Por Otto Rühle.

En la era de la beaterización de la escuela popular (Volksschulvermuckerung) no estará de más llamar la atención de círculos más amplios sobre unas consideraciones muy dignas de atención acerca del lugar de la religión en el desarrollo del niño, tal como se encuentran en una obra pedagógica muy moderna y de innegable importancia. Se trata del libro del pediatra norteamericano Nathan Oppenheim Die Entwicklung des Kindes. Vererbung und Umwelt [El desarrollo del niño. Herencia y medio], que ha aparecido hace poco también en traducción alemana (en la editorial de E. Wunderlich, Leipzig). Oppenheim emprende en él una investigación que, como observa en el prólogo el psicólogo infantil doctor Ament, era hasta ahora completamente nueva en la literatura de la psicología infantil. No se apoya de entrada en sus habituales biografías de niños, ni tampoco en experimentos y estadísticas, sino más bien en los resultados de la psicología biológica, que está en poderoso ascenso y que por desgracia quedan todavía muy lejos de la psicología infantil. Sobre esa base emprende una investigación de la relación recíproca entre el niño y el medio, entre el impulso de desarrollo del niño y los influjos de la cultura, e inaugura así la investigación consciente de las causas del desarrollo y del origen del niño, un modo causal de consideración que, frente a los intentos especulativos de Romanes y Baldwin1, se asienta por completo en el terreno de la experiencia real. Salta a la vista que ha de ser sumamente interesante saber lo que Oppenheim, desde su punto de vista, tiene que decir sobre el lugar de la religión en el desarrollo del niño. Lo que antepone a su exposición en cuanto a consideraciones y juicios sobre el concepto de religión en general, la necesidad religiosa y su satisfacción, el papel del elemento religioso en la vida de los adultos, podemos pasarlo por alto, no solo porque desde la base del materialismo histórico puede obtenerse otra relación con estas cuestiones y fenómenos, sino también porque carece de toda importancia para el fin que nos proponemos. Aquí solo nos interesa su juicio sobre la posición religiosa del niño, y sobre ella expone lo siguiente:

La relación natural del niño con la religión lo aproxima al estado de un salvaje, para quien es imposible un sentir religioso refinado. La forma inferior de las emociones que experimenta hace inevitables los errores de los sentimientos religiosos. Su disposición consiste en un estado de ignorancia, de relaciones imperfectamente formadas y en una inclinación a la credulidad. La burda idolatría de la que la humanidad se ha liberado en parte sería la fe más adecuada para sus representaciones, y sobre ella construiría su sistema religioso. Para el niño no hay una diferencia propiamente dicha y comprensible entre mentira y verdad. Naturalmente tiende a la superstición, porque esta halaga su estado anímico amante de lo maravilloso. Sin las inhibiciones que asegura la madurez intelectual, está inclinado a caer en errores que causan sus facultades no probadas. Le es tan fácil creer que Dios mata con un rayo a los niños malos como entender la actividad regular de una corriente eléctrica. Sin duda creería antes un relato de milagros que una exposición de hechos claros. Un cuento de hadas y enanos le parece tan verdadero como las piadosas leyendas que tienen por objeto los actos de los ángeles buenos y del diablo. De hecho, siempre que sea normal, oirá con gusto historias de toda clase, pero sobre todo las que encierran una acción narrativa. Exige una acción continua; la detención le repugna y solo se le hace posible con el ejercicio y con el crecimiento de ciertas partes de su sistema nervioso que se desarrollan algo tarde. Por esta razón, y también por la inmadurez natural de su estado, no es capaz del impulso espiritual que es absolutamente esencial para un sentimiento religioso valioso. Durante toda su infancia sigue siendo el ser en crecimiento que sabe muy poco de lo que los adultos llaman realidad; está muy por detrás de la cultura actual y no es en absoluto capaz de comprender los progresos que se han hecho respecto a tiempos anteriores; los errores del género humano no desarrollado son lo que le es más natural. En cuanto a su concepción religiosa, el niño está al mismo nivel que los fueguinos, que soplan al aire para mantener lejos a los malos espíritus; que los bosquimanos australianos, que creen en un hombre invisible en el cielo al que rezan antes de empezar el combate, o que los paraguas2 sudamericanos, que dan a sus muertos armas y ropa en la tumba para que puedan usarlas en la otra vida. No puede ver más allá del presente; las condiciones, influencias y limitaciones del medio existente son para él los límites inevitables y extremos del universo. Por ellas juzga el valor o la falta de valor de cada representación que se forma. Su espíritu es en conjunto receptivo, pero no analítico, y el deseo de la verdad pura no está entre sus necesidades. Para la consideración de pensamientos y acciones puramente ideales, el niño es absolutamente inaccesible, pero por medio de órdenes o de enseñanza se le puede llevar a reaccionar ante ellos como reaccionaría ante cualquier otra materia de enseñanza. No posee una apreciación inteligente de los principios que les sirven de fundamento; todo lo que puede esperarse de él es una obediencia incondicional a usos y exigencias autoritarios. Sus necesidades principales son las necesarias para su alimentación; frente a ellas es cuando más receptivo es, pero más allá se le confunden los conceptos.

Estas son las razones por las que su conocimiento religioso es limitado y la profundidad de su receptividad religiosa extraordinariamente escasa. Su concepto de Dios es y tiene que ser en general antropomórfico. El niño se imagina a Dios como un hombre grande que vive muy lejos y cuyas cualidades son extrañas y a veces tiránicas. Lo tiene por un ser movido por el capricho, la ira, la lisonja y la alegría, en una palabra, por los impulsos más diversos que mueven a los seres humanos falibles. De quienes lo cuidan acepta de buen grado la idea de que Dios mira constantemente a su persona para enterarse de sus fechorías; la actitud que adopta ante él es la del miedo y a menudo la de la aversión. El adulto religioso espera de su divinidad una fortaleza anímica edificante, la paz y el consuelo de la comunión espiritual, una elevación del ánimo que a veces va más allá del entendimiento. Pero el niño solo ve en ella un complemento del arsenal disciplinario de la familia, una especie de coco. Por la inmadurez de su espíritu es del todo incapaz de comprender el significado de la reverencia, de sentir la necesidad de un crecimiento religioso e incluso los elementos primordiales de la religiosidad. Con sus cualidades, como la credulidad tosca, el miedo que se excita fácilmente y la inclinación que le es propia a acoger cuentos y supersticiones, se le fuerza con facilidad a un respeto aparente ante los preceptos religiosos y los personajes bíblicos. Su fe se excita fácilmente, a veces por causas ridículamente insignificantes; pero no tiene ninguna base firme, está mal comprendida y no puede en modo alguno dirigirse a su razón ni a aquellas facultades suyas que conducen al ennoblecimiento del espíritu y del corazón. En lugar de estas buenas influencias se ven continuamente efectos grotescos de la educación religiosa, representaciones retorcidas, motivos y propósitos retorcidos que resultan conmovedoramente ridículos por la falta de toda armonía con la seriedad de los sentimientos de los que hacen una caricatura. Más ridículo aún es observar que los padres, reconociendo inconscientemente la incapacidad del niño para recibir verdaderos conceptos religiosos, sonríen indulgentes ante sus errores y sus concepciones fantásticas, o lo reprenden con apariencia de seriedad y le anuncian toda clase de castigos de lo alto en caso de que descuide sus deberes habituales. Rara vez contribuyen en algo a disminuir su inclinación natural a la superstición y al fetichismo, en parte, según parece, porque toda fe, sea de la clase que sea, se considera sagrada, y porque los intentos de explicar las cosas —puesto que los niños no pueden entender bien las cosas religiosas— siembran a todas luces demasiado pronto la duda en el alma del niño.

Para ver hasta qué punto esto coincide con los hechos, basta tomar algunas anécdotas características sobre el sentimiento religioso de los niños. (Siguen algunos ejemplos: un niño que oyó que Jesús había caminado sobre las aguas preguntó si entonces la madre de Jesús no lo había reñido, puesto que se le habían mojado los pies; un niño enfermo al que contaron que Dios cuida de todo, hasta de los pequeños gorriones, opinó que Dios perdía demasiado tiempo con esas cosas y que mejor habría hecho en cuidar de que él no se pusiera enfermo; un niño que oyó hablar de la tierra como escabel de Dios exclamó asombrado: «¡Oh, qué piernas tan largas!». Todos los niños habían sido educados piadosamente y cualquier idea de irreverencia o de blasfemia les era ajena.) Todo el que se haya ocupado mucho de niños puede multiplicar estos ejemplos hasta el infinito; forman parte de su experiencia diaria. Prueban qué infinitamente lejos está el niño de la posibilidad de una representación valiosa y edificante de la verdadera vida religiosa. Es muy dudoso que sea capaz de algo mejor que de una parodia de cosas de verdadero valor espiritual. Y todo intento que se haga de imponerle un sistema que está fuera de su horizonte y en el que no puede encajar tiene que terminar necesariamente en una deformación. Semejante resultado no solo es lamentable en sí mismo, sino que conduce también a malentendidos que en la vida posterior contribuyen inevitablemente a hacer caer en la estima el valor de la religión y las exigencias que plantea. Cuando un niño llega al convencimiento de lo incompleto de su fe anterior, que ha alimentado sobre diversos conceptos y que se le presentó como compendio de toda santidad y de la verdad más escogida, pero que en realidad encierra muchos gérmenes y circunstancias de una vida legendaria, errores y supersticiones, puede llegar a conmoverse su fe en todo su sistema. Tiene entonces que verla como medio de un control pasajero, como una cosa que durante un tiempo sirvió para refrenar el exceso pasajero de la terquedad infantil; pero al mismo tiempo le será difícil descubrir en esa misma fe la verdad viva, los principios eficaces en que debería apoyarse. Si esto solo es ya funesto, lo sería sin duda mucho más si conservara también en la edad adulta la fe a la que pudo adherirse de niño. Inconscientemente sentimos que la fe de estas dos edades es radicalmente distinta; esto solo bastaría para probar que lo que enseñamos a los niños es erróneo y que eso tiene que cambiar…

Las consideraciones del citado sabio tienen un valor científico indudable y, como arma intelectual en la lucha contra la clericalización de la escuela popular, una importancia que no debe subestimarse. Sin embargo, no lograrán cambiar nada del mal estado actual de las cosas, como tampoco todo lo demás que ya se ha escrito antes sobre el lugar funesto y pernicioso de la religión en el desarrollo del niño. La cuestión de si se mantiene la enseñanza religiosa en la escuela popular no es una cuestión de pedagogía, de psicología, de ética ni de nada parecido, como tantas veces se afirma y como subrayan con tanto empeño las instancias decisivas de la administración escolar, sino únicamente una cuestión de poder. Para tener amaestrada para el yugo del trabajo y el látigo del esclavo a la masa del pueblo destinada a trabajar y a ser dominada, la sociedad capitalista ha creado la escuela de adiestramiento, a la que tenemos que sacrificar las individualidades de nuestros hijos, y en esa escuela de adiestramiento ha asignado un papel especial a la religión, que desde hace siglos y milenios ha demostrado ser el medio más excelente para educar al ser humano en la humildad, la resignación y el gusto por la servidumbre. Así como la escuela de adiestramiento corresponde por completo a la posición que ocupa el proletariado en la sociedad capitalista, la enseñanza religiosa en la escuela es indispensable para ciertas fases del desarrollo de esta sociedad capitalista. Pero si en el terreno económico y, en relación indisoluble con él, en el político se producen giros y transformaciones importantes que cambian de manera notable el carácter de la sociedad, tarde o temprano llegará también el momento en que el capitalismo pierda su interés en inculcar doctrinas religiosas, porque se habrá ido convenciendo de su inutilidad para resistir a la fuerza férrea del desarrollo. Ayudar a que ese momento llegue cuanto antes es tarea del movimiento obrero moderno, que en el estadio actual del desarrollo cultural es portador de la idea del futuro y heredero de la época capitalista en decadencia. Tiene que revolucionar los cerebros de los hombres para hacer de la revolución de la sociedad un hecho. Y en la revolución de los cerebros prestan a menudo servicios sumamente valiosos y apreciables consideraciones como las del libro de Oppenheim que hemos reproducido en extracto.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el Hamburger Echo, 20. Jahrgang, Nr. 132, 10 de junio de 1906, Zweite Beilage, pág. 9, y cotejada con el facsímil de la SUB Hamburg (Deutsches Zeitungsportal).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos y las cursivas del original. El pasaje de Oppenheim se traduce del alemán de Rühle. Drillschule se traduce «escuela de adiestramiento»; Verpfaffung, «clericalización»; Popanz, «coco». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. El impreso dice «Baldrin», errata por James Mark Baldwin. (N. del T.) ↩

  2. Así («Paraguas») en el impreso; se refiere a pueblos indígenas del Paraguay. (N. del T.) ↩