Por Otto Rühle
Hay un encanto peculiar en la noche del último día de abril al primero de mayo. Como un susurro y un murmullo legendarios y misteriosos corre por los suaves aires de la noche de Walpurgis. Es la noche en que las brujas van al Brocken en escobas, horquillas de horno, ruecas o machos cabríos. «Las brujas van al Brocken», dice el Fausto de Goethe, «el rastrojo está amarillo, la siembra está verde, allí se reúne la gran multitud, el señor Urián se sienta en lo alto.» En estos versos habla un trozo de poesía popular alemana; en ellos se refleja todo un mundo de fe en los prodigios y de superstición medievales. Todavía hoy vive en el pueblo la leyenda de los viajes de las brujas, y en Turingia, en la región del Harz y en otras comarcas el campesino suele hacer la señal de la cruz en las puertas de sus establos la víspera del primero de mayo, para que el ganado no sea embrujado o incluso utilizado por las brujas para sus cabalgadas nocturnas por los aires. También en la puerta del dormitorio se pinta todavía hoy con tiza o con hollín la señal de la cruz, para estar a salvo del diablo, al que Goethe, siguiendo el habla popular de la Edad Media, llama «señor Urián», y de sus malignas compañeras. Como un monte «alto y escarpado, que lleva en su cima una llanura coronada de árboles espesos en cuyo centro se alza un tocón negro», describieron de manera coincidente, según las actas oficiales de los procesos de brujería del siglo XVII, el lugar de sus reuniones con el diablo las desdichadas mujeres quemadas como brujas, bajo los efectos de una sugestión secreta. Ese monte misterioso es el Brocken, el más romántico de todos los montes alemanes, al que se llama también Blocksberg por el nombre de Melbogsberg, es decir, monte del diablo, que tenía entre los antiguos eslavos.
Mucho más temeroso y preocupado que hoy, en la época de la Ilustración, se cuidaba el campesino alemán en la Edad Media de proteger en la primera noche de mayo casa y hacienda, ganado y cosecha contra la maligna actuación de las brujas. Ellas podían conjurar el granizo y devastar los campos, traían la pesadilla a los niños, enfermaban al ganado en los establos y en el pasto, convertían en sangre la leche de las vacas, ensuciaban la ropa que la criada había dejado al aire libre y causaban a las personas todo el mal imaginable. ¡Peligrosa noche la que traía la luna de mayo! El de Mecklemburgo cortaba un palo de espino cerval y clavaba un trozo en el umbral y en la mantequera; entonces se creía a salvo de las maquinaciones de las brujas. En la región de Altenburgo, en Dithmarschen y en la comarca de Eger se encendían fuegos para ahuyentar a los malos huéspedes. En otras partes se tocaban campanas benditas, se ponían cruces en puertas y portones, se rociaba agua bendita en el campo, se amontonaban montoncitos de sal, se ponían escobas cruzadas ante el umbral, se colocaban pentáculos ante la puerta, etc. ¡Ay de quien viera los viajes nocturnos de las brujas sin estar protegido por un par de gradas heredadas puestas una frente a otra o por un nudo en forma de cruz o algo parecido! ¡Las amantes del diablo, en su viaje nocturno, le hacían pasar un mal rato!
Noche de Walpurgis se llama la noche del primero de mayo por la antigua diosa germánica del amor y del matrimonio Walburg, a la que más tarde los monjes cristianos «satanizaron», es decir, presentaron como diosa de la lujuria y la impudicia, como novia de mayo y abuela del diablo. Según la creencia popular de la Edad Media, todos los años, en la fértil noche de mayo, que antaño estaba consagrada a la diosa de la fecundidad porque en ella el seno de la tierra se abre a una nueva fertilidad, dirigía con desvergüenza de vieja bruja las impúdicas rondas de las brujas en el Blocksberg. La noche de Walpurgis era el «Maien Hochgeziet», la gran fiesta del nacimiento de la primavera. En estos días se celebraba también, según la creencia popular germánica, la unión conyugal del padre de los dioses, Wodan, con la amable Frigga, y los doce primeros días de mayo, como tiempo de sus bodas, se tenían por no menos sagrados que los crudos días del solsticio de invierno, aquellas «doce noches» en que caía su tempestuoso cortejo. Bajo las poderosas copas de los robles y las hayas, espléndidos con su verdor nuevo, en los bosques sagrados, se ofrecían al padre de los dioses sacrificios de acción de gracias y se le expresaba la alegría de que hubiera pasado el tiempo desolado y helado del invierno.
Según otra interpretación, la noche de Walpurgis tomaría su nombre de Walpurga, hija del rey Ricardo de Inglaterra y hermana de san Willibaldo o Wunibaldo. Esta Walpurga habría llegado a Alemania hacia el año 748 y, tras una breve estancia en el convento de Bischoffsheim, habría llegado a ser abadesa del convento de Heidenheim, fundado por su hermano, en el actual reino de Wurtemberg. Tras su muerte fue canonizada por el papa en Roma, es decir, incluida en el número de los santos, y como en vida se había distinguido sobre todo por su misericordia con los necesitados, el pueblo supersticioso la veneró como protectora contra toda clase de hechizos. La costumbre, todavía usual en algunos lugares del Harz, de encender y pasear manojos de paja en largas pértigas para ahuyentar a las brujas que van al Brocken se remontaría a ella. Pero es sin duda más acertado considerar el encendido de fuegos en la noche de Walpurgis, sea cual sea la forma en que se haga, como un vestigio de la ya mencionada fiesta germánica de los sacrificios de primavera.
Esta fiesta de primavera coincidía con los «campamentos de mayo» o «campos de mayo», las sesiones judiciales de los antiguos germanos. A las deliberaciones del campo de mayo se remonta sin duda la costumbre de elegir un «rey de mayo» o «conde de mayo». Presentaba en las distintas regiones variantes diversas. En Dinamarca y Schleswig se encendía la víspera de Walpurgis en los pueblos un Gadeilt o fuego de calle, sobre el que luego saltaban los mozos. El que daba el mejor salto era adornado con coronas, proclamado conde de mayo y llevado en alegre cortejo al ejido del pueblo, donde los jóvenes cantaban canciones y las muchachas formaban un corro alrededor del conde de mayo. Este elegía de entre el corro a su condesa de mayo, llamada Gadinde o Majinde, y bailaba con ella el primer baile alrededor del árbol de mayo adornado con cintas y coronas. Con ello las cosas debían de ponerse a menudo bastante alborotadas. Así, en Aurich se gritaba en la ronda: «¡Árbol de mayo, sujétala fuerte!» Y más de un mojigato escondía el vestido a su hija para apartarla de la peligrosa diversión de mayo. El lírico medieval Neidhart von Reuenthal nos da descripciones muy crudas de los conflictos domésticos que a veces debieron de originarse por semejante solicitud materna.
La costumbre de plantar un árbol de mayo se remonta al Malbaum de los antepasados paganos. Este Malbaum se alzaba en el Malplatz o Malstätte, precisamente el lugar donde la gente se reunía para el culto, el tribunal, el mercado o el banquete, el llamado «campamento de mayo», cuando se dejaban las viviendas de invierno y se partía hacia los nuevos pastos de verano. En el Rin hay todavía hoy árbol de mayo en diversos lugares; por lo general es un tilo, colgado de huevos teñidos y adornado con cintas de colores y flores, alrededor del cual gira la gente joven en alegre ronda. En el Mosela se usa un abeto como árbol de mayo, para que los mozos y las mozas bailen a su alrededor el primer día de mayo. El abeto de mayo se queda en pie todo el año y el primero de mayo siguiente se sustituye por otro nuevo. En algunos otros lugares, del antiguo árbol de mayo ha salido una cucaña de la que hay que bajar los regalos de colores. En el Jura de Suabia los campesinos plantan tantos abetos como caballos tienen y tantos abedules como reses hay en su establo. El lugar donde se hace esta plantación es, en cada finca, el estercolero. En el Bajo Rin la erección del árbol de mayo se ha convertido en el «Maienstecken»: en la noche del primero de mayo los mozos clavan en la puerta de su elegida ramas verdes de mayo con toda clase de cintas de colores y sentencias apropiadas, para manifestarle así de nuevo su amor y su favor. También nuestra costumbre de Pentecostés de adornar las habitaciones con ramas de abedul procede de estas costumbres de mayo, pues mayo y Pentecostés van juntos por derecho.
Sobre todo, el primero de mayo era desde antiguo de muy especial importancia para la vida amorosa. El noviazgo bajo el árbol de mayo tenía una especie de carácter oficial y era muy apreciado. En el Ring de Wittenweiler, un tratado de buenos modales del siglo XV, en una ronda de mayo se adjudicaba como prometida una muchacha tras otra a un mozo tras otro. Quizá tengamos aquí restos de los antiguos órdenes sexuales gentilicios. Especialmente llamativa es aquí la difundida costumbre del Mailehen (feudo de mayo), que en el Rin se habría conservado incluso hasta hoy. El Mailehen consistía en que el lunes de Pascua o la víspera del primero de mayo se subastaba a las doncellas entre los mozos reunidos del pueblo. Ellas solo podían bailar durante el año con quien las había adquirido en la subasta. El producto se empleaba en algunos lugares para la música de baile y para agasajar a las «mujeres de mayo», es decir, a las muchachas subastadas; en St. Goar, en el Rin, en cambio, donde la costumbre del Mailehen se mantuvo hasta bien entrado el siglo XVIII, el dinero iba a la caja municipal. Allí la subasta se celebraba también en el ayuntamiento. Esto parece remontarse a una multa por la violación de la antigua comunidad masculina y estar emparentado, por tanto, con el «tributo de lecho» que la hija del campesino tenía que pagar al señor territorial para redimirse de la obligación de la primera noche.
La fiesta popular más querida y más hermosa de mayo fue durante toda la Edad Media la llamada fiesta del rey de mayo, que alcanzaba su punto culminante en una lucha del gigante del invierno con el gracioso muchacho de la primavera y en la victoria del segundo sobre el primero. Viejos manuscritos contienen descripciones detalladas de ella. Por lo general, la fiesta se celebraba en un prado del bosque, adonde se iba el primero de mayo en largo cortejo. Delante marchaban violinistas y gaiteros y muchachos con altas pértigas de las que pendían coronas verdes y ondeaban banderolas de colores. Las mujeres llevaban coronas de flores en la cabeza y el pelo trenzado con seda de colores; el mayor adorno de las muchachas, sobre el blanco vestido de fiesta, era un espejo de mano colgado de un cordón al cuello y, al costado, un bolsito bordado en oro. Los hombres, si no pertenecían al castillo, jugaban ese día a ser caballeros y se ceñían espadas desmesuradamente largas y anchas. Los señores del castillo tomaban asiento en un trono levantado bajo árboles umbrosos; a ambos lados, en bancos de césped, los demás habitantes del castillo, y en silencio aguardaba la multitud el acontecimiento principal del día. Entonces resuenan a lo lejos un estruendo y unos gritos tremendos, y de repente irrumpe del bosque el rey del invierno con su séquito, con una larga barba blanca como la nieve, envuelto en pieles, con una corona de carámbanos artificiales en la cabeza; tras él, con gran algazara, el luminoso rey de mayo con su séquito. Y ahora ambos empiezan ante el trono primero un violento duelo de cantos y luego un duro combate, hasta que el invierno yace vencido en el suelo y el vencedor hace levantar su trofeo, el árbol de mayo con cintas ondeantes y guirnaldas de flores. Las espadas entrechocan, en el jubón suenan los cascabeles, cada vez más alegres tocan los músicos, y en saltos desenfrenados todo gira alrededor del árbol de mayo. Pasada la primera alegría, comenzaba la danza lenta, el corro, en el que todos se daban las manos y rodeaban en círculo al rey de mayo con su reina. Por lo general, estos dos eran novios, a los que entonces casaba la mano del sacerdote.
La costumbre aquí descrita, que procede sin duda de tiempos paganos antiguos, ha sido incluso adoptada en algunos lugares por la Iglesia. Así, en Rutten, cerca de Tongeren, dos sacristanes vestidos de hiedra verde y con un cascabel colgado a la espalda marchan el primero de mayo detrás de la imagen de san Evermaro, a quien ahora está dedicada la fiesta, ¡y con ese atuendo llegan a celebrar el oficio divino ante el altar!
A nuestra época solo han llegado unos pocos y escasos restos de las fiestas de mayo de siglos pasados. En parte las fiestas fueron perdiendo poco a poco su razón de ser, en parte las autoridades fueron restringiendo cada vez más los límites en que se movían, hasta que las fiestas acabaron por desaparecer.
Solo con la fiesta de mayo de la socialdemocracia se le ha dado de nuevo al pueblo una fiesta llamada a reunir algún día a todos los círculos y estamentos del pueblo como personas felices y contentas en el goce de la alegría más pura, una fiesta popular de la que podrá decirse con las palabras de Geibel: «¡Un gran día de mayo le está reservado al mundo entero!»
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde las imágenes del Volksblatt für Harburg, Wilhelmsburg und Umgegend, n.º 101, 30 de abril de 1904, suplemento, págs. 5-6 (OR1904-17), digitalizadas por la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg (Deutsches Zeitungsportal).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se dejan en alemán, en cursiva, los términos de costumbres sin equivalente (Malbaum, Mailehen, Gadeilt, «Maienstecken», «Maien Hochgeziet»); Druidenfuß se traduce «pentáculo».