Observaciones sobre los fundamentos sociológicos de la «protesta masculina».

Dra. VALENTINE ADLER (Berlín)

El descubrimiento de la protesta masculina está en el comienzo de la investigación de la psicología individual y constituye una de sus partes más importantes. Quizá la mejor definición sea la de una protesta dirigida contra el hombre que, al mismo tiempo, se propone como meta alcanzar la masculinidad. Se manifiesta con más claridad en las mujeres (y de ellas se hablará aquí principalmente), aunque también el hombre tiene ante sí, como línea directriz de su afán, la meta de la masculinidad en forma positiva o negativa. Más aún: hoy apenas encontraremos a una persona cuya actitud ante la vida, y en especial ante el problema de la dualidad de los sexos, no haya estado fuertemente influida —al menos temporalmente— por la protesta masculina. Pero si la protesta masculina se convierte en el factor decisivo en la vida de una persona, sobreviene la neurosis, porque la tensión excesiva y el dominio exclusivo de la protesta masculina hacen perder toda conexión con la realidad de la vida.

El gran papel que la protesta masculina desempeña en la vida anímica de sanos y enfermos nos lleva a buscar sus fundamentos en la estructura social. En efecto, el nacimiento y el desarrollo de la protesta masculina solo son posibles en un orden social en el que el sexo masculino ocupa la posición de predominio que posee hoy en el orden de la propiedad privada. Con la destrucción de ese predominio desaparece el problema de poder «hombre-mujer» y, con él, su transformación dialéctica, la «protesta masculina».

El predominio masculino no se expresa solo en posiciones reales de poder o en sanciones legales. Todo nuestro pensamiento psicológico ha desarrollado una ideología correspondiente, que a menudo solo puede superarse con el mayor esfuerzo, incluso en las personas más avanzadas. Así, hoy distinguimos como algo completamente evidente cualidades «femeninas» y «masculinas», imponemos a un hombre ciertas exigencias que jamás impondríamos a una mujer, y a la inversa; en suma, todo nuestro pensamiento psíquico está impregnado de la convicción de que a la diferencia biológica entre hombre y mujer le corresponde también una polaridad psíquica e intelectual condicionada por la naturaleza.

Ya los utopistas socialistas del siglo XVIII expusieron cómo el predominio económico del hombre en la burguesía

condiciona la opresión de la mujer. Estas ideas las desarrollaron sobre todo Friedrich Engels (El origen de la familia) y August Bebel (La mujer y el socialismo).

Desde el lado de la psicología individual, estas exposiciones pueden completarse con la observación de que la posición de la mujer oprimida en el orden de la propiedad privada representa una violación de la verdad objetiva, de la igualdad entre el hombre y la mujer. Pero ninguna «verdad eterna» se deja reprimir impunemente; la vida anímica se rebela contra ello, y el desarrollo de la protesta masculina en el hombre y en la mujer es la venganza y el castigo por la postergación del sexo femenino. ¡Basta una mirada a los innumerables «matrimonios desgraciados» para reconocer sus efectos devastadores! Por variadas que sean las formas de lucha entre los sexos —y las mujeres emplean con mucha frecuencia como arma el argumento de su «feminidad»—, y por mucho que se hable de la diferencia esencial entre hombre y mujer, cuando hay desarmonías prolongadas entre dos personas de distinto sexo, todo conflicto, incluso de naturaleza objetiva, se transforma en un conflicto en torno a la cuestión de quién está «arriba» y quién «abajo».

Todas las teorías, a menudo verdaderamente místicas, sobre el carácter de fetiche de la oposición entre hombre y mujer no hacen más que encubrir un único hecho: que la mujer, excluida de la vida social, excluida como elemento activo de la vida familiar y reducida a la función social de la reproducción (y también esta va desapareciendo cada vez más en los años de la posguerra), quiere volver a pasar al primer plano mediante constantes acciones de protesta de carácter «masculino» o «femenino».

Si preguntamos ahora por el contenido de esta polaridad, tropezamos ya con la primera dificultad. Pues según la situación de clase, el medio, etc., según la diversidad de sus metas, se califican como típicamente «masculinas» o «femeninas» cualidades distintas. En el lenguaje corriente pasan por «masculinas», aproximadamente, las cualidades siguientes: fuerza, riqueza, saber, victoria, actividad, falta de miramientos, etc. Frente a ellas están las cualidades calificadas de «femeninas», a saber: bondad, paciencia, sufrimiento, infantilismo, coquetería, entrega, belleza, etc.

Lo vemos: un batiburrillo de cualidades que a menudo exigen incluso cosas opuestas y que prueban así que, en realidad, tras la división «masculino-femenino» se esconde algo muy distinto de diferencias sexuales naturales. En realidad, cada uno de estos rasgos anhelados, y por ello revestidos con la aureola de la «masculinidad» o de la «feminidad», sirve a una sola tarea: la compensación de la propia inferioridad por medio de la pareja del otro sexo. ¡De ahí la diversidad, a menudo incluso la oposición, de los rasgos citados! Pero de ahí también la posibilidad de agruparlos y de reducirlos al denominador «masculino-femenino». Pues precisamente la posición desigual de hombre y mujer dentro del orden social actual hace aparecer en ambos sexos ciertas metas comunes, correspondientes a ciertas carencias sentidas como comunes, que luego se agrupan bajo el nombre de «masculino» o «femenino».

En favor de la igualdad anímica e intelectual entre hombre y mujer habla además la historia de la humanidad, desde las comunidades del comunismo primitivo con matriarcado, en las que la mujer fue soberana y desarrolló en consecuencia todas las cualidades que hoy posee el hombre1, hasta los tiempos actuales, en los que

la mujer que trabaja ha conquistado casi todas las posiciones. Y en el periodo intermedio, que siempre se aduce como prueba de la incapacidad de la mujer para rendir, vemos, pese a toda la opresión real y moral, grandes logros en los campos más diversos. Baste recordar aquí que las mujeres fueron probablemente las inventoras del arado y del tejido, y los logros de las monjas en los conventos de la Edad Media, que dentro del marco que se les había fijado realizaron grandes cosas en el terreno del arte y de la ciencia. (Por ejemplo, Roswitha2.)

Una tercera prueba de la inexistencia de una diferencia natural entre hombre y mujer es el hecho de que al menos la magnitud de esa diferencia experimenta cambios según la pertenencia de clase, o incluso desaparece por completo. Así, por ejemplo, en el proletariado la división «masculino» y «femenino», y en consecuencia la «protesta masculina», desempeña un papel muy distinto que en la burguesía. Claro que aquí el proletariado no debe concebirse en modo alguno como una masa homogénea. En amplios círculos del proletariado la ideología burguesa ha penetrado, en esta cuestión como en otras, tan hondo que esta oposición consciente se manifiesta con especial fuerza.

Pero en nuestra consideración se trata de aquellas capas del proletariado en las que la mujer actúa ya activamente, es decir, a) trabaja en una profesión, b) tiene conciencia de clase. El trabajo profesional de la mujer no basta nunca para hacerle tomar conciencia de su posición oprimida3. De lo contrario, la lucha por la emancipación de la mujer habría tenido que empezar al mismo tiempo que el trabajo en las fábricas. ¡Y no fue así! Salvo en épocas revolucionarias (la Revolución francesa), la proletaria que trabajaba estaba tan penetrada de su inferioridad que se excluía por completo como factor activo de la vida social y personal. Su oficio se le convirtió en una segunda forma de opresión. Fueron mujeres de origen burgués, situadas en parte en el campo burgués y en parte en el proletario, quienes, gracias a su mayor seguridad social, exigieron las primeras la igualdad de derechos y la igualdad entre hombre y mujer. Hasta qué punto en estas exigencias, justas en sí mismas, el factor impulsor era la «protesta masculina», se ve claramente si se piensa sobre todo en los comienzos del movimiento feminista burgués: abandono del aspecto exterior, rechazo de todo el mundo masculino, rechazo de las relaciones sexuales o desenfreno total «como un hombre»: ¡esas eran las divisas del movimiento feminista en sus comienzos! La meta no apuntaba a los logros, sino a la «igualdad con el hombre», bajo la cual se imaginaban las cosas más diversas. El rasgo característico de esta lucha era el sentimiento de debilidad, que encontraba su compensación en la «protesta masculina».

Semejantes excesos no los ha conocido nunca el movimiento de las mujeres proletarias, salvo, naturalmente, casos aislados. Pues su lucha por la igualdad de derechos solo empieza tras el despertar de su conciencia de clase, o, dicho en términos psicológicos: solo con la superación del sentimiento de inferioridad por la autoconciencia colectiva, que es precisamente la conciencia de clase, desaparece en el mundo de representaciones de la proletaria la distinta valoración de hombre y mujer. Pero esto tiene un significado muy preciso para el carácter de la emancipación de la mujer proletaria (si es que puede llamarse así): a diferencia del movimiento feminista burgués, aquí la liberación de la mujer no está en modo alguno en el centro, sino que se integra en la lucha general por liberarse de la dependencia. La igualdad entre hombre y mujer se convierte en algo evidente, y toda otra concepción se rechaza sin más como «pequeñoburguesa». Pues la lucha proletaria por la liberación necesita la solidaridad de hombre y mujer, y esta solidaridad destruye el sentimiento de debilidad de la mujer, raíz de la protesta masculina, por un lado, y de la peculiar estrechez del movimiento feminista burgués,

por otro, que sigue creyendo en especiales «fuerzas anímicas» de la mujer. En una palabra: solo la lucha de clases proletaria, sobre todo en los momentos en que se agudiza, hace desaparecer la distinción social entre los sexos.

Como es natural, este fenómeno está más avanzado en la Rusia soviética, donde hace poco un periodista burgués informaba con asombro de que en Rusia no existe una «cuestión femenina».

Otras circunstancias favorecen también la desaparición de la protesta masculina en el proletariado: al proletario varón no le corresponde en absoluto socialmente la posición que tiene el hombre de la burguesía. Pese a su «masculinidad», sigue siendo el oprimido, en la fábrica, en la vida, ¡y ya en la escuela! Así pues, en este círculo la masculinidad no aparece en absoluto como una meta demasiado deseable.

Otro factor importante de que la «protesta masculina» se manifieste con menos fuerza en el proletariado es el hecho de que el proletariado es, en general, menos neurótico que la burguesía. Entrar aquí en las causas concretas de este fenómeno nos llevaría demasiado lejos. Baste señalar en este contexto el importante papel del sentimiento de solidaridad en el proletariado, a diferencia de la burguesía.

Y, en última instancia, la oposición «hombre-mujer» es precisamente un resultado del orden de la propiedad privada y, salvo excepciones, seguirá existiendo como realidad social hasta el hundimiento de ese orden. Por eso sus defensores se esfuerzan convulsivamente por mantener ese «antagonismo», a pesar de todas las catástrofes personales que de él se derivan orgánicamente. Pero no es sino un mandato de la lógica que los representantes de un orden social mejor liquiden —al menos en parte— la vieja ideología.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie (Viena), año 3 (1925), n.º 6 (noviembre-diciembre), págs. 307-310, en archive.org. Es el único escrito de Vali Adler citado en las biografías (biografiA, 2016; Clara Kenner, en Wissenschafterinnen in und aus Österreich, 2002). El libro de la nota 1 es el de Mathilde y Mathias Vaerting, Die weibliche Eigenart im Männerstaat und die männliche Eigenart im Frauenstaat (Karlsruhe, 1921).

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Männlicher Protest se traduce «protesta masculina», según el glosario del archivo; Minderwertigkeit, «inferioridad»; Minderwertigkeitsgefühl, «sentimiento de inferioridad»; Frauenbewegung, «movimiento feminista» (o «de las mujeres» cuando es proletario); Zweigeschlechtlichkeit, «dualidad de los sexos». Las cursivas reproducen el espaciado del original. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Recientemente ha aportado esta prueba el libro de Vaerting Männerstaat und Frauenstaat [Estado de los hombres y Estado de las mujeres], que ha sacado a la luz hechos sumamente interesantes sobre la época del derecho materno. ↩

  2. Hrotsvitha (Roswitha) de Gandersheim, canonesa y escritora sajona del siglo X, autora de dramas y leyendas en latín. (N. del T.) ↩

  3. El original dice «unerdrückte», errata evidente por «unterdrückte» («oprimida»). (N. del T.) ↩