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Title: La lucha contra el fascismo empieza por la lucha contra el bolchevismo
Description: Ensayo de Otto Rühle escrito en el exilio mexicano en 1939: la Rusia soviética fue el modelo del Estado totalitario fascista, y el bolchevismo, examinado a partir de «La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo» de Lenin (partido de jefes, sindicatos, parlamentarismo, compromisos), es nacionalista, autoritario, centralista y burgués. Publicado primero en versión inglesa abreviada y sin firma en Living Marxism (septiembre de 1939); el texto alemán, en 1971. Traducido de la transcripción alemana de marxists.org.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1939%20Der%20Kampf%20gegen%20den%20Faschismus%20beginnt%20mit%20dem%20Kampf%20gegen%20den%20Bolschewismus
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## I.

Entre los Estados totalitarios que hoy encarnan el nuevo principio de organización estatal, Rusia ocupa el primer lugar. No solo en el tiempo, sino también por su desarrollo material.

El Estado ruso, que solo falsamente se llama «Estado soviético», fue el primero en llegar al establecimiento constitucional de la dictadura, a la creación y construcción de un sistema político y administrativo de terror, a la dominación exclusiva de un partido, al método de la uniformización (*Gleichschaltung*)[^t1] mecánica y burocrática, a la totalidad política y estatal.

Con ello Rusia creó el modelo para los demás Estados que, en un punto críticamente decisivo de su existencia, se vieron obligados a abandonar el sistema democrático y a erigir una dictadura política. Puede decirse que de este modo Rusia se ha convertido en maestra del fascismo.

No es una casualidad, ni un chiste de la historia universal, ni una duplicidad solo aparente de los fenómenos. Todos los indicios empujan más bien a suponer que es la expresión y la consecuencia de un mismo principio en distintos niveles del desarrollo, del acontecer histórico y político. Les guste o no a los comunistas de partido, es innegable el hecho de que el orden del Estado y la dirección del Estado en Rusia, Italia y Alemania, por nombrar solo estos tres Estados, se parecen hasta confundirse. A quien le gusten las paradojas puede hablar de un «Estado soviético» rojo, negro y pardo, o de un fascismo negro, pardo y rojo.

Es de importancia secundaria qué ideología acompañe y justifique en cada caso al Estado totalitario. La ideología nunca es lo primario, sino siempre lo secundario del fenómeno. Del mismo modo, como prueba el ejemplo de Italia y Alemania, la ideología puede sufrir transformaciones esenciales sin que cambie nada del carácter y las funciones del aparato del Estado.

Igualmente, la circunstancia de que en Alemania e Italia siga existiendo la propiedad privada, mientras que en Rusia ha sido suprimida, solo tiene la importancia secundaria de una variante. Pues la supresión de la propiedad privada por sí sola no constituye todavía el socialismo. Es posible también dentro del sistema capitalista. Decisivo para el carácter de una forma social socialista es, además de la supresión de la propiedad privada, sobre todo el poder de disposición de los trabajadores sobre el producto del trabajo y la abolición del sistema del salario. Pero estas dos exigencias de principio están tan incumplidas en Rusia como en Alemania e Italia.

Quizá pueda decirse que Rusia está un paso más cerca del socialismo. Con lo cual no se quiere decir en modo alguno que su «Estado soviético» haya acercado ni un solo paso al proletariado internacional a la meta de su tarea de lucha de clases. Más bien será cierto lo contrario. Al hacer pasar su «Estado soviético», pese a su más que escaso ingrediente socialista y a su mísera constitución embrionaria, por «Estado socialista» y ensalzarlo como realización del ideal socialista, Rusia crea para el proletariado del mundo entero una fuente de extravío, de engaño y de fraude. Frente al fascismo, el obrero avanzado sabe a qué atenerse. En su actitud de luchador de clase frente al fascismo se dispone en consecuencia. Pero frente a Rusia sucumbe con demasiada facilidad y de demasiado buen grado al engaño de que tiene ante sí una formación estatal y social socialista. Este engaño impide la ruptura interior plena y decidida con el fascismo. Porque impide el examen de fondo de las causas, presupuestos y circunstancias que en Rusia, como en Alemania e Italia, han conducido al sistema de Estado y de gobierno endiabladamente igual. Así el engaño se convierte en un recurso de la contrarrevolución.

Nadie puede servir a dos señores. Tampoco un Estado totalitario. Si es para los capitalistas e imperialistas un instrumento útil de su política, una protección frente a la revolución proletaria y una salvación de la ruina, no puede al mismo tiempo prestar servicios valiosos al proletariado, ser órgano de sus intereses de lucha de clases y, por ello, digno de su reconocimiento y su defensa. Si a pesar de ello dos clases opuestas, con fines de clase incompatibles e irreconciliables, encuentran agrado en un mismo sistema estatal, lo reconocen, se refugian en él y esperan de él su salvación, eso es sospechoso, algo no cuadra. Una de las dos clases se encuentra en un error fatal.

Que no se objete que aquí se trata solo de una cuestión de forma exterior, que con una forma casualmente igual el contenido es radicalmente distinto. Eso es engañarse a sí mismo. En primer lugar, para el marxista no hay casualidades históricas. En segundo lugar, para él forma y contenido son siempre lo mismo, se corresponden siempre, nunca son separables ni distintos.

Si se piensan correctamente hasta el final todas estas ideas, se llega al siguiente resultado:

Si el «Estado soviético» pudo servir de modelo al fascismo, tenían que estar contenidos en él elementos de principio, estructurales y funcionales que luego reaparecieron también en el fascismo.

Hay que examinar si este es el caso. El examen tiene que remontarse al «sistema soviético», que descansa en el leninismo. El leninismo es la forma especial del bolchevismo desarrollada por Lenin y cortada a la medida de las condiciones rusas, bolchevismo que sus fundadores y partidarios consideran la interpretación auténtica del marxismo. Así pues, hay que demostrar en el bolchevismo los elementos esenciales para la organización y la dirección del Estado fascista.

Si se logra la demostración, la identidad de principio entre bolchevismo y fascismo es evidente. Entonces el proletariado, si quiere combatir el fascismo en el sentido y con los medios de la lucha de clases marxista, no puede al mismo tiempo reconocer y defender el «sistema soviético» ruso.

Más bien queda ganado para la práctica de la lucha contra el fascismo el único postulado válido: ¡La lucha contra el fascismo empieza por la lucha contra el bolchevismo!

## II.

Para Lenin el bolchevismo fue desde el principio un asunto puramente ruso. En los muchos años de su actuación y su lucha políticas, durante los cuales desarrolló el sistema bolchevique hasta su plena claridad y cohesión, nunca intentó elevarlo a forma revolucionaria de lucha también del proletariado no ruso. Era socialdemócrata, admiraba a Bebel y a Kautsky como dirigentes geniales y dejó sola a la izquierda alemana en su lucha contra el centrismo y el oportunismo. ¡Qué fácil habría sido acudir en su ayuda con argumentos bolcheviques! ¡Y qué tentador habría debido de ser para él dar al proletariado mundial, con la teoría bolchevique, una verdadera orientación revolucionaria! Nada de eso. Lenin permaneció, rodeado de un pequeño círculo de emigrados rusos, en un aislamiento obstinado, y siguió bajo el hechizo de Kautsky incluso cuando la izquierda alemana bajo Rosa Luxemburg llevaba mucho tiempo en abierta enemistad con él y con su política.

Lenin solo tenía que ver con Rusia. Como fin de su actividad revolucionaria solo tenía en mente, única y exclusivamente: el derrocamiento del zarismo feudal y la conquista de un sector socialdemócrata lo mayor posible en el conjunto de los partidos de la Rusia posrevolucionaria.

El impulso grandioso de la revolución rusa de 1917 lo lanzó mucho más allá de su meta preconcebida. El partido bolchevique se vio de pronto en posesión del poder político, dueño de Rusia.

Reconoció que solo podía conservar ese poder y usarlo en el sentido de una construcción socialista si lograba desencadenar la revolución mundial. Pero tuvo en ello mala mano. Al ayudar primero a hacer volver al proletariado alemán a los partidos, los sindicatos y el parlamento y a destruir su fuerte movimiento de consejos, rompió ella misma el espinazo a la revolución europea que despertaba.

Así, el partido bolchevique, que disponía de dirigentes bien formados pero de masas totalmente sin formación, en su mayoría todavía analfabetas, quedó completamente abandonado a sí mismo. En medio de la guerra civil, de las invasiones enemigas, de la economía totalmente desquiciada, del ejército improvisado, de los experimentos de socialización cambiantes y fallidos, no fue capaz en casi tres años de construir un verdadero sistema de soviets.

Había conquistado el poder político con ayuda del movimiento de los soviets, ajeno a su naturaleza e inaugurado por los mencheviques, y había proclamado la dictadura proletaria, pero apenas había avanzado un paso en la estabilización de su poder y la construcción de la economía. Sobre todo no había sido capaz de incorporar con eficacia y con éxito el sistema de soviets, precisamente porque le era ajeno y contradecía todo su sistema, al complejo de sus medidas, que consideraba socialistas. Pero quería el socialismo y para ello necesitaba al proletariado mundial.

Entonces Lenin reconoció que era necesario ganar por fin al proletariado mundial para la teoría y la práctica bolcheviques, su estrategia y su táctica. Era inquietante que el proletariado mundial, pese al triunfo clamoroso que el bolchevismo había logrado en Rusia, mostrara visiblemente poca inclinación a familiarizarse con el método bolchevique. Más inquietante aún era que las masas, en la medida en que no permanecían en la vieja socialdemocracia, eran empujadas por su actividad revolucionaria a unirse al movimiento de consejos, que había surgido en muchos países pero estaba especialmente desarrollado en Alemania.

Pero este movimiento de consejos era precisamente lo que Lenin no podía utilizar en Rusia. Además se resistía a todo intento de ganarlo para un levantamiento revolucionario según el modelo bolchevique. Es cierto que desde Moscú se había puesto en marcha en todos los países una gigantesca máquina de agitación. Pero los agitadores «ultraizquierdistas» del movimiento de consejos entendían su oficio, como atestigua el propio Lenin, mejor que los emisarios del partido bolchevique. Así ocurrió que el partido comunista siguió siendo siempre un puñado pequeño, chillón y desaforado entre dos grandes campos, de los cuales uno ganaba los desechos proletarios de la burguesía, mientras el otro atraía con fuerza magnética a todo el elemento revolucionario del proletariado.

¡Había que meter más presión a la agitación bolchevique! Sobre todo había que arremeter con fuerza contra los ultraizquierdistas. Pues desde que se les había echado del partido comunista y cubierto de vituperio y deshonra según el método bolchevique, no habían hecho más que ganar prestigio y confianza entre las masas.

En Rusia el sistema de soviets había fracasado: ¡cómo podía ahora un movimiento competidor tener la desfachatez de querer demostrar al mundo que el sistema de consejos era imposible en manos del bolchevismo, pero realizable independientemente de él, e incluso el único camino practicable para cumplir las exigencias socialistas! ¡A esa competencia desleal había que pararle los pies a fondo!

Así que Lenin, cargado de furia, se sentó en el sillón y escribió un panfleto acerado. El miedo rabioso a perder el poder y la ardiente indignación por el éxito de los herejes le guiaron la pluma. Si hubiera sido Stalin, los habría procesado y fusilado a todos como enemigos del pueblo de primera clase. Así, solo redactó un folleto: *El radicalismo, enfermedad infantil del comunismo*, con el subtítulo «Ensayo de exposición popular de la estrategia y la táctica marxistas», que más tarde desapareció, sin duda porque se avergonzaron del bluf poco limpio.[^t2]

Era un escrito polémico, lleno de veneno y de hiel, agresivo, grosero, rebosante de tergiversaciones, insinuaciones y falsificaciones, rencoroso y perseguidor como una bula papal de excomunión, un verdadero festín para todo contrarrevolucionario. Pero al mismo tiempo, de todos los escritos programáticos bolcheviques, el que expone con más pureza la esencia del bolchevismo, el que la descubre con menos miramientos. ¡El bolchevismo sin máscara! Cuando Hitler suprimió en Alemania en 1933 toda la literatura socialista y comunista, este escrito fue el único cuya publicación permitió que continuara. Sabía por qué.

Del contenido del escrito no interesa aquí lo que Lenin dice sobre la revolución rusa, la historia de los bolcheviques, sus enfrentamientos con otras corrientes del movimiento obrero y las condiciones del éxito bolchevique en Rusia. Todo está expuesto de forma unilateral, es discutible e invita a la discusión. Pero no es este el lugar. Aquí solo se examinarán los puntos principales de la estrategia y la táctica bolcheviques. Es decir, los puntos en que se expresa, para las necesidades de entonces, la oposición decisiva entre bolchevismo y ultraizquierdistas; para las necesidades de hoy, la coincidencia entre bolchevismo y fascismo.

## III.

Lenin no había construido su partido, que originariamente se llamaba socialdemocracia rusa y formaba una sección de la Segunda Internacional, en Rusia, sino en el extranjero, en la emigración. Desde la escisión de Londres de 1903 el ala bolchevique era solo una pequeña secta con pocos miembros, los más capaces y formados de los cuales constituían la vanguardia inmediata de Lenin. Las masas bolcheviques ni siquiera existían solo sobre el papel: llevaban únicamente una existencia fantástica en los cálculos revolucionarios de los dirigentes.

La vanguardia estaba rigurosamente disciplinada, adiestrada en la revolución, constantemente controlada, siempre en disposición militante y mantenida en conformidad mediante purificaciones continuas.

Así, el pequeño partido era una academia militar de formación y preparación revolucionarias. Sus medios educativos más importantes eran: autoridad incondicional del jefe, la más estricta centralización, disciplina de hierro, adiestramiento en la firmeza de convicciones, el celo combativo, el sacrificio de sí, la disolución completa de la personalidad en el interés del partido.

Lo que Lenin creó de este modo fue un cuerpo de oficiales, una élite de intelectuales, una cúpula que, arrojada a la revolución, tenía que adueñarse de su dirección y apoderarse del éxito conseguido.

Si este tipo de preparación de la revolución era correcto o falso no puede decidirse con consideraciones lógico-abstractas. La pregunta solo puede resolverse dialécticamente. Para ello hay que plantear determinadas preguntas subordinadas: ¿a qué clase de revolución se dirigían los preparativos? ¿Qué meta debía tener la revolución? ¿Se trataba de la revolución burguesa o de la proletaria en Rusia?

El partido de jefes y la ideología del jefe de Lenin eran correctos en Rusia, donde se trataba de la revolución burguesa retrasada y de la tarea histórica de derribar el sistema feudal del zarismo y crear la sociedad burguesa. Cuanto más concentrada esté en esta revolución la voluntad del partido dirigente, cuanto más orientada a su fin, consciente y enérgica sea su intervención en la conquista y configuración del poder, tanto más fecundo será el proceso de formación del Estado burgués y tanto más prometedora también la posición de la clase proletaria en el nuevo orden estatal.

Pero lo que vale como solución afortunada del problema revolucionario para una revolución burguesa no puede valer al mismo tiempo como fórmula dada para una revolución proletaria. Ya solo porque aquí pesa una diferencia estructural decisiva en la naturaleza de la sociedad que hay que crear.

Según el método revolucionario de Lenin, los jefes forman la cabeza de la masa. Encarnan la formación revolucionaria completada, el intelecto como elemento director, la superioridad intelectual en la comprensión de la situación y en el mando sobre las fuerzas de combate disponibles. Son los especialistas titulados de la revolución, los estrategas profesionales, los generales de un gran ejército civil.

Ahora bien, la división en cabeza y cuerpo, espíritu y masa, oficial y tropa corresponde plenamente al dualismo de la sociedad de clases, al característico arriba y abajo del orden burgués. Una clase o capa arriba: educada para dominar, preparada para dirigir, destinada a estar arriba. Otra clase abajo: pensada de antemano como séquito, obligada a obedecer, sometida a una voluntad ajena. De este viejo esquema de clases nació la idea de partido de Lenin. Su partido es la copia reducida de la realidad burguesa y de sus leyes de existencia. Su revolución está dominada objetivamente por la tendencia a crear y formar un orden social que sirva de recipiente a esta realidad de clases, sin importar qué meta tenga él subjetivamente en mente.

Quien quiere un orden burgués encuentra en la separación entre jefe y masa, vanguardia y séquito, la preparación estratégica de la revolución correcta, adecuada a la tarea y a la meta. Y tiene tanto mejores perspectivas para su acción revolucionaria cuanto más inteligente, formada y superior sea la jefatura, y cuanto más dispuesta, obediente y presta a encuadrarse esté la masa. Lenin quería la revolución burguesa en Rusia; por tanto su estrategia, como su partido de jefes, estaban en su lugar.

Pero cuando la revolución rusa cambió de carácter y se desarrolló hasta convertirse en revolución proletaria, y Lenin no cambió su método revolucionario burgués, sus artes estratégicas y tácticas empezaron a fallar. Si al final venció, no se lo debió a su vanguardia, sino al movimiento de los soviets, que no estaba previsto con una sola palabra en todo su plan revolucionario, sino que venía del campo menchevique. Y cuando tras la victoria volvió a deponer el movimiento de los soviets, todo el éxito revolucionario recayó imparablemente en la esfera de lo burgués, cuyo último ejecutor y heredero es el estalinismo.

Hay que tener el valor de decir que Lenin era un espíritu completamente no dialéctico, del todo incapaz de ver las cosas y los procesos en su conexión histórica y en su condicionamiento dialéctico. Su pensamiento funcionaba de modo absolutamente mecanicista, según leyes rígidas, por vías fijas y normalizadas. Para él solo había un partido verdaderamente revolucionario: el bolchevique. Solo una revolución verdadera: la rusa. Solo un método revolucionario seguro e ideal: el leninista. Lo que valía para Rusia tenía que valer también para Alemania, Francia, América, China y Australia. Lo que había sido correcto en la revolución burguesa de Rusia tenía que serlo también para la revolución proletaria del mundo entero. En círculos egocéntricos se movía con monotonía monomaníaca la dinámica de una fórmula hallada una vez, sin importar las diferencias de tiempo y espacio, material y medio, grado de desarrollo y patrimonio cultural, ideas y hombres. Era la dictadura encarnada de la era de las máquinas en la política, el técnico de la revolución, el inventor de la uniformización en el ser social, el representante de la voluntad omnipotente del jefe. Todos los elementos básicos del fascismo estaban contenidos en su espíritu, su doctrina, su estrategia revolucionaria, su planificación social y su método de tratar a los hombres. Por eso le quedó oculto para siempre el profundo sentido revolucionario de un apartamiento de principio de la tradición del partido. Nunca comprendió el secreto de la nueva orientación socialista en el sistema de consejos. Nunca entendió la negación de la violencia, la coacción, el terror, la dictadura como medios de la liberación humana. Autoridad, dirección, violencia por un lado; organización, formación de cuadros, subordinación por otro. Dictadura y disciplina son las palabras que más aparecen en sus escritos.

Así se comprende que se quedara desconcertado e indignado ante el movimiento «ultraizquierdista», que se atrevía a oponerse a su estrategia revolucionaria exigiendo ni más ni menos que lo más evidente que hay en la lucha de liberación de la humanidad trabajadora: que por fin los hombres puedan tomar su propio destino en sus propias manos...

## IV.

Tomar el propio destino en las propias manos: esa es en general la palabra clave de todas las cuestiones, el fin y el eje de todas las oposiciones entre las concepciones de los bolcheviques y de los ultraizquierdistas.

Como en la cuestión del partido, así también en la cuestión sindical.

Los ultraizquierdistas opinaban que los obreros revolucionarios ya no tenían nada que hacer en sindicatos reaccionarios. Su tarea era desarrollar una forma propia de agrupación combativa, que debía resultar de su cooperación en la empresa.

Pero los bolcheviques, en virtud de la autoridad que tenían inmerecidamente entre ellos, habían hecho volver a los obreros alemanes, ya en los primeros días y semanas de la revolución alemana, a los sindicatos reaccionarios de la propaganda belicista, de la paz civil y de la consigna de la reconstrucción.

Para demostrar que la actitud de los ultraizquierdistas era falsa, estúpida y contrarrevolucionaria, Lenin se sirve en su escrito, entre insultos y arrebatos de furia, una vez más del viejo cliché de su modo de ver no dialéctico. En lugar de tomar como ejemplo las condiciones alemanas, aduce como prueba las experiencias sindicales rusas de los bolcheviques.

Que los sindicatos tienen casi siempre al comienzo del movimiento obrero una gran importancia para la lucha de clases y pueden convertirse en fuertes puntos de apoyo del movimiento proletario es un hecho generalmente conocido. Era nuevo para Rusia y explica el entusiasmo de Lenin. Pero en el resto del mundo los trabajadores habían hecho ya con los sindicatos otras experiencias, propias de los fenómenos típicos de su desarrollo posterior. Vehículos del progreso y motores del movimiento de emancipación al comienzo de su carrera, los sindicatos se convierten hacia su final en frenos del desarrollo, agencias de la reacción y bastiones de la contrarrevolución traidora. Esa fue también la experiencia de los obreros alemanes, de la que los ultraizquierdistas sacaron la única conclusión consecuente: dar la espalda a esta contrarrevolución en el propio campo.

El propio Lenin tiene que reconocer el hecho de que con el tiempo se ha formado una capa de «aristocracia obrera de mentalidad exclusivamente sindical, estrecha, vanidosa, anquilosada, egoísta, pequeñoburguesa, de inclinaciones imperialistas, sobornada por el imperialismo y desmoralizada». Esta cofradía de la corrupción, esta jefatura de gánsteres domina hoy en todo el mundo el movimiento sindical y practica allí su piratería a costa de las masas. De ella se hablaba cuando los ultraizquierdistas exigían que los obreros no tuvieran ya comunidad alguna con ellos.

¿Y qué hizo Lenin? Les opuso demagógicamente los jóvenes sindicatos de Rusia y encuentra que allí todo está en el mejor orden. Luego la experiencia específica de una época determinada y de circunstancias particulares se prescribe al universo entero como conocimiento único salvador. Pues, sigue argumentando Lenin, el revolucionario tiene que trabajar siempre allí donde están las masas. Pero ¿dónde están las masas? ¿En las oficinas sindicales? ¿En las asambleas de afiliados? ¿En las sesiones secretas del consejo general con los capitalistas a puerta cerrada? ¿En los bancos, donde los *líderes* cobran sus cheques por los servicios prestados? En ninguna parte, en ninguno de estos lugares están las masas. Están en las empresas, en los centros de producción, en sus puestos de trabajo, en las tiendas y oficinas. Allí hay que lograr la agrupación revolucionaria, atizar la lucha de clases, jugar la carta magna de las reivindicaciones proletarias. La organización de empresa sobre la base del sistema de consejos es la verdadera organización de la revolución. Tiene que ocupar el lugar tanto del partido como de los sindicatos.

En esta organización de empresa no hay jefatura profesional, ni separación entre jefe y masa, ni sistema de rangos entre inteligencia y trabajo, ni terreno para el egoísmo, la desmoralización y la corrupción, la presunción de superioridad, el anquilosamiento y el aburguesamiento. Aquí los obreros tienen su propio destino en sus propias manos.

Pero Lenin no quiere saber nada de esta solución de la cuestión sindical. Como el partido, quiere conservar también los sindicatos. Solo quiere reformarlos y revolucionarlos desde dentro. ¿Y cómo ha de ocurrir esto? Sencillamente poniendo en el futuro bonzos bolcheviques en el lugar de los bonzos (*Bonzen*)[^t3] socialdemócratas. ¡El huevo de Colón!

Lenin tiene la fe ingenua de que hay una burocracia mala y una buena. La mala crece en suelo socialdemócrata. El suelo bolchevique, en cambio, solo da buenos frutos.

Una experiencia de veinte años ha puesto entretanto de manifiesto en la práctica lo ridículo de esta fe. Según la receta de Lenin, los comunistas lo pusieron todo en juego para llevar a cabo la revolucionarización de los sindicatos. ¿Con qué éxito? La revolucionarización de los sindicatos fracasó por completo. El intento de fundar sindicatos fue un único fiasco. Pues la emulación revolucionaria entre dirigentes socialdemócratas y bolcheviques resultó ser en la práctica solo una emulación en la corrupción.

Así, las valiosas energías de lucha de la clase obrera, en lugar de lanzarse contra el fascismo, se desperdiciaron durante veinte años en experimentos sin sentido ni perspectivas. Así, la confianza de las masas en su propia capacidad fue sistemáticamente apartada de la prueba, extraviada en su ejercicio, defraudada en sus éxitos.

Los métodos del fascismo, dictar, dirigir y controlar cada paso de las masas, impedir y sabotear todo despertar de la independencia, desalentar todo impulso de confianza en sí mismas mediante fracasos provocados artificialmente y disuadirlas de nuevos intentos: aquí están trazados de manera insuperable.

La victoria del fascismo pudo ser tan fácil porque los dirigentes obreros de sindicatos y partidos le habían adiestrado, corrompido y castrado ya de tal modo el material humano que este se convirtió en presa dócil del sojuzgamiento, por cuya escuela había pasado durante años.

## V.

En la cuestión del parlamentarismo se repite como un cliché el papel de Lenin como defensor de una institución política caduca, que se ha convertido en freno del desarrollo político y en peligro para la emancipación revolucionaria de las masas.

Mientras los ultraizquierdistas defendían el rechazo del parlamentarismo en todas sus formas, la negativa a participar en las elecciones parlamentarias y a reconocer los acuerdos parlamentarios, Lenin abogaba con celo combativo por la participación en el parlamentarismo, en las elecciones y en las acciones parlamentarias.

Los ultraizquierdistas declaraban el parlamentarismo históricamente superado. Había perdido hacía mucho su valor como tribuna de agitación, era un peligroso foco de corrupción para dirigentes y masas, adormecía la conciencia política y revolucionaria con la ilusión de reformas legales, y en caso de conflicto se convertía en órgano de la contrarrevolución. Por eso había que destruirlo y, mientras eso no fuera posible, sabotearlo, negarlo y despojarlo en la conciencia de las masas de la tradición de su antigua importancia.

Frente a ello, Lenin, para encontrar apoyo a su opinión contraria, se refugió en la artimaña de distinguir entre estar superado histórica y políticamente.

El parlamento, argumentaba, está ciertamente superado históricamente: por eso hay que rechazarlo por principio. Pero todavía no está superado políticamente: por eso hay que contar con él en la práctica, participar en él.

¡Qué giro genial, que permite dar a cada cuestión una doble cara de ambigüedad astuta y fraudulenta!

Ahí está el capitalismo, superado históricamente, pero todavía no políticamente. Combatirlo revolucionariamente sería, por tanto, absurdo. ¡Así que hagamos un compromiso con él! Practiquemos el oportunismo, el chalaneo, el regateo en todas las cuestiones políticas. La consecuencia de la táctica leninista.

Ahí está la monarquía, superada históricamente, pero todavía no políticamente. El proletariado no tiene, pues, derecho a abolirla. Tiene que conformarse con ella, tener en cuenta su existencia, discutir y negociar con ella sobre sus derechos y privilegios. Lenin lo quiere así.

Ahí está la Iglesia, superada históricamente, pero todavía no políticamente. Pues los hombres, y esto es para Lenin un criterio importante, le pertenecen todavía en gran mayoría. Como revolucionario hay que estar con las masas. ¡Así que adentro de la Iglesia! ¡A participar en la patraña de los curas! ¡Ese es el deber de la revolución bien entendida!

Ahí está el fascismo: un día estará también superado históricamente, pero todavía no políticamente. ¿Qué hay que hacer? Situarse en el terreno de los hechos. ¡Hacer compromisos con él, firmar pactos, seguirlo en la guerra! Stalin, que hoy negocia con Hitler una alianza entre Moscú y Berlín,[^t4] ha entendido bien a su Lenin. Y pronto veremos a los agentes y agitadores bolcheviques ensalzar la alianza fraternal entre fascismo y estalinismo como la única táctica revolucionaria correcta. La actitud de Lenin en la cuestión del parlamento es una auténtica piedra de toque de cómo le faltaba toda visión de lo que realmente importa en una revolución proletaria. Su revolución es de punta a cabo la revolución burguesa, como lucha por la mayoría, por los escaños del gobierno, por el picaporte de la legislación, por la supremacía.

Por eso sigue creyendo que en las elecciones parlamentarias se trata de lograr grandes victorias de votos para formar luego en el parlamento fracciones fuertes, tener detrás una mayoría en las votaciones, influir en el contenido y la tendencia de las leyes, arrebatar una parte de la dominación política. Se le escapa por completo que este parlamentarismo ya no es hoy más que un bluf, un bastidor, un decorado; que el poder real en el Estado burgués está en lugares muy distintos; que la burguesía, pese a victorias electorales de la izquierda, fracciones y éxitos en las votaciones, sigue teniendo medios y caminos de sobra para imponer fuera del parlamento su voluntad y sus intereses.

Lenin tampoco ve el efecto devastador del cretinismo parlamentario sobre las masas, el envenenamiento de la moral pública por dirigentes sobornados, comprados, intimidados o preocupados por sus prebendas. Hubo en la Alemania prefascista un tiempo en que la reacción podía imponer en el Reichstag cualquier acuerdo con la amenaza de provocar la disolución del parlamento en caso de negativa. Ante esa disolución y la consiguiente pérdida de las dietas, los diputados comunistas temblaban con el mismo miedo que los burgueses, de modo que decían sí y amén a todo sin el menor reparo. ¿Y cómo es hoy en Berlín, en Moscú, en Italia? ¿No son allí como aquí los parlamentarios ilotas sin opinión ni voluntad en manos de sus dictadores, cuyo poder los arroja sin piedad al abismo del aniquilamiento si no menean la cola y se agachan ante él como perros bien amaestrados?

Ciertamente, esto es degeneración y decadencia del parlamentarismo. Pero ¿tenía que dejar el proletariado revolucionario que se llegara a esta desautorización de un instrumento político del que él mismo se había servido? La decisión de suprimir el parlamentarismo en un acto revolucionario heroico habría sido para la conciencia política de las masas más edificante y más valiosa educativamente que el lamentable espectáculo que ofrece el proceso de escarnio y putrefacción del parlamentarismo, convertido en absurdo, bajo el cinismo y el desprecio de usurpadores y gánsteres fascistas.

Lenin tenía tan poca sensibilidad para ello como hoy la tiene Stalin. No le importaba la redención del hombre de la esclavitud de su intelecto, del envenenamiento de su voluntad, de la confusión de su conciencia, de la autoenajenación de su ser humano. Para él la verdadera y auténtica tarea de la revolución no era la transformación intelectual y anímica del hombre, su liberación del mundo de la alienación, de las profundidades de la inhumanidad. Para él la revolución es pura lucha por el poder. Calcula como un burgués con más y menos, debe y haber, ganancia y pérdida. En todas estas operaciones aritméticas mercantiles solo se representa cosas exteriores: cifras de afiliados, votos, escaños, resultados de votaciones, trofeos de victoria, posiciones de dominio. Es materialista en sentido burgués. Su materialismo es el de la sustancia, del acontecer mecánico, no el del hombre vivo y de la acción humana animada.

De ahí también, una y otra vez, la espantosa falta de capacidad de pensamiento dialéctico. El parlamento es para él el parlamento. En el vacío, un concepto abstracto, siempre igual en todos los pueblos, en todos los tiempos. Sabe, sí, que el parlamentarismo ha pasado por muchos estadios de desarrollo. Él mismo lo señala en su polémica. Pero no hace uso de este conocimiento en su estrategia y su táctica revolucionarias. Así, polemiza con el parlamento joven de los primeros tiempos burgueses y de su auge político contra el parlamento viejo de la decadencia burguesa, que viste su renuncia a la revolución con el reformismo de una política social caritativa. Así, en el momento político decisivo, se decide con los burgueses por la política como arte de lo posible, mientras que para el proletariado es el arte de la revolución.

## VI.

Todavía una breve palabra sobre la posición de Lenin en la cuestión de los compromisos políticos.

La socialdemocracia alemana había traicionado en la guerra mundial la causa de los trabajadores a favor de la burguesía. Luego se había convertido, contra su voluntad, en heredera de la revolución. Esencialmente gracias a la ayuda de Rusia, que rompió el espinazo al movimiento de consejos alemán. Con el poder que le cayó en el regazo, la socialdemocracia no supo qué hacer. Así que renovó la alianza con la burguesía. La tendencia de la paz civil volvió en la consigna común de la reconstrucción. Hizo un compromiso con los demócratas y los clericales para compartir el poder con ellos. Su fin era la reanimación y el nuevo fortalecimiento del capitalismo como obra nacional.

Contra esta nueva y abierta traición protestaron los ultraizquierdistas con la exigencia: ¡Ningún compromiso con la contrarrevolución!

Se trataba, pues, de un caso completamente concreto. De una toma de posición sobre una cuestión determinada que había que decidir en un momento determinado y en circunstancias determinadas. El asunto era un auténtico caso de manual de la dialéctica.

Pero Lenin, incapaz de reconocerlo como tal, hizo de la cuestión, que solo podía responderse dialécticamente, una cuestión general. Y la exigencia, que solo podía tratarse dialécticamente, la elevó a exigencia cardinal.

Y con importancia de general e infalibilidad de cardenal emplazó su gran cañón polémico contra los ultraizquierdistas para convencerlos de que hacer compromisos con adversarios políticos es en todas las circunstancias un deber revolucionario.

Si se vuelve a leer hoy el capítulo del escrito de Lenin sobre los compromisos, se imponen las comparaciones entre las efusiones polémicas de Lenin y los resultados posteriores de la política leninista de compromisos de Stalin. No hay pecado mortal de la teoría bolchevique que no se haya convertido bajo Stalin en realidad bolchevique.

El tratado de Versalles: los ultraizquierdistas, según Lenin, habrían debido firmarlo. Pero el Partido Comunista hizo, siguiendo a Lenin, un compromiso y protestó contra la firma al lado de las guardias de Hitler.

El nacionalbolchevismo de Laufenberg:[^t5] según Lenin, un «absurdo que clama al cielo». Pero Radek y el Partido Comunista, siguiendo a Lenin, hicieron un compromiso con el nacionalismo alemán, protestaron contra la ocupación del Ruhr y celebraron a Schlageter como héroe nacional.

El concepto de «pueblo»: según Lenin, una concesión punible a la ideología contrarrevolucionaria de la burguesía. Pero Stalin y Dimitrov, siguiendo a Lenin, hicieron un compromiso con la pequeña burguesía e inventaron el engendro político del movimiento de «frente popular».

El imperialismo: según Lenin, el peligro capitalista concentrado para el proletariado mundial, que debe movilizar todas las fuerzas contrarias. Pero Stalin, siguiendo a Lenin, está a punto de cerrar una alianza con el imperialismo alemán y de traicionar al fascismo hitleriano los últimos restos de las conquistas revolucionarias de Rusia, por miedo a una nueva revolución.

¿Hacen falta más ejemplos y pruebas?

Según todas las experiencias históricas, todo compromiso entre revolución y contrarrevolución conduce al debilitamiento de la revolución. Todo debilitamiento de la revolución conduce a la bancarrota del movimiento revolucionario. Toda política de compromiso en la revolución es, por tanto, política de bancarrota.

Lo que la socialdemocracia alemana empezó como compromiso terminó en Hitler. Lo que Lenin justificó teóricamente como compromiso termina en el estalinismo. Lo que Lenin calificó de «enfermedades infantiles» del comunismo resulta ser «enfermedades seniles» del seudocomunismo.

## VII.

Si se mira críticamente la imagen del bolchevismo tal como se presenta en el escrito de Lenin, pueden establecerse sumariamente los siguientes rasgos fundamentales como característicos de su naturaleza:

1. El bolchevismo es una doctrina nacionalista. Creado originaria y propiamente para cumplir una tarea nacional, solo más tarde, después de haberse mostrado inútil para ello, se amplió a doctrina general con fines de prestigio y propaganda internacionales. Su carácter nacionalista lo confirma también el modo de su actitud frente a la lucha por la independencia de las naciones pequeñas.

2. El bolchevismo es un sistema autoritario. Para él la cúspide de la pirámide social es el punto más importante y decisivo. Ahí está puesta la autoridad como persona autónoma. En el nimbo de jefe de su perfección celebra el ideal burgués de la personalidad sus más altos triunfos.

3. El bolchevismo es un movimiento organizado de forma centralista. Del centro parten toda iniciativa, dirección, instrucción y poder de mando. Según el modelo del Estado burgués, todos los miembros dirigentes desempeñan en él el papel de la burguesía, y todos los ejecutantes el papel del proletariado.

4. El bolchevismo es una política de poder militante. Orientado únicamente a la conquista de la superioridad política, se constituye en formas típicas de dominación de la tradición burguesa. Ni siquiera en sus propias organizaciones se reconoce el derecho democrático de autodeterminación de los miembros. El ejército sirve de modelo.

5. El bolchevismo es un aparato dictatorial. Trabajando con los medios de la violencia, la coacción y el terror, todas sus funciones tienden al sometimiento o al aniquilamiento de las instituciones, opiniones o tendencias que se le oponen. Su dictadura del proletariado es la dictadura de la burocracia o de una sola persona.

6. El bolchevismo es un método mecanicista. Aspira, como fin del orden social, a la uniformización automática, a la conformidad técnicamente alcanzable y a la totalidad racionalizada. La economía planificada organizada de forma centralista pone la técnica económica en el lugar del crecimiento orgánico y de la configuración conforme al desarrollo.

7. El bolchevismo es una construcción social de carácter burgués. Al no suprimir el sistema del salario ni conceder a los trabajadores el derecho de disposición sobre el producto social del trabajo, sigue preso, en principio y en la práctica, del esquema de clases del orden social burgués. La supresión de la propiedad privada por sí sola no implica todavía el socialismo.

8. El bolchevismo es un elemento revolucionario solo en sentido burgués. Incapaz de realizar el sistema de consejos, no está en condiciones de cambiar de raíz la estructura de la sociedad y la economía burguesas. En lugar de llegar al socialismo, desemboca en el capitalismo de Estado.

9. El bolchevismo no es un acceso, ni un puente ni una etapa hacia el socialismo. Como, sin sistema de consejos, no puede lograr la revolución interior del hombre mediante la superación de la autoenajenación humana, le queda vedado el cumplimiento de la más esencial de todas las exigencias socialistas. Es la última etapa del mundo burgués, pero no la primera del mundo socialista.

Con estos nueve puntos no solo queda trazada la profunda línea divisoria entre bolchevismo y socialismo.

Queda también mostrada la orientación fundamentalmente burguesa del bolchevismo y su inconfundible, estrecho, más aún, estrechísimo parentesco con el fascismo.

Nacionalismo, principio autoritario, centralismo, dictadura del jefe, política de poder, sistema de violencia y terror, dinámica mecánica, orientación burguesa, incapacidad para el socialismo: todos los rasgos esenciales del fascismo están ya presentes en él. El fascismo ya está pensado y ensayado de antemano en él. Encontró en él su modelo, su maestro. ¡Por eso toda lucha contra el fascismo tiene que empezar por la lucha contra el bolchevismo!

[^t1]: *Gleichschaltung*: término nazi para la sumisión forzosa de todas las instituciones al partido y al Estado. (N. del T.)

[^t2]: Lenin, *La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo* (1920); en las ediciones alemanas de la época, *Der «Radikalismus», die Kinderkrankheit des Kommunismus*. Rühle había sido uno de los blancos de su polémica contra la «izquierda alemana». (N. del T.)

[^t3]: *Bonzen*: término despectivo del movimiento obrero alemán de la época para los funcionarios y dirigentes asalariados de los partidos y los sindicatos. (N. del T.)

[^t4]: Escrito antes del pacto germano-soviético del 23 de agosto de 1939, que Rühle anticipa. (N. del T.)

[^t5]: Heinrich Laufenberg (el texto dice «Lauffenberg»), dirigente de la izquierda comunista de Hamburgo, propugnó en 1919-1920 con Fritz Wolffheim un «nacionalbolchevismo». Albert Leo Schlageter, activista nacionalista fusilado por los franceses en 1923 durante la ocupación del Ruhr; Radek le dedicó en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista un discurso de homenaje. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): texto alemán de Otto Rühle, «Der Kampf gegen den Faschismus beginnt mit dem Kampf gegen den Bolschewismus», según marxists.org, que sigue la primera edición alemana (Otto Rühle, *Schriften*, ed. Gottfried Mergner, Reinbek, Rowohlt, 1971). La primera publicación fue una versión inglesa abreviada y sin firma en *Living Marxism*, vol. 4, n.º 8, septiembre de 1939, págs. 245-255, que no se ha consultado.

*Traducción:* traducción íntegra al español del texto alemán, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). *Sowjet* = «soviet»; *Rat, Rätesystem* = «consejo, sistema de consejos» (como en *Brauner und roter Faschismus*); *Führer* = «jefe»; *Bonzen* = «bonzos».
