Una raíz frecuente del sadismo
Por el Dr. Alfred Adler (Viena)
En la mayoría de los casos de sadismo se trata de personas cuyo impulso hostil se dirige contra niños, tanto en la fantasía como en la realidad. A menudo someten a esos niños a los castigos más duros. Si se mira más de cerca, la conexión resulta siempre llamativa y viene dada por el hecho de que son personas que se imaginan a sí mismas en el lugar de ese niño, de modo que se comprende el error de los autores que creen encontrar aquí no solo un componente sádico, sino también uno masoquista. Pero si se examina con atención, esta contradicción desaparece, y con ella la necesidad de suponer aquí un masoquismo originario. Precisamente aquí se ve con claridad que solo existe un seudomasoquismo, una comedia del masoquismo, pero nunca uno verdadero, o que el masoquismo no es más que un preludio para imponer obligaciones a otros. ¿Quién no ha oído, por ejemplo, cómo un maestro artesano le dice al aprendiz al que está pegando: «Cuando yo tenía tu edad, ¡todo lo que tuve que hacer!, ¡cuántas veces me castigaban por el menor motivo!», y cosas por el estilo? Tales expresiones son muy frecuentes y en el fondo no significan otra cosa que la identificación antes descrita, solo que en un grado quizá más atenuado. En general nos ofrecen la amplia base de lo que sucede en los casos más espantosos. Uno se ve llevado a suponer que aquí se trata siempre de personas que no consiguen borrar de su memoria los terrores de su infancia y que adoptan este punto de vista: «los demás no deben tenerlo mejor de lo que yo lo tuve». Son personas que en su infancia estuvieron sometidas durante largo tiempo a una presión inaudita, da igual que la presión fuera real o que ellas la sintieran con tanta fuerza. Esto nos recuerda de nuevo unas palabras de Shakespeare, que, si bien en otro caso, aunque parecido, hace decir a un hombre deforme que al hacerlo recuerda su infancia: «Así pues, estoy decidido a ser un malvado».1 Esta conexión se encuentra con extraordinaria frecuencia en los sádicos. Y hemos de suponer también que la encontraremos en muchos educadores que no pueden prescindir de la vara y que quizá también sufrieron perjuicios en su infancia. Y así podemos distinguir quizá, naturalmente siempre en la medida de errores no comprendidos y quizá también de verdades no comprendidas, dos tipos de educadores y de padres. Unos desean que los niños tengan mejor suerte que la que ellos mismos tuvieron; los otros, que los niños no lo tengan mejor. Ambas líneas pueden manifestarse de un modo tan complicado y encubierto que una persona así se quedaría naturalmente asombrada si se le señalaran estas conexiones y se le dijera, por ejemplo: «Tú también estás, en el fondo, en la fila de los que desean que los niños no lo tengan mejor».
Se ve cómo tales fenómenos encajan, en realidad, en el comportamiento humano general, y que en realidad no nos muestran nada nuevo. Por grotescas que nos parezcan tales personas, si se las examina más de cerca desde la psicología individual, estas imágenes deformadas se resuelven en caricaturas de lo que también podemos observar con extraordinaria frecuencia en la vida corriente.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del cuaderno digitalizado en Internet Archive: Alfred Adler, «Eine häufige Wurzel des Sadismus», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, año 3, n.º 2 (Viena, febrero de 1925), págs. 49-50. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Las equivalencias fijas de los términos de la psicología individual se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.
Es el comienzo de Ricardo III (I, 1), en boca de Ricardo de Gloucester: «I am determined to prove a villain». Adler cita, de memoria, la versión alemana de Schlegel y Tieck («Bin ich gewillt, ein Bösewicht zu werden»). (N. del T.) ↩