La personalidad como unidad cerrada1

Por el Dr. ALFRED ADLER

Lo importante que es una discusión sobre este tema puede verse en que, todavía más que dentro de los círculos en que encontramos la psicología individual, también fuera de ellos se acumula un gran número de malentendidos que actúan sobre nosotros como un fuerte acicate. A menudo nos vemos obligados a ayudar a la capacidad de comprensión de quienes están fuera de nuestros círculos. No sabemos dónde les falla a los demás, pero, como en los últimos años se ha recrudecido la embestida contra la psicología individual, disponemos del material inagotable de sus errores. Es una tarea agradecida arrojar luz sobre estos malentendidos.

Me refiero a la afirmación de muchos autores de que la psicología individual sería una teoría del medio, de que derivaría toda la índole espiritual de un ser humano del efecto que el mundo exterior ejerce sobre él. Quien examinara más a fondo esta concepción tendría que preguntar: ¿quién busca, quién responde, quién elabora las impresiones? ¿Es el hombre un dictáfono? ¿Una máquina? ¡Tiene que haber algo más en juego! Tampoco podemos reconocer la doctrina de la herencia. Aquí planteamos la objeción más tajante. También en la investigación con gemelos se ve que tampoco allí se come tan caliente como se guisa.2 Se habla de la acción de la educación, de que la vida social actúa modificando. ¿Quién modifica? ¿Es una operación matemática? Frente a esto, la psicología individual sostiene: cuando empezamos a hablar de «vida anímica», entramos en un terreno trascendental. Solo se sabe algo del efecto, de los resultados, de relaciones que llaman la atención. Tenemos que hacer suposiciones en las que ya nadie piensa cuando para él el concepto de «vida anímica» es algo dado de una vez por todas o, como para los conductistas, algo que se niega sin más. Pero también frente al conductismo hemos de subrayar que tiene que haber impulsos anímicos a los que se deben aquellas emanaciones de nuestro pensar, sentir y obrar que se hacen visibles, de los que podemos decir: no estamos mucho más adelantados que los físicos cuando hablan de la electricidad. Como toda ciencia, la psicología individual desemboca en la metafísica. Podemos sonreír ante las objeciones que dicen que la psicología individual carece de fundamento metafísico. Se trata aquí de un ámbito de nuestro conocimiento que tenemos que presuponer, porque de otro modo no podemos trabajar, porque queremos ordenar las impresiones que tenemos delante y designarlas como anímicas. Es una concepción a priori que tenemos que adoptar, que nos sirve para ordenar los sucesos y ponerlos bajo una luz común.

Todavía podemos decir algo más de nuestra vida anímica si permanecemos en el terreno trascendental. Si queremos construir la vida anímica, tiene que concordar con nuestra intuición del tiempo y del espacio; es decir, no solo aplicarle la intuición temporal, o sea, considerar el movimiento, sino que tenemos que atender también a la dirección. ¿De dónde viene la dirección? Esta dirección no puede inferirse de fuerzas hereditarias. Si se construye una psicología de los instintos, puede inferirse el movimiento, pero no la dirección. Llegamos así a aquel enigma al que se ha lanzado la psicología individual, de acuerdo con investigadores de tiempos muy pasados. Hay en la vida anímica una fuerza creadora que es idéntica a la fuerza vital misma. Esta fuerza creadora configura, tiene la capacidad de prever lo que debe hacer, ya que en la vida anímica prever aparece como necesario, porque el hombre se mueve. La vida anímica es movimiento y dirección, sometidos a una meta. Puesto que el hombre no está aislado, la meta tiene que estar configurada por una fuerza creadora, a partir del impulso de superar las dificultades sociales que se oponen al movimiento. Siempre tiene que haber una meta de superación, de afirmación con vistas a la conservación de sí mismo, a la perfección. Siempre se cierne también ante nosotros la amenaza del daño, del displacer, de la muerte.

Preferimos quedarnos con la expresión general: superación. Aquí empieza el malentendido de que la psicología individual no solo concebiría la vida anímica como un afán de poder, sino que además lo propagaría. Este afán de poder no es nuestra locura; es la que encontramos en los demás. Una meta de superación como formulación abstracta es inaceptable para el espíritu humano en la corriente del mundo; se trata de una formulación mucho más concreta. Así, cada individuo llega a una meta concreta de superación mediante su fuerza creadora, que es idéntica al yo. Nuestra tarea es establecer en qué dirección trata de superar un ser humano. Su opinión al respecto le domina. De esa opinión solo podemos decir que es más o menos incorrecta. Nunca afirmamos estar en posesión de una verdad absoluta; solo nos comprometemos a ser capaces de poner errores menores en lugar de errores mayores. Los errores mayores impiden la adaptación activa a la vida. En el momento en que hablamos de tendencia a una meta, en el momento en que podemos captar mejor el concepto concreto de meta, surge una dificultad enorme: que tenemos que habérnoslas con mil variantes, siempre con un caso único, con una fijación de meta concreta y única. Llegamos aquí a hablar de la fábula que se nos imputa, como si presupusiéramos o persiguiéramos la igualdad de los seres humanos. Precisamente nosotros tratamos de investigar los matices, esta singularidad de la fijación de la meta, lo singular de la opinión que un ser humano tiene de sí mismo y de las tareas de la vida. Esa es la tarea de la psicología individual: captar el extravío individual. Si aquí empleo solo algunos conceptos para ello, como por ejemplo que alguien busca la meta de la superioridad en dominar a los demás o en eludir la solución de las tareas, de modo que otro se convierte en objeto de explotación, se trata de tomas de posición formuladas en términos amplios; descubrirlas, a ellas y a sus variantes, es tarea de la psicología individual.

Cuando alguien ya no sabe qué oponer a la psicología individual, dice: si no creemos en la herencia, sería posible que el hombre se convirtiera en un ganso. Uno pensaría que entre gente seria no hace falta hablar de tales cosas. Tiene que haber posibilidades; no puede desarrollarse nada que no esté dado de algún modo en la estructura del embrión humano. Pero semejantes objeciones podrían inducirnos a creer que en casos raros tal desarrollo sería posible después de todo.

Otro malentendido consiste en creer que se nos ha ocurrido afirmar que podríamos educar como seres plenamente válidos a niños a los que la naturaleza, como a los débiles mentales, ha privado de la capacidad de desarrollo. Sería como exigir dibujar con la mano derecha a quien ha perdido la mano derecha. Nunca habría creído que tendría que vérmelas en la crítica con semejante disparate. Es evidente que, si de algún modo se estrecha el marco de lo humano, eso se mostrará en el comportamiento de la persona, por ejemplo en los niños débiles mentales, es decir, en personas con instrumentos inservibles, el cerebro o las glándulas endocrinas. Aquí no se trata de llevarlos al nivel que nos parece normal.

En los últimos años se multiplican los ataques malintencionados contra la psicología individual. Para el entendido es fácil ver cómo el duro trabajo de abogar por alguna otra concepción, que luego se pone por las nubes o que a veces asoma, vergonzante, en una nota al margen, nubla el juicio del crítico. La observación imparcial nos permite distinguir aquí varios puntos de partida. Los más humorísticos son los novatos y los ignorantes en el campo de la psicología moderna. Jurando por la palabra de su maestro o de un manual de examen, se indignan de que se pueda —«dudar de la herencia», —«pasar por alto la sexualidad», —creer que el «afán de poder» lo domina todo, —preguntan si no se sabe que también otros..., que «ya Platón», —«... sobre todo Guyeau»,3 —«que todas las escuelas de psicología hablan del sentimiento de comunidad, —de la totalidad de la personalidad»...

Luego están los críticos muy mordaces. Casi siempre hablan de «profundidad». Suponen que por eso se les creerá profundos. Al principio son muy feroces y solo se moderan cuando han ingerido un poco más de psicología individual. Escriben a menudo en revistas cuyos directores duermen o quieren dormir. A veces los toman en serio los primeros. Nadie más.

Luego viene la «marcha de entrada de los plagiarios». No pueden sobreponerse a tener que ganarse la vida haciendo de cuando en cuando una «recepción» de la psicología individual. A menudo ni lo saben, y el silencio benévolo de los iniciados los afianza en su propósito. No se les ocurren insultos nuevos, lo que es mala señal de su esterilidad. A veces se nota cómo, eternos reclutas, buscan a dentelladas el aplauso de los jefes de secta. Palabras como «banal», «superficial», «acientífico» vuelven como expresiones estereotipadas. La conducta de sus protectores, de los directores de revistas, etc., queda con ello más estigmatizada que la de los pobres reclutas. Si alguna vez uno se atreve a emplear más de una expresión insolente, su ignorancia se muestra en grado espantoso.

La «gran difusión» de la psicología individual no los deja dormir. «Tiene que haber algún fallo en alguna parte.»

Ciertamente hay libros y escritos que no pueden valer plena y enteramente como psicología individual. Algunos, por ejemplo los de la religión, la política, que creen necesitar giros psicoanalíticos. Últimamente entran también en escena autores que buscan el camino hacia la patología cerebral con un fervor delator. Pero, aunque traten de abusar de la psicología individual para sus opiniones personales, llevan aun así varios cuerpos de ventaja a los que no han aprendido nada de la psicología individual. Así que dejádmelos en paz, aunque de vez en cuando recomienden un licor o juren por el cuerpo estriado, quieran ayudar a Dios o a la política. A veces me instruyen sobre psicología individual.

Así un psicoanalista: «Pero puesto que el aislamiento no está en el plan de vida de la creación humana, puesto que la comunidad, la socialidad, es un mandato de la naturaleza, al cual (?) uno no puede sustraerse impunemente...».

Un freudiano dispuesto a aprender se ocupa «además» también de la personalidad total:

«Hay que tener siempre claro que todas las divisiones tienen solo un significado abstracto. Si se confunde la distinción conceptual con la separación y la escisión reales, se recae en la vieja psicología de las facultades. En el instinto de notoriedad hay mucha sexualidad, en el desarrollo sexual mucho afán de notoriedad; pero no es admisible reducir constantemente lo uno a lo otro y atribuir causalidad eficaz solo a uno u otro deseo. Sería tan de mal gusto como subordinar todas las actividades humanas al instinto de comer y hacer pasar incluso el arte y la ciencia por meros medios para procurarse alimento. ¡No se olvide que todas las funciones psíquicas pertenecen a un organismo! Desde 1916 lucho sin descanso por el "punto de vista orgánico", según el cual toda actividad anímica solo es comprensible en conexión con el conjunto de la vida, y el aislamiento de los distintos instintos, aparte de sus manifestaciones más elementales, y la subordinación general de un ámbito instintivo a otro llevan a errores y violencias.» —El instinto sexual parece quedar exceptuado de ello.

Asimismo otro: «Por lo demás, en la actividad sexual hay siempre también autoafirmación (self assertion)».

Otro sabio tebano:4

«Confianza en uno mismo y una voluntad seria de rendimiento: no hace falta más.» Un optimismo sin igual, pues.

«Desde luego, también una concepción del mundo (que hay detrás) que no es precisamente profunda, una psicoterapia para profesores de instituto, como la psicología individual se llama a sí misma con orgullo.» (?)

«... "para Adler, nada más que afán de poder".»

Como se ve, un analfabeto, y no un profesor de instituto.

Herbart: «Aunque un maestro de escuela de aldea haya practicado sus métodos equivocados durante treinta años, no debería pedirnos que creamos en su experiencia».

En cambio: «Quien conoce de verdad a los homosexuales —y el recensor cree poder afirmarlo de sí mismo— no puede sino asombrarse de los principios del prólogo, contrarios a toda experiencia (Alfred Adler, Das Problem der Homosexualität, Leipzig, S. Hirzel, 1930), según los cuales la homosexualidad representa un entrenamiento del hombre desalentado desde su infancia para eludir la solución normal de la cuestión amorosa por la vía de excluir las posibilidades de una derrota; en el caso de la homosexualidad, pues, por la vía de eliminar al otro sexo».

Solo puedo suponer que el autor no ve más que las excepciones.

«Quien no haya jurado por la doctrina adleriana no verá en estas formulaciones ningún aumento de su conocimiento.»

¿Tampoco una disminución? «Al que ya está acabado no hay manera de contentarle.»5

Al pobre yo se le relega tanto a un segundo plano como si no hubiera un óvulo fecundado que es ya algo acabado. Hablar de instintos que habrían de engendrar primero el yo es traído por los pelos. Es el yo el que va creciendo en la vida, el que más tarde reconocemos como fuerza creadora. Si alguien cree que puede poner en los instintos lo que pertenece al yo —un buscar, preguntar, dudar, pensar, sentir, querer, tender a una meta, etc.—, eso es prestidigitación. La pregunta más importante es esta: ¿quién mueve la vida anímica y en qué dirección la mueve? Siempre se trata del yo.

Quisiera expresar un pensamiento que me ha ocupado especialmente en los últimos tiempos. En toda la literatura psicológica se ha infiltrado imperceptiblemente el error de que solo pertenece a la conciencia lo que está expresado en un concepto. Si esto fuera cierto, el animal no tendría conciencia. El animal tiene, naturalmente, una conciencia sin conceptos; ¿no la tiene también el lactante, no obra de manera extraordinariamente razonable? ¿No somos todos capaces de llevar en la conciencia cosas que no captamos conceptualmente, pero que nos están dadas? ¿Por qué habría uno de fiarse solo de las palabras? Quizá esta discusión no parezca extraordinariamente importante, pero si llamo la atención sobre el hecho de que, si se piensa lo inconsciente como lo no conceptual, aparece de pronto como «consciente» en cuanto se lo pone en conceptos, se comprende también que la postulación de lo inconsciente no afecta al yo unitario e indivisible. También el pensar no conceptual, del que estamos llenos en cada momento de nuestra vida, es consciente en el sentido de la conciencia, porque lo tenemos siempre presente, porque nunca desaparece.

Siguiendo este pensamiento llegamos a conclusiones que se oponen con mucha fuerza a otras concepciones. Con la fijación de la meta en la vida anímica está dada también la forma de vida. Si para cada impulso hay una meta, también hay una forma. Si todo tiende hacia esta meta (pensar, sentir, querer, obrar), entonces está dado un estilo de vida en el que tiene que encajar cada parte de la vida anímica, del cual cada porción es solo un fragmento del todo. Por eso somos capaces de adivinar, a partir de fragmentos y de su comparación, relacionándolos entre sí, la forma de vida, la ley individual de movimiento. No nos está dada inmediatamente; solo podemos captarla a partir de las formas de expresión y de su sistema de referencias. Solo podemos decir: este es un ser humano que se ha propuesto como meta dejar sin resolver todas las tareas. Eso tiene que mostrarse en todo, en su actitud y en sus rendimientos. Para ello hay que tener rigurosamente en cuenta las mil variantes de semejante estilo de vida.

Para dar un paso de la teoría a la práctica, quisiera, como suelo hacer, contar un caso construido. Me gusta presentar casos en los que la unidad de la persona salta a la vista de cualquiera. Se habla mucho de la totalidad; pero he buscado en vano en la literatura una prueba de que alguien haya referido realmente todo el pensar, sentir, querer, los recuerdos, los sueños, en una palabra, cada porción, a una misma forma de vida. Lo que encontramos son buenos deseos. Si yo y otros hemos intentado exponer la unidad con más precisión, esos son hasta ahora los únicos intentos de demostrar la unidad de la persona.

Tampoco esto es del todo cierto: hay precursores, y también personas del presente, que han conseguido lo mismo. Se encuentran entre los poetas, pintores y músicos que crean personalidades como unidades, del mismo modo que el niño crea de sí mismo al hombre en su peculiaridad y unidad únicas e irrepetibles, en la que cada parte encaja en el todo. Schopenhauer expresa su admiración por Shakespeare porque en tres dramas hace aparecer a Northumberland en formas unitarias, jovial, un vasallo leal, hasta que el rey se ve en peligro. Entonces lo traiciona tres veces. Eso parece «ambivalencia»: sumiso y rebelde. No tenemos un concepto único para los millones de variantes. Hay un hombre cuya lealtad llega hasta un punto determinado y no más allá. Lo que ocurre más allá ya no es lealtad. Ese es el gran mérito de la psicología individual: haber mostrado que lo que mejor podemos medir es la capacidad de rendimiento cooperativo. He intentado mostrar que no hay otras cuestiones de la vida que las que exigen esta capacidad. Por eso es evidente que precisamente de este único punto de vista resulta el criterio para caracterizar una forma de vida: hasta dónde llega el sentimiento de comunidad, dónde termina. No es una tarea matemática la que tenemos que resolver, sino artística. Hay que averiguar dónde alguien ya no es capaz de aportar sentimiento de comunidad, dónde ya no supera la prueba funcional del sentimiento de comunidad (soziales Interesse).6 Tampoco aquí hablamos de un ideal moral, no en el sentido de una concepción religiosa, sino en el sentido de una consideración enteramente científica de la vida anímica humana. Todas las capacidades solo pueden desarrollarse sobre la base del sentimiento de comunidad. Ocurre que uno lo desarrolla más y otro menos. El sentimiento de comunidad tiene que educarse. Eso no quiere decir que la teoría del medio pueda celebrar aquí triunfos. Los educadores entendidos tienen la tarea de dirigir la fuerza creadora del niño por el camino del sentimiento de comunidad. No se trata solo de sopesar influencias. Hay que observar cómo capta la fuerza creadora del niño la impresión, si va con ello por el buen camino.

Para mostrar con un ejemplo la unidad de la personalidad, recurro a un caso que apareció en Problems of Neurosis.7 Un hombre de 50 años vino a verme después de una conferencia y se quejó de depresión; siempre estaba propenso al llanto. A pesar de ello había tenido éxito en su profesión y había llegado a ser rico. Yo tenía entonces poco tiempo y traté de atrapar algunos fragmentos de su vida. Su recuerdo más antiguo era este: era el menor de una familia numerosa que vivió muchos años en la mayor miseria; él andaba de un lado a otro pálido y hambriento, de modo que los vecinos se ocupaban de él y le hacían regalos. Ya entonces surtía efecto su tristeza. La psicología individual ha mostrado que la forma de vida se hace visible para el entendido a partir del tercer o cuarto año de vida. No dudo de que existe ya antes; pero claramente visible solo se hace después. Era el preferido de la madre y estaba muy mimado. Cuando ella quiso una vez, para ganar dinero, ponerse a trabajar, él lloró tan violentamente que ella dijo: «No me voy, prefiero morirme de hambre contigo». Tenía un defecto del habla y a menudo lo invitaban, por diversión, a recitar poesías. Al final cogía el sombrero y daba la vuelta recogiendo monedas. Se comportaba como un mendigo. El hombre ha conservado hasta hoy la forma de vida del mendigo. Se lo dije. Le causó una gran impresión. Dijo: «Recuerdo la gran impresión que me hizo, de niño, oír cantar a un mendigo en la calle y ver cómo le daban monedas». También hoy se comporta como un mendigo, y por eso se le trata con mucha más delicadeza. No volví a ver a aquel hombre, pero me escribió una carta en la que me explicaba hasta qué punto tenía yo razón. Y me envió un artículo de periódico que había escrito diez años antes con el título «Una organización de los mendigos». ¿Habría tenido aquel hombre la idea del mendigo solo en lo inconsciente? Vemos la unidad en todos sus pensamientos, en la manera en que escribe el artículo, en los sentimientos, en la actitud, y por último también en su modo de rendimiento. Afronta todos los problemas de la vida como un mendigo. Esa es su ley de movimiento.

Un comerciante de 30 años, el menor. La situación del menor es, según nuestra experiencia, especial. El menor crece en una situación peculiar. Detrás de cada niño viene uno nuevo. Solo detrás de él no. No tiene a nadie a la espalda. Esto significa mucho en nuestra manera de educar. Un día los niños son destronados por los que llegan después. El menor no lo vive nunca. Además, los que le preceden son mayores, cumplen exigencias mayores y pueden rendir más. Eso se convierte en un acicate importante para el menor. Todo hijo menor queda matizado por ello. Aquí interviene la fuerza creadora del individuo. Pero no puede pasarse por alto el fuerte acicate del menor (el José bíblico, el hermano menor del cuento). Este menor había superado a todos sus hermanos, era el preferido de los padres, el primero de la escuela, un niño muy ambicioso que temblaba antes de cada examen. Este hombre se casó con una muchacha a la que creía poder dominar por completo. Lo característico de este caso era que en realidad no tenía amigos. Eso ya nos muestra que solo le gustaban las situaciones en las que él era el amo, y que trataba de eliminar todas las demás. Ocurría que padecía síntomas nerviosos cuando tenía que suceder algo en lo que él no llevaba la voz cantante, en lo que sentía una presión desde fuera, por ejemplo cuando estaba sentado, como en el teatro, en un espacio cerrado. Esta situación, en la que no tenía conciencia de su influencia dominante, le parecía un peligro.

Quiero hacer una digresión y hablar de los procesos de pensamiento. No es verdad que podamos tener en nosotros procesos de pensamiento sin que les sigan la voluntad y los sentimientos. Solo que hay personas de diversa índole, de las que unas atienden más a lo intelectual, otras más a lo afectivo, otras más a lo volitivo. Nos vemos obligados a establecer la conexión. Si pienso «no soy libre», como persona que no soporta la coacción desarrollaré sentimientos y emociones, me defenderé contra ello. Son personas que, por ejemplo, en el teatro solo quieren asientos de esquina, para ser libres. Este hombre se distinguía del otro tipo de neurótico de angustia; luchaba contra ello, pero se veía claramente que le impulsaba el motor de la ambición: quería ser siempre el que manda, sobresalir por encima de los demás, lo que conseguía más fácilmente por la impresión que causaban sus síntomas. No es de extrañar que el impulso a defenderse de ellos siguiera siendo escaso. Quisiera señalar que hemos podido observar el mismo mecanismo en la teoría de los sueños, en la que se trata de un contenido de pensamiento que no debe ser comprendido. También el sueño contiene un fragmento de la personalidad; se despiertan sentimientos que el soñante necesita.

Primer sueño: Era como en la escuela, no estaba bien preparado. Visto en su contexto, esto quiere decir: el maestro es el médico, que sabe más que yo. De ahí tiene que seguirse un empeoramiento; eso es un peligro.

Segundo sueño: Le daban unas cuentas para que las comprobara, entre las cuales había algunas suyas y otras de otros. Las cuentas de los otros le parecieron incorrectas. Las suyas eran correctas. Es un intento de procurarse un acicate para sobresalir por encima de los demás. Las cuentas no cuadran, tampoco las del médico. Vemos que esta «resistencia» no tiene nada que ver con el amor y la sexualidad, sino que el paciente, conforme a su peculiaridad, quiere ser el que manda. Por eso los demás no pueden tener ninguna función de mando.

Tercer sueño: Se ve teniendo que llevar a casa una chaqueta vieja. Dice: «Lo más desagradable para mí ha sido siempre que me dieran algo que llevar».

Cuarto sueño: Tiene dos sombreros, uno rígido y uno blando, este último lo usa con mucho cuidado. Preguntado por qué ocurre lo de los dos sombreros, dice: Es verdad, para no estropear el blando, cuando hace mal tiempo llevo el duro; es decir, para prevenir un perjuicio, para no tener que gastar tanto dinero en sombreros. Invoca su sentido del ahorro. Hace estallar todas las minas para relegarme a un segundo plano a mí, a quien hay que pagar.

Los cuatro sueños dicen: no soportaré que alguien se ponga delante de mí como un maestro, que tal vez me dé encargos, que crea entenderlo mejor que yo y que encima me haga gastar dinero por ello.

Para que el retrato sea completamente fiel a la vida, de modo que el paciente quede convencido de su exactitud, hace falta un trabajo más, sutil. Si se tropieza con contradicciones insolubles, nuestra concepción era incorrecta y tiene que cambiarse. Hasta ahí llega la seriedad, incomprendida por muchos, con que la psicología individual tiene presente y persigue la unidad cerrada de una persona.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie 10 (1932), cuaderno 2, pp. 81-88 (reimpresión de Swets & Zeitlinger, 1968, en archive.org), cotejada con la imagen de las páginas.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). El pasaje polémico contra los críticos va en letra pequeña en el original; las citas, en bloques. Überwindung, «superación»; Lebensform, «forma de vida»; Bewegungsgesetz, «ley de movimiento»; Abwegigkeit, «extravío»; Geltungstrieb/Geltungsstreben, «instinto/afán de notoriedad». Las cursivas son del original.

  1. Según una conferencia pronunciada en la Sociedad de Psicología Individual (Verein für Individualpsychologie), Viena. ↩

  2. «Es wird nicht so heiß gegessen, wie es gekocht wird»: refrán alemán («no es tan fiero el león como lo pintan»); se traduce literalmente para conservar la imagen. (N. del T.) ↩

  3. Así en el original, por Jean-Marie Guyau (1854-1888), filósofo francés. (N. del T.) ↩

  4. «Ein kundiger Thebaner»: alusión irónica al «sabio tebano» (gelehrter Thebaner) del Rey Lear en la traducción alemana de Schlegel y Tieck (III, 4). (N. del T.) ↩

  5. Verso del preludio del Fausto de Goethe («Wer fertig ist, dem ist nichts recht zu machen; / ein Werdender wird immer dankbar sein»). (N. del T.) ↩

  6. Adler escribe aquí soziales Interesse, calco del inglés social interest que usa en estos años como sinónimo de Gemeinschaftsgefühl; conforme al glosario del archivo se traduce también «sentimiento de comunidad». (N. del T.) ↩

  7. Editorial Kegan Paul, Londres, 1929. ↩