II.
Hermafroditismo psíquico y protesta masculina: un problema central de las enfermedades nerviosas.
(1912.)
Fue un gran paso adelante cuando en la doctrina de las enfermedades nerviosas se abrió paso la concepción unitaria de que los trastornos nerviosos se deben a alteraciones anímicas y tienen que tratarse mediante acciones sobre la psique. Una decisión definitiva la trajo la intervención de investigadores autorizados como Strümpell, Moebius y otros. A ello se añadieron, desde Francia, las experiencias del experimento hipnótico y del tratamiento hipnótico, que demostraron la mutabilidad de los síntomas nerviosos y la posibilidad de influir en ellos por los caminos de la psique. Pese a este progreso, los éxitos curativos siguieron siendo inseguros, de modo que también autores de renombre, sin dejarse influir por sus consideraciones teóricas, intentaban curar la neurastenia, la histeria, las neurosis obsesivas y de angustia con los medicamentos tradicionales, con la electricidad y con la hidroterapia. Todo el fruto de los conocimientos ampliados fue, durante años, una acumulación de consignas que debían agotar y desentrañar el sentido y la esencia de los complicados mecanismos neuróticos. Para unos la clave de la comprensión estaba en la «debilidad irritable», para otros en la «sugestibilidad»; la «conmocionabilidad», la «carga hereditaria», la «degeneración», la «reacción morbosa», la «labilidad del equilibrio psíquico» y otros conceptos parecidos debían constituir el secreto de las enfermedades nerviosas. A favor del paciente resultó de ello, en lo esencial, solo una terapia sugestiva algo árida, intentos casi siempre infructuosos de «quitarle de la cabeza» la enfermedad, y el no menos infructuoso intento de mantener permanentemente alejados los daños psíquicos. Con todo, este procedimiento terapéutico se convirtió en un «traitement moral» a menudo útil cuando el paciente estaba bajo la dirección de médicos de mundo, dotados de intuición. Pero entre los legos se despertó un prejuicio, alimentado por conclusiones precipitadas a partir de la observación de las neurosis de accidente, que se multiplicaban con rapidez: como si el nervioso padeciera de «imaginaciones» y fuera culpable de exageraciones voluntarias, y como si le fuera posible superar sus manifestaciones morbosas fortaleciendo su energía.
Entonces se le ocurrió a Josef Breuer preguntar al paciente por el sentido y el desarrollo de su síntoma morboso, por ejemplo de una parálisis histérica. Él, y con él S. Freud, lo hicieron sin prejuicio alguno y confirmaron con ello el llamativo hecho de lagunas de la memoria que impedían tanto al paciente como al médico la comprensión de la causa y del curso de la enfermedad. Los intentos de inferir el material olvidado a partir del conocimiento de la psique, de los rasgos de carácter morbosos, de las fantasías y de la vida onírica de los pacientes tuvieron éxito y llevaron a fundar el método y la concepción psicoanalíticos. Gracias a este método logró Freud seguir las raíces de la enfermedad nerviosa hasta la primera infancia y descubrir una serie de mecanismos psíquicos constantes, como el de la represión y el del desplazamiento. En el tratamiento se descubrieron, de manera regular, impulsos y deseos del paciente antes inconscientes, del mismo modo en las más diversas formas nerviosas, por distintos autores que se servían del método psicoanalítico y a menudo trabajaban independientemente unos de otros. El propio Freud buscó las causas de las enfermedades nerviosas en las transformaciones del instinto sexual y en una constitución especial del instinto sexual, una teoría que fue muy combatida, pero que no está inseparablemente unida al método psicológico.
Como principio para el ejercicio del método individualpsicológico quisiera hacer valer: la reducción de todos los síntomas nerviosos existentes en un individuo a un «mínimo común denominador»1. La exactitud de la reducción, llevada a cabo así en común con el paciente, se comprueba por el hecho de que el cuadro psíquico obtenido en cada caso coincide con una situación psíquica real de la primera infancia del paciente. Es decir, la base psíquica de la enfermedad nerviosa y del síntoma se ha tomado sin cambios de la infancia; pero sobre esta base se ha levantado con los años una superestructura muy ramificada, la neurosis individual, que es inaccesible al tratamiento si no se cambia la base. En esta superestructura han entrado también todas las tendencias del desarrollo, los rasgos de carácter y las vivencias personales, entre las que hay que destacar especialmente los restos anímicos de un fracaso, único o repetido, en una línea principal de la aspiración humana: el motivo inmediato del estallido de la enfermedad nerviosa. A partir de entonces, todo el afán del paciente se dirige a compensar el fracaso, a perseguir ávidamente otros triunfos, casi siempre inadecuados, y sobre todo a asegurarse contra nuevos fracasos y pruebas del destino. Y esto se lo permite la neurosis que ha estallado, que se le convierte así en apoyo. La angustia nerviosa, los dolores, las parálisis y la duda nerviosa le impiden intervenir activamente en la vida; la compulsión nerviosa le presta —en el pensamiento obsesivo y en la acción obsesiva— la apariencia de la actividad perdida y le da, por otra parte, el pretexto para la pasividad sobre la base de la legitimación por la enfermedad.
Yo mismo me vi obligado, en el ejercicio del método individualpsicológico, a seguir descomponiendo la situación infantil que enferma, y tropecé con fuentes que procedían de influencias perjudiciales de la vida familiar. Pero, más allá, salieron a la luz causas que en parte ayudaban a formar este medio nocivo: la constitución orgánica familiar. Me vi remitido regular e inexorablemente al hecho de que la posesión de órganos, sistemas de órganos y glándulas de secreción interna hereditariamente inferiores crea para el niño, en los comienzos de su desarrollo, una posición en la que el sentimiento, por lo demás normal, de debilidad y de falta de independencia se ahonda de manera enorme y crece hasta convertirse en un sentimiento de inferioridad profundamente sentido2. De la disposición retardada o defectuosa, inadecuada, de los órganos inferiores resultan, en efecto, al principio estados de debilidad, enfermedad, torpeza, fealdad (a menudo por signos exteriores de degeneración), falta de destreza y gran número de defectos infantiles como el parpadeo, el estrabismo, el ser zurdo, la audiomudez, la tartamudez, los defectos del habla, los vómitos, la enuresis y las anomalías de la defecación, por los que el niño sufre muy a menudo postergaciones o cae en la burla general y en el castigo, y se vuelve incapaz para la vida social. El cuadro psíquico de estos niños muestra pronto refuerzos llamativos de rasgos, por lo demás normales, de falta de independencia infantil, de necesidad de apoyo y de ternura, y degenera en miedo, temor a quedarse solo, timidez, retraimiento, temor a todo lo extraño y desconocido, en una sensibilidad excesiva al dolor, en mojigatería y en un temor permanente al castigo y a las consecuencias de cada acto: rasgos de carácter que dan sobre todo a los muchachos un matiz indudablemente femenino.
Pero pronto se ve en estos niños predispuestos a la nerviosidad, de manera llamativa en primer plano, el sentimiento de verse postergados. Y relacionada con ello se presenta una hipersensibilidad que perturba sin cesar el sereno equilibrio de la psique. Estos niños quieren poseerlo todo, comerlo todo, oírlo todo, verlo todo, saberlo todo. Quieren superar a todos los demás y hacerlo todo solos. Su fantasía juega con toda clase de ideas de grandeza: quieren salvar a los demás, se ven como héroes, creen tener un origen principesco, se creen perseguidos, acosados, se tienen por Cenicientas. Está echada la base de una ambición ardiente, insaciable, cuyo fracaso puede predecirse con seguridad. Ahora despiertan también y se refuerzan malos instintos. La avaricia y la envidia crecen sin medida, porque el niño no es capaz de esperar la satisfacción de sus deseos. Ávido y apresurado, persigue todo triunfo, se vuelve ineducable, colérico, violento con los más pequeños, mentiroso con los mayores, y acecha a todos con tenaz desconfianza. Está claro cuánto puede mejorar un buen educador ante tal egoísmo naciente, y cuánto empeorarlo uno malo. En el caso favorable se desarrolla una sed de saber insaciable o la planta de invernadero de un niño prodigio; en el desfavorable despiertan inclinaciones delictivas o el cuadro de un hombre agotado por la lucha, que trata de encubrir su retirada ante las exigencias de la vida mediante la neurosis arreglada.
Como resultado de estas observaciones directas de la vida infantil hay que señalar, pues, que los rasgos infantiles de sumisión, falta de independencia y obediencia, en una palabra, de la pasividad del niño, muy pronto —y sobre todo, con disposición neurótica, de manera muy brusca— se completan con rasgos secretos de obstinación y rebeldía, signos del resentimiento. Una mirada detenida descubre una mezcla de rasgos pasivos y activos, pero siempre predomina la tendencia a romper desde la obediencia de niña hacia la obstinación de niño. Más aún, se obtienen puntos de apoyo suficientes para comprender que los rasgos de obstinación han de valer como reacción, como protesta contra los impulsos simultáneos de obediencia o contra la sumisión forzada, y que tienen el fin de procurar al niño una satisfacción más rápida de los instintos, notoriedad, atención, privilegios. Alcanzado este fatal punto de desarrollo, el niño se siente en todas partes amenazado por la coacción a someterse y obstruye todas las funciones de la vida diaria: el comer, el beber, el dormirse, las funciones intestinales y urinarias, así como el aseo corporal. Las exigencias del sentimiento de comunidad quedan estranguladas. El afán de poder se despliega casi siempre en una esgrima de fintas y una presunción3 vacías y pobres.
Otro tipo de niños predispuestos a la nerviosidad, quizá el más peligroso, muestra estas disposiciones contrapuestas de sumisión y protesta activa en una conexión más estrecha, como en la relación de medio a fin. Parecen haber adivinado algo de la dialéctica de la vida y quieren satisfacer sus deseos desmedidos mediante la sumisión más ilimitada (masoquismo). Precisamente ellos soportan peor que nadie el rebajamiento, el fracaso, la coacción y la espera, y sobre todo que no llegue la victoria, y retroceden, como los demás predispuestos, ante las acciones, las decisiones, ante todo lo extraño y nuevo. Casi siempre establecen la conciencia de una debilidad fatalista mediante una coartada, para detenerse luego ante las exigencias de la comunidad y aislarse.
Esta aparente doble vida, que en los niños normales se mantiene dentro de límites moderados y forma también el carácter del adulto, no permite al nervioso perseguir unitariamente una meta y estorba sus resoluciones mediante la construcción de la angustia y la duda.
Otros tipos se salvan de la angustia y la duda refugiándose en la compulsión, y persiguen sin descanso éxitos, olfatean por todas partes ataques, perjuicios e injusticias y tratan convulsivamente de desempeñar un papel de salvador y de héroe, no pocas veces aplicando sus fuerzas a objetos inadecuados (quijotismo). Insaciables y ávidos de la apariencia del poder, piden pruebas de amor sin sentirse satisfechos (don Juan, Mesalina). Siempre falta la armonía de su aspiración, pues la doble índole de su ser, la aparente doble vida de los nerviosos («double vie», «disociación», «escisión de la conciencia» de los autores), está firmemente asentada en una parte de la psique sentida como femenina y otra sentida como masculina, que parecen aspirar a una unidad, pero yerran planificadamente su síntesis, para salvar la personalidad del choque con la realidad. En este punto la psicología individual tiene que intervenir aleccionando y asegurar, mediante una introspección profundizada y una ampliación de la conciencia, el dominio del intelecto sobre impulsos divergentes, hasta entonces inconscientes.
Lo que atraviesa el espíritu del pueblo como un sentimiento de hondas raíces, lo que desde siempre ha despertado el interés de poetas y pensadores, la valoración y simbolización violenta, pero todavía concordante con nuestra vida social, de las formas de manifestación mediante lo «masculino» y lo «femenino»4, se impone también tempranamente al espíritu infantil. Así se le presentan al niño como masculinos, con diferencias a veces en lo particular: la fuerza, la grandeza, la riqueza, el saber, la victoria, la brutalidad, la crueldad, la violencia, la actividad; y lo contrario como femenino.
La necesidad normal de apoyo del niño, la sumisión exagerada del predispuesto a la nerviosidad, el sentimiento de debilidad y el sentimiento de inferioridad protegido por la hipersensibilidad, la percepción de su insuficiencia natural y su sentimiento de verse permanentemente postergado y perjudicado confluyen todos en la sensación de feminidad, mientras que su aspiración activa, en las niñas igual que en los niños, su persecución de la satisfacción, el azuzamiento de sus instintos y apetitos, se echan en la balanza como su protesta masculina. Así se desarrolla, sobre la base de una falsa valoración, pero abundantemente alimentada por nuestra vida social, un hermafroditismo psíquico del niño, que se sostiene «dialécticamente», por su oposición interna, y desarrolla desde sí mismo una dinámica: la compulsión, a menudo inconsciente, a una protesta masculina reforzada como solución de la desarmonía.
El inevitable conocimiento del problema sexual intensifica en primer lugar la protesta masculina, alimenta el complejo desarmónico con fantasías e impulsos sexuales, configura la precocidad sexual y puede dar lugar, por errores, a todas las perversiones. Pero sobre todo se ahonda el hermafroditismo psíquico del niño, y con ello aumenta también la tensión psíquica interna, cuando el papel sexual sigue siendo poco claro para el niño o se le mantiene en la incertidumbre5. Entonces se fijan la inseguridad natural, la vacilación, la duda, y en ambos polos del hermafrodita se aplican refuerzos. La dificultad de dominar la creciente escisión de la conciencia aumenta enormemente y solo se logra mediante el artificio de los síntomas nerviosos, mediante la retirada anímica y el aislamiento: la energía y el esfuerzo de voluntad del médico, del paciente y del educador fracasan ante este problema. Entonces solo el método individualpsicológico logra todavía llevar luz a estos procesos de lo inconsciente y emprender la corrección de un desarrollo equivocado.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Psychischer Hermaphroditismus und männlicher Protest — ein Kernproblem der nervösen Erkrankungen», en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. II, págs. 11-15 (fechado «1912»). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor y la paginación original. Trieb se traduce «instinto», según el uso de la época; männlicher Protest, «protesta masculina»; Sicherung, «aseguramiento». Las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».
Kleinstes gemeinschaftliches Mass: literalmente, «mínima medida común» (el máximo común divisor o, como dice el español corriente, el «mínimo común denominador»). (N. del T.) ↩
Véase Adler, Studie über Minderwertigkeit der Organe [Estudio sobre la inferioridad de los órganos], Urban und Schwarzenberg, Viena/Berlín, 1907, y, como continuación: Adler, «Über neurotische Disposition» [Sobre la disposición neurótica], en Heilen und Bilden, l. c. ↩
Spiegelfechterei und Plusmacherei: «Spiegelfechterei» es la esgrima ante el espejo, el simulacro; «Plusmacherei», el afán de hacerse más, de aparentar ventaja. (N. del T.) ↩
Piénsese solo en refranes como «un hombre, una palabra», en sentimientos de poetas (la «Männerwürde» [Dignidad del hombre] de Schiller; «Fragilidad, tu nombre es mujer»), en autores destacados como Moebius, Flies, Weininger, etc. ↩
Adler, «Der psychische Hermaphroditismus im Leben und in der Neurose» [El hermafroditismo psíquico en la vida y en la neurosis], en Heilen und Bilden, l. c., y Das Problem der Homosexualität [El problema de la homosexualidad], 2.ª ed. ↩