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Title: Karl Marx. Vida y obra
Description: Biografía de 1928 en la que Otto Rühle sigue a Marx desde la Alemania del Vormärz, los estudios en Bonn y Berlín y los jóvenes hegelianos hasta la Rheinische Zeitung, París, Bruselas y el Manifiesto comunista, la revolución de 1848, el largo exilio londinense, la Internacional y la lucha con Bakunin, y expone la concepción materialista de la historia y El capital; la última parte interpreta la personalidad de Marx con la psicología individual de Adler (el sentimiento de inferioridad, el afán de notoriedad, el plan de vida) y valora su obra.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1928%20Karl%20Marx.%20Leben%20und%20Werk
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<!-- S. 1: Verlagssignet des Avalun-Verlags -->

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# Karl Marx

Vida y obra

por Otto Rühle

Avalun-Verlag · Hellerau, cerca de Dresde

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<!-- Reservados todos los derechos, en particular el de traducción. Copyright 1928 by Avalun-Verlag Julius Brüll · Hellerau. Impreso en Alemania. Imprenta Rossberg de Leipzig. -->

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## Preparación

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### Situación histórica

A intervalos de siglos, la revolución europea abrió de un golpe las puertas al desarrollo capitalista en Holanda, Inglaterra y Francia.

El sistema feudal, construido sobre la economía de los feudos y la servidumbre de los campesinos, firmemente asentado sobre el despotismo patriarcal, la sujeción hereditaria y la esclavitud de las conciencias, se derrumbó al choque del nuevo poder económico.

El dinero venció a la gleba. Los postulados de la libertad triunfaron sobre las tradiciones de la sujeción. Joven amanecer sobre la Europa occidental.

La clase burguesa en ascenso se vio en posesión de un nuevo espacio histórico de vida. Desde Holanda creó un poder colonial cuyas gigantescas dimensiones solo rivalizaban con las sumas enormes que aportaba a la metrópoli. Desde Inglaterra, a la que elevó a fábrica del mundo, conquistó el dominio de todos los mercados y de todas las fuentes de materias primas del globo. Desde Francia puso a su servicio la mayor potencia militar de la historia para asegurar los logros sociales de su emancipación. Su afán de acción no retrocedía ante ninguna dificultad. Su audacia se medía con los problemas más altos. Su ambición se fijaba las metas más extremas. En una verdadera embriaguez de éxito, la clase burguesa se adueñó de su destino.

Ante todo, de su destino económico. Por encima de las manufacturas y del sistema mercantil, las relaciones de producción se desarrollaron hasta la gran industria. A la revolución política siguió la técnica. Los modos de trabajo heredados fueron sacudidos y trastornados. Se descubrieron los secretos de la naturaleza, se domaron sus fuerzas, se pusieron sus leyes al servicio de la producción. En 1767 Hargreave inventó la *spinning jenny*; en 1769 Arkwright, la máquina de urdir; en 1775 Crompton, la *mule*. En 1781 Watt, con sus mejoras, hizo utilizable para mover máquinas la vieja bomba de vapor. <!-- S. 8 --> En 1785 Cartwright revolucionó toda la industria textil con la invención del telar mecánico. En la hilatura se produjo un vuelco completo. El algodón hizo su entrada en Europa. *Cotton! Cotton!*, rezaba la nueva consigna capitalista. Las fábricas brotaban de la tierra. Y ejércitos enteros de hombres, mujeres y niños desaparecían en las fábricas. Un progreso de la maquinaria seguía a otro. En 1802 navegó el primer vapor por el Firth of Clide; en 1807, el primer vapor de pasajeros por el Hudson; en 1819, el primer vapor transoceánico por el océano. Desde 1804 la máquina de vapor de Watt prestaba importantes servicios como locomotora. En 1825 se abrió al tráfico el primer ferrocarril. El capitalismo venció al espacio y al tiempo. En 1835 funcionó por primera vez el telégrafo eléctrico. ¡Cuánto se habían ensanchado en pocas décadas los límites del mundo! Maravillas y sueños de cuento habían hallado su realización. La capacidad de rendimiento del trabajo humano había crecido hasta lo fabuloso. La burguesía triunfaba. «Ha realizado maravillas muy distintas de las pirámides egipcias, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha llevado a cabo expediciones muy distintas de las migraciones de los pueblos y las cruzadas... Sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, maquinaria, aplicación de la química a la industria y a la agricultura, navegación a vapor, ferrocarriles, telégrafos eléctricos, roturación de continentes enteros, canalización de los ríos, poblaciones enteras surgidas como por encanto de la tierra: ¿qué siglo anterior sospechó que semejantes fuerzas productivas dormitaran en el seno del trabajo social?»

También su destino político lo tomó la burguesía en sus manos. En Francia sobrevivió a la reacción borbónica que había seguido al Imperio y en la revolución de Julio de 1830 tomó el poder. En Inglaterra supo <!-- S. 9 --> aprovechar durante siglo y medio todos los compromisos y soluciones intermedias en su beneficio, y finalmente, en 1832, con la Reform Bill, se hizo dueña de la situación. Dictaba las leyes a los gobiernos. Por encargo suyo marchaban los ejércitos. Por amor de su ganancia se concertaban alianzas y tratados, se emprendían y terminaban guerras, se lanzaban proclamas y se intercambiaban notas diplomáticas. Por fin estaba arriba. Su aseguramiento político se había logrado en todos los aspectos.

Y no en último lugar dio nuevos colores y contornos a la ideología, que pinta en las cabezas de los hombres la imagen del mundo. «Ha ahogado el sagrado éxtasis de la exaltación piadosa, del entusiasmo caballeresco, de la melancolía pequeñoburguesa en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha disuelto la dignidad personal en el valor de cambio y ha sustituido las innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas por la única libertad de comercio sin escrúpulos... La burguesía ha despojado de su aureola a todas las actividades hasta entonces venerables y contempladas con piadoso respeto. Ha convertido al médico, al jurista, al cura, al poeta, al hombre de ciencia en sus asalariados. La burguesía ha arrancado a la relación familiar su velo conmovedoramente sentimental y la ha reducido a una pura relación de dinero.» Así ha dado al mundo entero un rostro nuevo y ha provisto la vida humana de una plenitud de aspectos nuevos. Desde la atalaya de su éxito y de su posición de poder, contemplaba con orgullo y conciencia de sí la carrera triunfal que había recorrido en tan poco tiempo.

### La situación en Alemania

La clase burguesa de Alemania apenas había tenido parte, hasta 1800, en esta marcha triunfal del capitalismo.

<!-- S. 10 --> Trescientos años antes, el capitalismo había estado maduro y dispuesto a transformar de raíz la vida económica alemana. Había navegado por el Mediterráneo en los barcos mercantes italianos y había cruzado los puertos alpinos con las caravanas comerciales alemanas. Su elemento revolucionario había empezado ya a obrar en las venas y en los cerebros de los hombres. Había azuzado a los campesinos a la sublevación, enredado a los burgueses en el conflicto con el papa y la Iglesia, convertido a los ciudadanos en rebeldes y sediciosos. Luego vinieron el cierre de Occidente por los turcos y el descubrimiento de la ruta marítima a la India. Las rutas comerciales cortadas decayeron y quedaron desiertas; la arteria capitalista de Italia y de Alemania se secó. El capitalismo, empujado hacia la costa del océano Atlántico, se apoderó sucesivamente de Portugal, España, los Países Bajos, Inglaterra y Francia, lo removió y lo trastornó todo, llevó a cabo su obra destructora y creadora. Ahora, trescientos años después, había desembarcado de nuevo en Alemania. Traía consigo máquinas inglesas y algodón americano. Y enseguida comenzaron la revolución de la producción, la conmoción de las condiciones sociales, la nueva configuración de la imagen del mundo en el espíritu de los hombres.

En el Bajo Rin, en el Ruhr, el Wupper y el Sieg, en Turingia, Sajonia, Silesia, Wurtemberg y Baden floreció rápidamente una industria emprendedora. El bloqueo continental de Napoleón, que mantenía las importaciones inglesas lejos de los mercados alemanes, creó un clima de invernadero para su crecimiento. En Sajonia el número de husos de algodón subió en seis años de 13 000 a 210 000. En la provincia del Rin la minería, la siderurgia, la construcción de maquinaria y la industria del metal adquirieron proporciones enormes. En relación con ello se desarrolló un comercio de exportación e <!-- S. 11 --> importación muy extenso para las circunstancias alemanas, con todas las partes del mundo. Como si quisiera recuperar a toda prisa el tiempo perdido, el capitalismo recorrió a pasos de gigante un desarrollo inaudito. Surgieron regiones industriales enteras. Las ciudades crecieron. El tráfico con las grandes plazas de depósito del mercado mundial creció en volumen y en animación, se hizo cada vez más vivo. Los capitales se acumulaban. Por todas partes, ascenso, éxito, creciente valía y poder.

Pero la burguesía no es nada sin el proletariado. Ella misma lo engendra al desarrollarse. Tiene que engendrarlo, porque el proletariado produce la plusvalía sobre cuya existencia se funda la existencia de la burguesía. No puede renunciar al proletariado si no quiere renunciar a vivir. La existencia de una clase está encadenada indisolublemente, en condicionamiento recíproco, a la existencia de la otra.

El proletariado se reclutó en Alemania, como en Inglaterra y Francia, entre las masas de campesinos empobrecidos y sin tierra, de artesanos y pequeños burgueses arrollados por el desarrollo. La primera generación estaba aún sentada, segura y bien provista, sobre la gleba. La siguiente cedía una parte de su fuerza de trabajo a la industria a domicilio. La tercera emigró a la fábrica y se convirtió en proletariado asalariado. Las masas llegadas hasta aquí, apiñadas en el proceso de producción y organizadas militarmente, cayeron bajo la vigilancia del patrón, la dirección del capataz y el látigo del sobrestante en una explotación espantosa. Su existencia ya no encontró en adelante, nunca ni en ninguna parte, interés humano alguno, de la clase que fuera; tenía única y exclusivamente el sentido capitalista de producir mercancías, de crear plusvalía, de servir al fin de aseguramiento de la clase dominante. El proletario mismo se había convertido en mercancía que tenía que venderse a diario. Una bestia de trabajo, o aún menos: un instrumento, una ruedecilla en el mecanismo de la maquinaria de explotación, <!-- S. 12 --> una cosa muerta. Impotente, en sorda resignación, bajo pena de morir de hambre si se negaba, estaba encadenado a su servidumbre. Perplejo, desesperado, se hallaba frente a su destino ineludible. Los estallidos ocasionales de indignación o los levantamientos tumultuosos, como el de los afiladores de Solingen en 1826 o el de los tejedores de seda de Krefeld en 1828, no cambiaron nada, sino que solo tuvieron como consecuencia que a la vara del hambre se añadiera, trenzada con ella, la baqueta de la ejecución penal.

Donde la gran industria no había hecho pie todavía, predominaba la industria a domicilio. Sobre todo en Silesia, donde los privilegios señoriales favorecían la esclavización industrial de la miseria campesina, y en los Montes Metálicos, donde la pobreza del suelo empujaba al parcelario hambriento y al jornalero con casita a los brazos de pulpo del comerciante distribuidor. En las ciudades era el artesanado gremial el que, pesado y de horizonte estrecho, inaccesible a toda innovación técnica, abastecía a la clientela local en la honrada y orgullosa rutina de la tradición. Aquí, como en el campo raso, que mantenía ocupado al 75 % de la población en explotaciones agrícolas enanas por lo general míseras, la atmósfera social y espiritual había conservado aún por entero el agobiante peso de plomo de la sombría Edad Media.

### Socialistas utópicos

El fascinante esplendor del ascenso capitalista, sobre todo en Inglaterra y Francia, desató en el campo de la sociedad burguesa clamorosos gritos de entusiasmo y admiración.

Solo unas pocas cabezas críticas se sumieron, con reflexión y escepticismo, en la conexión más profunda de los fenómenos. Al hacerlo tropezaron con la inquietante contraposición entre el lado luminoso del éxito, la riqueza y el ascenso de unos pocos y el lado sombrío <!-- S. 13 --> de la explotación, la depauperación y el sojuzgamiento de millones. Comprobaron una desproporción, pues la ganancia en progreso cultural les parecía comprada demasiado cara con la medida de incultura y barbarie que traía consigo. Su conciencia moral se sentía ofendida. Su entendimiento les decía que un desarrollo con contrastes tan clamorosos había de conducir necesariamente a una catástrofe social. Y su sentido de la responsabilidad les ordenaba alzar la voz de advertencia, exhortar a la reflexión, hacer propuestas de enmienda y abogar por un orden social más armonioso, que hiciera felices a todas las partes de la sociedad.

Fueron sobre todo los franceses Saint-Simon y Charles Fourier y el inglés Robert Owen quienes, en nombre de la razón, de la justicia, de la humanidad y del socialismo, se dirigieron al foro de su tiempo.

En nombre de la razón. ¿No había sido esta divisa la consigna de todas las revoluciones burguesas? ¿No había encontrado el contrato social de Rousseau, que constituía el paradigma de todos los ideales políticos de la Revolución francesa, su culminación clásica en la exigencia de un Estado de la razón? La burguesía había construido ese Estado. Pero ¿qué aspecto tenía? Era el Estado de las desnudas oposiciones de clase, en el que la abundancia nacía del hambre, la elevación del envilecimiento, el esplendor de la oscuridad del vicio y la vergüenza. Justamente el mismo Estado contra el que se volvía la voz de los críticos y reformadores. ¿Qué razón había de organizar entonces el Estado futuro?

En nombre de la justicia. ¿No se había oído también esta consigna en boca de la burguesía? Pues bien: el viejo orden estamental había sido eliminado, los privilegios los había barrido la tormenta revolucionaria, regían libertades burguesas que el feudalismo apenas había sospechado, ante la ley todos los ciudadanos eran iguales. <!-- S. 14 --> ¿No estaba con ello cumplida la exigencia de justicia? El Estado burgués pretendía ser un Estado justo. ¿Con qué derecho había de ser reformado o sustituido por otro Estado?

En nombre de la humanidad. Lo que hasta entonces no había sido más que un gesto patético, una declamación agitadora, había de cumplirse: en el futuro no solo los poseedores, sino también los desposeídos habían de vivir bien. La mejora de la situación de todos los miembros de la sociedad era la meta. Pero esa meta no había de alcanzarse con los medios de la revolución, cuyos horrores estaban aún demasiado frescos en la memoria, sino con los medios del trabajo y la educación, la instrucción y la moral, mediante un nuevo cristianismo, una nueva configuración de la vida con ayuda de los falansterios, una nueva forma de matrimonio, una transformación del Estado, un nuevo orden de la propiedad.

En nombre del socialismo. En esta exigencia se encontraban unánimes los tres grandes reformadores sociales y redentores del mundo. Solo que el socialismo era entonces una teoría económica que exigía la regulación de la vida económica desde el punto de vista de la industria, es decir, de la clase burguesa, y no desde el punto de vista de la clase proletaria. Por distintas que fueran sus concepciones de la razón y la justicia, de la libertad y la verdad, por caóticas y confusas que se pintaran sus imágenes del orden social al que aspirar, coincidían en que una nueva configuración de la sociedad había de llevarse a cabo sobre el terreno de la propiedad en común, el trabajo en común y la vida en común. Por eso merecen aquellos reformadores, críticos de la sociedad y bienhechores de la humanidad el nombre de socialistas que la historia les ha dado.

Pero su socialismo era una construcción de sueños y deseos, un producto de especulaciones y construcciones, <!-- S. 15 --> un resultado de la comprensión y la voluntad, una obra de humanidad y filantropía, una creación de su buen corazón, de sus sentimientos decentes, de su noble celo, de su conciencia pura. Su socialismo había de hacerse desde arriba, según un plan acabado. Estaba pensado de antemano en la cabeza hasta en sus últimos detalles. El proletariado, completamente ajeno a su realización, no tenía más que recibirlo con gratitud como regalo de la sabiduría y la bondad. Este socialismo era una utopía.

¡A quién no encanta la genialidad de Saint-Simon, que relampaguea en pensamientos chispeantes a través de los pesados y apretados nubarrones de sus tratados de filosofía de la historia y de teoría social! ¡Quién no se sentiría conmovido por la crítica demoledora con que Charles Fourier arremete contra el espíritu de estafa del capitalismo, odiado con ardor! ¡A quién no llenarían de emoción y entusiasmo el desinterés, la firmeza y la entrega con que Robert Owen defiende sus ideas contra un mundo de adversarios!

Y sin embargo, ¡qué romántica es la esperanza de un renacimiento del mundo según las prescripciones de una receta acabada que trazó el cerebro de un pensador! ¡Qué ingenua la creencia de que fabricantes, banqueros y especuladores de bolsa, por reflexión y conversión interior, tenderían la mano para liberar a la humanidad del capitalismo! ¡Qué grotesco el hecho de que nunca surgiera la idea de que un orden social nuevo y superior sería el resultado de un proceso histórico cuyo ejecutor habría de ser el proletariado y que, en un punto determinado del desarrollo, tendría que dar un vuelco por encima de sí mismo!

Esta idea estaba infinitamente lejos del mundo de representaciones y del ámbito del pensamiento de aquel tiempo. Faltaban todas las condiciones previas para hacerla pensable. La incapacidad de los teóricos burgueses para el pensamiento <!-- S. 16 --> histórico-evolutivo, así como la debilidad y la insignificancia política del proletariado en esa fase, la convertían en un absurdo.

Y sin embargo tenía que ser pensada, porque con ella se abría la única solución posible del problema. Pues la tarea de la ciencia es formular en abstracto lo que la práctica del desarrollo necesita y pone en obra concretamente. La idea fue pensada.

En la universalidad de esta idea se concentra la inmensa obra de la vida de Karl Marx.

### Karl Marx

Karl Marx no venía del proletariado. Tampoco salió de las filas de los socialistas utópicos.

Su carrera no estaba trazada de antemano por el nacimiento, la pertenencia de clase, el medio o la formación. Solo se decidió cuando el círculo de su vida individual tocó la gran arena del mundo de la experiencia social.

Marx nació en Tréveris el 5 de mayo de 1818. Todos sus antepasados, por línea paterna y materna, a lo largo de muchas generaciones, habían sido rabinos. Los teóricos de la herencia podrán concluir de ello que la sofística y la argucia le venían de la sangre. Cuando menos puede decirse, sin creer en el fetiche de la herencia, que los antepasados se habían entrenado con método y con éxito en la espiritualidad, el trabajo intelectual y la agudeza del entendimiento. El nieto siguió la tradición del intelectualismo y siguió los pasos de sus mayores.

El padre no era rabino, sino abogado. Formado en Voltaire y Leibniz, unía en sí la cultura francesa con la alemana; las tradiciones de la gran Revolución y de la gran época imperial estaban vivas en su espíritu. Por sus convicciones políticas se contaba entre los patriotas prusianos, pero estaba dominado por aquella honrada y cultivada moderación <!-- S. 17 --> del temperamento que se conforma con el programa de ser una persona y un ciudadano decentes. La madre era una buena ama de casa sin especiales dotes de espíritu; nunca aprendió a hablar ni a escribir bien el alemán.

Cuando Karl llegó a la edad escolar, el padre, Hirschel Marx, se convirtió con su familia al protestantismo con el nombre de Heinrich Marx. Un cambio de fe no suele producirse sin motivos de peso. Sobre todo cuando la familia ha estado tan íntimamente ligada a la fe de los padres por la profesión y la tradición. No tenemos indicios precisos de qué motivos o consideraciones inmediatas movieron al padre de Marx, tras la muerte de su madre, a hacerse cristiano. Pero sabemos que el judío era entonces especialmente odiado, despreciado y evitado en Renania, y que ser judío no favorecía una carrera burguesa. Podemos suponer por ello que este hombre suave, pacífico, fácilmente inclinado a los compromisos, con su cambio de confesión no solo quería quitar de en medio «un hecho ofensivo para el ojo religioso del cristiano», sino también asegurar a su hijo un «billete de entrada en la cultura europea».

Como no poseemos noticia ni dato alguno sobre la primera infancia de Marx, nos sentimos tentados a abrigar, en relación con estas circunstancias, otras conjeturas. La ascendencia judía, incorporada sin duda muy pronto a la conciencia del niño y afianzada por la tradición familiar, debió de ser sentida por él, en cuanto sus relaciones con el entorno le dieron términos de comparación, como desventaja, mancha y mal comienzo en la vida. Quizá haya que buscar aquí el punto que desató las poderosas fuerzas impulsoras de su ascenso espiritual, extraordinario en vehemencia e intensidad. <!-- S. 18 --> Su extraordinaria capacidad, su don de asociación asombrosamente desarrollado, su desconcertante agudeza de pensamiento, su fuerza exegética y su vasto saber habría que considerarlos entonces como herramientas formadas hasta el máximo rendimiento, destinadas a crear, en un terreno de reconocido prestigio y respetabilidad, una compensación frente a la tara de la pertenencia racial y del nacimiento. Cabe suponer además que también el desarrollo del carácter del niño, en sus más tempranas líneas directrices, está en relación con estas primeras impresiones. Por mucho que el padre estuviera encantado con las «magníficas dotes naturales» del muchacho, con igual preocupación y angustia veía formarse un carácter para cuya inflexibilidad combativa y dureza obstinada no encontraba en su propia naturaleza comprensión ni simpatía. Karl aprendía de modo excelente, pero no tenía amigos; nunca mencionó más tarde ni con una palabra a sus compañeros de pupitre. Con espíritu veloz recorrió los cursos, pero su corazón no se detuvo en ninguna parte. Todas las fuerzas de su alma estuvieron desde el principio concentradas, infatigables y en tensión, en el trabajo, el rendimiento y el éxito.

No contradice esto que Marx, que había ingresado en la universidad a los diecisiete años, se prometiera a los dieciocho, en plena embriaguez del despertar del anhelo amoroso, con una compañera de juegos de su hermana, Jenny von Westphalen. Cuando nos enteramos de que su prometida procedía de una de las familias nobles más prestigiosas de la ciudad, era hija de un alto funcionario del gobierno y pasaba además por una muchacha distinguida por una belleza y una cultura poco comunes, comprendemos al instante el cortejo impetuoso y coronado por el éxito como un acto de conquista, como la proeza de un hombre del prestigio que temblaba por su valía. ¡Imaginémonos al joven Marx! Está en el umbral de la vida, <!-- S. 19 --> equipado de saber, certificados y credenciales académicas; ha de ponerse a prueba, abordar la solución de las grandes tareas vitales. Pero todavía retrocede ante la idea de concederse plena confianza en su fuerza, en su valor, en su plena validez. El año en Bonn ha sido insatisfactorio. Ha decepcionado bastante a sus padres y amigos, que esperaban de él un rápido ascenso. El padre le ha propuesto incluso cambiar de rumbo y estudiar química y física. En esta situación el desalentado necesita una prueba activa de su valor y de su superioridad. Se la procura arrebatando con audaz gesto de conquistador a la muchacha más hermosa, más festejada y más cortejada de la sociedad. Su padre al principio se asusta, pero acaba por retirar sus objeciones. El padre de su prometida da su consentimiento y estrecha con él unas relaciones más cordiales. Así supera jugando el joven exaltado todas las resistencias. Lleno de orgullo y de un júbilo de seguridad en sí mismo, se certifica la alta medida de valor de la personalidad que precisamente necesitaba para restablecer su equilibrio anímico. Todavía años más tarde, hallándose de nuevo en Tréveris y deleitándose en recuerdos, escribía a su mujer con enamorada vanidad: «Me preguntan a diario, a izquierda y derecha, por la *quondam* "muchacha más hermosa" de Tréveris y la "reina del baile". Es endiabladamente agradable para un hombre que su mujer siga viviendo así en la fantasía de toda una ciudad como "princesa encantada"».

### Estudios

En el otoño de 1836 Marx ingresó en la Universidad de Berlín. De ella emanaba una gran fuerza magnética que atraía bajo su hechizo a la juventud estudiosa de toda Alemania. Pues los nombres de sus grandes y célebres maestros, como Hegel, Schleiermacher, Savigny, Gans y Alexander <!-- S. 20 --> von Humboldt, le habían dado alta reputación y esplendor. Sobre todo la filosofía de Hegel ejercía un dominio grandioso sobre los espíritus de su tiempo. Marx eligió la jurisprudencia como estudio profesional, que sin embargo cultivó «solo como disciplina subordinada junto a la filosofía y la historia». Fuera de las lecciones se lanzó con celo devorador a los más diversos campos del saber y de las literaturas, buscando, gustando, tanteando por todas partes. Leía, hacía extractos, traducía, estudiaba idiomas, se perdía por sendas solitarias, escuchaba fuentes lejanas y perdidas, luchaba por alcanzar cumbres altísimas e inaccesibles. Y en horas muy calladas volcaba su anhelante ensoñación por la amada lejana en numerosos poemas, que eran, desde luego, más productos torpes de una aplicación constructiva y de una retórica reflexiva que verdaderas efusiones de un talento poético.

A Hegel lo había rodeado hasta entonces dando un gran rodeo. Solo había leído fragmentos de su filosofía, y su «grotesca melodía de roca» «no le había agradado». Presentía que con Hegel —que, en oposición al materialismo, volvía a ver en la idea el punto de orientación del acontecer universal, que consideraba el contenido de la experiencia y el movimiento rítmico de la historia como producto de la actividad sujeta a leyes del espíritu universal absoluto, y para el que existía una identidad metafísica de pensar y ser—, con ese Hegel tendría que habérselas. Todavía le asustaba la enormidad de esa aventura. Y cada vez se hundía más en una lucha fáustica consigo mismo, con la filosofía heredada y con la grandeza monumental del sistema hegeliano. Una carta a su padre del 10 de noviembre de 1837, escrita con el cerebro afiebrado y salpicada de estallidos extáticos de sentimiento, informa del estado de ánimo en que se encontraba.

<!-- S. 21 --> Berlín, 10 de noviembre de 1837

¡Querido padre!

Hay momentos en la vida que se colocan como mojones ante un tiempo transcurrido, pero que al mismo tiempo señalan con determinación una nueva dirección.

En un punto de tránsito así nos sentimos impulsados a contemplar con la mirada de águila del pensamiento lo pasado y lo presente, para llegar así a la conciencia de nuestra situación real. Sí, la historia universal misma ama esas miradas retrospectivas y se contempla a sí misma, lo que a menudo le imprime la apariencia del retroceso y la detención, mientras que en realidad solo se arroja al sillón para comprenderse, para penetrar espiritualmente su propia obra, la obra del espíritu.

Pero el individuo se vuelve lírico en tales instantes, pues toda metamorfosis es en parte canto del cisne, en parte obertura de un gran poema nuevo que aspira a cobrar forma en colores todavía difusos y llenos de esplendor; y sin embargo quisiéramos erigir un monumento a lo una vez vivido, que ha de recobrar en el sentimiento el lugar que perdió para la acción, y ¿dónde encontraría un lugar más sagrado que en el corazón de los padres, el juez más benigno, el partícipe más íntimo, el sol del amor, cuyo fuego calienta el centro más íntimo de nuestras aspiraciones? ¿Cómo podría mejor lo desagradable y censurable obtener su compensación y su perdón que convirtiéndose en manifestación de un estado esencialmente necesario?, ¿cómo podría al menos sustraerse el juego, a menudo adverso, del azar, del extravío del espíritu, al reproche de un corazón deforme?

Si ahora, pues, al final de un año pasado aquí, echo una mirada atrás a sus circunstancias y respondo así, mi querido padre, a tu tan querida, querida carta de Ems, permíteme <!-- S. 22 --> contemplar mis asuntos como contemplo la vida en general: como expresión de una actividad espiritual que en todas direcciones, en el saber, el arte, las situaciones privadas, se desarrolla luego en figura.

Cuando os dejé, había nacido para mí un mundo nuevo, el del amor, y al principio de un amor ebrio de anhelo y vacío de esperanza. Incluso el viaje a Berlín, que en otro caso me habría encantado en el más alto grado, excitado a la contemplación de la naturaleza, inflamado de alegría de vivir, me dejó frío, más aún, me puso de un humor llamativamente malo, pues las rocas que veía no eran más abruptas, no más atrevidas que los sentimientos de mi alma; las anchas ciudades, no más vivas que mi sangre; las mesas de las posadas, no más recargadas, más indigestas que los fardos de fantasía que yo llevaba, y finalmente el arte no tan hermoso como Jenny.

Llegado a Berlín, rompí todas las relaciones que habían existido hasta entonces, hice con desgana raras visitas y traté de sumergirme en la ciencia y el arte.

Dado el estado de mi espíritu en aquel momento, la poesía lírica tenía que ser necesariamente el primer objeto, al menos el más agradable y el más próximo; pero, como lo traían consigo mi situación y todo mi desarrollo anterior, era puramente idealista. Un más allá tan lejano como mi amor se convirtió en mi cielo, en mi arte. Todo lo real se difumina, y todo lo difuminado no encuentra límite; ataques al presente, sentimiento batido ancho y sin forma, nada natural, todo construido desde la luna, la oposición total entre lo que es y lo que debe ser, reflexiones retóricas en lugar de pensamientos poéticos, pero quizá también cierto calor de sentimiento y un afán de vuelo caracterizan todos los poemas de los tres primeros cuadernos que Jenny recibió de mí. Toda la anchura <!-- S. 23 --> de un anhelo que no ve límites se plasma en formas diversas y convierte el «poetizar» en un «extenderse».

Ahora bien, la poesía solo podía y debía ser acompañamiento; yo tenía que estudiar jurisprudencia y sentía sobre todo el impulso de luchar con la filosofía. Ambas cosas se combinaron de tal modo que, por una parte, repasé a Heineccius, Thibaut y las fuentes de modo puramente acrítico, solo como un escolar —así, por ejemplo, traduje al alemán los dos primeros libros de las Pandectas—, y por otra intenté desarrollar una filosofía del derecho a través del ámbito del derecho. Como introducción antepuse algunas proposiciones metafísicas y llevé esta desdichada obra hasta el derecho público, un trabajo de casi trescientos (?) pliegos.

Sobre todo apareció aquí de modo muy perturbador la misma oposición entre lo real y lo que debe ser, propia del idealismo, que fue la madre de la siguiente división, torpe e incorrecta. Primero venía lo que yo, benévolo, bauticé como metafísica del derecho, es decir, principios, reflexiones, determinaciones conceptuales, separados de todo derecho real y de toda forma real del derecho; como ocurre en Fichte, solo que en mí más moderno y más vacío de contenido. Además, la forma acientífica del dogmatismo matemático, en el que el sujeto da vueltas alrededor de la cosa, razona de acá para allá, sin que la cosa misma se configure como algo que se despliega con riqueza, como algo vivo, era de entrada un obstáculo para comprender lo verdadero.

El triángulo deja que el matemático construya y demuestre; sigue siendo mera representación en el espacio, no se desarrolla hacia nada ulterior; hay que ponerlo junto a otra cosa, entonces adopta otras posiciones, y esto diverso puesto junto a lo mismo le da diversas relaciones y verdades. En cambio, en la expresión concreta del mundo vivo <!-- S. 24 --> del pensamiento, como lo son el derecho, el Estado, la naturaleza, toda la filosofía, aquí hay que espiar al objeto mismo en su desarrollo, no deben introducirse en él divisiones arbitrarias; la razón de la cosa misma ha de seguir rodando como algo en sí contradictorio y encontrar en sí su unidad.

Como segunda parte venía luego la filosofía del derecho, es decir, según mi opinión de entonces, la consideración del desarrollo del pensamiento en el derecho romano positivo, ¡como si el derecho positivo en su desarrollo del pensamiento (no me refiero a sus determinaciones puramente finitas) pudiera ser en general algo distinto de la configuración del concepto del derecho, que sin embargo había de abarcar la primera parte!

Esta parte la había dividido además en teoría formal y teoría material del derecho, de las cuales la primera había de describir la forma pura del sistema en su sucesión y su conexión, la división y el alcance, y la segunda, en cambio, el contenido, el condensarse de la forma en su contenido. Un error que comparto con el señor von Savigny, como encontré más tarde en su erudita obra sobre la posesión, solo con la diferencia de que él llama determinación conceptual formal a «encontrar el lugar que tal y tal doctrina ocupa en el sistema romano (ficticio)», y material a «la doctrina de lo positivo que los romanos atribuyeron a un concepto así fijado», mientras que yo entendía por forma la arquitectónica necesaria de las configuraciones del concepto, y por materia la cualidad necesaria de esas configuraciones. El error estaba en que yo creía que lo uno podía y debía desarrollarse separado de lo otro, y así no obtuve una forma real, sino un escritorio con cajones en los que después eché arena.

El concepto es, en efecto, lo mediador entre forma <!-- S. 25 --> y contenido. En un desarrollo filosófico del derecho, pues, lo uno ha de brotar en lo otro; más aún, la forma solo puede ser la progresión del contenido. Así llegué a una división como la que el sujeto puede trazar a lo sumo para una clasificación fácil y superficial, pero el espíritu del derecho y su verdad se perdieron. Todo el derecho se dividía en contractual y no contractual. Me tomo la libertad de poner aquí el esquema, hasta la división del *jus publicum*, que también está elaborado en la parte formal, para mejor ilustración...

Pero ¿para qué seguir llenando las hojas con cosas que yo mismo he desechado? Divisiones tricotómicas recorren el conjunto, está escrito con fatigosa prolijidad y las representaciones romanas se maltratan del modo más bárbaro para meterlas a la fuerza en mi sistema. Por otro lado, gané así, al menos en cierto modo, amor por la materia y una visión de conjunto.

Al final del derecho privado material vi la falsedad del conjunto, que en el esquema fundamental linda con el kantiano y en la ejecución se aparta por completo de él, y de nuevo se me había hecho claro que sin filosofía no se podía llegar al fondo. Así pude arrojarme de nuevo con buena conciencia en sus brazos, y escribí un nuevo sistema metafísico fundamental, al final del cual me vi obligado otra vez a reconocer su absurdo y el de todos mis esfuerzos anteriores.

Entretanto había adquirido la costumbre de hacer extractos de todos los libros que leía, así del *Laocoonte* de Lessing, del *Erwin* de Solger, de la *Historia del arte* de Winckelmann, de la *Historia de Alemania* de Luden, y de garabatear de paso reflexiones. Al mismo tiempo traduje la *Germania* de Tácito y los *libri tristium* de Ovidio, y comencé por mi cuenta, es decir, con gramáticas, <!-- S. 26 --> el inglés y el italiano, en los que hasta ahora no he conseguido nada; leí el *Derecho penal* de Klein y sus *Anales* y todo lo más reciente de la literatura, aunque esto último de pasada.

Al final del semestre busqué de nuevo danzas de las musas y música de sátiros, y ya en este último cuaderno que os he enviado juega el idealismo a través de un humor forzado (*Escorpión y Félix*), a través de un drama fantástico y fallido (*Oulanem*), hasta que por fin se vuelca por completo y pasa a un puro arte formal, la mayor parte de las veces sin objetos que entusiasmen, sin un curso de ideas con vuelo.

Y sin embargo, estos últimos poemas son los únicos en los que de pronto, como por un golpe mágico —¡ay!, el golpe fue al principio demoledor—, el reino de la verdadera poesía relampagueó ante mí como un lejano palacio de hadas, y todas mis creaciones se deshicieron en nada.

Que con estas variadas ocupaciones hubiera que pasar en vela muchas noches durante todo el primer semestre, librar muchas luchas, soportar muchas excitaciones internas y externas; que al final no saliera muy enriquecido y hubiera descuidado la naturaleza, el arte, el mundo, y alejado a los amigos, esta reflexión pareció hacerla mi cuerpo; un médico me aconsejó el campo, y así llegué por primera vez, atravesando toda la larga ciudad, a la puerta que lleva a Stralow. Que allí, de un clorótico debilucho, iba a madurar hasta una robusta firmeza corporal, no lo sospechaba.

Había caído un telón, mi sanctasanctórum estaba desgarrado, y había que instalar en él dioses nuevos.

Del idealismo, que, dicho sea de paso, yo había comparado y alimentado con el kantiano y el fichteano, llegué a buscar la idea en lo real mismo. <!-- S. 27 --> Si antes los dioses habían habitado sobre la tierra, ahora se habían convertido en su centro.

Había leído fragmentos de la filosofía hegeliana, cuya grotesca melodía de roca no me agradaba. Quise sumergirme una vez más en el mar, pero con la intención determinada de encontrar la naturaleza espiritual tan necesaria, concreta y firmemente redondeada como la corporal; no ejercitar ya artes de esgrima, sino sostener la perla pura a la luz del sol.

Escribí un diálogo de unos veinticuatro pliegos: «Cleantes, o del punto de partida y la progresión necesaria de la filosofía». Aquí se unían en cierta medida el arte y el saber, que se habían separado por completo, y como robusto caminante me puse a la obra misma, a un desarrollo filosófico-dialéctico de la divinidad tal como se manifiesta en cuanto concepto en sí, en cuanto religión, en cuanto naturaleza, en cuanto historia. Mi última proposición era el comienzo del sistema hegeliano, y este trabajo, para el cual me había familiarizado en cierta medida con la ciencia natural, con Schelling, con la historia, que me causó infinitos quebraderos de cabeza y está escrito tan... (ilegible) (pues en realidad había de ser una nueva lógica) que ahora yo mismo apenas puedo volver a meterme en él, esta mi criatura más querida, criada a la luz de la luna, me lleva como una falsa sirena a los brazos del enemigo.

De rabia no pude pensar en absoluto durante algunos días, corría como loco por el jardín a orillas del agua sucia del Spree, «que lava almas y aguada el té», llegué incluso a participar en una partida de caza con mi casero, corrí a Berlín y quería abrazar a cada mozo de esquina. Poco después solo me dediqué a estudios positivos: el estudio de la posesión de Savigny, el derecho penal de Feuerbach y de Grolmann, *de verborum significatione* <!-- S. 28 --> de Kramer, el sistema de las Pandectas de Wening-Jugenheim y Mühlenbruch: *doctrina Pandectarum*, que todavía sigo trabajando; finalmente algunos títulos según Gauterbach, el proceso civil y sobre todo el derecho canónico, cuya primera parte, la *concordia discordantium canonum* de Graciano, he leído y extractado casi entera *in corpus*, así como el apéndice, las *Institutiones* de Lancelotti. Después traduje en parte la *Retórica* de Aristóteles, leí el célebre *de augmentis scientiarum* de Bacon de Verulam, me ocupé mucho de Reimarus, cuyo libro «Sobre los instintos artísticos de los animales» medité con deleite; di también con el derecho alemán, pero sobre todo solo en la medida en que repasé las capitulares de los reyes francos y las cartas de los papas a ellos.

Por el disgusto de la enfermedad de Jenny y de mis trabajos intelectuales vanos y perdidos, por la rabia consumidora de tener que hacer de una opinión que odiaba mi ídolo, caí enfermo, como ya te escribí antes, querido padre. Restablecido, quemé todos los poemas y esbozos de novelas, etc., en la ilusión de que podría abandonarlos del todo, de lo cual, por cierto, hasta ahora no he dado pruebas en contrario.

Durante mi indisposición había conocido a Hegel de principio a fin, junto con la mayoría de sus discípulos. Por varias reuniones con amigos en Stralow fui a parar a un club de doctores, entre los que había algunos privatdocentes y el más íntimo de mis amigos berlineses, el doctor Rudenberg. Aquí, en la disputa, se reveló más de una opinión encontrada, y cada vez me encadené con más firmeza a la actual filosofía universal, de la que había pensado escapar; pero todo lo sonoro había enmudecido, me acometió una verdadera furia de ironía, como fácilmente podía <!-- S. 29 --> ocurrir después de tanta negación. A ello se sumó el silencio de Jenny, y no pude descansar hasta haber comprado la modernidad y el punto de vista de la concepción científica actual con algunas malas producciones como «La visita».

Si quizá no te he expuesto aquí con claridad todo este semestre, ni he entrado en todos los detalles, y he borrado además todos los matices, perdónalo a mi anhelo de hablar del presente, querido padre.

El señor von Chamisso me ha enviado una nota de lo más insignificante en la que me comunica «que lamenta que el almanaque no pueda utilizar mis contribuciones, porque ya está impreso hace tiempo». Me la tragué de rabia. El librero Wigand ha enviado mi plan al doctor Schmidt, editor del almacén de Wunder, de buen queso y mala literatura. Adjunto su carta; este último aún no ha contestado. Entretanto no abandono en ningún caso este plan, sobre todo porque todas las celebridades estéticas de la escuela hegeliana han prometido su colaboración por mediación del privatdocente Bauer, que desempeña un gran papel entre ellas, y de mi coadjutor, el doctor Rudenberg.

En cuanto a la cuestión de la carrera cameralista, mi querido padre, he conocido hace poco a un asesor, Schmidthänner, que me ha aconsejado pasar a ella como justiciario después del tercer examen jurídico, lo que me convendría tanto más cuanto que de verdad prefiero la jurisprudencia a toda ciencia de la administración. Este señor me dijo que en el Tribunal Superior Regional de Münster, en Westfalia, él mismo y muchos otros llegaron en tres años a asesores, lo que no sería difícil, se entiende que trabajando mucho, ya que allí los estadios no están fijados de modo rígido, <!-- S. 30 --> como en Berlín y en otras partes. Si más tarde, siendo asesor, uno se doctora, hay también perspectivas mucho más fáciles de entrar enseguida como profesor extraordinario, como le ocurrió al señor Gärtner en Bonn, que escribió una obra mediocre sobre códigos provinciales y por lo demás solo es conocido por declararse partidario de la escuela jurídica hegeliana. Pero, mi querido, mi buen padre, ¿no sería posible hablar de todo esto contigo en persona? El estado de Eduard, los sufrimientos de la querida madrecita, tu indisposición, aunque espero que no sea grave, todo me ha hecho desear, más aún, convierte casi en una necesidad, correr a vuestro lado. Ya estaría allí si no hubiera dudado con certeza de tu permiso, de tu aprobación.

Créeme, mi querido padre: ninguna intención interesada me empuja (aunque sería feliz de volver a ver a Jenny), sino que es un pensamiento el que me impulsa, y ese no puedo expresarlo. Sería incluso para mí, en más de un aspecto, un paso duro, pero, como escribe mi única y dulce Jenny, todas estas consideraciones se vienen abajo ante el cumplimiento de deberes que son sagrados.

Te ruego, querido padre, decidas lo que decidas, que no muestres esta carta, o al menos esta hoja, a la madre angelical. Mi llegada repentina quizá podría reanimar a esa grande y magnífica mujer.

La carta que escribí a la madrecita la redacté mucho antes de la llegada del querido escrito de Jenny, y así quizá he escrito sin saberlo demasiado de cosas que no son del todo, o que son muy poco, oportunas.

Con la esperanza de que poco a poco se disipen las nubes que se ciernen sobre nuestra familia, de que a mí mismo me sea concedido sufrir y <!-- S. 31 --> llorar con vosotros y quizá demostrar a vuestro lado la profunda e íntima participación, el inmenso amor que a menudo solo sé expresar tan mal; con la esperanza de que también tú, querido padre eternamente amado, considerando la configuración tan zarandeada de mi ánimo, perdones allí donde a menudo el corazón parece haber errado mientras el espíritu combativo lo acallaba; de que pronto estés de nuevo completamente restablecido, de modo que yo mismo pueda estrecharte contra mi corazón y hablarte con toda franqueza.

Tu hijo, que te quiere eternamente, Karl.

Perdona, querido padre, la letra ilegible y el mal estilo; son casi las cuatro, la vela se ha consumido del todo y los ojos están turbios; una verdadera inquietud se ha apoderado de mí; no podré apaciguar los fantasmas agitados hasta que esté en vuestra querida cercanía.

Saluda, por favor, a mi dulce y magnífica Jenny. He leído ya doce veces su carta, y siempre descubro nuevos encantos. Es, en todos los aspectos, también en el estilístico, la carta más hermosa que puedo imaginar de una dama.

Marx se volvía, pues, como escribía, contra el formalismo y las especulaciones abstractas de la filosofía idealista heredada. Esta había aislado el pensamiento frente al acontecer natural. Según ella, la idea, como instancia rectora y principio director del proceso universal, estaba fuera de la realidad y del mundo de la experiencia. La realidad solo desempeñaba el papel del material plástico de amasar en el que se manifestaba la razón.

Marx buscaba ahora «la idea en lo real mismo», intentaba desarrollarla a partir de la realidad. Pero con ello, con este abandono del punto de vista ocupado por la filosofía <!-- S. 32 --> idealista, llegó —sin su voluntad, más aún, contra ella— derecho a Hegel. Pues ya Hegel, aunque idealista, había superado filosóficamente la oposición entre pensar y ser y la había disuelto en una unidad. Lo real ya no era para él mero objeto de la razón, ya no la masa pasiva animada por el espíritu. Antes bien, veía ya en el pensar un resultado del proceso natural; concebía el mundo de la experiencia como el despliegue vivo de la idea por sí misma, como la acción positiva del espíritu universal en una actuación sujeta a sus propias leyes. De la región sin aire de las abstracciones puras había devuelto la consideración filosófica al mundo de la realidad.

Aquí, ciertamente, Hegel se había detenido. La unidad intelectual de pensar y ser tenía en él un carácter puramente metafísico. Marx se rebeló interiormente contra ello. Su interés teórico, dirigido por entero a la captación de lo real y reacio a toda metafísica, empezó a presentir que aquí estaba el punto desde el cual podía sacarse de quicio el idealismo hegeliano. La idea le atraía. ¡Qué tarea, vencer a ese gigante del reino del pensamiento! ¡Qué triunfo el que coronaría el éxito de esa tarea! Marx empezó a observar críticamente su entorno y a examinar la realidad en que vivía en cuanto a la validez del esquema hegeliano. Su mirada se aguzó, sus tendones se tensaron. Cada vez más numerosos y graves se hacían los momentos que alimentaban la idea de un destronamiento científico del hegelianismo. Cada vez más tentadoras y prometedoras las perspectivas que animaban a una solución de la tarea. Marx fijó la meta con mirada aguda y clara. Y con el ímpetu, la aplicación y la consecuencia que constituían su ser, se puso a la obra.

<!-- S. 33: Bildtafel „Karl Marx“ -->

<!-- S. 34: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 35 -->

### Jóvenes hegelianos

El nacimiento de la filosofía hegeliana había coincidido con la época del ascenso de la burguesía prusiano-alemana. El reconocimiento social que acompañaba a su fortalecimiento económico y la naciente conciencia de sí de la clase burguesa habían encontrado en el edificio intelectual de Hegel su expresión representativa y demostrativa. La frase clásica: «¡Todo lo real es racional y todo lo racional es real!» se había traducido en el ideal de un Estado de derecho que aparecía como realización de la idea ética, como lo absolutamente racional.

Desde entonces habían transcurrido casi dos décadas. La realidad del Estado burgués y del orden capitalista había tenido ocasión de acreditarse en la práctica. Y resultó entonces que idea y realidad, razón y ser se separaban en una oposición abierta. La vida no se prestaba al truco filosófico de la unidad metafísica de pensar y ser. La idea ética encarnada en la cúspide monárquica había entrado en creciente contradicción con las necesidades de vida y de desarrollo de la masa compacta, que, en oposición a la conciencia ética proclamada, empezaba a desarrollar sus propias ideas. La monarquía prusiana, aunque elevó el hegelianismo a filosofía oficial del Estado, no había sido capaz de elevarse a un Estado real en el sentido de Hegel. Y contra el ser real de las condiciones políticas y sociales se alzaba el deber ser ideal de las exigencias utópicas y socialistas, tal como las proclamaban Saint-Simon, Fourier y Owen más allá de la realidad prusiano-alemana.

Sin embargo, no fueron las contradicciones sociales ni los contrastes políticos los que atrajeron primero la mirada de Marx. A él, que se sentía en su casa en el mundo de las teorías y los sistemas, le quedaban incomparablemente <!-- S. 36 --> más cerca las discordancias y disonancias que resultaban de la aplicación de las ideas fundamentales de Hegel en el terreno espiritual y de la concepción del mundo. Y en la atmósfera del club de doctores, aquel círculo de discípulos de Hegel, su sentido crítico se aguzó aún de modo especial, lo que le hizo reconocer cada vez con mayor claridad la línea de su desviación respecto de Hegel y de su desarrollo propio.

A ello se sumó un movimiento ideológico que irrumpió en el terreno de la vida religiosa con fuertes oleadas de crítica y de oposición.

La conmoción de la paz de cementerio de Metternich, que tras la revolución francesa de Julio se había dejado sentir también en Alemania y que aquí y allá había conducido incluso a tumultos, alborotos estudiantiles y golpes de mano, había sido superada con culatas de fusil y grilletes de presidio. A la prensa, que se había vuelto demasiado osada, se le había vuelto a poner el bozal; a los maestros y profesores rebeldes se los había amansado a palos en el estómago; las universidades habían sido purgadas de la infección del liberalismo y del revolucionarismo de pacotilla. La Comisión Central de Investigación de Maguncia había vuelto a las prácticas conservadoras del Estado de la persecución de demagogos. Una reunión de los ministros de Prusia, Austria y Rusia en Teplitz y otra reunión de los monarcas de estos países en Münchengrätz habían renovado solemnemente la inquisición de la Santa Alianza. Y una conferencia ministerial en Viena había sancionado las resoluciones agravadas de la dictadura reaccionaria.

Especialmente unánimes se habían mostrado en que, para llevar a la humildad y la obediencia a las masas agitadas y sublevadas, había que administrar en dosis aumentadas, junto al knut y el collar de púas, el narcótico saludablemente domesticador de la religión. La <!-- S. 37 --> corte prusiana, bajo la creciente influencia del príncipe Guillermo, ataviada con todos los harapos del romanticismo medieval, tenía la ambición de ir a la cabeza en la cría y el envío de una gendarmería clerical. Aquí tenían su cuartel general los «despertados» y los «silenciosos del país». Aquí se resolvía la cuestión social con devociones, ejercicios de oración, cantos de salmos y la monserga de untuosos folletitos. Generales santurrones, funcionarios de la corte y del Estado que ponían los ojos en blanco y dignatarios eclesiásticos chillones se unían aquí en el piadoso coro de la salvación del Estado. A esta peste pietista opuso la intelectualidad salida de la escuela de Hegel la protesta de un análisis racional, tanto más frío, de la leyenda cristiana.

David Friedrich Strauss, un joven suabo, publicó en 1835 su *Vida de Jesús*. Enlazando con el racionalismo de la Ilustración burguesa, despojó en ella sin miramientos a los evangelios de su aureola de historia transmitida. Antes bien, a partir de comprobaciones rigurosamente científicas, presentó ante los ojos espantados de los creyentes la tradición cristiana como mito, como conjunto de leyendas, como epopeya creada conscientemente, en éxtasis piadoso, por la primera comunidad cristiana. El éxito fue enorme. El libro desencadenó una verdadera época de investigaciones de crítica religiosa.

Naturalmente, el libro de Strauss y todo el complejo de cuestiones que planteaba se discutieron con afán también en el club de doctores. Los miembros de este club —profesores de liceo, literatos, privatdocentes, todos ellos jóvenes hegelianos— se sentían la vanguardia de la nueva espiritualidad y saludaban la lucha filosófica contra la mojigatería y el romanticismo, que por todas partes hacía afilar las plumas. Es cierto que el disparo hecho por Strauss no les parecía todavía bastante certero y mortal. Sobre todo Bruno Bauer, que enseñaba como privatdocente en la Universidad de <!-- S. 38 --> Berlín y pasaba por la mayor esperanza entre los herederos de Hegel, se presentó como adversario de Strauss. «La disputa entre ambos», como expuso más tarde Engels en su *Ludwig Feuerbach*, «se libró bajo el disfraz filosófico de una lucha de la "autoconciencia" contra la "sustancia"; la cuestión de si las historias milagrosas de los evangelios habían nacido de una formación de mitos inconsciente y tradicional en el seno de la comunidad o habían sido fabricadas por los propios evangelistas se infló hasta convertirse en la cuestión de si en la historia universal la potencia decisiva era la "sustancia" o la "autoconciencia"; y finalmente vino Stirner, el profeta del anarquismo actual, y sobrepujó la "autoconciencia" soberana con su soberano "Único"».

Para Bauer la controversia se convirtió en el eje de su trabajo científico. No volvió a abandonar el tema y continuó la crítica de los evangelios iniciada por Strauss, agudizándola y profundizándola considerablemente. Si en su *Crítica de la historia evangélica*, aparecida en 1841, había sostenido aún el punto de vista de que la autoconciencia del evangelista primitivo Marcos, alimentada en fuentes de la literatura griega, greco-alejandrina y grecorromana, había encontrado su manifestación en los evangelios, su obra *El cristianismo descubierto*, aparecida en 1843 (confiscada ya en la imprenta, desaparecida desde entonces y solo recientemente devuelta al público mediante una reimpresión), llevó estas ideas hasta la antiteología y el ateísmo. Todavía su obra *El origen del cristianismo a partir de la grecidad romana*, publicada tres décadas más tarde, defendía la tesis: no Jesús y Pablo, sino Séneca y Filón son los espíritus creadores del cristianismo primitivo.

Entre los jóvenes hegelianos, las disputas religiosas y los combates filosóficos tuvieron aún otro <!-- S. 39 --> resultado: llevaron a la fundación de los *Hallische Jahrbücher* [Anales de Halle], pensados como punto de reunión del nuevo elemento espiritual. Su fundador, Arnold Ruge, privatdocente en Halle, no era un espíritu especialmente profundo ni independiente, ni tampoco fiable y revolucionario. Es verdad que, como víctima de la «persecución de demagogos», había tenido que cumplir seis años de cárcel, pero su convicción no se había vuelto con ello más decidida ni su carácter más consecuente. Con todo, prestó al despertar y a la liberación de los espíritus un servicio inestimable con la tribuna que puso a su disposición como palestra. Con la creciente reacción, desde luego, que ocupaba todas las cátedras académicas con oscurantistas y hacía de todos los órganos de prensa incómodos objeto de vejaciones y hostigamientos de la censura, Ruge se vio pronto obligado a trasladarse de Halle a Dresde y a publicar los *Hallische Jahrbücher* como *Deutsche Jahrbücher* [Anales alemanes]. Esto no solo significó un cambio de lugar de publicación y de título, sino también un avance en el endurecimiento del tono y una mejora en la calidad de los colaboradores. Sobre todo Strauss, que había dominado en los *Hallische Jahrbücher*, fue relevado por Bruno Bauer y Ludwig Feuerbach.

### Bauer y Feuerbach

Bruno Bauer, enredado en una nueva contienda con Hengstenberg, el caudillo de la ortodoxia berlinesa, había cambiado Berlín por Bonn. En el bolsillo llevaba la promesa de su protector, el ministro de Cultos Altenberg, de que su puesto de privatdocente en Bonn se convertiría en una cátedra fija. Pero Altenberg murió, y con él desapareció la última influencia de la tradición hegeliana. Su sucesor fue el ministro reaccionario Eichhorn, que estaba por completo en manos de los piadosos. Con ello palidecieron todas las perspectivas de Bauer de una carrera <!-- S. 40 --> académica, tanto más cuanto que su colaboración en los *Jahrbücher* de Ruge y su punto de vista radical en cuestiones de teología no habían contribuido a aumentar el círculo de sus amigos en la facultad. Para colmo apareció por las mismas fechas su libro *Crítica de la historia evangélica de los sinópticos*, que desató una tormenta de indignación. Bauer fue destituido de su cargo y el ministro decretó una restricción de la libertad de cátedra en todas las universidades.

Con ello se fueron también al agua los planes de Marx. Nunca había pensado en serio en unos estudios para ganarse el pan, aunque el padre se lo había recordado a menudo. En 1838 había muerto el padre. Ahora la preocupación por la madre y la novia le señalaba la necesidad de buscarse una posición segura en la vida. Así había pensado en seguir a su amigo Bauer a Bonn, para ocupar también un puesto de privatdocente y quizá publicar con Bauer una revista científica. Ciertamente, no había hecho ningún examen de derecho ni obtenido el título de doctor. Marx tenía frente a los estudios y exámenes académicos fuertes inhibiciones, que Bauer trataba de vencer con continuos ánimos. «Acaba de una vez con tus vacilaciones y con tu manera morosa de tratar una tontería y una mera farsa como es el examen», le escribía. Finalmente Marx se decidió, escribió un trabajo *Sobre la diferencia entre la filosofía natural de Demócrito y la de Epicuro* y obtuvo con él en abril de 1841, en Jena, el doctorado *in absentia*. Pero ahora ni se llegó a una cátedra de Bauer ni cabía pensar en una carrera académica de Marx. También el plan de una revista no encontró posibilidad de realizarse en el aire viciado de la política reaccionaria. Bauer volvió a Berlín y se dedicó con celo a colaborar en los *Deutsche Jahrbücher*, que se publicaban desde Dresde.

<!-- S. 41 --> Pero mientras Bauer —como Strauss— trataba de indagar el origen del cristianismo, Feuerbach fue más allá, al poner a discusión la cuestión de la esencia del cristianismo en general. Ludwig Feuerbach, hijo del gran criminalista Anselm Feuerbach y discípulo de Hegel, había tenido que abandonar su puesto de privatdocente en Erlangen después de haberse cerrado toda perspectiva en su carrera de profesor universitario con la publicación de escritos radicales que cayeron bajo la prohibición. Viviendo en un idilio campestre lejos del ajetreo del mundo, se dedicó a trabajos filosóficos en los que se iba desprendiendo cada vez más de Hegel. Escribió una *Crítica de la filosofía hegeliana*, aparecida en 1839, en la que desenmascaraba el «espíritu absoluto» de Hegel como el «espíritu difunto de la teología», un fantasma metafísico, una «teología convertida en lógica», una «mística racional». Si Hegel había enseñado que la naturaleza es puesta por la idea, esto no era más que un ropaje filosófico de la afirmación bíblica de que Dios creó el mundo. El espíritu absoluto no era en realidad otra cosa que el espíritu subjetivo y finito del hombre, solo que pensado en abstracto. Si el espíritu absoluto se revelaba, según Hegel, en el arte, la religión y la filosofía, esto solo podía significar que el arte, la religión y la filosofía eran lo más alto y lo absoluto en el espíritu humano. Con mano implacable dio la vuelta al esquema hegeliano. La naturaleza y la realidad dejaron de ser «enajenaciones» y «degradaciones» de la idea. Se hicieron independientes y llevaban en sí su propio peso de valor. El hombre pasó al primer plano y fue activado, aunque solo en el terreno religioso. Hasta entonces mero objeto, fue elevado por principio a sujeto. El materialismo apareció en el trono.

Con ello quedaba dado también el punto de vista de Feuerbach para su filosofía de la religión. Partiendo del hombre <!-- S. 42 --> abordó la investigación de las conexiones cuyo tejido se presenta como religión. El hombre es para el hombre, según él, independientemente de toda filosofía, el ser supremo; es principio, centro y fin de la religión. Las ideas son reflejos de la naturaleza; los dioses, solo criaturas de la fantasía humana, personificaciones idealizadas y puestas en el cielo de cualidades y sentimientos humanos. La religión es la relación de sentimiento, la relación de corazón entre hombre y hombre; el fundamento de toda ética, la relación entre el yo y el tú.

*La esencia del cristianismo* de Feuerbach, que desarrolló por primera vez estas ideas, apareció en 1841. Actuó como un acto liberador. El hechizo del sistema hegeliano estaba roto. Todas las contradicciones parecían resueltas. De las regiones de las ideas se había vuelto a aterrizar en la tierra. «Hay que haber vivido uno mismo», escribe Engels, a quien por las mismas fechas Feuerbach le reveló la «verdadera vida del hombre», «el efecto liberador de este libro para hacerse una idea de él. El entusiasmo fue general: todos fuimos momentáneamente feuerbachianos». También Marx saludó la nueva concepción con entusiasmo. «¿Quién ha aniquilado la dialéctica de los conceptos, la guerra de los dioses que solo conocían los filósofos? Feuerbach. ¿Quién ha puesto al hombre en lugar de los viejos trastos, también de la conciencia infinita? ¡Feuerbach y solo Feuerbach! Solo Feuerbach, que completó y criticó a Hegel desde el punto de vista hegeliano al disolver el espíritu absoluto metafísico en el hombre real y sobre la base de la naturaleza, completó la crítica de la religión, al trazar al mismo tiempo los grandes y magistrales rasgos fundamentales de la crítica de la especulación hegeliana y, por tanto, de toda metafísica.» Así las entusiastas adhesiones de boca de Marx.

<!-- S. 43 -->

### Arranque revolucionario

Pero la desdivinización del cielo y la disolución de los vínculos con un mundo suprasensible no podían limitarse a la religión y a la concepción del mundo.

Una vez tocada la autoridad, puesto en cuestión el dualismo, impugnado el derecho de la tradición, no había ya freno en la consecuencia de los efectos. Necesariamente, la caída del absoluto rey del cielo arrastró consigo también el trono del absoluto rey de la tierra. La soberanía de la idea, convertida en sombra, hizo palidecer el nimbo de la sabiduría de gobierno y del arte de Estado otorgados por Dios. Y el conocimiento de que los hombres tienen la fuerza de crear dioses ya no retrocedía ante la idea de que los hombres podrían ser también —sin sanción de lo alto— creadores de sus condiciones políticas y sociales.

Así, los jóvenes hegelianos, hasta entonces solo paladines en el ámbito del espíritu teorizante, se convirtieron en ejecutores de una práctica política a la que habían llegado casi sin quererlo, no a partir de consideraciones o fines políticos, sino puramente por la coherencia interna de su desarrollo filosófico.

Que razón y realidad no tenían por qué coincidir necesariamente, como había enseñado Hegel, lo atestiguaba la naturaleza del Estado prusiano. Desde la revolución francesa de Julio, las exigencias de la realidad se movían en una divergencia cada vez más llamativa respecto del entendimiento y la sabiduría del gobierno. Ruge había señalado repetidamente en los *Hallische Jahrbücher* que la exigencia de un Estado constitucional seguía sin cumplirse, que con la existencia de la censura quedaba anulada la confianza en el espíritu y la ciencia, que con la revisión regresiva de la ordenanza municipal de 1808 se cometía una traición al espíritu de la misión prusiana. Cada vez se ponía de manifiesto con mayor claridad que la unidad de razón <!-- S. 44 --> y realidad solo podría alcanzarse si lo racional, que todavía no tenía forma ni vida, era llevado a la realidad por un acto humano consciente.

Este acto no lo veían los jóvenes hegelianos en un derrocamiento revolucionario, sino en una renovación orgánica desde dentro. Y pensaban, en efecto, que este proceso tenía que enlazar de nuevo allí donde la obra de reforma de Stein y Hardenberg había encontrado su fin. Solo así, al paso de la realidad histórica y de las ideas rectoras, podría Prusia cumplir su tarea histórico-universal, a saber; concluir la obra de liberación del espíritu humano iniciada por la Reforma y continuada por la Ilustración. Pues que Prusia estaba llamada por la historia a llevar a la cumbre el desarrollo de la humanidad era para los jóvenes hegelianos una certeza incontestable. Todos ellos eran, por nacimiento, educación y convicción, prusianos de pies a cabeza y, como juventud de las capas cultas y poseedoras, estaban llenos de la conciencia de sí de su clase en ascenso. En un escrito conmemorativo de Federico el Grande redactado por Friedrich Köppen y dedicado «A su amigo Karl Heinrich Marx, de Tréveris», se decía, entre otros arrebatos de exaltación patriótica: «Prusia no puede olvidar nunca que estuvo en la cuna junto con la Ilustración y que fue criada por el héroe de la Ilustración. El cielo no descansa con más seguridad sobre los hombros de Atlas que Prusia sobre el desarrollo, adecuado a los tiempos, de los principios de Federico el Grande».

Las esperanzas en un emporio prusiano de la libertad de espíritu no encontraron, desde luego, mejor cumplimiento que los sueños de una constitución prusiana con un monarca liberal a la cabeza. Un alivio pasajero de la censura, que dadas <!-- S. 45 --> las circunstancias no podía ser más que un capricho despótico, sumió ciertamente al filisteísmo, eternamente incapaz de aprender, en un vértigo de entusiasmo; pero la resaca que siguió muy pronto fue por ello tanto peor. Marx había previsto el giro hacia la reacción y había escrito sobre ello un artículo para los *Jahrbücher* de Ruge. Sin embargo, empezó con el debut adecuado: su primer trabajo periodístico cayó bajo la censura. Como los *Jahrbücher* tenían todavía una rama en Suiza, Ruge hizo publicar el artículo, junto con otras víctimas de la censura, como *Anekdota philosophica* en el Literarisches Kontor de Julius Fröbel en Zúrich. Llevaba el título «Observaciones sobre la más reciente instrucción prusiana sobre la censura» y la indicación de autor «Por un renano».

Marx, entretanto, había vuelto su atención literaria hacia otro órgano, que aparecía en Colonia desde el 1 de enero de 1842. Se llamaba *Rheinische Zeitung* [Gaceta Renana], había sido fundado por un grupo de comerciantes y empresarios acaudalados de Renania y podía pasar más bien por una hoja gubernamental moderada que por una hoja de oposición. Por la circunstancia de que en la redacción había activos jóvenes hegelianos que mantenían relaciones con el círculo de Berlín y reclutaban allí colaboradores, Marx había entrado en contacto con el periódico. Había tenido incluso la intención de fijar su residencia en Colonia; al final, sin embargo, se había decidido por Bonn.

Como colaborador de la *Rheinische Zeitung* tuvo Marx la primera ocasión de afilar la razón teorizante de la filosofía en la realidad práctica de la vida política. Se puso a la obra con brío y arrojo. Con pie firme estaba sobre el estrado de las luchas de opinión y manejaba su acero con mano segura. Así se convirtió la *Rheinische Zeitung* en la puerta de entrada de su brillante carrera periodística y política.

<!-- S. 46 -->

### El auge de la burguesía

La burguesía prusiana se hallaba por entonces en la agradable situación de disponer, gracias al gran auge económico de los años treinta, de una posición esencialmente mejorada y más firme que unas décadas antes.

El empleo de la fuerza del vapor en la producción había aumentado. Con las ventajas de una técnica perfeccionada, la industria había florecido poderosamente. Nuevas regiones económicas se habían abierto a la iniciativa empresarial. La extracción de carbón y de mineral, fomentada por el desarrollo de los ferrocarriles, había experimentado un aumento a saltos. La gran industria y el gran comercio se pusieron a crear grandes ciudades. En diversas industrias, como en el ramo del metal y en el del algodón, se formaron empresas gigantescas. La gran propiedad feudal de la tierra salió de su reserva y se adaptó a los métodos más lucrativos de la gestión capitalista pasando a la destilación de aguardiente y al cultivo de la remolacha azucarera. La revolución de las relaciones de producción y de tráfico transmitió sus tendencias a la vida social. Se desecharon viejas tradiciones, se hicieron saltar instituciones caducas, se revisaron concepciones superadas. Una ola de conciencia de la propia fuerza recorrió las venas de la clase burguesa. Las almas se agitaron y se irguieron llenas de una acrecentada seguridad en sí mismas. En el horizonte del anhelo apareció la imagen de la personalidad fuerte, que ya no tolera estrecheces, se rebela contra la presión, se burla de la tutela, no quiere ya doblar voluntariamente la espalda. La literatura empezó a dar cuenta de este estado de ánimo.

Los héroes de la literatura clásica, huyendo llenos de profundo desaliento de los conflictos del mundo y de las barbaries de la vida, se habían retirado a un mundo de apariencia estética, en el que reinaban y compensaban genialmente su impotencia. Y cuanto más tiempo pesaba sobre los hombres la presión <!-- S. 47 --> de la servidumbre social y del sojuzgamiento político, tanto más en su casa se habían sentido los más sensibles y productivos de entre ellos en el reino de las ilusiones. Pues la región de las ideas es la posición de seguridad, convertida en absoluto, de la humanidad amenazada o maltratada por las realidades del mundo. El viejo Goethe, pese a la superioridad universal y cosmopolita de su espíritu, ya no había encontrado la salida del ámbito clásico de su sublimidad alejada del mundo. Pero en Klopstock, Lessing y el joven Schiller la disposición a lo nuevo había hecho ya saltar chispas y encendido llamas revolucionarias. Chamisso se había acercado al mundo social. Platen, como audaz caballero san Jorge, había arremetido contra el dragón de la reacción, de la corrupción y del régimen del knut. Grabbe se había encabritado con el grito y la obstinación del titán contra la miseria aplastante del sordo particularismo alemán.

Entonces, en los años treinta y cuarenta, cuando por todas partes, de entre los muros resquebrajados de la reacción, el verde joven y los retoños frescos se alzaban hacia el cielo y se burlaban, seguros de la victoria, de todas las tribulaciones, cayó sobre las ramas del bosque poético alemán una bandada atrevida, ruidosa y petulante de cantores y heraldos de la libertad. Georg Herwegh, la «alondra de hierro», publicó sus *Poemas de un vivo* e incendió en su marcha triunfal por Alemania los corazones de miles. Franz Dingelstedt fustigó sin piedad en sus «Canciones de un sereno cosmopolita» a la policía, los curas, los ministros y la «chusma fina y distinguida». Robert Prutz, en su *Cuarto de los niños político*, entregó a la burla y al desprecio al pueblo alemán como esclavo encadenado y a los príncipes alemanes como sus tiranos. Hoffmann von Fallersleben perdió su cargo y su pan por lo escandaloso, políticamente, de sus «Canciones <!-- S. 48 --> apolíticas». Ferdinand Freiligrath, que con su poesía exótica de desiertos y leones había cosechado un éxito embriagador, puso su arrebatador patetismo retórico al servicio de la revolución naciente. Gottfried Kinkel, Karl Beck, Moritz Hartmann, Alfred Meissner, Kühne, Jung y muchos otros completaron con canciones de lucha y de libertad estremecedoras, entusiastas y enardecedoras el coro del despertar de Alemania de la noche de la Edad Media. Desde el extranjero, sobre todo Heinrich Heine y Ludwig Börne acosaron a la reacción prusiana del modo más encarnizado y tenaz con incesantes críticas, polémicas y panfletos. Ilimitada era su burla de la torpeza de la policía, provocadora su denuncia de la estrechez de miras y la presunción de las autoridades, incomparable su escarnio de la somnolencia del filisteísmo e inagotable el patetismo de su indignación moral, con la que azotaban a la despótica reacción ante los ojos de Europa y la entregaban al desprecio. En el séquito de Heine, aunque independiente de él, todo un grupo, la Joven Alemania, combatía con celo el espíritu de lo tradicional y retrógrado, que negaba a lo nuevo el derecho a la vida. Gutzkow, Laube, Wienbarg, Mundt y otros tenían olfato para lo nuevo que estaba gestándose y se sentían llamados a colaborar en su liberación. Escribían sobre las condiciones históricas para una constitución prusiana, los principios de la democracia, la unidad de Alemania y su importancia para su desarrollo político e ideal, etc., y aunque no eran nada menos que revolucionarios, contribuyeron esencialmente, por la circunstancia de que la policía prusiana se arrojaba con un celo muy especial sobre sus escritos, a sacudir la sorda mentalidad de lacayos y súbditos en el pueblo. Más aún: cuanto más desconsiderada y desconfiadamente <!-- S. 49 --> vigilaba y perseguía la reacción todo movimiento libre, tanto más ganaban incluso las llamadas tímidas la resonancia de fanfarrias que llamaban a la lucha y atraían hacia la libertad.

El sentido de estos toques de diana poéticos quedó subrayado por los resultados del trabajo científico de vanguardia. El modo de producción capitalista, que necesitaba de las riquezas naturales para desarrollar en mayor escala la economía mercantil, había llamado a escena como auxiliares a la ciencia natural y a la técnica. Empujaba a la investigación, animaba a los experimentos, aguzaba los sentidos para la observación y el escrutinio de los procesos naturales, cuyas leyes se trataba de espiar y hacer útiles. Y en laboratorios, talleres, centros de ensayo y aulas se abrió el secreto de un mundo nuevo. Theodor Schwann descubrió la célula como elemento constructivo de los cuerpos animales y vegetales. Justus Liebig aportó nuevos conocimientos en el campo de la química, fundó una nueva teoría de la nutrición de las plantas y abrió con ello una nueva época de la agricultura. Johannes Müller creó los fundamentos de toda la fisiología moderna. Karl Fr. Gauss amplió con una serie de descubrimientos matemáticos, físicos y astronómicos el marco de los conocimientos heredados. Alexander von Humboldt, geógrafo y naturalista, dio con grandes viajes nuevas medidas y contenidos a la imagen del mundo y abrió camino en el campo de la geología, la mineralogía, la zoología, la botánica, la meteorología y la climatología. Robert Mayer formuló el principio de la teoría mecánica del calor y de la conservación de la energía. Los hermanos Siemens, con numerosos inventos en la producción de alcohol y de azúcar, en la electrotecnia, en la telefonía, etc., se convirtieron en fundadores de muchas industrias nuevas. En una emulación general de los espíritus se preparaba un renacimiento de la sociedad. Y <!-- S. 50 --> la sociedad, al no dar ya por válido más que lo que se revelaba a los sentidos humanos y podía demostrarse sustancialmente con los métodos de la investigación exacta, se liberó espiritualmente de todas las dependencias e instancias de la legalidad cósmica anterior, para profesar tanto más sin reservas los principios de una consideración del mundo orientada hacia lo material y concreto. Este materialismo, en la más aguda protesta contra la concepción teológica e idealista del mundo, proporcionó el suelo nutricio más receptivo y agradecido para las argumentaciones demoledoras de la crítica de la religión de Feuerbach.

Cuando Marx entró en 1842 en la redacción de la *Rheinische Zeitung* y pronto asumió su dirección, tenía claro que en el coral de libertad que henchía la época solo podía ser un acorde entre muchos. Pero había de ser un acorde con acentos especiales.

### La *Rheinische Zeitung*

La promesa hecha al pueblo prusiano de darle una constitución no había sido cumplida por Federico Guillermo III. En consecuencia, tampoco pudo cumplirse la promesa hecha a los acreedores del Estado de hacer sancionar todo nuevo empréstito por los Estados Generales del reino. Pero para suscitar la apariencia de un cumplimiento se habían creado dietas provinciales, organismos impotentes que vegetaban a puerta cerrada y en los que la gran propiedad territorial de los junkers hacía valer sus derechos señoriales en forma de resoluciones parlamentarias. Incluso la Dieta renana no se distinguía en nada, en iniciativa y actitud política, de los cuartos de la servidumbre estamental del este del Elba.

Federico Guillermo VI [IV], el heredero de las promesas incumplidas de su padre, había convocado la Dieta renana <!-- S. 51 --> en 1841. Marx tomó las actas de las deliberaciones y juzgó sin piedad estos documentos de la mascarada anterior a marzo. En una serie de artículos trató la cuestión de la libertad de prensa, que tampoco aquí había encontrado defensor frente a los pérfidos atentados para suprimirla. Después, el asunto del encarcelamiento del arzobispo de Colonia, con el resultado de que el artículo fue tachado por la censura. Finalmente, los debates sobre una ley contra el robo de leña, que le dieron duros huesos que roer, ya que el tratamiento de los problemas sociales y de los intereses materiales «no estaba previsto en el sistema ideológico de Hegel».

Los artículos sobre el primer punto estaban brillantemente escritos. Ruge le tributó el máximo elogio: «Podemos felicitarnos por la formación acabada, la genialidad y el dominio soberano de la confusión ordinaria de ideas que con esto aparecen en nuestra publicística». En esta cuestión Marx había estado por completo en su elemento; con pleno dominio de la materia había manejado una pluma cuyo brío causó sensación. Pero ya en el tercer punto tropezó Marx con los límites de su capacidad. Y en el cuarto y el quinto, que habían de desplegar la policía de caza, la propiedad de la caza, las cuestiones de parcelación y todo el complejo de las relaciones de propiedad, capituló ante su tarea al reconocer que sin un estudio a fondo de la economía política y sin una confrontación seria con el problema del socialismo no había manera de abordar estas cuestiones. Su formación filosófica y jurídica, por excelente que fuera, resultó insuficiente para tratar fenómenos económicos; su concepción idealista del Estado y la sociedad cayó en una dificultad sin salida al tomar posición frente a los intereses de la burguesía y el proletariado.

A ello se sumó que la *Rheinische Zeitung* se veía obligada <!-- S. 52 --> también en otros aspectos a manifestar su punto de vista sobre cuestiones y acontecimientos que se entrelazaban con ideas de los socialistas franceses o con los intereses de los proletarios renanos. El conocimiento de un libro de Lorenz von Stein, *Historia del movimiento socialista en Francia*, que se volvía duramente contra Saint-Simon y Fourier, había señalado claramente a Marx la necesidad de familiarizarse con ese material. Y una polémica con la *Augsburger Allgemeine Zeitung* lo puso en la penosa situación de tener que confesar públicamente que las teorías del socialismo y el comunismo franceses le eran por completo ajenas. El periódico de Augsburgo había reprochado a la *Rheinische Zeitung* que coqueteaba con el comunismo. A lo cual Marx declaró que la *Rheinische Zeitung* no concedía a las ideas comunistas «en su forma actual» ni siquiera realidad teórica, y menos aún podía desear o considerar posible su realización práctica. Pero quería someter esas ideas a una crítica a fondo. Pues no el ensayo práctico, sino «la elaboración teórica de las ideas comunistas» constituía el verdadero peligro. «Pues a los ensayos prácticos, aunque sean ensayos en masa, se puede responder con cañones en cuanto se vuelven peligrosos; pero las ideas que vencen a nuestra inteligencia, que conquistan nuestro ánimo, a las que el entendimiento ha forjado nuestra conciencia, son cadenas de las que uno no se arranca sin desgarrarse el corazón, son demonios que el hombre solo puede vencer sometiéndose a ellos.» El patetismo de estas palabras no dejó de surtir efecto, pero Marx sabía demasiado bien que ni con declamaciones ni con «chapuzas» se podía saltar a la larga por encima de problemas de naturaleza tan seria.

En el tiempo que siguió, las cuestiones del socialismo y <!-- S. 53 --> de la revolución desempeñaron también un papel en las diferencias que estallaron entre Marx y sus amigos de Berlín. El club de doctores se había convertido en una sociedad de los Libres, que atraía gente de todos los círculos literarios. Aquí se mezclaba ahora la intelectualidad extravagante de cultivo académico puro con la inmediatez terrenal de las ideas cartistas, owenistas y sansimonianas que llegaban volando de Inglaterra y Francia. Ello dio, como la torpeza conceptual doctrinaria no sabía qué hacer con semejante explosivo espiritual, una amalgama disparatada. La fanfarronería estudiantil se daba aires de firmeza de convicciones revolucionarias, y la tosquedad desaliñada se sentía manifestación de espiritualidad libre. Friedrich Engels, hijo de fabricante de Barmen, que por entonces cumplía su año de voluntario en los artilleros de la Guardia en Berlín, encontró acceso a este círculo y participó con ingenio y buen humor en la petulante fantasmagoría escribiendo un poema heroico cristiano, *La Biblia insolentemente amenazada, pero milagrosamente salvada, o el triunfo de la fe*, que reflejaba con grotesca fantasía el mundo espiritual de los Libres. Para Marx, de este caos de los espíritus solo salió el efecto enojoso de verse completamente inundado de corresponsalías, contribuciones y envíos de Berlín, «borrones preñados de revolución universal y vacíos de ideas, en estilo desaliñado, aderezados con algo de ateísmo y comunismo (que estos señores no han estudiado nunca)». Contra ello se defendió Marx. «Les exhorté a sacar a la luz menos razonamiento vago, frases altisonantes, contemplaciones complacidas de sí mismos, y más precisión, más atención a las condiciones concretas, más conocimiento de causa. Declaré que consideraba inoportuno, más aún, inmoral, introducir de contrabando dogmas socialistas y comunistas, es decir, una nueva concepción del mundo, en críticas teatrales ocasionales, etc., <!-- S. 54 --> y que exigía un tratamiento completamente distinto y más a fondo del comunismo, si alguna vez había de tratarse.» Si los Libres respondieron con la exigencia de que la *Rheinische Zeitung* no debía «templar, sino hacer lo extremo», para Marx no había razón para cometer temeridades; pero se le hizo inaplazable la consecuencia de informarse ante todo a fondo sobre el problema del socialismo.

La autoridad de censura pareció querer ayudarle a ello. Hostigaba al periódico en la medida en que este ganaba prestigio, lectores e influencia pública. Finalmente, por una resolución del Consejo de Ministros de Berlín, tomada en presencia —quizá a instancias— del rey, fue prohibido el 21 de enero de 1843.

Todas las instancias, protestas y peticiones de los accionistas del periódico no cambiaron nada. Imponiéndole la doble censura, solo se le concedió un plazo de gracia hasta el fin del trimestre. Ya el 17 de marzo dejó Marx la redacción. Respiró aliviado, pues hacía tiempo, como escribió a Ruge, que «estaba harto de la hipocresía, de la estupidez, de la autoridad brutal y de nuestro plegarnos, doblarnos, volver la espalda y andar con sutilezas de palabras».

El gobierno lo había «puesto en libertad». ¿Qué uso más útil y provechoso podía hacer de esa libertad? Dedicarse con todo su celo al estudio del socialismo.

<!-- S. 55 -->

## Clarificación

<!-- S. 56: leer -->

<!-- S. 57 -->

### Cambio de tribuna

El fervor con que Marx se había lanzado al trabajo de redacción de la *Rheinische Zeitung* se había extinguido pronto. Había sobrevenido un inconfundible malhumor, había seguido la decepción. El final, la dimisión con un suspiro de alivio. Objetivamente, sin motivo visible.

Marx había manejado una pluma afilada, había trabajado con gran entrega, había servido honradamente con su saber y su capacidad extraordinarios a la conciencia crítica y opositora de la época. Su actuación había sido breve, pero fecunda y brillante.

Ciertamente, los fastidios con la censura y con el editor eran enojosos e irritantes. Pero formaban parte del oficio. Con ellos tenía que contar de antemano todo periodista y redactor. En Colonia tampoco eran peores que en otras partes. Y, por lo demás, ¡qué podía importarle todo esto a una auténtica naturaleza combativa! Marx solo había tenido que sufrirlo cinco meses. Había luchadores del espíritu que soportaban tales vejaciones, y otras más infames, durante décadas, incluso durante toda la vida. Aquí no había motivo de desaliento.

El motivo estaba en otra parte. Marx había sufrido un revés en la polémica con la *Augsburger Allgemeine Zeitung*. Como redactor jefe de un periódico grande y moderno, no había tenido juicio ni había podido dar información sobre una parte importante del arsenal espiritual de la política: el mundo de ideas del socialismo francés. En sí no era una desgracia, pues nadie lo sabe todo. Pero Marx sintió la confesión como un grave ridículo; desde este conflicto su actividad le resultaba odiosa. Su ambición susceptible, que —unida a modales jactanciosos, imperiosos y dictatoriales— encubría un corrosivo sentimiento de insuficiencia, estaba profundamente ofendida. Precipitadamente, casi en huida, abandonó el campo, en el que ya no veía el campo de sus brillantes <!-- S. 58 --> logros periodísticos, sino solo el campo de su derrota.

Marx estaba «ávido» de tiempo y ocasión para poder ocuparse de la materia disputada en «estudios prolongados y profundos». Se lanzó al nuevo escenario de guerra, buscó una nueva tribuna. ¡Aquí quería reparar la mella! Un fracaso, un no poder seguir el paso, no había de sucederle una segunda vez. ¡Quizá en la competencia por el dominio del mundo de ideas del socialismo superaría algún día a todos los demás!

Su mente estaba puesta en París. Allí se podía estudiar el socialismo en la fuente. Con Ruge, a quien la censura ponía dificultades crecientes en la edición de los *Jahrbücher*, se puso de acuerdo en el plan de publicar los *Jahrbücher* con él desde París. «*Deutsch-Französische Jahrbücher* [Anales franco-alemanes]», exclamó entusiasmado, «eso sería un principio, un acontecimiento de consecuencias, una empresa por la que uno puede entusiasmarse».

Se casó, y liberó así a la novia, que le esperaba desde hacía siete años, del fuego cruzado de camarillas e intrigas que su parentela, beata y orgullosa de su nobleza, dirigía desde hacía tiempo contra él. Luego pasó, recién casado, unos meses en casa de la suegra, que tras la muerte del marido se había trasladado a Kreuznach. Ruge trasladó en septiembre su residencia a París. En noviembre le siguió Marx con su joven esposa.

Los primeros contactos con socialistas franceses los facilitó Moses Hess, que había acompañado a Ruge a París. Descendiente de una familia judía de industriales de Renania, en violenta protesta contra su padre y lleno de una inquietud cavilosa que lo llevaba, como eterno buscador de la verdad, por todas las alturas y profundidades de la vida espiritual humana, había tomado ya <!-- S. 59 --> parte activa en la fundación de la *Rheinische Zeitung* y había entrado en relación con Marx. Hess estaba tan al corriente del desarrollo filosófico de Alemania como del desarrollo económico de Inglaterra y del desarrollo político de Francia. Con ello poseía como ningún otro la aptitud de un intérprete espiritual entre los jóvenes hegelianos, a los que Feuerbach llevaba a la política y al socialismo, y los socialistas franceses, a los que, por encima de sus experiencias políticas, había que llevar a Hegel y a la «perspicacia lógica» de los alemanes. Moses Hess había sido el primero en señalar a su amigo Engels la coherencia interna del desarrollo del modo de pensar hegeliano hacia el comunismo. Ahora se hizo útil a Ruge y a Marx para entablar relaciones con representantes del socialismo francés.

El fruto de estos esfuerzos fue, desde luego, bastante pobre. Ruge y Marx conocieron, sí, personalmente a una serie de socialistas conocidos, como Louis Blanc, Dezamy, Considerant, Leroux, Proudhon y otros, pero todos, celosos o desunidos entre sí, estaban aferrados, como solitarios, a concepciones subjetivas, sin conocimiento de la filosofía alemana y sin inclinación a tomar siquiera en consideración vínculo alguno con teorías o sistemas de otra índole. Así, de París se podía sacar endiabladamente poco para una alianza «galo-germánica». Y menos aún para los *Deutsch-Französische Jahrbücher*. Si Marx quería realizar su programa, a saber, «superar la política celestial del Imperio del Medio y poner en su lugar la ciencia real de las cosas humanas», se veía completamente reducido al plantel de colaboradores de que se disponía desde Alemania.

Hubo que esperar hasta finales de febrero de 1844 para que la primera y la segunda entrega, reunidas en un cuaderno, pudieran <!-- S. 60 --> aparecer. Se habían proyectado doce entregas al año. Pero solo salió ese único cuaderno doble.

La empresa fue, en lo editorial, un aborto. Desde el punto de vista del desarrollo socialista, un audaz avance en la región de un mundo nuevo, cuya primera exigencia rezaba: ¡autoaclaración!

### *Deutsch-Französische Jahrbücher*

Con un «Plan de los *Deutsch-Französische Jahrbücher*» inauguró Arnold Ruge la revista.

Partía para ello de las condiciones prusiano-alemanas, en cuyo aire asfixiante la revista había arrastrado su mísera existencia hasta su supresión.

«En Alemania era invencible la hipocresía de que la ciencia es indiferente a la vida y, si no eso, de que al menos su cielo es inalcanzable para la masa de los hombres. En condiciones racionales, el núcleo de la ciencia se convierte en propiedad de todos en la forma de la práctica y de la conciencia general. Pero un pensamiento práctico, una palabra que mueve el mundo son en Alemania atentados inmediatos contra todo lo que es sagrado y está por encima de la plebe. Sagrada y distinguida, no humana y libre, es la ciencia alemana tanto como el Estado alemán, y es traición a ambos poner a la humanidad sin reservas en posesión de ellos. Esta traición hay que cometerla ahora.»

No propiamente cometerla por primera vez, sino solo continuarla. Pues los acontecimientos de Alemania —así seguía exponiendo— habrían elevado ya la filosofía a una significación política. «Si el movimiento alemán ha sido arrojado de momento a un mundo de libros que se da aires de que no le conciernen la historia ni la revolución en que vivimos, nosotros nos despojaremos de esa hipocresía e indiferencia <!-- S. 61 --> y perseguiremos con plena conciencia fines políticos. Lo referiremos todo a la libertad. Para el filósofo no hay erudición indiferente. La filosofía es libertad y quiere engendrar libertad. Y entendemos por libertad la realmente humana, es decir, la libertad política, no una niebla azul metafísica cualquiera que uno puede fingirse en su cuarto de estudio, aunque ese cuarto fuera una cárcel.»

La tarea de la revista había de ser «llevar a la conciencia general, en la forma más concisa y artísticamente redondeada posible, todo lo que se refiere a la gran transformación que está teniendo lugar en el viejo mundo». El cumplimiento de esta tarea llevaba a Francia, que con su gloriosa revolución y la conquista de los derechos humanos se había ganado una «misión cosmopolita» válida para todos. El odio nacional contra Francia había sido siempre equivalente a la aversión ciega a la libertad política. «En Alemania se puede medir el grado de entendimiento y de liberación moral de cada persona por lo que juzga de Francia. Cuanto más turbio el entendimiento, cuanto más sumisa la manera de pensar de un alemán, tanto más injusto e ignorante será su juicio sobre Francia. La grandeza y la fuerza moral de una nación que ha conquistado para sí y para toda Europa toda la libertad de que el mundo goza ahora la llamará inmoral; la abolición de su propio principio, el filisteísmo, la llamará desalmada; y sentido para la felicidad familiar no se lo concederá en absoluto a los impíos franceses. Quien en Alemania comprende y reconoce a los franceses es ya un hombre culto, un hombre libre.»

Alemania quedaba avergonzada por los franceses. «Nos estudian, nos respetan, incluso nos sobrestiman a nosotros y a nuestra ciencia ultramundana; y si <!-- S. 62 --> todavía no conocen el giro mundano de la época más reciente, muy pronto se verá que solo aquí se encontrarán realmente con nosotros.» La mediación de la cultura era la verdadera unión de las naciones, y esta la victoria de la libertad. «Los alemanes hemos perdido mucho tiempo rebuscando, sacudiendo y cepillando nuestros viejos cachivaches en religión y política. En parte nos hemos estropeado los ojos con ello y nos hemos convertido en románticos hipermétropes. Pero también hemos ganado con este trabajo un sentido del orden y una perspicacia lógica que nos sirven de brújula segura en las regiones metafísicas y fantásticas, mientras que los franceses van en ellas a la deriva sin timón ante el viento y las olas.» Al sistema hegeliano le correspondía el mérito de haber liberado de la arbitrariedad y la fantasía; ella preservaría al espíritu francés de las peligrosas tentaciones y seducciones de una «genialidad crecida en estado salvaje y una fantasía desenfrenada». La libertad de prensa en Francia permitía demostrar al mundo «que en el seno materno de las tinieblas alemanas nos hemos hecho bastante fuertes para ver de golpe la luz del mundo». Era esta una época nueva; se estaba produciendo una «fraternización de los principios», la «entrada de una nación entera en casa de la otra».

A esta introducción, segura de sí, patética y solemne, sigue una correspondencia arreglada por Ruge, a partir de pasajes de cartas reales, como «escena dramática», a cargo de Marx, Ruge, Feuerbach y Bakunin. Marx escribe —ficticiamente— desde Holanda, con sentimientos de vergüenza por la ignominia prusiana. «El manto de gala del liberalismo ha caído y el despotismo más repugnante se presenta en toda su desnudez a los ojos de todo el mundo. También esto es una revelación, aunque invertida. Es una verdad que al menos nos enseña a conocer la vaciedad de nuestro patriotismo, lo antinatural de nuestro régimen estatal, y a <!-- S. 63 --> cubrirnos el rostro. Usted me mira sonriente y pregunta: ¿qué se ha ganado con eso? Con vergüenza no se hace una revolución. Yo respondo: la vergüenza es ya una revolución... Si una nación entera se avergonzara de verdad, sería el león que se repliega sobre sí mismo para saltar.» La comedia del despotismo conduce necesariamente a una revolución, pero «el Estado es cosa demasiado seria para convertirlo en una arlequinada. Quizá se podría dejar a un barco lleno de locos ir un buen rato a merced del viento; pero iría al encuentro de su destino precisamente porque los locos no lo creían. Ese destino es la revolución que nos espera».

Con una cita de Hölderlin como lema de su estado de ánimo de la más honda depresión comienza Ruge su carta de respuesta. «¿Viviremos una revolución política? ¿Nosotros, los contemporáneos de estos alemanes?», pregunta meneando la cabeza. «Amigo mío, usted cree lo que desea... Hace falta más valor para la desesperación que para la esperanza. Pero es el valor de la razón, y hemos llegado al punto en que ya no podemos engañarnos.» Expone entonces prolija y lacrimosamente cómo se le presentan la «máxima despótica» de la reacción y la «imperecedera paciencia de cordero» de los filisteos alemanes. «¿Por qué no consolarse de su destino con el pensamiento: tiene que ser así, el hombre no ha nacido para ser libre?» Marx decía que el barco de los locos no escaparía a su destino de la revolución; pero no añadía que esa revolución solo sería la curación de los locos. «Su imagen solo lleva a la idea del hundimiento, pero yo no le concedo tampoco el hundimiento.» Y con honda resignación concluye: «Repróchame que no lo hago mejor que los demás, exíjame que traiga con el nuevo principio una época nueva y que sea un escritor al que siga un siglo libre, dígame <!-- S. 64 --> cualquier amargura: estoy preparado. Nuestro pueblo no tiene futuro; ¿qué importa nuestra fama?».

Marx responde a «la buena elegía, el canto fúnebre que corta la respiración», que encuentra completamente apolítico. «Es verdad, el viejo mundo pertenece al filisteo. Pero no debemos tratarlo como un espantajo del que uno se aparta con miedo. Antes bien, tenemos que mirarlo bien a los ojos.» ¿Qué aspecto tiene ese filisteo? «El mundo filisteo es el mundo animal político... Siglos bárbaros lo han engendrado y formado, y ahora se presenta como un sistema consecuente cuyo principio es el mundo deshumanizado... El único pensamiento del despotismo es el desprecio del hombre, el hombre deshumanizado... El principio de la monarquía en general es el hombre despreciado, despreciable, deshumanizado... Donde el principio monárquico está en mayoría, los hombres están en minoría; donde no se pone en duda, no hay hombres... El filisteo es el material de la monarquía, y el monarca nunca es más que el rey de los filisteos... ¿Por qué un hombre como el rey de Prusia no ha de seguir simplemente su capricho? Mientras el capricho esté en su sitio, tiene razón... Yo afirmo que el rey de Prusia será un hombre de su tiempo mientras el mundo invertido sea el real.» Marx expone cómo el rey había intentado a su manera una reforma; «pero los servidores del viejo despotismo pusieron pronto fin a estos manejos poco alemanes». También el señor de todos los rusos de atrás se había inquietado por el movimiento en las cabezas de los rusos de delante y había exigido el restablecimiento de la antigua época tranquila. «Este es el intento fracasado de suprimir el Estado filisteo sobre su propia base... Una relación brutal solo puede mantenerse con brutalidad.» El sistema del lucro y del comercio, de la propiedad y de la explotación de los hombres conduciría <!-- S. 65 --> con gran rapidez a una ruptura dentro de la sociedad, y el viejo sistema no sería capaz de curarla. «Por nuestra parte, hay que sacar por completo a la luz del día el viejo mundo y desarrollar positivamente el nuevo. Cuanto más tiempo dejen los acontecimientos a la humanidad pensante para reflexionar y a la doliente para concentrarse, tanto más acabado vendrá al mundo el producto que el presente lleva en su seno.»

Las cartas de Bakunin y de Feuerbach están escritas también en el sentido de dar ánimos. «No es tiempo de cruzarse de brazos y desesperar cobardemente», exclama Bakunin. «Si hombres como usted ya no creen en el futuro de Alemania, ya no quieren trabajar por él, ¿quién va a creer entonces, quién va a actuar?... Tenemos que dar la vara a nuestra soberbia metafísica, que no calienta el mundo; tenemos que aprender, tenemos que trabajar día y noche para llegar a vivir como hombres con hombres, a ser libres y hacer libres —tenemos que— vuelvo siempre a lo mismo, tomar posesión de nuestro tiempo con nuestros pensamientos.» En tonos parecidos se explaya Feuerbach. Luego Ruge a Marx: «Es verdad, Polonia ha sucumbido, pero Polonia no está perdida todavía... Los *Jahrbücher* han sucumbido, la filosofía hegeliana pertenece al pasado. Queremos fundar aquí, en París, un órgano en el que nos juzguemos a nosotros mismos y a toda Alemania con entera libertad y con implacable sinceridad».

Marx saluda en su carta final la resolución de Ruge de pasar a la acción y esboza el programa de la revista: «No queremos anticipar dogmáticamente el mundo, sino encontrar el nuevo a partir de la crítica del viejo. Hasta ahora los filósofos tenían la solución de todos los enigmas en su pupitre, y el estúpido mundo exotérico no tenía más que abrir la boca para que le volaran a ella las palomas <!-- S. 66 --> asadas de la ciencia absoluta. La filosofía se ha mundanizado, y la prueba más contundente de ello es que la propia conciencia filosófica ha sido arrastrada al tormento de la lucha no solo exterior, sino también interiormente... Desarrollamos para el mundo nuevos principios a partir de los principios del mundo. No le decimos: deja tus luchas, son tonterías; queremos gritarte la verdadera consigna de la lucha. Solo le mostramos por qué lucha en realidad, y la conciencia es una cosa que tiene que apropiarse aunque no quiera... Nuestro lema ha de ser, pues: reforma de la conciencia no mediante dogmas, sino mediante el análisis de la conciencia mística, oscura para sí misma, ya se presente como religiosa o como política». Y para terminar, resumiendo toda la tendencia y el programa de la revista: «Autoaclaración de la época sobre sus luchas y sus deseos».

Con ello estaba izada la bandera. Por desgracia solo ondeó poco tiempo. La revista encontró pocos lectores. Fue un mal negocio. Muchos envíos que habían de pasarse de contrabando a Alemania fueron interceptados. El gobierno prusiano movilizó contra los editores mediante una intervención ante Guizot. Y los editores se enemistaron. Se llegó a la separación, que los empujó en direcciones opuestas: a Ruge hacia la derecha, a Marx, incontenible, hacia la izquierda. Ruge quedó amargado contra la persona de su antagonista, incapaz de separar lo personal de lo objetivo. Marx dejó de lado la persona de Ruge y pasó al orden del día, más importante, de la causa.

### Crítica de la filosofía del derecho de Hegel

Entre el final de la *Rheinische Zeitung* y la aparición de los *Deutsch-Französische Jahrbücher* había transcurrido apenas un año.

<!-- S. 67: Bildtafel „Geburtshaus von Karl Marx“ -->

<!-- S. 68: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 69 --> Marx había aprovechado ese breve lapso para el trabajo más intenso sobre sí mismo. Y en su evolución hacia el socialismo había dado un paso de gigante.

Había asimilado a Hegel, desarrollado a Feuerbach, ganado una posición propia frente a los socialistas franceses. En el lugar de la religión destronada había puesto la historia. La filosofía mundanizada se había convertido en sus manos en política. Su órbita había recibido otro eje.

Es asombroso lo que Marx consumió todavía en el verano y el otoño de 1843 en literatura científica. En sus cuadernos de notas de este año se encuentran montones de extractos de libros sobre la historia de Francia (Schmidt, Wachsmuth, Chateaubriand, Lacretelle), de Inglaterra (Lienhard, Lappenberg, Russel), de Alemania (Ranke) y de los Estados Unidos, además de las *Fantasías patrióticas* de Möser, de Maquiavelo, Rousseau y Montesquieu. Estudió la historia de los sistemas de doctrina política, a los economistas Ricardo y MacCulloch, y llegó a abrigar la intención de escribir una historia de la Convención. En París, donde disponía de grandes bibliotecas, se enterró por completo en el estudio de la literatura pertinente. Un poso de todos estos trabajos lo constituye la introducción a la *Crítica de la filosofía del derecho de Hegel*, que apareció en el primer cuaderno de los *Deutsch-Französische Jahrbücher*.

En este artículo Marx traza con genial golpe de mano los planos fundamentales de su posterior edificio intelectual. Con puño audaz escribe en letras de fuego en el firmamento de la época las consignas del manifiesto de la liberación proletaria.

Partiendo de Feuerbach, cuya crítica de la religión resume una vez más en sus resultados, concisa y nítidamente perfilada, pone la historia como eje de la orientación futura y llega así a la política.

<!-- S. 70 --> «El hombre hace la religión; la religión no hace al hombre. Y la religión es, en efecto, la autoconciencia y el sentimiento de sí del hombre que todavía no se ha encontrado a sí mismo o que ya ha vuelto a perderse. Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es el mundo del hombre, el Estado, la sociedad. Este Estado, esta sociedad producen la religión, una conciencia invertida del mundo, porque son un mundo invertido. La religión es la teoría general de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica en forma popular... La lucha contra la religión es, pues, indirectamente, la lucha contra aquel mundo cuyo aroma espiritual es la religión.»

«La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el ánimo de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de unas condiciones sin espíritu. Es el opio del pueblo.»

«La superación de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la exigencia de su felicidad real. La exigencia de abandonar las ilusiones sobre su situación es la exigencia de abandonar una situación que necesita de ilusiones.»

«Es, pues, tarea de la historia, una vez desaparecido el más allá de la verdad, establecer la verdad del más acá. Es ante todo tarea de la filosofía, que está al servicio de la historia, una vez desenmascarada la figura sagrada de la autoenajenación humana, desenmascarar la autoenajenación en sus figuras profanas. La crítica del cielo se convierte con ello en la crítica de la tierra, la crítica de la religión en la crítica del derecho, la crítica de la teología en la crítica de la política.»

«La historia alemana se jacta de un movimiento que ningún pueblo del firmamento histórico le ha mostrado antes ni le imitará después. Hemos compartido, en efecto, las restauraciones de los pueblos modernos <!-- S. 71 --> sin compartir sus revoluciones. Fuimos restaurados, primero, porque otros pueblos osaron una revolución, y segundo, porque otros pueblos sufrieron una contrarrevolución; la una vez, porque nuestros señores tenían miedo, y la otra, porque nuestros señores no tenían miedo. Nosotros, con nuestros pastores a la cabeza, solo nos encontramos una vez en compañía de la libertad: el día de su entierro.»

«Se trata de no conceder a los alemanes ni un instante de autoengaño y de resignación. Hay que hacer la opresión real aún más opresiva añadiéndole la conciencia de la opresión, la ignominia aún más ignominiosa publicándola. Hay que obligar a bailar a estas relaciones petrificadas cantándoles su propia melodía.»

«Así como los pueblos antiguos vivieron su prehistoria en la imaginación, en la mitología, así nosotros, los alemanes, hemos vivido nuestra poshistoria en el pensamiento, en la filosofía. Somos contemporáneos filosóficos del presente sin ser sus contemporáneos históricos. La filosofía alemana es la prolongación ideal de la historia alemana.»

«Lo que en los pueblos avanzados es ruptura práctica con las modernas condiciones del Estado, es en Alemania, donde esas condiciones ni siquiera existen todavía, ante todo ruptura crítica con el reflejo filosófico de esas condiciones.»

«Los alemanes han pensado en política lo que los otros pueblos han hecho. Alemania era su conciencia teórica. La abstracción y la soberbia de su pensamiento iban siempre al mismo paso que la unilateralidad y la cortedad de su realidad.»

«El pueblo alemán tiene, pues, que añadir esta su historia soñada a sus condiciones existentes <!-- S. 72 --> ¡y someter a la crítica no solo estas condiciones existentes, sino al mismo tiempo su prolongación abstracta!»

«El arma de la crítica no puede, ciertamente, sustituir a la crítica de las armas; la fuerza material tiene que ser derribada por la fuerza material; pero también la teoría se convierte en fuerza material en cuanto se apodera de las masas.»

«La crítica de la religión termina con la doctrina de que el hombre es el ser supremo para el hombre, es decir, con el imperativo categórico de derribar todas las relaciones en que el hombre es un ser envilecido, esclavizado, abandonado, despreciable... Ser radical es tomar la cosa por la raíz. Pero la raíz para el hombre es el hombre mismo.»

«No es la revolución radical un sueño utópico para Alemania, no lo es la emancipación humana general, sino más bien la revolución parcial, meramente política, que deja en pie los pilares de la casa. ¿En qué descansa una revolución parcial, meramente política? En que una parte de la sociedad burguesa se emancipa y llega a la dominación general; en que una clase determinada emprende, desde su situación particular, la emancipación general de la sociedad. Esta clase libera a toda la sociedad, pero solo bajo el supuesto de que toda la sociedad se encuentre en la situación de esta clase.»

«Solo en nombre de los derechos generales de la sociedad puede una clase particular reivindicar para sí la dominación general. Para tomar por asalto esta posición emancipadora y, con ello, para la explotación política de todas las esferas de la sociedad en interés de la propia esfera, no bastan por sí solas la energía revolucionaria y la conciencia de sí espiritual. Para que la revolución de un pueblo y la emancipación de una clase particular de la sociedad burguesa coincidan, para que <!-- S. 73 --> un estamento valga por el estamento de toda la sociedad, es preciso, a la inversa, que todos los defectos de la sociedad estén concentrados en otra clase; es preciso que un estamento determinado sea el estamento del escándalo general, la encarnación de la barrera general; es preciso que una esfera social particular pase por el crimen notorio de toda la sociedad, de modo que la liberación de esta esfera aparezca como la autoliberación general. Para que un estamento sea *par excellence* el estamento de la liberación, es preciso, a la inversa, que otro estamento sea el estamento manifiesto de la opresión.»

«¿Dónde está, pues, la posibilidad positiva de la emancipación alemana? Respuesta: en la formación de una clase con cadenas radicales, de una clase de la sociedad burguesa que no es una clase de la sociedad burguesa, de un estamento que es la disolución de todos los estamentos, de una esfera que posee un carácter universal por sus sufrimientos universales y no reclama ningún derecho particular, porque no se comete contra ella ninguna injusticia particular, sino la injusticia sin más; que ya no puede apelar a un título histórico, sino solo al título humano; que no está en una oposición unilateral a las consecuencias, sino en una oposición omnilateral a los supuestos del régimen estatal alemán; de una esfera, en fin, que no puede emanciparse sin emanciparse de todas las demás esferas de la sociedad, que es, en una palabra, la pérdida total del hombre y que, por tanto, solo puede ganarse a sí misma mediante la recuperación total del hombre. Esta disolución de la sociedad como estamento particular es el proletariado.»

«Cuando el proletariado proclama la disolución del orden del mundo existente hasta ahora, no hace más que expresar el secreto de su propia existencia, pues es la disolución de hecho de este orden del mundo. Cuando el proletariado <!-- S. 74 --> exige la negación de la propiedad privada, no hace más que elevar a principio de la sociedad lo que la sociedad ha elevado a principio suyo, lo que, sin intervención suya, está ya encarnado en él como resultado negativo de la historia.»

«La única liberación prácticamente posible de Alemania es la liberación desde el punto de vista de la teoría que declara al hombre el ser supremo del hombre... La emancipación del alemán es la emancipación del hombre.»

«La filosofía no puede realizarse sin la superación del proletariado; el proletariado no puede superarse sin la realización de la filosofía.»

La marcha del pensamiento del artículo, esbozada con ayuda de estas citas, solo reproduce de modo muy imperfecto la originalidad y la contundencia de las ideas, la fuerza elemental de la lógica, la trabazón de la cadena probatoria y la fuerza creadora de imágenes del lenguaje, que hicieron del primer golpe revolucionario del autor una obra maestra y elevaron la suma de sus conclusiones a genial profecía de la revolución proletaria.

El propio Marx precisó más tarde así el contenido del artículo: «Mi investigación desembocó en el resultado de que las relaciones jurídicas, así como las formas de Estado, no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano, sino que más bien radican en las condiciones materiales de vida, cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de "sociedad civil", y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política».

Con este conocimiento había puesto la piedra fundamental y angular del monumental edificio de su futura teoría de la sociedad.

<!-- S. 75 -->

### La cuestión judía

Un segundo artículo de Karl Marx en los *Deutsch-Französische Jahrbücher* trata de la cuestión judía. Parte de un artículo que Bruno Bauer había publicado sobre este tema en los *Deutsche Jahrbücher* y editado más tarde como escrito independiente.

La cuestión judía era entonces de actualidad. Se entendía por ella la liberación política y cívica de los judíos de los restos de la legislación de excepción medieval. La reacción, naturalmente, no había resuelto esta tarea; más aún —y esto era peor—, había anulado soluciones aisladas que se habían producido bajo la influencia de los derechos humanos franceses. Solo en Prusia había, según Mehring, dieciocho leyes distintas sobre los judíos.

Por otra parte, también los judíos habían mostrado poca inclinación a entrar en contacto más estrecho con la vida espiritual de la nación. El conservadurismo de su ideología veterotestamentaria los hacía aparecer como cuerpo extraño en una época de agitación ilustrada y emancipadora. Y en la medida en que atraían la atención política, sus representantes más conocidos —como prestamistas de príncipes y señores feudales, arrendadores de impuestos, falsificadores de moneda, operadores financieros— cargaban con el odio de ser los apoyos secretos y últimos, pero poderosos, del sistema feudal.

El desarrollo económico general era favorable también a los judíos. Llegaron a una valía económica que, a medida que crecía, empujaba a convertirse en valía cívica y política. El aseguramiento jurídico e ideológico de la posición que de hecho habían conquistado ya constituía el objeto de su creciente interés. Eso formaba el contenido de la cuestión judía.

En el coro de las voces de la época, el judaísmo invocaba con creciente impaciencia la crítica de la opinión pública contra <!-- S. 76 --> la injusticia cometida con él. Se solidarizaba con postulados liberales e incluso revolucionarios y comprometía a las ciencias del espíritu, con la filosofía a la cabeza, a librar su lucha de emancipación. La violenta embestida de los jóvenes hegelianos contra el cristianismo y la religión llevaba con ello agua a su molino.

Como Feuerbach, también Bruno Bauer había tomado posición sobre la cuestión judía. Pero ni el uno ni el otro habían liberado el problema de su enredo en el tejido de embrollos conceptuales teológicos, de crítica religiosa y filosóficos.

Marx rompió las mallas de esta red especulativa, agarró la cuestión con mano segura y la puso sobre el suelo real de su condicionamiento mundano. Convirtió la cuestión teológica en una cuestión mundana.

Luego se enfrentó a su viejo amigo y adversario con la técnica provocadora de un esgrimidor seguro de su causa. Su propio entrenamiento intelectual, que lo había llevado mucho más allá del punto de vista defendido por Bauer, le mostraba todas las debilidades de su contrincante a las que tenía que apuntar. Y desde el primer golpe fue el vencedor.

Si los judíos alemanes —así declaraba— desean la emancipación política, cívica, hay que responderles que el Estado, mientras sea cristiano, no puede emancipar, así como el judío, mientras sea judío, no puede ser emancipado. «¿Con qué título deseáis vosotros, judíos, la emancipación? ¿Por vuestra religión? Es la enemiga mortal de la religión del Estado. ¿Como ciudadanos? En Alemania no hay ciudadanos. ¿Como hombres? No sois hombres, como tampoco lo son aquellos a quienes apeláis.»

Según la opinión de Bauer, el judío tendría que hacerse primero cristiano y luego, con ayuda de la filosofía hegeliana, superar el cristianismo, si quería ser libre.

<!-- S. 77 --> ¡Al revés!, dice Marx. Si la existencia de la religión —lo que ya Feuerbach demostró— resulta de la existencia de una carencia, y la fuente de la carencia hay que buscarla en la esencia de este Estado, entonces resulta la lógica de que los judíos no tienen que superar primero su «limitación religiosa» para superar su barrera mundana, sino, al revés, que su limitación religiosa se supera en cuanto han superado su barrera mundana.

Con ello la cuestión de la relación de la emancipación política con la religión se convierte en la cuestión de la relación de la emancipación política con la emancipación humana.

El Estado burgués moderno representa el resultado y el recipiente de la emancipación política. Por ser ciudadano no hace falta dejar de ser cristiano, judío, en general hombre religioso. Como ciudadano se es hombre genérico; como cristiano o judío, en cambio, hombre privado. El Estado «puede liberarse de una barrera sin que el hombre esté realmente libre de ella; el Estado puede ser un Estado libre sin que el hombre sea un hombre libre».

Para la cuestión religiosa —sigue exponiendo Marx, ilustrando su argumentación— hay un análogo en la cuestión de la propiedad. El Estado suprime políticamente la propiedad privada cuando suprime el censo como condición del derecho de voto. Suprime a su manera la diferencia de nacimiento, estamento, cultura y ocupación cuando declara el nacimiento, el estamento, la cultura, etc., diferencias no políticas, proclamando a todo miembro del pueblo, sin consideración a esas diferencias, partícipe por igual de la soberanía popular. Con ello la propiedad, la cultura, el estamento, el nacimiento, etc., siguen subsistiendo plenamente como diferencias de hecho del hombre privado. Más aún, el Estado «solo existe bajo su supuesto y solo hace valer su universalidad <!-- S. 78 --> en oposición a estos elementos suyos».

El hombre lleva, pues, una doble vida: una como ser genérico político en el Estado y otra como ser privado humano en la sociedad burguesa. «El conflicto en que se encuentra el hombre, como fiel de una religión particular, con su ciudadanía, con los demás hombres como miembros de la comunidad, se reduce a la escisión mundana entre el Estado político y la sociedad burguesa.» Es, pues, el resultado de la contradicción entre el Estado y sus supuestos o —dicho aún más sencillamente— de la contradicción entre el interés general y el interés privado. En el Estado burgués esta contradicción no tiene límite; la cuestión judía, como expresión de esta contradicción, no encuentra, pues, solución en él. «Si vosotros, judíos, queréis ser emancipados políticamente sin emanciparos humanamente a vosotros mismos, la ambigüedad y la contradicción no están solo en vosotros, están en la esencia y en la categoría de la emancipación política. Si estáis presos en esa categoría, compartís una prisión general. Así como el Estado evangeliza cuando, aun siendo Estado, se comporta de modo cristiano con los judíos, así el judío politiquea cuando, aun siendo judío, exige derechos de ciudadanía.»

Pero ¿cómo tendría que ser la emancipación humana?

Pues bien: si la revolución política ha disuelto la vida burguesa en sus componentes sin revolucionarlos, y el hombre egoísta es, por tanto, el resultado pasivo, no revolucionado, de este proceso de disolución, un componente de la sociedad disuelta, la emancipación humana o revolución social se caracterizará como «reconducción del mundo humano, de las relaciones, al hombre mismo».

«Solo cuando el hombre individual real reasume en sí al ciudadano <!-- S. 79 --> abstracto y, como hombre individual, en su vida empírica, en su trabajo individual, en sus relaciones individuales, se ha convertido en ser genérico; solo cuando el hombre ha reconocido y organizado sus *forces propres* como fuerzas sociales y, por tanto, ya no separa de sí la fuerza social en la figura de la fuerza política, solo entonces se ha consumado la emancipación humana.»

El grandioso conocimiento final dice, pues: el hombre es el ser supremo del hombre y, como tal —hombre individual y hombre genérico en uno—, ha de subir al trono de la historia de la humanidad.

Los dioses han sido derribados. Su existencia ha quedado desenmascarada como compensación humana de la carencia y la debilidad. En las ideas solo se refleja la angustia del alma.

Pero tampoco la materia puede nada por sí misma. Necesita del hombre como ejecutor de su legalidad dinámica, que actúa como necesidad de los intereses.

La revolución política ha escindido al hombre en el hombre genérico, que lleva una existencia abstracta, y el hombre privado, que se entrega a su egoísmo.

El hombre genérico pertenece al Estado, que no es la realización de la idea ética, la manifestación de lo absolutamente racional —como pensaba Hegel—, sino solo el marco del enfrentamiento anárquico de las individualidades, de la lucha de intereses de los individuos. El hombre privado pertenece a la sociedad burguesa, que le hace pagar su aparente libertad e independencia con su incapacidad de ser un hombre humano.

La humanidad solo podrá proseguir con éxito su ascenso emancipador si consigue que cada individuo quiera y pueda <!-- S. 80 --> poner en armonía su plan de vida subjetivo con el plan objetivo de desarrollo de la sociedad, si el hombre privado se sumerge por entero en el hombre genérico.

Solo el hombre objetivamente socializado y subjetivamente integrado en la comunidad podrá consumar la emancipación humana y convertirse así en dueño de su destino histórico.

### Friedrich Engels

En septiembre de 1844 Marx tuvo en París un encuentro decisivo para toda su vida.

Conoció personalmente al hombre cuya actuación y cuya vida habrían de quedar desde ese día indisolublemente unidas a las suyas, tan indisolublemente que en adelante ya no podría nombrarse a uno sin el otro.

Ese hombre, que en su viaje de Mánchester a Barmen pasó diez días en París, conoció allí a Bakunin y fue a ver a Marx, era Friedrich Engels.

Ambos se habían escrito ya y se habían visto una vez muy de pasada, cuando Marx era todavía redactor de la *Rheinische Zeitung*. Engels había aportado algunas colaboraciones al periódico. Más tarde había enviado desde Inglaterra dos artículos para los *Deutsch-Französische Jahrbücher*: *Die Lage Englands* [La situación de Inglaterra] y *Esbozos para una crítica de la economía política*. Ahora, por primera vez, Marx y Engels se encontraban cara a cara.

Friedrich Engels había nacido el 28 de noviembre de 1820 en Barmen. Su padre era un acomodado fabricante textil, socio de la gran firma Ermen & Engels, que poseía también en Mánchester una hilatura de algodón muy lucrativa. Su madre, una mujer culta, procedía de la familia del rector del *Gymnasium*[^t-15-1] de Hamm. Era el mayor de ocho hermanos y creció en un hogar burgués <!-- S. 81 --> bien provisto, regido por severos principios de vida, que tenía nivel intelectual pero estaba fuertemente bajo el influjo de un pietismo calvinista y sobrio. Fuera de la familia, las manufacturas y las chozas obreras, la miseria proletaria en todas sus formas, el alcoholismo y la explotación infantil formaron el ambiente de sus primeros años y el contenido de sus primeras impresiones infantiles.

Hasta los catorce años Friedrich Engels asistió a la *Realschule* de Barmen, y después al *Gymnasium* de Elberfeld. Adquirió buenos conocimientos sobre todo en ciencias naturales, pero se distinguió ante todo por un extraordinario talento para las lenguas. El padre observaba con cierta preocupación la evolución de su carácter, pues con los años fue formándose en el hijo una actitud de protesta, no agresiva ni mucho menos rencorosa, pero muy decidida en lo objetivo, frente al aire mojigato y encerrado de su infancia y frente a todo dogmatismo de orientación ortodoxa y conservadora. A los dieciocho años dejó el valle del Wupper y se fue a Bremen para entrar como aprendiz de comercio en la casa de un amigo de negocios de su padre. Su hambre de lectura y su sed de saber revolvieron toda la literatura. Un día le cayó en las manos la *Vida de Jesús* de David Friedrich Strauß, y al instante se vio ante la ruptura con la ortodoxia. Aunque lo sacudían fuertes luchas religiosas, siguió hasta el final las consecuencias de los conocimientos recién adquiridos. Así llegó a Hegel, que fue para él una revelación. «Los pensamientos inmensos» se apoderaron de él, como escribía a unos amigos, «de un modo terrible».

Al mismo tiempo, el joven Engels descubrió la existencia de la Joven Alemania, cuya descarada irreverencia y cuya temeridad estudiantil lo entusiasmaron. Su oído de pietista, no acostumbrado a semejantes tonos, <!-- S. 82 --> escuchaba con deleite; «no podía dormir por las noches de tantas ideas del siglo». Otro paso adelante fue Börne, cuyas *Cartas de París* lo familiarizaron con el mundo de ideas políticas del radicalismo de Europa occidental. Buscó relación personal con los espíritus dirigentes de la Joven Alemania, recorrió Suiza e Italia al terminar su aprendizaje en Bremen y, cuando se trasladó a Berlín para cumplir su año de servicio militar, entró en el círculo de los jóvenes hegelianos. Bajo el nombre de Dr. Oswald frecuentaba el Doktorklub, que seguía siendo en Berlín el único oasis en el desierto espiritual de los años anteriores a 1848, y ayudaba en la compañía de los exaltados y los genios impetuosos a resolver los enigmas del mundo con una radical falta de programa. Además asistía a lecciones en la universidad, que por entonces entraba precisamente en su fase reaccionaria.

Aquí le causó los más violentos desengaños el envejecido Schelling, llamado a Berlín por la reacción, que había anunciado unas lecciones sobre la filosofía de la revelación, con «injurias sobre la tumba de Hegel» en su lección inaugural. Engels, para dar desahogo a su corazón indignado, se decidió a dar un paso resuelto. Escribió un acerado escrito polémico, *Schelling und die Offenbarung. Kritik des neuesten Reaktionsversuchs gegen die freie Philosophie* [Schelling y la revelación. Crítica del más reciente intento reaccionario contra la filosofía libre], y lo publicó sin nombre de autor. Tuvo tanto éxito que hasta se atribuyó su autoría a Bakunin. Desde entonces Engels, provisto de todas las consagraciones filosóficas y literarias, perteneció, junto a Bruno y Edgar Bauer, Köppen y Buhl, Stirner y Meyen, Rutenberg y Jung, a la hueste de paladines que se apiñaban belicosos en torno a Ruge y los *Jahrbücher*, a Marx y la *Rheinische Zeitung*. Cuando, terminado el año de servicio en Berlín, Engels viajó a Barmen pasando por Colonia, encontró allí a Moses Heß, que le señaló las consecuencias políticas de la filosofía <!-- S. 83 --> hegeliana y le dio a conocer por primera vez las ideas del socialismo francés. En una carta del año 1843 escribe Heß: «El año pasado, cuando estaba a punto de viajar a París, pasó Engels viniendo de Berlín; hablamos de las cuestiones del momento, y él, un revolucionario del año I, se despidió de mí como comunista de lo más ferviente. Así siembro yo la devastación». A finales de 1842 Engels se fue a Inglaterra.

En el país modelo del capitalismo, lo que cautivó su mirada en primer lugar fue el desarrollo económico y el complejo de las cuestiones de economía nacional. Pero dedicó también su atención al movimiento cartista, aquel primer gran movimiento político de masas que había empezado en Inglaterra en 1837 y alcanzado su punto culminante en 1842 con imponentes huelgas de masas y luchas llenas de sacrificios. Conoció a su gran caudillo O’Connor, cuya poderosa elocuencia sabía insuflar una y otra vez nueva vida al movimiento, que ya languidecía, y apoyó con colaboraciones el *Nordstern* [*Northern Star*], órgano central de los cartistas. Además se vio arrastrado por las olas del movimiento contra los aranceles del grano desatado por Cobden. Y por último tuvo la suerte de conocer a la venerable figura de Robert Owen, que había dedicado toda su vida a la idea de su socialismo utópico. Asistió a menudo a los actos dominicales, frecuentados por miles de personas, en el Hall of Science de Mánchester, erigido por los partidarios de Owen, aunque sin adherirse activamente al movimiento, que enseguida reconoció como primitivo, utópico y superado. En cambio, escribió para el periódico de Owen, *New Moral World*, un artículo sobre los progresos de la reforma social en el continente.

Pero la relación más importante y de mayores consecuencias que Engels entabló en 1843 fue la que lo unió a la Asociación Comunista <!-- S. 84 --> de Formación Obrera, fundada en Londres en 1840 por refugiados de París y encabezada por Schapper, Moll y Bauer, «tres hombres de verdad». «En Mánchester», escribe Engels, «me habían hecho tropezar de narices con el hecho de que los hechos económicos, que en la historiografía anterior no desempeñan papel alguno o solo uno despreciado, son, al menos en el mundo moderno, un poder histórico decisivo; de que constituyen la base del nacimiento de los actuales antagonismos de clase en los países donde, gracias a la gran industria, se han desarrollado plenamente, es decir, sobre todo en Inglaterra, y de que estos son a su vez la base de la formación de los partidos políticos, de las luchas de partido y, con ello, de toda la historia política. Marx no solo había llegado a la misma opinión, sino que ya la había generalizado en los *Deutsch-Französische Jahrbücher* en el sentido de que no es en absoluto el Estado el que condiciona y regula la sociedad burguesa, sino la sociedad burguesa la que condiciona y regula el Estado; de que, por tanto, la política y su historia han de explicarse a partir de las relaciones económicas y de su desarrollo, y no a la inversa. Cuando visité a Marx en París en el verano de 1844, se puso de manifiesto nuestro completo acuerdo en todos los terrenos teóricos, y de entonces data nuestro trabajo en común».

Un primer sedimento de los estudios y observaciones hechos en Inglaterra lo constituyen los *Esbozos para una crítica de la economía política*, calificados por Marx de «esbozo genial», que habían aparecido en los *Deutsch-Französische Jahrbücher*. En este trabajo, en efecto, se alzan como llamitas temblorosas, alimentadas por el material de la industria inglesa, los mismos pensamientos que Marx había obtenido en la retorta de su intelecto a partir del examen analítico de la Revolución francesa y del estudio crítico del mundo de ideas del socialismo francés.

<!-- S. 85 --> Independientemente la una de la otra, en campos muy distintos, dos manos diligentes se habían tendido, a tientas y buscando, hacia el viento matinal del futuro.

Y en ello se habían encontrado mutuamente y se habían hecho una sola.

### París

Si Inglaterra ofrecía a la mirada ávida de saber de Engels una plenitud singular y abrumadora de hechos económicos y comerciales que pedían ser aprovechados políticamente, Marx encontró en París, junto a un pasado interesante, un presente político no menos interesante que pedía un desenlace revolucionario.

La revolución de Julio había elevado al trono a la monarquía burguesa. Desde entonces el capital gozaba de plena libertad de iniciativa, de despliegue de sus impulsos e instintos, de expansión, de explotación sin límites. «¡Enriqueceos!», había gritado Guizot a los banqueros, especuladores de bolsa, reyes del ferrocarril, propietarios de minas, proveedores del Estado y aristócratas de las finanzas. Y no había hecho falta ninguna otra palabra de aliento para desplegar hasta lo gigantesco todos los métodos del saqueo, del soborno y del robo.

Pero mientras la Bolsa derramaba dinero, las empresas arrojaban ganancias enormes y las fundaciones de sociedades hacían brotar millonarios de la tierra, las masas se hundían en abismos de miseria y desesperación.

El imperativo de su conservación y un resto de su tradición las empujaban —si no querían hundirse del todo en la desesperanza— a unirse, y esa unión, bajo la presión del terror policial y legal, solo podía ser secreta.

Así habían ido surgiendo una tras otra grandes organizaciones secretas que habían tendido su red invisible sobre el país. En París estaba el nudo. Bernard, <!-- S. 86 --> Barbès y Blanqui, a la cabeza de todos, tenían la dirección. En los Amigos del Pueblo, en los Derechos del Hombre, en las sociedades de las Familias y de las Estaciones vivía la oposición, se agitaba el republicanismo, se preparaba la revolución y se discutía la dictadura proletaria. En golpes de mano, complots y levantamientos se descargaba de tiempo en tiempo la energía acumulada, irritada y caldeada.

El elemento alemán incrustado en los subsuelos del movimiento revolucionario —intelectuales, pequeños burgueses, obreros, oficiales artesanos— encontraba refugio sobre todo en la Liga de los Proscritos, que existía desde 1834 y publicaba también un pequeño periódico, *Der Geächtete* [El proscrito]. Si esta liga no estaba todavía en modo alguno libre de razonamientos y especulaciones utopistas, había elaborado ya teóricamente el concepto de la lucha de clases, de la concentración del capital, de la proletarización en constante aumento, de la revolución social (junto a la política) y la teoría de los talleres nacionales. Por su orientación táctica rechazaba el empleo de la violencia. En 1836 salió de la Liga de los Proscritos la Liga de los Justos. La dirección de la primera estaba en manos de los antiguos *Privatdozenten* Schuster, de Gotinga, y Venedey, de Heidelberg. Entre las cabezas dirigentes de la segunda destacaban el antiguo estudiante de ingeniería forestal Schapper, de Nassau, el zapatero Bauer, de Franconia, y el sastre Wilhelm Weitling, de Magdeburgo. «Los fines eran los de las sociedades secretas parisienses de la misma época: mitad sociedad de propaganda, mitad conspiración, si bien París se consideraba siempre el centro de la acción revolucionaria, aunque en modo alguno quedaba excluida la preparación de golpes ocasionales en Alemania. Pero como París seguía siendo el campo de batalla decisivo, la Liga no era entonces de hecho mucho más que la rama alemana de las <!-- S. 87 --> sociedades secretas francesas, en particular de la Société des saisons, dirigida por Blanqui y Barbès, con la que mantenía estrecha relación. Los franceses se lanzaron el 13 de mayo de 1839; las secciones de la Liga marcharon con ellos y se vieron así envueltas en la derrota común». El golpe fallido provocó el hundimiento de la Liga. Schapper y Bauer, que habían participado en el golpe de mano y habían pasado largo tiempo en prisión, tuvieron que abandonar Francia y se trasladaron a Londres, adonde llevaron también la central de la Liga de los Justos. Marx tomó contacto con los miembros de la Liga que habían quedado en París; les causaron a él y a Engels una «impresión imponente», que hizo que ambos no volvieran a perder de vista la Liga.

En la época en que Marx vivió allí, París era un gran crisol lleno de ideas socialistas y revolucionarias. Había restos del sansimonismo, ruinas del movimiento falansteriano de Fourier continuado por Considerant, socialismo cristiano a la manera de Lamennais, socialismo pequeñoburgués en las variedades de las concepciones de Sismondi, Buret, Pecqueur, Leroux, Vidal y otros. A comienzos de los años cuarenta había reaparecido en París Étienne Cabet, que en Inglaterra había conocido la *Utopía* de Tomás Moro y la actividad práctica de Robert Owen. De la plenitud de sus impresiones y vivencias había escrito su novela utópica *Viaje a Icaria*, que causó enorme sensación e inauguró una gran propaganda en favor del socialismo utópico. Cabet publicó una profesión de fe comunista que alcanzó una difusión inmensa, sobre todo entre los obreros. Su almanaque icariano se repartió en 1843 en 8000 ejemplares y en 1844 en 10000. Su periódico *Populaire* y sus numerosos folletos alcanzaban un círculo de lectores en constante ampliación. Pero también Dézamy, que en 1842 publicó su <!-- S. 88 --> *Código de la comunidad*, en el que, polemizando con Fourier, Lamennais y Cabet, abogaba con celo por depurar el socialismo de toda mezcla religiosa, encontró sus partidarios.

Un movimiento casi enteramente absorbido por una política social pequeñoburguesa se asociaba a los nombres de Louis Blanc, Ledru-Rollin y Flocon. Para ellos, la organización del trabajo y el derecho al trabajo eran los ejes de su sistema, expuesto en la obra de Louis Blanc *La organización del trabajo*, aparecida en 1842.

Un color dominante en el caleidoscopio de las ideas socialistas lo puso desde 1840 sobre todo J. P. Proudhon, un culto tipógrafo de Besanzón que, con su sensacional escrito *¿Qué es la propiedad?*, se había convertido rápidamente en centro del interés de los círculos científicos y políticos. Marx lo tenía en muy alta estima, pues veía en él la encarnación de los resultados de su propio pensamiento especulativo. Todavía más tarde, cuando sus caminos se separaron, calificó la obra de Proudhon de «memorable por el modo nuevo y audaz de decirlo todo» y estaba encantado con su «fuerte musculatura de estilo». Durante su estancia en París, Marx aprovechó de buena gana la ocasión de familiarizar a Proudhon con la filosofía hegeliana y con el proceso de su superación crítica. «En largos debates, a menudo hasta muy entrada la noche», escribe Marx, «lo infecté, para gran daño suyo, de hegelianismo, que él, sin embargo, por su desconocimiento de la lengua alemana, no podía estudiar como es debido...».

Si esta relación terminó con una ruptura inevitable, el encuentro entre Marx y Heinrich Heine dejó en ambas partes los más fuertes sentimientos de estima y amistad. Heine, cuyo solo nombre bastaba para sembrar el espanto y el tumulto en la reacción prusiana, a la que él fustigaba y marcaba a fuego con verdadera voluptuosidad, era ya <!-- S. 89 --> por ello el hombre adecuado para una alianza de las almas con Marx. A esto se añadía que Heine, apenas un año antes, se había puesto sin reservas, con su inteligencia y con sus simpatías, del lado del comunismo. «Los comunistas», había escrito el 15 de junio de 1843, «son el único partido de Francia que merece una atención decidida. Yo reclamaría la misma atención para los restos del sansimonismo, cuyos fieles siguen con vida bajo extraños rótulos, así como para los fourieristas, que actúan todavía frescos y activos; pero a estos hombres honorables solo los mueve la palabra, la cuestión social como cuestión, el concepto heredado, y no los impulsa una necesidad demoníaca; no son los siervos predestinados con los que la suprema voluntad del mundo lleva a cabo sus inmensos designios. Tarde o temprano la dispersa familia de Saint-Simon y todo el estado mayor de los fourieristas se pasarán al creciente ejército del comunismo y, dando a la necesidad bruta la palabra que le da forma, asumirán en cierto modo el papel de los Padres de la Iglesia». Era, pues, la vinculación interior en la idea común lo que produjo su acercamiento exterior y sostuvo su posterior unión. Lo que ambos aportaban, como filósofo o como poeta, en respeto por la obra del otro solo podía afianzar y sellar la alianza. Marx animó a Heine a tomar como objeto de su poesía, en lugar de las pequeñas cuitas amorosas del corazón, los grandes padecimientos de los oprimidos, y a cambiar cada vez más la flauta lírica por el látigo satírico. Y se vio honrado y recompensado por el celo intrépido con que Heine blandió en adelante su látigo satírico contra la reacción, la mojigatería y el filisteísmo.

Pero el papel común de combatientes los unió también en la común desventura de la persecución <!-- S. 90 --> a la que estaban expuestos. Si en Colonia Marx se había sustraído con su partida al eterno espionaje y a las oscuras maquinaciones que se urdían a sus espaldas, ahora volvían a aparecer en París, en su entorno, personas cuya existencia y relaciones eran de momento opacas. Para empezar, el embajador alemán en París, von Arnim, informó a su gobierno en Berlín de que Heine había publicado en los *Deutsch-Französische Jahrbücher* «bajos y escandalosos» panegíricos del rey Luis de Baviera y de que Marx abogaba en un artículo sobre la filosofía del derecho de Hegel por una revolución violenta en Alemania. En el acto el ministro prusiano de Policía dispuso que Marx, Heine y Bernays, que había publicado en los *Jahrbücher* el protocolo final de la conferencia ministerial de Viena de 1834, fueran detenidos de inmediato por alta traición y lesa majestad en caso de regresar a Alemania. Había además en París un tal Börnstein, antiguo actor, que se ganaba la vida como agente teatral y de anuncios y que, con ayuda del poder financiero del director de música real prusiano Meyerbeer y de la energía del agente provocador real prusiano Bornstedt, había fundado un pequeño periódico alemán, el *Vorwärts*. La hoja pasó primero por una fase patriótica en la que no llegó a ninguna parte. Entonces cambió de redacción, pasó al tono más radical y solicitó la colaboración de Heine y de Marx. Heine, que hizo una breve visita a su madre en Hamburgo, escribió sobre ello a Marx: «Se me supone mayor participación en el *Vorwärts* de la que puedo jactarme y, francamente, la hoja da pruebas de la mayor maestría en provocar y comprometer. ¡Adónde va a llevar esto! ¡Ojalá no se tramen perfidias en París!». Marx puso a disposición del periódico algunos artículos; Heine publicó en él, entre otras cosas, por primera vez <!-- S. 91 --> las estrofas estremecedoras de la «Canción de los tejedores», y Bernays como redactor, una joven cabeza exaltada, no escatimó además la pimienta y la sal al servir el fuerte alimento. Con ello se dio a los padres del espionaje en el gobierno prusiano el motivo para presentar por fin una reclamación ante el gobierno francés «por la creciente insolencia y vileza» de los ataques que seguían llegando de París. Guizot tenía pocas ganas de quemarse los dedos, pues sabía que la supresión exigida del periódico y la expulsión de Marx y Heine de Francia provocarían un escándalo público. En el ir y venir de intrigas y negociaciones, Arnold Ruge, que entretanto se había enemistado con Marx, desempeñó un papel de lo más curioso. Ruge era el «prusiano» contra el que Marx escribió en el *Vorwärts* su primer artículo decididamente comunista. El final de la historia fue que Guizot —nada menos que por mediación de Alexander von Humboldt— se dejó al fin convencer de proceder contra el *Vorwärts*. Bernays fue condenado a dos meses de cárcel y trescientos francos de multa, y el 11 de enero de 1845 Marx, Ruge, Bakunin, Börnstein y Bernays fueron expulsados del país. Börnstein y Ruge consiguieron, gracias a sus relaciones, que se revocara la expulsión. Heine se salvó, porque se temía que proceder contra él causara un revuelo demasiado enojoso. Marx se trasladó a Bruselas.

Apenas algo más de un año había sido París para Marx el lugar hospitalario. Aunque con sentimientos dolorosos, pudo dejarlo con la certeza consoladora y tranquilizadora de que había sido para él a la vez una alta escuela de comprensión y madurez, de experiencia y de formación combativa. De París data su época socialista.

<!-- S. 92 -->

### La sagrada familia

En el encuentro de Marx y Engels en París, la cuestión de cómo proseguir políticamente de la manera más consecuente y fecunda la crítica de la filosofía hegeliana había ocupado el primer plano de la discusión.

Surgió entonces la idea de someter de una vez sin miramientos al cuchillo de la crítica la exageración del idealismo especulativo, que desembocaba en el absurdo, tal como la practicaban sobre todo los hermanos Bauer.

La antigua amistad entre Marx y Bruno Bauer se había roto desde que Marx, desde la *Rheinische Zeitung*, había dado a los Libres de Berlín un rechazo inequívoco. Y el rencor personal se había traducido en divergencias de fondo cada vez más fuertes. Bruno Bauer estaba disgustado por el rumbo que tomaba Marx sin necesitar de su protección ni de su asistencia amistosa. Seguía con ojos envidiosos los trabajos de los «listos de 1842» y la herencia política de la «*Rheinische Zeitung*, de feliz memoria». No había hecho uso de la oferta de colaborar en los *Deutsch-Französische Jahrbücher*. En cambio, junto con su hermano Edgar, se había creado en la *Allgemeine Literatur-Zeitung* un órgano que había de «exponer el liberalismo y el radicalismo del año 1842 y su eco en su tibieza y su palabrería». La crítica política «arrogante, maliciosa, mezquina, envidiosa» de la *Rheinische Zeitung*, anunciaba, debía ser sustituida por una «crítica libre y humana». Y el logro positivo de la publicación debía consistir en provocar, en lugar de sumarse al giro hacia el socialismo —que no era sino un gesto impotente de desconcierto filosófico—, el retorno a la pura teoría filosófica, a la «idea de la autoconciencia infinita».

<!-- S. 93 --> Marx y Engels recogieron la clara declaración de guerra y sin más dieron la vuelta a la tortilla. Antes de que el adversario pudiera tomar impulso para atacar, debía ser agarrado y arrojado a la arena. Eran para ello los luchadores y acróbatas del espíritu adecuados, llenos de fuerza, coraje, preparación y ganas de pelea; ahora, de dos en dos, casi llenos de arrogancia. Del mismo pasado filosófico y del mismo entusiasmo por Feuerbach habían obtenido la base de su constitución intelectual; luego ambos habían pasado del radicalismo filosófico a la política, independientemente el uno del otro y, sin embargo, ambos con la misma consecuencia y naturalidad. Ahora se sentían unidos por el mismo interés vivo por el problema del socialismo y del comunismo, así como por el mismo sentimiento de responsabilidad ante las tareas de la época. Se trataba ahora de sacudirse todo lo que, como restos y cáscaras de fases anteriores del desarrollo, les colgaba todavía, de apartar todo lo que les cerraba el paso, confundía el rumbo y oscurecía la meta. Había que tomar un camino del todo despejado.

Con motivo de un artículo de Ruge sobre la sublevación de los tejedores silesios de 1844, Marx había polemizado con Ruge en el *Vorwärts* y había dado con ello un paso grande y significativo. Al rechazar el socialismo de Estado y declarar el Estado una «institución de la sociedad», Marx llegó a la supremacía de la sociedad sobre el Estado. De ahí resultaba, junto al rechazo del socialismo utópico, que creía alcanzar la meta sin revolución, la definición de la revolución como fenómeno social, en cuanto disuelve la vieja sociedad, y político, en cuanto derriba el viejo poder del Estado. La lógica de esta comprensión llevaba consecuentemente a la supremacía del socialismo sobre la política, a la reducción de la política a <!-- S. 94 --> un medio para la realización del socialismo. Con ello quedaba llevada consecuentemente hasta el final la línea que iba de la filosofía radical a la política y más allá de esta. La franca profesión de socialismo de Marx en su artículo constituía la culminación lógica de su anterior profesión de la política.

Ante esta evolución, que saltaba de conocimiento en conocimiento, el altivo atraso de Bauer, que seguía arrastrándose con la vieja sabiduría de cátedra, tenía que irritar con tanta mayor violencia la combatividad crítica de Marx. Engels, que tenía de todos modos la espada floja en la vaina y para quien ningún duelo estudiantil era demasiado salvaje, se sumó con gusto al plan. Todavía en París se sentó y escribió lo que tenía que decir, uno o uno y medio pliegos de imprenta. El resto lo hizo Marx, y lo hizo tan a fondo que salió un volumen de veintidós pliegos. Quizá estiró la materia a propósito, porque los libros de más de veinte pliegos estaban libres de censura; quizá el volumen se le hizo tan voluminoso contra su voluntad, porque Marx, gozando de la ocasión de poder escribir de una vez todo lo que llevaba en el corazón, no vio límites ni encontró fin.

Engels se asustó cuando vio el grueso mamotreto, aparecido en la editorial Rütten & Löning de Fráncfort del Meno. Más aún cuando vio que él, que tan poca parte había tenido en la redacción de su contenido, figuraba en primer lugar como autor. Pero lo que más le asustó fue el título. Marx había querido llamar al libro *Crítica de la crítica crítica*, pero el editor le había recomendado el título «más contundente, más epigramático» de *La sagrada familia*. Como subtítulo había quedado: *Crítica de la crítica crítica. Contra Bruno Bauer y consortes*. «El nuevo título», escribió Engels a Marx, «me traerá sin duda roces familiares con mi piadoso viejo, que además ahora está sumamente irritado; eso, <!-- S. 95 --> naturalmente, tú no podías saberlo... Con todo, la cosa es demasiado grande. El soberano desprecio con que ambos nos enfrentamos a la *Literatur-Zeitung* contrasta duramente con los veintidós pliegos que le dedicamos. Además, la mayor parte de la crítica de la especulación y del ser abstracto en general seguirá siendo incomprensible para el gran público y tampoco interesará en general. Por lo demás, el libro está espléndidamente escrito y es para morirse de risa».

Engels tenía razón. El libro era demasiado grande, demasiado pesado, demasiado impopular y falto de actualidad. Nadie tenía tiempo ni paciencia para abrirse paso hasta los pasajes que —además, solo para el entendido— eran «para morirse de risa». Por otra parte, la *Literatur-Zeitung* había pasado a mejor vida mucho antes de que apareciera el libro. Incluso como sepulturero llegaba tarde.

La importancia de *La sagrada familia* no reside, por tanto, tanto en su crítica, a menudo forzada y fatigosa, como en la elaboración de pensamientos profundos, conceptos básicos y formulaciones fundamentales que más tarde entraron como material de construcción en los poderosos trabajos intelectuales de gran formato y encontraron allí su lugar para siglos.

En especial, las frases contundentes y aforísticas sobre el proletariado, sobre la idea y la masa, sobre el papel del hombre activo como ejecutor de la historia son, como piedras preciosas por su grano y su talla, fascinantes y valiosas.

Así sobre el proletariado:

«Proletariado y riqueza son antítesis. Como tales forman un todo. Ambos son configuraciones del mundo de la propiedad privada. Se trata de la posición determinada que ambos ocupan en la antítesis. No basta con declararlos dos lados de un todo».

«La propiedad privada como propiedad privada, como riqueza, <!-- S. 96 --> está obligada a mantenerse a sí misma en existencia y, con ello, a mantener su antítesis, el proletariado. Es el lado positivo de la antítesis, la propiedad privada satisfecha en sí misma. El proletariado, a la inversa, está obligado como proletariado a abolirse a sí mismo y, con ello, a abolir la antítesis que lo condiciona y que hace de él un proletariado, la propiedad privada. Es el lado negativo de la antítesis, su inquietud en sí, la propiedad privada disuelta y que se disuelve. La clase poseedora y la clase del proletariado representan la misma autoenajenación humana. Pero la primera clase se siente a gusto y confirmada en esta autoenajenación, sabe que la enajenación es su propio poder y posee en ella la apariencia de una existencia humana; la segunda se siente aniquilada en la enajenación, ve en ella su impotencia y la realidad de una existencia inhumana».

«Es cierto que la propiedad privada se empuja a sí misma, en su movimiento económico, hacia su propia disolución, pero solo mediante un desarrollo independiente de ella, inconsciente, que se produce contra su voluntad y está condicionado por la naturaleza de la cosa; solo en cuanto engendra al proletariado como proletariado, la miseria consciente de su miseria espiritual y física, la deshumanización consciente de su deshumanización y que, por ello, se suprime a sí misma. El proletariado ejecuta la sentencia que la propiedad privada pronuncia sobre sí misma al engendrar al proletariado, como ejecuta la sentencia que el trabajo asalariado pronuncia sobre sí mismo al engendrar la riqueza ajena y la miseria propia. Si el proletariado triunfa, no por ello se ha convertido en modo alguno en el lado absoluto de la sociedad, pues solo triunfa aboliéndose a sí mismo y a su contrario. Entonces han desaparecido tanto el proletariado como la antítesis que lo condiciona, la propiedad privada».

<!-- S. 97 --> «Si los escritores socialistas atribuyen al proletariado este papel histórico universal, no es en modo alguno porque tengan a los proletarios por dioses. Más bien al contrario. Porque la abstracción de toda humanidad, incluso de la apariencia de humanidad, se ha consumado prácticamente en el proletariado desarrollado; porque en las condiciones de vida del proletariado se resumen todas las condiciones de vida de la sociedad actual en su cima más inhumana; porque el hombre se ha perdido a sí mismo en él, pero a la vez no solo ha ganado la conciencia teórica de esta pérdida, sino que se ve obligado inmediatamente, por la necesidad ya imposible de rechazar, ya imposible de disimular, absolutamente imperiosa —expresión práctica de la necesidad—, a sublevarse contra la inhumanidad; por eso puede y debe el proletariado liberarse a sí mismo. Pero no puede liberarse a sí mismo sin abolir sus propias condiciones de vida, sin abolir todas las condiciones de vida inhumanas de la sociedad actual que se resumen en su situación».

«No se trata de lo que este o aquel proletario, o incluso el proletariado entero, se proponga de momento como meta. Se trata de lo que es y de lo que, conforme a este ser, se verá históricamente obligado a hacer. Su meta y su acción histórica están trazadas de antemano, de manera palpable e irrevocable, en su propia situación de vida, así como en toda la organización de la sociedad burguesa actual».

Además, sobre la cuestión de la idea y la masa:

«La concepción hegeliana de la historia no es otra cosa que la expresión especulativa del dogma cristiano-germánico de la antítesis del espíritu y la materia, de Dios y el mundo. Esta antítesis se expresa, en efecto, dentro de la historia, dentro del mundo humano mismo, de tal modo que unos pocos individuos elegidos <!-- S. 98 --> se enfrentan como espíritu activo al resto de la humanidad como masa sin espíritu, como materia».

«La concepción hegeliana de la historia presupone un espíritu abstracto o absoluto que se desarrolla de tal modo que la humanidad no es más que una masa que lo porta de manera más o menos consciente. Dentro de la historia empírica, exotérica, hace transcurrir por ello una historia especulativa, esotérica. La historia de la humanidad se convierte en la historia del espíritu abstracto de la humanidad, y por ello situado más allá del hombre real».

«Hegel se hace culpable de una doble inconsecuencia: primero, al declarar la filosofía existencia del espíritu absoluto y negarse a la vez a declarar al individuo filosófico real espíritu absoluto; y luego, al hacer que el espíritu absoluto como espíritu absoluto haga la historia solo en apariencia. Pues, como el espíritu absoluto solo llega a la conciencia *post festum* en el filósofo como espíritu creador del mundo, su fabricación de la historia solo existe en la conciencia, en la opinión y la representación del filósofo, solo en la imaginación especulativa».

«La filosofía especulativa, en particular la filosofía hegeliana, tenía que traducir todas las cuestiones de la forma del sano entendimiento humano a la forma de la razón especulativa y convertir la cuestión real en una cuestión especulativa para poder responderla. Después de que la especulación me hubo tergiversado en la boca mi pregunta y me hubo puesto en la boca, como el catecismo, su propia pregunta, podía naturalmente, como el catecismo, tener preparada su respuesta para cada una de mis preguntas».

«Así como, según los antiguos teólogos, las plantas existen para ser comidas por los animales, y los animales para ser comidos por los hombres, así la historia existe para <!-- S. 99 --> servir al acto de consumo del comer teórico, de la demostración. El hombre existe para que exista la historia, y la historia existe para que exista la demostración de la verdad. En esta forma críticamente trivializada se repite la sabiduría especulativa de que el hombre, de que la historia existe para que la verdad llegue a la autoconciencia».

«La “idea” ha quedado siempre en ridículo en la medida en que se distinguía del “interés”. Por otra parte, es fácil comprender que todo “interés” masivo que se impone históricamente, cuando entra por primera vez en la escena del mundo, va en la “idea” o “representación” mucho más allá de sus límites reales y se confunde con el interés humano sin más. La ilusión constituye lo que Fourier llama el tono de cada época histórica».

«En general, la masa es un objeto indeterminado que, por tanto, no puede ejercer una acción determinada ni entrar en una relación determinada. La masa, tal como es objeto de la crítica crítica, no tiene nada en común con las masas reales, que a su vez forman entre sí antítesis muy masivas. Su masa está “hecha” por ella misma, como si un naturalista, en lugar de hablar de clases determinadas, contrapusiera la clase a sí misma».

«Una vez reconocido el hombre como la esencia, como la base de toda actividad y de todas las situaciones humanas, solo la crítica puede inventar todavía nuevas categorías y transformar al hombre mismo, como precisamente hace, de nuevo en una categoría y en el principio de toda una serie de categorías, con lo cual toma, ciertamente, el último camino de salvación que le quedaba a la inhumanidad teológica angustiada y perseguida. ¡La historia no hace nada, “no posee ninguna riqueza inmensa”, “no libra ninguna batalla”! Es más bien el hombre, el hombre real y vivo, quien todo eso <!-- S. 100 --> lo hace, lo posee y lo lucha; no es en modo alguno la “historia” la que se sirve del hombre como medio para realizar sus fines —como si fuera una persona aparte—, sino que no es nada más que la actividad del hombre que persigue sus fines».

«No hace falta gran agudeza para ver, a partir de las doctrinas del materialismo sobre la bondad originaria y la igual dotación intelectual de los hombres, sobre la omnipotencia de la experiencia, la costumbre, la educación, sobre la influencia de las circunstancias exteriores sobre el hombre, sobre la gran importancia de la industria, sobre la legitimidad del goce, etc., su necesaria conexión con el comunismo y el socialismo. Si el hombre se forma todo su conocimiento, su sensación, etc., a partir del mundo sensible y de la experiencia en el mundo sensible, lo que importa es organizar el mundo empírico de tal modo que el hombre experimente en él lo verdaderamente humano, se acostumbre a experimentarse como hombre. Si el interés bien entendido es el principio de toda moral, lo que importa es que el interés privado del hombre coincida con el interés humano. Si el hombre no es libre en sentido materialista, es decir, si es libre no por la fuerza negativa de evitar esto o aquello, sino por la fuerza positiva de hacer valer su verdadera individualidad, no hay que castigar el crimen en el individuo, sino destruir los focos antisociales del crimen y dar a cada uno el espacio social para la manifestación de su vida. Si el hombre es formado por las circunstancias, hay que formar humanamente las circunstancias. Si el hombre es social por naturaleza, solo desarrolla su verdadera naturaleza en la sociedad, y hay que medir el poder de su naturaleza no por el poder del individuo aislado, sino por el poder de la sociedad».

Con *La sagrada familia* superaron Marx y Engels

<!-- S. 101: Bildtafel „Frau Marx“ -->

<!-- S. 102: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 103 --> por primera vez y por principio el utopismo y sus tendencias filantrópicas, que hacía tiempo se habían convertido en adorno intelectual de la caridad burguesa. Lo que los utopistas nunca habían comprendido —que el socialismo era el resultado de un desarrollo histórico y que este desarrollo había de ser ejecutado por el movimiento consciente y autónomo de la clase obrera—, lo expresaron aquí por primera vez con claridad y concisión.

Aunque en su mundo de ideas proliferaban todavía no pocos zarcillos filosóficos y enredaderas especulativas, el joven árbol del conocimiento materialista de la historia, con su tronco vigoroso y su fuerte copa, se extendía ya con tanta seguridad que pronto se convertiría en el centro y proyectaría su sombra sobre todo el jardín del espíritu.

### Bruselas

Tras la expulsión de París, Marx trasladó su residencia a Bruselas.

Que superara con facilidad y rapidez las dificultades económicas del cambio de domicilio y de la mudanza se lo debió a la solicitud y la generosidad, inmediatamente activas, de su nuevo amigo y compañero de lucha Engels. Desde el primer día de su amistad, este hombre desinteresado, magnánimo, inquebrantable en su entrega, su fiabilidad y su lealtad, se había convertido, tanto en todas las cosas del espíritu como en todas las materiales, en el apoyo más firme de Marx y en una ayuda que nunca fallaba.

«Acabo de recibir», escribe Engels el 22 de febrero de 1845 desde Barmen, «después de mucho escribir de acá para allá, tu dirección desde Colonia, y me siento enseguida a escribirte. En cuanto llegó aquí la noticia de la expulsión, me pareció necesario abrir enseguida una suscripción para repartir comunistamente entre todos nosotros los gastos extraordinarios que te ha ocasionado. <!-- S. 104 --> La cosa marchó bien. Como, por lo demás, no sé si eso bastará para que puedas instalarte en Bruselas, se entiende por sí mismo que mis honorarios por la primera cosa inglesa, que espero cobrar pronto al menos en parte y de los que puedo prescindir por el momento, ya que mi viejo tiene que prestarme, están a tu disposición con el mayor placer. Esos perros no han de tener al menos el gusto de ponerte en apuros pecuniarios con su infamia».

Poco después apareció el propio Engels en Bruselas. Desde el encuentro con Marx en París no había estado en modo alguno inactivo. Ante todo había elaborado el material traído de Inglaterra sobre el desarrollo de la producción capitalista, las formas y métodos de la explotación obrera, las condiciones de vida de la clase proletaria, los horrores de la miseria infantil, etc., en un contundente escrito, *La situación de la clase obrera en Inglaterra*, que apareció en Leipzig en el verano de 1845 y causó una sensación enorme. Pero este escrito no había de ser más que el comienzo de una gran obra sobre la historia social de Inglaterra que lo ocupaba intensamente. Además había proyectado la publicación de una revista mensual socialista en la que debía participar Moses Heß, con quien volvía a tratarse asiduamente. El 20 de enero de 1845 escribía sobre ello a Marx: «Lo más nuevo es que Heß y yo publicaremos a partir del 1 de abril una revista mensual, *Gesellschaftsspiegel* [Espejo de la sociedad], y describiremos en ella la miseria social y el régimen burgués». La revista no apareció, sin embargo, hasta el 1 de julio, como «órgano para la representación de las clases desposeídas y para la iluminación de las condiciones sociales del presente», y no tuvo larga vida. Con todo, así como Heß fue el primer comunista, fue el primer intento llevado a cabo consecuentemente de una prensa comunista que pusiera en el centro la crítica de las relaciones económicas. <!-- S. 105 --> Engels, ciertamente, ya no tuvo parte en ella, pues pronto se había retirado del proyecto. En cambio perseguía otros planes: la edición de una biblioteca de escritores socialistas extranjeros, una crítica de Friedrich List y otras cosas más. Por último, había puesto en vilo todo el valle del Wupper con una animada propaganda en asambleas a favor del comunismo. «Aquí en Elberfeld», había escrito a Marx, «suceden milagros. Ayer celebramos en la sala más grande y en la primera fonda de la ciudad nuestra tercera asamblea comunista: la primera con 40 personas, la segunda con 130, la tercera con 200 por lo menos. Todo Elberfeld y Barmen, desde la aristocracia del dinero hasta la tendería, excluido solo el proletariado, estaba representado. Heß dio una conferencia, se leyeron poemas y fragmentos de Shelley, así como el artículo sobre las colonias comunistas existentes del *Bürgerbuch*. Después se discutió hasta la una. La cosa tira enormemente. No se habla más que de comunismo, y cada día nos llegan nuevos partidarios». El movimiento, sin embargo, fue pronto reprimido. Engels tuvo serias desavenencias con su familia y aprovechó de buena gana la ocasión de hacer un viaje a Bruselas.

Se instaló durante los meses siguientes en Bruselas, vivió puerta con puerta con Marx y mantuvo con él un trato intelectual y personal ininterrumpido. En verano hicieron juntos un viaje de seis semanas a Inglaterra. Engels tenía todavía asuntos privados que arreglar en Mánchester, tenía que disponer el traslado de su biblioteca y restablecer su colaboración en periódicos; pero ante todo deseaba familiarizar a Marx con Inglaterra, con las condiciones inglesas, con la literatura inglesa y con los representantes del movimiento obrero inglés. Marx obtuvo muchas impresiones valiosas, reunió toda la literatura <!-- S. 106 --> sobre historia económica, economía política y teorías sociales que pudo conseguir y entró en contacto con dirigentes del movimiento cartista.

De vuelta en Bruselas, ambos se pusieron enseguida de nuevo a trabajar. En el prólogo de *La sagrada familia* habían anunciado: «Anteponemos esta polémica a los escritos independientes en los que —se entiende, cada uno de nosotros por su cuenta— expondremos nuestra opinión positiva y, con ello, nuestra relación positiva con las doctrinas filosóficas y sociales más recientes». Ahora se trataba de ofrecer esa exposición. Había de ser un ajuste de cuentas con toda la filosofía posthegeliana. Y a la vez una autoclarificación frente a su propia «antigua conciencia filosófica».

Engels había podido constatar ya a su llegada a Bruselas que Marx había vuelto a superar y abandonar el «humanismo real» al que todavía se había referido en el prólogo de *La sagrada familia*. Con prisa vertiginosa, este espíritu de fuego se despojaba de una piel filosófica tras otra, de modo que Engels, aunque más flexible y con mayor capacidad de empatía que Marx, a menudo tenía dificultades para seguirle el paso a este ritmo apresurado.

Marx había comprendido «que no había posibilidad de comprender la realidad histórica sin conocer la industria». La filosofía había dejado para él de ser la corona de todo el saber humano y la suma de todo el conocimiento humano, y por consiguiente se había vuelto superflua. A esta radicalidad de comprensión y de juicio lo había llevado sobre todo la crítica de Feuerbach. Ya cuando terminó *La sagrada familia*, la ruptura con Feuerbach estaba consumada.

Feuerbach, en última instancia, no podía arreglárselas con el mundo sensible porque no acababa de dejar de ser filósofo. No era capaz de salir del reino de las abstracciones, «que él mismo odiaba a muerte». <!-- S. 107 --> Su mundo sensible era una abstracción, un hecho dado desde la eternidad y eternamente igual a sí mismo. No comprendía que fuera obra de un desarrollo infinito, producto de generaciones cada una de las cuales se alzaba sobre los hombros de la anterior. También su hombre era un hombre abstracto. «Se aferra», dice Engels, «violentamente a la naturaleza y al hombre; pero naturaleza y hombre no pasan de ser en él palabras. Ni de la naturaleza real ni de los hombres reales sabe decirnos nada determinado». El hombre abstracto era precisamente lo más lejos que podía llegar la filosofía tras apartarse de la idea. Había puesto, ciertamente, al hombre en lugar de la idea, pero en el fondo solo una abstracción en lugar de otra. Eso radicaba en la esencia de la filosofía. Con ese hombre abstracto, sin embargo, no había nada que hacer en el mundo de la realidad. Había que abandonar la filosofía para llegar al hombre real. Y a ese hombre real Marx lo reconoció como el hombre activo, el portador de los procesos de producción, el hombre que vive en vinculación social, movido y guiado por intereses, que actúa en la historia y que, con ello, ejecuta el desarrollo.

El descubrimiento del hombre —del hombre real, vivo, creador de historia— fue la gran conquista a la que llegó Marx pasando por encima de Hegel, Bauer y Feuerbach.

En un viejo cuaderno de notas de Marx de aquella época se encontraron, junto a extractos y apuntes de letra casi ilegible, las famosas tesis sobre Feuerbach, cuyo poderoso macizo documenta como un hito la inmensa grandeza de este descubrimiento y del progreso en el desarrollo del trabajo de investigación marxiano. Engels las calificó de «germen genial de una nueva concepción del mundo».

<!-- S. 108 --> 1. La principal deficiencia de todo el materialismo anterior (incluido el de Feuerbach) es que el objeto, la realidad, la sensibilidad, solo se concibe bajo la forma del *objeto o de la intuición*, pero no *como actividad humana sensible, como práctica*, no subjetivamente. Por eso el lado activo fue desarrollado de manera abstracta, en oposición al materialismo, por el idealismo, que naturalmente no conoce la actividad real, sensible, como tal. Feuerbach quiere objetos sensibles, realmente distintos de los objetos del pensamiento; pero no concibe la actividad humana misma como actividad *objetiva*. Por eso en *La esencia del cristianismo* solo considera el comportamiento teórico como el auténticamente humano, mientras que la práctica solo se concibe y se fija en su forma de manifestación sucia y judía. Por eso no comprende la importancia de la actividad «revolucionaria», de la actividad práctico-crítica.

2. La cuestión de si al pensamiento humano le corresponde una verdad objetiva no es una cuestión de la teoría, sino una cuestión *práctica*. En la práctica tiene el hombre que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la terrenalidad de su pensamiento. La disputa sobre la realidad o irrealidad del pensamiento —aislado de la práctica— es una cuestión puramente *escolástica*.

3. La doctrina materialista de la transformación de las circunstancias y de la educación olvida que las circunstancias son transformadas por los hombres y que el propio educador tiene que ser educado. Por eso tiene que dividir la sociedad en dos partes —una de las cuales está por encima de ella—, «*sondieren*» (error de escritura por *sondern*, «separar»).

La coincidencia del cambio de las circunstancias y de la actividad humana o autotransformación solo puede concebirse y entenderse racionalmente como *práctica revolucionaria*.

4. Feuerbach parte del hecho de la autoenajenación <!-- S. 109 --> religiosa, del desdoblamiento del mundo en uno religioso y otro mundano. Su trabajo consiste en disolver el mundo religioso en su fundamento mundano. Pero que el fundamento mundano se separe de sí mismo y se fije como un reino independiente en las nubes solo puede explicarse por el autodesgarramiento y la autocontradicción de este fundamento mundano. Este mismo tiene, pues, que ser tanto comprendido en sí mismo en su contradicción como revolucionado prácticamente. Así, por ejemplo, después de descubrir que la familia terrenal es el secreto de la sagrada familia, hay que aniquilar teórica y prácticamente a la primera.

5. Feuerbach, no contento con el *pensamiento abstracto*, quiere la intuición; pero no concibe la sensibilidad como actividad *práctica* humano-sensible.

6. Feuerbach disuelve la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia humana no es una abstracción inherente al individuo aislado. En su realidad es el conjunto de las relaciones sociales.

Feuerbach, que no entra en la crítica de esta esencia real, se ve por ello obligado:

1. A hacer abstracción del curso histórico, a fijar el sentimiento religioso por sí mismo y a presuponer un individuo humano *abstracto-aislado*. 2. Por eso la esencia solo puede concebirse como «género», como generalidad interna, muda, que une *naturalmente* a los muchos individuos.

7. Por eso Feuerbach no ve que el «sentimiento religioso» es él mismo un producto social y que el individuo abstracto que analiza pertenece a una determinada forma de sociedad.

8. Toda vida social es esencialmente *práctica*. Todos los misterios que inducen a la teoría al misticismo <!-- S. 110 --> encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica.

9. Lo más alto a que llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensibilidad como actividad práctica, es la intuición de los individuos aislados y de la sociedad burguesa.

10. El punto de vista del viejo materialismo es la sociedad burguesa; el punto de vista del nuevo, la sociedad humana o la humanidad socializada.

11. Los filósofos no han hecho más que *interpretar* el mundo de diversos modos; de lo que se trata es de *transformarlo*.

Estas tesis sobre Feuerbach no fueron más que una especie de trabajo preliminar para la gran confrontación que se produjo entonces entre Marx y Engels, por una parte, y Feuerbach, Bauer, Stirner y toda la filosofía posthegeliana, por otra.

### La ideología alemana

Del trabajo de un año —de septiembre de 1845 a agosto de 1846— salieron dos gruesos volúmenes que habían de aparecer con el título *La ideología alemana*.

Un amigo y admirador de Marx, el antiguo teniente Weydemeyer, que trabajaba en Westfalia como agrimensor, esperaba ganar como impresor y editor a su cuñado Lüning, editor del *Westfälisches Dampfboot* en Bielefeld. El manuscrito fue enviado allí, pero el libro no apareció, porque —como los autores supieron un buen día— «las circunstancias cambiadas no permitían la impresión». Tampoco en otras partes se pudo colocar el libro. «Abandonamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones», escribe más tarde Marx, «tanto más a gusto cuanto que habíamos alcanzado nuestro objetivo principal: aclarar nuestras propias ideas».

En efecto: clarificación de sí mismos en toda la línea, <!-- S. 111 --> ese era el verdadero sello de la obra. Había de «desenmascarar a los corderos que se tenían por lobos y eran tenidos por tales», mostrar «cómo las fanfarronadas de los intérpretes filosóficos no hacen más que reflejar la miseria de las condiciones alemanas reales», hacer patente a todo el mundo «el proceso de putrefacción del espíritu absoluto alemán». Eso había de hacer según el propósito de sus autores. Pero logró más que eso. Liberó a Marx y a Engels del último resto de trastos filosóficos que seguía adherido inconscientemente a su pensamiento, los llevó, a través de la crítica de la filosofía, de la política y de la economía, a la crítica de la concepción de la historia, y les procuró con ello el inmenso conocimiento de que la fuerza motriz de la historia no es la idea, no es la crítica, sino la revolución, el hombre: el hombre revolucionario.

El descubrimiento del hombre real, activo, creador de historia, tal como se había producido en las tesis sobre Feuerbach, se amplió aquí hasta el descubrimiento del hombre revolucionario. Paso a paso se había acercado el espíritu investigador de Marx a este resultado:

«La primera premisa de toda historia humana es, naturalmente, la existencia de individuos humanos vivos. El primer hecho que hay que constatar es, por tanto, la organización corporal de estos individuos y la relación que por ella guardan con el resto de la naturaleza».

«Toda historiografía tiene que partir de estos fundamentos naturales y de su modificación en el curso de la historia por la acción de los hombres».

«Se puede distinguir a los hombres de los animales por la conciencia, por la religión o por lo que se quiera. Ellos mismos empiezan a distinguirse de los animales en cuanto empiezan a producir sus medios de vida, paso que está condicionado por su organización corporal. Al producir sus medios de vida, <!-- S. 112 --> los hombres producen indirectamente su propia vida material».

«Para vivir hace falta ante todo comer y beber, vivienda, vestido y algunas cosas más. El primer hecho histórico es, por tanto, la producción de los medios para satisfacer estas necesidades, la producción de la vida material misma; y este es, en efecto, un hecho histórico, una condición fundamental de toda historia».

«Tal como los individuos manifiestan su vida, así son. Lo que son coincide, por tanto, con su producción, tanto con lo que producen como con el modo como producen. Lo que los individuos son depende, por tanto, de las condiciones materiales de su producción».

«Individuos determinados, que son productivamente activos de un modo determinado, contraen, por tanto, determinadas relaciones sociales y políticas».

«La articulación social y el Estado brotan constantemente del proceso de vida de individuos determinados, pero de estos individuos no tal como puedan aparecer en la representación propia o ajena, sino tal como son realmente, es decir, tal como actúan, producen materialmente, y, por tanto, tal como desarrollan su actividad bajo determinados límites, premisas y condiciones materiales e independientes de su arbitrio».

«La producción de las ideas, de las representaciones, de la conciencia, está al principio directamente entrelazada con la actividad material y el trato material de los hombres, lenguaje de la vida real. El representar, el pensar, el trato espiritual de los hombres aparecen aquí como emanación directa de su comportamiento material. Lo mismo vale de la producción espiritual tal como se presenta en el lenguaje de la política, de las leyes, de la moral, de la religión, de la metafísica, etc., de un pueblo. Los hombres son los productores de sus representaciones, ideas, etc., pero los hombres reales y activos, tal como están condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas <!-- S. 113 --> y del trato que a ellas corresponde, hasta llegar a sus formaciones más amplias.

«La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres es su proceso real de vida».

«Totalmente al contrario de la filosofía alemana, que desciende del cielo a la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se imaginan, se representan, ni tampoco de los hombres dichos, pensados, imaginados, representados, para llegar desde ahí a los hombres de carne y hueso; se parte de los hombres realmente activos y, a partir de su proceso real de vida, se expone también el desarrollo de los reflejos y ecos ideológicos de este proceso de vida. También las formaciones nebulosas en el cerebro de los hombres son sublimados necesarios de su proceso material de vida, empíricamente constatable y ligado a premisas materiales. La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología, y las formas de conciencia que les corresponden, no conservan así por más tiempo la apariencia de autonomía. No tienen historia, no tienen desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su trato material cambian, junto con esta realidad suya, también su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia».

«Esta consideración no carece de premisas. Parte de las premisas reales y no las abandona ni un instante. Sus premisas son los hombres, no en un aislamiento y una fijación fantásticos cualesquiera, sino en su proceso de desarrollo real, empíricamente perceptible, bajo condiciones determinadas. En cuanto se expone este proceso activo de vida, <!-- S. 114 --> la historia deja de ser una colección de hechos muertos».

«La filosofía autónoma pierde, con la exposición de la realidad, su medio de existencia».

«No es la crítica, sino la revolución, la fuerza motriz de la historia».

«Esta concepción de la historia muestra que la historia no termina disolviéndose en la “autoconciencia” como “espíritu del espíritu”, sino que en ella, en cada etapa, se encuentra un resultado material, una suma de fuerzas de producción, una relación históricamente creada con la naturaleza y de los individuos entre sí, que cada generación recibe de su predecesora; una masa de fuerzas productivas, capitales y circunstancias que, si bien por una parte es modificada por la nueva generación, por otra le prescribe sus propias condiciones de vida y le imprime un desarrollo determinado, un carácter especial; que, por tanto, las circunstancias hacen a los hombres en la misma medida en que los hombres hacen las circunstancias».

«Por último, obtenemos todavía los siguientes resultados de la concepción de la historia desarrollada: 1. En el desarrollo de las fuerzas productivas se llega a una fase en la que se engendran fuerzas productivas y medios de tráfico que, bajo las relaciones existentes, solo causan daño, que ya no son fuerzas productivas sino fuerzas destructivas (la maquinaria y el dinero), y, lo que está relacionado con ello, se engendra una clase que tiene que soportar todas las cargas de la sociedad sin disfrutar de sus ventajas, que, expulsada de la sociedad, se ve forzada a la oposición más decidida contra todas las demás clases; una clase que forma la mayoría de todos los miembros de la sociedad y de la que parte la conciencia de la necesidad de una revolución radical, la conciencia comunista, que naturalmente puede formarse también en las otras <!-- S. 115 --> clases gracias a la comprensión de la situación de esta clase; 2. que las condiciones dentro de las cuales pueden emplearse determinadas fuerzas de producción son las condiciones de la dominación de una determinada clase de la sociedad, cuyo poder social, derivado de su propiedad, tiene su expresión práctico-idealista en la forma de Estado de cada época, y por eso toda lucha revolucionaria se dirige contra una clase que ha dominado hasta entonces; 3. que en todas las revoluciones anteriores el modo de la actividad permaneció siempre intacto y solo se trataba de otra distribución de esta actividad, de un nuevo reparto del trabajo entre otras personas, mientras que la revolución comunista se dirige contra el modo anterior de la actividad, suprime el trabajo y abole la dominación de todas las clases junto con las clases mismas, porque es llevada a cabo por la clase que en la sociedad ya no cuenta como clase, que no es reconocida como clase, que es ya la expresión de la disolución de todas las clases, nacionalidades, etc., dentro de la sociedad actual; 4. que, tanto para la producción masiva de esta conciencia comunista como para llevar adelante la causa misma, es necesaria una transformación masiva de los hombres, que solo puede producirse en un movimiento práctico, en una revolución; que, por tanto, la revolución no solo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derribada de ningún otro modo, sino también porque la clase que la derriba solo en una revolución puede llegar a quitarse de encima toda la vieja porquería y a volverse capaz de fundar de nuevo la sociedad».

«El comunismo no es para nosotros un estado que deba implantarse, un ideal al que haya de ajustarse la realidad. Llamamos comunismo al movimiento real que suprime el estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa ahora existente».

<!-- S. 116 --> Estas pocas frases señeras del torso de la obra que todavía pudo salvarse y que solo recientemente (por el Archivo Marx-Engels de Fráncfort del Meno) se ha publicado por primera vez no dan más que un débil reflejo de la riqueza y la fuerza de pensamiento con que se llevó a cabo aquella temperamental clarificación de sí mismos.

Contienen ya, en parte literalmente, las formulaciones elementales de la concepción materialista de la historia, que más tarde maduraría hasta convertirse en método.

### El «verdadero socialismo»

La gran confrontación con un mundo de adversarios habría quedado incompleta, y la victoria en la lucha de los espíritus habría dejado insatisfechos, si Marx y Engels, en el segundo volumen de su obra, no hubieran arremetido también del modo más despiadado contra el socialismo «verdadero» o «alemán» «en sus diversos profetas».

Entre los «verdaderos socialistas» de que aquí se trataba figuraba en primer lugar el westfaliano Karl Grün. Era compañero de estudios de Marx, y Moses Heß le había presentado a Engels. Su carrera socialista había partido del «liberalismo de cerveza blanca» radical. Luego había coqueteado con Fourier, hasta que finalmente, apoyándose en Heß, viró hacia el socialismo temprano. En su cabeza se mezclaban todas las variedades socialistas en un abigarrado ovillo. Con ideas prestadas y mal digeridas de Proudhon, Feuerbach, Heß y Marx preparaba los más extraños elixires de felicidad, que colocaba envueltos en papel de folletín y perfumados de esteticismo. Su pluma apresurada e irresponsable abastecía desde París sobre todo a la *Triersche Zeitung*. Un reproche que dirigió a Marx —injustamente— por no haber protestado con suficiente energía contra su expulsión creó en el alma fácilmente vulnerable de Marx <!-- S. 117 --> un resentimiento que formó el trasfondo de una crítica cruel de la posición de Grün ante el problema socialista.

Grün tenía influencia sobre los artesanos y oficiales socialistas de París, los *Straubinger*, como Engels los llamaba despectivamente.[^t-20-1] Como se trataba de ganarlos para el comunismo, había que acabar con Grün. La liquidación literaria no bastaba; Engels tuvo que ir a París y socavar y quebrantar allí la posición de Grün interviniendo personalmente. En octubre de 1846 Engels escribía desde París a Marx: «Con los *Straubinger* de aquí creo que saldré adelante. Los tipos son, desde luego, espantosamente ignorantes y su situación de vida no los ha preparado en absoluto. ... Grün ha hecho un daño horrible. Ha convertido en estos tipos todo lo que era preciso en pura ensoñación, en aspiraciones humanitarias, etc. So pretexto de atacar el comunismo de sistema de Weitling y otros, les ha llenado la cabeza de frases vagas de literato y pequeño burgués y ha hecho pasar todo lo demás por manía de sistemas. Hasta los ebanistas, que nunca fueron weitlingianos, o solo unos pocos, tienen un miedo supersticioso a los fantasmas del “comunismo de la cuchara” y prefieren adherirse a la mayor ensoñación, a pacíficos planes de felicidad, etc., antes que a ese “comunismo de la cuchara”. Aquí reina una confusión sin límites». El resultado de los esfuerzos fue que Engels desmontó a Grün de la silla, pero con ello no hizo sino aumentar el caos de la confusión, de modo que los *Straubinger* se perdieron para una asociación comunista internacional como la que Marx y Engels tenían en mente.

Karl Grün estaba en estrecha relación intelectual con Moses Heß, que por aquel entonces vivía también en París. Por eso Engels, en sus cartas desde París, no escatimó tampoco violentos ataques contra el «rabino comunista», como <!-- S. 118 --> lo había llamado Ruge. Y Marx había incluido ya a Heß desde mayo de 1846 en la lista de proscripción. «Pues habría que hacer», como escribía Weitling en una carta a Heß sobre las intenciones y opiniones que perseguía Marx, «una criba en el partido comunista ... Había que combatir el comunismo artesano, el comunismo filosófico, y burlarse del sentimiento; eso no es más que ensoñación. El comunismo solo podrá realizarse después de que la burguesía haya llegado al timón». En el conflicto entre Marx y Weitling, Heß se había puesto del lado de Weitling: razón suficiente para que Marx lo persiguiera con ira irritada y buscara un motivo para aniquilarlo en el terreno de los hechos. Pero Moses Heß, pese a no pocos extravíos y peculiaridades, se había acercado tanto en su evolución socialista a la concepción de Marx que el 28 de julio de 1846 pudo escribirle: «Estoy completamente de acuerdo con tus opiniones sobre la literatura comunista. Tan necesario como fue al principio enlazar las aspiraciones comunistas con la ideología alemana, igual de necesario es ahora fundamentarlas en premisas históricas y económicas; de lo contrario no se acaba ni con los “socialistas” ni con los adversarios de todos los colores. Yo me he lanzado ahora exclusivamente a lecturas económicas». Aunque Marx anotó esta declaración como «capitulación», Engels, que según propia confesión se había «acostumbrado en París a un tono muy desvergonzado», trató a Heß de manera sumamente «fría y burlona». Pero cuando en agosto de 1847 se constituyó en Bruselas la Asociación Obrera Alemana, enteramente dominada por Marx y Engels, Heß, que entretanto se había trasladado a Bruselas, no solo tuvo que ingresar como miembro, sino que fue elegido presidente y actuó junto a Marx y Engels como colaborador permanente de la *Deutsche-Brüsseler-Zeitung*.

<!-- S. 119: Bildtafel „Georg Wilhelm Friedrich Hegel“ -->

<!-- S. 120: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 121 --> Entre los demás representantes del socialismo «verdadero» hay que citar a Hermann Kriege, un estudiante procedente de Feuerbach en quien Engels había puesto al principio grandes esperanzas, pero que, emigrado a Nueva York, predicaba en el *Volkstribun* que fundó allí un difuso comunismo del amor; además, a Hermann Püttmann, antiguo redactor de la *Kölnische Zeitung*, que editó dos años del *Deutsches Bürgerbuch* y los *Rheinische Jahrbücher*, que sirvieron de refugio a la maraña de ideas de un enjambre de exaltados librepensadores y socialistas; por último, a Otto Lüning, de Bielefeld, editor del *Westfälisches Dampfboot*, que hizo propaganda de la idea socialista hasta bien entrada la revolución.

Estos socialistas «verdaderos» fueron destripados críticamente por Marx y Engels, al igual que los filósofos, según todas las reglas del arte. Se mostraba una y otra vez, declaraban, que este socialismo verdadero no era otra cosa que la chapucera traducción al alemán de la idea del socialismo francés, una deformación del comunismo en ideología alemana. En las cabezas de estos filántropos eclécticos rondaba, imposible de extirpar, la vieja quimera de que toda escisión real en la historia tiene que ir precedida de una escisión conceptual que la provoque. «Trataban de encubrir el miserable papel que los alemanes han desempeñado en la historia real poniendo al mismo nivel que la realidad las ilusiones, en las que los alemanes siempre han sido especialmente ricos. Y como los alemanes en todas partes y siempre no tenían más que mirar y quedarse mirando, se creían llamados a juzgar a todo el mundo y abrigaban la quimera de que toda la historia alcanza su fin último en Alemania».

Al practicar la clarificación de sí mismos con toda agudeza y sin miramientos, Marx y Engels no se ahorraron <!-- S. 122 --> el desgarrarse entre los propios. Este desgarramiento no solo les creó un ejército de enemigos y adversarios y medio decenio de las más feas y malignas luchas personales, sino que rompió también, sin un motivo exterior apremiante, con décadas de anticipación, el frente único proletario, que apenas estaba formándose. Pues la intolerancia de la depuración y la escisión en el campo comunista no venía impuesta en modo alguno por el estado de la economía, no era una necesidad ineludible nacida del desarrollo. Brotaba ante todo, simplemente, de una necesidad de exclusiva notoriedad personal, presente en Marx con una agudeza hiriente, que se racionalizaba en una inmensa obsesión, en una fe fanática en el poder victorioso de su idea.

Ciertamente, al adelantarse esta idea, destilada hasta la pureza absoluta mediante un despiadado proceso de clarificación, al desarrollo de la realidad social, mostró, como la estrella que guiaba a Belén, con claridad y seguridad el camino de la liberación. Así como había sido mérito sobre todo de Moses Heß separar el socialismo del radicalismo burgués de oposición, fue mérito extraordinario de Marx y Engels trazar con toda inflexibilidad y con todo fanatismo de la claridad —aunque fuera a costa de la unidad— la nítida línea divisoria entre el socialismo ético-filosófico y el socialismo económico.

### Dialéctica

Bien mirado, todo el trabajo intelectual realizado por Marx desde hacía años no era en el fondo otra cosa que una lucha ininterrumpida, librada directa e indirectamente, contra Hegel.

Un gigante joven, provisto de garras de león, que luchaba febrilmente por elevar su sentimiento de la propia valía, <!-- S. 123 --> no reconocido por la sociedad, menos aún apreciado, más bien evitado y perseguido, se erguía contra la figura monumental del gigante Hegel, que todo lo dominaba y era venerada, admirada y reconocida por todo el mundo del espíritu.

Todo lo que Marx había escrito, defendido con celo y puesto en obra desde hacía años contra Bruno Bauer, Feuerbach, Stirner, los jóvenes hegelianos y los «verdaderos socialistas» iba dirigido en último término contra el principio hegeliano de lo absoluto, contra la prioridad hegeliana de la idea, contra la orientación metafísica de Hegel, contra la tendencia de apartamiento del mundo en el modo de consideración de Hegel, contra el hombre abstracto de Hegel; todo, todo iba dirigido en lo último y más profundo, en el núcleo y en la punta, contra la cabeza de Hegel. Desde esta profunda enemistad había participado Marx, al lado de Feuerbach, en el giro hacia el materialismo, había combatido la filosofía del derecho, había desarrollado la filosofía hasta convertirla en política, había puesto al hombre en lugar de la idea, había cambiado al hombre abstracto por el hombre activo, había sustituido la crítica por la revolución y había elevado al proletariado revolucionario a ejecutor del desarrollo histórico.

Siempre Marx en contradicción con Hegel. Titán contra titán.

Pero una obra de importancia tan fundamental como el sistema de Hegel, una filosofía de tan enorme influencia sobre la constitución y el desarrollo intelectuales de toda una nación, no se dejaba —por decirlo con Engels— ni eliminar ignorándola ni superar arremetiendo contra ella. «Había que “superarla” en su propio sentido, es decir, en el sentido de que su forma fuera críticamente destruida, pero se salvara el nuevo contenido conquistado por ella».

Su nuevo contenido era el método dialéctico.

Al considerar las cosas y los fenómenos, se puede proceder de modo que se los mire uno a uno, por partes, <!-- S. 124 --> desprendidos de su conexión, en su aislamiento abstracto. Esto puede ser oportuno y también útil según el caso. Pero aplicado al todo como modo de consideración, manejado de forma general, conduce a resultados insatisfactorios. Pues precisamente lo más importante se pierde en ello.

En el mundo no hay nada aislado, ningún estado de reposo, ninguna cosa que se sostenga por sí sola ni fenómeno que exista por sí mismo. Antes bien, todo está en flujo, movido dinámicamente, unido por conexiones indisolubles con todo el mundo de los fenómenos. La ley del devenir, realizada en la totalidad de la vida, disuelve todo ser en eterno movimiento. Este movimiento es cambio, supresión del estado anterior y advenimiento del nuevo. De ahí resulta la necesidad lógica de considerar cada cosa, cada fenómeno, en todas sus manifestaciones, encadenamientos y conexiones. Es el método dialéctico el que responde a esta tarea de toma de posición teórica y legitima con ello científicamente el principio del desarrollo.

Hegel había vuelto al método del pensamiento dialéctico, practicado ya por los antiguos, sobre todo por Heráclito. Había adoptado los tres grados —tesis, antítesis y síntesis—, que se encuentran también ya en Fichte, y había sustituido el principio de la vieja lógica, «Todo es idéntico a sí mismo, nada se contradice», por el nuevo principio: «Nada es igual a sí mismo y todo se contradice». En consecuencia, concebía cada concepto como el producto necesario de la acción recíproca de dos conceptos precedentes que, al fundir su carácter estrictamente opuesto en una nueva unidad, han desaparecido ambos en el concepto superior. Por eso no atribuía a los conceptos una validez eterna, absoluta, sino solo una validez histórica pasajera. «La verdad que <!-- S. 125 --> había que conocer en la filosofía», dice Engels, «no era ya en Hegel una colección de proposiciones dogmáticas acabadas que, una vez halladas, solo piden ser aprendidas de memoria; la verdad residía ahora en el proceso mismo del conocimiento, en el largo desarrollo histórico de la ciencia, que asciende de grados inferiores a grados cada vez más altos del conocimiento, pero sin llegar jamás, por el hallazgo de una llamada verdad absoluta, al punto en que ya no puede seguir adelante, en que no le queda más que cruzarse de brazos y contemplar con asombro la verdad absoluta conquistada ... Cada grado es necesario y, por tanto, legítimo para la época y las condiciones a las que debe su origen; pero se vuelve caduco e ilegítimo frente a condiciones nuevas, superiores, que se desarrollan poco a poco en su propio seno; tiene que dejar paso a un grado superior, al que a su vez le llega el turno de la decadencia y la desaparición... Así disuelve esta filosofía dialéctica todas las representaciones de una verdad absoluta definitiva y de estados absolutos de la humanidad correspondientes a ella. Ante ella no hay nada definitivo, absoluto, sagrado; en todo y de todo muestra la caducidad, y nada subsiste ante ella sino el proceso ininterrumpido del nacer y el perecer, del ascenso sin fin de lo inferior a lo superior, del cual ella misma no es más que el mero reflejo en el cerebro pensante». El propio Hegel dejó consignado en diversas definiciones lo que entendía por dialéctica. En su *Enciclopedia* dice que la verdadera dialéctica es el tránsito interno y progresivo de una definición a otra, en el que sale a la luz que las definiciones del entendimiento son unilaterales y estrechamente limitadas, es decir, contienen una negación de sí mismas. Su carácter particular le viene a todo ello de que se suprime a sí mismo. En su *Lógica* describió el proceso de desarrollo dialéctico <!-- S. 126 --> producido por el juego de las contradicciones internas: el movimiento hacia delante comienza con conceptos o categorías abstractos y simples y pasa a los conceptos siguientes, que se vuelven cada vez más ricos y concretos. En cada grado del concepto ampliado y determinado aflora toda la masa de su contenido anterior, del cual en el desarrollo dialéctico no solo no se pierde nada, sino que lleva consigo todo lo nuevamente adquirido y se enriquece y condensa en sí mismo. La culminación se produce en la idea absoluta. En la *Ciencia de la lógica* de Hegel se dice literalmente: «Lo inmediato, por este lado negativo, ha desaparecido en lo otro, pero lo otro no es esencialmente lo negativo vacío, la nada, que se toma por el resultado habitual de la dialéctica, sino que es lo otro de lo primero, lo negativo de lo inmediato; está, pues, determinado como lo mediado, contiene en general en sí la determinación de lo primero. Lo primero está, por tanto, conservado y mantenido también en lo otro».

Correspondía a la actitud idealista fundamental de Hegel, que veía en la idea la verdadera alma viva del mundo, que la dialéctica desempeñara su papel primario en el reino de los pensamientos. Solo al «enajenarse» el concepto obtenido dialécticamente se transformaba en la naturaleza, «donde, sin conciencia de sí mismo, disfrazado de necesidad natural, pasa por un nuevo desarrollo y finalmente vuelve a llegar a la autoconciencia en el hombre; esta autoconciencia se abre camino de nuevo en la historia desde lo tosco, hasta que por fin el concepto absoluto vuelve a llegar plenamente a sí mismo en la filosofía hegeliana. En Hegel, pues, el desarrollo dialéctico que aparece en la naturaleza y en la historia, es decir, la conexión causal del progreso de lo inferior a lo superior, que se impone a través de todos los zigzags y retrocesos momentáneos, no es más que <!-- S. 127 --> el calco del automovimiento del concepto, que se produce desde la eternidad, no se sabe dónde, pero en todo caso independientemente de todo cerebro humano pensante» (Engels).

Marx había reconocido ya en su primer contacto con Hegel la dialéctica de los conceptos como una mistificación especulativa, sin poner en duda, sin embargo, el método de la dialéctica como tal, ni mucho menos rechazarlo. Cuando después Feuerbach lo llevó al materialismo, este le ayudó a liberar la dialéctica de su disfraz idealista y a convertir la escritura en espejo de la abstracción en una fórmula concreta legible. Ahora la realidad ya no aparecía como una copia de conceptos, sino que los conceptos se convertían, de manera enteramente materialista, en copias mentales de la realidad. Así la dialéctica hegeliana de los conceptos pasó de estar cabeza abajo a ponerse sobre sus pies y se presentó como dialéctica de los hechos.

Cuando más tarde Marx se separó de Feuerbach, ocurrió —como sabemos— porque para él el materialismo de lo dado objetivamente por la naturaleza se había transformado en un materialismo de situaciones sociales que, vistas dialécticamente, se presentan como resultados de procesos. Al actuar sobre la naturaleza exterior, el hombre cambia en el proceso de esa acción su propia naturaleza. La producción de la idea y de los conceptos se realiza en la más estrecha dependencia y conexión con la actividad material del hombre y con sus relaciones materiales. El ser de los hombres es el proceso real de su vida. Y el conocimiento no puede ser otra cosa que el conocimiento precisamente de este ser. Este ser humano —una serie de procesos— se le reveló a Marx, al desarrollar la filosofía hasta la política, como la producción de la vida material y un curso de luchas de poder que se libran por intereses. Los intereses, reconocidos como intereses económicos, remitían al terreno de la producción, de la economía <!-- S. 128 --> política. Pero aquí estaba claro que las luchas, en conexión con la producción de la vida material, se desarrollan entre clases que se enfrentan como poderes enemigos.

Esto no era un invento de Marx. Encontró ya esta idea en la literatura inglesa y francesa que estudiaba, y seguramente Engels le había informado de ello. «Desde la implantación de la gran industria», escribe Engels en su *Ludwig Feuerbach*, «es decir, por lo menos desde la paz europea de 1815, ya no era un secreto para nadie en Inglaterra que allí toda la lucha política giraba en torno a las pretensiones de dominio de dos clases, la aristocracia terrateniente y la burguesía. En Francia, con el regreso de los Borbones, se tomó conciencia del mismo hecho; los historiadores de la época de la Restauración, desde Thierry hasta Guizot, Mignet y Thiers, lo proclaman en todas partes como la clave para comprender la historia de Francia desde la Edad Media. Y desde 1830 se reconoció en ambos países como tercer combatiente por el poder a la clase obrera, al proletariado. Las relaciones se habían simplificado tanto que había que cerrar los ojos deliberadamente para no ver en la lucha de estas tres grandes clases y en el choque de sus intereses la fuerza motriz de la historia moderna. Al menos en los dos países más avanzados».

Burguesía y proletariado se comportan entre sí, en la defensa de sus intereses, como tesis y antítesis. El proceso dialéctico se manifiesta como lucha de clases, que empuja la oposición de la relación antitética más allá de sí misma. Como síntesis aparece la nueva sociedad socialista.

Así, pues, al desarrollar Marx —investigando, deduciendo, dando forma, engarzando en su conocimiento eslabón tras eslabón hasta formar la cadena— el materialismo feuerbachiano de la naturaleza hasta un materialismo <!-- S. 129 --> de la sociedad, al volver del revés la dialéctica abstracta de los conceptos de Hegel en una dialéctica concreta de los hechos, al ver encarnada la contradicción dialéctica en las clases y reconocer el proceso dialéctico en la lucha de clases, llegó a una nueva dialéctica, a una nueva concepción de la historia.

Más aún: llegó al socialismo como consecuencia interna, sujeta a leyes, del desarrollo histórico-económico.

El mismo descubrimiento científico lo hizo Engels. Y llegó a él desde la práctica de las observaciones y experiencias hechas en Inglaterra. El carácter contradictorio del modo de producción capitalista, que se traduce en antagonismo social, se le había revelado allí con toda su agudeza y desnudez. Y ya en los *Deutsch-Französische Jahrbücher* había expuesto los resultados de sus observaciones y de sus reflexiones en dos artículos muy críticos, reveladores, dominados por puntos de vista completamente nuevos.

Este descubrimiento por sí solo lo habría convertido en el colaborador natural de Marx.

### Miseria de la filosofía

En Hegel los hombres eran marionetas que se agitaban en el escenario de la vida colgadas de los hilos de la idea.

Feuerbach los presentó como hombres reales, les dio carne y sangre, pero no sabían qué hacer consigo mismos.

En Marx, por fin, se convirtieron en actores autónomos que representaban su propio drama en su propio escenario. Vivían prácticamente la historia y la ejecutaban. Y no los guiaba una voluntad superior, una idea, una conciencia orientada a un fin desde el principio: no había ningún apuntador entre bastidores. <!-- S. 130 --> Eran autónomos y actuaban únicamente bajo el dictado de sus intereses humanos. De sus intereses, que se dirigen a dominar la tierra, asegurar la existencia, garantizar la permanencia y el desarrollo de su existencia mediante el despliegue de las relaciones de producción y sociales. En la sociedad de clases, la defensa de estos intereses se realiza de clase contra clase en el ir y venir de la lucha de clases. La meta de la lucha de clases proletaria es la sociedad socialista. El camino hacia ella pasa por la revolución.

La conmovedora inexorabilidad de estos pensamientos la había desarrollado Marx año tras año, obra tras obra, con creciente claridad, madurez y coherencia. Al principio llamitas que solo chispeaban aisladas en la maleza de la confusión filosófica, los resultados de su clarificación se habían ido ordenando poco a poco en un círculo de luces, en un conjunto de velas, candelabros y faroles, y por último se habían desplegado en una manifestación de antorchas llevadas por puños proletarios a través de un mundo asustado. Pero esto no le bastaba todavía al asaltante del cielo. Había que levantar una almenara cuyo resplandor inflamara el orbe; había que encender un incendio universal que pusiera a toda la sociedad y a su cultura ante la ineludible pregunta del destino.

Con la obra siguiente, *Miseria de la filosofía*, que Marx escribió en Bruselas, se llevó a cabo esta acción decisiva.

*Miseria de la filosofía* es una crítica polémica del libro de Proudhon *Filosofía de la miseria*, aparecido en 1847. Marx —como sabemos— había conocido personalmente a Proudhon en París y había discutido con él; pero Proudhon no había podido seguir sus razonamientos. «El señor Proudhon tiene la desgracia», escribe Marx con sorna en el prólogo de su libro, <!-- S. 131 --> «de ser desconocido de un modo peculiar. En Francia tiene derecho a ser un mal economista porque se le tiene por un buen filósofo alemán; en Alemania, en cambio, puede ser un mal filósofo porque pasa por uno de los economistas franceses más fuertes. En nuestra doble condición de alemán y de economista, nos vemos obligados a protestar contra este doble error». En una carta a Marx, Proudhon había anunciado su libro y observado: «Espero el látigo de su crítica». ¡Iba a sentir ese látigo como ningún otro!

En su réplica, Marx azotó a Proudhon con una falta de miramientos crítica tan grande, lo zarandeó con una burla satírica tal, lo despedazó con una agudeza polémica tal, que no solo se rompió con ello toda amistad, sino que también en círculos no implicados se alzaron voces de disgusto e indignación por el modo del trato. En efecto, ni antes ni después llevó Marx una confrontación, ni siquiera contra enemigos más peligrosos y adversarios menos respetables, con tanta acritud, con tan soberano desprecio y tan segura arrogancia como aquí. El libro ya no es una crítica: es una liquidación.

Y no ofrece solo la escena de una ejecución grandiosa, sino que constituye también el escenario de una creación genial. Pues con la demolición de las últimas escorias de ilusiones especulativas, con el desenmascaramiento de todas las contradicciones del romanticismo utópico, con la flagelación de todas las medias tintas, desviaciones y necedades de la charlatanería económica, quedaba limpia la plataforma de la discusión científica para levantar el andamiaje, ya firmemente ensamblado, de una nueva concepción de la historia y una nueva teoría de la sociedad.

Por primera vez ofrece Marx en este libro una exposición concreta y amplia de la concepción materialista de la historia, desarrollada hasta entonces solo de forma esporádica, por alusiones, de pasada y en esbozo. <!-- S. 132 --> Por primera vez se expresa con claridad y se formula inequívocamente: la producción económica y la articulación social que se deriva necesariamente de ella en cada época histórica constituyen la base de la historia política e ideológica de esa época. Toda la historia anterior se presenta como una historia de luchas de clases. Estas luchas de clases han alcanzado hoy un grado de desarrollo en el que la clase explotada y oprimida del proletariado no puede llevar a cabo la obra de su liberación de la burguesía sin la transformación revolucionaria de toda la sociedad. Con ello quedaba constituido el materialismo histórico.

El propio Marx precisó más tarde el contenido y el tenor de su libro como sigue: «Mostré en él, entre otras cosas, cuán poco había penetrado Proudhon en el secreto de la dialéctica científica; cómo, por otra parte, comparte las ilusiones de la filosofía especulativa al convertir con sus desvaríos las categorías económicas, en lugar de concebirlas como expresiones teóricas de relaciones de producción históricas, correspondientes a un determinado grado de desarrollo de la producción material, en ideas preexistentes y eternas, y cómo por este rodeo vuelve a llegar al punto de vista de la economía burguesa.

»Muestro además cuán deficiente y en parte incluso escolar es su conocimiento de la “economía política”, cuya crítica emprendió, y cómo, con los utopistas, iba a la caza de una supuesta “ciencia” con la que habría de cavilarse *a priori* una fórmula para la “solución de la cuestión social”, en lugar de extraer la ciencia del conocimiento crítico del movimiento histórico, de un movimiento que produce él mismo las condiciones materiales de la emancipación. Pero sobre todo se muestra cómo Proudhon permanece en lo oscuro, lo falso y lo a medias sobre el fundamento del todo, el valor de cambio, <!-- S. 133 --> y hasta toma la interpretación utopista de la teoría del valor de Ricardo por el fundamento de una nueva ciencia. Sobre su punto de vista general juzgo, en resumen, como sigue:

»Toda relación económica tiene un lado bueno y uno malo; es el único punto en que el señor Proudhon no se contradice a sí mismo. El lado bueno lo ve destacado por los economistas; el malo, denunciado por los socialistas. Toma de los economistas la necesidad de las relaciones eternas; toma de los socialistas la ilusión de no ver en la miseria más que la miseria (en lugar de ver en ella el lado revolucionario, destructor, que derribará la vieja sociedad). Está de acuerdo con unos y con otros, y procura apoyarse en la autoridad de la ciencia. La ciencia se reduce para él a las dimensiones enanas de una fórmula científica; es el hombre a la caza de fórmulas. Así, el señor Proudhon se jacta de haber dado la crítica tanto de la economía política como del comunismo: está muy por debajo de ambos. Por debajo de los economistas, porque, como filósofo que tiene a mano una fórmula mágica, cree poder dispensarse de entrar en los detalles puramente económicos; por debajo de los socialistas, porque no posee ni valor suficiente ni comprensión suficiente para elevarse, aunque solo sea especulativamente, por encima del horizonte burgués».

La primera parte de la obra trata, en una polémica acalorada y desgarradora, las cuestiones del valor de uso y el valor de cambio, el valor constituido y sintético, el tiempo de trabajo, el dinero y el excedente de trabajo; la segunda, las cuestiones de la división del trabajo y las máquinas, la competencia y el monopolio, la propiedad de la tierra y la renta, las huelgas y las coaliciones obreras. Es asombroso con qué minuciosidad había estudiado Marx la anatomía de la sociedad burguesa. <!-- S. 134 --> Conoce toda la literatura. Cita a Adam Smith y a Ricardo, se refiere a Lauderdale, Sismondi, Storch, Atkinson, Hodgskin, Thompson, Edmonds, Bray, John Stuart Mill, Sadler, todos autores ingleses, y además al norteamericano Cooper y a los franceses Boisguilbert, Quesnay, Say y Lemontey. En cada punto débil de Proudhon hinca el diente, desenmascara cada prejuicio especulativo, cada confusión utópica lo incita a una burla corrosiva.

Para la fundamentación y formulación de la concepción materialista de la historia son especialmente importantes los siguientes pasajes:

«El señor Proudhon, como verdadero filósofo, pone las cosas cabeza abajo y no ve en las relaciones reales más que la encarnación de aquellos principios, de aquellas categorías que, como vuelve a decirnos el señor Proudhon, el filósofo, dormitan en el seno de la “razón impersonal de la humanidad”. El señor Proudhon, el economista, ha comprendido muy bien que los hombres fabrican paño, lienzo y tejidos de seda dentro de determinadas relaciones de producción. Pero lo que no ha comprendido es que estas determinadas relaciones sociales son productos de los hombres lo mismo que el paño, el lino, etc. Las relaciones sociales están íntimamente ligadas a las fuerzas productivas. Al adquirir nuevas fuerzas productivas, los hombres cambian su modo de producción, y al cambiar el modo de producción, la manera de ganarse la vida, cambian todas sus relaciones sociales. El molino de mano da una sociedad con señores feudales; el molino de vapor, una sociedad con capitalistas industriales. Pero los mismos hombres que configuran las relaciones sociales conforme a su modo material de producción configuran también los principios, las ideas, las categorías conforme a sus relaciones sociales. Por tanto, estas ideas, estas categorías son tan poco eternas como las relaciones que <!-- S. 135 --> expresan. Son productos históricos, perecederos, transitorios».

«Supongamos por un momento con el señor Proudhon que la historia real, según el orden cronológico, es la sucesión histórica en la que se han revelado las ideas, las categorías, los principios. Cada principio ha tenido su siglo en el que se ha manifestado. El principio de autoridad, por ejemplo, tuvo el siglo XI, como el principio del individualismo tuvo el XVIII. Lógicamente, el siglo pertenecía al principio, y no el principio al siglo. Con otras palabras: el principio hace la historia, no la historia el principio. Si por fin, para salvar tanto los principios como la historia, uno se pregunta por qué este principio se ha revelado precisamente en el siglo XI o en el XVIII y no en otro cualquiera, se ve necesariamente obligado a examinar en detalle cuáles eran los hombres del siglo XI y los del XVIII, cuáles eran en cada caso sus necesidades, sus fuerzas productivas, su modo de producción, las materias primas de su producción y, por último, cuáles eran las relaciones de hombre a hombre que resultaban de todas estas condiciones de existencia. Profundizar en todas estas cuestiones, ¿no es investigar la historia real, profana, de los hombres de cada siglo, presentar a estos hombres tal como eran a la vez autores y actores de su propio drama? Pero desde el momento en que se presenta a los hombres como los actores y autores de su propia historia, se ha vuelto por un rodeo al verdadero punto de partida, porque se han abandonado los principios eternos de los que se partía».

«Providencia, fin providencial: esa es la gran palabra de la que hoy se echa mano para explicar la marcha de la historia. En realidad, esta palabra no explica nada. Es a lo sumo una forma retórica, una de las <!-- S. 136 --> muchas maneras de parafrasear los hechos. Es un hecho que la propiedad de la tierra en Escocia adquirió un nuevo valor gracias al desarrollo de la industria; esta industria abrió a la lana nuevos mercados. Para producir lana en gran escala había que transformar las tierras de labor en pastos. Para efectuar esta transformación había que concentrar las fincas, suprimir los pequeños arrendamientos, expulsar de su tierra a miles de arrendatarios y poner en su lugar a unos cuantos pastores que guardan millones de ovejas. Así, la propiedad de la tierra en Escocia tuvo, por transformaciones sucesivas, el resultado de que los hombres fueran desplazados por carneros. Dígase ahora que el fin providencial de la institución de la propiedad de la tierra en Escocia era hacer que los hombres fueran desplazados por carneros, y se habrá hecho historia providencial».

«Del método dialéctico de Hegel, el señor Proudhon no tiene más que el lenguaje. Su propio método dialéctico consiste en la distinción dogmática entre lo bueno y lo malo. Tomemos por un momento al propio señor Proudhon como categoría; examinemos su lado bueno y su lado malo, sus ventajas y sus inconvenientes. Si frente a Hegel tiene la ventaja de plantear problemas que se reserva resolver para bien de la humanidad, tiene el inconveniente de una completa esterilidad en cuanto se trata de dar vida a una nueva categoría por obra de la generación dialéctica. Lo que constituye el movimiento dialéctico es precisamente la coexistencia de los dos lados opuestos, su conflicto y su fusión en una nueva categoría. En cuanto uno se plantea solo el problema de eliminar el lado malo, corta en dos el movimiento dialéctico».

«Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población en trabajadores. La dominación

<!-- S. 137: Bildtafel „Ludwig Feuerbach“ -->

<!-- S. 138: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 139 --> del capital ha creado para esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa es ya una clase frente al capital, pero no todavía para sí misma. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política».

«Una clase oprimida es la condición vital de toda sociedad fundada en el antagonismo de clases. La liberación de la clase oprimida implica, por tanto, necesariamente la creación de una sociedad nueva. Para que la clase oprimida pueda liberarse es preciso que se haya alcanzado una fase en la que las fuerzas productivas ya adquiridas y las instituciones sociales vigentes no puedan seguir coexistiendo. De todos los instrumentos de producción, la mayor fuerza productiva es la propia clase revolucionaria. La organización de los elementos revolucionarios como clase supone la existencia acabada de todas las fuerzas productivas que pueden desarrollarse en el seno de la vieja sociedad».

«La condición de la liberación de la clase trabajadora es la abolición de toda clase, así como la condición de la liberación del tercer estado, del orden burgués, fue la abolición de todos los estamentos. La clase trabajadora sustituirá, en el curso de su desarrollo, la vieja sociedad burguesa por una asociación que excluya las clases y su antagonismo, y ya no habrá poder político propiamente dicho, porque el poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo de clases dentro de la sociedad burguesa. Mientras tanto, la lucha entre el proletariado y la burguesía es una lucha de clase contra clase, una lucha que, llevada a su expresión más alta, significa una revolución total. ¿Hay que extrañarse, por lo demás, de que una sociedad fundada en el antagonismo de clases desemboque en la contradicción brutal, <!-- S. 140 --> en el choque cuerpo a cuerpo, como solución final? No se diga que el movimiento social excluye el movimiento político. No hay movimiento político que no sea al mismo tiempo social. Solo en un orden de cosas en el que no haya clases ni antagonismo de clases dejarán las evoluciones sociales de ser revoluciones políticas».

Estas frases se leen como un borrador del *Manifiesto comunista*. Sin duda *Miseria de la filosofía* constituye el trabajo preparatorio más maduro, el fruto precursor más logrado de este escrito programático clásico que, medio año después, en la temperatura ardiente de la víspera de la revolución, iba a caer en el regazo del proletariado desprevenido como un regalo del destino.

### *Vormärz*[^t-23-1]

Si los pensamientos y las ideas son —según Marx— copias de la realidad de la vida, reflejos de vivencias y experiencias prácticas, también los pensamientos y las teorías de Marx tenían que tener su sustrato en las condiciones económicas y políticas de la época. Sus teorías tenían que revelarse como lo material de su mundo circundante y de sus contemporáneos traducido en la cabeza humana.

¿Qué imagen ofrece, pues, un análisis de la situación social, de la vida económica y de las relaciones políticas de los años cuarenta?

Todos los fenómenos indicaban que la Europa continental estaba preñada de una revolución.

En Francia la burguesía había llegado al poder en 1830, pero solo en su capa superior, la aristocracia financiera. Esta supo convertir hábilmente su posición de dominio, con ayuda de empréstitos y suministros del Estado, sobornos, malversaciones, maniobras financieras dudosas, etc., en una fuente fecunda de enriquecimiento. <!-- S. 141 --> «La monarquía de Julio», dice Marx, «no era más que una sociedad por acciones para la explotación de la riqueza nacional francesa, cuyos dividendos se repartían entre ministros, Cámaras, 240000 electores y su séquito. Luis Felipe era el director de esta compañía».

Pero, cuanto más tiempo pasaba, más se fortalecía el capital productivo, favorecido por la gran serie de inventos científico-técnicos y por el gran auge de la maquinaria, hasta el punto de poder alargar la mano, por encima del hombro del capital financiero, hacia el timón del gobierno. Empezó a sentirse elemento de la economía nacional y fuerza que sostenía al Estado, se rebeló contra la tutela y el descuido de sus intereses por parte de los banqueros y los reyes de la Bolsa y reclamó su parte en el poder legislativo.

Sus reivindicaciones iban acompañadas de un eco sordo, que crecía amenazador, en lo hondo del proletariado. Aquí innumerables grupos, sociedades secretas y sectas, bajo la dirección de un abigarrado corro de reformadores, exaltados, predicadores de la salvación, apóstoles de la felicidad y músicos del porvenir, buscaban el camino que llevara de una miseria indecible a una existencia humana mejor.

La estancia en París, el estudio a fondo de la literatura socialista y el trato con representantes destacados de escuelas y sistemas utopistas habían llevado a Marx al centro de este mundo en fermentación y en lucha. Y no era, en verdad, solo un mundo de la idea y de las teorías, sino sobre todo un mundo en el que hecatombes de personas sucumbían al hambre y al tormento del trabajo, donde el sudor y las lágrimas de mujeres extenuadas blanqueaban el hilado de sus manos, donde la miseria de los niños explotados clamaba al cielo sin ser oída.

También en Alemania la burguesía, gracias al enorme progreso en el desarrollo de las relaciones de producción, <!-- S. 142 --> había experimentado durante los años treinta y cuarenta un auge poderoso. Nada menos que el propio Marx nos ha dejado una descripción plástica de la situación en que se encontraban entonces las distintas capas de la población: «La burguesía sentía su fuerza y estaba decidida a no seguir soportando las cadenas con que un despotismo feudal y burocrático oprimía sus negocios comerciales, su capacidad industrial, su actuación común como clase. Una parte de la nobleza rural se había transformado hasta tal punto en productora de mercancías para el mercado que tenía los mismos intereses que la burguesía y se unía a ella. La pequeña burguesía estaba descontenta, refunfuñaba por los impuestos, por los obstáculos que se ponían en el camino de su actividad comercial, pero no tenía ningún programa determinado de reformas que prometiera asegurar su posición en el Estado y en la sociedad. El campesinado estaba agobiado, en parte por las cargas feudales, en parte por las exigencias de los usureros y los abogados. Los obreros de las ciudades estaban dominados por el descontento general, odiaban por igual al gobierno y a los grandes capitalistas industriales y sucumbían al contagio de las ideas socialistas y comunistas. En suma, la oposición formaba una masa heterogénea, impulsada por los intereses más diversos, pero dirigida más o menos por la burguesía. Del otro lado, en Prusia, un gobierno abandonado por la opinión pública, abandonado incluso por una parte de la nobleza, apoyado en un ejército y una burocracia que cada día se contagiaban más de las ideas de la burguesía opositora y estaban más sometidos a su influencia. Y por si fuera poco, un gobierno con las arcas completamente vacías, que no podía conseguir ni un céntimo para cubrir el creciente déficit sin capitular ante la oposición de la burguesía».

<!-- S. 143 --> La revolución, pues, flotaba en el aire. En Alemania como en Francia. También la burguesía empezó a dirigir su atención a la cuestión social y al problema de la revolución. En la prensa se acumulaban los tratados sobre el trabajo, el pauperismo, la reforma de la sociedad, los perjuicios de la competencia y de los monopolios, el librecambio y los aranceles proteccionistas, el socialismo y cosas por el estilo. Incluso la *Kölnische Zeitung*, el órgano oficioso del gobierno, siguió, después de las sublevaciones de los tejedores en el Eulengebirge, que dejaron una fuerte conmoción, el ejemplo de periódicos liberales y organizó una colecta para los deudos de los rebeldes caídos. Jung escribía a Marx: «Todos los días pauperismo, socialismo, etc.; este ha agarrado un jirón, aquel otro... por fin se lo cree el filisteo alemán, lo que se le canturrea a diario sin asustarlo; sí, al final hasta repartiría, si durante un par de años se le dijera todos los días que es necesario». Por todas partes surgían clubes y camarillas comunistas que celebraban reuniones y discusiones sin pedir permiso a la policía. Ya en 1844 Engels había escrito a Marx desde Barmen: «Se vuelva uno hacia donde se vuelva, tropieza con comunistas». Y en un artículo para el *New Moral World* de Owen, del 14 de diciembre de 1844, había anunciado que en el breve lapso de un solo año se había formado en Alemania un fuerte partido socialista que, aunque solo se apoyaba todavía en la clase media, esperaba entrar pronto en contacto también con la clase obrera. La capa de hielo de la reacción empezaba a resquebrajarse. Marzo se anunciaba.

Naturalmente, esta revolución, por su carácter, solo podía ser una revolución burguesa, destinada a liberar las fuerzas de la economía capitalista y a crear una forma de Estado que correspondiera a las necesidades y los intereses de la burguesía. Si la burguesía no quería quedarse atrás frente a la competencia extranjera en el despliegue de sus fuerzas productivas <!-- S. 144 --> y en la ampliación de su margen económico, ni volver a perder su acceso, penosamente conquistado, al mercado mundial, tenía que conseguir el poder de disposición sobre el aparato del Estado, cuyas fuerzas y relaciones habían de ayudarle a conquistar y asegurar la anhelada importancia capitalista en el mundo. Victoria o derrota de la revolución significaban para ella progreso o retroceso en la afirmación inmediata de su vida y en su desarrollo.

Por el estudio de la historia y la comprensión de las leyes del acontecer histórico, a la que le había ayudado la concepción materialista de la historia, Marx había llegado a ver con claridad que, con el éxito de la revolución burguesa, las reivindicaciones de la burguesía se verían satisfechas, pero las esperanzas y aspiraciones de las masas se quedarían con las manos vacías. Veía con claridad la época en que vivía y actuaba hasta su desenlace; más aún, veía más allá. Su mirada abarcaba ya la época siguiente. Y como pensaba en décadas y contaba con generaciones, la revolución burguesa se le presentaba en la perspectiva histórica solo como el umbral de la revolución futura, de la revolución proletaria. Aquí la revolución social solo era engendrada, todavía no nacida. Mientras el burgués esperaba de la revolución inminente el final de sus luchas y el cumplimiento de sus deseos, Marx sabía que el proceso revolucionario que empezaba a desplegarse solo terminaría con la nueva destrucción del orden burgués.

Con todo, Marx reconocía la necesidad histórica de ayudar por el momento a la revolución burguesa a abrirse paso y a triunfar. Pues solo por el camino abierto por la burguesía podía el proletariado alcanzar la etapa de desarrollo <!-- S. 145 --> que la historia le había asignado. El proletariado de Inglaterra, Francia y América le mostraba claramente cómo la dominación de la burguesía no solo le proporcionaba armas totalmente nuevas para la lucha política, sino que además, al reconocer su legitimidad como partido político, le concedía un lugar incomparablemente más favorable en el frente de la lucha política.

Por eso Marx no omitió nada que prometiera ser útil a la preparación y al advenimiento de la revolución burguesa. En Bruselas se puso en contacto con los radicales de la ciudad, participó en la fundación de la Asociación Democrática, fue su vicepresidente y habló en su representación como delegado en el mitin polaco de Londres de 1847. Además escribió para la *Deutsche-Brüsseler-Zeitung*, una hoja de tendencia revolucionaria editada por el mismo Bornstedt que había redactado el *Vorwärts* de París. Y hasta consiguió, con sus partidarios, poner finalmente la hoja por entero bajo su influencia y tomar posición en ella sobre cuestiones de actualidad, sobre todo el proteccionismo y el librecambio. Además sostuvo en ella con Engels una violenta polémica contra Carl Heinzen, un viejo fanfarrón revolucionario que, huido de Alemania por lesa majestad, trataba de colocar en artículos groseros una variedad algo zafia y de cosecha propia de comunismo. Una segunda polémica iba dirigida contra el asesor del consistorio Hermann Wagener, que en el *Rheinischer Beobachter* intentaba propagar un socialismo gubernamental adornado de cristianismo. De cómo le paró los pies, baste un pasaje como prueba: «Los principios sociales del cristianismo han tenido ya mil ochocientos años para desarrollarse y no necesitan ningún desarrollo ulterior por parte de consejeros del consistorio prusianos. Los principios sociales del cristianismo justificaron la esclavitud antigua, glorificaron la servidumbre <!-- S. 146 --> medieval y se prestan igualmente, en caso de necesidad, a defender la opresión del proletariado, aunque sea con cara un poco compungida. Los principios sociales del cristianismo predican la necesidad de una clase dominante y de una clase oprimida, y para esta última solo tienen el piadoso deseo de que aquella sea benéfica. Los principios sociales del cristianismo trasladan al cielo la compensación consistorial de todas las infamias y justifican con ello la persistencia de esas infamias en la tierra. Los principios sociales del cristianismo declaran todas las vilezas de los opresores contra los oprimidos o bien justo castigo del pecado original y de otros pecados, o bien pruebas que el Señor, en su sabiduría, impone a los redimidos. Los principios sociales del cristianismo predican la cobardía, el desprecio de sí mismo, la humillación, el servilismo, la humildad, en suma, todas las cualidades de la canalla, y el proletariado, que no quiere dejarse tratar como canalla, necesita su valor, su dignidad, su orgullo y su independencia mucho más que su pan. Los principios sociales del cristianismo son mojigatos, y el proletariado es revolucionario». Con esto quedó despachado Wagener, para reaparecer al cabo de un año como redactor jefe de la piadosa *Kreuzzeitung* de Berlín, con Bruno Bauer a su lado como colaborador.

El conflicto más serio y penoso lo tuvo Marx en Bruselas con Wilhelm Weitling, el único gran socialista utópico de Alemania, y además simpático y digno de veneración. Este pobre sastre de Magdeburgo, hijo de una criada, que como oficial artesano se había empapado en París de las ideas de Saint-Simon y de Fourier y más tarde había tenido que pagar en Suiza su abnegada propaganda con una larga prisión, había atraído sobre sí las miradas del mundo con su libro *Garantías de la armonía y de la libertad*. <!-- S. 147 --> Marx lo había llamado con entusiasmo «un brillante debut literario» y había augurado al proletariado, con tales «gigantescos zapatos de niño», un pronóstico favorable. En Bruselas, sin embargo, donde Weitling apareció en la Asociación Obrera, resultó que no había avanzado en su evolución, pero en cambio se había procurado una gran presunción de superioridad; seguía montando el caballo de batalla de la utopía y la conspiración y se veía perseguido en todas partes por envidiosos y rivales. Cuando un día Marx insistió en que se rechazaran las fantásticas efusiones sentimentales que se hacían pasar por comunismo, Weitling tomó partido por el espíritu exaltado utopista, con lo que se llegó a la ruptura abierta entre él y Marx. Con el funesto don de dirimir toda diferencia de fondo de modo que dejara el aguijón envenenado de la ofensa personal, Marx se hizo también de Weitling un enemigo irreconciliable.

Sin ningún miramiento, sin importarle si era amigo o enemigo, Marx fue sacando de la maraña y la niebla de un desarrollo en fermentación y en ascuas la línea clara y férrea de la lucha de clases. Inexorable y con tenacidad obstinada, se aferró a un círculo de ideas cuyo centro era la teoría de la lucha de clases. Fue el primero que concibió el socialismo como resultado de un desarrollo que rueda por sí mismo y rompió por principio con el utopismo. El primero que vio en las masas proletarias a los ejecutores de este desarrollo. El primero que contó con el capitalismo como una época inevitable del desarrollo, como un hecho económico y político que no puede eliminarse discutiendo o cavilando ni sortearse con jugadas tácticas. El primero que en su actitud general se identificó con la situación social del proletariado, que declaró lucha de clases diaria, de cada hora. Todo lo que amenazaba con confundir u oscurecer esta línea clara, <!-- S. 148 --> afilada como un cuchillo, esta coherencia inequívoca y cerrada, lo perseguía con la saña de un león irritado.

También los utopistas habían dirigido su mirada hacia un futuro socialista y habían luchado por un ideal de sociedad. Pero querían levantar su construcción social como el piso inmediatamente superior por encima del feudalismo, y o bien eludir el capitalismo o bien tratar de ganarlo mediante el entendimiento. Lo que anunciaban como doctrina de salvación lo daban como regalo, con aire de protectores y gesto de beneficencia. Actuaban bajo el impulso de motivos éticos o la influencia de emociones sentimentales, movidos por la compasión, vencidos por la emoción, aguijoneados por el odio. Su socialismo tenía que seguir siendo un bello juego en las nubes, porque desconocían lo más elemental, lo más esencial de toda sociedad: la realidad. Porque, además, no tenían ni idea de la legalidad propia del acontecer histórico: la dialéctica. Y porque, por último, creían poder prescindir del motor vivo del movimiento que conduce al socialismo: el proletariado combativo en la lucha de clases.

Marx trazó una gruesa raya entre él y estos utopistas. Y en una polémica diaria, que le creaba sin cesar nuevas legiones de enemigos, se demostró a sí mismo que su socialismo era el único auténtico y verdadero.

### La Asociación Obrera de Bruselas

Gracias a la actividad de Marx y Engels, Bruselas se había convertido en el curso de dos o tres años en una central comunista.

Desde aquí partían hacia el mundo entero corrientes poderosas e incesantes de estímulo, de despertar, de clarificación y de influencia. Y aquí confluían innumerables hilos de enlace con todos los focos revolucionarios, con representantes de la idea comunista, con movimientos afines, de la misma orientación aunque guiados por otros principios, <!-- S. 149 --> en Francia, Inglaterra, Alemania, Polonia y Suiza.

Una extensa correspondencia con todas las personalidades que de algún modo entraban en consideración para las ideas modernas y el comunismo tejía sin cesar nuevas mallas en la ya de por sí tupida red de relaciones. Los frecuentes viajes que Engels hacía a París servían para informar a los amigos de allí, para ganar y formar nuevos colaboradores, y ayudaban a poner claridad en la maraña de una babélica confusión de lenguas utópica. En lugar de Saint-Simon y Fourier, cuyas doctrinas estaban superadas y solo seguían viviendo en la tradición, habían aparecido Cabet, Weitling y Proudhon, que contaban con gran afluencia de intelectuales y de obreros. Entre ellos encontraban todavía su público confusionarios como Karl Grün, conspiradores como Mazzini, socialistas cristianos y todas las variedades de redención del mundo estética, moral y sentimental.

En esta abigarrada mezcolanza de fenómenos, Bruselas era ya un polo de calma y una Meca para gran número de espíritus serios que se interesaban por el comunismo, querían discutir cuestiones importantes con Marx o con Engels, necesitaban su consejo, pedían esclarecimiento o se ofrecían a colaborar. De Londres había llegado, junto a Wilhelm Weitling, el silesio Wilhelm Wolff, que pronto se unió estrechamente a Marx y le permaneció fiel. De Suiza llegó Sebastian Seiler; de Westfalia, Joseph Weydemeyer; del valle del Wupper, Kriege, que se marchó a América. De París trajo Engels al joven y talentoso cajista Stephan Born. En la propia Bruselas destacaban, en el círculo de partidarios y simpatizantes, sobre todo Gigot, que trabajaba en la biblioteca municipal, y Heilberg, que editaba un pequeño periódico obrero.

El punto de reunión general era la Asociación Obrera Alemana, <!-- S. 150 --> fundada en relación con la Sociedad Democrática. Se reunían los miércoles y los sábados, discutían cuestiones de actualidad, daban conferencias, hacían resúmenes semanales, organizaban cursos. «Aquí se discute —escribía Marx a Herwegh— de manera completamente parlamentaria, y además hay también entretenimiento social, canto, declamación, teatro, etc. ... Cuando vuelvas a venir, verás que en la pequeña Bélgica hay más que hacer para la propaganda inmediata que en la gran Francia». Solo uno, Bakunin, que también se había presentado en Bruselas, no encontraba gusto en la actividad de la Asociación Obrera. Bakunin y Marx ya habían entrado en contacto en París. Un ruso del círculo de Bakunin había escrito entonces lo siguiente sobre Marx: «Marx representa el tipo de hombre compuesto de energía, voluntad firme y convicciones inquebrantables, un tipo sumamente notable también en su aspecto exterior. Con una espesa mata de pelo negro en la cabeza, manos velludas y el gabán abrochado de través, tenía sin embargo el aspecto de un hombre que posee el derecho y el poder de exigir respeto, se presente como se presente y haga lo que haga. Todos sus movimientos eran angulosos, pero audaces y seguros de sí. Todos sus modales contradecían bruscamente las costumbres tradicionales del trato social. Eran, sin embargo, orgullosos, en cierto modo desdeñosos, y su voz chillona, que sonaba como el metal, casaba curiosamente con sus juicios radicales sobre personas y cosas». Dado el crudo contraste de su orientación revolucionaria, entre Bakunin y Marx habían surgido pronto diferencias. «Me llamaba —declaró Bakunin más tarde— un idealista sentimental, y tenía razón; yo lo llamaba un hombre sombrío, desleal y vanidoso, y también tenía razón». Que Bakunin, que respondía así a un juicio sobre su visión del mundo <!-- S. 151 --> con un juicio sobre el carácter, se mantuviera de nuevo alejado de la Asociación Obrera de Bruselas por razones personales más que objetivas es fácil de comprender. «Marx lleva aquí —escribía desde Bruselas— el mismo vanidoso trajín que antes, echa a perder a los obreros convirtiéndolos en razonadores. La misma locura teórica y la misma insatisfecha satisfacción de sí mismo».

Un resumen de las conferencias que Marx dio entonces en la Asociación Obrera se entregó más tarde a un público más amplio en forma de artículos de periódico y, finalmente, como folleto de propaganda. Con el título *Trabajo asalariado y capital* constituye uno de los primeros trabajos fundamentales en los que Marx inició la crítica de la economía política y dejó consignados los resultados de su crítica. Es especialmente notable porque muestra cómo procede Marx en sus trabajos: tanteando, aprendiendo, creciendo lentamente; cómo encuentra al principio soluciones todavía imperfectas y da exposiciones torcidas, hasta que al fin, en largos períodos y tras estudios a fondo, llega a resultados acabados. Así, en este escrito es sobre todo el concepto de la mercancía fuerza de trabajo el que nos muestra el lento crecimiento del conocimiento económico de Marx.

La economía política clásica, como expone Engels en el prólogo, tomó de la práctica industrial la idea corriente del fabricante de que compraba y pagaba el trabajo de sus obreros. Esta idea había bastado perfectamente para el uso comercial, la contabilidad y el cálculo de precios del fabricante. Trasladada ingenuamente a la economía política, provocó en ella extraños extravíos y confusiones.

La economía se encuentra con el hecho de que los precios de todas las mercancías, entre ellos también el precio de la mercancía que ella llama «trabajo», cambian continuamente; que suben <!-- S. 152 --> y bajan a consecuencia de circunstancias muy diversas, que a menudo no guardan relación alguna con la producción de la mercancía misma, de modo que los precios parecen determinados por regla general por el puro azar. Ahora bien, en cuanto la economía apareció como ciencia, una de sus primeras tareas fue buscar la ley que se ocultaba detrás de ese azar que parecía dominar los precios de las mercancías y que en realidad dominaba a ese mismo azar. Dentro de los precios fluctuantes buscó el punto central fijo; partió de los precios de las mercancías para buscar, como ley reguladora de estos, el valor de las mercancías, a partir del cual habían de explicarse todas las fluctuaciones de los precios.

La economía clásica halló entonces que el valor de una mercancía estaba determinado por el trabajo contenido en ella, requerido para su producción. Con esta explicación se dio por satisfecha. Pero con ello, en cuanto aplicó esta determinación del valor a la mercancía trabajo misma, cayó de una contradicción en otra. ¿Cómo se determina el valor del «trabajo»? Por el trabajo necesario contenido en él. Pero ¿cuánto trabajo hay en el trabajo de un obrero durante un día, una semana, un mes, un año? Si el trabajo es la medida de todos los valores, el «valor del trabajo» solo podemos expresarlo en trabajo. Pero no sabemos absolutamente nada del valor de una hora de trabajo si solo sabemos que es igual a una hora de trabajo. Con ello no nos hemos acercado ni un pelo a la meta; no hacemos más que dar vueltas en círculo.

La economía clásica lo intentó con otro giro. Dijo: el valor de una mercancía es igual a sus costes de producción. Pero ¿cuáles son los costes de producción del trabajo? Para responder a esta pregunta, los economistas tuvieron que hacerle un poco de violencia a la lógica. En lugar de los costes de producción del trabajo mismo, que por desgracia no pueden averiguarse, investigaron ahora los costes de producción <!-- S. 153 --> del obrero. Y estos sí pueden averiguarse. Corresponden a la suma de medios de subsistencia —o de su precio en dinero— que por término medio son necesarios para hacerlo apto para el trabajo y mantenerlo, a él y a su familia.

Entonces se puso de manifiesto un resultado interesante. El valor del trabajo que el obrero recibía como salario quedaba considerablemente por debajo del valor del trabajo que el empresario se embolsaba como producto del trabajo. O bien el trabajo tenía dos valores, uno pequeño para el obrero y otro grande para el capitalista, o bien la fórmula era falsa, o bien allí había gato encerrado.

La economía clásica no resolvió esta cuestión. Su último vástago, la escuela ricardiana, sucumbió en gran parte ante la imposibilidad de resolver esta contradicción. La economía clásica se había metido en un callejón sin salida. El hombre que encontró la salida de ese callejón fue Karl Marx. Y el comienzo de la solución del enigma se hizo en las conferencias sobre *Trabajo asalariado y capital*.

Fue un paso de enorme importancia en el camino de la clarificación. Después de haber extraído a cincel del caos de la filosofía, la teoría social y la concepción de la historia conceptos claros, líneas nítidas, señales fiables, empezó ahora el mismo trabajo de explorador y espeleólogo también en el terreno de la economía política. En *Trabajo asalariado y capital*, como en *Miseria de la filosofía* —surgidos el mismo año—, Marx presentó sus primeros hallazgos sensacionales.

### El *Manifiesto comunista*

En el último tramo de la época de Bruselas se sitúa la relación de Marx con la autoridad central de la Liga de los Justos en Londres, que ya estaba en contacto con Engels.

En enero de 1847 llegó a Bruselas un miembro de esa autoridad central, <!-- S. 154 --> el relojero Moll, con plenos poderes de la Liga, para invitar a Marx y a Engels a ingresar en ella, ya que la Liga estaba dispuesta a situarse en el terreno de las concepciones teóricas que ellos defendían. Un congreso previsto debía ganar o expulsar a los elementos todavía reacios dentro de la Liga, cerrar el proceso de clarificación y verter el destilado programático en la forma propagandística de un manifiesto. Marx dio su conformidad, pues conservaba desde París la buena opinión que allí se había formado de la Liga.

El congreso se celebró en el verano de 1847 en Londres. Pero Marx no pudo asistir. En su lugar viajó a Londres Wilhelm Wolff, como representante de la comunidad de Bruselas, junto con Engels, que representaba a la comunidad de París. El congreso dio a la Liga nuevos estatutos y un nuevo nombre, pero no tomó todavía acuerdos definitivos; la decisión solo podía adoptarse después de que las distintas comunidades se hubieran pronunciado sobre los resultados provisionales de la reunión. Para comienzos de diciembre del mismo año se convocó un segundo congreso.

A finales de noviembre Marx viajó a Londres con Engels, con quien se encontró en Ostende, para participar primero, por encargo de la Sociedad Democrática de Bruselas, en el mitin que los Fraternal Democrats organizaban el 29 de noviembre con motivo del aniversario de la revolución polaca. Marx pronunció un discurso y entregó un mensaje. Inmediatamente después del mitin se celebró, en el mismo local —el de la Asociación Comunista de Formación Obrera en Great Windmill Street—, el congreso de la Liga de los Justos, que ahora se llamaba Liga de los Comunistas. El curso del congreso, que duró unos diez días, trajo la renuncia definitiva a la vieja doctrina del utopismo, el abandono de la <!-- S. 155 --> táctica conspirativa, la introducción de una nueva organización y la adhesión a un nuevo programa: derrocamiento de la burguesía, dominación del proletariado, abolición de la sociedad de clases e implantación de un orden económico y social sin propiedad privada y sin clases, todo ello enteramente en el sentido de la concepción marxiana. Al final, Marx y Engels recibieron el encargo de exponer en un manifiesto los principios comunistas de la plataforma revolucionaria recién creada.

A su regreso de Londres, Engels se puso enseguida a hacer un borrador que trataba de manera accesible, en forma de catecismo, veinticinco puntos como componentes fundamentales del programa. Marx se hizo esperar algún tiempo con el trabajo, pero luego se decidió por otra forma de exposición. Apoyándose en parte en manifiestos existentes, como los que entonces formaban parte del inventario de todo grupo político, de todo club y de toda secta, pero completamente original en el contenido e independiente en la marcha del pensamiento, nació, en el genial impulso de su generosa concepción, un manifiesto que era a la vez exposición histórica, análisis crítico, fijación programática y señalamiento profético de metas. Un escrito programático clásico, de una sola pieza; una obra maestra en cuanto a originalidad de las ideas, riqueza de pensamiento, unidad de la tarea y fuerza del lenguaje.

Con una plasticidad y una viveza inauditas, como Marx no las alcanzó nunca ni antes ni después, el *Manifiesto* describe el desarrollo histórico de la sociedad de clases hasta la cima del capitalismo moderno, de la burguesía y del moderno proletariado industrial. Y todo esto en una época en que el capitalismo luchaba todavía con todos los obstáculos de su despliegue, la burguesía apenas empezaba a establecerse como clase dominante y el proletariado solo aparecía en la escena política tímidamente <!-- S. 156 --> y en la penumbra de la indecisión histórica. El don extraordinario del espíritu de Marx —elevarse audazmente por encima de lo insuficiente de su realidad presente y, como desde el cenit de un alto firmamento, captar el curso del desarrollo hasta el lejano futuro de tal modo que no se le escapaban ni la ley ni la dirección, ni el cuadro de conjunto ni los detalles de ese curso—, esa admirable capacidad, brilla aquí con la luz más clara. Marx prevé todas las luchas y derrotas, etapas y virajes, peligros y victorias de este desarrollo. Observa los mecanismos del progreso, cuenta los peldaños del ascenso social, toma el pulso a la burguesía, oye los pasos del proletariado que avanza, ve la bandera victoriosa de la revolución social. Todo ello décadas antes de que fuera realidad, generaciones antes de que sucediera; todo ello, aunque reconocido de modo casi visionario, con una precisión minuciosa y una fidelidad a la realidad. Hoy han transcurrido ochenta años desde que apareció el *Manifiesto comunista*, y es tan actual, tan vivo y tan fiel al presente, tan inmediatamente nuestro hoy, como si hubiera salido ayer de la pluma del mejor conocedor de nuestro tiempo.

El *Manifiesto comunista* parte del hecho de que vivimos en una sociedad de clases que es producto histórico. En el presente, burguesía y proletariado se enfrentan como clases enemigas. Se condicionan mutuamente, pero su relación histórica es la lucha de clases. De ahí deriva Marx la idea fundamental del escrito: que la liberación del proletariado de la pobreza, la servidumbre, la explotación y la bajeza no es posible de ningún otro modo que mediante la superación del capitalismo, la eliminación de la sociedad de clases y del Estado de clase y la instauración de un orden comunista sobre la base <!-- S. 157 --> de la propiedad común y de la ausencia social de clases. En el cumplimiento de estas tareas reside el sentido y el fin de la revolución proletaria, que no es el resultado de una decisión arbitraria, sino la misión histórica de la clase obrera.

Es indispensable seguir con las propias palabras de Marx las líneas fundamentales de la exposición clásica de estas conexiones de la ciencia social.

«La historia de toda sociedad hasta nuestros días es la historia de luchas de clases».

«La moderna sociedad burguesa, surgida del ocaso de la sociedad feudal, no ha abolido los antagonismos de clase. Solo ha puesto nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas formas de lucha en lugar de las antiguas».

«Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, sin embargo, por haber simplificado los antagonismos de clase. Toda la sociedad se divide cada vez más en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases directamente enfrentadas: burguesía y proletariado».

«De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los villanos de las primeras ciudades; de este estamento de villanos se desarrollaron los primeros elementos de la burguesía.

El descubrimiento de América y la circunnavegación de África ofrecieron a la burguesía naciente un nuevo terreno. El mercado de las Indias Orientales y de China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el aumento de los medios de cambio y de las mercancías en general imprimieron al comercio, a la navegación y a la industria un impulso desconocido hasta entonces y, con ello, un rápido desarrollo al elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición.

El modo de explotación feudal o gremial de la industria ya no bastaba para la demanda, que crecía con los nuevos mercados. <!-- S. 158 --> La manufactura vino a ocupar su lugar.

Pero los mercados seguían creciendo, la demanda seguía aumentando. Tampoco la manufactura bastaba ya. Entonces el vapor y la maquinaria revolucionaron la producción industrial. El lugar de la manufactura lo ocupó la gran industria moderna; el lugar del estamento medio industrial, los millonarios industriales, los jefes de ejércitos industriales enteros, los burgueses modernos.

La gran industria ha creado el mercado mundial, preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial ha dado al comercio, a la navegación y a las comunicaciones por tierra un desarrollo inmenso. Este, a su vez, ha repercutido en la expansión de la industria, y en la misma medida en que se extendían la industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles, en esa misma medida se desarrollaba la burguesía, multiplicaba sus capitales y relegaba a segundo plano a todas las clases heredadas de la Edad Media».

«Cada una de estas etapas de desarrollo de la burguesía iba acompañada del correspondiente progreso político... El poder estatal moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa».

«La burguesía no puede existir sin revolucionar continuamente los instrumentos de producción, y con ello las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales... La continua transformación de la producción, la incesante conmoción de todas las condiciones sociales, la inseguridad y el movimiento perpetuos distinguen la época burguesa de todas las demás.

»La necesidad de una salida cada vez más amplia para sus productos empuja a la burguesía por todo el globo terrestre. Tiene que anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes».

<!-- S. 159 --> «Con el rápido perfeccionamiento de todos los instrumentos de producción y con las comunicaciones infinitamente facilitadas, la burguesía arrastra a la civilización a todas las naciones, hasta las más bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías son la artillería pesada con la que derriba todas las murallas chinas y con la que obliga a capitular al más obstinado odio de los bárbaros hacia los extranjeros. Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a apropiarse el modo de producción de la burguesía; las obliga a introducir en su seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. En una palabra, se crea un mundo a su imagen y semejanza».

«La burguesía suprime cada vez más la dispersión de los medios de producción, de la propiedad y de la población. Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en pocas manos. La consecuencia necesaria de ello fue la centralización política. Provincias independientes, apenas aliadas, con intereses, leyes, gobiernos y aduanas diferentes, fueron reunidas en una sola nación, un solo gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase, una sola línea aduanera».

«En cierto grado del desarrollo de los medios de producción y de cambio, las relaciones en que la sociedad feudal producía e intercambiaba, la organización feudal de la agricultura y de la manufactura, en una palabra, las relaciones feudales de propiedad, dejaron de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Frenaban la producción en lugar de fomentarla. Se convirtieron en otras tantas trabas. Había que romperlas, y se rompieron. Su lugar lo ocupó la libre competencia, con la constitución social y política adecuada a ella, con la dominación económica y política de la clase burguesa».

<!-- S. 160 --> «Ante nuestros ojos se produce un movimiento semejante. Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, la moderna sociedad burguesa, que ha hecho surgir como por encanto tan poderosos medios de producción y de cambio, se parece al hechicero que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha conjurado. Desde hace decenios, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las modernas fuerzas productivas contra las modernas relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que son las condiciones de vida de la burguesía y de su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales, que con su retorno periódico ponen en tela de juicio, cada vez de modo más amenazador, la existencia de toda la sociedad burguesa... Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía».

«Pero la burguesía no solo ha forjado las armas que le dan muerte; ha engendrado también a los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios.

En la misma medida en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, se desarrolla el proletariado, la clase de los obreros modernos... Estos obreros, que tienen que venderse al detalle, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio y están, por tanto, expuestos por igual a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado».

«Los antiguos pequeños estamentos medios, los pequeños industriales, comerciantes y rentistas, los artesanos y campesinos, todas estas clases caen en el proletariado, en parte porque su pequeño capital no basta para la explotación de la gran industria y sucumbe en la competencia con los capitalistas más grandes, en parte porque su habilidad queda depreciada por los nuevos modos de producción. <!-- S. 161 --> Así, el proletariado se recluta en todas las clases de la población».

«El proletariado atraviesa diversas etapas de desarrollo. Su lucha contra la burguesía comienza con su existencia.

Al principio luchan los obreros aislados, luego los obreros de una fábrica, luego los obreros de un ramo de trabajo en una localidad contra el burgués individual que los explota directamente. No dirigen sus ataques solo contra las relaciones burguesas de producción, sino contra los propios instrumentos de producción; destruyen las mercancías extranjeras que les hacen la competencia, rompen las máquinas, incendian las fábricas, tratan de reconquistar la posición perdida del obrero medieval.

En esta etapa, los obreros forman una masa dispersa por todo el país y dividida por la competencia. La cohesión masiva de los obreros no es todavía consecuencia de su propia unión, sino de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus propios fines políticos tiene que poner en movimiento a todo el proletariado, y por ahora todavía puede hacerlo. En esta etapa, pues, los proletarios no combaten a sus enemigos, sino a los enemigos de sus enemigos: los restos de la monarquía absoluta, los terratenientes, los burgueses no industriales, los pequeños burgueses. Todo el movimiento histórico se concentra así en manos de la burguesía; cada victoria alcanzada de este modo es una victoria de la burguesía.

Pero con el desarrollo de la industria no solo aumenta el proletariado; se concentra en masas mayores, su fuerza crece y él la siente más. Los intereses y las condiciones de vida dentro del proletariado se igualan cada vez más, a medida que la maquinaria borra cada vez más las diferencias del trabajo y reduce casi en todas partes el salario a un nivel igualmente bajo. <!-- S. 162 --> La creciente competencia de los burgueses entre sí y las crisis comerciales que de ella resultan hacen cada vez más fluctuante el salario de los obreros; el perfeccionamiento incesante de la maquinaria, que se desarrolla cada vez más deprisa, hace cada vez más insegura toda su situación vital; los choques entre el obrero individual y el burgués individual adquieren cada vez más el carácter de choques entre dos clases. Los obreros empiezan a formar coaliciones contra la burguesía; se unen para defender su salario. Fundan incluso asociaciones permanentes para abastecerse con vistas a los levantamientos ocasionales. Aquí y allá la lucha estalla en motines.

De vez en cuando los obreros vencen, pero solo de modo pasajero. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros. La favorecen los crecientes medios de comunicación creados por la gran industria, que ponen en contacto a los obreros de las diferentes localidades. Y basta ese contacto para centralizar las numerosas luchas locales, de carácter igual en todas partes, en una lucha nacional, en una lucha de clases. Pero toda lucha de clases es una lucha política».

«Esta organización de los proletarios en clase, y con ello en partido político, vuelve a romperse a cada momento por la competencia entre los propios obreros. Pero resurge una y otra vez, más fuerte, más firme, más poderosa. Arranca el reconocimiento en forma de ley de intereses concretos de los obreros, aprovechando las divisiones de la burguesía entre sí».

«Finalmente, en los tiempos en que la lucha de clases se acerca a su desenlace, el proceso de descomposición dentro de la clase dominante, dentro de toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan crudo y violento que <!-- S. 163 --> una pequeña parte de la clase dominante reniega de ella y se une a la clase revolucionaria ... Así como antes una parte de la nobleza se pasó a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al proletariado, y en particular una parte de los ideólogos burgueses que se han elevado hasta la comprensión teórica de todo el movimiento histórico».

«Las condiciones de vida de la vieja sociedad están ya aniquiladas en las condiciones de vida del proletariado. El proletario carece de propiedad; su relación con la mujer y los hijos ya no tiene nada en común con las relaciones familiares burguesas; el trabajo industrial moderno, el moderno sometimiento al capital, el mismo en Inglaterra que en Francia, en América que en Alemania, le ha despojado de todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión son para él otros tantos prejuicios burgueses, tras los cuales se ocultan otros tantos intereses burgueses.

Todas las clases anteriores que conquistaron el poder trataron de asegurar la posición vital ya adquirida sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de adquisición. Los proletarios solo pueden conquistar las fuerzas productivas sociales aboliendo su propio modo de apropiación anterior y, con ello, todo el modo de apropiación existente hasta ahora. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar; tienen que destruir todas las seguridades y garantías privadas existentes hasta ahora».

«Todos los movimientos anteriores fueron movimientos de minorías o en interés de minorías. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de la inmensa mayoría en interés de la inmensa mayoría. El proletariado, la capa inferior de la sociedad actual, no puede levantarse, no puede erguirse, sin hacer saltar por los aires toda la superestructura de las capas que forman la sociedad oficial».

<!-- S. 164 --> «Los comunistas apoyan en todas partes todo movimiento revolucionario contra el estado de cosas social y político existente.

En todos estos movimientos ponen en primer plano, como cuestión fundamental del movimiento, la cuestión de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos desarrollada que haya adoptado.

Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas. Declaran abiertamente que sus fines solo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen en ella nada que perder salvo sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.

¡Proletarios de todos los países, uníos!».

En el esbozo que transmiten estas frases concisas y contundentes de las secciones primera, segunda y cuarta, nos habla el alma revolucionaria del *Manifiesto comunista*.

Si se prescinde de la tercera sección, que en su crítica de las teorías y movimientos no marxistas solo podía llegar, naturalmente, hasta el año 1847, en él está contenido todo lo que el proletariado necesita en conocimiento elemental, en primera orientación científica, para las exigencias prácticas de la lucha de clases.

El desarrollo concreto del modo de producción capitalista, de la burguesía, del proletariado, de las luchas de clases modernas y del movimiento socialista ha confirmado plenamente, en todos sus aspectos y fases, la exactitud de esta descripción abstracta y anticipada del curso del desarrollo.

Ochenta años de la vida más viva atestiguan que el *Manifiesto comunista* no es un documento de papel de una erudición teórica ajena al mundo, sino que en él habla la ley de bronce del desarrollo y resuena el latido rítmico de la historia.

<!-- S. 165 -->

## Prueba

<!-- S. 166: leer -->

<!-- S. 167 -->

### El gallo galo

Marx había cerrado su artículo sobre la crítica de la filosofía del derecho de Hegel en los *Deutsch-Französische Jahrbücher* de 1843 con esta perspectiva profética: «Cuando se hayan cumplido todas las condiciones internas, el día de la resurrección alemana será anunciado por el canto estridente del gallo galo».

Hacia finales de los años cuarenta, las «condiciones internas» se habían cumplido, por lo pronto en Francia, hasta el punto de que el gallo galo podía dar con su canto la señal de una revolución.

Desde 1845 la penuria económica de los obreros y pequeños burgueses franceses se había agravado sin cesar. La enfermedad de la patata y las malas cosechas habían provocado escasez de alimentos y carestías, que se sentían tanto más amargamente y resultaban tanto más irritantes cuanto más desvergonzadamente celebraban los diez mil de arriba sus orgías de despilfarro y desenfreno. La inquietud general se vio reforzada por una gran crisis comercial e industrial que estalló en Inglaterra y pronto se extendió al continente. «Anunciada ya en el otoño de 1845 por la derrota masiva de los especuladores en acciones ferroviarias, aplazada durante el año 1846 por una serie de incidentes, como la inminente abolición de los aranceles del trigo, estalló finalmente en 1847 con las bancarrotas de los grandes comerciantes londinenses de productos coloniales, a las que siguieron pisándoles los talones las quiebras de los bancos rurales y el cierre de las fábricas en los distritos industriales ingleses ... En París, la crisis industrial tuvo además la consecuencia particular de arrojar sobre el comercio interior a una masa de fabricantes y mayoristas que en las circunstancias del momento ya no podían hacer negocios en el mercado exterior. Montaron grandes establecimientos, cuya competencia arruinó en masa a tenderos y comerciantes al por menor. De ahí un sinnúmero de quiebras en esta parte de la <!-- S. 168 --> burguesía parisiense, de ahí su actitud revolucionaria en febrero» (Marx).

Ciertamente, la burguesía estaba sumamente interesada en la caída de la aristocracia financiera, pero temía a las masas que necesitaba para esa caída. Conocía el extenso trabajo de zapa que se había realizado durante la monarquía burguesa y que ella misma había fomentado en parte. Incluso se inclinaba a sobrestimar su alcance y la madurez política de la clase obrera, y temía que en el cambio de gobierno se le escaparan las riendas de las manos. Por eso intentó provocar un cambio de gobierno, en primer lugar, sin movilizar a las masas.

Abrió una campaña por el derecho de sufragio con el objetivo de conquistar la mayoría del parlamento. Desde julio de 1847 organizó en toda Francia una serie de ruidosos banquetes reformistas en los que, entre el pescado y el asado, se discutían las posibilidades y los auspicios de la «revolución seca». El proletariado no tenía ni interés ni parte en estos métodos genuinamente burgueses de librar luchas políticas. Pero el gobierno de la aristocracia financiera, cuya política había de tender a desbaratar esta oposición, tuvo muy mala mano. Guizot y la mayoría de la Cámara no se avinieron a compromiso alguno, sino que rechazaron bruscamente las propuestas de reforma dirigidas a rebajar el censo, aumentar los escaños parlamentarios y admitir a las «capacidades». Con ello echaron aceite al fuego cuidadosamente alimentado del movimiento y le procuraron simpatías y adeptos en círculos cada vez más amplios. Luis Felipe intentó apagar el incendio que estallaba formando un ministerio liberal, pero llegó demasiado tarde. Antes de que nadie se diera cuenta, la llama de la revolución atravesó el tejado. El rojo gallo galo lanzó su señal a un mundo que aguzaba el oído.

<!-- S. 169 --> Marx y Engels fueron sorprendidos por completo por el estallido de la revolución. Desde lejos no habían podido juzgarse ni el ritmo ni la intensidad del desarrollo, y menos aún podían tenerse en cuenta los factores que en el último momento resultaron decisivos. Incluso en París, donde Engels estuvo en enero de 1848, el estado de la clase obrera en general y el de la Liga de los Comunistas en particular, en la medida en que constituían algún criterio, solo servían para confirmar el escepticismo más extremo. «Con la Liga las cosas van aquí de pena —escribía Engels a Marx con fecha del 14 de enero—. Nunca he visto semejante modorra y semejantes celos mezquinos de unos tipos contra otros. El weitlingismo y el proudhonismo son realmente la expresión más completa de las condiciones de vida de estos asnos, y por eso no hay nada que hacer. Unos son auténticos *Straubinger*,[^t-26-1] artesanos que envejecen; los otros, pequeños burgueses en ciernes. Una clase que vive de rebajar el salario a los franceses, como los irlandeses, es totalmente inservible. Hago ahora un último intento; si no sale bien, me retiro de esta clase de propaganda». De los dirigentes conocidos, en realidad solo el demócrata pequeñoburgués Flocon podía ganarse para la causa comunista, pero también él temía que desplegar abiertamente la bandera comunista causara a la idea revolucionaria más daño que provecho. Muy desengañado, Engels regresó el 31 de enero a Bruselas.

Tres semanas después estalló la revolución. En París hubo levantamientos callejeros; los obreros tomaron la iniciativa, subieron a la barricada, resistieron dos días bajo un fuego mortífero, derribaron el ministerio Guizot, volcaron el trono, lo quemaron ante la Columna de Julio en la plaza de la Bastilla y echaron del país al rey y a los ministros. El 24 de febrero se instauró un gobierno provisional y, bajo la <!-- S. 170 --> presión de las masas, a regañadientes pero sin fuerza para resistirse, se proclamó la república. Ledru-Rollin, Louis Blanc, Flocon y el obrero Albert formaban parte del gobierno provisional, que el 1 de marzo llamó a Marx a París mediante un escrito firmado por Flocon.

La autoridad central londinense de la Liga de los Comunistas, a la primera noticia del estallido de la revolución, había transferido inmediatamente sus atribuciones al grupo de Bruselas. Pero este acuerdo llegó a Bruselas, según cuenta Engels, cuando allí ya se había declarado el estado de sitio y el ejército actuaba sin miramientos contra reuniones, asociaciones y clubes. No cabía pensar en reunirse, y menos siendo extranjeros. Además, Marx, Engels y todos los demás estaban desde hacía días a punto de partir para París. Así que se decidió disolver la autoridad central y transferir todos los poderes personalmente a Marx, con la directriz de crear de inmediato en París un nuevo comité central. Apenas tomado el acuerdo, apareció la policía, irrumpió en el domicilio de Marx, lo detuvo junto con su mujer, retuvo a ambos una noche bajo custodia y al día siguiente los expulsó. Se fueron directamente a París.

La revolución había puesto en pie en París a todo el estado mayor de los sacerdotes de secta socialistas y pastores milagreros. Louis Blanc luchaba por el reconocimiento de la bandera roja como bandera nacional y por la creación de talleres nacionales. Proudhon, en violento rechazo de los experimentos de socialismo de Estado, predicaba «la organización del crédito y de la especulación». Bakunin incitaba sin descanso a nuevos golpes, de modo que Caussidière, el prefecto de las barricadas, exclamó desesperado: «¡Qué hombre! El primer día es maravilloso; el segundo habría que hacerlo fusilar». Otros, que por encima de las teorías y los programas no habían preparado proyectos para la

<!-- S. 171: Bildtafel „Arnold Ruge“ -->

<!-- S. 172: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 173 --> práctica, invocaban la ayuda del Estado para realizar la idea revolucionaria. Y otros más —como escribía Leroux a Cabet— se preguntaban cómo era posible fundar una república sin idea socialista. Entretanto, el pueblo, en el vértigo del primer éxito, plantaba con júbilo árboles de la libertad en los bulevares de París, se deleitaba con los ritmos de la *Marsellesa*, se embriagaba con desfiles y quemaba fuegos artificiales en las calles.

Los extranjeros, que se habían quedado de golpe sin ocupación y lo tenían difícil, se agruparon, siguiendo una fantástica ocurrencia de Herwegh, en legiones para llevar la lucha por la libertad a sus patrias. El gobierno acogió el plan, igual que había aceptado el de los talleres nacionales. Así como allí esperaba desacreditar a Louis Blanc ante las masas, aquí esperaba librarse a bajo precio de una incómoda masa de gente extranjera en París concediendo a los legionarios dinero para la marcha. El temperamento de Herwegh, que se inflamaba con facilidad, se empeñó especialmente en la formación de una legión alemana. Una vez más se convirtió en el héroe del día; viejos y jóvenes acudían a él, se armaban y apremiaban para partir. Entre los más jóvenes de sus voluntarios se encontraba Wilhelm Liebknecht, de 22 años, que, miembro de la Asociación Obrera Alemana de Zúrich, había corrido a París para tomar parte en las luchas que tentaban su sangre ardiente.

Marx llegó a París el 4 de marzo. Engels —jugarreta del destino— no tenía dinero para el viaje y no pudo seguirlo hasta el 25 de marzo. El 6 de marzo Marx apareció ya en la arena política. En una gran asamblea se opuso a la opereta revolucionaria romántica que Herwegh pensaba representar, con un análisis polémico frío, cortante y afilado. Llevar una legión a Alemania, dijo, significaba provocar a la reacción prusiana <!-- S. 174 --> a degollar militarmente la revolución. Frente a las armas de prusianos, austriacos y rusos, las legiones eran ridículos juegos de niños. Todo heroísmo quedaría triturado sin piedad hasta la nada. Con las legiones solo se prestaría el mejor servicio a la burguesía francesa, librándola de la pesadilla que le causaba la presencia de los elementos más revolucionarios de todo el mundo. En general, la idea de la legión era una inspiración de la burguesía, y Herwegh no era más que su instrumento. Marx, arrastrado por su celo y por el peso de sus argumentos, desoyó los gritos que lo tachaban de cobarde y la indignación por su deslizamiento a la demagogia, que siempre le ocurría en tales momentos. La asamblea no fue capaz de resistir a su tenacidad; la victoria de la revolución en Viena y Berlín, conseguida poco después, convirtió de todos modos la invasión revolucionaria en una cuestión superada. Pese a todo, Herwegh llevó todavía una tropa de obreros a Alemania. Fueron miserablemente despedazados en la insurrección de Baden y sellaron con su aniquilación lo acertado de la predicción de Marx.

En cumplimiento de su encargo, Marx se puso de inmediato en París a crear una nueva autoridad central de la Liga de los Comunistas. Quedó formada por Marx, Engels, Wolff y los miembros de la autoridad central londinense, que también habían llegado a París. A continuación se publicó un manifiesto redactado por Marx que contenía en diecisiete puntos las «Reivindicaciones del Partido Comunista en Alemania»: declaración de Alemania como república una e indivisible, retribución de los representantes del pueblo, armamento general del pueblo, transformación de las fincas principescas y feudales, de los ferrocarriles, canales, vapores, minas, pozos, etc., en propiedad del Estado, asunción de las hipotecas <!-- S. 175 --> por el Estado, limitación del derecho de herencia, implantación de fuertes impuestos progresivos y abolición de los impuestos sobre el consumo, creación de talleres nacionales, gratuidad de la enseñanza, etc. El foco de la actividad política fue un club comunista recién fundado, cuyo empeño se dirigía sobre todo a hacer pasar la frontera, con ayuda de Flocon, a un gran número de revolucionarios alemanes, para desencadenar en Alemania la revolución bajo su enérgica dirección y dominarla políticamente. Wolff marchó a Breslau; Schapper, a Nassau; Stephan Born, a Berlín.

Con ello, sin embargo, el movimiento de París, que ya de por sí no era muy vigoroso ni eficaz, quedó privado de sus miembros más capaces y fiables. Las tareas que urgían solución en extremada abundancia, variedad y alcance apenas podían ser abarcadas con la vista, y mucho menos acometidas, por los pocos que quedaban y estaban activos. Ni la participación y la diligencia más intensas pasaban de directrices y puntos de vista generales. En el momento —dice Engels— en que cesaron las causas que habían hecho necesaria la liga secreta, la liga secreta dejó también de significar algo.

Mientras en Francia el desarrollo se encaminaba hacia la consecuencia inevitable que se derivaba del carácter de la revolución como un mero relevo de capas dentro de la burguesía, Marx y Engels dirigieron la mirada a Renania, sede de la gran industria y de la gran burguesía, donde, según el conocimiento expuesto en el *Manifiesto comunista*, la revolución había de adoptar su forma más madura y dar sus frutos más plenos.

A comienzos de abril dejaron París y se apresuraron hacia Alemania.

<!-- S. 176 -->

### La *Neue Rheinische Zeitung*

La chispa revolucionaria había saltado a Prusia a través del sur de Alemania y de Austria.

En Baden, Wurtemberg y Baviera había prendido fuego a innumerables pelucas; en Viena había hecho subir en humo el decrépito edificio de la Santa Alianza, que crujía por todas sus junturas; en Berlín había hecho descargar la tormenta de marzo.

Al principio, Federico Guillermo IV había creído que la revolución se detendría respetuosamente ante Prusia. Por eso no se había apresurado en absoluto con concesiones ni con el otorgamiento de libertades burguesas. Había convocado la Dieta Unida para que le aprobara el dinero que Rothschild se negaba a conceder sin la sanción de los estamentos. No pensaba rendir mayor tributo al espíritu de la época.

La oposición liberal y democrática de la burguesía había avanzado al principio con fuerza, pero, cuando bajo la impresión de la revolución parisiense de febrero vio subir al gobierno incluso a obreros y socialistas, había retrocedido llena de miedo. El desarrollo, convertido en imparable por el peso de su gravedad histórica, la había arrollado, sin embargo. Obreros y pequeños burgueses habían liberado en su lugar el elemento de una nueva era.

Pero la burguesía contemplaba lo nuevo llena de inquietud. Mantenía la mirada fija en el gesto amenazador con que el proletariado francés presentaba sus reivindicaciones sociales en nombre de la revolución. Sobre todo el hecho de que en Francia fuera derrocada precisamente la forma de gobierno que ella pensaba erigir en Alemania, derrocada por hombres en los que reconocía a enemigos de la propiedad, del orden, de la religión y de todos sus ideales políticos y sociales, la hizo estremecerse de miedo y paralizó rápidamente su voluntad revolucionaria. Se horrorizó ante su futuro y huyó temblando a los brazos <!-- S. 177 --> de la nobleza y de la monarquía. Con el compromiso podrido en que se pusieron de acuerdo quedó decidido el destino de la revolución alemana.

Y con ello también el destino de la república alemana. En la euforia del primer éxito de las luchas de marzo, cuando todos los corazones estaban todavía arrebatados por el entusiasmo y llenos de audaces ilusiones, a los dirigentes radicales de la burguesía la república les parecía algo evidente como meta de la revolución. Y en el estado de ánimo político de las capas más amplias esta idea encontraba un eco favorable.

Pero ahora que la primera embriaguez se había disipado y la luna de miel revolucionaria tocaba a su fin, el cuadro cambió. Los filisteos exigían «fin de la revolución», las autoridades declaraban la calma primer deber cívico, la burguesía azuzaba contra los «agitadores» y los «extranjeros». La revolución se había convertido en un crimen; república era sinónimo de «robo, asesinato e invasión de los rusos». Esto ya se lo había comunicado Jung desde Colonia a Marx; y cuando Bakunin pasó en abril por Colonia, observó que la burguesía «rechazaba desesperadamente la república». Desde Fráncfort escribía Dronke que casi lo apedreaban a uno si se declaraba comunista. Marx y Engels no se engañaban, pues, sobre la atmósfera política que les esperaba en Alemania. Aun así llevaron a cabo su propósito. «En las circunstancias de entonces —escribe Engels más tarde— no podía caber duda para nosotros de que la gran lucha decisiva había comenzado, de que había de librarse en un único período revolucionario, largo y lleno de vicisitudes, pero de que solo podía terminar con la victoria definitiva del proletariado». Engels fue a Barmen, Marx a Colonia. Su plan era devolver a la vida la antigua *Rheinische Zeitung*, suprimida y enterrada por la reacción. En ella debía desplegarse la bandera de la revolución en el sentido del *Manifiesto <!-- S. 178 --> comunista*. Este plan se cruzó con aspiraciones que partían del lado democrático y comunista y apuntaban a la creación de un gran diario. Ciertamente no fue fácil vencer las resistencias que resultaban de la diversidad de los proyectos. Y aun entonces la base material de la empresa ofrecía grandes dificultades. La burguesía acomodada esquivaba con temerosa timidez toda discusión del problema revolucionario y mantenía preocupada la mano sobre el bolsillo. Engels, que conservaba vivo el recuerdo del movimiento comunista en el valle del Wupper y había puesto alguna esperanza en recibir ayuda de ese círculo, tuvo las mismas experiencias demoledoras. «La gente —escribía a Marx— huye como de la peste de la discusión de las cuestiones sociales; a eso lo llaman agitación. Si se difundiera aquí un solo ejemplar de nuestros diecisiete puntos, aquí estaría todo perdido para nosotros. El ánimo de los burgueses es realmente infame ... De mi viejo no hay manera de sacar nada. Para él ya la *Kölnische Zeitung* es un dechado de subversión, y en lugar de mil táleros preferiría echarnos encima mil balas de metralla».

Al fin se logró, sin embargo, encontrar el número necesario de accionistas, de modo que la fundación del periódico pudo llevarse a cabo, aunque sobre una base financiera muy débil. El 1 de junio de 1848 apareció en Colonia como *Neue Rheinische Zeitung*. La bandera roja de la revolución estaba izada.

En la redacción estaban, junto a Marx y Engels, los hermanos Wilhelm y Ferdinand Wolff, Ernst Dronke, Georg Weerth, Ferdinand Freiligrath y Heinrich Bürgers. Marx se ocupaba de la política alemana y tenía la dirección general, que ejercía con la soberana seguridad y claridad del dictador genial. En realidad no poseía talento periodístico, escribía con pesadez <!-- S. 179 --> y pulía largamente sus artículos; la facilidad con que Engels, en cualquier situación, echaba al papel sus ideas con fluidez y listas para la imprenta despertó siempre su envidia y su admiración. En cambio tenía la mirada absolutamente segura para lo justo, el juicio frío y claro no enturbiado ni desviado por ningún afecto, el punto de vista inquebrantable en todas las confusiones y vicisitudes y el dominio imperturbable de la situación. Engels, que era muy flexible y al que su gran capacidad de comprensión y de empatía hacía periodista nato, controlaba —gracias a sus variados conocimientos de idiomas— toda la prensa extranjera y seguía sobre todo los acontecimientos de Francia e Inglaterra. Freiligrath abastecía al periódico con el aliento patético de sus apasionadas canciones de revolución y de libertad, cuyo eco resonaba por toda Alemania. Los demás miembros de la redacción se integraban con sus fuerzas y sus contribuciones de un modo tan armonioso en el cuadro de conjunto de la colaboración que la *Neue Rheinische Zeitung* deja, de su primer a su último número, la impresión de una unidad acabada. Fue un logro de una sola pieza, un periódico revolucionario clásico.

En junio de 1848, cuando la *Neue Rheinische Zeitung* empezó a aparecer, la revolución estaba ya perdida por completo para el proletariado y a medias para la burguesía.

Todos los que no habían encontrado el valor de luchar para salvarla se aferraban ahora con sus esperanzas al valor de parlotear y soltar frases huecas: al parlamento. En la Paulskirche de Fráncfort debía consumarse —tal era su firme convicción—, por la vía de la legalidad, el orden y la moderación, la obra de la unidad y la libertad alemanas.

Dudar de ello se consideraba antipatriótico, igual que se consideraba criminal hablar todavía de revolución y barricadas.

<!-- S. 180 --> Cabe imaginar cómo se sintieron los ciudadanos de la buena ciudad de Colonia cuando tuvieron en sus manos el primer número de la *Neue Rheinische Zeitung*. Su leal mansedumbre de cordero quedaba rociada con la lejía corrosiva de una burla despiadada; su táctica de la sensatez quedaba desenmascarada como la cobardía del egoísmo; su esperanza política, la Asamblea Nacional, la veían expuesta al ridículo como «casa de charlatanes» y «concilio de viejas». La mitad de los accionistas se retiró de inmediato, y en el partido demócrata, del que se tenía por órgano a la *Neue Rheinische Zeitung*, hubo las más violentas disputas.

Pero la redacción no se dejó intimidar ni educar en un tono más suave. Número tras número continuó sus despiadados ataques contra el gobierno, la Asamblea Nacional, la reacción y la política de los compromisos podridos. Llegó la batalla de junio en París. Mientras los obreros franceses no comprendieron en absoluto el sentido de aquel baño de sangre y los obreros alemanes apenas tomaron nota de él, Marx aprovechó la ocasión para hacer un análisis cortante y afilado de la guerra civil, que también en Alemania se acercaba cada vez más amenazadora. Poniéndose sin reservas del lado de los combatientes de junio, escribió:

«El último resto oficial de la revolución de febrero, la Comisión Ejecutiva, se ha disipado como un espejismo ante la gravedad de los acontecimientos. Las bengalas de Lamartine se han transformado en los cohetes incendiarios de Cavaignac. La *fraternité*, la fraternidad de las clases opuestas, de las cuales una explota a la otra, esa *fraternité* proclamada en febrero, escrita con grandes letras en la frente de París, en cada cárcel, en cada cuartel: su expresión verdadera, auténtica, prosaica, es la guerra civil, la guerra civil en su forma más espantosa, la guerra entre el trabajo y el capital. Esta fraternidad resplandecía en todas las ventanas <!-- S. 181 --> de París la noche del 25 de junio, cuando el París de la burguesía se iluminaba mientras el París del proletariado ardía, se desangraba, agonizaba entre gemidos. La fraternidad duró exactamente mientras el interés de la burguesía estuvo hermanado con el interés del proletariado. La revolución de febrero fue la revolución hermosa, la revolución de la simpatía general, porque los antagonismos que estallaron en ella contra la monarquía dormitaban, sin desarrollar, apaciblemente uno junto a otro; porque la lucha social que constituía su trasfondo solo había alcanzado una existencia etérea, la existencia de la frase, de la palabra. La revolución de junio es la revolución fea, la revolución repulsiva, porque en lugar de la frase ha aparecido la cosa, porque la república ha descubierto la cabeza del monstruo mismo al cortarle la corona que lo protegía y lo ocultaba. ¡Orden!, era el grito de guerra de Guizot. ¡Orden!, grita Cavaignac, el eco brutal de la Asamblea Nacional francesa y de la burguesía republicana. ¡Orden!, tronaba su metralla al despedazar el cuerpo del proletariado. Ninguna de las numerosas revoluciones de la burguesía francesa desde 1789 fue un atentado contra el orden, pues dejaban subsistir la dominación de clase, la esclavitud de los obreros, el orden burgués, por mucho que cambiara la forma política de esa dominación y de esa esclavitud. Junio ha tocado este orden. ¡Ay de junio!».

Este artículo, publicado el 29 de junio, provocó viva indignación entre los miembros del partido demócrata. Se desató una verdadera batida contra la *Neue Rheinische Zeitung* y en especial contra Marx. La *Kreuzzeitung* instó a las autoridades a intervenir contra esa «insolencia del tamaño del Chimborazo», y el Ministerio de Justicia del Reich pidió a la fiscalía que se abriera un proceso penal.

Imperturbable y sin miedo, el periódico prosiguió su <!-- S. 182 --> combate acorazado. Si ahora había perdido también la otra mitad de los accionistas, los redactores renunciaron a su sueldo para impedir el hundimiento económico. Se organizaron con austeridad. Marx entregó su última pequeña fortuna; hubo que apretar los dientes. ¡Ahora más que nunca!, era la consigna desafiante que había que mantener. Se declaró sin ambigüedad como tarea de la prensa democrática impulsar la revolución, al lado del proletariado combatiente, hasta la victoria sobre la reacción.

### En el partido demócrata

Mientras la *Neue Rheinische Zeitung*, al amparo del partido demócrata, forjaba el hierro de la revolución, los antiguos miembros de la Liga de los Comunistas que se habían trasladado también a Colonia no permanecieron en absoluto inactivos. Al contrario, su pasado revolucionario les daba la conciencia de que eran ellos los llamados en primer lugar a servir ahora también al presente revolucionario. Desplegaron su actividad preferentemente en el terreno de la organización y de la propaganda oral.

Al estallar la revolución en Alemania, la situación de la Liga de los Comunistas era muy sombría. Cuando Wilhelm Wolff viajó de París a Breslau, informó desde Colonia de que allí «la Liga vegetaba en gran desconexión»; desde Berlín, de «que la Liga existía de forma muy laxa», que eran «unas veinte personas que, ciertamente, se mantienen muy unidas, pero en realidad sin forma alguna»; desde Breslau, de que «no existía nada de organización». Igual de desoladores eran los informes de otras ciudades y provincias. Dronke se sintió feliz cuando pudo comunicar el 5 de mayo que en Coblenza había «constituido una comunidad y admitido hasta ahora cuatro miembros», que en Fráncfort había «ganado ya a dos personas muy capaces y otras estaban en camino», <!-- S. 183 --> que en Hanau y Kassel había perspectivas de constituir la Liga, mientras que en Maguncia había encontrado la Liga «en completa anarquía».

La organización estaba, pues, en mal estado y había trabajo de sobra. Schapper y Moll habían llegado a Colonia al mismo tiempo que Marx y habían empezado su actividad tendiendo una red de asociaciones obreras sobre Renania y Westfalia, para abarcar organizativamente estas provincias políticamente importantes. Se trataba tanto de crear puntos de apoyo para acciones revolucionarias como de conquistar una retaguardia de lectores para el periódico. En el valle del Wupper, Engels había puesto en marcha la fundación de asociaciones obreras comunistas.

Este trabajo de zapa tenía que atraer pronto la atención de las autoridades. Aunque en la fortaleza de Colonia había ocho mil hombres de tropa, el gobierno no consideraba todavía el orden suficientemente asegurado. Desplazó en gran número tropas fiables del este a la provincia del Rin, para intervenir en caso necesario. Pero, ante la desgana de lucha y el letargo que se extendían por todo el Reich, nadie pensaba en un alzamiento local. Marx y Engels advertían contra las imprudencias y los excesos golpistas, con los que no se hacía más que el juego al adversario. Al mismo tiempo, sin embargo, discutían con toda franqueza, para el caso de un golpe de Estado, que flotaba en el aire, la actitud que a su juicio debía adoptar el pueblo.

La demostración práctica de estas consideraciones teóricas la proporcionó una gran asamblea popular al aire libre celebrada en Colonia, ante la que habló Heinrich Bürgers en el sentido de la *Neue Rheinische Zeitung*. Una resolución presentada por Engels instaba a la Asamblea Nacional de Berlín a cumplir con su deber, en caso de que se intentara disolverla y eliminarla, hasta la resistencia incluso contra la <!-- S. 184 --> fuerza de las bayonetas. Al mismo tiempo, a propuesta de Wilhelm Wolff, se exigió la creación de un comité de seguridad para Colonia.

Una segunda asamblea popular, con la misma tendencia y un desarrollo aún más imponente, se celebró en un prado junto a Worringen, a orillas del Rin. Merece mención especial porque en esta manifestación participó también una delegación de Düsseldorf cuyo portavoz era Ferdinand Lassalle, de 23 años. Lassalle, que vivía entonces en Düsseldorf, participaba vivamente en el trabajo político del partido demócrata. Ya había enviado a menudo contribuciones y noticias a la *Neue Rheinische Zeitung* y mantenía correspondencia con la redacción. Aquí se encontró por primera vez con Engels. Marx, que ya no tenía la ciudadanía prusiana y debía temer constantemente su expulsión, se había mantenido alejado de las manifestaciones para no dar a las autoridades un pretexto fácil, aunque era su verdadero inspirador.

En efecto, poco después se produjeron disturbios que dieron a la fuerza militar ocasión de intervenir. Schapper, Moll y el pasante Hermann Becker, futuro alcalde de Colonia, fueron detenidos. Se declaró el estado de sitio en la ciudad. La *Neue Rheinische Zeitung* fue prohibida. Engels, Wilhelm Wolff y Dronke, como principales implicados, sabían que les esperaba con seguridad un largo arresto. Por eso abandonaron el campo. Wolff desapareció en el Palatinado. Engels corrió a Barmen para destruir toda su correspondencia y de allí —tras una violenta disputa con su padre— marchó con Dronke a Bruselas. Allí ambos fueron detenidos, expulsados y conducidos bajo custodia a la frontera francesa. Su siguiente estación fue París, que Engels cambió pronto por Suiza.

Marx permaneció en Colonia sin ser molestado, hizo incluso aparecer ilegalmente el periódico durante el estado de sitio y <!-- S. 185 --> entabló una relación más estrecha con Lassalle, que probablemente participó también en el congreso del partido demócrata que se reunió en Colonia y al que Marx asistió como delegado. Allí se trataba de imponer la línea radical que defendía Marx, tarea que exigía desplegar gran energía y actividad. Qué figura hizo Marx en ello lo describe un relato de Karl Schurz, de 19 años, que junto con Gottfried Kinkel figuraba también entre los asistentes al congreso. «Marx tenía entonces —se dice allí— treinta años y era ya el jefe reconocido de una escuela socialista. Aquel hombre rechoncho, de complexión vigorosa, con la frente ancha, el pelo y la barba cerrada negros como la pez y los ojos oscuros y centelleantes, atrajo de inmediato la atención general. Tenía fama de ser un sabio muy importante en su materia, y como yo sabía poquísimo de sus descubrimientos y teorías socioeconómicos, estaba tanto más ávido de recoger de los labios del célebre hombre palabras de sabiduría. Esta expectativa quedó defraudada de una manera singular. Lo que Marx decía era, en efecto, sustancioso, lógico y claro. Pero nunca he visto a un hombre de una arrogancia tan hiriente e insoportable en su comportamiento. A ninguna opinión que se apartara de la suya le concedía el honor de una consideración medianamente respetuosa. A todo el que le contradecía lo trataba con un desprecio apenas velado. A todo argumento que le desagradaba respondía, o bien con una burla mordaz sobre la lamentable ignorancia, o bien con una sospecha infamante sobre los motivos de quien lo había expuesto. Recuerdo todavía bien el tono cortante y burlón, casi diría escupido, con que pronunciaba la palabra "burgués"; y como "burgués", es decir, como ejemplo inconfundible de un profundo empantanamiento espiritual, denunciaba a todo el que se atrevía <!-- S. 186 --> a contradecir sus opiniones. No era de extrañar que las mociones defendidas por Marx no prosperaran en la asamblea, que aquellos cuyos sentimientos había herido con su comportamiento se inclinaran a votar todo lo que él no quería, y que no solo no hubiera ganado partidarios, sino que hubiera rechazado a muchos que quizá habrían podido llegar a serlo».

El retrato no es halagador y, sin embargo, debe de ser exacto, pues coincide con descripciones que también otros han dado de Marx. El teniente Techow se expresó sobre Marx dos años después casi con las mismas palabras.

El carácter de un hombre no es motivo de vergüenza para él. Las descripciones solo indican que Marx, a pesar de sus treinta años, de sus enormes logros y de su fama de sabio y de político, seguía siendo el hombre profundamente inseguro que luchaba por su valía y temblaba por su prestigio, tal como lo hemos conocido en sus años más jóvenes. Pues su exaltada conciencia de sí, su arrogancia, su afán de tener siempre razón y su intolerancia no eran sino los encubrimientos, conocidos por todo conocedor del hombre, de un sentimiento de la propia valía insólitamente bajo, que le obligaba sin descanso a rechazar con una susceptibilidad irritada, incluso sobreexcitada, todo peligro que le amenazaba o parecía amenazarle con quedar en evidencia. No podía escuchar con calma y paciencia a nadie que pensara de otro modo, porque temía que este, al desarrollar por extenso sus ideas, pudiera convencer o tener razón. Tenía que acallar a gritos toda opinión ajena, porque temblaba ante el fantasma imaginario de que esta pudiera encontrar partidarios y él quedarse con las manos vacías. Tenía que desvalorizar y denigrar a todo adversario, porque esperaba, mediante ataques personales, invalidar la solidez de los argumentos contrarios, rebajar el valor de la causa y frustrar el seguimiento <!-- S. 187 --> del contrincante. No podía tolerar a ningún rival, porque le martirizaba sin cesar el miedo de que en algún punto pudiera resultar que no era él, sino el rival, el más listo de todos los listos, el más capaz de todos los capaces, el más revolucionario de todos los revolucionarios.

Al presentarse seguro de sí y arrogante, contaba inconscientemente con poder desconcertar y arrinconar a los apocados y débiles de entre sus adversarios. Al burlarse de las opiniones de los demás, creía asegurarse de antemano un plus de superioridad. Al fanfarronear seguro de la victoria y concederse laureles por adelantado, estaba convencido de que así y no de otro modo había que obrar para alcanzar el triunfo completo y cosechar todos los laureles. «Gimiendo bajo pesos falsos, su alma creó falsos contrapesos».

Solo a uno dejaba valer a su lado: a Engels. Y a este, seguramente, solo porque podía disponer con dictadura absoluta de sus extraordinarias capacidades y logros sin que él exigiera como contrapartida, ni una sola vez, que se lo agradeciera o que se lo pusiera en pie de igualdad junto a Marx. Mientras un colaborador se ponía de buen grado al servicio de Marx, la relación era inmejorable. Pero el conflicto estallaba en cuanto el otro expresaba una opinión propia o reclamaba el derecho de su voluntad a hacerse valer. La típica relación de autoridad.

Era sin duda un carácter desdichado, que hacía sufrir a todo el que entraba en el círculo de influencia de aquella fascinante personalidad. Pero quien más sufría por ello era el propio Marx. Respiraba literalmente aliviado en las situaciones en que el miedo, transformado en ambición, se apartaba de él, y el sentimiento de insuficiencia, enmascarado de soberbia, callaba por una vez. Entonces se producía en él una transformación completa; <!-- S. 188 --> se volvía sencillo, blando, muy tierno, conmovedor en su cordialidad, su entrega y su bondad.

Esta hermosa humanidad no bastaba, ciertamente, para resolver la ingente tarea que se había convertido en el destino de su vida. Obrar para toda la humanidad, salvar siglos y ganar un mundo: era un logro que solo podía realizar quien sentía día y noche en los flancos sangrantes las espuelas de un impulso sobrehumano.

### El hundimiento de la revolución

Paso a paso, la contrarrevolución había ganado terreno y reunido sus fuerzas. Pero todavía vacilaba en asestar el golpe decisivo. Entonces el ensayo general de Viena le dio la certeza de que era lo bastante fuerte para aplastar la obra de la revolución.

Marx había viajado a Viena a finales de agosto para asesorar a los elementos revolucionarios de la burguesía y ganar a los obreros para una resistencia cerrada contra la reacción. Había vuelto sin haber conseguido nada. Pero también el segundo congreso de los demócratas en Berlín fracasó. Los llamamientos conjuradores de Marx se ahogaron en declamaciones impotentes y lacrimosas. Así quedó Viena abandonada a su destino. En sangrientas jornadas de octubre, la soldadesca conquistó la ciudad, valientemente defendida. El 9 de noviembre Robert Blum fue fusilado en la Brigittenau.

Los demócratas de Colonia celebraban la noche de aquel memorable día una gran asamblea popular. De repente apareció Marx en la sala, entregó un despacho y leyó: «Conforme a la ley de marzo, Robert Blum ha sido fusilado en Viena». Un grito estridente de los reunidos fue la respuesta. Y ese grito resonó por toda Alemania.

Pero en Berlín se sabía que las bayonetas son más fuertes que los gritos y las lágrimas. Se dejó la sentimenta-

<!-- S. 189: Bildtafel „Friedrich Engels“ -->

<!-- S. 190: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 191 --> lidad a los pequeños burgueses y a los obreros y se confió en la fuerza. Al ensayo general siguió el drama propiamente dicho: el golpe de Estado. El recién nombrado ministerio Brandenburg, que sucedió al vacilante ministerio Pfuel, dejó sin efecto la constitución, expulsó a la Asamblea Nacional, desarmó a la guardia cívica y declaró el estado de sitio. Todo ello sin la menor resistencia. Nunca una revolución tuvo un final más lamentable.

La Asamblea Nacional, en el último momento, cuando ya se dispersaba bajo los sablazos de los granaderos de la Guardia de Wrangel, había acordado todavía, como protesta contra su expulsión y como sucedáneo del heroísmo en la lucha, la negativa general a pagar impuestos. Era un golpe al aire, pero la *Neue Rheinische Zeitung* intentó sacar algo incluso de eso. En llamamientos trabajó a los ciudadanos para que se opusieran a las autoridades en una organización cerrada. A instancias suyas, el comité democrático de distrito publicó una proclama firmada por Marx, Schapper y Schneider para preparar la lucha defensiva armada. La recaudación forzosa de los impuestos, se decía en ella, había de «rechazarse mediante toda clase de resistencia»; además había que «organizar en todas partes la milicia territorial para rechazar al enemigo»; para los que carecían de medios había que «procurar armas y municiones a costa de los municipios o mediante contribuciones voluntarias»; en caso de que las autoridades se negaran a reconocer y ejecutar los acuerdos de la Asamblea Nacional, debían nombrarse comités de seguridad. Naturalmente, esta proclama no pasó de papel impreso. La cobardía de los diputados, su ejemplo desalentador y sus mil exhortaciones a la calma y a la legalidad habían hecho que las masas permanecieran en inquebrantable obediencia y respeto aun cuando la falta de respeto más activa se había convertido en su única salvación. Así, el golpe al aire quedó en golpe al aire, y la contrarrevolución, <!-- S. 192 --> vencedora indiscutida en toda la línea.

El único éxito concreto de la acción fue que Lassalle fue detenido en Düsseldorf y que Marx, como redactor jefe de la *Neue Rheinische Zeitung*, junto con Engels como coeditor y Korff como editor, fue llevado ante los tribunales por incitación a la resistencia armada contra el ejército y las autoridades. El 8 de febrero de 1849 tuvo lugar la vista ante el jurado de Colonia. Marx pronunció un brillante discurso de defensa. En primer lugar protestó contra el intento de castigarlo en virtud de leyes que el gobierno había hecho trizas hacía tiempo con su golpe de Estado. A continuación demostró que es una ilusión jurídica creer que la sociedad descansa en la ley. Al contrario, la ley descansa en la sociedad, y el Código Napoleón se convierte en un fardo de papel en cuanto deja de corresponder a las relaciones sociales. Por último proclamó, con gesto apasionado, el derecho del pueblo a la revolución, después de que sus representantes elegidos hubieran abandonado su mandato. «Si la Asamblea Nacional no cumple su mandato, este se extingue. El pueblo sale entonces a escena en persona y actúa con plenos poderes propios. Si la Corona hace una contrarrevolución, el pueblo responde con razón con una revolución». El efecto del discurso, que en la literatura revolucionaria pasa por un discurso de defensa clásico, fue extraordinariamente fuerte. El jurado, que solo dos días antes había absuelto a Marx en un proceso por injurias, falló de nuevo la absolución. Y el presidente del jurado hizo algo más: en nombre de sus colegas dio las gracias al acusado por sus interesantes e instructivas explicaciones.

Tres meses después se vio en Düsseldorf la causa contra Lassalle. La sentencia fue igualmente absolutoria. <!-- S. 193 --> También de este proceso existe un célebre discurso de defensa, que, sin embargo, en el momento de la defensa ya estaba impreso. El tribunal, que se había enterado, hizo celebrar entonces la vista a puerta cerrada para quitar hierro al propósito agitador del discurso, con lo cual Lassalle renunció a pronunciarlo.

Refrescado por el baño de acero jurídico del proceso, Marx prosiguió en la *Neue Rheinische Zeitung* su campaña con no menor dureza. En el medio año de su existencia, el periódico había realizado una cantidad gigantesca de trabajo y había contribuido como ninguna otra tribuna de la revolución a sacudir y esclarecer los espíritus. No solo había fustigado la miseria de los parlamentos de Berlín y Fráncfort, criticado sin piedad al ministerio Camphausen-Hansemann, ridiculizado el atraso político y la pusilanimidad de la pequeña burguesía y hecho frente, impávido e implacable, a la reacción y a los portavoces del «acuerdo»; había exigido también la guerra revolucionaria contra Rusia, había abrazado con ardor la causa de Polonia, había defendido la guerra por Schleswig-Holstein como guerra nacional, había combatido el armisticio de Malmö, había tratado la caída de Viena y había dedicado a la revolución húngara un artículo bien informado y sus entusiastas simpatías. Además había polemizado con el paneslavismo democrático de Bakunin, había publicado los artículos de Wilhelm Wolff sobre el «millardo silesio» y había empezado a reproducir las conferencias sobre *Trabajo asalariado y capital* que Marx había dado en Bruselas, para exponer las relaciones económicas «que forman la base material de las actuales luchas de clases y luchas nacionales».

Había, sin embargo, un punto débil en el variado y rico programa de la *Neue Rheinische Zeitung*: <!-- S. 194 --> informaba de forma escasa y del todo insuficiente sobre el movimiento obrero durante la revolución. Y no es que no hubiera movimiento obrero alguno. Ciertamente, los obreros, incluso en las grandes ciudades, estaban todavía políticamente del todo inmaduros, iban detrás de los embaucadores liberales y demócratas de la pequeña burguesía o formaban el séquito de una multitud de charlatanes, especuladores y consejeros de la confusión semirrevolucionarios, como los que aquella época agitada había arrastrado a la superficie. Pero estaban ahí y podían ganarse para la revolución. Así, Stephan Born informaba desde Berlín en una carta a Marx: «El proletariado es revolucionario de pies a cabeza. Organizo en todas partes las fuerzas dispersas en un poder fuerte. Estoy aquí más o menos a la cabeza del movimiento obrero... A partir de junio aparecerá bajo mi dirección una revista obrera, *Das Volk*. Tengo aquí un círculo de conocidos muy extenso y por eso cuento con un buen éxito». En efecto, Born logró crear una considerable «Fraternidad Obrera», que organizó huelgas, fundó cooperativas gremiales y de producción y dio que hablar también de otras maneras, de modo que su radio de acción iba mucho más allá de Berlín y llegaba hasta Leipzig, Dresde y las tierras al este del Elba.

La *Neue Rheinische Zeitung* había adaptado su agitación incendiaria a la democracia de izquierda de la burguesía, porque opinaba que solo mediante las luchas políticas del elemento burgués podía ganarse el margen necesario para el despliegue del programa revolucionario puramente proletario. El peso de la clase obrera le parecía todavía demasiado pequeño para echarlo seriamente en la balanza. Pero cuanto más evidente era que las esperanzas de éxito de esta táctica quedaban frustradas por la cobardía y la traición de la burguesía, tanto más se vio también la *Neue Rheinische Zeitung* empujada al campo de los obreros. Sobre todo <!-- S. 195 --> la desintegración de la organización democrática de Renania y su fracaso total en situaciones decisivas hicieron necesario este viraje.

El 15 de abril de 1849, Marx, Wilhelm Wolff, Schapper y Hermann Becker declararon su salida del comité democrático de distrito con esta justificación: «Consideramos que la actual organización de las asociaciones democráticas encierra demasiados elementos heterogéneos para que sea posible una actividad provechosa para el fin de la causa. Somos más bien de la opinión de que es preferible una unión más estrecha de las asociaciones obreras, puesto que estas se componen de elementos iguales». Con ellos se separó la Asociación Obrera de Colonia de la federación de asociaciones demócratas renanas. El plan consistía en reunir a todas las asociaciones obreras de la provincia en un congreso convocado para el 6 de mayo y ponerse en contacto con la «Fraternidad Obrera», que había convocado en Leipzig un congreso de todas las asociaciones obreras alemanas.

Para estar preparado también económicamente para llevar a cabo el viraje táctico, Marx emprendió desde mediados de abril un viaje de propaganda que debía aportar de nuevo algunos fondos a la caja. Pues la capacidad financiera del periódico estaba agotada, el patrimonio propio consumido, el dinero de los accionistas retirado. La empresa libraba una dura lucha, casi desesperada, por la existencia. Pero antes de que Marx regresara, esa lucha había terminado. El golpe desde la emboscada había alcanzado al periódico y a su editor.

Con fecha del 18 de mayo, la *Neue Rheinische Zeitung* publicó la siguiente comunicación: «Hace algún tiempo se exigió desde Berlín a una autoridad de aquí que volviera a declarar el estado de sitio en Colonia. Se pretendía la supresión de la *Neue Rheinische Zeitung* por la ley marcial, pero se tropezó con una resistencia inesperada. Más tarde, el gobierno real se dirigió <!-- S. 196 --> a la fiscalía de aquí para alcanzar el mismo fin mediante detenciones arbitrarias. Fracasó ante los reparos jurídicos de la fiscalía, como ya había fracasado dos veces ante el sano sentido común de los jurados renanos. No quedó otro remedio que recurrir a una artimaña policial. El 16 de mayo se comunicó a su redactor en jefe, Karl Marx, el siguiente papelucho gubernamental: "En sus más recientes piezas (!), la *Neue Rheinische Zeitung* se manifiesta cada vez más decididamente con la incitación al desprecio del gobierno existente, al derrocamiento violento y a la implantación de la república social. Por lo tanto, ha de retirarse a su redactor en jefe, el Dr. Karl Marx, el derecho de hospitalidad (!), que tan ignominiosamente ha violado, y, dado que no ha obtenido permiso para seguir residiendo en los Estados de aquí, ordenarle que los abandone en el plazo de 24 horas. Si no diera cumplimiento voluntario al requerimiento que se le dirige, habrá de ser conducido por la fuerza a la frontera"».

Así apareció el último número de la *Neue Rheinische Zeitung*, el 19 de mayo, impreso en papel rojo y encabezado por el poema de Freiligrath que se haría célebre: «Ningún golpe franco en franca batalla...».

Trescientos táleros que acababan de pedirse prestados a un tal señor Henze, 1500 táleros de suscripciones, la prensa rápida, etc., se emplearon en su totalidad en liquidar las deudas del periódico con cajistas, impresores, proveedores de papel, oficinistas, corresponsales, personal de redacción, etc. Luego la señora Marx empeñó su plata, antigua herencia de la familia, vendió su ajuar y, con tres niños pequeños, sin patria, casa, sustento, dinero ni pan, siguió a su marido a la miseria.

¡Todo estaba perdido!

<!-- S. 197 -->

### Huida a la miseria

Colonia había sido para Marx la primera estación de su carrera revolucionaria.

Al período de preparación y clarificación que inauguró su vida política había seguido el período de prueba. De prueba de sus conocimientos teóricos, de su capacidad práctica, de su valor personal. Había superado esa prueba.

Con implacable claridad y sin ambigüedad alguna había mantenido la línea de la lucha de clases revolucionaria. Con habilidad, energía y tenacidad había acometido la superación de todas las dificultades. Sin miedo y con grandes sacrificios personales había desafiado hasta el final todos los peligros y contrariedades.

La derrota honrosa le había parecido preferible a hacer siquiera una pulgada de concesión a la tibia táctica del chalaneo oportunista.

Se debía a su constitución psíquica el que con su conducta —contra su voluntad y sin darse cuenta— agravara toda dificultad, complicara todo conflicto y rechazara bruscamente toda posibilidad de un arreglo pacífico.

Pero precisamente por ello se vio obligado a tensar sus fuerzas hasta el extremo, a llevar hasta lo ilimitado su entrega a la causa, a desplegar su capacidad de rendimiento hasta lo insuperable.

Solo así había podido alcanzar el formato gigantesco y las cualidades inauditas que eran necesarios para la obra que veía como su misión histórica.

En cualquier caso, como hombre y como luchador había dado la talla en Colonia.

Si su idea, expuesta en el *Manifiesto comunista*, había dado prácticamente buen resultado, y en qué medida, solo se mostraría bajo el examen de una época posterior. Esa rendición de cuentas y ese inventario político no pertenecían al presente.

<!-- S. 198 --> Al presente pertenecía la acción revolucionaria inmediata.

Que la Asamblea Nacional de Fráncfort no era el lugar para tal acción se puso de manifiesto en cuanto Marx —inmediatamente después de su expulsión— llegó con Engels a Fráncfort. En aquel concilio de la pusilanimidad alemana encontró confirmado de manera demoledora lo que había escrito una vez en la *Neue Rheinische Zeitung*: «Buena voluntad no falta, seguro; pero ¡el valor, el valor!».

Quedaba todavía una débil esperanza de que tal vez en el sur de Alemania, donde las luchas por la constitución se habían convertido en una insurrección general, pudiera salvarse la causa de la revolución. Marx y Engels se apresuraron a ir allí. Pero cuando llegaron a Mannheim y Karlsruhe, la revolución se les reveló como una cencerrada representada por filisteos enloquecidos, que ya estaba acabada. En Karlsruhe, los pequeños burgueses, que con orgullo de mendigo se llamaban demócratas, habían expulsado al gran duque y se habían hecho con el poder. Pero ahora les entró miedo de su propia osadía, cometieron una tontería tras otra y al final se alegraron cuando el derrengado dictador del orden, Brentano, les hizo inculcar de nuevo a palos el respeto a la autoridad. En el Palatinado se vivió incluso una revolución alegre. El vino desempeñó un papel mayor que la pólvora, y la embriaguez de libertad se hundió en innumerables borracheras de «Kriescher», que la gente se agarraba por entusiasmo ante la hermosa revolución.

Marx vio que allí no había nada que hacer. Ahora tenía puesta la mira en París. Y como en Kaiserslautern se encontró con el diputado d'Ester, de Colonia, miembro destacado del comité central democrático, se procuró unos poderes para representar al partido demócrata ante la izquierda socialista-democrática de la Asamblea Nacional francesa en <!-- S. 199 --> París. Acto seguido dio media vuelta, regresó a Fráncfort, cayó por el camino en manos de los militares hessianos, que lo tomaron por un participante en la insurrección, recobró la libertad a los dos días y se fue derecho a París.

Engels se había separado de él y regresó a Kaiserslautern. Allí contempló de cerca durante un tiempo la apacible revolución de taberna. Cuando por fin entraron los prusianos, se convirtió en ayudante del teniente Willich, que mandaba un cuerpo franco palatino. Pero la insurrección del Palatinado, como la de Baden, fue pronto aplastada. Y el terrible derrumbe terminó en las casamatas de la fortaleza de Rastatt y en suelo suizo, que acogió a los que habían logrado escapar. Engels se encontraba entre los que alcanzaron territorio neutral. En Berna se encontró con Stephan Born; en Ginebra coincidió por primera vez con Wilhelm Liebknecht. Desde Vevey escribió a Marx.

Este había llegado a París. Con el último dinero, despojado de todo recurso, había llegado con su familia y se vio, para su espanto, en el purgatorio infernal de una reacción enfurecida. La Asamblea Legislativa, que se había reunido el 28 de mayo de 1849, tenía una mayoría reaccionaria y monárquica. Los republicanos burgueses habían salido de las elecciones como una tropilla encogida que apenas ocupaba 50 escaños de 750. En cambio, la oposición de izquierda, el partido socialista-democrático de los pequeños burgueses radicales, contaba con 200 escaños. Formaba de nuevo la Montaña y pasaba por portadora de la tradición revolucionaria. Con ella debía Marx entrar en relación más estrecha.

El dirigente parlamentario de esta fracción era Ledru-Rollin. Sus seguidores eran la capa de los tenderos, comerciantes al por menor, taberneros y maestros intermediarios que tan ignominiosamente habían fallado después de la revolución de febrero. Muy pronto el capital se había apoyado en sus bienes, <!-- S. 200 --> sus ahorros y los cuartos de su vejez, y los había engullido casi por completo en una oleada de bancarrotas. Esto les había abierto los ojos sobre el sentido de la batalla de junio, y se habían pasado a la oposición. Para recuperar la popularidad perdida se habían acercado, bajo Ledru-Rollin, a los obreros: habían celebrado con ellos banquetes de reconciliación, redactado programas comunes, constituido comités electorales y presentado candidatos, e incluso habían concertado una alianza formal. A las reivindicaciones sociales del proletariado, como dice Marx, se les quitó la punta revolucionaria y se les dio un giro democrático; a las pretensiones democráticas de la pequeña burguesía se les despojó de la forma meramente política y se hizo resaltar su punta socialista. Esta amalgama política así surgida se llamó socialdemocracia; su carácter peculiar se manifestaba en el parlamento al exigir instituciones democrático-republicanas, no para abolir los dos extremos —capital y trabajo—, sino para unirlos en una armonía. Su meta era la transformación de la sociedad por la vía democrática, una reforma social dentro de los límites de la pequeña burguesía. Un ataque de Ledru-Rollin contra Luis Napoleón, por haber violado con la entrada militar en Italia la libertad de otro pueblo, dio lugar a una gran manifestación que fue aplastada por el ejército.

Se desató una terrible persecución de todos los elementos amantes de la libertad. Ledru-Rollin, Louis Blanc y otros huyeron a Londres. Tampoco Marx pudo quedarse en París, pero, como carecía por completo de medios y no sabía a qué atenerse, tuvo que dejar atrás a su familia. El diario de su mujer cuenta: «Nos quedamos un mes en París. Pero tampoco allí pudimos permanecer mucho tiempo. Una mañana apareció la figura, ya familiar para nosotros, del sargento de policía para comunicarnos que Karl *et sa dame* <!-- S. 201 --> debían abandonar París en el plazo de veinticuatro horas. Encima tuvieron la amabilidad de ofrecernos Vannes, en el Morbihan, como lugar de residencia. Naturalmente, no podíamos ir a semejante destierro, y recogí mis cuatro pertenencias para buscar un puerto seguro en Londres. Karl ya se había adelantado allí». La fiel compañera del perseguido tenía doble prisa por encontrar al fin un techo, pues esperaba a su cuarto hijo para dentro de pocas semanas.

### La *Neue Rheinische Revue*

Inglaterra era entonces todavía el refugio indiscutido e inconmovible de todos los refugiados políticos del mundo. En su isla hospitalaria se encontraban los revolucionarios dispersos y perseguidos de Francia, Alemania, Austria, Hungría, Italia, Polonia y Rusia. La soldadesca, la policía y los tribunales de cualquier país eran impotentes frente a este puerto seguro. Su honrosa fama de ser la «madre de los desterrados» brilló con especial intensidad en esta etapa de la historia europea, caracterizada por la unanimidad aplastante con que la noche de la reacción descendió sobre todos los Estados del continente.

La familia Marx llegó a Londres con lo puesto. Encontró cobijo en algún cuarto amueblado de Camberwell. Marx poseía todavía una pequeña propiedad en Tréveris; la vendió deprisa por poco dinero; con lo obtenido fueron tirando a duras penas los primeros meses. Luego hubo que pensar en ganarse la vida.

Servir a la revolución con la pluma en la mano: esa fue para Marx, también en su vida futura, la consigna evidente. Lo natural era fundar un periódico o editar una revista que <!-- S. 202 --> estuviera destinada a reunir en un terreno común todas las fuerzas de la revolución, a descubrir mediante el análisis crítico los errores de la época revolucionaria pasada y a desarrollar para el futuro métodos de lucha nuevos, mejores y más eficaces. Pues —esto era para Marx inamovible— en pocos meses estallaría la revolución social desde el viejo foco de incendio que era Francia y pondría en llamas el mundo entero.

En una carta a Engels, Marx esbozó su plan. Desde Londres se editaría una revista político-económica de la *Neue Rheinische Zeitung* en cuadernos mensuales de unos cinco pliegos. Con este fin, para dar una base material a la empresa, se crearía una sociedad por acciones. Desde Hamburgo, prevista como lugar de impresión de la revista, se haría también su distribución en librerías. Para «ejercer una influencia ininterrumpida y duradera sobre la opinión pública», la revista aparecería poco a poco a intervalos cada vez más cortos, e incluso, «en cuanto las circunstancias permitieran el regreso a Alemania», volvería a convertirse en un diario.

Engels, que ardía en deseos de encontrar una ocasión para avivar de nuevo el fuego agonizante de la revolución, no tenía nada que objetar al plan. Se encontraba todavía en Suiza y decidió seguir a Marx a Londres. Para escapar de los esbirros en Francia y Bélgica, embarcó en Génova en un velero y llegó a Londres en agosto.

Igual que sobre la primera revista en cuya edición participó Marx, los *Deutsch-Französische Jahrbücher*, tampoco sobre la segunda, la *Neue Rheinische Revue*, brillaba una buena estrella. Para empezar, la revista estaba preparada de forma sumamente deficiente en lo financiero y en lo redaccional. Probablemente solo se colocaron unas pocas acciones; lo seguro es que faltaban manuscritos casi tanto <!-- S. 203 --> como dinero. Marx y Engels tuvieron que proporcionar casi todo el contenido de la revista ellos solos. Para el primer cuaderno, que debía aparecer el 1 de enero de 1850, el manuscrito no llegó a Hamburgo hasta febrero.

Marx hizo en primer lugar de la revolución francesa de febrero, con el título *Las luchas de clases en Francia*, objeto de una investigación sumamente perspicaz y profunda. Continuó a lo largo de tres cuadernos. Engels escribió un largo estudio sobre la campaña por la constitución del Reich y la insurrección del Palatinado y Baden, que apareció igualmente en los tres primeros cuadernos, en segundo lugar. Además, Engels aportó un trabajo sobre *La guerra campesina en Alemania*, que llenó casi todo el cuaderno doble, y un pequeño artículo sobre la ley inglesa de las diez horas.

En total aparecieron sucesivamente cuatro cuadernos de la revista y, en noviembre, un cuaderno doble. Una revista de la revolución no tenía ya derecho ni posibilidad de vida en una época que había dejado de ser revolucionaria. Esta época tampoco quería oír la voz del crítico, del censor y del consejero. Estaba harta de revolución y volvía a empujar hacia el trabajo, la ganancia burguesa, el beneficio, el orden y la calma. Los burgueses se avergonzaban de sus veleidades revolucionarias, volvían a los despachos, los bancos y las fábricas y se dedicaban a la más lucrativa construcción del capitalismo. Los pequeños burgueses daban gracias a Dios por haber salido de aquello solo con unos palos, y los obreros se metían gruñendo, pero agotados y resignados, bajo el yugo que el capital victorioso les echaba al cuello. Así, los artículos de la revista eran sin duda ejercicios literarios excelentes y valiosos, pero gritos sin eco, ideas sin aplicación, pensamientos revolucionarios en un mundo sin realidad revolucionaria.

<!-- S. 204 --> Marx había llegado a la convicción de «que la crisis comercial mundial de 1847 había sido la verdadera madre de las revoluciones de febrero y de marzo». Con el amaine de la crisis a partir de mediados de 1848, la revolución tenía que perder también, por consiguiente, su fuerza. Esto, ciertamente, no era lo bastante visible en una perspectiva temporal tan cercana, de modo que Marx todavía a comienzos de 1850 contaba con toda seguridad con el despertar de la revolución. El gobierno prusiano opinaba aún en abril de 1851 que «en las próximas cuatro semanas estallaría en Francia una revolución roja que se extendería a Alemania». Pero Marx empezó a recelar cuando llegó a Alemania la noticia de los grandes hallazgos de oro hechos en California. Ya en el segundo cuaderno de la revista señaló la enorme importancia de este descubrimiento y la incipiente prosperidad de la economía mundial. Pero solo en el verano de 1850 el presentimiento se le convirtió en la certeza demoledora de que la revolución europea había pasado por mucho tiempo. En el último cuaderno de la revista escribió clara y concisamente: «Con esta prosperidad general, en la que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan con tanta exuberancia como es posible dentro de las relaciones burguesas, no puede hablarse de una verdadera revolución. Una revolución así solo es posible en los períodos en que estos dos factores, las modernas fuerzas productivas y las formas burguesas de producción, entran en contradicción entre sí».

El oro californiano había salvado al capital europeo. Contra este hecho se estrellaron todos los manifiestos, se apagaron todas las proclamas, se disiparon como humo todas las esperanzas revolucionarias.

Ante este hecho se agotó también la fuerza de la *Neue Rheinische Revue*. Lo que siguió no fue más que liquidación.

<!-- S. 205 -->

### La escisión de la Liga de los Comunistas

El convencimiento de que la revolución había pasado por mucho tiempo no lo compartían todos los revolucionarios. Al menos no todavía en el momento en que Marx empezó a abogar por la liquidación de la revolución. Dejaron de entender a Marx, se volvieron desconfiados, vieron en él a un renegado que abandona su causa, y entraron en abierta oposición con él.

Para toda aquella gente que no poseía la penetrante mirada teórica de Marx y Engels era además difícil comprender el giro relativamente repentino de la concepción y de la táctica. Pues hasta hacía poco el propio Marx había defendido con decisión el punto de vista de que había que contar con una revolución próxima.

A finales de 1849 y comienzos de 1850, la Liga de los Comunistas se había reconstituido desde Londres. En la autoridad central faltaba Moll, que había caído en el combate del Murg. Pero Schapper y Bauer estaban presentes. Entró como nuevo Willich, que había mandado el cuerpo franco badense y del que Engels había sido ayudante. En marzo de 1850 la autoridad central había dirigido a la Liga un mensaje redactado por Marx en el que se describía la situación política y se precisaba la actitud de la clase obrera en la revolución que se esperaba. Se decía allí:

«La revolución está muy próxima, ya sea provocada por un levantamiento autónomo del proletariado francés o por la invasión de la Santa Alianza contra la Babel revolucionaria».

«La relación del partido obrero revolucionario con la democracia pequeñoburguesa es esta: marcha con ella contra la fracción cuyo derrocamiento persigue; se le opone en todo aquello con lo que quieran afianzarse para sí mismos».

«Mientras los pequeños burgueses demócratas quieren llevar la revolución <!-- S. 206 --> a su término lo más rápidamente posible y realizando sus pretensiones, nuestro interés y nuestra tarea es hacer la revolución permanente, hasta que todas las clases más o menos poseedoras hayan sido desalojadas del poder, el proletariado haya conquistado el poder del Estado y la asociación de los proletarios haya avanzado, no solo en un país, sino en todos los países dominantes del mundo, lo bastante para que haya cesado la competencia entre los proletarios de esos países y al menos las fuerzas productivas decisivas estén concentradas en manos de los proletarios. Para nosotros no puede tratarse de modificar la propiedad privada, sino solo de aniquilarla; no de encubrir los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no de mejorar la sociedad existente, sino de fundar una nueva».

«Desde el primer momento de la victoria, la desconfianza ya no debe dirigirse contra el partido reaccionario vencido, sino contra los aliados de hasta entonces, contra el partido que quiere explotar él solo la victoria común».

Con este mensaje, cortado a la medida de una revolución inminente, Bauer había sido enviado por la autoridad central de la Liga a Colonia y allí había encontrado gran aceptación. Con antiguos miembros de la Liga y antiguos miembros de la Fraternidad Obrera de Stephan Born se formó una nueva organización que pronto empezó a «desempeñar un papel dominante» en las asociaciones obreras, campesinas y gimnásticas. Cuando por la misma época se intentó desde Suiza, por parte de una «Oficina Central de toda la emigración alemana», tras la que estaban Struve, Sigel, Schurz y otros, ganar para ella a obreros alemanes, se vieron obligados a constatar que «todas las fuerzas aprovechables estaban ya en manos de la Liga».

<!-- S. 207: Bildtafel „J. P. Proudhon“ -->

<!-- S. 208: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 209 --> Entretanto había pasado el verano de 1850 y la revolución no había estallado. La burguesía alemana se había desarrollado con exuberancia al amparo de la favorable coyuntura económica y, aprovechando las dificultades financieras del gobierno, que le ponían el poder en las manos, se había instalado políticamente a las mil maravillas. La pequeña burguesía había abandonado la escena política. Las tempestuosas olas de la revolución se habían convertido en ligeras ondas, y estas, poco a poco, en escasos regueros que se perdían en la arena prusiana.

Entonces —en el curso del verano de 1850— Marx revisó su esperanza en una segunda revolución. Pero para ello no solo no encontró comprensión, sino que chocó con una resistencia abierta. Todo el conjunto de refugiados internacionales que se había reunido en Londres procedente de todos los países, y que formaba sobre todo la clientela de la Liga de los Comunistas, esperaba con impaciencia el nuevo despertar de la revolución. Pues todos pasaban gran necesidad, añoraban la patria, querían salir de una pasividad insoportable, ansiaban lucha y venganza. Y como a todos ellos solo podía ayudarles una revolución, creían en una revolución. Sus deseos y esperanzas les modelaban la imagen de la situación política según su necesidad, falseaban bajo el influjo de afectos subjetivos la lógica de la historia. Así se dejaron llevar a un radicalismo que ardía por sentarse a la mesa revolucionaria cuando ya hacía tiempo que se había levantado el mantel. «El aplastamiento violento de una revolución —escribió Marx más tarde sobre esta época— deja en la cabeza de sus participantes, sobre todo de los arrojados al exilio lejos del escenario patrio, una conmoción que vuelve, por así decirlo, irresponsables por un tiempo más o menos largo incluso a personalidades capaces. No logran adaptarse a la marcha de la historia, <!-- S. 210 --> no quieren comprender que la forma del movimiento ha cambiado. De ahí los juegos de conspiración y de revolución, igualmente comprometedores para ellos mismos y para la causa a cuyo servicio están».

Es fácil imaginar que hombres como Louis Blanc, Ledru-Rollin, Mazzini, Kossuth, Ruge, Willich y otros, cuyo pasado revolucionario entero había estado orientado al golpismo y a la conspiración, o que, como comunistas de sentimiento y de temperamento, eran inaccesibles a consideraciones frías y racionales, tenían que ver la concepción súbitamente desarrollada por Marx como una herejía malvada, como escaqueo, cobardía y traición. Esta mezcla de romanticismo y moral, de sentimentalismo y ceguera ante la realidad histórica, envenenó las discusiones en la Liga de los Comunistas hasta tal punto que se llegó a groseros insultos, enemistades personales e incluso a un desafío a duelo de Willich a Marx. El triste final de la campaña fue la escisión de la Liga de los Comunistas el 15 de septiembre de 1850. Del lado de Marx estaban Engels, Bauer, Eccarius, Pfänder y Konrad Schramm; del lado contrario, Willich, el viejo compañero de lucha Schapper, Lehmann y Fränkel. La propuesta de separación la había presentado Marx y la había justificado así: «En lugar de la concepción crítica, la minoría pone una dogmática; en lugar de la materialista, una idealista. En vez de las relaciones reales, la mera voluntad se convierte para ella en el motor de la revolución. Mientras nosotros decimos a los obreros: tenéis que pasar por 15, 20, 50 años de guerras civiles y luchas entre pueblos, no solo para cambiar las relaciones, sino para cambiaros a vosotros mismos y capacitaros para el poder político, vosotros decís por el contrario: tenemos que llegar enseguida al poder o, si no, ya podemos irnos a dormir. Mientras nosotros señalamos en especial a los obreros alemanes la forma no desarrollada del <!-- S. 211 --> proletariado alemán, vosotros aduláis del modo más burdo el sentimiento nacional y los prejuicios estamentales de los artesanos alemanes, lo cual, desde luego, es más popular. Igual que los demócratas hacen de la palabra pueblo un ser sagrado, vosotros hacéis lo mismo con la palabra proletariado. Igual que los demócratas, sustituís el desarrollo revolucionario por la frase de la revolución».

La Asociación Comunista Obrera de Londres apoyó casi en bloque a la minoría. En consecuencia, Marx y sus partidarios declararon su salida. Pero Great Windmill Street, donde la asociación tenía su sede, siguió desempeñando durante mucho tiempo un gran papel en las discusiones y en la correspondencia entre Marx y Engels. Pues Marx seguía con atención interesada todos los actos de la asociación, se hacía informar e informaba a Engels —que había dejado Londres y había vuelto como contable a la oficina de la fábrica paterna en Mánchester—, siempre con una burla denigrante y una amargura despectiva. Le dolía sobre todo que los adalides revolucionarios del extranjero, como Louis Blanc, Ledru-Rollin, Mazzini y otros, pero también los dirigentes del movimiento cartista como Harney, Jones y O'Connor, se mantuvieran del lado contrario, hablaran allí como oradores y representaran la revolución. Aunque él mismo se había salido de la asociación, se comportaba como un excluido.

La estrechez del espacio en que se movía la vida de los emigrados y el recalentamiento del interés político de todos los implicados hacían de la emigración —como decía Engels— «una escuela de chismorreo y de vileza», un «instituto en el que todo el que no se retira por completo de él se convierte necesariamente en un necio, un asno y un vulgar canalla». Marx se retiró, en efecto, cada vez más profundamente en el aislamiento. Según afirmaba en una carta a Engels, se sentía muy a gusto en él. «Me gusta mucho el aislamiento público y auténtico en que nos encontramos ahora los dos, tú y yo. <!-- S. 212 --> Corresponde por completo a nuestra posición y a nuestros principios. El sistema de concesiones mutuas, de medias tintas toleradas por decoro, y la obligación de cargar ante el público con nuestra parte de ridículo en el partido junto con todos esos asnos, todo eso se ha acabado». A lo que Engels respondió: «Ahora tenemos por fin otra vez —por primera vez desde hace mucho tiempo— ocasión de mostrar que no necesitamos popularidad alguna ni el apoyo de ningún partido de ningún país, y que nuestra posición es totalmente independiente de semejantes miserias. A partir de ahora solo somos responsables ante nosotros mismos, y cuando llegue el momento en que esos señores nos necesiten, estaremos en situación de dictar nuestras propias condiciones. Hasta entonces, al menos, tendremos tranquilidad. Y también, desde luego, cierta soledad ...».

Las desavenencias y rupturas en la Liga de los Comunistas terminaron, pues, para Marx con que se desligó por completo del trabajo en común, redujo su campo de acción al radio más pequeño y acabó cayendo en la soledad total. Ya solo tenía a Engels, que estaba en Mánchester, y a unos pocos amigos enteramente adictos, que eran más bien sus alumnos y discípulos. Rey en su propio reino, era también casi su único súbdito. Esta retirada al aislamiento habría podido terminar trágicamente si no hubiera sido a la vez una huida al trabajo.

Ante todo había que salvar la Liga de los Comunistas para el continente. Con este fin, la autoridad central se trasladó a Colonia. Heinrich Bürgers, Hermann Becker, Ferdinand Freiligrath y el médico Roland Daniels asumieron la dirección. Marx había encargado que se incorporara también «al ciudadano L. de Düsseldorf», pero el obrero tabaquero Roeser le escribió que no habían cumplido el encargo «porque hemos vigilado aquí más de cerca a dicho ciudadano (el ciudadano Lassalle) <!-- S. 213 --> y hemos encontrado que sigue abrigando principios aristocráticos y que no está tan entusiasmado por el bien general de los obreros como debiera».

La autoridad central de Colonia hizo un buen trabajo durante medio año. Entonces intervino la policía con detenciones. Se llegó a un gran asunto criminal.

El proceso de los comunistas en Colonia constituye el último capítulo no solo de la historia de la Liga de los Comunistas, sino también de la fase práctica revolucionaria de la vida de Karl Marx.

### El proceso de los comunistas en Colonia

Tras la derrota de la insurrección de Baden, el príncipe Guillermo, el «príncipe de la metralla», a quien la reacción había hecho volver de Inglaterra, había «reorganizado» el ejército badense. Se había convertido en la cabeza y el brazo de la reacción, pues el rey, todavía amedrentado por los días de terror de la revolución, aún no se atrevía a presentarse abiertamente como paladín de la contrarrevolución. El príncipe Guillermo puso todo en juego para «reorganizar» en el espíritu del *Vormärz* no solo el ejército, sino también la constitución, la administración, los tribunales y la opinión pública. Del mismo modo que intervino en los asuntos de Estado con un memorial sobre la revisión de la constitución otorgada, corregía también con suma arbitrariedad a la justicia cuando esta no procedía contra los revolucionarios con el rigor deseado.

Entre los francotiradores que habían caído en manos de los prusianos en el combate del Murg se hallaba también el poeta Gottfried Kinkel, que había luchado como mosquetero a las órdenes de Willich y había recibido un balazo de refilón en la cabeza. Compareció ante el consejo de guerra, formado por oficiales prusianos, y fue condenado a pena de fortaleza a perpetuidad. Al príncipe esta dureza no le pareció lo bastante dura; exigió para Kinkel la pena de muerte. Pero a ello se opuso no solo el ministerio, <!-- S. 214 --> sino toda la opinión pública, que reclamaba para Kinkel un castigo más benigno. Finalmente se mantuvo la sentencia; más aún, el rey siguió incluso el consejo del ministerio y conmutó la pena de fortaleza por la de presidio.

Aquello no fue —como parecía— un agravamiento, sino una atenuación de la pena. En efecto, el tribunal no había dictado arresto en fortaleza, el castigo propio del rango de los caballeros, sino pena de fortaleza, que constituía una de las barbaries más espantosas del régimen penitenciario militar. Pero la opinión pública no entendió la diferencia y tuvo la medida del rey por un triunfo de la reacción. Se produjo un vivo movimiento de protesta, y la burguesía no se contuvo en ruidosas indignaciones y cólera agitada. Este estado de ánimo se exacerbó cuando a Kinkel se le puso en el presidio a la rueca de devanar y se le negaron todas las facilidades que solían concederse a los presos políticos. Surgió un verdadero movimiento popular, un alboroto y un culto en torno a Kinkel. Con ello no solo se pasaron por alto las innumerables víctimas del levantamiento de marzo, que no habían tenido la ventaja de pertenecer a las clases cultas ni de ser poetas; se olvidó también por completo que Kinkel había desempeñado ante el tribunal un papel harto lamentable.

Marx y Engels habían tomado posición en la *Revue* duramente contra Kinkel. Quizá demasiado duramente, porque, por una parte, Kinkel era menos un traidor a la causa de la libertad que una víctima de su elocuencia extática e indisciplinada y, por otra, se trataba al fin y al cabo de un luchador por la libertad que ahora, con el uniforme de presidiario, tenía que apurar toda la venganza de la contrarrevolución. El artículo de la *Revue* provocó por ello no solo una viva indignación en el campo burgués, sino también, en los círculos revolucionarios, fuertes meneos de cabeza y un hondo disgusto. El final del asunto Kinkel fue que <!-- S. 215 --> el preso, sobre todo gracias a la ayuda de su amigo Karl Schurz, fue liberado del presidio de Spandau, huyó a Londres y entró en estrecho contacto con la Liga de los Comunistas de la tendencia de Willich y Schapper.

Para Marx y sus amigos, el caso Kinkel tuvo aún otra consecuencia. El rey, echando espuma de rabia por la lograda fuga de Kinkel, decidió vengarse de la burguesía mediante la persecución implacable de toda su oposición liberal. Pero la punta del ataque debía permanecer de momento oculta, por lo que se había de empezar con una acción enérgica contra los comunistas. El 11 de noviembre de 1850 escribió el rey al ministro von Manteuffel: «¡Queridísimo Manteuffel! Acabo de leer aquí el informe sobre la fuga de Kinkel. Esto me ha traído a la mente una idea que no quisiera clasificar precisamente entre las más limpias. A saber, la de si Stieber no sería una personalidad preciosa para desplegar la trama de la conspiración de la evasión y dar al público prusiano el espectáculo, largo tiempo y justamente anhelado, de un complot descubierto y (sobre todo) castigado. Apresúrese, pues, con el nombramiento de Stieber y déjele hacer su prueba de maestría. Creo que la idea es fecunda en consecuencias y concedo gran valor a su inmediata realización... Federico Guillermo».

Este Stieber era una criatura policial universalmente despreciada, a quien el presidente de la policía de Berlín, Hinkeldey, nombró jefe de la policía política solo con la mayor repugnancia. Como consejero de policía, Stieber comenzó entonces su prueba de maestría en la lucha por el trono, el altar, el orden y la legalidad.

En el refugiado londinense Haupt, miembro de la Liga de los Comunistas, encontró un traidor que le proporcionó los primeros asideros para intervenir. Y entre sus numerosos soplones y agentes encontró dos que, por su perfidia, su falta de escrúpulos y su <!-- S. 216 --> astucia, le prestaron valiosos servicios: el cigarrero de Dresde Krause, condenado muchas veces, que vivía en Londres como comerciante de la City bajo el nombre de Charles de Fleury y espiaba el movimiento comunista, y el dependiente de comercio hamburgués Hirsch, asimismo condenado muchas veces, que actuaba en Londres como agente provocador a las órdenes de Fleury. Para procurar el material necesario para la «prueba de maestría» tuvieron que forzar escritorios, introducirse en viviendas ajenas, robar papeles ajenos, obtener con artimañas declaraciones falsas, urdir complots falsos, fabricar documentos falsos, prestar juramentos falsos, sobornar, arrancar testimonios falsos; en suma, emplear todos los trucos, ardides y maniobras que forman parte del oficio policial.

Pero hasta noviembre de 1851 no se logró detener en Leipzig al sastre Nothjung. Se le encontró el *Manifiesto comunista*, que podía comprarse en las librerías, los estatutos de la Liga de los Comunistas, dos mensajes de la Liga y algunas direcciones. Sobre la base de estas direcciones, la policía detuvo poco después en Colonia al periodista Bürgers, al cigarrero Roeser, al doctor Hermann Becker, a los médicos doctor Roland Daniels, doctor Abraham Jacoby y doctor Klein, al químico Otto, al dependiente Erhard, al sastre Leßner y al obrero Reiff. Ferdinand Freiligrath había escapado a su detención trasladándose a Londres. Con estas detenciones, Stieber había creado la base del «espectáculo largo tiempo y justamente anhelado» que debía escenificarse según el deseo del rey. Ahora se trataba de montar el complot que había de descubrirse y castigarse.

Contra ninguno de los detenidos había absolutamente nada incriminatorio. Pertenecían a una organización secreta, pero eso no estaba prohibido según el derecho renano. Además, el fin de la organización secreta no era, en efecto, poner en obra conspiraciones y complots, sino <!-- S. 217 --> —eso distinguía la tendencia de Marx de la tendencia de Willich y Schapper— crear un movimiento político enteramente legal. «Tras el hundimiento de la revolución de 1848», escribe Marx, «el movimiento obrero alemán solo existía ya bajo la forma de una propaganda teórica, confinada además en círculos estrechos, sobre cuya inocuidad práctica el Gobierno prusiano no se engañó ni por un instante... Una parte de las sociedades secretas se proponía directamente el derrocamiento del poder estatal existente. Ello estaba justificado en Francia, donde el proletariado había sido vencido por la burguesía y el ataque al Gobierno existente coincidía inmediatamente con el ataque a la burguesía. Otra parte de las sociedades secretas se proponía la formación del proletariado en partido, sin preocuparse de los gobiernos existentes. Ello era necesario en países como Alemania, donde la burguesía y el proletariado estaban sometidos en común a sus gobiernos semifeudales, donde, por tanto, un ataque victorioso a los gobiernos existentes, en lugar de quebrantar el poder de la burguesía o, al menos, de las llamadas clases medias, había de ayudarlas primero a alcanzar el dominio. No cabe duda de que también aquí los miembros del partido proletario volverían a tomar parte en una revolución contra el statu quo, pero no era tarea suya preparar esa revolución».

La policía, sin embargo, no tomó nota de distinciones y constataciones de esta clase. Necesitaba una conspiración, un proceso sensacional, una acción de Estado; y se sirvió de sus conocimientos de las luchas de escisión en la Liga de los Comunistas, de sus relaciones personales con miembros de esta Liga y del material escrito existente para inventar una fábula para el espectáculo, si no había de encontrarse ninguna. Pero tuvo mala suerte: un cuerpo de delito para un proceso monstruo no quería aparecer de ningún modo, pese a todos los registros, <!-- S. 218 --> intercepciones de correspondencia, inquisiciones y meses de prisión de los que habían de ser acusados. De trimestre en trimestre hubo que aplazar la vista con toda clase de pretextos. Y todavía no podía demostrarse ninguna relación de los detenidos con un complot, un proyecto de atentado o la preparación de un golpe.

Por fin —en octubre de 1852— las maquinaciones de la «personalidad preciosa» de Stieber estaban lo bastante adelantadas para que pudiera empezar el proceso. Pero el curso del proceso estuvo bajo la misma estrella desfavorable que su montaje. Cada mentira de la acusación fue descubierta, cada falsificación de los cómplices desenmascarada, cada jugada de la «stieberería» desbaratada. Marx trabajó febrilmente con sus amigos de Londres para convertir el proceso, de un golpe contra el movimiento comunista, en un ridículo gigantesco y una derrota aplastante de la policía, la justicia y el Gobierno. Y aunque la policía, el correo y la prensa estaban aliados contra su labor de esclarecimiento, logró alcanzar su objetivo. «Mi marido», escribió la señora Marx en una carta, «ha tenido que trabajar todo el día hasta bien entrada la noche, porque desde aquí había que aportar todas las pruebas de la falsificación. Luego había que copiar todos los papeles de seis a ocho veces y expedirlos a Alemania por los caminos más diversos, a través de Fráncfort, París, etc., ya que todas las cartas dirigidas a mi marido, así como todas las cartas de aquí a Colonia, son abiertas y sustraídas. Todo esto es ahora una lucha entre la policía, por una parte, y mi marido, por otra, a quien se le achaca todo, hasta la dirección del proceso... En casa se ha instalado ahora toda una oficina. Dos o tres escriben, otros hacen recados, los terceros rebañan los peniques para que los escribientes puedan seguir existiendo y aportar las pruebas del escándalo más inaudito contra el mundo oficial».

<!-- S. 219 --> Cuando Stieber —como el zorro en el cepo— vio su causa casi perdida, jugó su última y más fuerte baza, depositando sobre la mesa de la sala, como *corpus delicti*, el libro de actas de la Liga de los Comunistas, que debía contener las pruebas de la actividad conspiradora de los acusados. Pero, hete aquí, esta clásica pieza de convicción resultó ser una burda falsificación. Hacía celebrarse las reuniones del «partido Marx» en Londres todavía los jueves, aunque desde enero de 1852 se habían trasladado a los miércoles; indicaba como lugar de reunión el antiguo local, mientras que desde esa misma fecha se reunían en uno nuevo; contenía la firma H. Liebknecht como suscripción de las actas, mientras que Liebknecht, que además no era en absoluto el secretario de actas, se llamaba, como es sabido, Wilhelm Liebknecht. Marx comprobó que el agente provocador Hirsch había elaborado durante seis a ocho meses, semana tras semana, su «libro de actas original» en el despacho y bajo los ojos del agente provocador Fleury en Londres. «Un piso por encima de Fleury vivía el teniente de policía prusiano Greif, que lo vigilaba e inspeccionaba. Pero el propio Greif pasaba regularmente una parte del día en el hotel de la legación prusiana, donde a su vez era vigilado e inspeccionado. El hotel de la legación prusiana era, pues, el verdadero invernadero donde creció el libro de actas original».

Toda la acusación se derrumbó miserablemente. Si ya Stieber, en una maraña de evasivas, mentiras y perjurios, había reducido el libro de actas a una simple libreta de notas, el representante de la acusación lo abandonó por completo como pieza de convicción. Sin embargo, había que condenar a los acusados, no solo porque el rey lo había deseado, sino también «porque toda la existencia de la policía política» —como escribió Hinkeldey durante la vista a la legación en Londres— <!-- S. 220 --> «dependía de la decisión de este proceso». La culpabilidad de los acusados se fundamentó finalmente en que habían difundido en secreto los principios del *Manifiesto comunista*, peligrosos para el Estado. Y por este delito, que no era delito, porque cualquiera podía declararse partidario del contenido de un impreso permitido y vendido públicamente, los acusados recibieron penas bárbaras: Nothjung, Bürgers y Roeser, seis años; Reiff, Otto y Becker, cinco años; Leßner, tres años de arresto en fortaleza. Todos los demás, que habían sufrido año y medio de prisión preventiva, fueron absueltos. Con esta sentencia quedó «rota para siempre la superstición en el jurado, que aún proliferaba en la Prusia renana. Se comprendió que el jurado es un tribunal sumario de las clases privilegiadas, instituido para salvar las lagunas de la ley con la amplitud de la conciencia burguesa».

Marx elaboró el material de todo el proceso en un folleto que había de aparecer en Suiza. Pero la tirada fue confiscada en la frontera, cuando iba a enviarse a Alemania, y con ello se perdió para el público.

Después se logró publicar el escrito en América. Causó gran sensación y, en algunos emigrados que entretanto se habían trasladado de Londres a América, sentimientos harto penosos. Sobre todo en Willich. Este había mantenido durante largo tiempo trato personal con el soplón Fleury y había recibido también dinero de él. Más tarde había entrado al servicio de la Unión norteamericana. Para encubrir el papel no del todo limpio que había desempeñado en el asunto, polemizó violentamente en periódicos americanos contra Marx, a lo que este le respondió en un pequeño escrito titulado *Der Ritter vom edelmütigen Bewußtsein* [El caballero de la noble conciencia].

Bajo los efectos del proceso de los comunistas de Colonia, <!-- S. 221 --> que había removido una vez más todo el cenagal de las disputas de la emigración, de las innumerables intrigas, traiciones, canalladas y chismorreos, se disolvió la Liga de los Comunistas.

Marx se retiró de la propaganda pública y se enterró en el trabajo científico.

### Las luchas de clases en Francia

Como combatiente revolucionario, Marx estaba probado. Había superado la prueba. Quizá en el ardor y el ímpetu de la batalla había sido más bien demasiado apasionado que demasiado mesurado, demasiado impetuoso que demasiado calculador, demasiado duro que demasiado indulgente. Pero nunca había vacilado en la decisión ni titubeado en la acción; nunca había perdido de vista el objetivo ni el impulso, nunca había abandonado ni por un minuto la disposición a saltar con ambos pies a la vez en la brecha de los tiempos. El hombre estaba probado.

Pero ¿qué ocurría con la prueba de la causa que defendía?

El propio Marx emprendió la verificación. No una sola vez, sino varias. Con total espíritu crítico, sin miramientos, sin dejar pasar nada, con una agudeza glacial, tal como era su manera.

Con el escalpelo del anatomista cortó en la carne de la historia y puso los hallazgos sobre la mesa.

Su primera verificación, es decir, su primer intento de «explicar un fragmento de historia contemporánea, mediante su concepción materialista, a partir de la situación económica dada», tuvo lugar en *Las luchas de clases en Francia*, un análisis de la revolución de febrero de 1848 en Francia.

Consideremos sus constataciones:

«Bajo Luis Felipe no dominaba la burguesía francesa, sino una fracción de ella: banqueros, reyes de la Bolsa, reyes de los ferrocarriles, propietarios de minas de carbón y <!-- S. 222 --> de hierro y de bosques, una parte de la propiedad territorial aliada a ellos: la llamada aristocracia financiera. Ella ocupaba el trono, ella dictaba leyes en las Cámaras, ella adjudicaba los cargos públicos, desde el ministerio hasta el estanco de tabaco».

«La burguesía industrial propiamente dicha formaba parte de la oposición oficial, es decir, solo estaba representada en las Cámaras como minoría. Su oposición se manifestaba tanto más resueltamente cuanto más puramente se desarrollaba el dominio exclusivo de la aristocracia financiera y cuanto más creía ella misma tener asegurado su dominio sobre la clase obrera después de los motines de 1832, 1834 y 1839, ahogados en sangre».

«La pequeña burguesía en todas sus gradaciones, al igual que la clase campesina, estaban completamente excluidas del poder político. Se encontraban, por último, en la oposición oficial o completamente fuera del *pays légal* los representantes ideológicos y portavoces de las clases mencionadas, sus sabios, abogados, médicos, etc., en una palabra: sus llamadas capacidades».

«El endeudamiento del Estado era el interés directo de la fracción burguesa que dominaba y legislaba por medio de las Cámaras. El déficit del Estado era precisamente el verdadero objeto de su especulación y la fuente principal de su enriquecimiento. Al cabo de cada año, un nuevo déficit. Al cabo de cuatro o cinco años, un nuevo empréstito. Y cada nuevo empréstito ofrecía a la aristocracia financiera una nueva ocasión de estafar al Estado, mantenido artificialmente al borde de la bancarrota: este tenía que contratar con los banqueros en las condiciones más desfavorables».

«Las fracciones no dominantes de la burguesía francesa gritaban: ¡corrupción!... El estallido del malestar general fue acelerado y el descontento maduró hasta convertirse en revuelta por dos acontecimientos económicos mundiales: la enfermedad de la patata, las malas cosechas y la crisis general del comercio y de la industria».

<!-- S. 223 --> «El Gobierno provisional que se alzó sobre las barricadas de febrero reflejaba necesariamente en su composición los diversos partidos entre los que se repartía la victoria».

«La república de febrero tenía que completar primero el dominio de la burguesía, haciendo entrar en la órbita del poder político, junto a la aristocracia financiera, a todas las clases poseedoras».

«El proletariado, al dictar la república al Gobierno provisional y, a través del Gobierno provisional, a toda Francia, apareció inmediatamente en primer plano como partido independiente, pero al mismo tiempo desafió a la lid contra sí a toda la Francia burguesa. Lo que conquistó fue el terreno para la lucha por su emancipación revolucionaria, pero en modo alguno esta emancipación misma».

«Mediante el sufragio universal, los propietarios nominales, que forman la gran mayoría de los franceses, los campesinos, fueron instituidos en árbitros del destino de Francia».

«Al reconocer las letras de cambio que la vieja sociedad burguesa había girado contra el Estado, el Gobierno provisional había caído en su poder. Se había convertido en deudor apremiado de la sociedad burguesa, en lugar de enfrentarse a ella como acreedor amenazador que tenía que cobrar deudas revolucionarias de muchos años».

«La emancipación de los obreros —aun como frase— se convirtió en un peligro insoportable para la nueva república, pues era una protesta constante contra el restablecimiento del crédito, que descansa sobre el reconocimiento imperturbado y sin sombras de las relaciones económicas de clase existentes. Había, pues, que acabar con los obreros».

«Solo en nombre de la república podía emprenderse la lucha contra el proletariado».

<!-- S. 224 --> «En la Asamblea Nacional, toda Francia se constituyó en tribunal para juzgar al proletariado de París. Rompió inmediatamente con las ilusiones sociales de la revolución de febrero, proclamó sin rodeos la república burguesa, nada más que la república burguesa. En el acto excluyó de la Comisión Ejecutiva nombrada por ella a los representantes del proletariado, Louis Blanc y Albert; rechazó la propuesta de un ministerio especial del Trabajo, acogió con clamorosos aplausos la declaración del ministro Trélat: “Ya solo se trata de devolver el trabajo a sus antiguas condiciones”».

«A los obreros no les quedaba elección: tenían que morirse de hambre o sublevarse. Respondieron el 22 de junio con la formidable insurrección en la que se libró la primera gran batalla entre las dos clases que dividen la sociedad moderna. Fue una lucha por la conservación o la destrucción del orden burgués. El velo que encubría la república se desgarró».

«La fraternidad duró exactamente lo que el interés de la burguesía estuvo hermanado con el interés del proletariado».

«Cavaignac no era la dictadura del sable sobre la sociedad burguesa; era la dictadura de la burguesía por medio del sable».

«La constitución no sancionó ninguna revolución social; sancionó la victoria momentánea de la vieja sociedad sobre la revolución».

«El 10 de diciembre de 1848 fue el día de la insurrección campesina. Solo a partir de ese día data el febrero para los campesinos franceses. El símbolo que expresaba su entrada en el movimiento revolucionario, torpe y astuto, bribón e ingenuo, zafio y sublime, una superstición calculada, una burla patética, un anacronismo genial y estúpido, una bufonada de alcance histórico universal, un jeroglífico indescifrable para el entendimiento

<!-- S. 225: Bildtafel „Wilhelm Weitling“ -->

<!-- S. 226: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 227 --> de los civilizados, este símbolo llevaba inconfundiblemente la fisonomía de la clase que, dentro de la civilización, representa la barbarie. La república se le había anunciado con el recaudador de impuestos; ella se anunció a la república con el emperador. Napoleón era el único hombre que había representado exhaustivamente los intereses y la fantasía de la clase campesina creada de nuevo en 1789».

«Con la Asamblea Nacional legislativa quedó consumada la manifestación de la república constitucional, es decir, de la forma republicana de Estado en la que está constituido el dominio de la burguesía».

«Con la restauración oficial de la aristocracia financiera, el pueblo francés tenía que encontrarse pronto de nuevo ante un 24 de febrero».

«Tan rápidamente había hecho madurar la marcha de la revolución la situación, que los partidarios de la reforma de todos los matices, que las pretensiones más modestas de las clases medias se vieron obligados a agruparse en torno a la bandera del partido más extremo de la subversión, en torno a la bandera roja».

«El proletariado se agrupa cada vez más en torno al socialismo revolucionario, en torno al comunismo. Este socialismo es la declaración de la revolución en permanencia, la dictadura de clase del proletariado como punto de tránsito necesario para la abolición de las diferencias de clase en general, para la abolición de todas las relaciones de producción en que estas descansan, para la abolición de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de esas relaciones sociales».

«El proletariado no se dejó provocar a ningún motín, porque estaba a punto de hacer una revolución... A despecho de todos los esfuerzos, triunfaron los candidatos socialistas. El propio ejército votó por el insurrecto de junio contra su propio ministro de la Guerra, Lahitte. El partido del orden quedó como fulminado... <!-- S. 228 --> ¡Las elecciones del 10 de marzo de 1850! Fueron la revocación de junio de 1848: los masacradores y deportadores de los insurrectos de junio volvieron a la Asamblea Nacional, pero humillados, en el séquito de los deportados y con sus principios en los labios. Fueron la revocación del 13 de junio de 1849: la Montaña, proscrita por la Asamblea Nacional, volvió a la Asamblea Nacional, pero como trompeteros avanzados de la revolución, ya no como sus comandantes. Fueron la revocación del 10 de diciembre: Napoleón había fracasado con su ministro Lahitte».

«El 10 de marzo fue una revolución. Detrás de las papeletas electorales están los adoquines».

«Una nueva revolución solo es posible a raíz de una nueva crisis. Pero es tan segura como esta».

Si en *Las luchas de clases en Francia* se han ensalzado sobre todo las brillantes virtudes del estilo de Marx —exposición cautivadora, aguda caracterización satírica, tratamiento soberano de masas históricas universales y audaz descubrimiento de conexiones ocultas—, ello es sin duda cierto, pero, al limitarse a virtudes formales, pasa por alto la importancia material de esta obra.

Lo que le confiere su especial importancia —y sobre ello llamó ya la atención Engels— es la circunstancia de que aquí se enuncia por primera vez con plena claridad la fórmula que más tarde había de convertirse en la fórmula general del movimiento de lucha de clases de todos los partidos, de todas las tendencias socialistas y en todos los países: apropiación de los medios de producción por el proletariado, abolición del trabajo asalariado y del capital y de su relación recíproca. Con ello quedaba formulada la reivindicación por la que «el socialismo obrero moderno se distingue nítidamente tanto de todos los diversos matices del socialismo feudal, burgués, pequeñoburgués, <!-- S. 229 --> etc., como de la confusa comunidad de bienes del comunismo obrero, tanto del utópico como del espontáneo. Si más tarde Marx extendió la fórmula a la apropiación también de los medios de cambio, esta ampliación, que por lo demás se entendía por sí misma después del *Manifiesto comunista*, no expresaba más que un complemento de la tesis principal» (Engels).

En los detalles, la obra no está exenta de errores. Marx se halla todavía demasiado bajo la impresión de las representaciones que tiene de revoluciones anteriores, bajo «el hechizo de las experiencias históricas anteriores», como observa acertadamente Engels. El color de fondo histórico de las revoluciones de 1789 a 1830 se trasluce por doquier a través de su colorido temperamental. Además, la comprensión de las causas económicas, todavía insuficiente pese a profundas intuiciones —consecuencia de la falta de estadísticas, de informes fiables, de una economía política a fondo, etc.—, le induce a la conclusión errónea de que la revolución social, como última batalla decisiva entre la burguesía y el proletariado en Europa, tenía que seguir en el curso inmediato del levantamiento revolucionario de 1848.

La historia —escribe Engels en 1895— ha desenmascarado esta suposición como una ilusión. «Ha puesto en claro que el grado de desarrollo económico del continente no estaba entonces, ni con mucho, maduro para la eliminación de la producción capitalista; lo ha demostrado mediante la revolución económica que desde 1848 se ha apoderado de todo el continente y que solo entonces ha aclimatado realmente la gran industria en Francia, Austria, Hungría, Polonia y, últimamente, en Rusia, y que de Alemania ha hecho sin más un país industrial de primer orden; todo ello sobre una base capitalista, todavía muy susceptible de expansión en 1848. Pero precisamente esta revolución industrial es la que ha creado por primera vez en todas partes claridad en las relaciones de clase, la que ha eliminado una multitud de existencias intermedias heredadas <!-- S. 230 --> del periodo manufacturero y, en la Europa oriental, incluso del artesanado gremial, la que ha engendrado una verdadera burguesía y un verdadero proletariado de gran ciudad y los ha empujado al primer plano del desarrollo social. Pero con ello la lucha de estas dos grandes clases, que en 1848, fuera de Inglaterra, solo existía en París y, a lo sumo, en algunos grandes centros industriales, se ha extendido por primera vez por toda Europa y ha alcanzado una intensidad que en 1848 era todavía impensable».

A pesar de estos defectos, *Las luchas de clases en Francia* son una pieza maestra de la consideración crítica y analítica de la historia en el sentido del materialismo histórico, el genial esbozo del más acabado estudio de historia contemporánea, en el que Marx creó su obra maestra: *El 18 Brumario de Luis Bonaparte*.

### El 18 Brumario

La revolución de febrero en Francia había encontrado su conclusión lógica en el golpe de Estado de Luis Napoleón. La corona imperial no era más que el accesorio simbólico añadido a posteriori bajo el aguijón de la megalomanía dinástica. Marx, que ya había llamado la atención sobre lo grotesco de que «el hombre más simple de Francia adquiriese la significación más múltiple», se dispuso entonces a demostrar «cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe».

El golpe de Estado había puesto en movimiento muchas plumas para justificarlo, condenarlo o explicarlo. Marx destaca como notables dos escritos que trataban el asunto y aparecieron al mismo tiempo que el suyo: *Napoléon le Petit*, de Victor Hugo, y *Coup d’État*, de Proudhon. «Victor Hugo se limita a invectivas amargas e ingeniosas contra el editor responsable <!-- S. 231 --> del golpe de Estado. El acontecimiento mismo aparece en él como un rayo en cielo sereno. No ve en él más que el acto de fuerza de un solo individuo. No advierte que engrandece a ese individuo en lugar de empequeñecerlo, al atribuirle un poder personal de iniciativa que no tendría precedentes en la historia universal. Proudhon, por su parte, intenta presentar el golpe de Estado como resultado de un desarrollo histórico precedente. Pero, sin darse cuenta, la construcción histórica del golpe de Estado se le convierte en una apología histórica del héroe del golpe». Frente a ello, la concepción materialista de la historia empleada por Marx ofrecía una visión de la puesta en escena de los intereses que provocaron el acontecimiento con tal claridad que ni el más mínimo detalle quedaba ya bajo velo ideológico. Luis Napoleón y su política fueron puestos sin contemplaciones sobre la mesa de disección.

Este escrito, profundo de pensamiento, agudo y redactado en un estilo brillante, nació en una época en que Marx amenazaba casi con sucumbir a la miseria de la existencia de emigrado. En su familia reinaba la penuria más amarga; vestidos y zapatos estaban en la casa de empeño; en dos cuartos estrechos y miserables se alojaban seis o siete personas, llenas de temblorosa angustia ante el día siguiente. Marx «ya no podía salir por falta de las levitas depositadas en la casa de empeño, ni comer carne por falta de crédito»; estaba además enfermo y buscaba salvación a su alrededor, desesperado y sin éxito. Engels había vuelto a entrar como dependiente en la firma paterna de Mánchester, y los demás emigrados con quienes se tenía relación eran todos ellos, a su vez, pobres diablos.

Entonces escribió el viejo amigo de Marx, Weydemeyer, que durante la revolución había publicado un periódico radical y después, perseguido y cansado de la vida clandestina, había emigrado a América, que quería publicar allí una revista <!-- S. 232 --> para la que solicitaba colaboraciones remuneradas de Marx y sus amigos. Marx le escribió semanalmente, hasta mediados de febrero de 1852, artículos sobre la historia del golpe de Estado.

Pero en lugar de los honorarios ansiosamente esperados llegó la noticia de que todo el proyecto de la revista había fracasado. La carta con esta noticia funesta llegó a Marx cuando acababa de perder por muerte a su hijita Franziska y la señora Marx, como siempre sin dinero, recorría el vecindario para reunir prestada la suma para el ataúd.

Al cabo de algún tiempo, sin embargo, una segunda carta anunciaba que se había logrado sacar la revista. Un oficial de sastre había entregado todos sus ahorros, por importe de cuarenta dólares; a este mecenas anónimo debemos que el trabajo de Marx pudiera aparecer en el segundo número de *Die Revolution*, que pronto dejó de publicarse. Algunos centenares de ejemplares de tirada aparte encontraron el camino de Alemania y fueron distribuidos allí.

En *El 18 Brumario* corrigió Marx la opinión sostenida en *Las luchas de clases* de que cabía esperar una revolución social en conexión con el movimiento de 1848. Entretanto —apoyado por los estudios económicos que había emprendido en Londres— había aprendido a mirar más hondo en los mecanismos del acontecer histórico y había llegado a resultados cuyo despliegue explicaba la victoria del usurpador Napoleón. A hombros del lumpemproletariado, esa «hez, desecho, escoria de todas las clases» que los franceses llaman *la bohème*; a espaldas del campesinado conservador, al que la propiedad parcelaria había convertido en trogloditas, y sobre las bayonetas de una soldadesca ebria, que él había comprado con aguardiente y salchichas, el «caballero de fortuna llegado del extranjero» había ascendido peldaño a peldaño hasta el trono. <!-- S. 233 --> ¿Y el resultado? «La burguesía francesa se rebeló contra el dominio del proletariado trabajador; ha llevado al poder al lumpemproletariado. La burguesía mantenía a Francia en un miedo sin aliento ante los futuros horrores de la anarquía roja; Bonaparte le descontó ese porvenir cuando el 4 de diciembre hizo que el ejército del orden, enardecido por el aguardiente, abatiera a tiros a los distinguidos burgueses asomados a sus ventanas. Ella hizo la apoteosis del sable; el sable la domina. Ella aniquiló la prensa revolucionaria; su propia prensa está aniquilada. Ella puso las asambleas populares bajo vigilancia policial; sus salones están bajo la vigilancia de la policía. Ella disolvió las guardias nacionales democráticas; su propia guardia nacional está disuelta. Ella decretó el estado de sitio; el estado de sitio se ha decretado sobre ella. Ella sustituyó el jurado por comisiones militares; sus jurados han sido sustituidos por comisiones militares. Ella sometió la enseñanza popular a los curas; los curas la han sometido a su propia enseñanza. Ella deportó sin juicio; ella es deportada sin juicio. Ella reprimió todo movimiento de la sociedad mediante el poder del Estado; todo movimiento de su poder estatal es reprimido por la sociedad. Ella se rebeló, por entusiasmo por su bolsa, contra sus propios políticos y literatos; sus políticos y literatos han sido eliminados, pero su bolsa es saqueada después de haberle amordazado la boca y quebrado la pluma». Así se castigaron en la burguesía todos los pecados cometidos contra el espíritu de la revolución. Y el ejecutor de la represalia vengadora fue Luis Napoleón, el elegido de los campesinos parcelarios.

Sin embargo: «El desarrollo económico de la propiedad parcelaria ha invertido de raíz la relación de los campesinos con las demás clases de la sociedad. Bajo Napoleón, la parcelación de la tierra en el campo completaba la libre competencia y la incipiente <!-- S. 234 --> gran industria en las ciudades. La clase campesina era la protesta omnipresente contra la aristocracia terrateniente que acababa de ser derribada. Las raíces que la propiedad parcelaria echó en el suelo francés privaron al feudalismo de todo alimento. Sus mojones formaban la fortificación natural de la burguesía contra todo golpe de mano de sus antiguos señores. Pero en el curso del siglo XIX el usurero de la ciudad ocupó el lugar del señor feudal, la hipoteca el de las cargas feudales, el capital burgués el de la propiedad territorial aristocrática. La parcela del campesino ya no es más que el pretexto que permite al capitalista sacar de la tierra ganancia, intereses y renta y dejar que el propio agricultor se las arregle para obtener su salario. La deuda hipotecaria que pesa sobre el suelo francés impone al campesinado francés un interés tan grande como el interés anual de toda la deuda nacional británica... El orden burgués, que a comienzos del siglo puso al Estado como centinela ante la parcela recién nacida y la abonó con laureles, se ha convertido en un vampiro que le chupa la sangre del corazón y la médula del cerebro y la arroja a la caldera de alquimista del capital. El *Code Napoléon* ya no es más que el código de los embargos, de las subastas y de las ventas forzosas... El interés de los campesinos ya no se halla, pues, como bajo Napoleón, en consonancia, sino en oposición con los intereses de la burguesía, con el capital. Encuentran, pues, su aliado y dirigente natural en el proletariado urbano, cuya tarea es el derrocamiento del orden burgués».

«Todas las *idées napoléoniennes* —enorme burocracia, dominio de los curas, preponderancia del ejército— son ideas de la parcela no desarrollada, en la frescura de su juventud; son un contrasentido para la parcela caduca. No son más que <!-- S. 235 --> las alucinaciones de su agonía, palabras convertidas en frases, espíritus convertidos en fantasmas. Pero la parodia del imperialismo era necesaria para liberar a la masa de la nación francesa del peso de la tradición y para hacer resaltar en toda su pureza la oposición entre el poder del Estado y la sociedad. Con la ruina progresiva de la propiedad parcelaria se derrumba el edificio estatal levantado sobre ella».

«Las revoluciones burguesas, como las del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se superan unos a otros, hombres y cosas parecen engastados en brillantes de fuego, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero son de corta vida, pronto alcanzan su punto culminante, y una larga resaca se apodera de la sociedad antes de que aprenda a apropiarse serenamente de los resultados de su periodo de tormenta e ímpetu. Las revoluciones proletarias, en cambio, como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado para comenzarlo de nuevo, se burlan cruel y concienzudamente de las medias tintas, las debilidades y las miserias de sus primeros intentos, parecen derribar a su adversario solo para que este saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse frente a ellas más gigantesco, retroceden una y otra vez ante la indeterminada enormidad de sus propios fines, hasta que se crea la situación que hace imposible toda vuelta atrás y las circunstancias mismas gritan: *Hic Rhodus, hic salta!* ¡Aquí está la rosa, baila aquí!».

### Sufrimientos del exilio

A finales de junio de 1849 Marx había llegado con su familia a Londres. Sin dinero, sin profesión ni ingresos, sin ayuda.

El producto de la venta de su terreno en Tréveris pronto se agotó. <!-- S. 236 --> La publicación de la *Revue der Neuen Rheinischen Zeitung* resultó un fracaso.

Varias veces sopesó Marx el proyecto de editar junto con Wilhelm Wolff una correspondencia litografiada para un par de docenas de periódicos americanos, en la que pensaba tratar problemas de la política y la economía europeas. Entonces se le ofreció inesperadamente una ocasión de actividad periodística. Vino del gran periódico americano *New York Tribune*, a cuyo redactor jefe, Dana, había conocido en 1848 en Colonia, en casa de Freiligrath. Ahora, en 1851, Dana pidió a Freiligrath, que se había trasladado a Londres, que le escribiera informes sobre la política europea. Freiligrath lo remitió a Marx.

Se llegó a un acuerdo según el cual Marx, como colaborador permanente, había de tratar todas las cuestiones de la política europea en dos artículos semanales. A cambio se le pagarían unos honorarios de dos libras esterlinas por artículo. Marx obtenía con ello la posibilidad, largo tiempo anhelada, de tomar posición públicamente sobre cuestiones políticas ante un gran foro y de hacer valer su opinión. Además, en una época de la más grave miseria económica, en que apenas podía soportar ya los «torrentes de lágrimas de noches enteras» de su mujer, encontraba por fin unos ingresos que le ayudaban a superar los peores apuros.

Es cierto que en 1851 Marx aún no dominaba del todo la lengua inglesa, por lo que pidió a Engels que lo sustituyera. Engels, tras alguna vacilación, se puso al trabajo, entregó un artículo tras otro y acabó escribiendo toda la serie de artículos que Karl Kautsky publicó en 1896 con el título *Revolución y contrarrevolución en Alemania* y atribuyó a Marx. De la correspondencia entre Marx y Engels, publicada más tarde por Franz Mehring, se desprende cómo este amigo, el más incomparable de todos, <!-- S. 237 --> se puso a disposición de Marx en toda situación: no solo deliberaba con Marx, en continua correspondencia, sobre todas las cuestiones políticas, literarias y personales; no solo le ayudaba sin cesar con envíos de dinero a salir de sus eternos apuros económicos, sino que además le regalaba, con el mayor desinterés, las horas que seguían a su jornada de trabajo, escribiéndole durante años los artículos que le correspondían para la *Tribune*.

En lo sucesivo, Engels, de acuerdo con su especial inclinación, escribió preferentemente los artículos militares, mientras que Marx seguía con atención y aguda observación la política inglesa desde el punto de vista de las conexiones de la economía mundial y la trataba críticamente. Así, en los artículos sobre la guerra de Crimea, puso al descubierto la esclavitud anglo-rusa que pesaba sobre Europa, demostró con las actas parlamentarias y los libros azules las conexiones diplomáticas secretas entre los gabinetes inglés y ruso, estigmatizó a lord Palmerston como instrumento comprado de la política zarista y tomó posición sobre el paneslavismo, la sublevación de la India, la cuestión de Oriente, la guerra de Italia, la guerra civil norteamericana, etc.

Riazánov se ha tomado la molestia de someter a una revisión crítica la *New York Tribune* de 1852 a 1862 para determinar los artículos redactados por Marx y Engels. El resultado ha sido bastante insatisfactorio, porque la mayoría de los artículos no están firmados, a partir de 1855 el nombre de Marx desaparece por completo de la *Tribune* y una gran parte de los artículos apareció como editoriales, es decir, de forma anónima. Según escribe Riazánov, Marx y Engels, al redactar sus artículos, se atuvieron al principio por entero al esquema heredado de la democracia burguesa. Solo poco a poco se liberaron de esta influencia y elaboraron consecuentemente el punto de vista proletario. «Reconocieron <!-- S. 238 --> que la gran meta que se proponían, la liberación de la clase obrera, era, precisamente porque exige la cooperación de diversas naciones, incompatible “con una política exterior que persigue fines criminales, juega con los prejuicios nacionales y derrocha en guerras de piratería la sangre y los bienes del pueblo”. Al señalar esta conexión necesaria entre la política interior y la exterior y al proclamar la lucha de clases del proletariado contra la burguesía como principio rector en todos los ámbitos y en todas las fases del desarrollo histórico de la sociedad burguesa, exhortaron al proletariado a no perder nunca de vista todas las maquinaciones de la diplomacia secreta y a penetrar en los secretos de la política internacional».

Si la colaboración en la *Tribune* fue así para Marx una valiosa escuela de prueba y desarrollo, en su rendimiento material quedó muy por debajo de las promesas y expectativas. Dana era un tacaño que tiraba a la papelera innumerables artículos que por una u otra razón no utilizaba, sin pagárselos a su autor. Así, mirándolo de cerca, los ingresos prometidos se reducían enormemente. Pese a su gran laboriosidad y a la incesante ayuda de Engels, que una y otra vez lo sustituía con artículos, Marx siguió siendo el «jornalero del espíritu».

La familia se vio pronto asaltada por todos los horrores de la miseria del refugiado. Se llegó a situaciones y escenas que la llevaron al borde del abismo. Una carta de la señora Marx de esta época traza un cuadro estremecedor de la penuria en que se encontraban.

«Querido señor Weydemeyer: Pronto hará un año que encontré en casa de usted y de su querida esposa una acogida tan amable, que me sentí en su casa tan a gusto y tan bien, y en todo este largo tiempo <!-- S. 239 --> no he dado señales de vida... Pero las circunstancias me ponen la pluma en la mano: le ruego que nos envíe lo antes posible el dinero que haya entrado o entre de la *Revue*. Lo necesitamos mucho, muchísimo. Seguramente nadie puede reprocharnos que hayamos hecho nunca mucho ruido de lo que desde hace años hemos sacrificado y soportado; el público ha sido importunado poco o casi nunca con nuestros asuntos personales. Mi marido es muy susceptible en estas cosas, y prefiere sacrificar lo último antes que prestarse a las mendicidades democráticas, como los grandes hombres oficiales. Pero lo que sí podía esperar de sus amigos, sobre todo en Colonia, era un enérgico interés por su *Revue*. Este interés podía esperarlo sobre todo allí donde se conocían sus sacrificios por la *Neue Rheinische Zeitung*. En lugar de ello, el negocio ha quedado completamente arruinado por una gestión negligente y desordenada, y no se sabe qué ha sido más vergonzoso, si la dilación del librero o de los gerentes y conocidos de Colonia, o la conducta de la democracia en general.

Mi marido ha estado aquí a punto de quedar aplastado por las más mezquinas preocupaciones de la vida, y en una forma tan indignante que ha hecho falta toda su energía, toda la serena, clara y tranquila conciencia de sí que hay en su ser, para mantenerlo en pie en estas luchas diarias, de cada hora. Usted sabe, querido señor Weydemeyer, qué sacrificios hizo mi marido por el periódico. Metió en él miles en efectivo; asumió la propiedad del periódico, persuadido por los honrados demócratas, en un momento en que ya había pocas perspectivas de llevarlo adelante. Para salvar el honor político del periódico, para salvar el honor burgués de los conocidos de Colonia, cargó con todos los gravámenes, entregó su máquina, entregó todos los ingresos, y aun al marcharse pidió prestados trescientos <!-- S. 240 --> táleros para pagar el alquiler del local recién alquilado, los honorarios atrasados de los redactores, etc.; y fue expulsado por la fuerza. Usted sabe que de todo ello no nos quedamos nada para nosotros; yo fui a Fráncfort a empeñar mi plata, lo último que teníamos; en Colonia hice vender mis muebles. Mi marido, cuando empezó la desgraciada época de la contrarrevolución, se fue a París; yo lo seguí con mis tres hijos. Apenas instalados en París, expulsados de nuevo; a mí misma y a mis hijos se nos niega una estancia más larga. Lo sigo otra vez al otro lado del mar. Al cabo de un mes nace nuestro cuarto hijo. Tendría usted que conocer Londres y las circunstancias de aquí para saber lo que significa: tres niños y el nacimiento de un cuarto. Solo de alquiler teníamos que pagar 42 táleros al mes. Todo esto pudimos sufragarlo con un patrimonio propio que habíamos recibido. Pero nuestros pequeños recursos se agotaron cuando apareció la *Revue*. Pese a lo convenido, el dinero no llegaba, y luego en pequeñas sumas sueltas, de modo que caímos en las situaciones más espantosas.

Le describiré solo un día de esta vida, tal como fue, y verá usted que quizá pocos refugiados han pasado por algo semejante. Como aquí las nodrizas son inasequibles, decidí, pese a constantes y terribles dolores en el pecho y en la espalda, amamantar yo misma a mi hijo. Pero el pobre angelito bebió de mí tantas preocupaciones y tanta pena callada que estaba siempre enfermizo, y día y noche padecía fuertes dolores. Desde que está en el mundo no ha dormido aún una noche entera, a lo sumo dos o tres horas. Últimamente se le añadieron además violentas convulsiones, de modo que el niño oscilaba continuamente entre la muerte y una vida miserable. Con estos dolores mamaba con tanta fuerza que mi pecho se llagó y se abrió; a menudo la sangre le corría en la boquita temblorosa. Así estaba yo sentada <!-- S. 241 --> un día cuando de pronto apareció nuestra casera, a la que en el curso del invierno habíamos pagado más de 250 táleros y con la que habíamos convenido por contrato pagar el dinero siguiente no a ella, sino a su *landlord*, que anteriormente la había hecho embargar. Ahora negó el contrato y exigió cinco libras que aún le debíamos, y como no las teníamos en el acto, entraron en casa dos alguaciles, embargaron todos mis pocos bienes, camas, ropa blanca, vestidos, todo, hasta la cuna de mi pobre hijo y los mejores juguetes de las niñas, que estaban allí bañadas en lágrimas. Amenazaron con llevárselo todo en dos horas; yo me habría quedado entonces sobre el suelo desnudo con mis hijos ateridos, con mi pecho dolorido. Schramm, nuestro amigo, corrió a la ciudad a buscar ayuda. Sube a un cabriolé, los caballos se desbocan, salta del coche y nos lo traen a casa sangrando, donde yo me lamentaba con mis pobres hijos temblorosos.

Al día siguiente tuvimos que dejar la casa; hacía frío, llovía y estaba gris; mi marido nos busca una vivienda, nadie quiere aceptarnos cuando habla de cuatro niños. Por fin nos ayuda un amigo, pagamos y yo vendo rápidamente todas mis camas para pagar al boticario, al panadero, al carnicero y al lechero, a quienes el escándalo del embargo había asustado y que de repente se me echan encima con sus facturas. Las camas vendidas se sacan a la puerta y se cargan en una carreta; ¿y qué sucede? Se había hecho tarde, después de la puesta del sol; la ley inglesa lo prohíbe; el casero irrumpe con agentes de policía, afirma que podría haber cosas suyas entre ellas, que queríamos escaparnos a un país extranjero. En menos de cinco minutos hay ante nuestra puerta más de doscientas o trescientas personas, toda la chusma de Chelsea. Las camas vuelven adentro; hasta la mañana siguiente, después de salir el sol, no pueden entregarse al comprador. Cuando <!-- S. 242 --> así, mediante la venta de todas nuestras pertenencias, estuvimos en condiciones de pagar hasta el último céntimo, me mudé con mis pequeños queridos a nuestros dos cuartitos actuales en el hotel alemán, Leicester Street, Leicester Square, donde por 5½ libras a la semana encontramos una acogida humana.

... No crea usted que estos sufrimientos mezquinos me han doblegado; sé demasiado bien que nuestra lucha no es una lucha aislada, y que además yo me cuento todavía entre los elegidos afortunados y favorecidos, pues mi querido marido, el sostén de mi vida, sigue a mi lado. Pero lo que de verdad me aniquila hasta lo más íntimo y me hace sangrar el corazón es que mi marido tenga que pasar por tantas mezquindades, que se le hubiera podido ayudar con tan poco, y que él, que tantas veces ayudó a tantos con gusto y alegría, se encontrara aquí tan desamparado... Lo único que mi marido podía exigir de aquellos que de él habían recibido tantas ideas, tanto aliento, tanto apoyo, era que desplegaran más energía comercial, más interés por su *Revue*. Ese poco se lo debían. Creo que nadie habría salido engañado. Eso me duele. Pero mi marido piensa de otro modo. Nunca, ni en los momentos más terribles, ha perdido la seguridad en el porvenir, ni siquiera el humor más alegre, y estaba completamente contento cuando me veía alegre y a nuestros encantadores hijos haciendo mimos a su querida mamaíta. No sabe que le he escrito a usted, querido señor Weydemeyer, tan extensamente sobre nuestra situación; no haga usted, por tanto, uso alguno de estas líneas...».

La tragedia de la vida de refugiado en Inglaterra comenzó en la pequeña y mísera vivienda de Dean Street, un barrio proletario, en la que Marx se instaló en junio de 1850. Era una vivienda insólitamente mala y pobre, compuesta de una habitación y un cuartito, de modo que la única pieza que servía de vivienda a siete personas era al mismo tiempo

<!-- S. 243: Bildtafel „Liebknecht als Freischärler“ -->

<!-- S. 244: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 245 --> cocina, cuarto de estudio y sala de visitas para las numerosas personas que entraban y salían de su casa. Para el estudio propiamente dicho no quedaba más que la biblioteca del Museo Británico, en la que durante muchos años estuvo sentado trabajando de la mañana a la noche.

Engels le prestó una gran ayuda económica con una naturalidad inquebrantable. Entre los muchos miles de cartas que fueron y vinieron entre Londres y Mánchester, apenas hay una sola en la que no se hable también de dinero con un par de palabras o de líneas. Ya sea que Marx, con estallidos de queja, desesperación o rabia, pida al amigo la ayuda más rápida, ya sea que Engels, con su calma sencilla y discreta, registre el estereotipado «Adjunto *Post Office Order* por... libras». Y eso que Engels no vivía en modo alguno en la abundancia. Percibía un sueldo modesto y tenía a menudo discusiones sobre sus ingresos tanto con su padre como con los demás socios de la firma. A ello se añadían toda clase de contrariedades: unas veces el cajero no tenía dinero, otras el apoderado negaba un anticipo, o la visita de la familia no debía ver nada de los envíos de dinero. «Después de pasear a mi viejo por aquí durante ocho días», escribe en una ocasión a Marx, «lo he despachado felizmente y por fin puedo enviarte hoy adjunta una *Post Office Order* por 5 libras...». O en otra ocasión: «Mañana se va mi hermano, y por fin volveré a tener tranquilidad. En todo este tiempo no he estado solo ni un momento, y me ha sido de todo punto imposible enviarte el billete de banco antes del sábado...».

De vez en cuando, a intervalos mayores o menores, Engels se ponía en movimiento por gritos de auxilio especialmente fuertes. Así, por una carta del 31 de marzo de 1851, en la que se dice: «Sabes que el 23 de marzo tenía que pagar 31 libras y 10 chelines al viejo Bamberger y el <!-- S. 246 --> 16, 10 libras al judío Stiebel, todo en letras en circulación. Primero había hecho preguntar directamente a mi suegra por medio de Jenny. La respuesta fue que Edgar ha sido expedido de nuevo a México con el resto del dinero de Jenny y que no he podido sacar ni un céntimo. A Stiebel le pagué el 16 de marzo sus 10 libras con ayuda de Pieper. Frente al viejo Bamberger no me quedó más remedio que extenderle dos letras... Mi madre me declara *positivement* que protestará toda letra girada contra ella. Así que para el 21 de abril tengo que esperar lo peor del viejo Simon Bamberger, que se ha puesto furioso. Al mismo tiempo, mi mujer ha dado a luz. El parto fue fácil, pero ahora está muy enferma en cama, más por razones burguesas que físicas. Y además no tengo *verbalement* ni un *farthing* en casa; en cambio, tanto más facturas del pequeño *commerce*, carnicero, panadero, etc. Reconocerás que la salsa entera es *passablement* agradable y que estoy metido hasta la coronilla en la porquería pequeñoburguesa. ¡Y encima se ha explotado a los obreros! ¡Y se aspira a la dictadura! *Quelle horreur!* Pero eso no es todo. El fabricante que me prestó dinero en Bruselas desde Tréveris me apremia y lo reclama porque su fundición de hierro va mal. *Tant pis pour lui.* No puedo satisfacerle».

Siempre era Engels quien procuraba consejo y dinero, sin impacientarse ni una sola vez, sin negar ni una sola vez su ayuda. Sin interrupción, carta tras carta, los billetes viajaban a Londres, donde desaparecían en el tonel de las Danaides de una economía doméstica ciertamente no muy ahorrativa ni racional. Todavía hasta 1854 fue el sueño callado de Engels dedicarse a escribir y trasladarse a Londres. Pero la reflexión de que entonces ya no <!-- S. 247 --> podría ayudar materialmente a Marx le decidió a quedarse en el «maldito comercio».

En agosto de 1851 la penuria volvía a ser espantosamente grande. «Puedes imaginarte», escribió Marx a Weydemeyer, «que mi situación es muy sombría. Mi mujer se hundirá si esto dura mucho. Las preocupaciones constantes, la más mínima lucha burguesa la consumen. Y a eso se añade la infamia de mis adversarios... yo me reiría de toda esa porquería; tampoco me dejo perturbar por ella ni un instante en mi trabajo, pero comprenderás que mi mujer, que está enferma y metida de la mañana a la noche en la más desagradable miseria burguesa, y cuyo sistema nervioso está afectado, no se reanime con que cada día unos estúpidos chismosos le traigan las emanaciones de las cloacas pestilentes de la democracia...».

En la Pascua de 1852, la hijita de Marx, nacida un año antes entre penuria y aflicción, abandonó de nuevo el mundo inhóspito, y hubo de nuevo en la casa una verdadera escena de miseria. La madre la describe en su diario: «En la Pascua de 1852 nuestra pobre pequeña Franziska enfermó de una grave bronquitis. Durante tres días luchó la pobre niña con la muerte. Sufrió tanto. Su cuerpecito sin vida descansaba en el cuartito de atrás; todos nosotros nos trasladamos juntos al de delante y, cuando llegó la noche, nos acostamos en el suelo. Allí yacían con nosotros los tres hijos vivos, y llorábamos por el angelito que reposaba frío y lívido a nuestro lado. La muerte de la querida niña cayó en la época de nuestra pobreza más amarga. Nuestros amigos alemanes no podían ayudarnos... Ernest Jones, que nos visitó por entonces y había prometido ayudarnos, no pudo hacer nada... En la angustia de mi corazón corrí a casa de un refugiado francés que vivía cerca y que nos había visitado poco antes. Me dio enseguida, con la más amable compasión, dos libras esterlinas. Con <!-- S. 248 --> ellas se pagó el pequeño ataúd en el que mi pobre niña duerme ahora en paz. No tuvo cuna cuando vino al mundo, y también la última y pequeña morada le fue negada largo tiempo. ¡Qué sentimos cuando la sacaron para llevarla a su último lugar de reposo!».

Los años a partir de 1852 fueron para Marx, desde el punto de vista político, casi «años de paz idílica», pues ya no entró en conflictos ni controversias con adversarios, se mantuvo apartado de toda actividad política y se enterró por completo en el trabajo científico. En el aspecto económico, sin embargo, no fueron en nada mejores que sus predecesores. Solo dos pasajes de cartas del año 1853: «Querido Engels: Hace mucho que no te escribo, ni siquiera para acusar recibo de las 5 libras, porque tengo que consumir *my time* y *my energies* en un embrollo indescriptible. El 7 de julio había dado mi letra a Spielmann. El 31 de agosto el tipo me declara —después de haber ido a verle siete veces— que la letra se ha perdido, etc. Así que me había arrastrado durante semanas empeñándolo todo hasta la última pieza, y había citado de nuevo a todos los acreedores para el 3 de septiembre, después de haberlos entretenido desde julio. Como no tengo más recursos que los ingresos de la *Tribune*, comprenderás mi situación...». Y con fecha del 8 de octubre: «Desde hace ya diez días ni un *sou* en casa. De que Spielmann me ha estafado tengo ahora las pruebas en la mano... Ahora tengo que girar otra vez 24 libras esterlinas...».

Junto a la pobreza, la enfermedad era huésped perpetuo de la casa. La estrecha vivienda, situada en un barrio insalubre, sin aire y sin sol, no dejaba prosperar la salud. Unas veces era el propio Marx quien pasaba semanas en cama, con una dolencia del hígado, según creía, una vieja herencia familiar. Otras escribe a Engels sobre su mujer: «Mi mujer está muy enferma, adelgaza y tose», y <!-- S. 249 --> en otra ocasión: «Mi mujer está enferma, Jennychen está enferma, Lenchen tiene una especie de fiebre nerviosa. No puedo ni pude llamar al médico porque no tengo dinero para medicinas. Desde hace ocho o diez días he alimentado a la *family* con pan y patatas, y aun es dudoso que hoy pueda conseguirlas. Esta dieta, naturalmente, no ha sido provechosa con las actuales condiciones climáticas». La mayor preocupación se la causaba su tercer hijo, el único varón, que era a la vez su orgullo y su esperanza. Pues este muchacho —llamado Edgar por el cuñado de Marx— poseía dotes intelectuales extraordinarias y, en su amor a la ciencia y a los libros, era la imagen de su padre. Pero era enfermizo desde la infancia, achacoso, de fuerza vital debilitada, una verdadera plantita mustia de cuartos sin luz y mesas escasas. En 1855 vino a añadirse una nueva niña que daría preocupaciones, la pequeña Eleanor, la sexta de la serie. Tussy, como la llamaban cariñosamente, era al nacer tan poco desarrollada, débil e incapaz de vivir que hizo falta el mayor esfuerzo para sacarla adelante. Hasta los cinco años hubo que alimentarla exclusivamente, y hasta los diez preferentemente, con leche, y con ello se puso sana, redonda como una bola, rebosante de salud, la preferida de todos.

Algunos meses después vivió Marx el mayor dolor de su vida hasta entonces: Edgar, su querido «Musch», murió a los nueve años en sus brazos tras semanas de grave enfermedad. Pocos días después escribió a Engels: «La casa está completamente desierta y huérfana desde la muerte del querido niño, que era su alma vivificante. Es indescriptible cuánto nos falta el niño en todas partes. He pasado ya por toda clase de desgracias, pero solo ahora sé lo que es una verdadera desdicha. Por suerte, desde el día del entierro tuve unos dolores de cabeza tan atroces que se me han ido el pensar, el ver y el oír. En medio de todos los terribles tormentos que he pasado <!-- S. 250 --> estos días, me ha sostenido siempre el pensamiento de ti y de tu amistad y la esperanza de que aún tenemos algo razonable que hacer en el mundo».

Un año después murió en Tréveris la anciana baronesa von Westphalen; la señora Marx, su hija, viajó con los niños al lecho de enferma y de muerte de su madre. Y tras la muerte le correspondió una pequeña herencia de un par de cientos de táleros. Entonces Marx se decidió a buscar una nueva vivienda. A principios de 1857 la familia se trasladó a una vivienda nueva, más espaciosa y más sana, situada en el número 9 de Grafton Terrace. Todos respiraron, y la señora Marx estaba dichosa. «Es una vivienda verdaderamente principesca comparada con nuestros agujeros anteriores», escribió a una amiga, «y aunque todo el mobiliario, de la cabeza a los pies, no costó mucho más de 40 libras (el *second hand rubbish* desempeñó un gran papel en ello), al principio me sentía grandiosa en nuestro flamante *parlour*... Aunque la magnificencia no duró mucho, pues pronto tuvo que volver a peregrinar una pieza tras otra a la “casa de empeños”, por una vez nos alegramos de nuestra comodidad burguesa».

En esta vivienda le nació a Marx todavía un hijo, que sin embargo no era viable. Las circunstancias que lo acompañaron fueron espantosas y causaron a Marx una impresión tan terrible que estuvo varios días completamente fuera de sí. En cartas a Engels subraya una y otra vez, entre «recuerdos atormentadores», que no está en condiciones de referirse a ello por carta.

Todos los que entraron en una relación humana más estrecha con Marx informan unánimemente de su amor alegre, tierno y bondadoso por los niños. ¡Qué podría ser más característico del hondo y delicado secreto de su estructura anímica que este rasgo! Este hombre violento, gruñón, pendenciero, este camorrista provocador <!-- S. 251 --> y empeñado siempre en tener razón, que estaba en guerra con todo el mundo y temblaba siempre por su superioridad, llevaba en lo más hondo de su alma un inmenso tesoro de ternura, bondad y la más delicada capacidad de entrega. Pero como en el inconsciente tenía siempre miedo de que su ternura y su bondad pudieran ser su perdición, solo se abría en su profunda belleza humana, que tenía por debilidad y de la que se avergonzaba ante los adultos, cuando se hallaba fuera de la lucha competitiva con los adultos, lejos de las rivalidades de prestigio y de las marcas de superioridad de la arena que se llama vida. Podía jugar con los niños como un niño, se despojaba de toda autoridad como de una armadura molesta, nunca se ofendía, nunca estaba malhumorado, nunca se preocupaba por su prestigio. Los niños lo llamaban —como también los amigos— «Moro», y en las calles de su barrio era conocido como el «*père* Marx», que siempre llevaba en el bolsillo golosinas para los pequeños golosos. No consta si Marx era también un gran amigo de los animales; este rasgo no haría sino atestiguar por partida doble el fondo anímico secreto de su amor a los niños como la sustancia más íntima y propia de su psique.

A mitigar los indecibles sufrimientos de los años de refugiado contribuyó, además de Engels, sobre todo *una* persona, a la que hay que recordar también en este lugar: el bueno y fiel espíritu tutelar de la casa, Lenchen Demuth. Esta encarnación del sacrificio de sí misma, que tiene su pareja en la Babeli de Pestalozzi, había llegado a los ocho o nueve años a la casa de la baronesa von Westphalen; cuando la hija de esta se casó con Marx, le había enviado a Lenchen «como lo mejor que podía enviarle». Y la «fiel y querida Lenchen» abandonó la patria con Marx y su mujer, fue con ellos a París, Bruselas, Colonia y Londres, vio nacer y morir a los niños, pasó con la familia pobreza, hambre, penuria y aflicción, cuidó incansablemente de los <!-- S. 252 --> niños, de los amigos de la casa, de los muchos refugiados pobres de solemnidad, puso pan en la mesa cuando todo estaba en la casa de empeños, atendió a los enfermos, lavó y remendó por las noches, fue el apoyo indispensable de la casa, el buen ángel de la guarda de la familia, la fuente nunca agotada de la más desinteresada disposición a ayudar y a entregarse. «A cambio», como cuenta Liebknecht, que frecuentó durante años la casa de Marx, «ejercía una especie de dictadura. Y Marx se sometía como un cordero a esa dictadura. Se ha dicho que nadie es un gran hombre para su ayuda de cámara. Para Lenchen, Marx no lo era, ciertamente. Ella se habría sacrificado por él, habría dado cien veces la vida por él, por la señora Marx y por cada uno de los hijos, si hubiera sido necesario y posible —y de hecho dio su vida—, pero Marx no podía imponérsele. Lo conocía con sus caprichos y debilidades, y lo manejaba a su antojo. Por irritado que estuviera, por mucho que tronara y rugiera, de modo que cualquier otro prefería mantenerse alejado de él, Lenchen entraba en la cueva del león, y si este gruñía, le cantaba las cuarenta con tal energía que el león se volvía manso como un cordero». Fue cosa natural que esta persona, conmovedoramente fiel, unida a la familia Marx por mil lazos del alma, fuera recibida tras su muerte —como ya lo habían dispuesto la señora Marx y, después de ella, el propio Marx— en la tumba familiar.

### Trato y amigos

Asqueado por la suciedad de las luchas de partido y lleno de encono frente a un entorno que sentía hostil, Marx se había retirado a la soledad de los estudios científicos.

Pero la vida, a la que intentaba esquivar, lo siguió a la estrechez de su cuarto, se sentaba con él en el rincón de trabajo de la biblioteca, estaba junto a su escritorio <!-- S. 253 --> y fluía en su pluma. Aparecía bajo el ropaje de la necesidad, que lo obligaba a escribir artículos sobre acontecimientos del día y cuestiones políticas para la *New York Tribune*. Bajo la figura de los amigos y compañeros de lucha que entraban y salían en Londres, lo visitaban, le pedían consejo, apelaban a su interés político. En forma de los acontecimientos en el frente de las luchas políticas, que lo obligaban a tomar posición, a emitir juicios, a adoptar medidas.

Así, la práctica viva no se dejaba desplazar por la reflexión teórica. Pero el paso de la reserva más contemplativa y crítica a la participación activa y a la colaboración positiva se produjo en etapas prudentes. En el fondo, Marx era un hombre insociable, y lo que más le gustaba era no tener trato alguno.

Con todo, mantenía algunas relaciones importantes con hombres que desempeñaban entonces un papel en la vida política de Inglaterra, en primer lugar con David Urquhart, George Julian Harney y Ernest Jones.

Urquhart era un diplomático inglés que, como representante de una política favorable a los turcos, había hecho tarea de su vida el combate fanático contra los planes rusos de dominio mundial, sobre todo en Oriente. Según Urquhart, lord Palmerston, el estadista que dirigía la política exterior inglesa de aquella época, estaba comprado por Rusia; por eso lo perseguía con odio ardiente. Y toda la política antipalmerstoniana de los liberales ingleses se servía de los materiales y argumentos que Urquhart suministraba. Marx, que no como turco o amigo de los turcos, sino como revolucionario, combatía igualmente a Palmerston y su política rusófila, tuvo una entrevista con Urquhart que condujo a una relación duradera; escribió también artículos para el periódico de Urquhart, sin llegar, no obstante, a un contacto más estrecho con él. Pues Urquhart, «un monomaníaco completo», como lo llamaba Marx, era adversario del movimiento cartista, <!-- S. 254 --> mientras que Marx estaba muy cerca del ala izquierda del cartismo. Con todo, en sus ocho artículos sobre lord Palmerston escritos en 1853 para el *People’s Paper*, en los que ilumina crudamente los trasfondos y las profundidades de la política balcánica anglo-ruso-turca, Marx utilizó todas las sugerencias e informaciones que Urquhart había aportado de su actividad diplomática y de su estudio de los documentos pertinentes. «Esta es la mejor ocasión», declaraba Marx en el sexto artículo, remitiéndose a documentos de que disponía su informante, «para hacer justicia al señor David Urquhart, que durante veinte años fue el más encarnizado adversario de lord Palmerston, al que siempre se enfrentó como enemigo declarado, al que ningún temor redujo al silencio, ningún soborno movió a la condescendencia ni ninguna lisonja sedujo a hacerse su partidario, mientras que Palmerston lograba por lo demás amansar a todos sus otros enemigos, ya con palabras lisonjeras, ya con artes de seducción».

Más estrechas que con Urquhart eran las relaciones que Marx mantenía con Harney y Jones. Ambos ocupaban posiciones dirigentes en el campo de los cartistas, eran hombres cultos, leídos, profundamente honrados y populares; el primero, periodista de origen proletario; el segundo, abogado con relaciones familiares con la más alta aristocracia, que él, sin embargo, desdeñaba. Ambos sentían también el mayor respeto por la personalidad revolucionaria de Marx, su espiritualidad eminente y su consecuencia inquebrantable. Harney había adquirido grandes méritos con la traducción al inglés del *Manifiesto comunista* y de los artículos de la *Revue*. Jones fue con harta frecuencia para la familia Marx, en sus apuros materiales, un amigo servicial y desinteresado. Pero en las luchas de la emigración no se alinearon tan ciega e incondicionalmente como Marx exigía. De Harney <!-- S. 255 --> decía Marx que se había «constituido en séquito de los enemigos personales directos y de lo más ruin», y de Jones, que «con toda su energía, perseverancia y actividad, lo echaba todo a perder con charlatanería, con una búsqueda sin tacto de pretextos de agitación y con la inquietud de querer saltarse el tiempo». Como hacían algunas concesiones al partido contrario y en las disputas se comportaban a veces de manera reservada o vacilante, Marx les hizo sentir toda la dureza y la hiel de su hostilidad, con la que, también en otros casos, se privaba con impetuosidad colérica de casi toda amistad profunda y de toda camaradería fecunda.

Incluso en las relaciones con el joven Liebknecht, que era huésped diario de la casa y compañero de juegos de los niños, hubo un periodo de tensión e irritación que llevó a Liebknecht a evitar durante mucho tiempo a la familia, que se le había vuelto indispensable. Liebknecht no había abandonado la Asociación Obrera junto con los demás, sino que se había esforzado incansablemente por lograr una mediación y un entendimiento entre los campos enemigos. No lo consiguió, y pronto descubrió que estaba sentado entre dos sillas en una situación sumamente desagradable. Entonces, un día, en la calle, se le echaron inesperadamente en los brazos los hijos de Marx, que, felicísimos por el encuentro con su querido compañero de juegos, no le dieron tregua hasta que, tras larga resistencia, los acompañó a casa. Arrastraron a Liebknecht a la vivienda, y cuando Marx oyó el júbilo, se levantó, fue hacia Liebknecht y le tendió la mano riendo. Sobre la desavenencia no volvió a hablarse una palabra.

Cuando en 1856 el sastre Leßner, uno de los condenados en el proceso de los comunistas de Colonia, llegó a Londres tras cuatro años y medio de prisión y encontró la Asociación Obrera en gran desamparo,[^t-37-1] Liebknecht ganó en él un colaborador muy activo para la reorganización de la Asociación. La camarilla de Kinkel, que dominaba la vida de la Asociación, <!-- S. 256 --> fue desplazada, se impuso un programa de trabajo y se ganó también a Marx para la labor educativa. En el invierno de 1856-57 la Asociación volvió a florecer como antaño; muchos antiguos miembros regresaron; la táctica de los exaltados ultrarradicales había fracasado. Volvía a haber un centro para un trabajo serio y provechoso. Marx dio una serie de lecciones de economía política y reanudó así la actividad que ya había ejercido en 1850-51. Según cuenta Liebknecht, procedía metódicamente de modo que formulaba una tesis, lo más breve posible, y la explicaba en una exposición más larga, esforzándose con gran cuidado por evitar todas las expresiones incomprensibles para el obrero. Luego invitaba a los asistentes a hacerle preguntas. «Si no lo hacían, empezaba a examinar, y lo hacía con tal habilidad pedagógica que no se le escapaba ninguna laguna, ningún malentendido». Orador no era Marx; no poseía la capacidad de hablar libremente ante un público. Además, ceceaba un poco y no lograba desprenderse del ancho dialecto renano. Algunas pocas veces tuvo, con todo, que actuar como orador pese a sus fuertes inhibiciones. Caía entonces en una gran excitación apasionada, que era un encubrimiento de su miedo al fracaso. En toda situación importante de su vida, este gigante, que se disponía a sacar el mundo de sus goznes, estaba preso del miedo a la insuficiencia de su ser. Y cuanto más débil se sentía, con tanto más poderío se imponía.

Si de los amigos y correligionarios con los que Marx tuvo trato constante en los años cincuenta se nombra todavía aquí a Ferdinand Freiligrath y a Wilhelm Wolff, la serie se cierra con las relaciones más cálidas y fieles. Freiligrath, cuando llegó a Londres y fue cortejado por las distintas <!-- S. 257 --> tendencias, campos y fracciones de la emigración, había declarado categóricamente que solo quería «tratar con Marx y sus amigos más íntimos». Se hizo gerente de la agencia londinense de la Banque Générale Suisse de Ginebra y tenía buenos ingresos, de modo que podía decir de sí mismo que tenía la dicha de poder comer los «bistecs del destierro». Ciertamente daba mucho a refugiados políticos pobres, y la familia Marx tuvo en él un valioso apoyo. Wilhelm Wolff, que desde la *Rheinische Zeitung* pertenecía al círculo de amigos de Marx, era, después de Engels, el más cercano a él. Era hijo de un posadero de la Silesia central y vivía como emigrado en Inglaterra, mal que bien, de ganancias ocasionales y de una herencia paterna. Cuando murió en 1864, tras larga enfermedad, de una hemorragia cerebral, instituyó a Marx heredero de su pequeña fortuna.

### *El señor Vogt*

Como habían empezado, así terminaron los años cincuenta —la primera década en suelo inglés—: con conflicto y querella. La vieja caldera de brujas de la emigración volvió a desbordarse y esparció un vaho venenoso que apestó toda la Europa política.

En 1859 Marx se vio envuelto en una controversia que supuso para sus nervios la peor prueba de resistencia. Se trataba del caso Vogt. La cosa era como sigue:

La lucha de la burguesía italiana por su independencia y unidad nacionales, librada durante decenios, había hecho madurar el convencimiento de que las fuerzas propias y militares de la burguesía no bastaban para llevar en un plazo previsible la lucha de emancipación a una conclusión victoriosa. La burguesía liberal y democrática había utilizado finalmente como tiro de arrastre al reino de Cerdeña, pero tampoco así había <!-- S. 258 --> alcanzado su meta. Entonces Cerdeña, que formaba ya el núcleo de la consolidación nacional, se había dirigido bajo Cavour a Napoleón III en demanda de ayuda militar. Se llegó al tratado de Plombières, en el que se acordó la guerra de Cerdeña y Francia contra Austria y la cesión de Niza y Saboya a Francia a cambio de la ayuda prestada. No la revolución, sino la guerra había de traer la unificación y la independencia de Italia.

Esta jugada diplomático-militar, que dejaba fuera de juego la acción revolucionaria del pueblo, encontró múltiple oposición dentro y fuera de Italia. Mazzini, el padre de las sociedades secretas conspirativas, que vivía refugiado en Londres, declaró que el tratado era una intriga dinástica cuya excesiva astucia sacrificaba los intereses de Italia a la avidez de conquista imperialista de Napoleón. En efecto, a Napoleón le importaba menos la liberación de Italia de Austria que la ampliación de la esfera de poder francesa. Del mismo modo, la guerra tenía menos el fin de expulsar a Austria de Italia que el de mantener a Austria alejada de los Balcanes, donde Rusia quería despachar sin estorbos sus negocios imperialistas. Para todos los que, como revolucionarios, tenían que estar contra la política de Rusia y de Francia, pero no podían estar a favor del mantenimiento de la dominación extranjera austriaca en Italia, y que al mismo tiempo tenían que tener presentes los intereses italianos y alemanes, era sumamente difícil encontrar la posición política correcta.

Unos tenían la guerra italiana por un mero pretexto tras el cual el bonapartismo francés y el zarismo ruso se daban la mano contra Alemania, que sin la ayuda de Austria era impotente. Una victoria de Francia en Italia —declaraban— significaría para Alemania la pérdida de la orilla izquierda del Rin en una guerra franco-alemana que seguiría inmediatamente. <!-- S. 259 --> Abogaban, por tanto, por una acción conjunta de Prusia con Austria para derrotar a Napoleón. Quien quisiera defender el Rin tenía que defenderlo junto a Austria en el Po. A ello se oponía el entusiasmo de los otros por las aspiraciones liberales y nacionales de los italianos, que había que apoyar en cualquier circunstancia. Una intervención de Prusia en favor de Austria —declaraban— significaría el fortalecimiento de la contrarrevolución y sería un crimen contra el desarrollo histórico. Pero en los círculos pequeñoburgueses también Napoleón tenía sus partidarios y defensores, que temían por su éxito si Prusia intervenía en favor de Austria. El propio Napoleón veía, en efecto, su mayor peligro en una intervención activa de Prusia al lado de Austria; por eso hizo que sus agentes y lacayos de la prensa desarrollaran una viva propaganda en favor de la neutralidad de Prusia.

En Alemania, sobre todo, había en los círculos de sentimiento nacional otra opinión que encontró mucho eco. Se pronunciaba contra Austria, porque un debilitamiento o una derrota de Austria tendría que traer consigo un fortalecimiento de Prusia. Con ello se acercaría a su realización la unificación de Alemania bajo la hegemonía de Prusia. Por esta idea abogó con gran energía, por ejemplo, Lassalle en su folleto *Der italienische Krieg und die Aufgaben Preußens* [La guerra italiana y las tareas de Prusia]. La nación alemana —exponía— tenía en el movimiento de unificación italiano el mismo interés apremiante que en la destrucción del despotismo austriaco, que era el baluarte de toda reacción. Contra una guerra de Napoleón contra Prusia se levantaría el pueblo entero. Pero ahora había llegado para Prusia el momento favorable, no solo para ser neutral frente a Austria, sino para hacer en el norte lo mismo que Napoleón hacía en el sur. «Si Napoleón cambia el mapa europeo según el principio de las nacionalidades <!-- S. 260 --> en el sur, nosotros hacemos lo mismo en el norte. Si Napoleón libera Italia, nosotros tomamos Schleswig-Holstein».

Aproximadamente la misma opinión sostenía el profesor suizo Karl Vogt. En una carta a Engels, Marx esboza el programa político de Vogt: «Alemania renuncia a sus posesiones no alemanas. No apoya a Austria. El despotismo francés es pasajero; el austriaco, permanente. Se permite a ambos déspotas desangrarse (incluso es visible cierta inclinación hacia Bonaparte). Alemania, neutralidad armada. En un movimiento revolucionario en Alemania no hay que pensar, como Vogt “sabe de la mejor fuente”, *during our lifetime*. Por consiguiente, en cuanto Austria esté arruinada por Bonaparte, comenzará por sí solo en la patria un desarrollo liberal-nacional moderado al estilo de una regencia del Imperio, y Vogt quizá llegue a bufón de la corte prusiana».

Marx adoptó un punto de vista completamente distinto del de Lassalle y Vogt. Como adversario ardiente tanto del bonapartismo como del zarismo, veía en la guerra el engendro de una alianza franco-rusa. En un artículo en *The Peoples Press*, el periódico de Jones, arremetió con fuerza contra Lassalle y Vogt. Y en una carta a Engels expone lo que había que hacer: «El panfleto de Lassalle es un *enormous blunder*... En cuanto a los “gobiernos”, es evidente que, desde todos los puntos de vista, ya en interés de la existencia de Alemania, hay que exigirles no que permanezcan neutrales, sino, como dices con razón, que sean patrióticos. Pero la punta revolucionaria se le da a la cosa sencillamente subrayando la oposición a Rusia aún con más fuerza que la oposición a Boustrapa. Eso es lo que Lassalle hubiera debido hacer frente a la gritería antifrancesa de la *Neue Preußische Zeitung*. Es también este punto el que, en la práctica, en el curso de la guerra, empujará a los gobiernos alemanes a la traición al Imperio y por el que se les podrá agarrar del cuello».

<!-- S. 261 --> Engels, entretanto, había expuesto su punto de vista, compartido por Marx, en un escrito, *Po und Rhein* [El Po y el Rin], que había aparecido en abril de 1859, por mediación de Lassalle, en la editorial de Franz Duncker de Berlín.

Al mismo tiempo, Marx recibió del refugiado badense Karl Blind una información confidencial según la cual Vogt estaba a sueldo de Napoleón, percibía altas subvenciones por su agitación, había intentado sobornar a un publicista, etc. Marx transmitió la noticia de palabra, hasta que un día apareció en el periódico alemán *Das Volk*, que se publicaba en Londres y para el que Marx escribía artículos.

Vogt respondió con un torrente de insultos y desplegó en toda la prensa alemana una campaña desmesurada contra la «banda del azufre» y su «jefe Karl Marx».

Quiso el azar que poco después Liebknecht encontrara en una imprenta de Mánchester una hoja volante redactada por Blind que contenía las revelaciones de Blind contra Vogt. Liebknecht se procuró un ejemplar y lo envió a la *Augsburger Allgemeine Zeitung*, de la que era corresponsal. La hoja fue publicada y causó una sensación enorme. Vogt juró por lo más sagrado que era víctima de una calumnia infame y demandó al periódico por calumnia.

Se produjeron incidentes muy enojosos. Blind, citado como testigo, se echó atrás; los redactores acusados se encontraron ante el tribunal sin pruebas; finalmente, la demanda fue desestimada por razones formales. Vogt no obtuvo un éxito procesal, pero sí moral, y lo explotó a fondo ante la opinión pública. Para colmo, Blind declaró en una carta a la prensa que la hoja volante era una «invención malintencionada». El informe taquigráfico de la vista publicado por Vogt dio testimonio documental <!-- S. 262 --> a su favor. Marx y su círculo quedaron como viles calumniadores.

Entonces Marx perdió la calma que hasta entonces había conservado. Volvió las tornas y arremetió contra Vogt con el arsenal de toda su rutina polémica y panfletaria. Buscó testigos, hizo averiguaciones policiales y judiciales, rebuscó en viejas correspondencias, acarreó material de todo el mundo, desmenuzó los artículos de Vogt y demostró que se componían de consignas, titulares y jirones de frases de folletos de agitación bonapartistas, abrió todas las esclusas de su ingenio, de su escarnio, de su sátira despiadada para entregar a Vogt al ridículo y al desprecio. Así nació, en el trabajo de un año entero, un volumen de doce pliegos titulado *El señor Vogt*, que apareció en Londres, pero se distribuyó tan mal que no logró en absoluto su efecto sobre el gran público. La prensa silenció el libro; quien no tenía un interés especial en el caso lo dejó sin leer por su extensión, por la abundancia de material y por su prolijidad. Vogt triunfó. El cañoneo no le alcanzó. Su escudo estaba limpio...

Pero once años después se abrieron para la Comuna de París los compartimentos secretos del Gobierno en las Tullerías. Y allí estaba anotada, con el recibo de puño y letra del «señor Vogt», la suma de 40 000 francos que el hombre de honor había recibido en agosto de 1859 como dinero de Judas del fondo de reptiles bonapartista.

La prensa silenció también esta revelación.

Pero Marx quedó justificado.

### Condenado al destierro perpetuo

El año 1861 trajo el advenimiento al trono de Guillermo I de Prusia y, con este motivo, una amnistía.

Fue una amnistía muy poco benévola, concedida a medias y <!-- S. 263 --> de mala gana, mezquina, «la más piojosa que se haya decretado en país alguno (sin exceptuar Austria) desde 1849», como escribió Marx, amargado, a Engels. Los refugiados de 1848-49 podían regresar, pero no quedaban amnistiados sin más, sino que tenían que solicitar «de oficio» la gracia del rey, quien entonces adoptaría «la ulterior resolución sobre la base del informe que habrá de presentar Nuestro Departamento de Justicia Militar».

Marx estaba doblemente mal. No solo no sacaba nada del favor de la amnistía, lleno de cláusulas, porque se negaba a comprarlo con humillaciones; tampoco poseía ya la nacionalidad prusiana, y si intentaba recuperarla tenía que contar con un frío rechazo. En efecto, todos los esfuerzos realizados más tarde con gran celo por Lassalle para la naturalización de Marx fracasaron a causa de la «mentalidad republicana, o al menos no monárquica», de este.

La circunstancia de que Marx, siendo prusiano, quedara excluido de la comunidad estatal prusiana significaba para él la condena al destierro de por vida. Y este destierro lo vivía como una existencia sin medios de vida, en la inseguridad económica, en la penuria permanente, en la preocupación por lo más necesario, en la eterna pobreza.

Precisamente por la época de la amnistía, sus apuros financieros, pese a la ayuda incesante que prestaba Engels y a las frecuentes aportaciones que hacía Lassalle, habían vuelto a alcanzar su punto culminante. El editor de la *New York Tribune* le había recortado los emolumentos y le había suspendido durante varias semanas las corresponsalías. Había letras en circulación que querían ser pagadas. Las deudas se le juntaban por encima de la cabeza. «Cómo voy a seguir saliendo adelante aquí», escribió a Engels, «no lo sé, pues los impuestos, la escuela, la casa, el tendero, el carnicero, Dios y el diablo no quieren conceder más aplazamientos». Y además Marx <!-- S. 264 --> estaba enfermo; su dolencia crónica del hígado volvía a darle mucho que hacer. La señora Marx acababa de pasar una larga y costosa viruela. Los niños habían estado entretanto al cuidado de Liebknecht; Marx y Lenchen se habían ocupado solos de la casa. Con ello se había ido el último dinero y la última pieza había ido a parar a la casa de empeños. Reinaba una miseria sin esperanza.

Entonces Marx tomó la decisión de viajar a Holanda y recurrir a la ayuda de un tío que vivía allí para salvarse él y a su familia de la ruina que los amenazaba. Engels se lo aconsejó, y con dinero prestado para el viaje y un pasaporte falso se emprendió «la incursión de saqueo a la tierra de los padres, del tabaco y del queso».

Marx tuvo suerte. Su tío Philips, de Róterdam, soltó 160 libras esterlinas, de modo que pudo pagar la mayor parte de sus deudas. Pero ahora que Marx tenía dinero en el bolsillo, no pensó en volver tan pronto. Al contrario, hizo una visita a su madre en Tréveris, quien, como «no se hablaba de dinero contante», le dio la alegría de destruir algunos pagarés anteriores. Luego hizo una escapada a Berlín, donde fue huésped de Lassalle. Se encontró con viejos amigos, bebió en tabernas con Köppen, se informó de esto y de aquello, se hizo fotografiar, estableció relaciones con un periódico de Viena, asistió desde la tribuna de periodistas a una sesión de la Segunda Cámara, que le pareció «una extraña mezcolanza de oficina de funcionarios y aula escolar», vio en el teatro *Die Journalisten* de Freytag y discutió con Lassalle un gran proyecto de periódico. La impresión general de Berlín, donde reinaba «un tono insolente y frívolo», fue «personalmente repugnante». En el viaje de vuelta se reunió también con amigos en Elberfeld y en Colonia, bebió de lo lindo con ellos y, tras dos meses de ausencia, llegó de nuevo a Londres.

<!-- S. 265 --> No pasó mucho tiempo antes de que se encontrara otra vez en la vieja miseria. Ya un mes después de su regreso escribió a Engels que «lo que había traído se había acabado». Y como de su madre, a la que se dirigió, solo obtuvo «frases cariñosas, pero nada de dinero contante», Engels tuvo que volver a acudir con su ayuda, que nunca fallaba. Una visita a Engels en Mánchester trajo dinero a casa. Luego siguieron los habituales envíos de dinero en cartas. Pero ya en noviembre gemía Marx de nuevo: «Con el último dinero que me enviaste pagué, pidiendo prestada una libra esterlina, la cuenta de la escuela, para no tenerla doble en enero. El carnicero y el tendero me han obligado a firmarles letras. Aunque no sabía con qué pagarlas, no podía exponerme a una demanda sin que se me viniera abajo toda la casa. Al casero le debo... ídem al verdulero, al panadero, al vendedor de periódicos, al lechero y a todos esos canallas a los que, a mi regreso de Mánchester, había apaciguado con pagos a cuenta; por último, al sastre, pues la llegada del invierno exigía la adquisición de prendas de vestir, las más necesarias, para el invierno, que por tanto hubo que comprar fiadas. Lo que tengo que cobrar a fin de mes ascenderá a lo sumo a 30 libras esterlinas, porque esos tipos holgazanes de la prensa no imprimen una parte de mis artículos. Naturalmente, primero tengo que acostumbrarme a actuar dentro de los “límites de la razón alemana”. Lo que tengo que pagar (incluidos los intereses de la casa de empeños, etc.) asciende a 100 libras esterlinas. Es curioso cómo la falta de todos los ingresos, junto con deudas nunca saldadas del todo, pese a todas las ayudas parciales, vuelve siempre a sacar a flote la vieja porquería».

Las ayudas parciales, en la medida en que las prestaba Engels, sumaron ciertamente con los años una fortuna gigantesca. Y eso que Engels mismo no era más que un empleado a sueldo, tenido corto por su <!-- S. 266 --> padre y sin participación en los beneficios de la fábrica. «Este año gasto», escribió a Marx en febrero de 1862, «más que mis ingresos. La crisis nos afecta mucho, no tenemos ningún pedido y a partir de la semana próxima solo haremos trabajar media jornada. Además, dentro de cuatro semanas tengo que procurarle a Dronke las 50 libras esterlinas y en el curso de la próxima semana pagar un año de alquiler de mi vivienda; me mudo; la maldita Sara me ha robado esta mañana el dinero del bolsillo de la levita... Ahora vivo casi del todo en casa de Mary para gastar el menor dinero posible; por desgracia no puedo arreglármelas sin vivienda, si no, me iría a vivir del todo con ella». Pero cuanto más ahorraba Engels y más hacía llegar a la familia Marx, tanto más desoladora se volvía la situación en la casa de Marx, en cuya irreparabilidad fracasaban todas las leyes de la economía. «Me resulta sumamente repugnante», se disculpa Marx en una carta del 18 de junio de 1862, «entretenerte otra vez con mi miseria, pero ¿qué hacer? Mi mujer me dice cada día que desearía estar en la tumba con los niños, y en verdad no puedo reprochárselo, pues las humillaciones, los tormentos y los sobresaltos que hay que pasar en esta situación son realmente indescriptibles. Las 50 libras, como sabes, se gastaron en deudas, de las que no pudo pagarse ni la mitad. Las dos libras, para el gas. El mísero dinero de Viena no llega hasta finales de julio y será condenadamente poco, porque esos perros ya no imprimen ni un artículo por semana. A ello se suman los nuevos gastos desde principios de mayo. No quiero hablar siquiera de la situación, realmente peligrosa en Londres, de estar siete semanas sin un céntimo, porque esto se repite en nuestra casa de forma crónica. Pero sabrás por propia experiencia que hay constantemente gastos corrientes que hay que pagar al contado. Eso se hizo ahora volviendo a empeñar las cosas sacadas de la casa de empeños a finales <!-- S. 267 --> de abril. Pero desde hace semanas esta fuente está tan agotada que mi mujer hizo hace una semana el vano intento de malvender libros míos. Los pobres niños me dan tanta más pena cuanto que todo esto sucede en esta temporada de la Exposición, en la que sus conocidos se divierten y ellos solo pasan sobresaltos, temiendo que alguien los visite y descubra la porquería». En otra carta: «Jenny ha llegado ya al punto de sentir toda la presión y la mugre de nuestra situación, y eso, creo, es una de las causas principales de su padecimiento físico. (¡A propósito! Allen le ha recetado ayer vino, y por tanto me alegraría que me enviaras algunas botellas). Por ejemplo, a espaldas nuestras fue a ver a Mrs. Young para ver si podía contratarse para el teatro...».

En julio de 1862 Lassalle pasó algunas semanas en Londres. Marx quiso corresponder a la hospitalidad recibida en Berlín y lo alojó en su casa. «Para mantener ciertas apariencias ante él», escribió a Engels, «mi mujer tuvo que llevar a la casa de empeños todo lo que no estaba clavado ni atornillado». Lassalle se dio buena vida, pero al final quedó sumamente consternado cuando advirtió los abismos que un gesto convencional solo había encubierto a duras penas. «Vio por mi aspecto *dejected* que la crisis, que ya conocía desde hacía tiempo, había conducido a una catástrofe de alguna clase. Me preguntó. Tras mi explicación declaró que podía proporcionar 15 libras hasta el 1 de enero de 1863; que también se podían girar contra él letras por el *amount* que se quisiera». Marx hizo uso inmediatamente de este ofrecimiento e intentó procurarse 400 táleros, pero Lassalle exigió la fianza de Engels, quien, en efecto, hizo cubrir la suma en Berlín por mediación de Freiligrath. Pocos días después llegó a manos de Engels una nueva carta incendiaria: «A Eccarius se le han muerto, uno tras otro, tres niños de escarlatina. <!-- S. 268 --> Y con ello, la mayor miseria. Reúne una pequeñez entre los conocidos y envíasela». Y seis días más tarde: «Como acabas de enviar dinero a Eccarius y además has pagado la gran suma de la letra de Lassalle, estarás naturalmente muy “pelado”. Con todo, tengo que pedirte que me envíes una pequeñez para el lunes, porque tengo que comprar carbón y “víveres”, ya que el tendero me ha retirado el crédito desde hace tres semanas, pero yo, mientras no le haya pagado a ese cerdo, tengo que comprarle al contado para que no me demande». Y así sucesivamente, carta tras carta, semana tras semana.

Engels metía una y otra vez la mano hasta el fondo de la bolsa, calculaba de vez en cuando que todo aquello superaba con mucho sus fuerzas y que vivía culpablemente por encima de sus posibilidades, pero nunca negó la ayuda solicitada. Como entretanto había muerto su padre y habían mejorado su posición en la firma y sus ingresos, podía, sin sufrir él mismo privaciones, reunir sumas mayores; pero como también las exigencias que Marx planteaba a su disposición a ayudar aumentaban sin cesar, ninguna de las dos partes salía de los apuros. Finalmente, del mismo modo que a finales de 1862 se había llegado a la ruptura entre Marx y Lassalle «por motivos financieros», a principios de 1863 amenazó con terminar bruscamente también la amistad con Engels. El motivo lo dio Marx.

A principios de enero de 1863 Engels perdió por la muerte a su compañera Mary Burns, una proletaria irlandesa con la que vivía en unión libre. La pérdida le dolió profundamente, y el 7 de enero escribió a Marx: «Querido Moro: Mary ha muerto. Anoche se acostó temprano; cuando Lizzy quiso irse a dormir hacia las 12, ya estaba muerta. De repente. Enfermedad del corazón o apoplejía. No me enteré hasta esta mañana; el lunes por la tarde todavía estaba completamente bien. No puedo decirte <!-- S. 269 --> cómo me siento. La pobre muchacha me quería con todo su corazón».

A esta noticia, estremecedora en su sencillez, en la que tiembla el llanto quedo y dolorido del amigo, Marx escribió la increíble carta de respuesta: «Querido Engels: La noticia de la muerte de Mary me ha sorprendido tanto como consternado. Era muy bondadosa, ingeniosa y estaba muy apegada a ti. El diablo sabrá por qué en nuestros círculos no ocurre ahora más que mala suerte. Yo tampoco sé ya en absoluto dónde tengo la cabeza. Mis intentos de conseguir dinero en Francia y en Alemania han fracasado, y naturalmente era de prever que con 15 libras esterlinas solo podría contener el alud un par de semanas. Aparte de que ya no se nos fía nada, salvo el carnicero y el panadero, lo cual también se acaba a finales de esta semana, me acosan por la escuela, por el alquiler y toda la caterva. Los pocos que han recibido un par de libras a cuenta se las han embolsado astutamente para lanzarse sobre mí con doble violencia. Además, los niños no tienen ropa ni zapatos para salir. En suma, el diablo anda suelto... Esto de aquí apenas dura dos semanas más. Es horriblemente egoísta por mi parte contarte en este momento estos *horreurs*. Pero el remedio es homeopático. Una desgracia distrae de la otra...».

Engels, aunque conocía el cinismo y la frialdad de corazón que su amigo exhibía con desenfado, quedó como fulminado por esta carta. No había esperado sentimentalismos, pero no estaba preparado para semejante respuesta. Solo al cabo de cinco días respondió: «Encontrarás natural que esta vez mi propia desgracia y tu glacial manera de tomarla me hayan hecho positivamente imposible contestarte antes. Todos mis amigos, incluidos conocidos filisteos, me han mostrado en esta ocasión, que sin duda tenía que tocarme bastante <!-- S. 270 --> de cerca, más simpatía y amistad de las que podía esperar. Tú encontraste el momento oportuno para hacer valer la superioridad de tu fría manera de pensar. *Soit!*».

Esta noble y delicada llamada al orden hizo entrar en razón a Marx. Rápidamente se fundió la costra de hielo que le acorazaba el corazón y, tras dejar pasar algunos días, respondió muy arrepentido: «Hice muy mal en escribirte aquella carta, y me arrepentí en cuanto la envié. Mi mujer y mis hijos podrán atestiguarte que al llegar tu carta quedé tan conmovido como ante la muerte de mis más allegados. Pero cuando te escribí por la noche, lo hice bajo la impresión de circunstancias muy desesperadas. Tenía en casa al embargador, un protesto de letra del carnicero, falta de carbón y de víveres en casa, y a Jennychen en cama. En tales circunstancias, *generally* solo sé ayudarme con el cinismo...».

Engels conocía demasiado bien a su amigo para no saber qué debilidad y qué angustia desesperada encubría ese cinismo. Y aunque todavía estaba completamente abatido por la pérdida de su compañera, agradeció a Marx su sinceridad y le escribió: «Sentí que con ella enterraba el último pedazo de mi juventud. Cuando recibí tu carta, aún no estaba enterrada. Te digo que la carta me estuvo dando vueltas en la cabeza una semana entera; no podía olvidarla. *Never mind*, tu última carta la compensa, y me alegro de no haber perdido, al mismo tiempo que a Mary, a mi más antiguo y mejor amigo».

Y como si nada hubiera ocurrido, Engels se puso con todas sus fuerzas, en aquella misma hora, a sanear la situación financiera, otra vez desoladora, de la casa de Marx. Reflexionó y sopesó las posibilidades de procurar dinero, remitió a compañías de seguros de vida <!-- S. 271 --> que concedían préstamos a cambio de pólizas, dio consejos, prometió letras y cometió «la arriesgada travesura» de tomar 100 libras esterlinas a cargo de la firma a espaldas de su socio, para ayudar a Marx lo antes posible. Pues Marx había anunciado el paso desesperado de declararse en quiebra, deshacer la casa, colocar a los niños en otras casas, despedir a Lenchen Demuth e irse con su mujer a una mísera casa de huéspedes. «No puedo ver cómo llevas a cabo tu propósito», escribió Engels, «pero ahora tienes que comprender tú también que, tras los esfuerzos extraordinarios..., estoy completamente exprimido y que, por tanto, hasta el 30 de junio no puedes contar con ninguna remesa más por mi parte...».

En la casa de Marx, tras todas las agitaciones, conflictos y disputas conyugales, reinaba la mayor alegría por el giro afortunado. Pero ya dos meses después Dronke tuvo que ayudar con 50 libras, a las que en julio —con ayuda de Engels— hizo seguir una nueva aportación de 200 libras. Entretanto, Engels enviaba continuamente pequeñas sumas en cartas, y cuando en diciembre de 1863 murió en Tréveris la anciana madre de Marx, Engels tuvo que acudir por la vía más rápida con 10 libras para que Marx, que acababa de pasar una grave forunculosis y estaba físicamente muy decaído, pudiera viajar al entierro. Engels era inagotable en su disposición a ayudar, inquebrantable en su desinterés y su fidelidad, un amigo sin igual. Nunca una palabra de censura, nunca un reproche, una negativa, una evasiva, nunca una falta de ayuda. A la última de estas cartas, que clamaba agitadamente por dinero y le saqueaba la bolsa hasta el último penique, respondió aludiendo a la letra de Marx, cuyos jeroglíficos sabía descifrar demasiado bien, con una sonrisa divertida: «Me alegré condenadamente de volver a ver tu pata garabateadora...».

<!-- S. 272 -->

### Lassalle

Si los años cincuenta —como década de la contrarrevolución— fueron para la burguesía años de un auge económico insospechado, para el proletariado fueron años de una explotación sin límites, a la que estaba entregado en la más completa impotencia.

Solo hacia el final de los años cincuenta, a partir de 1857, una gran crisis puso imperiosamente freno a la marcha triunfal de la economía capitalista. Marx había cifrado en esta crisis sus esperanzas revolucionarias, y cayó en un estado de la más gozosa excitación cuando la ola de bancarrotas, quiebras, cierres de producción y dificultades para ganarse la vida pasó de América a Inglaterra y acabó inundando el continente europeo. «Aunque notamos mucho la crisis americana en nuestro bolsillo —escribía la señora Marx a Konrad Schramm, en Jersey—, ya puede usted figurarse lo animado que está el Moro. Le ha vuelto toda su antigua capacidad y aptitud para el trabajo, así como la frescura y la alegría de espíritu, que llevaban años quebrantadas... Karl trabaja de día para ganar el pan de cada día, y de noche para llevar a término su economía. Ahora que este trabajo se ha vuelto una necesidad, ya se encontrará algún miserable librero.»

La crisis no tuvo, desde luego, el efecto que Marx esperaba. No puso en pie a la clase obrera en un levantamiento revolucionario. Para ello era demasiado grande el aturdimiento en que la contrarrevolución había sumido al proletariado después de 1848, y demasiado débil la fuerza sacudidora de la catástrofe económica, a pesar de todos sus horrores. Pero sí había sacado a la clase obrera —y eso era, al fin y al cabo, un éxito— de su parálisis y su entumecimiento, la había empujado a reflexionar y la había despertado a la disposición política. Y fue precisamente esta circunstancia la que volvió a llevar a Lassalle a la órbita de Marx. Pues su suposición, expresada ya <!-- S. 273 --> en 1852, de que «durante esta aparente calma de muerte» estaba naciendo «el verdadero partido obrero alemán», parecía encontrar ahora su confirmación.

Hasta 1855 Lassalle había intentado, en numerosas cartas a Marx, entrar en un contacto personal más estrecho con él mediante un vivo intercambio de ideas. Una y otra vez, lleno de deferencia y asegurándole los sentimientos más amistosos, había informado a Marx sobre la situación política en Alemania, sobre sus opiniones, vivencias y proyectos, sobre sus trabajos literarios, etc. No se había cansado de admirar en Marx la erudición histórico-literaria, la comprensión penetrante de las categorías económicas y el impulso revolucionario; había escrito a la señora Marx cartas casi exaltadas, se había procurado informaciones para Marx entre los diplomáticos, le había buscado un editor, le había enviado dinero (en el Año Nuevo de 1855, nada menos que 200 táleros), le había abierto contactos con la prensa, se había superado literalmente a sí mismo en favores y pruebas de amistad. Y Marx lo había tratado siempre con una distancia glacial, con gesto desabrido y con un ademán provocador de superioridad. O bien no había contestado en absoluto a las cartas de Lassalle, o, si lo hacía, era de manera extremadamente breve, fría, con un desinterés irritado. A menudo ni siquiera se había tomado la leve molestia de ocultar el menosprecio hiriente bajo unas pocas palabras amables.

Casi todas las cartas de Lassalle empezaban con la queja de que Marx no le escribía. «¿Por qué no me escribes y no me haces saber nada de ti directamente? Por otros he sabido que en todo este tiempo te ha ido muy tristemente, pero que ahora la cosa ha mejorado un poco. Sufrí con esta noticia, pues tú eres de los pocos por quienes de verdad siento incluso debilidad <!-- S. 274 --> y a quienes a veces preferiría ver ayudados antes que a mí mismo» (1851). O bien: «¡Por fin otra vez unas líneas tuyas: un verdadero regalo de Navidad! Hacía tanto tiempo que no sabía nada de ti que empezaba ya a extrañarme» (1852). Y algo parecido en los años siguientes.

Marx nunca expresó abiertamente el motivo de su glacial rechazo. Al menos, no todavía en esta época. Lassalle le resultaba antipático en todos los aspectos. El alma humana reacciona con simpatía ante los semejantes de quienes espera estímulo y provecho, y con antipatía ante otros de quienes teme amenaza y peligro. Es fácil suponer que Marx veía en Lassalle un rival peligroso en el terreno común de la teoría política, del movimiento obrero y de la revolución. Y como Lassalle no era hombre que se pusiera por completo —como Engels— en manos de Marx, sino que avanzaba derecho hacia su papel de héroe en la revolución europea, Marx no podía sino verse confirmado en su opinión. De ahí la parca y fría correspondencia por su parte.

Lassalle estaba muy absorbido por otras relaciones y tareas. Terminó el proceso de divorcio de la condesa Hatzfeld, que durante años había absorbido toda su energía, escribió una obra muy inteligente sobre Heráclito, que le dio gran prestigio en el mundo erudito, hizo un viaje a Egipto, Constantinopla, Esmirna y los Balcanes, y consiguió por fin —como «último mohicano de la Renania revolucionaria»—, tras muchas dificultades y engañando a las autoridades con el pretexto de tratarse una enfermedad de los ojos, trasladarse a Berlín. El 26 de abril de 1857 volvió a dirigirse a Marx con una carta cordial: «¡Ay, vosotros no estáis exiliados, el exiliado soy yo! ¡Porque vosotros estáis, al fin y al cabo, muchos de los viejos compañeros de lucha y de ideas juntos en una ciudad! <!-- S. 275 --> Pero yo vivo ahora, todos estos años, tan completamente solo, tan aislado de los antiguos hermanos de armas... Eso es realmente muy duro. Pues, si prescindo de la clase obrera, que no solo ha conservado sano y fresco su corazón y su sentir, sino que desde entonces los ha desarrollado mucho, entre la llamada gente culta sigue reinando, y más que nunca, la misma timidez, el mismo miedo, el mismo esconderse que antes. A la larga se convierte en una necesidad del corazón recrearse alguna vez en el círculo de personas de las mismas ideas y la misma formación. Esta necesidad del corazón la siento desde hace mucho, mucho tiempo, y ha llegado a tal punto que casi estaría dispuesto a jurar que me llevará —cosa que quiero desde hace mucho— a Londres el año que viene, para volver a ver por fin a los viejos camaradas.»

Del viaje a Londres no salió nada por el momento. Pero tampoco llegó a establecerse una correspondencia regular y fructífera. La fatal circunstancia de que Marx tuviera que pagar franqueo de multa por el ejemplar de su *Heráclito* que Lassalle le había enviado, y gastara en ello sus dos últimos chelines, le «aseguró una mala acogida». Y la obra misma, con su erudición monstruosa, no encontró en Marx la admiración esperada, sino solo una burla despectiva. Lassalle se movía, escribió a Engels, en su oropel filosófico con la gracia de un tipo que se pone por primera vez un traje elegante. Y a Lassalle le agradeció el envío con solo dos líneas, «breves y frías». Lassalle quedó afectado, pero no dejó notar la herida de su corazón y de su vanidad, sino que siguió cortejando con amabilidad y constancia la amistad del desconfiado y huraño compañero. Se ofreció a buscar editor para la obra económica que Marx le había anunciado, trabajó a su editor Franz Duncker hasta obtener su <!-- S. 276 --> promesa y consiguió para Marx unos honorarios que superaban con mucho las tarifas que Duncker solía pagar. Marx aceptó todas estas pruebas de amistad sin especial agradecimiento, como tributos que se le debían como cosa natural, e hizo esperar casi un año, a pesar de muchos recordatorios, el envío del manuscrito, sin disculparse ni una sola vez ante Lassalle, que tuvo muchos disgustos por el retraso. Más aún: cuando luego el editor hizo esperar unos meses la impresión, Marx colmó a Lassalle, del todo inocente en ello, de feas acusaciones, lo acusó de estar saboteando su éxito y descorrió con ello los últimos velos de su alma, carcomida y envenenada por la suspicacia, los celos y la lucha de rivalidad. Lassalle escribió con este motivo a Duncker, en tono apaciguador: «Marx es el Marat de nuestra revolución. Jamás se urdirá entre el cielo y la tierra traición alguna que él no haya olfateado de antemano. En cambio, olfateará más de una que a nadie se le habrá ocurrido urdir. Hay que disculparle lo uno por lo otro.»

El año 1859 trajo, con ocasión de la guerra de Italia, el conflicto abierto entre Marx y Engels, por un lado, y Lassalle, por otro. Lassalle estaba siempre dispuesto a dejarse instruir por los amigos, siempre aportaba argumentos objetivos en favor de su opinión, siempre solicitaba con toda modestia el visto bueno para la legitimidad también de su punto de vista. Pero siempre recibía solo un rechazo brusco, sospechas malintencionadas y un trato nada camaraderil. Que Lassalle no perdiera con ello el valor y la confianza en sí mismo es tan admirable como es vergonzoso y penoso ver a Marx en el papel de mal maestro y de agitador repelente en favor de su opinión. Y produce el efecto de una satisfacción y una reconciliación que el curso del movimiento italiano

<!-- S. 277: Bildtafel „Ferdinand Lassalle“ -->

<!-- S. 278: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 279 --> premiara la actitud humanamente hermosa de Lassalle dándole la razón en el fondo.

A una controversia entre Marx y Lassalle llevada con amargura y violencia aún mayores se llegó en el asunto Vogt. Lassalle veía en Blind a un mentiroso infame que propalaba sospechas sin pruebas y luego se escabullía; en Liebknecht, a un vil *Schmock* [gacetillero sin principios] que, siendo revolucionario, escribía para periódicos reaccionarios; y en Marx, a un atacante irreflexivo que se negaba a dar una satisfacción después de que sus reproches hubieran resultado insostenibles. En largas cartas llenas de «la más leal y cordial amistad» expuso a Marx su opinión. ¿Y qué hizo Marx? No solo se desahogó en cartas a Engels con los insultos más ordinarios y groseros contra Lassalle; recogió además las «invenciones más espantosas, verdaderamente las más odiosas» de un sujeto sucio que se vengaba de Lassalle porque no había conseguido sacarle bastante dinero, y las lanzó como acusaciones contra Lassalle. Hacía falta grandeza de alma para no perder el equilibrio interior ante tales experiencias. Lassalle hizo más: se justificó, demostró con toda calma que los ataques eran calumnias malintencionadas, siguió escribiéndose con Marx como si nada hubiera ocurrido, discutió en largas cartas importantes cuestiones políticas, apoyó a Marx en su proceso contra la *Nationalzeitung*, que lo había calumniado de forma infame, reunió dinero para la impresión del folleto contra Vogt y se comportó en todo como un verdadero amigo.

A comienzos de los años sesenta, la relación entre ambos se había restablecido, en efecto, hasta el punto de que Marx, durante su estancia en Berlín en abril de 1861, fue huésped de Lassalle.

Lassalle acariciaba por entonces grandes proyectos. Su ardiente ambición buscaba un campo para una actividad extraordinaria. Sus relaciones íntimas con la condesa <!-- S. 280 --> Hatzfeld, que tras su divorcio había recuperado la posesión de su gran fortuna, ponían en sus manos medios abundantes para empresas de gran envergadura. En primer lugar pensaba Lassalle en fundar un gran periódico en Berlín. Políticamente se había desprendido de la democracia burguesa y contaba con el despertar de un movimiento obrero de amplia base, que pensaba captar y jugar con gesto sensacional como nuevo triunfo político. Cuando Marx estuvo en Berlín, Lassalle sacó a relucir el proyecto del periódico. «Sería muy oportuno —informaba Marx a Engels a su regreso— que el año próximo pudiéramos publicar un periódico en Berlín, por desagradable que me resulte personalmente el lugar. En unión con Lassalle, etc., podrían reunirse de 20 000 a 30 000 táleros. *But hic jacet.* Lassalle me hace directamente la propuesta. Al mismo tiempo me confió que él tendría que ser *Redakteur en chef* a mi lado. ¿Y Engels?, le pregunté. “Bueno, si tres no son demasiados, también Engels puede ser *Redakteur en chef*. Solo que vosotros dos no deberíais tener más votos que yo, porque si no me vencerían en todas las votaciones.” Como razones por las que él tenía que ponerse también a la cabeza, adujo: 1.º, “que en la opinión general estaba más cerca del partido burgués y por eso podía conseguir dinero más fácilmente”; 2.º, que tenía que sacrificar sus “estudios teóricos” y su tranquilidad teórica, y que de algo tenía que servirle eso, etc. Lassalle, deslumbrado por el prestigio que tiene en ciertos círculos eruditos por su *Heráclito* y, en otro círculo de parásitos, por su buen vino y su buena cocina, no sabe naturalmente que entre el gran público tiene mala fama. Además, su manía de tener siempre razón; su atasco en el “concepto especulativo” (el tipo sueña incluso con una nueva filosofía hegeliana a la segunda potencia, que quiere escribir), su contagio del viejo liberalismo francés, su pluma prolija, su importunidad, su falta de tacto, <!-- S. 281 --> etc. Lassalle podría prestar servicios como uno de los redactores, bajo estricta disciplina. De lo contrario, no haría más que ponernos en ridículo. Pero ya ves que, ante la gran amistad que me mostraba, me encontraba en un gran apuro para hablar claro. Me mantuve, pues, en una indeterminación general y le dije que no podía decidir nada sin hablarlo antes contigo y con Lupus...»

La condición previa para el traslado de Marx a Berlín era su readmisión en la ciudadanía prusiana. Lassalle se había encargado de gestionar el asunto en las instancias más competentes. Fue de Herodes a Pilatos, visitó a los ministros, presentó escrito tras escrito, promovió una interpelación en la Cámara y se empleó con el mayor celo; entretanto Marx, en sus cartas a Engels, lo cubría de burla y sarcasmo, y despachaba con un par de observaciones desdeñosas su obra en dos tomos, *System der erworbenen Rechte* [Sistema de los derechos adquiridos], que entretanto había aparecido y cuya crítica por parte de Marx esperaba el autor con gran expectación. «Tu manera de leer mi obra —escribió Lassalle, con razón disgustado— me tiene muy contrariado. Cuando escribo una obra así, lo hago con mi mejor sangre y mi mejor savia nerviosa, y *au fond*, y en última instancia, solo para muy pocas personas... A esas pocas debería al menos poder exigírseles que una obra escrita con tan grande autotortura la lean también exactamente en el orden y en el desarrollo de ideas en que el autor la escribió, etc.» En largas y eruditas cartas trató Lassalle de rebatir las objeciones y de corregir los malentendidos, pero fue trabajo de amor perdido: Max [*sic*] ignoró al «muchacho» y sus «deberes de colegial».

En 1862 Lassalle estuvo por fin en Londres y —en las circunstancias más penosas— fue huésped en casa de Marx. Como se presentó como gran señor y hacía gala de una fuerte conciencia política <!-- S. 282 --> de sí mismo, Marx, puesto en evidencia por lo repugnante de su miseria doméstica e irritado hasta lo más vivo, se sintió tan empujado a la inferioridad que desahogó su corazón en las salidas más mordaces. «Lassalle —escribió a Engels— no solo es ya, decididamente, el mayor sabio, el pensador más profundo, el investigador más genial, etc., sino además don Juan y cardenal Richelieu revolucionario. Como el más profundo secreto nos comunicó a mí y a mi mujer que había aconsejado a Garibaldi que no hiciera de Roma el objetivo de sus ataques, sino... Ahora estuvo también en casa de Mazzini, y también este aprobó y “admiró” su plan. Se presentó a esa gente como “representante de la clase obrera revolucionaria alemana” y les atribuyó (¡textualmente!) el conocimiento de que él (Lassalle) “con su folleto sobre la guerra de Italia había impedido la intervención de Prusia” y, *in fact*, “había dirigido la historia de los tres últimos años”.» Y en otra carta: «Lassalle me dijo además que tal vez fundaría un periódico cuando volviera en septiembre. Le dije que, a cambio de una buena paga, estaría dispuesto a ser corresponsal inglés de ese periódico, sin asumir ninguna otra *responsibility* ni *partnership* política de ningún tipo, ya que políticamente no coincidíamos en nada, salvo en algunos fines últimos muy lejanos.»

Del periódico no salió nada. Pero Lassalle bajó a la arena política y se puso a la cabeza del movimiento obrero, que hizo surgir de la tierra con llamamientos sonoros y encendidos. Ante la Asociación de Artesanos del arrabal de Oranienburg, en Berlín, expuso su *Arbeiterprogramm* [Programa obrero]. A los obreros de Leipzig, que se habían dirigido a él por medio de Vahlteich, Dammer y Fritzsche, les envió la *Carta abierta de respuesta*. Sacudió a la opinión pública con su discurso sobre la Constitución y con una gira de agitación que pareció una marcha triunfal. Y a la clase obrera le dio la primera organización <!-- S. 283 --> política, la primera unión como vanguardia de la lucha de clases, con la fundación de la Asociación General de Trabajadores Alemanes.

Marx se mantuvo ante todos estos logros, en los que se trataba nada menos que del despertar y la movilización del proletariado para las tareas de la revolución social, con la más fría reserva y un rencor contenido a duras penas. Veía en Lassalle al rival afortunado que amenazaba con adelantársele, al «tipo que evidentemente cree que es el hombre llamado a hacerse cargo de nuestro inventario». Sin la menor disposición a reconocer al menos la buena intención, sin el menor intento de apreciar la energía que Lassalle había desplegado, sin rastro de una alegre satisfacción ante el hecho histórico-universal de que por fin se había abierto brecha en el muro de la pasividad y la indiferencia políticas del proletariado, Marx, en sus cartas a Engels, no dejó de arremeter, con una maldad envidiosa y rencorosa, contra la persona y la obra de Lassalle. «Este individuo»... «este fanfarrón»... «este futuro dictador de los obreros»... «estos lugares comunes»... «estas frases prestadas»... «¡esta desfachatez del tamaño de un árbol!»... «esta ridícula ostentación de erudición y de importancia»... «esta prolija charlatanería de lavandera»... «este engendro de un colegial que quiere hacerse pasar a toda prisa, a voces de feriante, por hombre doctísimo e investigador independiente»... «estas excreciones de partido que nosotros evacuamos hace veinte años y con las que ahora se pretende abonar la historia universal»: ese es el tono en que Marx pronunciaba sus juicios. «Desde comienzos de este año no he podido decidirme a escribir a ese individuo. Criticar sus cosas sería perder el tiempo; además, se apropia de cada palabra como “descubrimiento”. Restregarle sus plagios por las narices sería ridículo, puesto que no quiero que me atribuyan nuestras cosas en la forma en que él las ha emborronado. <!-- S. 284 --> Reconocer estas fanfarronadas y faltas de tacto tampoco es posible. Lo aprovecharía enseguida. No queda, pues, otro remedio que esperar a que por fin estalle su cólera. Entonces tendré un pretexto muy bonito en que él siempre observa que eso no es comunismo, etc.» Y Engels tocaba la misma trompeta: «Las historias de Lassalle y el escándalo que provocan en Alemania empiezan a volverse desagradables. Ya es hora de que termines tu libro, aunque solo sea para que volvamos a tener divulgadores de otra clase... Es fatal que este individuo se haga con ello una posición.»

Ahí estaba el quid de la cuestión: Lassalle se hacía una posición. Una empresa punible, a la que solo cabía responder con enemistad, lucha y aniquilación. El odio al competidor volvía verdaderamente ciego y loco a Marx, a este hombre que toda su vida luchó febrilmente por el máximo logro, por el éxito y el reconocimiento. Ya no le importaban la misión común, la obra objetiva, la tarea histórica, el logro revolucionario. Solo le importaban la prioridad, el derecho de primogenitura, el triunfo de la singularidad, la gloria de valer él solo, la dictadura del vencedor. La histeria de la lucha por el poder se descargaba en estallidos envenenados.

No cabe duda de que Marx respiró aliviado cuando Lassalle encontró una muerte repentina en un duelo. De la desenvuelta falta de corazón y la frivolidad de sus líneas a Engels no habla ningún duelo, ninguna sensación de pérdida. «Es difícil creer que un hombre tan ruidoso, *stirring, pushing*, esté ahora muerto y bien muerto y tenga que cerrar el pico *altogether*.» Así solo podía hablar una honda hostilidad del compañero de lucha odiado como enemigo.

Más tarde, cuando la muerte había suavizado el odio, Marx pudo permitirse juzgar al hombre y la obra, si no de manera menos crítica, sí con una crítica objetivamente <!-- S. 285 --> fundada. Al señor von Schweitzer, sucesor de Lassalle en la Asociación General de Trabajadores Alemanes, le escribió el 13 de octubre de 1868: «En cuanto a la asociación lassalleana, fue fundada en una época de reacción. Tras quince años de sueño, Lassalle —y este sigue siendo su mérito inmortal— despertó de nuevo el movimiento obrero en Alemania. Pero cometió grandes errores. Se dejó dominar demasiado por las circunstancias inmediatas del momento. Hizo del pequeño punto de partida —su oposición a un enano como Schultze-Delitzsch— el punto central de su agitación: ayuda del Estado frente a autoayuda... El Estado se le convirtió en el Estado prusiano. Así se vio obligado a hacer concesiones a la monarquía prusiana, a la reacción prusiana e incluso a los clericales. A la ayuda del Estado para las asociaciones unió el grito cartista del sufragio universal. Pasó por alto que las condiciones en Alemania y en Inglaterra eran distintas... Además, dio desde el principio a su agitación —como todo hombre que afirma llevar en el bolsillo una panacea para los sufrimientos de las masas— un carácter de secta religiosa... Además, precisamente por ser fundador de una secta, negó toda conexión natural con el movimiento anterior. Cayó en el error de Proudhon de no buscar la base real en los elementos efectivos del movimiento de clase, sino de querer prescribir a este su curso según una determinada receta doctrinaria.»

Este juicio sobre la misión de Lassalle, objetivamente justo en la medida en que Lassalle no era en efecto un materialista histórico ni anclaba su teoría en conocimientos fundamentales de la economía, se convierte en un juicio sesgado y erróneo por la circunstancia de que está mezclado con una injusticia personal. Y se convierte por completo en un juicio equivocado porque no capta con una sola sílaba la enorme importancia que reside ya en el mero hecho <!-- S. 286 --> de que Lassalle —con cualquier motivo y con cualquier programa— apareciera en la escena de la historia y en ese momento hiciera brotar de la tierra el movimiento obrero. Es de importancia del todo secundaria cuánto había de falso o de acertado en la teoría y la agitación de Lassalle, cuánto había tomado de Buchez, adoptado de Malthus, entendido de Ricardo o malentendido de Marx. Lo decisivo fue que logró poner al proletariado, en una formación políticamente independiente, en el campo de batalla de la historia. Mehring señala con razón que Engels, más tarde, cuando el movimiento proletario empezó a desarrollarse en América, estableció en una carta a Sorge como criterio del logro en una situación histórica determinada: «El primer gran paso, que es lo que importa en todo país que entra de nuevo en el movimiento, es la constitución de los obreros como partido político independiente, no importa cómo, con tal de que sea un partido obrero propio.» En este sentido obró Lassalle; en este sentido también queda legitimado el logro de Lassalle como hazaña histórica de primer rango.

La genial mirada del espíritu de Marx fallaba en la prueba en cuanto la perturbaban las conmociones afectivas que la aparición de rivales de su talla desencadenaba en su alma. Y su firmeza revolucionaria vacilaba en cuanto a la entrega a la obra objetiva se mezclaba el miedo nervioso por el triunfo del prestigio personal.

Marx no era un jugador de conjunto. No era un hombre de camaradería, al que le crecieran las fuerzas del sentimiento de estar vitalmente unido a los demás. No era un luchador en las filas.

Solo podía crear siendo el primero. Solo luchar como generalísimo. Solo vencer en el papel de héroe. Un águila solitaria sobre una helada cumbre rocosa.

<!-- S. 287 -->

## Logro

<!-- S. 288: leer -->

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### Fundación de la Internacional

En la Exposición Universal de Londres de 1862, el capitalismo se dio ante el mundo entero, con una exhibición ostentosa de su riqueza y de sus logros, su primera gran cita.

Ante los ojos asombrados de la burguesía internacional, los comerciantes, los magnates de las finanzas y los reyes de la industria desplegaron, en la euforia del éxito, los enormes resultados del desarrollo económico capitalista. Pero no solo mostraron sus máquinas, materias primas, procedimientos de producción, inventos técnicos y tablas estadísticas: a esta cita del progreso llevaron también a sus técnicos, capataces y obreros, para estimular su celo y su comprensión de las tareas de la época y hacerlos más aptos para los fines de la producción capitalista. Mientras que en Prusia-Alemania fue la Asociación Nacional (*Nationalverein*), de la gran burguesía, la que promovió el envío de delegados obreros, en Francia se hizo con el apoyo del gobierno. Para quitar el viento de las velas a la influencia de Proudhon, adversario del Imperio, en el proletariado, Luis Napoleón no solo indultó a numerosos obreros condenados por huelgas o por infringir la draconiana prohibición de coalición, sino que se empeñó con especial celo en la delegación de obreros a la Exposición Universal de Londres. Se crearon oficinas electorales propias, se celebraron elecciones, se enviaron doscientos representantes, se cubrieron los gastos con fondos públicos y suscripciones y, para la redacción de los informes, se dejaron tácitamente sin efecto los artículos de la prohibición de coalición.

Durante la visita a Londres no se pudo impedir que las delegaciones obreras francesa y alemana entraran en contacto con los sindicatos ingleses, conocieran su posición de poder económico y político y extrajeran de la impresión recibida <!-- S. 290 --> tareas de agitación para su actividad en su país. Las *Trade Unions* inglesas tenían mucho interés en esta relación, pues en los conflictos laborales sufrían mucho por la presión sobre los salarios y la competencia desleal de elementos extranjeros dispuestos a trabajar, que el capital solía traer del otro lado del Canal. Esperaban poner fin a este mal captando, ilustrando e influyendo organizativamente en el proletariado del otro lado del Canal. Por eso mantuvieron, con un vivo intercambio de ideas, sobre todo con París, las relaciones establecidas durante la Exposición Universal.

El movimiento de las *Trade Unions* había experimentado desde 1860 en Inglaterra, pero sobre todo en Londres, un nuevo y gran auge. No solo abarcaba capas cada vez más amplias de la clase obrera, sino que experimentó también un cambio en su actitud ante la cuestión de la acción política. Mientras que hasta entonces había sido principio de las *Trade Unions* ignorar la política, el parlamentarismo y las elecciones, las organizaciones de los mecánicos, los carpinteros y los zapateros empezaron, bajo la influencia de sus dirigentes enérgicos y clarividentes, Allan, Applegarth y Odger, a interesarse por las cuestiones y acciones políticas. El difundido periódico obrero *Der Bienenkorb* [*The Bee-Hive*, La Colmena], dirigido por Potter, cuidaba de que ese interés se mantuviera despierto y se alimentara. Y el inteligente sastre Eccarius, un turingio que había pertenecido a la Liga de los Justos de Weitling y después a la Liga de los Comunistas, y que fue durante mucho tiempo la mano derecha de Marx, presionaba sin cesar por una ampliación del marco organizativo con el objetivo de una organización obrera internacional. A él se debía en primer lugar que se hubiera establecido y mantenido la relación con las delegaciones obreras.

Sin embargo, el interés de los delegados obreros franceses y alemanes <!-- S. 291 --> difícilmente se habría podido mantener despierto durante mucho tiempo si no hubiera acudido en su ayuda la situación política general del continente. La reacción paralizante de los años cincuenta había cedido. Bajo las exigencias del desarrollo capitalista, que necesitaba un elemento obrero más libre y más móvil, la presión de la política zarista, bonapartista y bismarckiana había tenido que aflojar algo. Se anunciaba una primavera de libertad. Lassalle informaba a Marx de la vida fresca y pujante que empezaba a despertar por todas partes en el proletariado. En Italia y en Hungría el movimiento de independencia había levantado grandes olas y había ejercido un efecto fuerte y estimulante.

La insurrección polaca de 1863 abrió una nueva válvula a las energías acumuladas y a la disposición para la libertad. «Una cosa es segura —escribió Marx a Engels el 13 de febrero de 1863—: la era de la revolución vuelve a estar bastante abierta en Europa. Y el estado general de las cosas es bueno. Pero las cómodas ilusiones y el entusiasmo casi infantil con que saludábamos a los revolucionarios antes de febrero de 1848 se han ido al diablo. Viejos camaradas... han desaparecido, otros han desertado o se han echado a perder, y nuevas incorporaciones no se ven, al menos todavía. Además, ahora sabemos qué papel desempeña la estupidez en las revoluciones y cómo la explotan los canallas. Ojalá esta vez la lava ruede de este a oeste y no al revés.» Cuando, en el curso de la insurrección polaca, tropas prusianas intervinieron contra la revolución, esto era —según Marx— «una combinación que nos obliga a hablar». La Asociación Obrera debía publicar sin demora un manifiesto. «Tú tienes que escribir —le escribió a Engels— la parte militar, es decir, el interés político-militar de Alemania en la restauración de Polonia. Yo escribo la parte diplomática.»

<!-- S. 292 --> La insurrección polaca pronto se derrumbó. Pero la idea planteada por Marx siguió viva y siguió actuando. Los representantes de los obreros de Londres enviaron a los obreros de París el mensaje en favor de Polonia que habían publicado y los invitaron a una acción común. Los obreros de París enviaron entonces una delegación a Londres, encabezada por un obrero, Tolain, el verdadero candidato obrero en las últimas elecciones de París. Esta delegación participó en un mitin en favor de Polonia en St. James. Allí se eligió un comité de obreros ingleses con el encargo de enviar un mensaje de fraternidad a los obreros de París y de preparar otro mitin. Este segundo mitin lo convocaron, para el 28 de septiembre de 1864 en St. Martin's Hall, Odger, presidente de la comisión sindical de Londres, y el cantero Cremer, secretario del sindicato de la construcción. Marx informa a Engels de lo que siguió: «Un tal Le Lubez fue enviado a mí para preguntarme si yo tomaba parte por los obreros alemanes, en concreto si quería proporcionar un obrero alemán como orador para el mitin, etc. Proporcioné a Eccarius, que salió famosamente del paso, y yo asistí *ditto* como figura muda en la tribuna. Sabía que esta vez, tanto por parte de Londres como por parte de París, había verdaderos poderes que “figuraban”, y por eso decidí apartarme de mi regla habitual de rechazar todas esas invitaciones...

En el mitin, que estaba lleno hasta la asfixia (pues evidentemente se está produciendo ahora un resurgimiento de las clases obreras), el mayor Wolff (Thurn-Taxis, ayudante de Garibaldi) representaba a la Asociación de Obreros Italianos de Londres. Se acordó la fundación de una “Asociación Internacional de los Trabajadores”, cuyo Consejo General tendría su sede en Londres y serviría de intermediario entre las asociaciones obreras de Alemania, Italia, Francia e Inglaterra. *Ditto*, en 1865 debía convocarse un congreso obrero general en Bélgica. <!-- S. 293 --> En el mitin se nombró un comité provisional: Odger, Cremer y muchos otros, en parte viejos cartistas, viejos owenistas, etc., por Inglaterra; el mayor Wolff, Fontana y otros italianos por Italia; Le Lubez, etc., por Francia; Eccarius y yo por Alemania. El comité quedó facultado para incorporar a cuanta gente quisiera.

Hasta aquí, bien. Asistí a la primera sesión del comité. Se nombró un subcomité (yo entre ellos) para redactar una declaración de principios y unos artículos provisionales. Una indisposición me impidió asistir a la sesión del subcomité y a la sesión del comité en pleno que siguió. En esas dos sesiones, en las que estuve ausente, había ocurrido lo siguiente:

El mayor Wolff había presentado, para que la nueva asociación lo utilizara, un reglamento (estatutos) de las asociaciones obreras italianas (que poseen una organización central, pero que, como se vio más tarde, son esencialmente sociedades de socorros mutuos asociadas). Vi el mamotreto más tarde. Era evidentemente un engendro de Mazzini, y ya sabes por tanto de antemano con qué espíritu y con qué fraseología se trataba la verdadera cuestión, la cuestión obrera. También cómo se habían intercalado las historias de las nacionalidades. Además, un viejo owenista, Weston, hombre amable y honrado, había redactado un programa lleno de la más extrema confusión y de una prolijidad indecible.

La siguiente sesión general del comité encargó al subcomité que remodelara el programa de Weston, *ditto* los estatutos de Wolff. El propio Wolff partió para asistir al congreso de la asociación obrera italiana en Nápoles y determinarla a adherirse a la asociación central de Londres.

Nueva sesión del subcomité, a la que tampoco asistí, porque se me informó demasiado tarde <!-- S. 294 --> de la cita. Allí Le Lubez presentó una “declaración de principios” y una reelaboración de los estatutos de Wolff, que el subcomité aprobó para presentarlas al comité en pleno. El comité en pleno se reunió el 18 de octubre. Como Eccarius me había escrito que había peligro en la demora, me presenté y me quedé verdaderamente espantado al oír al bueno de Le Lubez leer un preámbulo horriblemente fraseológico, mal escrito y del todo inmaduro, que pretendía ser una declaración de principios, en el que asomaba por todas partes Mazzini, recubierto de los jirones más vagos de socialismo francés. Además, se había adoptado en líneas generales el reglamento italiano, que, aparte de todos los demás defectos, perseguía en realidad algo completamente insólito: una especie de gobierno central (naturalmente con Mazzini en la trastienda) de las clases obreras europeas. Hice una oposición suave y, tras mucho ir y venir, Eccarius propuso que el subcomité sometiera de nuevo el asunto a su “redacción”. En cambio, los “sentimientos” contenidos en la declaración de Lubez fueron votados.

Dos días después, el 20 de octubre, se reunieron en mi casa Cremer por los ingleses, Fontana (Italia) y Le Lubez (Weston no pudo venir). Yo no había tenido hasta entonces los papeles (los de Wolff y los de Le Lubez) en la mano, de modo que no pude preparar nada, pero estaba firmemente decidido a que, a ser posible, no quedara en pie ni una sola línea de aquel mamotreto. Para ganar tiempo, propuse que, antes de “redactar” el preámbulo, “discutiéramos” los estatutos. Así se hizo. Era la una de la madrugada cuando se aprobó el primero de cuarenta artículos. Cremer dijo (y eso era lo que yo pretendía): no tenemos nada que presentar al comité que debe reunirse el 25 de octubre. Tenemos que aplazarlo hasta el 1 de noviembre. En cambio, el subcomité puede reunirse el 27 de octubre y tratar de llegar a un resultado <!-- S. 295 --> definitivo. Esto fue aceptado, y los “papeles” me fueron “dejados” para que los examinara.

Vi que era imposible sacar algo de aquel mamotreto. Para justificar la manera sumamente extraña en que pretendía redactar los “sentimientos ya votados”, escribí un mensaje a las clases obreras (cosa que no estaba en el plan original), una especie de revista de las vicisitudes de las clases obreras desde 1845; con el pretexto de que todo lo fáctico estaba contenido en este mensaje y de que no debíamos decir tres veces las mismas cosas, cambié toda la introducción, eché fuera la declaración de principios y, finalmente, puse diez artículos en lugar de cuarenta y cuatro. En la medida en que en el mensaje aparece la política internacional, hablo de países, no de nacionalidades, y denuncio a Rusia, no a los Estados pequeños. Todas mis propuestas, aceptadas por el subcomité. Solo se me obligó a incluir en la introducción de los estatutos dos frases sobre el “deber” y el “derecho”, *ditto* verdad, moral y justicia, pero está colocado de manera que no puede hacer daño.

En la sesión del comité general mi mensaje, etc., fue aceptado con gran entusiasmo (por unanimidad). El debate sobre la forma de imprimirlo, etc., tendrá lugar el martes próximo. Le Lubez tiene una copia del mensaje para traducirlo al francés, y Fontana otra para traducirlo al italiano (de momento hay un semanario llamado “Bechivo” [*sic*: *Bee-Hive*], dirigido por el *trade-unionista* Potter, una especie de *Moniteur*). Yo mismo debo traducir el mamotreto al alemán.

Era muy difícil arreglar las cosas de modo que nuestra opinión apareciera en una forma que la hiciera aceptable al punto de vista actual del movimiento obrero. Esa misma gente celebrará dentro de unas semanas mítines con Bright y Cobden en favor del sufragio. Hace falta tiempo hasta que el movimiento, que ha vuelto a despertar, permita la antigua <!-- S. 296 --> audacia del lenguaje. Hace falta ser fuerte en el fondo, moderado en la forma.»

Hasta aquí el informe de Marx. Si añadimos que el comité se constituyó en Consejo General provisional, cuyo primer presidente fue Odger y el segundo Eccarius, y cuya sede debía seguir siendo Londres, queda registrado todo lo digno de mención sobre la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

En resumen, hay que constatar lo siguiente: las condiciones objetivas para la fundación de la Internacional estaban dadas en la situación general; los impulsos subjetivos partieron de los sindicatos; la dirección espiritual y la orientación política recayeron en Marx.

### El *Mensaje inaugural*

El «Adress and Provisional Rules of the International Working Mens Assoziation» [*sic*], redactado por Marx, no se ha conservado en el original de la traducción al alemán que Marx hizo de él.

La primera publicación en lengua alemana se debió a J. B. von Schweitzer, sucesor de Lassalle en la Asociación General de Trabajadores Alemanes, en 1864, en los números segundo y tercero del órgano de la asociación, *Der Sozialdemokrat*.

En 1866, J. Th. Becker, que tras la insurrección del Palatinado y Baden había huido a Suiza y vivía allí desde entonces, publicó el mensaje en alemán, como «Manifiesto a la clase trabajadora de Europa», en su *Vorbote*, editado en Ginebra, órgano central del grupo de lengua alemana de la Internacional.

Dos años después, Wilhelm Eichhoff, en Berlín, reprodujo el mensaje en un folleto sobre *Die Internationale Arbeiterassoziation* [La Asociación Internacional de los Trabajadores], en una traducción «lo más literal posible», como «Mensaje inaugural».

Como las traducciones no coincidían del todo, <!-- S. 297 --> sino que presentaban divergencias y errores molestos y engañosos, Karl Kautsky hizo preparar más tarde una traducción auténtica. La hizo Luise Kautsky bajo su supervisión.

En el prólogo que Kautsky antepone a esta traducción, señala que el *Mensaje inaugural* ocupa en la literatura programática del marxismo, por su importancia, el lugar inmediatamente posterior al *Manifiesto comunista*. Con toda la coincidencia en la parte de principios, el *Mensaje inaugural* muestra, sin embargo, un rostro muy distinto del *Manifiesto comunista*.

Cuando el *Manifiesto comunista* irrumpió en el mundo como un heraldo armado, resonando en armas relucientes, Marx tenía que vérselas con una «élite intelectual de la clase obrera» que, como sociedad de propaganda teóricamente formada, debía hacerse con la dirección en la revolución inminente e impulsar el movimiento hasta la meta extrema. Entretanto habían pasado diecisiete años. Las esperanzas puestas en la revolución habían defraudado. A un auge revolucionario le habían seguido en toda Europa un derrumbe, una dura reacción y un enorme desarrollo del capitalismo. El poder de la burguesía se había unido en el más amplio frente con los restos del poder feudal. Contra esto ya no se podía arremeter con una pequeña tropa de élite de revolucionarios a toda prueba, a los que seguía ciegamente una masa casual. Aquí hacía falta un movimiento de masas que «se pusiera en marcha por sí mismo y se entendiera por sí mismo sobre los caminos y los fines». El *Mensaje inaugural* estaba cortado a la medida de un movimiento de masas así, con tareas prácticas, logros inmediatos y objetivos próximos. Por eso puso, en lugar del impulso entusiasta, la constatación objetiva; en lugar de la concepción genial de una audaz perspectiva histórica, la carta sobria y precisa de las tareas concretas del momento.

<!-- S. 298 --> El *Mensaje inaugural* comienza con una contraposición drástica y conmovedora de los hechos lapidarios en que se caracteriza la esencia del desarrollo capitalista: riqueza embriagadora entre los poseedores, pobreza espantosa entre los desposeídos. «Las importaciones y exportaciones totales de Gran Bretaña ascendieron en 1863 a 443,9 millones de libras esterlinas. Una suma asombrosa, que equivale aproximadamente al triple del comercio total de la época, relativamente no muy lejana, de 1843... De 1842 a 1852 los ingresos imponibles del país crecieron un seis por ciento; en los ocho años de 1853 a 1861 han crecido, tomando como base 1853, un veinte por ciento. Este embriagador aumento de riqueza y de poder se limita exclusivamente a las clases poseedoras.» Esa es una cara. Y el reverso de la medalla: una comisión de investigación sobre la deportación y los trabajos forzados, nombrada por la Cámara de los Lores, comprobó que los peores delincuentes de Inglaterra se mataban trabajando mucho menos y estaban mucho mejor alimentados que los jornaleros agrícolas de Inglaterra y Escocia. Un médico designado por la misma Cámara de los Lores determinó la cantidad mínima de carbono y nitrógeno que había que suministrar para «prevenir las enfermedades del hambre». Encontró que la escasa alimentación de los obreros del algodón había descendido tanto, por la presión de la miseria extrema, que «correspondía aproximadamente, más o menos, a esa dosis». Descubrió además que los tejedores de seda, las costureras, los guanteros, los calceteros y otros obreros no recibían por término medio ni siquiera esa ración de emergencia, esa cantidad mínima de carbono y nitrógeno «que basta justo para prevenir las enfermedades del hambre». De las familias de la población agrícola examinadas, más de una quinta parte tenía menos del mínimo de alimentos con carbono, y más de un tercio menos del mínimo de alimentos con nitrógeno. La población <!-- S. 299 --> agrícola de la parte más rica del país era la peor alimentada; pero incluso estos jornaleros agrícolas estaban aún mejor que grandes masas de hábiles trabajadores a domicilio del este de Londres. Así era el «modelo inglés»: un contraste espantoso de abundancia y hambre. Pero «con otro colorido local y a una escala algo menor, la situación inglesa se reproduce en todos los países del continente que están en vías de desarrollo industrial. En todos estos países se ha producido desde 1848 un desarrollo inaudito de la industria, una expansión desacostumbrada del comercio de importación y exportación». En todo, el «aumento de riqueza y de poder, limitado exclusivamente a las clases poseedoras», era «verdaderamente embriagador». En todas partes «la gran masa de la clase obrera se hunde cada vez más en la miseria, al menos en proporción al ascenso de las clases superiores en la escala social. Y así se ha convertido ahora en una verdad en todos los países que ningún perfeccionamiento de la maquinaria, ninguna aplicación de la ciencia a la producción, ninguna mejora de los medios de comunicación, ningunas colonias nuevas, ninguna emigración, ninguna apertura de mercados nuevos, ningún librecambio, ni todas estas cosas juntas, suprimirán la miseria de las masas trabajadoras, sino que, sobre la falsa base actual, todo nuevo desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo ha de conducir, por el contrario, a ahondar las diferencias sociales y a agudizar los antagonismos sociales».

Tras esta exposición de la situación económica y social, el *Mensaje inaugural* pasa a considerar la situación política. La contrarrevolución, constata con indignación, no solo ha «aplastado con el puño de hierro de la violencia todas las organizaciones y periódicos de la clase obrera» desde 1845, sino que también ha «empujado desesperados al otro lado del océano a los hijos más avanzados <!-- S. 300 --> del trabajo y ha ahogado la energía revolucionaria y los efímeros sueños de liberación de los que se quedaron en casa en una época de fiebre industrial, de embrutecimiento moral y de reacción política». La derrota de los obreros en el continente, de la que tuvo parte de culpa la diplomacia de los gabinetes inglés y ruso, se propagó al otro lado del Canal y devolvió a los lores de la tierra y del dinero la confianza en sí mismos que habían perdido. «Con insolente arrogancia revocaron concesiones que ya estaban anunciadas. El descubrimiento de nuevas tierras auríferas provocó una enorme emigración, que abrió un hueco imposible de llenar en las filas del proletariado británico. Otros se dejaron sobornar con el cebo de un empleo temporalmente mayor y de salarios más altos y “se adaptaron a las circunstancias existentes”. Todos los intentos de mantener o de reorganizar el movimiento cartista fracasaron por completo, los órganos de prensa de la clase obrera fueron sucumbiendo uno tras otro a la indiferencia de las masas, y la clase obrera inglesa parecía en efecto tan completamente reconciliada con el estado de nulidad política como nunca antes.»

Solo dos grandes acontecimientos destacan como lados luminosos en este período sombrío: la introducción de la ley de las diez horas, lograda tras treinta años de lucha llevada con una constancia admirable y aprovechando una momentánea discordia entre los lores de la tierra y los lores del dinero, y la fundación del movimiento cooperativo por unas cuantas «manos audaces», los pioneros de Rochdale. La ley de las diez horas «no fue solo un gran éxito práctico; fue la victoria de un principio». Pero «una victoria aún mayor de la economía política del trabajo sobre la economía política del capital fue el movimiento cooperativo», porque no debía su existencia al favor de una constelación parlamentaria casual, <!-- S. 301 --> sino que representaba la «superación del sistema capitalista», emprendida con plena conciencia y llevada a cabo con las propias fuerzas. En este ensayo logrado «se manifiesta la superioridad del trabajo asociado sobre el sistema capitalista del salario y del lucro».

Desde luego, «para liberar a las masas trabajadoras, el sistema cooperativo ha de ser fomentado a escala nacional y con medios nacionales», para que pueda desarrollarse en dimensiones nacionales. Para ello hace falta disponer del poder político. «Conquistar el poder político es, por tanto, el gran deber de la clase obrera. Parece haberlo comprendido, pues en Inglaterra, Francia, Alemania e Italia se muestra un resurgimiento simultáneo y tienen lugar intentos simultáneos de reorganización política del partido obrero.»

En ello los obreros poseen «un elemento de éxito: su gran número». Pero esta masa solo puede echarse en la balanza de las decisiones políticas si se suelda en organización y se guía por el saber político. El «menosprecio del lazo de la fraternidad» se ha vengado siempre amargamente, en anteriores intentos de la clase obrera por conquistar su libertad, con el «fracaso general de sus esfuerzos inconexos».

Remitiéndose a la guerra por la esclavitud en los Estados Unidos, a la conquista del Cáucaso y al aplastamiento de la insurrección polaca por Rusia, el *Mensaje inaugural* subraya para terminar el deber de la clase obrera de «adueñarse de los secretos de la política internacional, vigilar las acciones diplomáticas de sus gobiernos, oponerse a ellas, si es necesario, con todos los medios a su alcance y, si no puede impedir el golpe, unirse en una denuncia simultánea y pública y <!-- S. 302 --> proclamar las sencillas leyes de la moral y del derecho que, así como regulan las relaciones entre los particulares, deben ser también las leyes supremas del trato de las naciones entre sí. La lucha por semejante política exterior forma parte de la lucha general por la emancipación de la clase obrera».

Las ideas fundamentales del mensaje se recogen de nuevo, concentradas, en los estatutos: la emancipación de la clase obrera ha de ser conquistada por los obreros mismos. La lucha por ella no es una lucha por nuevos privilegios de clase, sino por la abolición de toda dominación de clase. La sujeción económica del obrero al que se apropia de los medios de trabajo, es decir, de las fuentes de la vida, está en la base de la servidumbre en todas sus formas: la miseria social, la atrofia intelectual y la dependencia política. La emancipación económica de la clase obrera es, por tanto, el gran fin al que todo movimiento político debe servir como medio. Todos los intentos encaminados a este fin han fracasado hasta ahora por falta de unidad entre los diversos grupos de trabajadores de cada país y entre las clases obreras de los distintos países. La emancipación de los obreros no es una tarea local ni nacional, sino social. Abarca todos los países en que existe la sociedad moderna. Solo puede realizarse mediante la cooperación planificada de esos países.

Estas importantes ideas expresan de nuevo, sin ambigüedad, el sentido y el fin de la Internacional. No cabe hablar de que el *Mensaje inaugural*, al poner con fuerza en primer plano la jornada de diez horas y el movimiento cooperativo como tareas actuales de política social de la clase obrera, persiguiera la tendencia de iniciar un alejamiento de la revolución y un giro hacia la reforma. Nada le era más ajeno que ver en la solución oportunista de necesidades prácticas <!-- S. 303 --> una panacea contra las penurias de la existencia proletaria. Lo que le importaba era más bien despertar en los obreros la comprensión de la necesidad de una unión internacional, destacando con fuerza los intereses concretos y prácticos, después de que los argumentos teóricos del *Manifiesto comunista* hubieran pasado casi sin dejar huella por el espíritu y la voluntad del proletariado. La fusión de la clase obrera de Inglaterra, Francia, Bélgica, Alemania, Italia y España en una unidad viva y solidaria, la captación de cartistas, owenistas, proudhonianos, blanquistas, mazzinianos y lassalleanos mediante un programa que no ofendiera a ninguna tendencia ni le cerrara la puerta: ese era el *leitmotiv* y el objetivo. Para este proyecto gigantesco, el mensaje era, por su forma y su contenido, el cartel de propaganda más contundente y más impresionante.

### La torre de Babel

Como la Internacional no disolvía en su seno las organizaciones obreras de los distintos países, sino que las dejaba subsistir intactas como formaciones independientes, pronto formó un mosaico abigarradísimo de grupos, tendencias, escuelas y bandos, y una ruidosa confusión de lenguas como en la construcción de la torre de Babel.

Pues no solo el movimiento obrero de cada país tenía su sello nacional específico, sino que en cada país había además las más diversas variedades de organizaciones y movimientos, que se contradecían entre sí o se combatían con violencia. Así, en Inglaterra había todavía fuertes restos del utopismo owenista, que se había aplanado en un librepensamiento sectario. Junto a ellos flotaban los restos del movimiento cartista, en plena descomposición. En las cabezas de los *trade-unionistas* rondaban todavía, en extraña mezcla con ideas colectivistas, residuos del mundo espiritual individualista. <!-- S. 304 --> Y lo peor era que los dirigentes del movimiento sindical —como escriben los Webb en su historia del *trade-unionismo*— no se dieron cuenta ni por un instante de la imposibilidad de esa amalgama. Además, la inmensa mayoría —de modo parecido a los socialistas cristianos de Kingsley y Maurice— no quería saber nada de la actividad política de la clase obrera. En Francia las cosas no estaban mejor. Allí fourieristas y cabetianos rezagados se mantenían todavía en la atmósfera de una popularidad caducada hacía tiempo. La doctrina de Louis Blanc sobre los talleres nacionales tenía todavía partidarios, del mismo modo que el golpismo político de Blanqui no había dejado aún de ejercer su atracción sobre los temperamentos activos. Pero por encima de todos los programas y melodías, la que encontraba el mayor aplauso era la suave tonada de Proudhon sobre el banco del pueblo, que todo lo liberaría y superaría pacíficamente la sociedad capitalista. Por último, en Alemania se entretejían con las tradiciones moribundas del radicalismo pequeñoburgués del 48 las ideas utópicas de Weitling. En primer plano estaba, eclipsándolo todo, la popularidad de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, inflada artificialmente hasta un tamaño mayor que el natural por la fuerza agitadora de Lassalle, aunque tras la muerte de Lassalle empezó a perder mucho de su fascinación por la guerra fratricida entre la línea masculina, encabezada por el señor von Schweitzer, y la línea femenina, encabezada por la condesa Hatzfeld. En Italia, el republicanismo nacionalista y místico de Mazzini chocaba duramente con el anarquismo revolucionario de Bakunin. Y Suiza ofrecía la imagen de un abigarrado cantonalismo de campanario.

La mayoría de estos grupos y organizaciones no pertenecían todavía a la Internacional. Pero era previsible que su unión en el marco de la Internacional daría como resultado una loca confusión de los espíritus, un caos <!-- S. 305 --> de enfrentamientos y una manifestación monstruosa del socialismo.

Marx previó este desarrollo. Por eso orientó su táctica a que las oposiciones de criterio no se dirimieran enseguida en conflicto abierto ante la publicidad de un congreso, sino que se limaran primero, en lo posible, en el círculo estrecho de una conferencia más confidencial.

La circunstancia de que la afluencia a la Internacional no fuera al principio nada tumultuosa le facilitó el empeño. En efecto: ¡qué minúsculo fue el comienzo! Algunos sindicatos, trabajados por la agitación durante tiempo y a fondo, se habían decidido a adherirse tras vacilaciones y reparos. Lo demás consistió, de momento, en afiliaciones individuales, que se agruparon en secciones. Pero también aquí el éxito quedó muy por debajo de lo esperado. La primera asociación de extranjeros que se adhirió fue la asociación obrera italiana de Londres. Luego vinieron tres asociaciones alemanas, entre ellas la Asociación Comunista de Formación Obrera. Por último, una asociación obrera de ayuda a los emigrados polacos. En Suiza se formaron algunas secciones; en Alemania, aunque allí se habían difundido 50 000 ejemplares del *Mensaje inaugural*, solo se oyó un débil eco. Al cabo de un año, el crecimiento de la Internacional no había avanzado aún lo bastante para que su voz hubiera bastado para encontrar en un congreso la resonancia deseada en la opinión pública política. Así, el Consejo General, a instancias de Marx, acordó no celebrar el congreso fijado para 1865 en Bruselas y convocar en su lugar una conferencia en Londres.

Tuvo lugar del 25 al 29 de septiembre de 1865. Las *Trade Unions* de Londres estaban representadas por Odger, Cremer, Howell, Wheeler, Dell y Weston. De Francia habían venido Tolain, Limousin, Varlin, Fribourg, Schily y Clarion; <!-- S. 306 --> de Bruselas, César de Paepe, un médico que trabajaba como cajista. Suiza había enviado a J. Ph. Becker por la sección alemana y a Dupleix por la francesa. Además, los obreros extranjeros estaban representados por delegados de sus asociaciones nacionales de Londres: Alemania por Leßner y Schapper, Italia por el mayor Wolff, Polonia por Bobrzinski. Por último, asistían como miembros correspondientes del Consejo General: Marx por Alemania, Jung por Suiza, Dupont por Francia. Eccarius, como segundo presidente del Consejo General, reforzaba el elemento alemán.

Por parte de Inglaterra, el secretario general Cremer informó de que, por el momento, solo se había ganado para la Internacional una parte muy modesta de las *Trade Unions*. Pero había fundadas esperanzas de que con la lucha por la reforma electoral, que acababa de empezar y que la Internacional promovería con gran energía, se produciría un gran auge y un aumento de afiliados. Tampoco los informes de Francia eran muy satisfactorios, y la confusión de los representantes franceses que salía a la luz en las discusiones dejaba ver demasiado bien las causas de estos modestos éxitos. En cambio, en Suiza, gracias a la incansable y hábil labor de propaganda de Becker, habían surgido numerosas grandes asociaciones obreras, resultado cuya satisfacción solo se veía algo empañada por la insistencia importuna de Becker en un reformismo de política social. La misma tendencia al reformismo, alimentada sobre todo por el componente proudhoniano de los franceses y complicada además por una confusión general de ideas, se hizo notar también en las discusiones. A favor o en contra de tomar posición sobre la cuestión polaca, a favor o en contra de discutir el problema religioso, a favor o en contra de celebrar pronto un congreso general: en todas partes se abrían profundas <!-- S. 307 --> divergencias de opinión, estallaban con toda violencia oposiciones inconciliables, se ponía de manifiesto una situación que representaba más o menos lo contrario de la unanimidad internacional.

### Conflictos, crisis, luchas

El desarrollo de la Asociación Internacional de los Trabajadores trajo consigo que Marx se convirtiera al poco tiempo «de hecho en la cabeza del asunto».

Eso significó para él un enorme gasto de energía y de tiempo, que devoraban las sesiones, los corresponsales, las negociaciones, etc. Los días pronto no bastaron, de modo que hubo que añadir las noches. En estos años Marx escribía su gran obra de economía política, *El capital*. Una y otra vez se veía arrancado de sus estudios y de sus redacciones y retenido por interminables sesiones del Consejo General y de los subcomités. Los artículos para los periódicos, que tenían que darle el pan de cada día, quedaban sin escribir; a menudo gemía por «la enorme pérdida de tiempo» y las «muchas interrupciones». También Engels, a quien recurría con bastante frecuencia en busca de ayuda, perdía a veces casi la paciencia. «El nuevo movimiento —estalló una vez— me hace sudar de mala manera. Que se lo lleve el diablo, eso de tener que escribir cartas, después de haberse pasado todo el día escribiendo para el negocio, también por la noche, para el partido y los editores, etc., hasta la una o las dos.» Pero el movimiento seguía avanzando, se extendía a lo ancho, exigía cada vez más energía, visión de conjunto y participación, no permitía ningún respiro.

A ello se añadió que el trabajo se volvía de día en día más desagradable a causa de las innumerables desavenencias, celos mezquinos y trifulcas que en sucesión incesante inquietaban y <!-- S. 308 --> sacudían la vida interna de la Internacional. «Ya me había figurado —escribió Engels— que la ingenua *fraternité* de la Internacional no duraría mucho... La cosa pasará todavía por toda clase de fases de este tipo y te costará mucho tiempo.» En efecto, las disputas y las intrigas no cesaban. Los franceses arremetían contra los trabajadores intelectuales y se peleaban entre sí por la cuestión religiosa; el tratamiento de la cuestión polaca desencadenaba una violenta discordia; había luchas encarnizadas en torno al periódico *The Commonwealth*, que, como órgano oficial, corría el peligro de sucumbir a la influencia de reformas burguesas; entre Odger y Potter, el editor del *Bienenkorb*, surgió un conflicto que se convirtió en escándalo público; había que expulsar a miembros que habían faltado gravemente a los estatutos o habían publicado informes falseados sobre asuntos internos. Y así sucesivamente. Una vez que Marx, a causa de un viaje, había faltado tres semanas a las sesiones, a su regreso informó a Engels de lo que había vivido: «Esta noche, por primera vez en tres semanas, he vuelto a asistir a una sesión de la Internacional. Entretanto se ha producido una revolución. Le Lubez y Denoual se han retirado; Dupont, nombrado secretario para Francia. A consecuencia de las intrigas de Le Lubez y sobre todo de las del mayor Wolff, que es un instrumento en manos de Mazzini, se han retirado los delegados italianos Lama y Fontana. Pretexto: Lefort (que entretanto anuncia su retirada) debía conservar su puesto de defensor general de la prensa de París. El *Working men's Club* italiano no se ha retirado de la sociedad, pero ya no tiene trato en el *Council*. Entretanto, por medio de Bakunin, en Florencia, voy a poner contraminas al señor Mazzini. La unión inglesa de zapateros —5000 hombres— se ha adherido a la sociedad durante mi ausencia.» A lo que Engels, en su respuesta, expresó la esperanza <!-- S. 309 --> de que «la trifulca llegue pronto, ojalá, a su fin». Pero la esperanza no se cumplió; la trifulca continuó en innumerables variaciones durante semanas, meses, años. Y cuando se apaciguaba o se zanjaba un conflicto, estallaban en otro lugar, en cambio, dos nuevos.

Como Marx, por naturaleza, era cualquier cosa menos un pacificador, de él partía en todos estos roces y disputas mucho más un agravamiento que un apaciguamiento. Esta influencia funesta se agravaba por la circunstancia de que Marx, a consecuencia de años de padecimientos físicos, se encontraba en un estado de gran irritación y amargura anímicas. A su antigua dolencia del hígado se había sumado una forunculosis maligna; durante muchos años le brotaron en todos los lugares posibles del cuerpo úlceras purulentas que le causaban dolores atroces, le estorbaban en el trabajo y lo sumían en un estado de ánimo a menudo desesperado. Su correspondencia con Engels está llena de quejas y de estallidos de rabia por esta desgracia. «Estoy aquejado del viejo mal en diversas partes, y molestas, de modo que me cuesta estar sentado»... «He tenido que pasar casi ocho días, a causa del carbunco, en gran parte en la cama...» «Para mi muy “agradable” sorpresa, esta mañana (ya la noche anterior no pude dormir) he descubierto de nuevo dos “lindos” forúnculos en el pecho...» «Ahora trabajo como un caballo, porque tengo que aprovechar el tiempo en que puedo trabajar, y los carbuncos siguen ahí, aunque ahora no me molestan más que localmente, pero no en la caja de los sesos»... «Esta vez me iba en ello la piel. Mi familia no sabía lo grave que era el caso. Si la cosa se repite tres o cuatro veces más en la misma forma, soy hombre muerto. He adelgazado asombrosamente y todavía estoy condenadamente débil, no en la cabeza, sino en los riñones y en las piernas... Estar sentado <!-- S. 310 --> era impensable. Pero tumbado, aunque solo en breves intervalos durante el día, he seguido trabajando a destajo.»

Engels había aconsejado a Marx repetida e insistentemente que «hiciera algo razonable para salir de este fastidio de los carbuncos». Consultó a médicos, estudió la literatura médica, le recomendó recetas. Pero Marx no podía decidirse a ninguna cura; le faltaban el dinero y el tiempo, temía la pérdida de ingresos; no quería dejar en la estacada al movimiento en una fase crítica. Pero cuando, en el invierno de 1865 a 1866, la dolencia empeoró sin cesar, Engels habló seriamente con su amigo. «Nadie puede aguantar a la larga esta historia crónica de los carbuncos, aparte de que al final puede salir uno que tome tal forma que te lleve al diablo. ¿Y dónde quedan entonces tu libro y tu familia? Sabes que estoy dispuesto a hacer lo posible, y en este caso extremo incluso más de lo que en otras circunstancias podría arriesgar. Pero sé también razonable y hazme a mí y a tu familia el único favor de dejarte curar. ¿Qué sería de todo el movimiento si te pasara algo?... No tengo descanso ni de día ni de noche hasta que te vea fuera de esta historia.»

Marx seguía vacilando. Pero cuando la enfermedad acabó por robarle toda capacidad de trabajo y estaba tan irritado y amargado que ya no se atrevía a asistir a las sesiones porque «difícilmente soportaría las tormentas dentro de “los límites de la razón pura”, sino que estallaría con demasiada precipitación», se decidió en marzo de 1866 a viajar a Margate, en la costa, y a disfrutar allí de unas semanas de aire de mar y de baños de mar.

Las cuatro semanas de descanso y de cura lo pusieron de nuevo en pie. Aunque se presentaron uno tras otro un resfriado, una gripe y un reumatismo, se había librado de los «malditos perros de carbuncos».

<!-- S. 311: Bildtafel „Liebknecht und Tussy Marx“ -->

<!-- S. 312: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 313 --> No se había librado, en cambio, del duro apuro material, que durante todo el invierno lo había hecho sufrir casi tanto como la enfermedad.

Los trabajos para la Internacional, que naturalmente había que hacer sin remuneración, los gastos de franqueo, sesiones, pequeños viajes, médico y medicinas, la pérdida de honorarios de los periódicos, habían arruinado por completo su capacidad financiera, ya de por sí frágil en extremo. Ya en el verano de 1865 había escrito a Engels una carta desesperada: «Desde hace dos meses vivo solo de la casa de empeños, y por tanto con reclamaciones apremiantes que se me amontonan y se vuelven cada día más insoportables. Este hecho no puede extrañarte si consideras: 1.º, que durante todo este tiempo no he podido ganar ni un céntimo; 2.º, que el mero pago de las deudas y la instalación de la casa me costó unas 500 libras esterlinas. He llevado cuenta de ello penique a penique, porque a mí mismo me parecía fabuloso cómo desaparecía el dinero. A esto se añadió que desde Alemania, donde se había propalado Dios sabe qué, me llegaron toda clase de reclamaciones antediluvianas... Te aseguro que habría preferido que me cortaran el pulgar antes que escribirte esta carta. Es verdaderamente abrumador seguir siendo dependiente media vida. La única idea que me sostiene en ello es la de que los dos tenemos un negocio en sociedad, en el que yo pongo mi tiempo para la parte teórica y de partido del *business*.» Engels, siempre comprensivo y siempre dispuesto a ayudar, acudió enseguida con 50 libras y siguió ayudando, carta tras carta, con 15 libras, 20 libras, 10 libras. Entretanto Jenny cayó enferma y tuvo que ir al campo a reponerse. Marx la visitó, la encontró todavía muy indispuesta, le robaron la maleta y escribió a Engels pidiendo dinero. El casero había venido y había hablado de embargo y de rescindir el contrato de alquiler, que era barato. «Tras el *landlord* se presentó <!-- S. 314 --> luego toda la demás chusma, en parte en persona, en parte con cartas amenazadoras. Encontré a mi mujer tan desesperada que no tuve el valor de explicarle el verdadero estado de las cosas. ¡Y en verdad no sé qué hacer!» Engels contestó a vuelta de correo con 15 libras y la promesa: «Estoy pensando en medios para conseguir al menos pagos a cuenta para los demás.» Después, carta tras carta, 10 libras, un bono de Navidad, 10 libras, 50 libras, 10 libras y, por último, la estancia de reposo en Margate.

En esta época se sitúa una tentación de la que hay que tomar nota porque más tarde desempeñó un papel en la historia de la socialdemocracia alemana. Un día Marx recibió de Lothar Bucher, amigo y albacea de Lassalle, la oferta de una colaboración bien pagada en el *Staatsanzeiger* de Berlín, consistente en escribir cada mes un informe sobre los movimientos del mercado monetario y del mercado de mercancías. Marx, que por lo demás no era escrupuloso en la elección de los periódicos para los que escribía, sospechó enseguida que detrás de la oferta estaba Bismarck. Pues Bismarck estaba entonces muy interesado en establecer un contacto político con el movimiento obrero; había intentado ganar a Lassalle para su política, había ganado de hecho a la condesa Hatzfeld y, según la suposición —errónea— de Marx, había atraído ya también a su órbita al señor von Schweitzer. Marx lo consultó con Engels y dejó la oferta sin respuesta. Lothar Bucher entró poco después abiertamente al servicio de Bismarck y fue el autor del proyecto de la ley antisocialista. Durante la peor persecución de los socialistas, Marx hizo pública la carta de Lothar Bucher. Y la socialdemocracia la esgrimió contra Bismarck como prueba de que este buscaba a los obreros como amigos cuando los necesitaba contra la burguesía, y los hacía perseguir como enemigos cuando ya no los necesitaba o resultaban incómodos para su política.

<!-- S. 315 --> Si la carta de Bucher solo servía para hacer aún más deprimente para Marx el ambiente deprimente de aquella época sombría, tenía un efecto alentador y grato el hecho de que la Internacional avanzaba bien. «En cuanto a las *Unions* de Londres, etc. —escribió a Engels—, cada día llega una nueva adhesión, de modo que poco a poco nos estamos convirtiendo en una potencia.» Y Engels confirmaba con alegría: «La Asociación Internacional ha conquistado de verdad, en tan poco tiempo y con tan poco alboroto, un terreno colosal... Ahí tienes algo a cambio de tu pérdida de tiempo.»

Desde luego, el crecimiento exterior compensaba solo pobremente el penoso espectáculo de la crisis que bramaba en el interior. En el Consejo General y en las redacciones todo andaba manga por hombro; por todas partes reinaban la rivalidad, los celos, la hostilidad. Cremer combatía a Eccarius y lo puso en la calle. Le Lubez intrigaba contra los alemanes. El mayor Wolff estaba en pie de guerra con Jung. Los mazzinianos se defendían contra la violencia teórica de los «tiranos». En el periódico, que dependía de «anticipos de la burguesía» y sufría por ello en su carácter, rivales políticos y comerciales se atropellaban en una pelea salvaje. «He desplegado mucha paciencia en esta ocasión —declaró Marx— porque seguía esperando que los propios obreros se esforzarían lo suficiente para llevar el asunto adelante por sí mismos, y porque, por otra parte, no quería ser un aguafiestas.»

A pesar de estas desavenencias, el movimiento obtuvo éxitos en público. Un mitin gigantesco en St. Martin's Hall en favor de la reforma electoral estuvo por completo bajo la influencia de la Asociación de los Trabajadores. Y de las manifestaciones por el sufragio en Londres, que tras la caída del ministerio liberal de Gladstone se dirigían contra los intentos dilatorios del gobierno conservador de Disraeli, escribió Marx a Engels: «Fabuloso, comparado <!-- S. 316 --> con lo que hemos visto en Inglaterra desde 1844; obra pura de la Internacional... Aquí se ve la diferencia entre actuar entre bastidores y desaparecer en público, y la manera de los demócratas de darse importancia en público y no hacer nada.»

Entre bastidores, desde luego, quedaba todavía mucho por hacer. Pues «el carácter malditamente tradicional de todos los movimientos ingleses», el frío reformismo que regateaba y pactaba abiertamente con el radicalismo burgués, se extendía y sofocaba el fuego inicial del movimiento. Como escribió una vez J. Ph. Becker a Jung, «al pueblo trabajador inglés le faltaba un poco de sal revolucionaria para sacarlo de su perezosa modorra legalista». O como se lamentaba Marx: «En Francia, Bélgica, Suiza (e incluso aquí y allá en Alemania, y hasta esporádicamente en América), la sociedad ha hecho grandes y constantes progresos. En Inglaterra, el movimiento de reforma, que nosotros pusimos en marcha, casi nos ha aniquilado. La cosa sería indiferente si el Congreso de Ginebra no estuviera anunciado para finales de mayo (1866)... A los ingleses incluso un fracaso del congreso les trae sin cuidado. ¡Pero a nosotros! ¡Un ridículo europeo!»

Marx temía mucho el fracaso del congreso, pues tenía claro que el proceso interno de maduración del movimiento no había avanzado lo bastante como para poder afrontar con calma una prueba pública. Pensó en viajar a París y hacer ver a los miembros de allí, que presionaban con bastante ímpetu para que se celebrara el congreso, la necesidad de un aplazamiento. Sin embargo, no se le ocultaba que, si el congreso no se celebraba, todo estaba en juego. Engels le dio la razón: «Que el congreso acuerde algo bueno es cosa secundaria, con tal de que se pueda evitar todo escándalo. Al fin y al cabo, toda manifestación de este tipo será siempre, en cierto sentido —al menos ante <!-- S. 317 --> nosotros mismos—, un ridículo. ¿Pero ante Europa? Creo que eso se podría evitar... De todos modos, yo de ningún modo iría a París por ello... La policía echará mano sin miramientos... Todo el asunto no vale el riesgo... Quédate más bien en Margate y corre bien al aire libre. Quién sabe lo pronto que volverás a necesitar un cuerpo fuerte.»

El congreso, finalmente, se aplazó al otoño de 1866 a petición de las secciones suizas. Marx no participó en él. Había querido «sacudirse toda responsabilidad personal por su dirección». Esto resultó una precaución innecesaria. Pues el congreso no fue ningún «ridículo europeo». Al contrario. Por el hecho de haber atraído durante seis días la atención del mundo político, y por el peso de sus acuerdos, sobre todo en cuestiones de política social y de legislación de protección obrera, que Marx había preparado a fondo en un memorándum y en resoluciones, se convirtió en un acontecimiento europeo.

Si Marx quedó muy satisfecho del Congreso de Ginebra, el siguiente congreso, en Lausana, del 2 al 8 de septiembre de 1867, lo puso en gran agitación. Los proudhonianos franceses habían sufrido una derrota en Ginebra y habían aprendido de ella a preparar mejor el siguiente congreso. En efecto, inundaron todo el congreso con sus mociones y discusiones e impusieron un gran número de acuerdos proudhonianos. Marx, que tampoco esta vez estuvo presente y que había descuidado también una preparación a fondo, porque se dedicaba por completo a terminar su obra, escribió sobre ello a Engels: «A estos asnos de proudhonianos les daré yo personalmente el golpe de gracia en el próximo congreso, en Bruselas. He dirigido todo el asunto diplomáticamente y no quería presentarme personalmente antes de que saliera mi libro y nuestra sociedad hubiera echado raíces. Por lo demás, <!-- S. 318 --> en el *Report* oficial del Consejo General (a pesar de todos sus esfuerzos, los charlatanes de París no pudieron impedir nuestra reelección) les daré unos buenos varazos. Entretanto, nuestra sociedad ha hecho grandes progresos. El miserable *Star*, que quería ignorarnos por completo, declara en un editorial que somos más importantes que el Congreso de la Paz. Schulze-Delitzsch no pudo impedir que su asociación obrera de Berlín se uniera a nosotros. Los cerdos ingleses de entre los *Trades Unionists*, para quienes íbamos demasiado “lejos”, vienen corriendo... En la próxima revolución, que quizá esté más cerca de lo que parece, tendremos en nuestras manos esta poderosa máquina. ¡Compara con esto los resultados de las maquinaciones de Mazzini, etc., durante treinta años! ¡Y además sin medios económicos! ¡Con las intrigas de los proudhonianos en París, de Mazzini en Italia y de los celosos Odger, Cremer y Potter en Londres, con los Schulze-Delitzsch y los lassalleanos en Alemania! ¡Podemos estar contentos!»

Cuanto más daba que hablar la Internacional, desde luego, más crecía la inquietud de la burguesía ante un poder que veía extenderse en silencio como hostil a ella. Se movilizó a las autoridades para una vigilancia redoblada, y estas intervinieron: en Inglaterra con motivo de una conspiración irlandesa con la que, sin fundamento alguno, se relacionó a la Internacional; en Francia en virtud de la ley que no permitía formar sociedades de más de veinte miembros; en Bélgica a raíz de un conflicto que había estallado entre los mineros de la región de Charleroi y los dueños de las minas, y que había terminado de forma sangrienta. Pero precisamente estas persecuciones elevaron la importancia de la Internacional a ojos de la opinión pública. Y cuanto más enérgicamente cumplía su papel la Internacional en el gran movimiento huelguístico que recorrió el continente después de 1866, más se convertía en el espantajo general de los burgueses. Se sospechaba su influencia <!-- S. 319 --> en todo movimiento, se temía su mano detrás de cada huelga, de cada levantamiento, de cada acción política. El viejo Ferdinand Tönnies recuerda de sus años de muchacho cómo la Internacional aparecía entonces como el espectro rojo encarnado. Los periódicos estaban llenos de alusiones a su poder misterioso, a sus ilimitados medios económicos. Marx aparecía como el siniestro director de una conspiración mundial. Naturalmente, todo esto era fantasmagoría y exageración nacida del miedo. Pero sí era cierto que la organización, aunque estaba desgarrada por dentro por luchas de opinión, combatía con graves apuros económicos y tropezaba en todas partes con la indiferencia, la incomprensión y la cobardía, ganaba constantemente en prestigio e importancia bajo la influencia y la dirección intelectual de Marx. Si Marx había dicho del Congreso de Lausana: «Lo principal es que se celebre el congreso, no lo que allí ocurra», esto valía mucho más para la propia Internacional. No en sus acciones y logros concretos residía su valor y su peso: solo el hecho de su existencia condicionaba y fundaba su extraordinaria importancia.

### Schweitzer y Liebknecht

Llama la atención que la Asociación General de Trabajadores Alemanes, que tras la muerte de Lassalle se había convertido en la organización dirigente del proletariado alemán, no tuviera contacto alguno con la Internacional ni estuviera representada en sus congresos.

Esto se debía, en primer lugar, a que la Asociación General de Trabajadores Alemanes, inmediatamente después de la muerte de Lassalle, había caído en manos de una dirección incapaz y había quedado hecha pedazos por una salvaje guerra de sucesión. Pero tampoco más tarde, cuando el ala encabezada por J. B. von Schweitzer se consolidó para un trabajo político serio y positivo, se llegó a una relación con Marx. La fundación de Lassalle estaba para Marx <!-- S. 320 --> cargada de un odio insuperable. Su aversión a Lassalle se había trasladado a la persona de Schweitzer y actuaba como un tabique que cerraba el paso a toda relación. A ello se había sumado un conflicto personal entre Marx y Schweitzer. Por un motivo del todo fútil: *Der Sozialdemokrat*, el órgano de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, cuyo redactor era J. B. von Schweitzer, había reproducido una nota desde París procedente de Moses Heß que ponía en duda la fiabilidad revolucionaria del representante de la Internacional en París, Tolain. Una de las innumerables intrigas que estaban a la orden del día entre los emigrados. Marx habría debido comprenderlo, pues a él le había ocurrido en la *Neue Rheinische Zeitung* un desliz parecido contra Bakunin. Pero Marx procedió de otro modo. Disparó enseguida con artillería gruesa contra Schweitzer y no solo exigió satisfacción, sino que tomó además el incidente como pretexto para romper sin más y de forma brusca sus relaciones con el *Sozialdemokrat*. «Toda la tendencia» no le gustaba. Y Schweitzer, hasta entonces solo objeto de su desconfianza, se convirtió en blanco de sospechas malintencionadas. Marx consideraba a Schweitzer, según escribió a Engels, «incorregible (probablemente de acuerdo en secreto con Bismarck)» y quería librarse a toda costa de la relación con él. Por eso se construyó la opinión: «Mientras esta historia lassalleana domine en Alemania, la Asociación Internacional no tendrá campo precisamente allí.» En eso se equivocaba, pues Schweitzer no solo retiró el reproche hecho a Tolain, sino que se ofreció espontáneamente a proponer en el congreso de la Asociación General de Trabajadores Alemanes una resolución que expresara la conformidad con los principios de la Internacional y promoviera el envío de delegados al Congreso de Bruselas. Pero Marx no tenía oído para esta disposición, ni órgano para la mano <!-- S. 321 --> que se le tendía. No quería tener nada que ver con Schweitzer ni con la asociación lassalleana. «Ya que hay que romper con ese tipo, mejor ahora mismo», escribió a Engels, y este, remangándose enseguida, contestó: «Cuanto más se anda con él, más se hunde uno en el fango. Así que cuanto antes, mejor.» Así, Marx y Engels enviaron a la redacción del *Sozialdemokrat* una declaración en la que se decía que en ningún momento habían desconocido la difícil situación ni habían planteado al espíritu programático del periódico exigencias impropias del meridiano de Berlín. Pero habían exigido repetidamente que frente al ministerio y al partido feudal-absolutista se empleara un lenguaje al menos tan audaz como frente a los progresistas. La táctica seguida por el *Sozialdemokrat* excluía su participación ulterior en él. Su opinión sobre el socialismo gubernamental real prusiano y sobre la posición correcta del partido obrero frente a tal espejismo se encontraba expuesta ya en la *Deutsche Brüsseler Zeitung* de 1847. Cada palabra de su declaración de entonces la seguían suscribiendo hoy.

Con esta declaración, que sin investigación y sin prueba hacía al *Sozialdemokrat* el reproche infamante de pactar en secreto con Bismarck y de encaminarse hacia una «alianza» entre el proletariado y el gobierno contra la burguesía liberal, Marx y Engels cometieron con el señor von Schweitzer la más amarga injusticia. Jamás se le pasó ni en sueños establecer una relación conspirativa con Bismarck, y en el *Sozialdemokrat* —como atestigua Mehring— se buscará en vano siquiera una sílaba que tuviera sabor a una alianza con el gobierno contra el Partido Progresista. Los cinco artículos sobre el ministerio Bismarck que Schweitzer había publicado en el *Sozialdemokrat*, y en los que Marx y Engels se apoyaban en su declaración, <!-- S. 322 --> tenían otro aspecto para quien estaba cada día en medio de la lucha política y tenía que aprovechar ocasionalmente en favor del proletariado las posibilidades que ofrecía la relación de fuerzas entre los adversarios, que para quien estaba lejos del fuego, en el exilio, y veía todas las cosas en la distorsión de una perspectiva engañosa.

Schweitzer era una cabeza independiente, una personalidad fuerte, un hombre lleno de seriedad política y de sentido revolucionario de la responsabilidad. Es fácil pensar que Marx veía en él —como en Lassalle— un competidor peligroso, un aspirante al papel político sobre el que creía tener derechos preferentes. La táctica de desvalorización que Marx practicó contra él hace sumamente probable una lucha de rivalidad de ese tipo, al menos en el inconsciente de Marx. Pues no solo falseaba Marx la persona de Schweitzer, sino que en su imaginación, contra los hechos, transformaba también la Asociación General de Trabajadores Alemanes, que se había convertido en un movimiento considerable, en una secta oscura y extravagante, a la que además atribuía la defensa de intereses pequeñoburgueses y democráticos. Para su desgracia, lo reforzó en esta opinión Wilhelm Liebknecht.

Liebknecht, desde 1862 en Berlín, había desempeñado ya en el conflicto entre Marx y el *Sozialdemokrat* un papel de lo más curioso. Había formado parte de la redacción del *Sozialdemokrat* como corredactor junto a Schweitzer, e incluso llevaba la sección en la que apareció la fea nota contra Tolain. Pero en lugar de mediar y encauzar el asunto hacia el bien, Liebknecht careció por completo de tacto y de buena voluntad de camaradería. Pues tenía diferencias personales con Schweitzer: razón suficiente para descuidar el deber de informar con claridad a Marx e incluso, quizá, para atizar aún más con chismes tendenciosos la suspicacia <!-- S. 323 --> y el malhumor en Londres. Un pasaje de una carta de Marx a Engels —«Según Liebknecht, Schweitzer no ha podido venderse a Bismarck porque en tal caso habría tenido que hacerlo a través de la vieja Hatzfeld»— deja ver qué flores daban en esta atmósfera el chisme y la intriga.

Ya Lassalle se había vuelto con gran violencia y desprecio contra Liebknecht con motivo de su papel en el caso Vogt. En enero de 1860 había escrito a Marx: «¿Cómo demonios llegáis vosotros, cómo llegas tú —un rigorista como lo eres, con razón, en todo lo demás— a tener trato de partido con alguien que escribe en la *Augsburger Allgemeine Zeitung*? Me escribes, es cierto, que allí todos lo hacen, que escriben en todos los periódicos sin distinción de color, y que solo tú eres una excepción. Pero esa mala costumbre no cambia nada el asunto. Entonces son todos igualmente culpables y condenables... Tu contacto con Liebknecht tampoco parece ser, por desgracia, pasajero ni aislado.» Más aún, el propio Marx, que durante la época londinense de Liebknecht había mantenido con él, en efecto, el trato más estrecho, se quejaba sin cesar de la actuación y el comportamiento políticos de su discípulo en Berlín. En cartas a Engels lo llamaba «remolón», un «tipo tonto», le reprochaba «muchas meteduras de pata», censuraba sus «escapadas» y tenía en general una opinión francamente mala de su inteligencia. Aun así, lo sostuvo con indulgencia infinita. Pues Marx usaba a Liebknecht como instrumento contra Schweitzer, y Liebknecht, una naturaleza entregada a Marx a vida o muerte, que se tragaba cada reprimenda y aguantaba tranquilamente cada bronca, no tenía nada que objetar a este abuso.

Más tarde Liebknecht fue expulsado de Berlín. Se fue a Leipzig, se unió a Bebel y fundó con él en 1869, en Eisenach, el Partido Obrero Socialdemócrata. <!-- S. 324 --> Aquí se vio que todo lo que Marx censuraba en Schweitzer, bien mirado, se aplicaba a Liebknecht. Liebknecht, aunque discípulo de Marx, quedó muy en la sombra respecto de Schweitzer en la comprensión y elaboración de las ideas teóricas y políticas desarrolladas por Marx. Pues Schweitzer redactaba su periódico según los principios del *Manifiesto comunista* y del *Mensaje inaugural*, y como diputado del Reichstag de la Confederación de Alemania del Norte pedía en ocasiones consejo a Marx sobre cuestiones políticas difíciles. Liebknecht, en cambio, hacía en su *Demokratisches Wochenblatt* una política pequeñoburguesa socialista, particularista y confusa, y a cada momento se ponía en contradicción con los principios proclamados por Marx. Aun así, siguió siendo el niño mimado de Marx, y Schweitzer fue tratado como cabeza de turco.

«A cuántos hombres de mérito habrás convertido ya en enemigos tuyos, que habrían llegado a ser partidarios tuyos», había escrito una vez Lassalle a Marx en tono de reproche. También Schweitzer se contaba entre esos «hombres de mérito» a los que una suspicacia injusta y un rechazo hiriente empujaron al campo enemigo, mientras todas las fuerzas de su espíritu y de su alma ansiaban poder estar con Marx en amistad y unión.

Más aún, la suspicacia y la sospecha infundada persiguieron el nombre de Schweitzer, incluso más allá de la tumba, en una leyenda envenenada. Aunque nada en el comportamiento y la actuación política de Schweitzer puede considerarse dudoso o turbio, aunque ninguna palabra, ningún artículo, ninguna acción atestigua contra su honrada convicción socialista y ninguna mancha empaña su honor revolucionario, su imagen sigue viviendo en la posteridad como la de un impuro, un dudoso, un venal. Mehring emprendió su rehabilitación, y su alegato, su demostración de la integridad de Schweitzer, no dejaría de surtir efecto ante ningún tribunal, ante ningún <!-- S. 325 --> juez. Solo en el movimiento obrero sigue siendo Schweitzer el turbio caballero, porque Marx lo tuvo por tal.

### Bakunin

Michael Bakunin había sido detenido en Sajonia en 1844[^t-46-1], tras la insurrección de Dresde, y condenado a muerte, pero luego fue entregado a Austria, donde se le procesó de nuevo y fue otra vez condenado a muerte. En 1851 Austria lo entregó a Rusia. Hasta 1857 estuvo preso en la fortaleza de Pedro y Pablo, y luego fue desterrado a Siberia. Desde allí consiguió huir en 1861, a través del Japón y de América, de vuelta a Europa. A finales de 1861 llegó a Londres, frecuentó a sus compatriotas Herzen y Ogarev y escribió artículos para la *Glocke* [*Kólokol*, La Campana] de Herzen, aunque no aprobaba la actitud moderada del periódico. Allí se enteró —según su propio relato— de lo siguiente:

«Mientras yo no me divertía en absoluto en las fortalezas alemanas y rusas y en Siberia, Marx y compañía habían hecho circular, pregonado y publicado en periódicos ingleses y alemanes los rumores más infames contra mí; decían que no era cierto que yo estuviera encerrado en una fortaleza, que, por el contrario, el emperador Nicolás me había recibido con los brazos abiertos, me había ofrecido todas las comodidades y placeres de la vida, que me daba la gran vida con mujeres galantes y champán, etc. Era infame, pero también era estúpido... Apenas llegado a Londres, un periódico inglés de un tal Urquhart, turcófilo y medio loco, publicó que el gobierno ruso me había enviado, evidentemente, para actuar como espía. Contesté en un periódico, invitando al calumniador anónimo a dar su nombre y prometiéndole responder no con la pluma en la mano, sino con la mano sin <!-- S. 326 --> pluma. Se dio por enterado y me dejaron en paz.»

A comienzos de 1863 Bakunin viajó a Suecia para trabajar desde allí por una revolución en Rusia, regresó a finales de 1863 y ese mismo año trasladó su residencia a Italia. En agosto de 1864 viajó de nuevo a Suecia y en octubre llegó a Londres. Antes de volver a Italia tuvo un encuentro con Marx. Lo relata así: «Entonces recibí de Marx una cartita, que todavía conservo, en la que me preguntaba si quería recibirlo en mi casa al día siguiente. Le contesté que sí y vino; tuvimos entonces una explicación; juró que nunca había dicho ni hecho nada contra mí, que, por el contrario, siempre me había guardado una amistad sincera y un gran aprecio. Yo sabía que me decía una falsedad, pero en realidad ya no le guardaba rencor. La renovación del trato me interesaba mucho, por lo demás, en otro aspecto. Sabía que había colaborado poderosamente en la fundación de la Internacional. Había leído el manifiesto escrito por él en nombre del Consejo General provisional, un manifiesto que era importante, serio y profundo, como todo lo que sale de su pluma cuando no hace polémica personal. En suma, nos separamos en apariencia como muy buenos amigos, sin que yo, no obstante, le devolviera la visita.»

También de Marx hay un relato de este encuentro. Con fecha del 4 de noviembre de 1864 escribió sobre ello a Engels: «Bakunin te manda saludos. Hoy se ha marchado a Italia. Lo vi ayer por la noche de nuevo después de dieciséis años. Debo decir que me ha gustado mucho, y más que antes. Dijo que, tras el fracaso del asunto polaco, solo participaría ya en el movimiento socialista. En conjunto, es una de las pocas personas a las que, después de dieciséis años, no encuentro que hayan retrocedido, sino <!-- S. 327 --> que han progresado. Hablé también con él de las denuncias de Urquhart.»

La decisión de dedicarse en adelante exclusivamente al movimiento socialista y la importancia de la Internacional hicieron que a Bakunin le pareciera deseable volver a tener una buena relación con Marx. Eso le costaba, de todos modos, cierto esfuerzo de superación. Pues entre entonces y ahora no solo se interponía la serie de calumnias referidas a Bakunin y a la época de su encarcelamiento y su destierro; las había precedido un conflicto sumamente feo con Marx, que desde el comienzo de su actividad revolucionaria había cargado a Bakunin con la sospecha de ser un soplón y un espía. Según la exposición de Bakunin, el asunto fue más o menos así:

«En 1848 nos encontramos en desacuerdo, y debo decir que la razón estaba mucho más de su parte que de la mía. Había fundado en París y en Bruselas una sección de comunistas alemanes y, aliado con los comunistas franceses y con algunos ingleses, apoyado por su amigo y compañero inseparable Engels, había fundado en Londres una primera asociación internacional de comunistas de diversos países... Yo mismo, arrebatado por la embriaguez del movimiento revolucionario en Europa, me había ocupado mucho más del lado negativo que del positivo de esta revolución, es decir, mucho más del derrocamiento de lo existente que de la construcción y organización de lo que había de seguir. Pero había un punto en que yo tenía razón frente a él. Como eslavo, quería la liberación de la raza eslava del yugo de los alemanes. Mediante la revolución, es decir, mediante la destrucción de los imperios de Rusia, Austria, Prusia y Turquía y mediante la reorganización de los pueblos de abajo arriba por su propia libertad, sobre la base de una completa igualdad económica y social, <!-- S. 328 --> y no por la fuerza de una autoridad, por revolucionaria que se llamara y por inteligente que fuera de hecho.

Ya entonces la diferencia de los sistemas que hoy nos separan de una manera que ahora, por mi parte, está plenamente meditada, empezaba a perfilarse. Mis ideas y aspiraciones tenían que desagradar mucho a Marx. En primer lugar, porque no eran las suyas; después, porque eran contrarias a las convicciones de los comunistas autoritarios; por último, porque él, como patriota alemán, no admitía entonces, como tampoco hoy, el derecho de los eslavos a liberarse del yugo alemán, pues piensa hoy como entonces que los alemanes están llamados a civilizarlos, es decir, a germanizarlos por las buenas o por la fuerza.

Para castigarme por la audacia de impulsar la realización de una idea distinta de su concepción, e incluso opuesta a ella, Marx se vengó entonces a su manera. Era redactor de la *Neue Rheinische Zeitung*, que aparecía en Colonia. En un número de ella leí una correspondencia de París en la que se decía que la señora George Sand, a quien yo había conocido, habría dicho a alguien que había que guardarse de Bakunin, pues era muy posible que fuera algo así como un agente ruso.»

Según comunicó Marx el 1 de septiembre de 1853 en una declaración publicada en el *Morning Advertiser* de Londres, el 5 de julio de 1848 habían llegado a la *Neue Rheinische Zeitung* dos cartas de París, una de la agencia Havas y la otra del doctor Ewerbeck, antiguo dirigente de la Liga de los Justos, al que Marx no quiso nombrar, por lo que dijo «de un refugiado político». En ambas cartas se afirmaba que George Sand poseía cartas que comprometían a Bakunin: «que recientemente había entrado en relación con el gobierno ruso».

«Esta acusación me cayó —sigue contando Bakunin— <!-- S. 329 --> como una teja en la cabeza, justo cuando estaba en plena organización revolucionaria, y paralizó por completo mi actividad durante varias semanas. Todos mis amigos alemanes y eslavos se mantuvieron alejados de mí. Yo era entonces el primer ruso que se ocupaba activamente de la revolución, y no necesito deciros qué sentimientos de desconfianza habitual y tradicional se apoderan primero de todo espíritu occidental cuando oye hablar de un revolucionario ruso. Así que escribí primero a la señora Sand.»

La singularidad de la personalidad y del modo de vida de Bakunin ofrecía, desde luego, un amplio flanco al chisme y a la sospecha. Era de origen noble, una figura llamativa, daba mucho que hablar, llevaba una vida extrañamente despreocupada, metía las manos en todas las maquinaciones, conspiraciones y acciones, y su situación económica estaba envuelta en sombras. Según un método conocido, la embajada rusa, que espiaba su modo de vida, hizo propalar sobre él toda clase de sospechas vagas para minar su prestigio y la confianza que inspiraba en los círculos revolucionarios. En la *Neue Oder-Zeitung* declaró Bakunin que, ya antes de la aparición de la nota en la *Neue Rheinische Zeitung*, «habían circulado rumores parecidos en Breslau», que procedían de las embajadas rusas y que no podía refutarlos mejor que apelando a George Sand.

Entonces George Sand escribió a la *Neue Rheinische Zeitung*, con fecha del 3 de agosto de 1848: «Los hechos comunicados por su corresponsal son completamente falsos y no tienen ni siquiera la menor apariencia de verdad. Nunca he poseído la menor prueba de las insinuaciones que ustedes tratan de acreditar contra el señor Bakunin, a quien la monarquía caída desterró de Francia. Por tanto, nunca he estado autorizada <!-- S. 330 --> a poner la menor duda en la lealtad de su carácter y en la franqueza de sus opiniones.» Con esta declaración Bakunin quedó plenamente rehabilitado.

Sin embargo, la sospecha siguió deslizándose tras él, sin cesar, por oscuras sendas. Quince años después, en diciembre de 1863, cuando viajaba por Francia hacia Suiza, un periódico de Basilea azuzó contra él a los emigrados polacos afirmando que con sus maquinaciones revolucionarias había arrastrado al abismo a muchos de sus compatriotas, mientras él siempre se había puesto a salvo. Y durante su estancia en Italia fue atacado y calumniado sin cesar en sentido parecido por muchos periódicos alemanes.

También Marx seguía lleno de desconfianza hacia Bakunin. Y no dejaba pasar ninguna ocasión de recabar informes sobre él a espaldas de Bakunin. Así fue a dar una vez con el ruso Serne, al que tenía por adversario de Bakunin. «Quería que este jovencito me informara sobre Bakunin. Pero como no me fío de ningún ruso, lo hice en esta forma: ¿Qué hace mi viejo amigo (no sé si todavía lo es) Bakunin?, etc., etc. ¡El ruso Serne no tiene nada más urgente que hacer que comunicarle a Bakunin esta carta, y Bakunin la aprovecha para una entrada sentimental!»

Esta «entrada sentimental» no solo honraba, desde luego, el corazón y la inteligencia de Bakunin, sino que habría podido aspirar a ser acogida por Marx de otro modo que con el cinismo mordaz y la desenvoltura despectiva que no hacían más que enmascarar su turbación. «Me preguntas si sigo siendo tu amigo —contestó Bakunin—; sí, más que nunca, querido Marx, porque he llegado más que nunca a comprender cuánta razón tenías al seguir el gran camino de la revolución económica e invitarnos a todos a seguirte, y al echar abajo a todos los que se <!-- S. 331 --> perdían por los caminos laterales de empresas en parte nacionales, en parte exclusivamente políticas. Ahora hago lo que tú empezaste hace más de veinte años. Desde que dije adiós solemne y públicamente a los burgueses del Congreso de Berna, no conozco otra sociedad, otro medio, que el mundo de los obreros. Mi patria es ahora la Internacional, de la que tú eres uno de los principales fundadores. Ya ves, pues, querido amigo, que soy tu discípulo, y estoy orgulloso de serlo. Con esto queda dicho lo necesario para explicarte mi posición y mis sentimientos personales.»

Bakunin se esforzó honradamente por llegar a una relación buena y sin roces con Marx. Pero no llegó a sentir por él un afecto cordial. Para ello, la estructura anímica de ambos, su orientación teórica y su actitud fundamental ante el problema revolucionario eran demasiado distintas. Bakunin amaba a los campesinos, aborrecía el intelectualismo y los sistemas abstractos con su dogmatismo y su intolerancia, odiaba el Estado moderno, el industrialismo y la centralización, tenía una profunda aversión al judaísmo y a todo lo judío, que sentía como nervioso, charlatán, crítico-disolvente, intrigante y explotador. Y todo lo que rechazaba instintivamente, porque lo inquietaba anímicamente y despertaba su repugnancia, lo veía encarnado en Marx. Le resultaba insoportable la fuerte conciencia de sí mismo que Marx exhibía.

«Marx ama su propia persona mucho más que a sus amigos y apóstoles —escribió en una comparación entre Marx y Mazzini—, y ninguna amistad resiste a una herida, por leve que sea, de su vanidad. Perdonará mucho antes una infidelidad a su sistema filosófico y socialista; la considerará una prueba de la estupidez o al menos de la inferioridad intelectual de su amigo, y eso le divertirá. Si ya no ve en él un rival <!-- S. 332 --> que pueda llegar a su altura, quizá lo quiera todavía más. Pero nunca perdonará a nadie una falta contra su persona: hay que adorarlo, convertirlo en ídolo, para ser amado por él; hay que temerlo al menos para ser tolerado por él. Le gusta rodearse de los más pequeños, de lacayos y aduladores. Con todo, en su entorno íntimo se encuentran algunos hombres eminentes.

Pero en general se puede decir que en el círculo íntimo de Marx hay muy poca franqueza fraternal; en cambio, hay muchas segundas intenciones y mucha diplomacia. Existe una especie de lucha callada y un compromiso entre los amores propios de las distintas personas, y donde está en juego la vanidad ya no queda sitio para la fraternidad. Allí cada cual está en guardia y teme, por su parte, ser sacrificado, aniquilado. Todo el círculo de Marx es una especie de contrato mutuo entre las vanidades que lo componen. Marx es en él el principal distribuidor de los honores, pero también el instigador, siempre pérfido y alevoso, nunca libre y franco, de persecuciones contra las personas de quienes sospecha o que han tenido la desgracia de no rendirle sus respetos en toda la medida que él esperaba.

En cuanto ha ordenado una persecución, esta no se detiene ante ninguna bajeza ni infamia. Siendo él mismo judío, tiene a su alrededor, en Londres y en Francia, pero sobre todo en Alemania, una multitud de pequeños judíos más o menos listos, intrigantes, activos, especuladores, como lo son los judíos en todas partes, agentes de comercio o de banca, literatos, políticos, corresponsales de periódicos de todos los matices, en una palabra, corredores literarios, igual que son corredores financieros, con un pie en la banca, el otro en el movimiento socialista y el trasero sobre la literatura alemana del día... Estos literatos judíos son especialmente <!-- S. 333 --> eminentes en el arte de las insinuaciones cobardes, odiosas y pérfidas. Rara vez acusan abiertamente, pero insinúan: “han oído decir —se afirma—, puede que no sea verdad, pero aun así...”, y luego os arrojan a la cara las calumnias más absurdas.»

A pesar del análisis demoledor que se expone en estas líneas, Bakunin tenía un profundo respeto por la espiritualidad y la capacidad científica de Marx. El estudio de *El capital* lo llenó de viva admiración y se puso enseguida a traducirlo al ruso. Y a Herzen le escribió que Marx llevaba veinticinco años sirviendo al socialismo con inteligencia, energía y fidelidad, y que en eso les llevaba ventaja a todos ellos. Nunca se perdonaría destruir o reducir por un sentimiento personal de venganza la influencia benéfica de Marx. Pero podía llegar el caso de que se metiera en una lucha con Marx, no por la ofensa personal, sino por el socialismo de Estado que Marx defendía.

La lucha no se hizo esperar mucho. Se encendió, significativamente, por un motivo personal. «Fue en el Congreso de la Paz de Ginebra —cuenta Bakunin— cuando el viejo comunista Becker me entregó el primer tomo, hasta ahora el único, de la obra sumamente importante, erudita y profunda, aunque muy abstracta, *El capital*. Entonces cometí un error enorme: olvidé escribir a Marx para darle las gracias... No me di prisa en darle las gracias y en felicitarlo por la obra, verdaderamente importante. El viejo Philipp Becker, que conocía a Marx desde hacía mucho, me dijo, cuando se enteró de este olvido: ¿Cómo, todavía no le has escrito? ¡Marx no te lo perdonará nunca!» Aunque Bakunin no quería creer del todo que este desliz personal, una descortesía perdonable, pudiera ser «la causa de la reanudación <!-- S. 334 --> de las hostilidades», se ha conservado una carta de la señora Marx a Philipp Becker de esta época que lo confirma. «¿No ha visto ni oído nada de Bakunin? Mi marido le envió su libro como a un viejo hegeliano: ni una señal, ni de cerca ni de lejos. ¡Algo habrá recibido! No se puede uno fiar del todo de todos estos rusos; si no están con el padrecito de Rusia, están con el padrecito Herzen, o se dejan sostener por él, lo que al final viene a ser lo mismo. ¡Tanto monta, monta tanto!»

La lucha entre los dos gigantes se había vuelto inevitable. Se libró en la Internacional, de la que Bakunin se había hecho miembro unos meses antes del Congreso de Bruselas.

### La Alianza y la Internacional

Bakunin había intentado ganar a la Liga de la Paz y la Libertad, en su congreso de Berna, para un programa revolucionario y para la adhesión a la Internacional. Cuando este intento fracasó, salió de la Liga y fundó con J. Ph. Becker una Alianza Internacional de la Democracia Socialista. Su empeño se dirigió entonces a incorporar primero la Alianza a la Internacional de Londres, vaciar a esta poco a poco desde dentro y absorberla, para poner finalmente la Alianza en su lugar.

Pues odiaba —como había declarado en el congreso de Berna— el comunismo, porque este era la aniquilación de la libertad y concentraba en favor del Estado todas las fuerzas de la sociedad, incluida la propiedad. En lugar del comunismo quería el colectivismo, la socialización del individuo por la vía de la libre asociación. En relación con ello defendía el republicanismo y el ateísmo. Por encima de todos los principios, sin embargo, opinaba, debía estar el principio moral de la justicia humana universal.

<!-- S. 335 --> Con este programa no estaba, desde luego, al lado de Marx, sino más bien entre Marx y Proudhon. Mehring caracteriza su posición con mucho acierto cuando dice: había ido mucho más allá de Proudhon, al que llevaba un buen trecho de ventaja en cultura europea, y comprendía a Marx mucho mejor de lo que Proudhon lo había comprendido. Pero ni había pasado tan a fondo por la escuela de la filosofía alemana ni había estudiado tan detenidamente como Marx las luchas de clases de los pueblos de Europa occidental. Y sobre todo, su desconocimiento de la economía política le resultó mucho más funesto que a Proudhon el desconocimiento de las ciencias naturales. Con todo, era una naturaleza revolucionaria de los pies a la cabeza y, como Marx y Lassalle, poseía el don de que los hombres escucharan su voz. Pero mientras Marx veía en el proletariado de la gran industria, tal como lo había estudiado en Inglaterra, Francia y Alemania, la tropa de choque de la revolución, Bakunin contaba con las huestes de la juventud desclasada, de la masa campesina e incluso del lumpemproletariado. Y mientras Marx defendía el centralismo, que encontraba como forma de organización en la economía y en el Estado, Bakunin abogaba por el federalismo, que había sido el principio de organización de la época precapitalista. Por eso Bakunin encontró también sus partidarios en Italia, España y Rusia, países todos de escaso desarrollo capitalista. Los seguidores de Marx, en cambio, procedían de países plenamente capitalistas, con proletariado industrial. Los dos hombres representaban dos fases sucesivas del desarrollo. A esto se añadía que uno, Bakunin, veía en el hombre más bien el sujeto de la historia, que trae consigo la disposición a la revolución —el «diablo en el cuerpo»— y solo necesita que se le dé rienda suelta; el otro, Marx, veía en el hombre más bien el objeto, que primero había que educar lentamente para la actividad a fin de que actuara como factor creador de historia en la acción <!-- S. 336 --> de la clase. Ambas concepciones habrían podido conciliarse, pues juntas dan la imagen real del hombre en la historia. Pero la rigidez ortodoxa del dogmatismo intelectual, la falta de elasticidad de la voluntad y la estrechez de las circunstancias de vida en el tiempo y en el espacio impidieron en ambos el acuerdo y los convirtieron en adversarios en lo objetivo. Y sus temperamentos, sus estructuras anímicas, que dictaban sus modos de conducta, transformaron su adversidad objetiva en enemistad personal.

La adversidad objetiva se expresó primero en el acuerdo del Consejo General, obtenido por Marx, de rechazar la admisión de la Alianza en la Internacional. Marx veía —con razón o sin ella— en la Alianza una empresa competidora de la Internacional y temía que en el futuro hubiera pronto dos consejos generales, dos congresos y dos Internacionales. Esta idea le resultaba insoportable. Y quizá por eso, en este caso, estrechó con rigor excesivo el marco de la Internacional, por lo demás tan amplio. En todo caso, a instancias suyas el Consejo General exigió que la sección de Ginebra, que había presentado la solicitud de la Alianza, renunciara a crear un comité central propio de la Alianza y a celebrar congresos propios. En Ginebra se abandonaron estos puntos y la sección fue admitida. Pero Marx y Engels desconfiaban de los ginebrinos, a cuya cabeza estaba Bakunin. Sentían el aguijón de una oposición insuperable que no podía eliminarse con formalidades. Por eso sospechaban que Bakunin, con todo sigilo, seguía persiguiendo como antes el objetivo secreto de convertir la sección de Ginebra en sede de una sociedad secreta que habría de establecerse dentro de la Internacional para hacerla saltar. Temían por su dominio.

A ello se sumaba la incompatibilidad objetiva del programa <!-- S. 337 --> de la Alianza con el programa de la Internacional. El programa bakuninista no era en modo alguno una «olla podrida de lugares comunes gastados, una charlatanería irreflexiva, un rosario de ocurrencias huecas, una improvisación insípida», como afirmaba Marx furioso. Solo abordaba desde otra actitud la disposición anímica y política en que se encontraba entonces la clase obrera en Europa. En el programa hablaba un fin último. A Marx, en cambio, le interesaba por el momento más el camino. «Marx se decía: tal y tal es la psique de la clase obrera, dada por las condiciones económicas; hay que elegir caminos adecuados a las fuerzas de esta clase obrera para ponerla en condiciones que le den mayores fuerzas. Ante todo hay que llevar a la clase obrera a la conciencia de sus fuerzas despertando la conciencia de clase; a partir de ahí, lo demás vendrá por sí solo. El programa de la Alianza, en cambio, ponía, en opinión de Marx, el final al principio; tenía un método de educación equivocado; y con este método perturbaba el método educativo marxiano».

El temor de que Bakunin pretendiera una lucha de competencia contra la Internacional se veía alimentado por el hecho de que su celosa agitación había logrado, desde Ginebra, donde vivía, ganarse un fuerte número de partidarios entre los trabajadores a domicilio de la industria relojera y joyera del Jura de Neuchâtel y de Berna. Allí había ya un antiguo movimiento libertario, y el médico Coullery había fundado ya en 1865, en La Chaux-de-Fonds, una sección de la Internacional con 400 a 500 miembros. Los obreros inteligentes —a su cabeza James Guillaume, formado en Hegel, profesor de la escuela industrial de Le Locle— eran federalistas como suizos y como proletarios que trabajaban por cuenta propia, ateos por protesta contra la mojigatería y la ortodoxia ginebrinas, y revolucionarios por la miseria material y por una <!-- S. 338 --> religiosidad reprimida. Bakunin encontró en ellos un séquito fiel. Reunió sus grupos en un consejo federal, fundó un semanario, *L'Égalité*, y desplegó una viva actividad revolucionaria. En Londres daba la impresión de que intentaba alcanzar por un rodeo, dentro del cuerpo de la Internacional, la meta que no había logrado alcanzar por la vía directa. En el congreso de Basilea de la Internacional, los días 5 y 6 de septiembre de 1869, Bakunin ya no estaba solo, como en Bruselas, frente al frente marxista, sino con un fuerte respaldo de una falange decidida.

En los debates de este congreso, la concepción de Bakunin en las cuestiones del derecho de herencia y de la propiedad común de la tierra no alcanzó todavía, es cierto, plena preponderancia sobre el punto de vista del Consejo General formulado por Marx. Pero la influencia de Bakunin iba en aumento de modo inconfundible. Ello se mostró especialmente en las discusiones sobre la cuestión de la legislación directa por el pueblo. Bakunin informa al respecto: «En el congreso de Basilea se presentaron por primera vez delegados de Alemania, Austria y la Suiza alemana en muy gran número, muy bien organizados y miembros del partido patriótico, unitario y pangermánico llamado Partido Obrero de la Democracia Socialista Alemana. Impulsados por Marx y los marxianos y obedeciendo a una disciplina estricta, los delegados alemanes y suizos alemanes propusieron al congreso de Basilea un nuevo programa político que, de haber sido aceptado, habría trastocado de raíz el verdadero programa de la Internacional y habría hecho de ella un instrumento del radicalismo burgués. Su proyecto fue calurosamente apoyado por todos los delegados alemanes e ingleses del Consejo General. Por suerte, los delegados latinos estaban en mayoría <!-- S. 339 --> y el proyecto de los alemanes fue rechazado. De ahí la ira».

Desde hacía mucho tiempo, la parte contraria trabajaba en socavar la posición de Bakunin. Con un aluvión de sospechas e injurias intentaba contrarrestar su creciente influencia. A la cabeza de todos azuzaba contra Bakunin, con una verdadera rusofobia, Borckheim, un literato dudoso que desde hacía años complacía a Marx con toda clase de negocios de dinero y mediaciones de préstamos. Todavía en 1868 había atacado del modo más odioso el honor de Bakunin en el *Demokratisches Wochenblatt* de Leipzig, dirigido por Liebknecht. Al mismo tiempo, Bebel había escrito en una carta a J. Ph. Becker que Bakunin era «probablemente agente del gobierno ruso». Y Liebknecht había difundido el rumor de que Schweitzer estaba comprado por Bismarck y Bakunin estaba a sueldo del zar. También Moses Heß había participado con insinuaciones de sospecha en la batida secreta contra Bakunin. Bakunin logró pedir cuentas a Liebknecht en el congreso de Basilea y forzar la constitución de un tribunal de arbitraje al que se encomendó la investigación del asunto. Liebknecht, naturalmente, no tenía prueba alguna y se escudó en malentendidos y falsas interpretaciones de sus palabras. El jurado reconoció por unanimidad que Liebknecht había obrado «con una ligereza punible» y le indujo a dar a Bakunin una declaración escrita de desagravio. Los compañeros enemistados se estrecharon la mano ante el congreso y Bakunin hizo con el documento una pajuela con la que encendió el cigarrillo.

Por natural que fuera que Bakunin se defendiera de las calumnias, resulta sospechosa la susceptibilidad y la vehemencia con que reaccionaba ante ellas. Pues la maledicencia, los chismes y las sospechas no son, en tiempos de fermentación y en el campo <!-- S. 340 --> revolucionario, que siempre fue un nido de soplonería, nada extraordinario, hoy como entonces. Bakunin tenía —cosa que hoy sabemos, pero que entonces nadie sabía todavía— realmente en su pasado revolucionario un punto oscuro y doloroso ante cuya vista él mismo se estremecía. En 1851, en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, tras años del más terrible tormento carcelario, físicamente deshecho y anímicamente quebrantado, había escrito a instancias del zar Nicolás I una «confesión», con la esperanza de ganarse con ella la liberación de los espantosos muros de la prisión. Era una confesión sobre su pasado revolucionario, «una especie de *Poesía y verdad*», como insinuó en una carta a Herzen, un escrito romántico, insincero, calculado para inducir a error, no exento de autohumillación y de sumisión fingida, pero sin traición ni entrega de nombres, una «obra maestra maquiavélica», como la llama Polonski. En su esperanza de liberación, Bakunin se vio desde luego defraudado. El zar, no satisfecho con la confesión, ordenó «que por ahora podía seguir sentado donde estaba». Cuando, tras la muerte de Nicolás I, Bakunin obtuvo por fin al menos la «libertad hacia Siberia», recordaba con profunda vergüenza, angustia y desesperación aquel documento misterioso que le perseguía como un fantasma. Temía sin cesar que, si llegaba a conocerse, quedaría entregado al ridículo, a la repulsa y a la deshonra. Este temor le volvía nervioso, susceptible, irritable. Tanto más cuanto que los emisarios de la policía zarista le amenazaban, dondequiera que aparecía y trabajaba revolucionariamente, con publicar su confesión, convertida en folleto y ya impresa: en Estocolmo, en Lyon, en Italia. Así, Bakunin tuvo que creer que también hasta la Internacional se habían filtrado ya rumores de soplones; temblaba ante el día en que <!-- S. 341 --> el secreto se descubriera y cubriera su nombre revolucionario de eterna ignominia.

En realidad, sus adversarios y enemigos no tenían el menor conocimiento de la confesión. No obstante, no dejaron de calumniarle. También en Liebknecht la lección recibida solo duró un par de meses. Incluso Marx no retrocedió ante la idea de recoger una y otra vez las sospechas y de manchar el honor del odiado rival en la oscuridad de correspondencias confidenciales o de informes secretos. Para ello Marx aceptó el grasiento apoyo de un sujeto indeseable, un ruso llamado Utin, que al principio, «vanidoso y charlatán», se había arrimado a Bakunin, pero que después, cuando sufrió un desaire, le persiguió con chismes sucios y pérfidos. Este Utin llegó incluso, después de que Bakunin trasladara su residencia de Ginebra a Locarno, a provocar con intrigas sin fin la escisión de la sección de Ginebra y a hacerse con la redacción de *L'Égalité*. Más aún, se convirtió en el intermediario, protegido por Marx, de la política del Consejo General de Londres. Sobre la base de las informaciones que Marx recibía principalmente de él, este dirigió el 28 de marzo de 1870, por mediación de su amigo Kugelmann en Hannover, una «Comunicación confidencial» a la dirección de Brunswick del partido obrero de Eisenach, fundado en 1869 por Liebknecht y Bebel en competencia con la Asociación General de Trabajadores Alemanes. En este informe confidencial, Marx no solo recogía de nuevo las sospechas contra Bakunin, rechazadas y refutadas hacía tiempo, sino que les añadía además una nueva «revelación». Bakunin, a la muerte de Herzen, se habría procurado mediante captación de herencia el disfrute de una subvención anual de 25 000 francos que un «partido paneslavista seudosocialista amigo de Rusia» habría pagado a Herzen para fines de propaganda. <!-- S. 342 --> Naturalmente, en esta historia no había una palabra de verdad. Pero caracteriza el método y los medios con que se libró esta triste guerra fratricida.

Hay que hacer constar que Bakunin nunca devolvió los golpes que se le asestaban con las mismas armas. Lo que Mehring comprueba de sus artículos —que en ellos «se buscará en vano un rastro de sentimiento odioso contra el Consejo General o contra Marx»— vale para todos sus actos en esta agitada campaña. Al contrario: a pesar de las peores experiencias, había conservado en su corazón tanta justicia objetiva y tanta nobleza personal que el 28 de enero de 1872 pudo escribir a los internacionalistas de la Romaña acerca de Marx y su círculo: «Para gran fortuna de la Internacional, se encontró en Londres un grupo de hombres muy entregados a la gran asociación, que en el verdadero sentido fueron sus auténticos fundadores e iniciadores. Hablo del pequeño grupo de alemanes cuyo jefe es Karl Marx. Estos honorables señores me consideran un enemigo y me maltratan como tal en todas partes y siempre que pueden. Se equivocan mucho. No soy en absoluto el enemigo, y al contrario, me produce viva satisfacción poder hacerles justicia. Tengo a menudo ocasión de ello, porque son para mí hombres realmente importantes y respetables, tanto por su inteligencia y su saber como por su apasionada entrega y su fidelidad, a prueba de todo, a la causa del proletariado: una entrega y una fidelidad que han acreditado veinte años de logros. Marx es el primer sabio economista y socialista de nuestro tiempo. En mi vida me he encontrado con muchos sabios, pero no conozco a ninguno tan sabio y profundo como él. Engels, el actual secretario para Italia y España, discípulo y amigo de <!-- S. 343 --> Marx, es igualmente una inteligencia muy notable. Ya en los años 1846 y 1848 habían fundado juntos el partido de los comunistas alemanes y nunca dejaron de actuar en el mismo sentido. Marx redactó los considerandos tan profundos y hermosos de los Estatutos Generales y dio cuerpo a las aspiraciones instintivas y unánimes del proletariado de casi todos los países de Europa al concebir en los años 1863/64 la idea de la Internacional y proponer su creación. Son servicios muy grandes y hermosos, y sería muy ingrato por nuestra parte no querer reconocer su importancia».

A la pregunta, que se impone, de cómo, a la vista de estas cosas, había podido llegarse a una separación entre Bakunin y Marx, Bakunin da en esta carta la siguiente respuesta: «Marx es un comunista autoritario y centralista. Quiere lo que nosotros queremos: el triunfo completo de la igualdad económica y social, pero en el Estado y por medio del poder del Estado, mediante la dictadura de un gobierno provisional muy fuerte y, por así decirlo, despótico, es decir, mediante la negación de la libertad. Su ideal económico es el Estado como único propietario de la tierra y de todo capital, que cultiva la tierra mediante asociaciones agrícolas bien pagadas y dirigidas por sus ingenieros y que con el capital manda sobre todas las asociaciones industriales y comerciales.

Nosotros queremos el mismo triunfo de la igualdad económica y social mediante la abolición del Estado y de todo lo que se llama derecho jurídico y que, en nuestra opinión, es la negación permanente del derecho humano. Queremos la reconstrucción de la sociedad y la constitución de la unidad de los hombres no de arriba abajo, por medio de una autoridad cualquiera y de funcionarios socialistas, ingenieros y otros sabios oficiales, sino de <!-- S. 344 --> abajo arriba, mediante la libre federación de las asociaciones obreras de toda clase liberadas del yugo del Estado.

Ya ve usted que difícilmente pueden dos teorías ser más opuestas entre sí que las nuestras. Pero existe aún otra diferencia entre nosotros, esta vez enteramente personal.

Marx tiene dos defectos abominables: es vanidoso y celoso. Aborrecía a Proudhon solo porque ese gran nombre y su fama tan merecida le hacían sombra. No hay nada odioso que no haya escrito contra él. Marx es personal hasta la locura. Dice "mis" ideas y no quiere comprender que las ideas no pertenecen a nadie y que, si se busca bien, se hallaría que precisamente las mejores y más grandes ideas fueron siempre producto del trabajo instintivo de todos... Marx, que ya de por sí era propenso a la autoadoración, quedó definitivamente echado a perder por la idolatría de sus discípulos, que han hecho de él una especie de papa doctrinario, y nada es tan funesto para la salud intelectual y moral de un hombre, aunque sea muy inteligente, como que se le divinice y se le declare infalible. Todo esto hizo a Marx aún más personal, de modo que empieza a aborrecer a todo el que no quiere doblar la cerviz ante él».

Oposiciones objetivas que no podían salvarse y aversiones personales insuperables abrieron el abismo insondable que separó la obra de la vida de ambos hombres. La separación fue en el fondo el desgarramiento violento de su afinidad, y el odio, solo un odio nacido del amor. Por eso la separación y el odio fueron para ambos tan atormentadores, mortíferos y funestos.

### Guerra y Comuna

La primera mitad del año 1870 estuvo llena de riñas, luchas de celos y enfrentamientos polémicos entre la Internacional y la

<!-- S. 345: Bildtafel „Michael Bakunin“ -->

<!-- S. 346: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 347 --> Alianza, en especial entre los dos campos enemigos de la región del Jura. El punto culminante de las desavenencias fue el congreso romando de la Alianza en La Chaux-de-Fonds, el 4 de abril de 1870, en el que, sin embargo, estallaron dentro de la propia Alianza diferencias tan violentas que se llegó a la escisión, y mayoría y minoría siguieron sesionando por separado. El congreso de la Internacional debía celebrarse en París. Pero como la policía bonapartista procedía con duras persecuciones contra los miembros de la Internacional y montó un proceso por sociedad secreta, el Consejo General convocó el congreso para el 5 de septiembre en Maguncia.

Entonces, en julio de 1870, estalló la guerra franco-alemana. En un mensaje del Consejo General fechado el 23 de julio, Marx tomó posición ante este acontecimiento, que se presentaba como la consecuencia de 1866 y al que llamó una «edición corregida del golpe de Estado de 1837»[^t-48-1]. Tomó partido resueltamente contra Prusia. «Si la guerra era por parte alemana una guerra defensiva, ¿quién había puesto a Alemania en el trance de tener que defenderse, quién había hecho posible a Luis Bonaparte hacer la guerra contra Alemania? Prusia. Bismarck había conspirado antes de Königgrätz con ese mismo Bonaparte y, después de Königgrätz, no había opuesto una Alemania libre a una Francia esclavizada, sino que había injertado en todas las bellezas innatas de su viejo sistema todas las artimañas del Segundo Imperio, de modo que ahora a ambos lados del Rin había florecido el régimen bonapartista. ¿Qué otra cosa podía seguirse de ello sino la guerra?» ¿Y qué resultaba de ello para las clases trabajadoras? Que debía vigilar estrictamente que el carácter defensivo de la guerra no se trocara en anexionista. «Si la clase obrera alemana permite que la guerra actual abandone su carácter estrictamente defensivo y degenere en una guerra contra el pueblo francés, <!-- S. 348 --> la victoria o la derrota serán igualmente funestas».

En un segundo mensaje, del 9 de septiembre, Marx demostró que Alemania no tenía ningún derecho histórico sobre Alsacia-Lorena ni la necesitaba para proteger el conjunto frente a Francia. «Si las fronteras han de determinarse por intereses militares, las pretensiones no tendrán nunca fin, porque toda línea militar es necesariamente defectuosa y puede mejorarse con la anexión de nuevos territorios; y además nunca puede trazarse de manera definitiva y justa, porque siempre es impuesta por el vencedor al vencido y lleva, por tanto, en sí el germen de una nueva guerra». Señaló con insistencia los intereses de la clase obrera, que tras esta guerra exigían la consideración debida. «La clase obrera alemana ha apoyado enérgicamente la guerra, que no estaba en su poder impedir, como una guerra por la independencia de Alemania y por la liberación de Alemania y de Europa de la opresiva pesadilla del Segundo Imperio. Fueron los obreros industriales alemanes quienes, junto con los trabajadores del campo, proporcionaron los tendones y los músculos de unos ejércitos heroicos, dejando atrás a sus familias medio muertas de hambre. Diezmados por las batallas, serán diezmados de nuevo por la miseria en casa. Exigen ahora a su vez garantías de que sus inmensos sacrificios no se hayan hecho en vano, de que han conquistado la libertad, de que las victorias que han obtenido sobre el ejército bonapartista no se conviertan en una derrota del pueblo como en el año 1815. Como primera de estas garantías exigen una paz honrosa para Francia y el reconocimiento de la República francesa... La clase obrera francesa, puesta en circunstancias extremadamente difíciles, no ha de repetir el pasado, sino construir <!-- S. 349 --> el futuro. Que los obreros franceses aprovechen con calma y resolución los medios que les da la libertad republicana para llevar a cabo a fondo la organización de su propia clase. Esto les dará nuevas fuerzas hercúleas para el renacimiento de Francia y para nuestra tarea común: la emancipación del proletariado. De su fuerza y de su verdad depende el destino de la República».

La constitución de la República francesa no significaba todavía, desde luego, la toma del poder político por la clase obrera, sino la proclamación del interés burgués, sobre todo en la cuestión de a quién correspondería el pago de la enorme deuda de guerra a Prusia. La clase burguesa estaba decidida a no cargar a ningún precio con los costes de la guerra, sino a echarlos sobre el proletariado. Con este fin se entendió con la burguesía alemana, que poco antes había sido su enemiga, contra el proletariado, que poco antes había estado a su lado como aliado. Las negociaciones entre Thiers y Bismarck significaban para la clase obrera francesa: ¡la bolsa o la vida! Con la instauración de la Comuna el 18 de marzo de 1871, el proletariado de París, como vanguardia de los trabajadores de Francia, se defendió audazmente contra el atentado de rapiña. Expulsó a su adversario a Versalles y se preparó para una lucha a vida o muerte.

Desde el 19 de marzo apareció en París el *Journal Officiel*, órgano de la Comuna, que en un artículo programático del 20 de marzo escribía: «Estos proletarios de París, en medio de las derrotas y de la traición de las clases dominantes, han comprendido que ha sonado la hora en que deben salvar la situación tomando en sus propias manos la dirección de los asuntos públicos... Han comprendido que es su deber supremo y su derecho absoluto hacerse dueños <!-- S. 350 --> de su propio destino y tomar el poder de gobierno». Marx estaba entusiasmado con esta resolución. «¡Qué elasticidad», escribía el 12 de abril a Kugelmann, «qué iniciativa histórica, qué capacidad de sacrificio la de estos parisienses! Tras seis meses de hambre y de ruina causadas por la traición interior, más aún que por el enemigo exterior, se levantan bajo las bayonetas prusianas como si nunca hubiera habido una guerra entre Francia y Alemania y el enemigo no estuviera a las puertas de París. ¡La historia no conoce ejemplo semejante de semejante grandeza!».

En las elecciones municipales de París del 26 de marzo de 1871 fueron elegidos 72 socialistas, entre ellos 17 miembros de la Internacional. Aunque en las elecciones complementarias entraron todavía en la Comuna algunos internacionalistas, no lograron alcanzar la mayoría. Radicales y blanquistas determinaron la táctica. Y aunque en los centros administrativos más importantes había miembros de la Internacional que se distinguían por su capacidad y por el fiel cumplimiento de su deber, la influencia política de la Internacional quedó limitada a consejos ocasionales.

«La Comuna se formó con los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los distintos distritos de París. Eran responsables y revocables en cualquier momento. La mayoría de ellos eran obreros o representantes reconocidos de la clase obrera. La Comuna no había de ser una corporación parlamentaria, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. La policía, hasta entonces instrumento del gobierno del Estado, fue despojada inmediatamente de todos sus atributos políticos y convertida en instrumento responsable y revocable en todo momento de la Comuna. Lo mismo los funcionarios de todas las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, <!-- S. 351 --> el servicio público había de desempeñarse por salario de obrero. Los derechos adquiridos y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con estos mismos dignatarios. Los cargos públicos dejaron de ser propiedad privada de los esbirros del gobierno central. No solo la administración municipal, sino también toda la iniciativa ejercida hasta entonces por el Estado quedó en manos de la Comuna».

«La multiplicidad de interpretaciones a que estuvo sujeta la Comuna y la multiplicidad de intereses que en ella encontraron expresión demuestran que era una forma política enteramente expansiva, mientras que todas las formas de gobierno anteriores habían sido esencialmente represivas. Su verdadero secreto era este: era esencialmente un gobierno de la clase obrera, el resultado de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política por fin descubierta bajo la cual podía realizarse la emancipación política del trabajo».

«La clase obrera no esperaba milagros de la Comuna. No tiene utopías listas y acabadas que implantar por decreto del pueblo. Sabe que para conseguir su propia emancipación, y con ella esa forma de vida superior hacia la que tiende irresistiblemente la sociedad actual por su propio desarrollo económico, ella, la clase obrera, tiene que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos, mediante los cuales los hombres y las circunstancias se transforman por completo. No tiene ideales que realizar; solo tiene que dar libertad a los elementos de la nueva sociedad que se han desarrollado ya en el seno de la sociedad burguesa que se derrumba. Con plena conciencia de su misión histórica y con la heroica resolución de obrar a la altura de ella, la clase obrera puede contentarse con sonreír <!-- S. 352 --> ante los toscos insultos de los lacayos de la prensa, como ante la viva protección de doctrinarios burgueses bienintencionados que predican sus lugares comunes ignorantes y sus manías sectarias en tono oracular de infalibilidad científica».

«Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando simples obreros se atrevieron por primera vez a tocar el privilegio de gobierno de sus "superiores naturales", los propietarios, y en circunstancias de una dificultad sin ejemplo realizaron su trabajo con modestia, con escrúpulo y con eficacia, el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia a la vista de la bandera roja que, símbolo de la República del trabajo, ondeaba sobre el Ayuntamiento».

«En toda revolución se cuelan, junto a sus verdaderos representantes, gentes de otro cuño. Algunos son supervivientes de revoluciones anteriores con las que están identificados; sin comprensión del movimiento presente, pero todavía en posesión de una gran influencia sobre el pueblo por su conocido valor y carácter, o incluso por mera tradición. Otros son simples vocingleros que, repitiendo durante años las mismas declamaciones de siempre contra el gobierno del día, se han colado con fama de revolucionarios de pura cepa. También después del 18 de marzo aparecieron gentes así, y en algunos casos llegaron a desempeñar un papel destacado. En la medida de su poder, entorpecieron la verdadera acción de la clase obrera, como han entorpecido el pleno desarrollo de toda revolución anterior. Son un mal inevitable; con el tiempo uno se los sacude; pero precisamente ese tiempo no se le dejó a la Comuna».

Una serie de graves errores tácticos, la falta tanto de una orientación a fondo como de resolución revolucionaria y las desavenencias internas hicieron que la Comuna no estuviera a la altura de su tarea histórica. <!-- S. 353 --> Los versalleses se impusieron. «¡Si la Comuna hubiera hecho caso de mis advertencias!», escribía Marx al profesor Beesly, «aconsejé a sus miembros fortificar el lado norte de las alturas de Montmartre, el lado prusiano, y aún tenían tiempo de hacerlo; les dije de antemano que, de lo contrario, caerían en una ratonera; les denuncié a Pyat, Grousset y Vésimier; les pedí que enviaran inmediatamente a Londres todos los papeles que comprometían a los miembros de la Defensa Nacional, para poder tener con ellos un poco a raya la ferocidad de los enemigos de la Comuna; así se habría frustrado en parte el plan de los versalleses». En lugar de ello, en los últimos días de mayo de 1871 la Comuna fue asaltada y asesinada a traición por la burguesía de París y las tropas de Versalles.

«La civilización y la justicia del orden burgués aparecen a su verdadera luz, cargada de tormenta, en cuanto los esclavos de ese orden se sublevan contra sus amos. Entonces esa civilización y esa justicia se muestran como ferocidad desembozada y venganza sin ley. Cada nueva crisis en la lucha de clases entre los apropiadores y los productores de su riqueza saca a relucir este hecho con mayor crudeza. Incluso las atrocidades de los burgueses de 1848 desaparecen ante la infamia indecible de 1871».

«Para encontrar algo comparable a la conducta de Thiers y de sus sabuesos tenemos que remontarnos a los tiempos de Sila y de los dos triunviratos romanos. La misma carnicería en masa a sangre fría; el mismo desprecio, al matar, de la edad y del sexo; el mismo sistema de torturar a los prisioneros; las mismas proscripciones, pero esta vez contra toda una clase; la misma caza salvaje de los dirigentes escondidos, para que no escape ni uno; las mismas delaciones contra enemigos políticos y privados; la misma indiferencia ante la matanza de personas del todo ajenas <!-- S. 354 --> a la lucha. Solo existe una diferencia: que los romanos no tenían todavía ametralladoras para despachar a los proscritos por montones, y que no llevaban "la ley en sus manos" ni en los labios el grito de la "civilización"».

Pocos días después de que la Comuna fuera ahogada en la sangre de los obreros de París, Marx presentó al Consejo General de la Internacional un *Mensaje del Consejo General sobre la guerra civil en Francia en 1871*, una exposición de la Comuna brillantemente escrita, llena de pasión revolucionaria y testimonio de un dominio soberano de la historia, de la que están tomadas las citas anteriores. Informe y crítica a la vez, escrito de justificación y de agitación en uno, traza un cuadro conmovedor de la erupción volcánica elemental, única en la historia de las revoluciones, defiende «el honor y el derecho de la Comuna contra el oprobio y la injusticia de sus adversarios», se convierte en la fanfarria de una declaración de guerra a la burguesía, una fanfarria cuya grave resonancia atraviesa décadas y siglos.

### El fin de la Internacional

La Comuna dejó al proletariado europeo una triple enseñanza. En primer lugar mostró que la lucha de la clase obrera contra la burguesía no debía agotarse en luchas económicas, sino que tenía que desplegarse sin falta también como lucha política. En segundo lugar, que esta lucha, en los Estados nacionales burgueses, solo podía librarse sobre la plataforma de la política burguesa, en el Parlamento, cuyo acceso había que conquistar mediante luchas por el derecho de sufragio. En tercer lugar, que el centro de gravedad de las luchas políticas se había desplazado de Francia a Alemania, donde la clase obrera se hallaba en rápido auge político.

<!-- S. 355 --> Marx reconoció con mirada aguda la nueva situación. «La lucha de la clase obrera con la clase capitalista y su Estado», escribió a Kugelmann, «ha entrado con la lucha de París en una nueva fase. Sea cual sea el curso de las cosas, se ha ganado un nuevo punto de partida de importancia histórica universal». Y se puso inmediatamente a hacer frente a la nueva situación.

Al mismo tiempo previó que los bakuninistas, dentro de la Internacional, serían un grave obstáculo en su camino. Pues cuanto más claramente perfilaba la línea de una política legal, orientada por los medios y las tendencias del Estado burgués, y apuntaba a la conquista del Estado en lugar de a su destrucción, tanto más tenían Bakunin y sus partidarios que sentir esta empresa como traición a la revolución y combatirla. Por eso estaba decidido a hacer tabla rasa y a arrinconar contra la pared la tendencia de Bakunin.

Con este fin convocó en Londres, en lugar de un congreso ordinario, una conferencia. Desatendió todas las protestas de Ginebra, el «foco de intrigas y riñas». Los participantes de la conferencia fueron cuidadosamente escogidos y cribados. Como el Consejo General aportaba trece miembros, frente a los cuales había solo diez delegados de fuera, Marx dominó desde el principio la reunión y tenía aseguradas las resoluciones necesarias. Y así se trabajó del 17 al 25 de septiembre con «energía comprimida». Primero se reforzaron considerablemente las atribuciones dictatoriales del Consejo General mediante la concesión de plenos poderes más amplios contra las organizaciones reacias. Luego se llevó a cabo el viraje táctico. Mientras en los estatutos de la Internacional se decía: «La emancipación económica es el gran fin al que toda acción política debe subordinarse como medio», la conferencia acordó adoptar la siguiente resolución: «Considerando que contra el poder colectivo de las <!-- S. 356 --> clases poseedoras el proletariado solo puede actuar como clase si se constituye en partido político propio, en oposición a todas las viejas formaciones de partido de las clases poseedoras; que esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y de su fin último —la abolición de las clases—; que la unión de las fuerzas de los trabajadores, alcanzada ya mediante las luchas económicas, debe servir también de palanca a la masa de esta clase en su lucha contra el poder político de sus explotadores; la conferencia recuerda a los miembros de la Internacional que, en el estado de lucha de la clase obrera, su actividad económica y su actividad política están unidas de manera inseparable». Con esta resolución quedó trazada la línea divisoria definitiva frente a Bakunin. El encargo dado a Utin de reunir material contra Bakunin que hiciera posible un procedimiento contra él ya no era más que un gesto formal tras el que se ocultaba la firme decisión de echar a Bakunin de la Internacional a cualquier precio.

El primer efecto de la Conferencia de Londres fue la unión más estrecha de la oposición. Los jurasianos acordaron en su congreso de Souvillier constituirse como *Fédération jurasienne* y dirigirse en una circular a todas las secciones de la Internacional, en la que protestaban contra las resoluciones de Londres y exigían la convocatoria de un congreso. La circular encontró un fuerte eco en Italia y España y fue acogida con viva simpatía en Bélgica, Francia y América. En Londres, las relaciones entre el Consejo General y las *trade unions* se habían aflojado considerablemente y al final se habían disuelto por completo; Odger, Lucraft y otros dirigentes habían salido de la Internacional. El consejo federal recién formado en la Conferencia de Londres entró pronto en violento conflicto con el Consejo General, <!-- S. 357 --> y dentro del Consejo General se formaron una mayoría y una minoría que estaban en guerra abierta. Eccarius había dejado su puesto de secretario general y se había enemistado con Marx a causa de la acusación de conspirar con federalistas norteamericanos. Jung había entrado en violento conflicto con Engels, que vivía en Londres desde 1870 y pertenecía al Consejo General. Y Hales, el nuevo secretario general, se puso, como director del recién fundado consejo federal de Londres, en contacto a espaldas del Consejo General con la federación española, que estaba en el terreno de la Alianza y había expulsado a Lafargue, el yerno de Marx. El centro y cuartel general de la Internacional estaba tan amenazado por crisis internas como por ataques exteriores.

Bajo estos auspicios poco favorables se convocó el congreso de la Internacional para el 2 de septiembre de 1872 en La Haya. «En el congreso internacional se trata de la vida o la muerte de la Internacional», escribió Marx a Kugelmann; «antes de retirarme quiero al menos protegerla de los elementos disolventes. Alemania debe, pues, tener tantos representantes como sea posible. Escribe a Hepner que le ruego que te consiga un mandato de delegado». Así pues, Marx preparó de nuevo metódicamente la composición del congreso. En una batalla decisiva quería vencer definitivamente a Bakunin. Luego quería eliminar de la Internacional todos los elementos peligrosos. Y una vez hecha esta obra de limpieza, quería retirarse de su puesto en el Consejo General.

Acudieron 67 delegados. Dos mandatos fueron rechazados por inválidos. El propio Marx, por primera vez en un congreso de la Internacional, compareció como representante del Consejo General y tenía además tres mandatos (Maguncia, Leipzig y Nueva York). También Engels, aunque miembro del Consejo General, disponía de dos mandatos <!-- S. 358 --> (Breslau y Nueva York). En estas circunstancias no era difícil reunir una mayoría para Marx, tanto más cuanto que los partidarios italianos de Bakunin habían renunciado a enviar delegados al congreso. La victoria estaba decidida para Marx antes de que empezara la lucha. Bakunin no estuvo presente en persona. La causa de los jurasianos la defendió James Guillaume.

Sobre las resoluciones del congreso, que no llegó hasta el cuarto día a los debates propiamente dichos, hay que decir lo siguiente: los plenos poderes dictatoriales del Consejo General no solo se mantuvieron, sino que incluso —a petición expresa de Marx, que los defendió en un largo discurso— se ampliaron considerablemente por 36 votos contra 6 y 15 abstenciones. Además, la sede del Consejo General —porque Marx y Engels temían que lo ocuparan los blanquistas— se trasladó de Londres a Nueva York («Requerida a cumplir con su deber, la Internacional falló. Se escabulló de la revolución y huyó por el océano Atlántico», escribieron en una hoja volante los delegados franceses decepcionados). En la cuestión de la acción política se aprobó una resolución que declaraba «indispensable» «la constitución de la clase trabajadora en partido político» y calificaba «la conquista del poder político» de «gran deber del proletariado». Por último, una comisión que sesionaba a puerta cerrada examinó el conflicto con la Alianza. La comisión, ante la cual Guillaume se negó a comparecer como defensor, dictaminó que la Alianza había existido como asociación secreta dentro de la Internacional, que Bakunin era responsable de ello y que Bakunin había intentado «apoderarse de la totalidad o de una parte de los bienes de otro», «acción que constituye un acto de estafa». Sobre la base de estas conclusiones, la comisión propuso al congreso la expulsión de Bakunin, Guillaume y <!-- S. 359 --> Schwitzguebel de la Internacional. El congreso acordó entonces en votación nominal la expulsión de Bakunin por 27 votos contra 7 y 8 abstenciones, y la de Guillaume por 25 votos contra 9 y 9 abstenciones.

Marx había vencido al odiado adversario. No le bastó con cortar el lazo de camaradería política de lucha entre él y Bakunin: tuvo que dar además expresión especial a su odio y a su venganza infamando a Bakunin como estafador y ladrón. Bakunin no habría devuelto un anticipo de 300 rublos por la traducción de *El capital* al ruso; con esto le echa Marx la soga al cuello, precisamente Marx, enredado en mil asuntos de dinero oscuros, que había vivido toda su vida del dinero de otros.

Marx tenía todo el derecho a perseguir la victoria objetiva de una política de la que estaba convencido de que ella —y solo ella— conducía a la emancipación del proletariado. También tenía toda la razón al movilizar a la Internacional para librarse de Bakunin. Pues Bakunin era un adversario declarado de esta política y lo ponía todo en juego para frustrarla y desvalorizarla. Pero que Marx, para llegar a este triunfo objetivo, se sirviera del medio vergonzoso del ensuciamiento y la infamia personales es un veredicto demoledor, no contra Bakunin, sino contra Marx. Aquí se muestra con la crudeza más repelente el rasgo funesto de su carácter: ver todas las cuestiones de la política, del movimiento obrero, de la revolución, desde el ángulo de su notoriedad personal. Que un concilio de revolucionarios internacionales, dispuestos en todo momento a hacer saltar por los aires el mundo de la propiedad privada y de la moral burguesa, enviara, por denuncia de su dirigente, a uno de los revolucionarios más geniales, heroicos y fascinantes que conoce la historia al <!-- S. 360 --> desierto de la condenación porque se suponía que había atentado contra la propiedad burguesa: esa es una de las ironías más sangrientas de la historia universal.

Una victoria conseguida así no podía dar frutos. En el momento en que se ponía en pie a las organizaciones obreras nacionales como partidos políticos y se les asignaba su campo de trabajo en el marco de la política de cada Estado, la Internacional perdía su razón de ser. Pues la autonomía nacional de los partidos obreros no podía sentir la sujeción a las intenciones de una central supranacional sino, por lo pronto, como un obstáculo para su desarrollo. Bakunin lo había previsto. «Tengo al señor Marx», escribió en octubre de 1872 a *La Liberté* de Bruselas, «por un revolucionario muy serio, aunque no siempre muy sincero, que desea realmente el levantamiento de las masas, y me pregunto cómo es que no ve que el establecimiento de una dictadura universal, colectiva o individual, que realice en cierto modo el trabajo de un ingeniero jefe de la revolución mundial, regulando y dirigiendo como una máquina el movimiento insurreccional de las masas en todos los países; que, digo, el establecimiento de una dictadura semejante bastaría por sí solo para paralizar y falsear todos los movimientos populares. ¿Qué hombre, qué grupo de hombres, por grande que sea su genio, se atreve a lisonjearse de que podría siquiera abarcar y comprender la inmensa multitud de intereses, tendencias y acciones, tan diversos en cada país, en cada provincia, en cada localidad, en cada oficio, y cuyo inmenso conjunto, unido, pero no uniformado, por una gran aspiración común y por algunos principios fundamentales que han pasado ya a la conciencia de las masas, constituye la futura revolución social; de que podría siquiera abarcar y comprender ese inmenso conjunto?».

En efecto, Marx, cuanto más tiempo pasaba, más dejaba escapar casi por completo de sus manos los hilos de la <!-- S. 361 --> conexión política y de la dirección revolucionaria tal como los había anudado la Internacional. El traslado del Consejo General a Nueva York resultó un rotundo fracaso. En Londres la Internacional ya no era más que un montón de escombros por cuyo dominio se peleaba en discordia interminable todo un enjambre de potentados enanos. Marx escapó por muy poco al destino vengador de ser expulsado de la Internacional y, tras el último congreso de la Internacional, que comenzó el 8 de septiembre de 1874 en Ginebra y para el que la mitad de los treinta delegados se habían sacado «por así decirlo, de debajo de la tierra», tuvo que reconocer no solo el fiasco completo de este congreso, sino también el hundimiento de la Internacional.

Pero Marx no fue capaz de retirarse de la escena sin arrojar todavía una última inmundicia contra Bakunin. El congreso de La Haya había encargado a la comisión que había deliberado sobre el material contra Bakunin la publicación de su investigación. Pero como la comisión no cumplió su encargo, Marx, con Engels y Lafargue, se hizo cargo de la redacción. El memorial apareció con el título *La Alianza de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores*: un panfleto infame en el que casi cada línea es una deformación, cada afirmación una inexactitud, cada argumento una falsificación y cada palabra una falsedad. Documenta de manera aterradora hasta qué punto una lucha de rivalidad de años, envenenada por la vanidad, el odio y el ansia de poder, había corrompido y embrutecido el genio polémico que tan maravillosamente brillaba en los primeros escritos de Marx. Hasta Mehring, que en todo es un juez suave e indulgente con Marx, coloca este escrito, entre todo lo que Marx y Engels publicaron, «en el escalón más bajo».

<!-- S. 362 --> Bakunin, un anciano enfermo a las puertas de la muerte, desengañado, quebrantado, amargado, solo respondió a este escrito con dolorosa resignación. «Este nuevo folleto», escribió a la redacción del *Journal de Genève*, «es una denuncia formal, una denuncia de gendarme contra una sociedad conocida con el nombre de Alianza. Arrastrado por un odio furioso, el señor Marx no temió abofetearse a sí mismo asumiendo públicamente el papel de un agente de policía delator y calumniador. Es asunto suyo, y puesto que este oficio le conviene, que lo ejerza... Todo esto me ha inspirado un profundo asco de la vida pública. Estoy harto, y después de haber pasado toda mi vida en la lucha, estoy cansado... Que otros, más jóvenes, se pongan a la obra; en cuanto a mí, ya no siento en mí la fuerza, y quizá tampoco la confianza necesaria, para seguir empujando la piedra de Sísifo contra la reacción que triunfa en todas partes. Me retiro, pues, de la liza y solo pido una cosa a mis queridos contemporáneos: el olvido».

Cuando Bakunin murió el 1 de julio de 1876, no quedaba ya rastro alguno de la Internacional.

### El gran logro

Los sentimientos penosos que despierta en nosotros la guerra fratricida librada por Marx contra Bakunin, y los veredictos morales que provoca la conducta poco camaraderil de Marx, no deben engañarnos sobre lo extraordinario del logro que representa la creación de la Internacional y sobre la importancia histórica que le corresponde.

Pues aunque fuera la situación económica la que, en los años sesenta, hacía que en toda Europa las masas proletarias engendradas por ella y lanzadas a la escena reclamaran ser despertadas y sacudidas, <!-- S. 363 --> la alarmante llamada de diana fue, sin embargo, una decisión genial nacida en la cabeza de Marx, y la movilización de los despertados mediante el estímulo del contacto internacional fue una hazaña histórica que quedará unida para siempre a su nombre. En la gran perspectiva de la historia tiene una importancia secundaria en qué tono y con qué ritmos sonaron los toques de clarín del despertar. Y hoy solo interesa ya al cronista qué hubo de acertado y de erróneo, de útil y de inútil, en los programas y estatutos de los primeros batallones del trabajo. Que Marx reconociera con mirada clara y segura la línea directriz teórica y organizativa que había que seguir acrecienta la admiración que debemos a su agudeza y a su clarividencia. Y que con mano enérgica impidiera todas las confusiones, desviaciones y extravíos fue sin duda un mérito, porque ahorró así al proletariado rodeos peligrosos y desengaños deprimentes. Si Marx quería cumplir la tarea que consideraba su misión histórica, tenía que seguir su camino en línea recta, sin miramientos y con brutalidad, sin preocuparse de sentimientos y sentimentalismos, de honor y moral, de lazos de amistad y de inclinaciones del corazón. Si con ello, medido con los criterios de la moral heredada, perdió mucho o todo de las virtudes y de los valores de carácter que ella declara atributos de una bella humanidad, ese fue sin duda el mayor sacrificio que el propio Marx ofreció a la victoria de su conocimiento. Pues la meta de sus esfuerzos y de sus luchas no era ser un hombre noble, moralmente irreprochable, brillante en todas las virtudes, sino más bien alcanzar, en el conflicto de las fuerzas motrices de su tiempo, el triunfo de la dirección intelectual. Se trataba de la victoria de la cabeza sobre el corazón, de la superioridad del intelecto en la configuración de la vida y de las cosas humanas.

<!-- S. 364 --> En este punto Marx se muestra plenamente como el representante típico de la época de la que procede y en la que actúa.

La era burguesa se caracteriza ideológicamente por el máximo despliegue del individualismo. La individualidad, enredada hasta entonces todavía en tradiciones de clan, restos feudales y vínculos comunitarios de toda clase, fue liberada definitivamente en su umbral, por el poder emancipador y aislador del dinero, hacia una completa autonomía y una total falta de límites. El yo puro, la personalidad absoluta nació, no ya aisladamente, en ejemplares particulares, sino como fenómeno de masas. Un hombre como Fichte, el representante clásico del individualismo filosófico, bebió champán por primera vez en su vida cuando su hijito pronunció su primer «yo». En el yo está la renuncia última, incondicional, definitiva a la comunidad. La personalidad se convierte en el único señor del mundo y se refleja en la imagen de la semejanza con Dios.

Pero el aislamiento extremo, puesto que corta y suprime todos los vínculos con los semejantes, significa también el peligro extremo y, con ello, la forma más alta de inseguridad. El mundo comunitario hacía frente a todo peligro y a toda inseguridad con los medios de la acción comunitaria. Cuando el individuo despertó y se desprendió de lo colectivo, tuvo que intensificar y desplegar en sí mismo, para afirmarse en un estado de mayor peligro, todas las fuerzas de defensa, todas las capacidades de aseguramiento, todos los medios de afirmación de la existencia. Además, con ayuda de afectos, sentimientos y estados de ánimo, recurriendo a la fantasía, la sugestión y el éxtasis, consiguió vínculos ocasionales con comunidades pasajeras o solo aparentes. Pero con la constitución definitiva del individuo, con el aislamiento incondicional, también estos recursos perdieron su compacidad y su capacidad de sostén. <!-- S. 365 --> El individuo, enteramente dependiente de sí mismo, tuvo que liberar y emplear para afirmarse las últimas reservas de su energía. Dio rienda suelta al intelecto y lo convirtió en el pilar más fuerte de su seguridad.

Así comienza la fase burguesa con una fuerte tendencia a la intelectualización y la racionalización. En el mundo de los fenómenos y de las relaciones, cuanto más tiempo pasa, tanto más solo se concede validez a lo que resiste ante el intelecto. La religión, hasta entonces vivencia humana que se plasmaba en la obra, queda racionalizada por Lutero en la mera fe. La naturaleza, creación de Dios y paraíso de maravillas y misterios, es abierta por la ciencia, medida, dividida, sometida al dominio de leyes y entregada a la técnica para su explotación. La sociedad, hasta entonces para la contemplación humana una formación armónica de voluntad y obra, necesidad y rendimiento, menester y acción, cae como objeto bajo el entendimiento humano que investiga, analiza y teoriza; se fija como sistema, se etiqueta como fase de desarrollo y se racionaliza en la regularidad de su dinámica. Y el socialismo, como la gran esperanza y el sueño fascinante de una liberación total de las más graves y generales penurias de la vida, hasta entonces obra de la entrega y del trabajo humanos, resultado de una disposición desinteresada, de una educación abnegada, de un celo generoso y del despliegue sin límites de todas las fuerzas del alma —ese socialismo de los utopistas, de los visionarios fantasiosos y de los locos puros—, se convierte en objeto de una cadena lógica de pruebas, en resultado de un proceso histórico cuya regularidad se puede controlar, en objeto de una aprehensión y una constatación intelectualistas, en producto de una necesidad natural y científicamente demostrable.

Así, desde Lutero, pasando por Fichte, Adam Smith, Humboldt <!-- S. 366 --> y Darwin, conduce una línea recta hasta Karl Marx. No deja de tener importancia recordar que Marx vivió en Inglaterra. Allí la economía se había desarrollado ya en formas de alto capitalismo. Allí se formó por primera vez la economía política, como ciencia típica de la era capitalista. Allí la filosofía utilitarista creó el manto ideológico para los intereses capitalistas. Allí apareció el liberalismo como doctrina política del capitalismo. Allí, pues, aplicó también Marx por primera vez los métodos del intelectualismo burgués al problema del acontecer social. Con él el socialismo deja por primera vez de ser cosa de fe, de esperanza, de fantasía, de sueño y del arbitrio creador humano. Su investigación racionalista proporciona una visión del juego de movimientos de la historia y de la estructura de los fenómenos sociales como el bisturí del anatomista en las funciones del cuerpo, la fórmula del matemático en el mosaico de los números, el microscopio del biólogo en el mundo vivo de las células, el análisis del químico en los misterios de las sustancias. Los sentimientos, las voces del corazón, los movimientos del alma y los postulados éticos ya no tienen nada que decir. El reino de la fantasía queda eliminado. Todo lo comúnmente humano ha perdido su cotización. Como en el mundo de las mercancías solo vale ya el pago al contado, así en el mundo de las formas y relaciones sociales solo vale lo exactamente demostrable, lo científicamente demostrado, y en el mundo de las ideologías solo el concepto como moneda acuñada por el intelecto. El socialismo se convierte así en la pieza final de una cadena de pruebas cuyos eslabones se ensartan según las leyes de la lógica; en la Z de un alfabeto que empieza por la A; en el precipitado de un proceso de fermentación que transcurre según una fórmula comprobada; en la incógnita X de un problema que puede calcularse matemáticamente. Con ello el socialismo <!-- S. 367 --> se eleva desde las bajuras de la mística, del utopismo, del quiliasmo, de la ingenua fe en la redención, a la esfera de la cientificidad. Abandona el reino de la religiosidad, de la magia sectaria, de la charlatanería y del curanderismo social, y recibe la consagración de la intelectualidad acreditada, la legitimación de la respetabilidad académica. Se coloca —hueso de sus huesos y espíritu de su espíritu de la cientificidad reconocida— en el mismo plano que las ciencias naturales.

Haber llevado a cabo este ennoblecimiento científico del socialismo es el inmenso logro de Marx. A él dedicó el tiempo más largo, la fuerza más madura y la laboriosidad más tenaz de su vida. Mientras que a su tarea práctica, la Internacional, solo dedicó la atención y la energía divididas de apenas una década, a la solución de su tarea teórica consagró la entrega más intensa y la incansable laboriosidad de abeja de casi cuatro decenios.

La Internacional, una vez cumplido su fin, pronto había terminado su papel de vehículo del movimiento obrero.

La teoría socialista, en cambio, solo empezó su papel de fermento intelectual del movimiento cuando las masas ya estaban en marcha. Y, actuando con fuerza y sin cesar hasta esta hora, ha ayudado al proletariado a un ascenso que lo ha convertido en un factor decisivo de la historia.

Como marxismo, la teoría de Marx ha conquistado una superioridad indiscutida sobre todas las demás teorías socialistas y ha influido de manera decisiva en la orientación vital y en la conducción de la lucha del proletariado moderno. Se ha convertido en la orientación revolucionaria casi única que hoy tiene autoridad y se realiza en la vivencia de la clase proletaria.

El primer fondeadero de esta orientación está dado en la concepción materialista de la historia.

<!-- S. 368 -->

### La concepción materialista de la historia

El primer esbozo, todavía en forma de bosquejo pero ya cerrado, de la formulación y exposición científicas del socialismo lo dio Marx en el *Manifiesto comunista*. Este esbozo deja ver hasta qué punto había madurado ya el plan de escribir una gran obra de economía política sobre el modo de producción capitalista. Una contribución parcial añadió Marx al esbozo en la conferencia sobre *Trabajo asalariado y capital* que pronunció en la asociación obrera comunista de Londres. Se trata de una parte de los trabajos preparatorios que había comenzado a principios de los años cincuenta y que, interrumpidos a menudo o retrasados por cambios de plan, no habían avanzado hasta 1858 lo bastante como para que Marx pudiera empezar la redacción. En 1859 apareció la obra con el título *Contribución a la crítica de la economía política*.

De esta obra nos interesa por ahora solo el prólogo, porque en el repaso de su trayectoria científica que en él ofrece, Marx se pronuncia por primera y única vez de manera coherente sobre el método de la concepción materialista de la historia, fundado por él.

«Mi investigación de la filosofía del derecho de Hegel», expone, «desembocó en el resultado de que las relaciones jurídicas, lo mismo que las formas de Estado, no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano, sino que más bien radican en las relaciones materiales de vida, cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de "sociedad civil", y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política... El resultado general al que llegué y que, una vez obtenido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede formularse brevemente así: en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias, independientes de <!-- S. 369 --> su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta una superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social el que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Se abre entonces una época de revolución social. Con el cambio de la base económica se trastorna más lenta o más rápidamente toda la inmensa superestructura. Al considerar tales trastornos hay que distinguir siempre entre el trastorno material, comprobable con la exactitud de las ciencias naturales, de las condiciones económicas de producción y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, ideológicas, en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo dirimen. Así como no se juzga a un individuo por lo que él piensa de sí mismo, tampoco se puede juzgar una época de trastorno semejante por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Ninguna <!-- S. 370 --> formación social desaparece antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas para las que es lo bastante amplia, y nunca aparecen relaciones de producción nuevas y superiores antes de que las condiciones materiales de su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso la humanidad se plantea siempre únicamente tareas que puede resolver, pues, mirándolo mejor, se encontrará siempre que la tarea misma solo surge cuando las condiciones materiales para su solución ya existen o, por lo menos, se hallan en proceso de formación. A grandes rasgos, los modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno pueden designarse como épocas progresivas de las formaciones económicas de la sociedad. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de vida de los individuos; pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por tanto, la prehistoria de la sociedad humana».

En estas frases están precisadas, en exposición clásica, las ideas fundamentales de la concepción materialista de la historia. La consideración idealista de la historia, que veía en el acontecer universal el gobierno de un designio divino inescrutable, la obra de un espíritu universal objetivo o el logro de personalidades heroicas, sobrehumanas, agraciadas por Dios, quedaba con ello superada y apartada.

Este cambio estaba en relación con el gran cambio de la vida social. En un mundo que pasaba a convertir en mercancías, bajo las manos de los hombres, todas las cosas, y a conferir carácter de cosa a todos los fenómenos <!-- S. 371 --> de la vida espiritual y anímica, la idea tenía que perder cada vez más su validez como base sustentadora de la historia. Si, como en Inglaterra de modo palpable, detrás de las tesis de la filosofía, de los postulados de la ética y de las doctrinas de la política estaban los intereses materiales de la burguesía que practicaba una economía capitalista, era natural buscar en los intereses económicos en general el fundamento de todo acontecer, de todos los cambios del mundo del espíritu y de todas las fases del curso de la historia.

Marx se veía instruido a diario por las experiencias del mundo que le rodeaba sobre la gran medida en que el elemento económico condiciona los fenómenos de la vida y motiva las acciones de los hombres. Conocía también a Saint-Simon y a Adam Smith, que en sus teorías habían llegado hasta el límite mismo de la concepción materialista de la historia. Así pronto tuvo claro que en la economía había que ver la «fuerza motriz fundamental» de la historia, y precisamente en el sentido de que el desarrollo de la economía ocasiona, condiciona y trae consigo el cambio de las constituciones sociales, las formas de Estado, las formaciones sociales, las ideologías y los ideales. Los cambios que experimentan los hombres en su manera de hacer economía, en su provisión material para la vida, se traducen en cambios de sus formas sociales, instituciones jurídicas, principios de Estado, de sus sistemas científicos, conceptos morales, ideales artísticos. O, como dice el esquema sencillo y gráfico: sobre la base económica se levanta la superestructura social e ideológica correspondiente de cada época.

La llamada base la encuentran los hombres en parte dada por la naturaleza: clima, fertilidad del suelo, agua, riquezas del subsuelo. A ello se añade la técnica heredada con la que los hombres actúan sobre las fuerzas productivas naturales que encuentran para hacerlas utilizables para los fines <!-- S. 372 --> y propósitos de su seguridad. Pero para ello es necesario que los hombres aporten otro dato: su fuerza de trabajo más o menos desarrollada, su capacidad de dar forma, su espíritu, su lenguaje, su capacidad de representación, su alma. Las fuerzas naturales y las humanas se combinan para actuar; su expresión concreta son las relaciones de producción. El sentido de la producción, que se lleva a cabo con los medios de las fuerzas productivas en el recipiente de las relaciones de producción, es el dominio de la tierra en interés de los hombres y de su seguridad frente a los poderes que amenazan su existencia. Las fuerzas productivas y las relaciones de producción están entre sí en un juego recíproco de condicionamiento mutuo. Las unas no son un material muerto ni las otras un armazón rígido. Su vida se enciende, sus formas cambian, sus contenidos se fecundan siempre mutuamente en el proceso dialéctico.

Los ejecutores de este proceso son los hombres. Y los hombres no ejecutan el proceso como máquinas sin vida, sino con conciencia viva. Esta conciencia recibe las directrices de su conducta de las necesidades del proceso. Pero luego actúa a su vez, dando forma y con arreglo a un plan, sobre el proceso. Así la vida de las ideas de los hombres se convierte en reflejo de la realidad en movimiento. Y en la realidad caen reflejos del contenido de ideas de la conciencia humana. La religión, la ciencia, la moral, la política, la legislación, la educación y el arte reciben sus contenidos y formas de la fuerza generadora de las condiciones materiales y de las necesidades económicas de su tiempo. Forman imágenes, trazan sistemas, fijan valores, erigen postulados e implantan ideas en la conciencia de los hombres. Y este mundo espiritual, que primero es consecuencia, se convierte a su vez en causa. Irradia una fuerza que transforma, da forma y ordena, y actúa así configurando también <!-- S. 373 --> el espacio vital de los hombres, eternamente atentos a su seguridad.

La concepción materialista de la historia nunca se ha agotado en la burda banalidad de que solo el vientre, la preocupación por las necesidades materiales del estómago, sea la fuerza motriz de la historia. Pero sí ha partido del conocimiento elemental de que el hombre, como lo expresó Engels ante la tumba de Marx, tiene primero que comer, beber, tener vivienda y vestirse antes de poder dedicarse a la filosofía, la religión, la ciencia y el arte.

La concepción materialista de la historia nunca ha caído en la unilateralidad de afirmar que la economía sea la raíz única y exclusiva de todo el acontecer histórico. Pero sí ha subrayado siempre con insistencia que la economía representa, entre todos los factores que configuran la historia, la última instancia.

La concepción materialista de la historia nunca ha rendido homenaje a la idea chata de aquel materialismo mecanicista que trata de derivar el elemento motor de la historia de la materialidad muerta de las cosas y no conoce en el mundo del ser y del acontecer espacio alguno para las funciones de un alma. Al contrario, Marx combatió y rechazó con la mayor dureza la engañosa medianía y la ilustración de pacotilla metafísica del llamado naturalismo, sobre todo en las tesis sobre Feuerbach. En lugar de las cosas sin vida, hizo del hombre vivo el portador del desarrollo.

La concepción materialista de la historia nunca ha negado la influencia del espíritu, ignorado el poder de las ideas ni subestimado la importancia de lo anímico en el curso de la historia. Al contrario, junto con el hombre vivo ha reconocido y apreciado también todo lo que le pertenece, es decir, también el alma, el espíritu, la conciencia y las ideas, en su fuerza configuradora de la historia. Solo se ha defendido contra que los fenómenos <!-- S. 374 --> del puro mundo del espíritu, como «idea absoluta», «yo moral» o cosas semejantes, se pongan, como hacía el idealismo alemán, de manera primaria y abstracta como eje del desarrollo histórico. Para ella ni la idea ni la materia están al principio; para ella toda vida es entrelazamiento indisoluble y en eterno movimiento y condicionamiento recíproco de fuerza y materia, unidad total. Y el hombre, como centro de esto vivo, es para ella el hombre referido a sus semejantes en innumerables relaciones, el hombre socializado.

Para los socialistas anteriores a Marx el socialismo no era un producto del desarrollo, no era el resultado de un proceso histórico-dialéctico, sino la realización de una exigencia ética, la construcción, de orientación estética o humanitario-filantrópica, de un proyecto creado en el cerebro. Necesitaban como base de partida para su socialismo una ética, una filosofía, una filantropía, una psicología o una estética, pero no una historia, no una consideración de la historia. Para sus necesidades bastaba también con saber que había pobreza y que la pobreza procedía de la explotación. Por eso les bastaba por completo la teoría de la economía política tal como la sostenía Ricardo. Ricardo hizo constar que el capitalismo descansaba en la explotación y, por tanto, en la injusticia. Su perspicacia reconocía ya también en el sistema capitalista la existencia de principio de graves conflictos; incluso contaba con su hundimiento final. Sin embargo, nunca se le ocurrió la idea de suprimir el sistema. Y más lejos aún estaba de suponer que la supresión pudiera ser el resultado de un desarrollo interno y forzoso de la economía en conexión con la lucha de clases.

Para Marx el planteamiento del problema era muy distinto. Si la concepción materialista de la historia enseñaba que las formas de sociedad y de Estado, las instituciones sociales, los modos de conducta humanos y las ideas, en la estructura y el cuño característicos <!-- S. 375 --> de una época determinada, dependen de sus relaciones económicas peculiares y encuentran en ellas las condiciones de su realización, Marx tenía que aportar la prueba de la consecuencia socioeconómica del socialismo y, con este fin, estudiar la economía. Y precisamente la economía de su tiempo, la del capitalismo industrial, que constituye, por así decirlo, el seno materno del socialismo. Tenía que investigar y establecer si del desarrollo del capitalismo resultaba orgánica y necesariamente la base económica y, con ella, la condición previa para la posibilidad de existencia, más aún, para la necesidad de existencia del socialismo. Tenía que fundamentar de nuevo el socialismo por medio de la historia y de la economía, sustituir el socialismo ético-estético por el socialismo histórico-económico.

### *El capital*

La *Contribución a la crítica de la economía política* había aparecido en 1859, el año de publicación de *El origen de las especies* de Darwin, por mediación de Lassalle, en casa del editor de este, Franz Duncker, en Berlín. Como escrito de economía política no era más que un trabajo preparatorio de la gran obra que Marx venía preparando desde hacía años y cuya terminación definitiva se aplazaba una y otra vez. «Examino el sistema de la economía burguesa», escribe en el prólogo de la *Contribución*, «en este orden: capital, propiedad de la tierra, trabajo asalariado; Estado, comercio exterior, mercado mundial. Bajo las tres primeras rúbricas investigo las condiciones económicas de vida de las tres grandes clases en que se divide la sociedad burguesa moderna; la conexión de las otras tres rúbricas salta a la vista... El material completo lo tengo ante mí en forma de monografías, escritas en periodos muy distantes entre sí para mi propia clarificación, no para la imprenta, <!-- S. 376 --> y cuya elaboración coherente según el plan indicado dependerá de circunstancias exteriores».

Tras la aparición de la *Contribución a la crítica de la economía política*, la exposición, al examinarla de nuevo, resultó necesitada de mejora. Por eso Marx decidió volver a incorporar el contenido del escrito a *El capital*. Allí forma la primera sección. No se trataba de una mera repetición, sino de una profundización de fondo y de una nueva redacción. «En la medida en que la materia lo permitía de algún modo», dice el propio Marx al respecto en el prólogo de *El capital*, «muchos puntos que antes solo se insinuaban se desarrollan aquí más, mientras que, a la inversa, lo que allí se desarrollaba con detalle aquí solo se insinúa».

La elaboración de *El capital* había avanzado muy lentamente en todos aquellos años. El enorme material para la historia de la economía política que Marx encontró en el British Museum de Londres, más que favorecer, abrumaba y estorbaba la ejecución del plan original. Las frecuentes interrupciones por enfermedad abrían grandes lagunas en la continuidad. El trabajo gigantesco para la Internacional le robaba una parte enorme de su fuerza de trabajo. Y las eternas preocupaciones de dinero, las idas y venidas por préstamos y letras de cambio, los disgustos con acreedores, prestamistas, usureros y alguaciles no creaban un estado de ánimo favorable a una inmersión tranquila y concentrada en la materia. «Creo», escribió en noviembre de 1864 a Kugelmann, «que por fin el año próximo mi escrito sobre el capital (60 pliegos) estará listo para la imprenta». Pero se equivocaba. En una carta a Engels, ocho meses después, se lee: «En cuanto a mi trabajo, voy a hablarte con toda franqueza. Quedan todavía tres capítulos por escribir para terminar la parte teórica (los tres primeros libros). <!-- S. 377 --> Luego queda por escribir el cuarto libro, el histórico-literario, que es para mí relativamente la parte más fácil, puesto que todas las cuestiones están resueltas en los tres primeros libros, de modo que este último es más bien una repetición en forma histórica. Pero no puedo decidirme a enviar nada antes de tener el conjunto ante mí. Sean cuales sean sus defectos, la ventaja de mis escritos es que forman un todo artístico, y eso solo se consigue con mi manera de no darlos nunca a la imprenta antes de tenerlos completos ante mí».

El 1 de enero de 1866 Marx había llegado al punto de poder empezar a pasar a limpio. Tenía que «terminar pronto, porque el asunto le pesaba como una pesadilla». El 15 de enero escribía a Kugelmann: «En cuanto a mi escrito, estoy ahora ocupado doce horas al día en pasarlo a limpio. Pienso llevar yo mismo el manuscrito a Hamburgo en marzo y verle a usted en esa ocasión», y el 13 de febrero a Engels: «En cuanto a este "maldito libro", la cosa está así. Quedó terminado a fines de diciembre. Solo el tratado sobre la renta de la tierra, el penúltimo capítulo, forma casi, en su redacción actual, un libro. De día iba al Museo y escribía por las noches». Entretanto pasó todo el año 1866 en un trabajo penoso e ininterrumpido, unido a las preocupaciones de dinero, los ántrax y las riñas en la Internacional. El libro no acababa nunca de estar listo. Ya en agosto de 1865 había anunciado Engels: «El día en que salga el manuscrito me emborracho sin piedad»; pero tuvo que esperar y esperar, porque el libro fue un parto difícil, casi atormentado.

Por fin, a fines de marzo de 1867, llegó el día tan ansiado. «Me había propuesto», escribía Marx a su amigo, «no escribirte hasta poder anunciarte que el libro estaba terminado, lo que ahora es el caso». A lo que Engels respondió con un verdadero grito de alegría: «¡Hurra! No pude contener esta exclamación cuando <!-- S. 378 --> por fin leí negro sobre blanco que el primer tomo está terminado y que quieres ir con él enseguida a Hamburgo».

Con este viaje a Hamburgo para entregar el manuscrito al editor, Otto Meißner, había desde luego sus dificultades. No solo padecía Marx una vez más la plaga de los ántrax, sino que faltaba también el dinero. «Ahora tengo que sacar primero», confesaba Marx en una carta a Engels, «mis prendas de vestir y el reloj, que viven en la casa de empeños. Además, apenas puedo dejar a mi familia en su estado actual, en que están sin un penique y los acreedores se vuelven cada día más desvergonzados». Pero Engels encontró remedio: «Para que no falte el *nervus rerum*, te mando siete medios billetes de cinco libras, en total 35 libras esterlinas... Espero que tus ántrax estén ya bastante curados y que el viaje contribuya a hacerlos desaparecer del todo». Con el manuscrito y el dinero y sin enfermedad, Marx se puso finalmente en camino.

El 12 de abril llegó a Hamburgo, visitó a Meißner, un «tipo simpático, con algo de acento sajón», y «tras una breve negociación lo dejó todo en orden». Se acordó empezar enseguida la impresión, y Marx se declaró dispuesto a encargarse todavía en Alemania de la supervisión de la impresión y de la corrección de los pliegos. «Luego estuvimos bebiendo y él declaró su gran "entusiasmo" por haber hecho mi apreciable conocimiento». A continuación Marx viajó a Hannover, donde, como huésped en casa de Kugelmann, un hombre «excelente, abnegado y convencido» que gozaba de gran fama como ginecólogo, encontró la mejor acogida. Allí se quedó hasta fines de mayo.

Allí le escribió Engels una carta muy reveladora. En ella se desahogaba de las preocupaciones que había tenido por Marx durante todos aquellos años. Pues los tormentos y los dolores de parto que había causado el libro habían llegado al final hasta los límites de lo soportable.

<!-- S. 379: Bildtafel „Friedrich Engels im Alter“ -->

<!-- S. 380: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 381 --> «Siempre he tenido la impresión», escribía a Marx, «de que este maldito libro, que has llevado tanto tiempo dentro, era la raíz de toda tu mala suerte y de que nunca saldrías ni podrías salir de ella mientras no te lo quitaras de encima. Esta cosa eternamente inacabada te aplastaba física, intelectual y económicamente, y comprendo muy bien que ahora, después de quitarte de encima esa pesadilla, te sientas como otro hombre, sobre todo porque el mundo, en cuanto vuelvas a entrar en él, tampoco parece tan sombrío como antes».

Marx, parco y reservado en cuestiones de sentimiento, se limitó a responder: «Sin ti nunca habría podido llevar a término la obra, y te aseguro que siempre me ha pesado en la conciencia como una pesadilla que dejaras que tu magnífica fuerza se malgastara y se oxidara en el comercio principalmente por mí y que, por añadidura, tuvieras que vivir conmigo todas mis pequeñas miserias».

Cuando el 16 de agosto de 1867 quedó corregido el último pliego (el 49), Marx respiró con un profundo y agradecido suspiro de liberación y escribió —a las dos de la madrugada— a su amigo de Mánchester unas palabras de agradecimiento sentidas y cordiales: «Solo a ti te debo que esto haya sido posible. Sin tu sacrificio por mí no habría podido de ningún modo hacer los inmensos trabajos para los tres tomos. Te abrazo lleno de gratitud».

Marx tenía todos los motivos para respirar con alivio y para cumplir con su amigo un deber de gratitud. Pues si es verdad lo que escribió a Kugelmann, que nunca se había creado una obra en circunstancias tan difíciles como *El capital*, no es menos verdad que nunca, en las circunstancias más difíciles, se ha brindado una amistad más auténtica, profunda y abnegada que la de Engels a Marx.

<!-- S. 382: Faksimile eines Briefes von Marx an Engels vom 16. August 1867 -->

<!-- S. 383 -->

### El primer tomo

La obra recibió el título de *El capital. Crítica de la economía política*. De ahí se desprende que, por su carácter y su destino, estaba concebida como investigación, como análisis científico-social. «Lo que he de investigar en esta obra», dice Marx en el prólogo, «es el modo de producción capitalista y las relaciones de producción y de tráfico que le corresponden». El segundo tomo había de tratar el proceso de circulación del capital y las configuraciones del proceso global; el tercero, que cerraba la obra, la historia de la teoría. El objeto de la obra entera es, pues, el capitalismo.

Por capitalismo ha de entenderse la época de la historia económica y del desarrollo social en la que toda la vida se ha convertido predominantemente en vida económica y todas las cosas, conceptos, sentimientos e ideas se han transformado en mercancías. Por eso el análisis del sistema económico capitalista tiene que empezar por la mercancía. Como en tiempos de Marx Inglaterra era la sede clásica del capitalismo, tomó de ella todos los ejemplos para ilustrar su teoría. Pero «el país industrialmente más desarrollado no hace más que mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro». En Alemania el modo de producción capitalista no llegó a la madurez sino «después de que su carácter antagónico se hubiera revelado ya ruidosamente en Francia e Inglaterra a través de luchas históricas».

La riqueza de las sociedades en que impera el modo de producción capitalista —así empieza la obra— aparece como un «enorme cúmulo de mercancías», y la mercancía individual como su forma elemental. Nuestra investigación comienza, por eso, con el análisis de la mercancía.

Una mercancía es un bien de consumo que, antes de entrar en el consumo, pasa por un intercambio. Por eso se produce con vistas al intercambio. Aparece ya en épocas precapitalistas. Lo que <!-- S. 384 --> caracteriza a la época capitalista es la exclusividad de la economía mercantil.

Para poder intercambiarse en el mercado, la mercancía tiene que tener un valor de cambio. Este valor de cambio es una cantidad, una magnitud, a diferencia del valor de uso, que va unido a las propiedades naturales de las mercancías, condiciona su utilidad y se presenta como cualidad. La economía política se ocupa exclusivamente del valor de cambio. Este expresa la relación social en que se encuentran las mercancías entre sí, y recibe su medida de la cantidad de trabajo social medio que se representa en él. La medida del trabajo es el tiempo de trabajo, concebido, con independencia de todo lo individual, único y extraordinario, como tiempo de trabajo social medio.

La determinación absoluta del valor de cambio manifestado en una mercancía sigue siendo prácticamente irrealizable. Para las necesidades de la economía basta la determinación relativa por comparación. Al principio, dos mercancías que aparecen en el mercado se comparan mutuamente en sus valores de cambio a partir de la experiencia del trabajo y de la estimación. Con el tiempo, todas las mercancías que surgen se ponen con sus valores en relación con una mercancía que sirve constantemente de patrón de valor. Esta mercancía, que acaba por informar a todas las demás de su vigencia normal, se llama dinero. La moneda acuñada funciona como símbolo de un número fijo de horas de trabajo social, en el que se refleja el valor de cada mercancía. El valor, nacido en la producción, aparece en la forma dinero, algo divergente a causa de las oscilaciones del mercado, como precio.

Con la etiqueta del precio entra la mercancía en el mercado. Su individualidad material y su calidad no constituyen más que el aliciente para el cambio. Para la estimación social de su valor son del todo indiferentes. La mercancía se ha convertido en una abstracción. <!-- S. 385 --> Una vez escapada de la mano del productor y libre de su particularidad real, ha dejado de ser producto y de estar dominada por el hombre. Ha adquirido una «objetividad espectral» y lleva una vida propia. «A primera vista, una mercancía parece una cosa evidente, trivial. Su análisis muestra que es una cosa muy enrevesada, llena de sutilezas metafísicas y de resabios teológicos». Desligada de la voluntad del hombre, se inserta en una misteriosa jerarquía, desarrolla o rehúsa su capacidad de cambio, actúa según leyes propias como actor en un escenario fantasmal. En los boletines de bolsa el algodón «sube», el cobre «se desploma», el maíz está «animado», el lignito «flojo», el trigo «se afirma» y el petróleo «muestra tendencia». Las cosas se han independizado, adoptan conductas humanas. Y los hombres se subordinan a las cosas, se dejan dictar su comportamiento, se convierten en servidores del mundo de las mercancías. La mercancía se ha transformado en un ídolo que, aunque producto de la mano humana, manda sobre los hombres. Marx habla del carácter fetichista de la mercancía. «Este carácter fetichista del mundo de las mercancías brota del peculiar carácter social del trabajo que produce mercancías... Es solo la relación social determinada de los hombres mismos la que adopta aquí para ellos la forma fantasmagórica de una relación entre cosas».

El carácter fetichista influye también en toda la atmósfera del ámbito económico capitalista. La formación de los precios, la competencia, la coyuntura, el valor del dinero, etc., constituyen en el mundo de las mercancías fenómenos misteriosos ante los que el capitalista se halla con una impotencia tan falta de comprensión como el salvaje en la selva africana ante el capricho de un ídolo. Sobre todo el dinero, ese «reflejo, adherido a una mercancía, de las relaciones de todas las demás mercancías», se eleva al dominio sobre los hombres, <!-- S. 386 --> a la tiranía de un demonio, a la usurpación de todo poder sobre la vida social y económica. El dinero se hace dios.

El dinero se cambia por mercancías de igual valor. Con dinero se puede comprar también a hombres. Más aún: el dinero confiere la facultad de adquirir solo partes del hombre, manifestaciones de funciones vitales humanas. Así aparece, por ejemplo, en el mercado la fuerza de trabajo humana y se ofrece como mercancía. El poseedor de esta mercancía fuerza de trabajo es un hombre que, además, tiene un estómago con hambre y ha de saciar ese estómago hambriento si no quiere morir. Para conseguir los bienes vitales con que remediar el hambre de su estómago, la desnudez de su cuerpo, la ruina que amenaza su existencia, necesita, en la época de la economía mercantil, tener dinero; pues todos los bienes vitales, como mercancías, solo pueden comprarse con dinero. Así pues, a falta de cualquier otra posibilidad de ganarse la vida, pone en venta su fuerza de trabajo como mercancía.

El comprador de la mercancía fuerza de trabajo paga, según la regla vigente en el tráfico de cambio, un precio que corresponde aproximadamente a su valor. Este valor se determina, como todos los valores de cambio, por la suma de sus costes de producción habituales en el lugar y en el tiempo. El gasto en alimento, vestido, vivienda, etc., necesario para producir diariamente la fuerza de trabajo humana y mantenerla en condiciones de funcionar, representa aproximadamente la cuantía de los costes de producción. Estos determinan el precio de la fuerza de trabajo, y ese precio se llama salario.

Que haya hombres que no poseen más que su fuerza de trabajo y que no tienen otra posibilidad de vivir que del producto de su fuerza de trabajo vendida es un resultado del desarrollo histórico tal como se describe gráficamente en el *Manifiesto comunista*. Estos hombres aparecen en la época <!-- S. 387 --> capitalista por primera vez como categoría social. Llevan el nombre de proletarios.

El proletario es un hombre libre. Ya no arraigado en el suelo de la sujeción feudal, no constreñido por las prescripciones del estamento y las convenciones del origen, libre de todas las barreras del gremio, es dueño de sí mismo, dispone por sí de su persona, de su fuerza de trabajo, de su destino.

Pero si no vende la fuerza de trabajo como mercancía, solo tiene una elección: morirse de hambre. Junto a la bendición de la libertad, en cuanto hace uso de ella, está, inmediata e ineludiblemente, la condena a morir de hambre.

* * *

Como la fuerza de trabajo va unida al hombre como cualidad individual y no puede venderse ni poseerse separada, aislada, una vez cerrada la compra el hombre pasa en su totalidad a posesión del comprador. No con su estómago, su hambre y su sed, su necesidad de descanso, sus deseos y exigencias individuales, sino únicamente en la medida de su fuerza de trabajo. Para el comprador no es un hombre con alma, sentimiento, individualidad, dicha y desdicha, no es imagen de Dios ni corona de la creación, ni siquiera su semejante. Para él es solo fuerza de trabajo, brazo, mano, dedos, solo músculo, ojo, voz, solo capacidad de trabajo, aptitud para la producción.

El poseedor de dinero que adquirió la fuerza de trabajo se convierte de hecho en poseedor de la fuerza de trabajo en cuanto consigue desprenderla de su portador, extraérsela, mediante el proceso de producción. Al llevarlo a un taller, a una fábrica, a un lugar de trabajo, y obligarlo a ocuparse con hierro, madera, arcilla, hilo de un modo tan consciente de su fin que bajo sus manos surjan mercancías, <!-- S. 388 --> provoca la liberación de la fuerza de trabajo y su cristalización en valor de mercancía. La fuerza de trabajo ha sido absorbida, consumida por la materia prima, y reaparece con ella bajo la figura de la mercancía.

En el curso del proceso de trabajo, por la cesión continuada de fuerza de trabajo a la materia prima, surge una cantidad de valor de mercancía que pronto corresponde a la cantidad de valor en dinero que el poseedor de la fuerza de trabajo recibió como precio de esta en forma de salario. Llega un momento en que los poseedores de la fuerza de trabajo y el poseedor del dinero están en paz. Parece evidente que en ese punto, en el que prestación y contraprestación se equilibran, su relación haya terminado y se disuelva.

Sin embargo, el poseedor del dinero y comprador de la mercancía fuerza de trabajo es un capitalista. Como tal, se sirve del dinero para valorizarlo. La suma invertida en un proceso de producción ha de ser al final mayor que al principio. El dinero ha de engendrar más dinero. Ese dinero que, puesto en movimiento, adquiere la propiedad de multiplicarse, de valorizarse, se llama capital.

Pero para alcanzar su fin el capitalista tiene que invertir su dinero de dos maneras. En primer lugar ha de procurarse los presupuestos materiales de la producción, es decir, ocuparse de las materias primas, las máquinas, las herramientas, los locales, etc. El capital invertido en ello no posee la facultad de crecer por sí mismo. Queda como está; por eso se llama capital constante.

Para comenzar la producción, al capital constante ha de añadirse fuerza de trabajo humana. El capitalista la compra en el mercado de trabajo y pone en ella una parte de su capital. Y entonces la fuerza de trabajo despliega la misteriosa propiedad de gastarse en combinación con materias primas, máquinas, herramientas, etc., y de reponer su valor en el consumo. Más aún, es capaz incluso de crear, por encima de eso, un valor mayor. <!-- S. 389 --> Como el capital incorporado en ella cambia de magnitud, se llama capital variable.

El capitalista no se conforma con hacer que la fuerza de trabajo cree valor de mercancía solo en la cantidad que corresponde a la cantidad del valor del capital invertido en salario. Quiere recuperar más. Para conseguirlo, obliga al obrero a seguir gastando fuerza de trabajo más allá del tiempo necesario para devolver con su trabajo el salario. Prolonga el proceso de formación de valor hasta convertirlo en proceso de valorización. Con ello el equivalente aumenta en un plus. Pues el plustiempo de trabajo proporciona plusvalía. Nace la plusvalía. El capital ha alcanzado su fin.

Si el obrero penetrara esta conexión, tal vez se defendería contra el capitalista en el punto en que comienza el proceso de producción de plusvalía. Pues se sentiría perjudicado. Como vendedor de mercancía que cambia valores iguales, se ve de pronto convertido en un deudor que ha de devolver valor con intereses, es decir, ha de pagarlo con su servicio. Que se le exija más de lo que se le ha dado le parece injusto, un perjuicio, una explotación.

Pero de poco le serviría su protesta. Pues por todas partes tropieza con capitalistas que solo compran su mercancía fuerza de trabajo bajo la misma condición. En el mundo capitalista, esa mercancía solo es vendible, en general, bajo esa condición. Si al obrero no le conviene esa condición, bien puede dejar de vender su fuerza de trabajo. Nadie le obliga a ello. Eso sí, entonces tiene que morirse de hambre. Para escapar a la muerte por hambre no le queda más remedio que aceptar las condiciones. El hecho de estar entregado al poder de una mercancía —de su mercancía fuerza de trabajo y de sus leyes mercantiles, de su carácter fetichista— le prescribe la máxima de su conducta.

<!-- S. 390 --> Además, el obrero se equivoca al suponer que el capitalista lo engaña y lo perjudica. El capitalista ha pagado honradamente su mercancía fuerza de trabajo por su valor íntegro. No es él quien ha determinado su valor. Antes bien, este ha resultado, por comparación, de la cuantía de los costes necesarios para producirla. Y el precio exigido en el mercado de trabajo, que el capitalista pagó como salario, correspondía aproximadamente al valor de la fuerza de trabajo. Con la suma del salario, el capitalista ha dado al obrero la posibilidad de vivir con su familia un día entero. A cambio exige del obrero la obligación de estar a su disposición un día entero para el proceso de producción.

Si en el curso del proceso de trabajo resulta que el obrero es capaz de reembolsar ya en menos tiempo, con su rendimiento en forma de valor de mercancía, el valor del salario recibido, este es un fenómeno que se deriva del carácter peculiar de la mercancía fuerza de trabajo. La mercancía fuerza de trabajo no solo posee la propiedad de ser consumible, como cualquier otra mercancía; realiza el milagro de producir, al ser consumida, más valor del que ella misma representa. Es capaz de crear valor más allá de su propia valorización.

Esta propiedad especial de la mercancía fuerza de trabajo no es un descubrimiento que hubiera hecho Marx por vez primera. Se había revelado ya hace siglos a la observación y la experiencia prácticas. En cierto grado de desarrollo de la técnica y del modo de producción resultó que el trabajo arrojaba un excedente sobre el consumo del obrero. Este factor dio impulso al empleo planificado de la fuerza de trabajo con vistas al excedente; acabó siendo el motor y el presupuesto de la introducción del modo económico capitalista. El capitalista <!-- S. 391 --> se aprovechó, y se aprovecha todavía hoy, de la insólita propiedad de la mercancía fuerza de trabajo. Monopolizó su ventaja. Economizar de modo capitalista significa economizar para obtener plusvalía. El verdadero sentido de la economía, abastecer a los hombres de bienes vitales y garantizar así su seguridad, pasa a segundo plano. «El capital no es solo mando sobre trabajo, como dice A. Smith. Es esencialmente mando sobre trabajo no pagado. Toda plusvalía es, por su sustancia, materialización de tiempo de trabajo no pagado. El secreto de la autovalorización del capital se resuelve en su disposición sobre una cantidad determinada de trabajo ajeno no pagado».

El capitalista se encuentra frente al obrero en la feliz situación de ser el más fuerte. Como el obrero, bajo la amenaza de morir de hambre, está obligado a vender su fuerza de trabajo, el capitalista puede poner la condición de comprarla solo si la ventaja recae en él. La ganancia de la plusvalía la debe al favor de su posición económica. Por eso la cuestión de la explotación del obrero por el capitalista no puede dirimirse de hombre a hombre. No es un asunto personal, ni una injusticia imputable a cada capitalista. Se trata más bien de un problema social, condicionado por la peculiaridad de todo el sistema capitalista. La cuestión de la explotación tampoco es una cuestión de moral, de derecho, de humanidad, sino únicamente una cuestión de poder. Como el obrero, también el capitalista obra bajo la coacción del sistema.

La medida del poder de que dispone el capitalista se expresa ante todo en la medida de la jornada de trabajo. Cuanto más rebasa la jornada el límite del proceso de formación de valor, tanto más largo es el proceso de valorización, tanto mayores el plustrabajo y la plusvalía. Esta plusvalía se hace líquida en cuanto la mercancía producida se vende en <!-- S. 392 --> el mercado. Vuelve en forma de dinero al bolsillo del capitalista y se llama ganancia.

Pero la jornada de trabajo tiene un límite natural, porque la capacidad humana de ser explotado tiene un límite. Por mucho que el ideal del capitalista sea hacer trabajar al obrero veinticuatro horas diarias, su propio interés le ordena no arruinar al obrero antes de tiempo ni privarse de la necesaria renovación de la mano de obra. La jornada de trabajo ha de medirse, pues, de modo que el obrero pueda regenerarse de un día para otro hasta recuperar su plena capacidad de trabajo y criar a sus hijos hasta que estén en condiciones de trabajar. La plusvalía obtenida mediante la prolongación de la jornada de trabajo se llama plusvalía absoluta. Su producción constituye la base general del sistema capitalista.

Si la jornada de trabajo está limitada, no lo está el hambre de plusvalía del capitalista. Y si la prolongación de la jornada queda vedada por vía directa, es posible indirectamente. «Para prolongar el plustrabajo, se acorta el trabajo necesario mediante métodos por medio de los cuales el equivalente del salario se produce en menos tiempo. La producción de la plusvalía relativa revoluciona de arriba abajo los procesos técnicos y las agrupaciones sociales». Con cada herramienta mejorada, cada máquina más eficiente, cada organización más racional de la empresa productiva, el capitalista gana la posibilidad de prolongar indirectamente la jornada de plustrabajo y de aumentar así indirectamente la plusvalía.

En cierto nivel del desarrollo de la producción, el aumento de la plusvalía pasa a ser un mero problema técnico. El interés de la clase capitalista por los progresos de la ciencia, la investigación y la técnica, su entusiasmo por los descubrimientos, los inventos y los triunfos del genio humano, se revela, <!-- S. 393 --> en el fondo, como expresión de la satisfacción y la alegría por la conquista de nuevas posibilidades de aumentar indirectamente la tasa de plusvalía y las sumas de la ganancia.

El desarrollo capitalista transcurre, pues, con la tendencia a que el capital constante aumente continuamente y, con ello, el capital variable disminuya automáticamente. Pero el desplazamiento en la composición interna del capital se vuelve fatal. Pues como la ganancia solo la produce el capital variable, la consecuencia inevitable tiene que ser una caída constante de la tasa de ganancia. Al mismo tiempo puede aumentar el grado de explotación del trabajo, crecer el número de obreros, aumentar la masa absoluta de la plusvalía: «esto no solo puede ocurrir, sino que tiene que ocurrir, descontadas las oscilaciones pasajeras, sobre la base de la producción capitalista». Y sin embargo, la tasa relativa de ganancia se hace cada vez menor de progreso en progreso, y el negocio de la explotación, a medida que avanza el desarrollo, resulta cada vez menos rentable para el capitalista en proporción a la inversión total. Se llega a la grotesca consecuencia: cuanto mayor la inversión absoluta, tanto menor el rendimiento relativo. Con ello el capital va cegando poco a poco sus propias fuentes. Crece royendo sus propias raíces. Muere tanto más continuamente cuanto más exuberante es su desarrollo.

En efecto, el capitalismo tiene que perecer por la consecuencia de estas fuerzas contrapuestas. Pues ha de llegar el punto en que el desarrollo exija el pleno volumen de la tasa de ganancia rebajada como acumulación constante de capital y la producción ya no le compense al capitalista. En que el capital pierda su sentido porque ya no arroje ganancia para el capitalista. Marx dice «que el modo de producción capitalista encuentra en el desarrollo de las fuerzas productivas un límite que nada tiene que ver con la producción de la riqueza como tal; y este límite peculiar <!-- S. 394 --> atestigua la limitación y el carácter solo histórico, transitorio, del modo de producción capitalista».

* * *

El esfuerzo por elevar la fuerza productiva del trabajo humano es una tendencia que se deriva del hecho de la plusvalía relativa.

«Por elevación de la fuerza productiva del trabajo entendemos una alteración en el proceso de trabajo por la cual se acorta el tiempo de trabajo socialmente requerido para la producción de una mercancía, de modo que una cantidad menor de trabajo adquiere la fuerza de producir una cantidad mayor de valor de uso».

La producción capitalista comienza con la cooperación. «La actuación de un número mayor de obreros al mismo tiempo, en el mismo espacio (o, si se quiere, en el mismo campo de trabajo), para la producción de la misma clase de mercancía y bajo el mando del mismo capitalista constituye, histórica y conceptualmente, el punto de partida de la producción capitalista». Cada miembro de la cooperación es productor pleno e independiente. Todo el proceso de trabajo está reunido en su mano. Podría parecer que la cooperación no es más que una suma de rendimientos individuales de trabajo. Pero no es así. «Así como la fuerza de ataque de un escuadrón de caballería o la fuerza de resistencia de un regimiento de infantería es esencialmente distinta de la suma de las fuerzas de ataque o de resistencia desplegadas aisladamente por cada jinete y cada infante, así la suma mecánica de fuerzas de obreros aislados difiere de la potencia social de fuerza que se despliega cuando muchas manos cooperan simultáneamente en la misma operación indivisa». No solo se forma una nueva fuerza productiva, que es fuerza de masa, sino que también se eleva la fuerza productiva individual en su rendimiento. <!-- S. 395 --> Pues «aparte de la nueva potencia de fuerza que brota de la fusión de muchas fuerzas en una fuerza conjunta, en la mayoría de los trabajos productivos el mero contacto social engendra una emulación y una excitación propia de los espíritus vitales que elevan la capacidad individual de rendimiento de cada uno, de modo que una docena de personas juntas, en una jornada simultánea de 144 horas, suministran un producto total mucho mayor que doce obreros aislados, cada uno de los cuales trabaja doce horas, o que un obrero que trabaja doce días seguidos. Esto se debe a que el hombre es por naturaleza, si no un animal político, como cree Aristóteles, en todo caso un animal social... En la cooperación planificada con otros, el obrero se despoja de sus barreras individuales y desarrolla su capacidad como especie».

La cooperación hace pronto necesaria una dirección. La asume el capitalista. Su mando en el campo de la producción se vuelve con el tiempo tan indispensable como el mando del general en el campo de batalla. «La dirección del capitalista no es solo una función especial que brota de la naturaleza del proceso social de trabajo y le pertenece; es al mismo tiempo función de la explotación de un proceso social de trabajo y está, por tanto, condicionada por el inevitable antagonismo entre el explotador y la materia prima de su explotación... El capitalista no es capitalista porque sea director industrial, sino que se convierte en director industrial porque es capitalista. El mando supremo en la industria se convierte en atributo del capital, como en la época feudal el mando supremo en la guerra y en la justicia era atributo de la propiedad territorial».

El paso siguiente en el desarrollo de las formas de producción más allá de la simple cooperación conduce a la escisión del proceso de producción, hasta entonces reunido <!-- S. 396 --> en la mano del obrero. Se produce la división del trabajo. Surge la manufactura.

Ya sea que se reúnan en un taller, bajo el mando del mismo capitalista, obreros de distintos oficios independientes por cuyas manos ha de pasar un producto hasta su acabado final, ya sea que muchos obreros de la misma categoría ejecuten, en una organización determinada, solo distintas operaciones manuales del proceso de producción repartidas entre ellos, la manufactura es siempre una forma de producción en la que el obrero ha dejado de ser productor único de toda la mercancía acabada. El artesano se ha convertido en obrero parcial, en ejecutor de una función aislada del proceso de trabajo que ha de repetir sin fin.

Desaparece el cambio de herramientas de trabajo. Los poros de la jornada se llenan de fuerza de trabajo productiva. El proceso de producción se vuelve más compacto, más intenso, más productivo.

El obrero parcial se funde con su operación. Adquiere la máxima seguridad y destreza en el manejo de su herramienta. La eterna repetición de la misma función ejercita su habilidad hasta el virtuosismo.

De la experiencia específica de cada operación parcial surgen sugerencias para perfeccionar las herramientas. La operación más diestra conduce a la diferenciación extrema de los instrumentos de trabajo. «El período manufacturero simplifica, mejora y diversifica las herramientas de trabajo adaptándolas a la función especial y exclusiva de los obreros parciales».

La consecuencia inmediata es la unión de herramientas, la combinación de auxiliares técnicos del trabajo con el fin de ejecutar las tareas con más rapidez y precisión. Con ello está dado el presupuesto material del nacimiento de la máquina. Mientras que la <!-- S. 397 --> maquinaria específica del período manufacturero es el obrero colectivo combinado a partir de muchos obreros parciales, un hombre sumado y multiplicado, la maquinaria del período siguiente es una reunión ingeniosa y adecuada de herramientas, una construcción de aparatos e instrumentos mecánicos para un rendimiento productivo unitario, un obrero de acero y hierro. Y mientras que la manufactura culmina como «obra de arte económica» sobre la amplia base del artesanado urbano y de la industria doméstica rural, la máquina suprime la actividad artesanal «como principio regulador de la producción social».

Con la máquina inicia el desarrollo capitalista su carrera triunfal. Abre la revolución industrial.

El obrero que maneja una sola herramienta es sustituido por un mecanismo que representa a un obrero masivo. Su imperfección, que consiste sobre todo en la incapacidad de ejecutar movimientos uniformes y continuos, es relevada por la perfección de un aparato mecánico que, movido por fuerzas naturales, es capaz de ejecutar el movimiento dado en millones de repeticiones con una precisión que supera con mucho el rendimiento humano. «Un sistema de maquinaria, ya descanse en la mera cooperación de máquinas de trabajo de la misma clase, como en el tejido, o en una combinación de máquinas de distinta clase, como en la hilatura, constituye en sí y por sí un gran autómata en cuanto es impulsado por un primer motor que se mueve a sí mismo... Como sistema articulado de máquinas de trabajo que reciben su movimiento solo por medio de la maquinaria de transmisión desde un autómata central, la industria mecánica posee su figura más desarrollada. En lugar de la máquina individual aparece aquí un monstruo <!-- S. 398 --> mecánico cuyo cuerpo llena edificios fabriles enteros y cuya fuerza demoníaca, oculta al principio por el movimiento casi solemnemente acompasado de sus miembros gigantescos, estalla en el torbellino febril y loco de sus innumerables órganos de trabajo propiamente dichos».

Una industria tras otra es trastornada. Finalmente la gran industria se apodera de su medio de producción característico, la máquina, y produce máquinas por medio de máquinas. Se añade el vapor y eleva la maquinaria a la esfera de los prodigios ciclópeos. «El torno mecánico es el renacimiento ciclópeo del torno corriente de pedal; la cepilladora es un carpintero de hierro; la herramienta que corta las chapas de madera en los astilleros es una navaja de afeitar gigantesca; la herramienta de la cizalla mecánica, que corta hierro como la tijera del sastre corta paño, una tijera monstruosa; y el martillo de vapor opera con una cabeza de martillo corriente, pero de tal peso que ni el propio Thor podría blandirlo».

Como herramienta independizada, que se ha vuelto independiente del obrero, la máquina se convierte en competidora del obrero. El medio de trabajo, muy superior al obrero en fuerza productiva, aplasta al obrero. Antes señor y maestro de la herramienta que obedecía a su mano, el obrero pasa a ser servidor de la máquina, su apéndice, un tornillo, un brazo de palanca en su mecanismo. Ella lo hace superfluo, rebaja su valor, se convierte en el «medio bélico más poderoso para sofocar los levantamientos obreros periódicos y las huelgas contra la autocracia del capital». Al obligar al capitalista a recuperar con rapidez el capital invertido en ella, provoca la prolongación de la jornada de trabajo. Al mismo tiempo, gracias a construcciones mejoradas y a la mayor velocidad de sus funciones, se convierte en «medio objetivo <!-- S. 399 --> y sistemáticamente aplicado para arrancar más trabajo en el mismo tiempo», es decir, en medio de una intensificación progresiva del trabajo. «En la medida en que la maquinaria hace prescindible la fuerza muscular, se convierte en medio para emplear obreros sin fuerza muscular o de desarrollo corporal inmaduro, pero de mayor flexibilidad de miembros. El trabajo de mujeres y niños fue, por eso, la primera palabra de la aplicación capitalista de la maquinaria... El obrero vendía antes su propia fuerza de trabajo, de la que disponía como persona formalmente libre. Ahora vende a su mujer y a su hijo. Se convierte en tratante de esclavos».

Todas las ventajas de la máquina recaen en el capitalista. Obtiene en menos tiempo y con menos fuerzas de trabajo una cantidad mayor de mercancías y, con ello, una cantidad mayor de plusvalía. Además, con ayuda de la maquinaria y de la gran industria destruye sin cesar la manufactura, el artesanado y el trabajo a domicilio, se apodera así de mercados, penetra en cada vez más ramas de la producción, gana una parte cada vez mayor de la producción total y acaba siendo el dueño del mercado de mercancías. «La revolución de los modos sociales de explotación, producto necesario de la transformación del medio de producción, se consuma en una abigarrada maraña de formas de transición». La legislación fabril tiene que intervenir regulando. Pero «la regulación coactiva de la jornada de trabajo en cuanto a duración, pausas, comienzo y fin, el sistema de relevos para los niños, la exclusión de todos los niños por debajo de cierta edad, etc., exigen por una parte más maquinaria y la sustitución de los músculos por el vapor como fuerza motriz. Por otra parte, para ganar en el espacio lo que se pierde en el tiempo, se produce una ampliación de los medios de producción utilizados en común, es decir, en una palabra, una mayor concentración de los medios de producción y la correspondiente mayor aglomeración de obreros».

<!-- S. 400 --> También en el terreno de la agricultura la máquina obra de modo revolucionario, al aniquilar el baluarte de la vieja sociedad, el campesino, y poner en su lugar al obrero asalariado. El campo se asimila a la ciudad, la tradición queda borrada por las reformas, la perezosa persistencia en hábitos de explotación irracionales queda vencida por la aplicación tecnológica consciente de la ciencia. Pero también aquí, como en la manufactura, la transformación capitalista del proceso de producción aparece «como martirologio de los productores, el medio de trabajo como medio de sojuzgamiento, medio de explotación y medio de empobrecimiento del obrero, la combinación social de los procesos de trabajo como opresión organizada de su vitalidad, su libertad y su independencia individuales».

En sus *Principles of Political Economy* [Principios de economía política], dice John Stuart Mill: «Es dudoso que todos los inventos mecánicos hechos hasta ahora hayan aliviado la fatiga diaria de un solo ser humano». No es dudoso, en cambio, que los inventos técnicos encarnados en la maquinaria han transformado el proceso de producción en un manantial de riqueza y han hecho del capitalista el único beneficiario de esa riqueza.

* * *

El capital produce ganancia. Esa es su determinación y su función. Pero la ganancia es a su vez capaz de producir capital. Con ello se cierra el anillo para comenzar de nuevo el ciclo.

El proceso que lo efectúa se llama primero reproducción y después acumulación.

La reproducción simple no es más que la repetición del proceso de producción en la misma escala. El obrero ya no recibe como salario, como al comienzo del proceso de producción, una suma adelantada por el capitalista, <!-- S. 401 --> sino una parte de la ganancia que él mismo ha producido ya. Ha reproducido el capital variable necesario. La otra parte de la ganancia corresponde al capitalista, que la consume. En estas circunstancias, la producción se efectúa una y otra vez sobre la base dada.

Pero el obrero no solo produce su salario, sino también a sí mismo. Al comer, beber, dormir, procura que su fuerza de trabajo se reponga y pueda aparecer al día siguiente de nuevo en el mercado de trabajo. Pues la reproducción del capital exige la renovación constante, la perpetuación de la fuerza de trabajo. Desde el punto de vista del proceso de reproducción, todo lo que el obrero hace para conservarse a sí mismo y a su clase es reproducción.

Ahora bien, si la producción no ha de ser un mero marcar el paso, sino un desarrollo, a la reproducción del capital variable y de la fuerza de trabajo ha de añadirse la del capital constante. La reproducción simple tiene que desplegarse en acumulación.

Por acumulación se entiende la reconversión en capital de una parte de la plusvalía obtenida, de modo que pueda producirse una ampliación de la base de producción originaria. «Prescindimos aquí de la parte de la plusvalía consumida por el capitalista. Tampoco nos interesa por el momento si los capitales adicionales se suman al capital originario o se separan de él para valorizarse por su cuenta; si los explota el mismo capitalista que los ha acumulado o si los transfiere a otros. Solo que no debemos olvidar que, junto a los capitales recién formados, el capital originario sigue reproduciéndose y produciendo plusvalía, y lo mismo vale para todo capital acumulado en relación con el capital adicional engendrado por él».

Así como la reproducción simple reproduce continuamente la relación de capital <!-- S. 402 --> misma, así la acumulación reproduce la relación de capital en escala ampliada: más capitalistas o capitalistas más grandes en este polo, más obreros asalariados en aquel. Acumulación del capital es multiplicación del proletariado.

En el curso general de la acumulación llega un punto en que el desarrollo de la productividad del trabajo social se convierte en la palanca más poderosa de la acumulación. La composición orgánica del capital sufre una revolución. El capital constante crece a costa del variable, ya que el fin y el resultado de la máquina es hacer prescindibles las manos humanas. La creciente productividad del trabajo hace que la masa de los medios de producción crezca más deprisa que la masa de la fuerza de trabajo incorporada a ellos. Tras los enormes progresos de la acumulación, la demanda de fuerza de trabajo se queda cada vez más rezagada. «La reconversión continua de plusvalía en capital se presenta como magnitud creciente del capital que entra en el proceso de producción. Esta se convierte a su vez en base de una escala ampliada de la producción, de los métodos que la acompañan para elevar la fuerza productiva del trabajo y de una producción acelerada de plusvalía. Si, pues, cierto grado de acumulación de capital aparece como condición del modo de producción específicamente capitalista, este provoca a su vez, por reacción, una acumulación acelerada del capital. Con la acumulación del capital se desarrolla, por tanto, el modo de producción específicamente capitalista, y con el modo de producción específicamente capitalista, la acumulación del capital. Estos dos factores económicos engendran, según la razón compuesta del impulso que se dan mutuamente, el cambio en la composición técnica del capital, por el cual el componente variable se hace cada vez más pequeño en comparación con el constante».

<!-- S. 403 --> Este proceso tiene varias consecuencias. La primera es la concentración del capital. Como toda acumulación se convierte en medio de una nueva acumulación, al aumentar la masa de la riqueza que funciona como capital amplía su concentración en manos de capitalistas individuales. El poder de mando sobre el trabajo se condensa en puntos centrales y crece hasta lo gigantesco. Al mismo tiempo, sin embargo, «se desprenden retoños de los capitales originales» y, con su nueva formación, se cruzan en el crecimiento y el dominio de los viejos capitales. A esta tendencia a la dispersión se opone a su vez la tendencia a la atracción. Es decir, la concentración de capitales ya formados en una forma todavía más alta, la supresión de su independencia individual, la expropiación de capitalistas por capitalistas más grandes, la transformación de muchos capitales pequeños en pocos capitales grandes. «El capital se hincha aquí en una mano hasta formar grandes masas porque allí se pierde en muchas manos. Es la centralización propiamente dicha, a diferencia de la acumulación y la concentración».

Detrás de todos estos movimientos, formaciones y aglomeraciones está, como fuerza motriz, la lucha de la competencia. Para asegurar los mercados para la venta de las mercancías hacen falta precios baratos, que solo pueden lograrse con ayuda de un trabajo productivo mediante una técnica acabada. De ahí el afán de nuevas máquinas, grandes instalaciones, procedimientos de producción mejorados, inventos racionales. De ahí el despliegue de inversiones de capital cada vez mayores, la absorción de las empresas pequeñas por las grandes, la expansión de los centros de producción en formaciones colosales y empresas gigantescas con la técnica más avanzada, la mejor maquinaria, la máxima economía en la gestión. «Los capitales más pequeños se agolpan en esferas de producción de las que la gran industria solo se ha apoderado esporádica o imperfectamente. La competencia crece aquí en razón directa del número y en razón inversa <!-- S. 404 --> de la magnitud de los capitales rivales». Al mismo tiempo se forma un nuevo poder, el crédito, que se introduce muy furtivamente como auxiliar de la acumulación, «pero pronto se convierte en un arma nueva y terrible en la lucha de la competencia». A medida que se desarrollan la producción y la acumulación, la competencia y el crédito se convierten en palancas cada vez más poderosas de la centralización. «Con la magnitud del capital social que ya funciona y el grado de su crecimiento, con la ampliación de la escala de la producción y de la masa de los obreros puestos en movimiento, con el desarrollo de la fuerza productiva de su trabajo, con la corriente más ancha y más plena de todos los manantiales de la riqueza, se amplía también la escala en que una mayor atracción de los obreros por el capital va unida a una mayor repulsión de los mismos, aumenta la rapidez de los cambios en la composición orgánica del capital y en su forma técnica, y se dilata el círculo de las esferas de producción que son alcanzadas por ello, ya simultánea, ya alternativamente».

En relación con ello surge un excedente relativo de fuerzas de trabajo, que rebasa las necesidades de empleo y valorización del capital, un ejército industrial de reserva que en las malas coyunturas se agolpa ante las puertas de las fábricas, ofrece salarios más bajos, ataca por la espalda a los huelguistas, paraliza la lucha de clases y —mantenido eternamente en vilo, en la inseguridad de la existencia y en peligro de caer en el lumpemproletariado— es enfrentado constantemente por la clase capitalista a la clase obrera.

El sistema capitalista se mueve en el siguiente círculo: de la anarquía de la producción de mercancías brota la competencia. En la lucha de la competencia vence el productor de la mercancía más barata. La máxima baratura se consigue con la máxima productividad del trabajo. Esta está condicionada por las máquinas e instalaciones más eficientes. <!-- S. 405 --> Para ello hacen falta enormes inversiones de capital. De ahí la acumulación progresiva en una escala siempre creciente. Pero cuantas más máquinas, tanto menos obreros (en proporción), tanto menor la cuota del capital variable. Tanto menor, en consecuencia —puesto que solo el capital variable es el capital creador de valor—, la tasa de plusvalía, que puede aumentar en términos absolutos, pero está en constante descenso en términos relativos. Tanto mayor la cantidad de obreros liberados, incapaces de consumir. Tanto menor el poder de compra y de consumo en relación con la enorme cantidad de mercancías que inundan el mercado. Si se quiere hacer capaces de consumir a los parados, hay que ocuparlos en ramas de producción nuevas o ampliadas. Para ello hace falta capital, que solo puede reunirse mediante la acumulación. Para poder acumular hay que aumentar las plusvalías. Para aumentar la tasa de plusvalía hay que rebajar el valor de la fuerza de trabajo abaratando las mercancías. Pero para abaratar aún más las mercancías hay que aumentar todavía más la productividad, mejorar todavía más la técnica, organizar todavía más racionalmente las instalaciones. Para poder hacerlo hay que acumular. Y así sucesivamente, en círculo. No hay salida. El círculo es funesto.

De tiempo en tiempo, el loco torbellino se procura una pausa para respirar intercalando crisis económicas. El poder de compra alcanza el punto más bajo de la curva. Los almacenes están repletos. El mercado ya no absorbe nada. Los canales se obstruyen. En las fábricas faltan los pedidos. Jornada reducida, despidos de obreros, reducción de la producción, cierre de empresas, gran desempleo, revueltas del hambre. Al cabo de algún tiempo: venta paulatina de las existencias, lento vaciado de los almacenes, demanda que se reanima tímidamente, débil repunte de la producción, superación de la crisis, coyuntura ascendente, plena actividad. Y así hasta la llegada <!-- S. 406 --> de la crisis siguiente. Se ha comprobado un ciclo de unos diez años. Durante todo el siglo XIX, el cuerpo económico fue visitado una vez por década por sobrecargas, estancamientos, obstrucciones, sacudido por convulsiones, presa de escalofríos. Enredada forzosamente en los mecanismos del sistema y dominada por el misterioso poder de fetiche de la mercancía, que es más fuerte que toda voluntad humana, la burguesía se doblega al dictado de esta legalidad para ella inescrutable, porque no solo es su objeto y su víctima, sino también su favorecida y su beneficiaria.

Pero el proletariado, cargado con todos los costes, desventajas y horrores del sistema, se alza para defenderse y, una vez que ha reconocido dónde hay que aplicar la palanca para superarlo, abre la lucha histórica universal.

* * *

Si el dinero se transforma en capital, el capital produce plusvalía y la plusvalía vuelve a convertirse en capital, este es un movimiento que se desarrolla sobre la base dada del modo de producción capitalista. Pero ¿dónde está el punto de partida de este modo de producción?

A esto responde Marx en *El capital*, en el apartado sobre la acumulación originaria. «Esta acumulación originaria desempeña en la economía política aproximadamente el mismo papel que el pecado original en la teología». La anécdota se pone al principio para explicar el origen del pecado. En la leyenda del pecado original económico se dice: «En un tiempo muy lejano había, por un lado, una élite laboriosa, inteligente y, sobre todo, ahorrativa, y por otro, unos holgazanes que se gastaban en francachelas todo lo suyo y más. Así ocurrió que los primeros acumularon riqueza <!-- S. 407 --> y los últimos acabaron por no tener nada que vender más que su propio pellejo. Y de este pecado original data la pobreza de la gran masa, que todavía, a pesar de todo su trabajo, no tiene nada que vender más que a sí misma, y la riqueza de unos pocos, que crece continuamente aunque hace mucho que han dejado de trabajar».

Esto dice la leyenda, que se atiene al idilio. En la realidad, las cosas son de otro modo. Allí el papel decisivo corresponde a la violencia.

El proceso que crea la relación de capital no es otra cosa que el «proceso de separación del obrero de la propiedad sobre sus condiciones de trabajo», un proceso que por un lado transforma en capital los medios sociales de vida y de producción y, por otro, a los productores inmediatos en obreros asalariados. La acumulación originaria separa al productor de los medios de producción. Se produce al final de la época feudal, con el cese de la sujeción a la gleba, la servidumbre de la persona, la servidumbre campesina, la coacción gremial. El campesino y el artesano se hacen libres. Pero al mismo tiempo pierden el suelo económico bajo sus pies y se ven despojados de todas las garantías de su existencia que ofrecían las viejas instituciones feudales. «Hacen época en la historia de la acumulación originaria todas las revoluciones que sirven de palanca a la clase capitalista en formación; pero sobre todo los momentos en que grandes masas de hombres son arrancadas súbita y violentamente de sus medios de subsistencia y arrojadas al mercado de trabajo como proletarios proscritos. La expropiación del productor rural, del campesino, de su tierra constituye la base de todo el proceso. Su historia adopta en los distintos países una coloración diferente y recorre las distintas fases en distinto orden y en distintas épocas históricas. Solo en Inglaterra posee forma clásica».

<!-- S. 408 --> Los expulsados por la disolución de los séquitos feudales y por la expropiación violenta y a sacudidas de la tierra, esos proletarios proscritos, son absorbidos por las manufacturas nacientes. Pero solo en parte, pues su masa crece más de lo que puede contener la cuenca de la producción. Además, los arrojados de golpe fuera de su vía no pueden adaptarse con la misma rapidez a la disciplina de la nueva situación. Se convierten en mendigos, vagabundos, bandidos, y constituyen durante mucho tiempo el terror de la Europa occidental. Finalmente son atrapados por una legislación cruel, azotados, marcados a fuego, torturados y, por último, entregados como bestias de trabajo a las «casas del terror», las manufacturas y las fábricas.

El mismo desarrollo económico y político que provoca el nacimiento de un proletariado sin tierra, sin oficio y sin medios de existencia favorece el surgimiento de arrendatarios capitalistas y de capitalistas industriales. Ocurre ciertamente también que maestros gremiales, pequeños artesanos e incluso obreros asalariados se transformen de un modo u otro en pequeños capitalistas y, mediante una explotación gradualmente ampliada de trabajo asalariado y la correspondiente acumulación de capital, lleguen a ser grandes capitalistas. «En la infancia de la producción capitalista ocurrió a menudo como en la infancia de la vida urbana medieval, donde la cuestión de cuál de los siervos fugitivos había de ser maestro y cuál criado se decidía en gran parte por la fecha más temprana o más tardía de su huida. Sin embargo, la marcha de caracol de este método no correspondía en modo alguno a las necesidades comerciales del nuevo mercado mundial que habían creado los grandes descubrimientos de fines del siglo XV».

Como formas previas del capital moderno se forman en la Edad Media el capital comercial y el capital usurario. Es este capital dinerario el que se encarga de abrir el mundo <!-- S. 409 --> y abre las fuentes de grandes riquezas. «El descubrimiento de las tierras de oro y plata en América, el exterminio, la esclavización y el sepultamiento en las minas de la población indígena, la incipiente conquista y saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto para la caza comercial de pieles negras caracterizan la aurora de la era de la producción capitalista. Estos procesos idílicos son momentos principales de la acumulación originaria. Les sigue de cerca la guerra comercial de las naciones europeas, con el orbe por escenario. Se inicia con la sublevación de los Países Bajos contra España, adquiere proporciones gigantescas en la guerra antijacobina de Inglaterra y continúa todavía en las guerras del opio contra China, etc.».

La historia del capitalismo está inscrita en los anales de la humanidad con trazos de sangre y fuego. Su desarrollo deja una ancha estela de sudor, sangre y lágrimas. «Las barbaries y las atrocidades infames de las llamadas razas cristianas», dice W. Howitt, «en todas las regiones del mundo y contra todos los pueblos que pudieron sojuzgar, no tienen paralelo en ninguna era de la historia universal, en ninguna raza, por salvaje e inculta, despiadada y desvergonzada que fuera». La historia de la economía colonial holandesa —y Holanda era la nación capitalista modelo del siglo XVII— «despliega un cuadro insuperable de traición, soborno, asesinato alevoso e infamia». El trato de los indígenas es más espantoso en las plantaciones destinadas exclusivamente al comercio de exportación, como las Indias Occidentales, y en los países ricos y densamente poblados entregados al saqueo y al asesinato, como México y las Indias Orientales.

La supremacía comercial conduce al predominio industrial. El «dios extranjero» introducido por el sistema colonial «se coloca junto a los viejos ídolos de Europa y un buen día los derriba a todos de un empujón <!-- S. 410 --> y de un golpe». La fabricación de plusvalía se proclama fin único y último de la humanidad. El sistema del crédito público, de las deudas del Estado, se forma como medio de la toma de posesión capitalista y del sojuzgamiento de países y Estados enteros. «Como si estuviera dotada del golpe de la varita mágica, la deuda pública infunde al dinero fuerza generadora y lo transforma así en capital, sin que para ello tenga necesidad de exponerse a las molestias y los riesgos inseparables de la inversión industrial e incluso usuraria». La deuda del Estado engendra las sociedades anónimas, el comercio de títulos, el juego de bolsa, la moderna bancocracia y el sistema internacional de crédito. «Sistema colonial, deudas del Estado, peso de los impuestos, proteccionismo, guerras comerciales, etc., estos vástagos del período manufacturero propiamente dicho, crecen gigantescamente durante la infancia de la gran industria... Con el desarrollo de la producción capitalista durante el período manufacturero, la opinión pública de Europa perdió el último resto de pudor y de conciencia... Al mismo tiempo que introducía la esclavitud infantil en Inglaterra, la industria algodonera dio el impulso para transformar la economía esclavista de los Estados Unidos, antes más o menos patriarcal, en un sistema comercial de explotación. En general, la esclavitud encubierta de los obreros asalariados en Europa necesitaba como pedestal la esclavitud *sans phrase* en el Nuevo Mundo... Si el dinero, según Augier, “viene al mundo con manchas naturales de sangre en una mejilla”, el capital lo hace chorreando sangre y suciedad de la cabeza a los pies, por todos los poros».

¿En qué viene a parar la acumulación originaria del capital, es decir, su génesis histórica? En la medida en que no es transformación inmediata de esclavos y siervos en obreros asalariados, es decir, mero cambio de forma, significa la expropiación del productor inmediato, <!-- S. 411 --> es decir, la disolución de la propiedad privada basada en el trabajo propio. La propiedad privada ganada con el propio trabajo, basada, por así decirlo, en la fusión del individuo trabajador aislado e independiente con sus condiciones de trabajo, es desplazada por la propiedad privada capitalista, que se basa en la explotación de trabajo ajeno, pero formalmente libre.

«En cuanto este proceso de transformación ha descompuesto suficientemente, en profundidad y extensión, la vieja sociedad, en cuanto los obreros se han convertido en proletarios y sus condiciones de trabajo en capital, en cuanto el modo de producción capitalista se sostiene sobre sus propios pies, la ulterior socialización del trabajo y la ulterior transformación de la tierra y de otros medios de producción en medios de producción explotados socialmente, es decir, comunes, y por tanto la ulterior expropiación de los propietarios privados, adquieren una forma nueva. Lo que ahora hay que expropiar ya no es al obrero que trabaja por su cuenta, sino al capitalista que explota a muchos obreros.

Esta expropiación se consuma por el juego de las leyes inmanentes de la propia producción capitalista, por la centralización de los capitales. Cada capitalista mata a muchos. De la mano de esta centralización, o de la expropiación de muchos capitalistas por unos pocos, se desarrollan la forma cooperativa del proceso de trabajo en una escala siempre creciente, la aplicación técnica consciente de la ciencia, la explotación planificada de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en medios de trabajo solo utilizables en común, la economización de todos los medios de producción mediante su uso como medios de producción de un trabajo combinado, social, el entrelazamiento de todos los pueblos en la red del mercado mundial y, con ello, el carácter internacional del régimen capitalista. Con el número constantemente decreciente de los magnates del capital, que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, <!-- S. 412 --> crece la masa de la miseria, de la opresión, de la servidumbre, de la degeneración, de la explotación, pero también la rebeldía de la clase obrera, cada vez más numerosa y educada, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso de producción capitalista. El monopolio del capital se convierte en traba del modo de producción que ha florecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en que se vuelven incompatibles con su envoltura capitalista. Esta salta. Suena la hora de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados.

El modo de apropiación que surge del modo de producción capitalista, y por tanto la propiedad privada capitalista, es la primera negación de la propiedad privada individual, fundada en el trabajo propio. Pero la producción capitalista engendra, con la necesidad de un proceso natural, su propia negación. Es la negación de la negación. Esta no restablece la propiedad privada, pero sí la propiedad individual sobre la base de la conquista de la era capitalista: la cooperación y la posesión común de la tierra y de los medios de producción producidos por el propio trabajo».

### El segundo y el tercer tomo

En el primer tomo de *El capital*, cuyo final conduce con perspectiva profética hasta las puertas del futuro orden social socialista, Marx había puesto al descubierto los fundamentos económicos de la sociedad actual.

Había respondido a la pregunta por el origen de la ganancia. No como los defensores pequeñoburgueses del capitalismo, a quienes la ciencia sirve para justificar y embellecer intereses egoístas

<!-- S. 413: Bildtafel „Karl Marx im Alter“ -->

<!-- S. 414: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 415 --> y que veían en la ganancia una remuneración bien merecida del capitalista por las hazañas y los beneficios prestados. Tampoco como los socialistas utópicos, a quienes el sistema capitalista se les aparecía como engendro de la vileza humana y que denunciaban la ganancia como producto del robo y la estafa. Sino de un modo nuevo y propio, que reconocía en la compra de la mercancía fuerza de trabajo por el capital un acto de cambio perfectamente legal, en la producción de plusvalía mediante plustrabajo la consecuencia de un sistema objetivo y en la apropiación de esa plusvalía por el capitalista la lógica natural de la legalidad interna de la sociedad de clases. De este conocimiento científico no sacó ni amor, como los economistas burgueses, ni odio, como los utopistas socialistas, sino la consecuencia completamente fría y clara de que, para suprimir la explotación del hombre por el hombre, era necesario el cambio radical del sistema. Este cambio se le presentaba como consecuencia forzosa de la legalidad del desarrollo histórico. La ejecución de este desarrollo la esperaba de la clase obrera, despierta a la conciencia de su situación de clase y educada en la persecución de su objetivo de clase.

El primer tomo abarca y analiza el capitalismo dentro de los límites del proceso de producción. El mundo de su exposición transcurre en el taller. Allí entra en escena el obrero como portador de la mercancía fuerza de trabajo. Recibe su salario. Luego empieza a producir. De sus manos salen mercancías. A esas formas de hierro, madera, arcilla, cuero no se les nota hasta dónde ha llegado en ellas el proceso de formación de valor y dónde ha empezado el proceso de valorización. Pero sabemos que en su valor está contenida la plusvalía, que, todavía calientes y húmedas del celo sudoroso del obrero, encierran una riqueza <!-- S. 416 --> que solo para el capitalista cobra vida. Esta plusvalía, que recae inmerecidamente en el capitalista, quiere convertirse en ganancia, adoptar forma de dinero y pasar como moneda tintineante al bolsillo de su beneficiario. Pero este acto de transformación no puede realizarse en el taller. Para ello hace falta un cambio de medio. La plusvalía solo se convierte en ganancia con la venta de la mercancía, es decir, en el mercado, en la tienda, en la bolsa.

Hasta aquí conduce el segundo tomo de *El capital*. Trata el proceso de circulación del capital en las grandes secciones: Las metamorfosis del capital y su ciclo — La rotación del capital — La reproducción y circulación del capital social total.

En el mercado el capitalista está entregado al poder de fetiche de la mercancía de un modo muy distinto que en el taller. Si en la producción reina la disciplina de un orden ingeniosamente construido, el mercado ofrece la imagen acabada de una anarquía desconcertante. Las mercancías, escapadas de las manos de su productor, se entregan aquí a un juego desenfrenado. Adoptan precios a su antojo, viajan, cambian de dueño, se amontonan o se dispersan a los cuatro vientos, descansan en depósitos y almacenes y acaban por errar su fin, o bien corren a una velocidad vertiginosa de mano en mano, de ciudad en ciudad, y entran en el consumo que les está predestinado. Forman un mundo fantástico aparte, llevan una vida propia y soberana, independiente de la voluntad del productor.

Si el hombre no quiere perder en este torbellino y este barullo la cabeza y el juicio, y sobre todo su dinero, tiene que aprender a orientarse en el proceso de circulación de las mercancías. Como capitalista tiene que saber colocar a tiempo su mercancía, procurarse a tiempo las materias primas para nuevas mercancías, proveerse de dinero suficiente para contratar a los obreros <!-- S. 417 --> y, en el eterno ciclo de mercancía y dinero, no perder nunca el enlace, no dejar pasar nunca el momento oportuno, no sucumbir nunca a la competencia y no salir nunca perdiendo. Aunque no hay ningún ciclo trazado de antemano, ningún ritmo predeterminado, ninguna duración de la circulación previsible, tiene que hacer, eternamente al acecho y dispuesto a saltar, lo correcto en el momento justo y en el lugar justo. Tiene que adivinar las necesidades del mercado, estimar correctamente el poder de compra de los consumidores, calcular el volumen de la demanda de mercancías. No tiene a su disposición ningún plan económico por el que pudiera orientarse, pues la economía carece de plan, es anárquica. Y sin embargo, como capitalista individual, tiene que administrar con todo método si no quiere acabar bajo las ruedas. No puede entenderse con nadie, pues no puede revelar sus intenciones, proyectos y secretos comerciales a la competencia, que le es hostil, sin que esta lo asalte y lo hunda. Y sin embargo tiene que comportarse como si actuara en virtud de un entendimiento y un acuerdo con sus semejantes, solidariamente, en interés del modo económico capitalista. No puede someter a ninguna regla, a ningún orden el caos de la economía, que escapa a toda influencia. Y sin embargo, so pena de ruina, tiene que procurar que todo marche, que no se produzca ningún fracaso, que no surja ninguna pérdida, que ningún revés del mercado ponga en cuestión o haga ilusorio el éxito del taller. Pues solo el mercado da vida a la ganancia que el taller creó como plusvalía. Solo aquí se convierte en beneficio concreto lo que allí no era más que una cuota abstracta de cálculo. Solo en el mercado compensa ser capitalista y practicar la economía capitalista.

Es un negocio difícil, penoso y arriesgado el que espera al capitalista en el mercado. Exige toda su eficiencia y su circunspección, su ingenio, su olfato, su astucia. Tiene que ser a la vez de oído fino <!-- S. 418 --> y de piel dura, prudente y audaz, arrojado y calculador, despreocupado y taimado. Tiene que desarrollar todas las cualidades de un comerciante eficiente.

Aun así, el individuo, a pesar de sus talentos, queda indefenso ante las vicisitudes y los imponderables del mercado. Entonces la escasa seguridad individual se transforma por sí sola en una seguridad colectiva mayor: los capitalistas, independientes unos de otros y hasta enemigos entre sí, se unen en el punto que se ha convertido para ellos en el punto central: en el punto del dinero. Se deciden a ayudarse mutuamente mediante la fundación de bancos, se ayudan con anticipos, préstamos, concesión de créditos, sueldan la multiplicidad de sus intereses particulares en la unidad de medidas al servicio del interés capitalista general.

Desde este punto se domina mejor también el gran proceso de circulación en todas sus fases. En cierto sentido puede incluso regularse el juego caótico de los fenómenos y los movimientos hasta el punto de que los pilares del edificio de la economía capitalista —la continuidad de la producción de mercancías, la producción de plusvalía, el sustento de la clase obrera y el enriquecimiento de la burguesía— queden asegurados. Con ello quedan garantizados, por lo pronto, la acumulación progresiva, el desarrollo del capitalismo en formas cada vez más gigantescas y la perpetuación del sistema.

Ciertamente, la multiplicidad de la imagen del proceso capitalista total corresponde a una enorme multiplicidad de las tareas que hay que realizar y de las fuerzas necesarias para ello. La categoría del capitalista pierde su antigua univocidad. El capitalista ya no es solo productor de mercancías; es también vendedor de mercancías, intermediario, comerciante, banquero, terrateniente, proveedor de materias primas. El capitalista aparece bajo figuras múltiples. Productor de plusvalía <!-- S. 419 --> lo sigue siendo únicamente en el papel de productor de mercancías. Pero con el despliegue de la economía ha repartido sus funciones entre distintas personas. Todas ellas tienen alguna participación en la fabricación de las mercancías, la explotación de los obreros asalariados, la venta de las mercancías, la obtención de capital, la marcha del proceso capitalista y la formación de la ganancia. Todas ellas contribuyen a que el capital arroje ganancia. Ahora presentan sus pretensiones, reclaman la parte del botín que les corresponde. Quieren ser satisfechas. La ganancia tiene que repartirse entre la jauría de lobos hambrientos.

Pero ¿qué tamaño ha de tener la parte del botín de cada uno? ¿Cómo ha de medirse? ¿Quién la fija? ¿Cómo se regula el reparto de modo que nadie salga perdiendo? — Pues bien, el mundo de las mercancías regula por sí solo todas estas cosas. El mecanismo del orden capitalista está hecho de tal manera que del juego conjunto de sus fuerzas, factores y tendencias resulta por sí sola la satisfacción de todas estas pretensiones. Sin plan ni esquema, sin regla ni prescripción, únicamente a partir de la lógica inmanente de la mercancía y de la justicia inmanente del cambio de mercancías, se constituye el principio según el cual se adjudica a cada uno lo suyo.

En este momento, el carácter fetichista de la mercancía celebra su mayor triunfo. Marx dedica a su exposición el tercer tomo de *El capital*.

Llega así a la solución de un enigma que hasta entonces había dado los mayores quebraderos de cabeza a la economía nacional académica. Desvela el secreto del hecho de que los capitales invertidos en las distintas ramas de la producción, aunque «trabajan» en las condiciones más diversas, arrojan, dentro de un mismo período y dentro de determinadas fronteras nacionales, una ganancia uniforme e igual, una tasa media de ganancia. Esta tasa media de ganancia, habitual en cada época y cada país, se produce porque las diferencias <!-- S. 420 --> de las ganancias se compensan con la venta de las mercancías en el mercado. El menos en la venta de clases de mercancías por debajo de su valor queda compensado por el más en la venta de clases de mercancías por encima de su valor. Se forma un promedio en el que todas las variaciones quedan borradas. Y el capitalista individual no cobra en absoluto la ganancia producida por él en su producción individual, sino solo la parte proporcional que le corresponde del botín total. «Los distintos capitalistas se comportan aquí, en lo que a la ganancia se refiere, como meros accionistas de una sociedad anónima en la que las participaciones en la ganancia se reparten uniformemente por cada ciento, y que por eso, para los distintos capitalistas, solo se distinguen por la magnitud del capital que cada uno ha puesto en la empresa total, por su participación proporcional en la empresa total». Como dotado de fuerzas mágicas, dominado por poderes demoníacos, el mundo de las mercancías regula según su propia voluntad y su propia legalidad sus relaciones, ordena por encima de las cabezas de los hombres, con una seguridad que supera con mucho el ingenio y la capacidad humanos, el curso de los procesos y la compensación de las ganancias. Solo el firmamento, en el que las estrellas recorren su órbita con férrea legalidad y en el que, con independencia de los hombres, se desarrolla el subir y bajar del tiempo y la eternidad, ofrece un símil del misterio del mundo económico capitalista.

Pero así como la astronomía ha abierto el cielo, ha descrito la órbita de las estrellas, ha calculado de antemano las catástrofes cósmicas y ha desvelado así a nuestro conocimiento los secretos del firmamento, Marx ha iluminado las tinieblas del acontecer económico, ha descubierto las leyes del mundo de las mercancías, ha desvelado los mecanismos de la obtención de ganancia y ha resuelto así la misteriosa predestinación de los hombres a la riqueza o a la pobreza en <!-- S. 421 --> la consecuencia calculable de un sistema mudable. En el interés, en la renta de la tierra y en las rentas, en todas las formas de la ganancia capitalista, ha descubierto como sustancia la ganancia, siempre enmascarada.

De los tres tomos de *El capital*, el primero es el más inmediato, el más cerrado, el más impresionante y el más importante. Por mucho que el segundo tomo amplíe el análisis capitalista con conocimientos de extraordinaria importancia, por mucho que el tercer tomo, desde el punto de vista científico, haya de considerarse la culminación de la crítica marxiana de la economía política, el centro de gravedad de todo el logro científico de esta obra está en el primer tomo.

Este responde a los dos problemas centrales de que se trata en el socialismo y en el movimiento obrero: el origen de la plusvalía y la socialización del proceso de producción. Con el primero queda explicada científicamente por primera vez la explotación del proletariado. Con el segundo quedan expuestos científicamente por primera vez los fundamentos objetivos de la transformación socialista. Si la solución del primer problema revela al obrero su presente capitalista, la solución del segundo le muestra su futuro socialista.

Con ello queda satisfecha, a grandes rasgos, la necesidad teórica del movimiento obrero. Pues, considerados desde el punto de vista de la lucha de clases, estos problemas son de una importancia elemental y fundamental, mientras que todos los demás, por interesantes y significativos que sean en particular, quedan muy por detrás.

De ahí también el hecho de que en los círculos socialistas, hasta llegar a los intelectuales y los dirigentes, se conozca casi siempre solo el primer tomo de *El capital*. Se discute, se populariza, se aprovecha para la agitación; los otros dos tomos llevan una existencia más bien decorativa y silenciosa en el fondo de las bibliotecas. Bernard <!-- S. 422 --> Shaw, el fabiano semisocialista, tenía razón cuando se burló una vez de Hyndman, el dirigente del partido inglés socialista de pies a cabeza, porque, aunque solo conocía el primer tomo de *El capital*, pretendía ser considerado marxista cabal. Pero también Hyndman tenía razón cuando, para disculparse, alegaba que todo el movimiento obrero, salvo unas pocas de sus cabezas más formadas, tampoco conocía el tercer tomo y, sin embargo, llevaba su lucha de clases en el sentido de Marx. En efecto, para la fase de la lucha de clases que hoy queda a nuestras espaldas, el conocimiento del primer tomo ha bastado plenamente.

Pero con cada paso más allá de esta fase, el segundo y el tercer tomo ganan un derecho más fuerte a hacerse valer. El rostro del marxismo cambia con los progresos y las condiciones cambiantes de la época. Y frente al marxista vulgar de la vieja escuela, que extrae su orientación teórica únicamente del primer tomo y de un materialismo histórico entendido de modo toscamente mecanicista, el marxista moderno, capaz de seguir las huellas del desarrollo también en el marxismo, se siente a menudo tentado de decir con Marx: «¡Yo, por mi parte, no soy marxista!».

### Últimos años y final

A Marx ya no le fue dado publicar él mismo los tomos segundo y tercero de *El capital*. La muerte le quitó antes la pluma de la mano. La gran concepción científica de la obra fundamental que tantas veces ocupó su espíritu quedó sin realizar. Engels, el albacea científico, se encargó de que al menos *El capital* quedara concluido. Asumió la edición de los manuscritos que Marx había dejado, los preparó para la imprenta y entregó al público en 1885 el segundo y en 1894 el tercer tomo de *El capital*.

<!-- S. 423 --> Desde 1870 la amistad entre Marx y Engels se había afianzado aún más por la circunstancia de que también se habían acercado en el espacio. Engels había dejado su puesto en la firma Ermen & Engels de Mánchester y había trasladado su domicilio a Londres. Con fecha de 29 de noviembre de 1868 Engels había escrito a Marx: «1. ¿Cuánto dinero necesitas para pagar todas tus deudas, para poder volver a administrarte desde cero, con las cuentas limpias? 2. ¿Puedes arreglártelas con 350 libras esterlinas al año para las necesidades ordinarias y regulares (excluyo los gastos extraordinarios por enfermedad y por sucesos imprevistos), es decir, de modo que no tengas que contraer deudas? Si no, dime la suma que haría falta para ello. Todo ello suponiendo que antes se hayan saldado todas las deudas viejas. Mis negociaciones con Gottfried Ermen toman en efecto el giro de que quiere comprarme mi parte al final de mi contrato —30 de junio—, es decir, me ofrece una suma de dinero si me comprometo a no entrar durante cinco años en ningún negocio de la competencia y le permito seguir llevando la firma. Es justo adonde quería llevar a este hombre... La suma que se me ofrece me pondría en condiciones de asignarte con seguridad 350 libras esterlinas al año durante cinco o seis años, y en casos extraordinarios algo más todavía.» A lo cual Marx respondió a vuelta de correo: «Estoy del todo abrumado por tu excesiva bondad. He hecho que mi mujer me presente todas las facturas, y la suma de las deudas es mucho mayor de lo que pensaba: 210 libras esterlinas (de las que unas 75 libras son de la casa de empeños e intereses).» El 1 de julio de 1869 Engels se despidió con un hurra del «dulce comercio», se convirtió en un «hombre libre», hizo «borrón y cuenta nueva» en casa de Marx y un año después trasladó su domicilio de Mánchester a Londres. Se instaló muy cerca de la vivienda de Marx.

<!-- S. 424 --> En casa de Marx habían cambiado entretanto muchas cosas. Para las dos hijas mayores, Jenny y Laura, habían aparecido pretendientes. Ya en agosto de 1866 Marx había escrito a Engels a este respecto: «Laura está desde ayer medio prometida a monsieur Lafargue, mi criollo de medicina. Lo trataba como a los demás, pero los excesos emocionales de estos criollos, algo de miedo a que el joven (tiene 25 años) se matara, etc., algo de inclinación hacia él, fría como siempre en Laura (es un muchacho guapo, inteligente y de buena constitución gimnástica), han llevado más o menos a medio compromiso. El chico se apegó primero a mí, pero pronto trasladó la atracción del viejo a la hija. Su situación económica es mediana, pues es hijo único de una antigua familia de plantadores. Lo han expulsado de la Universidad de París durante dos años a causa del Congreso de Lieja, pero quiere examinarse en Estrasburgo.» Marx exigió a los padres del prometido informes precisos sobre su situación patrimonial y, cuando resultaron satisfactorios, declaró categóricamente que «no había que pensar en casarse» antes de que hubiera aprobado todos los exámenes. «Todavía ayer le comuniqué a nuestro criollo que, si no es capaz de calmarse hasta adoptar maneras inglesas, Laura lo pondrá de patitas en la calle sin más contemplaciones. Esto tiene que tenerlo del todo claro, o no saldrá nada del asunto. Es un muchacho buenísimo, pero un niño mimado y demasiado hijo de la naturaleza.» Lafargue aprobó sus exámenes y se casó con su Laura. En París, donde se estableció como médico, tomó parte en los combates de la Comuna, tuvo que huir y fue a parar de nuevo a Londres. Abandonó la profesión médica porque «no podía ejercerse sin charlatanería» y fundó un taller fotográfico que alimentaba a él y a su familia más mal que bien.

También para Jenny se había encontrado un pretendiente. Era <!-- S. 425 --> Charles Longuet, entonces redactor del órgano de los Estudiantes Socialistas de París, que en 1866 apareció en Londres como miembro de la sección francesa de la Internacional, que hacía oposición al Consejo General. Pronto fue miembro del Consejo General; durante la Comuna de París fue redactor del órgano oficial y miembro del Consejo de la Comuna. En 1873 se casó con Jenny y se fue con ella a París.

Con los padres solo quedó Tussy, que en realidad se llamaba Eleanor. La pretendió Lissagaray, el historiador de la Comuna, que después de 1871 encontró asilo en Londres. Pero Marx no dio su consentimiento a esta unión. Tussy se unió más tarde en matrimonio libre con un tal doctor Aveling, llevó una vida muy desdichada y, desesperada, se arrojó por la ventana.[^t-55-1] Bernard Shaw la tomó como modelo para el personaje de Jennifer Dubedat en su *El dilema del doctor*.

También el matrimonio Lafargue puso fin voluntariamente a su vida en París, a edad muy avanzada, porque no quería cargar con lo insoportable de la ancianidad. Un hijo de Longuet, que vive en París y figura entre los dirigentes del ala izquierda de la socialdemocracia francesa, es el único superviviente de la familia de Marx.

Cuando, tras el casamiento de las dos hijas, la casa se hubo reducido considerablemente, Marx trasladó su domicilio londinense al 41 de Maitland Park Road, Haverstock Hill. Allí pasó los últimos años de su vida, que fueron un lento «morir».

A partir de 1873 se le declaró una insidiosa dolencia de la cabeza que lo incapacitaba para el trabajo y varias veces lo puso en peligro de sufrir una apoplejía. Además, reapareció su vieja dolencia del hígado. Engels consultó a su antiguo médico Gumpert, de Mánchester, y este prescribió una cura en Karlsbad. La ayuda económica del amigo permitió a Marx hacer en 1874, 1875 y 1876 <!-- S. 426 --> la cura de Karlsbad, que le sentó de maravilla. En 1877 fue a tomar las aguas a Neuenahr. La dolencia del hígado cedió, pero la afección crónica del estómago, unida a dolores de cabeza, insomnio, agotamiento nervioso y desgana para el trabajo, resistió a todas las curas y a todos los esfuerzos médicos. Tampoco una estancia junto al mar trajo más que una mejoría pasajera. El estado de salud empeoraba de año en año.

Muchos indicios hablan a favor de que el agravamiento del estado general tenía causas tanto anímicas como corporales. Pues la enfermedad ofrece en esta fase el cuadro de una profunda depresión que repercutía física y psíquicamente. Marx sentía el hundimiento de la Internacional como el fiasco de la obra de su vida, aunque racionalmente tenía que decirse que su decadencia la habían condicionado necesidades objetivas, igual que las que habían motivado su fundación. A ello se sumaba que el éxito de *El capital*, en el que había puesto las mayores esperanzas, se quedó muy por debajo de lo esperado. El mundo, que con él había pensado sacar de quicio, siguió por los viejos carriles como si el libro nunca hubiera aparecido. Durante años se lo silenció, y cuando «esta táctica dejó de corresponder a las circunstancias de la época», los «charlatanes de boca pastosa de la economía vulgar alemana» lo despedazaron sin entenderlo y lo glosaron con malicia. Incluso un hombre como Freiligrath no supo decir del libro nada más sustancial que la frase banal de que «en el Rin muchos comerciantes y fabricantes se entusiasmarían con el libro». Ante semejante incomprensión, con la que tropezaba a cada paso, era para Marx un magro consuelo que «el único que entendió realmente *El capital*» fuera un proletario, el curtidor Josef Dietzgen, que vivía en Rusia.

Había otras cosas que disgustaban y deprimían a Marx. Así, en Alemania se había formado un fuerte <!-- S. 427 --> movimiento socialdemócrata que seguía su camino con seguridad en sí mismo, libraba sus luchas y se fijaba sus tareas sin preguntarle mucho a él ni recabar su sanción para su desarrollo. Es verdad que Liebknecht mantenía con él y con Engels una animada correspondencia, les pedía consejo y apoyo en cuestiones políticas difíciles y respetaba con reverencia al oráculo de Londres. Pero Liebknecht no era el partido alemán, que en cuestiones importantes decidía a menudo contra su dirección y desarrollaba su propia vida, su propia ruta. Así sucedió que Liebknecht se atrajo con frecuencia la cólera de Marx. Las cartas entre Marx y Engels hormiguean de observaciones críticas e irritadas, incluso despectivas, sobre él y su actividad. La razón de estas diferencias y enfados era más profunda: Marx, desde hacía decenios en Inglaterra, había perdido toda relación viva con Alemania y toda comprensión honda de la peculiaridad de las circunstancias alemanas; así veía todos los fenómenos con una luz sesgada y con contornos deformados; en consecuencia, sus juicios tenían que ser a menudo juicios erróneos, y sus directivas dadas desde Londres tenían que revelarse falsas o impracticables. Esta discrepancia se manifestó con la mayor agudeza cuando los lassalleanos y los eisenachianos, cansados de la larga disputa y cediendo a la presión de unas circunstancias abrumadoras, buscaron la unificación y en 1875 se unieron en Gotha en un partido socialdemócrata unificado. Marx opuso con uñas y dientes la más airada resistencia, sometió el programa de unificación a una crítica demoledora e intentó influir en el curso de los acontecimientos en su sentido mediante una carta a Liebknecht. Liebknecht no pudo hacer nada mejor que guardarse la carta en el bolsillo; pero Marx vio en ello una afrenta, se sintió excluido, despojado de su influencia, herido en el punto más vulnerable de su ambición.

<!-- S. 428 --> En Francia, el mismo cuadro. Ni siquiera los yernos obedecían órdenes, aunque él intentaba ponerlos sin cesar a su servicio. Con toda la cordialidad del trato personal, se tomaban la libertad de tener en muchas cuestiones su propia opinión. «Longuet como último proudhoniano», dice todavía en una carta a Engels del año 1882, «¡y Lafargue el último bakuninista! ¡Que se los lleve el diablo!»

Lo que más dolorosamente debió de afectar a Marx fue la situación en Inglaterra. Treinta años había vivido y actuado allí. Y ni un granito de la semilla que había esparcido había germinado en aquel país. Existía, sí, un movimiento obrero, pero no tomaba nota alguna de su existencia ni de su doctrina. Las relaciones personales con los dirigentes se habían roto, casi siempre en medio de conflictos y de hostilidades envenenadas. Todo contacto se había perdido. En ninguna parte era Marx tan extraño como allí.

El sentimiento de abandono, la creciente soledad anímica hacían la enfermedad cada vez más insoportable. Y el continuo empeoramiento del estado físico mantenía el ánimo en una irritación creciente. A partir de 1878 Marx ya no llegó a realizar un verdadero trabajo científico. No terminaba nada. Su confianza en sí mismo estaba completamente quebrantada.

Por esta época la señora Marx empezó a enfermar. La vida la había castigado duramente. Ahora se iba consumiendo poco a poco. La había atacado un cáncer insidioso. En el verano de 1881, con un heroico despliegue de sus últimas fuerzas, logró que se cumpliera su último deseo: viajar una vez más a París y ver a sus hijas. Cuando regresó, Marx estaba postrado con bronquitis y pulmonía y pleuresía. Tussy y Lenchen Demuth prodigaron al enfermo los cuidados más abnegados y tuvieron la alegría de verlo restablecerse. «En el cuarto grande de delante», escribió Tussy a unos amigos, «yacía nuestra madrecita; en el cuarto pequeño <!-- S. 429 --> de al lado yacía el Moro. Y ellos dos, tan acostumbrados el uno al otro, tan unidos el uno con el otro, ya no podían estar juntos en la misma habitación. El Moro venció una vez más la enfermedad. Nunca olvidaré la mañana en que se sintió con fuerzas para ir al cuarto de madrecita. Volvían a ser jóvenes juntos: ella una muchacha enamorada y él un joven enamorado que entran juntos en la vida, y no un anciano destrozado por la enfermedad y una anciana moribunda que se despiden para siempre.»

El 2 de diciembre de 1881 murió la señora Marx. Cuando Engels entró en la casa, dijo: «El Moro también ha muerto.» Cuánta razón tenía lo mostró el rápido decaimiento de las fuerzas que se produjo entonces en Marx. «Salgo de la última enfermedad», escribió Marx en diciembre a Sorge, «doblemente lisiado: moralmente, por la muerte de mi mujer; físicamente, porque me han quedado un engrosamiento de la pleura y una gran irritabilidad de los bronquios.» Engels lo puso todo en movimiento para su curación. Por prescripción de los médicos, Marx fue a la isla de Wight; en marzo y abril de 1882, a Argel, donde sufrió mucho con el tiempo lluvioso y frío; después, en mayo, a Cannes, Niza y Montecarlo; en junio y julio estuvo con su hija Jenny en Argenteuil, cerca de París; en agosto, con Laura en Vevey, a orillas del lago de Ginebra. A finales de septiembre llegó de nuevo a Londres, visiblemente repuesto y con ganas de trabajar. Para no sufrir con las densas nieblas de Londres, volvió a la isla de Wight, pero también allí tuvo un tiempo desfavorable, con el que contrajo un grave empeoramiento de su dolencia.

El 12 de enero de 1883 murió de repente su hija predilecta, Jenny, la señora Longuet. Este golpe lo dejó aniquilado. Sobrevino una multitud de complicaciones. En el peor estado regresó a Londres. <!-- S. 430 --> «Durante seis semanas», escribió más tarde Engels a Sorge, «cada mañana, al doblar la esquina, tenía un miedo mortal de que las cortinas estuvieran echadas. Ayer a las dos y media del mediodía (14 de marzo), su mejor hora para las visitas, llegué: la casa en lágrimas, parecía que se acercaba el final. Pregunté, intenté llegar al fondo del asunto, consolar. Una pequeña hemorragia, pero se había producido un súbito desplome. Nuestra vieja y buena Lenchen, que lo había cuidado como ninguna madre cuida a su hijo, bajó: estaba medio dormido, que subiera con ella. Cuando entramos, estaba allí, durmiendo, pero para no despertar más. El pulso y la respiración habían cesado. En esos dos minutos se había dormido tranquilo y sin dolor.» El mismo día de la muerte Engels escribió a Liebknecht: «...no puedo hacerme a la idea de que esta cabeza genial haya dejado de fecundar con sus poderosos pensamientos el movimiento proletario de ambos mundos. Lo que todos nosotros somos, lo somos por él; lo que es el movimiento actual, lo es por su actividad teórica y práctica; sin él seguiríamos todavía metidos en el fango de la confusión.»

El 17 de marzo Marx fue enterrado en el cementerio de Highgate. El sepelio se celebró, como el de la señora Marx, en el mayor silencio y sin solemnidad alguna. Solo unos pocos acompañantes se reunieron junto a la tumba: Engels, Leßner, Liebknecht, Longuet, Lafargue y algunos amigos. Engels pronunció el discurso fúnebre, que, por considerarse el resumen clásico de la obra de la vida de Marx, se reproduce aquí textualmente.

«El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde, el más grande pensador vivo dejó de pensar. Apenas lo habíamos dejado solo dos minutos, y al entrar lo encontramos dormido tranquilamente en su sillón, pero para siempre. Lo que el proletariado militante de Europa y América, lo que la ciencia histórica han perdido con <!-- S. 431 --> este hombre no puede medirse en absoluto. Bien pronto se hará sentir el vacío que ha abierto la muerte de este titán.

Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho sencillo, oculto hasta entonces bajo una maleza ideológica, de que los hombres, ante todo, tienen que comer, beber, tener una vivienda y vestirse antes de poder dedicarse a la política, la ciencia, el arte, la religión, etc.; de que, por tanto, la producción de los medios de vida materiales inmediatos y, con ello, el grado de desarrollo económico de un pueblo o de una época constituyen la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones del Estado, las concepciones jurídicas, el arte e incluso las ideas religiosas de los hombres de que se trate, y a partir de la cual, por consiguiente, deben explicarse, y no al revés, como se había hecho hasta entonces.

Pero no es eso todo. Marx descubrió también la ley específica del movimiento del actual modo de producción capitalista y de la sociedad burguesa engendrada por él. Con el descubrimiento de la plusvalía se hizo aquí de pronto la luz, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto de la economía burguesa como de los críticos socialistas, se habían extraviado en las tinieblas.

Dos descubrimientos así deberían bastar para una vida. Dichoso ya aquel a quien le es dado hacer uno solo. Pero en cada uno de los campos que Marx sometió a investigación, y estos campos fueron muchísimos, y en ninguno se limitó a rozar la superficie, en cada uno, incluso en el de las matemáticas, hizo descubrimientos propios.

Así era el hombre de ciencia. Pero eso no era ni con mucho la mitad del hombre. La ciencia era para Marx una fuerza que movía la historia, una fuerza revolucionaria. Por pura que fuera la alegría que podía sentir ante un nuevo <!-- S. 432 --> descubrimiento en cualquier ciencia teórica cuya aplicación práctica quizá no podía preverse todavía en absoluto, sentía una alegría muy distinta cuando se trataba de un descubrimiento que intervenía de inmediato de manera revolucionaria en la industria, en el desarrollo histórico en general. Así siguió con atención el desarrollo de los descubrimientos en el campo de la electricidad y, en último lugar, los de Marc Deprez.

Pues Marx era ante todo revolucionario. Contribuir, de un modo o de otro, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones estatales creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, al que él había dado por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: esa era su verdadera vocación en la vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito como pocos. Primero la *Rheinische Zeitung* en 1842, el *Vorwärts* de París en 1844, la *Deutsche-Brüsseler-Zeitung* en 1847, la *Neue Rheinische Zeitung* en 1848-1849, la *New York Tribune* de 1852 a 1861; además, folletos de combate en abundancia, trabajo en asociaciones de París, Bruselas y Londres, hasta que por fin surgió, como coronación de todo, la gran Asociación Internacional de los Trabajadores. Verdaderamente, también este era un resultado del que su autor podía estar orgulloso, aunque no hubiera hecho ninguna otra cosa.

Y por eso Marx fue el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo. Los gobiernos, tanto absolutistas como republicanos, lo expulsaron; los burgueses, tanto conservadores como ultrademócratas, competían entre sí en lanzarle infamias. Él lo apartaba todo como telarañas, no hacía caso y solo respondía cuando una necesidad extrema lo obligaba. Y ha muerto venerado, amado, llorado por millones de compañeros de lucha revolucionarios que viven desde las minas de Siberia, a lo largo de toda Europa y <!-- S. 433 --> América, hasta California, y puedo decirlo con osadía: podía tener todavía muchos adversarios, pero apenas un solo enemigo personal.

Su nombre vivirá a través de los siglos, y lo mismo su obra.»

Una sencilla lápida de mármol, rodeada de hiedra, lleva la inscripción sepulcral:

Jenny von Westphalen

The beloved wife of

Karl Marx

Born 12. February 1814

Died 2. December 1881

And Karl Marx

Born May 5. 1818; died March 14. 1883

And Harry Longuet

Their grandson

Born July 4. 1878; died March 20. 1883

And Helene Demuth

Born January 1. 1823, died November 4. 1890.

<!-- S. 434: leer -->

<!-- S. 435 -->

## Valoración

<!-- S. 436: leer -->

<!-- S. 437 -->

### El hombre

Si la concepción materialista de la historia es el método de explicación de los procesos históricos que corresponde a nuestro tiempo, debe valer no solo con respecto a las masas que ejecutan los acontecimientos históricos, sino también con respecto a los individuos que encarnan esa ejecución.

La aplicación de la concepción materialista de la historia a las masas como portadoras de las acciones históricas es tarea de la sociología.

Su aplicación a las personas individuales es cosa de la psicología.

El tenor de la concepción materialista de la historia dice así: a partir de las fuerzas productivas naturales y de las relaciones de producción heredadas, la sociedad (dentro de la sociedad de clases, la clase dominante en cada caso) da forma al orden social. La estructura de esta base material se refleja en la superestructura ideológica. Entre ambas existe una relación de interacción dialéctica. Lo decisivo para el carácter del orden social es la necesidad de seguridad de la sociedad o de su capa superior dominante.

Si se traducen estos rasgos fundamentales del método materialista histórico a lo psicológico, ello quiere decir: a partir de su constitución orgánica y de su posición social y familiar, el hombre da forma a su carácter. Los intereses biológicos y sociales de su aseguramiento se convierten —sin que él lo sepa— en metas. En vista de las metas se forman las líneas directrices de sus modos de conducta. Opiniones, concepciones, ideas aparecen como formas de expresión del fin personal de aseguramiento. Lo decisivo para todo carácter y sus modos de conducta es, dentro de la época individualista, el impulso, impuesto por las circunstancias de la vida, a acreditarse como personalidad.

Si, en el sentido de estas directrices, consideramos al hombre Marx —puramente como hombre, separado de su <!-- S. 438 --> obra—, tres hallazgos característicos atraen nuestra mirada:

Primero: un mal estado de salud, que permite inferir una debilidad constitucional o un defecto orgánico.

Segundo: el origen judío, que se siente como una mancha social.

Tercero: el papel de primogénito en el orden de nacimiento.

Cada uno de estos tres hallazgos —uno biológico, uno social y uno familiar— parece estar aislado. No resulta evidente sin más que guarden una relación interna. Menos fundada aún parece la suposición de que, como partes de un todo, deban poder reducirse a un denominador común.

El método de la concepción materialista de la historia obliga, sin embargo, a considerar las cosas en su conexión y en su unidad.

Si partimos —sirviéndonos de él— de la concepción de que todo organismo, de modo completamente general, está orientado unitariamente en el sentido de su adaptación a las condiciones naturales de vida, resulta lo siguiente: todas sus partes se desarrollan, se unen y se favorecen mutuamente como si estuvieran movidas y dominadas por el dictado de una finalidad unitaria. En el marco de la vida puramente biológica puede designarse el contenido de esta finalidad como conservación de la vida.

El organismo humano se distingue del de los demás seres vivos en que los fines biológicos se complican con fines sociales que no tienen por qué coincidir, o no coinciden sin más, con los fines biológicos, porque la sociología humana, a diferencia de la del reino animal, tiene una tradición, una historia. Cada generación de <!-- S. 439 --> hombres recibe el patrimonio social de sus antepasados y tiene que contar con su elaboración en interés de su conservación. Y el desarrollo social transcurre más deprisa, y a menudo de otro modo, que el biológico.

El organismo del hombre individual lo tiene aún más difícil. Pues el individuo, además de por los peligros de la naturaleza y de la sociedad, está amenazado por los peligros que proceden de otros individuos. Y los fines de su autoconservación no siempre van de acuerdo con los fines de la conservación de la especie o de la sociedad. Surgen conflictos.

El plan de vida general consiste en pasar de la inseguridad a la seguridad. En concreto, esto significa en lo biológico: vivir mucho tiempo y mantenerse sano; en lo sociológico: además, tener un lugar en la sociedad y saldar cuentas con las tareas de la profesión, del matrimonio, de la camaradería.

Ahora bien, la sociedad no es una unidad, sino una estratificación de clases, un arriba y un abajo. Su estructura sociológica condiciona y produce una valoración psicológica. Por eso la fijación de metas personal en el plan de vida aplica una escala de valores al exigir: ¡no quedar por detrás de los demás, llegar a valer de algún modo en la vida! Esta valía se expresa subjetivamente como sentimiento de la personalidad.

Cuanto más baja es la autoestimación y, en consecuencia, más fuerte el sentimiento de inseguridad, tanto más viva es la tendencia a elevar el sentimiento de la personalidad y, con ello, el impulso a compensar la situación de peligro. Toda menor aptitud para la vida aparece —valorada socialmente— como inferioridad. Esta se convierte anímicamente en sentimiento de inferioridad y constituye el impulso para una exaltación del sentimiento de la personalidad. Este proceso se presenta como un intento compensatorio de restablecer el equilibrio <!-- S. 440 --> anímico perdido y tiene su contrapartida en lo corporal, donde una constitución deficiente de los órganos se compensa mediante una mayor actividad orgánica.

Es la característica psicológica de la época capitalista que, mediante el proceso de proletarización e individualización, que despojó a enormes masas humanas de sus seguridades heredadas, haya hecho del sentimiento de inseguridad la actitud anímica general. Como el sentimiento de inseguridad se refiere casi exclusivamente a la comparación con semejantes asegurados o que parecen asegurados, el sentimiento de inferioridad se ha convertido en la disposición anímica general de los hombres de hoy.

Este sentimiento de inferioridad general puede experimentar en casos particulares una excitación excesiva y aumentar hasta el punto de dominar todo el aparato anímico del hombre y ponerlo a su servicio. Tales casos particulares se dan cuando hay una constitución corporal debilitada, defectos orgánicos, graves desventajas sociales, una posición familiar desfavorable y una mala preparación para la vida como consecuencia de una educación equivocada. Es decir, siempre que se da una mala salida en la vida, siempre que existe un equipamiento insuficiente para la lucha por la vida.

Si un sentimiento de inferioridad ya reforzado se refuerza aún más por intentos de compensación fallidos, o si en la vida se añaden nuevos factores de inseguridad, la oscilación pendular de la compensación, que arranca cada vez más abajo, acaba pasándose de la meta. La compensación se convierte en sobrecompensación. La meta de la personalidad ya no es: estar seguro, querer valer, sino querer valer más que los demás, ser superior, inalcanzable, semejante a Dios.

Entre el sentimiento de inferioridad reforzado, como punto de partida, y el ideal de la personalidad exaltado, como punto de llegada, se desarrolla entonces la vida anímica <!-- S. 441 --> del hombre. En parte consciente, en su mayor parte inconsciente, siempre unitaria, se despliega en todas las manifestaciones y acciones entre estos dos polos. Desde el hallazgo del yo hasta la muerte, todo lo que un hombre siente, piensa, juzga, quiere y hace —por incompatible, contradictorio y enigmático que parezca— se mueve siempre en esta única línea de abajo arriba. Todo se pone al servicio del ideal de la personalidad: el cuerpo, la sexualidad, el espíritu, la lógica, la memoria, las experiencias. De modo unitario y con tendencia a una meta, todo —pensar, sentir, obrar— se ordena en este afán que va del sentimiento de inferioridad al sentimiento de la personalidad exaltado. Se forma una multitud de modos de conducta que están entrenados en vista de la meta y de ella reciben su sentido. La suma de estos modos de conducta se llama carácter. En sus rasgos de carácter el hombre construye caminos que parecen conducir con la mayor rapidez y seguridad a la altura a que aspira. Con una planificación inconsciente «hace» experiencias, conserva tendenciosamente recuerdos, formula juicios. En cada nueva etapa de la vida encuentra así confirmado una y otra vez lo que ya antes había adquirido en opiniones y puntos de vista sobre sí mismo, el mundo y la vida. Vive siempre la misma suerte o la misma desgracia, tiene las mismas vivencias con mujeres, colegas, amigos, recibe siempre las mismas impresiones y forma los mismos juicios. Lo que parece un cambio no es, la mayoría de las veces, más que un cambio de forma mediante el cual el hombre, en condiciones nuevas, demuestra ser el mismo de antes. Así, para quien no se deja engañar por las aparentes contradicciones de la superficie, hay de cada personalidad una imagen unitaria, cerrada en sí misma, en la que cada movimiento del alma, aun el más pequeño, está dictado por una fijación central de metas, dominado por una tendencia unitaria, y en su función está siempre en el lugar adecuado. Los fines biológicos <!-- S. 442 --> y sociológicos se incorporan como material al fin individualpsicológico. El hombre entero se presenta como una unidad cerrada.

Y del todo unitario e inequívoco es también el uso que el hombre hace de los medios que encuentra en su constitución corporal, en su situación social, en su posición dentro de la familia. Puesto por el hecho de su nacimiento en unas circunstancias dadas que escapan a su elección y que ya no puede modificar, tiene que arreglárselas con lo que hay. Y se las arregla, siempre del modo que corresponde a su plan de vida. Se sirve de una carencia constitucional, cultiva un defecto orgánico para sus fines, aprende a aprovechar la situación social en su beneficio y saca partido de la posición familiar. Toda merma y toda desventaja se transforman, bajo las artes de su rutina y de su refinamiento —sin que él lo sepa—, en medios para su fijación de metas. Esta fijación de metas está siempre orientada a la elevación. Si el hombre no alcanza con ayuda de los medios empleados la altura anhelada, los utiliza como pruebas para asegurarse circunstancias atenuantes, para cuidarse o para absolverse de culpa y responsabilidad.

Si, con arreglo a estas constataciones, examinamos la imagen de la personalidad de Marx, los hallazgos biológicos, sociales y familiares mencionados al principio aparecen ya bajo una luz muy reveladora. Con ello, estos hallazgos solo constituyen los elementos, los primeros componentes toscos para un análisis psicológico, con los que hemos de contentarnos porque, por desgracia, no se ha transmitido material más amplio y detallado de la vida de Marx. Ciertamente, estos elementos no bastan para un análisis exhaustivo. La construcción tiene que llenar a menudo las lagunas de la observación; el esquema ayuda a compensar la falta de material y <!-- S. 443 --> ocupa el lugar de la empiria. Aun así, llegamos en nuestro conocimiento considerablemente más lejos de lo que era posible con los medios de la investigación psicológica anterior. Si no se consigue alcanzar conocimientos definitivos, el análisis psicológico comparte esa insuficiencia con la ciencia en general, que deja todavía abiertas las últimas cuestiones.

En la vida de Marx desempeña un papel desde muy pronto una dolencia del hígado que se tenía por enfermedad hereditaria de la familia y que también Marx consideraba heredada. Marx tuvo durante toda su vida un miedo secreto al cáncer de hígado, que al parecer era el destino de la familia. Con toda probabilidad, con su dolencia del hígado estaba en estrechísima relación una debilidad general del aparato digestivo, un trastorno de todo el tracto gastrointestinal. Pues Marx no padecía solo síntomas de la dolencia hepática, sino también estados patológicos (inapetencia, estreñimiento, catarros de estómago e intestino, hemorroides, forunculosis, etc.) que han de entenderse como manifestaciones y fenómenos concomitantes de graves trastornos del metabolismo. Era un enfermo del metabolismo.

Este hallazgo biológico es muy importante. Pues está claro sin más que un trastorno tan serio en una función tan vital fue sentido anímicamente por Marx como un fuerte sentimiento de inseguridad y de insuficiencia. Sin duda hay que buscar aquí la fuente más profunda de su sentimiento de inferioridad.

A ello se añade un hallazgo social: su origen judío. Ya se ha señalado cuán grande era la desventaja social, jurídica y política del elemento judío en la época anterior a 1848 y cómo especialmente los judíos de Renania tuvieron que sufrir temporalmente una proscripción y una persecución reforzadas. Marx se vio como judío condenado a una mala salida que empeoraba sus probabilidades de <!-- S. 444 --> abrirse camino en la vida. Es verdad que la desventaja se había reparado en parte con la conversión al protestantismo, pero la pertenencia a una raza no podía lavarse con el agua del bautismo. Tampoco se dejaba hacer olvidar ni ignorar, porque, por su marcada manifestación tanto en la expresión del rostro como en el porte, se recordaba siempre con una claridad provocadora. Marx siguió siendo, bautizado o sin bautizar, judío, como tal reconocible sin más y, por ello, dondequiera que estuviese, cargado con el estigma de su raza. Probablemente se defendió de ello desde pequeño e intentó recuperar con los medios del intelecto, de la aplicación, lo que la sangre quería disputarle. Aun cuando Marx no hubiera encontrado obstáculo alguno o los hubiera superado con facilidad, de modo que no desempeñaran en su vida ningún papel de consecuencias, eso no prueba nada contra la suposición de que extrajo de su judaísmo un sentimiento de inferioridad social. Pues para ello no hace falta ninguna inferioridad real; meras conjeturas, suposiciones, imaginaciones y exageraciones bastan sobradamente para poner en escena esta actitud anímica. Llama la atención en Marx la inusitada dureza con que, por ejemplo, en *Sobre la cuestión judía* ataca «la esencia empírica del judaísmo». «¿Cuál es el fundamento profano del judaísmo? La necesidad práctica, el interés propio. ¿Cuál es el culto profano del judío? La usura. ¿Cuál es su dios profano? El dinero.» Marx denuncia al judío como prototipo del espíritu mercantil y de la economía monetaria, hace del judaísmo el símbolo del capitalismo chupasangre. Se tiene la sensación de que con ello quisiera ponerse en una oposición ostentosa al judaísmo, desgajarse demostrativamente de la raza y, subrayando sus tendencias anticapitalistas, declararse ante todo el mundo no judío. Pero quien declara expresamente no ser judío debe de tener motivos para temer que lo tomen por <!-- S. 445 --> tal. En todo caso, puede darse por seguro que Marx vivió en el factor social de su pertenencia racial un refuerzo de su sentimiento de inferioridad y de su impulso al logro compensatorio.

Por último, probablemente también la posición familiar actuó en esta dirección. Marx era el primogénito, el único varón y la esperanza de la familia. Como la vida del espíritu formaba parte de la tradición familiar, se pusieron en su desarrollo intelectual expectativas muy especiales, tanto más cuanto que era un niño precoz y llamativamente inteligente. De hecho, como alumno respondió a las expectativas más audaces. Asombró a todo el mundo con su entendimiento, su madurez y sus logros. Lo rodeaba un nimbo como el de un niño prodigio. A los diecisiete años estaba maduro para la universidad.

Pero un gran talento obliga. Sobre todo cuando va unido a la responsabilidad por un prestigio heredado. Más obligan aún las promesas hechas en forma de arranques jóvenes y audaces. Un ascenso impetuoso hasta los diecisiete años exige imperiosamente que se prosiga más allá al mismo ritmo. Sus febriles exhortaciones resultan más excitantes y dolorosas que el látigo. Además, era el ardiente deseo del padre ver al hijo en una profesión docta. Y parece que la autoridad del padre tenía un gran peso en la educación.

Tanto mayor fue la decepción cuando el joven Marx, tras el brillante arranque, falló de repente. El contragolpe a la fuerte tensión de sus fuerzas y de su ambición se produjo en el primer año de universidad. Se llegó a conflictos muy serios entre él y el padre, que llegó a pensar en interrumpir la carrera académica. No se llegó a eso. Pero Marx sacó del fracaso, en un momento en que veía <!-- S. 446 --> fijas en él las miradas de la familia, una conmoción de su confianza en sí mismo. Cayó en la confusión, la angustia y la duda, se volvió inseguro y empezó a temer que no estaba a la altura de las exigencias. Huía de las clases, rehuía los exámenes, se escabullía de la elección de profesión: todos ellos modos de conducta típicos de un hombre profundamente desalentado. Su ambición agudizó tanto su sentimiento de responsabilidad que apenas era capaz de terminar debidamente sus trabajos. Temía la conclusión porque desconfiaba del éxito.

En resumen, puede decirse: los tres hallazgos característicos en la imagen de la personalidad de Marx —mala salud, origen judío y primer lugar en el orden de nacimiento— coinciden en un punto; condicionan conjuntamente un sentimiento de inferioridad reforzado.

La compensación que este desencadena comienza con una fijación de metas. Cuanto más baja la autoestimación, más alto el punto de llegada. La situación de la infancia, con sus dificultades y apuros, se conserva como base de partida. Marx sigue siendo durante toda su vida el joven estudiante que teme decepcionar por la insuficiencia de su logro y que por eso se fija metas y más metas, amontona tareas sobre tareas. Ya no se libra de la voz que lo empuja y lo enardece a sus espaldas. ¡Tienes que demostrar lo que vales! ¡Tienes que ascender! ¡Recorrer una carrera brillante! ¡Realizar algo extraordinario! ¡Ser el primero! Esta voluntad de vencer y este impulso de superioridad dominan todas las fases de su existencia, rica en trabajo y en luchas. Con incansable tenacidad entrena el entendimiento, ejercita la memoria, afila el ingenio, espolea la aplicación. Como Saint-Simon por su ayuda de cámara, se hace despertar cada mañana por su ambición, vestida con la librea del sentido del deber: ¡Levántate! ¡Tienes grandes cosas que realizar! ¡Hay que ganar un mundo! Así se fija

<!-- S. 447: Bildtafel „Grabstätte von Karl Marx“ -->

<!-- S. 448: Rückseite der Bildtafel, leer -->

<!-- S. 449 --> la meta: realizar algo insólito, ser el único de su especie, asumir la máxima responsabilidad. El impulso a ser semejante a Dios forma el plan de vida y traza las líneas directrices de su creación y de su acción.

Sea cual sea la meta de un hombre, para alcanzarla solo tiene como medio lo que le ha sido dado. Con estas circunstancias dadas tiene que administrarse. ¿De qué material disponía Marx? De un cuerpo enfermo, de un origen judío y de un papel de primogénito. Si quería alcanzar algo grande, solo podía ser con estas circunstancias dadas. Se trataba de ponerlas al servicio de su meta compensatoria y de su plan de vida.

Las personas con trastornos digestivos, enfermedades del estómago, del intestino y del hígado se distinguen, según una vieja experiencia, de manera poco ventajosa por un determinado estado de ánimo y de sentimiento. Se las conoce como naturalezas destempladas, malhumoradas, desabridas, hurañas, sin verdadero contacto con el entorno, llenas de desconfianza, incapaces de establecer relaciones cordiales con los demás, por eso aisladas, amargadas, biliosas, llenas de una hostilidad irritada que solo espera la ocasión de atacar. Es como si las dificultades, las inhibiciones y los espasmos corporales se hubieran trasladado a la esfera anímica. De hecho, el hombre aprovecha en la superestructura anímica lo material de sus circunstancias orgánicas dadas. Aquí como allí se producen los mismos trastornos, irregularidades y anomalías funcionales. El orden en el ingerir y el expulsar está perturbado. O bien se niega la entrega de sustancia intelectual y anímica, y entonces se produce el estreñimiento anímico. O bien se omite la recepción de relaciones que vienen de fuera, y entonces el alma pasa hambre. Del mismo modo, una recepción desmedida puede producir una sobrecarga anímica, y una entrega derrochadora, un agotamiento anímico. Siempre falta la justa <!-- S. 450 --> medida, la buena digestión, la ósmosis. Reaparece el modelo del niño que come mal, que come demasiado poco o demasiado, al que se le reprocha ser melindroso o glotón, que sufre eternamente de inapetencia o al que nunca le parece bastante grande la ración. En la vida posterior estas personas, que nunca logran una relación adecuada con la importante función vital de la nutrición, se convierten en avaros o derrochadores, coleccionistas o incapaces de administrarse, pedantes o Cresos.

Marx es el tipo de un enfermo anímico del metabolismo de la clase descrita. Siempre de mal humor, desabrido, mordaz, se comportaba como un hombre que padece calambres de estómago, al que atormentan los gases o que sufre ataques biliares. Era un hipocondríaco y, muy a la manera de los hipocondríacos, sobrevaloraba todas sus molestias corporales. Así como no tenía una relación adecuada con las comidas, sino que comía poco, de manera irregular y sin ganas, y en cambio estimulaba continuamente su apetito con *mixed pickles*, especias picantes, pepinillos en vinagre, caviar y cosas por el estilo, tampoco tenía una relación adecuada con el trabajo ni con las personas. Los que comen mal son malos trabajadores y malos camaradas. O no comen nada o se llenan el estómago hasta reventar, o rehúyen por completo el trabajo o se hunden en él, o se retraen ante las personas o son amigos de todo el mundo de los que nadie saca provecho. Se mueven siempre en extremos. Y ni su estómago, ni su cerebro, ni su alma pueden soportar semejante contradicción a saltos. Marx ni hizo en sus años jóvenes unos estudios regulares para ganarse el pan, ni fue capaz más tarde de realizar un trabajo intelectual regular que alimentara a quien lo hacía. No tenía profesión, ni cargo, ni ocupación regular, ni ingresos. Todo era improvisado, dependía de caprichos, quedaba al azar. En lugar de asistir como estudiante a las lecciones y prepararse para una <!-- S. 451 --> profesión, se atiborraba el estómago intelectual de *mixed pickles* filosóficos y literarios. Le faltaba disciplina, sentido del orden, sentimiento de la proporción adecuada entre ingerir y expulsar. A menudo pasaba meses sin escribir una línea; luego volvía a lanzarse a abismos de erudición y trabajaba con fuerza titánica. Día y noche revolvía bibliotecas enteras, hacía extractos a montañas, escribía gruesos manuscritos, dejó a su muerte pilas enteras de escritos a medio hacer, inacabados. Y además no le daba el trabajo más alegría que la comida; gemía, maldecía, renegaba de su suerte, de la que se quejaba como de una esclavitud del espíritu, martirizaba a su familia. En cambio, era un gran amigo de los bocados exquisitos del espíritu. A menudo, mientras la familia esperaba los honorarios pasando necesidad, pasaba los artículos pendientes al siempre servicial Engels; él, en cambio, se deleitaba con los clásicos antiguos, hurgaba en los tesoros más preciosos de las bibliotecas, sorbía el caviar de literaturas exquisitas o se entregaba con placer esnob a las matemáticas superiores. De estas golosinas nunca tenía bastante, igual que nunca se saciaba de caviar ni de *mixed pickles*. Pero el trabajo diario regular le fastidiaba, someterse a las convenciones lo volvía obstinado; no tenía un penique en el bolsillo y la camisa estaba en la casa de empeños, pero llevaba su monóculo con el gesto de un lord. El trato social con la gente le resultaba sumamente odioso; solo iba de taberna con gente que lo alababa y lo admiraba; ante toda expresión de sentimiento más profunda huía al cinismo. Era sencillamente un hombre al que le estaban vedadas las alegrías de la mesa compartida, en sentido literal y en sentido figurado; un solitario, un huraño, un ermitaño.

La inclinación a la soledad y al apartamiento de la comunidad suele verse favorecida en los enfermos del metabolismo por el hecho de que sienten su dolencia —porque afecta al conducto digestivo y excretor— como <!-- S. 452 --> sucia y repugnante. A menudo reaccionan a ello con compulsión de lavarse, fanatismo de la limpieza, corrección excesiva, pedantería. Su ideal de la personalidad es ser el más limpio, el más intachable, el más puro, el más noble. Por eso de ellos se recluta la capa de los moralistas, de los apóstoles de la moralidad, de los héroes de la virtud, de los anunciadores de una nueva ética o de una conducta de vida ideal. El afán de una especial pureza de carácter, de una absoluta inmaculación de la conducta, de la máxima limpieza de los motivos y de la extrema perfección de la concepción del mundo que se defiende tiene aquí, la mayoría de las veces, su patria. Paradójicamente podría decirse: el rigorismo moral y estético viene del intestino.

Marx pertenecía a los hombres llenos de un impulso incesante hacia lo más alto, lo más puro, lo más ideal. No tenía solo la ambición de ser el conocedor más versado de la literatura socialista y el crítico más leído de la ciencia económica especializada. Su meta era acreditarse como el mejor revolucionario y el representante más superior del comunismo. Quería defender la teoría más pura, crear el sistema más perfecto del comunismo. Para estar seguro de esta superioridad en cualquier circunstancia, tenía que desvalorizar antes todas las demás teorías y teóricos socialistas, rebajarlos, declararlos confusos, impuros, falseados y entregarlos al desprecio o a la risa. Así, el socialismo de los utópicos era una mezcolanza desvaída de ideas dudosas. Así, Proudhon era estigmatizado como turbio caballero en el reino del pensamiento socialista. Así, contra Lassalle, Bakunin, Schweitzer había que lanzar el reproche de estar contaminados con la inmundicia de la ideología burguesa o la sospecha de una venalidad sucia. Él, Marx, era el único en posesión de la doctrina pura. En él estaba el conocimiento cristalino, la piedra filosofal, la inmaculada concepción del <!-- S. 453 --> socialismo, la verdad divina. Lleno de desprecio y de rabia, con burla rencorosa y profunda hostilidad, rechazaba toda otra opinión, combatía toda convicción ajena, perseguía todo pensamiento no surgido de su cerebro. No había para él más sabiduría que la suya, más socialismo que el anunciado por él, más evangelio puro que su doctrina. Su obra era la quintaesencia de la pureza intelectual y de la integridad científica. Su sistema era Alá y él era su profeta.

En extraña contradicción con el alto pedestal en que con ello se colocaba Marx caía en cuanto no se trataba de grandes ideas y problemas abstractos, sino de pequeñas realidades y tareas vitales concretas. En medio de la realidad Marx fracasaba tan completamente como triunfaba en el reino del espíritu. Y su fracaso era aquí tan penoso y bochornoso como allí era brillante y heroica su victoria. Pero estos hechos no constituyen en el fondo contradicción alguna.

Los enfermos del metabolismo que no consiguen mantener en orden sus funciones digestivas resultan casi sin excepción personas que tampoco dominan las funciones de la administración de su economía. También aquí se encuentran sin comprensión y sin recursos ante el juego alterno de ingresos y gastos. No saben calcular, aunque, como Marx, sean versados en matemáticas superiores. No saben manejar el dinero. Son administradores domésticos prácticamente incapaces. O bien, como avaros, retienen el dinero en el lugar equivocado y en el momento equivocado, o bien, como derrochadores, lo tiran sin sentido y para fines inútiles. Son malos ganadores de dinero y malos administradores. Su sentido económico es o bien igual a cero o bien está desarrollado de manera hipertrófica. Padecen un trastorno metabólico económico.

Hasta qué punto pertenecía Marx a esta categoría de personas, <!-- S. 454 --> de ello la biografía ha aportado innumerables pruebas. Basta remitir aquí a la eterna penuria de dinero en que se encontró toda su vida, a la grotesca impotencia con que se enfrentaba a las exigencias económicas de su casa y su familia, y a la cadena interminable de conflictos y catástrofes en que, a consecuencia de su incapacidad en cuestiones de dinero, se enredaba a cada paso. Nunca se arregló económicamente, siempre fue deudor de docenas de personas, siempre asediado por acreedores, perseguido por usureros, atormentado por chupasangres. La mitad de su casa estaba siempre en la casa de empeños. Su presupuesto desafiaba todo saneamiento. Su bancarrota tenía forma crónica. Los miles y decenas de miles que Engels entregaba se le escurrían entre los dedos como nieve que se derrite. Cuanto mayores eran las asignaciones, tanto más invencible era la calamidad. Un tonel de las Danaides.

Esta situación no nacía de una culpa moral, ni constituía un destino trágico. Era sencillamente la consecuencia de un grave trastorno funcional, de una dolencia metabólica que tenía atenazado al hombre entero y repercutía tanto en lo económico como en lo anímico y lo corporal. Las crisis financieras en casa de Marx llegaban con tanta frecuencia y regularidad como los forúnculos en su cuerpo. Y los conflictos y las peleas con enemigos y amigos se presentaban con tanta frecuencia y regularidad como los apuros financieros. Era, bien mirado, cada vez el mismo síntoma de la misma dolencia, solo que con un triple disfraz, situado en tres campos distintos de la vida. Y era triplemente penoso, molesto y atormentador.

Pero incluso una enfermedad metabólica tan pérfida no tiene solo un lado negativo. Posee un reverso positivo. Con ello confirma la vieja experiencia de que la mayor debilidad de un hombre es a la vez su mayor fuerza.

<!-- S. 455 --> La inferioridad quiere ser compensada. El sentimiento de inferioridad, excitado siempre de nuevo por fracasos, reveses y derrotas que se repiten una y otra vez, no da descanso hasta que el menos no ha quedado compensado de nuevo por un más. Si el menos es cosa de la disposición, el más se convierte en cosa del logro. Solo así fue posible que el tartamudo Demóstenes llegara a ser el mayor orador de la Antigüedad; el sordo Beethoven, el músico más importante; el feísimo Miguel Ángel, el creador de las figuras de más hechicera belleza humana.

También el enfermo del estómago, el enfermo del metabolismo, tiene siempre y en todas partes el impulso de compensar lo negativo de su estado con un positivo de su valía. Con un «¡ahora con más razón!» el hombre hace de la necesidad virtud, del motivo de una derrota un medio de victoria. Solo el grado de valor decide en ello cuán poco o cuán bien le sale la compensación. Uno, en el esfuerzo por compensar su inferioridad gastrointestinal, se hace fondista o maestro cocinero; otro, especialista en trastornos digestivos; un tercero, inventor de una sal nutritiva, de una dietética o de una reforma de la vida; un cuarto, propagandista del vegetarianismo, de la alimentación cruda, etc. Siempre la meta compensatoria del empleo de las fuerzas resulta de la perspectiva de la posición de inferioridad. Ya en los niños los deseos de profesión y los planes de futuro resultan ser compensaciones de sentimientos de inferioridad inconscientes. Siempre se persigue en secreto compensar la carencia de una disposición con un plus de valía. Que esto suceda mediante el logro o por caminos tortuosos neuróticos es cuestión del valor vital individual.

Marx buscó su posición de equilibrio anímico en el reino de las ideas. Su afán compensatorio lo convirtió en fundador de una teoría económica, en <!-- S. 456 --> creador de un nuevo sistema económico. Y además fue a por todo: se hizo salvador de la humanidad entera y creó una obra para la eternidad.

El que nunca tenía apetito, comía mal y sufría de digestiones difíciles abogó por un plan de reorganización de la economía que había de poner a todos en condiciones de comer hasta saciarse y de tener una vida desahogada. El que nunca tuvo dinero y languidecía eternamente endeudado con otros anunció y defendió un orden del mundo en el que cada uno había de ser propietario y tener parte en los bienes del mundo. El que no se entendía con nadie y no era capaz de verdadera amistad lanzó la consigna: ¡Todos los hombres han de ser hermanos! El que no era capaz de administrar un chelín creó en su espíritu la más profunda teoría del dinero y el grandioso edificio intelectual de una economía comunitaria revolucionariamente transformada, anclada en nuevos fundamentos.

La obra compensatoria de su vida fue: ser el representante científico del sistema de un orden económico y social que tiene y puede todo lo que él mismo no tenía ni podía.

Marx no se distingue por su carácter, en principio, en nada de los hombres de su tiempo y del nuestro. Todos ellos son neuróticos, padecen sentimientos de inferioridad, aspiran a elevarse, resultan vanidosos, ambiciosos, ávidos de éxito, ávidos de poder.

Pero Marx se distingue en grado. Tanto en lo que respecta a la inusitada profundidad de su sentimiento de inferioridad como en lo que respecta a las inusitadas cualidades de sus medios compensatorios. Así ofrece un ejemplo de manual de cómo la más honda necesidad subjetiva libera en el hombre energías enormes, las despliega hasta un formato gigantesco, las dota de fuerza creadora y generadora y luego las arroja al seno del devenir social, <!-- S. 457 --> donde maduran como hechos históricos y salen a la luz.

El hombre moviliza las energías y realiza la obra. Se convierte en ejecutor de un logro por necesidad subjetiva, bajo la coacción ineludible de su necesidad y de su mandato personales.

Solo la sociedad califica la obra, en la medida del valor que tiene para su aseguramiento, como logro de un genio.

### La obra

Cuando un hombre no consigue compensar su sentimiento de inferioridad mediante el logro, acaba por contentarse con la apariencia del logro.

Pero como su exacerbada necesidad de hacerse valer siente la confesión de la incapacidad o del fracaso como derrota y como vergüenza, se procura un justificante que lo exima de la responsabilidad por el fracaso. Para ello se refugia de preferencia en la situación exculpatoria de la enfermedad. Pues no solo obliga la enfermedad a la consideración y a la indulgencia, sino que, según la opinión corriente y heredada, pasa además por un poder ajeno a la persona, misterioso, que asalta al hombre como un destino. Sobre todo la concepción, hoy científicamente insostenible pero todavía muy extendida, según la cual las enfermedades y las anomalías se transmiten automáticamente de generación en generación y ponen al hombre desde su nacimiento bajo la carga de una fatalidad inevitable, favorece el empeño de buscar en la enfermedad un certificado de descargo para los fracasos en la vida.

El hombre que procede así encuentra sin especial esfuerzo en su organismo alguna debilidad, alguna <!-- S. 458 --> carencia o defecto, por insignificante que sea, que recoge y pone a su servicio. Mediante un entrenamiento quizá inconsciente para él, pero no por ello menos metódico, forma con el tiempo a partir de esta «complacencia somática» una enfermedad en toda regla, una dolencia utilizable. Y con creciente habilidad dispone arreglos que hacen que los fenómenos patológicos desarrollados aparezcan siempre cuando corresponde, a saber, cuando se trata de disculpar un fallo, un acto fallido, remitiendo, para reclamar consideración, al poder superior de una enfermedad. Con un ejercicio persistente y un refinamiento especial, un hombre así puede llegar a que la enfermedad se le convierta en salvoconducto para el derecho a sustraerse a todo logro ulterior. Con ello ha conseguido lo que perseguía: queda exento de toda nueva prueba de sus capacidades y, con ello, de todo peligro de una nueva derrota. La enfermedad se ha convertido en su asilo de huida.

El desalentado paga con gusto por la ventaja de este escondrijo un precio mayor o menor en forma de dolores, renuncias, gastos materiales, curas molestas. La liberación de una esfera que desafía cada día su capacidad y que cada día lo amenaza igualmente con una derrota deshonrosa le importa más que los gastos que tiene que pagar por ella. Además, con la enfermedad consigue lo que no consiguió con la salud: se convierte en el centro de un acontecer, de un círculo de sucesos y de personas. Adquiere valía en el papel del que sufre, al que se compadece, se cuida, se atiende. Sobre todo, sube en su propia estimación, pues la fórmula de disculpa que ahora se vuelve constante —«Si no fuera un hombre enfermo, entonces...»— no pone por arriba límite alguno a los logros y éxitos que puede concederse en su fantasía. Es más, su estimación egoísta de sí mismo <!-- S. 459 --> puede, en estas circunstancias, valorar como hazañas incluso logros pequeños.

El médico y el psicólogo llaman neuróticos a los hombres que, con trucos y mecanismos de esta o parecida índole, logran escabullirse de los logros de la vida y poner en su lugar la apariencia de un logro. Y el modo de conducta que tiende a eximirse de los deberes, tareas y logros de la vida, sin renunciar a las pretensiones ante la vida y sin ser consciente de que es una actitud hostil a la comunidad y que frena el desarrollo, se llama neurosis. Hoy hay pocos hombres que no presenten rasgos neuróticos. La neurosis se ha convertido en un fenómeno de la época.

Marx era sin duda un neurótico. Para todo el que conoce los síntomas neuróticos, los rasgos característicos de su cuadro clínico son reconocibles. Su legendaria carga de una dolencia hepática heredada le vino sin duda bien en su empeño por procurarse un pretexto, un pararrayos, para las situaciones difíciles. Si es posible, como enseña una experiencia múltiple, producir a voluntad y según las necesidades, por la sola fuerza de una voluntad concentrada, espasmos cardíacos más o menos graves, ataques biliares, accesos asmáticos o epilépticos, hemorragias, quemaduras, parálisis, etc., no tiene nada de extraordinario desarrollar con el tiempo, a partir de una debilidad orgánica o de una dificultad funcional quizá realmente existente, una dolencia hepática o metabólica en toda regla de la que se dispone siempre como socorro en el apuro. Esto no tiene nada que ver con una intención de engañar; no es simulación ni burda patraña. Según la psiquiatría moderna, en muchísimas enfermedades intervienen factores psíquicos, y quizá llegue un día el tiempo en que numerosas enfermedades heredadas, misteriosas e incurables se desenmascaren como arreglos artificiosos tras los cuales <!-- S. 460 --> no se esconde más que un valor vital disminuido. En Marx, su dolencia se delata, por su complicada elaboración, su concentrada unidad y sus precisas funciones, de manera tan indudable como un mecanismo hábilmente puesto en obra, que su carácter neurótico queda fuera de duda. Le ofrecía, en efecto, todas las coberturas típicas: se veía siempre perseguido por la mala suerte, tropezaba en todas partes con colaboradores inútiles, no podía atender a sus deberes de sostén de la familia, se veía siempre decepcionado por amigos poco fiables y a cada paso se veía envuelto en conflictos y riñas. Naturalmente, la culpa de ello la tenía en último término —según su convicción— siempre su estado de padecimiento.

Ahora bien, por mucho que Marx operara con trucos y métodos neuróticos para procurarse circunstancias atenuantes ante la vida, nunca se disolvió anímicamente por completo en la neurosis ni quedó atrapado en ella. Y esto es lo decisivo.

Si bien Marx no había resuelto la cuestión de su profesión, no rehuía en modo alguno el trabajo. Al contrario, su aplicación y su capacidad de trabajo despertaban admiración.

Si bien era un mal sostén de la familia, llevó un matrimonio feliz, fue un padre tierno y supo cautivar y encantar hasta la vejez a su extraordinaria, espléndida mujer.

Si bien estaba en guerra y en disputa con todo el mundo, poseyó y conservó en Engels a un amigo que vale por cientos de amigos y que no malgastaba su amistad con el primero que pasaba.

Un sentimiento de inferioridad reforzado desde varios lados, como el de Marx, puede sin duda motivar la elaboración y el empleo de modos de conducta neuróticos, puede también conducir finalmente a una huida neurótica del mundo, pero no implica para ningún hombre la obligación de convertirse en víctima total de la neurosis. <!-- S. 461 --> Si un hombre sucumbe a la tendencia a huir de la vida, y en qué medida, si cae en la coacción interior de escabullirse en la pasividad enmascarada, depende de la medida de sentimiento de comunidad de que dispone y que es capaz de transformar en valor ante la realidad, en actividad vital positiva.

Marx se servía de los mecanismos de protección neuróticos en cuanto se encontraba solo y se veía entregado a su debilidad sin el respaldo de una comunidad: como sostén de la familia, como autor de artículos para periódicos, como contrincante en controversias, como defensor de ideas y tesis personales. Por miedo a la prueba no lograba reunir sentimiento de comunidad en lo privado. Pero en cuanto tomaba conciencia de las grandes conexiones, era como si se transformara. El caudal sepultado de sentimiento de comunidad despertaba en él, se alzaba y desplegaba sus efectos. Así como Anteo se convertía en gigante cuando tocaba el suelo, así se sentía él, en cuanto tenía bajo los pies el suelo de la comunidad, como llevado en alas por encima de todas las inseguridades, dudas, pusilanimidades y cobardías que en otro caso tenían encadenada su alma. Con todo, el más era en realidad un menos, pues la comunidad ficticia en grande le exigía menos valor que la comunidad real en pequeño. No importa: el suelo de la comunidad hizo madurar sus fuerzas, crecer su audacia, prosperar su obra hasta convertirse en hecho histórico. Su grandeza monumental brota de la enorme fuerza de una vivencia anímica de comunidad.

Cuando Marx entró en la escena política, la burguesía alemana luchaba por su reconocimiento social y por la posesión del poder del Estado. Necesitaba movilizar todas sus energías para salir victoriosa de la crisis histórica en que la había metido su proceso de crecimiento. Para que también la última fuerza disponible se movilizara y se lanzara a la lucha, elevó su <!-- S. 462 --> meta de poder a meta general del pueblo, su idea a idea de la humanidad universalmente válida. La consecuencia fue que todo lo que de algún modo era capaz de entusiasmarse por la idea del progreso y de la libertad se inflamó por los ideales del progreso burgués y de la libertad burguesa. La fusión de todas las voluntades individuales en una gran voluntad común alcanzó la victoria.

Pero en el seno de la burguesía había nacido el proletariado. Mientras seguía colgado del cordón umbilical de su origen pequeñoburgués y campesino, identificaba sus intereses de seguridad con los de la burguesía. Por eso abogaba por los objetivos de lucha de la emancipación y de la revolución burguesas, combatía por la burguesía en las barricadas y creía en los objetivos humanos proclamados y en su cumplimiento. Pero en la hora de la victoria se abrió el abismo que pone el derecho a la vida de la burguesía en oposición al derecho a la vida y a las condiciones de vida del proletariado. La burguesía, en el puerto seguro de su situación histórica salvada, dejó caer los objetivos humanos y se arrojó sobre el proletariado.

Las condiciones en que esto sucedió eran para el proletariado las más desfavorables que cabe imaginar. Acababa de sacrificar mil veces sangre y vida, fuerza y entrega por los fines de la burguesía. Sangraba todavía por heridas abiertas, estaba agotado, extenuado; se tambaleaba con la cabeza aturdida en la confusión de una situación que todavía no comprendía con plena claridad. Y ya caían silbando sobre su cráneo los golpes de la traición, ya lo sumía en el pánico un ataque alevoso. La decepción lo derribó. Como paralizado, se abandonó a su destino. ¡Traicionado y perdido!, fue su último suspiro. Después perdió durante un decenio su conciencia histórica y política. Pero el decenio pasó. De su sordo aturdimiento se levantó la masa, miró a su alrededor, recogió <!-- S. 463 --> los postulados de libertad y los objetivos humanos que la burguesía había tirado, los enderezó y agitó la bandera para una nueva lucha.

Sin embargo, la burguesía de los años sesenta ya no era la de los cuarenta. Había aprovechado plenamente el decenio posterior a 1848, los años cincuenta, para su arraigo económico y su fortalecimiento social. Se había hecho grande, rica y poderosa, estaba en posesión de todos los medios para defender su posición de poder y firmemente decidida a aplastar y exterminar sin piedad todo movimiento del proletariado que tuviera por meta su levantamiento y su defensa. Con un peso enormemente superior oprimía la burguesía al proletariado. Y el proletariado, económica y socialmente del todo impotente, sin cultura propia, cargado además con el trauma de una revolución perdida, con la experiencia deprimente de una contrarrevolución, y ahora entregado a la fuerza superior de un adversario brutal y violento, cayó en un profundo desaliento.

Como en el plano de la vivencia individual, así se daba aquí, en el plano de la vivencia de clase, el cuadro de una situación neurótica. El proletariado se veía puesto por el proceso del desarrollo histórico ante una gran tarea vital en cuya solución se trataba de ser o no ser. Tenía miedo. No se sentía con fuerzas a la altura de las exigencias del tiempo. Hacía intentos de esquivarla y de huir a la esfera de la indiferencia política, del logro aparente, del modo de conducta neurótico. Amenazaba con fallar en una hora histórica.

Solo un acto de aliento podía salvar entonces la causa amenazada del proletariado. Hacía falta una terapia para superar el sentimiento de inferioridad, una pedagogía para elevar la confianza en sí mismo y la conciencia de sí. El proletariado necesitaba un elixir de aliento, la fuerza milagrosa de una gran convicción, el fanatismo de una enorme posesión.

<!-- S. 464 --> Entonces llegó Marx y le tendió el filtro mágico. Su sentimiento de comunidad lo llevó con lógica instintiva al lado del proletariado. Reconoció en la estructura de la sociedad burguesa las condiciones de la impotencia del proletariado y sacó de ello la conclusión de que, con la transformación de esta estructura, han de eliminarse las condiciones de la impotencia. Con este fin borró el concepto individual de la personalidad y lo disolvió en el concepto colectivo de la clase, que él creó. Quitó a la multitud de luchas individuales por el poder individual su sentido, su justificación, y puso en su lugar la unidad de la lucha de clases por el poder colectivo de la clase proletaria. Elevó la lucha de clases a ley del desarrollo histórico y presentó el socialismo como su resultado necesario, consecuente, inevitable.

Al depositar sus conocimientos sobre los fundamentos y las conexiones, las leyes y las consecuencias del desarrollo social en un logro científico, en un sistema, en una obra, Marx superó compensatoriamente el tormento de su sentimiento de inferioridad subjetivo. Pero al poner además su obra y su doctrina a disposición del proletariado, le dio a este el medio de superar compensatoriamente su sentimiento de inferioridad social mediante la realización del conocimiento adquirido, es decir, de nuevo mediante el logro.

En un punto determinado del desarrollo histórico, en el que una clase se ve impedida por inhibiciones psíquicas y por el estancamiento de su energía para cumplir las tareas históricas que le están asignadas y que urgen solución, se convierte en una cuestión vital para la sociedad superar las dificultades surgidas en el curso del desarrollo. Para ello hace falta una fuerza que vaya mucho más allá de la medida de lo simplemente usual y acostumbrado, un logro casi sobrehumano, <!-- S. 465 --> una hazaña heroica. Solo está dispuesto a realizarla quien siente en su persona una carencia tan inusitadamente profunda de sentimiento de valor que, para equilibrarse anímicamente, necesita un logro gigantesco, una hazaña. Y es capaz de realizarla si la amplitud y la calidad de los medios guardan la debida proporción con la fuerza del impulso.

Con la hazaña se presta a la sociedad, o a una clase de la sociedad, un servicio vital. Le debe la salvación de la ruina. Por eso recompensa al autor de la hazaña tributándole el máximo honor que tiene que conceder. Lo llama genio.

El genio no es solo calidad, formato, logro, obra. Ante todo, el genio es una categoría social. Expresa una determinada relación entre la sociedad y el individuo. Una relación que se da cuando un logro individual máximo cae en una curva de desarrollo social en la que precisamente ese logro es requerido en grado sumo en interés del aseguramiento social. En el genio se corta la línea del logro compensatorio de un individuo con la línea de la necesidad compensatoria de la sociedad o de una clase.

Marx fue —valorado desde el punto de vista del proletariado— un genio. ¿Qué logro realizó para la necesidad vital de la clase proletaria? En una fase de máximo desaliento, le dio con su doctrina el máximo aliento. El desarrollo de la historia universal —así le gritó al proletariado— está de tu lado. El capitalismo, traído por la legalidad de la historia, desaparecerá de nuevo por el férreo imperativo de esa legalidad. La burguesía, como administradora social del sistema capitalista, entró con él en la escena <!-- S. 466 --> histórica y tiene que abandonarla de nuevo con él. Tú, proletariado, aseguras con tu trabajo la existencia del capitalismo y mantienes con los frutos de tu esfuerzo a toda la sociedad burguesa. Pero en la esencia del capitalismo está orgánicamente condicionado el socialismo. Con el fin del capitalismo comienza consecuentemente el principio del socialismo. Como representante de las fuerzas y tendencias que superan el capitalismo, tú, proletariado, relevarás necesariamente a la burguesía. Solo tienes que ejecutar como clase el desarrollo para cuya realización estás llamado. ¡Solo tienes que quererlo! La historia te lo pone tan fácil como es posible. No necesitas incubar ideas nuevas, ni hacer proyectos, ni inventar un Estado del futuro. No se trata de «anticipar dogmáticamente el mundo». Solo tienes que poner por obra lo que se prepara ante tus ojos y bajo tus manos. El medio para ello es la lucha de clases incesante, consecuente, de metas claras, que encuentra su coronación en la victoria de la revolución social.

¡El desarrollo está contigo! Con este conjuro el proletariado fue arrancado de su letargo, redimido de su sentimiento de inferioridad.

¡Solo tienes que quererlo! Con este filtro mágico se puso en pie y se puso en marcha. Su miedo paralizante quedó superado, su inseguridad sacudida, su poca fe vencida por la confianza en sí mismo.

El socialismo, hasta entonces una meta de fervor religioso, un país de maravilla de esperanza fantástica, una creación de la fuerza configuradora humana, quedaba ahora demostrado científicamente como fruto que madura del desarrollo, que cae en el regazo de quienes sacuden el árbol. Con la doctrina de Marx el proletariado llevaba en el bolsillo, negro sobre blanco, la certeza de su realización.

Este evangelio, obtenido no de una fe ingenua, sino del intelecto más agudo y de la lógica más racional, <!-- S. 467 --> tenía que convertirse para el proletariado en un impulso anímico de inaudito dinamismo. Tenía que liberar toda disposición, romper todas las cadenas de la energía, abrir a su esperanza todas las puertas hacia el futuro.

Si consideramos a Marx y su obra desde este ángulo, llegamos a la conclusión de que la grandeza histórico-universal del fenómeno que hoy se llama marxismo no reside en el hombre ni tampoco en su obra. Resulta más bien del hecho de que Marx, en un momento históricamente decisivo, puso su doctrina a disposición del proletariado como vehículo de su ascenso, que se había vuelto históricamente necesario.

Visto y juzgado así, es del todo indiferente que se vea en el marxismo una verdad eterna o una ficción adecuada a su tiempo, que el sistema sea concluyente y sólido en todas sus argumentaciones o que presente lagunas, contradicciones y tesis insostenibles, que la teoría del derrumbe satisfaga las exigencias de la metodología científica o que solo tenga el valor de una apoteosis fascinante. Lo que el marxismo tenía que lograr —arrancar al proletariado de su anonimato histórico, aglutinarlo en un poder político, convertirlo en factor consciente del desarrollo social y ponerlo en la escena de la historia como autor e intérprete de su propio drama—, todo eso lo ha realizado el marxismo en toda su extensión. Si además, como puede demostrarse a la luz de los hechos, también era y es correcto, logró más de lo que la exigencia histórica le pedía.

En favor de la suposición, hoy muy extendida, de que la fuerza probatoria y la validez del marxismo se han estrellado contra los acontecimientos de la historia más reciente solo habla la apariencia exterior.

<!-- S. 468 --> El marxismo, llamado en primer lugar a sacudir, reunir y conducir al campo de batalla a las masas proletarias, tuvo que manifestarse de entrada en una concepción que, con empuje y optimismo, ponía en primer plano el desarrollo histórico como garantía de la liberación de la humanidad. Para tener el camino libre, tuvo que apartar con gran falta de miramientos todos los sistemas racionalistas y utópicos del socialismo y exigir inexorablemente que se respetara la línea trazada por él. Hoy, cuando su primer trabajo está hecho, empieza a dibujarse en el rostro del marxismo otra concepción. Hoy no solo puede permitirse volver ocasionalmente a los sistemas de los utópicos y de los racionalistas, sino que se ve directamente obligado a ello por las tareas prácticas del tiempo, por las crecientes exigencias a la capacidad positiva de logro del luchador de clase. El marxismo vulgar, que veía el centro de gravedad del desarrollo en el mecanismo de las cosas, tiene que retroceder ante un marxismo transformado y profundizado que ve el centro de gravedad del desarrollo en la actividad de los hombres.

Con ello también ha cambiado por completo, en su tendencia, el juicio sobre la personalidad de Marx. Si la generación de ayer —en correspondencia con la oposición de sus intereses, que se reflejan en su ideología— veía en Marx o bien a un malhechor criminal y un demonio o bien a un santo y un papa infalible, la generación de hoy puede permitirse ver en él a un hombre con todas las virtudes y debilidades, todas las cualidades y vicios humanos. Más aún, está obligada a verlo así, si no quiere dejar de aplicar la concepción materialista de la historia también al individuo. Lo que la psicología moderna, tal como se ha practicado aquí, permite ver del carácter y de los modos de conducta de un <!-- S. 469 --> hombre no es otra cosa que la aplicación del método materialista histórico a la investigación del alma humana.

Marx tenía que ser el pensador e investigador terco, obcecado, intolerante, desconfiado ante toda otra opinión, hostil a toda otra corriente, ergotista, huraño, poseído por su convicción y combatiendo con celo fanático toda confusión y todo extravío, todo enturbiamiento y todo falseamiento de su idea. Tenía que concentrar durante decenios su espíritu, su ingenio, su energía creadora en este único punto, en esta única tarea científica, y olvidar y descuidar por ella profesión, familia, ganancia, ingresos, amigos. Tenía que estar azotado por una ambición enorme, aguijoneado por un egoísmo insoportable, espoleado día y noche a los logros más altos por un torturante sentimiento de inferioridad. Pues de otro modo no le habría sido posible realizar su logro genial. Entonces la obra era lo principal; la calidad del hombre podía quedar en segundo plano. Hoy la lucha de clases exige también al hombre altamente cualificado y capaz de comunidad.

Si Marx, como neurótico, se hubiera contentado con un logro aparente, su obra se habría esfumado y él habría terminado como una figura trágica.

Así inscribió un logro verdadero en la historia de sus contemporáneos y de la posteridad. Y la clase a la que con ello ayudó a una vida consciente y a un futuro histórico lo honra como su mayor genio.

<!-- S. 470: leer -->

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## Cronología

1818 Nacimiento de Marx (5 de mayo).

1824 Conversión de la familia al protestantismo.

1835 Estudios en Bonn.

1836 Compromiso matrimonial. Estudios en Berlín.

1838 Muerte del padre.

1841 Doctorado.

1842 Ingreso en la redacción de la *Rheinische Zeitung*.

1843 Salida de la redacción de la *Rheinische Zeitung*. Matrimonio. París.

1844 *Deutsch-Französische Jahrbücher*. Relación con Engels. *La sagrada familia*.

1845 Bruselas. *La ideología alemana*.

1847 Ingreso en la Liga de los Comunistas. *Miseria de la filosofía*.

1848 *Manifiesto comunista*. París. *Neue Rheinische Zeitung*.

1849 Procesos ante el jurado. Fin de la *Neue Rheinische Zeitung*. París. Londres.

1850 *Revue der Neuen Rheinischen Zeitung*. Salida de la Liga de los Comunistas.

1852 Colaboración en la *New York Tribune*. *El 18 Brumario*. *Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia*.

1859 *Contribución a la crítica de la economía política*.

1860 *El señor Vogt*.

1861 Viaje a Berlín.

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1864 Fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

1867 Viaje a Hamburgo. *El capital*, tomo I.

1868 Comienzo del conflicto con Bakunin.

1870 Manifiesto de Brunswick.

1872 Expulsión de Bakunin de la Internacional.

1873 Escrito contra Bakunin.

1881 Muerte de la señora Marx.

1883 Muerte de Marx (14 de marzo).

1885 *El capital*, tomo II.

1894 *El capital*, tomo III.

1895 Muerte de Engels.

1902 *Aus dem literarischen Nachlaß von Marx, Engels und Lassalle* [De la herencia literaria de Marx, Engels y Lassalle], editado por Franz Mehring.

1904 *Teorías sobre la plusvalía*. Manuscritos póstumos editados por Karl Kautsky.

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## Índice de ilustraciones

Karl Marx, 33 · La casa natal de Karl Marx, 67 · La señora Marx, 101 · Georg Wilhelm Friedrich Hegel, 119 · Ludwig Feuerbach, 137 · Arnold Ruge, 171 · Friedrich Engels, 189 · J. P. Proudhon, 207 · Wilhelm Weitling, 225 · Liebknecht como miembro de los cuerpos francos, 243 · Ferdinand Lassalle, 277 · Liebknecht y Tussy Marx, 311 · Michael Bakunin, 345 · Friedrich Engels en su vejez, 379 · Karl Marx en su vejez, 413 · La tumba de Karl Marx, 447

Ilustración de la cubierta según un cuadro original de Otto Friedrich, Viena, Verlag der Wiener Volksbuchhandlung

<!-- S. 474 -->

## Bibliografía

Franz Mehring: *Karl Marx. Geschichte seines Lebens* [Karl Marx. Historia de su vida]. Leipzig, Leipziger Buchdruckerei Aktiengesellschaft.

John Spargo: *Karl Marx. Leben und Werk* [Karl Marx. Vida y obra]. Leipzig, Felix Meiner.

W. Liebknecht: *Karl Marx zum Gedächtnis. Ein Lebensabriß und Erinnerungen* [En memoria de Karl Marx. Esbozo biográfico y recuerdos]. Núremberg, Wörlein & Co.

August Bebel y Ed. Bernstein: *Der Briefwechsel zwischen Friedrich Engels und Karl Marx* [La correspondencia entre Friedrich Engels y Karl Marx]. 4 tomos. Berlín, I. H. W. Dietz Nachf.

Franz Mehring: *Briefe von Ferdinand Lassalle an K. Marx und Fr. Engels* [Cartas de Ferdinand Lassalle a K. Marx y Fr. Engels]. Berlín, I. H. W. Dietz Nachf.

Gustav Mayer: *Friedrich Engels. Eine Biographie* [Friedrich Engels. Una biografía]. Tomo I (1820—1851). Berlín, Julius Springer.

Gustav Jaeckh: *Die Internationale* [La Internacional]. Leipzig, Leipziger Buchdruckerei Aktiengesellschaft.

Michael Bakunin: *Gesammelte Werke* [Obras completas]. 3 tomos. Berlín, Verlag Der Syndikalist.

Fritz Brupbacher: *Marx und Bakunin. Ein Beitrag zur Geschichte der Internationalen Arbeiter-Assoziation* [Marx y Bakunin. Contribución a la historia de la Asociación Internacional de los Trabajadores]. Berlín, Verlag Die Aktion.

D. Rjansanoff [Riazánov]: *Karl Marx — Friedrich Engels. Historial-kritische Gesamtausgabe* [Edición histórico-crítica de las obras completas; «Historial-» por «Historisch-» en el impreso]. Fráncfort del Meno, Marx-Engels-Archiv.

<!-- S. 475–476: Inhalt (no se reproduce; la división corresponde a los títulos del texto) -->

[^t-15-1]: *Gymnasium* (plural *Gymnasien*): escuela secundaria clásica alemana, con latín y griego, que conducía a la universidad; *Realschule*: escuela secundaria sin latín, orientada a las ciencias y los idiomas modernos. Se dejan en alemán. (N. del T.)

[^t-20-1]: *Straubinger*: en el habla popular alemana, oficial artesano que va de camino en su viaje de aprendizaje; Engels lo emplea con desprecio para los artesanos de mentalidad gremial. (N. del T.)

[^t-23-1]: *Vormärz* («antes de marzo»): nombre con que se designa en la historiografía alemana el período que precede a la revolución de marzo de 1848, por lo común desde 1830 o desde 1815. (N. del T.)

[^t-26-1]: *Straubinger*: oficiales artesanos que iban de ciudad en ciudad; Marx y Engels usaban la palabra en sentido despectivo para los artesanos alemanes de mentalidad gremial. (N. del T.)

[^t-37-1]: *Verwahrlosung* se traduce en el archivo «descarrío»; cuando designa, como aquí, el abandono material de una institución, «desamparo». (N. del T.)

[^t-46-1]: Así en el original; la insurrección de Dresde y la detención de Bakunin en Sajonia son de mayo de 1849. (N. del T.)

[^t-48-1]: Así en el impreso. En el primer mensaje del Consejo General sobre la guerra franco-prusiana, Marx llama a la conjura bélica de julio de 1870 una «edición corregida del golpe de Estado de diciembre de 1851». (N. del T.)

[^t-55-1]: En realidad Eleanor Marx se envenenó con ácido prúsico en 1898, en su casa de Sydenham; la caída por la ventana es error de Rühle. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la Sächsische Landesbibliothek – Staats- und Universitätsbibliothek Dresden (SLUB), digital.slub-dresden.de (`id498617408`): Otto Rühle, *Karl Marx. Leben und Werk*, Hellerau, cerca de Dresde, Avalun-Verlag, 1928, 476 págs. y 16 láminas. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español de la primera edición (1928), hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026), sin recurrir a la traducción española de 1934 (*Carlos Marx*, Santiago de Chile, Ercilla) ni a las demás. Las citas de Marx, Engels y otros autores se traducen del alemán tal como las da Rühle. Se conservan las partes, los capítulos, los párrafos y la paginación original; los títulos de libros y periódicos, que el impreso no destaca, van en cursiva; los periódicos conservan su nombre alemán y las obras de Marx y Engels se citan por su título español asentado. Equivalencias principales: *Mehrwert*, «plusvalía»; *Mehrarbeit*, «plustrabajo»; *Arbeitskraft*, «fuerza de trabajo»; *Produktionsmittel* / *Produktivkräfte* / *Produktionsverhältnisse* / *Produktionsweise*, «medios de producción» / «fuerzas productivas» / «relaciones de producción» / «modo de producción»; *Ware*, «mercancía»; *ursprüngliche Akkumulation*, «acumulación originaria»; *materialistische Geschichtsauffassung*, «concepción materialista de la historia»; *Überbau*, «superestructura»; *Kleinbürgertum*, «pequeña burguesía»; *Spießbürger*, «filisteo»; *Junghegelianer*, «jóvenes hegelianos»; *Bund der Kommunisten*, «Liga de los Comunistas»; *Internationale Arbeiter-Assoziation*, «Asociación Internacional de los Trabajadores»; *Gemeinschaftsgefühl*, «sentimiento de comunidad»; *Minderwertigkeitsgefühl*, «sentimiento de inferioridad»; *Geltungsstreben*, «afán de notoriedad»; *Lebensplan*, «plan de vida»; *Leistung*, «logro». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
