Crítica de la teoría sexual freudiana de la nerviosidad.

I.

El papel de la sexualidad en la neurosis.

Conferencia pronunciada en enero de 1911. Por el Dr. Alfred Adler.

Es ociosa la pregunta de si es posible una neurosis sin que intervenga el instinto sexual. Al fin y al cabo, este tiene en la vida de todos una importancia igualmente grande. La cuestión es, pues, si en sus vicisitudes han de verse el principio y el fin, todas las formaciones de síntomas de la neurosis. Debo responder a ello con una breve descripción, no del instinto sexual aislado, sino de su desarrollo en el conjunto de la vida instintiva. Biológicamente no se sostendría la concepción de que todo instinto tiene un componente sexual, también, por tanto, el instinto de comer, el instinto de mirar, el instinto de tocar, etc. Más bien hay que suponer que la evolución en el reino orgánico ha conducido a configuraciones que hemos de concebir como diferenciación de capacidades celulares originariamente existentes. Así, a la voluntad y la necesidad de asimilación ha seguido un órgano de nutrición; a la voluntad y la coacción de sentir, oír y ver, un órgano del tacto, del oído, de la vista; a la voluntad y la coacción de tener descendencia, un órgano de la generación. La protección de todos estos órganos era tan necesaria que se abordó desde dos lados: mediante la sensación de dolor y mediante la sensación de placer. — Como esto no bastaba, mediante una tercera salvaguardia, mediante un órgano de la previsión, el órgano del pensamiento, el cerebro. En el campo experimental de la naturaleza se encuentran variaciones de las tres magnitudes de seguridad. El impulso procede de agresiones en la ascendencia; la descendencia esquiva. Unas veces se llega a defectos periféricos, otras a sensaciones de dolor y de placer aumentadas en el órgano inferior. La parte más variable, el sistema nervioso central, asume la compensación definitiva. Es un doble error confundir el concepto de órgano inferior con el de la «zona erógena» de Havelok [sic] Ellis. Solo una pequeña parte de los órganos inferiores muestra en su parte periférica sensaciones aumentadas de placer o de cosquilleo. ¿Se quiere contar entre las zonas erógenas, como intenta Sadger, un uréter inferior, una vesícula biliar, el hígado-páncreas, las vegetaciones adenoides y los ganglios linfáticos? La otosclerosis muestra, según investigaciones recientes, una falta de la sensación de cosquilleo en el conducto auditivo externo. Además: ¿dónde colocan ustedes, con la concepción de las zonas erógenas, la compensación y la sobrecompensación cerebral?

En segundo lugar: el concepto de «zona erógena» prejuzga, y lo hace sin razón. No es que yo quiera negar que en el órgano inferior puedan anudarse fantasías perversas conscientes e inconscientes. Pero solo en la vida posterior, con ayuda de falsas representaciones sexuales o bajo la presión de determinadas tendencias a la seguridad. Para volverse erógenas, estas zonas necesitan un entrecruzamiento secundario de instintos bajo la presión de falsas teorías sexuales o de tendencias a la seguridad superfluas y contrapuestas. La afirmación de que el niño es perverso polimorfo es un hysteron proteron, una licencia poética. La «constitución sexual» puede criarse a voluntad mediante vivencias, mediante la educación, sobre todo sobre la base de la inferioridad orgánica. Incluso la precocidad puede contenerse o fomentarse. Los impulsos sádicos y masoquistas, en cambio, solo se desarrollan a partir de las relaciones más inofensivas entre la necesidad de apoyo, regularmente presente, y los impulsos de independencia, en cuanto entra en juego la protesta masculina, con su exacerbación de la rabia, la ira y la obstinación.

El órgano sexual desarrolla única y exclusivamente el factor sexual en la vida y en la neurosis. Así como la sexualidad entra en relaciones con toda la vida instintiva y sus causas, lo mismo vale de cualquier otro instinto. Antes de que el instinto sexual alcance una magnitud apreciable, hacia el final del primer año, la vida psíquica del niño ya está ricamente desarrollada. Freud menciona la opinión de autores antiguos, a la que se suma Czerny, de que los niños que se comportan con obstinación al evacuar se vuelven a menudo nerviosos. A diferencia de otros autores, él atribuye su obstinación a que tienen sensaciones sexuales placenteras al retener las heces. Yo no he visto ningún caso así que sea irreprochable, pero no quiero negar que los niños que tienen tales sensaciones de cosquilleo en la retención, cuando caen en la actitud de obstinación, prefieran precisamente esta clase de resistencia. Pero lo determinante es, con todo, la obstinación, y la inferioridad orgánica es decisiva para la localización y la elección del síntoma. Mucho más a menudo he observado que estos niños obstinados producen las heces justo antes o después de que se les disponga el aparato necesario, o también junto al aparato. Lo mismo vale del orinar de estos niños, y lo mismo también del comer y del beber. Basta con restringir a ciertos niños la bebida para que su «libido» suba hasta lo inconmensurable. Basta con decirles que se da importancia a que coman con regularidad para que su libido baje a cero. ¿Pueden tomarse en serio estas «magnitudes de libido», o incluso en sentido energético, y emplearse para comparaciones? Vi a un niño de trece meses que apenas había aprendido a ponerse en pie y a andar. Si lo sentaban en su sillita, se levantaba. Si le decían: «Siéntate», se quedaba de pie y miraba con picardía. Su hermana de seis años le gritó en una ocasión así: «¡Quédate de pie!», y el niño se sentó. Estos son los comienzos de la protesta masculina, y la sexualidad, que entretanto va despuntando, está expuesta continuamente a sus embates y a su empuje. También la estimación de lo masculino empieza llamativamente pronto. He visto niños de un año, niños y niñas, que preferían visiblemente a las personas masculinas. Quizá sea el timbre de la voz, la seguridad del porte, la estatura, la fuerza, la calma lo que decide. He señalado críticamente1 esta estimación en una reseña de los «Conflictos del alma infantil» de Jung. Despierta regularmente el deseo de llegar a ser también un hombre. Hace poco oí hablar a un niño de dos años: «Mamá tonta, señorita tonta, Toni (la cocinera) tonta, Usi (la hermana) tonta, abuelita tonta». Cuando le preguntaron si el abuelito también era tonto, dijo: «Abuelito gande (grande)». — A todos les llamó la atención que hubiera exceptuado al padre. Se tomó por una señal de respeto. Era fácil comprender que quería declarar tontos a todos los miembros femeninos de su entorno, y listos a sí mismo y a los masculinos. Identificaba tonto y femenino, listo y masculino, pero esta imitación le ayudaba a hacerse valer.

He destacado en varios trabajos que son sobre todo los niños con una inferioridad orgánica perceptible, los niños que padecen defectos, cuya inseguridad es mayor, cuyo miedo al ridículo y al castigo es más intenso, los que desarrollan aquella avidez y aquella prisa que acaban por predisponer a la neurosis. Desde muy pronto anhelan la prueba de su valor, o esquivan las heridas a su susceptibilidad. Son tímidos, se ruborizan fácilmente, huyen de toda prueba de su capacidad y pierden pronto la naturalidad del comportamiento. Este estado incómodo empuja con fuerza hacia las salvaguardias. Unas veces quieren ser mimados, otras hacerlo todo solos; retroceden ante todo trabajo o leen sin interrupción. Por regla general son precoces. Su afán de saber es un producto compensatorio de su inseguridad y se dirige tempranamente a las preguntas sobre el nacimiento y sobre la diferencia de los sexos. Esta actividad fantástica, esforzada y persistente, ha de entenderse como un estímulo para el instinto sexual en cuanto se han producido conocimientos primitivos de los procesos sexuales. También aquí tienen como meta la prueba de su masculinidad. He destacado en la «doctrina de la inferioridad» que la inferioridad sexual, con su sensación de placer a menudo mayor, predispone a la precocidad. Si coinciden, como tantas veces, la protesta masculina y una mayor sensación de placer en el genital, resultan la masturbación precoz y deseos sexuales tempranos. Son las representaciones de los horrores y dolores del parto, del comercio sexual, las que empujan más allá la protesta en dirección masculina. Allí donde en la neurosis surgen fantasías de nacimiento, ideas de castración o pensamientos que han de entenderse de modo análogo, de estar abajo, de ahogo, de ser atropellado, etc., no son ni deseos ni fantasías reprimidas, sino temores, expresados simbólicamente, de sucumbir, frente a los cuales el neurótico procura asegurarse o que se pone ante el alma como advertencias. Un tipo nada raro, que hasta ahora solo rara vez he incluido en el círculo de mis consideraciones, por lo general hijos de madres de espíritu fuerte, masculinas, lleva en lo hondo del ánimo el miedo a la mujer. En sus fantasías desempeña a menudo un papel la mujer masculina, es decir, la mujer que quiere estar arriba, ser un hombre. O bien tienen la fantasía simbólica del penis captivus, es decir, temen no poder librarse de la mujer, imagen tomada del coito de los perros. Para andarse con mucho cuidado, exageran sin medida. Su propia sensualidad les parece gigantesca, la mujer se convierte en demonio, y así su desconfianza crece hasta el punto de inutilizarlos sexualmente. Tienen que examinar minuciosamente a toda muchacha, acecharla, ponerla a prueba (¡Griselda!). También en ellos se pierde la naturalidad de las relaciones.

Y vuelve a plantearse la pregunta: ¿es auténtico lo que el neurótico nos muestra de libido? Su precocidad es forzada, su compulsión onanista sirve a la obstinación y a la salva- guardia contra el demonio mujer, su pasión amorosa solo apunta a la victoria, su servidumbre amorosa es un juego calculado para no someterse a la pareja seria, sus fantasías perversas, e incluso sus perversiones activas, solo le sirven para mantenerse alejado del amor. Le son, sin duda, un sustituto, pero solo porque quiere desempeñar su papel de héroe y porque teme que por el camino normal acabará bajo las ruedas. Sobre todo el llamado «problema nuclear» de la neurosis, la fantasía incestuosa, tiene por lo general la tarea de alimentar la fe en la propia libido avasalladora y, por tanto, de esquivar en lo posible todo peligro «real».

Paso ahora al análisis de un caso reciente. El paciente en cuestión todavía no ha sido dado de alta. Pero la estructura de su neurosis está lo bastante clara como para que pueda exponerla en extracto, a fin de hacer en ella aún más claras mis afirmaciones.

Un dibujante de construcción de 22 años se queja de ataques de temblor en las manos desde hace año y medio y de frecuentes poluciones nocturnas. Las primeras indagaciones dieron: perdió al padre a los cinco años. En los tres últimos años el padre apenas podía estar de pie o andar solo y se había quedado ciego de ambos ojos. Solo a los diecisiete años supo el paciente que su padre había muerto de tabes dorsal; al mismo tiempo le dieron como causa de esta enfermedad un comercio sexual excesivo. Estas comunicaciones cayeron en una época de masturbación intensa y llenaron al paciente de gran espanto por su propio futuro.

Por su propio futuro ya había tenido a menudo ocasión de temer. Primero de niño pequeño, cuando, débil y más pequeño que sus hermanos y compañeros de juego, buscaba siempre protección en su madre, que lo mimaba llamativamente por ser el menor. El temor y la timidez fueron siempre inherentes a su ser. Pero pronto se volvió porfiado, quería desempeñar siempre el primer papel entre sus compañeros de juego y por eso nunca pudo hacer amigos. Pronto se mostró su afán de saber, tanto en las cosas sexuales como en la escuela. Su anhelo era llegar a ser un gran hombre. Y así fue el único de una gran prole de hermanos que llegó a la escuela media. Un recuerdo infantil en el que se refleja la protesta masculina de su infancia es el siguiente: cuando estaba tendido de espaldas en la hierba, veía arriba, en las nubes, la imagen de su padre. Él, el alfeñique femenino, en la posición femenina; arriba el padre, el hombre. Hasta los últimos años tuvo rasgos femeninos y en su infancia, al hacer teatro, tuvo que representar a menudo papeles de muchacha con ropas femeninas. Durmió mucho tiempo con su hermana, dos años mayor, en la misma cama, y allí satisfizo su curiosidad sexual. En sus sueños había aisladas fantasías incestuosas referidas a la madre y a la hermana. — La madre era muy estricta en materia de moral, y él tuvo ocasión de observar su dureza con los hermanos mayores en cuanto había asuntos amorosos. En cuanto a los matrimonios de sus hijos, miraba en primer lugar los bienes materiales, y persiguió durante muchos años con su odio a una de sus nueras porque había llegado pobre al matrimonio. En suma, la madre lo dominaba en todos los aspectos.

Las excitaciones y las relaciones masturbatorias se dieron en nuestro paciente desde los nueve años. Más tarde tenía a menudo excitaciones sexuales cuando estaba en compañía de muchachas. Cuando a los catorce años empezó a practicar la masturbación, toda compañía de muchachas se le hizo tan penosa que prefería quedarse solo. Ahondó su convicción de que su libido sexual era enorme y apenas podía dominarse. Cuando supo de la enfermedad de su padre y tuvo que suponer al mismo tiempo que este había sido tan sensual como él, ello le dio una sacudida enorme: ¡dejó la masturbación! A menudo se dejaba arrastrar, a pesar de su miedo a las erecciones, a besar a muchachas, para evitar después durante largo tiempo todos los lugares donde podía encontrar muchachas.

¿Era realmente su libido tan grande como él suponía? ¿Era sobre todo tan grande que tuviera que recurrir a salvaguardias como la del miedo a la sociedad? Hay cosas que hablan decididamente en contra. Había crecido en el campo, más tarde estuvo solo en una Realschule2 de provincias, donde había abundantes ocasiones para el comercio sexual. Más de una muchacha había ido bastante lejos a su encuentro. Cuando supo de la enfermedad del padre y de su supuesta causa, dejó en seguida la masturbación. Poco después inició un comercio sexual normal, pero lo practicaba raras veces y se dejaba disuadir fácilmente por la idea del gasto. A las muchachas que acudían a él voluntariamente las abandonaba tras conquistarlas, por temor a no poder librarse ya de ellas. Se imagina a toda mujer como un demonio, y sumamente sensual, que quiere dominarlo, frente al cual él podría ser débil, y él se mantiene fuerte. Al mismo tiempo desprecia a las mujeres, las tiene por inferiores, desconfía de ellas y les atribuye siempre motivos egoístas. Hace dos años conoció a una muchacha hermosa pero pobre, por la que al principio se sintió atraído. Cuando ambos contemplaron la posibilidad de casarse, la consecuencia fue que tuvo poluciones en masa y, con prostitutas, evaculatio [sic] praecox o impotencia. Al mismo tiempo advirtió que en la oficina empezaba a temblar y que solo con esfuerzo terminaba sus dibujos. Una exploración más precisa permitió reconocer que solo presentaba temblor y atascos al hablar cuando el día anterior había tenido comercio sexual o una polución. La suposición obvia de que había visto el temblor en su padre y lo imitaba ahora para asustarse no pudo confirmarla el paciente. En cambio se acordó de un viejo profesor de la escuela media que presentaba tanto temblor como atascos en la voz, fenómenos que nuestro paciente interpretó entonces como signos de vejez en personas que en su juventud habían tenido mucho comercio sexual. Una segunda fuente que utilizó se encontró en un escrito sobre las poluciones en el que se describían como consecuencias el temblor y los atascos de la voz. Más aclaraciones aportaron sus pensamientos sobre la boda inminente. La madre estará descontenta. Sus parientes ricos lo despreciarían. La muchacha solo se casaría con él por interés material. Era sensual y lo arrastraría al vértigo de su voluptuosidad. Él mismo era sensual. Las consecuencias de su masturbación, de sus poluciones y de su comercio sexual se estaban presentando ya. Y así, sobre la base de estos arreglos, volvió a retirarse de la muchacha, sin saber bien cómo podría librarse del todo de ella. Esta vacilación equivale a un no, y al mismo tiempo lo asegura también frente a otras muchachas.

Así pues, tiembla ya ahora para recordarse lo que le amenaza algún día. Tiembla para escapar a su miedo primordial de volver a caer, como antaño con la madre, bajo el poder de una mujer. Tiembla para preservarse del destino del padre, del destino de aquel viejo profesor. Tiembla para escapar del demonio mujer y de su propia sensualidad, como de la de la muchacha. Y tiembla para, en contra de su propio deseo, satisfacer el de la madre, que sería contraria a la boda, lo cual, en última instancia, solo ha de volver a demostrarle su dependencia de la mujer. — De ahí su concepción de su sensualidad desmesurada, así como de la de la mujer; de ahí las frecuentes erecciones y poluciones, que se producen en su mayor parte porque las quiere, porque las necesita, y porque, para construirlas, piensa ininterrumpidamente en cosas sexuales. Y vuelvo a preguntar: ¿cómo ha de estimarse la libido de este neurótico, en el que todo se ha vuelto hecho, arreglado, agrandado, deformado, un producto tendenciosamente artificioso y antinatural, activo y pasivo a la vez?

Un sueño del paciente que reproduce todos estos rasgos y al mismo tiempo destaca también la tendencia más significativa del sueño, la tendencia a la seguridad, es el siguiente:

«Una muchacha, joven, lozana, de pecho lleno, está sentada desnuda, reclinada en un diván. No sé lo que decía. (Piensa en una prostituta y al mismo tiempo en que, al ver a la mujer desnuda, se le nublan los sentidos.) Intentaba seducirme. (El demonio mujer.) Yo quería acceder, pero en el último momento tuve conciencia de estar a punto de una polución y me aparté de ella. (Intento de tomar un camino sin mujer. — Todo el sueño muestra la perspectiva admonitoria de las poluciones y el comercio sexual como factores desencadenantes de una tabes.)»

La simple aclaración de que la tabes es una consecuencia de la lúes no tuvo efecto alguno. Solo la comprensión de sus exageradas tendencias a la seguridad puso fin al temblor.

¿Dónde está, pues, el problema nuclear de esta neurosis? La fantasía incestuosa tenía precisamente solo el valor de garantizarle la fe en su fantasía desmesurada y criminal. — La represión de la inclinación al onanismo, que se logró fácilmente, tuvo que ir seguida de otra salvaguardia equivalente o mejor, las poluciones. Solo cuando se vio ante un matrimonio, cuando temió volver a estar como antaño «abajo», no como el hombre, el padre, «arriba», caer bajo la influencia de una mujer y tener que confesar así ante todos su inferioridad, se puso «enfermo». Que tampoco soportaba estar debajo de un hombre —frente a los compañeros, a quienes quería rebajar continuamente y con los que siempre acababa reñido; frente a los profesores, que se le aparecían amenazadores en frecuentes sueños de examen; frente a su superior, ante el cual solía asaltarle su estado en los días señalados—, solo lo menciono de pasada.

¿Cómo entra, pues, la sexualidad en la neurosis y qué papel desempeña?

Es despertada y excitada tempranamente cuando hay inferioridad y una fuerte protesta masculina; se la estima y se la siente como gigantesca para que el paciente se asegure a tiempo, o bien se la desvaloriza y se la tacha como factor cuando ello sirve a la tendencia del paciente. En general no es posible tomar por auténticos los impulsos sexuales del neurótico o del hombre civilizado para contar con ellos, y menos aún seguir presentándolos, en cualquier forma de concepción, como el factor fundamental de la vida anímica sana o enferma. Nunca son causas, sino material elaborado y medio del afán personal.

La verdadera actitud ante la vida puede percibirse claramente ya en los primeros sueños y en las vivencias recordadas de una persona, prueba de que también el recuerdo de ellas está construido en el sentido de un proceder planificado. Nuestro caso da como sueños más remotos, de hacia los cinco años, los siguientes:

Primero: «Un toro me persigue y quiere ensartarme».

El paciente cree haber tenido el sueño poco después de la muerte de su padre, que pasó largo tiempo postrado en cama con la tabes dorsal. Si trazamos una línea de unión con la imagen fantástica del padre en las nubes (¿Dios?), se impone la idea de un miedo a la muerte en el niño. La posterior «reconstrucción» (Bierstein)3 habrá tenido en cuenta la tabes del padre y su muerte, que tanto habían conmovido al paciente. El toro tuvo que parecerle además al niño, criado en el campo, masculino, lo cual lo mostraba a él, el perseguido, en un papel no viril, es decir, para la concepción primitivamente antitética del niño, femenino, el del perseguido. Aun quien no quiera ir tan lejos en la interpretación podrá, sin embargo, sentir que el ánimo de este niño estaba lleno de sombríos presentimientos.

El segundo sueño continúa estas malas expectativas. Le parecía que se había despeñado y había caído sobre una superficie dura. Tales sueños de caída indican siempre una cautela del soñante desplazada hacia lo pesi- mista, que asusta con malas posibilidades, con el «estar abajo».

El recuerdo más antiguo de su vida despierta cree encontrarlo en que el primer día de escuela se encaminó con una rapidez imparable a la escuela de niñas y solo entre lágrimas se dejó desviar a la escuela de niños. Podemos ver en ello un símil de su anhelo de buscar su futuro, no enfermo, miserable, muerto, «abajo», como el padre, sino, en correspondencia con un papel femenino que encontraba en su madre fuerte (que, según declaración general, llevaba la hacienda como un hombre), sano, vigoroso y lleno de vida.

El retraso en su papel masculino, con todos los fenómenos que lo acompañan, también los morbosamente nerviosos, se había convertido, pues, en el eje de su vida anímica. A él correspondían luego, desde luego, también los fenómenos de su vida sexual, surgidos con necesidad.

II.

«Represión» y «protesta masculina»: su papel y su significado para la dinámica neurótica (1911).

En este círculo puedo dar por supuesto el conocimiento de la naturaleza de la «represión» tal como la esbozó y describió Freud. Pero las causas de la represión y el camino que conduce de la represión a la neurosis no están ni mucho menos tan claros como se suele suponer en la escuela de Freud. El número de representaciones auxiliares que aparecen en los intentos de explicación es enorme, y a menudo resultan no demostradas o incluso indemostrables. Por no hablar de quienes (del modo más chato) recurren a una analogía de la física o de la química y hablan de «estancamiento» y de «presión aumentada», de «fijación», de «reflujo a vías infantiles», de «proyecciones» y de «regresión».

Ya las consideraciones sobre las causas de la represión resultan en los trabajos de esta escuela sumamente sumarias, clichés usados dogmáticamente, aunque también intuiciones cuyos fundamentos siempre vale la pena establecer. El problema de la represión lograda y fallida se vuelve aún más enigmático si se lo reduce a la «constitución sexual»; la simple constatación muestra solo la falta de una comprensión psicoló- gica actual. Tampoco se han desentrañado las causas de la «sublimación», de las «formaciones sustitutivas», si se aceptan sin más tautologías como hechos. La «represión orgánica» aparece ahí solo como una salida de emergencia, como prueba de una posibilidad de modificación de las formas de funcionamiento, y apenas tiene que ver con la teoría de las neurosis.

Así entran en consideración: instintos y componentes instintivos reprimidos, complejos reprimidos, fantasías reprimidas, vivencias reprimidas y deseos reprimidos. Y sobre todos ellos se cierne como deus ex machina una fórmula mágica: el placer, del que dice tan bellamente Nietzsche: «Pues todo placer quiere eternidad, ¡quiere profunda, profunda eternidad!». Y Freud: «El hombre no puede renunciar a un placer sentido alguna vez». Y así se producen entonces —bajo este supuesto— aquellas drásticas formaciones que tiene que presentar todo trabajo de discípulo: el niño que tiene que mamar del pecho de la madre, el neurótico que busca una y otra vez el goce de ser bañado por el vino o por el líquido amniótico, hasta subir a las esferas más puras, donde al buscador no le conviene ninguna muchacha porque busca a la madre insustituible. Si esta manera de observar, por grande que fuera el progreso que este método creó aquí, era apta para cosificar la psique, que en realidad trabaja y está atenta a lo futuro, y llevarla así a una forma rígida, la fijación en el concepto de complejo fue un paso más para poner la concepción espacial por encima de la dinámica. Naturalmente, nunca se llegó tan lejos que no se intentara introducir después el principio energético, el παντα ʼρει [todo fluye].

La pregunta es, pues: ¿es el momento impulsor en la neurosis la represión o, como quiero decir provisionalmente sin prejuzgar, la psique distinta, irritada, en cuya exploración se encuentra también la represión? Y ahora les ruego que tengan en cuenta: la represión se produce bajo la presión de la cultura, bajo la presión de los «instintos del yo», recurriéndose a las ideas de una constitución sexual anormal, de una precocidad sexual. — Pregunta: ¿de dónde procede nuestra cultura? Respuesta: de la represión. — ¿Y los «instintos del yo», un concepto tan pleonástico y vacío como pocos? ¿No tienen el mismo carácter «libidinoso» que el instinto sexual? Pero si se conciben los instintos del yo no como algo petrificado, individual, sino como la tensión y la actitud frente al mundo exterior, como un querer valer, como un afán de poder, de dominio, de estar arriba, hay que considerar teórica y prácticamente dos posibilidades: I. El querer valer puede actuar sobre ciertos instintos inhibiéndolos, reprimiéndolos, modificándolos. II. Ha de actuar sobre todo intensificándolos. — Ahora bien, lo invariable, lo inmutable para nuestra consideración, es la cultura, la sociedad, sus instituciones, y nuestra vida instintiva, cuya satisfacción se concibe propiamente como fin, tiene que contentarse con aparecer solo como medio orientador, para iniciar satisfacciones, la mayoría de las veces en un tiempo lejano. Nuestro ojo, el oído, también la piel, han adquirido la peculiar capacidad de extender nuestro radio de acción más allá de la esfera corporal y espacial, y nuestra psique, por la vía de la presensibilidad, sale del presente, es decir, temporalmente, fuera de los límites de esta satisfacción instintiva primitiva. Aquí son tensiones aumentadas tan urgentes como las represiones; en estas relaciones reside la necesidad de un extenso sistema de seguridad, una pequeña parte del cual hemos de ver en la neurosis.

Pero estas tensiones empiezan el primer día de la infancia y actúan de modo tan transformador sobre todas las tendencias corporales y psíquicas que lo que vemos nunca representa algo originario, no influido, algo alterado, por ejemplo, solo a partir de un momento posterior, sino que la integración del niño orienta y modifica su vida instintiva hasta que, de un modo u otro, se ha adaptado al mundo exterior. En este primer tiempo de una vida psíquica no puede hablarse de un modelo duradero, tampoco de identificación, cuando el niño se rige por un modelo. Pues a menudo es este el único camino y la única posibilidad de satisfacción instintiva.

Si se considera de qué manera tan diversa y con qué tempo tan distinto se ha impuesto en todas partes y en todas las épocas la satisfacción instintiva, y cuánto ha dependido de las instituciones sociales y de la economía, se llega a una conclusión análoga a la anterior: que la satisfacción instintiva, y con ella la cualidad y la fuerza del instinto, es en todo momento variable y, por tanto, inconmensurable para nosotros. Recuerden que en mi conferencia sobre «Sexualidad y neurosis» llegué igualmente, a partir de las observaciones sobre el instinto sexual de los neuróticos, a la conclusión de que las tendencias aparentemente libidinosas y sexuales en la neurosis, como también en el normal, no permiten en absoluto sacar conclusiones sobre la fuerza o la composición de su instinto sexual.

¿Cómo se realiza, pues, la adaptación de un niño a un medio determinado, dado por la familia? Recordemos cuán diversamente se configuran las manifestaciones del organismo infantil, y precisamente donde la visión de conjunto es todavía más posible, en los primeros meses. Unos nunca tienen bastante, otros se comportan con bastante moderación al alimentarse; algunos rechazan los cambios de alimentación, otros quieren tomarlo todo. Lo mismo al mirar, al oír, en la excreción, en el baño, en las relaciones con las personas del entorno. Ya en los primeros días el niño se siente tranquilo cuando se le toma en brazos; las influencias educativas que allanan el camino al niño tienen ahí gran alcance. Ya en estas primeras adaptaciones hay valores afectivos frente a las personas del entorno. El niño está tranquilo, se siente seguro, ama, obedece, etc., o se vuelve inseguro, temeroso, obstinado, desobediente. Si se interviene tempranamente con una táctica inteligente, resulta un estado que podría designarse como serenidad despreocupada, y el niño apenas siente la coacción que hay en toda educación. Los errores educativos, sobre todo en caso de órganos deficientemente formados, conducen a perjuicios tan frecuentes para el niño y a sentimientos de displacer tales que este busca salvaguardias. En general quedan ahí dos direcciones principales: una sumisión excesiva, o la rebelión y la inclinación a la independencia. Obediencia u obstinación: la psique humana es capaz de trabajar en cualquiera de estas direcciones.

Estas dos tendencias orientadoras modifican, transforman, inhiben y excitan todo impulso instintivo hasta tal punto que cuanto se hace valer de modo innato como instinto solo puede entenderse desde este punto. «Lo bello es feo, lo feo es bello», como cantan las brujas de Macbeth. La tristeza se vuelve alegría, el dolor se transforma en placer, la vida es rechazada, la muerte parece deseable, en cuanto los impulsos de obstinación intervienen con fuerza en el juego. Lo que es querido para el otro es odiado; lo que otros rechazan, altamente valorado. Lo que la cultura prohíbe, lo que padres y educadores desaconsejan, precisamente eso se elige como meta ardientemente anhelada. Una cosa, una persona solo adquieren valor si otros sufren por ello. Siempre persiguen a otros y, sin embargo, se creen siempre perseguidos. Así crece una avidez, una prisa del deseo, que solo tiene una gran analogía: la lucha asesina de todos contra todos, el atizamiento de la envidia, de la avaricia, de la vanidad y de la ambición en nuestra sociedad moderna. — La tensión de persona a persona es demasiado grande en el nervioso, su apetito instintivo está tan exacerbado que persigue siempre, con expectativa inquieta, su triunfo. Así se explica el aferrarse a viejos defectos infantiles, como chuparse el dedo, la enuresis, embadurnarse de heces, comerse las uñas, tartamudear, etc., y en estos casos puede hablarse tranquilamente de obstinación cuando alguien ha conservado de forma duradera impulsos de este tipo, aparentemente «libidinosos».

Lo mismo vale de la llamada masturbación precoz, de la precocidad sexual y del comercio sexual prematuro. Conocí a una muchacha de diecisiete años, de buena familia, que desde los catorce años tenía frecuente comercio sexual. Y era frígida. Cada vez que reñía con la madre, lo que ocurría siempre tras breves pausas, sabía procurarse comercio sexual. Otra muchacha mojaba la cama tras cada humillación por parte de la madre y la embadurnaba de heces.

El mal progreso en los estudios, la falta de memoria, la falta de gusto por la profesión, la compulsión al sueño se muestran en el nervioso como fenómenos de protesta y se conservan como valiosos —no digo placenteros— en la lucha contra un antagonista. Una parte de esta psique la describe Siegmund en La valquiria de Wagner: «Por muchos que encontré, dondequiera que los hallé, ya cortejara a un amigo o a un hermano, siempre fui proscrito, la desgracia pesaba sobre mí. Lo que yo aconsejaba como justo, a otros les parecía malo; lo que siempre me pareció malo, otros lo favorecían. Caía en contienda dondequiera que me hallaba, la ira me alcanzaba adondequiera que iba. Si ansiaba gozo, solo despertaba dolor: por eso tuve que llamarme Wehwalt [el que impera en el dolor], solo del dolor fui señor». —

Así se desarrolla la caracterología del neurótico, que he descrito con más detalle en la «Disposición a la neurosis».4

¿De dónde procede, pues, esta avidez de valer, este placer en lo torcido, este aferrarse obstinado a los defectos y estas medidas de seguridad contra un exceso y un defecto (véanse las consideraciones sobre el seudomasoquismo en el «Tratamiento psíquico de la neuralgia del trigémino», Zeitschrift für Psychoanalyse, 1910), en el último de los cuales el paciente recurre a la autodesvalorización solo para afirmarse después o en otro lugar?

Como saben, he hecho responsables de ello a dos puntos de paso del desarrollo psíquico, que aquí solo menciono brevemente. Uno reside en el despuntar de un sentimiento de inferioridad considerable, que siempre he observado en conexión con órganos inferiores; el otro es una indicación más o menos clara de un antiguo temor a un papel femenino. Ambos apoyan la necesidad de rebelión y la actitud de obstinación hasta tal punto que siempre tienen que desarrollarse rasgos neuróticos, ya pase el interesado por sano, esté en tratamiento como neurótico o se haga un nombre como genio o como criminal.

Y desde este punto se falsea ahora la vida afectiva; ya no se trata de relaciones simples y naturales, sino de un apresurarse y un andar a la caza de supuestos triunfos que parecen hallarse ante él, atrayentes y seductores, en su futuro, y que mantienen de forma duradera su actitud morbosa. El neurótico vive y piensa además mucho más hacia el futuro que el normal, y por lo general esquiva las pruebas presentes. Muy a menudo el carácter del neurótico se oculta, y así pudo ocurrir que, cuando hablé de ello, se quisiera ver en estos rasgos de carácter algo raro, peculiaridades del extravagante. ¿Qué dice el neurótico de estos rasgos suyos de carácter? Algunos saben de ellos, aunque no conozcan todo su alcance ni mucho menos su trascendencia. Muchos lo supieron una vez y luego lo olvidaron. Por ambición y vanidad. Se aseguran entonces frente a este egoísmo que los degrada mediante una especie de obrar contrario. Siempre vemos con ello que impulsos instintivos egoístas de índole degradante, por ejemplo la avaricia, la sed de venganza, la maldad, la crueldad, son relevados por otros de valioso contenido ético. ¡Así pues, el «ansia de valer» tiene que estar dentro, tiene que haber tomado la dirección! Un hermoso ejemplo de esta represión de instintos lo comuniqué en una conferencia en la Sociedad Filosófica de Viena (pág. III de este volumen).5 Se trataba de un caso de tartamudeo, padecimiento constituido en todos sus puntos por el mecanismo de la protesta masculina. El paciente había entregado un donativo de 100 florines para fines benéficos en el 7.º distrito de Viena, tenía que llegar puntualmente a un distinguido restaurante del centro, sentía ya mucha hambre y recorrió a pie, malhumorado y fatigado, el largo camino. Quería ahorrarse 12 heller, como se reveló en el análisis. Como en todas las neurosis, salió a la luz en él: quería tenerlo todo, todo el dinero, todas las mujeres, todas las almas, y procuraba constantemente desvalorizar a los demás. Estaba ávidamente atento a la estima que se le mostraba. Podía vivir ascéticamente donde ello le daba prestigio, podía estudiar con exceso de celo cuando se trataba de adelantarse a otros, podía ser caritativo cuando se le veía, pero escatimaba en lo pequeño cuando se creía inadvertido. Donde alguien hacía algo, se ponía de mal humor; donde alguien gustaba, atacaba. Estaba sin cesar en lucha con su padre y no retrocedía ante amenazas de suicidio cuando quería salirse con la suya. El tartamudeo iba dirigido contra su padre, le desbarataba los planes y daba a mi paciente mayor libertad de movimiento. Al mismo tiempo lo protegía del matrimonio. Rompía toda relación al cabo de un tiempo con el pretexto de que, mientras tartamudeara, no podía casarse. Este fenómeno de la «larga serie amorosa», como la llama Freud, se producía en realidad porque quería a todas las mujeres (como don Juan) y porque temía dos cosas y quería asegurarse frente a ellas: 1. que una mujer lo dominara, tener que servirla y renunciar a las demás; 2. que, con su egoísmo, del que solo tenía conciencia afectiva, no intelectual, tendría que ser un mal marido y padre, y que por ello su mujer y sus hijos lo engañarían como castigo. El descubrimiento de estos rasgos de carácter de protesta se me presenta por regla general como primera parte del análisis; suele ir seguido de una mejoría, pero regularmente también de una resistencia que se desata con violencia y se manifiesta en intentos de desvalorizar mi persona. Uno de mis pacientes vino desde Hungría a curarse conmigo, como se reveló en el análisis, porque no podía soportar que su hermana, a quien yo había curado, hablara bien de mí. Dirán ustedes que estaba enamorado de su hermana. ¡Exacto! Pero solo cuando ella pensaba bien de un hombre. Al principio era cortés, casi humilde y modesto, rebosaba honradez y amor a la verdad. Cuando le demostré su sed de venganza, su maldad, su mendacidad y su envidia, se enfureció durante largo tiempo, acabó admitiéndolo todo, pero declaró que ahora tenía que quedarse en la cura conmigo hasta estar sano, aunque durara varios años. Cuando le respondí que se quedaría tanto tiempo como yo lo considerara oportuno, permaneció un rato sentado, pensativo. Luego me preguntó sonriendo: «¿Se ha quitado ya alguien la vida en su cura?». Le respondí: «Todavía no, pero estoy preparado para ello en todo momento».6 — Este paciente padecía, entre otras cosas, de insomnio. Insistió en que habláramos de este síntoma, declarando que ya estaría contento si recobraba su potencia. La aclaración se produjo sin tropiezos, y hacía ya bastante tiempo que había recuperado el sueño completo cuando me lo comunicó.

¿Había reprimido, pues, este paciente sus rasgos de carácter? De ningún modo. Toda su protesta masculina salía claramente a la luz, aunque de tal manera que no provocaba demasiado escándalo ni hacia dentro ni hacia fuera. Pero de modo semejante describe Freud el resultado de la represión fallida. Las huellas de los impulsos instintivos reprimidos son siempre claramente reconocibles en la neurosis, conocimiento al que el propio Freud ha contribuido no poco. Son reconocibles no solo en las fantasías del neurótico y en su vida onírica, sino sobre todo mediante el análisis psicológico, que nos enseña a ver las pequeñas y grandes desarmonías e incongruencias de la vida anímica y nos permite ordenarlas.

Desde luego, el trabajo es todavía muy incompleto cuando solo se dispone del descubrimiento de la caracterología neurótica. Pero es importante sobre todo porque su conocimiento advierte al paciente. La parte más difícil de la cura conduce luego, según mi experiencia, regularmente a los dos puntos de paso del desarrollo psíquico del neurótico, a las fuentes de la neurosis, el sentimiento de inferioridad y la protesta masculina.

Ahora la pregunta principal que sin duda esperan ustedes con ardiente avidez: ¿por qué enferma el neurótico? ¿Cuándo se hace manifiesta su neurosis? Freud ha prestado menos atención a este punto. Pero sabemos que supone una causa ocasional en la que la represión se hace más fuerte y el viejo conflicto psíquico vuelve a alimentarse. No puede negarse que aquí hay oscuridades. Quizá la discusión de hoy esté llamada a resolverlas. — Según mi experiencia, el predispuesto neurótico, que en realidad sufre siempre, responde a toda expectativa o a todo sentimiento de humillación con un ataque agudo o crónico. Este último nos da el momento desde el cual datamos el estallido de la neurosis. Si luego se producen nuevas represiones de instintos, son fenómenos concomitantes que se forman bajo la coacción aumentada de la protesta masculina, bajo la presión del afán de valer y de las tendencias a la seguridad. Quiero demostrarlo en nuestro caso de mi última conferencia. Nuestro paciente recuerda haber temblado por primera vez al tocar el violín, en una época en que tenía que decidirse a dar una promesa de matrimonio a Albertine, la muchacha a quien aparentemente amaba con ardor. Por eso dejó de tocar el violín. Y ahora nos enteramos de lo siguiente: Albertine era una excelente pianista, por lo que él tenía que pensar a menudo que le habría gustado acompañarla al violín si hubiera sabido tocar mejor. Y en el matrimonio, encima, habría habido un concierto en el que su mujer habría estado decididamente por encima de él. Pero de esta índole había sido el miedo de toda su vida: una mujer que le fuera superior. Todavía no he encontrado ningún neurótico al que este miedo no roa, al menos en secreto. De la literatura menciono solo el caso de Ganghofer, que Alexander Witt publica en el cuaderno 4 del Zentralblatt für Psychoanalyse, año I, y además un caso totalmente análogo de los recuerdos de Stendhal. En ambos casos se trata de recuerdos infantiles en los que una mujer pasa por encima del niño. Las fantasías de gigantas, de valquirias, de mujeres que atan o pegan a muchachos, que a veces llegan a realizarse en el seudomasoquismo, los cuentos de monstruos femeninos, ondinas, ninfas, mujeres con genitales masculinos, con cola de pez o semejantes al recuerdo de juventud de Leonardo da Vinci, son frecuentes y encuentran su contrapartida equivalente y del mismo sentido en las fantasías de nacimiento, igualmente frecuentes, en las ideas de castración y en los deseos de un papel de muchacha. Este último deseo aparece a menudo sumamente atenuado, desvaído hasta la pregunta: ¿qué sentirá una muchacha? —

Como recordarán, también nuestro paciente tenía un recuerdo infantil análogo: que una criada había estado encima de él.7 No estaba reprimido, tampoco olvidado, pero se hallaba aparentemente fuera de toda conexión con su estado psíquico presente o anterior. Había sido despojado de todo su significado. ¿Había sido acaso un agente eficaz? Nadie puede suponerlo. De sus antecedentes surgen recuerdos de la madre enérgica que, viuda, administraba su gran finca, que se las arreglaba sin hombre y de la que la gente decía que era como un hombre. Esta madre, que lo mimaba, pero que también lo castigaba, le era decididamente superior. Cuando luego despertó su anhelo de que él, el niño débil de hábito femenino, el enurético a menudo ridiculizado y castigado, llegara a ser un hombre, cuando dio expresión a su protesta masculina en pensamientos, sueños y en la enuresis obstinada, le vinieron en ayuda recuerdos como el de que a menudo hacía teatro con ropa femenina, o el de que el primer día de escuela, con sus hermanas mayores, a las que más se había acostumbrado, corrió a la escuela de niñas y se negó entre lágrimas a ir con los niños. Y todavía hubo agravaciones que lo empujaron más a la protesta masculina. El vello pubiano se hizo esperar mucho; su genital le parecía más corto que el de sus compañeros de edad. Puso su meta tanto más alta, quería hacer algo sobresaliente, ser el primero en la escuela, en la oficina, hasta que llegó a Albertine, cuya superioridad temía. Había desvalorizado a todas las muchachas y mujeres, a su madre incluida, pero por miedo. Con los medios habituales. No tendrían entendimiento, ni independencia, serían frívolas. (Véase Hamlet: «Oh, ya sé yo de vuestros remilgos. Danzáis, andáis a saltitos, ponéis motes estropeados a las criaturas de Dios y os hacéis las ignorantes por frivolidad. ¡Idos, que me ha vuelto loco!».) También tendrían mal olor. — Dicho sea de paso: este «componente olfativo», al que Freud ha atribuido repetidamente una importancia especial como componente libidinoso, se me revela cada vez más como un fraude neurótico. Una paciente de 54 años, que se volvió gravemente neurótica por miedo a parir hijos, sueña hacia el final de la cura este sueño inequívoco: «Desembalo huevos. Todos apestan. Digo: ¡Puaj, cómo apestan!». Al día siguiente iba a venir su marido. Ya ha desvalorizado a todas las eminencias médicas de Alemania y Austria. — Una actriz neurótica se puso a hablar de relaciones amorosas. Dice: «No me echo atrás en absoluto. En realidad soy completamente amoral. Solo una cosa: he descubierto que todos los hombres apestan, y contra eso se rebela mi estética». Pero nosotros comprenderemos: con una actitud así se puede ser amoral sin peligro. En el cuaderno 4 del Zentralblatt für Psychoanalyse, 1911 («Contribución a la doctrina de la resistencia»), encontrarán reunidos algunos de estos casos. — Los neuróticos masculinos hacen lo mismo. Es la venganza contra la mujer. Europeos y chinos, americanos y negros, judíos y arios se reprochan mutuamente su olor. Un niño de cuatro años dice cada vez que pasa junto a la cocina: «Aquí apesta». Vive enemistado con la cocinera. — Lo mismo nuestro paciente. Designemos este fenómeno como tendencia a la desvalorización, de la que aparece compuesta, de modo análogo, la fábula de la zorra y las uvas verdes. —

¿De dónde procede la tendencia a la desvalorización? Del miedo a que se hiera la propia susceptibilidad. Es, pues, igualmente tendencia a la seguridad, iniciada por el afán de valer. Y está psíquicamente en el mismo rango que el deseo de estar arriba, de celebrar triunfos sexuales, de volar, de estar en lo alto de una escalera de mano o de una escalera, o en el tejado («El constructor Solness»). Casi regularmente se encuentran en el nervioso, estrechamente juntas, la tendencia a desvalorizar a la mujer y la de tener trato con ella. Más aún, el sentimiento del neurótico lo dice claramente: quiero desvalorizar a la mujer, rebajarla, mediante el comercio sexual. Además la deja fácilmente plantada y se vuelve hacia otras. A esto lo he llamado el carácter donjuanesco del neurótico; no es otra cosa que la «serie amorosa» de Freud, que este interpreta de modo fantástico. Y la desvalorización de la mujer, tanto de la madre como de todas las mujeres, lleva a que más de un neurótico se refugie en la prostituta,8 donde se ahorra el trabajo de la desvalorización y, encima, ve a sus allegados reventar de rabia. El niño ve o intuye que es masculino estar arriba. Por lo general, la madre es la mujer frente a la cual procura establecer el pathos de la distancia. Frente a ella quiere hacer de hombre, para desvalorizarla y elevarse a sí mismo. También la insulta y le pega, o se ríe de ella, se vuelve desobediente y terco con ella, intenta dar órdenes, etc. Si hay en ello libido, y cuánta, es completamente indiferente. También contra otras muchachas y mujeres se vuelve su protesta masculina, la mayoría de las veces, siguiendo la línea de menor resistencia, contra criadas e institutrices. Más tarde da en la masturbación y la polución, no sin unir a ellas tendencias a la seguridad contra el demonio mujer. Lo mismo nuestro paciente. Como no pudo alcanzar su meta con la madre, ser su señor, se vuelve hacia la criada, con la que a los 6 o 7 años lo consigue mejor. La ve desnuda y le mete la mano bajo las faldas. Hasta el presente, esta clase de agresión sexual fue su actividad principal. Solo con prostitutas llegaba al co- ito, hasta que se hizo necesario demostrarse que no podía casarse. Entonces aparecieron las poluciones y la impotencia, y se le presentó ante los ojos el miedo a su sexualidad desenfrenada, con sus supuestos peligros de parálisis y de temblor en la vejez. O mejor dicho: el temblor y el tartamudeo aparecieron, lo mismo que las poluciones y la impotencia, porque estaban en condiciones de protegerlo del matrimonio. — Probablemente habría roto a tiempo y se habría librado de la neurosis que estallaba si no hubiera aparecido en escena un tercero. Esto era demasiado para su orgullo. Ahora no podía ceder y, sin embargo, no quería decidirse. Sus aspiraciones «libidinosas» [sic], el deseo de poseer a Albertine, llenaban toda su conciencia, pero lo inconsciente decía un no rotundo y lo apartaba del noviazgo arreglando síntomas que hablaban en contra de un matrimonio. Del todo equivalente en la conciencia es la idea: solo podré casarme cuando tenga un buen puesto. Pero al mismo tiempo aparecen fenómenos morbosos que hacen imposible un ascenso en la oficina.

¿Qué ha «reprimido» nuestro paciente? ¿Su instinto sexual, su libido, acaso? Era tan consciente de ella que pensaba continuamente en asegurarse frente a ella. ¿Una fantasía? Dicho brevemente, su fantasía era la mujer encima de él, la mujer como la más fuerte. Hicieron falta todos mis trabajos previos para hacer visible la conexión de esta y otras fantasías semejantes con la neurosis. Y ahora resulta que esta fantasía misma no es más que un espantajo para el paciente, erigido y mantenido para obtener valor incluso por caminos tortuosos. ¿Ha reprimido impulsos libidinosos hacia la madre? Es decir, ¿ha enfermado del complejo de Edipo? He visto bastantes pacientes que conocen con exactitud su «complejo de Edipo» sin sentir mejoría. En cuanto se tiene en cuenta en él la protesta masculina, ya no se puede hablar con justicia de un complejo de fantasías y deseos, sino que se aprenderá a entender también el aparente «complejo de Edipo» como una pequeña parte de la dinámica neurótica hiperpotente, como un estadio de la protesta masculina en sí insignificante, pero instructivo en su conexión,9 desde el cual se hacen igualmente posibles las comprensiones más importantes de la caracterología del neurótico.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de Heilen und Bilden. Ärztlich-pädagogische Arbeiten des Vereins für Individualpsychologie, ed. de Alfred Adler y Carl Furtmüller, Múnich, Ernst Reinhardt, 1914, págs. 94-114, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original, las notas del autor (numeradas de forma continua) y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. Según veo ahora, con éxito. Véanse Hitschmann, Freuds Neurosenlehre [La doctrina de las neurosis de Freud], 2.ª ed., y Jung (Jahrbuch de Bleuler y Freud, 1913). ↩

  2. Realschule: en Austria, escuela media sin latín, centrada en las lenguas modernas, las matemáticas y las ciencias naturales, que también conducía al examen de madurez. Se deja en alemán, porque ni «escuela real» ni «instituto» le corresponden en español. (N. del T.) ↩

  3. Así en el texto; en la nota 4, «Birstein». No se ha identificado con seguridad al autor citado. (N. del T.) ↩

  4. Más tarde en «El carácter nervioso». Bergmann, Wiesbaden, 1912. ↩

  5. Así en el impreso; la referencia no se ha podido aclarar (quizá errata por un número de página). (N. del T.) ↩

  6. «Quitarle las armas de la mano», es decir, hacer que los medios morbosos del nervioso parezcan ineficaces, es la meta de toda táctica psicoterapéutica. ↩

  7. Es decir: «¡La mujer es más fuerte que el hombre!». En los primeros recuerdos infantiles se encierra siempre, como en las fantasías sobre la elección de profesión, la concepción del mundo que da forma al hombre, tanto da que se trate de recuerdos auténticos, fantaseados o reconstruidos (Birstein). Véase Adler, «Zur Schlafstörung» [Sobre los trastornos del sueño], en Fortschritte der Medizin, Leipzig, 1913. ↩

  8. Véase Adler, «Neurologische Betrachtungen zu Bergers "Eysenhardt"» [Consideraciones neurológicas sobre el «Eysenhardt» de Berger], Zeitschrift f. mediz. Psychologie und Psychotherapie, Stuttgart, 1913. ↩

  9. Como una situación que ha de entenderse simbólicamente. ↩