Sobre la educación para el valor
Por ALFRED ADLER, doctor en medicina
Traducido [al inglés] por el Dr. W. Béran Wolfe y B. S. Knauer
NO ES fácil formular una meta educativa que esté por completo libre de malentendidos y de ilusiones. Una vez adoptada una meta, debería enunciarse con tanta claridad que quedaran excluidos claramente los pasos en falso y las ideas erróneas.
Por de pronto, una meta educativa debería estar libre de la mancha de los prejuicios religiosos, nacionales o sociales, pues, aunque al educador le parezcan de gran valor, los ideales educativos ajenos a la educación, sin ser censurables en sí mismos, dejan a menudo en el niño impresiones indeseables y duraderas. El maestro corriente no solo tiene ideas preconcebidas sobre la meta de la educación, sino que recurre a toda clase de dogmas para sostener su tesis. Un punto de vista educativo debería someterse a una prueba rigurosa antes de adoptarse. Y al adoptar un nuevo punto de vista en la educación es muy de desear un acuerdo sobre el método que se ha de seguir, basado en la investigación científica o, al menos, en un sano sentido común.
El defecto más notable de nuestro sistema educativo actual es su falta de consideración hacia la juventud. Crea dos clases distintas, una clase dominante y una clase dominada. Pero un sistema de educación deseable facilitaría el desarrollo de los niños retrasados, en lugar de dedicarse a la tarea de fomentar a los niños aparentemente dotados. El método de los «tests» para descubrir el talento latente, así como el artificialmente manifiesto (y muy sobrevalorado), ha demostrado no tener ningún valor práctico. Es mucho más importante saber que cualquier niño puede ser estimulado a mayores logros si su enseñanza es concienzuda.
Si excluimos de nuestra discusión a los niños débiles mentales, la elección de la meta de la educación no debería plantear problemas difíciles. Parece natural que el ideal educativo haya de ser de alcance universal. Su propósito debe ser estimular el pensamiento, y su alcance debe ser lo bastante amplio para permitir a todo niño desarrollarse hasta ser un individuo socialmente útil.
Todo educador debería comprender la importancia de una formación intelectual, moral y física correcta, ya que las oportunidades de tal desarrollo son hoy demasiado limitadas. El niño que se ha liberado de la creencia supersticiosa en los límites, trazados por Dios, entre el talento y la falta de talento, ha dado ya un gran paso hacia su valía futura.1 Los lemas tradicionales y sentimentales no tienen valor en la educación.
Hay una necesidad primordial de entendimiento entre maestro y alumno. El propósito de este entendimiento es crear en el niño la confianza en sí mismo, y el maestro debe fomentarlo con esmerados esfuerzos. Solo cuando existe cabe esperar que de él resulten el valor y la confianza en sí mismo, fundamentos de todo trabajo creador y útil. Creo que los métodos de la psicología individual establecen el entendimiento adecuado entre alumno y maestro, porque no solo son sumamente constructivos, sino que ofrecen tantas oportunidades de desarrollar un vínculo fuerte entre el alumno y el cosmos, y entre el alumno y sus semejantes.
En cuanto el trabajo de un niño le parece inútil, su estima de sí mismo se desvanece y desarrolla un complejo de inferioridad. El complejo de inferioridad resulta de tropezar constantemente con la contradicción social, y pone en peligro la propia vida del niño. Cuando el alumno carga con un complejo de inferioridad, tiene que pagar el precio que se exige por violar la lógica del sentido común de la vida social cooperativa. En consecuencia, la vida se le hace más gravosa a medida que avanza su educación, en lugar de más fácil, como tiene derecho a esperar. Al final el alumno se siente aislado de la sociedad y actúa como si fuera un extranjero en país enemigo.
Los únicos logros del hombre que valen la pena son los socialmente útiles. Cuando a un niño le falta interés por sus semejantes, es siempre porque teme ser incapaz de hacerse útil. La psicología moderna muestra que el individuo que ha perdido la esperanza recurre a toda clase de artimañas que no tienen relación con la realidad, pero que en apariencia pueden apuntalar su estima de sí mismo. El niño no se da cuenta de que el consuelo que obtiene de sus artimañas, aparte de su utilidad pasajera como remiendo, es artificial e ilógico.
El valor y la estima de sí mismo, dos factores constructivos gemelos, son las consecuencias naturales de un sentimiento de comunidad bien desarrollado.2 Mientras un niño crea que tiene posibilidades de progresar y que el camino hacia la utilidad social le está abierto, nunca se le ocurrirá buscar medios socialmente fútiles de afirmar su valía. El valor social nace en el alma del niño cuando se da cuenta de su propia fuerza social constructiva. Todo niño merece la oportunidad de satisfacer su deseo de actividad útil, y este deseo debe fomentarse con una comprensión profunda. Es falsa pedagogía entorpecer el desarrollo del niño creyendo que una mala herencia o incapacidades orgánicas impiden que siga desarrollándose.
No puede haber, por tanto, más que una sola meta de la educación, y es esta: la educación para el valor. Este ha sido mi punto de vista al formular la psicología individual, que no solo ha señalado el camino, sino que ha desarrollado una técnica para enseñar el valor. Encontramos entre los productos de nuestras escuelas niños mimados, niños «nerviosos», delincuentes, prostitutas y candidatos al suicidio. Estos desdichados resultados finales caracterizan a todo sistema de educación que no garantiza a los niños el sentimiento de que pueden alcanzar la utilidad social y la aprobación social. Además, cuando se producen estos resultados podemos deducir que el sistema educativo no dio a sus sujetos la oportunidad de sentirse parte del conjunto social más amplio. Una breve ojeada a sus vidas revelará que el delincuente, la prostituta, el suicida, el niño «nervioso» o mimado entraron en conflicto con la sociedad en cuanto se desviaron de una vida de utilidad social. Para tales individuos no puede haber más que un método de redención: la reconciliación con su grupo social, educándolos para el valor y enseñándoles a sentir que son capaces de ganarse la aprobación social. Mientras estos individuos se sientan proscritos del grupo social, no hay esperanza para ellos.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número digitalizado en archive.org (survey-1897_1928-11-15_61_4): Alfred Adler, «On Teaching Courage», trad. de W. Béran Wolfe y B. S. Knauer, The Survey 61 (1928), n.º 4 (15 de noviembre), págs. 241-242. Es la versión inglesa de «Die Erziehung zum Mut» (1927), cuyo texto alemán no se ha localizado en los materiales del archivo. Los comentarios p. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español de la versión inglesa, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Courage se traduce «valor», según el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Validity en la traducción inglesa, aquí y más abajo («establishing his validity»): calco, probablemente, del alemán Geltung (el valer, la valía reconocida por los demás); se traduce «valía». (N. del T.) ↩
Social feeling en la traducción inglesa; se traduce según el glosario del archivo. (N. del T.) ↩