Cómo dejar de mimar al niño mimado

Dé a cada niño las mismas oportunidades y enséñele que el éxito no es un don, sino un logro

Por ALFRED ADLER, doctor en Medicina y en Derecho1

Médico, psiquiatra, autor, fundador de los consultorios de conducta en las escuelas públicas de Viena, profesor de la New School for Social Research de Nueva York. Autor de Understanding Human Nature2

Ocurre a menudo que un niño acapara el centro del escenario en una familia, con gran perjuicio para los demás miembros. ¿Por qué Tommy es un fanfarrón? ¿Por qué Mary es siempre la jefa que se nombra a sí misma en los juegos, mientras Josephine se enfurruña porque no puede seguir el ritmo de su ágil y mandona hermana? ¿Por qué un niño es fácil de llevar mientras otro es rebelde o huraño? Entre los problemas que dejan perplejos y desconcertados a los padres, este es uno en el que necesitan ayuda especialmente.

Los niños ocupan posiciones importantes o destacadas en sus familias y en sus hogares por diversas razones. A veces es porque son guapos, a veces porque tienen talento, a veces porque están mimados. Puede hacerse hincapié en la importancia de un niño si resulta que es hijo único o si su nacimiento siguió a la muerte de otro hijo querido. Puede ocurrir que el niño sea el único varón entre niñas, o la única niña entre varones. También de este modo alcanza a menudo una importancia excesiva.

O puede ser que uno de sus padres tenga una preeminencia excesiva en el hogar: el padre por su inteligencia, su dinero o su poder; la madre porque es bella o tiene talento. Puede que los niños estén acostumbrados a oír a las visitas exclamar: «¡Qué voz tan bonita tiene tu madre!», «¿No estás orgulloso de tu padre? Es el hombre más popular de la ciudad». A menudo se vuelven sensibles a esta situación y se sienten inquietos y desdichados bajo ella. Ya sea el padre, la madre o un niño quien esté en el candelero, los demás miembros de la familia, especialmente los niños, se sienten contrariados, y en tales condiciones se desarrolla un sentimiento de inferioridad.

Es sorprendente con qué frecuencia los maestros «tienen favoritos» entre los niños de sus clases. Colman de atenciones a un solo niño. Si el pequeño es listo, bien educado, guapo, fuera de lo común en algún sentido, se convierte en objeto de la atención especial del maestro y, como en el hogar, los otros niños pronto se dan cuenta de esta desigualdad en la atención. Comprenden que el niño favorecido les lleva mucha ventaja en ciertos aspectos, les molesta, se desaniman y buscan una escapatoria.

Esta escapatoria adopta diversas formas entre los niños menos favorecidos de una familia. A causa de su sentimiento de inferioridad se vuelven quejicas, inquietos, perezosos, indiferentes, y si no se ataja esta tendencia corren el peligro de convertirse más tarde en neuróticos, delincuentes o, de otro modo, en personas desdichadas e inadaptadas.

Los resultados de tal situación son a menudo igual de desastrosos para el niño favorecido o destacado. Como en casa lo colman de atenciones, se acostumbra a que todo se le facilite y espera lo mismo de la sociedad. Como ha oído a sus padres decir «¿Verdad que Bobby es guapo?» o «¿Habéis conocido alguna vez un niño más listo?», espera del mundo los mismos mimos y la misma admiración. Espera que la sociedad lo reciba con los brazos abiertos. Pero la sociedad no siempre se inclina ante la belleza y el talento. Si el mundo no recibe a Bobby con adulación, él no entiende por qué. Se desilusiona, tiende a flaquear y a buscar compensación o escapatoria de diversas maneras, como sus hermanos y hermanas menos favorecidos. Toda su educación ha ido en contra de fortalecer su temple moral para afrontar precisamente un trance así. Nos preguntamos por qué tantas personas guapas y con talento acaban no valiendo nada, se convierten en delincuentes o neuróticos o se vuelven locas. En la mala educación y en el exceso de atenciones que recibe el niño favorecido en casa y en la escuela está la razón.

Si su familia, sus maestros, la sociedad consideran que la preeminencia de un niño así se debe a un rasgo heredado de su naturaleza, no puede hacerse nada eficaz para corregirla, y su situación se vuelve peligrosa. Hay muchos ejemplos de esto en las familias. Un muchacho que conocí estudió agronomía y tuvo mucho éxito en su trabajo. A su hermano menor, sus padres y maestros le ponían continuamente como ejemplo al mayor. «Mira el magnífico trabajo que está haciendo James. ¿Verdad que es un chico listo? ¿No quieres ser como él?», le machacaban continuamente al oído. Al final le disgustó tanto lo que oía que se negó a estudiar, se refugió en la ignorancia y se hizo un jardinero corriente. Fue su manera de escapar. Los niños que no son tan brillantes como aquellos a los que se pone de ejemplo detestan que se subraye el éxito de sus hermanos o hermanas, y reaccionan negándose a alcanzar el nivel que de otro modo habrían podido lograr.

Hay innumerables casos de este tipo. Pienso en un muchacho que era el menor de su familia. Todos sus hermanos y hermanas tenían posiciones excelentes en la vida. Oía hablar constantemente de su éxito, hasta que se hartó. Cuando se hizo mayor (Continúa en la página 72)

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(Continuación de la página 19)

se hizo jornalero y acabó dándose a la bebida. Los padres, en este caso como en tantos otros, no podían comprender la razón del fracaso de su hijo. Del mismo modo, un padre que ha triunfado a menudo no sabe por qué su hijo o su hija no siguen sus pasos. Y sin embargo, a la luz de la psicología individual, es fácil comprender por qué los hijos de padres brillantes fracasan tan a menudo.

Hay una manera de evitar la desdichada situación descrita, y todos los padres deberían comprenderla y adoptarla. La preeminencia de cualquiera, sea niño o adulto, no debe considerarse debida a un talento heredado. Hay que verla, por el contrario, como el resultado de un entrenamiento general. Con ello se quiere decir que el niño, mediante la educación que le dan sus padres, la formación escolar o el aprendizaje que procura la vida diaria, desarrolla las cualidades que lo llevan al éxito. Por tanto, si en una familia un niño destaca por su inteligencia, su carácter o su tacto, hay que desterrar la idea de que su posición privilegiada se debe a un talento heredado. Los padres deben decir a los niños menos favorecidos: «Bobby está mejor entrenado que tú. Si te entrenas, puedes llegar a tener tanto éxito y ser tan capaz como él». Deben comprender que la fuerza del niño favorecido puede convertirse en un estímulo para el niño más lento. Esta teoría, cuya validez se ha comprobado en los consultorios de Viena y en otros lugares, acaba con la desesperanza de creer que la preeminencia de un niño determinado se debe a rasgos heredados, le pertenece solo a él y no puede ser alcanzada por otros.

Esta regla vale, naturalmente, tanto en la escuela como en el hogar. El niño que es el primero en sus lecciones se convierte en un ejemplo para los demás niños, pero el maestro puede decir a los niños que se quedan rezagados detrás del alumno brillante: «También vosotros podéis hacer un trabajo excelente si os esforzáis lo suficiente». Así se puede liberar a los niños del peso de la desesperanza, y se adaptan mejor a su trabajo escolar y a toda su vida. Los ejemplos de los efectos beneficiosos de la aplicación de esta teoría en la escuela son demasiado numerosos para mencionarlos. Un niño que había suspendido continuamente en aritmética se convirtió en el mejor matemático de la clase gracias a su nuevo sentimiento de libertad. Otro, que no era capaz de dar la lección de historia, llegó a interesarse tanto por la materia que ganó un premio. En cientos de casos, la liberación de la antigua sujeción al fracaso y a la desesperación se ha manifestado en un nuevo entusiasmo y en un éxito creciente en el trabajo escolar.

Es interesante observar cómo la comprensión de que la preeminencia de un niño se debe al entrenamiento y no a un talento heredado aclara situaciones que de otro modo serían imposibles. Por ejemplo, es un hecho bien conocido que las chicas, hasta los diecisiete años o así, se desarrollan más deprisa que los chicos de la misma edad. Este hecho tiende a producir un gran sentimiento de inferioridad en los chicos que tratan con chicas de su misma edad. La situación de un grupo de jóvenes amigos mejorará si los padres y los maestros explican a los chicos que sus compañeras no van a ser siempre más altas, más fuertes y más ágiles que ellos. Un poco más adelante las alcanzarán. Este sentimiento de inferioridad de los chicos tiene una influencia notable en el sistema de la coeducación. Estar todos los días en clase con chicas que lo superan en los estudios desanima al chico. Aunque no sea necesariamente un argumento contra la coeducación, es un punto que hay que sopesar al considerar la educación de los niños.

En el caso de los gemelos, el sentimiento de inferioridad de uno de los niños es a menudo fuerte. Uno tiende a adelantarse al otro en los estudios, en el aspecto, en su adaptación social general. James, el que se queda atrás, tiene un gran sentimiento de inferioridad, a menos que sus padres comprendan la situación y sepan mostrarle que depende de él hacerse fuerte en las líneas en que tiene aptitudes especiales.

Se comprueba que en casa, en la escuela y en la sociedad en general se adaptan mejor los niños y los adultos que aprenden que el progreso de los demás no tiene por qué estorbarlos ni desanimarlos. Al contrario: recordando que las personas destacadas han alcanzado sus altas posiciones gracias a un entrenamiento general, los menos favorecidos pueden aplicarse, descubrir sus talentos particulares y conquistar libertad y poder para sí mismos.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes de las páginas del ejemplar digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «Unspoiling the Spoiled Child», Children, The Parents' Magazine (Nueva York), vol. 4, n.º 5, mayo de 1929, pp. 19, 72-73. Reimpreso, con leves cambios y el titular «How Family Favouritism Breeds Criminals», en The Sun (Sídney), edición dominical, 8 de septiembre de 1929, p. 21 (Trove, nla.news-article223496868).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Training se traduce, según el contexto, «educación», «formación» o «entrenamiento»; behavior clinics, «consultorios de conducta».

  1. «M.D., LL.D.» en el original (doctor en Medicina, doctor en Leyes), como lo presentaba la revista. (N. del T.) ↩

  2. Conocimiento del hombre (Menschenkenntnis, 1927), en su traducción inglesa de 1927. (N. del T.) ↩