Dra. Aline Furtmüller-Klatschko: Sobre la psicología de la mujer rusa.
Si escribo «Psicología de la mujer rusa», lejos de mí hacerlo desde el punto de vista de una psicología de las razas; pues no soy lo bastante audaz o, si se prefiere, lo bastante imprudente para aventurarme en este, el más peligroso de todos los terrenos, donde la arbitrariedad del observador puede hacerse pasar tan fácilmente por penetración científica. Sin duda pueden reconocerse en el hábito espiritual de la mujer rusa algunos rasgos que la distinguen de las mujeres de otras naciones. Pero encuentro en ellos poco que nos remita a la mística penumbra
de la herencia racial; lo decisivo me parece brotar de las condiciones políticas y sociales, del todo excepcionales, en que se encuentra la Rusia actual.
Como heredada de antiguo podría señalarse únicamente cierta amplitud de miras en la concepción de la vida, que separa a la rusa, por un lado, de la minuciosidad germánica y, por otro, también del rápido entusiasmo de la mujer latina. Donde más palpablemente se manifiesta esa amplitud es en la vida doméstica de la rusa; y quien haya tenido ocasión de frecuentar familias rusas, de cualquier nivel social, no habrá podido evitar un leve asombro al comparar la casa alemana, regida con rigor y a escondidas, con ese desorden amable y francamente a la vista, cuya directora no pretendía aparecer ni como un ser social inmaterial ni como la cabeza infalible de un pequeño Estado absolutista. Para encontrar un ama de casa verdaderamente pedante habría que sumergirse en lo más hondo de la provincia rusa, y aun allí una señora Korobochka como la que pinta Gógol en Las almas muertas es una excepción aislada y objeto de burla. Otra forma de esa amplitud de miras es una desconsideración en el trato personal, a menudo más, a menudo menos atenuada, que puede observarse en todos los grados, desde una franqueza refrescante hasta el despotismo más asombroso. Este rasgo habrá que limitarlo, eso sí, a las clases altas —empezando por la clase media alta, surgida de la pequeña nobleza rural— y se explica sin dificultad por el trato, tanto tiempo habitual, con los siervos. Así vemos ya en los rasgos propiamente tradicionales de la mujer rusa la posibilidad de una explicación materialista; si queremos iluminar las demás características que al extranjero le parecen rusas, conviene sin duda verlas desde el principio formarse a partir de su base de origen.
Si es cierto que, en general, la mujer rusa está influida por las condiciones políticas y sociales, su tipo se presentará en su forma más pura allí donde esa influencia actúa con menos estorbo: en la revolucionaria. No parecerá, pues, fuera de lugar dedicar a este tipo algunas observaciones más detenidas. Pero no basta con una simple descripción de la estudiante rusa de hoy, que es lo que seguramente se espera en este lugar. La ecuación estudiante —sobre todo estudiante en el extranjero, por ejemplo en Suiza— igual a revolucionaria ya no vale hoy en la medida en que podía valer hace una generación. Hoy las estudiantes rusas o las alumnas de bellas artes son en gran parte muchachas de círculos acomodados y moderados que durante sus estudios no pierden en absoluto el contacto con su familia y que, por tanto, nos interesan menos de momento. Otra cosa eran las muchachas que estudiaban en los años sesenta, setenta y ochenta. Para la juventud femenina de las clases nobles y burguesas —y solo ellas, aparte de la juventud judía, siempre en fermentación, aportaban los elementos revolucionarios—, el estudio significaba entonces una ruptura tan violenta con las ideas y los prejuicios de la familia y de la clase que casi siempre llevaba también a la separación económica y, con ello, a la enemistad política. Para la mujer rusa, el estudio fue, pues, una conquista, pero casi siempre solo una etapa de paso hacia el fin superior propiamente dicho, la actividad política; para las demás naciones europeas, en cambio, se convirtió de este modo en un estímulo importante en la lucha por el acceso de la mujer a los
estudios. También en otro aspecto pudo servir de ejemplo la estudiante rusa de los primeros decenios. Fue ella la primera en mostrar que entre hombres y muchachas jóvenes es posible un trato basado en la comunidad de intereses y el compañerismo, y no únicamente en la atracción sexual. Claro que cuanto más elevados e importantes son los intereses comunes, tanto más objetivas, y aun se diría abstractas, se vuelven las relaciones de las personas que los persiguen. Y no fue solo el trabajo científico, sino ante todo la actividad revolucionaria lo que hizo surgir en los círculos de la juventud estudiantil rusa el tono casi exaltado de una solidaridad puramente espiritual, que algunas novelas de aquella época supieron captar tan felizmente; por ejemplo, las de Stepniak (la más famosa es la escrita en inglés, A career of a nihilist, traducida con el título Andrej Kojouchow) y algunos pasajes de ¿Qué hacer?, de Chernyshevski, enormemente leído en Rusia).1 Es verdad que el factor sexual no se dejaba reprimir del todo; donde, pese a todo, se reprimía, ello conducía a la consecuencia de toda represión antinatural, a neurosis más o menos graves, y de hecho no pocos de los mejores entre los revolucionarios fueron neuróticos; pero lo más normal y frecuente eran las uniones libres, y lo siguen siendo hoy en esos círculos. Hablar de la actividad revolucionaria misma rebasaría con mucho el marco de este breve esbozo, y seguramente es también superfluo; pues incluso a los extranjeros que no están informados con detalle de los acontecimientos políticos de los últimos decenios del siglo XIX en Rusia —por lo demás, el público lector conoce algo de ello por las atractivas Memorias de Kropotkin—, incluso a ellos les han mostrado con creces las noticias de prensa de los últimos siete años en qué condiciones de vida hacen su trabajo los luchadores políticos rusos. Y ahí no se descubre diferencia alguna entre la posición de los hombres y la de las mujeres. La misma capacidad de trabajo, la misma tenacidad para perseverar en cualquier puesto, el mismo fanatismo en la defensa de teorías científicas y políticas, pero también el mismo heroísmo ante los horrores que las autoridades han ideado como castigos y agravantes de las penas para los insumisos.
Aunque la evolución política de Rusia ha producido un número nada pequeño de personas tan fuera de lo común, son, con todo, excepciones dentro de su nación, e incluso dentro de su clase. Si tenía que interesarnos sobremanera cómo se ha formado el tipo de la revolucionaria, también es importante comprobar en la mujer burguesa rusa, con otros matices y cruzados con otros elementos, los rasgos que se encuentran en aquel tipo, por así decir, en cultivo puro.
A esto pertenece el afán de instrucción de la rusa, que de muchachita ha asistido a su Gymnasium femenino2 y lo ha terminado con la misma naturalidad con que su hermano asiste a su Gymnasium, y que en la mayoría de los casos prosigue los estudios. La estancia en el extranjero sigue siendo un medio de formación muy apreciado, aunque no sea, como para la estudiante revolucionaria, el anhelado paraíso de la libertad; y la rusa puede llevarse tanto más patrimonio espiritual cuanto que un notable talento para las lenguas y cierta capacidad de adaptación le facilitan un trato fecundo con la inteligencia extranjera. Con todo, la oposición entre ella y la revolucionaria no llega en modo alguno tan lejos como para negarle todo interés
político; muy al contrario. Puede sustraerse a la seriedad y la importancia de la vida pública tan poco como el hombre de su clase; sigue los acontecimientos políticos con interés y conocimiento de causa, suele situarse en el terreno de uno de los partidos burgueses, quizá se incline por un partido socialista, pero sin actuar en él de ningún otro modo. En todo caso, apenas se encontrará la total falta de información y de interés por las cosas políticas que tan frecuentes son entre las mujeres cultas de otros países. Con la mayor seriedad de la rusa se relaciona también la mayor libertad de sus maneras, que en el extranjero le ha valido a menudo el reproche —o la aureola— de excentricidad. Es un reflejo desvaído del compañerismo que reina entre quienes piensan lo mismo en política; esta libertad de trato se ve favorecida por el carácter de la vida social en Rusia en general, que permite reunirse sin cumplidos, sin invitación previa ni agasajo preparado expresamente: los ingredientes más importantes de cualquier refrigerio para los huéspedes, el té y las confituras, están siempre a mano en todas las casas. También otras costumbres rusas, como la de dirigirse incluso a conocidos lejanos por el nombre y el patronímico, dan al tono social algo directo, de confianza.
A esta mujer rusa, con su cultura, su sentido abierto tanto para las cuestiones serias de la vida como para sus pequeñas alegrías, su manera natural de comportarse, esta mujer que está, por así decir, en la frontera entre la seria profesional y la frívola criatura de lujo, y que es consciente de ello, el conocedor de la literatura rusa solo puede reencontrarla en esbozos de los autores más recientes; pues es hija de un estrato nuevo, la «inteligencia», que se ha formado en los últimos decenios a partir de la nobleza empobrecida —que Tolstói, Turguénev y Dostoyevski muestran todavía únicamente en su forma heredada y pura (salvo algunas novelas de Turguénev y algunas individualidades en Dostoyevski)— y de la burguesía de las profesiones liberales. Esta mujer el extranjero la conoce a menudo por experiencia propia, y también aparece a veces en novelas de autores extranjeros: recuérdense las últimas obras de Ilse Frapan. Así, este nuevo tipo de mujer ha sabido ganarse ya valiosas simpatías y se gana cada vez otras nuevas.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Dokumente des Fortschritts. Internationale Revue (Berlín, Georg Reimer), año 3 (1910), cuaderno 7 (julio), págs. 519-522, en Internet Archive.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Los nombres rusos se dan en su forma española usual (Gógol, Chernyshevski, Kropotkin, Tolstói, Turguénev, Dostoyevski); los títulos de obras, en su traducción española habitual. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Serguéi Stepniak-Kravchinski publicó en inglés The Career of a Nihilist (1889); la autora cita el título como A career of a nihilist y da el de la traducción alemana, Andrej Kojouchow. ¿Qué hacer? (1863) es la novela de Nikolái Chernyshevski. El paréntesis de cierre sobrante es del original. (N. del T.) ↩
Gymnasium: en la Rusia zarista, como en Austria y Alemania, centro de enseñanza media de tipo humanístico que daba acceso a la universidad; el Mädchengymnasium era el femenino. Se deja en alemán porque ni «gimnasio» ni «instituto» le corresponden en español. (N. del T.) ↩