Wulffen, E., Der Sexualverbrecher [El delincuente sexual]. Editorial Dr. P. Langenscheidt, Berlín-Grosslichterfelde, 1910. 727 págs.
El progreso científico está ligado a tres condiciones: experiencia, capacidad crítica y movilidad de espíritu, en virtud de la cual se hace posible abandonar puntos de vista anticuados, conquistar otros nuevos, advertir conexiones y dejar que los hechos y las fuerzas obren sobre uno. Quien deje obrar sobre sí el presente y nutrido volumen, al que el editor ha dedicado amor y esmero, comprobará con gusto que debemos a Wulffen un avance notable, tanto en el análisis psicológico del delincuente como en el seguimiento de la conexión entre sexualidad, vida instintiva y delito.
En la obra de Wulffen se han depositado una multitud de estudios y experiencias. Comienza por extenso con un capítulo sobre biología sexual, resume resultados de autores notables como Häckel, Robert Müller, Bölsche, Mantegazza, Krafft-Ebing, Moll, Harelock Ellis,1 Magnus Hirschfeld, Freud, Forel, Rohleder y otros, y recorre todos los campos limítrofes para fundar una concepción del mundo. Esta concepción del mundo imprime su carácter a todo el libro. Wulffen la expone en un prólogo, en la introducción y en las palabras finales. Comienza su libro con las siguientes palabras: «Quien no haya aprendido a contemplar con amor el conjunto de los fenómenos de la vida, más allá del círculo de la antropología y la biología, y sobre todo los psicológicos, sociales y éticos, también desde el punto de vista de la ciencia sexual, solo los comprende a medias, sea quien sea».
Su punto de vista en la psicología criminal le es familiar a la escuela freudiana: «El delito es sexualidad reprimida y un equivalente de ella». Freud, Gross y Stekel han expuesto la misma concepción, a la que el autor también se remite en el lugar correspondiente. Unas consideraciones sobre psicología sexual y caracterología conducen al estudio de la patología sexual, en el que salen a relucir el amplio conocimiento que Wulffen tiene de las cuestiones psiquiátricas y neurológicas y su comprensión de la aportación sexual pertinente. En un capítulo sobre estadística criminal, Wulffen nos conduce al «vestíbulo» de la estadística moral y trata sin tapujos las conexiones entre capitalismo, sociedad y criminalidad sexual.
Wulffen distingue delitos de base sádica, masoquista y fetichista, de base homosexual, y delitos sexuales de naturaleza social. Esta división tiene para él, como demuestra en detalle, el valor de una mayor claridad. En el abundante material, que abarca todas las formas de perversión, todas las cuales pueden llegar a ser objeto de consideración criminalística, el autor procura siempre, con gran agudeza, poner en claro las líneas sádicas causales. El reseñador, que del mismo modo ha podido descubrir el «instinto de agresión exacerbado» y el mecanismo psíquico de la «protesta masculina» en lo que acontece de anormal en la neurosis, en el delito y en el arte, puede dar su más vivo asentimiento al autor en este punto.
El estrecho contacto de los problemas tratados con las cuestiones fundamentales de la doctrina de las neurosis hace comprensible que el autor se vea obligado a tomar posición allí donde todavía hoy existen grandes dificultades. Ya en la cuestión principal de la conexión entre la sexualidad y el delito.2 A veces un «casi siempre» o una palabrita semejante debilita la seguridad con que Wulffen, en otros lugares, describe la importancia fundamental de la sexualidad para el delito.
El problema de la perversión espera igualmente una solución unitaria. A la hipótesis de instintos parciales de la sexualidad innatos y constitucionales se oponen afirmaciones sobre una adquisición fortuita de la perversión. Un tercer punto de vista, el del reseñador, sostiene un entrecruzamiento secundario de los instintos (Triebverschränkung) y hace nacer las perversiones del instinto sexual, de otros instintos orgánicos y del instinto de agresión exacerbado. Wulffen hace justicia en el análisis, sin duda, a todos los puntos de vista, destaca con razón especialmente el componente sádico y subraya la importancia del «entrecruzamiento de los instintos» en la psicología del delito sexual. Que además, como numerosos neurólogos, también rinda tributo a la teoría tóxica podría despertar dudas sobre la unidad de su teoría sexual, si no hubiéramos digerido ya la misma versatilidad en la psiquiatría. Si existen toxinas sexuales que de algún modo se hacen eficaces, no será de otra manera que los demás venenos, el alcohol, la morfina, etc. El propio Wulffen lo señala, y también que este efecto tóxico «desata la criminalidad latente». Ahora bien, el delito mismo es un «equivalente de la actividad sexual» y, si se desarrolla con coherencia la doctrina de las toxinas sexuales, sería igualmente de origen tóxico. No se vislumbra una solución definitiva. Las determinaciones psíquicas del delito y, además, el estado afectivo permanente nos dan mucho más para nuestra comprensión de la criminalidad. Wulffen ha puesto la mesa tan abundantemente en este sentido que puede reducir el componente tóxico a su verdadero núcleo: solo puede exacerbar el estado afectivo.
Resultan especialmente simpáticas las consideraciones de Wulffen sobre la posición de la mujer y la criminalidad que de ella se deriva, sobre el absurdo de nuestra cultura, que primero rebaja a la mujer y luego la presenta como inferior, y sus cálidas palabras sobre la influencia perniciosa del capitalismo en la crianza de naturalezas delincuentes.
Es un cuadro rico el que despliega el autor y realza con vivas luces. Sin duda, la obra más madura sobre el delincuente sexual. Las perspectivas que nos muestra nos afirman en nuestra concepción psicoanalítica del mundo. Wulffen nos muestra en el delincuente a un semejante que actúa bajo la coacción de una actitud inconsciente, en el sentido de la protesta masculina exacerbada.
Adler.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número completo del Zentralblatt für Psychoanalyse 1 (1910/11), H. 3 (diciembre de 1910), sección «Referate und Kritiken», págs. 118-119, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.