Danton, Marat, Robespierre.
Un estudio de carácter, por el Dr. Alfred Adler.
El desarrollo económico de Francia antes del estallido de la Revolución francesa había creado un caos que llevó a continuas amenazas contra los poderes establecidos hasta entonces, la monarquía, la nobleza y el clero. El brillo y el lujo de la corte y de la nobleza, a los que se unió la Iglesia como aliada, pesaban con fuerza enorme sobre el pueblo. El crecimiento de las ciudades, el desarrollo técnico de la manufactura, el rápido surgimiento de un proletariado industrial rompieron las estrechas cadenas de las instituciones y costumbres gremiales. El campesinado siervo gemía bajo la explotación de sus señores. Una inmensa masa de mendigos y vagabundos cubría el campo y la ciudad. La policía y el ejército emprendían incesantes batidas contra vagabundos y campesinos hambrientos y sublevados. Los castigos eran bárbaros y abarcaban todo tipo de crueles torturas. Pero cuando también el pueblo de París se levantó contra el hambre y la servidumbre, cuando burgueses, soldados y obreros se amotinaron, la carcomida monarquía se vino abajo.
El curso posterior, sangriento, de la Revolución, que conmovió al mundo entero, es conocido, aunque más de un detalle esté envuelto en una oscuridad hasta hoy impenetrable. «Una contrarrevolución se detiene tan poco como una revolución.» La toma de posición del pueblo contra Luis XVI hizo que casi toda la Europa restante tomara las armas. Los nobles franceses emigrados atizaban desde el extranjero contra su patria. También el interior de Francia fue asolado por la guerra civil. En el ejército, en la Asamblea Nacional, en las cárceles, por todas partes acechaba la traición o se olfateaba traición. Sobre todo los clubes, que se reunían cada noche, con el club de los jacobinos a la cabeza, nunca podían creer, en sus ánimos acalorados, en una derrota sin traición.
Los ejércitos de Francia, ejército popular contra mercenarios, salieron victoriosos en todas las fronteras. El genio organizador de Carnot buscó y encontró constantemente reservas, armas y víveres suficientes. Después de que se hubiera desgastado toda una serie de generales, le llegó el turno a Napoleón, en cuyas manos cayó por fin sin resistencia el país, agotado por el hambre y las luchas de partido.
Si volvemos la mirada a los orígenes de la Revolución —un pueblo encadenado y en la miseria, que quiere estirarse y desperezarse—, encontramos en la masa aquella línea de movimiento que también se destaca, con mayor o menor nitidez, en las personas individuales. Voltaire, sobre todo Rousseau, y otros están poseídos por ella cuando, con ironía punzante o con rigor filosófico, hacen jirones el oropel de una cultura condenada a muerte o dan las consignas al movimiento presentido. Cuando la estrechez se hizo más agobiante, la «verdadera miseria» se convirtió en asunto de todos. También las cabezas más fuertes quedaron rezagadas, no encontraron sitio y fueron víctimas de la organización estatal y económica que fallaba. Pero en su fuerza, en su obstinación, en su ambición, no estaban hechas para la humildad y la resignación. La exclusión de los más capaces en un sistema estatal de favoritismo y tráfico de cargos excita su furia y su audacia. Llegan con más facilidad a la cabeza de un movimiento, entienden mejor la voz de los tiempos, saben darle expresión y conocen los medios y los caminos. Como la defectuosa organización social les niega su sitio, les da tiempo para forjar planes y ganar partidarios.
«En una revolución todo depende de una primera negativa o de una primera lucha. Si una innovación ha de ser pacífica, no debe ser combatida. De lo contrario, el pueblo se pone en movimiento, todo llega a la lucha, vencen los audaces.»
Ahí está Marat, que en otro tiempo fue en Inglaterra un médico célebre, escribió tratados eruditos, estuvo siempre enredado en polémicas científicas, cuya importancia fue reconocida por Goethe… y cuando llegó a Francia lo encontramos como médico en las caballerizas de un conde. Hambriento, aterido, con la ropa descuidada, siempre huyendo de las persecuciones policiales que le acarreaban sus artículos incendiarios en el Ami du Peuple, arrastró al pueblo cada vez más lejos por las sendas de la Revolución, a la que quería preservar de errores como a un hijo. Para él solo contaba el pobre, el miserable; en toda persona mejor vestida veía a su enemigo y al del pueblo. Nada codició, nada ganó para sí. Cuando murió, alcanzado por el puñal de Charlotte Corday, era pobre como una rata. Su idea directriz era la victoria del pueblo pobre sobre los ricos y poderosos. Quien tenía una queja por opresión, injusticia o derecho lesionado, y también quien podía dar informaciones sobre traición al pueblo, encontraba siempre en él una acogida calurosa. Su odio indómito contra los poderosos, contra los usureros y los que encarecían el pan, no conocía límites. Cuando pensó en hacer dictador a Robespierre, abandonó su plan al descubrir la vanidad de Robespierre. Cuánto de las crueldades de la Revolución corre de su cuenta es imposible decirlo. Su hermana y su amiga, a las que estaba unido por un amor entrañable, destacaron una y otra vez su bondad humana.
Luchaba como quien desespera de la victoria de la Revolución, pero está dispuesto a todo para salvarla. «Marat está sinceramente convencido, pero no se da cuenta de que la mayor parte de sus partidarios son criminales», se dice en una sencilla carta de un soldado. En la época de su actividad más ardiente, de las veinticuatro horas del día dedicaba solo dos al sueño, una a la comida y a los cuidados domésticos, cuatro a escuchar las quejas orales de una multitud de desdichados y oprimidos. Además leía gran número de cartas, las contestaba, escuchaba acusaciones, se aseguraba de su veracidad, escribía su periódico y cuidaba de la impresión de una gran obra.
Una enfermedad consuntiva destruyó su fuerza vital. Cuando le alcanzó la puñalada, era ya un moribundo.
Fue siempre solo un escritor, no un orador. Nunca se le escuchaba hablar como a Danton y a Robespierre.
Era médico, sin duda sabía de su mal, apenas dudaba de que su modo de vida lo consumía. — Parece, pues, justificado suponer que daba su vida por perdida, que se sacrificó a sí mismo por una meta que reconocía con más claridad que todos los demás, y cuyo peligro veía mejor que Danton y Robespierre.
Danton, al comienzo de la Revolución un abogado sin ocupación pero ambicioso, fue quizá el orador más elocuente de la Revolución; tenía un olfato fino para los movimientos incipientes, que sabía atizar admirablemente. Nunca perdió el contacto con los círculos inteligentes y acomodados, procuró también serles útil y salvó en secreto más de una cabeza de la guillotina. Ya en la escuela se mostraron su ambición indomable y el afán de estar presente en todas partes. El día de la coronación del rey se escapó de la escuela para no perderse esa fiesta. También la toma de la Bastilla y el asalto a las Tullerías debieron de encontrarlo en su puesto. Valiente, resuelto, de réplica pronta, así les parecía a todos; pero sin duda supo unir el progreso de la Revolución con su propia ventaja. Cuando hubo escalado la cima más alta, se retiró, aparentemente saciado, a su finca, pero volvió para proseguir su actividad política. Se enredó, sin embargo, en las redes de Robespierre, le sirvió primero de ariete contra los hebertistas, más radicales y hostiles a la religión, y sucumbió luego a un ataque de Robespierre, que lo llevó a la guillotina.
Su energía decayó cuando, desde la bajeza de un pobre abogado, se hubo encumbrado hasta la altura de ministro de Justicia. Ávido de bienes de fortuna de toda clase, se alejó del pueblo pobre que lo había elevado y trató de reconciliar la Revolución con la clase acomodada.
Robespierre se mantuvo más en segundo plano. Su ascenso fue mucho más lento que el de los otros dos; su ritmo, vacilante. A menudo su desmedida ambición se alzaba amenazadora ante él y le impedía cruzar el Halys1. En las jornadas de asalto de la Revolución no se le veía en ninguna parte. Ante los ataques más violentos contra él, pedía tiempo para preparar su respuesta. Cuando por fin tomaba la palabra, sus adversarios se desplomaban ante la fuerza de su discurso bien preparado.
Aparecía siempre impecablemente vestido, el rostro maquillado. En las paredes de su vivienda colgaba un gran número de retratos suyos. Solo se rodeaba de personas completamente adictas, que lo veneraban con exaltación y servían a sus planes.
En la escuela había sido siempre alumno sobresaliente; de sus años de universidad procede un escrito premiado. Su conducta era pura, moral, desinteresada en grado sumo. Pero en todas sus virtudes se escondía su ambición, que nunca habría tolerado faltas ni vicios. Alumno modelo como era, condujo la Revolución como un ejercicio de concurso al término del cual había de ser coronado. Su táctica frente a sus adversarios políticos es poco flexible, casi siempre la misma: maniobra con habilidad para hacer que uno de sus adversarios sea destruido por el otro. Cuando, con los suyos, se encontró solo frente al último adversario, su presteza de réplica le falló por completo. También él murió en la guillotina, como Danton le había profetizado camino de la muerte.
La meta que fijó a la Revolución se perdió en lo fantástico. La virtud y la veneración del Ser Supremo, cuyos rasgos había recortado a la medida de su propia persona, debían salvar al pueblo hambriento, presa del pánico, desalentado. Mientras tanto hacía trabajar a la guillotina como si tuviera que cumplir una tarea de aplicado. Pero el pueblo buscaba ya otras manos que lo salvaran cuando el gigante Robespierre cayó de su pedestal.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Alfred Adler, «Danton, Marat, Robespiere. Eine Charakterstudie», Arbeiter-Zeitung (Viena), n.º 352, 25 de diciembre de 1923, págs. 17-18 (ANNO, Österreichische Nationalbibliothek). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). En el título se corrige la errata «Robespiere» del titular original. Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original; las adiciones y notas del traductor van entre corchetes o señaladas como «N. del T.».
Alusión a Creso, rey de Lidia, a quien el oráculo de Delfos predijo que, si cruzaba el río Halys, destruiría un gran imperio: lo cruzó y destruyó el suyo (Heródoto, I, 53). «Cruzar el Halys» es, pues, dar el paso decisivo y arriesgado. (N. del T.) ↩