Lizzi Kritzel:
Una tarde con niños hambrientos
Los municipios de los Montes Metálicos1 han sido desde siempre una región de miseria. Allí se fabrican juguetes e instrumentos musicales, se hacen encajes de bolillos, labores finas. Casi todo es trabajo a domicilio, y eso significa: jornada ilimitada, los salarios más bajos, trabajo de toda la familia hasta los niños en edad preescolar, que con caras serias pulen con papel de lija vaquitas de madera o le devanan el hilo a la madre que hace encaje... Poca industria. Al otro lado de la frontera había antes alguna escasa posibilidad de ganar algo; eso se ha acabado del todo. Las ferrerías y las fábricas textiles están paradas; en los municipios, hasta el 90 por ciento de la población está en paro, la mayoría ya sin derecho al subsidio, es decir, que lo han perdido por haberlo cobrado demasiado tiempo. Si todavía hay trabajo para uno u otro miembro de la familia, da de 40 a 70 coronas a la semana. A eso se añaden una o dos «tarjetas Czech» (vales de comida por valor de 10 coronas a la semana),2 un poquito de leche, muy de tarde en tarde 2 o 3 coronas por bordar una cortina de encaje, lo que lleva de 12 a 14 horas... y las ayudas, demasiado escasas y demasiado raras, de las asociaciones benéficas. Nada más. Con eso viven 5, 6, 9 personas. La autora de este reportaje había sido invitada por la «Erzgebirgshilfe» [Ayuda a los Montes Metálicos] a participar en una «tarde de trenzas».3 Es una iniciativa nueva y bonita de esta asociación, que reparte entre los habitantes de los Montes Metálicos, como buenamente puede, panes, ropa y medicamentos. Esta vez se habían reunido 107 trenzas, 17 kilos de cacao, 10 kilos de chocolate, 15 kilos de azúcar. Con estas cosas magníficas y unas cuantas personas que debían repartirlas, el coche (prestado) salió el domingo por la mañana.
Ya durante el viaje, en cuanto se deja atrás Elbogen y Falkenau,4 la miseria está a la orilla de la carretera: limpias casitas de ladrillo que la gente se construyó en los llamados tiempos mejores —hace cinco o seis años— están con su vestido rojo y crudo; para el revoque ya no alcanzó, ni tampoco para los vierteaguas de las ventanas por los que podrían escurrir la nieve y la lluvia. Aquí la miseria asoma, literalmente, por las rendijas que se abren, de un dedo de anchas, entre los ladrillos. El raquitismo, la tuberculosis, una mayor propensión a las enfermedades habitan tras los muros que no ajustan. Limpias, vacías y mudas están las casas en el paisaje, imagen de las personas que las habitan.
En el cine, la única sala grande del pueblo, esperan ya los niños. Muchos están sentados, buenos y formales, en las filas; otros se agolpan, callados y modestos, en la puerta, donde se les recoge el certificado de pobreza. Ya esto es una imagen desgarradora: pues ¿dónde habría en estos pueblos un solo niño que no ansiara y mereciera un trozo de trenza como golosina rara, quizá nunca probada? Y sin embargo no todos pueden entrar. El alcalde y el maestro han tenido que buscar, con el corazón encogido, a los más pobres de entre los pobres; si no, no llega... Más de un niño lleva a otro de la mano: «Es mi hermana, pero no tiene papeleta». El revisor hace la vista gorda; bien sabe que, además de esta hermana que han traído, en casa de muchos esperan otros tres, cuatro, cinco hermanos que no han recibido papeleta.
Quien crea que aquí solo va a ver niños demacrados hasta los huesos sabe todavía poco de la miseria. Muchos, es cierto, están espantosamente consumidos; muchos parecen, en apariencia, sanos y lozanos... algunos están incluso gordos: hay también vientres de hambre y mofletes pálidos... Si se les pregunta la edad, se comprueba que casi todos parecen (por su crecimiento) de 2 a 3 años menos de los que tienen en realidad. La ropa está remendada y vieja, pero limpia. La población logra —se ve también luego en las viviendas— una limpieza que hay que llamar heroica si se piensa que el jabón es un lujo raro. Cuando hace poco dio a luz una parturienta en una aldea, no se pudo encontrar en todo el pueblo ni un solo pedacito de jabón...
No, a primera vista, superficialmente, el hambre no se ve. Pero se oye. Se oye el silencio sin aliento con que 380 niños esperan aquí algo de comer. Ya se deshacen, bajo las manos ligeras de las ayudantes, las montañas de trenzas en rebanadas; ya se saca de los cubos el cacao humeante y se vierte en jarras y cántaros... no, ahora no es momento de risitas, risas y ruido; ahora sucede algo grande, algo muy serio e importante: hay algo que comer... Estos 380 pares de ojos, todos con las profundas ojeras negras de la privación, miran con recogimiento las montañas de trenzas, y tampoco la canción que entona uno de los ayudantes para acortar la espera despierta apenas interés. A quien está acostumbrado a ver muchos niños juntos y sabe qué ruido insoportable son capaces de hacer ya veinte de ellos, este silencio del hambre le sigue zumbando en los oídos durante días...
Y ahora los donantes —no, los intermediarios de los donativos— recorren las filas y reparten: en los cazos que han traído se echa cacao, a cada niño se le pone en la mano una gruesa rebanada de trenza... ¡no en la mano tendida! Los niños no se han atrevido a tender las manos. Solo en la segunda ronda de reparto las tienden, y cuando se entona la segunda canción, muchos cantan ya... la vida les parece ya un poquito más clara. La primera rebanada se la han tragado a una velocidad increíble, y han preferido quemarse la boca con el cacao, algo demasiado caliente, a esperar siquiera dos segundos más. Con la segunda ración se toman su tiempo para saborearla; muchos esconden, con una mirada tímida al vecino, el segundo trozo de trenza en los bolsillos o bajo la chaqueta. ¿Para los hermanos de casa? ¿Para la madre? ¿Para mañana? ¿O con la esperanza de pescar una tercera ración si el ayudante los ve sentados con las manos vacías y la boca vacía? Pues bien, esta vez llega excepcionalmente también para una tercera ración, y ya no se mira tanto el reparto; queremos dar todo lo que tenemos; es bien poco, pobres.
Le doy a una niña las dos mitades de una rebanada que se ha partido al cortarla. Dice con recogimiento: «Está tan buena que se rompe». Claro, el pan negro duro, el único alimento aparte del café aguado y, muy de tarde en tarde, un asado de perro o de gato, ese no se rompe de bueno; ese hay que masticarlo mucho rato, y se hace con gusto: al menos no se acaba tan deprisa...
Les hemos dicho que no den las gracias, porque estas trenzas —¡ya se las han comido!— no son ninguna ayuda para ellos, ni siquiera un alivio; solo un instante único, de cuento, de esperanza y de recuerdo; y, por nuestra parte, casi solo un símbolo de nuestro impotente reconocimiento de que somos culpables y estamos obligados. ¿Qué son estas trenzas? Hemos visitado a varias familias en sus limpias cocinas-vivienda, en las que viven, callados y modestos, de cuatro en cuatro, de cinco en cinco, de ocho en ocho, y trabajan cuando alguna vez hay trabajo. No es solo que no tengan trenzas. No tienen nada en absoluto. No tienen carbón, y recoger leña en el bosque está prohibido. No tienen patatas, ni verdura, ni grasa, ni ropa blanca, ni vestidos, ni libros, ni periódicos, ni radio, ni objetos con que pasar el tiempo interminable, ni un sello para escribir al mundo cómo les va, y no hay nadie a quien puedan robar o pedir limosna: todos son tan pobres como ellos.
¿Por dónde empezar a ayudar, si falta de todo en todas partes? ¡Y sin embargo hay que ayudar, ayudar! La Erzgebirgshilfe repartió el año pasado donativos recogidos entre cerca de 2000 familias, este año entre unas 1500, y además entre 6000 niños en los «domingos de trenzas». Es poco, pero es algo. ¡Ayuden ustedes a que sea más! Cuando los ayudantes de Praga se marcharon diciendo adiós con la mano, un niño nos gritó: «¡Cuando os vuelva a sobrar algo, volved a vernos!» Este niño (¿y cuántos más que no lo dijeron?) ha sentido que lo que le traemos son nuestras sobras, lo que nosotros mismos no necesitamos, de lo que podemos prescindir sin problema... ¡oh, terrible acusación!
Donativos (paquetes, comestibles, ropa, juguetes, dinero) a la «Erzgebirgshilfe», Praga I, Dlouhá 47, primer piso, o recogida a domicilio previo aviso telefónico (64193, señora Bobeck).
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del Prager Tagblatt, 61.º año, n.º 76, 29 de marzo de 1936, págs. 4-5, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek. Firmado con el seudónimo «Lizzi Kritzel».
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). «Heimarbeit» se traduce «trabajo a domicilio», como en el glosario del archivo.
Erzgebirge (en checo, Krušné hory): cordillera fronteriza entre Bohemia y Sajonia, de población mayoritariamente alemana, especialmente castigada por el paro en los años treinta. (N. del T.) ↩
Vales de comida para parados del plan de ayuda alimentaria del ministro checoslovaco de Asistencia Social Ludwig Czech, socialdemócrata alemán, de donde el nombre popular de «Czechkarten». (N. del T.) ↩
Striezel: trenza de pan dulce, propia de Bohemia y Austria; de ahí Striezelnachmittag, Striezelsonntag. (N. del T.) ↩
Loket y Sokolov. (N. del T.) ↩