Pedagogía de medio pelo1
(De la sexta Jornada de la Educación en Weimar.)
Al dar el primer paso en el andén de Weimar me topé con... Tews. No soy supersticioso, y menos aún quisiera ofender al honorable papa escolar del liberalismo berlinés de Kopsch y Wiemer2. Pero en el acto tuve claro que aquel encuentro no era buen presagio.
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Un viaje de Pentecostés a Weimar es una fiesta en sí mismo. Si a alguien se le quiere desear algo verdaderamente bonito y encantador, habría que desearle un viaje así. Todo lo que en estos días alegres de primavera encanta el corazón y el ánimo se une aquí, en Weimar, en una armonía magnífica y sonora. El aroma reluciente que envuelve las suaves colinas de viñedos de Naumburgo y el romántico encanto de leyenda que saluda desde la Rudelsburg; el juego multicolor de las alfombras de pradera en el valle del Saale y el ambiente solemne de domingo que avanza con pasos de cuento por los campos primaverales: en Weimar lo encuentras todo de nuevo, y mucho más bello, mucho más puro, noble y sereno... Por las callejas estrechas zumba y bulle un gentío abigarrado. Gentes endomingadas se dirigen a sus casas, pues ya extiende la tarde sus largas sombras sobre la ciudad. El segundo día de Pentecostés llega a su fin.
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En la sala pequeña de la «Erholung» se sientan juntas en largas mesas dos docenas de personas. Viejos y jóvenes, hombres y mujeres. Nada de particular hay en ello. Tampoco las personas mismas quieren ser nada particular. Y sin embargo lo son.
Entre las muchas necesidades que sufre el pueblo alemán, sobre todo la necesidad de la escuela atrajo pronto y en alto grado la atención. No la atención de los maestros en su conjunto: estos son casi todos hombres corrientes y banales, que siguen su rutina, alaban a su rey y dejan que Dios sea un buen hombre, y como mucho alguna vez discuten y se acaloran por cuestiones de sueldo. Pero hay algunos entre ellos a quienes la miseria de la educación les ha llegado muy en serio al corazón. Y estos pocos suelen darse cita cada año por Pentecostés en Weimar. Algunos son tipos raros, con opiniones extravagantes y propuestas de reforma a menudo más extravagantes todavía. Otros son demasiado unilaterales, demasiado fanáticos, para poder soportar a la larga su compañía intelectual. A todos se les aplica el dicho de que son buenas personas, pero malos músicos. Todos se imaginan la escuela como algo que cuelga aislado en el aire, desligado de todos los condicionamientos y relaciones de la vida social, y que se puede moldear y cambiar, mejorar y reformar a voluntad. En su cabeza hay una idea; la idea se amplía y se desarrolla hasta hacerse sistema. ¡Ahora, mundo, da gracias a tu Creador porque una cabeza tan genial ha parido esta idea bienhechora, y haz lo que puedas para realizar este sistema, el más excelente de todos! Que la escuela, la enseñanza de la juventud y los principios educativos son solo fenómenos parciales del complejo de la organización social en su conjunto, del que no pueden ni deben desgajarse, y que solo en esta conexión viva y recíproca pueden comprenderse, valorarse y juzgarse, eso es para ellos un profundo misterio. Formulan acusaciones contra ministros y consejeros privados, hacen responsables a personas de defectos y males y esperan salvación y ayuda de personas, allí donde solo entran en juego fundamentos económicos profundos, decisivos para toda la estructura de la sociedad. Son ideólogos y visionarios incurables, sectarios y reformadores, inconsecuentes hasta el azul del cielo y animados por una fe, por un optimismo ingenuo, que a menudo resulta conmovedor. Los Rousseau y Proudhon, Fourier y Owen, tal como los conocemos por la historia del socialismo, estaban hechos de la misma madera, noble, sí, pero inservible para el uso real de la vida.
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La jornada comenzó el martes con un informe sobre los progresos del movimiento que presentó Artur Schulz, de Birkenwerder, editor de las Blätter für deutsche Erziehung [Hojas de educación alemana]. Schulz es sin duda una personalidad de cuño propio, lleno de celo y perseverancia, espíritu de sacrificio y fe en la victoria de su causa. Y además optimista y utopista de la más pura especie. Basta un débil rayo de luz en el camino de espinas pobre en alegrías para que su alma se eleve con amplias alas a las regiones de los estados de ánimo más rosados. ¡Qué dicha esperanzada hablaba en su informe, y qué míseros eran los motivos que le daban pie! Por primera vez se ha pedido al Ministerio prusiano de Cultos que envíe un representante a la jornada. Schwarzkopff, naturalmente, ni piensa en atender el ruego. Pero no ha dado una patada a los señores reformadores escolares ni los ha ignorado fríamente, sino que les ha hecho llegar por telegrama una respuesta negativa. ¡Gran alegría en Israel por ello! ¡Imagínense: una respuesta! ¡Qué perspectiva se abre ahí al pueblecito de Utopía! También en otros aspectos se notan al parecer en la vida escolar toda clase de giros a mejor. Es cierto que la miseria de la escuela prusiana apesta hasta el cielo, y que precisamente los últimos debates del presupuesto de Cultos en la Cámara de Diputados han iluminado como un relámpago los abismos de la vergonzosa reacción escolar en toda su hondura; pero ¡qué importa! ¡Ya se permite a un solo maestro prusiano, en una sola clase (no se dan nombre ni lugar, para que el malvado diablo Bitru no estorbe el crecimiento de la tierna violeta escondida), enseñar medio año a principiantes a título de ensayo sin plan de estudios ni horario, sin lectura, escritura, cálculo ni religión! ¡Qué éxito! ¡Den ustedes tres volteretas por este triunfo del movimiento reformador! Ahora las asociaciones de maestros no tienen más que seguir perforando y empujando con fuerza. ¡Movilizar toda la energía y mostrar valor! Los ministros no son ni mucho menos tan reaccionarios como siempre se dice. Al contrario, nadie agradece más que ellos cualquier sugerencia de fuera. Pronto se celebrará también en Austria una Jornada de la Educación. ¡Entonces, reacción, ten cuidado! Tus días están contados; la bella y gran causa de la reforma escolar tiene asegurada la victoria...
¿Hay que reír o mover la cabeza? ¿Es en serio o en broma? Schulz hizo su exposición con cara seria, qué digo, con una cara radiante de alegre esperanza. ¡Dejemos al buen hombre su hermosa fe!
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El segundo orador fue el profesor Ostwald, de Leipzig. ¡Había que tener un caballo de exhibición! Rosegger, a quien también se había intentado ganar, habría sido sin duda un reclamo más eficaz. Pero había declinado. Pues bien: Ostwald —consejero áulico, profesor, doctor— ofreció en su conferencia sobre Idealismo y humanismo, dirigida contra el Gymnasium3 humanista, una exposición sustanciosa y redonda. Con el enorme saber de este sabio, nada de extraño. Pasando por Platón y la Antigüedad clásica, el humanismo, Goethe y la época de Weimar, demostró, sacando siempre de la abundancia, que los ideales del pasado no son ideales del desarrollo. Por eso hay que rechazar el fin formativo humanista del Gymnasium, tanto más cuanto que el método de enseñanza de los Gymnasien aniquila la individualidad del niño, ahoga todas las capacidades creadoras, deja yermo el espíritu y aleja al ser humano en formación de todas las realidades de la vida. La administración de justicia y la de la enseñanza, convertidas en males clamorosos, muestran con claridad lapidaria los frutos de la alabada formación humanista.
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Tomó entonces la palabra Tews, el inevitable. También yo rechazo el ideal del pasado. El fin cultural del humanismo es falso e incompatible con las exigencias de nuestro tiempo y de nuestro pueblo. Los pueblos de la Antigüedad no formaban una unidad nacional. Siempre hubo clases, libres y esclavos. Es el mayor progreso de los Estados modernos haber reconocido, al menos en teoría, la igualdad de derechos de todos.
Dijo Tews.
En la práctica, desde luego, la igualdad de derechos está todavía por conquistar. Por eso nuestro fin es un ideal del futuro. Queremos ser un pueblo unido. «El mejor medio para llegar a serlo son establecimientos educativos organizados de tal modo que den a cada niño en cada lugar, en lo posible, la posibilidad de desarrollar todas sus fuerzas hasta la altura que la naturaleza le ha prescrito».
Dijo Tews.
Actualmente nuestras escuelas no responden todavía a estas exigencias. Todavía existe la enorme injusticia de que alumnos inteligentes de la escuela primaria que quieren pasar a los 14 años a una escuela secundaria tengan que empezar en la sexta4 junto a alumnos de nueve años de las clases preparatorias. Todavía más de dos tercios de todos los alumnos de primaria que crecen en el campo o en ciudades pequeñas están casi completamente excluidos de la asistencia a escuelas secundarias. Todavía el 95 % de todos los niños pasan solo por la escuela primaria y, a consecuencia de su deficiente formación, apenas tienen parte en nuestra cultura. Nuestra situación escolar sigue siendo la misma que hace milenios, cuando había libres y esclavos. Nuestra escuela primaria es una escuela de castas, de pobres, una escuela de clase, y nada más.
Dijo Tews, y dio un puñetazo en la mesa.
Esta escuela de clase resulta del Estado de clase. Mientras este exista, toda lucha contra la escuela de clase es inútil. ¡Fuera, pues, la diferencia entre propiedad y desposesión! ¡Abajo el Estado de clase! ¡Guerra al capitalismo! ¡Venga el socialismo!
¿Dijo Tews? ¡Oh, no, eso no lo dijo! Aquí su discurso se cortó de golpe. Esa habría sido, es cierto, la única consecuencia de su exposición, pero Tews no es hombre de sacar consecuencias. Esto y el don de lograr con una retórica rica en frases efectos baratos del momento lo tiene en común con Bülow. Siempre es la misma pena oír a Tews. Podría ser también Pautsch o Kopsch o Wiemer o cualquier otra de las lumbreras liberales. Siempre la misma crítica en apariencia resuelta, el mismo lanzarse atrevido y abrir la boca, y luego, cuando se trata de definirse y sacar la consecuencia, el mismo desvío y la misma retirada cobarde. Uno sabe de antemano lo que Tews dirá y hasta qué grado dejará llamear la ira en su hirsuto pecho varonil; en un relámpago quiebra luego el hilo de su pensamiento, salta —como si pisara hierro candente— a un lado y se escabulle entre los matorrales...
La Jornada de la Educación tributó a Tews un aplauso largo y nutrido. Eso caracterizaba el espíritu que la dominaba. Ya dije al principio que Tews no era buen presagio...
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Sobre «Caminos y fines de la reforma escolar» habló para terminar Berthold Otto, de Groß-Lichterfelde, editor de Der Hauslehrer [El preceptor] y fundador del movimiento del lenguaje adecuado a la edad. La educación del niño tiene que empezar ya en la selección de los padres. La ascendencia tiene mucha más importancia para la educación de lo que en general se supone. El educador no debe hacer algo del niño, sino de lo que ya está en el niño. Que se esfuerce en suponer que el niño es bueno de por sí. Si no lo parece, hay errores de observación. La enemistad entre maestros y alumnos tiene siempre su causa en culpas y errores por parte de los maestros. Toda acción sobre el niño debe ir precedida de la más cuidadosa observación. Eso vale también para la enseñanza. El resultado de estas observaciones obliga a transformar por completo la enseñanza. El orador describió el carácter y el desarrollo de la enseñanza en su escuela del Hauslehrer. Si se cree, dijo, que las autoridades escolares supremas son un obstáculo para el desarrollo de la escuela en esta dirección, uno se equivoca. Las autoridades intermedias ya son más desagradables, más burocráticas. Uno de los mayores obstáculos está en el estamento de los maestros; el mayor, en los padres. Por eso hay que llevar el movimiento a los círculos de los padres. En ello consiste la tarea principal del movimiento de la reforma escolar alemana.
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Hagamos la suma: el movimiento por la reforma escolar persigue un fin sin duda hermoso y grande. Quiere liberar la educación y ponerla sobre una base nueva. En el fin, el movimiento coincide con el ideal escolar del proletariado con conciencia de clase. También nosotros queremos una escuela libre, unitaria, basada en la actividad propia, y además laica. Solo que todo ello lo queremos con más claridad, de manera más declarada, con un cuño más puro. Nuestras exigencias son más radicales, más valientes, más inmediatas. Pero eso no es en el fondo lo que nos separa. Lo que nos separa es el camino hacia el fin. Los reformadores quieren lavar la piel sin mojarla5. Quieren reformar la escuela en el marco del orden social actual. Según la vieja receta de todos los reformadores sociales burgueses y de todos los curanderos utopistas. Nosotros, en cambio, estamos convencidos de que única y exclusivamente la superación del Estado de clase capitalista puede conducir a la supresión de la escuela de clase y de pobres, al derrocamiento de los principios educativos dominantes. Ayudemos a crear una sociedad nueva, y tendremos la escuela nueva y libre.
Otto Rühle.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el OCR de la FES cotejado con el facsímil: Vorwärts, Unterhaltungsblatt, n.º 107, 5 de junio de 1909, pp. 426-427. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original; las adiciones entre corchetes son del traductor. Erziehungstag = «Jornada de la Educación»; Altersmundart = «lenguaje adecuado a la edad».
Halbseiden («de media seda»): de calidad dudosa, a medias, sin convicción. (N. del T.) ↩
Johannes Tews, dirigente de la Asociación de Maestros Alemanes; Julius Kopsch y Otto Wiemer, diputados del Partido Popular Liberal (Freisinnige Volkspartei). (N. del T.) ↩
Gymnasium (plural Gymnasien): escuela secundaria clásica alemana, con latín y griego, que conducía al bachillerato (Abitur) y a la universidad; se deja en alemán. (N. del T.) ↩
La Sexta, primera clase de las escuelas secundarias alemanas, que se cursaba hacia los nueve o diez años. (N. del T.) ↩
Traduce el refrán alemán «den Pelz waschen, ohne ihn naß zu machen» (lavar la piel sin mojarla). (N. del T.) ↩