materno.

Según un cuadro expuesto en la Exposición de Higiene de Dresde24, consumen diariamente

AlbúminaGrasaHidratos de carbono
un médico en Alemania112 g92 g340 g
en cambio
una obrera corriente76 „23 „334 „
una costurera55 „51 „230 „

El médico, de quien sin duda puede esperarse más que de nadie que sepa cómo armonizar la alimentación con las reglas de la salud y de la higiene, consume en albúmina y grasa tanto como lo que han de comer juntas dos proletarias. La desnutrición salta aquí a la vista. Pero las mujeres y madres desnutridas solo pueden alimentar insuficientemente a los hijos que llevan bajo el corazón. Ellas mismas pasan hambre. Así que también el niño tiene que pasar hambre con ellas. De este modo la suerte común de la miseria, aun antes de que el niño despierte a la vida, ciñe a ambos con la cadena de una dolorosa y atormentada camaradería.

Hasta la hora del parto, la atormentada madre proletaria está encadenada al círculo de sus deberes domésticos. Su pobreza le niega todo el reposo, el alivio y la consideración que su estado exige. En su hogar se ve privada de todas las facilidades que los progresos de la técnica han traído a los hogares de los acomodados. El marido, los hijos, la cocina, la ropa, — todo reclama su fuerza de trabajo. Y quizá apenas puede tenerse en pie de debilidad y decaimiento. Con la sensación de agotamiento se ha levantado del lecho que tenía que compartir con otros; con las rodillas temblorosas realiza su trabajo. ¿Quién no ha visto alguna vez a mujeres de las clases pobres en avanzado estado de gestación levantar pesadas cargas o llevar cestos repletos con todas las señales del tormento, estar de pie ante la tina de lavar o pasar horas arrodilladas fregando el suelo? ¿A quién no le ha llegado al corazón el lenguaje sin palabras de un profundo dolor que hablaba desde los rostros pálidos, exangües, nerviosos de estas sufridas mujeres?

¡Mírese ahora en los talleres y en las fábricas, donde los suspiros de las atormentadas se transforman en plusvalía! En el puesto de trabajo, en el taller, en la sala de máquinas aguantan hasta que la dura hora se anuncia imperiosamente. La preocupación por conservar el trabajo las obliga no pocas veces a ocultar su estado. Y siempre acompaña sus pensamientos y cavilaciones la angustiosa pregunta de cómo se costearán los gastos adicionales que amenazan con el niño que esperan. Cuántas veces se arrastran las pobres, con el último resto de fuerzas, fuera del círculo de sus compañeras de trabajo, para poder al menos dar la vida al niño en su vivienda. Y cuántas veces sucede que ya por el camino — en la calle, en el zaguán, en el tranvía — los dolores del parto las derriban y el parto las sorprende. Lo que los poetas ensalzan en hermoso éxtasis como la dicha y la delicia de la maternidad, la cruel suerte de la proletaria lo convierte en un martirio que labios trémulos agradecen con una maldición.

Si la familia proletaria es ya numerosa, cada nuevo hijo que llega — que la Biblia ensalza poéticamente como regalo y bendición de Dios — no significa más que un aumento de la necesidad, motivo de nuevas y mayores preocupaciones. Ningún júbilo saluda el comienzo de su vida, ninguna alegre fiesta adorna el acontecimiento de su nacimiento. Rostros huraños y amargados contemplan al joven ciudadano del mundo como a un huésped no invitado, al que se prefiere ver marchar antes que llegar. Ojalá se muera pronto la criatura: ese es el deseo inexpresado que se pinta en las miradas hostiles. Y también en el corazón de la madre, por más que se contraiga de dolor íntimo, el frío cálculo dictado por la necesidad acaba triunfando sobre los tiernos lazos de la humanidad. «Las condiciones de vida de la mujer de un obrero que en pocos años ha dado a luz seis o siete hijos y que dispone de escasos medios y de poca ayuda son, a mi juicio» — dice el profesor T. S. Clouston25 — «las más duras de todos los seres humanos dentro de nuestro orden social moderno».

Esta suerte, la más dura que ha de soportar la madre proletaria, halla con cada hijo de más una confirmación tanto más dolorosa y cruel. Y con cada hijo de más, las condiciones de existencia que puede ofrecer al recién nacido se vuelven más desfavorables, más tristes, más desesperanzadas.

Está demostrado que una alimentación insuficiente e inadecuada, unida al trabajo pesado y a la falta de cuidados y de reposo, provoca con harta frecuencia ya durante el embarazo la muerte del feto. Un elevado porcentaje de los más de 60000 mortinatos pesa sin más en la cuenta social, pues está demostrado en cifras que en las capas económicamente peor situadas la proporción de mortinatos es un ½ % más alta que en las mejor situadas. Según una estadística de la Caja Local de Enfermedad de Leipzig26 que abarca largos períodos, de las afiliadas obligatorias el 5,5 % enfermaron durante el embarazo de trastornos de la gestación, y de las voluntarias solo el 2,1 %; el 15,5 % de los embarazos de afiliadas obligatorias terminaron en aborto, entre las aseguradas voluntarias solo el 2,5 %. Mortinatos tuvieron las aseguradas voluntarias solo el 0,3 %, las afiliadas obligatorias el 1,7 %.

No menos dañina para el organismo femenino es la reanudación demasiado temprana del trabajo después del parto. La fuerte pérdida de sangre y de humores no puede reponerse suficientemente, se producen descensos y hemorragias, surgen inflamaciones, y la consecuencia son trastornos nerviosos, dolores de cabeza y dolores de espalda persistentes; a menudo el final es una consunción permanente. ¡Qué desgracia si una mujer así, enferma, vuelve a quedar embarazada; no puede dar a luz más que desgracia y calamidad!

Entre numerosas mujeres que trabajan por un salario, sobre todo en industrias peligrosas para la salud, los mortinatos y los abortos son extraordinariamente frecuentes a causa de los venenos industriales, que actúan como siniestros merodeadores. Al manipular plomo, yodo, fósforo, mercurio, nicotina, cromo, etc., penetran en el cuerpo gases tóxicos o partículas de polvo, provocan enfermedades de los órganos genitales y envenenan las células germinales, de modo que el feto lleva ya en sí la muerte antes de haber despertado a la vida. Kaup comprobó que en una fábrica de artículos de metal, en el curso de tres años, de las obreras 52 enfermaron una vez de intoxicación por plomo, 13 dos veces, 7 tres veces, 5 cuatro veces, 6 cinco veces, 1 seis veces y 2 siete veces. Sternberg comprobó que entre las obreras de una fábrica de cápsulas para botellas, fuertemente expuestas a la intoxicación por plomo, los embarazos terminaban en un 30 % en aborto y parto prematuro. En Inglaterra, de 77 obreras del plomo 15 no tenían hijos, y 35 habían tenido entre todas 90 abortos. Una mujer tenía un único hijo vivo, nacido en un año en que se mantuvo apartada del trabajo con el plomo. Otra había tenido ocho abortos, y de cuatro hijos murieron tres de lactantes. De 78 puérperas que trabajaban en fundiciones de tipos de imprenta del distrito gubernativo de Wiesbaden, solo 37 habían tenido un parto normal. En las fundiciones de tipos de Viena, el 12,4 % de las obreras auxiliares estaban expuestas a la intoxicación por plomo; de ellas, el 29 % tuvo partos prematuros y abortos; además, por cada 100 embarazadas hubo 15 anomalías, entre las obreras de imprenta 9, entre las cartonajeras 5,5 y 4 entre las modistas. Entre las obreras del mercurio y del tabaco, el 65 % de los niños nacidos vivos están condenados a muerte, y muchos más ni siquiera ven vivos la luz del mundo. Según relata Lily Braun, es experiencia antigua que las mujeres que quieren tener hijos y se sienten embarazadas abandonan la fábrica de tabaco, mientras que las muchachas embarazadas buscan trabajo en ella, porque solo rara vez los hijos de las obreras del tabaco vienen vivos al mundo. Y si viven, están marcados desde su primer aliento y beben la muerte de los pechos de la madre. Un azogador de espejos de Fürth27 estuvo casado tres veces con compañeras de trabajo; la intoxicación por mercurio les negó la bendición de los hijos. Es cierto que las tres mujeres tuvieron hijos, pero no consiguieron mantener con vida a ninguno. También las madres sucumbieron todas al veneno. En otro caso, una obrera tuvo en diez embarazos ocho abortos, un mortinato y un solo hijo vivo, que murió a los cinco meses. En las fábricas de cerillas es el cromo, en las fábricas de caucho el sulfuro de carbono, entre las obreras de flores artificiales, de hule, de papel, de sombreros y de papeles pintados el arsénico, en otros oficios y ramos de trabajo el fósforo, la anilina, el ácido prúsico, el azufre, los que provocan graves trastornos y estragos en la salud de las mujeres que trabajan por un salario y las incapacitan para la maternidad. En los talleres de planchado, en las vidrierías, etc., es el gas el que actúa destructoramente sobre la vida en germen. O el niño muere antes de nacer, o bien crece como una criatura escrofulosa, raquítica, tuberculosa, débil mental. En Suiza, según Schuler, el número de mortinatos era en el promedio general del 3,9 %, pero entre las obreras de fábrica del 8,2 %. «El peligro de intoxicación para la obrera en todos los distintos ramos es tanto mayor cuando faltan instalaciones sanitarias y limpieza en la empresa, con una jornada larga y salarios bajos y todas las demás condiciones sociales en que precisamente las obreras tienen que vivir la mayoría de las veces. Es peor que nadie para la obrera a domicilio».

No siempre el trabajo de fábrica, al envenenar el cuerpo de la madre, mata al niño que está por nacer. Pero entonces lo carga con la maldición de una constitución debilitada, atrofiada e inferior. Las obreras de fábrica dan a luz por lo general niños unos 200 gramos más ligeros que las amas de casa. Según un informe del Colegio Médico de Sajonia28 de 1904, el peso medio de los hijos de 391 puérperas que habían trabajado hasta el parto era de 2931 gramos, el de los hijos de puérperas que habían dejado el trabajo dos o tres meses antes, de 3291 gramos. De manera semejante, en 634 casos se comprobó una clara influencia de tres semanas de descanso laboral antes del parto sobre el peso de los niños. Además, en este grupo solo hubo un 0,8 % de mortinatos, frente al 1,4 % entre las mujeres que habían trabajado hasta el parto. Según el francés Pinard, el peso medio de los niños cuyas madres no habían realizado trabajos pesados en las seis a ocho semanas anteriores al parto superaba en 300 gramos el peso de los niños cuyas madres no habían gozado de reposo alguno. Otros investigadores comprobaron ya con diez días de descanso un aumento de peso de 205 gramos, y con 26 días incluso uno de 420 gramos.

El bajo peso de los recién nacidos significa en general escasa fuerza vital y la probabilidad de sucumbir pronto en la lucha por la existencia. El pronóstico es aún más desfavorable cuando concurren factores de tara hereditaria o cuando fenómenos patológicos latentes o agudos perjudican el estado de salud física, como la escrofulosis, la tuberculosis, la debilidad intestinal nerviosa, etc. De las condiciones de vida de la clase proletaria se derivan a centenares los presupuestos para ello. Así, muchos de los pequeños ciudadanos del mundo, al salir del seno del proletariado, están ya marcados como candidatos a la muerte. Y pronto vuelven a hundirse en la tumba… tempranas flores de cementerio, a las que la sociedad negó el derecho a la vida…

La muerte del biberón

Poderes pérfidos envenenan y atrofian el germen vital del niño proletario en el seno materno.

Poderes pérfidos cercan y amenazan también la puerta de su vida.

El biberón se convierte en el cáliz del sufrimiento, cuya bebida devasta con enfermedades el cuerpo joven. Y junto a la cuna se sienta la muerte como espantosa niñera.

La estadística de la mortalidad de lactantes despliega un cuadro más sombrío y espantoso que el relato del cronista neotestamentario sobre la matanza de los niños de Belén.

Hay que remontar la memoria hasta las tinieblas de la prehistoria asiática. Hasta aquella imagen de Moloc cuyas fauces infernales engullían hecatombes de cuerpos infantiles en flor.

Hoy el proletariado sacrifica cada año cientos de miles de sus vástagos.

Casi la mitad de todas las personas que mueren en Alemania en el curso de un año pertenecen a la edad infantil. Y de ellas, a su vez, unas siete décimas partes son lactantes.

Expresado en cifras concretas, eso significa, por ejemplo, para el año 1904:

murieron en total 1163183 personas,
entre ellas 560778 niños,
y entre estos 397781 lactantes.
Corresponden, por tanto, por cada 1000 fallecidos
480,5 niños,
en particular 342 niños en el primer año de vida.

Si se compara el número de los que mueren en cada grupo de edad con el número total de las personas que se hallan en ese grupo de edad, el total de los fallecidos constituye el 2 % de la población total. El de los niños de 1 a 15 años, el 1,4 %; pero el de los lactantes, el 24,3 %. Es decir: por cada defunción que afecta a un niño de 1 a 15 años corresponden 17 lactantes muertos.

De los datos estadísticos sobre la mortalidad de lactantes recogidos desde 1901 por el Reich se desprende que, invariablemente, un tercio de todos los fallecidos estaba en la edad de lactancia. Eso es aproximadamente una quinta parte de todos los nacidos vivos de un año.

En los últimos años las cifras han experimentado un pequeño descenso. Así, murieron niños menores de un año

1906374636
1907351046
1908359022
1909335436

Por cada 100 nacidos vivos hubo

190618,5
190717
190817,8
190917

En cuanto a la mortalidad de lactantes, la situación más desfavorable es la de Baviera, con 21,7 (en 1908, igualmente 21,7) por cada 100 nacidos; la más favorable, la de Lippe, con 10,5 (11,1). En Sajonia la cifra era de 18,8 (20,1), en Baden de 17,2 (16,8), en Wurtemberg de 17,2 (18,4), en Prusia de 16,4 (17,3). De las provincias prusianas, la más favorable es Hesse-Nassau, con 10,3 (10,8); siguen Hannover con 12,1 (13,1), Westfalia con 13,0 (14,4) y Schleswig-Holstein con 13,2 (14,9), mientras que la cifra es más desfavorable en Prusia Oriental, con 19,1 (18,1), Prusia Occidental, con 20,4 (20,5), y Silesia, con 21,6 (20,8). Prusia Oriental y Silesia muestran un aumento de la mortalidad de lactantes considerable. En Berlín fue de 15,6, frente a 16,8 en 1908, 16,3 en 1907 y 17,7 en 1906.

Si se examinan las cifras en detalle y se atiende a su distribución entre las distintas regiones del país y zonas económicas, se pone de manifiesto el hecho de que la mortalidad de lactantes es siempre extraordinariamente alta allí donde el trabajo femenino ha alcanzado una difusión más o menos fuerte. Hasta la Oficina Imperial del Interior29 no ha podido sustraerse, en una memoria, a la confesión de que entre las causas de la mortalidad de lactantes ocupan el primer lugar la falta de alimentación y de cuidados de los recién nacidos, consecuencias directas del trabajo remunerado de la mujer.

Conocemos el cuerpo debilitado, anémico, extenuado de la madre proletaria, las penalidades del trabajo durante el embarazo y los daños para la salud que de ellas resultan; conocemos también al niño proletario inmaduro, deficientemente desarrollado, a menudo aquejado ya al nacer del germen de la muerte. ¿Y aún nos asombramos de que la muerte haga una cosecha especialmente rica entre los vástagos del proletariado? Sería casi un milagro que no sucediera…

Ahí está Sajonia, el país modelo del capitalismo. Con su trabajo femenino marcha en primer lugar. Pero también con su mortalidad de lactantes. Frente al 17 % de la media del Reich, las defunciones de lactantes representan en ella el 18,8 % de los nacidos vivos. Ahí están las ciudades textiles de Chemnitz, Glauchau, Meerane, Crimmitzschau, Werdau, Plauen, Ölsnitz, etc., con un ejército de mujeres que penan tras los telares y las máquinas de tejer punto en jornadas de diez, doce y más horas. Precisamente en estas localidades industriales hace estragos la mortalidad de lactantes del modo más despiadado. Hace todavía un par de años se obtuvieron allí las siguientes cifras: Chemnitz (distrito rural) 39,2 %, (ciudad) 35,6 %, Glauchau 33 %, etc. En 1904, en Chemnitz, las cifras de mortalidad ascendieron, solo para los niños de seis meses de edad, al 78,8 %; en Bromberg, en julio, a 50, y en agosto al 76 %. En Ölsnitz, en el Vogtland, entre los muertos del año había un 40 % de lactantes. Lo mismo en otras ciudades y regiones en que predomina fuertemente el trabajo femenino. En Langenbielau, en el Eulengebirge, murieron el 54 %, en los distritos de la industria papelera de Berlín el 48 %, en Reichenbach, en Silesia, el 44 %, en Ingolstadt el 40,9 %, en Ratisbona el 37,4 %, en Augsburgo el 34 % de los nacidos vivos.

De estas cifras solloza el dolor de innumerables tragedias familiares. ¡Cuántas esperanzas aniquiladas! ¡Cuánta dicha hecha añicos! A menudo un eco de este dolor sigue vibrando, paralizante y entenebrecedor, a lo largo de toda una vida humana.

Ya Marx, que observó y estudió el desarrollo capitalista en Inglaterra, señaló cómo las condiciones desfavorables para el desarrollo del niño proletario, sobre todo en el primer año de vida, se agravan con la existencia del trabajo femenino. Contrapuso distritos de registro con 9000 defunciones por cada 100000 niños vivos a otros que registraban 26000 y más, y expuso que estas altas tasas de mortalidad se debían a la ocupación de la madre fuera de casa y al consiguiente abandono y maltrato de los niños, a la alimentación inadecuada, a la falta de alimento, a la administración de opiáceos, y también al natural desapego de la madre hacia los hijos, que a menudo trae consigo el hambre y el envenenamiento deliberados30.

En los distritos en que existía un mínimo de ocupación femenina, la tasa de mortalidad era la más baja. Más aún: ya una disminución pasajera del trabajo femenino trajo una visible mejora de la situación. Durante la gran crisis del algodón que azotó a Inglaterra en los años sesenta y paralizó por mucho tiempo las fábricas textiles, las obreras de fábrica tuvieron ocasión de cuidar mejor a sus lactantes; en seguida retrocedió la mortalidad de los pequeños. De manera muy semejante, en la fábrica de Dollfus en Mülhausen, en Alsacia31, la mortalidad de los niños en el primer año de vida bajó del 38 % al 25 % después de concederse a las madres un reposo de seis semanas antes y después del parto. En las regiones en que no existe trabajo de fábrica para las mujeres, la mortalidad de lactantes, en condiciones sociales por lo demás iguales, apenas llega al 10 o al 11 %. Pero en cuanto se recurre a las mujeres para el trabajo remunerado, suben las cifras. Aunque se trate, como al este del Elba32, donde los hombres emigran y las mujeres se someten a la presión de los puños de los junkers, de trabajo agrícola. Este le quita al niño la madre con la misma falta de miramientos que el trabajo de fábrica. Por eso, también las mismas consecuencias: mortalidad de lactantes en distritos puramente rurales como Neisse, Striegau, Bolkenhain, etc., de hasta el 26, el 28, el 30 % y más.

Es una frase irreflexiva decir que la parca no hace acepción de personas. Los hechos demuestran que es más dura y despiadada con la pobreza que con la propiedad. Al niño rico lo perdona, mientras siega a los pobres en hileras. En las familias aristocráticas de Alemania mueren, según Ellen Key, de cada 1000 niños unos 57 al año; en la población pobre de Berlín, en cambio, 345. El vástago noble tiene, pues, seis veces más probabilidades de seguir con vida que el proletario. Mientras la estadística oficial cifra la mortalidad de lactantes de Berlín en el 18,1 %, en el rico barrio del Tiergarten estaba en el 5,2 %, y en el Wedding, el pobre barrio proletario, en el 42 %. ¡Una situación ocho veces peor para los hijos de los pobres! En 1905 murieron en los suburbios occidentales de Berlín, sin obreros, por término medio el 15,06 %, en el caluroso mes de agosto incluso el 27,8 %; en cambio, en los suburbios orientales, de población predominantemente obrera, el 23,76 %, y en agosto el 62,52 % de todos los nacidos vivos en edad de lactancia. El doctor Wolff obtuvo las cifras siguientes:

Edadentre los obrerosen la clase mediaentre los ricos
hasta 1 año30,5 %17,3 %8,9 %
1-2 años11,5 „5,5 „1,9 „
3-5 „13,6 „6,5 „2,6 „
6-10 „6,8 „3,8 „1,3 „
11-14 „2,5 „1,1 „0,8 „
64,9 %34,2 %15,5 %

Para Bremen, el doctor Funk, director de la Oficina de Estadística, obtuvo para el período 1901-1910 el siguiente e interesante resultado:

Por cada 10000 vivos de cada grupo de edad hubo los siguientes fallecidos:

Grupos de edadAcomodadosClase mediaMás pobresEn total
0 a 1 año48990925581676
1 „ 5 años2892262156
5 „ 15 „17254029

Según una estadística publicada en 1909 en la Kommunale Praxis [Práctica municipal], en Halle del Saale murieron, de cada 100 lactantes:

4,3si el padre era funcionario superior, oficial o persona con formación universitaria,
18,5si el padre era funcionario medio,
14,2si el padre era funcionario subalterno o suboficial,
13si el padre era comerciante, fabricante o agricultor independiente,
13si el padre era maestro artesano o pequeño industrial,
11,3si el padre era dependiente de comercio o empleado de oficina,
18,9si el padre era obrero industrial cualificado,
24,1si el padre era obrero no cualificado.

Según otro cuadro, la mortalidad en los barrios obreros de Berlín era la siguiente: Weißensee 31,9 %, Britz 29,3 %, Lichtenberg 25,1 %; en cambio, en la colonia de villas occidental de Dahlem, 6,67 %.

En Graz, la mortalidad de los lactantes era del 0 % en las clases acomodadas, del 4,2 % en la clase media, del 35,9 % en las capas sin recursos y del 59,9 % entre los muy pobres. Según el doctor Reck, de cada 1000 nacidos vivos murieron antes de cumplir los 5 años, con unos ingresos mensuales de los padres de

0-75 marcos413
75-100 „344
100-150 „330
150-200 „272
200-250 „241
más de 250 „230

En Barmen se levantó una estadística teniendo en cuenta los ingresos de los padres y el modo de alimentación del niño. De cada 100 nacidos vivos murieron:

EdadIngresos del padre hasta 1500 marcos: pechohasta 1500 marcos: biberónmás de 1500 marcos: pechomás de 1500 marcos: biberón
más de 3-6 meses5,737,83,117
„ 6-9 „4,3251,410,8
„ 9-12 „6,211,35,26

«En vano estrecha la madre contra su pecho al niño traído al mundo con tantos dolores; lo ve consumirse y quizá cree, en su ignorancia, compañera inseparable de la miseria, que aquello es un designio del cielo. Pero no es así. Más de la mitad de los niños criados al pecho y casi dos tercios de los criados con biberón habrían tenido perspectivas de seguir con vida si no hubieran sido precisamente hijos de proletarios. La madre les da lo mejor que tiene, su salud, la médula de su vida, — pero detrás de la madre proletaria que amamanta está la gris miseria, y es esta la que mata al niño».

La creciente proletarización de las masas populares ha llevado a que la alimentación del recién nacido con el pecho materno haya sido desplazada cada vez más por la alimentación con biberón. Por una parte, porque el trabajo remunerado de la mujer no le permite dar el pecho al niño durante la jornada de trabajo; por otra, porque la creciente degeneración de la mujer proletaria hace que la capacidad de amamantar disminuya cada vez más. En Berlín, en 1890, de cada 100 lactantes todavía 50 recibían el pecho; hoy apenas 30. Desde que se pagan primas de lactancia33, puede que la cifra esté volviendo a aumentar algo. Pero ¿asegura la alimentación que un cuerpo débil y desnutrido ofrece al niño un verdadero desarrollo, y es capaz de protegerlo de los peligros de la edad de lactancia? Por lo general, ya el crecimiento del niño antes de nacer ha quitado a la madre el último resto de sus fuerzas.

Donde falta la leche materna, el biberón ofrece un sustituto deficiente, u otros sucedáneos ocupan su lugar. Preparan el camino a la muerte.

Sin embargo, sería un error achacar únicamente a la alimentación artificial — como suele hacerse — la culpa de la mortalidad de lactantes. No es más que un efecto secundario del mal de fondo, la penuria social. Donde esta no existe, tampoco la alimentación artificial produce efectos tan devastadores y funestos. Praußnitz ha calculado que de las enfermedades estivales murieron, entre los lactantes alimentados artificialmente, el 0,27 % entre los ricos, el 5 % en la clase media y el 94,8 % en el proletariado. Esto significa que para el niño proletario la lucha por la existencia era 350 veces más dura que para el niño de la clase acomodada.

Tan necesarios como el alimento y los cuidados le son al lactante para su desarrollo el aire y el sol. Al vástago proletario, que viene al mundo en estrechas viviendas de alquiler, en cuartos pobres en luz y en aire, en barracas sucias, en húmedas viviendas de patio y de sótano, le son negados casi por completo. ¿Es casualidad que Chemnitz, la ciudad de la tasa más alta de mortalidad de lactantes, no solo presente un trabajo remunerado de la mujer muy desarrollado, sino también unas condiciones de vivienda extraordinariamente tristes? Lo mismo Langenbielau, Augsburgo y otras ciudades. Hágase uno enseñar alguna vez los cuartos cuyo aire respiran día y noche las pobres criaturas, y las camas en que duermen. Familiarícese uno — en los Montes Metálicos o en la Alta Lusacia sajona, en el Bosque de Turingia o en la alta Rhön, en el Eichsfeld o en el Eifel, en el Eulengebirge o en la cuenca hullera de la Alta Silesia — con las condiciones en que viven, comen, beben, juegan, sufren y — ríen, y se admirará a esos enanos de rostros seniles, manitas transparentes y exangües y piernas raquíticas como luchadores de la vida que pelean con tenacidad y valentía por su lugar en la existencia y — derribados doce veces — se levantan por decimotercera vez para seguir viviendo una vida llena de necesidad y desnudez, de hambre y de consunción.

Lo que el aire y el sol significan para el desarrollo del niño en el primer año de vida lo ilustra acertadamente un cuadro de Richter de 1888 sobre Fráncfort del Meno. Según él, en los barrios en que vivían 22 personas en el mismo espacio que en los suburbios de villas ocupaba una sola, murió el 37-43 % de los nacidos, frente a un 15 % aproximadamente en los barrios mencionados en último lugar. El doctor Groth, en Múnich, observó que el 80,8 % de los lactantes tratados por él murieron en viviendas de 1 a 2 piezas, aunque estas no eran más que el 25 % de todas las viviendas. Un médico de Colonia ha averiguado que la mortalidad de lactantes en los barrios proletarios supera la media en la misma medida en que desciende por debajo de ella en los barrios de los ricos. Para Dresde, el doctor Meinert comprobó que en calles de edificación cerrada, viviendas de patio y de casa trasera, el porcentaje de mortalidad de lactantes era de 8,5; con edificación semiabierta, de 2,5; en casas obreras modelo, bañadas por el aire libre por todos lados, de 0. También para Halle del Saale, el doctor Kathe, que calculó durante cinco años la mortalidad de lactantes por calles y barrios, halló que la cuestión de la lucha contra la mortalidad de lactantes es en lo esencial una cuestión de vivienda. En las calles estrechas y sofocantes del casco antiguo, con patios húmedos y viviendas insalubres, murió el 47-48,5 % de los lactantes (¡en una sola casa, 18 lactantes!), mientras que las calles situadas más al aire libre, con viviendas mayores, sobre todo las calles de la sociedad constructora34, que forman una ciudad jardín en pequeño, apenas fueron alcanzadas por la mortalidad. «Si en lugar de los grandes cuarteles de alquiler se construyeran para los obreros viviendas pequeñas aireadas y sanas, sin duda también la mortalidad de lactantes disminuiría considerablemente». La ciudad jardín inglesa de Bourneville35 lo demuestra. Allí murieron, de cada 1000 nacidos vivos, 78, frente a 170 en la vecina Birmingham, donde el aire y el sol son artículos raros en los barrios proletarios.

Que a todas las desventajas que acosan y amenazan la existencia y el desarrollo del niño proletario se sume todavía una desventaja social de especial dureza depende de cómo se resuelva la cuestión de si existe un paralelismo entre la natalidad y la mortalidad infantil. El doctor Hamburger estableció, en 1042 mujeres obreras, cuántas veces había dado a luz cada una de ellas. Resultó que la muerte les había arrebatado más de la mitad de todos los hijos antes de que estos cumplieran 16 años, y que las pérdidas aumentaban con el número de partos: en los matrimonios con 2 a 3 hijos murieron aproximadamente el 33⅓ %, en los matrimonios con 5 hijos el 40 %, en los matrimonios con 7 hijos el 46 %, etc. De ello concluyó Hamburger que una alta natalidad, como la que se da sobre todo en el proletariado, favorece la mortalidad infantil. Es cierto que la opinión de Hamburger ha encontrado oposición; en particular, el doctor Geißler, en su intento de refutación, remitió al distrito rural de Zittau, que pese a su baja fecundidad conyugal presenta una cifra de mortalidad extraordinariamente desfavorable. Pero este hecho habla más bien a favor de Hamburger que en su contra. Dada la notoria miseria de los tejedores en la Alta Lusacia, es muy probable que la escasa fecundidad conyugal se deba a la misma degeneración y al mismo agotamiento físico que imprimen ya el estigma de la muerte también a los niños nacidos vivos. Que partos numerosos y seguidos pueden debilitar el cuerpo de la madre hasta el punto de que esta ya no sea capaz de traer al mundo hijos viables no necesita más prueba después de todo lo dicho sobre la alimentación y el nivel de vida de la proletaria. Así parece confirmarse la afirmación del doctor Hamburger: que la mayor fecundidad del seno de la madre proletaria solo bendice el camposanto.

El estigma del nacimiento ilegítimo

Las oscuras sombras que el ala de la muerte proyecta sobre la mísera cuna no se disipan ni siquiera cuando se han librado las primeras luchas de la vida.

El niño proletario sigue siendo el hijastro del destino.

Su suerte es especialmente triste cuando la fatalidad de su origen proletario se une a la fatalidad del nacimiento ilegítimo.

Si alguna vez han sufrido y expiado inocentes por los actos de otros, según la terrible amenaza de la cruel palabra del Sinaí de que el pecado de los padres será castigado en los hijos hasta la tercera y cuarta generación36, son los engendrados en el amor libre.

Desde el momento en que la entrega de una mujer a un hombre fuera del matrimonio, aunque por lo demás estuviera sostenida por las más íntimas y puras inclinaciones del corazón, fue considerada por el sentir popular y la moral pública como una deshonra, llevan en la frente, según el juicio de la sociedad, el estigma de la proscripción y de la vergüenza. Contra los «hijos de puta»37 estaba permitido todo insulto; el derecho les negaba el pleno alcance de sus beneficios; las puertas de los talleres gremiales les estaban cerradas; en los albergues y las tabernas tenían su sitio junto al desollador, el verdugo y los demás oficios infamados. Hasta los tiempos más recientes se ha conservado un vergonzoso resto de estos prejuicios medievales y de este atraso moral. Así, una tarde de diciembre de 1905, en la localidad alsaciana de Gebweiler, se apagaron de pronto todas las luces de las calles durante una hora porque ese día había nacido en la localidad un niño ilegítimo. Así sigue vigente en el minúsculo principado de Reuss, de la línea primogénita38, donde un príncipe senil gustaba de azotar con su propia mano las posaderas desnudas de los niños maleducados, la increíble ley (de 1854) que obliga a las mujeres embarazadas fuera del matrimonio, so pena de severos castigos, a declarar personalmente su estado, a más tardar en el cuarto mes, ante la alta autoridad, es decir, ante un escribiente o un oficinista que guiña los ojos burlón o lascivo, con indicación de detalles íntimos. Así siguen cerrados en numerosas ciudades los asilos de párvulos para los niños ilegítimos. Así hubo en Dortmund un abogado que tuvo la crueldad de defender ante el jurado a dos libertinos que habían violado a una muchacha tratando de inculpar a la muchacha, con el argumento de que era de nacimiento ilegítimo y de que todos los ilegítimos tenían «según enseña la experiencia» una tara hereditaria, en cuanto que mostraban una gran inclinación carnal.

En el Imperio alemán nacen cada año unos 180000 niños ilegítimos (1907: 179177; 1906: 177060). Mientras que el número total de nacimientos disminuye, el número de nacimientos ilegítimos está en aumento absoluto. En diez años, por término medio, la fecundidad conyugal ha disminuido un 9,2 % y la extraconyugal ha aumentado un 11,4 %. En consecuencia, la proporción relativa de los ilegítimos entre los nacidos crece constantemente. Esto significa: no solo el crecimiento de la clase proletaria dentro del conjunto del pueblo, sino también el aumento del origen ilegítimo trae consigo, para un porcentaje cada vez mayor de niños, un empeoramiento social o, por lo menos, la perspectiva de que empeoren sus perspectivas sociales de desarrollo.

Ya en el seno materno el niño ilegítimo está tan en desventaja frente al legítimo como el proletario frente al burgués. ¡Qué será, pues, cuando el niño ilegítimo es a la vez proletario! Mientras que en 1904, entre los nacidos de matrimonio, el 97,1 % nacieron vivos y el 2,9 % muertos, entre los ilegítimos hubo un 95,9 % de vivos y un 4,1 % de muertos. Aparte de causas criminales, que aquí desempeñan un papel, la mayor frecuencia de mortinatos entre los ilegítimos (en Hamburgo el 6,1 %, en Lübeck el 5,6 %) se debe sin duda a la circunstancia de que las madres solteras tienen que salir a ganarse el sustento por lo general hasta el último momento y pueden concederse menos reposo que las casadas.

Al mayor porcentaje de mortinatos corre parejo la mayor mortalidad de los lactantes ilegítimos.

De los 397781 lactantes muertos en el Reich en 1904, 52809 eran de nacimiento ilegítimo. Murieron por término medio, antes y durante el parto, el 5 % de los ilegítimos y el 3 % de los legítimos. En relación con las respectivas cifras de nacimientos, a 100 nacimientos legítimos correspondieron 18,6 defunciones, y a otros tantos ilegítimos 31,4. Según esto, de los legítimos más de cuatro quintos, y de los ilegítimos solo unos dos tercios, cumplieron el primer año de vida. Por cada defunción de un niño legítimo hubo defunciones de ilegítimos: en Fráncfort del Meno 2,33, en Hamburgo y sus suburbios 2,17, en Berlín 1,77, en Leipzig 1,54, etc. En 1905 la mortalidad de los lactantes ilegítimos osciló, en 39 grandes ciudades alemanas, entre el 22,1 % de los nacidos vivos en Dresde y el 49,6 % en Dortmund.

Que el peligro que corren los ilegítimos sea mayor que el de los legítimos tiene su causa principal en que la madre soltera vive en la inmensa mayoría de los casos en una situación económica considerablemente más desfavorable, participa en mayor medida que la casada en el trabajo de fábrica y en el trabajo profesional y solo puede dedicarse en muy insuficiente medida a su hijo, aun cuando lo quisiera con gran amor. El niño pasa a manos de madres de crianza, donde, por lo general a causa de una alimentación deficiente, de un trato insensato, de una vivienda insalubre y de una limpieza insuficiente, cae en la miseria física o mental, hasta que la muerte lo libera de ella. No son raros tampoco los casos en que, a menudo con el consentimiento tácito de la madre soltera, las artes de bruja de los «fabricantes de ángeles»39 ponen fin a la pobre criatura.

La crianza mercenaria de niños está muy extendida sobre todo en las grandes ciudades; está poco vigilada, por lo general mal organizada, y constituye así un terreno fértil para la mortalidad de lactantes. Pero aun allí donde el régimen de los niños dados en crianza está ordenado, los resultados no son satisfactorios. Así, en Leipzig, con una organización y una vigilancia excelentes del régimen de los niños en crianza, se registró ciertamente un descenso de la mortalidad del 33,4 % (1904) al 28,5 % (1906), pero por término medio la mortalidad de los ilegítimos se mantuvo siempre un 10 % por encima de la de los legítimos, «un resultado que — como declara la oficina de niños en crianza de Leipzig — tampoco la vigilancia y los cuidados pudieron cambiar mucho». Más grave aún es la siguiente comparación:

De cada 100 nacidos vivos murieron

en Charlottenburg41,9 %niños acogidos en su primer mes
24,6 %niños en crianza antes de cumplir el primer año
en el asilo infantil de Berlín59,7 %de los acogidos en el primer año de vida
45,42 %en el segundo año de existencia [del asilo].

La mortalidad mostró, pues, en Berlín un descenso desde la fundación del asilo; con todo — ¡en el asilo! —, seguía siendo más alta que entre los niños en crianza y acogidos de Charlottenburg.

Según la estadística del doctor Neumann de 1896, en Berlín la crianza a sueldo mostraba en la segunda quincena del primer mes una mortalidad algo más desfavorable que la crianza particular, en todo el segundo mes aproximadamente igual, y más adelante cifras constantemente desfavorables. La mortalidad de los niños cuidados gratuitamente se acercaba mucho a la mortalidad general. El resultado más desfavorable de todos lo dio la asistencia a los huérfanos.

A las graves acusaciones sociales que hablan desde estos hechos, la conciencia de la opinión pública ha respondido con objeciones. Los ilegítimos, se ha dicho, por ser descendientes de padres moralmente inferiores y degenerados, tienen una tara hereditaria más o menos grave y una aptitud para la vida debilitada, y por eso están predestinados de antemano a una alta mortalidad. Pero a esto se oponen toda la observación y toda la experiencia. Ciertamente hay entre los ilegítimos degenerados física y psíquicamente, pero no más que entre los legítimos. En cambio, la fuerza vital de los ilegítimos, puesto que nacen por lo general de un trato amoroso íntimo y sus padres están en la flor de la edad, es en general más robusta que la de los legítimos. Sobre todo en el campo, donde el coito prematrimonial es muchas veces la regla, el matrimonio no se contrae hasta que el primer hijo está en camino o ya ha nacido, y el reconocimiento del hijo nacido fuera del matrimonio por el padre se hace de buen grado. Spann ha demostrado en su concienzudo estudio sobre Fráncfort del Meno que los reconocimientos de paternidad son relativamente más favorables entre las obreras, las amas de llaves y las mujeres sin profesión. Si no se llega a la boda de la madre soltera con el padre de su hijo, en un número extraordinariamente grande de casos encuentra, sin embargo, otro marido. Muy a menudo la madre y el niño son también acogidos, si bien tras no pocas escenas, por la familia de la joven madre. En las capas sociales superiores, en cambio, el trato extraconyugal significa una falta por lo general imperdonable contra la moral de «la buena sociedad». Despedida de su empleo, repudiada por sus padres, evitada por la sociedad, la madre soltera de los estamentos superiores se ve ante un grave peligro económico, social y moral. En cuanto a los hombres de estos círculos, impera entre ellos la moral de que no se casa uno con la muchacha a la que ha seducido. Spann demuestra para Fráncfort del Meno que el porcentaje de reconocimientos de paternidad es tanto menor cuanto más alta es la capa social a la que pertenece la madre. El trato extraconyugal se produce, pues, en las capas sociales superiores con una ligereza incomparablemente mayor que en las inferiores. El peligro de degeneración será, por tanto, decididamente mayor para los frutos de este comercio sexual, mientras que los vástagos propiamente proletarios entre los ilegítimos traen consigo una fuerza vital originaria. Por lo demás, las madres solteras son criadas en un 43,6 % en Fráncfort del Meno, en un 36,6 % en Berlín, en un 38,5 % en Dresde y en un 30,5 % en Viena; pertenecen, pues, a un estamento en el que en general son más propias la salud y la lozanía que la debilidad física y la degeneración. También Spann reconoce que, según sus observaciones, «entre los ilegítimos la raza es mejor en el aspecto físico» y que son causas sociales las que determinan la alta mortalidad de los ilegítimos. Rosenfeld y Neumann han confirmado este hecho.

Así pues, en la gran mayoría de los padres y madres de hijos ilegítimos no se trata de individuos depravados y degenerados, sino de personas sanas y aptas para la vida, que serían muy capaces de engendrar y traer al mundo una descendencia vigorosa si no tuvieran que sufrir bajo condiciones sociales desfavorables y si los hijos no nacieran ya en medio de las influencias de su miseria, que frenan su desarrollo. Si estos tienen la suerte de llegar a condiciones semejantes a las de los legítimos, no les van a la zaga en su desarrollo en modo alguno, como atestigua Spann. Pero si permanecen en las condiciones típicas de los ilegítimos, van rápidamente cuesta abajo, física y anímicamente. Y es — así lo quiere la cruel aberración contra natura del orden social actual — mejor para ellos que la madre muera que el que siga con vida sin casarse. Es la sociedad la que aquí estrangula y mata, no la naturaleza.

Si el niño escapa de las garras de la muerte, a menudo es solo para quedar entregado a los tormentos de una muerte lenta, a veces de años. Es el punto oscuro en el pasado de la madre, la mancha en su honra social; o el padrastro siente la existencia del niño como el borrón de su existencia burguesa, por lo demás tan celosamente guardada. Así, se lo niega y se lo esconde, se lo arrincona a empujones y se lo trata como algo superfluo, como un extraño y un intruso. ¡Lo mejor sería quitarlo de en medio! Pero ningún asesinato, ningún homicidio: para eso se es demasiado cobarde. Medios más finos, más ocultos, solapados, han de conducir a la meta: alimentación deficiente, desatención física, daño deliberado a la salud, malos tratos bárbaros. Las causas de los malos tratos a menudo espantosos que se infligen a los niños se remontan muchas veces a la ilegitimidad de los desdichados niños. En Viena, de 51 niños maltratados que en un año hubo que quitar a los padres a petición o con ayuda del tribunal y poner bajo custodia ajena, 44 eran de nacimiento ilegítimo.

Si los atormentados sobreviven también a este martirio, su suerte por lo general no se vuelve mejor ni más esperanzadora. La sociedad se les cruza por todas partes poniéndoles trabas y obstruye las fuentes que nutrirían un desarrollo provechoso. Así, la inmensa mayoría de ellos perece en hospitales y asilos de incurables; municipios atrasados los dejan pudrirse entre los viejos en míseras casas de pobres o los colocan con campesinos, donde son maltratados, agotados y explotados hasta la sangre, de modo que son ancianos ya en la edad infantil, siempre extenuados y pronto al borde de la imbecilidad. Otros van a parar a casas de trabajo y correccionales, donde un espíritu rancio y un trato por lo general despiadado apagan y ahogan todo lo noble que hay en ellos. Los demás son enterrados vivos en cárceles, presidios y manicomios.

Solo son aislados los casos en que se tiende la mano salvadora a los que luchan y buscan ayuda, para preservarlos de hundirse del todo en las cloacas de la miseria, del vicio y de la vergüenza y devolverlos a la vida, a la humanidad.

¡Pero qué breve es también entonces, por lo general, la medida de su vida! La muerte, con su sombrío enjambre de mensajeros y ayudantes, camina siempre a su lado. El cuerpo debilitado, la salud minada, la constitución degenerada no están a la altura de las tormentas de la lucha por la vida. Así, les aguarda una tumba temprana. Mientras que, según el informe de Spann, de 100 varones legítimos de Fráncfort del Meno 66 entraban en su vigésimo año de vida, de los ilegítimos solo 18 alcanzaban esta edad. En Berlín, de 100 legítimos llegaron a los veinte años 53, y de otros tantos ilegítimos solo 13. Solo el 36,8 % de los ilegítimos eran aptos para el servicio militar.

Junto a la inferioridad física va la intelectual y moral. ¿Qué tiene de extraño que los ilegítimos aporten un enorme contingente al ejército de los débiles mentales y los idiotas, — que el mundo de los delincuentes, de las prostitutas, de los vagabundos, de los rufianes, etc., recluten en sus filas en tan gran medida a sus seguidores?

Hambre, desatención, privación, falta de educación, desprecio y postergación — toda una escala de sombría miseria humana se pinta en la suerte de los ilegítimos. Es la miseria proletaria elevada a la máxima potencia. La desdicha del origen proletario y de la existencia proletaria, agravada por una complicación social no merecida, pero dolorosa hasta lo insoportable.

En el desamparo del hogar sin madre

Los poetas cantan el paraíso de la infancia y los soñadores fabulan sobre el dorado país de cuento de la juventud.

Pero a los investigadores sobrios se les impone la convicción de que la propia juventud no siente en absoluto como felicidad el estado de la infancia.

Es solo la dulce resignación la que, pródiga en luz y en colores vivos, transfigura para los adultos el país desvanecido de la juventud.

El presente es gris y banal, a menudo feo y de áspera apariencia. Aun para el niño que pasa la primavera de su vida en condiciones dichosas, encierra ya muchos sufrimientos, dolores y peligros.

¡Cuánto más para el niño a quien, desde el primer día de su vida, la pobreza y la preocupación fueron sombríos compañeros de camino! Entonces el país de la juventud se convierte en un mundo lóbrego de pesadumbre y tormento.

El cuartel de alquiler (Mietskaserne), su patria. El cuarto estrecho y sofocante, su morada. El patio desnudo, su horizonte. La calle, su lugar de juegos.

Ningún jardín con flores, montones de arena, cenadores y aparatos de juego. Ningún prado junto al arroyo. Ningún bosque con sus maravillas y secretos tentadores.

El padre en la fábrica. La madre en la fábrica. Los hermanos mayores en la fábrica. En casa, desorden, suciedad y desamparo. La estufa fría. La alacena del pan cerrada con llave. Ninguna palabra cariñosa que salga a su encuentro. Ninguna mano dulce que lo abrace con ternura. En esta desolación solo queda la calle.

Cuán indeciblemente triste es la situación del cuidado y la atención de la juventud proletaria, qué enorme abandono y desatención existe en este terreno del círculo de deberes domésticos de la mujer, y tiene que existir, porque las circunstancias obligan a ello, lo ha puesto ante los ojos del mundo espantado, con contundente insistencia, una investigación del Dr. Feld sobre los hijos de las mujeres que trabajan en las fábricas.

El Dr. Feld fue movido por la gran huelga de Crimmitzschau40, hacia el cambio de año de 1903/04, a dirigir su atención a las condiciones de trabajo en la industria textil; le interesaba en especial conocer y determinar con exactitud las condiciones de atención y manutención de aquellos niños cuyas madres, a causa de su trabajo en la fábrica, no podían ocuparse por sí mismas de la vigilancia, el cuidado y la educación de su prole. Averiguó entonces que en las hilanderías y tejedurías de Crimmitzschau trabajaban unas 2000 obreras, a saber, unas 800 solteras, 971 casadas, 242 viudas, separadas y divorciadas. De 1209 mujeres que entraban en consideración para el recuento, 732 tenían en total 1462 hijos, mientras que 477 no tenían hijos. A ellos se añadían además hijos de solteras, de modo que el número total de niños que había que atender ascendía a 1605. De los 1462 niños, 567 (38,8%) no tenían aún 6 años, 895 (61,2%) tenían menos de 14 años. Las comprobaciones sobre la clase y el alcance de la atención de estos niños dieron entonces como resultado que el 39,2% era vigilado y alimentado por abuelas y el 26,5% por personas extrañas (mujeres vecinas, etc.). Es decir: en numerosos casos la abuela, que no vivía en la misma casa, a menudo ni siquiera en la misma calle, solo echaba de vez en cuando un vistazo; en otros casos, una pariente más lejana o una vecina de buen corazón, que tenían ellas mismas que atender una casa e hijos, permitía que los niños ajenos se quedaran también en su vivienda cuando hacía mal tiempo o cuando las circunstancias lo requerían. De una verdadera vigilancia y de un cuidado esmerado no podía hablarse ni de un modo ni de otro. A ello apunta ya también la circunstancia de que esta atención se prestaba de forma totalmente gratuita en el 32,2% de las familias, y en el 23,6% a cambio de una retribución de 2 Mk. semanales como máximo. Además, una quinta parte de los niños «atendidos» de esta manera no tenía todavía un año, una sexta parte 2-3 años, casi un tercio 4-6 años, otro tercio 7-10 años, casi una cuarta parte 11-14 años.

Algo más favorables eran las condiciones de los niños que en la edad más temprana se hallan «en crianza», más tarde reciben «manutención durante el día» y solo con la edad creciente quedan bajo «vigilancia», hasta que también dejan esta atrás. Pero también en su caso queda infinitamente mucho que desear; pues con una tarifa semanal de manutención de 1-3 Mk. y un pago por crianza de 2-4 Mk., como los que la estadística comprueba como habituales en general, a los gastos para el bienestar del niño acogido se le ponen por naturaleza límites muy estrechos. Sobre todo cuando la manutención, como aquí, tiene que dejar además una ganancia a quienes cuidan. Y aunque la asistencia fuera la mejor imaginable en tales circunstancias, nunca podría sustituir el cuidado en el propio hogar sostenido por el amor y la paciencia maternos.

Mientras que el 49,7% de los niños menores de 6 años y el 31,5% de los niños de 7-14 años eran atendidos por parientes, el 39,3% de los niños menores de 6 años y el 17,2% de los niños de 7-14 años estaban en manos extrañas. A los asilos de párvulos (Kinderbewahranstalten) solo se confiaba el 4,6 y el 2,6%, respectivamente, de los niños. El escaso uso de esta institución, de por sí útil, llama la atención. Su razón está en que los establecimientos a menudo están demasiado lejos de las viviendas de los padres, y en que sus puertas solo se abren a los niños cuando las madres llevan ya mucho tiempo en la fábrica. Además, los niños tienen que presentarse en el establecimiento bien lavados y vestidos; pero ¿quién va a encargarse de ese trabajo, si la madre tiene que ir a la noria antes de las seis de la mañana, mientras el niño aún está dormido? A los obreros conscientes los repele también el espíritu beato y rancio que domina los asilos de párvulos, fundados por la beneficencia privada y sometidos casi siempre a la influencia eclesiástica. Para caracterizar ese espíritu, existe por ejemplo en Crimmitzschau la increíble, pero genuinamente cristiana disposición de que debe negarse la admisión a los hijos ilegítimos, que serían los primeros en necesitar el beneficio del asilo. En consecuencia, cuando el Dr. Feld hizo sus investigaciones, el 6,3% de los hijos ilegítimos de obreras de fábrica se encontraba sin vigilancia ni cuidado de ninguna clase.

La misma suerte espantosa tenían el 50% de los hijos de viudas y el 30,9% de todos los niños en general. El 5,8% de los niños completamente abandonados a sí mismos durante el día estaba en la tierna edad de menos de un año. El hecho más cruel: ¡lactantes en la cuna, día tras día, sin cuidado, sin atención, sin asistencia materna! Ningún soplo de amor puede darles calor, ninguna mano tierna acariciarlos, ninguna boca besarlos. Nadie que los meza para dormir, que les cante canciones, que se ría con ellos; nadie que los limpie, que les arregle las almohadas, que anime y reconforte su pequeña alma hambrienta con juegos y carantoñas. La vivienda está vacía y cerrada con llave. Nadie respira en ella, salvo el pequeño gusano indefenso. La madre se mata a trabajar en la fábrica...

De los demás niños totalmente desatendidos, el 5,2% tenía de 2 a 3 años, el 7,6% de 4 a 6, el 32% de 7 a 10 y el 64,6% de 11 a 14 años. Tampoco para ellos había en todo el largo día una mano materna que los cuidara y protegiera. Ningún hogar acogedor, ninguna intimidad doméstica. Y ninguna ayuda, ningún consejo en las muchas pequeñas preocupaciones de estos años jóvenes. Ningún apoyo en los deberes escolares. Ninguna alma comprensiva en la que un corazón rebosante busque alguna vez refugio...

¿Qué es para ellos el orden? ¿Qué entienden por una vida regulada? ¿Quién los educa en la limpieza, la puntualidad, el cumplimiento serio del deber? ¿Cómo puede un niño desarrollarse físicamente en tales condiciones? ¿Cómo va a ser posible en esta esfera pobre de amor una formación del sentimiento? ¿Y cómo una educación para la moralidad, para la fuerza de voluntad, para el carácter?

Es un ejército de desheredados y proscritos desde temprano, esta pobre prole proletaria. Se acurruca y se queda por los rincones y recovecos. Busca cobijo en casa de gente extraña. Vagabundea por mercados y estaciones, en almacenes y mercados cubiertos, en el puerto, en los parques, delante de las barracas de feria. Como hojas que el viento amontona y vuelve a dispersar. Como gorriones que están en todas partes y en ninguna. La calle es su mundo...

Los maestros se quejan de mala conducta, aplicación deficiente, faltas de asistencia... ¿Quién tiene la culpa? ¿Acaso los niños?

Los filisteos claman contra el embrutecimiento de la juventud, y los curas lamentan el general asilvestramiento moral... ¿Quién carga con la responsabilidad? ¿Acaso aquellos desdichados a los que la vida agarró demasiado pronto entre sus puños?

Los tribunales condenan sin remisión a los deshonestos e inmorales que, sin haber dejado todavía la escuela, están familiarizados con todos los vicios... ¿Quién los empujó al pantano? ¿Y qué habéis hecho vosotros, qué has hecho tú, para preservarlos? —

Crimmitzschau no es el único lugar donde se abren tales abismos. Es verdad que tiene un empresariado fabril especialmente despiadado, y la explotación que este ejerce tiene fama de extrema falta de límites y de durísima brutalidad. Así, sus situaciones sociales han adquirido el carácter de ejemplos de manual. Pero en otras partes las condiciones no son mejores.

Con una población de más de 60 millones, el Imperio alemán tenía en 1907 unos 31 millones de personas de sexo femenino, de las cuales casi la tercera parte, a saber, 9492881, dependían de su propio trabajo remunerado. Desde 1895 es un aumento [de] 2814519. Del total de mujeres trabajadoras, casi la mitad (46,2%) eran casadas; y además había 278387 obreras de fábrica casadas, un aumento del 97,7% respecto a 1895. 2808864 mujeres trabajadoras vivían aún en unión conyugal; las demás eran viudas, abandonadas o divorciadas. A estas mujeres corresponden por lo menos otros tantos niños en edad escolar obligatoria. Según informes anteriores de la inspección industrial, la proporción de niños menores de seis años que tenían que atender las obreras de fábrica era en Oppeln del 46,3%, Magdeburgo 40,6%, Zittau 44%, Kassel 51,6%, Wiesbaden 51,2%, Giessen 47,5%, Erfurt 48,9%, Hildesheim y Luneburgo 42,3%, en todo el Imperio una media del 47,1%. Sin ninguna vigilancia, atención ni cuidado estaban, según los informes de 1899, en Liegnitz el 13,1%, Kassel el 17,4%, Offenbach el 13,1%, Magdeburgo el 18,2% y Darmstadt el 26,6%. Entre la cuarta y la sexta parte de todos los hijos de obreras no tenía, pues, hogar, ni cuidado ni educación, ni madre.

Cuando ella, la muy atormentada, vuelve a casa de la fábrica por la noche, empieza para ella el segundo turno de trabajo. La casa descuidada reclama sus fuerzas. En el 75% de los casos, como muestra la estadística de Crimmitzschau, en el 55-75%, como ha comprobado la Dra. Rose Otto en su investigación sobre el trabajo fabril de las mujeres casadas, tiene que atenderla ella sola. Para los niños, cuyos brazos anhelantes se tienden hacia ella, solo queda una fracción de la solicitud y el esfuerzo. Y bajo la carga del interminable tormento del trabajo se ahogan a menudo, en el propio corazón materno, la bondad y el amor...

En el mito cristiano, los piadosos se arrodillan en el polvo ante el Niño para adorarlo y colmarlo con los honores de una realeza celestial.

En la realidad de esta vida, la sociedad cristiana pisotea al hijo de los pobres, que nace en establos y yace acostado en pesebres, le arranca a su madre y lo abandona sin miramientos a todos los azares y peligros.

La merma física y mental

Los hijos de los ricos crecen al sol y en la abundancia hasta la belleza, la plenitud y la fuerza.

Pero los hijos delgados y pálidos de la pobreza son como plantas marchitas y atrofiadas en un campo pobre. Retoños sin fuerza, que llevan en sí todos los signos de unas condiciones de crecimiento insuficientes y de una temperatura social sin amor.

El capitalismo, que ha hecho de la depauperación, el hambre, los achaques y la degeneración fenómenos de masas, crea con la descendencia de sus víctimas un ejército de enanos, estrechos de pecho, lisiados, enfermizos, inferiores...

Sin piedad golpea a la juventud del proletariado con el terrible azote de la ruina de la salud.

Pero no es más cruel allí donde, de un tirón brusco, apaga esperanzas de vida y quiebra flores humanas, sino allí donde arrebata al superviviente todo lo que sería necesario para dejarle vivir una vida humana plena. Donde convierte la existencia en una lucha de décadas con el hambre, la enfermedad, la muerte, para trocar al fin la victoria final del luchador por la vida en una victoria pírrica. Hagamos desfilar primero a los enanos.

Los enanos y los atrofiados

Desde hace décadas, médicos y pedagogos han realizado en escolares mediciones, reconocimientos y controles de peso para determinar las condiciones de crecimiento y desarrollo durante los años escolares. Los resultados han dado informaciones sorprendentes, en parte aterradoras, sobre la gran medida en que la juventud proletaria, en cuanto a su desarrollo físico, tiene que sufrir por lo desfavorable de sus condiciones sociales, y por consiguiente se queda atrás respecto a las metas alcanzadas por la juventud burguesa.

Hace unos treinta años, el fisiólogo sueco Axel Key, por encargo de una comisión, realizó en gran escala investigaciones de higiene escolar, cuyos resultados consignó en una obra que hizo época. Trata en ella, entre otras, también la cuestión de cómo se comporta el crecimiento corporal en estatura y peso de los niños de las clases más pobres frente al de los hijos de padres mejor situados durante el tiempo de asistencia a la escuela. Literalmente expone: «Está demostrado que los niños de las clases más pobres son menores en estatura y peso que los de la misma edad de los estamentos mejores. En todas partes existe la diferencia a favor de los mejor situados. El resultado de la comparación prueba de manera llamativa la gran influencia que las circunstancias de vida ejercen sobre el crecimiento y el desarrollo del niño». En tablas adjuntas se hacían visibles en detalle las diferencias en la constitución física entre hijos de burgueses y de proletarios. En los niños, la diferencia de estatura llegaba hasta 6 cm de los ocho a los diez años de edad y hasta 5 cm de los once a los quince años; en las niñas, hasta 3 cm. La diferencia de peso ascendía en los niños, de los ocho a los diez años, hasta 3 kg; de los once a los quince años, hasta 5 kg; en las niñas, hasta 3 kg.

Las comprobaciones de Axel Key causaron gran sensación, aunque no aportaban mucho nuevo; el propio Key podía ya remitirse a investigaciones de fecha anterior. Varias décadas antes que él, el estadístico belga Quetelet había hecho registros semejantes con resultados semejantes. También en Dinamarca una comisión oficial constituida en 1882 había examinado diversas cuestiones relativas al desarrollo de los niños, efectuando mediciones en más de 29000 niños de escuelas populares superiores e inferiores, en las ciudades y en el campo, con un resultado que más tarde llevó a Axel Key, al constatar la diferencia entre la constitución física de los niños acomodados y la de los más pobres, a observar que también la comisión danesa había obtenido tales resultados. Además, ya antes Florence Keller y Bowditsch-Boston habían realizado en América mediciones corporales en niños; este último en 24595 casos, distinguiendo la nacionalidad y la condición social de los padres. En Inglaterra emprendió este trabajo Ch. Roberts con 22000 adultos y muchachos, teniendo en cuenta las condiciones sociales; también él halló que los hijos de familias acomodadas mostraban invariablemente mayores estaturas que los pobres. En menor escala, el prof. Pagliani-Turín efectuó mediciones en 2000 personas de tres a diecinueve años de edad, pero también él encontró confirmada la influencia perniciosa de unas condiciones de vida desfavorables sobre el desarrollo de los niños. En Alemania hicieron primero mediciones de escolares Kotelmann en Hamburgo, Landsberger en Posen y Carstadt en Breslavia. Les siguieron, movidos por la obra de Axel Key, Michailow-Erisman en la Rusia central, Kosmorski en Varsovia, Schmid-Monard en Halle del Saale, Schmidt en Saalfeld, y además Oppenheimer, Zeising, Russow, etc. Casi todos los observadores coinciden en que los niños de las capas más pobres de la población están claramente en desventaja frente a los de las clases acomodadas en cuanto a la estatura y el perímetro torácico, así como en toda la constitución física.

Algunas mediciones y sus resultados merecen especial atención.

En 1886, el consejero médico Dr. Geißler y el candidato Uhlitzsch examinaron en el distrito de inspección escolar de Freiberg, en Sajonia, la talla de los escolares. En el informe correspondiente figura una tabla que compara la talla de los hijos de mineros con la de los alumnos de las escuelas burguesas (Bürgerschulen) de Freiberg. Muestra de forma evidente que los pobres vástagos de proletarios estaban sin excepción menos desarrollados que la descendencia del estamento burgués mejor situado. A los diez años eran por término medio 5,1 cm más bajos, a los catorce 4,7 cm, en los demás años por lo menos 2,3 cm; las niñas, en todos los casos, hasta 5,1 cm. «Se podrá ver», dice el informe, «qué influencia son capaces de ejercer sobre el desarrollo del cuerpo las condiciones de vida en que crecen los niños... Se confirma de nuevo la afirmación del estadístico y médico francés Villermé, según la cual el hombre se hace tanto más alto y su crecimiento alcanza tanto más rápidamente su plenitud cuanto más rico es el país, en igualdad de circunstancias, cuanto más general es el bienestar, cuanto mejores son el vestido, la vivienda y sobre todo la alimentación, y cuanto menores son la necesidad, los esfuerzos y las privaciones que se padecen en la infancia y la juventud».

Menos valiosas informaciones en este sentido ofrece una estadística levantada por el antiguo diputado de Leipzig prof. Hasse sobre las condiciones de crecimiento de los alumnos de las escuelas populares de Leipzig-Gohlis, porque no entra en una comparación entre hijos de proletarios e hijos de familias burguesas. Con todo, resulta el hecho de que un alumno de escuela popular41 de Gohlis queda por detrás de un hijo de la burguesía berlinesa, en estatura, en dos años enteros de crecimiento.

Para Viena, el Dr. Telecky comprobó que los hijos de la gente pobre pesan 3 kg menos, son por término medio 7½ cm más bajos y tienen un perímetro torácico 5 cm más estrecho que los hijos de padres acomodados.

Entre los escolares de Dresde, el maestro Graupner realizó mediciones muy cuidadosas. Según su informe, presentado en el Congreso de Higiene Escolar de Núremberg en 1904, en Dresde asistían a las escuelas burguesas (Bürgerschulen) 13000 niños acomodados y a las escuelas de distrito (Bezirksschulen) 44000 de menos recursos42. He aquí la talla media en el primer año escolar:

Escuela burguesaEscuela de distrito
Niños117,4 cm112,7 cm
Niñas116,2 „112,3 „
en el octavo año escolar:
Niños150 cm147 cm
Niñas153,7 „150,7 „

En general, los alumnos de las escuelas burguesas llevan a los de las escuelas de distrito una ventaja de un año de crecimiento. Si se trata de barrios con grandes diferencias sociales, la ventaja llega incluso a dos años de crecimiento. Los alumnos de las escuelas de distrito solo alcanzan en el tercer año escolar la talla que presentan los de las escuelas burguesas al entrar en la escuela. El paralelismo entre desarrollo físico y medio social queda, pues, demostrado de forma convincente también por esta investigación.

Mencionemos además un trabajo muy minucioso del Dr. Rietz, referido a la situación berlinesa. El Dr. Rietz examinó a los alumnos y alumnas de tres Gymnasien43, una escuela secundaria de niñas y cuatro escuelas municipales (Gemeindeschulen), en total 5134 niños, en cuanto a estatura, perímetro torácico y peso. Como conocía la bibliografía pertinente y tenía claro lo diversos que habían sido hasta entonces los hallazgos obtenidos en niños burgueses y proletarios, calculó los resultados procedentes de hijos de padres acomodados por separado de los de niños más pobres. El efecto fue que también sus hallazgos dieron grandes diferencias en el desarrollo físico en perjuicio de los peor situados. «Tanto los niños como las niñas de las escuelas secundarias son por término medio de 5 a 6 cm más altos y de 3 a 5 kg más pesados que sus compañeros de edad de las escuelas municipales». En algunos casos la diferencia de estatura llega en los niños hasta 9,4 cm, en las niñas hasta 7,1 cm. «Los hijos de la clase acomodada son desproporcionadamente más pesados que los de la más pobre, sin duda a consecuencia de una mejor alimentación. Resulta que los hijos de padres acomodados se distinguen más por el peso, mientras que los hijos de padres más pobres se hacen notar por una menor estatura». También el perímetro torácico medio es en los niños más pobres por término medio 3 cm más estrecho que en los más ricos. En la relación entre peso y estatura «se manifiesta claramente el retraso en el desarrollo de los niños más pobres; es como si su columna de cifras (en la estadística) estuviera desplazada un año hacia abajo». La observación de que los pobres quedan por detrás de los ricos en por lo menos un año de crecimiento en el desarrollo físico halla así nueva confirmación.

Mencionemos por último un informe del Departamento escocés de Educación sobre el desarrollo físico de los escolares de Glasgow. Se pesó y midió a 72857 escolares: 36883 niños y 35974 niñas. De ellos, el 8% vivía en viviendas de una sola habitación, el 58% en viviendas de dos habitaciones, el 24% en viviendas de tres habitaciones y el 10% en viviendas de más de tres habitaciones. El resultado de las mediciones fue que los niños que venían de viviendas estrechas quedaban por detrás, tanto en peso como en altura, de los niños de viviendas espaciosas. El número de niños medidos es tan considerable y los resultados son tan uniformes que de ello puede sacarse la conclusión de que el desarrollo físico de los niños depende principalmente de las condiciones materiales.

Porque lo desfavorable del medio social roba al niño proletario alimento, cuidado, aire y sol, quedan impedidos su pleno despliegue y su prosperidad, paralizado el crecimiento, y la atrofia se convierte en un destino amargo.

Los reconocimientos médico-escolares

Aún más gravemente se expresan la menor aptitud para la vida y el estado de salud más deficiente de la juventud proletaria en los resultados de los reconocimientos médico-escolares, que por desgracia solo se han introducido desde hace pocos años y, por ahora, también solo en una medida relativamente limitada.

Los informes de los médicos escolares dejan ver que el estado de salud de la juventud de las escuelas populares es malo más allá de toda idea.

El cuadro total de la constitución física muestra en los niños de las capas más pobres casi sin excepción una fuerza vital debilitada y una menor resistencia. El porcentaje de niños de mala constitución, escribe Bloh en la Pädag. Reform [Reforma pedagógica], es cinco y hasta diez veces mayor que en las escuelas medias. En efecto, según han mostrado minuciosos reconocimientos médico-escolares, los alumnos que empezaban la escuela en Núremberg presentaban un estado de salud tres veces peor, en Fráncfort del Meno un estado ocho veces peor que las alumnas de la misma edad de la escuela secundaria de niñas. En Brunswick, el 8,8% de todos los alumnos que empezaban la escuela tenía una mala constitución física. En Leipzig, donde el médico de distrito municipal examinó en 1910 a 9877 niños en total, la complexión de los niños era mediana o mala en el 39,9% en las escuelas burguesas superiores, en el 44,1% en las escuelas burguesas simples y en el 55,7% en las escuelas de distrito. De modo muy parecido, investigaciones anteriores habían dado un empeoramiento del dictamen sobre la constitución a medida que descendía el rango de la escuela. Así, según las publicaciones del Dr. Poetter, de los escolares de Leipzig tenían buena constitución el 54,7% en las escuelas burguesas y solo el 43,5% en las escuelas de distrito; en cambio, la tenían mediana o mala solo el 45,3% de los primeros y el 56,5% de los segundos. Por término medio, el 40% y más necesitaba tratamiento médico. En Apolda, solo el 33% de los niños daba una buena impresión de salud. En Wilkau, un año solo estaban sanos el 9,8% de los niños examinados por primera vez y el 27,4% de las niñas; otro año, solo el 5,7% de los niños y el 33,6% de las niñas; el 90,2 y el 94,3%, respectivamente, de los niños presentaba alguna enfermedad, algún achaque o alguna deficiencia física.

En muchos casos, la complexión desfavorable se reconoce directamente como consecuencia de una alimentación insuficiente. En el informe de los médicos escolares de Charlottenburg de 1906 se dice que las enfermedades y las inferioridades constitucionales del material escolar estaban causadas, en número llamativo, por la desnutrición; no en vano la anemia, con no menos de 462 casos, figuraba entre las enfermedades tratadas con más frecuencia. En Offenbach, de 2116 niños, el 37% estaba mal alimentado; se distinguían desfavorablemente de los demás por la debilidad general, la delgadez, la musculatura flácida, la tez pálida y la complexión estrecha. En Stuttgart, el médico municipal Dr. Gaspard comprobó en el 18,9% de los niños un estado de nutrición insatisfactorio. En Berlín, el Dr. Bernhard examinó las condiciones de alimentación de 3700 niños de su distrito escolar y comprobó que solo el 42,7% de los niños y el 39,1% de las niñas estaban bien o satisfactoriamente alimentados. En 1907-1908 se constató una disposición constitucional morbosa en el 12,9% de los nuevos alumnos de Berlín. «La causa de la enfermedad», escribe el prof. Dr. Hartmann en el informe anual médico-escolar de 1905-1906, «ha de buscarse principalmente en condiciones domésticas desfavorables, en una alimentación insuficiente, un cuidado deficiente, malas condiciones de vivienda».

De otros resultados notables de los reconocimientos médico-escolares que iluminan la miseria física de la juventud proletaria, citemos unos pocos. En Berlín, de 33000 alumnos nuevos, el 31,6% presentaba defectos y enfermedades físicos o mentales; en Núremberg, el 50%; en Dresde, el 50,5%; en Leipzig, más del 40%. En Wiesbaden, el Eldorado de la alta finanza y de la aristocracia, de 883 reclutas escolares no menos de 583 estaban más o menos enfermos; otro año, de 985 incluso 748, es decir, el 76%. Las escuelas medias solo presentaban el 42,3%. Como de desarrollo físico deficiente se halló al 2,4% de los alumnos de las escuelas medias y al 5,6% de los de las escuelas populares. En Radebeul, cerca de Dresde, de 200 niños examinados por el médico escolar, 185 padecían escrofulosis, 160 caries dental, 21 miopía, 18 pólipos nasales, 12 afecciones de las amígdalas, 12 sordera parcial, etc. En Schöneberg, cerca de Berlín, de 1555 niños apenas uno solo pudo calificarse de completamente sano. En Arnstadt estaba enfermo el 40% de las alumnas; de ellas, 110 padecían de la vista o eran miopes, 65 de los oídos, 22 de la nariz, 27 del corazón, 31 tenían enfermedades de las vías respiratorias, 14 del estómago o del intestino, 44 de los nervios, 19 de los huesos o las articulaciones, 80 eran cloróticas, escrofulosas y raquíticas, 17 tenían defectos del habla, 8 eran de constitución débil en general, 14 padecían enfermedades de los vasos linfáticos. ¡Y estas muchachas enfermas y débiles han de traer un día al mundo una generación sana y apta para la vida!

La pobreza como causa de enfermedad

Los médicos perspicaces saben que numerosas manifestaciones patológicas experimentan un aumento evidente por las adversidades y circunstancias de vida particulares del medio proletario.

Así, por ejemplo, el prof. Rabe comprobó que las enfermedades del oído y las afecciones auditivas están mucho más extendidas entre los alumnos de las escuelas populares que entre los de los centros de enseñanza secundaria. La causa la veía en las míseras condiciones sociales en que el proletariado está obligado a vivir. Al grupo de las afecciones de oído más graves y pertinaces, la edad infantil aporta cerca del 40%, casi exclusivamente hijos de proletarios. El prof. Ostmann-Marburgo halló que en los pueblos de los alrededores más próximos de Marburgo habitados por una fuerte población obrera se daban, proporcionalmente, la mayoría de las enfermedades del oído de todos los distritos que examinó. La población es pobre y sucia en alto grado. Una consecuencia de estas condiciones es la frecuente aparición de enfermedades infecciosas, en cuyo curso no rara vez se desarrollan enfermedades del oído. Así, en algunas localidades el número de enfermedades del oído subió hasta el 55%.

En cuanto a la tartamudez, está comprobado que el raquitismo y la escrofulosis, las enfermedades de los húmedos sótanos habitados y de las oscuras casas traseras, crean una predisposición inconfundible a esta afección. Klencke opina incluso que la tartamudez es un síntoma y fenómeno reflejo de una escrofulosis manifiesta u oculta. Coën le da la razón. Más lejos va todavía Berkhan, que señala el raquitismo como causa principal de la tartamudez y la llama una afección de la población más pobre.

La sordomudez se remonta muchas veces, según las investigaciones de Moos, Lemcke y Uchermann, al raquitismo y la escrofulosis. Brauckmann declara: «En lo que toca a las condiciones sociales, es un hecho que las capas más pobres e incultas del pueblo proporcionan un porcentaje mayor de sordomudos que las acomodadas y cultas. La alimentación deficiente y el modo de vida malsano de padres e hijos, en general las malas condiciones higiénicas, crean en mayor medida predisposición a enfermedades que traen consigo afecciones del oído, y el cuidado deficiente de los niños deja que los estragos se extiendan más, tanto más cuanto que todavía faltan en muchos sitios médicos suficientemente familiarizados con el tratamiento de las enfermedades del oído».

De la ceguera dice un viejo refrán que es hija de la pobreza. En efecto, de cada siete niños ciegos, seis proceden siempre de padres pobres. Entre las causas figuran en primer lugar, según el prof. Magnus, las enfermedades físicas, ante todo el tifus, el sarampión y la escarlatina, y después las lesiones y los descuidos en el manejo de instrumentos peligrosos. El niño de padres proletarios, casi siempre mal vigilado, está por ello mucho más expuesto al peligro de quedar ciego que el niño de los estamentos y clases acomodados.

En cuanto a la salud de los dientes, se comprobó en Estrasburgo (Alsacia) que, de 10661 niños examinados, solo 165 tenían una buena dentadura. Habrían tenido que existir 252552 dientes; solo existía el 67,3%, y de ellos el 43% estaba sano. El cuidado de los dientes, como demuestran amplias estadísticas, está en general muy descuidado. Una segunda investigación en Estrasburgo dio que en 2000 niñas el 31,9% y en 2000 niños el 30,5%, es decir, alrededor de un tercio de todos los dientes, estaban enfermos. Una dentadura completamente sana solo la tenían 42 niñas (2,1%) y 62 niños (3,1%). Otro año, de todos los dientes que debían existir, dos tercios estaban enfermos o faltaban, y de los existentes, a su vez, más de la mitad estaba enferma. En Dresde, la oficina central de higiene dental examinó a 47000 escolares; a cada niño correspondían por término medio 7½ dientes enfermos, es decir, uno de cada tres dientes estaba enfermo. En Hagen (Westfalia), dos dentistas comprobaron que, de 5000 escolares, solo 254 (5%) tenían una dentadura sana; todos los demás sumaban juntos 30000 dientes enfermos, es decir, por término medio de 6 a 7 en cada niño. Además, el porcentaje de niños con la dentadura enferma era en Aschaffenburg del 99% (de dientes enfermos, el 33%), Berlín 99% (31%), Friburgo 99% (35%), Halle 94% (22%), Hamburgo 98%, Hannover 93% (27%), Rudolstadt 93% (28%), Schleswig-Holstein (19 ciudades) 92%, Estrasburgo (1903) 97,5% (31%), Augsburgo 99,4%. En suma, los reconocimientos médico-escolares y odontológicos han dado como resultado que del 78 al 99% de todos los escolares tienen dientes enfermos. En Estrasburgo se encontraron incluso en las escuelas de párvulos, en 646 niños de 3 a 6 años, solo 91 dentaduras sanas, pero en cambio 2949 dientes enfermos, entre ellos 778 con las raíces supurantes. 17 niños tenían ya cariados 30 dientes permanentes que solo llevaban medio año en la boca. En 3 niños estaban enfermos todos los 20 dientes, y 27 tenían cada uno de 10 a 15 dientes enfermos. 15 niños tenían hinchazones supurantes y 4, fístulas. Qué gran peligro encierra el alto porcentaje de dientes enfermos para la salud de los niños lo deja ver el hecho de que los dientes cariados constituyen en la edad infantil una de las principales puertas de entrada del bacilo de la tuberculosis.

Todos estos datos, con los que el material disponible no queda agotado ni siquiera en lo principal, prueban con estremecedora insistencia que el estado de salud de la juventud proletaria ofrece un cuadro horroroso. «En un número infinitamente grande de casos», escribe el profesor auxiliar (*Privatdozent*) Dr. Seiffert, «la inferioridad física de los niños no se debe a una inferioridad originaria de las sustancias germinales, sino exclusivamente a lo desfavorable de las circunstancias externas. Así, la baja estatura de los hijos de los pobres, su anemia, raquitismo y escrofulosis, son muy a menudo exclusivamente la consecuencia de su alimentación insuficiente, ya en el seno materno o después del nacimiento, y miles de niños miserables podrían aún convertirse en personas robustas y normales si se los pudiera trasladar a tiempo a buenas condiciones de vida».

La enfermedad proletaria

Como una siniestra estranguladora hace estragos la tuberculosis entre los hijos de los pobres. Peor que la peste y el cólera, avanza blandiendo su terrible azote por los barrios populosos del proletariado, exigiendo víctima tras víctima. Mientras la ciencia y la higiene social han hecho frente con éxito, al menos en parte, a sus estragos entre la población adulta, entre la juventud en edad escolar de las clases pobres mata de forma tanto más cruel e implacable.

La mortalidad por tuberculosis era, por cada 10000 niños de 5 a 10 años de edad,

en el sexo masculinofemenino
18763,604,75
19023,62 (+ 0,56%)5,32 (+ 11,6%)
de 10 a 15 años de edad
18764,067,38
19024,08 (+ 0,49%)7,61 (+ 3,1%).

Según el Dr. Kirchner, la mortalidad por tuberculosis de los escolares representaba en 1905

casi el 60% de las defunciones por enfermedades contagiosas
„ 25% de la mortalidad total de los escolares.

En Prusia murieron de tuberculosis, de cada 10000 niños

de 6 a 10 años de edad18768,35
19029,94 (+ 19%)
„ 11 a 15 „187611,44
190211,69 (+ 2,1%).

En Berlín murieron

de 6 a 10 años de edad187610,69
190212,55 (+ 17,4%)
„ 11 a 15 „187610,47
190212,97 (+ 24%).

De la lucha contra la tuberculosis, por tanto, la juventud proletaria no se ha beneficiado hasta ahora en lo más mínimo.

Pero la cifra de mortalidad no deja reconocer sin más la cifra de morbilidad. Esta es, por el contrario, incomparablemente más alta.

De todos los alumnos de las escuelas populares de Düsseldorf, todos los que padecían de los pulmones de forma crónica o que eran por otra razón sospechosos de tuberculosis fueron examinados, además de mediante un detenido reconocimiento físico, mediante la vacunación de Pirqut44; reaccionaron no menos del 46%, que fueron así declarados tuberculosos. Hasta qué punto la enfermedad estaba condicionada por el medio social de los niños lo muestran las cifras siguientes: el 53,3% de los tuberculosos eran hijos de simples obreros, el 39% hijos de obreros cualificados, artesanos y pequeños industriales, el 7,5% de pequeños funcionarios y empleados. De familias numerosas (de seis miembros o más) procedía el 61,1%; el 63,1% no tenía cama propia. En el 56,3% pudo demostrarse una carga hereditaria por parte de la familia más próxima, en el 87,9% por parte de la parentela más lejana. Pero ¿cómo se infectaban los niños sin carga familiar? Por el contacto estrecho en los rellanos, escaleras y patios de los densamente poblados barrios obreros, que tienen que servir a los niños pobres de lugares de juego y recreo. Seguramente también por la permanencia durante horas en aulas abarrotadas, donde el aire viciado y el polvo dañan los pulmones y el estar sentado mucho tiempo con las manos juntas dificulta la respiración.

En primer lugar, desde luego, el contagio se producirá en la familia. Porque la tuberculosis no es solo enfermedad proletaria, sino también enfermedad de la vivienda. La convivencia estrecha y prolongada de los niños con padres o hermanos tuberculosos en habitaciones comunes, e incluso el dormir con ellos en camas comunes, ofrece mil posibilidades de transmisión de la enfermedad. La caja local de enfermedad de comerciantes y farmacéuticos de Berlín, es decir, de profesiones mejor pagadas, ha comprobado en una estadística de la vivienda que 700 de sus afiliados varones enfermos de los pulmones y 617 mujeres enfermas de los pulmones vivían en familias, y 200 hombres y 133 mujeres en camas alquiladas, y por cierto en habitaciones pequeñas y estrechas que tenían que compartir con cuatro a seis personas. 748 hombres enfermos y 853 mujeres enfermas tenían además que admitir en su cama a otras personas. De ellas, 132 hombres y 151 mujeres estaban enfermos de los pulmones. En Leipzig, según una investigación de la caja local de enfermedad que abarcó a 1700 enfermos, 41 hombres y 9 mujeres enfermos de los pulmones compartían su cama con otros. En Kottbus, la caja local de enfermedad comprobó que 160 enfermos de los pulmones tenían que compartir la habitación con otras personas, y con 14 adultos y 19 niños también la cama. En una indagación sobre las condiciones familiares y de vivienda de los enfermos de los pulmones varones tratados en Grabowsee, el Dr. de la Kamp halló que el 46% de las esposas y el 19% de los hijos estaban también enfermos de los pulmones; el 63% de los hijos era escrofuloso, y tenía, pues, todas las probabilidades de volverse tarde o temprano también tuberculoso. Al Naturarzt [El Médico Naturista] escribía un maestro de escuela popular: «De mis 50 alumnas, la mayoría, unas 32, dormían con los padres; 11 de tres en tres; 4 de cuatro en cuatro en una cama. En un caso dormían 5 en una cama. En una familia encontré en una cama 4 niños, de los cuales una niña, mi pequeña y pálida alumna, estaba gravemente enferma de los pulmones. Por la noche la niña tosía tanto que molestaba en su sueño a los demás hermanos. Un aire corrompido y maloliente como el que reinaba en aquella habitación tenía que ser veneno para el pulmón enfermo de la niña. En Nochebuena la niña murió en el hospital. El mismo día la madre dio a luz un niño, que murió también siendo lactante. En esta familia correspondían 30 Pf. de ganancia diaria a cada cabeza». Aún más espantoso es el cuadro de miseria que un inspector de la caja de enfermedad describe de una vivienda de patio en la Liebigstraße de Berlín: la vivienda consta de un cuarto (4 m de largo, 3,60 m de ancho, 3 m de alto) y una cocina. El aire es casi insoportable, el suelo sin pintura y negro de suciedad. En los rincones había trapos y desperdicios. En el cuarto duermen siete personas. En el sofá, sobre el que hay un jergón y que está ensanchado con dos sillas colocadas delante, duermen cuatro muchachos, de dos en dos, tapados con un edredón ligero sin funda, mientras que en la única cama yacen el hombre y la mujer. En un cochecito de niño yace un niño de cuatro semanas, enfermo de tuberculosis. Grita día y noche, los hermanos pasean el cochecito, el cuidado falta por completo. El hombre está enfermo de reumatismo e incapacitado para el trabajo. La mujer cose sacos en la cocina para conseguir pan. Gana, con una jornada de 10-12 horas, 0,75-1 Mk. Se calienta rara vez, según haya dinero para combustible.

Tan horrible miseria de la vivienda, unida a la privación, la enfermedad, la suciedad, el trabajo duro y todos los demás horrores y penalidades que la criatura atormentada es capaz de soportar, crea verdaderos focos de cría para la tuberculosis y entrega a miles y decenas de miles de las filas de la juventud a las fauces de la epidemia asesina.

Numerosas investigaciones de tiempos recientes, en especial las del Dr. Herrfurth, han confirmado, en efecto, que son en primer lugar los *alumnos de las escuelas populares*, y entre ellos a su vez los hijos de la gente más pobre, los más castigados por la tuberculosis. Caen víctimas de ella hasta en un 94%. En una conferencia sobre higiene y sufragio femenino (Dresde, 1911), la señorita A. v. Welczeck lamentó, en su ponencia sobre protección de la infancia y asistencia a la juventud, que el trabajo de asistencia social no tuviera en absoluto en cuenta a los niños de 2 a 6 años, «aunque está establecido, sobre la base de investigaciones científicas, *que el contagio general del pueblo por la tuberculosis está ya consumado al comienzo de la edad escolar obligatoria*».

La tuberculosis se prepara en la edad infantil casi siempre mediante la escrofulosis, que, en eso los médicos están más o menos de acuerdo, ha de considerarse la forma primaria normal de la tuberculosis. La escrofulosis es la enfermedad típica de la juventud proletaria. Un estigma de Caín de su origen y un atributo de su clase. En Hamburgo, los médicos escolares comprobaron en 1908 que, de 77000 niños examinados, 15000 eran anémicos y escrofulosos. En Mannheim, según el informe de la administración de beneficencia, en 1906 no menos de 277 niños menores de 14 años, junto a solo 5 adultos, recibieron tratamiento de los médicos municipales por escrofulosis. En Berlín, el Dr. Ritter comprobó escrofulosis en el 90% de todos los niños que examinó. Y en el primer congreso sobre la tuberculosis, en Berlín, confirmó la comunicación que el Dr. Petruschky-Danzig había hecho, en medio de gran conmoción de la asamblea, a saber, que el 85% de todos los niños debía considerarse portador de los gérmenes de la enfermedad tuberculosa. Otros médicos se han adherido a esta terrible comprobación, y numerosos resultados de investigaciones la han confirmado una y otra vez, en parte en toda su extensión, en parte en medida considerable. Así, en Mannheim, en 1906, junto a 349 adultos, ya 196 niños menores de 14 años recibieron tratamiento de los médicos municipales por tuberculosis a instancias de la administración de beneficencia. En el Instituto de Patología de Múnich se comprobó una frecuencia de la tuberculosis en la edad infantil de hasta el 48,8%. En Rathenow, el médico escolar constató afecciones tuberculosas en 57 de 136 niños (42%); en Kirchberg, una localidad industrial de los Montes Metálicos, en 38 de 71 niños (54%). ¡Un espectáculo horroroso, esta mortandad en masa de la juventud proletaria!

Niños lisiados

En el largo cortejo de dolor del «pueblo inmenso, cansado de caminar, de color de tierra», que desfila ante nuestros ojos espirituales, no han de olvidarse finalmente tampoco los niños lisiados.

Un ejército de torcidos y cojos, contrahechos y jorobados, renqueantes y mutilados sube tropezando, cojeando, arrastrándose y bamboleándose... «Miembros desgarrados y semblantes desfigurados...»

A instancias de la Central alemana de asistencia a los lisiados, los gobiernos de los estados federados alemanes realizaron en 1906-1907 un censo de lisiados. Dio 89782 lisiados jóvenes. Con todo, Baviera con 10244, Baden con 2919 y Hesse con 1436 solo contaron a los lisiados en edad escolar. En los demás estados se tuvo en cuenta a todos los niños hasta los catorce años cumplidos. Solo Prusia cuenta 52000 y Sajonia 10000 lisiados jóvenes. El Dr. Bisalski, que elaboró los resultados del censo, comunica que las afecciones más frecuentes de los lisiados son la parálisis (16,4%), la tuberculosis (15%), la escoliosis, sobre todo la deformación de la columna vertebral (12%), y el raquitismo (9,5%). 6556 niños tienen, además de la deformación, otras afecciones y achaques, es decir, son sordomudos, ciegos, etc. Además, 8481 (8,5%) eran débiles mentales o imbéciles. Más de la mitad de los desdichados necesita en todo caso la ayuda de la colectividad, que sin embargo no se les concede. Hay miles de millones para acorazados, aventuras coloniales y listas civiles, pero no para la exigencia de humanidad de procurar a 53000 niños lisiados un hogar y un lugar de cuidado bajo vigilancia médica. De los 39 establecimientos en que solo están alojados 3300 lisiados, ni uno solo ha sido creado por el Estado.

Los niños dignos de compasión que, a miles, quedan así en la más completa indefensión a merced de las duras tormentas de la vida, se reclutan en su inmensa mayoría entre la descendencia del proletariado. De los 1512 niños lisiados del Samariterhaus de Cracau, cerca de Magdeburgo, solo 83 procedían de familias con recursos. En los demás, sin recursos, eran mucho menos las lesiones y mutilaciones, las disposiciones congénitas defectuosas o las malformaciones las causas del achaque que las enfermedades de toda clase y el cuidado deficiente. La escarlatina, la difteria, sobre todo la tuberculosis, la enfermedad del proletariado, y no menos el raquitismo, que prospera en los húmedos sótanos habitados y ataca a los niños mal cuidados y mal alimentados, pusieron casi siempre el germen de las deformaciones corporales. Por la destrucción tuberculosa de las vértebras se forman jorobas de alto grado; por la debilidad muscular, espaldas planas; por el reblandecimiento raquítico de los huesos vertebrales, espaldas redondas; por las curvaturas raquíticas de la columna vertebral, escoliosis; por los procesos de descomposición tuberculosos, las temidas inflamaciones de la articulación de la cadera, etc. Los vemos ante nosotros, los enanos deformes con la joroba puntiaguda o la giba ancha, las piernas delgadas y las manos raquíticas, que se mueven con grotescas contorsiones. Ofenden nuestra vista, atormentan nuestro sentido de la belleza, provocan a ruidosa protesta nuestro sentido de la proporción y de la forma noble. Y sin embargo quisiéramos inclinarnos hacia ellos llenos del consuelo y la ayuda que fría y despiadadamente se les niegan. Por lo menos el 80%, se dice en un llamamiento que encabezaba con su firma el presidente superior de la provincia del Rin, de «estas pobres criaturas, que en parte arrastran en la pobreza más agobiante una existencia indigna de seres humanos», podrían aún ser curados y mejorados si el Estado, que dejó que se convirtieran en lisiados, se apiadara de ellos. ¿O no es el Estado el que concede a la producción capitalista el más amplio margen y un despliegue sin límites, de modo que millones de personas quedan físicamente arruinadas por el exceso de trabajo, la desnutrición, unas míseras condiciones de vivienda, un modo de vida antihigiénico y un cuidado deficiente en caso de enfermedad? ¿Que se vuelven incapaces de engendrar una descendencia sana? ¿Que las mujeres, debilitadas y enfermas por un trabajo remunerado continuo y nocivo para la salud, ya no pueden dar la vida a un niño sano? ¿Es casualidad que Sajonia, el país con mayor trabajo femenino, presente no solo la mayor mortalidad de lactantes, sino también la mayor frecuencia de lisiados? La circunscripción (Amtshauptmannschaft)45 de Dresde con 2654, Leipzig con 2283, Chemnitz con 2065, Zwickau con 2616, Bautzen con 813 niños lisiados: ¿no son estas cifras espantosas? ¡Y de ellos, 665 niños son además débiles mentales, 63 imbéciles y 856 necesitados de asilo!

En la sala de la fábrica, la obrera embarazada está de pie hasta el último día, incluso hasta la última hora antes del nacimiento del niño. La postura constantemente encorvada dobla hasta la deformidad los tiernos huesos del pequeño ser en gestación: nace un lisiado.

En la obra, la peona acarreadora se mata a trabajar pese a su estado, que pide miramientos. Un golpe en el vientre: el niño será un lisiado.

En las fábricas químicas de venenos, donde gases y vapores nocivos para la salud apestan el aire, se presentan en las mujeres procesos morbosos en el útero. Tras muchos abortos, por fin un fruto llevado a término, pero marcado con el estigma de la deformidad.

Al niño sano lo amenazan las enfermedades infecciosas, el raquitismo, la tuberculosis, la debilidad nerviosa, que traen siempre consigo el peligro de una deformación, y lo que al final respetan, cae como presa del accidente. Solo en Baviera, según la estadística citada, de 9637 niños lisiados 2572 habían llegado a su achaque por accidentes; de ellos, 1362 en la agricultura. Y todos sin excepción hijos de la población pobre. Entre los obreros gravemente heridos en accidentes en la agricultura en el año 199946 había 2381 niños menores de 16 años.

A menudo no hace falta en absoluto un accidente para producir enfermedad crónica y deformidad. Está sobradamente demostrado que basta el trabajo remunerado de los niños para dañar así el organismo y crear predisposiciones a deformaciones corporales. En los informes de los maestros para la estadística sobre la extensión del trabajo infantil se comunica «que las niñas se tuercen y los niños no pueden estar sentados en la escuela». En Greiz, los niños que trabajaban llamaban la atención por su aspecto pálido y enfermizo, eran estrechos de pecho, tenían la espalda torcida, padecían de la vista, perdían frescura y energía mental, se volvían apáticos y sin interés. En Baden se observó que los niños se quedaban cojos a causa de estar demasiado tiempo de pie en el trabajo; a uno de estos seres desdichados hubo que amputarle una pierna. Innumerables informes declaraban «que las consecuencias de la explotación excesiva de la fuerza juvenil se hacen sentir en la vida posterior por la aparición prematura de debilidad física e incapacidad para el trabajo». De niños que trabajaban en tejares se informaba: «Quien ha acarreado ladrillos dos años ya no sirve para nada en la vida». De regiones textiles se señalaba que allí llamaba la atención en general el número anormalmente grande de personas lisiadas. De los muchachos pastores comunicó el consejero sanitario Dr. Heynacher-Graudenz que se distinguían llamativamente de los demás niños por su mísero desarrollo físico.

Débiles mentales e idiotas

Los pérfidos y siniestros portadores de desgracias que, como satélites de la pobreza y la miseria, devastan el cuerpo de la juventud proletaria, tampoco pasan sin dejar huella por el espíritu de los pobres.

Sin una alimentación suficiente del cuerpo no hay energía ni capacidad de rendimiento del espíritu; sin cuidado y sin sol no hay madurez ni belleza del intelecto y del mundo de la sensibilidad.

Mísero como el cuerpo que lo alberga, el espíritu, a la sombra de las condiciones de vida proletarias, sigue siendo fruto de un desarrollo de madrastra. En las sofocantes cámaras de la miseria crecen las legiones de niños débiles mentales.

Damaschke cifró hace años en unos 60-70000 el número de niños débiles mentales y poco dotados existentes en el Imperio alemán que se sientan en escuelas populares y privadas aunque deberían estar en escuelas auxiliares. Serían aproximadamente el 0,8% de todos los escolares, seguramente más bien poco que demasiado. Según una recopilación de Kalischer, que en 1897 llevó a cabo en diez escuelas municipales de Berlín un examen de todos los niños mentalmente retrasados, y al que con este fin se le presentaron todos aquellos niños de las tres clases inferiores que habían repetido curso más de una vez, resultó que entre 10132 niños había 116 inferiores mentales, es decir, el 1,5%. En Hamburgo se contaron en 1891, entre 66000 alumnos, 342 inferiores, es decir, solo el 0,51%. Aproximadamente el mismo porcentaje (0,52%) se comprobó en Fráncfort del Meno, donde entre 19401 niños se averiguaron 102 inferiores. En cambio, en Sajonia-Meiningen un examen de 40000 escolares dio el 0,82% de anormales mentales, a saber, 330. Una comparación de estas cifras entre sí apenas es lícita, porque los criterios para la selección de los débiles mentales fueron distintos en las distintas ciudades. Pero es indiscutible que el número de niños débiles mentales y poco dotados es muy considerable. Sobre todo en la escuela popular. Más aún, las estadísticas demuestran incluso —así las de Dillner-Plauen (Vogtland) y Hofacker-Düsseldorf— que allí el número va en aumento, hecho al que tampoco el prudente y reservado Dr. Laquer-Fráncfort del Meno, que pasa por autoridad reconocida en el campo de la investigación de las anomalías nerviosas y psíquicas, tiene nada que oponer.

Frente a la debilidad mental congénita, el arte médico es poco menos que impotente. Solo queda entonces la asistencia médica y pedagógica, que se presta mejor en establecimientos destinados a ello. En la escuela popular han de establecerse clases auxiliares o escuelas auxiliares especiales que acojan a todos los poco dotados y los sigan tratando en cursos independientes con métodos propios. Desde 1867 se han creado en numerosas ciudades unas 200 o más escuelas auxiliares de este tipo, en las que reciben enseñanza unos 20000 niños. Esta atención, si se recuerdan las cifras de Damaschke, es del todo insuficiente; los resultados se califican oficialmente de «en general suficientes, en no pequeña parte incluso bastante buenos», pero es un hecho que solo poquísimos niños pueden volver a pasar de las escuelas auxiliares a la escuela popular.

Los débiles mentales y poco dotados que tienen que quedarse en la escuela popular —sea porque no existe para ellos ninguna atención separada, porque esta no basta o porque la selección de los niños no se hizo con suficiente escrúpulo— tienen casi siempre una suerte poco envidiable. A la formación pedagógica media del maestro de escuela popular le resultan difíciles de reconocer sobre todo los grados más leves de la debilidad mental; por eso, con demasiada frecuencia, las causas del rendimiento deficiente del niño se buscan en su pereza, obstinación y rebeldía, mientras que en el fondo la responsabilidad es del cerebro anormal. Se tocan todos los registros de la coacción, de la disciplina escolar y del sistema de castigos escolares; entra en acción el palo de la escuela, y el niño sufre espantosamente. Quien haya asistido él mismo a la escuela popular y haya observado la barbarie del sistema de palos que allí reina, o incluso la haya sufrido en carne propia, puede contar mucho de los pecados indignantes que maestros cómodos o brutales cometen a menudo, en nombre de la cultura, contra niños dignos de compasión.

La debilidad mental adquirida puede tener muy diversas causas. En las escuelas secundarias aparece a menudo a consecuencia de la sobreexcitación de los nervios por la sobrecarga de trabajos científicos. En la escuela popular no es tanto la sobrecarga intelectual como la unilateralidad del método de enseñanza, radicalmente equivocado, lo que conduce a la debilidad mental o, en la inmensa mayoría de los casos, más leves, al embotamiento del intelecto. En otro lugar se ha demostrado esto en detalle. La actividad que está en la naturaleza del niño queda ahogada, los sentidos pierden la agudeza y la capacidad funcional originarias, la independencia intelectual retrocede, se produce un desacostumbramiento del pensar. «El tropel de nuestras escuelas», dice Pestalozzi, «no solo no nos da nada, sino que apaga además en nosotros lo que la naturaleza nos dio y de lo que el salvaje dispone en una medida de la que apenas podemos hacernos idea».

Las causas más numerosas y de más peso de la debilidad mental se remontan a factores sociales. El ejército de los débiles mentales es un ejército de acusadores contra el orden social actual.

Está comprobado que los débiles mentales son en su inmensa mayoría hijos de obreros, que un alto porcentaje de ellos ha nacido fuera del matrimonio, y otro procede de padres tísicos, inferiores o bebedores. El Dr. Cassel-Berlín, que examinó a 129 niños inferiores, comprobó que el 62% de ellos solo había aprendido a andar después del segundo año de vida, y el 44% a hablar después del tercero. El mal estado de nutrición hace a las pobres criaturas sumamente propensas a toda clase de enfermedades; se encuentran en ellas con frecuencia aumentada catarros intestinales y diarreas con vómitos, escrófulas, enfermedad inglesa47, catarro bronquial, tisis, pulmonía, enfermedades de los ojos y los oídos, del cerebro, graves secuelas de la tos ferina, e igualmente de la difteria, el sarampión, la escarlatina, etc. En tales cuerpos debilitados y enfermizos no queda mucho para el desarrollo del cerebro y de las dotes intelectuales. El cerebro mal irrigado se queda atrás en el crecimiento, los nervios están deficientemente nutridos, padecen sobreexcitación a consecuencia de la debilidad y no funcionan como en una constitución sana. ¡Véanse si no las listas de enfermedades de los débiles mentales! Kalischer encontró en Berlín, en 255 de estos desdichados: 191 inflamaciones escrofulosas de los ganglios, 164 hipertrofias de las amígdalas palatinas y faríngeas, 80 otitis medias pasadas, de las cuales 9 aún supuraban, 19 inflamaciones escrofulosas de los ojos pasadas, 14 trastornos del habla, 17 veces dolor de cabeza y migraña, 15 veces vista débil, 15 veces otros trastornos de la visión, 11 veces estrabismo, 8 defectos cardíacos, 3 desviaciones de la columna, 15 veces sordera nerviosa, 6 veces convulsiones semejantes al baile de San Vito, 2 veces epilepsia, 2 veces parálisis, 2 veces enfermedad del interior del ojo, 3 veces caída del párpado superior; además se encontraron varios casos de catarro pulmonar leve, algunos defectos cardíacos graves, tuberculosis ósea curada, un caso de sífilis hereditaria, un caso de estupidez aguda a consecuencia de una lesión, etc. Todos los padecimientos y enfermedades del mundo parecían haber caído sobre este puñado de desdichados hijos de los hombres. ¡Y qué mísero es además su aspecto físico, qué enana su estatura! El Dr. Hofacker encontró, entre 121 pupilos de escuela auxiliar48, un número llamativo con un desarrollo físico deficiente; sus mediciones dieron que 95 (78%) no alcanzaban el promedio normal de su edad. Lo desfavorable de la situación social, que había perjudicado el desarrollo del cuerpo, había atrofiado también el espíritu. El Dr. Schmid-Monard informa de alumnos de escuelas auxiliares de Halle del Saale que estaban por término medio retrasados de 1 a 1½ años en estatura y peso. Como causas de la inferioridad física señalaba en el 40% alcoholismo, prostitución, etc., en el 33⅓% condiciones míseras y en los demás enfermedades graves, lesiones en la cabeza, etc. De los 38 niños no suficientemente educables de Plauen (Vogtland) (1893), padecía uno, respectivamente, de enfermedad de Basedow, baile de San Vito, idiocia profunda y queratitis crónica, 2 de malformaciones de los ojos, 2 de afecciones del cerebro y de la médula, 9 de sordera parcial y enfermedades del oído todavía activas, 9 de enfermedades de la nariz y la faringe, todos de debilidad general, escrofulosis, raquitismo y alteraciones constitucionales. En 1894 se encontró en 30 alumnos de escuela auxiliar: 9 veces sordera parcial, 11 veces escrofulosis, 1 vez afección crónica de nariz y faringe, 3 veces enfermedad de los ojos, 6 veces enfermedad del sistema nervioso central (entre ellas 3 veces epilepsia), 12 veces graves trastornos de la nutrición. En los antecedentes de estos 30 niños pudo demostrarse en 7 casos raquitismo, en 3 difteria, en 3 pulmonía, en 5 convulsiones, en 2 casos carga hereditaria.

Si para completar el sombrío cuadro que ofrecen estas listas de enfermedades se considera además que los niños pasan gran parte de su vida en viviendas estrechas y húmedas, en un aire sofocante y malo, que les falta un cuidado regular de la piel y movimiento corporal, que muchas veces tienen que pasar hambre y que un trabajo remunerado precoz consume rápidamente sus fuerzas, se obtiene una idea aproximada de la gravedad de la miseria que pesa sobre el destino de estas pobres criaturas.

Un ejemplo de la vida proporciona a este respecto una lección de cosas de rara contundencia. En la Zeitschrift für Schulgesundheitspflege [Revista de Higiene Escolar], el Dr. Wegener-Wasungen (Turingia) comunicó que en la clase de recuperación de la escuela municipal de allí estaban 25 niños y 10 niñas, aunque toda la localidad solo contaba 587 alumnos de escuela popular. Las causas de este porcentaje insólitamente alto de débiles mentales (¡6%!) habrían de buscarse en las condiciones sociales extraordinariamente tristes de aquella comarca. Dependiendo de unas ganancias indeciblemente míseras, gran parte de la población, compuesta en su mayoría de obreros a domicilio, viviría solo de pan, patatas y aguardiente. Para ganarse el sustento, toda la familia, incluidos los pequeños apenas salidos de la cuna, se sienta en una habitación estrecha que sirve de taller, de cuarto de estar y de dormir y de cocina, desde la mañana hasta entrada la noche, para pintar o terminar máscaras, imitaciones (Atrappen), etc., o para ayudar en la zapatería. Junto a hombres y mujeres adultos beben aguardiente también los escolares; más aún, lo toman mezclado con azúcar untado en el pan. Incluso a los lactantes se les llena el chupete de goma con aguardiente y azúcar, para que duerman bien y no molesten en el trabajo. La herencia y la alimentación mísera, insuficiente y contraria a la naturaleza, junto con las viviendas insalubres y el trabajo remunerado precoz, han causado el alto porcentaje de niños físicamente degenerados y débiles mentales. Escrófulas, enfermedad inglesa, anemia, catarros gástricos crónicos son las enfermedades que se repiten siempre; la escrofulosis es general, la tuberculosis encuentra rica cosecha, y en estatura y peso los alumnos de la escuela auxiliar están de 3 a 4 años por detrás de sus compañeros de edad de las clases normales, en madurez mental a menudo aún más.

No se objete que esta descripción está pintada demasiado negra o que constituye una excepción. En el Eulengebirge, en el Eichsfeld, en los Montes Metálicos, en el Eifel, cualquiera que en sus excursiones no se limite a deleitarse en las bellezas naturales y a gozar del romanticismo de caja de juguetes de las, ¡ay!, tan pintorescas aldeas de chozas y de montaña, sino que penetre también en las profundidades ocultas de la vida del pueblo, puede encontrar cuadros de miseria semejantes a centenares y a millares.

Que el alcoholismo, que se encuentra siempre en el séquito de la necesidad social, debilita el cerebro y perjudica en alto grado, sobre todo en los niños, la capacidad mental, es sabido y está demostrado; e igualmente el hecho de que ya por el alcoholismo de los padres puede producirse un envenenamiento y debilitamiento del germen de la vida. La procreación en estado de embriaguez es, según la convicción de muchos médicos, en especial psiquiatras, la causa más segura de la debilidad mental del niño futuro. Bourneville encontró, entre 1000 idiotas, alcoholismo del padre en 471 casos, de la madre en 84, de ambos en 65; en total, pues, alcoholismo como causa de la imbecilidad en el 62% de los casos. Además, en 57 casos pudo demostrarse con seguridad, y en 24 con probabilidad, embriaguez durante el acto de la procreación. Dahl halló que del 50 al 60% de los idiotas descienden de padres bebedores; Howe calculó el 48,3%. Los internos de los manicomios alemanes serían hasta en un 60% hijos de bebedores. Cuidadosas estadísticas de escuelas de Viena, Leipzig y Bremen han aportado la prueba de que los alumnos más débiles y de menor rendimiento son los que consumen bebidas alcohólicas en cantidades mayores o menores. En las comarcas bendecidas por el vino, los maestros juzgan así la calidad de las distintas cosechas: cuanto mejor el vino, más tontos los niños.

Es verdad que también en los círculos acomodados se consume alcohol en cantidades abundantes, de modo que podría objetarse que la debilidad mental provocada por el alcoholismo no afecta solo a la juventud proletaria. En efecto, los numerosos tontos de familias bien situadas prueban que la naturaleza es una vengadora dura, pero democrática. Solo que en la sociedad actual la posición, la propiedad y las relaciones pueden mitigar o incluso anular el veredicto de la naturaleza. El cretinismo, como es sabido, no es obstáculo para la carrera de quien puede mirar atrás a una larga y orgullosa fila de antepasados o sabe abrir con llave de oro puertas que permanecen cerradas para los demás mortales. Incluso los cargos más altos le están abiertos, si por lo demás tiene suerte. El hijo del proletario, en cambio, tiene que sufrir amargamente bajo la carga de miseria de la debilidad mental, que pesa doblemente sobre él. Como una sombría pesadilla, tiene paralizadas la voluntad y la fuerza del desarrollo; como un techo de plomo pesa sobre su ser, cerrándole toda perspectiva y frustrando todo ascenso.

«Pomada blanca»

De tiempo en tiempo, la sociedad cobra conciencia de la medida de sus pecados y de los deberes que ha olvidado. Entonces le remuerde la conciencia. ¿Qué hacer para aplacar al acusador? Pega un emplasto sobre las heridas que destruyen el cuerpo del pueblo y administra «pomada blanca»49. Eso no sirve de nada, pero hace la vista más soportable. Además, da la impresión de que la sociedad quisiera ayudar de verdad. No da limosna, no practica la misericordia ni es un samaritano abnegado: ¡Dios nos libre! Se limita a arrojar de lo que le sobra unas cuantas migajas miserables. Pero la voz admonitoria de la conciencia se tranquiliza, y la absolución, ¡ay, tan barata!, pronto queda comprada. Encima, la «beneficencia» procura un cosquilleo tan agradable. Un nuevo deporte, una distracción interesante. Sienta tan bien ser un benefactor.

Se invita a fiestas de beneficencia con juego y baile, se organizan bazares con champán y flirteo, se montan bailes y veladas de cabaret llenos de placeres picantes y exquisitos: todo por el bien de los pobres. Uno se sienta a mesas opulentas y come a dos carrillos, gira al son de la música y aplaude a las cantantes, se sumerge en un torbellino de diversiones y se embriaga de alegrías desenfrenadas: todo por los pobres. Últimamente se ha puesto de moda practicar la beneficencia en dimensiones gigantescas y desplegarla en acciones de masas. Se organizan días de la margarita50, se convierten las calles en jardines de flores y se suelta sobre el público un ejército de damas y damiselas de los círculos más distinguidos, para que lo desplumen, con mayor o menor gracia o impertinencia, según todas las reglas del arte. Todo en interés y por el bien de niños pobres y desdichados.

Por nobles que sean los impulsos del corazón de los que en cada caso nace la decisión de dar algo a un necesitado, y por simpático que resulte el empeño de aliviar con socorros la miseria de los niños pobres, tanto más hiriente y repulsiva resulta toda acción que, sin estar dictada por un verdadero sentimiento social ni guiada por el tacto más delicado, se sirve de la beneficencia solo como tapadera de innumerables pasiones y de feas debilidades humanas. ¡Precisamente en los días de socorro a la infancia y en los actos de beneficencia, cuyas ruidosas acciones alcanzan a los círculos más amplios, la vanidad y el afán de diversión, la ambición y la coquetería, el arribismo y el servilismo celebran verdaderas orgías! Los daños morales que traen consigo tales actos son mayores que sus efectos saludables. Una declaración firmada por numerosas personas de destacada actividad en el campo de la asistencia social caracterizó con mucho acierto el delirio benéfico de la sociedad honorable, calculado para la exhibición y el estremecimiento de los nervios, al subrayar que «tales actos debilitan el sentido de una labor de bienestar intencionada y bien meditada y dificultan la educación de las clases acomodadas y capaces de ayudar en una comprensión más honda y una concepción más seria de nuestras condiciones sociales». Y sigue diciendo: «Las organizaciones de bienestar, a las que antes que a nadie incumbe el deber de despertar y aguzar la conciencia de todos los estamentos ante la miseria que ellas han reconocido, posponen ese deber cuando se sirven de incentivos externos para suscitar un capricho de dar que nada sabe del trabajo sobre la miseria misma; contribuyen a volver superficial el sentimiento de responsabilidad social, en lugar de ahondarlo. Para las jóvenes colaboradoras, el día de la flor, que sin festejos de ninguna clase no puede tener éxito, supone una confusión de la concepción moral y social. La obligación social debe llegar a ser para ellas un concepto serio, que exige la entrega interior de la personalidad, y no una fiesta en la que no se puede prescindir de incentivos externos y diversiones. Quienes necesitan ayuda se sienten heridos por este tipo de colecta. Debemos salir al encuentro de su necesidad con santa seriedad y no hacer depender la ayuda que queremos prestarles de actos públicos que no están animados por esa seriedad. También el donante resulta en cierto sentido extraviado. Debe dar por compasión sincera y por comprensión de la asistencia social, y no siguiendo el impulso de un instante en medio del ajetreo festivo. En nuestra época, de orientación social, hay que evitar que, al reunir los medios necesarios para fines de bienestar, se despierten o alimenten el afán de diversión, la vanidad y la ambición. Hay que buscar caminos, y la experiencia enseña que pueden encontrarse, por los que se despierte, se fortalezca y se conduzca a fecundas acciones sociales una voluntad seria».

Aun cuando las prestaciones de la sociedad vayan más allá de las fiestas de beneficencia y de los días de socorro a la infancia, no es capaz —sobre todo cuando los hijos del proletariado son el objeto de sus desvelos— de ofrecer más que «pomada blanca».

Jardines de infancia

El hecho de que millones de esposas y madres tengan que trabajar por un salario y se vean así apartadas de su tarea natural y más inmediata, la de ser cuidadoras y educadoras de sus hijos, impone a la sociedad el deber de crear, mediante la instalación de jardines de infancia y hogares infantiles (Kinderhorte)51, un sustituto del hogar y del lugar de educación que se han perdido. La utilidad de los jardines de infancia es tan evidente y conocida que no hace falta demostrarla aquí con más detalle. No solo representa el jardín de infancia una institución extraordinariamente importante de asistencia social: es también la primera y más significativa escuela preparatoria para los establecimientos dedicados a la enseñanza y la educación. Pero ¿qué se ha hecho hasta ahora en este terreno? Jardines de infancia del Estado no existen en absoluto. La asistencia de los municipios es la más deficiente y negligente que cabe imaginar. Los jardines de infancia que existen son fundaciones privadas, creadas con fines de lucro, o empresas de asociaciones eclesiásticas y humanitarias; en la inmensa mayoría de los casos apenas sirven a otro fin que a la beatería, a la caza de almas y a la intolerancia religiosa. Un «jardín de infancia libre» de Charlottenburg52 fue clausurado por la policía porque, al no tener suficientemente en cuenta «elementos de formación religiosos y patrióticos», «obstaculizaba la formación de los niños como personas leales al Estado y religiosas y preparaba el terreno para una posterior y más fácil acogida de las ideas socialdemócratas». El número de jardines de infancia autorizados por las autoridades es tan escaso, y su dotación tan pobre, que, aunque fueran instituciones modélicas, solo podrían satisfacer en una mínima parte la necesidad existente.

Hogares infantiles

Para ofrecer al niño desatendido un refugio, un hogar donde pueda pasar el tiempo que no está en la escuela, la beneficencia privada ha creado también los hogares infantiles, de los que en 1910 había 455 en 108 ciudades y en los que se atendía a 26713 niños. Sin duda, una labor bastante aceptable; pero ¿qué son 27000 frente a los cientos de miles que carecen de todo cuidado y atención? ¿Y dónde queda la ayuda del Estado, de los municipios? Si un orden social desgarra las familias y empuja a la madre a la fábrica, en lugar de dejarla junto al hogar doméstico y en el círculo de sus hijos, ¡¿no tiene entonces la sociedad el deber de crear, mediante sus organizaciones, instituciones que contrarresten e impidan las peligrosas consecuencias de tales fenómenos sociales?! ¡¿No ha de herir y obrar como una humillación que el proletario reciba como beneficencia lo que le correspondería por derecho, sin tener que pedir ni dar las gracias?!

Comidas escolares

La sociedad tendría también el deber de alimentar a los niños hambrientos a los que obliga a aprender, en cuanto los padres no estén en condiciones de hacerlo. Es una crueldad someter a esfuerzo intelectual a niños pobres mientras los atormenta el hambre. Es burla e hipocresía predicarles la bondad de Dios a la vista de la pobreza y la humillación inmerecidas que por todas partes se abren ante su joven vida. Miles de familias, a causa de su penuria, a causa de las condiciones de trabajo que obligan al padre y a la madre a ir a la fábrica, a causa de otras circunstancias adversas, no están en condiciones de dar regularmente a sus hijos una alimentación que pueda considerarse suficiente en calidad y cantidad. Así, esos niños dignos de lástima quedan desatendidos tanto en su cuidado y vigilancia como en su alimentación. Tienen que pasar hambre, mendigar o robar. Van a la escuela con el estómago vacío. El cerebro debe trabajar mientras el hambre atormenta y roe las entrañas. Y la boca debe rezar: Dad gracias al Señor, porque es bueno y su misericordia es eterna…

La Oficina Central para el Bienestar Popular (Zentralstelle für Volkswohlfahrt) intentó en 1908 determinar mediante un sondeo la situación de la alimentación doméstica de los alumnos de la escuela popular, y averiguó así que en invierno 22000 niños, y en verano 36000, no recibían desayuno. Las causas eran a veces la precipitación y la prisa de los niños; las más de las veces, la pobreza, el paro, la enfermedad de los padres, el trabajo temprano de la madre fuera de casa, y ocasionalmente también la negligencia. Mucho peor está la cosa con la comida caliente del mediodía. Según el sondeo, 179000 niños (4,9%) reciben en invierno a mediodía solo un tentempié frío; en verano son unos 113000. Las cifras serían todavía bastante mayores si en verano 40000 niños, y en invierno 73000, no hubieran sido obsequiados con una comida caliente por particulares o por la asistencia pública. Sin cena se quedaban en invierno unos 15000 niños, y en verano 22000; ¡tenían, pues, que irse a la cama con hambre! Quizá para quedarse también sin desayuno por la mañana. En consecuencia, entre los escolares urbanos se encontraron unos 300000 de constitución deficiente: ¡nada extraño con tan espantosa penuria alimentaria! En Hamburgo, el número de niños sin comida caliente al mediodía era del 13,8%; en Nowawes, del 15,4%; en Wandsbek y Stötteritz, de más del 20% de los niños interrogados. Y en Hamburgo no había tampoco para el 3,2%, en Wandsbek para el 9% y en Eisleben para el 2,3%, ninguna comida caliente por la noche. En compensación, los reconocimientos médico-escolares de Hamburgo comprobaron entre 77000 niños 15000 anémicos, escrofulosos y mal alimentados.

Hace un par de años, el ya mencionado médico berlinés Dr. Bernhard examinó la alimentación de 8451 niños y halló que 578 no habían desayunado en casa antes de ir a la escuela, 40 de ellos durante bastante tiempo; que, además, 186 niños no se habían llevado almuerzo a la escuela, 22 de ellos durante bastante tiempo; y, por último, que 538 niños tenían que prescindir de la comida principal a la hora del mediodía, la sustituían por sopa, rebanadas de pan, etc., y solo por la tarde o por la noche tomaban su «comida» o no la recibían en absoluto. En cuanto a las causas de estas carencias, Bernhard da cifras que no pueden menos de causar verdadero asombro. Considera comprobado que, entre los 578 niños sin desayuno en casa, la causa era en 10 casos la enfermedad de la madre, en 28 la pobreza de los padres (casi siempre a consecuencia del paro), en 63 el trabajo industrial de los niños (antes del comienzo de las clases), en 108 estados nerviosos (inapetencia, vómitos) y en 369 la negligencia de los padres o de los niños. De modo semejante, entre los 186 niños sin almuerzo escolar contó como causa solo 25 veces la pobreza, además de 17 veces estados nerviosos y 144 veces negligencia. Sobre las causas de la falta de comida al mediodía no hay datos. La situación apenas es mejor en verano que en invierno, pero las causas enfermedad, pobreza y trabajo industrial son en invierno notablemente

más frecuentes que en verano. Hay que mencionar que la negligencia —sobre todo en las madres— es muchas veces consecuencia de la flojedad y el agotamiento del cuerpo a causa de largas privaciones y desnutrición, de falta de movimiento al aire libre, de un trabajo doméstico y remunerado excesivo, de puerperios frecuentes, etc., para poner en su verdadera luz el resultado del sondeo.

Las encuestas ya mencionadas de la Central para el Bienestar Popular superaron incluso las cifras de la estadística de Bernhard. Si, según Bernhard, en Berlín el 1,4% de los escolares iba sin desayunar, según aquellas encuestas lo hacía en Danzig el 1,5%, en Weißenfels el 2%, en Lüneburg el 2,9% y en Hohenlimburg el 4,3%. También en Elberfeld, Dortmund y Oberhausen el porcentaje de escolares hambrientos era mayor que en Berlín. Se averiguó además que el 2,9% de los alumnos de las escuelas municipales de Berlín —aproximadamente tantos como en Hamburgo— no tenían una comida caliente ni a mediodía ni por la noche.

Peor aún es el resultado de una encuesta de la Asociación de Cocinas Populares Infantiles (Verein für Kindervolksküchen) de 1907, según la cual en Berlín había 14000 niños sin desayuno, de ellos 9904 en edad escolar obligatoria.

Lo que se ha hecho hasta ahora para aliviar esta penuria queda muy por detrás de lo que hacen otros Estados en este terreno de la asistencia social. Al principio, gobiernos y autoridades se resistieron, con pretextos fútiles, del modo más resuelto y obstinado a ofrecer a la pobreza hambrienta un donativo que la saciara. Pero al final la creciente degeneración de las masas, la disminución de la aptitud para el servicio militar y la creciente influencia de las organizaciones obreras quebraron la resistencia, de modo que las instancias competentes tienen hoy que abordar, de buen o mal grado, la solución de esta cuestión. La beneficencia privada, que desde hace mucho se esfuerza en silencio y con medios modestos por mitigar al menos los casos más graves, encuentra así cada vez más en los gastos municipales un respaldo y un valioso refuerzo de su capacidad.

Según la estadística de la Oficina Central para el Bienestar Popular, 201 ciudades alemanas disponen hoy de instalaciones de comidas escolares; los Estados del sur de Alemania, sobre todo, van muy por delante de los demás. En el 72% de las ciudades, las instalaciones están a cargo de organizaciones privadas, a menudo subvencionadas por los municipios. En el 28%, las autoridades municipales han actuado por su cuenta. Un primer y un segundo desayuno, e incluso las tres comidas juntas, solo se dan casi exclusivamente en ciudades prusianas. El porcentaje de escolares que reciben un desayuno al comenzar las clases es en Prusia algo más alto (2,8%) que en el conjunto de las ciudades alemanas (2,5%), pero para la comida del mediodía es más bajo (1,4%) que en el Reich (1,6%). En las ciudades que cuentan con instalaciones de comidas, su beneficio alcanza por término medio al 5,5% de todos los escolares, un porcentaje que deja ver cuán insuficiente es todavía, en la fase actual, la asistencia pública en este terreno. En Berlín, de 230000 escolares solo 11000 recibían un primer desayuno y apenas 4000 una comida al mediodía, mientras que al menos 9800 necesitaban la comida del mediodía. En Hamburgo solo pudo atenderse al 1,6% de los niños; en otras ciudades el porcentaje es, por lo visto, todavía menor. Por no hablar de que infinidad de localidades no tienen comidas escolares en absoluto, pues la estadística de la Oficina Central abarca solo 525 ciudades de más de 10000 habitantes, de las que 487 respondieron a los cuestionarios y solo 201 disponían de instalaciones de comidas escolares. Queda, pues, muchísimo por hacer, tanto más cuanto que las instituciones existentes a menudo solo funcionan unas pocas semanas o meses. Solo 32 ciudades daban primer o segundo desayuno, o también comida, durante todo el año; en el 28% la alimentación duraba solo de 3 a 4 meses, y 50 localidades se callaron los datos sobre este punto. En 22 ciudades se exige a los padres «solventes» el reembolso de los gastos. En 54 ciudades se da leche y pan a una parte de los escolares al comenzar las clases. En 86 ciudades hay una comida al mediodía para los niños necesitados.

El coste total de las comidas escolares ascendió en 1908 a unos 585000 marcos. Cuánto más puede hacerse en este sentido lo muestran las organizaciones de comidas escolares, incomparablemente más generosas y eficaces, de otros Estados y de ciudades extranjeras. Así, solo París gastó en 1904 en alimentar a niños hambrientos 1463252 francos, y los gastos de Londres para el mismo fin ascendieron en 1908 a 1240000 marcos. Toda esta rama de la asistencia social está regulada por ley tanto en Francia como en Inglaterra y organizada por las autoridades. Ya esta circunstancia asegura a su labor una clara superioridad sobre los esfuerzos inconexos de las instituciones que, en la más abigarrada variedad, actúan en Alemania.

Enfermedades escolares

Para aliviar y eliminar el espantoso estado sanitario, sobre todo entre la juventud proletaria, la escuela podría aportar una valiosa colaboración. Tiene incluso la obligación de hacerlo, pues debe educar al niño, como miembro en formación de la sociedad y futuro portador de la nueva generación, ante todo también en lo corporal. De esta tarea es en parte del todo inconsciente, y en parte solo lo es en medida muy insuficiente. Tanto su organización como su método de enseñanza presentan en gran número defectos y desatinos que tienen por consecuencia graves daños para la salud de nuestra juventud. En una época en que ni los pulmones ni las vértebras de la columna están suficientemente desarrollados, en que tanto el cerebro como las partes periféricas del sistema nervioso esperan todavía completar su formación y madurez, se obliga al niño a participar en una enseñanza que paraliza por completo el instinto más vivo precisamente de este período, el instinto de movimiento y de actividad; que no hace lo más mínimo por agudizar y ejercitar los sentidos; que elimina la destreza manual, tan sumamente importante para la formación del cerebro; que, por la constante obligación de estar sentado, deja atrofiarse los pulmones, los músculos y los tendones, influye desfavorablemente en el metabolismo, perturba la circulación de la sangre y mata en el niño todo el alegre ánimo vital. En el aire viciado de la escuela crece un ejército de cansados y enfermos, cloróticos y anémicos, débiles de pulmón y nerviosos, pero no una generación sana, fresca y apta para la vida. Donde la escuela debería aliviar, curar, levantar, enferma, despierta dolencias y engendra consunción. No es un invento malicioso de médicos enemigos de la escuela agrupar toda una larga serie de dolencias, en parte bastante tenaces y peligrosas, bajo el concepto colectivo de enfermedades escolares. Y no es exageración ni exposición parcial afirmar que estas enfermedades escolares afectan al cuerpo del niño tanto más gravemente cuanto más ha sufrido su capacidad de resistencia por la mala alimentación y el mal cuidado, las enfermedades infantiles y el temprano trabajo remunerado.

El fisiólogo sueco Axel Key examinó a 10000 escolares en busca de enfermedades escolares: nerviosismo, dolor de cabeza, clorosis, baile de San Vito, etc. Resultó que del final del primero al final del segundo curso el número de niños con enfermedades escolares se había duplicado. El primer curso presentaba un 17,6% de niños con enfermedades escolares, el último un 50%. El nerviosismo y el dolor de cabeza se multiplicaron por siete del primer al segundo curso. En Dinamarca se llegó a resultados semejantes. En Halle del Saale, Schmid-Monard examinó a 8000 niños y niñas de distintas escuelas. Comprobó que las enfermedades escolares afectaban, entre los 11 y los 13 años, al 30% de los niños y al 40% de las niñas, pero entre los 16 y los 17 años, al 60 o 70% de los escolares. En los tres primeros meses de asistencia a la escuela, el peso de las alumnas de la escuela popular disminuyó en 1½ libras; en el primer curso, el aumento fue de 1 kg menos que en niños de la misma edad que no iban a la escuela. Igualmente, la estatura quedó 2,1 cm por debajo de la de los no escolares. Observaciones semejantes hizo Quirsfeld, de Rumburg: el 21% de todos los alumnos sufrió en el primer curso una pérdida de peso de hasta 3 kg, y el 54% había perdido por completo, al final del cuarto curso, su fuerza muscular original. Hertel comprobó en niños de seis años, tras su ingreso en la escuela, considerables trastornos de la respiración, de la circulación sanguínea y del metabolismo. Zappert, de Viena, confirma estos hallazgos con investigaciones propias. Especial atención merecen las desviaciones de la columna vertebral, que en su mayoría son consecuencia del eterno estar sentado en los bancos escolares. El porcentaje de niños afectados por ellas aumenta con cada curso. Así, Mayer, de Fürth, comprobó un 43,6% para el primer curso, pero un 70,9% para el quinto; Krug, un 11% para el noveno y un 35% para el decimotercer año escolar; Bardenheuer, un 0% para el primero y un 52% para el sexto, etc. Lorenz, Hoffa, Schultheß y otros califican la desviación de la columna de verdadera enfermedad escolar, aunque entre el 33⅓% de niños que por término medio la presentan se encuentran también algunos con desviación congénita. El Dr. Eulenburg calcula esta en un 8%; Schultheß, en un 10%. Las desviaciones congénitas de la columna se encuentran sobre todo en hijos de obreras que tuvieron que hacer trabajos pesados hasta el parto o que en su trabajo se vieron obligadas, también durante el embarazo, a adoptar posturas perjudiciales. En otros casos son adquiridas por el raquitismo, que tiene su causa en una alimentación insuficiente e inadecuada de los niños, es decir, en la pobreza y la penuria social de las capas proletarias. El raquitismo produce en el niño una firmeza insuficiente de los huesos y del cartílago intervertebral y crea así la predisposición a la desviación de la columna, que aparece ya en casa o, con toda seguridad, después en la escuela.

Que la escuela provoca también, en particular, miopía y enfermedades de la vista lo demostró el profesor Cohn hace ya más de una generación en su libro Die Augen von 10060 Schulkindern [Los ojos de 10060 escolares]. Halló un 1,4% de miopes en las escuelas de aldea, un 6,7% en las escuelas elementales, un 7,8% en las escuelas de niñas, un 10,3% en las escuelas medias de varones, un 19,7% en las Realschulen y un 26,2% en los Gymnasien, con la observación de que el grado de miopía aumenta con el número de años de escuela. Sus resultados han sido confirmados por innumerables reconocimientos oftalmológicos y médico-escolares. Se calcula que alrededor del 20% de todos los alumnos de la escuela popular tiene una visión anormal, y en una parte considerable de ellos la causa está en trastornos nerviosos. El Dr. Saenger, de Hamburgo, encontró entre 30000 pacientes del policlínico 1029 niños nerviosos que padecían un trastorno de la vista a causa de alteraciones nerviosas, sin que los niños fueran conscientes de ello en todos los casos. Y el Dr. Gelpke, de Karlsruhe, halló en las clases para alumnos de escasa capacidad solo un 30% de escolares con órganos visuales sanos, de lo que concluyó que los trastornos de la vista son muy a menudo causa del escaso rendimiento escolar. Se sabe también que el polvo de la escuela provoca no pocas veces inflamaciones oculares leves y graves; el Dr. Schmidt-Rimpler ha llegado a dar al catarro folicular el nombre de catarro escolar. Las encuestas estadísticas sobre la difusión del tartamudeo han dado como resultado que a la edad de 6 a 7 años corresponde un 6% de tartamudos, a la de 7 a 8 años un 10% y a la de 11 a 12 años un 15%; que las causas de este rápido aumento deben atribuirse al creciente nerviosismo, y que la escuela es una fuente principal tanto de una dolencia como de la otra. «Si se piensa», dice el maestro de logopedia Gutzmann, «que niños que hasta los seis años han retozado libres y alegres, que hasta entonces no conocían preocupaciones, que podían hacer lo que les placía, que disfrutaban con sus juegos, que estos niños deben ahora de repente estarse quietos al menos tres horas cada mañana y atender intensamente a las palabras del maestro, se comprenderá que esta exigencia pueda en efecto traer consigo, en ciertas circunstancias, un grave daño. Hay incluso niños muy robustos que no son capaces de soportar el cambio repentino sin daño para su estado corporal… Me parece que las condiciones actuales crean una predisposición a contraer males nerviosos y que la mayor parte de los niños tiene que sufrir durante largo tiempo trastornos de orden corporal y anímico… Sería demasiado prolijo entrar en

todos los detalles; los menciono solo para explicar la probabilidad de un daño y de la aparición de trastornos nerviosos del habla a consecuencia del ingreso en la escuela».

Así, un régimen escolar equivocado trabaja mano a mano con la depauperación social en la destrucción de la salud y de la aptitud para la vida de la descendencia proletaria.

Se arruina donde se debería ayudar. Se curandea donde solo curas a fondo prometen sanar. Se alivia donde se impone una ayuda plena y sin reservas. Se juega y se coquetea con la beneficencia, se come y se baila por los pobres y, con lastimera mirada al cielo, se venden margaritas por los niños desdichados… «Pomada blanca…».

La barbarie del trabajo infantil

Lo que bajo los pasos trituradores de la miseria de masas no ha exhalado su vacilante vida en la más temprana infancia sucumbe después, poco a poco, pieza a pieza, pero con implacable seguridad, en los infiernos de sudor de la industria a domicilio y en las norias de la esclavitud fabril, en talleres de tallistas y obradores, acarreando cargas y subiendo y bajando escaleras a la carrera, en pastos y campos de remolacha, tras el cojín de encaje de bolillos y el torno, el tarro de pintura y el torno de alfarero, el telar y el martillo de estampar, devanando, hilando, tejiendo de punto, bordando, haciendo ganchillo, calceta y despalillando.

… Y ves a mil niños de pie,
que en silencio retuercen una cuerda,
viejos antes de tiempo por el hambre y la dolencia,
y ves a los padres alzarse,
a todos los que han de vivir en la fealdad
para que pueda haber belleza…

El pecho débil, el pulmón que tose, el cuerpo enfermizo, los miembros lisiados: son la herencia de la miseria y a la vez las consecuencias del tormento del trabajo al que su miseria obliga al pobre desde su más temprana juventud.

La historia de la lucha por liberar a la juventud del yugo de la explotación capitalista es una de las páginas más ignominiosas de toda la historia del capitalismo. Hicieron falta setenta años de lucha apasionada para arrancar disposiciones legales que habían de librar al niño de la espantosa suerte de la servidumbre del trabajo asalariado en que había caído desde que la aplicación de la máquina desató en los círculos del empresariado industrial el hambre voraz de la barata fuerza de trabajo de la juventud. «Toda barrera de la costumbre y la naturaleza, de la edad y el sexo, del día y la noche, fue derribada… El capital celebraba sus orgías»53. Y las víctimas de esas orgías fueron, después de las mujeres, los hijos menores de los pobres, cuyos asesinos nunca tuvieron que rendir cuentas ante ningún tribunal.

La Inglaterra capitalista e industrialmente más avanzada sirvió de modelo a Alemania, tanto en lo que se refiere a la explotación de niños indefensos como en la tardía y deficiente legislación para su protección.

Los años de 1820 a 1840 fueron en *Alemania* la época de la *explotación infantil más brutal y desenfrenada*. Niños de 6 años trabajaban en turnos nocturnos de once horas, o por 2 o 3 *Silbergroschen* desde las 7 de la mañana hasta las 8 de la noche. Para no tener que interrumpir el trabajo mientras comían, se les colgaba al cuello su escasa comida en un cacharro de hojalata. Entonces, exactamente igual que hoy, el empresariado afirmaba que la industria alemana no podría resistir la competencia extranjera si se prohibía el trabajo infantil con sus salarios baratos. El poder del capital llegaba más lejos que el grito de los niños. Incluso un médico al que se pidió un dictamen declaró, profesándose filántropo, que no podía ver en dieciocho horas de trabajo fabril daño alguno para el organismo infantil. Solo cuando, a finales de los años veinte, la autoridad militar comprobó que las «comarcas fabriles ya no aportaban completo su contingente para el reemplazo del ejército», hallaron los sufrimientos de los niños explotados[^t54] oídos propicios en las más altas instancias y, por fin, protección legal.

En 1839 se promulgó la primera ley de protección de la infancia, que prohibía el trabajo en las fábricas a los niños menores de 9 años y limitaba la jornada diaria hasta los 16 años a 10 horas. Pero, a la manera inglesa, esta ley, igual que las que la siguieron, no pasó de ser una protección de papel. No había vigilancia alguna, y a las autoridades no se les pasaba por la cabeza resultar molestas en lo más mínimo a los empresarios. Tampoco la implantación obligatoria de la inspección de fábricas en 1878 cambió mucho las cosas.

A la clase obrera no le quedó entonces más que la autoayuda. Y esta se llevó a cabo mediante sus organizaciones políticas y económicas. En 1867, Von Schweitzer, presidente de la Asociación General de Trabajadores Alemanes54, presentó por primera vez en el Reichstag de la Confederación de Alemania del Norte un proyecto que exigía la prohibición del trabajo infantil en todas las empresas con al menos 10 asalariados en las fábricas, la industria a domicilio, los transportes y la agricultura. Pero el proyecto ni siquiera llegó a debatirse. A comienzos de los años setenta se emprendieron nuevas ofensivas contra la explotación infantil, en la prensa, en asambleas y en el Parlamento. En 1877 se presentó al Reichstag una moción para prohibir todo trabajo remunerado de los niños, a la que la mayoría burguesa opuso una resistencia obstinada. Su exigencia sigue hoy sin cumplirse. La ley de protección de la infancia de 190355, con la reforma de 1908, ha restringido la peor explotación infantil y mitigado algunas situaciones espantosas; a pesar de ello, decenas y cientos de miles de niños siguen penando bajo el yugo del trabajo asalariado, incluso en fábricas y minas. Los patronos de recta conciencia saben eludir la ley o procurarse facilidades por parte de gobiernos y autoridades. Según los informes de la inspección industrial, el número de niños empleados en fábricas era en 1905 de 10245, en 1906 de 10847 y en 1907 de 13054; es decir, un aumento de casi 3000 en dos años. Y estas cifras se refieren solo a aquellos Estados federados en los que la escolaridad obligatoria en la escuela popular termina a los 13 años y los niños de 14 pueden ser uncidos a la esclavitud de la fábrica. Pero también en otros Estados se sigue empleando a niños en las fábricas; en Mansfeld se emplea incluso bajo tierra, con autorización expresa del gobierno, a niños menores de 14 años.

Según los resultados de la estadística profesional e industrial del 14 de junio de 1895, había en el Reich alemán 214954 niños menores de 14 años «ocupados en su profesión principal y en el servicio doméstico», de ellos 135125 en la agricultura, 38267 en la industria, 33501 en el servicio doméstico, etc. Pero estas cifras no expresaban en modo alguno todo el alcance de la esclavitud asalariada de los jóvenes que existía entonces, porque, por una parte, la estadística no abarcaba todo el trabajo infantil, sino solo la ocupación «en la profesión principal y en el servicio doméstico», y, por otra, las cifras dadas eran solo «cifras mínimas». Pero, por imperfecto que fuera el cuadro, su impresión de conjunto, y casi más aún sus crudos detalles, causaron un efecto estremecedor. 1575 niños, entre ellos 122 niñas, trabajaban en tejares; 2075 en cerrajerías; 2107 en carpinterías; 1803, entre ellos 103 niñas, en panaderías; 792 en la industria del tabaco; 2272, entre ellos 120 niñas, como albañiles; 617 como carpinteros de obra; 340 como carreteros; 519 como hojalateros; 464, entre ellos 220 niñas, en la elaboración de metales preciosos; 492 en la fabricación de aparatos mecánicos. 135 jóvenes proletarios trabajaban en la extracción de mineral, 241 en fundiciones, 196, entre ellos 15 niñas, en fundiciones de hierro; 274 niños, entre ellos 62 niñas, tenían que sacrificar al capital su salud y la dicha de su juventud en minas de carbón; 225, entre ellos 14 niñas, en turberas; 302, entre ellos 44 niñas, en canteras; 271 en fábricas de vidrio; 94 en fábricas de luna de espejo; 248 en fábricas de cerveza y destilerías de aguardiente; 435 en imprentas; 385 en molinos de grano; 485 en guarnicionerías y correerías; 426 en talleres de calcetería y géneros de punto; 895 penaban como pintores de habitaciones, 490 como canteros, 141 como fabricantes de cepillos, 372 como encuadernadores, 192 como cesteros, 250 como toneleros, 119 como techadores, 334 como obreros de la porcelana, etc. No había oficio demasiado pesado, demasiado agotador, demasiado peligroso para las débiles y no desarrolladas fuerzas de trabajo de los niños.

Los resultados de esta estadística resultaron muy enojosos para los junkers prusianos, ya que la agricultura ocupaba el primer lugar con el mayor número de niños explotados. Al punto, los todopoderosos Itzenplitz y Köckeritz56 del gobierno dieron orden de realizar en el Reich encuestas sobre el trabajo infantil industrial, con expresa exclusión de la agricultura, la fruticultura, la horticultura, la viticultura y el servicio doméstico. Con esta encuesta, realizada de enero a abril de 1898, se pretendía jugar una baza contra la industria. Tres años vaciló el gobierno antes de hallar el valor de publicar los resultados. Unos resultados que, pese a todas sus lagunas y a su escasa fiabilidad, eran tan espantosos, revelaban situaciones tan clamorosas, que su contemplación solo podía arrancar lágrimas de ira e indignación.

Más de medio millón de niños proletarios uncidos al yugo del trabajo, extenuados y consumidos, desfilaron en procesión espeluznante ante las miradas horrorizadas de sus contemporáneos. Una columna de Hamburgo a Bremen, de Múnich a Ratisbona. Se habían contado 532283 niños menores de 14 años que trabajaban por un salario fuera de las fábricas. Si se añadían los 135125 jóvenes asalariados de la agricultura, los 33501 ocupados en el servicio doméstico y, por último, los pequeños proletarios de fábrica, cuyo número se sustrae obstinadamente a toda determinación exacta, y si se tenía en cuenta además que todas estas cifras representaban solo resultados mínimos y que las encuestas se habían realizado a menudo, en concreto, de modo increíblemente deficiente y superficial, podía afirmarse que eran en números redondos un millón de niños —la octava parte de todos los escolares que había entonces en el Reich alemán— cuyo lamentable destino desfilaba, en forma de estas cifras espantosas, por las rúbricas y columnas de la estadística. Una buena hecatombe que el proletariado alemán arrojaba al Moloch del capital en las fauces ardientes de la explotación.

Sajonia, el país con la cifra más alta de trabajo remunerado femenino, encabezaba la estadística con 137831 niños que trabajaban (el 22,80% de todos los escolares). Le seguían Sajonia-Altenburgo con el 19,24%, Schwarzburgo-Rudolstadt con el 16,42%, Sajonia-Meiningen con el 16,40%, Coburgo- Gotha con el 15,16%, Reuss de la línea mayor con el 13,54%, la ciudad de Berlín con el 12,83%, Schwarzburgo-Sondershausen con el 10,65%, etc., y así hacia abajo hasta el 0,58% de Waldeck. Prusia contaba 269598 niños ocupados en la industria; de cada una de sus provincias, Renania, con 50183, y Silesia, con 48456, ocupaban el primer lugar; Berlín registraba 25146 niños que trabajaban, Baviera 12997 (cifra averiguada por los órganos de policía y, por tanto, muy insegura), Wurtemberg 19546 (de ellos 12000 «estimados») y Baden 28788.

Según el tipo de ocupación, el 57,64% correspondía a la industria, el 25,52% a servicios de reparto, el 6,75% a recados corrientes, el 4,06% a posadas y tabernas, el 3,31% al comercio, etc. En la industria, casi la mitad de todos los niños (143710 de 306823) correspondía a la industria textil. En las hilaturas y tejedurías se contaron 79138, ocupados principalmente en devanar; de ellos, solo en Sajonia 34145. En el ganchillo y el bordado trabajaban 22149, de ellos 11601 en Sajonia; en la fabricación de pasamanería, 26691, que casi exclusivamente (23643) tenían que ayudar a llenar los bolsillos de la ostentosa plutocracia sajona. De las demás ramas industriales, las que contaban con más niños que trabajaban eran: los tejares en Baden, la fabricación de porcelana y vidrio en Sajonia-Meiningen, la de cabezas de muñeca en Schwarzburgo-Rudolstadt, la de cadenas de reloj en Oldenburgo, la de encajes en Sajonia, etc. Entre los trabajos nocivos para la salud de los niños, que la propia estadística calificaba de «inadecuados para niños», se encontraban el picado de piedra y los trabajos con mármol, en canteras, de cantería y de labra de piedra,

el esmerilado y pulido de piedra (en total, unos 1300 niños), los trabajos de tejar y de albañilería, de herrería y cerrajería, el aserrado, acarreo y embalaje de tablas. Además, la molienda de colores y tierras en las alfarerías, el vidriado del barro y el batido del plomo, la limpieza de pieles, la fabricación de botones, la fabricación de tabaco y puros y el trabajo en los talleres de pizarrines y en las canteras de pizarra. Como especialmente dañinos para la vista se tienen el bordado de abalorios, el deshebrado y selección del azafrán, la pintura de porcelana a la luz de la lámpara, el cardado y batido de pieles, etc. El capital no tenía compasión de los tiernos cuerpos de los jóvenes proletarios: encerrados y hacinados en locales vaporosos, mal ventilados, llenos de polvo, humo y hollín, sin luz, encadenados a la cadena de una implacable obligación de trabajar, a menudo hasta bien entrada la noche, en una actividad atrozmente monótona y embrutecedora, tenían que pagarle, para salvarse de morir de hambre, su tributo entre gemidos y gritos de dolor.

Los cuerpos martirizados de los niños, la muda queja de sus ojos cansados y sin brillo y, sobre todo, la debilidad obtusa y letárgica de su espíritu tempranamente quebrantado habían despertado por fin también en el magisterio la voz de la compasión. Este no se contentó con un lamento quejumbroso y, ¡ay!, tan barato. Se habían emprendido repetidas veces intentos aislados de hacerse una idea del trabajo infantil en ciudades o comarcas determinadas. Pero los resultados «volvían pronto a dormir un profundo sueño en los misteriosos rincones de polvorientos armarios de expedientes, o corrían peligro de pudrirse en las crónicas escolares o en alguna hoja pedagógica». Entonces, en 1898, la Asociación de Maestros Alemanes (Deutscher Lehrerverein) emprendió en el congreso de maestros de Breslau un examen a fondo y de gran alcance de la cuestión del trabajo infantil y organizó a continuación una encuesta sobre el tipo y la extensión del trabajo infantil industrial y agrícola en Alemania. A esta intervención enérgica y resuelta del magisterio se debe que la indecible miseria de la explotación infantil quedara por fin al descubierto en toda su desnudez.

Mientras que la extensión del trabajo infantil industrial se había calculado, según el informe oficial, en un 6,53% para todo el Reich, la encuesta de los maestros comprobó en las grandes ciudades un 10-13% de niños y un 6-9% de niñas que trabajaban, en las ciudades marcadamente industriales un 30-50% y, en las aldeas industriales, hasta un 80% de niños que trabajaban. He aquí algunas cifras concretas: Chemnitz, 25% de los niños, 22,2% de las niñas; Dresde, 17% de los escolares; Halle, 22,2% de los niños, 18,2% de las niñas; Langensalza, 25% de los escolares; Posen, 27,5% de los niños, 14,4% de las niñas; Altenburg, 34,5% de los niños, 36,6% de las niñas; Gera, 11,4% de los escolares; Hohenstein-E., 53,6% de los escolares; igual Langenbielau; Schmölln, 38% de los niños, 43,7% de las niñas; Sonneberg, 28,19% de los escolares; en la Alta Meiningen (Meininger Oberland): Schalkau, 49,26%; Rückerswind, 54,28%; Neuenbau, 62,50%; Hämmern, 63,80%; Neufang, 66,43%; Forschengereuth, 72,11%; Mengersgereuth, 78,09%, y Schichthöhn, 80,34%.

Se contiene el aliento y el corazón se encoge: ¡el 80% y más de niños que trabajan! ¡En Chemnitz uno de cada cuatro, en Altenburg uno de cada tres, en Hohenstein-Ernstthal uno de cada dos niños, un obrero! En Schmölln, uno de cada cinco niños de siete años y una de cada tres niñas de ocho, bajo el yugo del trabajo. ¡Y encima, las jornadas! En el distrito de Sonneberg, según los datos de la encuesta, antes de Navidad se trabaja a menudo toda la noche; los relucientes adornos de los árboles de Navidad que desde allí salen hacia todo el mundo están hechos de lágrimas infantiles cristalizadas. En Sajonia-Coburgo-Gotha, la jornada habitual dura de 7 a 10 horas. En Hamburgo, 810 niños trabajan hasta después de las 8, y 150 de ellos hasta medianoche; en Anhalt se trabaja como un esclavo, con grandes esfuerzos, hasta las 10 de la noche; en Reuss de la línea mayor, los chicos de las boleras57 nunca vuelven a casa antes de las 2 o las 3 de la madrugada. En Meiningen, los niños de cuatro municipios escolares se ven obligados a trabajar hasta las 9 de la noche; en ocho, hasta las 10; en trece, hasta las 11; en ocho, hasta las 12 de la noche; en tres, hasta las 2; en dos, hasta las 3; en uno, hasta las 4 de la madrugada. ¡Para otros, en cambio, es temprano el saltar de la cama! En Charlottenburg, 20 pequeños repartidores de desayunos tenían que empezar su jornada —¡en invierno!— antes de las 4 de la madrugada, y 175 entre las 4 y las 5. Y se encontraron en Charlottenburg jornadas infantiles de 12 horas, y en Chemnitz incluso de 13. Solo en Prusia, 110682 niños eran explotados diariamente más de tres horas; Agahd calculó el número de niños sobrecargados de trabajo en al menos 150000. En Colonia, 173 niños trabajaban hasta 44 horas semanales; en Halle, 8 hasta 50 y 5 hasta 60; en Brunswick, 9 niños hasta 48 horas; en Chemnitz, 153 más de 13 horas diarias. En Halle, 64 niños tenían dos y tres empleos; en Berlín, en una escuela, el 21%. En Charlottenburg, 119 niños y 52 niñas tenían que trabajar por la mañana y por la tarde (incluido el trabajo de madrugada y nocturno). En Gera, un repartidor de panecillos se afanaba de 4½ a 6 de la mañana; luego iba a la escuela; después trabajaba de 12 a 1½ como recadero; de 2 a 4 tenía otra vez escuela, de 4½ a 9 volvía al trabajo, y para terminar venían los deberes escolares. ¡Qué existencia humana atormentada habla en esta jornada! Los repartidores de panecillos y periódicos tenían que subir: 82, en una hora, hasta 20 escaleras; 51, hasta 40, y 7, hasta 60; en 2 horas, 44 hasta 25 escaleras, 56 hasta 50, 22 hasta 75, 1 hasta 80, 1 hasta 90 y 1 incluso hasta 120 escaleras. En un caso, un niño tenía que subir, desde las 3½ de la madrugada, 56 escaleras en cuatro horas y recorrer 4000 metros de camino; después empezaban las clases, y tras ellas el resto de la jornada de trabajo. En Brunswick, un niño de ocho años tenía que coser sacos de yute 30 horas a la semana, y una niña de 13 años, de 11 a 13 horas diarias. Una niña de 9 años tenía que trenzar sillas hasta las 2 de la madrugada. En Silesia, los niños tenían que levantarse a las 4 de la mañana para hacer cajas; por la noche el trabajo duraba hasta las 8 o las 9 y, si apretaba la necesidad, aún más. En Chemnitz, una niña estaba de servicio de las 7 de la mañana a las 8½ de la noche, es decir, 13½ horas, y otra de las 6½ de la mañana a las 7 de la tarde, es decir, 12½ horas; la jornada semanal era por término medio de 70 a 74 horas. Si se añaden 24 horas de clase, resultan jornadas de 94 a 98 horas semanales, o de 13 a 14 horas diarias, contando el domingo como día completo y sin el tiempo de los deberes escolares. Un escolar de Chemnitz que aún no había cumplido los 9 años tenía que tirar de un carro de mano de las 10 de la mañana a las 8 de la tarde, «sin pausa especial para comer». Otros tenían que ir 9 horas vendiendo verduras de puerta en puerta, ayudar 10½ horas al padre a descargar carbón, despalillar tabaco 9 horas, hacer ganchillo 10 horas, coser botones 11 horas, etc. «Podría enumerar más de 200 casos igual de crudos», observa el director de escuela Tippmann, de Chemnitz, en su comentario a esta espantosa estadística. Otras comarcas suministraron igualmente material en cantidad infinita y de peso abrumador.

Y por estos trabajos inauditos los niños solo ganan cuatro perras. Oigamos cómo se les paga: en Reuss de la línea mayor, de 2 a 2½ pfennigs por hora; en Sajonia-Coburgo-Gotha, de 4 a 80 pfennigs diarios; en Siegen, en Westfalia, de 50 a 60 pfennigs por un trabajo pesado de 11 a 12 horas en canteras; en Charlottenburg, el 36% de los niños ganaba al mes hasta 4 marcos, es decir, 13⅓ pfennigs diarios; unos pocos, hasta 5, y menos aún, hasta 10 marcos, con 60 horas de trabajo a la semana. En la industria de muñecas, el trabajo de los pequeños y laboriosos proletarios se pagaba con 10 y 12 pfennigs diarios; en otros lugares, con 18, 24 y 30. Por trabajos de papel se daban de 20 a 50 pfennigs; en una localidad, solo 4 (cuatro) pfennigs diarios. Por la cestería y la metalistería, de 15 a 30 pfennigs; por la talla de madera, de 20 a 60; en la industria del botón, de 4 a 30; en la sastrería, zapatería, tornería, fabricación de cajas y en el comercio de libros, de 7 a 17 pfennigs diarios; en la encuadernación, de 3 a 20; en la vidriería, la tejeduría y la carretería, de 4 a 40; en la panadería y la carnicería, de 7 a 40 pfennigs diarios, etc. Así se compensaba la pérdida de la infancia, la libertad, el sol y la dicha de la juventud con un par de miserables calderillas de cobre58, que encima se les regateaban a las pobres criaturas.

La agricultura no le va a la zaga a la industria en este sacrilegio contra lo más sagrado del pueblo. Las alabadas «relaciones patriarcales» del campo son una bendición solo para los propietarios. A los desposeídos los oprime un ilotismo más lamentable que en las fábricas. Porque el proletario industrial tiene de su parte el derecho de organización y, con él, la posibilidad de defenderse de una opresión demasiado insoportable. Disfruta además de las ventajas de progresos de política social incomparablemente mayores. El proletario del campo sigue siendo un siervo, sin derecho de coalición, cuya relación medieval con el «señor» no logra suavizar una política social ridículamente mezquina. En consecuencia, también la suerte de la juventud proletaria del campo es triste sobremanera. En la provincia de Posen, en una clase de 55 alumnos solo 2 no hacían trabajos agrícolas; 20 habían dejado la casa paterna a los 6 años, 2 a los 7, 1 a los 8 y 2 a los 9, y los demás a los 10, para trabajar desde entonces al servicio de extraños. En otra escuela trabajaban todos los niños; en una tercera, 210 de 294; en una cuarta, 55 de 56; en una quinta, 66 de 80. En una escuela del distrito de Lissa, de 65 alumnos trabajaban 32 con sus padres y 12 con extraños; los demás eran todavía demasiado pequeños para trabajar. 38 de los niños, entre ellos 13 niñas, tenían que cuidar el ganado; los otros 6 hacían faenas del campo, desde las 4 de la mañana hasta la hora de la escuela, y luego desde el final de las clases hasta que oscurecía. Los trabajos principales de la juventud del campo son arrancar remolacha, sacar patatas, la siega del heno y la cosecha del grano, el cultivo del lúpulo y del tabaco, la extracción de turba, despedregar los campos y, sobre todo, guardar el ganado. Así aprenden los niños para qué los ha puesto Dios en el campo. Según el barón Von Hammerstein, es una actividad sumamente meritoria «procurar que los niños crezcan en la creencia de que es necesario trabajar en el campo, cuidar razonablemente el ganado y ordeñar las vacas». La ciencia es cosa secundaria, pues el obrero más tonto es el preferido del junker. En Mecklemburgo, según Agahd, de 6514 niños de 345 escuelas rurales, más de la mitad, a saber, 3375, fueron dispensados de la escuela para trabajos agrícolas. En algunas comarcas estaban exentos hasta el 90% de los alumnos de más de 11 años. El 41% entró a servir; el 44% se hizo pastor, entre ellos 129 niñas. También en Prusia suele darse permiso a los niños en gran escala para hacer el negocio de la explotación infantil lo más lucrativo posible para los agrarios. Solo en el distrito de Breslau, en 1897, estaban dispensados de las clases 810 niños de 27 escuelas. En total trabajaban en la agricultura, según la estadística de 1895, 24164 niños y 6440 niñas menores de 12 años, y 69957 niños y 34564 niñas de 12 a 14 años. Que el comienzo de la explotación a los seis años no es en absoluto raro lo prueba un cuadro citado por Agahd, según el cual 209 niños empezaron a trabajar a los seis años, 360 a los siete, 1883 a los ocho, 933 a los nueve y 85 a los diez. Con viento y temporal, con sol abrasador y con lluvia, en campos húmedos y pastos mojados, el cuerpo helado, las manos agrietadas por el frío, la humedad y la suciedad hasta sangrar: así se describe el estado de los pobres niños. «El trabajo infantil en la agricultura», dijo una vez el príncipe Bülow en una de sus circulares, «no solo es lícito, sino incluso útil y recomendable». Útil y recomendable para los junkers y los agrarios; en lo que respecta a los niños, exigencias de trabajo como las que han revelado las estadísticas, y rendimientos como los referidos, son lisa y llanamente infanticidio.

¡Mírense, si no, los informes de los maestros sobre los efectos destructores del trabajo remunerado en el cuerpo y el espíritu de los niños!

Consunción, deformidad, tez pálida, clorosis, estrechez de pecho, afecciones del pecho, miopía, desviación de la columna, crecimiento torcido, etc.: tales son los estigmas del sufrimiento con que están marcadas las pobres víctimas. «Las niñas se tuercen», dicen los informes, «los niños no pueden estar sentados en la escuela». En Greiz, los niños que trabajaban llamaban la atención por su pálido

y enfermizo aspecto, eran estrechos de pecho, tenían la espalda torcida, padecían de la vista, perdían frescura y energía mental, se volvían obtusos y apáticos. Innumerables informes señalan «que las consecuencias de la explotación excesiva de la fuerza juvenil se hacen sentir en la vida posterior por la aparición prematura de la debilidad física y de la incapacidad para el trabajo». En Baden se observó que algunos niños quedaban cojos de estar demasiado tiempo de pie; a uno de estos seres desdichados hubo que amputarle una pierna. De niños que trabajaban en tejares se informaba: «Quien ha acarreado ladrillos dos años ya no sirve para nada en la vida».

Con el daño corporal va de la mano el intelectual y moral. Los niños que llegan a la escuela agotados, tras un descanso insuficiente (quizá tres en una cama y ocho o diez en un cuartucho estrecho), o incluso después de un trabajo pesado, son incapaces de seguir las clases. No pueden asimilar ni digerir la materia que se les ofrece; los progresos intelectuales son casi siempre del todo imposibles. Los resultados escolares reflejan, en efecto, la funesta influencia del trabajo remunerado en la vida mental del niño y en su desarrollo. En Berlín salieron de la escuela en 1902 desde el cuarto curso 1713 niñas y 1588 niños; desde el quinto, 764 niñas y 750 niños; desde el sexto, 170 niñas y 183 niños, y desde el séptimo, 7 niñas y 14 niños59. En gran parte habían sido esclavos asalariados desde la cuna; el trabajo excesivo ya en la más temprana edad había agotado su fuerza mental. En Rixdorf, de los repetidores de la segunda clase, el 75% trabajaban por un salario. En Hannover, la mitad de los escolares que trabajaban resultó estar por debajo de lo normal en cuanto a progresos intelectuales. En Charlottenburg pudo demostrarse en 488 casos, y en Barmen en 1465, un daño directo del desarrollo mental por el trabajo remunerado. De Mühlhausen se informa que «21 niños eran casi imbéciles» y 27 niños obtusos; de Schmölln, que 100 niños que trabajaban eran solo medianamente aplicados, 19 «notoriamente perezosos», 137 poco atentos y 20 del todo desatentos. Otros incontables informes dicen cosas parecidas. El director Tippmann, de Chemnitz, escribe: «Que los que trabajan temprano antes de clase llegan a menudo a la escuela en el último minuto, que no pocas veces llegan tarde y a veces no se presentan en absoluto, y que además a menudo no tienen en orden sus útiles escolares, es un hecho de sobra conocido. ¿Qué leemos sobre ello en las listas? “No tiene tiempo para hacer los deberes”, “a menudo no hace los deberes”, “hace los deberes con frecuencia mal”, “trabaja a la ligera”, “aplicación en casa muy deficiente”, “memoriza mal”, etc. ¿Y cómo anda la participación intelectual en la clase? Los juicios de los maestros de curso dicen en numerosísimos casos: “desatento”, “muy distraído”, “disperso”, “indiferente”, “descuidado”, “perezoso”, “flojo”, “muerto”, “hay que espolearlo”, “agotado de trabajar”, “rendido”, “muy rendido”, “terriblemente extenuado”, “se duerme a menudo”, “adormilado”, “a pesar de su gran capacidad, a menudo incapaz de seguir la clase a causa del agotamiento”»…

Hay que tomar aliento: ¡es espantoso! «A pesar de su gran capacidad, a menudo incapaz de seguir la clase a causa del agotamiento»… Cada palabra pide ser leída por separado, subrayada en todo su terrible peso, captada en toda su estremecedora tragedia… ¡Es espantoso!

El cuadro de la miseria se vuelve aún más desolador si se suman los peligros de depravación moral y embrutecimiento que resultan del trabajo remunerado. En otro lugar se exponen con detalle; existen en igual medida para los niños que trabajan en la industria que para los pequeños proletarios del campo. La atmósfera emponzoñada que respira la florista de la gran ciudad en compañía de libertinos borrachos, o el recadero en los burdeles, corrompe también a la «inocencia del campo» y la familiariza con los vicios y extravíos de una temprana desmoralización. Desde Brandeburgo informa el pastor Wittenberg: «Las muchachas pastoras recién confirmadas se entregan en su mayor parte sin reserva alguna», y entre las muchachas que deben ser entregadas a la educación tutelar, el 48% son antiguas criadas, procedentes casi todas del campo o de pequeñas ciudades. De los chicos pastores se informa que el aburrimiento los arrastra casi siempre al robo, al maltrato de animales, a los daños en los árboles, a destruir nidos de pájaros, etc. En otros niños que trabajan aparecen como consecuencias la falta de amor al orden, la tendencia al vagabundeo, el despilfarro de dinero y el robo, la inclinación a mentir, el onanismo y otros vicios. Además, no es en absoluto raro que algunos chicos, a primera hora de la mañana —como confirman observaciones directas—, sean arrastrados por prostitutas. Así se explica también la declaración de los maestros panaderos, con ocasión de otra encuesta oficial, de que no podían emplear a sus aprendices en el reparto de desayunos por los peligros morales que ello entrañaba.

La nueva ley de protección de la infancia ha puesto un pequeño freno a estas espantosas situaciones. Pero solo pequeño. Está tan agujereada, es tan elástica, tan poco llena de la seriedad moral de la sinceridad, y tan dócil en manos hábiles para cualquier arbitrariedad, que incita directamente a la infracción a los empresarios sin escrúpulos y astutos. Se afirma simplemente no conocer la ley y se pasa por encima de sus disposiciones con frivolidad y descaro; los órganos de policía son —se sabe de sobra— sumamente indulgentes en estas cosas, y los jueces hacen gala, aun en infracciones graves de la ley, de una incomprensible benevolencia. Las penas impuestas son tan ridículamente pequeñas y constituyen una burla tan manifiesta del espíritu que dictó la ley que en los círculos capitalistas se perciben en general como primas. En consecuencia, el niño solo goza, gracias a la ley, de una protección sumamente deficiente frente a los tentáculos de la explotación.

No se pretende aquí elaborar una estadística del incalculable número de casos en que la ley se infringe a diario y casi a cada hora. Solo algunos ejemplos, tomados al azar de la abrumadora cantidad, han de mostrar cómo, a pesar de la tan cacareada y alabada protección de la infancia, la más desmedida explotación de la juventud sigue prosperando exuberante.

En el distrito rural de Aquisgrán se ocupa a niños de 3 y 4 años en coser botones, corchetes y presillas. Por tres docenas se paga un pfennig; los niños ganan de 8 a 10 pfennigs diarios, pero encima tienen que poner el hilo.

En las minas siguen trabajando bajo tierra unos 4000 niños menores de 16 años. A pesar de la prohibición expresa de la ley, incluso niños menores de 14 años: en 1902 eran en Prusia solo 40; en 1903, ya 71. En la región de Mansfeld se saca a los niños de la escuela antes de tiempo para que puedan trabajar en los pozos. «En Sicilia», expuso un orador en el congreso de delegados de los mineros prusianos de 1905, «los muchachos tienen que subir a la superficie pesados cestos de mineral, medio desnudos por el gran calor. En la cuenca de Mansfeld es todavía peor. En la Sicilia de verdad, los muchachos pueden al menos hacer su pesado trabajo de pie; en la Sicilia alemana tienen que arrastrar tras de sí, a gatas y tirando de una cuerda, la vagoneta60 en la que se lleva el mineral de la galería al punto de extracción más próximo, en pozos de 35 cm de altura como mucho (numerosos ¡Oíd, oíd!). También en Mansfeld los muchachos no llevan encima más que unos calzones para cubrir sus vergüenzas; allí no se conoce la camisa. Una disposición ministerial de 1879 concedió a la sociedad minera (Gewerkschaft) de Mansfeld el privilegio de emplear bajo tierra a niños menores de 16 años, porque las condiciones de explotación son supuestamente tan desfavorables que solo con ayuda del trabajo infantil podría mantenerse la empresa. Esto es, naturalmente, un disparate. Pero aunque fuera cierto, una minería que tuviera que hundirse sin la explotación de los niños no merecería existir. (¡Muy bien!) No es raro, en efecto, que en Mansfeld haya niños menores de 14 años que ya cobran una renta por accidente. (¡Oíd, oíd!) Incluso han perdido ya la vida niños menores de 14 años en el campo de batalla de la minería. (¡Nuevos “oíd, oíd”!)».

En los distritos de Königsberg y Allenstein, según los informes de la inspección industrial de 1909, no pocas veces se empleó a niños en fábricas durante las vacaciones escolares; en algunos casos, 9½ horas diarias y más.

En las panaderías de rosquillas de una localidad de Schleswig se empleó a niños de 12 a 13 años, durante el semestre de verano, hasta 10 horas diarias. Solo recibían clase dos veces por semana, 3 horas cada vez.

En Harburg, de 469 niños, 110 estaban empleados de un modo prohibido por la ley. De las listas se desprendían 118 infracciones de la ley de protección de la infancia.

En la región administrativa de Düsseldorf se descubrieron solo en Barmen 178, y en Krefeld 362, niños empleados de modo ilegal. Faltas especialmente graves se dieron en Duisburg, donde solo allí hubo que castigar a 73 personas por infringir la ley. En Colonia se comprobó que de los niños ocupados en la industria el 43,3% realizaba trabajos ilegales.

En un suburbio de Berlín, de 44 niños empleados, 38 trabajaban de modo ilegal, muchos de ellos a diario desde las 4½.

Según los informes de la inspección industrial silesia de 1905, en dos distritos hubo que presentar denuncia en 100 casos de infracción. En otros dos distritos trabajaban en la industria en total 1225 niños; a 597 les faltaba la cartilla de trabajo (*Arbeitskarte*)[^t62], en 748 se comprobaron otras infracciones de las disposiciones de la ley y en 108 un daño a la salud o a la moralidad causado por la actividad industrial. De uno de los niños que trabajaban, el maestro comunicaba: «Rendimiento en clase por debajo de lo mediano, a pesar de sus buenas dotes. A menudo distraído y desatento. Padre en presidio. Con un salario de 50 pfennigs por dos días tiene que ayudar a mantener a una familia numerosa. El médico ha comprobado una enfermedad del corazón». En muchos casos la ley no permitía actuar contra una grave explotación de la fuerza de trabajo infantil. Por ejemplo, cuando los panaderos no habían contratado a los niños, sino a sus padres, para repartir el pan, y los padres encargaban luego el trabajo a los niños. También cuando se recurría a ellos para servicios eclesiásticos. «El madrugar los días laborables», dicen los informes de los maestros sobre el servicio de monaguillo, «acorta a los niños el descanso nocturno que necesitan. El servicio dominical, excesivamente largo, les quita a veces casi todo el descanso y el recreo del domingo. La coincidencia del servicio de iglesia con la escuela aparta a menudo a los niños de la escuela durante mucho tiempo y perjudica su aprovechamiento».

En el distrito de Posen se empleó a 22 niños, algunos de ellos de 7 a 12 años, en apilar ladrillos de piedra dura durante las vacaciones escolares, 10 horas diarias, por un salario de 30 a 50 pfennigs. El empresario fue denunciado y castigado con… 6 marcos de multa. En un tejar de ladrillos de arcilla, tres escolares de 12 años trabajaron durante las vacaciones 11½ horas por un salario de 60 a 65 pfennigs. El propietario del tejar tuvo que pagar 32 marcos de multa. En un taller de carpintería de obra, un muchacho de 13 años había trabajado 11 horas diarias junto a otro joven. El patrono fue castigado con 25 marcos.

En Leipzig, un señor encontró de noche a un niño de 9 años que, en el portal de un hotel, se había desplomado de agotamiento entre baúles de muestras y cajas. Cuando lo hubieron despertado, incorporado y reanimado, contó cómo era su casa: el padre en la cárcel61, la madre va a trabajar, cinco hermanos pequeños todavía en casa, un huésped de cama y dos huéspedas de cama; la jornada del niño empieza a las 6 de la mañana y termina a las 9 de la noche, y a veces aún más tarde. ¡Quince horas de trabajo para un niño de 9 años!… Por la mañana, poner el agua y hacer el café, limpiar las botas, fregar la escalera, acarrear carbón, vestir a los hermanos, el camino a la escuela, 4 horas de escuela, concentrarse allí mientras el pequeño cuerpo está todavía flojo por el descanso nocturno insuficiente, volver a casa a toda prisa, atender a los hermanos pequeños, tragarse un poco de comida fría, otra vez a la escuela, los deberes en casa y luego, escaleras arriba y escaleras abajo, repartir periódicos, hasta que el pequeño cuerpo se niega a pagar su tributo…

No pocas veces ocurre que los niños, en su trabajo remunerado, quedan lisiados. Ya se ha mencionado Mansfeld, con su espantosa situación. En el distrito de Breslau, un niño perdió cuatro dedos manejando una máquina de embutir en una carnicería; en el distrito de Fráncfort del Óder, una niña perdió tres dedos al echar una mano en la sierra circular. En Brunswick hubo que amputar el brazo a un muchacho de 15 años empleado en la fábrica de yute de Vechelde, que trabajaba en la fábrica desde los nueve, después de que una herida insignificante sufrida en un accidente le produjera una septicemia.

Si la protección de los niños que trabajan en la industria y los oficios es ya sumamente insuficiente, los niños empleados en la agricultura no gozan de protección alguna. La ley no rige para ellos. Los agrarios han sabido frustrar todo intento de extender también a la agricultura la protección de las disposiciones legales. Así, los niños siguen entregados sin piedad, como antes, a la servidumbre del trabajo, al agotamiento, a las tristes consecuencias de una explotación sin límites. Y precisamente ellos necesitarían en especial medida el brazo protector de las autoridades, pues en falta de miramientos y de escrúpulos la codicia agraria deja todo lo demás en la sombra. Cómo florece la explotación infantil en los dominios de los junkers al este del Elba, y con qué intensidad se practica, lo muestra el informe de un maestro rural de Pomerania sobre el plan de trabajo semanal y diario de un muchacho de 12 años: 3.ª semana de marzo: en pie a las 4½. Trabajo de establo (ayudar a sacar el estiércol, acarrear agua, dar de comer al ganado) hasta las 7½. Escuela. A mediodía, partir leña y machacar remolacha. Por la tarde, trabajo en el granero (retirar paja). Al anochecer, dar de comer al ganado, acarrear turba, acarrear agua. En total, 7 a 8 horas de trabajo. Los domingos, 3 horas. 4.ª semana de marzo: aproximadamente el mismo trabajo. La ocupación dura algo más porque los días se alargan. 1.ª semana de abril: trabajo adicional por enfermedad del mozo. 56 horas en la semana. 2.ª semana de abril: por la mañana, trabajo de establo; luego, trabajo en el huerto. Por la tarde, limpieza del granero de grano. Trabajo regular: quitar diariamente los brotes a las patatas hasta las 8 de la noche. Duración del trabajo en la semana: 60 horas. 3.ª semana de abril: por la mañana, trabajo de establo. Fuera del horario escolar, atar fajinas de mimbre para arreglar los caminos. Trabajo en el campo. Trabajo de la casa. Y así hasta bien entrado el otoño, a menudo de 8 a 14 horas diarias. Para aumentar aún más el aprovechamiento de la fuerza de trabajo infantil, los junkers aspiran a restringir todo lo posible la enseñanza. Guardar el ganado, arrancar remolacha y sacar el estiércol de los establos les parece más meritorio y necesario que el cultivo del saber. El diputado Gamp62 exigió en el parlamento prusiano de los junkers que las clases se trasladaran a las horas de 6 a 9 de la mañana. «Entonces, señores», declaró entre los aplausos de la derecha, «los pequeños campesinos estarían en condiciones de aprovechar a sus hijos y a los hijos de los jornaleros del campo casi todo el día, y eso, señores, sería para ellos una gran ventaja». Sin que la exigencia de Gamp se haya realizado, las autoridades escolares tienen en cuenta en grandísima medida los deseos de los agrarios. Se dispensa a los niños para la siega del heno, la caza, la recolección de la patata; se dan vacaciones de la remolacha, y las clases sufren a menudo interrupciones de días o incluso de semanas para que los niños puedan cambiar el libro y la pizarra por el rastrillo y la azada.

Situaciones semejantes se han comprobado también en el sur de Alemania. Así, una estadística sobre el trabajo infantil en el norte del Frankenwald, elaborada por el gobierno bávaro, dio como resultado que en un solo distrito (Teuschnitz), de 3210 escolares, 549 (17%) trabajaban a cambio de un salario; el 9% no tenía aún 12 años y el 7% servía de pastor. Y eso sin contar a los muchos que guardaban el ganado de sus padres. La ocupación no se limitaba en absoluto a las vacaciones escolares; al contrario, 143 niños, entre ellos 80 menores de 12 años, servían como criados hasta 34 semanas al año, sobre todo guardando el ganado. La posibilidad de un daño moral para los niños, al sustraerlos a la influencia de los padres e incorporarlos a la compañía de la servidumbre adulta, es aquí mucho mayor que en otras partes, porque en el Frankenwald, según se ha comprobado oficialmente, todavía es costumbre en muchos lugares que criados y criadas duerman en una misma habitación. También las condiciones higiénicas en que los niños tienen que guardar el ganado son, según los datos del médico de distrito Dr. Heißler, las más tristes que cabe imaginar; la ropa es casi siempre sumamente deficiente, de modo que con mal tiempo no ofrece protección suficiente; en lugar de las 10 horas de sueño que exigiría la naturaleza infantil, no suele haber más que 5 o 6 horas de descanso. El Dr. Heißler subraya que solo la gran pobreza obliga a los padres a entregar a sus hijos a esta inaudita explotación.

La expresión más espantosa y estremecedora de la miseria del sistema de los niños pastores (Hütekinder), y de la explotación infantil en general, se encuentra en el mercado de niños que suele celebrarse todos los años en Friedrichshafen. Un colaborador de la Mannheimer Volksstimme [La Voz del Pueblo de Mannheim], que hace un par de años visitó el lugar para ser testigo ocular de los indignantes hechos, traza del moderno comercio de esclavos que allí se practica, burla de toda civilización y de todos los esfuerzos por proteger a la infancia, una descripción que reproducimos aquí sin cortes:

En las primeras horas de la mañana del 28 de octubre fui a Friedrichshafen, a orillas del lago de Constanza, punto de reunión de los «niños pastores», para ver por una vez con mis propios ojos ese indigno comercio de esclavos. En bandadas innumerables habían acudido los pobres chicos y chicas del Tirol que durante el verano habían guardado el ganado y hecho otras faenas agrícolas en casa de los campesinos de la Selva Negra badense y wurtemburguesa, del Jura de Suabia (Alb) y del Algovia, para ser devueltos juntos, en una misma expedición, a su tierra para el invierno. Y en verdad, pocas veces he visto algo más indigno del ser humano. Desde primera hora de la mañana vagaban por las calles numerosos niños, entre ellos algunos que no tenían aún diez años. Los campesinos de los alrededores llevan a los niños a la ciudad muy temprano, y solo pudimos observar a un único patrono que se quedó con su niña pastora, de unos diez años, hasta la llegada de los gerentes de la Asociación de Niños Pastores, el clero de Landeck. Todos los demás estaban solos antes y después de la llegada de los clérigos, que, viniendo de Ravensburg, estaban ocupados en cambiar dinero y preparar el viaje. Durante horas los más pequeños permanecieron sentados, del todo inmóviles y tristes, sobre sus sacos de ropa. Repugnante y vergonzoso para el Tirol63 y para los organizadores de esta venta de esclavos era el comportamiento de los niños mayores, que ya habían estado «fuera» (dussa)64 varias veces. Entre algarabía, gritos y música de armónica recorrían la ciudad, todos con un puro en la mano que comerciantes avispados regalaban a los niños cuando hacían sus compras, no sin haberse hecho pagar antes, con un abuso completamente desaprensivo, al doble y al triple estos miserables puros, que solo se podían fumar a plazos.

Muchos chicos mayores, que se habían pasado todo el día viviendo solo de las provisiones frías que les habían dado y que además habían bebido de forma desacostumbrada, estaban bastante achispados. Muchachas de apenas catorce años y mozos no mucho mayores se hacían arrumacos sin el menor reparo, para regocijo de los mirones irreflexivos, en plena calle, e incluso delante de la posada «Zum goldenen Rat», donde el comité eclesiástico despachaba sus asuntos. En los ojos de muchos niños podía leerse un grado espantoso de brutalidad y descarrío moral. Pero quien sabe cómo y en qué condiciones pasan los niños el verano lejos de la casa paterna lo encontrará comprensible. Todos los niños a los que preguntamos declararon que tenían que levantarse cada día a las tres y media de la mañana, y durante la siega del heno a las tres, y que no podían irse a dormir hasta las ocho o las nueve de la noche. Faltos de sueño cada día y ocupados casi siempre en el establo, estos niños, sensualmente excitados, observan demasiado pronto la vida sexual de los animales, y si se piensa además en el mal ejemplo que los criados adultos dan a los niños con sus expresiones obscenas, uno puede imaginarse lo que ocurre entre los chicos y las chicas pastores en los pastos solitarios y en los carros cerrados que les sirven de refugio. También nosotros pudimos explicarnos el comportamiento grosero y descarado de muchos niños durante el día y al anochecer, al embarcar.

La llegada a Bregenz y el trato que los responsables dieron a los niños hacen que resulte escandaloso que el gobierno no vigile el transporte de los niños pastores. Como ganado, los niños fueron embutidos en los vagones dos horas antes de la salida del tren, y la Asociación los despachó con una salchicha caliente y un pan, la única vez en todo el día y la noche. En una gran tina de col, un carnicero de Bregenz llevó las salchichas en un carrito de plataforma hasta los vagones, en los que los niños estaban hacinados como las fieras de una casa de fieras, y desde los que tendían las manos gritando y suplicando. La indignación se apoderó de los numerosos espectadores ante este espectáculo, y especialmente contra el responsable de este transporte de niños, un coadjutor de Landeck, que después de esta comida hizo encerrar a los niños en los vagones para irse él mismo, con los demás acompañantes eclesiásticos y algunos maestros del Alto Inn que se prestaban a servicios de transporte, a la fonda «Zur Krone».

Por fin, pasadas las 11 de la noche, el tren se puso en marcha entre la algarabía y los silbidos de la chiquillería, y allá fue, por el Arlberg, hacia la querida tierra natal. En casi todas las estaciones se apearon niños; la mayor parte fue recogida en Landeck y en Imst por los padres o parientes que los esperaban. Cada vez iban más vacíos los vagones, hasta que por fin en Innsbruck bajaron, los últimos, del tren de los niños esclavos dos chicas de doce y catorce años de Matrei y doce chicos de la Riesengasse, de San Nicolás y de Mariahilf, es decir, oriundos de Innsbruck.

Mi observación y la convicción adquirida de que hay niños que por dos mudas de ropa y un salario de entre 40 y 120 marcos, que a menudo, pese al contrato, tienen que pelear al despedirse, son durante el verano formalmente vendidos y entregados al descarrío moral me obligan a trabajar con toda energía ante las autoridades del país y el gobierno para que al menos no puedan marcharse más los niños menores de catorce años. El descarrío moral y el embrutecimiento, la amenaza a la salud de los niños por su empleo en los trabajos más pesados y en el manejo de peligrosas máquinas agrícolas, por las que cada año algunos quedan lisiados, me hacen esperar que también hombres burgueses progresistas aboguen por la supresión de este comercio de niños esclavos, que rebaja gravemente la reputación de los países implicados.


Un viaje del horror a través de un país de la infancia devastado… ¡Así es el paraíso de la juventud proletaria! ¡Ese es su «mundo dorado de cuento», el que cantan los poetas!… El corazón tiembla de la indecible desdicha de la que ha sido testigo horrorizado…

Arden los fuegos. Humean las chimeneas. Entre el traqueteo y el zumbido de las ruedas, el martilleo y la forja, el estampar y el retumbar —entre el golpeteo de la noria en los talleres, el jadeo y los suspiros en las cuevas de la industria a domicilio, el bregar y padecer en campos y pastos— resuenan las cadenas a las que está forjada la descendencia del proletariado.

Y ves a mil niños de pie,
que en silencio retuercen una cuerda,
viejos antes de tiempo por el hambre y la dolencia…

Si hasta ahora era el hombre físico el que se veía entregado, bajo el clima áspero de su medio social, a la atrofia y a la depauperación, ahora empieza también el hombre intelectual a padecer necesidad y a cobrar conciencia, con dolorosos sentimientos, de la desventaja y el abandono a que lo condena la sociedad.

Que hoy no sea ya, como en siglos anteriores, el lamentable destino de la pobreza quedar entregada de por vida a una exclusión del espíritu y desterrada a la noche de una sorda ignorancia, no se lo debe al bendito gobierno de una Providencia bondadosa ni a la perspicacia y la grandeza de alma de potentados benévolos, como lo presenta una historiografía presa de prejuicios religiosos y dinásticos. Se lo debe más bien a los duros mandatos del desarrollo económico y social, que, en interés del industrialismo en progreso, tenían que exigir una mayor participación intelectual también del obrero en la producción y, en interés del Estado moderno, un nivel de instrucción más alto también para las amplias capas del pueblo, con vistas a su empleo en el ejército como en la administración. Se proclamó el derecho a la instrucción; las escuelas experimentaron una reforma de la cabeza a los pies; se implantó la escolaridad obligatoria; ahora también la gran masa, ese ciego Hödur65, quedaba libre del poder paralizante y opresor de las tinieblas del espíritu.

En la práctica, sin embargo, pronto se vio que todo derecho teórico tiene una nariz de cera66. La propiedad supo moldearla en su provecho. Hizo de la escuela una institución de clase: para los poseedores, los establecimientos superiores de instrucción, con concepciones científicas más libres, profesores mejor formados, metas educativas más amplias, clases pequeñas, material de enseñanza más rico; para los pobres, en cambio, la escuela popular, con el predominio del lastre religioso, clases abarrotadas, profesores mal formados y mal pagados, metas educativas bajas, el imperio de la palmeta67 y toda la serie de aquellos rasgos, en parte vergonzosos, en parte repugnantes, que han estampado en la conciencia y el sentimiento del público el sello de escuela de pobres sobre la escuela popular.

En la medida en que el trato de madrastra que el Estado da a la escuela popular puede expresarse en marcos y pfennigs, se aducirán aquí unos cuantos datos numéricos como pruebas concluyentes.

Del gasto total que se hizo en 1906 en la enseñanza popular en el Imperio alemán correspondieron a cada alumno de la escuela popular, por término medio, 54 marcos. En particular, las aportaciones ascendían a 40 marcos por alumno de la escuela popular en la provincia de Posen, 42 en Prusia Occidental y Silesia, 63 en Hesse-Nassau, 67 en Schleswig-Holstein, 99 en Berlín, 48 en el conjunto de la monarquía prusiana; en Baviera, 55; en Sajonia, 58; en Hamburgo, 88 marcos. En cambio, el Estado y los municipios de Prusia aportaban, según la estadística de 1909, por cada alumno de los establecimientos de enseñanza secundaria, cuyas puertas permanecen cerradas a la descendencia proletaria, 159 marcos anuales, es decir, el triple de la suma gastada en un alumno de la escuela popular. El reparto era desigual en el detalle: correspondían a un alumno de Realprogymnasium 85 marcos al año, a uno de Oberrealschule 110, a uno de Realgymnasium 114, a uno de Realschule 133, a uno de Gymnasium 204 y a uno de Progymnasium 23568. Mucho más altas aún son las asignaciones que el Estado destina a los estudiantes de enseñanza superior; así, según el presupuesto de 1909, cada alumno de las Escuelas Técnicas Superiores recibió 702 marcos y cada estudiante universitario 709 marcos por término medio al año, de fondos del Estado, para sus estudios.

La injusticia en el reparto de los fondos públicos destinados a fines educativos y escolares según el rango social se pone de manifiesto de forma aún más llamativa e irritante en las aportaciones de los municipios. Según una comparación que no es, desde luego, de fecha reciente, pero que no por ello es menos probatoria, en Rixdorf69 correspondían a un alumno de la escuela popular 44 marcos, a uno de la Realschule 90; en Spandau, a un alumno de la escuela popular 26, pero a una alumna de la escuela secundaria de niñas 87 marcos; en Charlottenburg, a un alumno de la escuela popular 93, a uno del Realgymnasium 150, a uno de la Oberrealschule 162 marcos; en Witten, a un alumno de la escuela popular 46, a una alumna de la escuela de niñas 216, a uno del Realgymnasium 255 marcos; en Elberfeld, a un alumno de la escuela popular 49, pero a uno de los establecimientos de enseñanza secundaria 169 marcos, etc.

Hasta qué punto se perjudica a la escuela popular incluso en una ciudad como Leipzig, donde la instrucción pública no es, ciertamente, de las peores, se desprende de un cálculo que hizo en 1908 la Leipziger Lehrerzeitung [Gaceta de los Maestros de Leipzig]. La ciudad de Leipzig paga por un muchacho que asiste 8 años a la escuela popular 8 × 65,47 marcos = 523,76 marcos, más 2 años de escuela de perfeccionamiento70, 2 × 28,14 marcos = 56,28 marcos; en total, pues, 580,04 marcos. Por un alumno de la Realschule la ciudad paga durante 3 años la subvención para la escuela popular, 3 × 65,47 marcos = 196,41 marcos, y durante 6 años la subvención para la Realschule, 6 × 171,37 marcos = 1028,22 marcos; en total, pues, 1223,63 marcos. Por un alumno del Realgymnasium, 3 años de subvención para la escuela popular y 9 años la cantidad para la Petrischule = 2039,81 marcos. Un alumno de Gymnasium cuesta, si asiste a la Thomasschule, 2610,75 marcos; si asiste al Nikolaigymnasium, 3088,20 marcos71. Compárese: un alumno de la escuela popular, 500; un alumno de enseñanza secundaria, 3000 marcos de fondos públicos. ¡Ese es el rostro de la escuela de clase!

Baste esto sobre los gastos económicos. Pero aún tienen valor unas cuantas cifras más para caracterizar las condiciones externas de la escuela popular.

En el Imperio alemán había en 1906 un total de 60584 escuelas populares con 9737262 alumnos y alumnas, a quienes enseñaban 166597 maestros. A cada maestro correspondían, por tanto, 58 alumnos; en el reino de Sajonia, 61.

Ese mismo año, el ejército alemán contaba con 499378 soldados, 24687 oficiales y 75062 suboficiales. Mientras que un maestro de escuela popular tenía que enseñar a 58 niños, a cada oficial le correspondían para instruir, por término medio, menos de 25 hombres, y a cada suboficial menos de 7. ¡Ese es el Estado de clase como Estado de cultura!

Sumamente deficiente y atrasada es la organización de la enseñanza en su estructura y su funcionamiento. Así, en 1906 la novena parte de todos los niños de Prusia (683627) recibía enseñanza en escuelas de una sola clase (13566). Más de un millón de niños (1111826) iban a escuelas de media jornada y a otras escuelas de dos clases. Entre 37761 escuelas solo había 544 de ocho clases, con 428438 niños.

¡Y no digamos la falta de maestros! Si en Prusia se fijara en 30 el número de niños que debe enseñar un maestro —que es más o menos lo que exige la pedagogía burguesa avanzada y corresponde a la situación de los Estados no alemanes—, harían falta unos 100000 maestros más; en toda Alemania, más de 150000. Y eso sin pensar siquiera en cubrir las 3233 plazas que en 1906 estaban vacantes por falta de maestros ni en mejorar las 7873 escuelas de media jornada (¡frente a 2879 en el año 1882!). En 1901, 1255922 escolares tuvieron que recibir enseñanza en 8815 escuelas y 16127 clases de tal modo que por clase había más de 80 niños en las escuelas de una sola clase, más de 90 en las de media jornada y más de 70 en las de dos o más clases. El 22,15 % recibía, pues, enseñanza en escuelas abarrotadas; en el negro Münsterland72, el 47,9 %; en Oppeln, el 44,4 %; en Arnsberg, el 40,8 %. Casi 100000 niños se sentaban en clases de hasta 120 niños; 53 clases tenían hasta 180 alumnos, 16 hasta 200 y 14 hasta 236. Además, 104082 clases tenían que ser atendidas por 88246 maestros, de modo que 16000 clases no tenían maestro. En 1906 esta cifra había subido a 18000; 36000 clases tenían que compartir su maestro con otras clases. Más de tres millones de niños no recibían enseñanza según los principios de la instrucción popular establecidos ya en 1828, sino según los principios de la beneficencia pública, y aun peor.

En Sajonia no está mejor el estado externo de la enseñanza popular. En 1906 correspondían a cada maestro 65,6 alumnos; el 5,48 % de todos los escolares (casi 43000) se sentaban en clases de más de 80 alumnos; 211 clases contaban con más de 100 alumnos, y entre ellas había clases de 171 y 174. En 191 escuelas de dos clases con más de 34000 niños, un maestro tenía que enseñar por término medio a 90 niños; en 119 escuelas, a 112; en 19 escuelas, nada menos que a 126. A 1 maestro le correspondían más de 132 niños.

Igual de mala es la situación en Wurtemberg, Baden, Brunswick, etc., por no hablar de Mecklemburgo y de los Estados rapaces de Turingia73, con su proverbial desamparo escolar (Schulverwahrlosung)74.

Las escuelas secundarias no se ven afectadas por este desolador estado de cosas. Allí no faltan maestros, allí tampoco hay clases abarrotadas. En 1904, por ejemplo, 10723 profesores enseñaban en Prusia a 191446 alumnos de establecimientos de enseñanza secundaria. A cada profesor le correspondían, pues, de 17 a 18 alumnos; en los Gymnasien, solo de 15 a 16.

Los ríos de la ciencia se burlan de todas las leyes de la física y de todas las experiencias de la geografía. En las alturas y en las cumbres de la sociedad fluyen anchos, profundos y majestuosos. Pero en cuanto llegan a la vasta llanura de las tierras bajas proletarias se convierten en míseros regatos y charcas poco profundas. Y mientras allí refrescan con su caudal claro y luminoso y dan alivio al sediento, aquí la sola vista de los charcos turbios y estancados basta a menudo para provocar repugnancia y asco físico.

No es este el lugar para someter a una exposición crítica exhaustiva la organización y el funcionamiento del sistema educativo oficial de hoy, con todas las deficiencias, insuficiencias y desatinos que les son inherentes. Pero para mostrar cuánto sufre precisamente el niño proletario bajo la chapucería instructiva y la tiranía educativa de la escuela popular, es preciso al menos dejar constancia de los rasgos más marcados de la pedagogía oficial y subrayar las más sensibles de sus desventajas y debilidades.

La escuela popular es escuela de pobres. Y el destino de la pobreza es la servidumbre. «Quien es siervo, siervo ha de seguir», declaró un alto dignatario de la Iglesia católica. «Si se quieren esclavos, es de necios educar al pueblo para señores», dijo Friedrich Nietzsche. Así coinciden los consejeros eclesiásticos y seculares de la clase poseedora en reconocer que la independencia y la libertad intelectuales suponen un peligro para el dominio y el orden de la propiedad. ¿Qué tiene de extraño que la escuela popular haya de ver el centro de gravedad de su labor pedagógica en la destrucción de la independencia intelectual y moral del niño? ¡Hay que quebrar la voluntad!, es el primer mandamiento. Y todo maestro competente de este sistema defiende el principio: ¡Primero obediencia, luego cariño! Pero la obediencia con 60, con 80 y más niños en la clase solo se consigue mediante la coacción, la disciplina severa, la instrucción mecánica. Así la escuela popular se convierte en escuela de adiestramiento, la educación en amaestramiento, el maestro en cómitre de la vara75. Y el niño, en una criatura maltratada del modo más atroz tanto en su inteligencia como en su alma.

«Quisiera llevarles a ustedes», escribe el prestigioso pedagogo de Bremen, profesor Bräutigam, salido él mismo del magisterio de la escuela popular, «a una especie de presidio del presente; les sorprenderá el título que lleva: se llama la escuela moderna… Sí, la escuela moderna tiene en verdad hoy, en algunas de sus manifestaciones vitales, un gran parecido con un presidio… ¡Si los “presidiarios” pudieran hablar! ¡Y si los que llevan las cadenas de esclavo no estuvieran tan embotados que ya ni siquiera sienten su falta de libertad como una ignominia!».

La escuela de adiestramiento pone grilletes paralizantes al espíritu del niño. Todo impulso libre y propio está proscrito; ser independiente se considera casi un delito. Una enorme masa de materia de saber seca y muerta se abalanza, ya desde el primer día de escuela, sobre el intelecto todavía sin desarrollar, que queda completamente sepultado bajo ella. Numerosos fisiólogos —baste recordar aquí a Mosso76— están convencidos de que un niño de 6 a 9 años no posee todavía la madurez cerebral necesaria para aprender, sin peligro para su desarrollo ulterior, a leer, escribir y contar, para memorizar oraciones y versos, para moverse entre razonamientos religiosos y la retorcida lógica de las sentencias bíblicas; en una palabra, para cumplir las tareas que hoy la enseñanza escolar impone al niño de esa edad. Sobre todo el primer año escolar es apto para deformar el espíritu y el cerebro. El centro de la escritura y de la lectura se desarrolla con exceso a costa de las demás partes del cerebro. La actividad de los nervios sensoriales no halla contrapeso en la de los motores, ni el trabajo receptivo en el productivo, al que empuja la naturaleza infantil. El espíritu del niño se alimenta solo con las sopas aguadas del verbalismo más vacío. Palabras, nada más que palabras. Y además cifras, números, fórmulas: magnitudes abstractas todas, conceptos muertos. La vida lozana, de mejillas sonrosadas, queda como excluida; el mundo real, con sus mil cosas de colores y sus inagotables valores educativos, queda como tapiado. Entre las cuatro paredes desnudas de las cárceles escolares, en cuyas salas mohosas y sofocantes los bancos se alinean como ataúdes infantiles abiertos, se empolla y se adiestra, se pregunta y se responde, se apunta y se repite como un loro, se graba en la memoria y se recita de memoria; un ejército de «domadores de hombres que adiestran, vejan y maltratan», como llama Gurlitt77 a los maestros, hace de las suyas. Listo o corto, rápido o lento, imaginativo o prosaico, intelectual o práctico: todo alumno tiene que asimilar con los demás, en el mismo tiempo, la misma cantidad de saber, devanar la misma lección, resolver las mismas tareas y alcanzar la misma meta. ¡Nada de individualizar, nada de atender a la peculiaridad de cada cual, nada de adaptar la presentación de la materia a la necesidad del niño! ¿Cómo iba a ser posible, además, con 60, 80, 100, 200 niños? ¡Todo se vuelve doma! En dictar lección, repetir, rubricar, registrar, controlar, desfilar y examinar se agota la esencia de esta impotente pedagogía del «debes y tienes que». «Donde está la escuela», dice Artur Bonus78, «no canta ya ningún pájaro, no crece ya la hierba; en su lugar se extienden largas espalderas de alambre». Y en la Jugend79 podía leerse el verso que confirma el juicio de Bräutigam sobre la escuela:

Un presidio es la escuela,
no una casa de sana crianza:
¡no es de extrañar que el alumno
maldiga la casa del verdugo!80

Naturalmente, los resultados corresponden al espíritu de la escuela. Muy pocos niños saben leer con soltura y corrección cuando dejan la escuela. Entre miles apenas hay uno capaz de expresar sus pensamientos por escrito o de palabra con corrección y buena forma. De los pobres resultados en aritmética se quejan amargamente incluso los propios maestros. La escritura no suele ser más que un dibujar torpe, más o menos; la enseñanza de la escritura impone exigencias demasiado altas, pues en pocos años hay que aprender ocho alfabetos81. Las ciencias naturales, que deberían ocupar el centro de toda la enseñanza, apenas se tienen en cuenta y, además, se tratan de forma muy unilateral; en las escuelas rurales casi no existen. En la enseñanza intuitiva se comete el desatino de enseñar en el aula, en lugar de sacar a los niños al bosque y al campo, a las calles y a los talleres. Nuestras escuelas no conocen ninguna enseñanza de higiene. Tampoco se enseña derecho ni educación cívica. Non scholae, sed vitae82: la vieja sabiduría queda deformada en la burla más sangrienta.

En cambio, la escuela popular educa con tanto mayor celo y consecuencia para la devoción y el patriotismo.

A la enseñanza de la religión se le concede un amplio espacio en el plan de estudios de la escuela popular. Para Prusia, las «Disposiciones Generales»83 prescriben que ya en el grado inferior, es decir, con niños de 6 y 7 años, se dediquen a la religión 4 horas semanales, mientras que a historia, geografía y ciencias naturales no les corresponde ni una sola hora. En la enumeración de las asignaturas, la religión figura en primer lugar. En 1902 el Consejo Superior de la Iglesia Evangélica de Prusia dictó una disposición que ordenaba una regulación uniforme de la materia de aprendizaje para la enseñanza escolar y la de confirmación evangélicas por medio de los consistorios provinciales, de acuerdo con los colegios escolares provinciales y los gobiernos. Según ella, los niños tienen que aprenderse de memoria: de 20 a 40 sentencias del Antiguo Testamento, de 100 a 110 del Nuevo, 6 salmos, 20 himnos y el texto literal de las 5 partes principales del Catecismo menor de Lutero. En total son unos 180 versículos bíblicos y otras tantas estrofas de himnos. Y eso, bien entendido, es solo el mínimo. Los libros de religión implantados contienen en general más lastre memorístico: así, el de Armstorff, 327 sentencias; el de Ostwald y Luchs, 253, etc. La materia religiosa que hay que memorizar en las escuelas municipales de Berlín exige, según el plan de estudios, ya de niños de 10 a 11 años, 121 versos de himnos, 110 sentencias bíblicas, el texto literal de las tres primeras partes principales y 5 salmos con un total de 45 versículos. Para religión se fijan 6 horas semanales; para aritmética, solo 2. En el reino de Sajonia, el plan de estudios para las escuelas populares de confesión evangélica exige las 5 partes principales, 168 estrofas del himnario, 150 sentencias bíblicas, 35 melodías de coral y el contenido principal de 140 historias bíblicas. Y eso es, como se subraya expresamente, solo el mínimo. El plan de estudios sajón dedica a la enseñanza de la religión 27½ páginas, pero despacha la historia, la geografía, la física y la historia natural juntas en 26 páginas. En otros Estados la situación es en parte aún peor. Así, un alumno de la escuela popular de Stuttgart recibe en 7 años 476 horas de religión más que uno de Berlín, 600 más que uno de Dresde, 880 más que uno de Mannheim y 780 más que una alumna de escuela secundaria de niñas de Prusia. En todas partes el negro es triunfo84, y los pobres cerebros infantiles se ven obligados por la ley y por el poder del Estado a dejarse devastar por el espectro de las historias veterotestamentarias de asesinatos, robos y adulterios y por el juego de azar de una moral de culpa y expiación tan disparatada como frívola.

Que no haya malentendidos: esta crítica no se dirige en modo alguno contra la religión. La religión queda aquí enteramente fuera del círculo de la consideración. Solo se quiere alcanzar su abuso, su violación y su deformación. Precisamente el hombre verdaderamente religioso, porque la religión es algo tan delicado, íntimo y personal que solo puede presentirse y sentirse, pero nunca enseñarse ni aprenderse de memoria, se volverá y tendrá que volverse contra la práctica actual de nuestra enseñanza religiosa en la escuela. Naturalezas religiosas profundas y sinceras como el pastor Kalthoff85, el párroco Bonus y, no en último lugar, el conde León Tolstói, el último verdadero cristiano, lo han hecho también, en parte con palabras apasionadamente exaltadas. «La escuela es un rey Midas al revés», dice Artur Bonus, «bajo cuyos dedos todo el oro se vuelve polvo. Es capaz de hacer aborrecer finalmente a los niños incluso los objetos mejores y más elevados, sobre todo la enseñanza de la religión, en cuyo aire socrático no puede respirar ningún misterio, en la que todo lo más alto y lo más profundo se pregunta de forma chata». Y el anciano Tolstói resumió su juicio en estas airadas palabras: «¡La enseñanza de la religión es el mayor crimen contra el niño que pueda imaginarse!».

Así, precisamente los más nobles y mejores llegan, por su profunda reverencia ante lo verdaderamente religioso, a rechazar una práctica docente que todavía contempla lo divino en el hombre con los ojos de aquella concepción del mundo que arrojaba tinteros al diablo86.

Junto al despertar y afianzar la fe en las autoridades celestiales, incumbe a la escuela popular la tarea de enseñar a la juventud del pueblo la profunda genuflexión ante el brillo de las autoridades terrenales. La educación para el patriotismo ha convertido las escuelas en campo de recreo de la demagogia política.

En la enseñanza de la historia no se abre a los niños ninguna perspectiva de una historia universal y de la cultura que permita reconocer que todo lo acontecido es producto de una evolución condicionada por necesidades económicas. Al contrario. Se aparta la mirada de este conocimiento y se la dirige a personalidades fortuitas a las que una historiografía mentirosa ha inflado hasta un tamaño sobrehumano. Se tiñen los momentos característicos del devenir histórico objetivo con la capa de tendencias nacionales, confesionales y políticas. No se retrocede ni ante falsificaciones manifiestas y descaradas mentiras históricas, con tal de hacer brillar con luz más clara a potentados y dinastías. Los reyes y los caudillos de batallas son los benefactores de la humanidad, las guerras son los grandes puntos de inflexión de la historia, en el patriotismo sanguinario culmina toda virtud nacional. ¡Viva el militarismo! ¡Con Dios, por el rey y por la patria! ¡Hurra!

La escuela popular es el semillero del patriotismo de sable en ristre. Ha de amasar a la juventud como carne de cañón y prepararla para el aire del patio del cuartel. Por eso también en la escuela popular el castigo de palos desempeña un papel tan siniestro. Mientras que en todas las escuelas secundarias el castigo corporal se ha suprimido por completo o se ha reducido a un pequeño mínimo, el niño proletario que asiste a la escuela popular se ve expuesto a diario y a cada hora al peligro de ser castigado con la mayor dureza, si no maltratado. No puede uno hacerse idea de lo que todavía hoy cometen los pedagogos que pegan en materia de brutalidad, violencia, desconsideración y barbarie. Con ello se mata en el hombre que se está formando todo lo humano que en él se agita: todo lo bueno, puro y noble. «¡Qué hirviente amargura y qué sed de venganza», dice Ellen Key, «qué adulación rastrera y perruna provoca el castigo corporal! ¡Hace al cobarde más cobarde, al obstinado más obstinado, al duro más duro! Fortalece los dos sentimientos que son la raíz de casi todo el mal del mundo: el odio y el miedo».

A la escuela popular asiste el 95 % de todos los niños. En su variedad más pobre y más baja, la escuela popular simple, que se llama también escuela municipal o de distrito, recibe la juventud del proletariado su instrucción y su educación. Para ella la escuela no es más que una etapa más en la gran escuela de sufrimiento de su vida. Sus penalidades, su desventaja, sus durezas y sus espantos no la distinguen en nada del cuadro general de toda la miseria de su existencia.

Caminos hacia el vicio

Si el capitalismo ha hecho de la vida corporal del niño proletario un martirio y de su vida intelectual un desierto, crea todas las condiciones para convertir su vida moral en un cenagal.

Arrebata a los padres la posibilidad de cumplir sus deberes y obligaciones educativas. Disuelve el vínculo de la comunidad familiar y destruye el hogar en el que hasta ahora maduraban los valores morales del hombre.

La calle se ha convertido en la patria del niño proletario. Aquí pasa la mayor y mejor parte de su juventud. Aquí reciben alimento sus sentidos y crecen sus fuerzas. El aire que aquí respira contribuirá a determinar su futuro hombre interior.

Todo el mundo sabe que la calle rara vez educa para el bien. Si solo fuera un nido de groserías y travesuras locas, no habría que tomar trágicamente su fiasco educativo. Pero al convertir los ojos y los oídos de los niños de la calle en puertas de la brutalidad y la vileza, de la bajeza y la depravación, se convierte en una escuela de la inmoralidad y de la corrupción moral, y a menudo incluso en una charca de la deshonra y del vicio.

Margarete Beutler87 contemplaba una vez a niños proletarios en el lugar de juegos, cómo reían, construían, jugaban y retozaban. Su mirada se posó entonces en una niña, y en unos versos conmovedores dibujó la tragedia del camino de vida que aguarda a la criatura:

«Esta niña, qué desenvuelta se le suelta la lengua,
nunca rezó, de seguro, una oración de niña antes de dormir;
todavía lleva, sin saberlo, su vestido de harapos;
cuánto tiempo aún…; luego llega también su hora,
luego se enlaza cintas mugrientas en el pelo
y ofrece riendo sus encantos;
y unos pocos años de placer grosero, y luego
la muerte la ama en su lecho de pecado».

. . . .

Aunque el capitalismo no haya engendrado la prostitución, esta debe su auge, y sobre todo su mayor capacidad de devastación social, a la era a la que él da nombre y sello histórico. Lo que el capitalismo toca, lo lleva a lo gigantesco. También en el terreno del goce amoroso venal, donde el cuerpo de la mujer se convierte en mercancía, hace valer esta tendencia. Y no solo eso: también ha deformado hasta la mueca más repugnante el rostro del espectro social que recorre los siglos.

Como categoría social, la prostitución es un fenómeno de clase. Su silueta histórica se recorta siempre sobre el fondo de un mundo de propiedad y de desposesión. «El principio de clase es la raíz de la prostitución urbana moderna. El principio de clase encierra clases económicamente poderosas e impotentes, destruye el sentimiento de comunidad humana entre los miembros de las distintas clases, debilita la idea de responsabilidad en el trato sexual, empuja las relaciones puramente humanas de ambos sexos la una hacia la otra»88. Cuanto mayores se hacen los antagonismos sociales y cuanto más insalvables resultan, tanto más fértil se vuelve el terreno para la prostitución.

Ahí están las criaturas desdichadas a las que unos padres incapaces de trabajar, quizá también reacios al trabajo, mandan a mendigar o que tienen que ganar unos pfennigs vendiendo cerillas o flores para defenderse del hambre más atroz. Trasnochadas y tambaleándose de cansancio, esas figuras pálidas recorren con su mísera baratija los locales llenos de humo en los que a menudo el más grosero afán de placer celebra orgías desvergonzadas. Hambrientas y ateridas se sientan en las escaleras y en los zaguanes de las cervecerías y de los tabernuchos de baile, se acurrucan en las esquinas o se agazapan en los portales para importunar a los transeúntes con su mercancía o pedirles una limosna. A casa no pueden volver antes de haber vendido toda la provisión; entonces se les acerca la deshonra, que trabaja con artes refinadas. Y rápidamente se baja por el plano inclinado hasta las cloacas del vicio y la depravación…

Ahí están las hijas a medio madurar del proletariado. Huyendo de la desolación del hogar sin madre y de la gris miseria del cuartel de alquiler, pueblan la calle. En los escaparates relucientes tientan los adornos y los oropeles de colores; de salones festivos sale una música seductora; en carrozas resplandecientes pasa la vida risueña. Oídos y ojos se empapan de brillo y de dicha; su anhelo abarca un mundo resplandeciente que —¡oh maldición de la pobreza!— ha de permanecerles cerrado y vedado eternamente. Pero ¿no tiene también el pobre derecho a la felicidad? ¿Ha de estar siempre solo en el umbral, con permiso para mirar desde lejos el mar de luz, el salón de fiestas de la vida y la riqueza, apretando las manos sobre el corazón que late tumultuoso para ahogar su ardiente latido? Entonces la muchacha se acuerda de «la señorita» que vive en casa puerta con puerta con ellos. Tiene ropa interior de encaje y vestidos de seda, sombreros elegantes y alhajas a montones; vive de cenas finas y golosinas dulces, va de baile en baile y recibe visitas de señores distinguidos. ¡Qué suerte tan envidiable! En el pecho de la muchacha, con la que el destino fue tan madrastra, se agita un ardiente anhelo de dicha y de placer amoroso, rompe la cadena y se lanza al torbellino. La débil resistencia contra la tentación y la seducción pronto se quiebra, y las olas de fango se la llevan rápidamente…

Si se indaga en las causas de la prostitución, resulta que la raíz más honda es siempre la miseria social, por más que otras circunstancias fortuitas, sean cuales fueren, hayan provocado el desencadenamiento final de las condiciones. La necesidad económica tiene la culpa del alcoholismo y del descarrío, destruye las leyes de la moral y los sentimientos del pudor. El hambre, que hace del padre un ladrón y de la madre una alcahueta, hace de la hija una prostituta. Hessen89 cuenta en su libro sobre la prostitución en Alemania el caso de un cochero lituano que abusó de las cuatro hijas, guapísimas, de una familia pobre. «Los padres eran tan pobres que la linda criatura pasaba hambre a menudo, y él podía ganarse los favores ya de la de quince años dándole a escondidas un poco de su pan». Un caso entre cientos de miles.

Se oye el grito de pan cuando se lee en las cifras estadísticas de la educación tutelar prusiana90 que el 76,1 % de las familias de los pupilos de la educación tutelar tenían en 1902 unos ingresos de hasta 900 marcos. En 1901 eran incluso el 77,8 %. No tenían ningún ingreso en 1901 casi el 8 %, y en 1902 más del 7 %. En el primero de esos años, el 14,5 %, y en el siguiente el 11,5 %, figuraban como pobres a cargo del municipio o de la provincia91. ¡Qué suma inmensa de la necesidad más amarga hablan estas cifras!

Pero la sucia corriente de la prostitución se alimenta aún de otras fuentes. Todos los políticos sociales serios dirigen unánimes sus acusaciones contra la miseria de la vivienda, que se ha convertido, sobre todo en las grandes ciudades, en una grave calamidad social. Su encarnación más elocuente y a la vez más repulsiva es el cuartel de alquiler, que ya hemos conocido. La usura de la propiedad inmobiliaria92, sobre todo frente a las capas de la población de menos recursos y pobres, impone la convivencia estrecha y estrechísima de elementos a menudo de lo más heterogéneos, reunidos por el azar, el funesto sistema de los huéspedes de cama y el contacto de la juventud con la prostitución. Ya se dijo que en grandes ciudades como Berlín las prostitutas no sometidas al acuartelamiento93 viven puerta con puerta con familias proletarias, usan en común con ellas la entrada, el rellano y las escaleras y ejercen su oficio ante los ojos de los niños. «La porquería de la prostitución salpica casi las almas infantiles». Un proceso sensacional en Berlín, que hace años iluminó por una vez las espantosas profundidades de la miseria proletaria, sacó a la luz los hechos escandalosos. En un cuartel de alquiler del norte de Berlín, habitado por cientos de familias, proletarios laboriosos se afanaban en su honrada jornada por el pan para sí y para los suyos, y pared con pared con ellos prostitutas y sus chulos ejercían su oficio con tal desenvoltura y desvergüenza que en aquella atmósfera envenenada no podía surgir ningún recato moral, ni el rubor más fugaz del pudor. Los hijos de los proletarios hacían pequeños recados para las distinguidas vecinas de rellano, se quedaban a menudo de visita en su casa, llamaban «tía» a la prostituta y «tío» al Ludewig94 y participaban en pequeñas «fiestas» ocasionales. Como aquí, así se configura la convivencia en otros mil casos.

Más peligrosa aún para los niños es la influencia de elementos ajenos a la familia que son admitidos en el círculo doméstico como huéspedes de cama, varones o mujeres.

En 1880 había en Berlín 59087 realquilados de cama, repartidos entre 32298 hogares (15,3 %). Un hogar tenía 34, otro 11, otro 10, y 1663 tenían uno cada uno. 15065 familias solo poseían una habitación con calefacción y, sin embargo, 6953 de ellas tenían además un huésped de cama; 4132, una huéspeda de cama cada una; 1790, dos varones cada una; 607, un varón y una mujer; 721, dos mujeres; 357, tres realquilados varones. En un caso, en casa de un matrimonio ricamente bendecido de hijos, acampaban en una sola habitación siete huéspedes de cama y una huéspeda. En otro caso, una mujer tenía en su cuarto diez huéspedes de cama. En 1885 el número de realquilados de cama en Berlín había aumentado a 84687; en 1890, a 95365. En 1895 correspondían 77,2 realquilados de cama por cada 1000 varones y 26 por otras tantas mujeres. De ellos, el 39,2 % vivía en viviendas que solo constaban de una habitación con calefacción; el 50 %, en viviendas de dos; el 7,7 %, de tres, y el 2,5 %, de cuatro habitaciones. En todo el Imperio se contaron en 1895 más de 5,8 millones de extraños que vivían con otras familias. Se repartían en Leipzig por el 30 % de las viviendas; en Berlín, por el 23 %; en Múnich, por el 31 %; en Breslau, por el 20,7 %. En Leipzig, 27137 niños estaban expuestos a la influencia del funesto sistema de los realquilados de cama; 5000 familias tenían huéspedes de cama en viviendas con una sola habitación con calefacción. Viviendas con, a lo sumo, una habitación con calefacción y seis o más habitantes había, según el censo de 1900, 7060 en Berlín, 3238 en Hannover, 4501 en Magdeburgo, 1723 en Charlottenburg, 5302 en Königsberg (Prusia), 2001 en Altona, 3390 en Halle del Saale, 4399 en Barmen, 2961 en Posen. En Chemnitz, en unos 5000 casos, hasta 13 personas se veían obligadas a dormir en una sola habitación. En Múnich, en 1907, más de 29000 viviendas albergaban subarrendatarios, y en un tercio de esas viviendas faltaban camas.

Son situaciones malsanas que encierran grandes peligros morales. Con acierto señala Schmoller que la sociedad de las capas inferiores del proletariado fabril de las grandes ciudades se ve obligada, con necesidad imperiosa, por las condiciones de la vivienda, a recaer en un nivel de barbarie y bestialidad, de brutalidad y gamberrismo que nuestros antepasados habían dejado atrás hacía siglos.

En su Lebensgeschichte eines modernen Fabrikarbeiters [Historia de la vida de un obrero fabril moderno], Bromme95 describe un episodio que pone al descubierto de forma drástica los peligros a los que el régimen de los realquilados de cama expone la moralidad del niño proletario. En casa de su madre vivían a pensión dos muchachas entregadas al amor lésbico. «Una noche» —Bromme era todavía un muchacho— «estaba yo echado en el sofá durmiendo cuando de pronto me despertó mi madre: “Willi, ¿no quieres dormir con la señora? Es que no puede dormir bien sola”. Eso fue al segundo día de haberse mudado ella a casa. Me quedé asombrado de esta pretensión inaudita, que sonaba tan inocente. Más tarde lo pensé bien. ¡Quién sabe lo que aquella mujer habría hecho conmigo! Porque un día nos visitó su antiguo marido, y mi madre le preguntó por ella. Él dijo entonces que era una mujer como cualquier otra, pero loca por los hombres, y que era capaz de acabar con un hombre fuerte en uno o dos años. Como el marido no le bastaba, se arrimaba también a muchachas». El muchacho Bromme se indignó de que tuviera que dormir con una mujer en una misma cama. Más tarde —ya padre— tuvo que resignarse a que su hija, por falta de camas, durmiera durante años con el abuelo. Él mismo tenía también un niño consigo en la cama, y la madre incluso dos, aun en avanzado estado de gestación.

En Breslau, de 3206 dormitorios, solo 25 tenían más camas que personas; 783, tantas camas como personas, y 2398, es decir, casi tres cuartas partes de todos los dormitorios, menos camas que personas. En las viviendas superpobladas, de 10000 personas solo 171 disfrutaban de una cama propia.

En Hannover, en 1904, de los 2152 habitantes de una manzana que comprendía 97 casas con 550 viviendas, solo el 45,1 % tenía una cama propia. Y eso que los habitantes no eran en absoluto los más pobres de todos. Si se contaban como «cama» el sofá, el cochecito de niño, etc., cada cama estaba ocupada por término medio por 1,6 personas. Compartían una misma cama: un huésped de cama y un muchacho; una madre y su hijo adulto; una muchacha adulta y una realquilada de cama; un hijo adulto y dos hijas menores; una hija adulta, su hijo y una realquilada de cama; una mujer y un niño ajeno. En 18 casos solo se podía llegar a los dormitorios atravesando el dormitorio de otras personas.

En Berlín, el doctor Bernhard investigó las condiciones en que dormían los escolares y comprobó que solo el 40 % dormía solo en una cama y el 6 % incluso con más de una persona. En la 8.ª clase de la escuela municipal n.º 84, de 55 niños, 16 dormían con dos personas y 1 con tres en la misma cama. Lo mismo en la escuela municipal n.º 8, 1 niño con tres hermanos. El doctor Philippsohn informa sobre 200 niños, de los que el 40 % dormía solo y el 60 % con 1-4 personas, a saber: 5 niños de 6-13 años con la madre, 2 niñas de 6-13 años con el padre, 11 niños con la hermana y viceversa, 17 niñas con las madres, 8 niños con los padres, 29 niñas con hermanas, 35 niños con hermanos, 2 niños con abuelas y 1 niño con tres hermanos y una hermana. El inspector de una caja de enfermedad encontró a un muchacho de 16 años enfermo de gripe y de anginas en un cuartito donde cuatro personas usaban dos camas. Él mismo compartía su cama con un enfermo de escarlatina.

En Fürth, un maestro descubrió un caso en el que un muchacho tenía que compartir el lecho con un hermano y dos hermanas. El dormitorio solo daba cabida a dos camas; la familia de ocho miembros tenía que acampar en dos camas, en el sofá y en el suelo.

Eso es lo terrible: que ni siquiera en su propio hogar es capaz el proletario de preservar a su hijo de la corrupción moral. Por mucho que tenga extendidas ambas manos sobre el bien del niño, la miseria de la vivienda y la necesidad que le obliga a meter subarrendatarios en casa frustran su más honrado y sincero empeño. ¡Y de qué sirven todas las buenas exhortaciones, todos los sermones morales y los bellos propósitos, cuando la estrechez del espacio y la falta de camas obligan literalmente a los contactos corporales más íntimos! Por fuerza se embota temprano el pudor, se debilita la resistencia a lo inmoral y se prepara el terreno para la corrupción moral.

¡A qué consecuencias funestas ha llevado ya el que niños de ambos sexos durmieran con adultos en una misma habitación, en una misma cama! Que niños de doce y catorce años tengan que responder ante los tribunales por incesto no es nada raro, y sin embargo es una terrible acusación contra la sociedad, que aquí descuidó su deber. La familia, antaño semillero de nobleza de espíritu, se ha convertido en foco de la peor desmoralización. El nacimiento de los hijos tiene lugar ante los ojos de los mayores. Los discretos deberes de la maternidad van acompañados de miradas curiosas. Con bastante frecuencia los niños son incluso testigos de actos sexuales, por no hablar de las expresiones obscenas que sus oídos captan en boca de huéspedes de cama incultos y frívolos. En un caso que mencionó el consejero provincial96 Schmidt en su ponencia sobre la escasez de vivienda y la educación tutelar en la 5.ª Asamblea General de la Asociación Renana para el Fomento de la Construcción de Viviendas Obreras, tres niños dormían con sus padres en una misma cama; los padres, entregados a la bebida, mantenían relaciones sexuales en presencia de los niños. En otro caso, tres niños de entre 10 y 16 años compartían con su padre un cuarto y una cama. El padre se hizo culpable de incesto con la mayor de los hijos. En un tercer caso, la madre se entregaba con hombres extraños, en la única habitación disponible, de un modo que desafía toda descripción. En un cuarto caso vivían juntos los padres, dos hijas menores de 14 años, dos hijos de 18 y 21 años y una hija con tres hijos ilegítimos, en una habitación de 36½ m² y con dos camas en total. «Los niños que fueron apartados de sus padres y entregados a la educación tutelar vivían a menudo en condiciones de vivienda literalmente indignas del ser humano, más espantosas de lo que pueda imaginarse». No es de extrañar, entonces, que los periódicos informen a cada momento de padres desnaturalizados que abusaron carnalmente de sus hijos, de abuelos que con lascivia senil se convirtieron en pecadores con sus nietos, de hermanos que deshonraron a sus hermanas y acabaron dejándolas embarazadas, de inquilinos y extraños a la familia que satisficieron sus apetitos perversos con los hijos inmaduros de sus caseros. El fiscal italiano Ferriani97, gran psicólogo de la infancia, pudo comprobar, al establecer los antecedentes de prostitutas menores de edad, según informa Adele Schreiber, en la inmensa mayoría de los casos violación y desfloración a edad temprana. De 460 menores, 14 habían sido deshonradas entre los 8 y los 10 años, 22 entre los 10 y los 12, 30 entre los 12 y los 14, 60 entre los 14 y los 16. La iniciación en la escuela de la lascivia había empezado en la mayoría mucho antes aún. La Sociedad inglesa de Protección de la Infancia se vio obligada a intervenir en diez años en favor de unos 12000 niños de los que habían abusado, en parte, sus propios parientes y, en parte, realquilados de cama. ¡Cuán aterradoramente grande será entonces el número de crímenes cometidos contra niños que nunca salen a la luz, pero que al final se manifiestan en sus consecuencias —en forma de prostitución— sin que puedan reconocerse ni demostrarse sus causas!

Particularmente indignante es el hecho de que entre los seductores y violadores de niños figuren en primera fila los educadores de la juventud y los eclesiásticos. Casi no pasa día sin que se lea en los periódicos que unos maestros han sido condenados a penas a menudo muy considerables por delitos contra la moralidad cometidos con los niños a ellos confiados. A menudo estos libertinos han practicado durante años y decenios sus vergonzosas costumbres, han arruinado moralmente a generaciones enteras, han infestado ciudades y pueblos enteros. El caso Bock, en Berlín, constituye a este respecto un verdadero documento de época. Se abusa sexualmente de niños y niñas; huérfanos, sordomudos, ciegos, débiles mentales no se libran de la lujuria de estos monstruos. Y el peligro para el niño es siempre tanto mayor cuanto más bajo está el padre en la escala social. ¡Ay del pobre que, sin las pruebas más fidedignas y abrumadoras, quisiera alzar su voz acusadora contra la majestad de un monarca escolar!

En este contexto puede señalarse también que los castigos corporales, tal como, por desgracia, siguen estando a la orden del día en la escuela y en casa, se cuentan entre los factores que muy a menudo preparan con éxito el terreno a la prostitución de los jóvenes. Quien pega a un niño hiere su sentimiento del honor, lo embota y lo vuelve indiferente a los contactos con su cuerpo. Las palizas continuas, repetidas a diario, pueden obrar en las muchachas como una educación para la debilidad moral, para la deshonra y para la degeneración sexual, por no hablar de que los castigos pueden provocar en algunas naturalezas —maestros como alumnos— una fuerte excitación sexual. No son tan raros los casos en que el maestro al pegar, como el alumno al recibir los golpes, sienten un placer perverso que conduce a una aberración de la vida sexual o que testimonia que tal perversión ya existía.

Incomparablemente mayor es, sin embargo, el porcentaje de niños a los que las artes de seducción de libertinos sin conciencia llevan continuamente como reclutas al ejército de la prostitución. Recuérdese el escándalo Sternberg98, los procesos inmundos que se refirieron a sucesos en Renania, en Bremen y en Leipzig, en Heligoland, etc. La juventud dorada de la burguesía, oficiales, consejeros comerciales99, pilares del Estado y guardianes de la virtud de todo grado y dignidad estaban implicados en ellos. Desde estos sucesos vergonzosos y sus escenarios parten a menudo hilos en línea recta hacia los manejos de la trata internacional de muchachas, que se encarga de que haya siempre «mercancía fresca» en el mercado de la carne. ¿Cómo, si no, iban los nababs solventes a satisfacer sus perversos caprichos de gourmet? Las revelaciones de la Pall Mall Gazette del año 1885100, que lanzaron crudos destellos de magnesio hasta los círculos más altos de la aristocracia inglesa, siguen vivas sin duda en el recuerdo de todos. Por medio de la trata de muchachas, cientos de niñas de tierna edad son cada año atraídas con engaño y raptadas, narcotizadas y emborrachadas, llevadas finalmente a burdeles y obligadas a prostituirse mediante la violencia más brutal, o entregadas a clientes particulares. La «mercancía joven y fresca» se paga siempre bien; un traficante contó en el juicio inglés que tenía un cliente que cada 14 días se hacía llevar tres muchachas vírgenes de la edad más tierna al precio fijo de 140 marcos. Que a menudo madres depravadas se convierten en maestras de sus hijas es cosa sabida. Entre los pupilos de la educación tutelar de Prusia se comprobó en 1901 que en el 52,3 % la madre se dedicaba a la lascivia y que en el 45,1 % el padre, la madre o ambos tenían condenas.

En Stuttgart trabajó hace años como asistente de policía la hermana Henriette Arendt101, que se dio a conocer también como escritora. Se había propuesto como tarea principal combatir enérgicamente el desvergonzado tráfico de niños con fines inmorales, tal como se manifiesta en sospechosas solicitudes y ofertas de adopción en la prensa. Sus esfuerzos tuvieron, además, un éxito superior a lo esperado. Pero entonces la hermana Arendt advirtió con sorpresa que en la autoridad de la que dependía no encontraba en absoluto el apoyo que había esperado y que necesitaba para proseguir con éxito su labor. Es más: se le pusieron directamente dificultades en el camino y se procuró paralizar su celo. Finalmente, la Jefatura de Policía municipal recibió la siguiente instrucción, firmada por el concejal doctor Rettich:

Sería muy deseable que a la Arendt se la ocupara con los asuntos corrientes de tal modo que no le quedara tiempo para «ir durante largo tiempo tras los anuncios de los periódicos». No es para eso para lo que la contrató el Concejo municipal, aparte de que estas historias de adopciones son una miseria de sobra conocida. Lo enojoso de la escritura sensacionalista de la Arendt es que la ejerce regularmente haciendo valer su condición oficial de «asistente de policía en Stuttgart», con lo que hace caer sobre la ciudad de Stuttgart la mala fama de que todo lo que ella encuentra es específicamente stuttgartés. — A mí personalmente me es del todo indiferente, pero en amplios círculos se ha notado con desagrado también que ella, como ninguna otra persona conocida en parte alguna y de manera alguna, suministra continuamente material para desacreditar a la sociedad establecida. Cualquier otro funcionario de policía, etc., podría hacerlo igual de bien, pero todos los demás tienen demasiado tacto para ello y están demasiado bien educados en el servicio.

Esta carta dice mucho, puede exclamarse con el Vorwärts102. El tráfico de niños, «una miseria de sobra conocida»; pero ¡ay de la funcionaria que se ocupe de esa miseria! ¡Qué le importa a ella el escándalo de los burdeles! ¿No sabe que altos señores aprecian las orgías de los burdeles? ¡Si los burdeles fueran para el pueblo llano…! ¡Y esta persona se atreve a suministrar material para desacreditar a la sociedad establecida! Saca la miseria, el crimen, de las cuevas oscuras a la clara luz del sol, ¡muestra a todo el mundo cómo están las cosas en las profundidades de la sociedad humana! Cualquier otro funcionario de policía podría hacerlo «igual de bien», pues no es sino demasiado cierto lo que ella dice y escribe. Pero no debe ser verdad, el pueblo no debe saber cuán honda y devastadoramente hurga la podredumbre en su médula…

También la estadística prusiana de la educación tutelar ha levantado un poco el velo. En 1909 se comprobó que, de las niñas en edad escolar obligatoria sometidas a educación tutelar, 132 (9,6 %) estaban entregadas a la lascivia, frente a 94 en el año 1908. 5 habían dado ya a luz o se encontraban en estado de gestación. 126 de las niñas tenían hermanas que eran prostitutas. Entre las pupilas que ya habían salido de la escuela había 1016 entregadas a la lascivia (66,5 %), entre ellas 106 que ya habían dado a luz o estaban embarazadas, y 101 con sífilis. Por prostitución profesional103 habían sufrido ya 62 condenas anteriores. En Berlín había en 1902, entre 190 muchachas entregadas a la educación tutelar, 131 dedicadas a la prostitución (68,5 %).

En una encuesta de Gerling104, de 5183 prostitutas interrogadas, 1255 confesaron que, siendo medio niñas y sin padres, habían sido empujadas ya en brazos del vicio. 1441 dieron como causa el hambre, el paro y la miseria; 280, la seducción por un amante.

Todos los informes de hogares de asistencia, de casas de rescate, de asilos, etc., hablan de pupilas que, criadas en familias desquiciadas, al lado de madres que se prostituían, en el círculo de parientes viciosos y moralmente degenerados, quedaron moralmente arruinadas ya en la más temprana edad. Ahí están las criaturas desdichadas a las que sus propios padres empujaron ya en su tierna juventud a la deshonra, vendieron por un dinero miserable, obligaron y enseñaron a ofrecer su cuerpo inmaduro, de modo que a los 10, a los 12 y a los 14 años ejercían ya formalmente la prostitución. Ahí están otras que a los 12 años tenían ya trato sexual con sus propios hermanos y al mismo tiempo se entregaban también a otros por dinero, que a los 14 años, según comprobación judicial, pasaban por deshonradas y andaban como prostitutas por los barcos del puerto. Ahí están madres jóvenes de 12, 13 y 14 años, que son todavía ellas mismas niñas inmaduras, y muchachas de edad aún menor que se ofrecen a los hombres en la calle. En Leipzig fue detenido por un delito contra la moralidad un droguero en cuyos manejos se reparó porque delante de su tienda se peleaban y pegaban a menudo más de 10, 12 y 14 colegialas, pues cada una quería ser la primera en el turno de las que él usaba sexualmente. En Hamburgo se descubrió a un aprendiz de panadero de 17 años que tenía tres hijos ilegítimos. En Berlín hay cerca de 1000 muchachos de 14-20 años que se prostituyen con homosexuales; en Múnich y en otras grandes ciudades la cifra llega a los centenares.

Si se recorren las anotaciones de casas de Magdalenas105 y de otros establecimientos de asistencia y de corrección que publica Kampffmeyer106 en su escrito sobre la prostitución, se abre una plenitud casi abrumadora de miseria social: padre muerto, madre muerta, padre entregado a la bebida, madre de mala fama, hijo ilegítimo, padre en la cárcel, la madre ejerce una mala influencia, etc. De los padres de los pupilos de la educación tutelar de Prusia, en 1901 cerca del 38 %, y en 1902 casi el 32 %, estaban bajo el poder de hábitos e inclinaciones viciosos.

A la cabeza figura la embriaguez, con el 89,8 %. El dominio de la peste del aguardiente son las provincias orientales, sede principal de los junkers. Está demostrado estadísticamente que en ninguna otra parte del territorio del Imperio el alcohol influye tanto en la vida del pueblo como en el Este, especialmente en Posen. El concejo de la ciudad de Posen ha calculado que solo la ciudad, con las estimaciones más prudentes, carga cada año con al menos 260000 marcos de gastos por enfermedades y achaques producidos por el abuso del alcohol. También la relación entre el consumo de aguardiente malo, que degenera el espíritu y el cuerpo, y la prostitución es aquí fácil de reconocer. En ninguna parte del Estado prusiano están tan extendidas las tabernas de alterne107, en ninguna parte se muestra la prostitución tan abierta y desvergonzada como en Posen y en Prusia Occidental. Hasta ciudades pequeñas pueden presumir de casas de placer como las de las grandes ciudades, aunque la pobreza y la miseria están en su casa en toda esa comarca. Una parte muy considerable de las prostitutas de las grandes ciudades alemanas procede, si no de las piadosas ciudades de Renania (Colonia, Aquisgrán, Mönchengladbach), de las provincias citadas.

Después del alcoholismo, en las zonas rurales, sobre todo en las del este del Elba, acude en ayuda de la prostitución una cierta tradición social. El sometimiento absoluto del pueblo del campo a los caprichos y apetitos de la clase señorial ha rebajado desde hace siglos a las mujeres e hijas de los vecinos y de los pequeños campesinos a dóciles objetos de placer de los «graciosos señores». La esfera ético-social que produjo el jus primae noctis sigue ejerciendo una influencia funesta en las relaciones entre los sexos. En ninguna parte, escribe Hessen en su libro sobre la prostitución en Alemania, se ha anticipado tanto a la prostitución la venalidad por principio del cuerpo femenino como en las provincias orientales de Prusia, y en ninguna parte se ha permitido a los instintos mimados de la llamada clase alta desfogarse de manera tan inescrupulosa y brutal en la humillación de sus víctimas. La rudeza del tono en gran parte de estas pobres muchachas no es sino el eco de la rudeza con que sus compradores las han tratado habitualmente. A ello se añaden las escandalosas condiciones de vivienda en que vegeta el proletariado rural del Este. En barracones miserables se aloja a segadores, temporeros de Sajonia108, obreros de la remolacha, etc.; los mozos duermen en el establo entre el ganado; hombres y mujeres, muchachos jóvenes y muchachas apenas salidas de la escuela, incluso escolares, yacen en una misma habitación unos junto a otros o unos encima de otros, son testigos auditivos de las mayores groserías y, con bastante frecuencia, testigos oculares de actos sexuales. No respiran el aire viciado y repugnante de esta inmoralidad sin la consecuencia final de un envenenamiento del alma casi siempre incurable.

Para huir de la desfavorable situación de la casa paterna, donde la necesidad y la pobreza están siempre de huéspedes y nunca cruza el umbral un alimento espiritual estimulante, el hijo del obrero entra casi siempre muy pronto, por su cuenta, en la lucha por el pan de cada día. La muchacha busca una colocación de criada o va a la fábrica, donde también encuentra trabajo el muchacho. Aquí como allí acechan serios peligros morales.

Las criadas constituyen, según todas las estadísticas, el contingente más fuerte de la prostitución propiamente dicha. Weinhausen cifra su proporción en 1900/01 en el 60 %. Procedentes casi siempre del campo o de pequeñas ciudades, son de buena índole, confiadas, inexpertas, y así se convierten fácilmente en presa de la seducción. Pero luego la reacción que sobreviene contra la desacostumbrada pérdida de libertad las induce a ellas mismas a locuras ocasionales. En la casa no se les permite tratar abiertamente con sus iguales; no tienen para ello ni tiempo ni un local decente. Alegrías juveniles inocentes, trato social desenvuelto, excursiones en los días libres, no existen. No quedan más que las pocas horas de la noche avanzada para un rato de charla en el portal oscuro, para un paseo por los jardines. Las más atrevidas reciben visitas en el estrecho cuartucho, donde no se puede evitar el contacto corporal, o se escapan de noche y a escondidas para disfrutar unas horas de placer loco en los salones de baile. Léase en Kubinke, de Georg Hermann109, cómo en la vida de la criada se van desarrollando por sí solas las cosas que acaban dándole su característico sesgo sexual. ¡Cuántas veces la criada es también víctima de los apetitos de sus amos o de los hijos tempranamente corrompidos de la familia a la que sirve! Lily Braun cuenta que se encontró con una señora que toleraba la relación de su hijo con la doncella con esta justificación: ¡Así por lo menos sigue sano! Donde más amenazada está la moralidad de las muchachas es en los hoteles y pensiones de los balnearios, donde los viajeros y los agüistas consideran a menudo la satisfacción de sus deseos sensuales como algo natural, que va con los servicios personales que se aseguran con una propina. La mayoría de las criadas vuelven de la temporada o de las ciudades al campo con un hijo. También la frecuente falta de colocación, relacionada con la escasa comprensión de política social de las amas de casa, con el mal trato y con la general falta de derechos de las muchachas, es a menudo una escuela preparatoria de la prostitución. Ya en 1847 deploraba Groß-Hoffinger110 la desconsideración del «poner en la calle» y señalaba los grandes peligros morales que de ello pueden derivarse para el hijo del pobre en su desamparo. Desde entonces no ha mejorado.

Una estadística berlinesa de 1874 constataba que de cada 100 prostitutas 36 habían sido criadas. En 1898 Behrend halló en Berlín el 51,3 %. También Blaschko111 comprobó un aumento de las criadas entre las prostitutas. Un cálculo norteamericano cuenta el 47 %. De las 3000 criadas que había en 1854 en Leipzig, afirmaba un escrito publicado entonces que la tercera parte se dedicaba a la prostitución clandestina. Hessen considera creíble este dato por lo que él mismo ha oído sobre lo accesibles que eran las muchachas de Leipzig para los estudiantes, etc. La proporción de criadas en el número total de madres ilegítimas parece confirmarlo plenamente.

En la joven obrera de fábrica son otros los factores que la llevan a brazos de la prostitución. En primer lugar, el salario, casi siempre terriblemente bajo, que a menudo no basta ni para procurarse los medios más indispensables para vivir. ¿Qué va a hacer una muchacha con 3, 4, 6 o incluso 8 marcos a la semana? No le queda más que entregar el cuerpo, salida a la que no pocas veces la remiten jefes de alma grosera y frívola. Además, a la proletaria de fábrica le falta casi siempre el hogar, el cuarto propio. Es huéspeda de cama y, fuera de la noche, ni siquiera tiene derecho a la cama; en ella descansa quizá durante el día un obrero del turno de noche, o la habitación en que está es taller, cocina, cuarto de los niños o algo parecido. Así, después del peso y la fatiga del día, se ve obligada a vagar todavía unas horas. Si encuentra un amante, lo lleva de vez en cuando a casa para tener trato con él allí, sin reparo ante los ojos de los demás inquilinos y de los niños pequeños. La obligación de hacer a diario las cosas más íntimas a la vista de todos la ha despojado de todo pudor. En la fábrica se cambia de ropa y se quita el corsé en presencia de los hombres y de los muchachos jóvenes. «Lo más penoso para mí», cuenta Bromme, que a los 14 años entró en las fábricas de botones de corozo de Schmölln112, «era que las muchachas, sin ningún reparo, delante de mí, un muchacho joven, y del Spritzer113, todavía soltero, de unos 30 años, se desnudaban, se quitaban el corsé y se metían en la ropa de trabajo. Entre ellas había también una muchacha embarazada que se cambiaba igual. Pero lo peor era la conversación… Allí oí cosas que nunca en mi vida había oído». En algunas industrias, por ejemplo en el ramo textil, el trabajo conduce a inevitables contactos corporales entre personas de sexo masculino y personas de sexo femenino, en su mayoría más jóvenes. Lo que allí ocurre en materia de inmoralidades no se puede expresar con palabras. ¡Cuántas veces la obrera, sobre todo si es joven y bonita, cae víctima de su jefe, del capataz o del contable! No encuentra trabajo o tiene que temer el despido si no vende, junto con su fuerza de trabajo, también su honra. Así se convierte en prostituta; quizá también porque su propio anhelo de dicha y de goce no le muestra otro camino, y porque también ella quiere asir y arrebatar una pequeña punta del cielo del amor para su vida pobre y sin alegría.

Seducción, relación, falta de colocación, maternidad, control sanitario y policial114, burdel: esas son las etapas por las que se consuma después el resto del destino de miseria.

Si la prostitución es ya de por sí un fenómeno patológico feo y maligno en el cuerpo del pueblo, cuando niños y jóvenes caen en su infección funesta y cuando la necesidad social suministra una y otra vez nuevas condiciones para esta devastación, despierta impresiones y sentimientos que se cuentan entre los más insoportables y torturantes.

Al ciudadano leal, desde luego, esto no le molesta. Canta a diario su salmo a la magnificencia del orden querido por Dios, cruza las manos sobre la barriga y en Navidad escucha, alzando los ojos con gesto farisaico, cómo el cura explica untuosamente que la cristiandad adora al Niño en el pesebre, todos los años, todos los días…

Pero si se le pone ante los ojos una niña repudiada por la sociedad, deshonrada y pisoteada en el fango, que implora compasión para encontrar de nuevo el camino de vuelta a su tierra perdida de la juventud y no tener que hundirse en el estiércol de la deshonra, entonces se sobresalta, escupe, se santigua y llama al gendarme. ¡Fuera esa mocosa! ¡Encerrad a esa puta! ¡Metedla en un correccional!

Luego se vuelve satisfecho hacia su Dios: «Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como esa…»115.

Maltratados por la asistencia

Educación tutelar116: una palabra llena de dulzura consoladora y de aliento. Se siente un cálido soplo de amor al prójimo y de misericordia. Se piensa en Pestalozzi117, cuando reunía en torno a sí en el Neuhof a los niños mendigos perdidos y descarriados, y se recuerda su amor y su bondad desbordantes cuando, buen samaritano, obraba entre los huérfanos de Stanz. «Todo el bien que recibían en cuerpo y alma salía de mi mano. Toda ayuda, todo socorro en la necesidad, toda enseñanza que de mí recibían, procedía directamente de mí. Mi mano estaba en su mano, mis ojos descansaban en sus ojos. Mis lágrimas corrían con las suyas, y mi sonrisa acompañaba la suya. Estaban fuera del mundo, estaban fuera de Stanz, estaban conmigo, y yo estaba con ellos. Su sopa era la mía, su bebida era la mía. Yo no tenía nada, no tenía casa, ni amigos, ni criados a mi alrededor; solo los tenía a ellos. Si estaban sanos, yo estaba en medio de ellos; si estaban enfermos, yo estaba a su lado. Dormía en medio de ellos. Por la noche era el último en acostarme y por la mañana el primero en levantarme. Rezaba y enseñaba con ellos aun en la cama, hasta que se dormían. Ellos lo querían así. Rodeado a cada instante del peligro de un doble contagio, me ocupaba de la casi invencible suciedad de sus ropas y de sus personas…» ¡Qué plenitud de amor y de entrega, de sacrificio y de abnegación habla en estas palabras! ¡Dichosa la juventud de los pobres si, al borde del descarrío y de la perdición, surgiera en nuestra educación tutelar un Pestalozzi semejante!…

¡Abandonad toda esperanza!118 Allí no alienta ningún soplo de amor que ayude y consuele; allí no desciende como rocío ninguna bendición de perdón y reconciliación benignos sobre los que yerran y se extravían; allí ningún latido alegre despierta fuerzas nuevas para la esperanza y para la confianza en la victoria final de la voluntad sincera. Esta «asistencia» no tiene nada en común con el espíritu y la bondad de Pestalozzi. Avanza con el uniforme del vigilante y del alguacil; con maldiciones y palabras groseras empuja al trabajo en los campos y en talleres sombríos; en patios desnudos con cascos de vidrio sobre los muros o en desolados aposentos con rejas en las ventanas hasta el cuarto piso, ejerce su oficio con dureza y sin amor… Calabozos oscuros… mangueras de goma… el gato de nueve colas y el palo de los azotes… pan y agua y, para acompañar, la Biblia. Esta repugnante mezcla de beatería lloriqueante y crueldad de corazón duro como el pedernal, de santurronería farisaica y brutalidad perversa, de knut y aleluya; este fruto repulsivo de un sistema que encarna un único y gran pecado contra el derecho del niño, es lo que hoy se llama entre nosotros, salvo pocas y honrosas excepciones, educación tutelar.

Hasta la introducción del Código Civil119, el niño tenía que haberse convertido primero en delincuente y haber sido condenado para que fuera posible decretar la educación forzosa, y aun entonces esta solía fracasar por la cuestión de los gastos, regulada de manera confusa. El Código Civil dio un paso más y concedió al tribunal de tutelas el derecho de decretar la educación forzosa cuando los padres o el tutor ponen en peligro el bienestar espiritual o corporal del niño abusando del derecho de cuidar de su persona, descuidándolo o haciéndose culpables de una conducta deshonrosa e inmoral. La regulación de la educación forzosa, a la que, para echar un velo sobre la llaga purulenta, se ha rebautizado como educación tutelar, se ha dejado a la legislación de cada Estado. De esta deficiencia resulta el lamentable fenómeno de que en los distintos Estados federados la realización del fin tutelar se regule con arreglo a los criterios más diversos.

En Prusia entró en vigor en 1901 la Ley sobre la educación tutelar de los menores. Según ella, un menor que no haya cumplido aún los dieciocho años puede ser sometido a la educación tutelar para impedir su completa perdición moral. No se requiere para ello que haya cometido un acto punible. El juez resuelve de oficio o a instancia de parte, instancia que debe presentar el Landrat120 o, en los distritos urbanos, la junta municipal y el representante de la autoridad policial. Antes de resolver deben ser oídos los padres o representantes legales del menor, el eclesiástico competente y el maestro. Dictada la resolución de educación tutelar, esta se lleva a cabo bajo vigilancia pública y a expensas públicas, bien en una familia adecuada, bien en un «establecimiento de educación o correccional», y termina por resolución de la asociación comunal competente cuando se ha alcanzado el fin educativo o su consecución queda asegurada de otro modo; si no, con la mayoría de edad.

Las probabilidades de ser sometido a la educación tutelar son incomparablemente mayores para el niño proletario que para el niño de los círculos burgueses. La necesidad de los padres, que obliga al trabajo remunerado y a convivir con elementos turbios, que lleva a ideas morales laxas o incluso a la falta de honradez, influye de modo pernicioso en su constitución moral. El mal ejemplo de la calle, el trato con compañeros de juego mal educados, el propio trabajo remunerado, etc., hacen surgir ante él múltiples tentaciones y peligros. Las resoluciones judiciales se dictan casi sin excepción según el consabido esquema F121. El texto de los requisitos con que la ley permite la educación tutelar se copia sin más de la ley. En la vía de instancias no pesa consideración alguna de la historia infantil del niño, de las condiciones sociales de sus educadores y de las suyas propias, ni de las causas que llevaron a los educadores al abandono o al niño a cometer actos inmorales. El burocratismo esquemático domina las resoluciones. Trata a los pupilos como expedientes. Quien crea que la ley y el juez solo envían a los establecimientos de asistencia a los descarriados casi sin esperanza no tiene idea del contenido de la ley ni de la práctica de su aplicación. No hace falta la más mínima culpa propia, ni un delito, ni un acto deshonroso o inmoral. Tanto peor que a las resoluciones judiciales les falten por completo dictámenes detenidos de médicos y pedagogos y una fundamentación más profunda de las causas. Así ocurre que el concepto de peligro moral, que constituye el punto de partida de las medidas tutelares, aparece con variaciones enormes. ¿No supone ya el mero hecho del paro, en determinadas circunstancias, un peligro moral para los jóvenes? ¿Y la inestabilidad del trabajo, la inseguridad de la existencia?

En efecto, entre los pupilos de la educación tutelar ha crecido muy considerablemente, hasta el año 1909, el número de los ocupados «en trabajos diversos». Encabezaba la lista el oficio de recadero, con 364 pupilos en 1908 y 287 en 1909; la categoría de los jornaleros eventuales y obreros de fábrica, con 208 en 1908 y 420 en 1909. También la construcción, como toda clase de trabajo de temporada, está representada con proporciones altas. Así, en 1909 procedían del oficio de albañil y carpintero 94 pupilos de la educación tutelar, del estamento de los camareros y mozos de casa 58, y del de los mineros 90. Que la agricultura aporte asimismo un contingente considerable no puede extrañar a quien conozca las condiciones que allí ejercen una influencia desmoralizadora sobre los niños empleados. Pero que la proporción de los aprendices de oficio sea en todo momento llamativamente alta, y que precisamente de 1908 a 1909 muestre un nuevo aumento del 8,6 % en los varones y del 1,7 % en las muchachas, sorprenderá a todos los panegiristas de las relaciones patriarcales en el artesanado. Ya en 1902 se lamentaba el informe ministerial de que gran parte de los pupilos de la educación tutelar se reclutaba en el estamento artesano, señal de que el artesanado no cumple plenamente sus deberes para con los aprendices. Los años siguientes no han traído mejoras, sino empeoramientos. Solo unas cifras:

19041909
Panaderos, pasteleros80111
Herreros, cerrajeros89163
Ebanistas, torneros, cesteros3848
Pintores934
19041909
Guarnicioneros, tapiceros1224
Hojalateros1423
Barberos, peluqueros1522

«Es significativo», observó a este respecto el diputado Ströbel122 en la Cámara de Diputados prusiana, «que aporten el contingente más fuerte precisamente aquellos oficios en los que la protección obrera hace menos progresos, en los que la arbitrariedad patriarcal está menos limitada por las organizaciones.»

Pero el 35,4 % de los pupilos de la educación tutelar que procede del estamento artesano queda aún superado por el 40,7 % de las muchachas todavía en edad escolar y el 49,3 % de las ya salidas de la escuela que venían del servicio doméstico. También estas cifras dejan ver que la tan alabada influencia educadora de la relación de servicio sobre el niño, con los reglamentos de criados123 de más de cien años como base, no justifica en modo alguno por sus resultados la importancia que le atribuyen sus defensores. La proporción de pupilas que antes trabajaban en la industria también ha aumentado, como muestra el siguiente cuadro:

19041909
Obreras de fábrica y cigarreras143257
Dependientas1653
Costureras3347
Camareras1927

Sobre la constitución mental de los pupilos de la educación tutelar, la estadística de 1909 informa de que el 11,9 % no era mentalmente normal. De ellos, el 7,9 % descendía de padres débiles mentales, epilépticos o enfermos mentales; el 24,2 %, de padres bebedores, y el 5,9 %, de padres entregados a la lascivia. Casi la mitad de los anormales mentales (40 %) tenía, pues, una tara física o era producto de sus malas condiciones familiares. El 41 % (en la media de los años 1901 a 1909, incluso el 48 %) había asistido a la escuela muy irregularmente; el 12,5 %, pese a haberla frecuentado, no sabía leer ni escribir.

En cuanto a la criminalidad de los niños, se comprobó para 1909 que, de 5487 penalmente imputables, 427 en edad escolar y 1890 ya salidos de la escuela habían sido condenados por los tribunales. Se habían cumplido penas de cárcel de hasta cuatro años. Entre los delitos encabezaba la lista el robo, con 1502 casos. De los padres de los niños, 2849 (el 42,4 %) habían sido condenados por los tribunales.

Los datos sobre la situación económica de los padres dieron, para 1907, que el 75 %, y para 1909, que el 58,8 % de los padres tenían menos de 900 marcos de ingresos anuales. En 1906, aproximadamente una sexta parte, y en 1909 más de una quinta parte de todos los padres de pupilos de la educación tutelar eran pobres a cargo del municipio o de la provincia. En 1909, el 7,8 % carecía de todo ingreso. Precisamente estas familias, que se hallaban en la mayor penuria económica, aportaban también, como subraya expresamente el informe oficial, el mayor número de niños tutelados.

A abismos sociales conduce la mirada la estadística cuando trata del medio familiar del que salieron los niños tutelados. En la media de los años 1901 a 1909, más del 16 % de todos los niños eran de nacimiento ilegítimo. Solo de las 6721 familias de pupilos de la educación tutelar consideradas para el año 1909, en 2009 (el 29,9 %) los padres estaban entregados a malas inclinaciones (alcoholismo, lascivia, etc.). En el 16,8 % de los casos se trataba del padre, en el 6,2 % de la madre y en el 6,9 % de ambos. En los padres predominaba el alcoholismo, con el 90,9 %; en las madres, la lascivia, con el 51 %. Veintisiete madres estaban bajo el control de la policía de costumbres. Entre las pupilas todavía en edad escolar había 132 (el 9,6 %) que habían sido internadas por deshonestidad; cinco de ellas ya habían dado a luz o estaban embarazadas, seis padecían sífilis adquirida, 126 tenían hermanas prostitutas. De los pupilos y pupilas salidos de la escuela en 1909, 58 tenían antecedentes por delitos contra la moralidad, 4 por incesto, 3 por actos contra natura y 62 por prostitución. «De 80 expedientes que permiten asomarse a las espantosas condiciones domésticas de los pupilos de la educación tutelar», dijo el consejero provincial Schmidt en la asamblea general de la Asociación Renana para la Construcción de Viviendas Obreras, «40 hablan de incesto, de proxenetismo grave, de prostitución profesional.»

Cuadros igual de sombríos despliega una estadística de Wurtemberg de 1905. Había niños cuyo padre era un borracho con muchas condenas, cuya madre tenía más de veinte antecedentes por prostitución, robo, estafas y holgazanería, y cuyos hermanos, hasta seis, estaban igualmente en educación forzosa. Se encontraron casos en que el padre estaba en presidio por reiterados delitos contra la moralidad cometidos con su propia hija, mientras la madre había llevado a su hija hasta altas horas de la noche a las tabernas y la había inducido a la prostitución. Otros estaban confiados a la vigilancia de una abuela bebedora que había tenido nueve hijos ilegítimos. Alcoholismo, holgazanería, robo y prostitución desempeñaban un papel siniestro en las fichas personales y en los registros de antecedentes penales de los padres. Y en esta atmósfera espantosa maduraba la tragedia del destino de los niños entregados a la educación tutelar.

Los principios educativos de los establecimientos destinados a la «enmienda» de los pupilos, y no menos los de las familias «adecuadas», están dictados por la idea que la muy decente sociedad burguesa tiene del descarrío de la juventud y de sus causas. Es la idea más superficial y más estrecha que pueda imaginarse. La moral satisfecha de la propiedad no quiere saber nada de un olvido social del deber, de una culpa de la sociedad frente al individuo. Se aferra a su cómoda teoría del libre albedrío, que le facilita cargar en la cuenta de los pobres el peso de la responsabilidad que debería gravar la conciencia de la sociedad. Se deja que el pobre se haga culpable y luego se le entrega al tormento.

Así, la educación tutelar, pese a todas las bellas palabras y a toda la buena voluntad, lleva inequívocamente el carácter de un castigo, de la dura expiación de una infracción del derecho cometida. El pupilo es un penado. Lo que debería ser educación es coacción, represalia y tortura. La elevación del pupilo a un nivel moral más alto, el empeño de devolverlo a la sociedad purificado y enriquecido en valores morales, retrocede de modo inquietante ante los rasgos del castigo que exhibe todo el sistema. La hermosa tarea de hacer innecesaria y superflua la coacción, de superarla, de conseguir el gusto por el trabajo y por la creación y de transformar la coacción en voluntariedad, queda por completo desatendida. Al contrario: la coacción se aplica sistemáticamente hasta en lo más pequeño y en el último detalle, se lleva hasta el ensañamiento, se exagera hasta lo inhumano, y medios de corrección bárbaros, aplicados a menudo sin medida, sin miramiento y sin comprensión, sirven para indignar e irritar en lo más íntimo a las víctimas indefensas de este sistema, para desencadenar todos los instintos bajos y apagar en ellas hasta el último resto de bondad.

Sobre todo en el trato de las muchachas que entran en la educación tutelar como moralmente amenazadas o como prostitutas, la falta de amor, unida a un fariseísmo santurrón y mojigato, celebra verdaderas orgías. Se las retiene de dos a seis años como prisioneras, como si al menos hubieran cometido un homicidio, y se adereza a diario la yerma soledad sin sol de su existencia malograda con mil maldades rebuscadas. El médico berlinés Dr. Hammer, buen conocedor de este oscuro terreno, informa de que en los establecimientos de asistencia no pudo advertir nada que apuntara a lograr una actuación independiente, a formar caracteres que piensen con libertad y aspiren conscientemente a lo noble. De la mañana a la noche, el tiempo de la pupila se emplea exactamente según el reglamento. No solo está estrictamente regulado el tiempo de trabajo, sino también el tiempo y el modo del recreo. Casi siempre se controla incluso estrictamente la correspondencia. Año tras año les es imposible a las muchachas alejarse de los locales del establecimiento. No se les da a conocer la vida de la gran ciudad; no disfrutan de los beneficios de los escolares, a quienes se enseñan los monumentos y con quienes se organizan excursiones. A menudo se castiga a las muchachas si miran a su alrededor durante las faenas de la casa o si hablan con sus vecinas. Durante horas deben dedicarse en silencio a una labor de aguja monótona; solo durante ratos muy breves pueden conversar. Los padres y parientes solo son admitidos de visita raras veces, a veces solo cada pocas semanas. Mientras que en todo hogar y fuera, en la vida, se logra una influencia principal mediante el trato de los sexos entre sí, en los establecimientos de asistencia las muchachas carecen de todo trato con hombres, sea sexual o no. Incluso las funciones del médico y los actos del eclesiástico se confían muchas veces a mujeres. Como fruto de esta educación aparece, en consecuencia, con espantosa frecuencia la homosexualidad adquirida. Las cárceles de mujeres y los establecimientos de asistencia son, en efecto, los semilleros del amor homosexual adquirido. Como medios educativos se recurre al orden, al trabajo, a la coacción y casi siempre a la religión. Además de los castigos corporales, existen como castigos la celda de aislamiento, la reducción de la comida y la privación de visitas. Los calabozos son temidos a veces por su frío, siempre por su soledad. El castigo más terrible es la prolongación del internamiento educativo más allá de dos años. Semejante medida es sin duda con frecuencia el motivo de la fuga del establecimiento. En el curso de los años 1901 a 1909 se fugó por término medio el 5 % de las muchachas, de las cuales solo una parte pudo ser devuelta. Un motivo particular de ello es también la necesidad de satisfacer el instinto sexual, que se ha hinchado hasta hacerse prepotente. Casi todas las pupilas de la educación tutelar se entregan, pocas horas después de fugarse del establecimiento, a la satisfacción más desenfrenada del instinto amoroso y se lanzan al fango del libertinaje de la gran ciudad. «Aunque conocí a docenas de muchachas tuteladas, no pude averiguar de una sola que hubiera adquirido un carácter firme gracias a esta clase de educación en establecimiento. Tampoco pude encontrar a ninguna muchacha que hubiera considerado un beneficio la educación en el establecimiento. Tampoco vi que las muchachas hubieran aprendido, aparte de las labores domésticas y de aguja, un oficio que les diera de comer.» En especial son problemáticos los éxitos educativos con las prostitutas. «En los pocos casos», dice el informe de la autoridad provincial de Prusia Occidental de 1905, «en que se intentó colocar a las prostitutas en el servicio doméstico, el intento fracasó. Con ellas se trata en realidad solo de preservarlas de una nueva caída hasta los veintiún años y de llevar a cabo un proceso de limpieza física.» Del mismo modo juzga el Prof. Dr. Blaschko, destacado conocedor de este terreno124, cuando declara: «Las casas de rescate, que navegan casi siempre bajo bandera confesional, no cumplen su fin por regla general, o solo en una medida modesta, porque el énfasis excesivo que allí se pone en el elemento religioso solo encuentra terreno abonado en una minoría ínfima de las prostitutas y repele a la mayoría. Tampoco el trabajo forzado es adecuado para fomentar la educación para la independencia, tan sumamente necesaria precisamente para las prostitutas.»

El trato de los muchachos no es en nada distinto. Adolece de los mismos defectos y muestra, en consecuencia, los mismos fracasos. «Las esperanzas puestas en la ley», dice el consejero privado Plaschke, «se han visto amargamente defraudadas. En un solo año y en un solo distrito de Silesia fueron condenados por asesinato cinco pupilos de la educación tutelar. Los muchachos cometían los mayores crímenes solo para salir de los establecimientos. Incluso entre los educadores reina la opinión de que los pupilos lo pasan peor en los establecimientos que en las cárceles.» Es cierto que reciben una especie de enseñanza de escuela complementaria, pero lo principal es el desempeño de trabajos corporales pesados con un trato duro y una libertad mínima. Hay que quebrar la voluntad, mortificar la «carne pecadora». Y los agrarios necesitan mano de obra barata. En las disposiciones de aplicación de la ley se dice: en la educación ha de ponerse la atención principal en que los pupilos sean sacados del descarrío, educados como personas religiosas y morales y formados como trabajadores útiles, preferentemente para la agricultura. ¡Un obsequio, pues, a los junkers125, ofrecido en forma de mano de obra humana barata! Incluso el director del orfanato de Hamburgo reprochó, en el Congreso de Asistencia de Breslau, a los directores de los correccionales que se preocuparan más de aliviar la escasez de brazos, culpa de los propios agrarios, que de capacitar a sus protegidos para la futura lucha por la existencia. Pues nadie se preocupa de que los pupilos aprendan a ejercer una actividad que más tarde, cuando vuelvan a ser hombres libres, les permita mantenerse económicamente. En el establecimiento de educación de Wohlau, por citar aquí solo un ejemplo, de 210 pupilos estaban ocupados en 1906 48 en la jardinería, 12 en la cocina, 10 en el lavadero, 27 en el establo y la agricultura, 55 en el cultivo de prados y la construcción de caminos y 12 como mozos o recaderos; solo 42 eran formados en un oficio. Ahora bien, la gran mayoría de los pupilos procede de las grandes ciudades y de los centros industriales, donde el capital se encarga de que la familia obrera no esté casi nunca en condiciones de educar a sus hijos. Estos niños son llevados verdaderamente a la fuerza a la agricultura, con sus míseros salarios y sus lamentables condiciones de vida y de trabajo. Bestias de carga para los agrarios: eso han de ser. La experiencia enseña que, una vez obtenida la libertad, solo aguantan poco tiempo en el campo. Vuelven a la ciudad, aumentan el número de los obreros no cualificados, elevan la oferta y con ello hacen bajar los salarios, hasta que finalmente se hunden en el ejército de los desdichados jornaleros eventuales o del todo en el fango del lumpenproletariado. Ese es el resultado de la educación tutelar: ¡por sus frutos la conoceréis!126

Hay, sin duda, también casos en que el descarrío tiene una causa fisiológica, porque en su base hay anomalías corporales, fenómenos patológicos, etc. Tales descarriados y amenazados pertenecen a las manos de los médicos, no a los correccionales. En ellos, el trabajo de los legos, quizá bienintencionado, pero equivocado e inadecuado, puede conducir a grandes desgracias.

El niño proletario se halla completamente indefenso ante las insuficiencias y los despropósitos del actual sistema de asistencia. Tiene que sacrificar su juventud y su libertad, su derecho a la felicidad y su porvenir para que los verdaderos culpables apacigüen su conciencia acusadora. Más aún: tiene que estarse quieto cuando los órganos de la asistencia pública cometen con él los crímenes más infames. Hojéese la historia de diez años de la ley prusiana de educación tutelar y, con horror y espanto, se verá surgir una suma de desvergüenzas y barbaridades, de infamias y abominaciones que hacen temblar el corazón y cortan la respiración.

A la cabeza, los hechos que claman al cielo de la Selva de Blohm y del infierno de Mieltschin127.

En el establecimiento provincial de educación tutelar de las cercanías de Glückstadt, llamado la Selva de Blohm, el padre de familia de la casa, Colander, ejercía su oficio junto con su mujer como un verdugo. Comida mala y podrida y las palizas más inhumanas estaban a la orden del día. Las muchachas tenían que llevar camisas, calzones y medias hechos de crudos sacos de azúcar, todavía con el sello de la fábrica. La ropa se cambiaba, cuando se caía a jirones del cuerpo, a menudo solo al cabo de ocho o nueve semanas. Todo el cuerpo estaba casi siempre terriblemente escocido. A los niños se les golpeaba hasta perder el sentido. A algunos se les ponía luego además una cadena que se hundía profundamente en la carne. En la celda de castigo hacía frío y humedad; durante días no había comida, en el mejor de los casos pan y agua; se los ataba de tal manera que el atormentado, sin poder ni estar de pie ni tumbado, yacía en el suelo como un tullido desvalido. En los castigos, las muchachas tenían que desnudarse, tenderse sobre el armazón de la cama o sobre un taburete, y entonces el padre de la casa, su mujer o una de las muchachas, a menudo por turnos y con todas sus fuerzas, les pegaban con una larga vara de caña o con el extremo grueso de un látigo. A una muchacha se la puso en invierno en el patio desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde, vestida solo con la camisa y —porque se había orinado en la cama— sosteniendo en cada mano un pesado colchón y con una sábana mojada sobre la cabeza. A una muchacha se la arrastró por el suelo tirándole del pelo y se la golpeó hasta que recogió con la boca excrementos humanos que había allí. Una tercera tuvo que beber café en el orinal usado y sin limpiar. A una cuarta se le ató la trenza con un alambre al respaldo de la silla y se le lastró con una piedra del campo; entre el pecho y la barbilla se le encajó una cuña de madera. A una quinta se le puso el orinal del revés en la cabeza, de modo que el contenido le corrió por la cara, el cuello y el cuerpo; sin poder limpiarse la inmundicia, la niña tuvo que quedarse de pie en el patio, donde, a causa del frío, el orinal y su contenido se le helaron en la cabeza. Varias de las atormentadas, que habían entrado sanas en el establecimiento, murieron al poco tiempo de tuberculosis intestinal y pulmonar, pero ni el médico del distrito ni la autoridad de vigilancia se dieron por enterados. Cuando por fin los espantosos hechos llegaron a los tribunales, el monstruo Colander salió del paso con ocho meses de cárcel, que pudo cumplir en la prisión de Glückstadt, dirigida por su padre.

Un cuidador de la asistencia digno de él, con principios de verdugo y sentimientos de huno, fue el pastor Breithaupt de Mieltschin. El establecimiento, que pertenecía a la Asociación Evangélica para la Asistencia a los Huérfanos y había de servir a la política de germanización en la Marca Oriental128, solo existió unos pocos meses. Pero lo que en ese breve tiempo se destruyó allí en cualidades corporales y espirituales y se arruinó en valores morales es incalculable. El pastor puesto al frente no poseía los conocimientos ni las aptitudes pedagógicas más elementales; había trabajado unos años como predicador auxiliar y se consideraba suficientemente capacitado para educar a la juventud en un puesto tan difícil y de tanta responsabilidad. Sus ayudantes eran artesanos o comerciantes que habían fracasado en su oficio, que habían entrado en conflicto con las leyes penales o que habían caído también en las garras del demonio del alcohol y luego habían sido rescatados por Bodelschwingh129. ¡Y a estos elementos confió el concejal responsable del Ayuntamiento de Berlín cien niños para su educación tutelar! Las pobres criaturas fueron tratadas peor que fieras. Su estancia en Mieltschin fue un infierno. Por las menores nimiedades se imponían malos tratos terribles. Un muchacho comió durante el trabajo: 75 bastonazos. Al llegar al golpe 74 se equivocó al contar, y entonces el horrible procedimiento empezó de nuevo, hasta que, después del golpe 149, se lo llevaron como muerto. A un pupilo se le escaparon de miedo las heces: 50 golpes. Otro tuvo que orinar en el calabozo: 50 golpes. Un tercero habló durante el trabajo: 50 golpes. Un cuarto se sentó mientras pelaba patatas: 50 golpes. Un quinto cogió una rebanada de pan porque tenía mucha hambre: 50 golpes. Un sexto se comió una de las cebollas que tenía que plantar: 50 golpes. Dos pupilos que trabajaban en una granja de fuera encontraron dos huevos y se los comieron: cada uno, 100 latigazos. Un pupilo mentalmente inferior sustrajo una bolsa de pan y escondió los panes: 50 golpes. Se pegaba con una fuerte fusta, con el bastón de puño curvo, con una porra de goma. Casi siempre en presencia de los demás niños, que tenían que contar en voz alta. Y a menudo lo hacía su reverencia en persona, hasta que le venía el asco de esa tarea de verdugo. La hermana del establecimiento presenció también repetidas veces con deleite la ejecución. Nunca estuvo presente un médico. Una vez el pastor invitó al inspector de la explotación porque iba a haber «una diversión especial». Un muchacho recibió primero puñetazos en la cabeza; luego fue atado a un árbol, con la espalda contra el tronco. A continuación llovieron golpes sobre la cabeza, el pecho y el vientre. Después se dio la vuelta a la víctima martirizada y se le trabajó la espalda a golpes hasta que perdió el conocimiento. Entonces le echaron agua por la cabeza y la tortura empezó de nuevo. El final lo pusieron 50 golpes sobre el taburete. En total, el cuerpo desgarrado del desdichado niño había soportado 200 golpes. Y la sensible hermana Olga miraba sonriendo. Pasadas las ejecuciones, los martirizados iban a parar durante días, a pan y agua, a sótanos oscuros donde tenían que yacer sin colchón ni manta sobre las baldosas, atados con esposas y grilletes y sin recibir comida. Médicos que examinaron a algunos de los pupilos maltratados después de que huyeran del establecimiento encontraron, al cabo de semanas, heridas que aún supuraban, manchas amoratadas, gruesos chichones y cicatrices grandes y profundas. En el proceso que sacó a la luz ante todo el mundo las infamias de Breithaupt, el fiscal admitió 57 casos de lesiones graves, detención ilegal e inducción a ellas; pero solo consideró que había acto punible cuando se habían propinado más de 50 golpes. De lo contrario, el número de casos habría llegado a millares. El monstruo encontró jueces benignos: salió del paso con nueve meses de cárcel.

¿Pueden generalizarse los horrores de la Selva de Blohm y del infierno de Mieltschin? Los oficiales y oficiosos se defienden y protestan contra ello. Y sin embargo se multiplican los indicios de que también en otras partes la suerte de los niños tutelados no es mucho mejor.

Así, en Dresde, la superiora del hogar infantil de la Asociación de San Vicente, que ha de sustituir la casa paterna a niños desatendidos y huérfanos, tuvo que responder por numerosos excesos, en parte muy brutales, en el derecho de castigo. Fue condenada por lesiones peligrosas a 100 marcos de multa y tuvo que dejar su cargo.

También en Dresde, la Asociación de Amigos de los Niños había emprendido, para su instrucción y orientación, un recorrido por diversos correccionales estatales, municipales y privados, y con ese motivo obtuvo también acceso al establecimiento «Marienhof», dirigido por la ciudad de Dresde. La impresión fue tan desfavorable que la asociación se dirigió al alcalde en un escrito. El director había declarado que consideraba el establecimiento un establecimiento penitenciario en el que «se debía castigar a sujetos jóvenes, obligarlos con firmeza a trabajar y llevarlos por la intimidación a otros caminos». Todo derecho a la compasión se negaba rotundamente no solo a los pupilos que estaban en régimen de aislamiento, sino también a niños de siete a catorce años que debían ser educados; toda alegría, aun la más mínima distracción, les estaba vedada. El director mostró a los visitantes los pequeños armaritos abiertos de los muchachos y reprendió al vigilante porque toleraba en ellos unos trocitos de madera recogidos con los que jugaban los muchachos, subrayando expresamente que la estancia en el establecimiento no debía tener absolutamente nada de agradable. De una dureza indignante daban prueba además los castigos: treinta bastonazos ante la clase reunida, para muchachos y muchachas. Naturalmente, los éxitos del establecimiento eran iguales a cero. El famoso señor director fue más tarde, después de haber atormentado aún durante años a los pobres niños ante los ojos del concejo, destituido de su cargo y condenado a una larga pena de cárcel por delitos contra la moralidad cometidos con los pupilos que le habían sido confiados.

En Greifswald comparecieron ocho internas del hogar de muchachas de aquella ciudad ante el tribunal por motín y daños. Se descubrió entonces que el director del establecimiento —un tal pastor Jahn—, de acuerdo con el Landeshauptmann130 y con el patronato, ponía sobre sus rodillas y apaleaba a muchachas de 16 a 21 años. Además era costumbre castigar a las muchachas con bofetadas, arresto en celda a pan y agua, privación durante semanas del agua para lavarse y corte del pelo.

De un establecimiento de educación de Barmen, bajo administración municipal, se supo que los niños eran castigados con latigazos y recorte de la comida. Un empleado de muchos años recibió un año de cárcel por delitos contra la moralidad cometidos con pupilos del establecimiento; otro ayudante de educación, con antecedentes por robo, tres meses de cárcel por haber robado a un pupilo la libreta de ahorros.

De la escuela de formación de artesanos de Gemünd (distrito gubernativo de Aquisgrán), donde están internados unos 150 niños tutelados, trascendieron a la opinión pública graves malos tratos. Un castigo predilecto es la «corona de doncella» (Jungfernkranz): se ata a los niños con cuerdas a la mesa, se les impide gritar con una mordaza y luego se los cubre de cien golpes o más.

La lista podría prolongarse hasta el infinito. En todas partes reina en estos establecimientos de educación tutelar el sombrío espíritu de la dureza y la brutalidad, que se desfoga en martirios a menudo bestiales y en atroces escenas de terror. Y la desdichada víctima de este funesto sistema es siempre, siempre, el niño proletario.

Junto al tormento de los palos y la santurronería reina en los establecimientos la más desconsiderada y burda explotación de la fuerza de trabajo infantil. Ya se ha indicado que el verdadero cometido de la ley de educación tutelar consiste en proporcionar a los agrarios, bajo el manto de la asistencia social, mano de obra barata y dócil. Numerosos casos del Este, donde se mete a niños en la educación tutelar por inofensivas travesuras juveniles, se los retiene allí durante años sin motivo visible y se los explota del modo más cruel, sin retribución, en la servidumbre de la agricultura hasta que han cumplido los veintiún años, confirman con toda evidencia esta tendencia contraria a la civilización.

Pero también el capital industrial tiene hambre de carne infantil. Desde que la ley de protección de la infancia dificultó algo la explotación de los menores, antes practicada sin medida, se pone a los pupilos de la educación tutelar al servicio del lucro. Según datos de Agahd131, en 1904 había en Alemania unos 800 establecimientos de educación no estatales, de los que 683 admitían, además de otros pupilos, también a niños tutelados. Los gastos de los establecimientos exigen anualmente de 11 a 12 millones de marcos, que se reúnen en lo principal por vía privada, mediante fundaciones y colectas. Pero el producto no basta para poner a los establecimientos de educación en condiciones de cumplir verdaderamente sus tareas educativas. Por eso, en numerosos establecimientos las instalaciones son primitivas en extremo, la comida es escasa, la dirección deficiente, por desempeñarse como cargo accesorio, los principios educativos están anticuados y el personal, mal pagado y reclutado por anuncios en la prensa, no tiene preparación alguna o la tiene insuficiente. El director de un gran establecimiento de educación ha pronunciado sobre el grueso de estos establecimientos el juicio demoledor: «Para el fin punitivo les falta a estos establecimientos bastante; pero para el fin educativo, que bajo la ley de educación tutelar es siempre el determinante, les falta poco menos que todo». La mayor parte de los establecimientos depende directamente, por la falta de medios, del trabajo infantil: no solo tienen los niños que realizar, para ahorrar personal, todos los trabajos que el establecimiento necesita, sino que, para que el establecimiento pueda siquiera subsistir, se recurre a la explotación de la fuerza de trabajo infantil, que naturalmente, si ha de ser productiva, tiene que llevarse a cabo de modo puramente capitalista. «No hay dinero en el establecimiento; consecuencia: ¡ganar dinero! Ganar dinero; consecuencia: trabajar para la industria. Trabajar para la industria; consecuencia: trabajo parcelado, trabajo mecánico, trabajo a destajo, trabajo que rinda o trabajo a cualquier precio. Tiene que faltar el cambio de ocupación, porque solo quien está habituado a una tarea produce mucho. Educación por el trabajo y trabajo infantil industrial son conceptos diametralmente opuestos.»

En un establecimiento, según informa Agahd, los muchachos tienen que desplumar plumas y las muchachas anudar mantas; «en invierno, esos son los trabajos habituales». En un segundo se ha introducido «para los muchachos más pequeños» la pintura de soldaditos de plomo para una fábrica. «Cada muchacho tiene su tarrito de pintura y un pincel. Uno da su color al caballo, un segundo le pone la silla, un tercero viste el uniforme al jinete, etc.» Los encuadernadores suministran cuadernos, encuadernan libros, cosen folletos y suministran toda clase de trabajos de cartón. El ingreso en la sección de zapatería es voluntario. No solo se remienda calzado viejo, sino que también se fabrica nuevo. Y no solo se abastece al propio establecimiento, sino también a otras instituciones estatales. También la sección de sastrería no solo cubre las necesidades del establecimiento, sino que provee de ropa a otros establecimientos. Los calceteros hacen medias nuevas, aunque solo en invierno. Del mismo modo, la cestería solo se practica en invierno. Lo mismo vale para el trenzado de paja, en el que se fabrican gorros, esteras y suelas de paja. Con qué intensidad se practica la explotación infantil en este filantrópico establecimiento modelo lo muestra el horario: verano e invierno se levantan a las cinco. De 5 a 6, vestirse, hacer la cama, lavarse, primer desayuno. De 6 a 7, hora de estudio para hacer los deberes escolares. A las 7, oración de la mañana. Luego los alumnos de la tarde van al trabajo hasta las 11¾, interrumpido por una pausa de media hora para el almuerzo. Los alumnos de la mañana barren después de la oración toda la casa, reciben a las ocho menos cuarto su segundo desayuno y luego tienen clase de 8 a 12. A las 12 se come; luego hay tiempo libre hasta la una. Entonces los alumnos de la mañana van al trabajo hasta las 6½, con una pausa para la merienda entre medias. Los alumnos de la tarde tienen clase de 1 a 4, meriendan y van al trabajo. A las 7 se cena en común, tras lo cual hay tiempo libre en invierno hasta las 8 y en verano hasta las 8½. Luego viene la oración de la noche, y después, a la cama. Sobre el éxito de este establecimiento de explotación tutelar hay que señalar que, de 107 dados de alta, uno murió, 4 tuvieron que ser readmitidos, 6 fueron a un correccional y 2 a un establecimiento penitenciario. De los 94 dados de alta como «buenos», cinco años después había 15 en el penal.

De otros establecimientos se informa: «En el tiempo libre de escuela se ocupa a los niños en limpiar legumbres —judías, lentejas, café— y en trenzar sillas…» «Por la tarde es tiempo de trabajo. Además de las faenas de la casa, entran en consideración trabajos de sala y de campo. Entre los primeros desempeña un gran papel la clasificación de judías, café, etc. También la labranza la hacen muchachos. Veintidós se enganchan al arado…» «El trabajo consiste en agricultura, jardinería, ebanistería, zapatería, sastrería, guarnicionería, encuadernación, fabricación de cepillos, cestería, trabajo de cocina y diversos otros trabajos que se presentan. Los muchachos están divididos en grupos determinados; cada grupo se ocupa siempre en el mismo trabajo…» «Todo el tiempo, salvo los domingos y media hora de los días laborables, está ocupado de la mañana a la noche con la escuela y el trabajo. De este modo no queda tiempo para ejercicios corporales, juegos y otras distracciones. Rara vez se ve jugar a los muchachos, y ni una sola vez oí una risa fresca y cordial.»

Son cuadros de establecimientos penitenciarios los que aquí se despliegan ante la mirada horrorizada. De asistencia, educación, aliento y curación, ni rastro. A menudo ni siquiera la voluntad de bien, cuánto menos la fuerza y la capacidad. Aisladamente puede haber excepciones, a veces incluso excepciones honrosas —¡quién no pensaría en el establecimiento «Am Urban» de Zehlendorf, en Berlín, y en su excelente director Plaß!132—; pero en general predomina aquella forma de asistencia a la juventud y de educación tutelar específicamente cristiana en la que, a través del patetismo untuoso de los sermones y de las devociones y del lloriqueo de los cánticos de alabanza, se oye con callado estremecimiento el gemir de criaturas humanas atormentadas y extenuadas y el silbido del knut sobre cuerpos cubiertos de verdugones…

En la noche de la mazmorra

Son los capítulos más pobres en sol y más desconsoladores del libro de las sombras sociales: la sala del tribunal y la cárcel. De ellos vale lo que Freiligrath dice de la estepa desierta: yace ante Dios en su vacío como un vacío puño de mendigo.

En el Imperio alemán se condena cada año, por término medio, a unos 50000 jóvenes por infracciones de las leyes o de las ordenanzas de las autoridades. La cifra no deja de aumentar. En los últimos años fueron unos 54000; en 1899, todavía 47500; en 1895, sólo 44000. De 1882 a 1905 el número de condenados creció un 26%.

«Conforme a derecho» han pronunciado los jueces su fallo sobre todos estos desdichados pecadores.

«Conforme a derecho» consumen en el duelo decenas de miles, a quienes pertenecen el sol y el gozo de la juventud, el mejor tiempo de su vida tras las rejas de las mazmorras y los muros de las cárceles.

¿Es que no se siente que este «conforme a derecho», duro y rígido, es una brutal aniquilación de innumerables esperanzas, que las áridas, secas cifras de la estadística criminal significan una bárbara destrucción de mil valiosos gérmenes de vida y capullos humanos?

No faltan voces de juristas, criminólogos y pedagogos que califican la relación actual entre el niño y el juez penal de malsana e insoportable, de peligro para la juventud, para el pueblo y para su desarrollo cultural, y que quieren contribuir con sugerencias y propuestas a una reorganización de este estado de cosas. Hace ya más de diez años, el profesor doctor Mendel expresó su convicción de que, de todos los delincuentes jóvenes, «un porcentaje no pequeño es castigado injustamente». La mayoría de ellos, explicaba, habían cometido el acto punible en un estado de perturbación morbosa de la actividad mental, o al menos les había faltado, al cometerlo, el discernimiento necesario para conocer su punibilidad (§ 51 del Código Penal)133. La debilidad mental morbosa, debida a una detención congénita o adquirida en la infancia del desarrollo del cerebro, no se apreciaba debidamente muy a menudo, sobre todo cuando ningún familiar ni ningún defensor probaba el defecto mental del acusado mediante sus antecedentes. Esto valía en especial para el número, harto considerable, de epilépticos. Si entre los presos adultos se contaba alrededor de un 5% de epilépticos, de los que seguramente sólo una parte muy pequeña debía considerarse imputable, el número de estos epilépticos amparados por el § 51 del Código Penal sería con seguridad aún mayor entre los jóvenes. Es cierto que tales enfermos sabían muy bien lo que era bueno y malo, podían quizá recitar los diez mandamientos, sabían también que no se debe robar y que se es castigado si se hace, pero todas estas cosas no habían adquirido para ellos el significado de una ley moral. A estos enfermos mentales indudables se sumaba otra especie de delincuentes jóvenes cuyo pensamiento había tomado igualmente desde la infancia una dirección anormal, sin que, sin embargo, hubiera que considerarlos enfermos mentales en el sentido de la ley. Se trataba de aquellos desdichados que habían nacido lisiados, con enfermedades deformantes, defectos del habla, trastornos nerviosos, etc., que en la escuela eran objeto de burla y de chanza, que en la casa paterna eran postergados o incluso tratados con dureza, y que por ello consideraban desde niños que el mundo entero les era hostil y así crecían en el encono contra él. Una vez salidos de la escuela, su intento de ganarse el pan por sí mismos fracasaba casi siempre a causa de su estado físico. Sus actos punibles se les aparecían como una venganza contra esa colectividad de la que creían tener que defenderse en estado de legítima defensa. Otra categoría de delincuentes jóvenes había sido empujada al mal camino por el ejemplo, los malos hábitos y la mala educación, la influencia de padres criminales, moralmente degenerados, alcohólicos, y, por último, también por unas defectuosas instituciones de la sociedad.

Así el profesor Mendel, a quien en tiempos más recientes se han sumado el profesor doctor Liszt, el doctor Wulffen y otros. Sus razonamientos, sin duda dignos de atención para una comprensión más honda del problema de la criminalidad de los jóvenes, han dejado casi del todo indiferente a nuestra justicia penal, asfixiada en el formalismo y presa de una inquietante satisfacción de sí misma. Además, contra el espíritu de las propuestas de reforma se rebela el espíritu del sistema entero. La organización y la práctica procesal de nuestros tribunales, el esquematismo de la técnica forense, la composición de las salas, el exceso de trabajo de los jueces, el predominio de las formalidades, etc., no permiten en absoluto un examen cuidadoso de los supuestos y motivos más profundos de la acción punible. Tampoco se quiere esa minuciosidad, porque entonces la tendencia de los tribunales a conservar y sostener el Estado y el orden estatal se convertiría en una acusación contra el Estado y la sociedad. Ya la incapacidad de la magistratura, que se recluta entre familias burguesas, en su mayoría acomodadas, para sentir socialmente y comprender al acusado desde el mundo de ideas y sentimientos de su clase frustra todo intento de una minuciosidad tan indeseada. A estos «guardianes de la justicia» se aplica en general, con mayor o menor peso, lo que el diputado Heine134 dijo una vez en el Reichstag de los jueces de la cuenca industrial de la Alta Silesia en particular: «Por mi experiencia, tengo la impresión de que se ha perdido el sentimiento de que los de abajo, en el pueblo, también son personas con sentimientos y dolores». Es espantoso, y a menudo francamente indignante, ver con qué repulsiva rutina de oficio se «despachan casos» ante la barra del tribunal, se dictan sentencias, se «declara culpables» a seres humanos y se arroja a niños a la noche de las mazmorras. Innumerables flores humanas son tronchadas, esperanzas de vida apagadas, existencias aniquiladas. Pero la ley quiere que se le haga justicia. Pereat mundus!135

¡Cuán infinitas veces los «delitos» de los niños, vengados con todo el rigor de la ley, no son más que acciones inofensivas e irreflexivas o travesuras, efusiones de la petulancia infantil, actos de ligereza, de descuido o de inexperiencia! Pero los tribunales no conocen la comprensión que perdona, ni la indulgencia, ni la humanidad.

En Aquisgrán se metió en la cárcel a un muchacho porque había «hecho rodar monedas»136 en la calle jugando dinero y los padres no podían pagar la multa impuesta por la policía.

En otra ciudad, varios muchachos tuvieron que expiar bajo cerrojo el haber hecho caer castañas verdes.

En Friedrichsfelde, un aprendiz de 14 años recibió dos días de arresto porque era demasiado pobre para procurarse el material necesario para las clases de la escuela complementaria.

En Beuthen y Duisburg se condenó a niños de 12 años a la terrible pena de un año de cárcel porque habían puesto piedras en las vías para ver cómo «saltaba» la locomotora. Los Borussen de Bonn137 salieron librados por la misma época en que se produjo la condena de Duisburg con 50 y 80 marcos de multa, aunque habían asaltado un tren, roto los cristales de las ventanillas, destrozado compartimientos, dañado la locomotora y abofeteado a los empleados.

El informe sobre la actividad de asistencia prusiana en el año 1909 hace constar que 275 niños en edad escolar obligatoria habían sufrido ya penas de cárcel de hasta dos años.

La imputabilidad penal del niño comienza al cumplir los 12 años. Este momento se ha fijado decididamente demasiado pronto, al menos para la juventud proletaria. En muchos niños nacidos con un cuerpo enfermo, mal alimentados y cuidados, criados en condiciones sociales adversas, el cerebro no presenta todavía a los doce años la madurez intelectual y moral capaz de proteger frente al juez penal. Ya oímos que el niño proletario va a la zaga de la juventud burguesa en su desarrollo uno, dos y hasta tres años de crecimiento. Además, la psicología enseña que, incluso en las personas de desarrollo normal, las representaciones éticas no alcanzan su plena formación hasta concluido el desarrollo del cerebro y atravesado el período de la pubertad. Y es en la comprensión del concepto ético en lo que descansa principalmente la responsabilidad penal del individuo. «El niño de doce años», dice el fiscal doctor Wulffen, partidario de elevar la edad de imputabilidad penal, «no tiene todavía comprensión alguna del significado social y ético del delito y de la pena; sólo comprende que la segunda es la consecuencia y el efecto del primero. En la escuela y en casa ha aprendido juicios morales ajenos cuyo sentido profundo no comprende todavía, porque su propia conciencia ética, su conciencia moral, está todavía en desarrollo y se parece aún más a un instinto. El niño de doce años está todavía más allá del bien y del mal… A la falta de conciencia ética corresponde la vida instintiva, todavía desenfrenada, del niño. Obra principalmente por impulsos sensibles inmediatos. Junto a las buenas disposiciones se agitan los malos instintos que ha recibido de la naturaleza para el camino de la vida, por azar o por herencia. El afecto afirma su dominio. El egoísmo humano se presenta sin velo y se hace valer por todos los medios, con la violencia y la astucia, la terquedad y la mentira, la bondad y la malicia; la envidia no puede ser sofocada… Refrenar con éxito los pensamientos e instintos impuros, que no se ahorran a ninguna alma humana, sólo le es dado al intelecto que madura, que comprende las exigencias de la ley moral y es capaz de oponer a aquellas tentaciones una fuerza de voluntad que se robustece en la formación del carácter… A esto se añade, además, que hasta los 14 años, y a menudo más allá, el desarrollo ético e intelectual avanza a los ritmos más diversos. Todo el organismo corporal del niño está en constante transformación, en crecimiento. El intelecto tiene que recibir continuamente nuevos conceptos y representaciones. Múltiples enfermedades frenan el progreso del desarrollo. Hay períodos de estancamiento, e incluso de retroceso, y luego de nuevo épocas de progreso apresurado. Tan inagotable como es la naturaleza en la producción de individualidades humanas, tan variados son los caminos y tan dispares los ritmos con que lleva a término su obra maravillosa en el alma del niño…»

Hay que conocer esta psicología infantil, y además las condiciones sociales, en especial las de la juventud proletaria, para comprender cómo fue posible que en el espacio de tres años, de 1899 a 1901, se produjeran las siguientes condenas de jóvenes: 90 niñas y 1495 niños de 12 a 14 años por lesiones graves. 9 niñas y 230 niños de la misma edad por allanamiento de morada. 44 niñas y 1969 niños por daños. 15 niñas y 227 niños por actos deshonestos, ¡10 niños por actos deshonestos contra natura! ¡8 niñas y 2 niños por incesto!! ¡1 niña y 1 niño por proxenetismo!! ¡2 niñas de trece años por aborto! ¡1 niña de catorce años por adulterio!! 5 niños por estafa reincidente. 13 niños y niñas por administración desleal. 190 niños y 41 niñas por falsificación de documentos. 30 niños y niñas por infracciones de las disposiciones sobre el descanso dominical y el cierre de los comercios. ¡2 niños por lesa majestad! ¡33 niños y 8 niñas por delitos contra la religión! ¡162 niños y 4 niñas por lesiones por imprudencia! ¿Se pretenderá afirmar que todas estas desdichadas criaturas son «delincuentes natos»? ¿O que sus delitos no son sino el resultado de su «corrupción moral»? Esta explicación sería demasiado superficial y demasiado cómoda para que se la pudiera tomar en serio. Cávese más hondo y se descubrirá el trasfondo social sobre el que crecieron esos actos. ¿Es casualidad que la inmensa mayoría de los niños condenados proceda de familias pobres? Incesto, aborto, adulterio: ¿no se alzan involuntariamente ante nuestra mirada las espantosas condiciones de vivienda del proletariado, el sistema de los realquilados de cama, la falta de camas…? Infracciones del descanso dominical, administración desleal, falsificación de documentos y estafa: ¿no vemos ante nosotros al ejército acosado y explotado de los chicos de panadería, mozos de casa, recaderos, Rollmöpse138, pequeños buhoneros, vendedores de cerillas, de flores, de peleles y de cucuruchos atrapamoscas? Y luego, ¿qué significa que se condene a niños por blasfemia, allanamiento de morada o lesa majestad? ¿No se pone semejante jurisprudencia al nivel de los tribunales medievales, que llegaban a condenar a los animales? Un poder siniestro y desmoralizador es el hambre. Quien nunca ha sentido sus garras en las entrañas no puede medir de qué actos hace capaz incluso al hombre moralmente firme, bien educado, sensato y consciente de todas las consecuencias. ¡Cuánto más al niño de los pobres, física y mentalmente desatendido, mal educado, eternamente hambriento!

Que el trabajo remunerado de los niños es a menudo causa directa o indirecta de infracciones de la ley puede tenerse por un hecho probado. De los presos jóvenes internados en el establecimiento penitenciario de Plötzensee139, según un informe del maestro del establecimiento, Erfurt, el 70% había trabajado antes por un salario; en Straußberg, el 71%. De los niños entregados en Inglaterra a la educación forzosa, según Lens, el 67% habían sido vendedores ambulantes que habían tenido que contribuir a ganar el sustento desde muy pronto y que estaban expuestos a todos los peligros de su oficio. En la estadística criminal del año 1891 se dice «que en las regiones de alto desarrollo industrial y amplio empleo de mano de obra juvenil también la criminalidad de los jóvenes es alta en relación con la de los adultos», y el doctor Neumann opina en el Handbuch der Hygiene [Manual de higiene] que esto —aparte del peligro moral que a menudo resulta directamente de las condiciones externas del trabajo— parece apuntar a un daño moral causado por el trabajo infantil temprano. No todos los niños que trabajan por un salario están corrompidos, escribe Agahd, pero la mayoría está expuesta a peligros morales. Los niños mal alimentados caen fácilmente en la tentación del robo. Cuántas apropiaciones indebidas por necesidad no se producirán. Cuántas veces no será el propio repartidor de desayunos quien sustraiga la bolsa de los panecillos: al hermanito de casa también le gusta comer pan blanco alguna vez. Véase, si no, la lección de cosas moral de que disfruta el recadero entre obreros adolescentes en el taller, el chico de los bolos entre jugadores de bolos medio borrachos, el mozo que tira la cerveza en la taberna, el vaquerillo o el mozo de labranza en las explotaciones agrícolas, la muchacha de servicio entre mozos y criadas. «¡Qué cosas», dice el doctor Tippmann, «no oye y ve el niño en su ocupación! ¡Cómo se familiariza con situaciones y aprende a fijarse en fenómenos que mejor habrían permanecido aún mucho tiempo ocultos a sus ojos! ¿Puede extrañarnos entonces que su sentimiento moral se embote, que su capacidad de resistencia moral se debilite? Si tiene ocasión de observar a menudo la deslealtad y el engaño, en la mayoría de los casos se formará también en él la inclinación a la mentira y al embuste; si su actividad lo junta regularmente con personas groseras e indecentes, pronto podrán observarse también en él la grosería y la zafiedad… En el curso de tres años he tenido que ocuparme de toda una serie de casos, o han llegado a conocimiento de la escuela por el tribunal, en que recaderos o empleados de un comercio habían engañado a sus patronos. En este momento penden ante la fiscalía procesos penales contra no menos de cuatro alumnos de mi escuela. Uno ha robado mercancías del comercio en que trabajaba; otro, como recadero, ha tomado repetidamente de la caja de la tienda cantidades mayores y menores y se ha apropiado de dinero cobrado; los otros dos han cometido continuados robos de libros en una librería: la ocasión hace al ladrón». Si los niños así amenazados no encuentran en la familia un apoyo firme, si ninguna educación enérgica y hábil interviene en su conducta para preservarlos y enmendarlos, la pendiente se recorre deprisa, y a más de uno de ellos las puertas de la cárcel pronto ya no se le abren nunca más.

Al abandono por parte de la familia se añade en el niño proletario, como nuevo factor agravante, el abandono por parte de la escuela. Cuando hace unos diez años los portadores de hábitos y de alzacuellos140 lanzaron el reproche de que el ascenso del pueblo a una instrucción superior conducía a la corrupción de las costumbres, el magisterio alemán demostró en qué alto grado, justamente al contrario, el bajo nivel intelectual del pueblo constituía el mejor caldo de cultivo de la inmoralidad y del embrutecimiento moral. De las pruebas numéricas de este hecho reproduzcamos aquí sólo algunas: de los presos varones que había en las cárceles prusianas el 1 de octubre de 1884 y de los ingresados hasta el 31 de marzo de 1897, de Prusia Oriental había un 5,82% más de los que cabía esperar según la cifra de población; de Prusia Occidental, un 19,8%; de Posen, un 39,6%; de Silesia, un 75,9%, y de Berlín, el gran receptáculo del Este, un 70,9% más. En cambio, en todas las demás provincias, menos; en Hannover y Westfalia, incluso hasta un 50%. El mismo fenómeno pudo comprobarse entre las presas: Prusia Oriental, un 30,1%; Prusia Occidental, un 8,6%; Posen, un 95,03%; Silesia, un 122,8% más. En el Oeste la cultura es más antigua, la escuela ha actuado durante más tiempo y con más intensidad, gracias a su organización en general mucho mejor; de ahí el nivel moral más alto. En el Este, en cambio, en los dominios de los junkers, donde el hombre sólo vale como bestia de trabajo sin derecho alguno a la cultura y a la civilidad, reina un nivel moral espantosamente bajo. Unas cuantas cifras más de la estadística criminal lo prueban: en 1897 se condenó en el distrito gubernativo de Oppeln a 1135 personas por allanamiento de morada, la duodécima parte de todas las personas condenadas por este delito en Prusia; por coacciones y amenazas, a 918 personas (el 15% de las condenas en todo el Estado), y por lesiones graves, a 5269 personas (el 10% de la cifra total). Pues bien, este mismo distrito de Oppeln tiene también poco más o menos las condiciones escolares más tristes de la monarquía prusiana. En 132 escuelas había más de 100 niños por maestro; en 76, hasta 110; en 36, hasta 130; en 21, hasta 160, y en una escuela, incluso 166. Otro ejemplo: por lesiones graves y perjurio se condenó en 1898 en Sajonia a 72,3 y 1,5, respectivamente, y en Berlín a 126,8 y 2,7 personas por cada 10000, mientras que en Posen, agraciada con unas condiciones escolares y culturales mucho peores, a 232,3, y en Baviera, nada menos que a 295,6. De Austria, Inglaterra y América podrían aducirse pruebas semejantes, de fuerza probatoria en parte todavía más grave, para mostrar que las condiciones escolares tienen una influencia codeterminante en la criminalidad, en primer lugar de la juventud. Todo pecado de omisión de la sociedad se venga amargamente; los desatendidos se alzan contra la desatención. Y esto puede suceder incluso por los motivos más nobles y conducir, sin embargo, a un desenlace funesto, como demostró un caso de Viena, donde un aprendiz de 17 años mató a martillazos a una anciana para robarle 180 florines que quería emplear en comprar libros. Se le encontraron dos papeles en los que estaban anotados sus deseos. ¡Qué pequeño, qué inocente y, sin embargo, qué tentadoramente rico era el mundo que se pintaba en esos deseos!

Libros.fl.141kr.
La cría de conejos1—
La avicultura140
Acuario128
Las setas comestibles de los bosques de Bohemia—40
La conserva, el tratamiento y el aprovechamiento de la fruta2—
El abonado de los frutales
Los metales y su obtención4—
Manual químico-técnico520
El tinte y el barnizado de la madera2—
Libro de bolsillo1040
Guía electrotécnica1640
Construcción y manejo de los electromotores380
„ „ „ acumuladores360
La electricidad y su aplicación6—
Modelos de cartas4—
6148

Mi ropa y mi ropa blanca.

fl.
1Abrigo de invierno20,—
1Traje de domingo20,—
2Trajes de trabajo15,—
2Camisas de domingo4,—
6Camisas de trabajo9,—
6Pares de Gatien (calzoncillos)9,—
6Pares de calcetines2,—
6Cuellos1,—
30Sumafl. 80,—
Suma anteriorfl. 80,—
3Corbatas1,—
2Pares de puños—,50
6Toallas6,—
6Pañuelos blancos1,—
6Pañuelos de bolsillo rojos1,—
1Sombrero de domingo3,—
1Sombrero de trabajo2,—
2Tirantes1,—
1Par de zapatos de domingo7,—
2Pares de zapatos de trabajo10,—
1Par de zapatillas1,—
1Par de guantes de piel2,—
1Par de guantes de algodón—,50
1Reloj para el trabajo3,—
1Reloj para el domingo10,—
1Cepillo de ropa—,50
2Cepillos de botas—,50
1Cepillo de betún—,20
1Cepillo de dientes—,20
1Espejo—,30
1Peine—,30
1Paraguas2,50
1Bastón—,50
1Par de gemelos—,50
6Botones de cuello—,10
81Sumafl. 134,60

Al pobre aprendiz de carpintero, natural de Bohemia, que había ido a una escuela miserable, estos pocos y modestos deseos de libros y ropa le parecían irrealizables, de modo que por ellos se convirtió en criminal. No hay nada desmedido en sus deseos; no hablan en ellos ni el afán de aventuras, ni la codicia, ni la baja avidez de placeres. Sólo quiere unos cuantos libros que delatan su interés por la naturaleza, unas cuantas prendas de vestir decentes que hace tiempo tendría si no fuera un pobre diablo. Le parecían inalcanzables; no ganaba nada y nadie se ocupaba de él. Y como tampoco tenía a su lado un consejo paterno que hubiera mirado por su bien y reducido el ímpetu de sus deseos a una medida razonable, el muchacho, de buena índole por lo demás, concibió la abominable idea de matar a la anciana, a la que conocía y que poseía lo bastante para que él pudiera comprar lo que su corazón anhelaba. No sin motivo se ha tratado aquí el caso con todo detalle: ha de mostrar ante los ojos de todos las causas de un crimen que la sociedad habría podido evitar si hubiera tenido plena conciencia de su deber también para con el último de sus miembros. Así, el culpable abandono de un espíritu ávido de saber, la necesidad material y una asistencia deficiente en la edad en que la asistencia es más necesaria condujeron a un acto funesto.

Por cualquier lado que se aborde el problema, siempre es en último término la sociedad la que, a partir del conflicto de sus condiciones económicas y sociales, engendra cada día de nuevo el crimen en mil formas. Porque ella peca contra la juventud, la juventud peca a su vez contra ella.

La sociedad está condenada también, y ello confirma lo afirmado, a una completa impotencia frente al crimen. Cuantas más leyes crea, cuanto más celosamente endurece y diferencia las disposiciones penales, cuanto más severamente vela por el respeto de las leyes, tanto más poderosamente se hincha el ejército de los delincuentes, tanto más complicado y costoso se vuelve el aparato de la jurisdicción y de la ejecución de las penas, tanto mayor se hace el número de los correccionales, cárceles y presidios. So pena de aniquilar su propia existencia, la sociedad capitalista no puede dejar que el empeño de su justicia penal se dirija a llegar al fondo de las causas de los delitos y crímenes, a investigar las conexiones entre la vida económica, el orden social y la criminalidad y a cegar seriamente las últimas fuentes del crimen. Tendría que renegar de todo su ser, renunciar a todos los supuestos económicos y principios sociales de su existencia y, con ello, a sí misma. Por eso limita su actividad frente al crimen a la supresión de los síntomas. Tan poco como es capaz de preservar al amenazado y de sostener al que tropieza, lo es de levantar al caído y de volver a alzar al que se hunde. Lo deprimente de este estado de impotencia absoluta, que pesa doblemente en un Estado cuyo gobierno se ufana sin cesar de su autoridad y cree a pie juntillas en su misión divina, se revela de manera especialmente cruda y conmovedora en cuanto son jóvenes quienes caen víctimas de esta justicia penal. Aquí, donde las fuerzas de la educación tendrían que entrar en juego para eliminar lo impuro del ser de los niños, implantar en ellos lo noble, hacer de ellos hombres capaces, fracasa por completo la práctica policial y penal, sin cerebro y sin alma, brutal, desprovista de todo elemento moral. En lugar de educar a los que yerran y faltan, de rodearlos de amor y alegría, de llenarlos de confianza en sí mismos y de elevarlos a una humanidad más alta, para que como miembros útiles de la sociedad puedan poner sus fuerzas y capacidades al servicio del bienestar humano y del progreso de la cultura, se les imponen tormentos escogidos, se los aísla del mundo, se los entrega a la soledad y se los tiene presos en un sistema desmoralizador de tortura y suplicio. «La crueldad que se comete de día y de noche con los niños en la cárcel», escribe Oscar Wilde desde el presidio de Reading142, «es increíble para todos los que no la han visto con sus propios ojos y no conocen la brutalidad del sistema. Los hombres de nuestro tiempo no saben lo que es la crueldad. La tienen por una especie de pasión terrible, medieval. Pero la crueldad de cada día no es otra cosa que estupidez. Es la carencia total de la facultad de hacerse una imagen de las cosas: de entendimiento. En nuestros días es la consecuencia de los sistemas estereotipados, de las leyes duras y rígidas, de la estupidez. Donde en la vida moderna empieza el funcionario, termina el hombre. La autoridad es tan peligrosa para quienes la ejercen como para aquellos contra quienes se ejerce. La administración penitenciaria y el sistema que aplica son la fuente originaria de la crueldad que se comete con un niño en la cárcel. El trato que reciben los niños es espantoso, sobre todo cuando se trata de gente que no entiende la psicología particular de la naturaleza infantil. Un niño puede comprender un castigo que procede de un individuo, del padre o del tutor, y soportarlo con cierto grado de docilidad. Lo que no puede comprender es un castigo por parte de la sociedad. No puede imaginarse qué es eso: la sociedad… Cada niño está encerrado en su celda veintitrés horas de cada veinticuatro. Esto es lo espantoso del asunto. Que un niño sea encerrado veintitrés horas al día en una celda oscura es un ejemplo de la crueldad de la estupidez. Si un individuo, un padre o un tutor, le hiciera algo semejante a un niño, sería castigado con severidad. La Sociedad Protectora contra el Maltrato a la Infancia se haría cargo del asunto. Por todas partes se levantaría la más viva indignación contra semejante crueldad. Pero nuestra propia sociedad actual hace cosas todavía peores, y para un niño tratado así por un poder abstracto e incomprensible, cuyas pretensiones no alcanza a entender, esto es mucho peor que si le sucediera de parte de su padre o de su madre o de cualquier otro conocido. El trato inhumano de un niño es siempre inhumano, sea quien sea quien lo inflija. Pero el trato inhumano que procede de la sociedad es más espantoso para el niño, porque contra él no hay apelación. Un padre o un tutor pueden conmoverse, de modo que saquen al niño del cuarto oscuro y yermo en que está encerrado. Pero un carcelero no puede hacerlo… El niño, pues, arrancado a sus padres por gente a la que nunca ha visto y de la que nada sabe, que se encuentra en una celda yerma y repelente, que es observado por figuras extrañas, que es mandado y castigado por los representantes de un sistema que no puede comprender, se convierte en presa del primero y peor de los sentimientos que engendra la vida de la cárcel: el sentimiento del terror. El terror de un niño en la cárcel no tiene límites… También es verdad que el niño se corrompe mucho en la vida de la cárcel. Pero no por los presos, como afirman muchos —en realidad, la única influencia verdaderamente humana que se ejerce en la cárcel procede de los presos (su serenidad en circunstancias terribles, su simpatía mutua, su modestia, su amabilidad, la sonrisa amistosa con que se saludan al cruzarse, la completa calma con que se someten a su pena: todo eso es maravilloso)—; la influencia perniciosa sobre el niño procede más bien de todo el sistema penitenciario, del director, del capellán, de los carceleros, de la celda yerma, del aislamiento, de la indignante alimentación, de los reglamentos de la cárcel, de la manera en que se ejerce la disciplina, de la vida entera».

La estremecedora descripción del tormento de los jóvenes en la cárcel salida de la pluma de Wilde, que tuvo él mismo que enterrar tras muros de mazmorra juventud, dicha y fama, sólo ha despertado en la sociedad burguesa de Europa un débil eco de reflexión, comprensión y enmienda. Es cierto que hemos obtenido el indulto condicional y, aquí y allá, tribunales de menores, pero nos quedan todavía el formalismo y la justicia de la letra de los tribunales, el desconocimiento del mundo de los jueces y la justicia de clase explicable por su medio social; nos quedan todavía los puños del poder policial, las botas claveteadas de la disciplina carcelaria, los instrumentos de martirio de una ejecución de las penas medieval, que hacen del sistema penitenciario una gran maquinaria burocrática de mortificación.

La democrática América nos lleva en esto mucha ventaja. Ante todo se ha preocupado de reformar la ejecución de las penas impuestas a los jóvenes. En los reformatories no se predica la culpa y la expiación, la venganza y el doblegamiento. «El muchacho o la muchacha han faltado; aquí se les da simplemente la última oportunidad de volver al buen camino. Los internos han de ser educados para la vida; por eso no debe sofocarse nada de lo que hay de vivo en ellos; antes bien, hay que ofrecerles nuevas tareas vitales».

A raíz del Congreso Penitenciario Internacional de Washington143, los representantes de diversos Estados hicieron un viaje de estudio por las cárceles norteamericanas, del que informa Stammer. Este tributa los mayores elogios al trato que se da a los jóvenes en cuanto a organización y método. Los presos de los reformatories están juntos de día; de noche, en celdas individuales. De día, los jóvenes hacen por centenares ejercicios libres en un gimnasio, sin voces de mando, con acompañamiento de piano. «La voluntad se somete, el cuerpo se dobla, los músculos se endurecen, los tendones se estiran. La música sigue sonando, los ejercicios avanzan al compás, nadie se rezaga, porque el ritmo los llena a todos, y no hay indisciplina, porque la sugestión de masas los arrastra a todos… Cuando terminó el ejercicio, se veían ojos brillantes. La respiración agitada y la piel húmeda confirmaban que allí no se había jugado, sino despertado fuerzas y realizado un trabajo». Se trabaja en salas claras y aireadas. La formación se basa metódicamente en la necesidad individual. Se procura una sólida formación profesional —cerrajeros, carpinteros, cajistas, albañiles, etc.—, y no ha de hacerse trabajo remunerado. Quien no se esfuerza al máximo es castigado con «pérdida de tiempo», es decir, tiene que quedarse más tiempo en el establecimiento. En el tiempo libre se permiten los juegos y la lectura de periódicos.

Aún más perfectas son las medidas preventivas: escuelas de muchachos y de muchachas, construidas a modo de casas de campo, a las que los tribunales de menores envían a niños de 10 a 16 años que han pecado contra las leyes. Niños lozanos, florecientes, habitan las casitas de veinte en veinte, al cuidado de un padre y una madre de casa que los forman en todas las ramas de una industria o de la economía agrícola y doméstica. Cada casa forma una familia. Ni muros ni rejas; libertad en derredor, porches, flores, animales domésticos. Se practica la cría de animales y la fruticultura; cada año se premian en una exposición los mejores animales. «Hay que haber visto cómo un pequeño pillo de 16 años presentaba enganchado el potro que él mismo había criado, cómo otro chico, que apenas levantaba tres palmos del suelo, se las arreglaba con su toro premiado, cómo un tercero cosechaba triunfos con sus vacas lecheras, otro con sus palomas, sus perros de raza, sus melones de casi un quintal. Una vida chispeante, un afán de avanzar y un empuje hacia delante se nos comunicaban a todos sin excepción. Un abogado de Kiev me aseguró que se le habían saltado las lágrimas; a mí mismo no me había ocurrido otra cosa. El sistema que aquí se aplica cambia el objetivo vital de los niños, pues crea un objetivo vital. “Lo mejor que puedo enseñarles son mis muchachos”, podía decir con orgullo el director del establecimiento, y cuando se miraba a los niños a los ojos se comprendía y se entendía la emoción interior que se comunicaba a todos. Había 50 de estas pequeñas colonias infantiles en Industry144; cubren una superficie de unos seis kilómetros de largo y cuatro de ancho. Cada colonia… tiene su explotación agrícola y ganadera, que cultiva y atiende ella misma, como los granjeros». Piénsese, ante esta descripción de un funcionario de prisiones prusiano, en los diabólicos establecimientos de asistencia de los pastores del palo alemanes, y compárese esta juventud maltratada y aniquilada con los muchachos libres de las escuelas de reforma norteamericanas, con su «lujo algo abundante» de construcción, las butacas y mecedoras de las salas de estar de los «penados», los cuadros que adornan las paredes, la jornada de ocho horas.

El sistema de la condena indeterminada encuentra en Stammer una aprobación sin reservas. «Quien entre nosotros entra en el presidio», escribe, «entra sin un rayo de esperanza para el futuro. El tribunal ha fijado la medida de la pena…, variando de cien maneras según la provincia y la comarca, el criterio, la experiencia y la costumbre. La sentencia está dictada y al delincuente se le ha cortado toda ayuda, también la ayuda de sí mismo, por la fuerza férrea y la depuración de la voluntad y del querer… A esta consecuencia paralizante, monótona y opresiva de nuestra sentencia penal determinada se oponen las benéficas consecuencias de la condena indeterminada en América… En la condena indeterminada está la clave de la buena disciplina que se encuentra en las cárceles norteamericanas; arresto en celda oscura y grilletes, o incluso látigo y knut, no los hay en absoluto, al menos en los reformatories. El colegio del tribunal del establecimiento impone una “pérdida de tiempo” de hasta un máximo de seis meses por cada falta de disciplina, y eso es más saludable y obra con menos ruido que el tintineo de las cadenas».

A la condena indeterminada corresponde la libertad condicional. «Por término medio, cada mes se ponen en libertad bajo palabra (parole) de 50 a 60 presos de los reformatories, y cada mes se vuelve a recoger a unos 10 presos por mala conducta. Cada mes, cada uno tiene que informar a la administración del establecimiento sobre sí mismo y sobre cómo le va; puede servirse para ello del teléfono, y por teléfono se comprueba también, llegado el caso, si sus datos son exactos. La libertad bajo palabra dura de tres a cuatro años. Quien la supera bien queda definitivamente libre y recibe del gobernador de su Estado la carta de ciudadanía».

Alemania no tiene nada que oponer a los progresos norteamericanos en el terreno del régimen penitenciario y de la ejecución de las penas. Hace sólo un par de años, el gran proceso de Plötzensee permitió al mundo exterior echar una mirada a la noche espantosa de nuestros grandes establecimientos penitenciarios, en los que aún se practica la tortura del arresto en sótano y sobre listones y en los que la «cuarta forma»145 de alimentación arruina lenta y dolorosamente incluso a las naturalezas robustas. La juventud digna de lástima que es arrojada a estas tumbas de piedra está perdida para siempre para la humanidad y para la cultura.

El fin en la desesperación

Cuando al pobre niño proletario le ha abandonado todo ánimo de vivir, cuando todos los caminos se pierden en la desolación y todas las estrellas de la esperanza se apagan, entonces le queda todavía un refugio, una salvación: pone a su tormento de existir, con su propia mano, un fin repentino.

«¡Al que no le guste, que se vaya!». Así reza la jactanciosa e insolente exclamación que el patrón capitalista arroja a la cara de sus esclavos del trabajo cuando se atreven a sacudir la cadena a la que están forjados.

«¡Al que no le guste, que se vaya!». Así se burla también el destino, en su insondable falta de piedad, del desorientado, del desesperado.

Y el niño proletario, para quebrantar cuya fuerza vital han bastado unos pocos y breves años de este mundo divino, responde con breve resolución, obstinado, breve y conciso como su padre: «¡Bien, pues me voy!».

Entonces los diarios dan noticia de actos de desesperación que hacen estremecer el corazón. Por lo general, sólo cinco o seis líneas en el más seco estilo de reportero, y, sin embargo, encierran la tragedia de toda una vida humana…

Aquí, un niño se ha ahorcado por miedo al castigo… allí, otro se ha arrojado por la ventana… un tercero, un cuarto, se ha ahogado, se ha pegado un tiro, se ha envenenado, se ha dejado arrollar por el tren…

«¡Qué horrible contradicción hay en que un niño, destinado precisamente al goce de la vida alegre e inocente, salga de la vida suicidándose por su propia mano! Sólo poquísimas personas se sienten movidas a reflexionar sobre la espantosa tragedia de este hecho y sobre la grave acusación que encierra contra la configuración de la vida social moderna».

Hasta comienzos del siglo XIX apenas se conocían los suicidios de niños; así lo atestiguan casi todos los países: Prusia, Francia, Inglaterra, Italia, etc. Sólo se daban casos muy aislados, que se tenían por algo inaudito; así, en Berlín, de 1788 a 1797, un único caso. En el decenio siguiente fueron ya tres. Quetelet, el creador de la observación estadística de masas, fue el primero en señalar el aumento paulatino de los suicidios infantiles. Y en 1825 se lamenta el doctor Casper en sus Beiträge zur medizinischen Statistik [Contribuciones a la estadística médica]: «En ninguna parte se muestra quizá más crudamente el lado sombrío de la civilización que cuando consideramos el aumento, casi increíble, de los suicidios de niños en los tiempos más recientes», y en 1846, en sus Denkwürdigkeiten [Memorias]: «Los suicidios de niños se han producido en los últimos tiempos en toda la monarquía con una frecuencia tan creciente que sería fatigoso dar a conocer aquí siquiera una parte de tales casos». No fue casualidad que este fenómeno corriera parejo con el rápido desarrollo del capitalismo y la enorme extensión del trabajo industrial de mujeres y niños, que, como sabemos, crearon para el proletariado formas de vida completamente nuevas. La estadística vio sin duda el hecho del crecimiento de las cifras de suicidios infantiles, pero no reconoció el trasfondo económico ni las conexiones sociales de que esas cifras son expresión.

En los años 1869 a 1873 hubo, por término medio anual, un suicidio por cada 666028 niños; en los años 1894 a 1898, ya uno por cada 497815 niños. Sólo en Prusia, en los tres decenios, un total de 1708 niños (1346 varones y 362 niñas) se quitaron la vida. Una cifra muy desacostumbradamente alta en esta triste estadística presenta el Reino de Sajonia: aquí, según el doctor Krell, hubo en 1900 un suicidio infantil por cada 100 suicidios, y en 1902 ya incluso uno por cada 42. Además, para la estadística de los suicidios infantiles vale, como subraya el doctor Baer, en especial medida «que su número es en realidad mayor que el averiguado oficialmente».

Por la edad, la mayoría de los suicidas jóvenes tiene entre 13 y 15 años: entre los varones, cerca del 43%; entre las niñas, cerca del 75%. Esto debe atribuirse a la incipiente madurez sexual y a su consiguiente efecto sobre la vida anímica y afectiva, que facilita el desencadenamiento de disposiciones existentes. En general, la inclinación al suicidio aparece antes en los varones que en las niñas; se conocen casos de suicidio en niños de hasta 3½ años, y en modo alguno aislados.

Incomparablemente más importante que averiguar la frecuencia de los suicidios es indagar los motivos que llevan al suicidio. Los suicidios infantiles, sobre todo, constituyen un terreno que necesita todavía con urgencia ser investigado y explorado científicamente. Al psiquiatra y al psicólogo, al sociólogo y al moralista, al pedagogo y al economista, y no en último lugar al político y al legislador, se les abren aquí amplios campos de trabajo.

Un niño sano, resistente, bien educado, se ha dicho, sólo en los casos más raros concebirá la idea del suicidio. Puede ser. Pero ¿dónde tenemos niños sanos, resistentes, bien educados, en una época en que el capitalismo destruye de raíz la salud y la fuerza vital, la familia y la educación de millones y más millones? «Por cientos de miles se cuentan los vástagos debilitados que vienen al mundo con una energía vital disminuida, en los que el alcoholismo, el desenfreno, la enfermedad, la pobreza y el exceso de trabajo de los padres engendraron una escasa capacidad de resistencia para la lucha por la vida. Muchas veces una educación cuidadosa y amorosa y unas buenas circunstancias externas pueden lograr una compensación; a menudo, también, falta al menos el impulso hacia un desenlace trágico. Pero si a tales niños, con sus nervios irritables y su vida afectiva desequilibrada, a menudo hipersensible, les sobrevienen nuevos daños y pesares, el camino hacia la tragedia está trazado». Las condiciones de vida del proletariado se encargan de que para sus hijos la tragedia se consume en innumerables casos. Ya sean la enfermedad mental, la inferioridad psicopática o constitucional, la debilidad congénita o adquirida del sistema nervioso o afectos morbosos los que conduzcan al acto, ya vengan las ocasiones de fuera al niño, siempre habrá que pensar en primer lugar en el medio social del niño cuando uno se dispone a levantar los velos tras los que un destino sombrío cortó todos esos frágiles hilos de vida.

Sajonia, el país de la explotación económica por excelencia, ofrece con su cifra desacostumbradamente alta de suicidios infantiles indicios dignos de atención. ¿No marcha ya a la cabeza con su mortalidad de lactantes? ¿No está esclavizado en sus industrias el porcentaje más alto de mujeres a la servidumbre del trabajo asalariado? ¿No presenta un trabajo infantil de una extensión verdaderamente espantosa? Y los ilegítimos, los enfermos, los débiles mentales, los moralmente amenazados y los descarriados, ¿dónde los encontrábamos en campamentos mayores y en columnas de marcha más interminables? ¡Sería un verdadero milagro que Sajonia no estuviera también en primer lugar por la frecuencia de sus suicidios infantiles! Las bendiciones del sistema económico capitalista hacen sangrar por mil dolorosas heridas el cuerpo de este pueblo pequeño, laborioso como las abejas y, sin embargo, tan atormentado. Sobre todo las regiones de miseria de las industrias del hambre —los tejedores del Mülsengrund y de la Alta Lusacia, las encajeras de bolillos, los pasamaneros y tallistas de juguetes de los Montes Metálicos, las obreras de flores artificiales y costureras de sombreros de paja de la Suiza sajona— abren verdaderos abismos de degeneración física y psíquica.

Allí crece una generación débil, enfermiza, enana, atrofiada por el hambre crónica, la enfermedad y el trabajo temprano, en la que la exaltación religiosa, el fanatismo sectario, el espiritismo y otros desatinos semejantes encuentran un suelo nutritivo y prospera la locura religiosa en todas sus variedades. Niños de 10 y 12 años actúan ya como médiums, son admirados como mensajeros celestiales, se destrozan los nervios y acaban por atentar contra sí mismos. Otros son débiles mentales de nacimiento o han llegado a esta funesta herencia de la pobreza a consecuencia de enfermedades de naturaleza constitucional o infecciosa, de traumatismos craneales, del alcoholismo del padre, de la desnutrición, etc. Pero para los niños débiles mentales la escuela —todo el mundo sabe por qué— es un lugar de terror y de tormento. No pueden seguir las clases, no satisfacen las exigencias de la vida, y por él [el maestro], que no reconoce la causa del fracaso, son tachados de «gandules» y «zoquetes», escarnecidos, castigados, tratados a palos. En casa no queda tiempo bastante para las tareas escolares; allí hay que devanar o desvenar tabaco146, hacer cajas, hacer encaje de bolillos o cuidar niños. Un buen día, la pobre criatura ha huido de su martirio. Vaga sin rumbo, evita la vivienda de los padres, hace novillos, no se atreve a volver, se apodera de ella el miedo y la angustia, no sabe qué hacer, y entonces acaba con su vida. ¿Para qué un terror sin fin? ¡Mejor un fin con terror!

La última causa desencadenante es casi siempre un afecto melancólico, una sensación de dolor y de displacer exacerbada al extremo. El castigo brutal, el trato duro e injusto por parte de padres crueles o de cuidadores sin conciencia, que se encuentran sin comprensión alguna ante la psique del niño, hacen a menudo madurar como un rayo la decisión del acto. En otros casos basta ya la amenaza o la expectativa de un castigo, la vergüenza por una mala acción o un delito, la desesperación por una desgracia. Durand-Fardel sostiene la opinión de que el maltrato es la causa más frecuente de los suicidios infantiles; Ferriani, el notable psicólogo infantil italiano, ve en el miedo a la escuela el motivo decisivo en la inmensa mayoría de los casos de suicidio. Quizá ambos, Durand-Fardel y Ferriani, expresen una y la misma cosa con dos nombres distintos.

Investigaciones más detenidas, especialmente de los suicidios de escolares, han realizado Guttstadt y Eulenburg sobre la base de abundantes materiales, y han hallado que el tormento de los exámenes, la fiebre del paso de curso y el miedo a las notas empujan a la muerte a un porcentaje considerable de jóvenes. Pero estos efectos se presentan principalmente sólo en los alumnos de los centros de enseñanza secundaria, es decir, en hijos de la burguesía. Ahí desempeñan un gran papel la ambición, la vergüenza por no pasar de curso, el nerviosismo exacerbado en la época de exámenes, etc. Si, en cambio, se pone la vista en los jóvenes suicidas del ámbito de la escuela popular y se examina la parte que tiene la escuela en la causa de su triste destino, la cantidad y variedad de todas las influencias se concentra finalmente en un solo motivo: el miedo al castigo. La abominable vara escolar, que, para vergüenza de nuestro alabado arte de educar, goza todavía de derecho de dominio en los cuarteles escolares y en los patios de los cuarteles escolares, es la que con seguridad ha empujado a la muerte a la mayoría de los niños. Es significativo que en una estadística oficial de Prusia de 1883/88 figuren sólo dos niños de escuelas secundarias, donde no se pega, frente a 68 niños de escuelas populares (el 43% de los varones y el 65% de las niñas), que se quitaron la vida «por miedo al castigo». También en otras estadísticas, al examinarlas con más detenimiento, se ha comprobado que en innumerables casos en que se indicaba como motivo del suicidio el «miedo al castigo» se trataba siempre de castigos escolares. Baer refiere siete casos de niños que, habiendo hecho novillos, se arrojaron por la ventana. Eulenburg reúne 35 casos de suicidio de escolares recogidos por él, en 12 de los cuales los golpes, el miedo a los golpes, las amenazas de golpes, etc., fueron la causa del suicidio. Quien lee los periódicos con atención y regularidad puede encontrar casi todos los días noticias y comprobaciones que inculpan a la escuela de la misma o parecida manera. «Cuanto más brutal y desenfrenada es la disciplina punitiva del maestro», expone Baer, «cuanto más se angustia y teme el niño ante los duros castigos y malos tratos, tanto más fundado está el reproche que se tiene derecho a hacer a este sistema por los suicidios de niños que se producen». Y Eulenburg escribe: «La relación del suicidio de escolares con la escuela es la más triste de todas cuando es el miedo al castigo escolar lo que empuja a los niños a la muerte».

La pedagogía gremial se esfuerza afanosamente por lavarse en lo posible de la grave acusación. Pero quien ha ido él mismo a la escuela popular, o ha llegado por otro camino a echar una mirada a la enseñanza de estos establecimientos de adiestramiento y de instrucción mecánica, sabe que allí los golpes son como el pan de cada día, y que a menudo, por las nimiedades más insignificantes y en contra de todo discernimiento pedagógico, se imponen los castigos corporales más bárbaros y más humillantes. El profesor Forel dice: «La escuela se parece a menudo a un pequeño presidio o a un establecimiento penitenciario para niños. En lugar de atraer a los niños, se hace todo para repelerlos… Las prohibiciones rodean la estancia en este presidio infantil». Y el profesor Gurlitt escribe: «Se pregunta de dónde vienen tantos suicidios de escolares. Con más razón podría preguntarse por qué se dan tan pocos. Pues nuestra escuela no es, en el fondo, soportable para nadie. Si la juventud no estuviera dotada de una buena porción de ligereza y de una alegría de vivir casi indestructible, no buscaría la muerte uno a uno, sino en grupos». Son sólo unas pocas voces, pero intrépidas y honradas, las que dan expresión con palabras contundentes a una verdad estremecedora.

La culpa más grave la tiene, desde luego, el sistema del orden social, que creó la escuela de clase como institución coactiva para el sojuzgamiento intelectual y anímico de la descendencia proletaria, y al pedagogo del palo como su representante.

En los días tempranos de la niñez, sin el sol que da calor y dora la primavera de la vida a niños más afortunados; luego, estafado sin cesar en el sagrado derecho del hombre a su juventud, cargado con el peso de una esclavitud penosa y dura, manchado con el fango del vicio, el niño proletario termina, sin haber florecido ni desplegado aún, pero ya desgreñado por rudas tempestades, deshojado y quebrado, en el regazo de la bondadosa madre tierra, que lo acoge amorosamente, lo arropa con calor y blandura y borra del rostro pálido y avejentado los rasgos del espanto y de la desesperación…

Conclusión

Antes que la juventud burguesa, el niño proletario echa a volar y abandona el nido del cuidado y la protección paternos, de un cuidado que no siempre pudo saciar su hambre ni cubrir su desnudez, de una protección que tuvo que abandonarlo, con el corazón sangrando, a los peligros de la soledad, a las seducciones y a las malas influencias de la calle.

Con la salida de la escuela, el niño proletario deja de ser niño. Se convierte en obrero juvenil. Gana un salario. Obtiene cierta independencia económica. Pronto se sostiene solo sobre sus propios pies. Ya no necesita económicamente del vínculo familiar. Por eso tampoco quiere ya hacerle ningún sacrificio de libertad y de independencia. Deja la vivienda de los padres y toma una cama alquilada. Y mientras la juventud de las capas acomodadas de la población disfruta todavía durante años del cuidado y la vigilancia de la familia y de la casa paterna, millones de muchachos y muchachas están ya en la lucha por el salario y el pan. En grandes tropeles pueblan talleres, naves de fábrica, lugares de trabajo y escritorios. Para ellos no hay preparación para la profesión de su vida, ni asistencia a una escuela secundaria, ni educación para ama de casa en institutos y pensionados. Para ellos sólo rige esto: ¡trabajar, ganar!

Las condiciones de vida y de trabajo a que llegan los exponen a los mayores daños y peligros físicos, intelectuales y morales. La insaciable vorágine de la industria devora lo que de la miseria de los años infantiles les ha quedado de capacidad de resistencia física, de independencia y originalidad intelectual y de recursos morales. El Estado no ha creado todavía una protección eficaz de la juventud trabajadora contra la explotación capitalista. Una única disposición legal del Reich establece que los jóvenes menores de 16 años no pueden trabajar en establecimientos industriales con más de diez obreros más de 10 horas diarias. ¡Diez horas diarias y niños de 14 a 16 años: a eso se le llama protección de la juventud! El interés de lucro del capital se burla de todos los preceptos de la higiene y pisotea todas las exigencias de la pedagogía. Y todavía la gran masa de los jóvenes empleados en el artesanado ni siquiera disfruta de esta mísera protección. «En la lucha desesperada del pequeño artesanado que se hunde por su existencia, la cría de aprendices y la explotación de la juventud desempeñan un gran papel. Jornadas de 14 y 15 horas diarias en el artesanado del “suelo de oro” no son ninguna rareza. En el comercio las condiciones son igualmente tristes. Si el joven vive con comida y alojamiento en casa del patrón, nunca sabe cuándo empieza el trabajo ni cuándo termina. De la situación de los jóvenes jornaleros del campo no hace falta hablar. Jornada de sol a sol, en invierno aún más larga. Ninguna libertad ni derecho de ninguna clase». Así vive la juventud trabajadora de Alemania, desprotegida y explotada sin medida, en condiciones indeciblemente tristes. Bastan unas pocas semanas y meses para que al joven, que apenas acaba de dejar atrás los zapatos de niño, el sombrío presentimiento de sus años escolares se le convierta en dolorosa y abrumadora certeza: que está destinado a trabajar y a ser dominado, que como asalariado de por vida tiene que atravesar a la sombra de la preocupación y la necesidad una existencia sin esperanza, que la gris y pálida miseria del hogar paterno, del que huyó con alivio, se convertirá tarde o temprano en la miseria de su propio hogar…

Entonces el destino de su clase experimenta en él su repetición y su rejuvenecimiento: de la conciencia de la humillación despiertan en lo más hondo de su interior enérgicos impulsos de enderezamiento y de elevación.

¡Romperá las cadenas! ¡Dominará su destino! ¡Conquistará un futuro mejor!

Y por camino recto desemboca su mundo de sentimientos y pensamientos en la corriente del gran movimiento proletario…


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la Library of the University of Wisconsin digitalizado por Google y publicado en Internet Archive (archive.org, bub_gb_HxtVAAAAMAAJ; la p. XIV del índice, de otra versión del escaneo del mismo ejemplar, archive.org, dasproletarisch01rhgoog; las pp. 1-5, la introducción y el comienzo de «La clase proletaria», que faltan en ese escaneo, del ejemplar digitalizado por la ZBW – Leibniz-Informationszentrum Wirtschaft, digi.econbiz.de, urn:nbn:de:zbw-retromon-275782): Otto Rühle, Das proletarische Kind. Eine Monographie, Múnich, Albert Langen, 1911, XIV/262 págs., cotejado página a página con las imágenes. Existe una segunda edición «completamente reelaborada y ampliada» (Múnich, Albert Langen, 1922, 373 págs.; OR1922-01), que no se ha utilizado. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español de la primera edición (1911), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las partes, los capítulos y secciones, los párrafos, las tablas, los blancos de separación (* * *), las cursivas y la paginación original. Las cifras, monedas (marcos, pfennigs, florines y kreuzer) y unidades no se convierten. Equivalencias principales: das proletarische Kind, «el niño proletario»; Säuglingssterblichkeit, «mortalidad de lactantes»; uneheliche Kinder, «hijos ilegítimos»; Ziehkinder / Haltekinder, «niños dados en crianza» / «niños en crianza»; Engelmacherin, «fabricante de ángeles»; Erwerbsarbeit, «trabajo remunerado»; Heimarbeit, «trabajo a domicilio»; Kinderschutzgesetz, «ley de protección de la infancia»; Volksschule, «escuela popular»; Hilfsschule, «escuela auxiliar»; Fortbildungsschule, «escuela complementaria»; Kinderhort, «hogar infantil»; Schulspeisung, «comidas escolares»; Fürsorgeerziehung, «educación tutelar»; Fürsorgezögling, «pupilo de la educación tutelar»; Besserungsanstalt, «correccional»; Verwahrlosung, «descarrío» (tomar el mal camino) o «desatención» (falta de cuidado de padres o cuidadores), según el pasaje; Minderwertigkeit, «inferioridad»; Schlafbursche / Schlafgänger, «huésped de cama» / «realquilado de cama»; Mietskaserne, «cuartel de alquiler»; Strafmündigkeit, «imputabilidad penal». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Así en el original («aller Volksschulen»); probablemente por «de todos los alumnos de las escuelas populares» (Volksschüler). (N. del T.) ↩

  2. Werner Sombart, Das Proletariat. Bilder und Studien [El proletariado. Cuadros y estudios], Fráncfort del Meno, Rütten & Loening, 1906, tomo I de la colección Die Gesellschaft. Sammlung sozialpsychologischer Monographien, dirigida por Martin Buber. (N. del T.) ↩

  3. Verleger (literalmente, «editor»): el comerciante-empresario del sistema de trabajo a domicilio (Verlagssystem), que encargaba el trabajo a los artesanos, a menudo adelantándoles la materia prima, y les compraba el producto. (N. del T.) ↩

  4. Marx, Das Kapital [El capital], libro I, cap. 8, sobre el folleto anónimo An Essay on Trade and Commerce (Londres, 1770), que proponía para los paupers (pobres socorridos) una «casa del terror» (House of Terror) con doce horas diarias de trabajo. (N. del T.) ↩

  5. Alusión al refrán alemán «Handwerk hat goldenen Boden» («el oficio tiene suelo de oro»), es decir, asegura el sustento. (N. del T.) ↩

  6. Pfuscher und Störer: quienes ejercían un oficio sin pertenecer al gremio; el Störer iba a trabajar a casa del cliente. (N. del T.) ↩

  7. Friedrich Engels, Die Lage der arbeitenden Klasse in England [La situación de la clase obrera en Inglaterra] (1845). (N. del T.) ↩

  8. Louis-René Villermé, Tableau de l'état physique et moral des ouvriers employés dans les manufactures de coton, de laine et de soie (1840). (N. del T.) ↩

  9. Gerhart Hauptmann, Die Weber [Los tejedores] (1892), drama sobre la revuelta de los tejedores silesios de 1844. (N. del T.) ↩

  10. Alphons Thun, Die Industrie am Niederrhein und ihre Arbeiter [La industria del Bajo Rin y sus obreros] (1879). (N. del T.) ↩

  11. Altenteil: la parte de la hacienda o de sus rentas que el campesino se reservaba para su vejez al ceder la explotación a sus herederos. (N. del T.) ↩

  12. Las citas de Sombart proceden de Werner Sombart, Das Proletariat (1906), primer tomo de la colección Die Gesellschaft, que Rühle menciona en la introducción. (N. del T.) ↩

  13. Mietskaserne, literalmente «cuartel de alquiler»: el gran bloque de viviendas obreras de alquiler, de cinco o seis plantas y varios patios interiores sucesivos, típico de Berlín y de las grandes ciudades alemanas. (N. del T.) ↩

  14. August Hermann Niemeyer (1754-1828), teólogo y pedagogo, director de las Fundaciones Francke (Franckesche Stiftungen) de Halle. (N. del T.) ↩

  15. Del Manifiesto comunista (1848), cap. I; Rühle abrevia el pasaje. (N. del T.) ↩

  16. Gustav Schmoller (1838-1917), economista, cabeza de la escuela histórica alemana de economía y de la Asociación de Política Social. (N. del T.) ↩

  17. Quittungskarten: tarjetas en que se pegaban los sellos de cotización del seguro de invalidez y vejez; llenas, se canjeaban por otras nuevas, lo que permitía seguir los cambios de residencia de los asegurados. (N. del T.) ↩

  18. Versos de Das Lied von der Glocke [La canción de la campana] (1799), de Schiller. (N. del T.) ↩

  19. El 44,4 % corresponde al aumento de 1895 a 1907; de 1882 a 1907 las cifras dan algo más del 71 %. (N. del T.) ↩

  20. Del Manifiesto comunista (1848), cap. I. (N. del T.) ↩

  21. Así en el impreso («%»); por las cifras (más del 100 en Königsberg, Barmen y Posen) debe tratarse de tantos por mil. (N. del T.) ↩

  22. Así en el original; debe de querer decir «6124 viviendas con 34438 personas». (N. del T.) ↩

  23. Friedrich Naumann (1860-1919), pastor protestante y político liberal de orientación social. (N. del T.) ↩

  24. La Exposición Internacional de Higiene de Dresde de 1911. (N. del T.) ↩

  25. Thomas Smith Clouston (1840-1915), psiquiatra escocés, director del manicomio de Edimburgo. (N. del T.) ↩

  26. Ortskrankenkasse: caja de enfermedad de ámbito local del seguro obligatorio alemán (ley de 1883). Las «afiliadas obligatorias» (Pflichtmitglieder) eran las asalariadas sujetas al seguro; las «voluntarias», las que se aseguraban por cuenta propia, en general de mejor posición. (N. del T.) ↩

  27. En Fürth (Baviera) se concentraba la fabricación de espejos; el azogado con amalgama de mercurio causaba graves intoxicaciones. (N. del T.) ↩

  28. Landes-Medizinal-Kollegium: la autoridad sanitaria superior del reino de Sajonia. (N. del T.) ↩

  29. Reichsamt des Innern: el ministerio del Interior del Imperio alemán. (N. del T.) ↩

  30. Rühle resume aquí, sin citarlo literalmente, el pasaje de El capital, libro I, cap. 13 («Maquinaria y gran industria»), sobre la mortalidad infantil en los distritos fabriles ingleses. (N. del T.) ↩

  31. Mülhausen i. E. (im Elsass), hoy Mulhouse; la casa Dollfus-Mieg & Cie. era la gran empresa textil de la ciudad. Alsacia pertenecía entonces al Imperio alemán. (N. del T.) ↩

  32. Ostelbien: las provincias prusianas al este del Elba, tierra de los grandes latifundios de la nobleza terrateniente (Junker). (N. del T.) ↩

  33. Stillprämien: subsidios que algunos municipios y asociaciones pagaban a las madres pobres que amamantaban a sus hijos. (N. del T.) ↩

  34. Vereinsstraßen: calles edificadas por una sociedad constructora (Bauverein), probablemente cooperativa. (N. del T.) ↩

  35. Así en el original; se trata de Bournville, la colonia obrera fundada junto a Birmingham por la familia Cadbury en 1893. (N. del T.) ↩

  36. Éxodo 20, 5. (N. del T.) ↩

  37. Hurkinder: término injurioso del alemán antiguo para los hijos ilegítimos. (N. del T.) ↩

  38. Reuß ä. L. (ältere Linie, línea primogénita), el más pequeño de los Estados del Imperio alemán, con capital en Greiz. (N. del T.) ↩

  39. Engelmacherei: así se llamaba a la práctica de las mujeres que recogían, a cambio de dinero, a niños ilegítimos y los dejaban morir por abandono o falta de alimento; también, al aborto clandestino. (N. del T.) ↩

  40. Huelga de los obreros textiles de Crimmitzschau (Sajonia), de agosto de 1903 a enero de 1904, por la jornada de diez horas; terminó con la derrota de los huelguistas. (N. del T.) ↩

  41. Volksschule: escuela elemental pública y gratuita, a la que asistían los hijos de las clases populares; los de las clases acomodadas iban a escuelas preparatorias y a las escuelas medias y superiores. (N. del T.) ↩

  42. En Sajonia, la Bürgerschule («escuela burguesa», con cuota escolar más alta y a veces con grados «superior» y «simple») y la Bezirksschule («escuela de distrito», gratuita o casi) eran dos tipos de escuela elemental pública separados según la capacidad económica de los padres. (N. del T.) ↩

  43. Realschule: escuela secundaria sin latín, orientada a las ciencias y los idiomas modernos; Gymnasium: escuela secundaria clásica que preparaba para la universidad. (N. del T.) ↩

  44. Así en el original, por Pirquet: la cutirreacción a la tuberculina del pediatra austriaco Clemens von Pirquet (1907). (N. del T.) ↩

  45. Circunscripción administrativa del reino de Sajonia, equivalente al Kreis prusiano. (N. del T.) ↩

  46. Así en el original: errata evidente por un año anterior a 1911, probablemente 1909. (N. del T.) ↩

  47. Nombre popular del raquitismo. (N. del T.) ↩

  48. El original dice Hilfsschutzzöglingen [pupilos de la «protección auxiliar»], errata evidente por Hilfsschulzöglingen. (N. del T.) ↩

  49. Weiße Salbe: la pomada blanca de farmacia (de óxido de cinc o de plomo), remedio inocuo que se recetaba para todo; de ahí, en sentido figurado, paliativo que no cura nada. (N. del T.) ↩

  50. Margaretentage: colectas callejeras en las que damas de la buena sociedad vendían margaritas artificiales a beneficio de niños pobres, muy de moda en las ciudades alemanas hacia 1910-1911. (N. del T.) ↩

  51. Kinderhort: establecimiento que acogía a los escolares, sobre todo hijos de madres que trabajaban, en las horas en que no tenían clase. (N. del T.) ↩

  52. «Charlottenbnrg» en el impreso, errata por Charlottenburg, entonces ciudad independiente junto a Berlín. (N. del T.) ↩

  53. Cita, sin indicarlo, de Marx, Das Kapital, t. I, cap. 8 («La jornada laboral»), comienzo del apdo. 6. (N. del T.) ↩

  54. Johann Baptist von Schweitzer (1833-1875), presidente desde 1867 del Allgemeiner Deutscher Arbeiterverein, el partido fundado por Lassalle, y diputado en el Reichstag de la Confederación de Alemania del Norte. (N. del T.) ↩

  55. Kinderschutzgesetz: ley del Reich de 30 de marzo de 1903 sobre el trabajo infantil en las empresas industriales, que por primera vez reguló también el trabajo de los niños fuera de las fábricas (industria a domicilio, talleres, comercio). (N. del T.) ↩

  56. Plurales burlescos (Itzenblitze und Köckeritze en el impreso) formados con apellidos de la nobleza terrateniente prusiana, como el del conde Heinrich von Itzenplitz, ministro prusiano de Comercio de 1862 a 1873; aquí, por los junkers del gobierno en general. (N. del T.) ↩

  57. Kegeljungen: muchachos que en las boleras de las tabernas volvían a poner en pie los bolos y devolvían las bolas a los jugadores. (N. del T.) ↩

  58. Kupferdreier: moneda de cobre de tres pfennigs de algunos Estados alemanes anteriores al marco; aquí, en sentido figurado, calderilla. (N. del T.) ↩

  59. Las clases de la escuela popular berlinesa se numeraban en orden descendente (la primera era la superior); salir de la escuela desde la cuarta clase o una inferior significaba no haber pasado de los cursos medios o bajos. (N. del T.) ↩

  60. Hund: en la jerga minera alemana, la vagoneta pequeña para el mineral. (N. del T.) ↩

  61. Vater sitzt: literalmente, «el padre está sentado», expresión popular por «está preso». (N. del T.) ↩

  62. Karl Gamp (1846-1918), diputado conservador libre (Reichspartei) en el Landtag prusiano y en el Reichstag, portavoz de los intereses agrarios. (N. del T.) ↩

  63. En el impreso, «für Tirol und und die Veranstalter», con «und» repetido por errata. (N. del T.) ↩

  64. dussa: forma dialectal tirolesa de draußen, «fuera», es decir, en el extranjero como niños pastores. (N. del T.) ↩

  65. Hödur (Höðr), el dios ciego de la mitología nórdica que, engañado por Loki, mató a su hermano Balder. (N. del T.) ↩

  66. Expresión proverbial alemana (eine wächserne Nase haben): ser maleable, dejarse torcer a gusto de quien lo maneja. (N. del T.) ↩

  67. Bakel: la vara o palmeta del maestro, símbolo de la escuela de castigos. (N. del T.) ↩

  68. Tipos de escuela secundaria prusiana: el Gymnasium (humanístico, con latín y griego) y el Progymnasium (sin los cursos superiores); el Realgymnasium (con latín, sin griego) y el Realprogymnasium; la Oberrealschule y la Realschule (sin lenguas clásicas). (N. del T.) ↩

  69. Rixdorf, ciudad independiente junto a Berlín (desde 1912, Neukölln), de población mayoritariamente obrera. (N. del T.) ↩

  70. Fortbildungsschule: escuela complementaria, a menudo nocturna o dominical, para los jóvenes que ya habían dejado la escuela popular y trabajaban. (N. del T.) ↩

  71. La Petrischule era un Realgymnasium de Leipzig; la Thomasschule y el Nikolaigymnasium, los dos Gymnasien humanísticos más antiguos de la ciudad. (N. del T.) ↩

  72. «Negro», en el lenguaje político de la época, era el color de lo clerical y católico; el Münsterland, en Westfalia, era un bastión del catolicismo y del partido del Centro. (N. del T.) ↩

  73. Raubstaaten, «Estados de rapiña», juego de palabras con los pequeños Estados (Kleinstaaten) de Turingia, célebres por su atraso. (N. del T.) ↩

  74. Schulverwahrlosung: el desamparo material en que el Estado tenía a la escuela popular (aulas abarrotadas, falta de maestros, edificios ruinosos). Verwahrlosung se traduce en el archivo «descarrío»; cuando designa, como aquí, el abandono material de una institución, «desamparo». (N. del T.) ↩

  75. Stockmeister: en origen, el carcelero o el encargado de aplicar los castigos de palos; aquí, el maestro convertido en ejecutor de la vara. (N. del T.) ↩

  76. Angelo Mosso (1846-1910), fisiólogo italiano, autor de estudios sobre la fatiga y sobre la educación física. (N. del T.) ↩

  77. Ludwig Gurlitt (1855-1931), pedagogo reformador alemán, crítico de la escuela de la disciplina y el examen. (N. del T.) ↩

  78. Arthur Bonus (1864-1941), pastor y escritor protestante liberal, crítico de la enseñanza escolar de la religión; más abajo, «el párroco Bonus». (N. del T.) ↩

  79. Jugend [Juventud], revista semanal ilustrada de Múnich (desde 1896), que dio nombre al Jugendstil. (N. del T.) ↩

  80. Juego de palabras con Zuchthaus (presidio) y Zucht (crianza, disciplina), y con Schinderhaus (casa del desollador o del verdugo, lugar de tormento). (N. del T.) ↩

  81. En las escuelas alemanas se enseñaban la letra gótica (Fraktur) y la latina, cada una en mayúscula y minúscula, impresa y manuscrita. (N. del T.) ↩

  82. «No para la escuela, sino para la vida»: inversión proverbial de la queja de Séneca (Epístolas, 106, 12): Non vitae, sed scholae discimus. (N. del T.) ↩

  83. Las Allgemeine Bestimmungen [Disposiciones generales] sobre la escuela popular prusiana, dictadas en 1872 por el ministro Falk. (N. del T.) ↩

  84. Schwarz ist Trumpf: el negro, color del clero, es el palo que manda en la baza. (N. del T.) ↩

  85. Albert Kalthoff (1850-1906), pastor protestante de Bremen, teólogo radical y librepensador. (N. del T.) ↩

  86. Alusión a la leyenda de Lutero, que en el castillo de Wartburg habría arrojado un tintero al diablo. (N. del T.) ↩

  87. Margarete Beutler (1876-1949), poeta y escritora alemana. (N. del T.) ↩

  88. Así en el original: «es treibt die rein menschlichen Beziehungen der beiden Geschlechter zu einander»; probablemente falta una palabra (quizá auseinander, «separa», o un complemento). (N. del T.) ↩

  89. Robert Hessen, Die Prostitution in Deutschland [La prostitución en Alemania] (1910). (N. del T.) ↩

  90. La educación tutelar (Fürsorgeerziehung) se regía en Prusia por la ley de 2 de julio de 1900, en vigor desde 1901: el tribunal de tutelas podía retirar a los padres los menores «en peligro moral» y confiarlos a una familia o a un establecimiento. (N. del T.) ↩

  91. Orts- und landarm: en la legislación alemana de beneficencia, el pobre cuyo socorro corría a cargo del municipio de su domicilio de socorro (ortsarm) o, a falta de este, de la asociación provincial de beneficencia (landarm). (N. del T.) ↩

  92. Hausagrariertum: palabra de Rühle formada sobre Agrarier (los grandes terratenientes agrarios), para designar a los propietarios de casas de alquiler como una casta de rentistas parecida. (N. del T.) ↩

  93. Kasernierung: confinamiento de la prostitución reglamentada en burdeles o calles determinadas. (N. del T.) ↩

  94. Ludewig: en el argot berlinés, el chulo, el proxeneta. (N. del T.) ↩

  95. Moritz William Theodor Bromme, Lebensgeschichte eines modernen Fabrikarbeiters, editada por Paul Göhre en 1905; Bromme trabajó de joven en las fábricas de botones de Schmölln (Sajonia-Altenburgo). (N. del T.) ↩

  96. Landesrat: alto funcionario de la administración provincial autónoma prusiana. (N. del T.) ↩

  97. Lino Ferriani (1852-1921), fiscal y criminólogo italiano, autor de estudios sobre la delincuencia de menores. (N. del T.) ↩

  98. El banquero berlinés August Sternberg, procesado en 1900 por abusos sexuales con niñas menores; el caso destapó complicidades policiales. (N. del T.) ↩

  99. Kommerzienrat: título honorífico concedido a grandes comerciantes e industriales. (N. del T.) ↩

  100. La serie «The Maiden Tribute of Modern Babylon», de William T. Stead, sobre la trata de niñas en Londres, que condujo a elevar la edad de consentimiento sexual. (N. del T.) ↩

  101. Henriette Arendt (1874-1922), enfermera y primera asistente de policía de Alemania (Stuttgart, 1903-1908), autora de escritos sobre el tráfico de niños. (N. del T.) ↩

  102. Vorwärts [Adelante], órgano central del Partido Socialdemócrata alemán. (N. del T.) ↩

  103. Gewerbsunzucht: término penal para la prostitución ejercida como oficio. (N. del T.) ↩

  104. Reinhold Gerling (1863-1930), escritor alemán de divulgación médica y sexual. (N. del T.) ↩

  105. Magdalenenanstalten: asilos para prostitutas «arrepentidas», por lo común de fundación religiosa. (N. del T.) ↩

  106. Paul Kampffmeyer, Die Prostitution als soziale Klassenerscheinung und ihre sozialpolitische Bekämpfung [La prostitución como fenómeno social de clase y su represión por la política social] (1905). (N. del T.) ↩

  107. Animierkneipen: tabernas en las que camareras pagadas incitaban a los clientes a beber y que solían encubrir la prostitución. (N. del T.) ↩

  108. Sachsengänger: braceros temporeros, a menudo polacos, que iban a trabajar en el cultivo de la remolacha de la provincia prusiana de Sajonia y de otras regiones. (N. del T.) ↩

  109. Georg Hermann, Kubinke (1910), novela berlinesa sobre un aprendiz de peluquero y las criadas con las que se relaciona. (N. del T.) ↩

  110. Anton Johann Groß-Hoffinger (1808-1875), publicista austriaco, autor de escritos sobre la prostitución y la situación de las criadas. (N. del T.) ↩

  111. Alfred Blaschko (1858-1922), dermatólogo berlinés, pionero de la lucha contra las enfermedades venéreas. (N. del T.) ↩

  112. Botones de corozo (Steinnuß), la semilla de una palmera americana, tallada a máquina; Schmölln era su principal centro de fabricación en Alemania. (N. del T.) ↩

  113. Spritzer: en la fábrica de botones, el operario que rociaba de tinte o de barniz los botones. (N. del T.) ↩

  114. Sittenkontrolle: la vigilancia de la policía de costumbres sobre las prostitutas inscritas, con reconocimientos médicos obligatorios. (N. del T.) ↩

  115. Paráfrasis de la oración del fariseo (Lucas 18, 11). (N. del T.) ↩

  116. El título del capítulo, In Fürsorgemißhandlung, juega con Fürsorge («asistencia», como en Fürsorgeerziehung, «educación tutelar») y Mißhandlung («malos tratos»). (N. del T.) ↩

  117. Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827) acogió a niños pobres en su granja del Neuhof (Argovia) en 1774-1780 y dirigió en 1799 el orfanato de Stans (Nidwalden). El pasaje citado es de su carta sobre su estancia en Stans (Stanser Brief, 1799). (N. del T.) ↩

  118. La inscripción de la puerta del infierno de Dante (Infierno, III, 9). (N. del T.) ↩

  119. El Bürgerliches Gesetzbuch (BGB), Código Civil del Imperio alemán, en vigor desde el 1 de enero de 1900; las medidas aludidas son las de su § 1666. (N. del T.) ↩

  120. Jefe de la administración de un distrito rural (Kreis) prusiano. (N. del T.) ↩

  121. Nach Schema F: expresión alemana para un procedimiento burocrático rutinario y mecánico, sin atender al caso concreto. (N. del T.) ↩

  122. Heinrich Ströbel (1869-1944), periodista socialdemócrata, diputado en la Cámara de Diputados de Prusia desde 1908. (N. del T.) ↩

  123. Gesindeordnungen: reglamentos que regulaban la relación entre amos y criados (en Prusia, la de 1810), con amplios derechos de castigo del amo; estuvieron vigentes hasta 1918. (N. del T.) ↩

  124. El impreso trae «anf» por «auf». (N. del T.) ↩

  125. Los grandes terratenientes nobles de la Prusia al este del Elba. (N. del T.) ↩

  126. Mateo 7, 16. (N. del T.) ↩

  127. La Blohmesche Wildnis, cerca de Glückstadt (Holstein), y Mieltschin (en polaco Mielżyn), en la provincia de Posen, fueron escenario de los dos grandes escándalos de la educación tutelar prusiana de aquellos años, que acabaron en procesos muy comentados por la prensa. (N. del T.) ↩

  128. Ostmark: las provincias orientales de Prusia con población polaca (Posen y Prusia Occidental), objeto de una política oficial de germanización. (N. del T.) ↩

  129. Friedrich von Bodelschwingh (1831-1910), pastor protestante, director de los establecimientos de beneficencia de Bethel (Bielefeld) y fundador de colonias de trabajo para vagabundos y alcohólicos. (N. del T.) ↩

  130. Jefe de la administración autónoma de una provincia prusiana. (N. del T.) ↩

  131. Konrad Agahd, maestro de Rixdorf (Berlín), autor de estudios sobre el trabajo infantil y la educación tutelar. (N. del T.) ↩

  132. Establecimiento de educación tutelar de la ciudad de Berlín, en Zehlendorf, dirigido por Heinrich Plaß, que pasaba por modelo de una educación tutelar más humana. (N. del T.) ↩

  133. El § 51 del Código Penal del Imperio alemán (Strafgesetzbuch, StGB) declaraba no punible el acto cometido en estado de inconsciencia o de perturbación morbosa de la actividad mental que excluyera la libre determinación de la voluntad. (N. del T.) ↩

  134. Wolfgang Heine (1861-1944), abogado y diputado socialdemócrata en el Reichstag. (N. del T.) ↩

  135. «¡Perezca el mundo!», del adagio Fiat iustitia, pereat mundus («Hágase justicia, aunque perezca el mundo»). (N. del T.) ↩

  136. Gekullert: juego callejero de azar que consistía en hacer rodar monedas. (N. del T.) ↩

  137. Miembros del Corps Borussia de Bonn, la más aristocrática de las corporaciones estudiantiles alemanas, en la que estudiaban príncipes de la casa de Hohenzollern. (N. del T.) ↩

  138. Así en el original (literalmente, «arenques enrollados»); probablemente apodo popular de alguna clase de muchachos de reparto o recado. (N. del T.) ↩

  139. Plötzensee: gran cárcel de Berlín, con una sección para presos jóvenes; sobre el proceso de Plötzensee, véase más abajo, p. 250. (N. del T.) ↩

  140. Kutten- und Bäffchenträger: los clérigos católicos (el hábito, Kutte) y protestantes (el alzacuello de dos bandas del pastor, Bäffchen). (N. del T.) ↩

  141. fl. y kr.: florín (Gulden) y kreuzer, moneda austriaca; 100 kreuzer hacían un florín. (N. del T.) ↩

  142. El pasaje procede de la carta de Wilde «The Case of Warder Martin», publicada en el Daily Chronicle de Londres el 28 de mayo de 1897, poco después de salir de la cárcel de Reading; Rühle la cita en traducción alemana. (N. del T.) ↩

  143. El VIII Congreso Penitenciario Internacional, celebrado en Washington en octubre de 1910. (N. del T.) ↩

  144. Industry (estado de Nueva York), sede de la State Agricultural and Industrial School, escuela de reforma organizada en casas de familia; el original dice «in der Industry». (N. del T.) ↩

  145. Probablemente, la más pobre de las raciones de los reglamentos penitenciarios, aplicada como castigo. (N. del T.) ↩

  146. Abrippen: quitar a mano los nervios de las hojas de tabaco, trabajo a domicilio muy extendido entre los niños. (N. del T.) ↩