Por Otto Rühle.
Estaba sentado en la terraza de Brühl, en Dresde, dejando que el sol me diera en la cara, y me preguntaba: ¿y ahora qué haces?
Entonces se me ocurrió visitar la ciudad jardín de Hellerau.
¿Dónde está Hellerau?
Se consultó el plano de orientación, pero no pudo dar razón.
¡¿Cómo iba a darla?! Hellerau no ha llegado todavía a ser una realidad hecha ciudad, sino que solo existe en las cabezas de algunos hombres y en planes de urbanización, actas de sesiones y registros de la propiedad, artículos de periódico y folletos. Un proyecto magnífico, un cuadro del futuro lleno de encanto, pero... ¡un momento! ¿No habrá hecho Hellerau ya más progresos? ¿No podrán reconocerse al menos, por los trabajos preparatorios, el terreno, las primeras fases de su formación, las formas básicas de la ciudad jardín que florece entre el brezal y el bosque?
¡Salgamos de dudas! ¡A Hellerau!
Se preguntó a un guardia, que sabía exactamente la situación, la distancia y el tamaño de Hellerau, y describió también con rápida solicitud los accesos y cien pequeños detalles. ¡Ya puede uno ir a un guardia normal del reino de Sajonia! «Todavía no se ve gran cosa, pero si no tiene usted otra cosa que hacer, puede darse una vuelta por allí. Es bastante bonito aquello»1. Se pidió información a un segundo guardia y —como la pronta respuesta también del segundo me sorprendió— también a un tercero, a un cuarto, y luego, por el camino, a un obrero, a un soldado, a una vendedora del mercado: todos eran capaces de darme información bastante precisa sobre Hellerau. El proyecto de fundar la ciudad jardín se ha abierto camino, pues, sin duda hasta en los círculos más amplios de la población.
Fui andando hasta la Albertplatz y luego por toda la larga Königsbrücker Straße hasta el Arsenal. Hasta allí podría haber usado también la línea de tranvía Estación Central–Postplatz–Arsenal. Entonces empezaba la carretera, que, subiendo siempre entre bosques a izquierda y derecha, se extiende hasta el paso sobre el ferrocarril Dresde-Görlitz. Aquí se extiende a la izquierda el gran campo de maniobras e instrucción «der Heller», que toma su nombre de una posada, «Zum letzten Heller» [Al último céntimo]. Se levantaban enormes nubes de polvo, la caballería galopaba campo a través, las voces de mando cortaban el aire. Dejé atrás los espectáculos militares, por los que nunca en la vida he sido capaz de sentir el menor interés, y me eché —literalmente— a un lado, entre los matorrales. «A la Waldschenke [la Taberna del Bosque]», indicaba un poste a través del bosque; seguí el camino trillado y veinte minutos después me vi en la meta. Había llegado a Hellerau. El dueño de la Waldschenke me inició una vez más en todos los detalles del proyecto y me dio impresos y libros para informarme. Podía empezar la visita.
Hellerau abarca un terreno de 140 hectáreas, accidentado y en parte boscoso, que está unos 100 metros más alto que Dresde y pertenece a los términos municipales de Klotzsche y Rähnitz. Hacia el este se extiende el brezal de Dresde (Dresdener Heide), que domina la comarca con sus bosques de leguas, sus pintorescos barrancos y valles, y que con sus últimas estribaciones, el «Weißer Hirsch», llega junto a Loschwitz hasta el valle del Elba. Todas las ventajas climáticas y paisajísticas que distinguen a la encantadora colonia de villas de Klotzsche-Königswald, y que se reconocen de buen grado al brezal de Dresde, al Weißer Hirsch y al sanatorio de Lahmann, valen también para Hellerau. El suelo es de sienita y arena, apto para frutales y hortalizas ligeras; el viento dominante sopla hacia la ciudad; el entorno está protegido de la devastación porque por dos lados linda con el bosque del Estado; y, por el campo de maniobras que se extiende por el tercer lado, no puede surgir un segundo asentamiento que limitara la amplia vista sobre el paisaje boscoso y sobre Dresde. El campo de maniobras impide también que la especulación con el suelo y la construcción lleve alguna vez las calles de la ciudad, distante 3,5 kilómetros, hasta los límites de Hellerau; el asentamiento queda, pues, protegido por tiempo indefinido de la indeseada cercanía urbana. Con todo, entre Dresde y Hellerau hay excelentes comunicaciones: no solo hay 58 servicios diarios a Dresde desde la estación de Klotzsche, a 20 minutos, sino que la Dieta sajona ha aprobado ya, en atención a la fundación de Hellerau, la prolongación del tranvía Estación Central–Arsenal hasta Klotzsche.
Hellerau la descubrió el director de los Deutsche Werkstätten für Handwerkskunst [Talleres Alemanes de Artesanía Artística] de Dresde. La firma, muy favorablemente conocida en los círculos de las artes aplicadas, necesita ampliar sus instalaciones. Y se ha dado el caso singular de «que una empresa industrial ha ampliado la construcción de una nueva fábrica, necesaria desde hace tiempo, hasta convertirla en la creación de una colonia de viviendas ajardinada con fines de utilidad pública, y ha hecho ya considerables sacrificios de tiempo, de dinero y de trabajo de sus dirigentes por esta obra, igualmente importante desde el punto de vista material e ideal». La firma se ocupó de la adquisición del terreno, hizo los trabajos preparatorios necesarios, obtuvo fondos, estableció toda clase de contactos, encargó un plan de urbanización y asumió todo el riesgo de la empresa. Cuando, finalmente, gracias a su propaganda se ganó a un círculo más amplio para la participación financiera en Hellerau, cedió todos sus derechos gratuitamente y [sin] beneficio alguno a la recién fundada «Gartenstadt Hellerau, S. L.». Solo se ha reservado el derecho de adquirir de la sociedad propietaria del suelo el terreno necesario para sus talleres, al precio de compra más los gastos generales de preparación. Esta fusión de fines económicos e ideales ha orientado desde el principio toda la empresa.
Hellerau ha de proporcionar a los menos pudientes viviendas baratas, sanas y bonitas en el campo. Según el prospecto, el terreno ha de edificarse esencialmente solo con casas unifamiliares, aisladas o en grupos, y con casas de campo mayores, y con tal holgura que a cada vivienda le quede una generosa parcela de jardín, de modo que el conjunto dé la impresión de una ciudad jardín. No se trata de construir un número cualquiera de viviendas, sino de crear un asentamiento cerrado que ha de ser modélico tanto en lo arquitectónico como en lo higiénico y en lo social. El plan de urbanización, obra de Riemerschmid, de Múnich, divide el terreno, según su estructura, en un barrio para viviendas pequeñas, otro para casas de campo y un tercero para los talleres; una cuarta parte se reserva, con buen criterio, para usos posteriores. Una quinta parte, situada más o menos en el centro del conjunto y con la mejor vista, queda reservada a la colectividad para fines especiales. La edificación empezará por el borde sur, a la vez en el barrio de viviendas pequeñas, en el de casas de campo y en la zona de los talleres. Actualmente el trazado de las calles y la construcción de los muros de cerramiento de los talleres absorben todas las fuerzas. El guardia tenía razón: «Todavía no se ve gran cosa».
Los derechos sobre el suelo se configurarán en Hellerau como es habitual en la «ciudad jardín»: la totalidad de los habitantes ha de sacar el mayor provecho de la edificación del terreno y del aumento de su valor (Mehrwert). En la base de todo hay un principio colectivista, cuya realización hace que la fundación de la ciudad jardín nos interese especialmente. Toda clase de especulación inmobiliaria, la explotación capitalista del suelo, la compra y la venta, quedan excluidas por principio. La colectividad sigue siendo siempre propietaria del terreno. Todo el aumento de valor del suelo ha de revertir en los habitantes de Hellerau en su conjunto, tras pagar a las participaciones en el suelo un interés máximo fijado por estatuto.
Quien quiera vivir en Hellerau hace bien en dirigirse a la cooperativa de construcción Hellerau (Dresde-A. 16, Blasewitzerstraße 17). Adquiriendo, de una vez o a plazos, una participación de 200 marcos que devenga un 4 % de interés, obtiene derecho a una de las viviendas que se construirán en el barrio de casas pequeñas con fondos de los institutos regionales de seguros. Las casas unifamiliares (con entrada propia, escalera propia y tejado propio) se han pensado con cocina-comedor y un cuarto aparte para fregar o lavar, de modo, sin embargo, que una parte de la cocina-comedor pueda separarse cómodamente como sala de estar propiamente dicha. Junto a esta pieza habrá, en las casas de esquina, otra sala de estar en la planta baja. El primer piso contiene el dormitorio y una alcoba. A la casa se une directamente un huerto, frutal y jardín de flores de 100 a 200 metros cuadrados. En las casas pequeñas no hay lavaderos ni baños, pero todos los vecinos tienen a mano unos baños de uso común y un lavadero central con puestos separados. El alquiler de las casas pequeñas será de unos 220 a 500 marcos. Además se construirán en Hellerau villas, por un alquiler de unos 1200 a 2000 marcos. Quien desea una villa elige el terreno que le gusta. Pide a la sociedad de Hellerau planos y presupuestos y elige la casa que corresponde a sus necesidades. La sociedad le construye la casa y él vive en ella. Solo tiene que pagar el arrendamiento y prestar con garantía hipotecaria una parte del dinero de la construcción. Aunque la casa y el terreno no le pertenecen, dispone de ellos con plena independencia. Nunca se le puede desahuciar, pero él sí puede rescindir; solo que, si la casa no se vuelve a alquilar enseguida, tiene que seguir pagando el arrendamiento como mucho un año. El préstamo devenga intereses y no puede rescindirse mientras el prestamista habite la casa; cinco años después de que se marche, puede rescindirse.
Las casas de campo —según el informe de Wolf Dohrn— han de mostrar, con toda la variedad que resulta de las distintas necesidades de los habitantes y de la diversa situación en el terreno, con toda la diversidad en la ejecución de los detalles y todos los cambios de tamaño, aquel parentesco interior que hace tan atractivas las construcciones de las antiguas aldeas y ciudades, porque todas parecen hermanos mayores y menores de una gran familia. Ha de surgir una ciudad moderna sin las faltas de gusto modernas. Para ello se ha instituido una autoridad artística superior, a la que han de presentarse todos los proyectos y planos. Pertenecen a ella Muthesius (Berlín), Riemerschmid (Múnich), Gußmann (Dresde) y otros, y sus nombres garantizan «que la edificación del terreno se haga de un modo plenamente artístico y que el terreno se aproveche en general menos de lo que permite la ley general de edificación».
Así surge de nuestra época capitalista e individualista —todavía con apocamiento y con delicada modestia, pero con originalidad y encanto— una nueva forma de organización social. El «anhelo de superar la anarquía espiritual, el vivir sin elección de un estímulo a otro», tan exaltado por todas partes, encuentra un punto de reposo, una primera cristalización en Hellerau. El estado actual, cada vez más insoportable, ha de superarse «no con reglas y prescripciones, no con actos especiales», no concibiendo Hellerau como «invernadero de nuevos ideales de vida», sino sencillamente por el hecho de su existencia y su crecimiento.
Lo que filántropos, artistas y espíritus refinados se proponen y procuran alcanzar en Hellerau como flor de una cultura de la existencia más elevada y más pura, mediante la «vinculación del suelo y la unidad de la construcción arquitectónica», no es otra cosa que la expresión de una poderosa tendencia social, que por ahora actúa todavía en silencio y que, alimentada por corrientes y trastornos económicos profundos y que derriban los cimientos, encuentra su desenlace en la realización del ideal de comunidad. Es un comienzo de nuevas formas de propiedad, de vivienda y de vida, un trozo de comunismo en la era de la propiedad privada, uno de los miles y miles de hilos que unen el presente que envejece con el futuro que resplandece de frescura juvenil.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el OCR del Deutsches Zeitungsportal cotejado íntegro con el facsímil de la pág. 9 del Hamburger Echo, n.º 177, 1 de agosto de 1909, Zweite Beilage (Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg). Las variantes de la reimpresión revisada del Volksblatt für Halle (14 de noviembre de 1909, OR1909-11) se recogen en el pie de la versión original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original; las adiciones entre corchetes son del traductor o del editor ([sin], donde el impreso parece defectuoso). Mehrwert se refiere aquí al aumento de valor del suelo, no a la plusvalía marxista.
El guardia habla en dialecto sajón («Ze sähen is ja noch nich sehre viel…»). (N. del T.) ↩