Trabajo femenino y conciencia de las mujeres.
Por Aline Furtmüller.
Lucha entre hechos nuevos y costumbres viejas.
Ante todo, tres instantáneas del presente.
1. «Con mis 35 años parezco más vieja y gastada que la mujer del colega de la casa de al lado, que tiene 40», suspira la mujer del maestro; «nos casamos casi al mismo tiempo, yo me dediqué por completo a la casa, pero ella siguió en la enseñanza. Hoy, claro, le va mejor —dos sueldos—; en realidad es injusto: ¿qué culpa tiene una? A las casadas no habría que permitirles el trabajo profesional.»
2. «Créame, camarada, una de las cosas que más amargan mi existencia de emigrado es que mi mujer tenga que ganar dinero. Me abruma sin cesar no poder mantener a mi mujer.» Así suspira un socialista de alto nivel intelectual y moral.
3. «Es terrible que mi madre no quiera entender que una chica necesita exactamente tanta libertad e independencia como un chico. Mis hermanos pueden hacer lo que quieran después del trabajo; yo tengo que ayudar a mi madre en la casa cuando vuelvo cansada. ¿Por qué no van a ayudar también los hombres cuando hay algo que hacer? Y lo harían, pero ¿cree usted que mi madre lo permite?»
* * *
En ningún terreno es la lucha entre hechos nuevos y costumbres viejas tan honda, tan conmovedora y tan inabarcable como en el del trabajo femenino y la valoración de la mujer. Mientras, desde la Revolución francesa, la mujer intelectualmente avanzada reclamaba con apocamiento o con ímpetu derechos políticos y civiles para su sexo, esa enorme palanca del progreso que es el capitalismo ha removido el destino de millones de mujeres, ha socavado la vida, la salud y la alegría de generaciones enteras y, de paso, sin que nadie lo advirtiera, ha cumplido las reivindicaciones femeninas de los espíritus más avanzados. ¿Derechos políticos y civiles? Salvo en algunos Estados europeos y sudamericanos y en la mayor parte de África, las mujeres se han convertido en ciudadanas en todo el mundo. ¿Escuela, formación profesional, posibilidad de ejercer una profesión? Todas las posibilidades están dadas; dentro de los privilegios de formación de los poseedores, que siguen existiendo, la misma trayectoria escolar para niñas que para niños se hace cada vez más natural en todo el mundo. ¿Valoración de la mujer? Desde Bebel, el socialista se siente, por así decir, teóricamente obligado a defender la emancipación de la mujer; desde Ibsen, la intelectualidad burguesa tiene fijada por principio su posición en la cuestión femenina, y las oscilaciones romántico-reaccionarias apenas pesan más que los caprichos de la moda; en la liberación más íntima de la mujer de una infravaloración milenaria trabajan la psicología individual fundada por Alfred Adler y los vastos estudios de psicología social de M. Vaerting.1
Es verdad que aquí, como en todas partes, tenemos que comprobar que el camino que va de las transformaciones económicas a la fijación de la nueva situación en el derecho y la ley es muy largo; pero aún más largo es el que va del derecho y la ley escritos a la conciencia íntima de las masas y a los mil hábitos de la vida cotidiana. La mujer del funcionario, el marxista formado y la madre proletaria de nuestras tres «instantáneas» muestran lo arraigadas que están las viejas tradiciones en personas nada reaccionarias. La «única tarea natural de la vida de la mujer»; la «necesidad de protección del sexo débil»; en una palabra, la «feminidad», fachada condenable detrás de la cual no hay más que falta de comprensión o desorientación: contra eso tienen que luchar el conocimiento, la educación, la habituación. Pero con ello se combate a la vez a otro enemigo, muy distinto e igual de peligroso: la falta de solidaridad y de disciplina en las filas de las propias mujeres que trabajan.
Consecuencias de la educación y la habituación.
Busquemos las fuentes comunes de todas estas debilidades en un corte longitudinal de la trayectoria vital de una mujer.
¿No se sigue saludando hoy a la recién nacida con las mismas palabras que tenían sentido en los tiempos de la sucesión masculina y la dirección femenina de la casa: «¡Solo una niña!», o, con igual fidelidad a la tradición: «Bueno, al menos una niña se queda más tiempo con su madre»?
¿No tropieza la niña que va creciendo, a diario y a cada hora, con las huellas profundamente marcadas del predominio masculino? Los chicos, destinados a la casta señorial y armada, pueden —e incluso deben— jugar a juegos violentos, manejar armas, ser rudos, dueños de sí, en suma, «viriles», y despreciar profundamente a las chicas, que —destinadas a servir y a cuidar, pero también a cazar marido— tienen que cuidar de su vestido y su pelo, se ven obligadas a ayudar en la casa y pueden montar, sin que nadie las reprenda, graciosas escenas de miedo, de súplica y de lágrimas. Incluso en la lectura rige —¡y todavía hoy!— esa división de los sexos absurda y dañina, fomentada por los fabricantes de literatura de pacotilla, que con la misma habilidad y la misma falta de escrúpulos escribirían novelas para costureras de ropa blanca y otras para peluqueros, igual que ahora sacan al mercado bazofia sangrienta de aventuras para los chicos y bazofia sentimental de internado para las chicas.
Nuestra formación escolar muestra también, naturalmente, huellas de esa división arbitraria cuando reduce a las niñas a las labores de aguja y a los niños a los trabajos manuales. Claro que la niña tiene que saber manejar la aguja, pero también el martillo y las tenazas. ¡Y en vez de las finuras de la encuadernación o de la técnica del metal repujado, el chico debe aprender a coserse un botón del pantalón y, si hace falta, a zurcir un agujero del calcetín! A los niños no deformados, no influidos, semejante pretensión les parecerá completamente natural (¡basta con ver el celo alegre de los pequeños camareros o limpiadores en un jardín de infancia bien llevado!); a los padres les parecerá cómico, pero muy práctico; pero las madres se sentirán incómodas, indignadas, horrorizadas, porque en ellas está más firmemente asentada la tradición del mundo masculino superior y de la mujer dominada e inferior.
¿Es, pues, de extrañar que, desde esa actitud apenas consciente, la muchacha se acerque a todas las posibilidades y exigencias de la vida moderna más cohibida que el muchacho?
La profesión y el trabajo, base natural de la vida para el hombre, siguen siendo para la muchacha, en lo más íntimo, un estado provisional de transición, cuya configuración no es tan importante como el destino femenino que la espera con seguridad: la elección amorosa —y, si es posible, a fin de cuentas, el sustento— y, más lejos, la maternidad. Y así se sitúa ante la profesión y sus problemas con más indiferencia que el hombre, es más difícil de ganar para el sindicato y para la formación profesional, porque en todo caso le importa más la vida privada. Entiéndase bien: no se habla aquí de las preocupaciones reales de la madre y ama de casa que trabaja, sino de la actitud generalizada de las muchachas y mujeres trabajadoras.
Igual de conocida y criticada es la falta de compañerismo de las mujeres entre sí, su aversión a ser dirigidas por la consejera de empresa o por la jefa. Es muy natural, si se piensa cuántas veces han oído desde niñas la frase de las «pocas luces» o la constante exclamación femenina «aquí hace falta un hombre». Es muy natural, si se piensa que todo dominio necesita y cultiva la desunión, la rivalidad de los dominados, y lo hondamente arraigada que está también esa rivalidad femenina en la tradición, en la opinión pública y, por tanto, en la conciencia que la mujer tiene de sí misma. En vez de hablar aquí, con enojo o con resignación, de hechos elementales, la educación sindical debería remitir incansablemente a las dificultades muy semejantes del comienzo de toda organización obrera, a la rivalidad y a los abismos aparentemente insalvables entre distintas categorías de obreros, que tampoco eran hechos elementales, sino consecuencias de la educación y la habituación.
Hay que mencionar todavía un fenómeno peculiar, menos frecuente pero también típico, de la vida profesional femenina: la ambición femenina. Ya se manifieste en la estudiante como un estudio modélico para los exámenes o como un rendimiento extra que destroza los nervios (despachado siempre por los compañeros como «arribismo»), ya convierta a la mujer de la máquina en batidora de récords y a la mujer del escritorio en persona de confianza del jefe, siempre hay en ella un elemento individualista, que abarca tanto el orgulloso sentimiento de pionera de quien ha sido menospreciada mucho tiempo como la aversión de quien nunca se ha asociado a lo común. De nuevo un paralelo con el capataz o el contable celoso y sumiso que, ascendido desde la clase obrera, se convirtió en el más fiel puntal del empresario; de nuevo un punto de partida para un trabajo educativo prometedor.
Tareas educativas.
Para este trabajo educativo habría, pues, dos fines principales. Uno: combatir el tradicional y hondamente arraigado prejuicio de la superioridad del sexo masculino en todas sus formas, en todos los terrenos, bajo todos sus disfraces. Naturalmente, sin una sombra de idea de predominio femenino. El otro: ganar a la mujer para que aprecie el trabajo por sí mismo, para la disciplina y la solidaridad. Pues, ya que «el hecho del trabajo femenino es irrevocable como las demás consecuencias de la máquina» (Oda Olberg, pág. 359),2 no hay otro camino que abrir también a la mujer lo que el trabajo tiene de sano y fecundo, en lugar de excluirla de él.
Solo cuando estos dos problemas estén al menos planteados —ya que no resueltos—, solo cuando la verdadera igualdad de derechos haya allanado el profundo abismo de desconfianza, violencia y malicia entre el hombre y la mujer, y cuando la muchacha se acerque al trabajo y a la profesión con el mismo interés objetivo que el muchacho, solo entonces estarán dadas las condiciones para el gran problema femenino, el propiamente dicho: la maternidad. Incluso en las relaciones amorosas, lo decisivo para que el hombre y la mujer sean distintos es mucho menos la diferencia sexual de los sexos —ahí actúan más bien todavía la «virilidad» y la «feminidad» tradicionales— que el hecho o la posibilidad de la maternidad. Y, naturalmente, en toda la actitud de la mujer ante el mundo, la vida, la sociedad y el trabajo, la maternidad tiene que ocupar el lugar más esencial.
¿Así que, después de todo, la maternidad como lo principal? Desde luego, pero abordada de un modo completamente distinto. Hasta ahora, por la posibilidad teórica de la maternidad se colocaba a todas las mujeres en una posición distinta —y, por cierto, más desfavorable—, y en cambio, para la maternidad real, no tenían el menor derecho a protección física o moral, y menos aún a una compensación. Una sociedad que sea consciente de su alta responsabilidad ante el niño y ante la que da la vida tiene que seguir exactamente el camino inverso: protección, verdadero respeto e incluso honra para la maternidad; eso basta por completo para conjurar esa «masculinización» antinatural y yerma de las muchachas que los reaccionarios de ambos sexos pintan como un espectro.
También para la conciencia que la mujer tiene de su propia posición vale lo que la humanidad trabajadora ha aprendido desde Marx: el despertar de la conciencia de clase y el fortalecimiento de la solidaridad llevan de la maldición del trabajo —¡el trabajo como consecuencia del pecado original!— a la concepción del trabajo como redentor de la humanidad.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil del Handbuch der Frauenarbeit in Österreich, redactado por Käthe Leichter y editado por la Kammer für Arbeiter und Angestellte in Wien (Cámara de Obreros y Empleados de Viena), Viena, 1930, págs. 465-470, en Austrian Literature Online.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Mathilde Vaerting (1884-1977), pedagoga y socióloga alemana, autora de Die weibliche Eigenart im Männerstaat und die männliche Eigenart im Frauenstaat (1921), sobre la relatividad histórica de los rasgos «masculinos» y «femeninos». (N. del T.) ↩
Remite a la contribución de Oda Olberg en el mismo Handbuch. (N. del T.) ↩