El montón de arena
Si el sol es la mejor niñera, el montón de arena es el compañero de juegos preferido del niño. Más aún: se le ha llegado a llamar el mayor de los pedagogos. Y en efecto, de él emanan efectos educativos del todo extraordinarios. Satisface en la más amplia medida el impulso de ocupación, que constituye el elemento vital del niño, y enseña de manera imperceptible, pero insistente, el uso de los sentidos. En particular el tacto, tan importante para adquirir sensaciones claras e impresiones nítidamente marcadas, recibe un fomento mayor. El niño llega a una captación fresca e inmediata de lo corpóreo y se le guía con energía hacia la actividad. Su mundo está allí donde puede ocuparse con los dedos y las manos, donde puede crear, construir, producir por su propia fuerza. No solo fortalece con ello la salud y desarrolla la fuerza muscular: despliega también su fantasía y se apropia sin querer y sin esfuerzo de un gran número de principios físicos y matemáticos. Sobre el montón de arena se abre al espíritu infantil una riqueza de figuras y formas; una abundancia de hechos y verdades, de fenómenos y sucesos sale al encuentro de su mundo de representaciones. ¡Y verdaderos torrentes de dicha brotan de las almas de los niños! Si quieres ver niños alegres, creadores, felices, búscalos en los montones de arena de los jardines y de los campos de juego: allí los encontrarás, si no en ninguna otra parte.
Por inmensamente fecunda que sea la producción de libros en el campo de la pedagogía, sobre el juego de los niños en la arena no había hasta ahora ningún libro que orientara de manera suficiente y fiable en lo teórico y en lo práctico. Ahora el pedagogo danés Hans Dragehjelm ha llenado esta laguna con una publicación sumamente instructiva.1 Trata primero el lado pedagógico del tema, examinando la importancia del juego en la arena para el desarrollo de las disposiciones corporales e intelectuales del niño. Luego pasa a la parte práctica: cómo deben instalarse los areneros, qué hay que hacer en casa y qué deben hacer las mujeres por los niños que juegan en la arena, cómo han de ser la arena, las mesas de juego, las bases y los techados, etc. Reproduzcamos aquí algunos datos y exposiciones de interés general.
No es recomendable el simple montón de arena sin instalación alguna. Si es demasiado grande, puede resultar peligroso para los pequeños, porque la arena puede ceder y sepultarlos. Si es demasiado pequeño, pronto queda aplastado y, al volver a amontonarlo, se mezcla con tierra y suciedad. Por eso conviene un marco de madera que encierre la arena por todos los lados. Todavía mejor resultado da una pila que mantiene la arena reunida durante el juego y que, con la profundidad suficiente, puede contener también una cantidad bastante grande de arena. En cuanto a la forma exterior, se aceptan toda clase de variaciones, con tal de que sean regulares y por lo demás agradables. En cambio, los diversos sistemas no son todos equivalentes en el uso. El sistema de cajones de hormigón, por ejemplo, tiene el defecto de que, con tiempo húmedo persistente, convierte fácilmente el depósito de arena en un depósito de agua. Más práctica es una base de asfalto, de hormigón o de losas de cemento con un marco de madera encima apoyado en postes. La base se eleva algo en el centro y desciende hacia los lados. Entre la base y el marco de madera queda una rendija de unos 25 centímetros de altura por la que puede escurrirse toda la humedad. Las ventajas de un depósito de arena así consisten en que con tiempo lluvioso el agua corre deprisa, lava de paso la arena y arrastra por la rendija las partes de la arena gastadas y convertidas en polvo. Para facilitar a los niños más pequeños el acceso a la arena, conviene, si es necesario, colocar un escalón en uno de los lados exteriores. El cajón de arena debe tener una superficie de 6 a 8 metros cuadrados. Sobre el marco, a una altura de 50 a [¿60?] centímetros, deben colocarse mesas de juego, interrumpidas de trecho en trecho para que quede libre el acceso a la arena. Si no se hace a diario una limpieza a fondo debajo de la mesa, se acumula allí tanta suciedad, hojarasca, papel, etc., que se forman verdaderos focos de bacterias. A esto se añade que esas mesas bajas son muy incómodas para jugar y no permiten una buena postura del cuerpo; además, la parte central del tablero queda casi siempre sin usar. Es incomparablemente mejor que las mesas de juego corran a modo de banco a lo largo de todo el marco de madera, alrededor del montón de arena. Si el arenero no tiene techado, debería haber cerca una caseta que ofrezca refugio en los chubascos. Un lugar de este tipo sumamente agradable y práctico existe en el gran campo de juegos del Humboldthain de Berlín. En el Großer Garten de Dresde hay cerca del depósito de arena un tronco de árbol bien sujeto al suelo, sobre el que los pequeños, cuando han trabajado bastante en la arena, pueden hacer equilibrios de un extremo al otro. Esta buena idea merece imitarse. No hay que olvidar, por último, que en los días calurosos la arena de juego de parques y campos de juego debe regarse a menudo con agua, porque de lo contrario las partículas secas de polvo dañan los pulmones de los niños.
En los países románicos todavía no se presta prácticamente ningún interés al juego de los niños en la arena, mientras que en otros varios países, sobre todo en los germánicos, se cultiva con esmero. Dragehjelm ha reunido observaciones en este sentido en un viaje de estudios por Alemania y se ha procurado datos más precisos a través de las comisiones estadísticas del magisterio alemán. Además, mediante consultas a autoridades, especialistas escolares y personalidades destacadas del extranjero, ha llegado a reunir un rico material de informes, imágenes, estadísticas, etc., que ahora publica en su obra.
Sobre la situación en las ciudades alemanas informan 73 cuestionarios contestados. Según ellos, Múnich tiene 120 campos de juego con 1 a 20 areneros cada uno; Breslau, de 15 a 20; Kassel, de 10 a 15; Karlsruhe, Görlitz y Stettin, 12 campos de juego cada una con uno o varios montones de arena. Hamburgo instaló en 1908 83 cajones de arena en los parques públicos; el campo de juegos del Köhlbrand, de unos 100 000 metros cuadrados, tuvo un día de julio de 1908 más de 9700 visitantes. Dresde tiene 48 campos de juego con 72 cajones de arena en total; Hannover, 14 campos con 15 montones de arena en total; Chemnitz, 25 campos de juego. En Leipzig, Essen, Lübeck, Heidelberg, Stuttgart, Düsseldorf y otras, la provisión de arena de juego para la juventud es bastante pobre. Numerosas ciudades, entre ellas Berlín, no contestaron en absoluto el cuestionario, por buenas razones, evidentemente.
En el extranjero, el desarrollo más satisfactorio lo muestra América, donde se reconoce cada vez más la enorme importancia de la actividad propia práctica para los fines educativos y se aspira a asentar toda la enseñanza sobre la base metódica creada por Fröbel. Los numerosos campos de juego existentes dependen en las distintas ciudades de distintas autoridades administrativas. En un gran número de ciudades los administran por completo asociaciones filantrópicas, con la colaboración parcial de los poderes públicos. Se está formando un sistema organizado de juego. Chicago ha gastado ya 11 millones de dólares en modernizar su red de campos de juego. Junto a las pilas de arena se han construido estanques más pequeños con playa artificial, y se han levantado cobertizos, pabellones y salas desde los que las madres y las niñeras pueden contemplar el juego de los niños.
Si, como afirma Dragehjelm, se multiplican actualmente los indicios de que en la provisión de areneros para la juventud se está produciendo un cambio a mejor, cabe considerarlo sin duda un síntoma del gran movimiento que se apodera con fuerza creciente de toda la educación y que tiene por meta desplazar el sistema actual de aprendizaje e instrucción, que se agota en un adiestramiento unilateral del intelecto, mediante la educación del hombre entero con ayuda del juego, de la actividad propia y del trabajo productivo.
O. R.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), cotejada con el facsímil: Vorwärts, Unterhaltungsblatt, n.º 135, 14 de julio de 1910, pp. 539-540. Firmado «O. R.». La altura de las mesas de juego es conjetural (véase el original). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original; las adiciones entre corchetes son del traductor. Los topónimos se dan en su forma española usual (Múnich, Kassel por «Cassel», Stettin por la errata «Stetitn»). Sandhaufen = «montón de arena»; Sandkasten, «cajón de arena»; Sandspielplatz, «arenero»; Selbsttätigkeit, «actividad propia».
Das Spielen der Kinder im Sande [El juego de los niños en la arena], de Hans Dragehjelm. Con 32 ilustraciones y 2 croquis. Traducción de Alf. Dietrich. Precio: 2,50 marcos; en cartoné, 3 marcos. Editorial Tillge, Leipzig. ↩