Un caso de melancolía
Por el Dr. Alfred Adler (Viena)
En un matrimonio del que habían nacido también algunos hijos, al cabo de cierto tiempo se descubrió que la señora de la casa había entregado su corazón a otro. El marido cayó por ello en una extraordinaria melancolía. Durante bastante tiempo luchó consigo mismo sobre si debía divorciarse, y finalmente llegó a la conclusión de que no podía vivir sin su mujer. Durante mucho tiempo, ninguna cura sirvió de nada. Sobre todo por las mañanas se encuentra en un estado de ánimo extraordinariamente desesperado, se acusa de toda clase de faltas y tampoco es capaz de ejercer su profesión como quisiera hacerlo en vista de su próximo ascenso. Por lo demás, en la actualidad sostiene que, puesto que su estado es de dominio público, su ascenso está descartado.
Si uno se hace el más ingenuo posible, dirá: a este hombre le ha caído encima un destino muy duro y se ha venido abajo. Pero en nosotros ha surgido ya la sospecha de que alguien que una vez dice «sí» y luego otra vez «no» tiene que ser, con todo, una persona singular. Se aflige infinitamente por la infidelidad de su mujer, quiere divorciarse de ella y decide, sobre todo en consideración a los hijos y a su suerte futura, reconciliarse con ella.
Con su tristeza consigue algunas cosas; por ejemplo, que su mujer se ocupe más de él, que esté mucho más blanda con él que antes y que se pliegue también con más facilidad a sus deseos. Pero si él dice alguna vez, por ejemplo, que no quiere salir con ella, ella es a su vez capaz de decir que se irá con el hombre al que la unen los lazos de la más noble amistad. Él lo consiente, solo que al día siguiente vuelve a presentarse ante ella con su vieja melancolía e intenta poner más a los hijos de su parte.
La historia previa de este hombre es, desde luego, bastante inquietante. Suele contar que, cuando su madre estaba embarazada de él, también su padre había incurrido en un acto de infidelidad. Su madre se habría afligido tanto por ello que él vino al mundo como un niño débil, y así habría crecido como un niño débil. En la actualidad es un gigante. Esta le parece la causa de todas sus desgracias. Su madre habría sido fría e insensible con él. En realidad, nunca habría amado1. Una vez, en su juventud, había entablado alguna relación erótica. La muchacha era una prostituta y él contrajo un contagio. Su médico puso en duda la posibilidad de que tuviera descendencia. Cuando se curó, se dijo: ¡en realidad no hay para mí otra posibilidad que casarme! Y así buscó hasta encontrar a una muchacha, que se convirtió en su actual esposa.
Todo esto parece muy honrado y muy burgués. Pero si se considera este proceso desde la psicología individual, toda la conducta de vida de este hombre resulta inquietante. Su mujer seguramente no lo ha visto así. Pero, aunque no haya llegado a comprenderlo, parece haber tenido la sensación de que aquel no era el verdadero amor ni el verdadero matrimonio. Y así se ha consumado, con gran naturalidad y coherencia, lo que quizá estaba ya insinuado en la infancia de este hombre.
Su mujer le hace un sinnúmero de reproches. Por ejemplo, que en realidad nunca la trató con calidez, mientras que ella siempre había anhelado amor, y cosas por el estilo. El paciente sería un gran pedante y por eso solo tendría exigencias; sería extraordinariamente celoso, de modo que ella en realidad solo podía hacer lo que él quería. Tales son sus reproches, y él, en su melancolía, sentía ahora cierto deseo de considerarlos justificados. «Como si» se hubiera despertado en él la comprensión.
¿Qué resulta, pues, de esta situación? La mujer se había sentido evidentemente oprimida durante toda su vida, y a consecuencia de ese encierro, de esa opresión, aspiraba a algún alivio, a una elevación, a un ascenso, a una victoria. Y este hombre, a su vez, que desde la infancia tenía la sensación de verse postergado en todas partes, que también al encontrarse con el erotismo tuvo que naufragar, había perdido, enteramente absorto en su afán de estar arriba, el contacto con su mujer en el curso del matrimonio.
En el segundo acto, la mujer, al encontrar un amante que «la comprende», se ve en una situación en la que tiene la sensación de haberse vuelto la más fuerte. El marido, que nota el cambio de situación, tiene la sensación de ser el vencido y procura entonces «dar otra vez la vuelta a la escalera» para quedar arriba. ¿Cómo lo hace? Si deja marchar a su mujer y que se case con otro, queda como vencido. Eso no puede consentirlo. Tiene que retenerla. Tiene que urdir no sé qué consideraciones, qué sentencias, para poder hacerlo. La mujer, por su parte, dispone de cierto sentimiento de tranquilidad y de superioridad. Por un lado, se tiene conciencia de la propia fuerza cuando se hace desgraciada a la pareja dominante. Eso no lo consigue cualquiera. Para ello hace falta atractivo e influjo sobre el hombre, algo de lo que ella se creía privada. Y luego se enlazan aquí razonamientos que desempeñan un papel enorme en todos los lances amorosos. Al final se dice: ¿qué culpa tengo yo de haberlo hecho desgraciado? ¡Si fue el amor! ¿Quién sería capaz de demostrarle que no es amor? Eso no se deja demostrar, porque... ¿qué otra cosa sería, si no?
Ambos luchan, pues, entre sí por la preponderancia, por la superioridad: el marido mediante su melancolía; la mujer, sometiéndose, sí, pero cultivando a la vez la amistad con el otro. El marido nunca puede estar lo bastante triste para atar y oprimir a su mujer. Se comprende que esta melancolía tenga que ser extraordinariamente opresiva y tenga que ir unida a amenazas de suicidio si ha de conducir a un éxito; de lo contrario, no cumpliría su fin. Esta melancolía acusa, y nuestro paciente está siempre ante su mujer como un reproche viviente2.
En tales casos tengo siempre la impresión de que todo depende de si una de las dos partes es capaz de reunir un poco de grandeza de alma. El marido tendría que decirse, a pesar de todas las dificultades: He enfocado mal el asunto y no debo hacer enteramente responsable de ello a otro; en realidad lo eché todo a perder desde el principio. Pero para una persona que desde la infancia ha tenido siempre el sentimiento de verse postergada, esto no es fácil, naturalmente. Como circunstancia agravante aparece en nuestro caso el ascenso en cuestión. Si no lo ascienden, tiene una excusa. Pero si lo ascienden, lo habrá conseguido a pesar de su enorme carga.
¿Se le podrían abrir quizá los ojos a la mujer? Si se lograra convencerla, eso sería también, por su parte, un poco de grandeza de alma. Pero ¿qué habría sido entonces su infidelidad, si no fue amor? Tampoco es cosa fácil para una persona de nuestro tiempo.
En tales casos es recomendable proceder siempre con modestia, con el sentimiento de renuncia a uno mismo, que también en otros aspectos es valioso en el tratamiento. Nunca hay que mecerse en la esperanza de poder obligar sin más a un paciente a abandonar sus despropósitos. Tampoco es fácil hacer que una persona sortee semejante escollo de renuncia a sí misma sin que note la intención. Hay formas de neurosis en las que hay que contar de antemano con que el médico será utilizado en el sentido de la neurosis del paciente. Este intentará jugar su juego a costa del médico, para mostrar que ni siquiera el médico puede ayudarle. A veces lo dice él mismo: «Usted es mi última esperanza».
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del cuaderno digitalizado en Internet Archive: Alfred Adler, «Ein Fall von Melancholie», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año 3, n.º 3 (Viena, abril de 1925), págs. 103-105. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor y la paginación original. Las equivalencias fijas de los términos de la psicología individual se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.