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Title: El niño y su medio. Un estudio de pedagogía social
Description: Folleto de Otto Rühle (1920) sobre cómo el capitalismo ha destruido los antiguos ámbitos educativos del niño proletario —la familia, la casa con su jardín, la tierra natal— y lo ha dejado en manos de la vivienda hacinada y de la calle, con abundantes estadísticas de vivienda, camas y migraciones de antes de 1914; concluye reclamando la educación socializada en comunidades escolares.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1920%20Kind%20und%20Umwelt.%20Eine%20sozialp%C3%A4dagogische%20Studie
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<!-- Portada -->

De la serie «Sociedad y Educación», n.º 7

Otto Rühle

# El niño y su medio

Un estudio de pedagogía social

Verlag Gesellschaft und Erziehung G. m. b. H.
Berlín-Fichtenau 1920

<!-- Índice (p. [2]): Introducción 3/4 · La familia 4/11 · La casa 12/20 · La calle 20/25 · La tierra natal 25/31 · Conclusión 31/32 -->

## [Introducción]

<!-- S. 3 -->

En la educación se reúne una suma de influencias —conscientes e inconscientes, queridas y fortuitas, mediatas e inmediatas— en un acorde más o menos unitario y armónico, cuyos puntos de partida y campos de vibración son la *casa*, la *escuela* y la *vida*, y cuya meta es el bienestar corporal, intelectual y moral del niño y su aptitud y disposición para participar en la obra cultural de la humanidad.

En lo que toca a la participación de la *escuela* en la obra educativa, predominan, en el conjunto de sus relaciones y acciones, las influencias *conscientes, queridas* e *inmediatas*, articuladas en un sistema organizado con arreglo a un plan y aplicadas mediante medidas conscientes de su fin.

La educación en la *casa*, por cuanto se apoya sobre todo en la tradición y en la experiencia de los legos y la llevan a cabo legos, deja que, junto a las medidas educativas intencionadas y planificadas —que aquí aparecen menos en la forma rígida del sistema—, hagan valer en mayor medida sus derechos las influencias *inconscientes, fortuitas* y *ocasionales*.

Y no digamos la educación que transmite la vida: depende por completo de la acción de las *influencias inmediatas, sin plan, traídas por el viento del azar*, y a ellas está ajustada; el sistema queda enteramente abandonado, y solo la experiencia, como la mayor y la mejor de las maestras, forma, depura y educa.

Escuela, casa y vida solo se dan, sin embargo, en la teoría como esferas educativas aisladas, independientes entre sí y que actúan con independencia. La realidad de las cosas y del acontecer del mundo las suelda en una *unidad llena de vida*, en cuyo encadenamiento y fusión infinitamente múltiples lo que crece orgánicamente acaba triunfando sobre lo ordenado artificialmente, lo fortuito sobre lo planificado, precisamente porque las potencias naturales de la vida son más fuertes que todas las sabias teorías de la ciencia, y la mofletuda falta de sistema de la práctica se impone y se afirma con más fuerza que la anémica profundidad de los sistemas. Así, toda pedagogía, también la más pretenciosa, termina en el resignado reconocimiento de que la vida es más fuerte que las artes de la educación y de que el niño no recibe el fruto de la obra educativa de manos del educador, sino del seno de la vida, del que mana toda la fuerza y toda la riqueza de nuestra existencia.

<!-- S. 4 -->

La vida como factor educativo manifiesta sus influencias determinantes, que dan forma, dirección y contenido a la psique infantil, primero en el círculo *familiar* en el que nace el niño. En el aire que respira allí, en el primer suelo en el que se ve plantado y echa raíces. Después, en el medio *doméstico*, que abarca y encierra su existencia y que actúa en mil irradiaciones sobre su mirar, pensar, sentir y querer: en toda la abundancia, inabarcablemente grande, de fenómenos, sucesos y hechos que cada día y cada hora del ser humano acercan en oleadas a la periferia de su pequeño círculo vital. El hombre es un ser comunitario, un hombre «socializado», que solo en la comunidad humana llega a tener conciencia de su humanidad. Ya el hecho fisiológico de su extraordinaria necesidad de ayuda en los primeros meses y años de vida le obliga a integrarse en un entramado social que le garantiza la conservación, el crecimiento y el hacerse hombre. Para los hombres, *solo por los hombres* se hace el hombre, como dice Herder. La comunidad humana le ofrece los supuestos y los medios para elevarse a las alturas de la dignidad humana y la capacidad de llegar a una participación positiva en el esfuerzo cultural de la humanidad. En el intercambio y la unión sociales, en el juego recíproco de mil relaciones sociales, maduran sus fuerzas, se forma su vida interior, llega a valores intelectuales y a representaciones de lo humano. Así lo acoge la vida de la comunidad y lo sumerge en sus aguas, para que en ese baño adquiera la frescura y la claridad del espíritu y del alma, la fuerza de decisión y la energía de la voluntad, la grandeza y la pureza de carácter necesarias para afirmarse en la vida o bien para dominarla, señorearla y enriquecerla.

## La familia

El primer círculo vital en el que entra el niño al nacer es la *familia*.

La familia es la forma más originaria de vida comunitaria organizada y se ha desarrollado a partir de las antiguas asociaciones de parentesco consanguíneo, los clanes (*Sippen*), a medida que aumentaba la productividad del trabajo y se transformaban las condiciones de vida.

Cuando, tras las interminables migraciones de la época nómada, se alcanzó un cierto sedentarismo, se taló el bosque, se roturó la tierra y los campos dieron tanto alimento que ya no hacía falta que toda la fuerza se consumiera en la producción de alimentos, las manos y fuerzas liberadas se volvieron hacia la producción de bienes culturales superiores. Nació la riqueza, «que despertó al individuo de su sueño». El hombre que disponía de riqueza compraba a la mujer a su clan y la llevaba como criada al círculo de su propio clan; sobre el umbral de la casa en la que ella entraba estaba escrita la palabra: ¡Él será tu señor! La familia así fundada se apoderó de la tierra y el suelo, probablemente también de las tierras comunales del clan, se amplió hasta formar la gran familia patriarcal y se reforzó, incorporando esclavos y siervos ajenos a la familia, hasta convertirse en la familia del señorío (*Fronhofsfamilie*). Más tarde, siempre bajo la presión de exigencias económicas, la gran familia se desmoronó en un <!-- S. 5 --> cierto número de pequeñas familias, cada una de las cuales se componía de marido, mujer e hijos no adultos: exactamente tantas personas como la pequeña economía privada era capaz de alimentar. El juicio corto de vista de quienes no tienen formación en la historia de los pueblos cree que esta pequeña familia, por corresponder a la naturaleza eterna del hombre, representa también desde la eternidad la comunidad de vida de los sexos y ha de subsistir por toda la eternidad. Dios la habría instituido y santificado como sacramento. En realidad, la pequeña familia actual no es más que la forma por ahora última en la serie de las formaciones familiares históricas, la forma familiar de la pequeña empresa, propia del modo de producción campesino y pequeñoburgués. Como tal, es ante todo una comunidad de trabajo y de economía. La necesidad de no dejar que, por los intereses económicos, esta comunidad se viera amenazada o incluso rota por apetitos individuales e inclinaciones imprevisibles condujo a una gran firmeza del matrimonio, viva en las costumbres y anclada en la moral dominante. Una firmeza que en los preceptos de la Iglesia católica, en la que el espíritu de la producción campesina y pequeñoburguesa encuentra su reflejo más puro, llegó incluso a la prohibición absoluta del divorcio.

La comunidad de vida en la que el matrimonio, como comunidad de trabajo y de sustento, se convertía naturalmente funcionaba por sí sola, cuando había hijos, como *comunidad educativa*. Donde los hombres vivían en su propio terruño, pasaban el arado por el campo y se alimentaban de la agricultura, donde florecía la pequeña industria y el artesano se afanaba creando en su taller, allí estaban dados con estos ámbitos de actividad círculos educativos naturales. El trabajo se convertía en medio educativo y la familia en seno y refugio de la educación de la nueva generación para todo lo capaz y lo bueno.

Cada círculo familiar era, como se ha dicho, un círculo de deberes, pues la economía doméstica de la familia se bastaba económicamente a sí misma, al principio por completo y más tarde todavía en buena parte. Todos o la mayoría de los bienes de consumo se procuraban o se obtenían mediante la producción propia. Se trillaba y se molía, se horneaba y se cocía, se mataba y se ahumaba, se tejía y se hilaba, se lavaba y se blanqueaba, se construía y se carpinteaba, se forjaba y se cosía; se hacía jabón y se curtía el cuero, se elaboraba cerveza, se tejían redes, se torcían sogas, se hacían velas, se preparaban pociones medicinales. Bajo los emperadores salios, la mujer, además de llevar la casa y preparar las comidas, tenía que cardar lana con las criadas, tejer lienzo y paño, preparar el lino, hilar, lavar y coser; para tejer había a menudo una habitación especial en la casa. También los vestidos del marido los confeccionaba el ama de casa. Además, las mujeres hacían labores artísticas, preciosos tapices y colchas de oro y seda. En los museos pueden admirarse todavía hoy los productos de esta laboriosidad doméstica de aquel tiempo, tan esforzada y hábil de manos.

También la juventud se veía, en el círculo de deberes de la familia, ante determinadas tareas. Su crecimiento y su educación coincidían con el deber de realizar trabajos. Como se dice en la Edda del hijo del [¿libre?]:[^t1]

> En casa creció, en la cabaña, el Jarl;  
> aprendió a blandir el escudo, a trenzar cuerdas de arco,  
> a tensar el arco y a emplumar flechas,  
> <!-- S. 6 --> a arrojar venablos, a lanzar lanzas,  
> a montar sementales, a azuzar perros,  
> a blandir espadas, a cruzar a nado el estrecho.

Así, o de modo parecido, era en todas partes la educación de la juventud por medio de la actividad y la experiencia. El despliegue de las fuerzas económicas proyectaba su luz sobre el desarrollo de la nueva generación y hacía germinar en ella la semilla de la preparación ideal y material para la vida. Se ejercitaban sobre todo la mano y los sentidos: en los pueblos cazadores, para rastrear y perseguir la caza, para usar las armas y aprovechar la presa; en los pueblos pescadores, para nadar y remar, para la pesca y la construcción de barcas; en los pueblos pastores, para cuidar y atender a los animales y elaborar sus productos; en el campesino y el artesano, para mil pequeñas tareas y ayudas en el campo y el corral, la casa y el taller. De los hidriotas, cuya educación puede citarse aquí como típica y ejemplar, refiere Goethe: «Como isleños y navegantes, se llevan a sus muchachos enseguida a bordo y les dejan crecer gateando en el servicio. En cuanto rinden algo, tienen parte en la ganancia, y así se preocupan ya del comercio, el trueque y el botín, y se forman los más hábiles navegantes de costa y de altura, los comerciantes más listos y los piratas más audaces». Así, desde la primera infancia, cada miembro de la familia se iba adaptando a un círculo de deberes firmemente delimitado y aprendía a sentirse miembro vivo y activo de la comunidad. Era la mejor escuela para la vida en la comunidad mayor en la que la juventud iba entrando al crecer, para el estamento profesional al que estaba destinada por profesión y origen. La educación brotaba, por así decirlo, como resultado natural del medio de trabajo y de vida. Wilhelm Müller, el poeta de las *Griechenlieder* [Canciones griegas], describe poéticamente —de nuevo con el ejemplo clásico de los hidriotas— la esencia y el obrar de esta educación:

> Era yo un niño pequeño, apenas me tenía en pie,  
> cuando ya mi padre me llevaba con él al mar  
> y me enseñaba fácilmente a nadar de su mano segura  
> y a zambullirme en las olas hasta abajo, hasta la arena.  
> Luego me dio un remo, me mandó subir a una barca,  
> él mismo se quedó a mi lado, incansable,  
> me mostró cómo se rompe la ola con golpe certero,  
> cómo se evita el remolino y se lucha con la rompiente.  
> Y de la pequeña barca pasé volando al gran navío . .  
> Y hoy mi padre me ha dado una espada en la barca: —  
> ¡Suerte con tu espada, pequeño hidriota!

Pero con la formación del cuerpo y su ejercicio en habilidades y trabajos profesionales no bastaba. La comunidad del vivir y del experimentar, del crear y del disfrutar hacía madurar también valores anímicos y morales y crecer virtudes: fidelidad a la tribu, sentimiento de solidaridad, amor a la tierra natal, valor, sentido de familia, vigilancia, disposición al sacrificio, etc. Así, igual que la formación profesional y la capacidad productiva, también el desarrollo intelectual y anímico del joven brotaba del seno materno de la familia. La existencia psíquica estaba anclada en los cimientos del círculo familiar. «En el estrecho círculo de costumbres y usos particulares, en los que se educaban generaciones tras generaciones, el individuo caminaba siempre bajo segura protección, como entre muros y fosos <!-- S. 7 --> que mantenían alejado todo ataque del exterior. Desde el nacimiento hasta la tumba lo acompañaba la comunidad con su participación, le mostraba el camino que había de seguir. Las canciones que cantaba, las fiestas que celebraba, los dioses a los que rezaba, los enemigos con los que luchaba, los trajes que vestía: todo se lo prescribía la comunidad en la que vivía. Ella pensaba por él, velaba por él para que no tropezara ni se desviara del recto camino. Lo acompañaba en sus viajes al extranjero, al menos en espíritu, pues dondequiera que estuviera o fuera lo seguían las ideas, los hábitos y las costumbres que le habían sido inculcados desde la infancia, como ya a su padre y a su abuelo, como algo evidente. Lo seguían los recuerdos de su infancia, lo rodeaban los mil lazos de vecindad y parentesco, dondequiera que se encontrase». (Sombart)

¡Y qué deliciosos eran esos recuerdos de infancia, qué feliz era la juventud de aquel tiempo! Gozaba de todas las delicias de la libertad sin trabas, tenía tiempo para el juego y espacio para expansionarse, tenía bosque y campo, agua, montes, animales, sol. Podía trepar a los árboles, recorrer la espesura, hacer viajes de descubrimiento entre las peñas, vadear y pescar en los arroyos, retozar en las plazas, dar volteretas en el heno de los prados y vivir en las cuevas el romanticismo de un campamento de bandidos o de una robinsonada. Las flores junto al agua como los pájaros en el aire, los bichos de la charca como el laberinto de una cantera, el trabajo del herrero, del molinero, del cordelero, la vida del labrador, del cazador, del pastor: todo le era familiar. El corral no tenía para ella más secretos que el horno o el lagar; conocía la caza del hámster como la hilandería, el baile de la cosecha como la pista de trineos; en todas partes participaban su sentido, sus ojos, su alma. En todas partes respiraba libertad, alegría, felicidad. Se entregaba por entero a su mundo, que era suyo espiritual y anímicamente.

Un sinnúmero de influencias educativas, duraderas y variadas, partía de esta vida en la casa, el corral y la aldea. El trato con los hombres y la naturaleza estaba literalmente saturado de estímulos y enseñanzas. El juego recíproco de las relaciones anímicas en el pequeño e íntimo círculo del observar, el vivir y el conocer despertaba estados de ánimo y vibraciones hasta el último rincón y pliegue del corazón. Así la familia llegó a ser un lugar ideal de educación de la juventud, un verdadero suelo cultural de las generaciones. Los pedagogos ensalzan su eficacia como escuela materna (*Mutterschule*);[^t2] Pestalozzi le levantó con entusiasmo un monumento eterno en su *Lienhard und Gertrud* [Leonardo y Gertrudis].

La escuela materna . . . ¿Dónde habría un punto de partida más natural, más evidente, para toda labor formativa en el niño? ¿Dónde habría en el mundo algo honrado y capaz que no pudiera hacerse remontar, al menos en sus comienzos y orígenes, a este fiel primer vivero y lugar de cuidado del espíritu y del alma, a esta célula germinal de la obra educativa? «Aquí germinan y crecen, en la vivencia más inmediata, de la mañana a la noche de cada día, la confianza y el amor, la obediencia y la fidelidad, la alegría y la compasión compartidas, toda clase de sentido de comunidad (*Gemeinsinn*) y de obligación común; aquí se despliegan, en el ciclo ininterrumpido de las tareas diarias, bajo la coacción suave pero constante de la ley no escrita del orden doméstico, en las circunstancias más sencillas, todos los hábitos fundamentales de una vida comunitaria ordenada: la puntualidad y el <!-- S. 8 --> sentido del orden, la buena disposición a servir y a ayudar; aquí se reparten sin buscarlo y por acuerdo tácito deberes y derechos; los desvelos del padre y el amor de la madre protegen el pequeño círculo, y el respeto y la reverencia, el reconocimiento de la autoridad y la gratitud fluyen como por sí solos de las fuentes naturales; aquí no solo son posesión común todos los bienes materiales, sino que también el disfrutar y el renunciar, el esperar y el soportar, el servir y el celebrar son necesidad común; aquí se produce para cada uno, de modo totalmente inconsciente pero seguro y reforzándose mutuamente, una nivelación, tanto en usos y costumbres como en manera de pensar y en sentimientos; aquí se hereda, en una tradición natural y sin lagunas, toda la riqueza de cultura moral y social de una generación a otra». (Muthesius)

Así se presentaba y así actuaba la educación de la escuela materna en el marco de la familia burguesa, cuya imagen ideal trazó Schiller con gran vuelo poético en su «Canción de la campana». Así actúa todavía hoy la escuela materna en la familia burguesa. Podemos imaginar, por decirlo con Sombart, individualidades destacadas, fuertes y ricas que siguen su camino al margen de la familia; una civilización, una cultura de las masas sin la influencia educadora de la familia, no.

* * *

Entonces llegó el capitalismo como un gran destructor. Con chimeneas humeantes, máquinas estrepitosas, hombres apresurados y una codicia insaciable de dinero. La industria devoró el bosque. El pequeño obrador del maestro patriarcal se transformó en la gran fábrica del capitalista industrial. La aldea campesina se convirtió en una tiznada colonia obrera. Sobre prados y campos se extienden desoladas escombreras, se alzan castilletes de mina y chimeneas. Por arroyos y ríos corren aguas residuales venenosas y malolientes. Un pedazo de romanticismo tras otro ha desaparecido. Hasta la más remota soledad de la naturaleza llegan los brazos gigantescos de la gran ciudad, llevan las vías del ferrocarril, penetran las voces impacientes de hombres nerviosos y ávidos de ganancia. El círculo de producción de la familia ha saltado en pedazos. La pequeña unidad económica ha perdido su sentido y su posibilidad de existir. El gran mercado se ha convertido en el corazón de la nueva economía; de él parte, en grandes ritmos, el pulso del proceso económico capitalista. «En las grandes cooperaciones con división del trabajo, con máquinas motrices y máquinas de trabajo incorporadas, el capitalismo estableció formas de explotación de una capacidad productiva tan superior que la empresa enana de la economía doméstica familiar ya no pudo competir con ellas. Comenzó una nueva era de la economía; se impuso el principio, opuesto a la producción propia y hasta entonces representado casi solo por la industria artesana, de que no fabrica el bien quien lo necesita, sino quien está mejor equipado para ese trabajo y es más hábil en él. Ya casi nadie produce para la propia necesidad, sino casi solo para el intercambio. La producción propia de la economía doméstica familiar ha sido desplazada en toda la línea por la producción de mercancías. Un acto de producción tras otro se desgajó de la economía doméstica y se transfirió a la producción social. Con ello la economía doméstica familiar ha terminado definitivamente de desempeñar el importante papel que durante tantos siglos le había correspondido por delante de todos los elementos de la organización del trabajo. Como consecuencia del abaratamiento de los productos industriales, la economía de la casa familiar se va restringiendo cada vez más. La <!-- S. 9 --> habilidad doméstica sufre una notable desvalorización. El trabajo doméstico disminuye cada vez más. Matar el cerdo y hornear, tejer e hilar apenas lo hace ya la familia en el campo. La iluminación la ha asumido la fábrica de gas, la calefacción muchas veces ya la estufa central; casi todo se compra más barato de lo que costaría hacerlo uno mismo. La familia ya no es una cooperativa de producción» (Müller-Lyer). Incluso el campesino se ha convertido en productor de mercancías. El capitalismo todopoderoso quebró también su espíritu conservador y rompió los lazos de la tradición. El grano, en lugar de ir al granero, va al mercado; la leche, a la central lechera. Con máquinas se labra el campo, se recoge la cosecha, se aligera la carga del cuidado del ganado. La siembra y la cosecha pasan y el niño apenas ve ni oye nada de ellas. El niño de la gran ciudad permanece del todo ajeno a esa actividad. Ni el martilleo de la guadaña ni el golpe del trillador en la era resuenan en su juventud. Cómo se cuece el pan, se hace la mantequilla, se hila el lino y se teje el lienzo: todo eso le es extraño.

Pero tampoco sabe nada el niño del trabajo industrial en las fábricas y grandes talleres. Ni la observación ni la participación lo unen a él, mientras la codicia capitalista de ganancia no echa mano de sus débiles manos y fuerzas. El padre ya no trabaja en casa. Fuera campesino o artesano, ha dejado su lugar de trabajo y está en alguna parte, en la fábrica. ¿Qué es lo que trabaja? ¿Quién lo sabe? Seguro que no una mercancía entera, acabada, sino piezas sueltas, en cuya fabricación millones de veces repetida se agotan su fuerza y su inteligencia. El niño ya no puede mirarlo como antes, ya no puede echarle una mano con pequeños servicios. Con frecuencia ocurre que los maestros de las escuelas populares de la gran ciudad,[^t3] a la pregunta «¿Qué es tu padre?», solo obtienen de los niños la respuesta: «Obrero». Dónde trabaja, aún lo saben algunos; pero qué trabaja, de eso no tienen ni idea.

Temprano, al despuntar el alba, el padre sale de casa; los niños aún están dormidos. Quizá se quede fuera todo el día o toda la semana, en una ciudad lejana, en obras y lugares de trabajo, alquilando cama en casa de extraños. En el mejor de los casos vuelve un momento a casa a mediodía para engullir deprisa la comida y volver a marcharse corriendo. Si la pausa para comer es demasiado corta, el camino demasiado largo, el viaje demasiado caro, la madre o uno de los hijos tiene que «llevarle la comida». De 1514 niños de 32 escuelas municipales (*Gemeindeschulen*) de Berlín,[^t4] solo 614 comían a mediodía con el padre; 658 cenaban con él. Por la noche, terminada la jornada —10, 12 o más horas ante calderas ardientes, entre ruido, vapor o mal tiempo—, cuando ha vuelto a casa cansado, agotado, nervioso y malhumorado. No quiere pensar mucho, ni hablar, ni mucho menos que lo animen a estar alegre; necesita reposo, silencio dentro y fuera. Todo el día sin contacto con los suyos, sin un minuto para sentir, pensar y jugar con los niños, para observarlos y estudiarlos, por la noche no dispone en absoluto de la disposición y la energía necesarias para poder actuar como educador. Ni encuentra camino hacia el corazón de los niños, ni tiene ganas de reflexionar seriamente sobre cuestiones de educación. A la mañana siguiente lo llama de nuevo imperiosamente la obligación del trabajo. Malhumorado, se doblega al yugo; rezongando, entra en la noria. En una servidumbre que destroza, en un trabajo parcial sin sentido, va juntando una manipulación con otra, mientras <!-- S. 10 --> toda individualidad creadora se seca y se marchita en él. «¡Piénsese lo que esto significa! Su trabajo diario se le ha vuelto indiferente al hombre, ya no lo une a la familia, y no solo está cortado el lazo exterior, sino que falta también el lazo interior, la conexión espiritual del hombre con su trabajo profesional. Apenas siente ya nada del contenido, rico en relaciones, de la expresión: ¡La obra de tus manos!» (Muthesius). Hace más de sesenta años Marx escribió aproximadamente lo mismo con palabras algo más sobrias: «El trabajo de los proletarios, debido a la extensión de la maquinaria y a la división del trabajo, ha perdido todo carácter independiente y, con ello, todo atractivo para el trabajo. Este se convierte en un simple accesorio de la máquina, al que solo se exige la manipulación más sencilla, más monótona y más fácil de aprender . . . Cuanto menos habilidad y fuerza exige el trabajo manual, es decir, cuanto más se desarrolla la industria moderna, más desplazado es el trabajo de los hombres por el de las *mujeres* . . .»[^t5]

*Así que también la madre está quizá en alguna parte, en una fábrica*, y teje o hila, pega o pliega. Quizá también se afana y se mata en graneros y establos, en campos o mieses. Dos implacables capataces están detrás de ellos: el hambre de ganancia del empresario, que ansía mano de obra barata, y la miseria del salario insuficiente del marido. El número de mujeres con ocupación remunerada como profesión principal ha pasado de

> 4 259 103 en el año 1882  
> a 5 264 393 en 1895  
> y a 8 243 498 en 1907;

mientras que en 1882 solo tenía ocupación remunerada el 18,5 % de todas las personas de sexo femenino, en 1907 la proporción había subido al 26,4 %. Más de la cuarta parte de todas las personas de sexo femenino (el 61,01 % de todas las de sexo masculino) estaba, pues, en la vida laboral. Del total de mujeres con ocupación remunerada, en 1907 había ya *2 777 253 casadas y 978 827 viudas o divorciadas.* 132 000 mujeres casadas tenían además de la profesión (remunerada) principal incluso una profesión secundaria, sin contar la profesión de ama de casa, de madre, de educadora y cuidadora de sus hijos. Estos seres, los más atormentados de todos los seres humanos, a los que abruma una carga de trabajo triple y cuádruple y que arrastran entre prisas y preocupaciones una lamentable existencia de bestias de carga, no se agolpaban a las puertas de las fábricas por aversión a los deberes de ama de casa y de madre, ni por el afán de ganar un suplemento para lujos y diversiones, sino por necesidad, por la más amarga necesidad. Su jornada empieza con trabajo doméstico antes de empezar el trabajo de la fábrica, se llena en las pausas con trabajo doméstico y termina, avanzada la noche, con trabajo doméstico, que convierte también el domingo en día laborable. ¿Dónde queda aquí el hermoso ideal que Schiller trazó de «la honesta ama de casa, la madre de los hijos», cuando cantaba:

> Y gobierna sabia  
> en el círculo doméstico,  
> y enseña a las muchachas  
> y refrena a los muchachos,  
> y mueve sin fin  
> las manos laboriosas,  
> y acrece la ganancia  
> <!-- S. 11 --> con sentido del orden,  
> y llena de tesoros los arcones perfumados,  
> y enrolla el hilo en el huso que zumba,  
> y guarda en el arca, limpia y pulida,  
> la lana reluciente, el lino blanco como la nieve,  
> y une a lo bueno el brillo y el resplandor,  
> y nunca descansa.

De todo ello solo es verdad, seguramente, el último verso. Aunque la madre proletaria trabaje y se deslome sin descanso día y noche, aunque casi sucumba bajo la carga del trabajo, no puede devolver a la casa y a la familia el brillo y el resplandor que el capitalismo ha borrado con mano ruda. Los «lazos sagrados» están rotos, el hogar está descuidado, la paz del orden doméstico está perturbada. *Cuatro millones de mujeres con ocupación remunerada significa*: que diez o doce millones de niños no tienen madre; que se les ha robado la cuidadora solícita, la fiel niñera, la alegre compañera de juegos, la educadora de su espíritu y de sus almas; que no tienen un hogar acogedor con juego y compañía, con una estufa caliente, con ropa limpia, comidas comunes regulares y ayuda en mil pequeñas y grandes preocupaciones y apuros que agitan y oprimen un corazón de niño; *que para ellos el primer seno natural y valioso de toda educación y civilización en la época presente —la familia— ya no existe.*

¿Sabe alguno de nosotros, que hemos crecido bajo la solícita protección de los padres, que podemos enviar nuestro recuerdo atrás, a una juventud llena de dicha doméstica, que hemos podido llevarnos del círculo familiar un tesoro imperdible de valores anímicos e intelectuales, llevarlo a través de todas las alturas y profundidades de nuestra vida posterior; sabe alguno de nosotros lo que significa crecer como un niño, como un hombre en formación, para el que la familia ya no existe? . . . No tener familia significa no tener suelo bajo los pies para el propio mundo intelectual y moral, significa tener eternamente hambre y sed de la luz y la dulzura de la primavera.

A innumerables les toca este cruel destino. A su educación le faltan cimientos y muros maestros; su vida conserva una grieta. ¿Cómo va a dar flores y frutos un árbol cuyas raíces están en un terreno pobre y seco? ¿Cómo van a hacernos felices un verano y un otoño si el aire áspero de una primavera que no fue primavera destruyó todos los gérmenes y yemas? Así crece una generación que no conoce, o casi no conoce ya, la cohesión y las bendiciones de la familia, que perduró durante siglos: según Sombart, «un hecho monstruoso». Pero un hecho que tiene la importancia más decisiva para el desarrollo intelectual y anímico del niño proletario y que quiere ser tenido en cuenta cuando se trata de investigar y comprender la psicología de las masas trabajadoras no solo en sus hechos y fenómenos, sino también en sus supuestos y fundamentos.

## La casa

<!-- S. 12 -->

El hogar de la familia tenía que estar —esto era evidente desde antiguo— en *su propio terruño*. Familia y hogar, vida doméstica y casa paterna eran conceptos idénticos. Así, toda familia como es debido poseía su propia casa, en la que vivía plenamente y actuaba sobre sus miembros. Heredada a menudo de generación en generación, estaba envuelta por entero en las tradiciones de las generaciones pasadas. Aunque pequeña y modesta, era el alto y firme castillo de la familia. «Mi casa, mi castillo»: en este sentido, todo burgués era un orgulloso y libre señor de su castillo. Una poesía propia se extendía sobre los tejados y los patios, trepaba por puertas y hastiales, afianzando siempre de nuevo los lazos de la pertenencia familiar. «En todos los rincones y en todos los zaguanes», dice Theodor Storm, «yacían las sombras de las cosas pasadas; de todos los que alguna vez vivieron y murieron allí había quedado una huella; a nosotros, que éramos de su sangre, nos salía al encuentro por todas partes y nos daba el sentimiento de la conexión con una gran parentela, pues también los muertos formaban parte de ella». La juventud que salía de semejante medio recibía como herencia de esa gran parentela la conciencia de sí y la constancia del carácter, el sentimiento del arraigo y de la firmeza de las raíces, una voluntad seria y perseverante y una ensoñadora delicadeza de ánimo.

Entonces llegó el tiempo en que la familia perdió su casa. El desarrollo capitalista, que deshizo tantos lazos y puso patas arriba el entramado del orden social, arrebató a miles y cientos de miles, con la fuerza de lo históricamente ineludible, oficio y propiedad, los echó del terruño, los expulsó de la casa, los arrojó de la asociación familiar y los convirtió en proletarios. Proletario es el que ya no tiene nada en absoluto, aquel a quien el desarrollo se lo quitó todo, un desposeído que tiene que vender su fuerza de trabajo para vivir de su precio, el salario. Casi solo en el campo, donde el desarrollo destructor y transformador avanza más despacio, se encuentra todavía hoy la casa familiar que se hereda a lo largo de generaciones, y aun allí solo en familias acomodadas, cuyo espíritu conservador preservó lo heredado. Las generaciones jóvenes, en las ciudades casi sin excepción, apenas conocen de la casa paterna algo más que el concepto vacío de la palabra; en el mejor de los casos, un recuerdo lejano y medio perdido. El encanto poético que antaño la revestía sentimentalmente en el tesoro de canciones del pueblo se ha disipado como el último sonido de una melodía olvidada . . .

* * *

La vivienda típica del hombre moderno es la casa de alquiler. El alojamiento típico de los proletarios, el cuartel de alquiler (*Mietkaserne*).[^t6] En la palabra cuartel está todo. Gris, desnudo, de muchos pisos de altura, en filas monótonas y con desoladoras fachadas de ventanas, crece de la tierra. Rectas y prosaicas, como largos pozos, se extienden las calles de los cuarteles de alquiler por las ciudades y los arrabales; en ellas bosteza el vacío, grita el mal gusto, triunfa la trivialidad.

Entre todas las miserias sociales, la escasez de vivienda, sobre todo en las grandes ciudades, es de las más espantosas y atormentadoras. Es fuente de innumerables e indecibles manifestaciones de miseria; un cenagal en el que prosperan exuberantes la enfermedad crónica, la deshonra, el vicio y el crimen; un criadero de epidemias, <!-- S. 13 --> alcoholismo y descarrío. Primero el empresario extrae plusvalía de la fuerza de trabajo del proletario; luego la jauría capitalista cae sobre el escaso salario del explotado para recuperarlo repartiéndoselo: el terrateniente agrario con aranceles y tributos usurarios, el casero y el especulador de alquileres con la renta de la vivienda, el Estado con impuestos y gravámenes sobre las necesidades más elementales de la existencia. Puede dudarse de cuál de los tres despliega la mayor codicia; lo seguro es que la usura del suelo, que roba a los pobres hogar y techo, que convierte la higiene en farsa, la moralidad en hipocresía y la vida familiar en sangrienta burla, representa uno de los métodos más repugnantes y despreciables del parasitismo capitalista. Alguien ha dicho que se puede matar a un hombre con una mala vivienda como con un hacha; quizá la imagen resulte aún más acertada si se dice: como con un envenenamiento lento y doloroso.

No puede ni debe intentarse aquí trazar, con un gran despliegue de cifras estadísticas, un cuadro completo de la inquietante magnitud de la escasez de vivienda reinante. Y menos aún de la escasez de vivienda posterior a la guerra, que desafía toda medida y escapa a toda fijación estadística. Solo se citarán algunos hechos aislados —como contornos del cuadro de miseria— tomados de las estadísticas de vivienda de antes de la guerra.

Si, con la largueza de la estadística del Reich, se sigue considerando «normal» la convivencia de hasta cinco familias en una casa y solo se llama «cuarteles de alquiler» a las fincas de más de 20 viviendas, en 1905 Berlín tenía un 39 %, Schöneberg un 38 %, Rixdorf un 36 %, Breslau un 28 %, Charlottenburg un 25 % y Posen un 15 % de cuarteles de alquiler entre todas las casas existentes. Todas las demás grandes ciudades registraban menos del 10 %; Stuttgart, Elberfeld, Fráncfort del Meno, Essen, Colonia, Lübeck, etc., no tenían según la estadística ningún cuartel de alquiler. Ahora bien, hay que conocer las callejas y callejuelas del viejo Fráncfort, los pozos sin luz ni sol entre las hileras de casas del barrio de la catedral de Colonia, los alojamientos masivos de Essen y los patios y pasajes (*Twieden*) de Lübeck, las «pintorescas» chozas (en realidad son cuevas) junto a las murallas de Núremberg, para comprender la grotesca burla de estas comprobaciones oficiales y saber cómo vive el pueblo pobre también allí donde oficialmente no existen cuarteles de alquiler. Si no se deja actuar la largueza de la estadística del Reich y, junto a las cifras medias, se tienen en cuenta también cifras absolutas y circunstancias concretas, resulta un cuadro incomparablemente más sombrío de la miseria de la vivienda en las grandes ciudades y en las masas más pobres.

Así, en Berlín, en el último recuento, 309 fincas tenían más de 200 habitantes, 159 fincas más de 225, 105 más de 250, 64 más de 275, 106 más de 300, 12 más de 400 y 34 más de 500, entre ellas una con 1300. Una finca de la Weberstraße tenía 180 viviendas con 590 habitantes; una de la Königsberger Straße, 142 viviendas con 616 personas; una junto a la estación de Silesia, 160 viviendas con 830 habitantes. Cerca del 50 % de todos los habitantes de Berlín vivía en viviendas de una sola habitación con calefacción; en algunos distritos, hasta el 70 %. Nada menos que 3317 viviendas constaban de una sola pieza con calefacción y albergaban hasta 14 moradores; 4068 viviendas constaban solo de una cocina sin ninguna pieza más. 9000 viviendas con cocina tenían 7 o más moradores cada una; 3500, 8 o más; 100, incluso 10 o más. En viviendas de una sola pieza habitable se registraron en total 76 000 <!-- S. 14 --> personas. De ellas, 6300 compartían además la pieza con realquilados de cama (*Schlafleute*)[^t7] y subarrendatarios. En 570 había además niños. En total, año tras año, unas 600 000 personas tenían que vivir en Berlín en viviendas en las que corresponden más de 5 personas a cada habitación. La estadística llama superpobladas a tales habitaciones, mientras que Böckh, en su obra clásica sobre el censo de viviendas de Berlín de 1875, consideraba ya que había una fuerte superpoblación cuando en una habitación con calefacción se alojaban más de 4 personas. «A pesar de todo», dice Tews, «en Berlín las condiciones de vivienda de la población obrera no son en general peores, sino incluso considerablemente mejores que en la aldea y la pequeña ciudad. Pero, en cambio, la vivienda significa para la población de la gran ciudad mucho más que para los habitantes de la aldea y de la pequeña ciudad. El habitante de la gran ciudad está mucho más limitado a la vivienda. No puede pasar cada hora libre, aunque el tiempo invite a ello, delante de la puerta de casa, en la calle o en cualquier otro lugar al aire libre, como ocurre en la aldea y la pequeña ciudad. Está encadenado a la vivienda. Si se pudiera hacer una estadística de cuántas horas al año pasa por término medio el habitante de la gran ciudad en espacios cerrados, ante todo en su propio hogar, y se la comparara luego con las condiciones de las localidades más pequeñas, se vería la enorme importancia que tiene la vivienda para la vida y la prosperidad de la población de la gran ciudad».

De cómo influye en las condiciones de vivienda la avanzada industrialización de la vida económica son características las comprobaciones de una encuesta sajona de los años 1904/05, que abarcó 27 ciudades con 139 958 viviendas y un total de 556 693 moradores. El 46 % de todas las viviendas eran viviendas pequeñas: un 4 % de una sola habitación, un 1 % de cuarto y cocina, un 24 % de 2 habitaciones; un 16-17 % tenía 2 habitaciones, una de ellas con calefacción, más cocina. En todas estas viviendas se alojaba el 38 % de la población considerada, pero solo el 16 % gozaba de la vivienda obrera típica de cuarto, alcoba y cocina. En varias ciudades más del 30 % de los moradores dependía de viviendas de 2 habitaciones sin cocina y de cuartuchos más pequeños. En 25 de las 27 ciudades, más de la mitad de todas las viviendas tenía una sola habitación con calefacción. En bastantes ciudades la proporción de estas viviendas llegaba al 60-70 %. Aun sin dar demasiado peso a este hecho, ya que muchas familias se limitan a calentar una sola habitación durante la estación fría o utilizan también con frecuencia la cocina como estancia durante el día, da motivo para las más serias preocupaciones que se hallaran 234 viviendas sin ninguna habitación con calefacción; 204 de ellas estaban habitadas por 630 personas (de ellas, en Plauen, 57 con 156 moradores). El 47 % de estas viviendas no tenía ni siquiera cocina, entre ellas 89 viviendas que solo constaban de una habitación sin calefacción. 60 303 viviendas (el 43 %) no tenían cocina; 17 788 (el 15,3 %) tenían subarrendatarios.

En otras partes del Reich las condiciones no eran mejores. Así, de Breslau, Danzig, Hamburgo, Renania, etc., podrían citarse cifras y hechos que muchas veces causan verdadero espanto. Un fenómeno especialmente característico de Múnich, y muy desfavorable, son las viviendas compartidas. Las viviendas grandes se alquilan por partes a distintos inquilinos, de modo que estas viviendas no están en absoluto cerradas en sí mismas: el vestíbulo y el retrete se usan en común. Hay <!-- S. 15 --> viviendas que se reparten hasta 10 partes inquilinas. El 25 % de todas las viviendas son viviendas compartidas, en las que se ve obligada a vivir una quinta parte de la población de Múnich. Nada menos que el 10,8 % de todas las piezas solo recibe luz indirecta; 8560 de 14 990 se usan como dormitorios. Solo poco más de la mitad de todas las viviendas dispone de retrete propio; en los barrios obreros, por término medio solo un tercio. En 4455 casos un retrete tiene que bastar para cinco o más viviendas. Solo el 61,2 % de las viviendas tenía vestíbulo cerrado; todas las demás tenían vestíbulos comunes o ninguno. En 1273 casos los vestíbulos servían de dormitorios. Espantoso es el hacinamiento de las viviendas, en las que transcurre toda la existencia de las familias, su economía doméstica y también su trabajo. Si se toma como medida mínima 10 m³ de aire por persona, 850 viviendas con 5254 personas estaban hacinadas. Con una medida de 15 m³ (el mínimo oficial para la celda de una cárcel), 34 438 moradores (más de la mitad, niños) vivían en 6124 viviendas hacinadas. Aún peor están los dormitorios, de los cuales, con la exigencia mínima de 10 m³ de aire, 11 029 piezas con 39 919 personas estaban hacinadas. Suponiendo 15 m³ de aire, 128 691 personas tenían que pasar la noche en 42 121 dormitorios hacinados; es decir: en lugar de un sueño reparador, encuentran un envenenamiento y una infección inevitables.

Al elaborarse una estadística en *Halle* se iba a considerar suficiente toda vivienda cuyo alquiler no superase la quinta parte de los ingresos y cuyos dormitorios tuvieran al menos 10 m³ de aire para cada persona mayor de 10 años y al menos 5 m³ para cada una más joven. El resultado de la investigación sacó a la luz, como admitió el informe oficial, situaciones que nadie había creído posibles. En una vivienda, por ejemplo, dormían tres muchachas de más de 14 años con los padres en una habitación de 34 m³ de capacidad, y en otra tres hijos de 10-24 años y dos hijas de 13-19 años con la madre en una habitación de solo 25 m³ de capacidad. En un solo distrito de policía se encontraron 148 viviendas que no cumplían ni siquiera las exigencias más modestas.

De la falta de comprensión con que se enfrentan a esta miseria incluso los círculos cultos, y de la escasa receptividad que muestran ante los esfuerzos de una política de vivienda razonable, da testimonio una experiencia que tuvo el economista Dr. Stillich en el Oberland de Meiningen. Cuando estudiaba allí la industria del juguete y quiso conocer también las condiciones de vivienda, un párroco del lugar le aseguró que en su localidad «la gente vive bien y a gusto y no existe una cuestión de la vivienda». Pero ya la primera casa que visitó el Dr. Stillich mostró, en contra de lo afirmado por el párroco, condiciones verdaderamente espantosas.

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A la falta de espacio se añade casi en todas partes, como otro mal que agrava la miseria, la *falta de camas*. O bien está condicionada por la falta de espacio, o bien aparece como consecuencia de la pobreza general, que hace inasequible para muchos un número suficiente de camas. Casi siempre actúan juntas ambas causas, que nacen de la misma fuente: si con la pobreza todavía alcanza para un techo precario sobre la cabeza, ya no alcanza para un <!-- S. 16 --> lecho. Las zorras tienen madrigueras, las aves tienen nidos . . . el Hijo del hombre, en su pobreza y desnudez, sigue caminando todos los días entre nosotros.

Según la mencionada estadística sajona de vivienda, en 1905, por término medio de las 27 ciudades, en casi una décima parte de todos los dormitorios de las viviendas con subarrendatarios había *menos camas* que personas adultas. En algunas ciudades la proporción llegaba al 26 %.

Esta carencia golpea con especial dureza al niño. Dada la gran importancia del sueño para restablecer el equilibrio alterado del metabolismo, sobre todo en la edad infantil, no solo importa que el niño tenga suficiente tiempo de sueño, un lecho limpio y suficiente aire; ante todo, en interés de un sueño tranquilo y reparador, el niño debe tener también *una cama para él solo*. En este aspecto, los hijos del proletariado están abastecidos de un modo que supera toda idea de lo malo.

En Berlín, el Dr. Bernhard comprobó que el 33 % de los niños interrogados por él dormía solo en una cama, el 63,5 % de dos en dos, el 3,4 % de tres en tres y el 0,1 % de cuatro en cuatro. En la 8.ª clase de la 84.ª escuela municipal, de 55 niños 16 dormían con dos personas y uno con tres en la misma cama. Igualmente, en la 8.ª escuela municipal un niño con tres hermanos. El Dr. Philippsohn informa sobre 200 niños, de los cuales el 40 % dormía solo y el 60 % con 1-4 personas; en concreto, 5 niños de 6-13 años con la madre, dos niñas de 6-13 años con el padre, 11 niños con la hermana y viceversa, 17 niñas con las madres, 8 niños con los padres, 29 niñas con hermanas, 35 niños con hermanos, 2 niños con abuelas, 1 niño con tres hermanos y una hermana. El inspector de una caja de enfermedad encontró a un muchacho de 16 años, enfermo de gripe y de anginas, en un cuartito donde cuatro personas usaban dos camas. Él mismo compartía la cama con un enfermo de escarlatina.

Cuando Grieser comprobó en Múnich que 17 000 personas no tienen cama, se trata sin duda en su mayoría de niños. «La cama», dice, «la recibe el subarrendatario o el realquilado de cama (que en los distritos 15.º y 16.º se aloja en una sexta parte de todas las viviendas); los miembros de la familia se preparan un lecho en el suelo». Y en los barrios obreros, del 52 al 57 % de la población vive en viviendas de 1-2 piezas.

De Colonia informa la estadística de la Asociación del Asilo de Parturientas que, en las familias recogidas por la estadística, había: una cama para cada 3 personas en 69 casos, para cada 4 personas en 16, para cada 5, 6, 7 y 8 personas en un caso cada uno. Dos camas tenían 321 familias de 3 a 8 personas cada una; tres camas, 16 familias de hasta 10; cuatro camas, 5 familias de hasta 11 personas. En 194 casos correspondían a una cama más de 2 personas; en 115 casos, más de 3 (hasta 8).

En Magdeburgo, el informe del médico escolar comprobó que, de 700 alumnos de la escuela popular, el 20 % dormía de cuatro, el 12 % de cinco, el 7 % de seis, el 3,3 % de siete, el 0,6 % de ocho y el 0,3 % (2 alumnos) incluso de nueve personas en una pieza. Solo 205 (el 29 %) tenían cama propia; el 67,3 % dormía de dos en dos, el 3,3 % de tres en tres; un muchacho, incluso con otros 3. Estas cifras superan todavía los datos de Bernhard para Berlín.

De Fürth informa el maestro Weiskopf que, de 60 niños de siete a nueve años de su clase, solo 14 dormían solos en la cama; de ellos, nueve <!-- S. 17 --> eran huérfanos. Un niño, opina Weiskopf con sarcasmo, tiene que ser primero huérfano para tener una cama para él. Los otros 46 niños no gozaban del beneficio de un lecho cómodo ni de un descanso nocturno tranquilo. Dormían 6 niños con el padre, 6 con la madre, 15 con los hermanos, 3 con hermanas de hasta ocho años, 6 con hermanas de hasta 14 años, 2 con hermanas de más de 14 años, 4 con otros miembros de la casa; dos niños dormían con hermanos de tres en tres, uno con un hermano, y uno, el más débil y pequeño, de cuatro en cuatro con dos hermanas y un hermano.

En las pequeñas ciudades, incluso en el campo, sobre todo donde los alquileres han subido rápidamente a consecuencia del desarrollo industrial, las condiciones no son mejores, o apenas. Así, en Menden, una pequeña ciudad cercana a Iserlohn, el maestro Michel averiguó que solo el 11,67 % de los niños tenía una cama para él solo; el 6,67 % dormía con el padre, el 8,33 % con la madre, el 45 % con hermanos del mismo sexo, el 8,33 % con hermanos del otro sexo, el 3,33 % con otros miembros de la casa; el 15 % usaba la cama de tres en tres, el 1,67 % incluso de cuatro en cuatro. De la región de Waldenburg, en Silesia, donde más del 60 % de las familias vive en viviendas de una habitación, se informa de que dos camas constituyen por lo general el único lugar utilizable para dormir de la familia. Si se pregunta a la gente dónde duermen los niños —cinco, seis, siete y ocho—, por lo general se señala un rincón en el que hay un montón de harapos. Ese es el lugar donde duermen los niños. Uno se acuerda sin querer del pasaje de *Pelle der Eroberer* [Pelle el conquistador], de Andersen Nexø, que cuenta la visita de Lasse a su hermano Kalle, bendecido con muchos hijos: «¡Vaya, aquí sí que hay una bendición de Dios en hijos!», dijo Lasse mirando alrededor. Había tres en el banco-cama bajo la ventana, dos más pequeños en un extremo y un muchacho larguirucho de doce años en el otro; sus pies negros asomaban entre las cabezas de las niñas. Además se habían hecho lechos sobre sillas, en una vieja artesa de amasar y en el suelo desnudo. Todo estaba ocupado por los niños dormidos . . . Este sombrío cuadro de miseria, entonces un conmovedor episodio de novela, es hoy —en la bancarrota cultural general del ocaso de los dioses capitalista— una realidad mil y mil veces repetida.

Un niño que noche tras noche tiene que pasar seis, ocho o diez horas en un lecho incómodo, apretado, encogido, impedido en sus movimientos y en su respiración, junto a compañeros de cama que lloran, tosen, sudan, roncan o incluso están enfermos, quizá en un cuarto lleno de vaho, en un dormitorio hacinado y junto a una calle ruidosa, no puede de ningún modo haber dormido lo suficiente por la mañana ni estar fortalecido y repuesto por el descanso nocturno. Se siente trasnochado, abatido, desganado, sin ánimo para jugar ni para trabajar, padece anemia y trastornos del metabolismo, se vuelve propenso a las enfermedades infecciosas y se queda atrás en el crecimiento. En la escuela forma parte de los niños débiles, cansados —los maestros los riñen por *perezosos*—. El dormir juntos favorece en alto grado el contagio de enfermedades, sobre todo del sarampión, la escarlatina, la difteria, la tuberculosis, etc. Por no hablar de los peligros que pueden surgir para el niño en el aspecto moral, especialmente al dormir con personas adultas o que están en la pubertad. Aquí la familia se convierte con demasiada facilidad en un foco de lujuria y en una escuela de grave depravación moral.

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Aunque no se fije uno enseguida en los peores males y peligros, la miseria de la vivienda sigue siendo bastante grave y llena de infinitos perjuicios para la prosperidad del niño. ¿No es mayor la mortalidad de lactantes en las viviendas de sótano y de buhardilla y en los cuarteles de alquiler que en las viviendas de piso y en la edificación abierta? ¿No prospera mejor el raquitismo en patios húmedos y en frescos agujeros de sótano? ¿No es la tuberculosis literalmente una enfermedad de la vivienda? ¿No son los niños de viviendas estrechas y hacinadas más pequeños, más débiles y más mezquinamente desarrollados que otros que crecen con aire, sol y movimiento? ¿Y no es muchas veces la degeneración corporal la causa de una inferioridad intelectual y moral? No es ciertamente casualidad que en Waldenburg, cuyas inauditas condiciones de vivienda se han mencionado, el médico escolar del distrito tuviera que calificar de enfermos y desnutridos al 86 % de los escolares. Tampoco es casualidad que en las localidades industriales de Sajonia con condiciones de vivienda anormalmente tristes la mortalidad infantil sea anormalmente alta y la constitución física de la juventud escolar anormalmente mala. Aquí causa y efecto, como escasez de vivienda y atrofia, degeneración, incapacidad para la vida, están visiblemente unidos por dentro. En Berlín, donde la miseria de la vivienda clama al cielo, en 1910/11, de 33 671 alumnos nuevos examinados, 3193 (el 9,48 %) tuvieron que ser aplazados por desarrollo físico deficiente, y de 226 257 alumnos de las escuelas municipales, 48 332 (el 21,4 %) tuvieron que ser puestos bajo vigilancia médica.

Pero la miseria de la vivienda destroza también la naturaleza intelectual y moral del niño. La casa debe ser el recipiente de la familia, el órgano de su tarea educativa. Pero si la vida doméstica está suprimida, destruida o solo existe como mísero sucedáneo, ¿cómo va a hacer valer entonces la familia sus influencias educativas sobre sus hijos? El suelo educativo de la casa, antes tan fértil y productivo, está aquí completamente empobrecido, yermo y cubierto de arena. ¿Cómo va un niño a recibir, en una vivienda estrecha, sofocante y superpoblada, el calor y la luz que su organismo necesita para su desarrollo? ¿Cómo va a gozar en un cuartel de alquiler, como pájaro en la jaula, de la libertad de movimiento que es condición indispensable de la prosperidad del cuerpo y del espíritu? ¿Es un «hogar» una habitación en la que vive toda una familia, pared con pared con otras cien familias, en la que se cocina, se cose, se seca la ropa, en la que los niños gritan, los padres riñen, los enseres están revueltos, no hay mesa ni silla libre y falta todo adorno, toda intimidad? ¿Puede un niño sentirse «en su casa» en la desolada calle del arrabal, en el patio, en un cuarto piso, sin vista a un trozo de naturaleza, rodeado de chimeneas humeantes y tejados y hastiales desnudos, con ventanas en las que apenas caben un par de macetas? ¿Le invade hoy al soldado que procede del mar de piedra de la gran ciudad, en los terraplenes de la fortaleza de Estrasburgo, una tristeza y una nostalgia de la tierra natal semejantes a las de aquel suizo?[^t8] ¿En qué tierra natal va a pensar cuando canta: «Cuando desde muy lejos miro hacia la tierra natal, ¡ay, qué bien y qué dolor siento en el corazón!»? ¿En el laberinto de casas donde, en una mísera buhardilla, pudo echar la primera mirada al hermoso mundo? ¿O en la casa trasera donde, a la sombría luz del crepúsculo, tenía que hacer sus deberes de la escuela? ¿O en la ciudad, aún desconocida para él, a la que sus padres se mudaron durante su ausencia? (B. Hofmann, *Jugenderziehung und Bodenreform* [Educación de la juventud y reforma agraria])

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En el alojamiento masivo, en el cuartel de alquiler, en las piezas superpobladas de la vivienda interior, de sótano o de buhardilla, cesa toda intimidad, todo sentirse en casa; la palabra «hogar» suena como amarga burla. Aquí, donde en verano, por las ventanas abiertas, entra todo el chismorreo, toda la riña, todo el traqueteo, zumbido, ronroneo y murmullo de las máquinas de coser y de zapatería, todo el griterío de niños, todos los berridos de gramófono, todo el estruendo de las máquinas de la fábrica del patio y todo el estrépito del tranvía, todo el olor y el tufo de las 40 o 50 cocinas, con su olor a sebo, a rancio; donde no puede abrirse una puerta sin que penetren miradas curiosas, envidiosas o maliciosas; donde ningún secreto puede respirar; donde el nacer y el morir, lo más personal y lo más íntimo, no se consuman sin observadores ni testigos. «En ningún otro lugar», dice Tews, «ve el niño a quienes le rodean tan sin velos, tan en *négligé*, como en la familia. Mira literalmente al corazón, al alma de su familia. Aquí no hay ocultación, ni escondite, ni tampoco pose. Aquí cae toda máscara, y hombre y hombre se enfrentan como tales».

Lo humano se vuelve, claro está, con frecuencia demasiado humano por el estrecho contacto corporal de los habitantes del cuarto en la angostura del espacio, por el dormir juntos y, sobre todo, por la influencia de los elementos ajenos a la familia, los realquilados de cama y los huéspedes. Los tribunales de la Baja Silesia, se dice desde Waldenburg, tienen que ocuparse con relativa frecuencia de casos de incesto y de delitos contra la moral. En la Alta Silesia polaca es todavía mucho peor. En semejante medio, los niños y los jóvenes son literalmente educados para el desenfreno, quieran o no. Las actas y los informes de los establecimientos de asistencia (*Fürsorgeanstalten*) aportan pruebas a montones de la enorme medida en que la miseria de la vivienda, que clama al cielo, envenena jóvenes almas infantiles.

Pero no solo se pierden o se destruyen valores éticos, también pedagógicos. ¿Cómo va a acostumbrarse un niño a la limpieza, al sentido del orden, en una vivienda donde la escasez de vivienda prohíbe toda conducción ordenada de la vida, donde ningún objeto tiene su lugar fijo, ninguna tarea su tiempo fijo? ¿Cómo va a desarrollar el sentido de la belleza, la sensibilidad artística, el gozo de los colores, en un cuartel de alquiler o en un cuchitril de sótano, desprovisto de todo atractivo estético? ¿Cómo va a llegar al pudor, a la discreción, a la consideración de las necesidades e intereses de los demás, en una vivienda en la que cada mirada por la puerta descubre cien veces al día el santuario, en la que el amor y el odio se delatan por la ventana abierta a toda la casa, a todo el vecindario? ¿Cómo va a poder ser pacífico, conciliador y tratable, dispuesto al bien, donde a diario y a cada hora los roces y fricciones tienen que conducir a conflictos y hostilidades? ¿De dónde va a sacar el amor a la naturaleza, dentro de los muros de casas altos hasta el cielo, que le tapan toda copa de árbol y todo trozo de césped? ¿Cómo va a poder llegar nunca al recogimiento interior y a la concentración del espíritu, a la interiorización de su ser y su sentir, en la eterna inquietud, en la eterna prisa y nerviosidad que llenan todas las piezas, todos los barrios, todas las calles, más aún, todo el hacer y el vivir de los hombres de hoy?

La vivienda en la que el niño proletario moderno, sobre todo el de la gran ciudad, pasa su juventud no recoge ni equilibra, no alegra ni rodea lo que germina y se forma con el baluarte de una <!-- S. 20 --> bondad pacífica y una tranquilidad protectora; más bien irrita y excita, vuelve nervioso, desconsiderado, brutal; deja vacíos el corazón y el sentido, conduce al empobrecimiento interior y acaba en el sordo y abrumador sentimiento del desarraigo (*Heimatlosigkeit*).[^t9]

## La calle

La casa de la familia burguesa tenía un jardín, que era el cuidado y apreciado *Tusculum* de todos los miembros de la familia. Aquí la mañana fresca de rocío saludaba en su radiante pureza a los que despertaban alegres y elevaba su corazón; aquí la tarde, en la púrpura del sol poniente, regalaba a los que descansaban el grato estado de ánimo de la hora de asueto y el delicioso goce de la paz tras la jornada cumplida. El día estaba lleno de innumerables pequeñas, pero atractivas y felices vivencias. Allí lucían los arriates con el abigarrado adorno de las flores; allí, en primavera, los árboles se envolvían en nubes blancas y relucientes; allí reían en la espaldera las uvas doradas; las ramas cargadas de fruta invitaban a cogerla. En alguna parte chapoteaba una fuente de caño; junto al colmenar zumbaba y enjambraba; en el gallinero cantaba y cacareaba la volatería. Y en los cenadores discretos, cuando florecía el jazmín, se susurraba más de un dulce secreto. Cuando la habitación y la casa se quedaban pequeñas, el jardín acogía a la familia; daba libertad y permitía moverse, regalaba aire y sol y abría —por el alivio que de él emanaba como por el trabajo que exigía— innumerables fuentes de dicha callada y bienaventurada.

Los niños, sobre todo, tenían en él su paraíso. Se extendía entre el césped y el montón de arena, el seto de bayas y el corral. Estaba lleno de delicias indescriptibles. Uno podía retozar y divertirse dando volteretas, podía cavar en la arena, tumbarse a la sombra de las copas de los árboles, cazar mariposas y escuchar a escondidas a los pájaros; se llegaba a una relación familiar con la naturaleza, que se aprendía a amar y a comprender; se adquiría mirada y sentido para las bellezas y receptividad para los suaves encantos del ánimo. Así el jardín se convertía en un educador silencioso, que imperceptible pero constantemente formaba y educaba el interior del niño; así el alma infantil se convertía ella misma en un jardín en el que todo germinaba, brotaba y pugnaba hacia la luz.

* * *

El capitalismo, que hizo saltar la familia y quitó la casa al proletario, devastó también el jardín. Pisoteó los arriates e hizo talar los árboles, arrancó los setos, trazó a través de él calles rectas y adoquinadas e hizo crecer de la tierra, a derecha e izquierda —allí donde habían perfumado las violetas y los claveles—, grises cuarteles de alquiler altos hasta el cielo.

Lo que le ocurrió al jardín le ocurrió al ejido, en cuanto la industria se apoderó de la aldea campesina y la convirtió en un pueblo fabril. Donde la juventud giraba bailando en torno al mayo y en las tardes de verano se reunía riendo para bromas y juegos, se alzan fábricas en las que zumban los husos y muchachas jóvenes tienen que dejar marchitarse su juventud en un aire sofocante.

Los jardines han desaparecido, la plaza del pueblo se ha esfumado. A lo largo de calles desnudas y frías se ha estirado la ciudad, un mar de casas. El <!-- S. 21 --> niño busca en vano su hermosa tierra de la infancia. Quiere jugar, porque el juego es su elemento vital; quiere saltar y moverse, porque su pequeño cuerpo se estremece de inquietud y de afán de actividad; quiere vivir algo con sus sentidos y con su alma, porque su ser está destinado al crecimiento y al desarrollo.

En la vivienda no puede jugar ni saltar: es estrecha y fría. En las escaleras y los patios no puede jugar ni estar alegre, porque el casero riñe. «Se prohíbe toda permanencia, todo ruido, juego, música, etc., en escaleras y patios». Va a la escuela: allí no tiene patio de juegos ni jardín. Va a los jardines públicos: allí no tiene parques infantiles, tiene que caminar correctamente, no puede coger nada, no puede pisar el césped, apenas puede quedarse parado. «Vuelve a su casa, y es una desoladora casa de alquiler. Allí hay habitaciones estrechas y pasillos oscuros. Allí cuelga un pedacito diminuto de cielo sobre un pequeño espacio abierto al que se llama patio o jardín. Allí hay, a derecha e izquierda, arriba y abajo, personas que se sobresaltan a cada sonido del niño y gritan: ¡Silencio! ¡Silencio! Porque ellas mismas están cansadas y desganadas. Y porque han olvidado lo que ellas mismas necesitaron de niños». (W. Mohr)

Así, al niño solo le queda la *calle*, que se le convierte en lugar de juego y en estancia diaria. El niño proletario, expulsado de la familia, la casa y el jardín, se convierte en niño de la calle.

También la aldea tiene sus calles, en las que la juventud retoza de vez en cuando en bandadas y practica sus ruidosos juegos. En las pequeñas ciudades los hijos de los burgueses juegan en pequeños o grandes grupos a las canicas o al pilla-pilla exactamente igual que los niños de la gran ciudad en la calle. ¡Y, sin embargo, aquí hay una enorme diferencia! En la aldea y la pequeña ciudad la calle es lo que debe ser: una comunicación, una conexión entre fincas y viviendas, un medio para un fin. Pero en la gran ciudad, en la localidad industrial, donde vive el proletariado, deja de ser solo puente y recurso; aquí se convierte en fin en sí misma. El niño de la aldea, aunque ayude con frecuencia y en abundancia a poblar la calle, encuentra sin embargo el centro de gravedad de su hacer y su vivir en la casa, el corral o el jardín; el niño de la gran ciudad, en cambio, depende por completo de la calle, que tiene que sustituirle la casa, el corral y el jardín. Es el *niño de la calle*: un producto de la gran ciudad y de las nuevas condiciones, un tipo.

Lo que distingue a los niños de la aldea y de la pequeña ciudad de los niños de la calle de la gran ciudad lo ha precisado acertadamente Sombart: su pertenencia mutua de todos con todos, su asociación comunitaria que procede del clan y de la vecindad. Allí son siempre los mismos niños los que juegan juntos, hijos de familias amigas o emparentadas, cada uno conocido en sus maneras y malas maneras por todo el círculo de padres y niños. Y a su vez toda la tropa es bien conocida por la aldea, por la ciudad; lo que hace de malo es al día siguiente conversación de los vecinos y del clan. En el fondo, una gran comunidad educativa silenciosa. Aquí, en cambio, el niño de la calle: una hoja traída por el viento que al instante siguiente es empujada a otro montón de hojas. Un montón de niños extraños, de composición eternamente cambiante, cuyos padres no se conocen, cada uno de los cuales no es conocido por los padres de los demás. Una masa informe en la que los elementos más fuertes, pero también los peores, sin que nadie observe su funesta acción y <!-- S. 22 --> trate de detenerla, dominan a toda la tropa. Una cuadrilla cuyo destino físico y psíquico está entregado al azar.

La calle es, en primer lugar, el lugar de juego del niño de la calle. En la aldea, sí, allí hay todavía los más espléndidos lugares de juego sin que nadie los haya acondicionado como tales. Allí uno se sienta, como lo describe con viveza Gansberg, en setos y vallas y se zampa lo que se ha procurado en los huertos con diligencia, astucia y osadía; allí están los rincones y sitios más maravillosos entre las casas, los establos y los graneros desordenadamente amontonados unos contra otros. Allí hay escondites recoletos bajo el tejado de paja, en el brezal y en la espesura de sauces, tan extraños como solo puede imaginárselos en su fantasía un niño de ciudad entre sus aburridas hileras de casas.

En la gran ciudad, por desgracia, no hay sitio para el juego y el placer de retozar de los niños. El desarrollo dirigido solo a la ganancia, orientado por la más prosaica utilidad, que muchas veces se precipita con nerviosa prisa, con sus calles y manzanas de casas, sus ómnibus, coches de punto y automóviles, sus tranvías, ferrocarriles elevados y metros, su falta de tiempo y su aprovechamiento del espacio, ha pasado por encima del niño, ha olvidado por completo a la juventud con sus deseos y necesidades. Tenemos calles suntuosas y plazas ornamentales, caminos de herradura y parques, fuentes y monumentos para cualquier fulano y mengano, plazas de desfiles, hipódromos y plazas de mercado; pero ¿qué tenemos para los niños?

La calle es su lugar de juego. En el oleaje y el trajín, entre transeúntes y carruajes, empujados y apartados, increpados y perseguidos por los guardias, tienen que ocuparse y divertirse como pueden. Más de un muchacho ágil que sigue su impulso de movimiento y rompe los reglamentos de tráfico, escritos y no escritos, tiene que pagar su alegría de jugar bajo las ruedas de un automóvil o bajo los puños de un hombre con casco. «Si a los muchachos se les ocurre», dice Masso, «jugar a la pelota en calles y plazas, los guardias van tras ellos como tras perros rabiosos». Se dice que eso ocurre para proteger al propio niño. Naturalmente: no se quiere que los niños caigan bajo los cascos de los caballos y las ruedas de los carruajes. Pero no pasa un día sin que algún niño caiga entre las ruedas de alguna *máquina* sin que la policía despliegue ni de lejos un celo tan grande por protegerlo. ¡Qué sacrificios de salud y de vida exige solo el trabajo infantil remunerado en los molinos industriales de la ganancia y en los campos de remolacha de los junkers! Nadie ha visto aún correr a los guardias tan deprisa para proteger a los niños como cuando se trata de echar del asfalto de la calle a un niño que juega a la pelota. Y, sin embargo, el niño vuelve a jugar en cuanto el «azul» ha desaparecido tras la próxima esquina, porque tiene que jugar; juega, por muy hostiles e insoportables que sean para su naturaleza las formas modernas de vida y de tráfico.

Un poco de comprensión de las necesidades de la edad infantil y un poco de buena voluntad para atender a esas necesidades deberían haber hecho pensar hace tiempo a las administraciones municipales en crear un sustituto para las oportunidades de juego que la juventud ha perdido.

Ahí está el montón de arena, el más excelente de todos los compañeros de juego y educadores de la primera infancia: ¡qué rara vez y en qué mal estado se lo <!-- S. 23 --> encuentra! Cuando el danés Dragehjelm, el evangelista pedagógico del montón de arena, hizo hace años un viaje de estudios por Alemania, quedó bien poco edificado de la suficiencia y la manera con que las grandes ciudades alemanas abastecen de arena de juego a los pequeños que juegan; de numerosas ciudades, entre ellas Berlín, no había recibido, por razones fáciles de adivinar, ninguna respuesta a sus cuestionarios, que pedían información sobre parques infantiles y oportunidades de juego. ¡Y cuántas cosas hermosas y ricas podrían regalarse a los niños de las calles ruidosas y los patios sombríos con un par de carretadas de arena! No solo se fortalece la salud y se desarrolla la fuerza muscular al jugar con arena: el niño experimenta también un enorme fomento de su sentido del tacto, llega a una intuición fresca e inmediata de lo corpóreo, ejercita los sentidos y las manos, despliega la fantasía y aporta sin esfuerzo a su espíritu un gran número de principios físicos y matemáticos: en el montón de arena se abre una riqueza de figuras y formas, una abundancia de hechos y verdades, fenómenos, sucesos, sale al encuentro del mundo de sus representaciones. ¡Y verdaderos torrentes de felicidad brotan del alma infantil!

También los lugares de juego para los niños mayores andan mal, aunque con el tiempo una activa propaganda en favor de los juegos populares y juveniles ha logrado más de una concesión y más de una disposición a mejorar la situación. El profesor Rhaydt constata, no sin melancolía y amargura, el vivo interés que Inglaterra muestra por el instinto de juego de la juventud y lo escasos que son, en contraste con ello, los gastos que se hacen en Alemania con estos fines.

En los años anteriores a la guerra, las mujeres socialdemócratas se hicieron cargo con gran celo, en muchas regiones del Reich, de los abandonados niños de la calle y durante el verano, sobre todo en las vacaciones, los llevaron en alegres bandadas fuera de la sofocante estrechez de la ciudad, a los prados de juego o al bosque. De numerosas ciudades grandes y pequeñas se han publicado informes sobre estas actividades que dejan ver qué gran pedazo de trabajo educativo y cultural ha realizado ya el proletariado también en esta dirección. En la mayoría de las ciudades los niños recibían a diario su comida fuera, donde sabe mucho mejor que en casa: por lo general pan y leche, también café, bizcocho y rosquillas. Si el bosque estaba bastante cerca, se iba a pie al campo; en caso contrario se utilizaban el tranvía, el ferrocarril o el vapor. En esos casos la comisión de protección de la infancia o de juegos de vacaciones pagaba el viaje, para que no se quedaran fuera los más pobres de todos, que eran los que más lo necesitaban. Se compraban balones de fútbol, de honda y de juego, juegos de aro, cuerdas de saltar y de tirar, etc.; el partido, los sindicatos y las cooperativas de consumo contribuían para reunir los medios necesarios. También las organizaciones de las comisiones de formación y de juventud aportaron su óbolo. Y mientras la conciencia de haber procurado horas felices a miles y decenas de miles de pobres niños de la calle y de haberles hecho bien en cuerpo y alma no solo hacía felices a los participantes, sino que también tocaba con simpatía a los más alejados y despertaba su aplauso, le estaba reservado a la administración ducal de Brunswick prohibir el uso del bosque del Estado, porque las ganas de jugar de niños socialdemócratas estorbaban los placeres de la caza de altos señores . . . Así la juventud de los pobres, aun cuando manos salvadoras <!-- S. 24 --> se compadecían de ella, era empujada, arrojada una y otra vez de vuelta a la calle.

Pero si en la calle no puede ni le está permitido jugar, ¿qué va a hacer? Hace travesuras. Ante las puertas, junto a los escaparates, en los portales, en los bancos de los paseos está de pie, tumbada y holgazaneando, desocupada y sin vigilancia. Se intercambian observaciones, se traman planes, se emprenden correrías en común y se cometen fechorías. Semejante *convivium* es casi siempre una mala escuela para el espíritu y el alma. «Se cuentan esto o aquello, bueno y malo, saben todo el chismorreo del vecindario y lo propagan diligentes; oyen o hablan de cosas que pueden ocupar a los adultos, pero nunca a la juventud; pasan revista a los que pasan y compiten entre sí en la crítica desdeñosa. Se apodera de los mozalbetes que van creciendo un desagradable placer en las observaciones chistosas, en el despellejamiento malicioso, en el rebajar y empequeñecer a los demás. La consigna mordaz, la obscenidad vulgar se convierten demasiado pronto en su elemento. Así crece el típico muchacho de la gran ciudad, con la boca suelta y la desvergonzada réplica pronta, con una mirada segura para todo lo pequeño y lo bajo de la vida humana, con un corazón tan asquerosamente prosaico y vulgar, tan sabihondo y pagado de sí mismo, tan sin vuelo y tan pobre de solemnidad en todo lo verdaderamente ideal». (Weimer)

Esta superficialidad y esta hastiada insolencia de hocico de perro en la vida anímica se ven reforzadas por la peculiar influencia psíquica que el trajín, las prisas y la caza de la gran ciudad ejercen sobre todo aquel que se encuentra en sus torbellinos. Una abundancia de impresiones muchas veces literalmente abrumadora, una confusión de sucesos superpuestos y sucesivos que turba los sentidos sale al paso del observador a cada paso, le roba el recogimiento y la seguridad interior y le hace perder el equilibrio. En el niño, cuyo ser es tan sensible y tan poco asentado y que reacciona con tanta fuerza a los estímulos exteriores, el caótico ajetreo de la gran ciudad tiene que obrar de manera literalmente destructora. Tews, que conoce exactamente la gran ciudad, ha escrito cosas muy acertadas sobre la pedagogía de la calle: la calle de la gran ciudad es un cauce de río por el que se agolpa una doble corriente animada por miles de figuras. La calle es movimiento, es vida, es un cinematógrafo. Ni un minuto es la misma; es un oleaje, un juego de las olas. Forma y color cambian en ella sin descanso y sin fin. La calle es además distinta a cada hora del día. Los tipos de la vida callejera cambian con cada hora del día como con cada barrio de la ciudad. Lo típico de la vida callejera de la gran ciudad es el apresurarse y el empujar. En esto la calle es una imagen de la vida y el trajín de la gran ciudad en general. Encarna el contenido esencial de la vida moderna de la gran ciudad. Además, en la calle todo es exterioridad y apariencia. El hombre se presenta tal como quiere ser visto. Todo lo íntimo y peculiar tiene que quedar atrás. Todo está calculado para los ojos de los semejantes y vuelto hacia fuera. Mientras que las calles de la pequeña ciudad y de la aldea reflejan en día laborable la vida profesional de sus habitantes en todas sus formas y gradaciones y la ropa de trabajo es al mismo tiempo la ropa de calle, en la gran ciudad el trabajo ha desaparecido de la calle y de la fachada, ha sido empujado a las casas traseras y a las fábricas; una uniformidad y una monotonía han entrado en la imagen de la calle y la blusa de trabajo ha desaparecido de ella. La calle ofrece un poco de todo, pero nada duradero y <!-- S. 25 --> nada entero. Una vida calculada para la calle pierde su contenido interior. Miles y miles sin cuento configuran su vida de tal modo que se imponen las más sensibles restricciones en las necesidades más elementales solo para estar equipados para la calle. La calle es el Moloch al que se sacrifica infinitamente. Pero en ello hay una educación para la ligereza y la superficialidad, la formación de un ser que toma la apariencia por la realidad. Por muchas cosas que llegue a conocer el niño —cosas que el habitante de la pequeña ciudad o del campo nunca llega a saber ni a comprender, o solo con esfuerzo y al cabo de años—, con la cantidad y el rápido cambio de las impresiones todo se queda en la superficie. A las conexiones más profundas de las cosas, a la vida y las vivencias interiores de los hombres, la mirada solo llega rara vez o nunca. Así el niño de la gran ciudad crece intelectualmente más despierto, más receptivo y más adaptable, es avispado y hábil, está familiarizado con mucho de lo que todavía no pertenece al horizonte de la juventud; pero es también crítico y escéptico, hastiado y sin ideales, quizá ya pronto envenenado y corrompido.

Mientras que el niño de la aldea avanza con sus sentidos y pensamientos solo lenta y pausadamente, tiene que adquirirlo todo con esfuerzo, pero retiene lo adquirido y lo asimila profundamente y en conjunto vive todo de modo más interior, posee un fondo mayor de calor y de sentimiento y sigue siendo niño más tiempo, el niño de la calle de la gran ciudad acaba enseguida con todo, por desgracia también con su juventud.

El medio crea así una esfera educativa que influye en el espíritu como en el carácter, en los sentidos como en el temperamento, en el natural como en la vida afectiva, que los forma, los tiñe, los educa. Por desgracia, no en el buen sentido ni para un buen fin.

## La tierra natal

¿Qué más podría pedirse de la educación, opina Ludwig Gurlitt, sino que haga sentirse en casa al joven en el lugar y en el tiempo en que lo ha puesto el destino? En casa en su casa, en su jardín, en su aldea, en su municipio, en su ciudad, en su provincia, en su patria, y en casa, en general, en la tierra y entre sus contemporáneos. En aquel que se ha arraigado así y reconoce correctamente el lugar que él mismo ocupa en medio del universo y en la corriente del tiempo, y que de ello desarrolla la justa comprensión y una sana energía, la educación ha cumplido lo esencial.

En casa en su casa . . . en su jardín . . . en su aldea debe llegar a sentirse el joven ciudadano de la tierra antes de poner sus pies, siguiendo su camino, en la tierra natal, la patria y el mundo. Un programa que respira fresco olor a terruño y muestra arraigo, capaz y auténtico, gracioso, deseable; lástima que llegue un par de generaciones demasiado tarde.

Lo reconocemos: es el programa educativo de nuestros antepasados, cuyo destino comenzaba, se desenvolvía y se cumplía en el férreo aro de relaciones familiares firmes e íntimas, en su propia tierra, en la casa heredada, en el jardín de los padres, en la aldea natal. A través de *Wahrheit und Dichtung* [Verdad y poesía] de Goethe hace soplar sus callados encantos;[^t10] desde el *Grüner Heinrich* [Enrique el Verde] de Gottfried Keller saluda, de mejillas sonrosadas, a nuestro tiempo.

<!-- S. 26 -->

Que cada uno tuviera su casa, su jardín y su tierra natal: érase una vez. Al proletario moderno y a sus hijos les suena casi como un cuento lejano y hermoso.

La familia en decadencia . . . la casa ya solo una palabra, un concepto vacío . . . el jardín repartido en calles y solares, transformado en manzanas de casas . . . y también la tierra natal tiene que ver palidecer sus colores y maravillas, ver desvanecerse el encanto de sus lazos íntimos y delicados en las tormentas y mudanzas del tiempo que avanza sin descanso.

El desarrollo de la industria y la demanda de mano de obra en las grandes ciudades y regiones industriales, la libertad de residencia y la libertad de industria,[^t11] el perfeccionamiento de los medios de transporte, sobre todo la ampliación de los ferrocarriles, a lo que se suman una malsana especulación con el suelo y los solares, la falta de tierra para pequeños campesinos, las míseras condiciones de vivienda y de ganancia en el campo, el servicio militar, el mercado de trabajo de la prensa, los cambios de coyuntura, además de huelgas, crisis, cierres patronales, represalias, etc. —un enorme complejo de relaciones y tendencias estrechamente entrelazadas—, han hecho que la vida sedentaria de la población haya retrocedido enormemente con los años. Gran parte del pueblo ha perdido sus raíces, se ha quedado sin terruño, se ha vuelto inestable y está eternamente de camino. El gigante proletariado ha tomado rasgos prestados de Ahasvero.

Antes de la guerra se calculaba que en Alemania cambiaban de domicilio cada año unos cuatro millones de personas. En Breslau, una ciudad de 400 000 habitantes, el número de personas que se mudaron fue en 1899 de 194 602; en Hamburgo, el mismo año, de 212 783; en Hamborn, la gran localidad industrial renana, con 106 990 habitantes, en 1911/12 llegaron nada menos que 37 631 personas y se marcharon 32 240. La Oficina de Estadística de Baviera comprobó mediante una investigación que, de la población contada en Baviera en 1900 y nacida también allí, que comprendía 5 870 000 personas, unos 2 800 000 (más del 40 %) vivían fuera de su municipio de nacimiento. De los distritos administrativos procedía el 43,6 % de los habitantes de Múnich y el 39,6 % de los de Núremberg; la población nacida en el lugar era en Múnich del 36,1 % y en Núremberg del 40,2 %. Entre 1885 y 1905, de los 12 distritos rurales de la región administrativa de Wiesbaden emigraron 61 493 personas más de las que inmigraron. De los habitantes de Wiesbaden, 29 423 procedían de la provincia de Hesse-Nassau. En la provincia de Pomerania emigraron de los distritos rurales 96 600 personas entre 1895 y 1900, y unas 62 300 entre 1900 y 1905; en 10 años, pues, 155 000. Según un cálculo de la Oficina de Estadística del Reich basado en el intercambio de tarjetas-recibo de los institutos del seguro de invalidez,[^t12] en 1909 Silesia perdió 101 066 personas, Prusia Oriental 75 500, Posen 74 325, Prusia Occidental 65 480, Anhalt 51 600. ¿Dónde han ido a parar todas estas personas? ¿Adónde se han ido? A las grandes ciudades y regiones industriales. Solo Berlín acogió en ese año 119 930 personas, y la provincia de Brandeburgo 115 150; Berlín creció en diez años en casi medio millón de habitantes, sin contar los suburbios. Muy considerable es también la ganancia migratoria de la provincia del Rin, con 96 050; de las ciudades hanseáticas, con 56 900; de Westfalia, con 38 000, y de Hesse-Nassau, con 37 430. También aquí llama la atención un crecimiento rápido de las ciudades; así, por citar solo un ejemplo, la población de Gelsenkirchen aumentó en cinco años en <!-- S. 27 --> unas 150 000 personas. A ello se suma el intercambio de población entre distritos vecinos. En 1909 nada menos que 91 760 personas se trasladaron de Berlín a la provincia de Brandeburgo, y 89 850 a la inversa. ¡Qué inquietud e inestabilidad, qué desarraigo hablan en estas cifras!

En el camino del Este agrícola hacia el Oeste industrial, explica R. L. Arnold en *Die Hilfe* (1911), Brandeburgo y Berlín son la primera estación principal de la migración interior. Pues gran parte de los que llegan prefiere asentarse definitivamente ya aquí. Nada menos que a 245 950 ascendió en 1909 esta afluencia a Berlín, de la que solo alrededor de una sexta parte procedía del sur de Alemania y del Oeste, y todos los demás, en cambio, de las provincias orientales, el reino de Sajonia y Sajonia-Anhalt. Es cierto que, por otro lado, también es muy fuerte la emigración desde Berlín, que asciende a 126 020 obreros; cifras mayores en este aspecto registran la provincia del Rin y las ciudades hanseáticas. Lo mismo ocurre con la provincia de Brandeburgo, que recibe su afluencia principal del Este. A ello se suma Mecklemburgo, que presenta un intercambio algo mayor. Especialmente considerable es la emigración de Brandeburgo a Schleswig-Holstein, las ciudades hanseáticas, Hannover, Hesse-Nassau, Westfalia, la provincia del Rin y Alsacia-Lorena. Entre las provincias orientales, Pomerania tiene ganancia migratoria frente a Prusia Oriental y Occidental y Posen; también el intercambio migratorio con Mecklemburgo es mayor. Posen, por su parte, solo registra ganancia en el intercambio con Prusia Oriental y Occidental. Algo parecido ocurre con Silesia, que, además de lo que cede al Oeste prusiano y a Berlín y Brandeburgo, presenta una considerable pérdida migratoria frente al reino de Sajonia y Sajonia-Anhalt. El reino de Sajonia mantiene sobre todo con los territorios limítrofes un vivo tráfico migratorio (96 960 llegadas y 102 530 salidas), que, incluyendo la minería, arrojaría con toda probabilidad una ganancia. Sajonia-Anhalt, por último, debe su pérdida migratoria en primer lugar a Berlín con Brandeburgo, y además a Hannover, Westfalia y la provincia del Rin. Muy vivo es también el intercambio de mano de obra con Sajonia, Turingia y Brunswick, a los que igualmente cede más personas de las que recibe. En el Oeste industrial, Schleswig-Holstein mantiene un intenso tráfico migratorio con las ciudades hanseáticas y Hannover. Las ciudades hanseáticas, en particular Hamburgo, cierran con una ganancia de 56 900 personas, que registran en el tráfico con todos los institutos. Junto a Schleswig-Holstein, es sobre todo Hannover de donde procede gran parte de los que llegan. Bastante considerable es además la afluencia del sur de Alemania, en concreto de Baviera (2720), Wurtemberg (890) y Baden (895). La provincia de Hannover cede la mayoría de las personas a Westfalia y Renania y las recibe de las provincias orientales y de Sajonia-Anhalt. Muy bajas son las cifras migratorias de Oldemburgo, que presenta el menor tráfico; Hannover y las ciudades hanseáticas tienen en él la mayor parte. También para Brunswick posee Hannover la mayor fuerza de atracción, mientras que de Sajonia-Anhalt llegan más personas de las que se van. Westfalia, con su ganancia migratoria de 38 000, y la provincia del Rin, con la suya de 96 050 personas, solo ceden a Berlín, a las ciudades hanseáticas y a Alsacia-Lorena más de lo que reciben de ellas. La corriente principal de los que llegan viene de Prusia Oriental y Occidental, Posen, Silesia y Sajonia-Anhalt. De <!-- S. 28 --> la propia Westfalia, 12 770 personas emigraron todavía a la provincia del Rin, la región industrial situada más al oeste de Alemania. Muy perturbadora resulta aquí la falta del cambio de obreros entre la minería y las demás industrias. Eliminada esta fuente de error, la ganancia migratoria de Renania superaría con toda probabilidad a la de Berlín o Brandeburgo, o al menos la igualaría. Un cierto punto de apoyo para esta suposición lo da la comprobación de que entre 1895 y 1900, principalmente desde el Este, unas 371 000 personas se trasladaron a las provincias de Renania, Westfalia y Hesse-Nassau, y en cambio solo 234 000 a la provincia de Brandeburgo con Berlín. La parte del león de esta corriente migratoria hacia el Oeste debió de corresponder a la provincia del Rin o a Westfalia. Otra prueba de ello es el aumento a saltos de las plantillas de la minería renano-westfaliana. En 1890 trabajaban en esta región 128 000 obreros; en 1900, ya 227 000, y en 1908, 350 000. En la región administrativa de Münster, casi el 50 %, y en Düsseldorf casi el 60 % de todos los mineros proceden del este de Alemania o del extranjero. Si la inmigración del sur de Alemania, en particular de Baviera, a la provincia del Rin es muy considerable —se trata de 15 200 personas, mientras que a Westfalia solo fueron 2800—, en Hesse-Nassau predomina por completo. El gran ducado de Hesse (20 980) y Baviera (20 800) aportan el contingente principal; en segundo lugar entran en consideración Wurtemberg y Baden. Solo en el vivo intercambio con Renania y Westfalia queda Hesse-Nassau en desventaja. Baviera, aparte del tráfico migratorio con Prusia Oriental y Occidental, Posen y Silesia, cuya ganancia es muy pequeña, solo presenta pérdidas: Hesse-Nassau, la provincia del Rin, Alsacia-Lorena, Baden, Hesse y Wurtemberg atraen sobre todo hacia sí la corriente de mano de obra de este país.

La marea de una inmensa migración de pueblos envía su oleaje y su rumor a nuestros oídos desde estas cifras y resultados de recuentos. Vemos en espíritu corrientes humanas que van y vienen, país arriba, país abajo; las vemos llegar y marcharse, cargadas de cajas y cajones, arrastrando míseros enseres y tirando de niños que gritan; vemos los sucios y sofocantes vagones de cuarta clase del ferrocarril, atestados de gente; las cuadrillas de *Sachsengänger*[^t13] tal como yacen en estaciones y andenes junto a sus pocas pertenencias. ¡Los cuadros de miseria de las estaciones de emigrantes, donde una última esperanza busca fondeadero en la lejanía crepuscular! . . . Sin cesar van y vienen las multitudes de personas sin tierra natal, azotadas por las preocupaciones, en busca de sustento.

Cómo actúa sobre la juventud este moderno ser de aves de paso, cómo no deja surgir rastro alguno de sentimiento y de conciencia de la tierra natal en los pequeños corazones y cerebros, es algo de lo que, por evidente que sea psicológicamente, solo con dificultad puede uno hacerse una idea. Pero uno se acerca a ella cuando, por estadísticas ocasionales, se entera de cómo la inestabilidad irrumpe en el destino de cada niño y no deja surgir allí nunca situaciones estables y ordenadas.

El maestro Weiskopf, de Fürth, comprobó en su clase, a la que asistían 45 muchachos, que en el transcurso de cuatro cursos escolares se había cambiado de vivienda: en 11 alumnos una vez, en 12 dos veces, en 9 tres veces, en 9 cuatro veces y en uno respectivamente seis, siete, ocho y hasta doce veces. De 60 niños del primer curso, a finales <!-- S. 29 --> del cuarto curso solo quedaban 30 en la misma clase de la misma escuela. En las clases superiores de las escuelas de Fürth apenas había 6-10 alumnos que no se hubieran mudado durante sus siete años de escolaridad.

F. Weigl, de Múnich, amplió todavía más la estadística y la hizo socialmente más interesante, al preguntar sobre su hogar y su casa paterna, además de a alumnos de la escuela popular, a alumnos de escuelas privadas, es decir, hijos de padres en mejor situación, y comparar los resultados con el material obtenido con la misma estadística en pequeñas ciudades y villas. Ello dio un claro esquema de la división en clases.

| Vivían | en la casa natal | en la casa paterna | desde el ingreso en la escuela en la misma casa | mudados desde el ingreso en la escuela 1 vez | 2 veces | 3 veces | más |
| --- | ---: | ---: | ---: | ---: | ---: | ---: | ---: |
| Alumnos de la escuela popular | 15,4 % | 7,3 | 49,2 | 20,8 | 10,7 | 8,5 | 10,8 |
| Alumnos de escuelas privadas | 24,5 | 26,6 | 55,8 | 22,3 | 17,7 | 5 | 3,2 |
| Niños de pequeñas ciudades | 46,6 | 64,6 | 62,6 | 21,4 | 7,5 | 4,6 | 3,6 |

Cuanto más pobre el niño y más desarrolladas las condiciones económicas, más frecuente el cambio de vivienda, mayor su falta de terruño y de tierra natal. Ese es el resultado de la investigación y la lección que se desprende de todas las estadísticas parecidas. La pobreza tiene que emigrar; no solo el arte, también la industria, el oficio, la fuerza de trabajo del obrero de fábrica, del jornalero, van tras el pan. País arriba, país abajo. Así, vivían

| | en la casa natal | | en la casa paterna |
| --- | ---: | --- | ---: |
| en Leipzig | 2,3 % | de los alumnos | 2,3 % |
| en Breslau | 12 % | » » | 2,3 % |
| en Gotha (escuela de distrito) | 11,1 % | » » | 14,7 % |
| » » (escuela burguesa) | 17,2 % | » » | 31 % |
| » » (media) | 13 % | » » | 19,9 % |

Desde su ingreso en la escuela, en Gotha, de 1996 alumnos 612 (el 30 %) no se habían mudado; en cambio, 458 alumnos una vez, 318 dos veces, 231 tres veces, 119 cuatro veces, 64 cinco veces, 25 seis veces, 20 siete veces, 5 ocho veces, 2 nueve veces, 4 diez veces o más. Un alumno del 5.º curso había llegado a 12 mudanzas en cuatro años.

Muthesius, de Weimar, organizó una encuesta que abarcó a 8500 alumnos de los cursos superiores de la escuela popular en un distrito rural con 69 localidades escolares y en las ciudades de Weimar, Apolda, Jena e Ilmenau. Según ella, vivían

| | en la casa natal | en la casa paterna | en la misma vivienda | en distintas viviendas |
| --- | ---: | ---: | ---: | ---: |
| en el campo | 65 % | 77 % | 76 % | 8 % |
| en la ciudad | 14 % | 26 % | 37 % | 35 % |

En un distrito situado en el Bosque de Turingia, donde además de la agricultura y la silvicultura se practica también la industria, vivían en la casa natal el 43 %, en la casa paterna el 67 %, en la misma vivienda el 65 % y en distintas viviendas el 17 %. Interesante es también aquí una comparación entre los niños de la primera y la segunda escuela burguesa de Weimar,[^t14] es decir, entre los socialmente mejor situados y los de menos recursos, y además entre los niños de Weimar, una pequeña ciudad de <!-- S. 30 --> carácter rural, y los niños de Hamborn, la localidad industrial renana que en apenas dos decenios ha pasado de 1000 a 100 000 habitantes. Vivían

| en | en la casa natal | en la casa paterna | en la misma vivienda | en distintas viviendas |
| --- | ---: | ---: | ---: | ---: |
| Weimar I | 15 % | 32 % | 43 % | 30 % |
| » II | 11 % | 14 % | 33 % | 40 % |
| Hamborn | 7 % | 7 % | 29 % | 47 % |

Y por último Berlín: allí, en 1910, un total de 36 880 escolares —¡la sexta parte!— cambiaron o dejaron su escuela antes de terminar la escolaridad obligatoria; 1740 por mudanza dentro de la ciudad, más de 10 000 por traslado fuera de ella. En 1909 fueron en total 37 872; en 1908, incluso 40 789.

Cuanto mayor es la industrialización del lugar y la proletarización de la población, peor es la vida errante, de gitanos, entre los obreros. «¡La tierra natal de nadie!»: ese es el sombrío marco de la sombría suerte del proletariado. ¡Sin patria!, se insultaba antaño a las masas: gentes que no llevan en el corazón ningún amor a la tierra natal, que no se sienten interiormente unidas al terruño del que han salido . . . Pero ¿quién les quitó la tierra natal? ¿Quién atrofió y pisoteó en su interior los delicados impulsos cuando estaban a punto de germinar? ¿Quién les obligó una y otra vez a huir y evitar el pedazo de tierra que justo habían empezado a querer? El capitalismo, que devora y consume la fuerza de trabajo de los jóvenes; que arroja al empedrado de la calle los cuerpos extenuados cuando ya no le son bastante útiles; que con el látigo del hambre empuja una y otra vez a los viejos cansados y agotados a buscar trabajo y pan, si no al camino de la mendicidad y de la desesperación. El capitalismo, que arroja ya a los niños a las aguas a la deriva del desarraigo y los abandona allí sin piedad a un destino sombrío.

Un niño cuya juventud está eternamente llena de la inquietud del nomadismo moderno se ve perjudicado gravísimamente en su crecimiento y su desarrollo. La educación, que necesita tanta calma, recogimiento y paciente espera, se convierte en él en un experimento que siempre empieza de nuevo y vuelve a interrumpirse, que siempre empieza en supuestos cambiantes y transcurre en condiciones cambiantes. El niño —aparte de otras carencias y desventajas— nunca puede llegar a un caudal sólido y cerrado de representaciones seguras y firmes, nunca puede redondear sus valores intelectuales, ordenarlos y ponerlos en conexión interna. Ya el cambio constante de maestros, libros de texto, planes de estudio, métodos, material escolar y hábitos de enseñanza no lo permite. Apenas se ha sentido a gusto en un lugar, se ha adaptado, se ha familiarizado con el medio y ha establecido contacto espiritual, cuando ya tiene que volver a hacer el hatillo. Como la familia y la casa paterna, el concepto de tierra natal ha dejado de existir en absoluto. ¿Qué es la tierra natal? ¿Prusia Oriental, donde nació? ¿Bromberg, donde el padre vivía como almadiero? ¿Berlín, adonde lo llevó la corriente de los que emigraban? ¿Westfalia, donde acabó como minero? ¿Lorena, donde dejó la escuela para seguir viviendo él mismo como esclavo de la mina? ¿Qué es la tierra natal?

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La tierra natal es una visión que cambia de provincia en provincia, de ciudad en ciudad, de cuartel de alquiler en cuartel de alquiler; es un sonido de todas las tonalidades del mundo; una palabra de una lengua internacional. Todo el complejo de sentimientos que el concepto de tierra natal hace cobrar vida en otros y resonar en canciones y tonadas es en el que no tiene tierra natal un paraje muerto, un desierto. Ninguno de los impulsos morales que suelen brotar de la compenetración del hombre con su tierra natal se mueve en él. Así como a la formación intelectual le faltan representaciones importantes, a la formación del sentimiento le faltan valores afectivos indispensables, y la formación de la voluntad tiene que renunciar a fuerzas poderosas que dan apoyo y firmeza.

El niño proletario está condenado por su existencia de ave de paso a un desarraigo intelectual y anímico. El mundo tiene que pintarse en su cabeza de otro modo que en las demás cabezas humanas. ¡Más grande, más amplio, más libre! Desligado de familia, casa y tierra natal, se convierte en un verdadero ciudadano del mundo. La Tierra es su tierra natal, la humanidad entera su familia. Así, de la más honda pobreza le nace la más alta riqueza: en él se consuma, inconsciente pero ineludiblemente, la predestinación al *socialismo*.

## [Conclusión]

La obra destructora del capitalismo en la vida social de los hombres, por enorme y bárbara que sea, no la dictan instintos brutales y ciegos. Es expresión de una necesidad férrea y sigue la legalidad de todo desarrollo y de todo acontecer del mundo. Lo que cae *tiene que* caer, porque está caduco y ya no encuentra razón de existir en los fundamentos de la organización económica y social; solo podría mantenerse rebelándose contra los mandatos del desarrollo. Si para millones han dejado de existir la familia, la casa y la tierra natal, ello solo prueba —por doloroso que sea la pérdida de sus valores culturales— que su tiempo había pasado. En el cambio de las condiciones está condicionado el cambio de las formas sociales. El vino nuevo quiere odres nuevos.

Por eso tampoco nos lamentamos de que la familia esté disuelta, la casa arrebatada, la tierra natal perdida. ¿De qué sirven los sentimentalismos? Solo constatamos los hechos. Y ponemos al descubierto la contradicción que hay en seguir sacando de los supuestos de hoy las consecuencias de entonces. Por último, reclamamos formas de vida e instituciones sociales que concuerden con los fundamentos transformados.

Si la familia fracasa como comunidad educativa, si la casa no puede cumplir sus deberes educativos y tampoco la tierra natal irradia ya valores educativos, se produce un vacío que pide ser llenado. En lugar de los factores educativos que se han vuelto inservibles tienen que aparecer otros nuevos, que desplieguen su fuerza en el sentido de las nuevas condiciones. ¿Cómo serán?

Como en el organismo económico y social, también en el terreno de la educación se abre paso de manera inconfundible e imparable el principio de la socialización. El individuo es relevado por la comunidad. Funciones de la casa y de la familia pasan a la colectividad. El cuarto de la parturienta se amplía hasta convertirse en casa cuna; el cuarto de los niños, en jardín de infancia y hogar infantil (*Kinderhort*);[^t15] la escuela, en comuna educativa. Todo ello, por de pronto, todavía en comienzos <!-- S. 32 --> y esbozos, a tientas, imperfecto, pero con una tendencia que apunta certera a su meta. Con la socialización progresiva de la producción y de la propiedad de los medios de producción, de los intereses materiales, sociales y culturales, también aquí el desarrollo alcanzará nuevas etapas. La familia ya no tendrá sentido como comunidad de trabajo, de sustento y de educación, sino que se transformará en comuna. La casa ya no se alzará como propiedad privada sobre terreno propio, sino que pertenecerá a la colectividad y se dejará en usufructo a los individuos. La tierra natal ya no estará encerrada y limitada por mojones fronterizos, sino que abarcará el mundo entero en el espíritu de la solidaridad de todos los hombres. Pero la obra de la educación será obra de la sociedad entera, realizada con todas las fuerzas disponibles y sostenida por los altos ideales del socialismo.

Quizá la obra educativa se lleve a cabo entonces en comunidades escolares (*Schulgemeinden*)[^t16] que darán al niño todo aquello que hasta ahora era tarea de la familia, la casa, la escuela y la tierra natal. En esta comunidad educativa moderna y libre, los niños jugarán y aprenderán, se bañarán y harán deporte, serán alimentados y vigilados; tendrán sus jardines con arena, arriates y columpios, su biblioteca con libros y obras de arte, sus talleres con material y herramientas, sus animales, sus excursiones, su pequeña comunidad social de seres humanos iguales, que crean juntos y que actúan. Y un cuerpo de maestros y artistas, médicos y técnicos, jardineros y artesanos, una selección de personas maduras y capaces de guiar, se pondrá a su servicio. El día entero les estará abierto para el trabajo y el juego, la alegría y el goce, el arte y la cultura, el crecimiento y la vivencia creadora. La asistencia a la infancia y la educación por el trabajo confluirán en una sola cosa, y todo el esfuerzo en torno al niño dará una hermosa armonía. Una educación sin las carencias de la familia rota, pero llena de sus bendiciones; sin la desolación del hogar proletario, pero animada por el obrar de una noble vida doméstica; sin la inquietud del desarraigo, pero impregnada de la solidaridad de la fraternidad internacional; sin la instrucción cuartelera de la pedagogía actual, pero guiada por altas metas humanas.

¡Será una educación ideal, una juventud feliz y una humanidad ricamente obsequiada!

[^t1]: Rígsþula, poema de la Edda: el hijo es Jarl, antepasado de los nobles. El nombre del padre está dañado en el impreso («Fr…en»); se conjetura *Freien*, «el libre». Los versos citados por Rühle siguen una traducción alemana; aquí se traducen de su texto. (N. del T.)

[^t2]: *Mutterschule*: término que viene de Comenio (*Informatorium der Mutterschul*, 1633) y que tomó la pedagogía de Pestalozzi para designar la educación de los primeros años en el hogar, a cargo de la madre. (N. del T.)

[^t3]: *Volksschule*: escuela elemental pública, de ocho cursos en Alemania, a la que iba la gran mayoría de los hijos de obreros y campesinos; se distingue de las escuelas medias y superiores, de pago. Se traduce siempre «escuela popular». (N. del T.)

[^t4]: *Gemeindeschulen*: nombre que recibían en Berlín las escuelas populares municipales. (N. del T.)

[^t5]: *Manifiesto del Partido Comunista* (1848), cap. I, de Marx y Engels; Rühle lo atribuye solo a Marx. Donde el *Manifiesto* dice «todo atractivo para el obrero» (*für den Arbeiter*), el impreso dice *für die Arbeit*, «para el trabajo», y así se traduce. «Hace más de sesenta años» da a entender que el pasaje se escribió antes de la guerra; el folleto aprovecha en general estadísticas de antes de 1914. (N. del T.)

[^t6]: *Mietkaserne*, literalmente «cuartel de alquiler»: bloque de viviendas obreras de alquiler, de cinco o seis plantas y con varios patios interiores sucesivos, típico del Berlín guillermino. (N. del T.)

[^t7]: *Schlafleute*, *Schlafgänger*: personas, por lo general obreros solteros, que alquilaban solo una cama para dormir (a veces por turnos) en la vivienda de una familia obrera, sin derecho a otro uso de la casa. (N. del T.)

[^t8]: Alusión a la canción popular *Zu Straßburg auf der Schanz*: un soldado suizo que oye el cuerno alpino desde los terraplenes de Estrasburgo deserta por nostalgia de su tierra natal y es fusilado. (N. del T.)

[^t9]: *Heimat* es la tierra natal, el lugar de origen al que uno se siente ligado; Rühle la distingue de *Vaterland*, la patria. *Heimatlosigkeit* se traduce «desarraigo» (literalmente, «falta de tierra natal») y *heimisch* (*sein, werden*), «sentirse en casa». (N. del T.)

[^t10]: La autobiografía de Goethe se titula *Dichtung und Wahrheit* [Poesía y verdad]; Rühle invierte el orden de los términos. (N. del T.)

[^t11]: *Freizügigkeit* y *Gewerbefreiheit*: libertad de establecerse en cualquier lugar del Reich y libertad de ejercer un oficio sin las trabas de los gremios, garantizadas por la legislación de la Confederación de Alemania del Norte (1867-1869). (N. del T.)

[^t12]: *Quittungskarten*: tarjetas del seguro de invalidez y vejez en las que se pegaban los sellos de las cotizaciones semanales; al llenarse se canjeaban en el instituto del seguro del lugar de trabajo, lo que permitía seguir los desplazamientos de los asegurados. (N. del T.)

[^t13]: *Sachsengänger* («los que van a Sajonia»): temporeros agrícolas, en su mayoría polacos de las provincias orientales y de Galitzia, que trabajaban de temporada en los campos de remolacha de la provincia prusiana de Sajonia y de otras regiones. (N. del T.)

[^t14]: *Bürgerschule*: en Turingia y Sajonia, escuela elemental de pago y de nivel algo superior al de la escuela popular general (aquí *Bezirksschule*, «escuela de distrito»); a ella iban sobre todo los hijos de la pequeña burguesía. (N. del T.)

[^t15]: *Kinderhort*: establecimiento que acogía a los escolares fuera del horario de clase, sobre todo a los hijos de madres que trabajaban. (N. del T.)

[^t16]: Alusión a las «comunidades escolares libres» (*Freie Schulgemeinden*) de la reforma pedagógica, como la que fundaron Gustav Wyneken y Paul Geheeb en Wickersdorf en 1906. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen (GDZ, PPN519735854): Otto Rühle, *Kind und Umwelt. Eine sozialpädagogische Studie*, Berlín-Fichtenau, Verlag Gesellschaft und Erziehung, 1920 (Aus Gesellschaft und Erziehung, n.º 7), 32 págs. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en apartados (los títulos entre corchetes proceden del índice), los separadores, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las cifras y tablas y la paginación original. Las citas de otros autores (Sombart, Muthesius, Müller-Lyer, Tews, Marx, Schiller, Wilhelm Müller…) se traducen del texto alemán que da Rühle. *Heimat* se traduce «tierra natal»; *Umwelt*, «medio»; *Erziehung*, «educación». Las adiciones del traductor van entre corchetes.
