Los flacos y los gordos.
Entre unos y otros se abre un abismo. Al uno le falta lo que al otro le sobra. Forman dos grupos enemigos, se miran con recelo, en el mejor de los casos se toman el pelo o libran guerras encarnizadas. Rara vez viven en paz y amistad o se dirigen buenas palabras. También hay tránsfugas. Los gordos son más conservadores: conservan y aumentan su volumen, a menudo contra su voluntad. Los flacos tienen perspectivas de pasar a las filas de sus adversarios. Pero su expectativa es escasa y depende de varias circunstancias accesorias. Por ejemplo: tienen que vivir para verlo. Pues, pérfidamente, muchos de los flacos mueren hacia los treinta años o incluso de niños. Los gordos duran más, mucho más, sobre todo si no tienen que cargar con un exceso.
¿Cómo se hace uno gordo? ¡Oh, nada más fácil! Desciéndase de padres bien alimentados y robustos, dése uno buena vida en la casa paterna, aliméntese con los bocados más sustanciosos y búsquese pronto un cargo, un negocio, un oficio que dé de comer a su hombre. Cásese uno pronto, tome una buena dote y tenga siempre buena cocina. No se preocupe demasiado por los demás y piense más en conservar y aumentar lo propio. Esquive con todo cuidado los trabajos corporales e intelectuales, practíquelos a lo sumo como deporte o déjelos en manos de otros. En política sea moderado, conservador o, mejor aún, reaccionario. — Para terminar, algunas indicaciones sobre la elección de profesión. Se recomiendan para ello: tabernero, carnicero, chacinero, panadero, cervecero y gran terrateniente. Si alguien siente un ansia loca de ponerse bien gordo, que se haga clérigo o rentista.
Pero si alguien desea seguir bien flaco, tenga muy presente lo anterior para evitarlo a tiempo. En su lugar, apriétese el cinturón cuanto pueda, pase hambre y ayune desde la más tierna infancia y busque su salvación en el duro trabajo servil y en la preocupación que consume. Ninguna jornada le parezca demasiado larga, ningún salario demasiado bajo. Viva con mujer e hijos en agujeros insalubres, compre sus víveres a ser posible fiados y no amargue a los honrados comerciantes el gusto por el nego—cio1 invocando la ley de alimentos. Sea y siga siendo proletario toda su vida, en cualquiera de las muchas variedades que se ofrecen: como obrero, escribiente a jornal (Diurnist), pequeño funcionario o maestro, esto último, a ser posible, con sincera convicción. Así se alcanzan grados de adelgazamiento verdaderamente asombrosos. En general, esto es mucho más fácil que ponerse gordo. Tiene que ver con la naturaleza de nuestra vida económica, cuyas magníficas instituciones favorecen extraordinariamente la flacura. Es más, muchos de nuestros beneficios estatales se refieren solo a los flacos, como los hospitales y la exención del impuesto personal sobre la renta.
La ciencia juzga la flacura de un modo muy desfavorable. Le da el nombre de «desnutrición» y la interpreta como un estado de hambre crónica. Sin abogar por el exceso en la alimentación, exige alimento suficiente para todos. Porque en la desnutrición hay un gran peligro. Merma el rendimiento en el trabajo y prepara el terreno en que se desarrollan y prosperan las enfermedades. La tuberculosis, por ejemplo, es la expresión médica del estado de hambre crónica, y el único remedio está en una alimentación suficiente del pueblo.
La desnutrición se produce cuando alguien ingiere y aprovecha menos de lo que necesita para mantener su sustancia corporal en reposo y para realizar su trabajo. Entonces vive a costa de su propio cuerpo: su grasa y sus músculos se queman y se funden. Incluso en las personas gordas una merma semejante de la sustancia corporal no está del todo exenta de peligro. En los flacos, la desnutrición permanente es un acontecimiento desgraciado, tanto más funesto cuanto más baja el peso corporal por debajo del límite del promedio. El peso corporal medio de un hombre de constitución normal es de unos 63 a 68 kilos; el de una mujer, de 56 a 58 kilos.
Para cada año de vida se calcula:
| Al final del | Kilogramos | |
|---|---|---|
| 1.er año | . . . . | 8 a 10 |
| 2.º » | . . . . | 10 » 12 |
| 3.er » | . . . . | 11½ » 13½ |
| 4.º » | . . . . | 13½ » 15½ |
| 5.º » | . . . . | 15 » 17 |
| 6.º » | . . . . | 16 » 18 |
| 7.º » | . . . . | 18 » 20 |
| 8.º » | . . . . | 20½ » 22½ |
| 9.º » | . . . . | 22½ » 24½ |
| 10.º » | . . . . | 24½ » 26½ |
| 11.º » | . . . . | 27 » 29 |
| 12.º » | . . . . | 29½ » 31½ |
| 13.er » | . . . . | 32 » 34 |
| 14.º » | . . . . | 36 » 38 |
| 15.º » | . . . . | 40 » 42 |
| 16.º » | . . . . | 43 » 52 |
| 17.º » | . . . . | 47 » 57 |
| 18.º » | . . . . | 50 » 61 |
| 19.º » | . . . . | 51 » 63 |
| 20.º » | . . . . | 52½ » 65 |
Las cifras más bajas de esta tabla valen para el sexo femenino, las más altas para el masculino; para las personas de poca estatura quizá sean demasiado altas, para las de gran estatura demasiado bajas. Por lo demás, un descenso o una permanencia duradera por debajo de estos pesos es una señal de alarma que indica penuria en la alimentación. Y en una ciudad como Viena, donde la tuberculosis acecha a todo el que está mal alimentado, uno debería permitirse en lo posible un sobrepeso de seguridad, de hasta unos cinco kilogramos por encima de las cifras anteriores.
Al organismo humano sano solo le conviene a la larga una alimentación mixta. Para las personas que trabajan debe contener a diario, según la dureza del trabajo: albúmina, 120 a 150 gramos; grasa, 50 a 100 gramos; hidratos de carbono, 400 a 500 gramos. Entre la grasa, los hidratos de carbono y una parte de la albúmina puede darse temporalmente una relación de intercambio, de modo que un gramo de grasa puede sustituirse aproximadamente por tres gramos de albúmina o por tres gramos de hidratos de carbono. Pero la mayor parte de la albúmina antes exigida y una gran parte de los hidratos de carbono deberían ofrecerse en la alimentación en todas las circunstancias. La albúmina se encuentra en un 20 por ciento en la carne y el pescado, en un 13 por ciento en los huevos, en un 4 por ciento en la leche, en un 30 por ciento en el queso, en un 10 por ciento en la harina, en un 60 por ciento en el pan,2 en más de un 20 por ciento en las judías, los guisantes y las lentejas, y en un 1 a 3 por ciento en las verduras. Los hidratos de carbono los tomamos concentrados en el azúcar, en un 70 por ciento en la harina y la sémola, en un 50 por ciento en el pan, las judías, los guisantes y las lentejas, en un 20 por ciento en las patatas, en un 10 por ciento en la fruta, las zanahorias y los nabos, en un 5 por ciento en la leche, y en un 4 a 6 por ciento en las verduras de hoja. La grasa llega concentrada al mercado en la mantequilla y la grasa fundida, y se encuentra en un 2 a casi un 40 por ciento en la carne, en un 80 por ciento aproximadamente en el tocino, en un 12 por ciento en los huevos, en un 2½ a 4 por ciento en la leche y en un 6 a 30 por ciento en el queso. El alcohol no debe emplearse como alimento.
Las exigencias incumplidas de la ciencia son un claro signo de los tiempos. La economía moderna, capitalista, no es capaz de alimentar suficientemente al pueblo; antes bien, produce un número enorme de desnutridos, de «flacos», y frente a ellos una pequeña cantidad de personas prósperas, vigorosamente alimentadas, «gordas». Entre unos y otros se abre un abismo. En la lucha social de nuestros días el pueblo pelea por una alimentación suficiente.
Aladin.3
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la imagen de página de ANNO (Österreichische Nationalbibliothek, aze/19011231/6): Arbeiter-Zeitung (Viena), n.º 359, 31 de diciembre de 1901, pág. 6, firmado «Aladin». Los comentarios S. n del código marcan la página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la tabla, las cifras sin convertir y las cursivas (que reproducen el espaciado del original). Las adiciones del traductor van entre corchetes.
En el original, «Be—triebe»: la palabra Betrieb («negocio», «actividad comercial») aparece partida por una raya, probablemente con intención irónica; se imita el efecto. (N. del T.) ↩
Así en el original («zu 60 Perzent in Brot»); la cifra es, con toda probabilidad, una errata por 6. (N. del T.) ↩
Sobre la atribución: «Aladin» es un seudónimo, y ninguna de estas piezas lleva el nombre de Adler. La atribución la propuso Reinhard Schiferer (1995) y la han aceptado las ediciones de referencia: el tomo 7 de la Alfred Adler Studienausgabe recoge «Das empfohlene Treiberlein» (1897) como su texto más temprano conocido, junto con «Eine Lehrkanzel für soziale Medizin» (Ärztliche Standeszeitung, 1902, también firmado «Aladin»), que figura asimismo en las Collected Clinical Works. Habla también a favor la afinidad de los temas con lo que Adler firmaba con su nombre en esos años: medicina social, alimentación obrera, mortalidad infantil y crítica de la medicina de beneficencia. No conocemos, en cambio, ninguna prueba documental (una carta, un registro de colaboradores de la redacción) que la confirme; por eso se acepta aquí con reserva. ↩