Las escuelas de encaje de bolillos de los Montes Metálicos

Por Otto Rühle.

El tallista de juguetes y la encajera de bolillos son los representantes típicos de la industria del hambre de los Montes Metálicos (Erzgebirge) sajones. En los pintorescos pueblos y ciudades enclavados en el seno de valles amenos reina entre los más pobres de los pobres, en sus chozas desnudas, esas mazmorras de implacable tormento del trabajo, el «eterno cierre del sol, el arresto a oscuras de una privación social que nunca termina». Con mano diestra el tallista hace surgir de la madera bruta, como por encanto, el abigarrado esplendor navideño de la mesa de juguetes de los niños; el incansable golpe de los bolillos hace nacer, en millones de repeticiones bajo los ágiles dedos de la «moza del encaje», los encajes más vaporosos y encantadores; pero el pan que paga el esfuerzo de ambos es escaso y mojado en lágrimas, y en viviendas miserables llevan una suerte lamentable.

La explotación capitalista ha producido en la industria a domicilio una de sus excrecencias más repugnantes. Ciertamente, cuanto más repugnante es como fenómeno social, tanto más sabe apreciarla el capitalista como fuente de beneficio. Por eso su sentido de los negocios y su afán de explotación velan con celo por que nada cambie en este método de obtener plusvalía; más aún, la clase capitalista y sus órganos contribuyen deliberadamente a aumentar de manera sistemática el rendimiento de la explotación también en el terreno de estas industrias de la miseria. Un eslabón de la cadena de medidas que sirven a este fin son las escuelas de talla y de encaje de bolillos de los Montes Metálicos sajones; de estas últimas se hablará en detalle a continuación.

Karl Marx observa una vez en El capital que la educación del futuro consistirá en la unión del trabajo productivo con la enseñanza y la gimnasia, y que este método educativo no solo servirá para aumentar la producción social, sino que será el único método para producir hombres plenamente desarrollados. La misma opinión —sostenida ya, por cierto, por Robert Owen— la expresa también Engels, que junto a Marx y Owen profesa el mismo ideal educativo que tuvo presente Goethe al escribir su «provincia pedagógica» (Los años de peregrinaje de Wilhelm Meister), y del que mucho antes se habían ocupado con cálido entusiasmo y honda reflexión los pedagogos más famosos, como Comenio, Rousseau, Pestalozzi, Basedow, Salzmann, Fröbel y otros.

Pero mientras todos estos afanes y proyectos utópicos tenían a la vista el lado puramente educativo de la enseñanza por el trabajo, aparecieron además fenómenos pedagógicos que descansaban más bien sobre fundamentos sociales y de economía política y que encontraron su expresión en las llamadas escuelas industriales. El impulso de este movimiento partió del párroco bohemio Kindermann, que en 1773 instaló una escuela industrial en Kaplitz, cerca de Budweis, y a quien el gobierno de María Teresa dio pronto ocasión de extender su reforma a todo el reino de Bohemia. Al cabo de pocos años había en Bohemia más de 200 escuelas en las que se daba enseñanza de trabajos manuales. Naturalmente, las escuelas estaban destinadas exclusivamente a los hijos de las clases más pobres; su tarea consistía en acostumbrar a los niños a la laboriosidad y así «poner freno al empobrecimiento combatiendo la ociosidad». A este fin principal se sumó uno secundario: hacer que en las escuelas industriales los niños ganaran algo con el trabajo manual. Al poner de relieve este fin de las «escuelas de ganancia» (Erwerbsschulen), como se las llamaba en el norte de Alemania, donde el pastor Wagemann, de Gotinga, se ocupó de difundirlas, se perdió naturalmente su importancia para la educación de la juventud. No fue, pues, precisamente una desgracia que la mayoría de ellas volvieran a desaparecer por falta de dinero y de maestros y por los disturbios bélicos del cambio del siglo XVIII al XIX.

Pero tras el año de carestía de 1817, la enseñanza industrial tomó un nuevo impulso y alcanzó un florecimiento insospechado. Había que elevar la capacidad productiva del pueblo; la industria necesitaba cabezas despiertas y manos ágiles. Mediante una educación metódica de la juventud para el trabajo se esperaba conseguirlas antes y con más seguridad. Por eso los círculos interesados en el capitalismo pusieron especial empeño en fundar escuelas industriales o de ganancia. La insistencia en el carácter educativo del trabajo manual en el sentido de la pedagogía de Pestalozzi, Salzmann, Wehrli, Fröbel y otros pasó del todo a segundo plano; aquí solo se trataba de enseñar a los hijos de la población pobre ciertas habilidades importantes para su vida futura y formarlos así como objetos e instrumentos lo más rentables posible para la explotación por el capital. Hacer punto, hilar, tejer, cardar lana, criar gusanos de seda y árboles, etc., eran las ramas de trabajo en que se amaestraba a los futuros proletarios para su destino. Por entonces surgieron —únicamente en interés del capitalismo— también las primeras escuelas de encaje de bolillos en los Montes Metálicos.

La más antigua de las escuelas de encaje existentes hoy es la de Schneeberg, que data de 1810. Tiene por término medio 30 alumnas, enseñadas por una maestra. La siguen, por el año de fundación, las escuelas de Neustädtel (1814), Oberwiesenthal (1816), Pöhla (1817) y Rittersgrün I (1818) y II (1819). En ninguna pasa de 40 el número de alumnas. Los trabajos comprenden en general encajes de torchón, de guipur y de lino fuerte, pañuelos y tapetes; en la escuela de Neustädtel se hacen también encajes de Idria, esquinas de cojín y puntillas.

O bien después de 1819 hubo una larga pausa en la fundación de escuelas de encaje, que duró hasta 1836, o bien las escuelas fundadas en ese tiempo desaparecieron; en todo caso, en ninguna de las escuelas de encaje de los Montes Metálicos existentes hoy cae el año de fundación entre 1819 y 1836. En cambio, este último año vio nacer dos escuelas a la vez: Grünhain y Unterwiesenthal; también en 1838 y 1839 se crearon dos escuelas cada año: Rothenkirchen y Hundshübel, Crandorf y Jöhstadt. En 1846 Rittersgrün recibió una tercera escuela de encaje. En los años 50 y 60 surgieron las escuelas de Oberschlema, Schwarzenberg, Bermsgrün, Aue, Elterlein y Zschorlau. Los trabajos que se hacen en Aue y Zschorlau son encajes de lino fuerte en fondo torcido y trenzado, encajes de torchón y de guipur y objetos de encaje de diversas clases; en Elterlein, encajes de oro y plata de hilo de Lyon (leonische).

En los años 70, cuando los afanes por el trabajo manual y la industria doméstica volvieron a cobrar fuerza en Alemania por la viva agitación del capitán de caballería danés von Clauson Kaas, surgieron escuelas de encaje en Hammer-Unterwiesenthal y Planitz I y II, y en 1878 se fundó la escuela modelo de encaje de bolillos de Schneeberg. Sirve para formar en el encaje de bolillos y en el encaje de aguja a encajeras capaces y aplicadas que han terminado la escuela popular, en particular para enseñarles a hacer clases de encaje mejores y más nuevas, y prepararlas a la vez para trabajar como maestras en las escuelas de encaje. Además quiere —y ese es el punto central— contribuir al auge de la industria del encaje formando obreras competentes y difundiendo buenos modelos. En eso consiste el servicio de la escuela al capital, que obtiene de la fabricación de encajes ganancias gigantescas, mientras la encajera sigue tan pobre y miserable como antes. En una época como la actual, en que también el encaje de bolillos tiene buena coyuntura, una encajera competente que, aparte del tiempo que necesita para atender a su modesta casa, pasa cada minuto hasta muy entrada la noche ante el cojín de bolillos puede ganar 1,50 marcos a la semana; uno mismo puede calcular lo mísero que es el fruto de un trabajo tan esforzado y artístico en los malos tiempos.

En total Sajonia tiene 29 escuelas de encaje de bolillos (incluida la escuela modelo), de las cuales hasta ahora solo tres no eran estatales, aunque recibían subvenciones del Estado para su sostenimiento. Últimamente todas las escuelas de encaje han pasado a ser instituciones municipales subvencionadas por el Estado; en el año en curso la suma concedida para ello por el gobierno es de 12 232 marcos.

No puede negarse que las escuelas de encaje han cumplido su tarea, conservar a los Montes Metálicos la industria del encaje de bolillos y llevarla a una mayor perfección, hasta cierto grado condicionado por el desarrollo económico. También es posible que hayan fomentado la formación profesional y la habilidad artística de las alumnas y producido la introducción de mejores métodos de trabajo y clases de encaje más finas. Pero no han podido impedir que el encaje de bolillos haya ido cayendo cada vez más en una industria del hambre que hoy ya no puede alimentar a ninguna persona, por modesta que sea. No es necesariamente un reproche: tonto el que da más de lo que tiene. Al fin y al cabo debían servir menos al obrero que al empresario, y esa tarea la han cumplido.

¿Cómo se configurará, pues, el desarrollo ulterior de las escuelas, dado que no cabe pensar en un renacimiento de la industria del encaje como trabajo manual de bolillos? ¿Han de seguir llevando una existencia tan mísera como hasta ahora? No haría falta si se quisiera desarrollar, en el sentido de una pedagogía más fina y más alta, el germen de desarrollo que duerme en ellas, de modo que, fundiendo las escuelas de encaje con las escuelas populares, el principio de la educación por el trabajo, por desgracia todavía del todo ajeno a nuestras escuelas,

obtuviera al menos en parte lo que le corresponde. En Noruega, Finlandia, Dinamarca, Francia, etc., existen ya escuelas en las que, por ejemplo, a los muchachos, mientras se les ocupa en trabajos de carpintería, cerrajería, tornería, encuadernación y otros, se les enseña a la vez las ciencias de la mano de esos trabajos prácticos; en otras escuelas las muchachas reciben su formación e instrucción científica en unión armónica con trabajos domésticos prácticos. Así, por ejemplo, en Värmland, en Suecia —por citar un solo ejemplo—, se enseña a las alumnas economía doméstica, preparación de comidas, servir la mesa, hornear, hacer la compra, contabilidad doméstica, química de los alimentos, horticultura, costura, dibujo de patrones, tejido, planchado de brillo, etc., y además —en estrecha relación con esas materias— sueco, francés, Biblia, caligrafía, aritmética, contabilidad, educación de los niños, higiene y canto. De manera muy parecida podrían ampliarse nuestras escuelas de niñas; para los Montes Metálicos, junto al ámbito de trabajo de la escuela de cocina, podría incorporarse perfectamente al plan de estudios el de la escuela de encaje y unirse en un todo unitario. De una mera escuela de habilidad de dedos, de un establecimiento de adiestramiento al servicio de los explotadores, saldría entonces una verdadera escuela educativa, guiada por altos puntos de vista y sostenida por altos ideales.

En América se trabaja afanosamente en reformar toda la educación pública y reconstruirla sobre la base de la actividad propia; en Alemania se han creado para los vástagos de la burguesía, en los hogares de educación en el campo (Landerziehungsheime), instituciones que utilizan de manera casi ideal el trabajo como base y medio de la educación y representan así un paso importante en el camino hacia la meta señalada al principio con los nombres de Marx, Owen, Goethe y Pestalozzi. Para los hijos del pueblo no se procura en la Alemania prusiana ninguna mejora ni perfeccionamiento de la educación. Aprenden el abecé, Moisés y los profetas, se les amaestra en el «Deutschland über alles» y se meten voluntariamente bajo el yugo de la servidumbre y la explotación que les presenta la clase capitalista. ¡Y Bülow llama a eso ir a la cabeza del mundo!


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número completo del Unterhaltungsblatt des Vorwärts, Nr. 172, Berlín, 5 de septiembre de 1907, págs. 686-687, digitalizado por la Friedrich-Ebert-Stiftung. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos y la paginación original. Klöppelschule se traduce «escuela de encaje de bolillos»; Industrieschule, Erwerbsschule, «escuela industrial», «escuela de ganancia»; Heimindustrie, «industria a domicilio», según el glosario; Arbeitsunterricht, «enseñanza por el trabajo». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.