Karl Furtmüller: La educación norteamericana

El número del martes de la Arbeiter-Zeitung traía en su segunda página una crónica del congreso de maestros socialistas que hacía latir el corazón más deprisa. Se notaba que ahora puede volver un tiempo en que las cuestiones escolares encuentren no solo el interés del mundo profesional, sino la participación del gran público, y sobre todo la de todos los socialistas. La alegría aumentó al ver que en la quinta página un autor de prestigio informaba sobre la enseñanza norteamericana. Queremos, en efecto, que la enseñanza austriaca siga unida, en el dar y el recibir, a la enseñanza de los grandes países de cultura. Y precisamente de la escuela norteamericana nos gusta oír hablar. Pues Norteamérica es el país en que la escuela unificada (Einheitsschule),1 por la que ahora se lucha entre nosotros, existe desde hace mucho y se ha convertido en algo que se da por supuesto. Pero la alegría terminó con la lectura del título. Cuanto más se avanzaba en el texto, más crecía el asombro, más fuerte se hacía la penosa pregunta: ¿cómo llega una exposición que quiere asombrar mediante crudos efectos de contraste a costa de la verdad, y producir así la impresión de una charla ingeniosa, a nuestro diario del partido, en el que estamos acostumbrados a buscar y encontrar una información seria y objetiva?

No puedo emprender la rectificación de las inexactitudes del artículo. Eso significaría tomarlo frase por frase según la fórmula «Es falso que..., la verdad es más bien que...», y para ello le faltaría paciencia al lector. Además, en la caracterización general de un fenómeno tan complejo como la educación norteamericana, podrían admitirse cum grano salis exageraciones y generalizaciones injustificadas si apuntaran a lo típico. Pero eso es precisamente lo que no hacen. Son sencillamente falsas, eso es todo. «Más de uno enseña allí en universidades que aquí no aprobaría la matura.»2 Esta entrada con tres golpes de timbal, por mucho que se la amortigüe, solo puede significar que el nivel de los profesores universitarios norteamericanos está muy considerablemente por debajo del habitual entre nosotros.

Estoy convencido de que ningún representante de nuestras universidades que haya tenido ocasión de comparar suscribirá esta afirmación. De profesores universitarios norteamericanos sé que conocen bien los defectos de nuestras universidades, que nosotros mismos conocemos de sobra, y que ante los austriacos se expresan sobre ellos con discreta reserva.

La ciencia de la pedagogía está, es cierto, muy avanzada en Norteamérica, y el afán de exactitud, el desarrollo de métodos de tests, desempeña en ella un gran papel. Pero eso es solo un aspecto. Junto a él, la pedagogía de orientación filosófica, sociológica, caracterológica y de psicología profunda recibe todo lo que le corresponde. Aquí puede sonar muy cómico que —en algunas escuelas— un «expediente» acompañe al alumno durante todos sus años escolares. Quien haya oído hablar alguna vez de una descripción del alumno podrá imaginarse qué clase de «expediente» es ese. Exageraciones burocráticas las hay allí. Aquí también.

«La escuela es entretenimiento planificado y vigilado», es fun. ¿Ha visto Hans Weigel alguna vez una clase norteamericana por dentro? Si hubiera presenciado cómo durante todo un semestre se trata un discurso parlamentario de Burke con el mismo sistema con que antaño, entre nosotros, cuando «el latín no era aún una lengua muerta», se trataba un discurso de Cicerón ante el Senado, seguro que ya no diría que eso es fun. Sí, puedo tranquilizarle: también en Norteamérica hay una enseñanza anticuada y caduca, esa clase de enseñanza por la que el autor se entusiasma a todas luces. La lucha entre la escuela en que se «aprende» y la escuela en que se trabaja en libre actividad intelectual se libra a uno y otro lado del océano. Pero el autor parece reprochar a los norteamericanos precisamente la «lectura». Mala suerte. Porque precisamente la educación para el libro, para la lectura y el uso con sentido, no del estereotipado libro de texto, sino de la selección de libros que ofrece una biblioteca más o menos grande, es el punto en que la enseñanza norteamericana nos lleva más ventaja.

Pero que no se me entienda mal. No me opongo al artículo porque censure, sino porque censura donde no debe, porque censura sin seriedad ni conocimiento de causa. Los problemas de la enseñanza norteamericana empiezan donde empiezan los problemas sociales de Norteamérica. No es verdad en absoluto que «la escuela sea siempre el edificio más hermoso de la ciudad». Basta pasear por los barrios proletarios de la ciudad de Nueva York para ver bastantes edificios escolares completamente envejecidos. Y muchísimas escuelas de los estados del Sur, como en general la situación escolar en los estados del Sur, son una verdadera vergüenza, una vergüenza que en la propia Norteamérica se denuncia una y otra vez en voz alta. También en otras partes, sobre todo en las regiones puramente agrarias, hay bastante que censurar. Naturalmente, la Norteamérica del alto capitalismo tiene también su privilegio educativo, solo que entre nosotros la cesura social empieza ya a los diez años y en Norteamérica solo a los dieciocho.

Pero Hans Weigel no ve estas cosas, o no le interesan, porque a todas luces es reacio a la consideración sociológica y prefiere coleccionar anécdotas que luego quisiera hacer pasar por conocimientos. Le anima en ello el espíritu de una soberbia europea —arraigada, sin duda, en el sentimiento de inferioridad europeo—. «A menudo uno cree estar aquí veinte o veinticinco años por detrás de Europa.» Eso es cierto en algunos aspectos, y precisamente el socialista europeo, ante la falta de un movimiento obrero político fuerte e independiente, tendrá una y otra vez esa impresión. Pero si observa con franqueza y sin prejuicios, encontrará también muchas cosas en que Norteamérica nos lleva ventaja, no solo técnica sino también cultural; si de veinte o de veinticinco años, eso dependerá de nuestro ritmo.

¡Y no digamos la comparación de juventud con juventud! La juventud norteamericana no habría vivido la guerra como un choque... Todo libro serio sobre la guerra, incluso el parte de guerra, toda conversación más íntima con un soldado que ha vuelto a casa, y sobre todo todo lo que tienen que contar los psiquiatras militares, muestra lo absurdo de esa afirmación. Y, sin embargo, el contraste tiene que presentarse en blanco y negro. ¡Ah, nuestra juventud! «Para ella un libro es una vivencia, no una mercancía.» Allí he conocido bastantes jóvenes para quienes un libro era una vivencia, y aquí hablo a menudo con jóvenes maestros bien dotados que tienen que concentrar todo su esfuerzo en llevar a los jóvenes a vivir los libros, y el arte en general. Se consigue con una pequeña minoría. Basta leer, por ejemplo, la autobiografía de Stephan Zweig para ver que probablemente siempre fue una pequeña minoría. Creo que Hans Weigel también le pintó a su Ofelia norteamericana con colores demasiado seductores los encantos de Steyr y de Leoben. Hamlet en Steyr debe de ser hermosísimo para el que actúa en él, pero ¿cuántas veces al año se representa Hamlet en Steyr?

Frente a esta transfiguración de Europa, Norteamérica aparece como un dechado de falta de espíritu. Ahí se refleja, por lo visto, una discusión llevada con viveza en Norteamérica entre los representantes de la cultura superior sobre si el college —el período de los 18 a los 22 años— debe dar exclusivamente cultura general o ya más bien formación profesional, y si la cultura general debe ser la misma para todos u ofrecer posibilidades de elección. La discusión misma prueba ya que allí se esfuerzan por el espíritu. Nunca le pregunté a mi dentista norteamericano si sabía algo de Sócrates —al hombre que lo tiene a uno bajo el torno no se le irrita con preguntas impertinentes—, pero he visto su biblioteca particular y les deseo a todos los dentistas austriacos una parecida.

He creído necesario responder al artículo de Hans Weigel porque me parecería injusto que los lectores de la Arbeiter-Zeitung tuvieran que tomar cuentos por realidad. Lo he hecho también para salvaguardar el punto de vista austriaco ante los norteamericanos que hayan podido leer el artículo. Precisamente a aquellos norteamericanos que sin duda también le importan a Hans Weigel, es decir, a los norteamericanos cultos, esta ingenua sobrestimación de lo propio y esta incapacidad de ponerse en el lugar de lo ajeno les parecerían cosa de gente muy montaraz; nosotros diríamos más bien provinciana. Pero de pronto me sobrecoge un susto tremendo. Pienso en la maestría con que Hans Weigel ha mostrado en Der grüne Stern3 todo lo que oyentes y lectores aceptan sin crítica con tal de que se presente con habilidad y fuerza sugestiva. ¿Habrá emprendido, estimulado por el gusto norteamericano por la experimentación, un experimento con la redacción y el público?


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de la Arbeiter-Zeitung (Viena), n.º 247, 21 de octubre de 1948, pág. 5, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek (aze19481021). Firmado en el titular, «Karl Furtmüller». Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de la página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las citas del artículo de Weigel entre comillas, las expresiones latinas y la palabra inglesa fun tal como las da el autor. Los términos escolares austriacos se explican en notas del traductor; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Einheitsschule: escuela común para todos los niños hasta los 14 años o más, sin la separación a los diez años entre escuela media y escuela principal; era la reivindicación escolar central de la socialdemocracia austriaca, por la que Furtmüller había luchado en la Viena de entreguerras. (N. del T.) ↩

  2. Matura: el examen de madurez (Reifeprüfung) con que termina la escuela media austriaca y que da acceso a la universidad. (N. del T.) ↩

  3. Der grüne Stern [La estrella verde] (1946), novela satírica de Hans Weigel (1908-1991) sobre la credulidad de las masas ante la propaganda. Weigel había vuelto en 1945 del exilio en Suiza; el artículo al que responde Furtmüller había salido en la Arbeiter-Zeitung del martes 19 de octubre de 1948. (N. del T.) ↩