Por Otto Rühle.
Cuando las clases sociales dominantes no tenían todavía interés alguno en la instrucción del pueblo, no había ni escuelas populares ni libros para la juventud. El señor feudal de la Edad Media recibía sus tributos, cargas y prestaciones de trabajo de los campesinos siervos aunque estos no supieran leer ni escribir. Al contrario: cuanto más incultos eran los campesinos, tanto más fácil era explotarlos, porque tanto más superior les era el junker, no solo económica sino también intelectualmente. ¿Para qué, pues, escuelas y libros? ¿Para qué el arte de leer para viejos y jóvenes? ¿Y para qué, nada menos, libros para la juventud?
Esto cambió cuando surgió el estamento de los artesanos y fue imprimiendo cada vez más su sello a la vida económica. El artesano necesitaba conocimientos, porque compraba materias primas y vendía las mercancías elaboradas. Estaba en relación comercial con proveedores y compradores y tenía que observar y comprender los movimientos del mercado. Para ello necesitaba la aritmética, la lectura y la escritura. Así se fundaron escuelas populares, se imprimieron libros, se difundieron conocimientos en el pueblo. Las primeras escuelas populares tenían un carácter puramente laico y surgieron, significativamente, en las ciudades en que el desarrollo de la artesanía había llegado más lejos. Pero una consecuencia de la revolución económica de aquella época fue también la Reforma. Y la Reforma llevó la religión a la escuela. Para ejercitarse en la lectura, pero sobre todo para recibir la influencia de los intereses y las concepciones de la clase burguesa, los hijos de la burguesía tenían que leer la Sagrada Escritura en la traducción de Lutero, el Catecismo Menor y el libro de cantos. Esas eran sus lecturas.
Pero la clase burguesa se fue imponiendo cada vez más. Se rompieron los lazos del feudalismo. Por escrito y de palabra se proclamaron cada vez más alto y con más insistencia el derecho del individuo, la libertad del cristiano. Bajo la consigna «¡Vuelta a la naturaleza!» se produjo un giro intelectual. Se formaron nuevos círculos de pensamientos e ideas que tocaron, naturalmente, también el terreno de la educación. Había que producir un renacimiento espiritual y anímico de la humanidad. La imagen más amplia del mundo obtenida con el descubrimiento de América amplió también considerablemente los límites del horizonte intelectual. Amos Comenio publicó el Orbis pictus y ofreció al pueblo y a la juventud un mundo en imágenes que superaba en variedad y riqueza de fenómenos todo lo conocido hasta entonces. En la vida educativa, los filantropistas —Basedow, Salzmann, Campe, Wolke1, Trapp y otros— alcanzaron, con su afán de hacer feliz a la humanidad, validez general y gran influencia. Fueron ellos también quienes pusieron en manos de los niños los primeros libros juveniles verdaderos en el sentido de hoy. Bajo la influencia de Basedow, Ch. F. Weiße publicó su Kinderfreund [El amigo de los niños], al que siguió la Briefwechsel der Familie des Kinderfreundes [Correspondencia de la familia del amigo de los niños]. Tras él vino el Robinson, el libro juvenil más importante de aquel período y un amigo fiel y muy querido de los niños hasta nuestros días.
La verdadera patria del Robinson es Inglaterra. El publicista Daniel Defoe, uno de los escritores más importantes de la época de la segunda revolución inglesa, publicó en 1719 una novela de viajes que se titulaba The life and strenge surprising adventures of Robinson Crusoe of York [sic] y que se basaba en la aventurera vida de ermitaño, durante cuatro años, del marinero Selkirk, abandonado en 1704 en la isla de Juan Fernández. El éxito del libro no tuvo igual. Según cuenta Hettner, en cuanto apareció fue verdaderamente devorado por viejos y jóvenes, altos y bajos. «El libro se tradujo a casi todas las lenguas del mundo. En los desiertos de Botany Bay se leía con el mismo encanto que en el bullicio de Londres, de París y de Petersburgo; con el nombre de la Perla del Océano se convirtió en uno de los libros preferidos de los árabes».
El Robinson tenía que encontrar un interés especial en los círculos de aquellos filósofos y pedagogos que habían escrito en la bandera de su doctrina y de su visión del mundo el «¡Vuelta a la naturaleza!». ¿No era el estado de Robinson aquel en que se reflejaban sucesivamente todas las etapas de desarrollo de la cultura en la más íntima unión con la naturaleza? ¿No representaban las vivencias y experiencias del náufrago arrojado a la isla solitaria un verdadero plan natural de educación, un esbozo del curso natural del proceso humano de desarrollo y educación? Nada más natural, pues, que Rousseau, el guía espiritual del movimiento del «retorno a la naturaleza», remitiera con palabras entusiastas al Robinson en su gran novela pedagógica Emilio, que el propio Goethe ensalzó como el evangelio de la educación natural. En el libro tercero se dice: «Ya que necesitamos absolutamente libros, existe uno que, a mi juicio, ofrece el tratado más feliz de la educación natural. Este libro será el primero que lea mi Emilio; durante mucho tiempo constituirá toda su biblioteca y conservará siempre en ella un lugar destacado. ¿Cuál es, pues, ese libro maravilloso? ¿Es Aristóteles? ¿Es Plinio? ¿Es Buffon? No: es Robinson Crusoe… Esta novela, desembarazada de toda su broza, constituirá a la vez el entretenimiento y la instrucción de Emilio durante el período de que se trata»2.
Por este pasaje del Emilio de Rousseau, el pedagogo Campe reparó en el libro de Defoe. Campe, nacido en 1746 en Deensen (Brunswick) y eclesiástico de profesión, después de haber sido preceptor de los dos Humboldt había sido llamado desde Potsdam, donde era predicador en la iglesia de la ciudad, como consejero de educación y profesor a la «Philanthropie» [el Philanthropinum] fundada por Basedow en Dessau. Pero allí encontró una situación tan desastrosa que dejó el puesto ya en 1777 para irse a Billwärder, cerca de Hamburgo, y más tarde a Trittau, en Holstein, donde fundó y dirigió un pequeño establecimiento educativo. Eran sobre todo los hijos de los grandes comerciantes Böhl y Schuback y del consejero de legación Leisching los que tomó a su cargo. En una casita junto al Hammerdeich, destruida más tarde por los franceses al mando de Davoust, Campe reinaba como un verdadero patriarca y padre de un puñado de niños…; allí encontramos el manzano, el cenador y el banco de césped…; allí el Robinson se vivió más que se inventó.
Cuando Campe hubo leído la obra de Defoe, «le saltó el Robinson de la cabeza con armadura reluciente, como antaño Minerva de la cabeza de su padre olímpico». Su Robinson no era una simple traducción al alemán del de Defoe, sino una adaptación para la juventud del todo independiente y original, muy en el estilo de aquella época y de acuerdo con los principios y concepciones pedagógicas de la escuela filantropista. Campe hace que un padre de familia cuente a los suyos, en noches sucesivas, la «Vida y sorprendentes aventuras del marinero Robinson Crusoe, de De Foe», dando a la vez, interrumpido por las preguntas de los niños, explicaciones sobre toda clase de cosas de la vida y del saber, de modo que el curso fluido del relato sufre a menudo detenciones muy considerables. Este método, dictado por el principio de utilidad de la orientación de Campe, es sin duda bienintencionado y puede cumplir su fin en ciertas circunstancias; pero en la lectura los diálogos intercalados resultan muy aburridos, de modo que viejos y jóvenes solían saltárselos. Sin embargo, el libro de Campe tuvo una acogida enorme; su éxito dejó muy atrás no solo el de los demás numerosos libros infantiles de Campe, sino el de toda la restante literatura juvenil. La primera edición estaba adornada con un grabado que representaba a Campe, a su esposa y a su hija Lotte, rodeados de los alumnos de su establecimiento. En la portada, un barco luchaba con la tormenta en alta mar. El prefacio indicaba el fin del libro: en primer lugar, entretener agradablemente a los jóvenes lectores; en segundo, transmitir al niño conocimientos previos del saber; en tercero, ampliar su caudal de conocimientos de la naturaleza; en cuarto, despertar en las almas sentimientos piadosos, y en quinto, sacarlas del idilio pastoril y del sentimentalismo para llevarlas al mundo real y, con ello, al conocimiento de los factores reales de la vida. La segunda parte de la obra iba adornada con la viñeta de un labrador que ara.
Los libros de Defoe y de Campe trajeron consigo una verdadera avalancha de robinsonadas. Según una novela marítima del capitán inglés Marryat, Franz Hoffmann escribió el Neuer Robinson oder der Schiffbruch des Pacific [El nuevo Robinson o el naufragio del Pacific]; Wilh. Fricke compuso el Schwarzer Robinson [El Robinson negro]; en la editorial de Werl, en Leipzig, apareció Robinson des Aelteren wunderbare Schicksale [Los maravillosos destinos de Robinson el Viejo]; según Marryat se adaptaron también el Robinson de Gustav Höcker y Sigismund Rüstig; Derdök creó incluso un Robinson im Diamantenlande [Robinson en el país de los diamantes]. Habrá unas 40-50 robinsonadas de lo más diverso, cuyo origen se remonta en todos los casos a los libros de Defoe y de Campe, sin contar las múltiples reescrituras y adaptaciones, de las que las más conocidas se deben a Gräbner, Norden, Meusch, Leuckhardt, Schmidt, Wyß, Alvensleben, Altmüller y muchos otros. En el catálogo de libros juveniles de las comisiones unidas de literatura juvenil se recomiendan las ediciones de Gräbner, Zimmermann y Vierenberger (editorial de Gräbner, precio 1,40 marcos; Spamer, 1 y 3 marcos; Lehrervereinshaus, Linz, 2,55 marcos); el catálogo publicado por la comisión de educación del partido contiene el Robinson en la adaptación de Zimmermann.
Además de como lectura juvenil, el Robinson ha sido muy valorado en los círculos pedagógicos también como materia de enseñanza. Repetidas veces se ha intentado asignarle un lugar especial en la enseñanza de la juventud. Sobre todo el pedagogo de Leipzig Ziller y su escuela quieren colocarlo como «materia de concentración» en el segundo curso escolar, después de que el cuento haya estado en el centro del primero3. Aunque este paso —Willmann lo llama el paso de la fantasía de la sencillez a la fantasía de la práctica— represente un progreso, y aunque de la consideración y el tratamiento del Robinson puedan obtenerse algunos valores apreciables, sobre todo para la enseñanza moral (Gesinnungsunterricht), en conjunto la metódica de Ziller significa probablemente una sobrevaloración del Robinson, y también de los cuentos, como medios educativos. Su enorme influencia educativa se funda en su condición de libros para la juventud; como tales quieren ser usados y valorados. Pero ambos, cuentos y Robinson, solo despliegan plenamente su encanto cuando no los leen los propios niños, sino que se los cuentan sus padres.
…Cuando murió Joachim Heinrich Campe, dispuso en su testamento que se regalaran 2000 ejemplares del Robinson a niños pobres. Así fue un filántropo, un amigo de los hombres hasta la muerte; su Robinson ha calentado muchos corazones y ha hecho brillar los ojos de innumerables niños. Cuando en Navidad el libro esté entre los regalos de la mesa, recordemos un momento al noble y valiente.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), cotejada con el facsímil de la pág. 21 del Hamburger Echo, 21. Jahrgang, Nr. 293, 15 de diciembre de 1907, Fünfte Beilage (Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg, vía Deutsches Zeitungsportal).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos y las cursivas del original. Jugendschrift se traduce «libro para la juventud»; Philanthropisten, «filantropistas»; Konzentrationsstoff, «materia de concentración»; Gesinnungsunterricht, «enseñanza moral». Los títulos citados se dan como los da el autor, con traducción entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
El impreso escribe «Heffner» por Hettner (el historiador de la literatura Hermann Hettner), «Volke» por Wolke (el pedagogo Christian Hinrich Wolke) y «strenge» por strange en el título de Defoe. (N. del T.) ↩
Se traduce del alemán de Rühle. (N. del T.) ↩
Tuiskon Ziller, discípulo de Herbart, organizaba la enseñanza de cada curso en torno a una «materia de concentración»: los cuentos en el primero, el Robinson en el segundo. (N. del T.) ↩