Por Otto Rühle.
En lo más alto de la serie de ventajas y conquistas que elevan al ser humano por encima del animal está, después de la capacidad de formar conceptos, la facultad de hacer perceptibles esos conceptos para el oído con ayuda del lenguaje. En la misma medida en que una de estas facultades falla por completo o en parte, el ser humano pierde más o menos su superioridad intelectual sobre el animal. Esto vale para el limitado intelectualmente como para el que padece graves defectos del habla. Solo con la diferencia de que el primero la mayoría de las veces no es consciente de su lamentable estado, o no del todo, mientras que el segundo siente todo el peso abrumador de su carencia, la influencia deprimente y amarga de su padecimiento. Este padecimiento se presenta en la mayoría de los casos como tartamudeo, que ocupa el primer lugar entre los múltiples trastornos del habla. Miembros de todas las razas y pueblos, clases sociales y profesiones sufren este mal; incluso se le ha encontrado en los pueblos negros africanos y entre los chinos, a los que hasta ahora se tenía por libres del tartamudeo. La salud, el sexo, la edad, el grado de instrucción, los hábitos de vida, el clima: nada influye en la aparición del tartamudeo. A lo sumo se muestran diferencias de grado; por ejemplo, que por cada tercio de niñas tartamudas hay por término medio dos tercios de niños tartamudos, y por cada décima de mujeres tartamudas nueve décimas de hombres; pero, por lo demás, nadie está a salvo del tartamudeo.
Las pruebas estadísticas en cifras muestran que el número de tartamudos no es en modo alguno pequeño. La primera estadística de tartamudos la publicó Chervin en 1870; se refería a Francia y era una estadística militar. En los años siguientes se prestó especial atención al examen de los escolares tartamudos, después de haberse observado que los trastornos del habla perjudican y frenan considerablemente la formación intelectual de los niños. Las estadísticas escolares las inició una estadística de tartamudos de la Asociación de Maestros de Berlín en 1886, que se refería a 155 000 niños, de los cuales tartamudeaban 1550 (exactamente el 1 por ciento). El resultado era más desfavorable que el obtenido por el doctor Berkhan en 1882 en Brunswick sobre la base de una encuesta, ciertamente poco extensa; según esta, de cada 131 niños uno tartamudeaba. Con el tiempo se han hecho otras muchas estadísticas; según sus resultados, el doctor H. Gutzmann, que tuvo a la vista todos los resultados de los recuentos hasta 1893, cifra el número total de niños examinados en medio millón y el de tartamudos en unos 5000 (el 1 por ciento). Si se estima el número de escolares existentes en el Imperio alemán en unos ocho millones, con el mismo porcentaje el número de tartamudos asciende a 80 000. «Según todas nuestras experiencias, esta cifra es más bien demasiado baja que demasiado alta» (H. Gutzmann). Scharr supone, en efecto, para Alemania de 90 000 a 100 000 niños tartamudos. En Prusia tartamudea el 1,12 por ciento de todos los escolares; de las provincias, Posen tiene el porcentaje más alto (1,68 por ciento) y Prusia Occidental el más bajo (0,74 por ciento). Según Kußmaul, Coën y otros, el tartamudeo es más frecuente en Norteamérica y en el norte de África, a los que siguen en Europa, por este orden, Rusia, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Austria y Suiza. De cada 1000 mozos en edad militar, en Francia 6, en Alemania 2 y en Rusia de 1 a 3 tienen que ser declarados exentos por tartamudeo grave.
Entre las estadísticas de tartamudos de las ciudades merecen especial atención la del doctor Schellenberg en Wiesbaden y la de Hanke en Görlitz. La primera, que abarca 9312 niños y da 134 tartamudos (el 1,4 por ciento), tiene la ventaja de incluir los centros de enseñanza media, con el resultado de que en ellos se comprobaron en parte porcentajes de tartamudos aún más altos que en las escuelas medias y elementales. La estadística de Görlitz muestra muy claramente que la curva de aumento alcanza su punto más alto entre los 12 y los 13 años, de donde se deduce que el tartamudeo puede estar en relación causal con el comienzo de la madurez sexual. El mismo fenómeno llama la atención, por cierto, en estadísticas hechas en otras partes.
Con esto hemos tocado las causas del tartamudeo en los niños. En el habla intervienen cuatro factores: el aparato nervioso (cerebro, médula espinal, nervios), el aparato respiratorio (pulmón), el aparato vocal (laringe) y el aparato articulatorio (paladar, lengua, dientes, labios). Cualquiera de estos factores puede trabajar de manera desordenada y provocar así el tartamudeo. Las irregularidades funcionales, a su vez, pueden tener su causa en alteraciones anatómicas del sistema nervioso central (conmociones cerebrales, fiebre nerviosa, tifus) o en estados patológicos del cerebro y de la médula, sobre todo del bulbo raquídeo, considerado sede de la voluntad, de la inteligencia y del centro respiratorio; también en enfermedades agudas que atacan el paladar, la laringe, el oído y los pulmones (difteria, escarlatina, pulmonía, tos ferina), así como en defectos orgánicos congénitos (defectos del paladar, hinchazón de las amígdalas, lengua gruesa, labios gruesos). El doctor H. Gutzmann halló en 300 tartamudos que en el 13⅔ por ciento de los casos entraban en consideración como causa del trastorno enfermedades infecciosas: difteria en el 6 por ciento, sarampión grave en el 4⅔, escarlatina en el 1⅔, gripe en el 1 y tifus en el ⅓ por ciento; Scharr comprueba la tos ferina como causa en 8 de 17 casos. Alrededor del 80 por ciento de los escolares tartamudos tienen las amígdalas faríngeas agrandadas, y del 70 al 80 por ciento presentan —como han encontrado coincidiendo el doctor H. Gutzmann y el doctor Biaggi— anomalías de la actividad respiratoria. En la inmensa mayoría de los casos, el padecimiento se desarrolla a partir de un atasco único al hablar, que tuvo que ser, eso sí, lo bastante llamativo para conmover el ánimo con tanta fuerza que la consecuencia fuera un perjuicio de la capacidad de hablar. Da igual que ese primer atasco lo haya causado una caída violenta, golpes y empujones en la cabeza y la espalda, el susto, el miedo, el apuro, la ira, un trato áspero o la imitación, un trastorno del ánimo, un temperamento demasiado vivo que produce un habla demasiado rápida, un pensar demasiado deprisa, de modo que el habla se atropella porque los músculos del habla no pueden moverse tan rápido, o por último también el exceso de trabajo intelectual y el agotamiento, y no en último lugar, sobre todo, el descuido al aprender a hablar en la primera infancia. Después, por asociación de ideas, el pensamiento de la dificultad de hablar observada una vez se mantiene despierto y vivo en el niño, vuelve una y otra vez y empieza a atormentar e inquietar al que habla. «En muchos casos provoca incluso estados de angustia y de depresión, cuyo efecto sobre el cuerpo se manifiesta en una respiración acelerada, en palpitaciones y en sensaciones de opresión en la laringe. Para avanzar a pesar de todo, el angustiado recurre a toda clase de medios auxiliares y de fuerza que, sin embargo, no aciertan la meta, en forma de un juego ligero y conjunto de todos los músculos que intervienen en el habla, sino que la sobrepasan con mucho. De ahí resultan los síntomas que caracterizan el tartamudeo: la retención violenta o el escape del aliento al principio o en el curso del discurso, el apretar y empujar las consonantes y las vocales, y finalmente el exceso de fuerza se extiende también a regiones musculares vecinas: las muecas, las convulsiones espasmódicas, el movimiento asociado de la cabeza, e incluso de todo el cuerpo, de los brazos y las piernas» (R. Ernst). Así, todo el acto del tartamudeo, exterior e interiormente, es el resultado de un pensamiento que aparece de forma compulsiva, a saber, de la idea obsesiva de que el tartamudo no está a la altura de la exigencia lingüística que se le plantea. Esta idea obsesiva es la que lo hace tartamudo. Si pasa por un tiempo a segundo plano o desaparece del todo, en seguida se impone el pensamiento de que puede. El tartamudo apenas se inquieta ni se deprime, o nada, se siente más seguro, deja de emplear medios de fuerza y el tartamudeo, si se nota, se nota muy poco. Casi todos, incluso los tartamudos más fuertes, pueden hablar con soltura y fluidez cuando se saben no observados, cuando no se les mira o cuando están libres de toda excitación psíquica. Un compañero —tartamudo fuerte de consonantes desde hace 40 años— que administra la caja de un gran sindicato hizo el intento de hablar en una asamblea, y aunque llevaba muy poco tiempo en tratamiento conmigo, lo logró con un éxito alentador. Pero cuando poco después uno de los revisores comprobó que en la revisión de la caja había aparecido por primera vez en más de diez años un déficit (pequeño, debido a la conversión de sellos), el tartamudo, un cajero sumamente concienzudo que quería aclarar el asunto y comunicar que entretanto se había logrado subsanar el déficit, se excitó tanto que —él, que acababa de hablar tan inteligiblemente— no fue capaz de producir ni un solo sonido.
En muchos niños, el tartamudeo lo tiene en su conciencia nuestra escuela libresca y de adiestramiento (Lern- und Drillschule). Con las enormes exigencias que plantea a la capacidad de un cerebro que al entrar en la escuela no está todavía, la mayoría de las veces, suficientemente maduro, cría verdaderamente tartamudos. Pero no solo el exceso de esfuerzo; también el trato que reciben los niños en la escuela actúa en este sentido. El niño, por alguna razón, por ejemplo por atacar con demasiada prisa una consonante o por respirar mal, se atasca una o varias veces en una palabra. En su ánimo joven, al que todavía le faltan confianza y conciencia de sí, y que está intimidado por el entorno desacostumbrado y quizá también por la conducta nerviosa y áspera del maestro, se va fijando la idea de que esa palabra o esa letra le cuesta pronunciarla. Esta idea obsesiva produce en el niño un sentimiento de angustia ante la letra en cuestión. La consecuencia es «que cada vez que el niño, por ejemplo en la escuela, tiene que hablar ante el gran número de sus compañeros, se apodera de él una fuerte inquietud interior, que ya de por sí produce inseguridad al hablar, pero que sobre todo, por la respiración irregular y más rápida que la acompaña, influye de manera extraordinariamente desfavorable en el habla. A la primera letra difícil se añaden otras nuevas; en otras palabras, el tartamudo está hecho. La falta de comprensión por parte del maestro aumenta entonces muy a menudo los sufrimientos anímicos del alumno» (J. Schernius). Pero aun cuando la escuela y la enseñanza no provoquen directamente el tartamudeo, en todo caso la cruel antinaturalidad de la educación escolar de hoy encierra el grave peligro de crear en los niños una predisposición al tartamudeo. El doctor H. Gutzmann escribe: «Si se piensa que niños que hasta los 6 años han retozado libres y alegres, que no conocían preocupación alguna, que podían hacer y dejar de hacer lo que les apetecía, que disfrutaban con los juegos, tienen de repente que estar sentados quietos por lo menos tres horas cada mañana y atender intensamente a las palabras del maestro, se comprenderá que esta exigencia puede en efecto, llegado el caso, traer consigo un grave daño. Hay incluso niños muy fuertes que no son capaces de soportar el cambio repentino sin daño de su estado corporal… Me parece que las condiciones actuales sientan una predisposición a contraer males nerviosos y que la mayor parte de los niños sufre durante mucho tiempo los trastornos de índole corporal y anímica… Sería demasiado largo entrar aquí en todos los detalles; los menciono solo para explicar la probabilidad de un daño y la probabilidad de que surjan trastornos nerviosos del habla a consecuencia de la entrada en la escuela». Una predisposición considerable a contraer el tartamudeo la crean también el raquitismo y la escrofulosis, las enfermedades de los sótanos húmedos y de las casas traseras sin luz; Klencke opina incluso que el tartamudeo es un síntoma y un fenómeno reflejo de una escrofulosis manifiesta u oculta, y Coën le da la razón. Todavía más lejos va Berkhan, que llama al raquitismo causa principal del tartamudeo y a este una enfermedad de la población más pobre. H. Gutzmann lo niega, pero sus argumentos son poco convincentes; por lo menos Berkhan tendrá razón en que los niños raquíticos, debilitados en su fuerza vital y retrasados en su desarrollo, oponen poca resistencia a las depresiones psíquicas que sobrevienen y por eso se vuelven tartamudos con más facilidad que los niños sanos y mejor alimentados de las capas acomodadas de la población.
De la curación del tartamudeo se han ocupado desde hace siglos médicos y maestros en gran número, desde Hieronymus Merkurialis (1585), que veía la causa del tartamudeo en una humedad excesiva del cerebro, hasta Dieffenbach (1841), que procedió quirúrgicamente contra el padecimiento; Klencke, que practicaba el habla a compás; Denhardt1 y A. Gutzmann, que quieren que se ejerciten de manera consciente y fisiológica los movimientos necesarios para hablar y que se repriman los movimientos asociados que aparecen, y Coën, que además de ejercicios de respiración, de lectura y de sonidos aspira a fortalecer los nervios con tratamiento de agua fría, gimnasia terapéutica y electricidad. El doctor Liebmann considera superfluos todos los ejercicios de voz, de articulación, de sílabas y de palabras y solo defiende una influencia psíquica adecuada. Del mismo modo, el doctor Treitel dice que la higiene del lenguaje es más una higiene del espíritu y de la vida afectiva que del lenguaje mismo. En efecto, parece el camino lógicamente más correcto que el tartamudo recupere su habla sana del mismo modo —solo que en dirección inversa— por el que llegó al mal. Influencia anímica, eliminación de la idea obsesiva, fortalecimiento de la confianza en sí mismo, elevación de la conciencia de la propia fuerza: esos tendrán que ser los medios con que se cure de la manera más adecuada y con más éxito a quienes padecen del habla. En los últimos tiempos, en efecto, el procedimiento sugestivo e hipnótico se ha apoderado de la curación del tartamudeo. Yo mismo, con ayuda de la sugestión y la hipnosis, combinadas con ejercicios de respiración y de articulación de índole complicada, he obtenido todavía resultados satisfactorios en casos difíciles en que habían fracasado todos los demás métodos. Hay que prevenir contra el llamado procedimiento ortopédico, que emplea aparatos mecánicos, como hicieron Mad. Leigh y los hermanos Malbouche hace casi cien años (véase Hamburger Echo, 1906, n.º 198, primer suplemento), y que no presta a los tartamudos ninguna ayuda o solo una pasajera, así como contra anuncios evidentemente fraudulentos como: «¡Curación inmediata! ¡Basta una clase! ¡Éxito rapidísimo!», etc. Ni el maestro de tartamudos más competente y experimentado puede garantizar una curación duradera con un tratamiento más corto que, por término medio, 4-6 semanas (con 2 o 3 horas diarias de clase y ejercicio). Y del indecible esfuerzo, cuidado y paciencia que exige un curso así no tiene el profano idea alguna.
Desde hace unos años, en numerosas localidades los maestros dan cursos escolares de curación del tartamudeo, en parte con muy buen resultado. Con todo, a la curación didáctica y psíquica del tartamudeo le queda todavía un amplio campo de actividad.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el suplemento del Volksblatt für Halle (Nr. 48, 25 de octubre de 1906; solo el OCR del Deutsches Zeitungsportal) y el Hamburger Echo (Nr. 264, 10 de noviembre de 1907, Dritte Beilage, pág. 13), cotejada con el facsímil de este último (SUB Hamburg). Ids OR1906-27 y OR1907-20.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos y las cursivas del original. Stottern se traduce «tartamudeo»; Zwangsvorstellung, «idea obsesiva»; Drillschule, «escuela de adiestramiento»; Mitbewegungen, «movimientos asociados»; Rhachitis, Skrofulose, «raquitismo», «escrofulosis». Las citas se traducen del alemán de Rühle. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
El impreso de 1907 dice «Denhard» y, poco antes, «Tacktsprechen». (N. del T.) ↩