II
Está claro sin más que un niño cansado por el trabajo corporal, que no ha dormido lo debido y que además quizá encima pasa hambre, está menos dispuesto para la actividad intelectual y puede seguir peor la enseñanza en la escuela que un niño fresco y lleno de fuerzas que llega a la escuela tras una noche bien dormida. Los pequeños proletarios que van 10, 12, 14 horas bajo el yugo del trabajo, ¿de dónde van a sacar el tiempo para hacer sus deberes, para concentrar su espíritu? Todo su cuerpo no pide a gritos más que sueño, descanso, reposo, liberación del interminable tormento del trabajo. Para muchos, la escuela, una vez alcanzada al trote o con retraso, es el único lugarcito de reposo que les deja la penosa jornada. Ya Diesterweg se quejaba de las consecuencias del trabajo fabril para el desarrollo intelectual de los niños; hasta el día de hoy no ha enmudecido la queja en las escuelas. El director Lippmann, de Chemnitz, reproduce algunas anotaciones de los maestros en las listas de escolares con ocupación lucrativa: «No tiene tiempo para hacer los deberes», «Deberes a menudo sin hacer», «Deberes con frecuencia mal hechos», «trabajo descuidado», «aplicación en casa del todo deficiente», «la aplicación en casa deja mucho que desear», «memoriza mal». ¿Y cómo juzgan los maestros de clase la conducta de los niños durante la enseñanza? «Distraído», «muy disperso», «aturdido», «apático», «negligente», «perezoso», «abatido», «muerto», «hay que empujarlo», «agotado por el trabajo», «rendido», «muy rendido, por eso distraído», «terriblemente extenuado», «adormilado», «se duerme a menudo», «soñoliento», «a pesar de sus grandes dotes, a menudo incapaz de seguir la enseñanza por agotamiento», etc.
… Léase otra vez, palabra por palabra, y déjese que cada una haga valer todo su enorme peso: «A pesar de sus grandes dotes, a menudo incapaz de seguir la enseñanza por agotamiento»… ¡Es espantoso!
Los resultados de una enseñanza en tales condiciones no pueden ser, naturalmente, sino los peores imaginables. En eso no cambian prácticamente nada todas las conquistas de la higiene escolar, por apreciables que sean, todos los progresos de la didáctica, todas las mejoras de orden organizativo y técnico-escolar; los locales podrán ser todo lo luminosos, los medios de enseñanza todo lo adecuados, los maestros todo lo competentes, sus esfuerzos todo lo serios, celosos y abnegados que se quiera: en este escollo, en esta resistencia, se estrellan todos los éxitos.
En Berlín, en 1902, salieron a la vida desde la 5.ª clase escolar 750 niños y 764 niñas, desde la 6.ª clase 183 niños y 170 niñas, y hasta desde la 7.ª clase 14 niños y 7 niñas.1 Casi todos tenían ocupación lucrativa: la explotación capitalista, a la que habían sacrificado las fuerzas de su joven cuerpo, había trastornado y paralizado también su espíritu. En Gera, el [?]8 por ciento de los que tienen ocupación lucrativa ha repetido curso de una a tres veces; en Charlottenburg pudieron comprobarse perjuicios directos para la formación intelectual de los niños en el 40,8 por ciento, en Barmen en el [?]2 por ciento, en Stettin en el 35 por ciento. En Hannover, el 40 por ciento de los niños con ocupación lucrativa y el 44 por ciento de las niñas tenían un puesto bajo en la clase, un puesto medio el [34] por ciento de los niños y el 33 por ciento de las niñas, y un puesto alto solo el 26 por ciento de los niños y el 23 por ciento de las niñas; casi la mitad de los escolares trabajadores estaba, pues, por debajo de lo normal. De Schmölln se informaba: 100 niños con ocupación lucrativa muestran una aplicación mediocre, 10 son notoriamente perezosos, 137 poco atentos, 29 completamente distraídos; y de Mühlhausen: 21 niños son casi imbéciles y 27 completamente embotados; el 49 por ciento de los que tienen ocupación lucrativa ha repetido curso al menos una vez. En Rixdorf, frente a un 25 por ciento de repetidores sin ocupación lucrativa, había en las clases siempre de un 37 a un 70 por ciento de repetidores con ocupación lucrativa.
No puede ser de otro modo. Con jornadas tan inauditamente largas y trabajos tan pesados más de un adulto se derrumbaría físicamente; ¡cuánto más tiene que sufrir con ello el delicado organismo del niño! Semejante exceso de trabajo corporal en la edad juvenil equivale a un asesinato espiritual. Según Ellen Key, los niños de 7 años deberían trabajar de 2 a 3 horas al día; los de 8 años, de 3 a 4; los de 9, de 4 a 5; los de 10 a 11 años, 6, y hasta los 14 años, 8 horas como máximo. Estas exigencias no son en modo alguno excesivamente blandas: hay fisiólogos e higienistas que consideran aconsejables y adecuadas jornadas considerablemente menores en todas las edades. Pero ¿qué significan las normas de Ellen Key frente a la duración de ese tormento del trabajo que clama por su redención desde las rúbricas de las estadísticas de ocupación infantil?
Los resultados de la investigación sobre la fatiga han demostrado, como puede leerse en Mosso y otros, que una hora de descanso no basta para compensar la pérdida de fuerzas de una hora de trabajo intelectual. «¿Pero nuestros niños?», pregunta Agahd: «trabajan a menudo hasta el agotamiento físico antes de que empiece la enseñanza, y luego siguen trabajando con la cabeza tres, cuatro, cinco horas; a la mayoría se los unce al trabajo entre la clase de la mañana y la de la tarde, y otros siguen trabajando hasta entrada la noche. Y yo pregunto: ¿de qué sirven todos los tratados científicos si no se intenta atenerse a ellos?». La higiene exige para los escolares, como tiempo de sueño, 11 horas de los 7 a los 9 años de edad, unas 10 horas y media de los 10 a los 11, 10 de los 12 a los 13 y 9 horas y media a partir de los 14. «Si no se satisface plenamente la necesidad de sueño, el desarrollo tiene que resentirse; la resistencia frente a las influencias patógenas disminuye, aparecen nuevas predisposiciones morbosas o prosperan con más facilidad las heredadas; y en todo caso, aunque no se presenten enfermedades determinadas, el organismo acaba siendo más débil de lo que debería ser». Las trabas en el desarrollo corporal implican por naturaleza trabas en la maduración y el desarrollo del cerebro y de los nervios, lo cual quiere decir que con la atrofia del cuerpo queda condicionada a la vez la debilitación y atrofia intelectual.
Mucho más crudo todavía que en la industria se manifiesta el desamparo intelectual (geistige Verwahrlosung)2 a causa del trabajo asalariado en las benditas campiñas de la Elbia oriental. Ya la noticia de que todos los años miles y miles de niños, cumplidos los 11 años, son dispensados de la enseñanza para poder vender al agrario su salud y su fuerza juvenil por unos miserables céntimos de limosna, sin la obligación de asistir a la escuela, permite sacar edificantes conclusiones sobre la calidad de la formación intelectual con la que se provee a la generación que crece en aquellas comarcas germano-siberianas. Lo que allí puede encontrarse todavía raya a menudo en lo increíble. Óigase: según una disposición del gobierno de distrito de Gumbinnen, los niños pastores deben asistir a la enseñanza escolar por lo menos un día entero o dos medios días por semana. Como la mayoría de las escuelas del Este son escuelas de media jornada o incluso de tercio de jornada, el pastorcillo está obligado a una asistencia escolar de 6 (seis) horas semanales. El permiso para guardar ganado no debe concederse sino a partir de los 11 años; sin embargo, se dan ya niños pastores de siete años. Intente cada cual calcular la medida de formación intelectual que una pobre criatura así es capaz de adquirir con seis horas de clase a la semana, en clases de 150 a 250 niños. Pero hay más: según una disposición del gobierno de distrito de Marienwerder, cuando el número de niños pastores de una escuela es bastante grande, pueden crearse escuelas especiales de pastores, en las que solo se enseña religión, lectura, cálculo mental y canto. Los demás niños reciben enseñanza 18 o 24 horas a la semana, en las materias de la escuela de invierno, ciertamente, «pero con la limitación que impone el tiempo escolar reducido». Solo la enseñanza de la religión no puede sufrir limitación alguna.
Estos dos amables fragmentos de la vida escolar del Este bastan sobradamente para dar a conocer el desolador estado en que se encuentra la formación de la juventud en los distritos dominados por la camarilla de los junkers. Estos nobilísimos de la nación no ocultan en absoluto que les importa mucho más conseguir mano de obra barata para la agricultura que formar una juventud capaz; y como, según propia confesión, el obrero más tonto es el que más quieren, naturalmente les interesa mantener sistemáticamente en la estupidez a los hijos del proletariado rural. Personas que no saben leer ni escribir no perderán tan fácilmente la idea de «que —según el dicho del antiguo ministro de Agricultura von Hammerstein— el buen Dios las ha puesto en el campo para que allí encuentren su acomodo». Por lo demás, con el miserable sueldo de los maestros, el estado a menudo escandaloso de los «palacios escolares», la falta de todo material didáctico, etc., se procura en lo posible que los niños no pasen mucho más allá de la A y la B y del «Señor Jesús».
Quien hubiera albergado alguna duda de que el trabajo infantil ejerce una influencia funesta sobre la labor docente y sobre los resultados de la escuela tiene que convencerse de lo contrario ante estos hechos. Y eso que aquí no se han tocado en absoluto los terribles daños del desarrollo infantil en el terreno moral; solo se ha discutido el aspecto de la educación intelectual. Sus resultados, por estremecedores que sean, no nos dan más que una imagen pequeña y pálida de los estragos y devastaciones que el crimen del infanticidio capitalista acarrea para el conjunto de la generación que se está formando y, con ello, para el porvenir del pueblo.
O. R.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen de la Leipziger Volkszeitung, 12.º año, n.º 269, 20 de noviembre de 1905, suplemento de folletín (Feuilleton-Beilage), digitalizado por la SLUB Dresden (digital.slub-dresden.de/id394414608-19051120, imagen 11), firmado «O. R.». Continúa Kinderarbeit und Schulerfolge. I (17 de noviembre de 1905). Algunas cifras de la imagen, de baja resolución y con el margen izquierdo dañado, son dudosas o se suplen entre corchetes (véase la nota de la versión original).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). erwerbstätig se traduce «con ocupación lucrativa»; sitzenbleiben, «repetir curso»; Sitzenbleiber, «repetidores»; Hütekinder, «niños pastores»; Regierung zu Gumbinnen / Marienwerder, «gobierno de distrito» (Regierungsbezirk); Ostelbien, «la Elbia oriental»; Junkersippe, «camarilla de los junkers». Se conservan las cursivas del original, que reproducen su espaciado.
La escuela primaria berlinesa contaba sus clases de abajo arriba hasta la 1.ª, la superior; salir de la 5.ª, la 6.ª o la 7.ª clase significa terminar la escolaridad obligatoria sin haber pasado de los cursos inferiores o medios. (N. del T.) ↩
Verwahrlosung se traduce en este archivo «descarrío» cuando designa la desviación moral; aquí se refiere a la falta de formación intelectual de los niños desatendidos, y se traduce «desamparo». (N. del T.) ↩