Wilhelm Ostwald, Grosse Männer [Grandes hombres]. 3.ª y 4.ª ed., Akademische Verlagsgesellschaft, Leipzig, 1910. XII + 424 págs.

Los «Grandes hombres» de Ostwald, aparecidos por primera vez en 1909, se han convertido rápidamente, como muestra su éxito de librería, en un libro popular. El interés que despierta la personalidad del autor, la manera clara y cautivadora de su exposición, la fuerza de su temperamento, que no deja frío a nadie, sino que provoca una viva adhesión o una viva contradicción, la variedad de las cuestiones que la obra toca: todo ello explica, de entrada, la amplitud de su efecto. Creemos que este será también profundo y duradero. Pues la verdadera importancia de este libro no reside en que trace semblanzas impresionantes y a menudo conmovedoras de hombres eminentes, ni en que tenga cosas importantes que decir sobre cuestiones de educación y de organización de la actividad científica. Lo nuevo y original de estas investigaciones está en que sitúan la psicología del investigador en el centro de su consideración y abren, por lo menos, buenos caminos para tratar este problema descuidado. Al psicoanalista, en particular, no solo le interesará el objeto en sí, sino sobre todo la circunstancia de que en el método que Ostwald se crea se imponen involuntariamente algunas analogías con el modo de proceder del investigador psicoanalítico.

Ya el mero hecho de que investigue la psicología del investigador y no la psicología del investigar es importante en este sentido. El error de más graves consecuencias de nuestra psicología oficial, el que le cierra el camino precisamente hacia los problemas más profundos, es que arranca siempre el fenómeno psíquico de su conexión con la personalidad entera. A Ostwald su instinto psicológico lo libró de este callejón sin salida; pero ahora no nos extrañará oírle decir que buscó ayuda para sus esfuerzos en las obras de la psicología moderna, pero no la encontró. Su idea fundamental lo lleva con lógica interna al procedimiento siguiente. Parte de biografías que penetran psicológicamente lo más posible, para llegar después, por comparación y síntesis, a lo típico y regular. Veo en ello otro punto de contacto con el modo de investigar del psicoanálisis, para el que el aprovechamiento consecuente de la biografía psicológica (bajo este concepto cae también, en efecto, el historial clínico iluminado por el psicoanálisis) es igualmente una de las herramientas metodológicas más importantes. Por desgracia, Ostwald se ve tan abandonado por los biógrafos como por los psicólogos. Reprocha que la mayoría de las biografías estén orientadas en primer lugar hacia la obra y a lo sumo en segundo lugar hacia la psicología, y que además su carácter casi siempre apologético les impida captar toda la verdad. Todo psicoanalista ha sentido repetidas veces la misma carencia, y la creación de una biografía científica se nos presenta como una de las tareas más importantes del futuro próximo. Es muy de lamentar que Ostwald tuviera que acometer su gran tarea tan enteramente solo, apoyado únicamente en la psicología del sentido común. El rendimiento de sus investigaciones tuvo que verse forzosamente mermado por ello. Tanto más permiten esperar los resultados a que llega en condiciones tan desfavorables que, si algún día un sabio dotado de un conocimiento igual de amplio de la materia y de las personas en un gran campo científico, y provisto además del instrumental del psicoanálisis, retomara las investigaciones de Ostwald, le aguardaría una plenitud de valiosas intuiciones y conocimientos.

De lo dicho sobre el método de Ostwald se deduce ya la división de la obra. Da primero (lecciones 2.ª a 7.ª) la biografía de seis naturalistas geniales (Humphry Davy, Julius Robert Mayer, Michael Faraday, Justus Liebig, Charles Gerhardt, Hermann Helmholtz). A cada biografía sigue un breve resumen en el que Ostwald destaca lo que para él es importante, y prepara así la segunda parte, general, de la obra. El arte expositivo de Ostwald ha resuelto aquí con fortuna una tarea difícil, pues se trataba de describir en un espacio reducido no solo la vida exterior e interior de sus héroes, sino también de caracterizar, al menos en sus rasgos fundamentales, el tipo de problemas científicos que los ocupaban. Este material se enriquece además, en la parte general, con muchos rasgos sueltos que Ostwald aporta de su amplio conocimiento de la historia de los sabios.

En las seis lecciones de la segunda parte (Orientación general. La juventud. La gran obra. Clásicos y románticos. Después. Conclusión) trata una plenitud de problemas. Se investigan la dependencia del investigador respecto de las condiciones biológicas, nacionales y sociales y la eficacia de la herencia y de la educación, y se somete a una crítica severa la organización existente de la actividad científica. Pero la cumbre de la obra la constituye sin duda la acuñación de dos tipos de talento científico, que Ostwald contrapone como clásicos y románticos. Ve la diferencia fundamental en la gran velocidad de reacción de estos y la relativamente escasa de aquellos. Naturalmente, dice, son concebibles y existen innumerables casos intermedios. Pero precisamente los espíritus más eminentes mostrarían una acusada definición en una de las dos direcciones. El romántico mostraría una especial precocidad, rapidez para captar los problemas y para pasar adelante, gran talento docente y, en general, la capacidad de influir con su personalidad, y en cambio cierta despreocupación por los productos de su actividad de escritor. En el clásico se vería una lenta maduración de las ideas; no se cansaría de reelaborar una y otra vez su exposición y, precisamente porque solo quiere dar lo completamente redondeado, la obligación docente se le volvería a menudo un tormento. Al observador superficial lo decepcionaría a menudo en el trato personal, porque le cuesta salir de sí mismo. Referido a la antigua doctrina de los cuatro temperamentos, el clásico sería flemático-melancólico y el romántico sanguíneo-colérico.

El gran mérito que hay en el establecimiento de estos tipos no se ve en nada disminuido si constatamos que queda todavía mucho por hacer para su análisis psicológico. Nos parece que Ostwald se dificultó él mismo la penetración psicológica completa al buscar con excesiva prisa el enlace con la psicofísica. Pues que la diferencia de las velocidades de reacción no basta por sí sola para explicar la diversidad de clásicos y románticos se desprende ya de que románticos y clásicos son tipos opuestos muy marcados, mientras que la diferencia de velocidad de reacción es solo relativa: en el clásico es escasa únicamente en relación con el romántico, y no, por ejemplo, en relación con el imbécil. Precisamente sobre la base del material que proporciona Ostwald, me parece que la diferencia reside en el modo en que la ciencia se ha convertido para el investigador en objeto de su voluntad. Para el romántico, la relación con los seres humanos y la influencia sobre ellos siguen siendo siempre lo más importante, y así la ciencia es para él, en lo más hondo, propiamente un punto de paso. Esto se ve con la mayor claridad en Davy, tras cuya actividad científica entera hay una ardiente ambición personal, que sin embargo no queda en absoluto absorbida por su actividad científica. Así como en su demostración de la naturaleza elemental del yodo lo espolea el deseo de probar a los sabios de París su superioridad con toda claridad, aunque con poco tacto, así aspira toda su vida a éxitos sociales, y la obtención del título de caballero lo mueve a cambiar todo su modo de vida. Y también en Liebig se muestra, aunque de otra manera, con claridad el afán de influir por medio de la ciencia: primero de forma inmediata sobre la multitud de sus discípulos, después de forma mediata, por sus escritos, sobre el ejército de los prácticos. Así como primero revoluciona la enseñanza de la química, quiere después revolucionar la agricultura. En el clásico, en cambio, todo se concentra en la ciencia; esta puede incluso absorber en cierto modo las relaciones con personas (veremos más abajo un ejemplo en Robert Mayer); en suma, en ellos, dicho a la manera de Freud, el desplazamiento de la libido de lo personal a lo objetivo es completo y definitivo. La investigación psicoanalítica de las condiciones de esta diversa actitud afectiva es la verdadera tarea que los tipos del clásico y del romántico plantean al psicólogo.

También en varios otros puntos nos parece como si al psicólogo, que apenas quería plantear sus preguntas, se le cortara la palabra con una respuesta fisiológica prematura. Así, para las enfermedades nerviosas que padecen casi todos los sabios descritos por Ostwald, el agotamiento por un trabajo científico intenso es una etiología que la moderna doctrina de las neurosis no reconocerá en modo alguno como suficiente, ni siquiera como la que acierta con lo principal. Y cuando vemos que muchos investigadores, al avanzar la edad, buscan un nuevo campo de trabajo y hasta sienten a menudo una aversión violenta y repentina por el anterior, una observación cuidadosa de las circunstancias psíquicas concomitantes en cada caso particular nos llevaría sin duda más lejos que la hipótesis de Ostwald de que se trata de un desgaste prematuro de ciertas partes del cerebro.

Ostwald dice él mismo que la agrupación en clásicos y románticos no es el único punto de vista desde el que puede considerarse el problema. Pues bien, es sumamente interesante aplicar al material presentado por Ostwald la teoría de Alfred Adler sobre el papel que el sentimiento de inferioridad y las tendencias compensatorias que este desencadena desempeñan en el desarrollo psíquico. Según Adler, este sentimiento de inferioridad acrecentado, enraizado en una inferioridad orgánica, tiene por un lado efectos caracterológicos generales: en oposición dialéctica a él se desarrollan violentas ideas de grandeza, una ambición ardiente o, si la agresión del muchacho choca con una fuerte resistencia, obstinación. Por otro lado, la inferioridad del órgano encauzaría este movimiento, total o parcialmente, por vías determinadas, y así podría llegarse a que el órgano inferior, gracias a un rendimiento psíquico suplementario, acabe funcionando, del todo o en un aspecto particular, de un modo que supera con mucho la media normal. (Sobrecompensación.) Estas tensiones psíquicas conducirían, pues, en condiciones favorables a rendimientos intelectuales extraordinarios, y en condiciones desfavorables a la neurosis o también al suicidio. Así se explican también las relaciones entre genialidad y neurosis de que hemos hablado antes, y asimismo las que hay entre genialidad y suicidio, de las que también encontramos ejemplos en Ostwald (Ludwig Boltzmann, Paul Drude). Es instructivo en alto grado que en Ostwald, es decir, en un material reunido sin duda sin prejuicios, encontremos en cada una de las biografías confirmaciones plausibles, y en parte francamente contundentes, de la doctrina de Adler.

Así, nos enteramos de que Humphrey Davy padecía en su juventud un defecto de la lengua y una gran torpeza corporal. Ambas cosas debieron de afligirle, pues hace ejercicios de habla e ingresa en un cuerpo de voluntarios para aprender la instrucción militar. Si vemos aquí los fundamentos de su intensa ambición, ya mencionada, también queda dada con ello la dirección de su actividad. Él, que pese a todos sus esfuerzos no conseguía echarse correctamente un fusil al hombro, se convierte en uno de los maestros del experimento químico. El que en su juventud era socialmente torpe por su defecto del habla anhela y alcanza éxitos sociales y se hace un nombre como orador científico. (Ostwald mismo destaca la relación entre la lucha contra su defecto del habla y cierta afectación de su exposición oral.)

Michael Faraday padece desde su juventud de una memoria muy deficiente. Cabría pensar que una debilidad tan llamativa le arrebataría a un pobre aprendiz de encuadernador hasta la última posibilidad de una carrera científica. En lugar de ello, vemos precisamente aquí el agente que impulsa hacia delante y hacia arriba su talento científico. Su mala memoria lo lleva a llevar diarios y cuadernos de extractos, y hace así de un diletante un autodidacta consciente de su meta. También en lo exterior, la capacidad adquirida con ello de reproducir con precisión una línea de pensamiento le abre el camino hacia Davy y, con ello, hacia la carrera científica. Y ya Ostwald mismo apunta que tanto el gran sentido del orden de Faraday como su modo de investigar y de exponer, muy peculiar y valioso precisamente por su peculiaridad, tienen la función de hacerle prescindible la memoria; son, pues, en cierto modo, dispositivos de compensación proyectados hacia fuera.

Cuando sabemos de Hermann Helmholtz que de niño era extraordinariamente débil y enfermizo, y luego oímos de su propia boca que al muchacho lo atrajo hacia la física sobre todo la idea «de que el conocimiento de las leyes de los procesos naturales es también la llave mágica que pone en manos de quien la posee el poder sobre la naturaleza», también este rasgo, considerado desde los puntos de vista de Adler, adquiere su significado particular.

Bajo una forma algo distinta encontramos actuando la misma dinámica psíquica que en los casos anteriores también en Charles Gerhardt: vivía en serio conflicto con su padre, y así las ideas de grandeza tuvieron que experimentar en él una fijación determinada: se trataba para él, ante todo, de mostrar a su padre su independencia y su superioridad. Desde aquí cae una luz singular sobre la historia de su vida. Se dedicó toda su vida preferentemente a la química sistemática. Ahí reside su verdadera importancia, pero también la causa de su escaso éxito exterior. Liebig le exhortó repetidas veces con insistencia a abrirse camino, al menos en un principio, mediante logros experimentales: pese a las razones más convincentes, en vano. Si consideramos ahora que, por voluntad de su padre, Gerhardt debería haber estudiado química con fines prácticos, para dirigir una fábrica de albayalde, y que el padre estaba sumamente irritado por las aspiraciones científicas de su hijo, reconocemos una conexión peculiar: al dedicarse, dentro de la química científica, precisamente al campo teórico, es como más se aleja del padre.

Ante un problema especialmente cautivador se encuentra la explicación psicológica en el caso de Julius Robert Mayer. Se trata aquí del caso único de un investigador que no solo dedicó toda su vida científica a una sola idea genial, sino en quien esta idea surgió en cierto modo sin conexión, lo asaltó, por así decirlo, sin preparación. Mayer, en efecto, no era originariamente investigador científico, sino médico práctico, y solo después, cuando ya había concebido su ley de la conservación de la energía, hizo estudios matemáticos y físicos más detenidos para poder fundamentar científicamente su exposición.

Este hombre pasó, para todos los que le eran próximos, en la escuela, en la casa paterna, ante su mujer, ante la familia de su mujer, ante sus conciudadanos de Heilbronn, por cordialmente negado e incapaz. Todos se toman la libertad de tutelarlo, y él lo deja hacer sin resistencia. Ostwald se limita a constatar este comportamiento pasivo; pero nosotros creemos no equivocarnos si lo entendemos como expresión de una actitud de obstinación duradera frente a su entorno. Le causa cierto placer suscitar en su entorno semejante imagen y seguir entretanto, imperturbable, su camino en lo que le importa. A esta obstinación le dio por cierto una vez una expresión francamente clásica. Tras una estancia forzosa y sumamente humillante en el manicomio, se produjo en su producción científica una pausa de diez años, que una vez justificó diciendo que lo habían declarado hombre muerto y que por eso se comportaba en consecuencia.

Una vez que se ha comprendido este carácter de Mayer, adquiere mayor significado un recuerdo de juventud que él cuenta. Una vez, jugando con pequeños molinos de agua, se habría ocupado de la idea de un perpetuum mobile, pero su padre y los amigos de este lo habrían convencido de que esa idea era irrealizable. No vemos razón alguna para suponer aquí, con Ostwald, un engaño de la memoria, tanto más cuanto que el propio Mayer evidentemente no entendió en absoluto el verdadero significado de este relato. Pues el enigma solo se resuelve cuando se advierte que en las primeras exposiciones que da, la cosa desemboca en que un perpetuum mobile no es posible en la Tierra, pero sí en el espacio cósmico. Lo decisivo no es, pues, que no haya perpetuum mobile, como ya le había enseñado su padre, sino que él le muestra precisamente que sí hay un perpetuum mobile. Ahora entendemos, pues, por qué Mayer se aferra, por así decirlo, a la idea de la conservación de la energía: porque se convierte para él en la expresión de la victoria sobre su padre. Que le baste vencer al padre mediante un edificio de pensamiento es característico del clásico Mayer.

¿Necesito defenderme contra el burdo malentendido de que con las indicaciones precedentes creo haber explicado los logros geniales de aquellos hombres? No me he atrevido ni a abordar las felices condiciones naturales que el genio trae consigo al mundo ni a penetrar en el santuario del enorme trabajo intelectual que tiene que realizar; pero sí espero haber mostrado ciertos agentes que ponen en movimiento aquellas y que, en determinadas circunstancias, orientan este en una dirección determinada.

Dr. Carl Furtmüller.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del recorte (págs. 348-353) del Zentralblatt für Psychoanalyse 1 (1910/11), cuaderno 7/8, mayo-junio de 1911, sección «Referate und Kritiken», digitalizado en Internet Archive (zb1191178) y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las erratas evidentes del impreso no se reflejan en la traducción. Las citas de Ostwald y Helmholtz se traducen del alemán tal como las da Furtmüller. Las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.